Cantantes

Gayarre Garjón, Sebastián Julián

Tenor lírico. Su voz fue calificada como la "más bella, más armoniosa, más fascinadora, más suave de matices, en una palabra, más angélica" de la lírica universal. Nacido en Roncal (Navarra), el 9 de enero de 1844, hijo de Mariano Gayarre y María Ramona Garjón. Murió en Madrid el día 2 de enero de 1890.

Sus primeros trabajos fueron los de pastor de ovejas y ayudando a sus padres en las tareas del campo. Su familia, como todas las del Valle del Roncal, era propietaria de casa y tierras, hijodalgo roncalés, por derecho de naturaleza y nacimiento.

Su padre lo colocó de dependiente en una quincallería de Pamplona. Perdió el empleo por marcharse detrás de una banda de música. Después entró en el taller del herrero Quilleri, en Lumbier. Enfermó y volvió a su casa de Roncal. Regresó a Pamplona y se colocó en el taller de herrería Pinaki.

Un compañero de trabajo lo llevó al Orfeón que animaba Conrado García y dirigía Joaquín Maya, que fue su primer maestro de solfeo. Quedaron cautivados por su voz fresca, de bello timbre. Empezó a cantar los solos de tenor en el Orfeón, causando gran revuelo entre los aficionados de Pamplona.

El verano de 1865 llegaba el maestro D. Hilarión Eslava, autor del famoso método de solfeo. Conrado García preparó una audición y Gayarre cantó como solista. El maestro Eslava declaró: ¡Es un verdadero diamante!, conmovido al oír aquel timbre de voz fresca, juvenil y de extraordinaria pureza. Allí mismo se decidió el porvenir del joven Gayarre, a sus veintiún años. Lo examinó de solfeo y quedó satisfecho. Había una beca, de cuatro mil reales, vacante en el Conservatorio de Madrid. Con la colecta que se hizo en el Orfeón y la ayuda de D. Conrado García, Gayarre se fue a Madrid.

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La figura del tenor navarro ha adquirido carácter de mito. Desde 1980 el Gobierno de Navarra organiza un concurso internacional de canto de notable prestigio que lleva su nombre.

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Ganó la beca cantando Spirto gentil. A Gayarre le distinguía su fuerza de voluntad. Cuando se proponía conseguir algo era de una constancia y firmeza sin limites. Su profesor de canto en el Conservatorio fue Lázaro María Puig. Gayarre aprovechó con notable fruto sus consejos y lecciones así como las de D. Hilarión Eslava, a quien frecuentaba. En Madrid conoció al joven pianista navarro Pepe Gainza. Fue éste quien organizó el debut de Gayarre en las fiestas de Tudela, cantando la zarzuela Luz y Sombra. Alentados por el éxito económico, se fueron a Zaragoza, donde ocurrió el desastre.

Gayarre llegó a Madrid escondido en un vagón de tercera. La revolución de setiembre de 1868 suprimió las becas del Conservatorio. Sin recursos, se quedó en la calle, y no podía recurrir a D. Hilarión Eslava que vivía en la pobreza. Sus ideas liberales le llevaron a actuar del lado republicano en las elecciones. Fue orador y estuvo preso en la cárcel del Saladero.

Ante su mala situación volvió a Pamplona. Parecía que una mano poderosa le obligara a retomar el largo camino del sacrificio que le llevaría al éxito y a la gloria. Los protectores de primera hora, Conrado García y Joaquín Maya, serían los artífices de esta recuperación. Organizaron dos conciertos donde actuó Gayarre con cantantes locales. Gran triunfo y éxito económico.

La Diputación Foral de Navarra le concedió mil pesetas para sus estudios en Italia, año 1869. Antes de salir envió dos mil reales para ayudar a su familia de Roncal. Llegó a Milán el día 25 de mayo de 1869.

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Su profesor en Milán fue el maestro Lamperti, que lo admitió tras un detenido examen. En Madrid Gayarre se había iniciado en el estudio del italiano y siguió leyendo a los más esclarecidos prosistas y poetas. Procuraba también adquirir la dicción pura, claro fraseo y justo pronunciar. Leía la letra de las romanzas en voz alta repetidas veces. Deletreaba todas sus palabras, se las aprendía de memoria, las declamaba dando a la frase la entonación debida. Estudiaba todo el argumento de la época, letra y música. Más tarde, en París, llevaría el mismo sistema con las óperas francesas hasta llegar a la perfección.

Un buen día el maestro Lamberti anunció a Julián que ya estaba en condiciones. Terminados sus estudios le presentaba un contrato para el teatro de Varesse. La temporada de feria por ciento diez liras, unos veintidós duros. Gayarre aceptó.

El debut fue con la ópera de Verdi I Lombardi, en un papel secundario. Fue el único que se salvó del fracaso. Ante la buena disposición del público con el nuevo tenor, la empresa le propuso cantar Elixir de Amor. Gayarre, dueño de sí mismo, cantó con todas sus facultades. Desde los primeros momentos se hizo dueño del auditorio. Para juzgarle definitivamente, el público esperaba la célebre romanza del tercer acto, Una furtiva lágrima. Cuentan que se disponían a salir a escena, cuando le entregaron un telegrama procedente de Roncal. Le anunciaba una gran desgracia: "Con profundo pesar te participo que tu pobre madre ha dejado de existir. Te acompaña en tu legitimo sentimiento. Gregorio". Ya preludiaba la orquesta los primeros compases de la romanza y lo empujaron a escena. Gayarre cantaba su propio dolor, no el de Nemorino ante los desdenes de la mujer amada. El público, fanatizado, creía que todo aquel tesoro de sentimiento era para él y al terminar, estalló en una inmensa ovación, la locura invadió el teatro. El drama de Gayarre, la noticia cruel, voló de los bastidores al público, provocando una ola de simpatía hacia el artista hasta entonces desconocido e invadiendo el camerino para testimoniarle su afecto.

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De Varesse a Treviso y al teatro Cárcamo de Milán, 1870. Después Parma y Cremona, teatro Apolo de Roma y Génova. En esta ciudad conoció al célebre maestro Mariani y cantó por primera vez Lucrecia Borgia, de Donizetti, con la Pascal Damiani. A principios de 1872 lo llaman a Sevilla. Canta Sonámbula, Ruy Blás y Ernani. Acompañado de su primo Gregorio Garjón, llega su padre, a oírlo cantar por primera vez en el teatro. Luego en Bolonia canta Tannhaüser. En Roma la temporada de 1873, con La Africana y la nueva ópera de Petrella, Manfredo. En Padua, Fausto, Promessi Spossi, La Favorita y Rigoletto. Era la primera vez que cantaba La Favorita, la obra de sus grandes triunfos. El grandioso éxito de Padua le abrió las puertas de San Petersburgo. Los grandes empresarios seguían el ascenso vertiginoso de Gayarre. Los de la Scala de Milán iban anotando su progreso, esperando alcanzara la cota marcada, para presentarlo al público más entendido del mundo, que hunde o consagra definitivamente al artista.

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Llega a San Petersburgo el 25 de setiembre, para dos meses en las dos capitales rusas. En su repertorio llevaba la obra de sus grandes triunfos, La Favorita. En Moscú canta con la gran Adelina Patti. El gran impacto en el público ruso le vale su contrato para 1874-1875. En la primavera del citado año canta en Viena, de nuevo con Patti. Después la temporada de Palermo. La carrera meteórica de Gayarre revolucionó la Italia lírica. Ya le llamaban el gran tenor.

Pero este título había que ratificarlo en la Scala. Debía debutar con La Favorita, su obra predilecta. Y llegó el día de su debut, ante el entendido y temido público. Y el gran tenor se ganó el título, lo rubricó atrayendo con su magia a los milaneses. El critico musical Filippo Filippe terminaba así su veredicto: "...en una palabra, asistimos anoche en la Scala, no al debut de un artista, sino a la consagración de un genio del canto". Aquella noche cuando Gayarre entraba en el café Biffi, una muchedumbre se agolpaba en la Galería Víctor Manuel para conocer al tenor maravilloso, para contemplarle, para verle comer o tomar café. Esto ocurría el día 2 de enero de 1876.

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Después de La Favorita, Los Puritanos, La Lega, llegó el estreno de La Gioconda del insigne maestro Ponchielli. Era gran amigo de Gayarre y le propuso oírla detenidamente, antes de ponerla en ensayo. Ponchelli dio su audición al piano. Ante las preguntas del maestro, Gayarre declaró que no era competente para juzgar una ópera, que le parecía excelente, salvo una falta grave: que en toda la ópera, el tenor no tenía un momento en que cantara solo. El maestro, sobresaltado, se puso a trabajar y escribió la bellísima romanza de Enzo, en el acto segundo. El estreno era con Gayarre y la célebre Mariani-Masi. En el ensayo hubo desacuerdo de Gayarre con Ponchielli y el director de la ópera, el maestro Faccio. La romanza ya citada debía cantarse al lado de la concha del apuntador, para una mejor audición del público. Gayarre sostenía que desde la cubierta del barco, en el fondo del escenario, sin salirse del contexto de la escena. El tenor, el exquisito artista que era, cedió. Pero al llegar el momento, Gayarre subió tranquilamente al barco, ante los vanos gestos del director. La impresión que hizo en el público fue indescriptible. Hiciéronsela repetir, y la romanza del barco, como entonces se llamó, fue la mayor y la más grande solemnidad de la noche. Terminada la temporada fue Gayarre a América del Sur.

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Después de aquella gloriosa temporada, Gayarre se trasladó al nuevo continente. "Siete años de gloriosa carrera llevaba Gayarre cuando, en la primavera de 1876, procedente de Milán, llegó a Buenos Aires -cuenta Isidoro de Fagoaga- para tomar parte en la temporada oficial que anualmente se celebraba en el viejo teatro Colón. Su presentación se hizo en la noche del 14 de mayo, con la ópera que lo consagró en la Scala de Milán, La Favorita. La expectación del público era enorme y no quedó defraudada. Durante los tres primeros actos el entusiasmo fue en aumento. Cuando, ya en el último, entonó "con paradisíaca voz" la difícil aria Spirto gentil el auditorio que ocupaba todas las localidades, puesto en pie, le ovacionó durante varios minutos con entusiasmo delirante. Críticos como Estrada, Cané, Bosch, Wilde y Héctor Varela agotaron sus elogios. Este éxito se repitió en sucesivas veladas con igual entusiasmo. Gayarre donó a las sociedades benéficas de Buenos Aires todo lo ahorrado en la temporada. A pesar de sus deseos, el tenor navarro ya no volvería a América. La última gestión a este respecto estuvo a cargo del famoso pelotari "Chiquito de Eibar", amigo y admirador del tenor. Fue a verle a Roncal, comisionado por la empresa del Colón, Chiquito de Eibar, Indalecio Sarasqueta, y jugó con Gayarre en el frontón de Roncal. Por la tarde se sirvió una comida popular seguida de baile. Tuvo que ir a Alhama de Aragón por un frío que había cogido en el frontón, y allí se restableció. En su único viaje a América había cantado también en La Plata y Río de Janeiro con éxito constante".

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A su regreso de América volvió a la Scala de Milán, con Los Hugonotes, Ana Bolena, Lucrecia Borgia y La Fuerza del Destino. Su despedida fue el delirio. Había llegado el momento en que todos los empresarios se lo disputaban para los primeros teatros del mundo.

En la primavera de 1877 debutó en el Covent-Garden de Londres. Fue tal su triunfo que tuvo que cantar siete temporadas seguidas. Ya no se comprendía, no se imaginaba la temporada sin Gayarre. Se hizo tan querido de aquel público que se lo disputaban para sus salones los grupos más relevantes de la sociedad.

El otoño de 1877, después de pasar sus vacaciones en Roncal, viajó a Madrid para debutar en el Real. Pero el sensible Gayarre llevaba una espina en su corazón. Cuando volvía, en plena gloria, moría en Pamplona D. Conrado García, a quien Gayarre tenía por segundo padre. Su debut en Madrid fue la noche del jueves 4 de octubre con el teatro de bote en bote. Debía cantar La Favorita con Elena Sanz, Bocolini y Ordinas. El éxito grandioso llevó la fama de Gayarre hasta los rincones más apartados de la Península. Don Hilarión Eslava, retenido en su casa, por sus achaques, no pudo oírle en el teatro Real. Y Gayarre fue a su casa a hacerle participe del triunfo. Solos los dos, cantó todo cuanto Eslava quiso. Se entregó por entero para él. Así era el alma noble del tenor roncalés. Su padre, D. Mariano Gayarre, le dio la gran sorpresa de presentarse en Madrid a pasar las Navidades y oírle cantar. Su llegada fue a primeros de diciembre con su sobrino Pedro María Garjón. Aquella misma noche cantaba La Africana, y los llevó a una delantera central de palco por asientos. Estaba el teatro rebosante. Viendo su íntimos la alegría desbordante del gran tenor inquirieron la causa. Confió a uno de sus amigos: Está en el teatro la persona que más quiero en el mundo. Y lo llevó a la mirilla del telón. El otro pensó en alguna dama misteriosa, en un amor romántico. Pero Gayarre, grave y emocionado, le decía, señalándoselo: es mi padre. De los dos, el más viejo es él. El amigo corrió inmediatamente la voz. Pronto todas las miradas se dirigían hacia allí. Pero el tío Mariano conversaba tranquilamente con su sobrino, sin percatarse de aquella expectación que había despertado. Cuando en el acto cuarto cantó de forma inimitable la hermosa romanza O Paradisso!, el auditorio enardecido aclamaba y aplaudía al robusto anciano del palco, pero éste sólo tenía ojos para su hijo. El padre de Gayarre no faltó las noches que cantaba su Julián y llegó a ser muy popular en aquel ambiente romántico del teatro Real. Se dice que no faltó alguna señora que en medio de las ovaciones se dirigiera a él: ¡Ah! don Mariano, ¡si fuera Vd. capaz de hacer otro como él!... Señora - le contestó - esas cosas no se repiten. Uno de esos días, cuando se comentaba en la intimidad el éxito de Gayarre, Pepe Gainza le preguntó al padre: Y a Vd. ¿qué le parece, abuelo, todo lo que se dice? La respuesta de aquel hombre, que más le gustaba oír y callar, expresó su pensamiento: Como el de casa ninguno. Esta célebre frase corrió por los medios afectos al Real. Y cuando la muerte se llevó al insigne cantor, entre las coronas que llegaron al entristecido Roncal, brillaba en letras de oro, la citada frase, en la corona de Joaquina Barbieri, esposa del célebre compositor, asidua al cenáculo del artista.

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Terminada la temporada de la capital de España con éxito clamoroso fue contratado para la siguiente. La primera obra sería Los Hugonotes, de Meyerbeer. Era un verdadero acontecimiento artístico. Los maestros directores eran Franco Faccio, Fco. Barbieri y Tomás Bretón. Los artistas, Reszké, Scalchi-lolli, Pasqua, D'Angeri, Gayarre, Tamberlick, Lasalle, Verger y Kaschman. Ante un público amenazador, exigente por la subida de los precios, comenzó la representación de Los Hugonotes. Las primeras escenas se escucharon con frialdad. Luego, Gayarre apareció cantando el raconto con una perfección y delicadeza tan exquisitas que el auditorio prorrumpió en un atronador aplauso. La despedida marcó época en su carrera. Allí estaban, desde los reyes, hasta esa juventud escolar, abonada eterna del paraíso. El repertorio de esta función constaba de los actos primero y cuarto de La Favorita, con la romanza Spirto Gentil y el último de Los Hugonotes. Se le entregó un artístico álbum con escudo de oro. En la primera página contenía una súplica redactada por Emilio Castelar, el gran tribuno de la época, amigo de Gayarre, instándole a quedarse en Madrid. Llenaban el álbum centenares de firmas. Gayarre había dado palabra de estrenar en la temporada de París Francesca di Rimini, del maestro Thomas. Cantó durante la temporada de Londres y pasó el verano en Irún, San Sebastián y Fuenterrabía.

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La empresa de París no cumplió con Gayarre pues el maestro Thomas no había terminado su ópera. Y Madrid abría la temporada sin Gayarre. Por el clamor del público, J. del Villar, comisionado por la empresa, se presentó ante Gayarre. Al fin volvió al Teatro Real, donde los cinco tenores estaban enfermos. Debutó con Los Puritanos. Excepto el público del paraíso, se le recibió con frialdad. El "todo Madrid" no comprendía el valor de la palabra dada. Ante aquella actitud Gayarre no pudo emitir su voz y decidió retirarse del Real. Pero las súplicas de sus amigos y de aquel público más fiel y entendido el del "paraíso " o "gallinero", lo evitaron. La función de desagravio fue un continuo triunfo. Tuvo que cantar Los Puritanos dieciséis noches durante la temporada. Tras esto vino el gran acontecimiento, la representación de Lucia di Lammermoor, con Julián Gayarre y Adelina Patti. El recuerdo de aquel duelo entre los artistas más insignes de la época, perduró durante muchos años. Terminó la temporada con Lohengrin, de Wagner. La victoria de Gayarre y la música discutida del maestro alemán, fueron completas.

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De Madrid a Valencia.

Del triunfo en Valencia al de Sevilla donde canta el Miserere de su querido maestro, el navarro D. Hilarión Eslava, en la catedral abarrotada. Triunfo constante en el teatro San Fernando y despedida entre palmas y flores.

Nuevamente a Londres. En el Covent-Garden canta El Profeta y Freyschütz con el éxito de siempre. De aquí al valle de Roncal, en Navarra, a descansar, a comer con todo el pueblo en la plaza. Le llovían las propuestas desde América, sin aceptar ninguna. Sólo tomó en cuenta la del Liceo de Barcelona. El telegrama de Pepe Elorrio era expresivo -J. Enciso-: "Nuestro hombre cantando Favorita Liceo, ovación indescriptible. Romanza final, público delirante. Pepe". Tuvo que ir a Palma de Mallorca, con Los Hugonotes y la eterna Favorita. La noche de despedida fue llevado entre hachones, con música, desde el teatro al Circulo Mallorquín donde le obsequiaron con una espléndida cena.

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En Montecarlo cantó con eminencias como Albani, Schalchi-Lolli, Faure y Maurel. El empresario del teatro Apolo de Roma llamó a Gayarre para estrenar la obra póstuma de Donizetti Il Ducca d'Alba consiguiendo un triunfo absoluto. La prensa y el público colocaron al artista en el más alto lugar.

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A fines de 1881 Julio Enciso acompañó al empresario bilbaíno Luciano Urízar a Barcelona. Urízar se había comprometido a presentar a Gayarre en Bilbao. Gayarre no quiso aceptar las fabulosas condiciones del bilbaíno pero le dio su palabra. Al despedirse: Hasta el 9 de abril, que empezará la temporada. No faltaré-contestó Gayarre-. Tengo palabra de rey. Cargado de laureles de su temporada de Roma, llegó puntualmente a Bilbao, acompañado de Pepe Elorrio. El día anterior había fallecido el empresario Urízar. Julio Enciso y Marcelino de Goicoechea recibieron a Gayarre poniéndolo al corriente de lo ocurrido. Quedó muy afectado por esta desgracia y la difícil situación de la familia de D. Luciano Urizar, comprometida por los contratos de los artistas. Gayarre se encargó de todo, incluidos los ensayos. Cantó las veinte funciones en el espacio de un mes que duró la temporada. El público de Bilbao le demostró su simpatía como hombre generoso y su admiración como artista insigne.

Pero su debut en Bilbao no fue en el teatro, sino en la iglesia de San Nicolás, en los funerales de Luciano Urízar, al que había acudido todo Bilbao. Cantó desde el coro la bellísima melodía que es el aria di Chiesa, de Stradella. La temporada marcó una época en la historia del teatro en Bilbao. La última noche, después de los aplausos, coronas y regalos, fue conducido a casa entre hachones encendidos, con música y hasta cohetes, siendo saludado por un público que le aclamaba con delirio.

Gayarre tenía en Bilbao excelentes amigos. Pero descollaba entre todos D. Domingo Sagarmínaga, entusiasta por la música y que sentía por Gayarre verdadera idolatría. Los dos habrían de fallecer en los primeros días de enero del año 1890. De esta temporada de Gayarre en Bilbao se conserva una foto con autógrafo que dice: A María Antonia, recuerdo de su amigo Julián Gayarre. Olaveaga, 15 de mayo de 1882.

Existía en Bilbao un Teatro Gayarre que fue demolido en 1890. Cercano a él se construyó otro con el mismo nombre que hoy día se dedica a cine.

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En julio de 1882 Gayarre, en cumplimiento de su palabra, se dirigió a Pamplona. Tomaría parte en los conciertos que se proyectaban en la capital navarra. El recibimiento fue extraordinario. "Pamplona estaba loca y electrizada por Gayarre". En los conciertos tomaron parte Gayarre, Sarasate, Zabalza, Guelbenzu, y el maestro Arrieta dirigió la Fantasía morisca, de Chapí. Gayarre había llamado a toda su familia de Roncal que llegó con su padre a la cabeza. Pasó unos días felices. Pamplona vibraba ante aquella conjunción artística de los hijos más ilustres de Navarra. Terminadas las fiestas de San Fermín, Gayarre se fue a pasar el resto del verano en San Sebastián e Irún. En este último recibió la noticia de la gravedad de su padre. Aún llegó a tiempo de verle expirar en sus brazos. Mandó hacer un retrato al óleo del fallecido y lo colocó en su habitación de Roncal.

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En su viaje a Portugal tuvo un incidente en Madrid. Cantaba en el Teatro Real su compañera de Londres Marcela Sembrich. Gayarre pasó a saludar a la gran diva y fue interpelado por el empresario Rovira, con muy malos modales. Gayarre no admitió esta conducta y tuvo un terrible altercado. El avinagrado empresario pretendía expulsar a Gayarre del lugar de sus triunfos. Intervinieron varias personas que separaron a los contendientes. Cundió la indignación en los medios musicales, y la empresa salió muy perjudicada.

Debutó en Lisboa el 6 de noviembre de 1882 con La Favorita. El éxito de siempre y las localidades se agotaban con antelación. Tres meses cantó, alternando con Oporto. Una noche, cuando más entusiasta era el éxito, cayó a la escena un hermosísimo ramo de flores. Llevólo Gayarre a casa. Vio que había entre las flores un pequeño estuche, donde halló una hermosísima sortija de oro con tres piedras: un rubí, un diamante y un zafiro. Nunca supo de quién. Aquella fue la única sortija que usó Gayarre hasta su muerte.

A principios de 1883, mes de febrero, fue a Nápoles. Aquí estuvo en trance de muerte. Enloqueció al público con La Africana. Para festejar el éxito, la juventud dorada de Nápoles le obsequió con un banquete en Possilippo. Decidieron volver a Nápoles embarcados. Un relente húmedo y malsano afectó a Gayarre. Había cogido la malaria. Consulta de médicos. La gravedad era extrema. Sus amigos, el maestro Lago y el cantante Enrique Labán, no se separaron de la cabecera de Gayarre durante las dos semanas que duró la fiebre. Se restableció en el cercano pueblo de Torregreco. Se dice que cuando creía morir hizo una promesa a la Virgen del Pilar, de cantar ante ella la primera vez que lo hiciere. Nadie sabe si la promesa era cierta, pero su primera actuación fue en el templo del Pilar, ante la Virgen.

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El día 23 de junio de 1883 llega Gayarre a Roncal. Escribe a su amigo Julio Enciso, que después escribiría las clásicas "Memorias de Julián Gayarre" y que vivía en Bilbao, invitándole a su casa de Roncal, al Tributo de las Tres Vacas y a visitar el País Vasco de ultrapuertos. Enciso hizo el viaje a Roncal y con Gayarre subió a la fiesta de Ernaz, un duro viaje a caballo desde Isaba, unos veinte kilómetros, con la subida al Puerto Grande y la travesía del fragoso karts de Larra. Julio transcribe el Acta íntegra que firman autoridades y testigos por este orden: Miguel Ignacio Garcés, José Garcés, Felipe Ezquer, Melchor Labari, Javier Erlás, Fernando Urzainqui, Olivier Jacques, Bouneu Pierre, Diego Irigoyen, Julián Gayarre, Gregorio Garjón y Barrena, Marias Garjón, Secretario. Hasta Bouneu Pierre, son las autoridades del valle de Roncal, que recibe el tributo. Pasaron días felices en el pueblo de Gayarre, con excursiones a las altas montañas, pesca de sabrosas truchas, funciones de teatro y nigromancia en las que Enciso y Gayarre demostraban sus habilidades ante la gente del pueblo. A primeros de agosto, a caballo, pasaron el Pirineo, llegando al anochecer a Tardets, en Zuberoa. Recorrieron los pueblos de Zuberoa y Baja Navarra. Después a la costa, a San Juan de Luz y Biarritz. Luego a las fiestas de Bilbao, a casa de Enciso. En la mañana del 23 de agostó de 1883 Gayarre hacía testamento en Bilbao. La enfermedad de Nápoles le había hecho meditar.

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De nuevo en Lisboa. De Bilbao a San Sebastián, Irún y Fuenterrabía, a pasar el resto del verano con sus amigos. De esta época debe ser lo sucedido en el barrio de Amute, respecto a Gayarre, recogido por el P. Teófilo de Arbeiza de labios del practicante Pedro García, por habérselo oído a sus padres. Decían que Julián Gayarre había cantado allí, en Amute, ante una cruz de madera que existía en la placita frente al convento de Capuchinos. Que Gayarre estaba jugando una partida al mus con unos amigos. Y que finalizando la partida le pidieron que cantase. Que Gayarre salió a la placita, hacia las diez y media de la noche de verano. Y delante de la cruz comenzó la romanza Spirto Gentil, de La Favorita, con una resonancia gigante de dobles cuerdas vocales, de modo que se sentía su voz en Hendaya, en el silencio de la noche. Que los frailes capuchinos salieron a las ventanas de sus celdas y le aplaudieron. Y que todavía viven los testigos que lo oyeron contar a sus padres.

Por este tiempo rechazó todas las proposiciones que le hicieron para cantar en los grandes teatros; quería cantar en algunas provincias. A primeros de octubre se trasladó a Zaragoza. Su primera actuación, sea por la promesa o por el viejo deseo de su padre que ya se lo había insinuado en una visita al Pilar, Gayarre, con el templo rebosante, cantó como nunca el Ave María de Gounod y La Salve, de Righini. A pesar del gran respeto de la multitud en el sagrado lugar, un murmullo de admiración se elevaba por todo el ámbito del inmenso templo. Los sacerdotes del cabildo le regalaron una magnífica imagen de la Virgen, de plata maciza, con su dedicatoria.

En el teatro Goya el éxito completo. Había que pagar entrada hasta por estar en el salón de un café próximo. Desde Zaragoza a Málaga y después a Granada. De aquí a Lisboa, al teatro San Carlos, donde volvió a triunfar como en la temporada anterior. El Rey le nombró caballero de la Orden de Santiago, cuyas insignias le regaló. Era la primera vez que se concedía esta distinción a un artista.

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Debuta en París, en el teatro Los Italianos, la segunda quincena de febrero de 1884, con Lucrecia Borgia, acompañado de la artista española Carolina de Cepeda. Al final, el público en pie, aplaudió delirante. La prensa con sus críticos dio el veredicto que consagraba al artista ante el todo Paris. "Le Figaro" publicaba una extensa crónica. Críticos como Víctor Roger. León Kerst, August Vitu, se rendían ante el arte de Gayarre. El triunfo seguía. Gayarre tenía la llave de todos los salones de la capital de Francia. León Kerst escribía: "Gayarre y la Patti son los dos artistas que comparten el imperio de los mundos... líricos". Cantó en casa del maestro Gounod que le abrazó, conmovido, al oírle alguna de sus obras. La temporada siguió con Los Puritanos y después Lucía. Luego, varias noches Rigoletto.

A una representación asistió Víctor Hugo, ya un ilustre anciano, con sus nietos. Gayarre consideraba esto como el mayor de sus triunfos.

La gran fiesta que "Le Figaro" organizó en honor de Gayarre fue grandiosa. Los invitados eran la flor parisina en el talento, las letras y las artes. Esta soirée era la novena que el periódico "Le Figaro" daba en su suntuosa redacción. Las anteriores habían sido en honor de testas coronadas o aspirantes a un trono. El crítico musical Augusto Vitu explicaba el motivo de esta recepción: "Porque Mr. Gayarre es el Rey del canto". Gayarre cantó en esta reunión las piezas más escogidas de su repertorio. Al día siguiente el periódico sacó un suplemento con la noticia de la fiesta y las fotos del cantante y de todos los invitados. Se despidió de París con un concierto a beneficio de la Asociación de Socorros Mutuos entre los Artistas Dramáticos, en la sala del Trocadero. Actuaron Sarah-Bernhard, la Judit, los Coquelin, Delaunay, Saint-Germain y el célebre violinista Sibory. Gayarre cantó lo que el público quiso. Los artistas, al final, le entregaron una medalla de oro conmemorativa y el diploma nombrándolo individuo de la Asociación. Gayarre abandonó el Trocadero entre flamear de pañuelos y aclamaciones del pueblo en la calle.

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De París a Turín, a ver la Exposición Nacional y a cantar en el Teatro Regío. Triunfos sin interrupción, con la presencia de los reyes y de D. Amadeo de Saboya. Llegaba el verano y el cólera hacía su aparición.

Gayarre se dirigió a Roncal, su gran amor. Allí proyectaba obras: el hermoso frontón, las nuevas escuelas, su proyecto del nuevo ferrocarril navarro que atravesando el valle del Roncal-Erronkari, perforaría el Pirineo por Belágoa-Kakueta, a salir a Zuberoa y enlazar con la red francesa. Otro de sus proyectos era la restauración de la ermita de Navarzato. Gozaba haciendo proyectos para su querido valle. Solía decir: "Decid de mi cuanto queráis, pero no digáis nada contra mi valle roncalés". Llevaba una vida sencilla, sembrando su alegría por donde iba. Se había ganado la veneración de todos los habitantes del valle. Recuerdo y veneración que aún perdura. Una muestra es el homenaje que le rindieron, en agosto de 1982, los siete pueblos, con motivo del VI Erronkari Ibaxaren Eguna. VI Día del Valle de Roncal. Gayarre rendía un gran culto a la amistad. Invitaba a sus viejos amigos. Llevó a su casa de Roncal al maestro herrero de Lumbier, el anciano Quilleri.

El 20 de octubre escribe desde Barcelona. Anuncia sus treinta representaciones en el Liceo, a partir de mediados de noviembre. Empezó con La Africana, primera vez que la cantaba en el Liceo. Triunfo total, sobre todo al llegar a la romanza Oh paradisso! Su extenso repertorio le permitía una gran variación, pero las preferencias de empresarios y público le obligaban a repetir las obras más famosas.

Por este tiempo ocurrieron los terremotos de Andalucía, Gayarre ofreció su concurso para las funciones benéficas. Los resultados fueron magníficos. Se despidió con Fausto. Acompañado al piano cantó el Ave María de Gounod y luego el Gernikako Arbola. El público, delirante, lo condujo a su casa acompañado de antorchas y obsequiándole con una serenata.

De Barcelona a Valencia, que lo recibió con cariño. Luego tuvo que viajar a Sevilla; pasa Semana Santa y la Feria. En la catedral cantó el Miserere de su maestro Eslava. En el teatro San Fernando triunfo continuo. Gayarre lo pasó muy bien, con sus primos Gregorio y Eugenio Garjón, sus amigos Enciso, Lago, Elorrio, el novelista francés Delpit y una bellísima admiradora, acerca de la cual no se informa.

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Finalizaba el verano de 1885 cuando Gayarre se fue a París. El teatro de la Grande Opera de la capital de Francia, era el que le faltaba. Debía prepararse aprendiendo bien el francés, su pronunciación exacta. En esto puso todo su empeño.

Pero Madrid exigía su presencia. Llegado a Madrid, antes de su presentación, expiraba el rey. Los funerales de Alfonso XII, en el gran templo de San Francisco, era el acontecimiento más importante. La parte musical fue encomendada al maestro Barbieri, que llamó a su amigo Gayarre recién llegado a Madrid. Gayarre debía cantar la lección Taedet animan meam, a canto llano, sin acompañamiento alguno. Gayarre dudaba, pero a medida que escuchaba la disertación del maestro, se interesaba más y más, hasta exclamar: "¡Esto es sublime!". Asumió rápidamente el sentido y profundidad de aquella lección religiosa. Y llegado el momento cantó como lo hubiera hecho el más hábil maestro de capilla. El Obispo primero de Madrid declaró: "Tanto a mi cuanto a mis hermanos los obispos que ocupábamos el presbiterio, nos hacía levantar del asiento la mágica voz de Gayarre; y aquel eruere, última palabra de la lección, perdiéndose en las bóvedas del templo, parecía un eco angelical que llegaba hasta el Trono del Altísimo". La brillante campaña de Gayarre terminó con Lucía, que cantó para despedida. El público no cesaba en sus aplausos. Entonces, Julián Gayarre mandó sacar un piano a escena y entonó el Gernikako Arbola.

Comprometido con el empresario Ghaillard, la noche del 7 de abril de 1886, debutó en la Grande Opera con La Africana. No se debe olvidar que aquel teatro era el baluarte de los artistas franceses que consideraban a la Grande Opera como santuario exclusivo. Sin embargo, Gayarre rompió el hielo inicial. "Pero donde la ovación fue inmensa, colosal; donde electrizó absolutamente a todo el público; donde ganó definitivamente -J. Enciso-, fue en el cuarto acto al cantar la romanza Pays merveilleux, que la dijo de una manera maravillosa, teniendo que repetirla entre atronadores aplausos". Los xenófobos se valieron de cierta prensa contra Gayarre. Pero esto no empañó lo más mínimo su triunfo. El todo París oía y obsequiaba a Gayarre. "Le Figaro", "Le Temps", "La France", "Le Matin", toda la prensa responsable, celebraba su triunfo. Recibió felicitaciones del Presidente del Consejo de Ministros Mr. Freycinet, del Presidente de la Cámara de Diputados Mr. Floquet, que todas las noches subía al escenario, a felicitarle. Al final de la temporada le entregaron una medalla de oro conmemorativa de su brillante actuación. Gayarre, en su carta a Enciso, del 14-4-1886, desde París, desvela algún detalle de la campaña de los xenófobos: "Un crítico ceñudo de no me acuerdo qué periódico, protesta de mi admisión en la Academia de Música (Opera), como perturbador y, sobre todo, porque soy estrella, y todo lo demás desaparece, lo cual es humillante para los otros artistas".

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En el Coyent-Garden debutó con Lucrecia Borgia. Llevaba cantadas tres óperas con el éxito de siempre cuando cayó enfermo. Estaba ronco, no podía cantar. Gayarre achacaba esto a la terrible tensión nerviosa de la campaña de París. Pero aún cantó Lohengrin y se despidió con Fausto.

El invierno fue a Madrid, contratado para la temporada 1886- 87. Además de su repertorio habitual, dos novedades: los estrenos de La Regina di Saba, de Goldmarck, y la ya cantada en Italia, Il Ducca d'Alba. Esta última la borró de su repertorio pues le parecía que no gustaba al público.

De Madrid a Alicante, ocho días de excursiones y dos representaciones. Siguieron algunas representaciones en Barcelona. Trasladándose después a Londres, a las fiestas del jubileo de la reina Victoria. Llevó a estas fiestas a su cuñada Gabriela con sus hijos. El éxito en Londres fue grande. Y tuvo la ocasión de estrenar la hermosa partitura de Glinka, La Vita per lo Czar.

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Este verano se fue a su pueblo, Roncal, para inaugurar la grandiosa plaza-frontón-paseo que Julián Gayarre había mandado construir para sus paisanos a orillas del Ezka, de piedra gris, bien labrada, de cien metros de larga y veinticuatro de ancha. Puede jugarse a varias modalidades de pelota. Su costo fue de ochenta mil duros de aquel tiempo. A primeros de julio llegó Gayarre con su cuñada, sus sobrinos y Pepe Elorrio. Ya le esperaban allí sus amigos de siempre, hospedados en su casa. Fueron allí los mejores pelotaris de San Sebastián, y con ellos el famoso "Chiquito de Eibar". Invitó a los aficionados de todos los pueblos del valle. Llevó una banda de música de Pamplona. Bendecido el hermoso frontón, comenzaron las fiestas que duraron tres días, con bailes, competiciones de pelota, fuegos artificiales, meriendas populares y alegría general que se extendía a los habitantes de los siete pueblos.

Haciendo caso omiso a las ofertas del Real de Madrid, se trasladó a Milán, para la temporada de 1888 que empezaba en los primeros días de enero. Reapareció en la Scala con La Africana. Tras diez años de ausencia volvió a ser el ídolo del público más exigente y entendido del mundo lírico. Los milaneses seguían manteniéndole el titulo de nostro gran tenore. En medio de la gloria de Milán, el gobierno italiano lo llamó a Roma, para cantar en los funerales del rey Víctor Manuel. Debía cantar la Misa de Réquiem, de Mascheroni, en el Panteón. La voz de Gayarre impresionó profundamente. A la terminación, el jefe del gobierno italiano, Sr. Crispi, le entregó el diploma y las insignias de la Orden de la Corona de Italia. Primera que se concedía a un artista extranjero. Terminó la temporada de la Scala clamorosamente. Luego a Roma, durante un mes en el teatro Argentino, y después al Comunale de Bolonia.

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Actuaría en las funciones de gala, Gayarre llevó a sus familiares de Roncal, pues no quería que se perdieran aquel fastuoso espectáculo y los grandes festejos de aquellos días. El 27 de mayo tenía lugar la función de gala en el Liceo, en honor de Oscar II, rey de Suecia y Noruega. Le acompañaba la Reina Regente con su hijo el príncipe Alfonso y las infantas Teresa y Mercedes. Asistían los familiares de Gayarre, pues le gustaba obsequiarlos con espectáculos que recordarían durante toda su vida. La obra cantada fue La Africana. La última función regia fue en el Teatro Lírico, pues María Cristina había manifestado sus deseos de oír a Gayarre en Los Puritanos. Al día siguiente la reina le llamó para felicitarle y agradecerle haber accedido a sus deseos. Le regaló, como recuerdo, unos preciosos gemelos con brillantes y rubíes, rematados por una corona real de oro, con las iniciales M. C.

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De Cataluña se fue a pasar el verano a Roncal. Le gustaba ocuparse de las obras de las escuelas y corretear, andar por sus montes o, simplemente, convivir con su gente. Julián sentía devoción por San Sebastián, venerado en la ermita de Navarzato. Ya su madre lo había puesto bajo su protección, llevándolo hasta allí de recién nacido. Este verano de 1888 se realizaría una gran fiesta, estaba invitado todo el pueblo. Hombres, mujeres y niños, en caballerías o a pie, subieron en alegre romería. Cantaron la misa los curas de Roncal, Garde y Urzainqui. Desde el coro Gayarre, su sobrino Valentín, Pepe Elorrio y gente del pueblo contestaban a los oficiantes. Gayarre hablaba con sus paisanos en euskara roncalés que dominaba, como lo demuestra la carta a su tía Juana. Una espléndida comida campestre en medio de una general alegría. "Corrió el vino sin tasa y pronto salieron txistus y tamboriles, terminando por formarse -Hernández Girbalel más animado y alegre baile campesino. Nadie, ni aun Julián, dejó de tomar parte en él". Este baile era el txuntxun, común por entonces a todos los pueblos del valle. Gayarre expresaba sus deseos de perfeccionar la fiesta para 1889. Pero esta fiesta en Navarzato sería la última.

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Empezó la temporada del Liceo el 3 de octubre de 1888 con La Africana, con la Gabbi-Ugonotti. Siguió con Mefistófeles, Lucrecia Borgia y La Favorita, cuyo Spirto gentil despertó un entusiasmo inenarrable. En la primera quincena de noviembre, dentro de los festejos de la Exposición Internacional, se realizó un Concurso Internacional de Orfeones. Gayarre siguió con pasión la lucha por el primer puesto, sobre todo la de los orfeones de Bilbao y Limoges. En una carta a su amigo Enciso, le resumía así la victoria de los vascos: "Por ocho votos contra uno se adjudica el premio al Orfeón de Bilbao. Un ¡hurra! general hizo temblar la sala. Los bilbaínos se abrazaron y abrazaban a Zabala. Todos gritaban (y yo el que más): ¡Viva Bilbao!". Anotamos que en su larga carta, Gayarre llama a los bilbaínos "chapelgorris". Los triunfos de Gayarre se contaron por actuaciones, despidiéndose con Mefistófeles. "Y tras el epílogo, fragmento que ha quedado como uno de los más deliciosos que ha cantado nunca artista alguno -Hernández Girbal-, el público, que llenaba totalmente el teatro, le dedicó una de las ovaciones más emocionantes de su vida, como si presintiese que le decía adiós para siempre. Se le entregó un busto, una extraña lluvia de hojas doradas y de laureles cayó sobre Gayarre y su busto. Para corresponder a tanto afecto cantó al piano el Gernikako Arbola.

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De Barcelona a Nápoles para despedirse, sin saberlo, del grandioso teatro de San Carlos. Era empresario el príncipe Pignatelli y fue Gayarre quien lo salvó de la ruina.

Al finalizar febrero llegó a Madrid. El 8 de marzo debía dar la primera representación con la eminente Medea Morelli. Había llamado a J. Enciso y al Dr. Achúcarro, que llegaron desde Bilbao, a oírlo cantar, el día 9. Lo encontraron en cama. Se le había reproducido aquel extraño dolor en el pecho, surgido en Londres, después del debut en la Grande Opera de París. El Sr. Achúcarro volvió a Bilbao sin oírlo cantar, recomendándole reposo en el balneario de Alhama de Aragón. A los cinco días se sentía bien y mandó telegrafiar al empresario del Real. La reaparición fue triunfal. A la tercera representación de La Africana dijo que no se encontraba bien, que temía no poder cantar la cuarta. Animado por su fiel criado Angel y por Enciso, levantado su ánimo, canta la cuarta vez. El público no advierte su temor y angustia y triunfa como siempre. Pasado este trance se dedica a estudiar su nueva ópera, Los Pescadores de Perlas.

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Procedente de Erronkari, valle vasco del Pirineo navarro, donde se hablaban el euskara nativo, parecido y pariente del hablado en la cercana Zuberoa, y el romance navarro. Así, Julián se crió hablando euskara roncalés en casa, en la calle y en el monte. Romance castellanizado en la escuela. Luego se demostraría que este bilingüísmo, esta constante gimnasia mental, había de serle favorable para dominar el español, el italiano y el francés. Su curiosidad, su afán de saber, le hacía visitar Exposiciones Internacionales. En su viajar continuo llegó a visitar las grandes obras de arte europeas, asesorado por sus amigos artistas. Pilar Tuero-O'Donnell, en su obra "Mariano Benlliure o Recuerdos de una familia", 1962, desvela el carisma de Gayarre. "Años anteriores a la boda de Benlliure, Gayarre, a su llegada a Roma, tenía por costumbre otorgar su primera visita al estudio que el escultor poseía en la Vía Margutta. Desde el jardín, en tono agudo llamaba: ¡Mariano!... Al oír aquella voz tan excepcional, los artistas que ocupaban los otros estudios, llenos de alegría, salían a las ventanas exclamando: ¡Ecco, Gayarre!... Aquellas visitas no se interrumpieron después de la boda de Mariano". "Nació la pequeña Leopoldita"... "Nadie fue más dulcemente mecido que aquella personita. Trepaba sobre las rodillas de aquel gran amigo rogando en su balbuceo que cantase para ella la "nana" predilecta. Julián Gayarre entonaba alguna de aquellas habaneras entonces en boga..". "Aquel hombre tan grande, como buen cantante, la estrechaba junto a si, y, dulcemente, entonaba la "nana" ansiada...". "Aquella garganta donde las notas musicales eran risas de plata, parecieron impregnar en la niña una huella armoniosa"... "Siempre Nini fue amante del canto". "Hubiera deseado ser la tiple famosa que soñó al recordar a aquel ser extraordinario. Al faltar éste pareció desaparecer también el encanto de aquel hogar". La muerte de Gayarre fue un terrible golpe para Benlliure. Sigue Pilar Tuero: "Cuando éste murió, se encerró en su estudio sin desear ver a nadie. En esta soledad debió trazar rasgos con que perpetuar la memoria del gran cantante y gran amigo". Cultivando su espiritu por los constantes viajes, las múltiples relaciones y las fieles amistades, no descuidaba la lectura. Conocía los grandes autores italianos, franceses y españoles y podía leerlos en sus idiomas respectivos. En sus triunfos de Milán, supo tener tiempo para visitar el mausoleo del General Pedro de Bereterra, Conde de Oliveto, más conocido por Pedro Navarro, originario del valle de Roncal. Sin olvidar sus amistades entre los maestros como Donizetti, Ponchielli o Barbieri y la gran Adelina Patti. Sus relaciones y hasta amistad, con Castelar, los Benlliure o los contactos con Víctor Hugo o la insigne Sarah Bernard. Pero no olvidaba a sus íntimos, que aparecen en todas sus biografías como una constante de su vida. Y sus especiales amigos del País Vasco, Joaquín Maya, Hilarión Eslava, Conrado García, Peña y Goñi, Iparraguirre, Sagarminaga o las fugaces cantatas en romerías como la de Urkiola, mezclado entre los mozos, cuando la rosquillera exclamó al oírle cantar: "Tú, teatro debías hacer". Y todo esto, partiendo desde su gran corazón, su clara mente y su garganta milagrosa. Su cultura debería estudiarse desde su figura carismática, desde su humanismo integral.

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Estrenó en el Real Los Pescadores de Perlas, de Bizet. En el papel de Nadir alcanzó el más estruendoso de los éxitos. Pero en medio del triunfo, de aquella euforia, Gayarre presentía su próximo fin. Día 8 de diciembre de 1889. Carta patética de Gayarre. "Esto se acabó". La mañana de este día 8 de diciembre escribía a su entrañable amigo Julio Enciso: "Yo canto esta noche la última función por ahora, y pienso descansar un mes o dos para combatir esta afección laríngea que me impide cantar con el desahogo a que estoy acostumbrado, y creo que lo conseguiré". Cantaría Los Puritanos. Empezó muy bien y se le hizo repetir el dúo con el barítono entre aplausos atronadores. Al llegar la romanza, algunos notaron algo extraño al emitir la voz. Y al acabar una nota aguda de la romanza se quebró ésta en su laringe, haciéndole enmudecer. Lleno de angustia, se llevó las manos a la frente, diciendo con profunda tristeza: "No puedo cantar" y se retiró auxiliado por las personas que estaban en la escena. Con los cuidados y medicamentos adecuados se recuperó. Continuó la representación y en el último acto cantó la romanza y dio la nota con un esfuerzo supremo, pero no con la pureza y limpidez de siempre. Ovaciones frenéticas y numerosas salidas a escena. Aquel público devoto del divino Gayarre ignoraba que lo despedía definitivamente. Pero Gayarre intuía su próximo fin. Cuando cayó por última vez el telón, exclamó con dolorido acento, arrancado de lo más profundo de su alma: "¡Esto se acabó!". Su fiel criado Ángel sabía el real estado de Julián. Observaba la profunda alteración de su espiritu, su tristeza, sus desfallecimientos. Enfermó de gripe. Sólo se libraron sus familiares de Roncal, Evarista y Gregorio. El 31 de diciembre Enciso recibía la alarma de Pepe Elorrio. "Julián grave". Desde Roma, Mariano Benlliure inquiría diariamente por su salud. Las noticias se sucedían: "Julián acabándose por momentos". "Se agotan todos los recursos". "Imposible salvación". Finalmente, en la mañana del 2 de enero Enciso recibió el telegrama: "Nuestro querido Julián ha fallecido a las cuatro y veinticinco minutos de esta madrugada, rodeado de la familia y amigos, y agotados los recursos de la ciencia". Julio Enciso, en "Memorias de Julián Gayarre", la obra clásica sobre el tenor roncalés, publica una sentida y larga carta de Pepe Elorrio con emocionantes detalles. Allí estaban su cuñada Gabriela, sus sobrinos Fermina y Valentín, su primo Gregorio y Evarista. En su agonía, en medio de aquel silencio interrumpido sólo por los sollozos, hablaba: "Ahora dirán que no se morir... ¡Esto no es el teatro!". Después quedóse muy postrado, oyéndose sólo el estertor de su agonía. El último momento estaba próximo: "¡Fernando!... ¡Fernando!" -dijo evocando a su personaje de La Favorita. Y expiró. "Unos momentos antes habíamos retirado a las pobres mujeres, locas de dolor. Yo le cerré los ojos. Gregorio le cerró la boca. Todos llorábamos arrodillados, mientras Echavarria, a la cabecera, rezaba las últimas oraciones".

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Al día siguiente, 3 de enero de 1890, más de trescientas coronas asediaban su domicilio de la plaza de Oriente, totalmente llena. La orquesta del Real, coro y bajo empezaron el cuarto acto de La Favorita. Al llegar al Spirto gentil enmudecieron súbitamente. La nieve caía en abundancia sobre la multitud. El féretro fue enviado por tren a Pamplona. En la Diputación, después del gran desfile, Joaquín Maya y sus profesores, con algunas personas, entre ellas Arturo Campión, a la luz de los cirios, contemplaron un momento, apenas visible, "una faz lívida, de frente prócer, de ceño adusto y expresión dolorida, a la que no impuso su fría impasibilidad la muerte". Así dice Campión en su "Gau-illa". Luego, con recogida piedad, tocan sólo para aquel pobre muerto. En Roncal, en medio de la nieve, esperaba todo el valle. Fue enterrado en una tumba provisional hasta que Benlliure le construyera el hermoso mausoleo donde actualmente reposa.

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Sabido es que Gayarre conocía perfectamente el "euskara" roncalés y con él se entendía en sus viajes por Zuberoa, Baja Navarra, etc. Y además que en Guipúzcoa perfeccionaba el suyo para soltarse en aquella tierra donde la densidad euskérica era enorme. A este respecto se cuentan varias anécdotas. Se decía que en la corte del Zar de Rusia daba las gracias en un idioma desconocido. "Según una de esas anécdotas el padre de Gayarre fue a Madrid por vez primera y sin previo aviso a presenciar la actuación de su hijo en el Teatro Real. Cuando Gayarre, ya en escena, advirtió que su padre estaba sentado en primera fila, en el hueco del pasillo, en sillón apresuradamente agenciado, le habló en euskera roncalés, entre tanto todo el público escuchaba en impresionante silencio el misterioso diálogo". (E. G. I. del País Vasco, Lit. I). El antropólogo Telesforo de Aranzadi, entonces estudiante, oyó a Gayarre cantar el Adiyo Euskalerria, en el Real, en una función de la Estudiantina. Y que, ante la insistencia de los aplausos, volvió al escenario con "un anciano de melenas blancas y vestido con modesta americana: era el autor del zortziko, el mismísimo Iparraguirre". ("E. Alde." S. S. Año IV). En las funciones de despedida, generalmente, solía terminar con el Gernikako Arbola, principalmente en Madrid, Barcelona, París y alguna ciudad italiana. Según su sobrino Valentín "hablaba bastante bien el vascuence y lo entendía perfectamente". En San Sebastián organizó un concierto para socorrer al pueblo navarro de Jaurrieta. Aquí habría cantado algunas canciones euskéricas. Isidoro de Fagoaga nos cuenta que el tenor navarro Antonio Paoli (Irulegui) en una sesión de espiritismo en Roma, invocaba al espíritu de Julián en euskara: "Errazak bai edo ez gure maixu maitia". Todo el mundo del arte sabía, no hacía ningún misterio de la euskaldunidad de Gayarre. Como broche de oro sobre este tema. Fagoaga, en su viaje a Roncal, en 1950, encontraba la perla negra, una carta euskérica de Julián que comenzaba así: Ene tía Juana maitia. ("Retablo Vasco", I. de Fagoaga. Col. Auñamendi n.° 6. 1959).

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Los días 10 y 11 de enero de 1982 se conmemoró en Bilbao el centenario de haber cantado en la villa el tenor navarro Julián Gayarre en la iglesia de San Nicolás, en los funerales del empresario Urízar. Este acto contó con la actuación del tenor canario Alfredo Kraus y Vicente Sardinero. La función homenaje a Gayarre, por el mismo motivo, se desarrolló en el Coliseo Albia. Se representó Lucía de Lamermoor, con Alfredo Kraus, tenor; Vicente Sardinero, barítono; Adriana Annelli, soprano; Juan Franco Casarini, baritono, Carmen Guerrikabeitia y Alfredo Hilbroon. La orquesta, dirigida por Franco Rigoli. Los coros de la Abao dirigidos por Juanjo Larrinaga; regidor de escena, Diego Monjo.

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  • Bibliografía: Reverter, Arturo: "Gayarre, Sebastián Julián", en Casares, E. (dir.): Diccionario de la Música Española e Hispanoamericano. [Madrid]: Sociedad General de Autores y Editores, 1999. T. 5, pp. 548-51.
  • VV.AA.: Gayarre y su tiempo. Pamplona: Gobierno de Navarra, 1990.

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