Concept

Narrativa vasca del siglo XX, o la memoria de la nación

Información complementaria


         · Literatura vasca
         · Siglo XVI
         · Siglo XVII
         · Siglo XVIII
         · Siglo XIX
         · Siglo XX. 1900-1975
         · Siglo XX. 1975-2000


         · Cuento
         · Poesía
         · Ensayo
         · Literatura oral
         · Traducción
         · Literatura infantil y juvenil


         · Cómic
         · Historia editorial
         · La imprenta en Euskal Herria
         · Premios literarios

         · Exilio y literatura
         · Crítica gay-lesbiana
         · Revistas de literatura


El escritor Bernardo Atxaga (1951), no dudaba en comparar, en un conocido poema suyo la literatura vasca con un erizo que ha estado demasiado tiempo en letargo, pero que, afortunadamente, ha conseguido despertar en el siglo XX (Atxaga, 1990). El período más reseñable de nuestra historia literaria comienza, por tanto, en el siglo pasado. Anteriormente, nos encontramos con una producción literaria donde predominan textos religiosos, producción que muestra los primeros síntomas de cambio en el último decenio del siglo XIX, al calor de los Certámenes Florales y del renacimiento cultural que siguió a la derogación de los derechos forales en 1876. Fue entonces cuando desapareció el antiguo predominio de obras de edificación y formación religiosa, y cuando el espectro de géneros literarios cultivados se amplió, con la irrupción de un nuevo género literario: la novela. Ésta tomará como modelo la novela histórico-romántica de corte scottiano, practicada por autores fueristas que escribieron en castellano, tales como, Francisco Navarro Villoslada o Juan Venancio Araquistain. Es en este contexto cuando se publica por entregas, a partir de 1897, la primera novela en lengua vasca: Auñemendiko lorea [La flor del Pirineo], de Domingo Agirre. Se trata de un texto histórico romántico, próximo a Amaya o los vascos en el siglo VIII de Navarro Villoslada. La influencia de Domingo Agirre fue crucial en la evolución de la novela vasca, pues será el modelo costumbrista fijado en sus novelas Kresala (El salitre, 1906) y Garoa (El helecho, 1912) el que perdurará hasta mediados del siglo XX. Agirre trató de reflejar la vida de los "auténticos" modelos tradicionales vascos: el caserío y el mar. Se trata de un tipo de novela sin acción y que dibuja diferentes cuadros de costumbres, un tipo de novela que gira en torno a tres grandes ejes: fe, patriotismo y vasquidad, y contada por un narrador omnisciente.

La prosa de Agirre se impregnó de una cosmovisión e ideología, el nacionalismo vasco, que hizo su aparición, de la mano de Sabino Arana Goiri (1865-1903), en la última década del siglo XIX. El nacionalismo de Arana es heredero del movimiento fuerista y de todo un linaje de Aitor (Juaristi, 1987) que creará el humus sobre el que el nacionalismo vasco erigirá esa immagined community (Anderson, 1991), sostenida, como en la mayoría de los nacionalismos, "por una noble tradición que se remonta a tiempos inmemoriales" (Bhabba, 1990: 45). A partir de aquí, la escritura en lengua vasca tendría por función primordial la de contribuir a la creación de la Nación Vasca.

Un espectacular proceso de industrialización siguió al inicio del siglo XX, sobre todo, en las provincias de Bizkaia y Gipuzkoa. El crecimiento demográfico, o el surgimiento del Partido Socialista Obrero Español (1879) en Bilbao, son algunos de los elementos que habría que destacar en esta época de boom económico que vivió la Euskadi peninsular, situación económica que, sin duda, se vio favorecida por la neutralidad española durante la primera contienda mundial. Este momento de bonanza impulsó toda una serie de iniciativas culturales, tales como, el florecimiento de la filología vasca de la mano de R. M. de Azkue y de Julio de Urquijo (1871-1950), fundador de la Revista Internacional de Estudios Vascos, RIEV, en 1907. También fue espectacular el desarrollo de la música (con autores como el Padre Donosti, Guridi, Usandizaga ...), el impulso de la arqueología y etnografía vascas (con Telesforo de Aranzadi, J.M. Barandiaran).... Todas estas iniciativas pusieron de manifiesto una de las grandes carencias del país: la de una universidad pública que formara a las élites intelectuales (Chueca, 2000: 392-393). La celebración del Primer Congreso de Estudios Vascos, y la creación de instituciones como la Sociedad de Estudios Vascos-Eusko Ikaskuntza y la Real Academia de la Lengua Vasca-Euskaltzaindia, todos ellos en 1918, trató de dar respuesta, en cierta medida, a dicha demanda.

Algunos intelectuales como Miguel de Unamuno cuestionaron las capacidades expresivas de la lengua vasca ante el mundo moderno, un cuestionamiento que, sin duda, obviaba una realidad sociolingüística marcada, entre otros aspectos, por la no oficialidad del euskara y por la obligatoriedad del conocimiento del castellano en la zona peninsular. Lo cierto es que el uso del euskara se fue confinando, cada vez más, al mundo rural, mientras que el del castellano era impulsado, además de por la educación formal, por los núcleos urbanos e industriales, receptores, desde el último tercio del siglo XIX, de grandes oleadas de inmigrantes castellanoparlantes. Son precisamente esos dos mundos, los que se erigirán en el centro del imaginario y de los estereotipos que alimentaron el nacionalismo vasco, tanto en la literatura vasca, como en otras manifestaciones artísticas como la pintura de los hermanos Arrue o Zubiaurre. También podríamos decir lo mismo a propósito de la producción operística de la época, una producción que, al igual que en otros lugares de Europa, hizo suya la ambición de erigirse en una ópera nacional. De las 40 óperas que se produjeron entre 1884, fecha en la que sale a la luz la primera ópera vasca de la mano del libretista Serafín Baroja (1840-1912), padre del escritor Pío Baroja, hasta 1930, destacan títulos como: Mendi Mendiyan [En pleno monte], de (1909) de Jose María Usandizaga, Amaya (1910), de Jesús Guridi, o Maitena (1909), de Charles Colin.

Tras las aportaciones de Agirre, la novela vasca continuará por los derroteros que él dejó marcados. Éste es el caso de la obra de José Manuel Etxeita (1842-1915). Sus novelas Josecho (1909) y Jayoterri maitia [Querida patria] (1910) se inscriben en la línea costumbrista aunque incorporan elementos de la novela de folletín y de aventuras. La segunda de las novelas, Jayoterri mattia, narra la historia de un grupo de pastores que viven en el idílico valle de Ardibaso (bosque de ovejas), pero que se ven obligados a emigrar a América por la penosa situación económica que atraviesa el valle. La añoranza y nostalgia por la tierra madre hará que regresen, una vez enriquecidos en tierras sudamericanas, a su patria querida como ricos "indianos". Se trata de un buen ejemplo de la negativa representación que tuvo el continente americano en la literatura vasca hasta la segunda mitad del siglo XX. América es vista como un lugar donde los vascos emigrantes corren el riesgo de perder su fe, como ocurre en el caso del protagonista de la novela Ardi galdua [La oveja perdida] (1918), del polifacético R.M. de Azkue, un lugar en el que prevalece el vicio, en especial, el de las mujeres (cf. J.M. Hiribarren en su Montevideoko berriak [Noticias de Montevideo], de 1853). Junto a la de Azkue, completan el elenco de las novelas costumbristas anteriores a la guerra, la novela folklórica Piarres (1926-29) de Jean Barbier y las novelas Mirentxu (1914) y Yolanda (1921) de Pierre Lhande (1857-1957).

Por otro lado, aunque a priori menos ambiciosa que las novelas citadas, el relato breve costumbrista que se publicó en esta época logró conectar con los lectores vascos mucho más que aquellas. Nos referimos a las crónicas de Jean Etxepare (1877-1935): Buruxkak (1910) y Berebilez [En coche] (1934), y a los libros de narraciones breves anteriormente mencionados, Abarrak (1918) [Ramas] y Bigarren Abarrak (1930) [Segundas ramas] de Ebaristo Bustintza "Kirikiño", o Ipuiak [Cuentos] (1930) de Pedro Miguel de Urruzuno y el conocido Pernando Amezketarra. Bere ateraldi eta gertaerak [Fernando de Amézqueta. Sus ocurrencias y sucedidos] (1927), de Gregorio Mujika. Todos ellos tienen el mérito de haber desarrollado una prosa fluida, alejada del influjo purista y que conectó con los lectores potenciales que prefiguraba este tipo de relato tradicionalista, los lectores del ámbito rural. Destacar, además, la aportación que las mujeres hicieron a la vida literaria de la época. Autoras como Rosario Artola (1869-1950), Tene Mujika (1888-1981), Julene Azpeitia (1988-1980), Katarine Eleizegi (1889-1963), o Sorne Unzueta (1900-2005), colaboraron ampliamente en las numerosas revistas y publicaciones de aquellos años, más de 140 entre 1876 y 1936. Tal y como demostró Maite Nuñez Betelu (2001), estas mujeres respondieron al rol que el nacionalismo vasco adscribía a las mujeres y madres de la época: la de ser responsables de la transmisión de la fe católica y del euskara. Es reseñable que muchas de ellas pertenecieron al denominado Emakume Abertzale Batza ( cf. Mercedes Ugalde 1993).

En cuanto a la novela vasca, transcurren nueve años entre la publicación de las últimas obras de preguerra (las novelas Usauri (1929) y Donostia (1933) de Agustín Anabitarte, y Uztaro, 1937, de Tomas Agirre), todas ellas de corte costumbrista, hasta la aparición, en 1946, de Joanixio de Juan Antonio Irazusta, en la editorial Ekin de Buenos Aires.

La Guerra Civil española (1936-1939) trajo efectos devastadores en la producción literaria vasca. A la gran cantidad de bajas y de exiliados, siguió la gran represión que ejerció el bando de los ganadores. Hablamos de una época en la que se prohibieron los nombres vascos e incluso las inscripciones en euskara de las lápidas de los cementerios, una época en la que la calle, la administración, la cultura... fueron ámbitos donde el franquismo ejerció su censura. Se ha afirmado que la generación de la posguerra fue una de las más importantes de la literatura vasca, pues le dio lo que más necesitaba en aquellos momentos: una continuidad. El género más cultivado fue la poesía, entre otras razones, porque era más fácil publicar poemas sueltos que obras completas y porque entre los años 1940-1950 la actividad editorial normalizada era prácticamente imposible.

En cualquier caso, ni la mencionada novela de Irazusta, ni la de José Eizagirre (1881-1948) Ekaitzpean [Bajo la tormenta] (1948) narrarán el drama del exilio vasco en toda su crudeza. Hasta la llegada de las novelas de Martín Ugalde (1921-2004) el conflicto incidirá sólo anecdóticamente en la novela vasca, pero no condiciona ni la narración ni la visión maniquea que subyace a ellas. Destaca, sin duda alguna, el acierto con que Ugalde narra en Itzulera baten istorioa (1989) [trad: Historia de un regreso, Ed. Hiru, 1995] el desarraigo y la alienación de la protagonista de la novela, hija de exiliados y cuya hibridez identitaria le sitúan entre las dos patrias que le habitan.

La primera novela publicada en la península tras la Guerra Civil no llegará hasta 1950. Nos referimos a la novela histórica Alos-Torrea, de Jon Etxaide (1920-1998), autor prolífico y traductor de Baroja al euskera. También publicó novelas como: Joanak joan [Lo pasado, pasado está] (1955) y Gorrotoa lege [El odio, ley] (1964), en las que algunas pasiones quebraban, sólo en parte, el mundo idílico dibujado en las novelas costumbristas. Por otro lado, Jose Antonio Loidi (1916-1999) con su novela Amabost egun Urgain'en [Quince días en Urgain] (1955), aportó algunas novedades temáticas al panorama novelesco de la época, por tratarse de la primera novela policíaca en euskara.

Podemos decir que fue en la década de 1950 cuando la literatura vasca se institucionalizó como actividad autónoma dentro de la vida literaria vasca (Lasagabaster, 2005: 123-136). La narrativa vasca sintonizó con las corrientes literarias europeas del momento, y esta sintonía también se vio plasmada en el interés que las traducciones al euskera de Shakespeare, Baroja, Homero o Juan Ramón Jiménez fueron despertando. Esta tendencia se vio incrementada con la traducción, en las décadas siguientes, de obras de Hemingway, Tagore, Ionesco, Cela, Brecht, Camus, Kafka, Stevenson o Twain. La creación de la colección "Kulixka Sorta" de la Editorial Itxaropena de Zarautz en 1952, dio un empuje a la normalización del lenguaje literario vasco, puesta al día que pretendió emprender e impulsar la creación de nuevas revistas como Jakin (1956), Karmel (1950) o Anaitasuna (1953), y supondrá una importante plataforma cultural para el relanzamiento de la vida cultural vasca.

La novela vasca pasó del modelo costumbrista vigente hasta la fecha a un tipo de novela de corte existencialista con Leturiariaren egunkari ezkutua [El diario secreto de Leturia] (1957), de Jose Luis Alvarez Enparantza, Txillardegi. Es cierto que se publicaron otras novelas de tono existencial (como las de Eusebio Erkiaga o la de Sebastián Salaberria), pero ninguna tenía la novedad narrativa que traía la de Txillardegi. Al igual que A. Roquentin en La Nausée (1938), Leturia, el primer héroe problemático de la novela vasca, plasma en su diario la ausencia de sentido de la existencia humana y reflexiona en torno a los temas cruciales del existencialismo: la soledad, el fracaso, la muerte, la angustia que genera el tener que decidir. Las siguientes novelas de Txillardegi (Peru Leartzako (1960) y Elsa Scheelen (1969)) también se adscribirán a la tipología existencialista.

Por su parte, Jon Mirande, heterodoxo y nihilista, admirador de Poe y Baudelaire y lector de Nietzsche, también nos dejó una novela, Haur besoetakoa (1970) (La ahijada, traducido por E. Gil Bera, 1991), una novela psicológica que recordaba por su tema, la relación entre un hombre maduro y su jovencísima ahijada, a Lolita de Nabokov.

El activismo político contra el régimen del dictador Francisco Franco fue de la mano de un activismo cultural durante las décadas 60 y 70. Son años en los que se acometen iniciativas importantes, tales como, las campañas de alfabetización y afianzamiento de las escuelas vascas o ikastolas, la unificación de la lengua vasca (1968), la creación de nuevas editoriales que incrementan la producción en euskara (en 1965 se celebra la primera Feria del Libro Vasco en Durango), el surgimiento de la canción moderna con grupos como Ez dok amairu (1963). Se ha dicho que a la ortodoxia cultural vigente en la época, se contrapuso una heterodoxia cultural y política, impulsada por autores como el poeta bilbaíno Gabriel Aresti, el insigne filólogo Koldo Mitxelena y el escultor Jorge Oteiza.

En 1969, la publicación de la novela Egunero hasten delako [Porque comienza cada día] del escritor Ramón Saizarbitoria (1944), supuso el relevo de la poética existencialista por una novela experimental próxima al Nouveau Roman francés. Aunque durante las décadas 1960-70 se publicaron novelas de corte social (como las de Xabier Amuriza, Txomin Peillen o Xabier Gereño), o de tipo alegórico que trataron de burlar la censura franquista (como las de Anjel Lertxundi oMikel Zarate), la verdad es que fue la tendencia experimentalista la que prevaleció y realizó las aportaciones más interesantes para la renovación del género. Egunero hasten delako narra en dos planos narrativos independientes que se van alternando, la historia de una joven estudiante que quiere abortar y la conversación que tiene lugar en una estación de ferrocarril entre un personaje extraño y uno o varios interlocutores anónimos. La segunda novela de Saizarbitoria, 100 metro (1976) (Cien metros, Ed. Nuestra Cultura, 1979) no sólo confirmó las expectativas del lector de la época sino que, en gran medida, las superó. Aunque es cierto que la historia que se narraba en el plano principal de la novela, a saber, los últimos cien metros de un activista de ETAantes de ser abatido por la policía en una plaza de San Sebastián, condicionó poderosamente las lecturas que en su día se hicieron de la novela, la verdad es que el autor se anticipó a la novela vasca de la última década del siglo XX en su intento de reflexionar sobre la violencia terrorista de la banda ETA, surgida en 1959. La publicación de la tercera novela de Saizarbitoria, la metanovela Ene Jesús (¡Ay, Dios mío!, 1976), marcó el final de la fase experimental de la novela vasca.

El inicio de la era democrática española en 1975, aunque no supuso un cambio drástico en los paradigmas literarios vascos de la época, sí que posibilitó que se dieran las condiciones objetivas para el afianzamiento del sistema literario vasco en la Euskadi peninsular (Olaziregi, 2005). La aprobación del Estatuto de Autonomía (1979) y de la Ley de Normalización del Uso del Euskera (1982) permitieron, entre otros aspectos, la implantación de modelos bilingües de enseñanza o la convocatoria de ayudas a la edición en lengua vasca. Gracias a estas ayudas, surgieron nuevas editoriales y la producción editorial vasca se incrementó de forma manifiesta. En la actualidad, se publican unos 1.500 títulos al año, y el 59 % de lo publicado en literatura vasca es narrativa, género que ha contribuido, sin duda, al afianzamiento de nuestro sistema literario. Contamos con una red editorial de más de cien empresas, un número de escritores que ronda los 300 (85 % hombres, 15% mujeres). Además, la instauración de los estudios universitarios de Filología Vasca en 1977 supuso el empuje definitivo para que la crítica académica se desarrollara plenamente. Es también en la década de los 80 cuando surgen las asociaciones como la de los Escritores en Lengua Vasca, EIE, o la de los Traductores, Correctores e Intérpretes de Lengua Vasca, EIZIE. Destacar, sin duda, la contribución que las traducciones de las obras universales al euskara han realizado al afianzamiento de la lengua literaria vasca y el paulatino incremento de las traducciones de obras escritas en euskara a otras lenguas (cf. basqueliterature). La literatura vasca ha sufrido un claro proceso de autonomización e incorpora, entre sus anhelos, el de obtener el certificado literario por medio de las traducciones a lenguas más centrales. Como defendió Casanova (2001: 182-3), la traducción, además de una naturalización (en el sentido de cambio de nacionalidad), supone una literarización, un imponerse como literatura ante instituciones legitimadoras. Algunas de esas instituciones, como los organismos que otorgan premios literarios, tales como los premios nacionales de literatura en España, han recalado en autores vascos como Bernardo Atxaga por su conocida Obabakoak (1989) o en Mariasun Landa, por su Krokodioloa ohe azpian (2003) (Un cocodrilo bajo la cama, SM, 2004), pero también en autores jóvenes que con sus primeras novelas se han alzado con los Premios Nacionales de Narrativa. Tal es el caso de Unai Elorriaga que se alzó en el 2002 con el premio por SPrako tranbia (Un tranvía en SP, Alfaguara, 2003) y Kirmen Uribe, que hizo lo propio en el 2009 por Bilbao-New York-bilbao (2008) (Bilbao-New York-Bilbao, traducción de Ana Arregi, Seix-Barral, 2009).

Como ocurre en otros sistemas literarios, también la actividad literaria vasca se ha polarizado, en los últimos años, en torno a la novela. Hoy por hoy, éste es el género con más repercusión y prestigio literario, y, por supuesto, el de mayor rentabilidad editorial. Podríamos decir que la novela vasca de las tres últimas décadas hace suya la premisa posmoderna de que todo está contado pero hace falta recordarlo. Hablamos de una novela que presenta un claro eclecticismo en sus influencias e intertextos literarios, y que aunque hace suyas las técnicas del modernismo, gusta de realizar combinaciones paródicas e irónicas de géneros y ofrece una diversidad de tipologías realmente considerable. También entre nosotros se habla de la cultura como expresión y objeto de consumo, de la reprivatización de la literatura (por la popularidad que tienen la literatura memorialística y los textos de corte autobiográfico), de la abundancia de metaficciones, de la hibridación de géneros, de la importancia que ha cobrado la restitución del pasado, o del auge de la novela negra y del mistery fiction. Es este un panorama marcado por una novela contemporánea vasca que mira, sobre todo, al pasado y que apuesta por una poética realista diversa y subjetiva. En este sentido, podemos decir que la novela vasca de las últimas décadas ha superado, por fin, esa incapacidad que, según críticos como Lasagabaster (1990: 22), tenía para "enfrentarse" a la realidad. Lo ha hecho desde la consciencia de que la ficción no recrea, representa o refleja ninguna "realidad" sino que la construye. Ello ha permitido que, por ejemplo, la novela vasca haya podido, gracias al incremento de textos en torno al terrorismo de ETA, avanzar en la destabuización del terrorismo de sus elementos fetichistas y ritualizados, y contribuir a romper la remitologización del terrorista (Zulaika 1999: 88).

La recuperación de la memoria histórica tan presente en muchas novelas vascas actuales busca deconstruir eventos históricos o políticos desde un prisma que huye de la mitificación o del planteamiento maniqueo. Cuestionada la objetividad del discurso historiográfico (Halbwachs 1992:49), se afirma que la literatura puede servir para contar esas "otras verdades" que la Historia ha desterrado en su discurso épico. No es difícil observar que la Guerra Civil y algunos episodios suyos en el País Vasco, como pueden serlo la batalla de los montes Intxorta y el bombardeo de Gernika, se han erigido en lugares de la memoria que han servido para deconstruir discursos como el del nacionalismo y quebrar un concepto monolítico de Nación Vasca. Entre las novelas que han tratado de reescribir nuestra historia más reciente, destacaremos: Abuztuaren 15eko bazkalondoa (1979) de Jose Agustin Arrieta (La sobremesa del 15 de agosto, Hiru, 1994); Euzkadi merezi zuten (1984) (traducido por Bego Montorio, Ed. Orain, 1995) de Koldo Izagirre; Azukrea belazeetan (1987) (edición bilingüe, traducido por Jorge Giménez, Atenea, 2006) de Inazio Mujika Iraola; Izua hemen (1990) y Kilkerra eta roulottea (1997) de Joxemari Iturralde; Badena dena da (1995) de Patxi Zabaleta; Azken fusila (1994) (El último fusil, traducido por Bego Montorio, Hiru, 1994) de Edorta Jimenez; Tigre ehizan (1996) de Aingeru Epaltza (Cazadores de tigres, Xórdica, 1999), Agur Euzkadi (2000, Adiós, Euzkadi) de Juan Luis Zabala, y la premiada Antzararen bidea (2007) (El camino de la oca, Alberdania, 2008), de Jokin Muñoz, un autor que con libros de cuentos como Bizia lo (2003) (Letargo, traducido por Jorge Gimenez Bech, Alberdania, 2004) ha contribuido a la desmitologización del terrorista vasco.

La recuperación de la memoria histórica también se ha erigido en eje central de la última trayectoria novelística de Ramon Saizarbitoria. Ahí están, Hamaika pauso (1995) (Los pasos incontables, traducido por Jon Juaristi, Espasa-Calpe, 1998), una novela en torno a la generación de los años 70 que participó en ETA; o Bihotz bi. Gerrako kronikak (1996) (Amor y guerra, traducido por Bego Montorio, Espasa-Calpe, 1999) en la que, las escenas de la Guerra Civil narradas por unos jubilados, sirven de contrapunto narrativo interesante para la guerra doméstica entre la pareja protagonista de la historia. En su último libro, Gorde nazazu lurpean (2000) (Guárdame bajo tierra, traducido por la Fundación Eguía Careaga, Alfaguara, 2001), Saizarbirtoria presenta 5 narraciones que tienen como hilo argumental las dos grandes obsesiones del autor en su literatura más reciente: los problemas de comunicación entre hombres y mujeres, por un lado, y las nefastas vivencias de los gudaris en la Guerra Civil, por otro. Destacaríamos, por ejemplo, la novela corta: La obsesión de Rossetti, incluida en el volumen citado, donde el psicoanálisis y la pintura prerrafaelita conforman una atractiva intertextualidad que sirve para reflexionar en torno a las relaciones entre la escritura y el deseo (cf. Olaziregi 2009). Saizarbitoria rinde un emocionado homenaje a los viejos gudaris que perdieron la guerra en las narraciones: La guerra del viejo gudari y El huerto de nuestros mayores. En la primera de ellas, Saizarbitoria narra las vicisitudes de un gudari que perdió su pierna en la Guerra Civil, en un relato donde se reflexiona en torno a la pérdida irreparable que supone toda guerra; la segunda narración, en cambio, busca analizar el excesivo peso que ha tenido el nacionalismo vasco en la generación del autor. Son los fantasmas de parte de la sociedad vasca los que el autor donostiarra trata de exhumar. Saizarbitoria subraya que cualquier intento de visitar el pasado supone reinventarlo.

Es en esa reinvención donde toma aliento gran parte de la narrativa de nuestro autor más universal, Bernardo Atxaga (Olaziregi 2011). Gizona bere bakardadean (1993) (El hombre solo, Ediciones B, 1994), y Zeru horiek (1995) (Esos cielos, Ediciones B, 1996) son las novelas que inician el giro realista en la trayectoria del autor, y su alejamiento del mundo fantástico de Obaba. Ambas novelas muestran un realismo cronotópico y tratan sobre la violencia de ETA, así como de la fragmentación social y el sufrimiento que ésta genera. El autor utiliza un realismo subjetivo con la intención de dar voz a personajes que rara vez son protagonistas en el bombardeo mediático en torno al llamado "problema vasco". La pérdida de los ideales revolucionarios (El hombre solo), la reinserción de los presos de ETA (Esos cielos) o incluso la reflexión literaria en torno al origen y desarrollo de la violencia terrorista durante la dura posguerra (Soinujolearen semea, 2003; El hijo del acordeonista, traducido por Asun Garikano y B. Atxaga, Alfaguara, 2004), son ejemplos de una evolución literaria que busca desestabilizar el discurso monológico (sea nacionalista o no) y crear una obra moral que manifiesta un claro rechazo de la violencia y una apuesta por la vida. Tras unos inicios vanguardistas con la novela Ziutateaz (1976), la narrativa de Atxaga evolucionó, con la aparición de la geografía imaginaria de Obaba, hacia la literatura fantástica en los años 1980. Textos como: Bi letter jaso nituen oso denbora gutxian (1984, Dos letters, Ediciones B, 1990) mostraron con el uso heterofónico del euskara y el inglés, la hibridez identitaria de la diáspora vasca norteamericana. Pero fue la novela corta Bi anai (1985, Dos hermanos, Ollero & Ramos, 1995), y la premiada Obabakoak (1988) donde Obaba tuvo su plasmación literaria más acertada. Obaba habla de una geografía vivida, de un mundo antiguo y premoderno. El paisaje afectivo de Obaba se describe como un infinito virtual donde la memoria del narrador va tejiendo un entramado sugerente de historias que combinan la reflexión metanarrativa con estrategias de literatura fantástica. Para ello, el narrador de Obabakoak partía a un viaje intertextual que comenzaba con Las mil y una noches y terminaba con las referencias a maestros cuentista universales de los siglos XIX y XX (Poe, Chejov, Maupassant, Villiers de l'Isle Adam, Waugh, Borges, Cortázar, Calvino). Un viaje, en definitiva, que permitía al autor reflexionar en torno a las relaciones entre la literatura y la vida, o la lucha entre naturaleza y civilización. (véase Olaziregi, 2002).

Una de las novedades más interesantes del panorama literario de la era democrática lo constituye, sin duda, la progresiva incorporación de mujeres escritoras a la escena literaria vasca. La visibilidad que han ido adquiriendo en el sistema literario vasco va de la mano con unas propuestas narrativas que persiguen la deconstrucción del género y la sexualidad femeninas. Destacaríamos la preeminencia de formas autobiográficas en sus obras, el interés por explorar temas feministas (las relaciones madre/hija, la maternidad, la reclusión al ámbito privado, problemas de incomunicación entre sexos...) y la construcción de unos universos literarios en torno a personajes femeninos, reclamando, de este modo, protagonismo para éstos. Destaca la trayectoria de Arantxa Urretabizkaia con su Zergatik, Panpox (Por qué, Panpox, Llibres del Mal, 1979), próximo al feminismo de la diferencia, o Koaderno Gorria (1998; El cuaderno rojo, traducido por Iñaki Iñurrieta, Ttarttalo, 2002), una reflexión en torno a la maternidad y la militancia política vasca. También son destacables, Eta Emakumeari sugeak esan zion (1999; Y la serpiente dijo a la mujer, trad.: Iñaki Iñurrieta, Bassarai, 2000), de Lourdes Oñederra; Sísifo maite minez (2001; Sísifo enamorado, Txalaparta, 2003) de Laura Mintegi, o la tetralogía de Itxaro Borda que, en clave de novela negra feminista, trata de deconstruir el clásico estereotipo de hard boiled detective. Entre las narradoras más jóvenes, destacar las novelas de Karmele Jaio, Amaren eskuak (2006) (Las manos de mi madre, Ttarttalo, 2009) y Musika airean (2009); Uxue Alberdi, Aulki jokoa (2009, Juego de sillas, Elkar); Iratxe Esnaola, Galerna (2010, Elkar), y volúmenes de cuentos tales como, Haragia (2007) (Carne, 2009, 451F Ediciones), de Eider Rodriguez.

Por otro lado, si la recuperación de la memoria histórica ha servido para recalar en una realidad vasca convulsa en clave realista, creemos que la incorporación de técnicas próximas al realismo mágico en la novelística de los años 80 sirvió para deconstruir un mundo, el rural, que el nacionalismo vasco tradicional había idealizado y considerado como la quintaesencia de lo vasco. El ruralismo negro de los 80 presente en libros de cuentos como el mencionado Azukrea belazeetan, de Inazio Mujika Iraola, o en novelas como Babilonia (1989) (Babilonia, Acento, 1998), de Joan Mari Irigoien o Kcappo (Tempo di tremolo) (1985), de Pako Aristi, ha ido dando paso, a partir de los años 90, a novelas urbanas en las que abundan enclaves urbanos posmodernos, espacios heterotópicos, y ciudades heterogéneas y discontinuas como las que presiden las novelas negras Beluna Jazz (1996) (Jazz y Alaska en la misma frase, Seix Barral, 2004) y Pasaia Blues (1999) deHarkaitz Cano. No es difícil encontrar ejemplos del realismo sucio y de las estrategias narrativas de la novela negra en la narrativa vasca contemporánea. Ejemplos como los libros de cuentos de Xabier Montoia (Emakume biboteduna, 1992; Gasteizko hondartzak, 1997) o novelas como Blackout (2004), así como la acertada Rock'n'Roll (2000) (Ttarttalo, 2003) de Aingeru Epaltza o la reciente Autokarabana (2009) de Fermin Etxegoien, merecen ser reseñados.

La de Anjel Lertxundi es, sin duda, otra de las trayectorias que merece destacar. El realismo mágico impregnó parte de su narrativa en la década de los años 80 conlibros de cuentos como Hunik arrats artean (1970, Hasta la tarde), que mencionaremos más abajo, o la acertada novela: Hamaseigarrenean aidanez (A la decimosexta, tal vez, 1982). El constante afán renovador de la trayectoria de Lertxundi nos llevó a novelas de tipología diversa en la década de los 90, tales como la fantástica Azkenaz beste (1996) (Un final para Nora, Alfaguara, 1999), o metanovelas como Argizariaren egunak (1998) (Los días de la cera, Alfaguara, 2001). En su producción reciente, destacan novelas realistas morales sobre la violencia de ETA, tales como, Zorion perfektua (2004) (La felicidad perfecta, Alberdania, 2006) o una novela negra sobre los malos tratos como Zoaz infernura, laztana (2009) (Véte al infierno, cariño, Alberdania, 2009). Todas las novelas de Lertxundi han sido traducidas por Jorge Giménez Bech al castellano.

No quisiéramos terminar este apresurado repaso a la narrativa vasca sin incluir un breve comentario sobre el cuento moderno en euskara, género bastante reciente en la literatura en lengua vasca, ya que no es hasta la década de los años 1950 y 1960 cuando aparecen de la mano de autores como Gabriel Aresti o Jon Mirande, cuentos que siguen la tradición moderna de Poe, Gogol o Maupassant, entre otros. También merece ser recordado, por su papel precursor en la renovación del género en euskara, el volumen Iltzalleak (1961, Los asesinos), de Martín Ugalde. En cualquier caso, la crítica vasca señala el volumen Hunik arrats artean (1970) de Anjel Lertxundi como el primer libro de cuentos modernos en euskara, libro en el que eran evidentes los ecos del realismo mágico (García Márquez, Rulfo...), o de la literatura del absurdo (Kafka, Artaud...). Otros libros de cuentos que se publicaron en la misma década continuaron la senda de los relatos tradicionales o acertaron a incorporar el experimentalismo tan en boga en las novelas vascas de la época. Sea como fuere, si hay una década que marcó un punto de inflexión en la evolución del cuento moderno vasco, esa fue la de los años 1980. Al igual que sucediera en la literatura española, el incremento de revistas literarias y premios favoreció un renacimiento del cuento. Pero además, la irrupción en el panorama literario vasco de la banda Pott [Cansancio] (1978-1980), grupo literario integrado, entre otros, por Bernardo Atxaga, Joseba Sarrionandia, Joxemari Iturralde y Ruper Ordorika, revolucionó el panorama de los géneros breves: el cuento y la poesía. Los integrantes de la banda Pott se dejaron seducir por la literatura central europea (Kafka, Trakl) y por la tradición anglosajona (novela policíaca, cine, ficción de aventuras...), tradición a la que llegaron gracias, entre otros, a la biblioteca del maestro Borges.

En una prosa llena de metáforas e imágenes sugerentes, Sarrionandia incorporaba en Narrazioak (1983), elementos fantásticos y referencias a leyendas y cuentos tradicionales, historias de sirenas y viejos marinos que delatan las afinidades del autor con autores como Samuel Taylor Coleridge o Herman Melville, personajes como Ginebra o Galahad que rinden homenaje a narraciones del ciclo artúrico, escenarios lúgubres que recuerdan a los relatos de Poe... o cuentos metanarrativos. El otro libro de cuentos que marcó un antes y un después en la cuentística vasca contemporánea fue, sin duda alguna, el antes mencionado Obabakoak (1988), de Bernardo Atxaga, el libro vasco más traducido de la historia (con 26 traducciones hasta la fecha). Poco a poco, la tipología de cuentos se ha ido enriqueciendo y en la actualidad, al igual de lo que ocurre en novela, el panorama es ciertamente ecléctico. Al hilo de las peculiaridades que conforman el panorama posmoderno actual, las tendencias que prevalecen en la cuentística vasca de las últimas décadas pasarían por un realismo, sea de corte fantástico (practicado entre otros por Unai Elorriaga), sea próximo al realismo sucio norteamericano al estilo de Carver o Wolff (destacan autores como: Harkaitz Cano (2005, Neguko zirkua, "El circo de invierno"), Xabier Montoia (1997, Gasteizko hondartzak, "Las playas de Gasteiz"), Arantxa Iturbe (1995, Lehenago zen berandu, trad.: Ya ni siquiera es tarde, traducido por Jorge Giménez Bech, Alberdania, 2005), Pello Lizarralde (1998, Un ange passe -isialdietan-, "Un ángel pasa"....), relatos metanarrativos (Iban Zaldua (2005, Etorkizuna; trad.: Porvenir, Lengua de Trapo, 2007, y Gezurrak, gezurrak, gezurrak, 2000, Mentiras, mentiras, mentiras, Lengua de Trapo, 2005,...), narraciones próximas a la literatura del absurdo (Karlos Linazasoro (2000, Ez balego beste mundurik, "Si no hubiera otro mundo"; Depósito ilegal, traducido por Gerardo Markuleta, Alberdania, 2006), microrrelatos (Joseba Sarrionandia (1989, Ez gara geure baitakoak, "No somos de nosotros mismos" y Han izanik hona naiz, "De allí mismo vengo", 1992) y, sobre todo, han desaparecido las narraciones de corte experimental de los años setenta y se ha recuperado el gusto por contar historias. Esta realidad fragmentada que se vislumbra en los cuentos más recientes, hace suya la influencia del cine, la música o los medios de comunicación y explora nuevos modos de narrar, nuevos ritmos y registros lingüísticos.

  • ANDERSON, Benedict. Imagined Communities. London: Verso, 1991.
  • ATXAGA, Bernardo. Poemas & Híbridos. Madrid: Visor, 1990.
  • BHABHA, Homi K. (ed.). Nation and Narration. London: Routledge, 1990.
  • BHABHA, Homi K. The Location of Culture. London: Rouletdge, 1994.
  • CASANOVA, Pascale. La República Mundial de las Letras, Madrid: Anagrama, 2001.
  • JUARISTI, Jon. Literatura Vasca. Madrid: Taurus, 1987.
  • LASAGABASTER, Jesús María. Las literaturas de los vascos. Donostia: Universidad de Deusto, 2005.
  • OLAZIREGI, Mari Jose. Leyendo a Bernardo Atxaga. Bilbao: Universidad del País Vasco, 2002.
  • OLAZIREGI, Mari Jose. Waking the Hedgehog. The Literary Universe of Bernardo Atxaga. Reno: Center for Basque Studies, University of Nevada, Reno, 2005.
  • OLAZIREGI, Mari Jose (ed.). Pintxos. Nuevos cuentos vascos. Madrid: Lengua de Trapo, 2005.
  • OLAZIREGI, Mari Jose. "Realismos contemporáneos y postmodernidad. En torno a La Obsesión de Rossetti, de Ramon Saizarbitoria". AAVV. Homenaje a Juan Mari Lekuona. Bilbao: Euskaltzaindia, 2009. Pp. 351-372.
  • OLAZIREGI, Mari Jose (ed.).Historia de la Literatura Vasca. [Fecha de consulta: 19 de junio de 2011].
  • OLAZIREGI, Mari Jose. "Los lugares de la memoria en la narrativa de Bernardo Atxaga". ANDRÉS-SUÁREZ, I. (ed.). Bernardo Atxaga. Madrid: Arcolibros, 2011. (en prensa)