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Argentina. Inmigrantes vascos 1840-1920

Ver además:

  1. Argentina
  2. Argentina. Integración social de los inmigrantes vascos

La inmigración es un tema trascendente para los argentinos, principalmente para quienes habitan su Pampa húmeda. Resulta imposible dejar de observar huellas urbanas plasmados en resonantes carteles, como así también topónimos rurales extraños que recuerdan el paso de aquellos "gringos" por el país. Esto se refleja, naturalmente, en la historiografía de las últimas décadas. Lejos de perderse en las abultadas cifras de españoles e italianos, el caso vasco cobra fuerza y riqueza en la aparente contradicción de una presencia minoritaria pero probadamente destacada. Parte de la explicación reside, a no dudarlo, en su arribo en forma temprana y que se mantiene durante todo el período, junto a una tendencia inobjetable a internarse "tierras adentro" aún cuando la problemática indígena no estaba superada. La conformación de una identidad por parte de este grupo "regional", que en teoría debería ser cooptado por españoles y franceses, lo convierten en un caso digno de atención.

La inmigración ha ocupado, a lo largo de las últimas décadas, un lugar cada vez más importante en la historiografía occidental y especialmente en los países receptores como Argentina. Buena parte de su historia tiene, de más está decirlo, a los inmigrantes como protagonistas principales; esto ha llevado, con distintos enfoques y preocupaciones, a que los historiadores hayan tenido un creciente interés en el tema. Ya a fines de la década de 1950 y durante los años 60, los científicos sociales preocupados por la expansión económica y los cambios en la estructura social de la Argentina moderna se ocuparon con nuevas perspectivas del fenómeno decimonónico. Las diversas experiencias migratorias y los posibles conflictos en el período de integración quedaban entonces fuera de discusión: se trataba pues de una concepción lineal y progresiva que finalizaba en la asimilación del inmigrante al medio receptor. La teoría aceptada daba cuentas del crisol de razas como producto final de una integración sin mayores conflictos. Así, la historiografía sobre el impacto inmigratorio estaba impregnada de un discutible e indiscriminado balance de éxito y de una peligrosa deshumanización donde resultaba difícil, sino imposible, encontrarse con estudios pormenorizados del hecho inmigratorio en sí mismo y, más aún, con los inmigrantes de carne y hueso. Entonces, era frecuente que se cayera en la dualidad conceptual nativo-inmigrante, como también en la de sociedad tradicional-sociedad moderna.

Hace medio siglo, un enfoque que hoy cuenta -salvo entre los economistas- pocos adherentes, trataba de explicar hasta que punto las fluctuaciones en las tasas de emigración eran determinadas por las condiciones reinantes en los países receptores de inmigración (factores pull ) o por la crítica situación de Europa que generaba condiciones de empuje (factor push ). Luego, se intentaría encontrar la relación entre las condiciones en los países de emigración y los de inmigración a efectos de superar la polar polémica. Entonces, se pensó que la importancia de las condiciones de atracción o expulsión no era algo permanente en el tiempo sino que variaba con relación al ritmo de unos ciclos. A partir de ese momento, en el marco de lo que se denominó economía atlántica, la emigración hacía poco menos que seguir la corriente de capital (que se invertía en América o en la misma Europa).

Posteriormente, tanto las interpretaciones que han puesto el acento en las causas económicas de la emigración como las que lo hacían sobre los factores demográficos, han demostrado ser insuficientes para comprender las particularidades regionales que encierra el fenómeno migratorio europeo. Estas sólo explican lo sucedido en áreas y coyunturas puntuales, a la vez que aspiran a encontrar una explicación única a un fenómeno por cierto complejo. Desde hace algo más de una década y media, un creciente número de historiadores ha desarrollado nuevas explicaciones donde priman los estudios sobre base regional y aún local, que aspiran a algo más que contraponer los efectos económico-sociales de ambos escenarios, a buscar explicaciones pluricausales del fenómeno, a la vez que a destacar las variaciones regionales del mismo. Así, se ha cuestionado por ejemplo si las salidas masivas correspondieron a un desarrollo acelerado de las fuerzas capitalistas sobre unas estructuras primitivas o, por el contrario, si aquellas respondieron mayormente a desarrollos capitalistas lentos que no desarrollaban procesos de industrialización acordes a la expulsión de mano de obra de campos y talleres. Para William Douglass y Jon Bilbao, entre los vascos decimonónicos la estrategia migratoria obedecía también -en buena parte- a la negativa campesina a proletarizarse en un intento por mantener la condición de productores rurales independientes. Cuando por fin se deja de observar a los factores pull-push como únicos decisivos en aquellos movimientos masivos -y como veremos con los vascos más adelante- comienza a prestarse atención también a la continuidad del flujo migratorio a determinados lugares. Dos parecen haber sido los móviles de la mayoría de los emigrantes: partir antes de perder lo poco que se tenía o hacer valer sus conocimientos u oficio en otro sitio donde su demanda le hacía más rentable. Las variables de uso más frecuente se han relacionado, desde entonces, con la circulación de información remitida desde ultramar por inmigrantes ya instalados. Entran a escena, como mecanismo explicativo, las redes sociales.

Respecto a la evolución de la historiografía argentina sobre el tema, en años recientes comenzó a producirse -especialmente a partir de la década del 70- una renovación de los enfoques del fenómeno migratorio. Esta sobrevino, en no menor grado, de la crisis de los modelos clásicos de análisis en las ciencias sociales, que desplazó el interés de las grandes explicaciones macrosociales al terreno de los enfoques microhistóricos. Parecía imprescindible, entre otras cosas, no conformarse ya con la visión brindada por el funcionario de una oficina consular o gubernamental respecto del fenómeno inmigratorio ni con el frío mensaje de la estadística. Había que volver a interrogar las fuentes; repensar el tipo de preguntas y la valorización que se hacía de los datos obtenidos; aspirar, en síntesis, a conformar un repertorio que se acercase más a la visión de los protagonistas. En aquél contexto, comenzó a cobrar importancia la idea de experiencias migratorias basadas en la capacidad de los migrantes de formular sus propias estrategias adaptativas, así como en las diferencias nacionales y regionales. La teoría del crisol de razas comenzaba a resquebrajarse; el pluralismo cultural lentamente comenzaba a ganar espacios. En el nuevo clima historiográfico se intentaba confeccionar modelos que comprendieran las distintas experiencias de integración como así también que conceptualizaran básicamente dichos marcos teóricos.. Aparecen entonces estudios muy puntuales que diferencian los grupos por nacionalidades y regiones, al mismo tiempo que analizan mecanismos específicos puestos en práctica por los inmigrantes. Atención especial suscitó, por ejemplo, el fenómeno de eslabonamiento o migración en cadena, como los intentos de cohesión formal que entablaron las distintas colectividades en el proceso de integración.

En cuanto a las experiencias de inserción, fenómeno inseparable de la integración social, la evolución historiográfica fue similar. Concitando el interés de los historiadores desde muy temprano y evolucionando hacia el microanálisis, la producción historiográfica especializada en dicha temática se benefició y nutrió del perfeccionamiento de las técnicas de cuantificación y medición de los datos. Por otra parte la información utilizada es más directa, menos encubierta; las cédulas censales reflejan los oficios y cantidad de trabajadores -pudiendo separarse extranjeros- en ellos; las estadísticas y registros permiten saber de evolución de precios y salarios, alquileres, acceso a la tierra, etcétera. Idéntico razonamiento ocurre al momento de trazar balances de lo actuado. Los mecanismos que juegan en torno a la integración social son más sutiles, quedando las teorías que hoy arriesgamos para comprender aquellas actitudes cotidianas en el plano de lo posible; cerca o lejos, quien sabe, de haber podido penetrar realmente en la mentalidad de los protagonistas.

De esta manera, ya sea para recuperar las experiencias de inserción laboral como la integración, durante la última década y media los estudios sobre inmigración han ocupado una posición importante en la preocupación de los historiadores en la Argentina, la mayoría de los cuales se han orientado al período de la "inmigración masiva": 1870-1930. Sin embargo, desde fines de los años 30, pero especialmente en el decenio siguiente, ocurrieron los arribos de irlandeses, vascos y daneses que produjeron un importante impacto cualitativo en la provincia de Buenos Aires. Esta oleada de inmigrantes, conocida como "inmigración temprana" ha sido (y está siendo) tema de algunos sólidos trabajos destinados al análisis de los procesos vividos por algunos de esos grupos étnicos.

En perjuicio de quienes pretendemos profundizar en la experiencia vasca, no abundan, como ya adelantamos, los trabajos cuyo escenario receptor sea la etapa conocida como "temprana", anterior al último cuarto del siglo XIX. Esto no es casualidad, la escasez de documentación (el Primer Censo de la ciudad de Buenos Aires data de 1855 y el Primer Censo Nacional de 1869) y el mosaico de nacionalidades que la caracteriza (vascos, irlandeses, escoceses, franceses, italianos, daneses) sin un marcado predominio cuantitativo de ningún grupo durante parte del período, hacen que la atención de los historiadores no se haya volcado masivamente a su estudio. De la misma manera, no hemos detectado trabajos que encaren el estudio de la etapa insinuándola como excepcionalmente distintiva respecto al período posterior, aunque sí trabajos básicos (mercado de trabajo, política de tierras, gobierno de Rosas, expansión ganadera, etcétera) para avanzar sobre ella.

La teoría es un aspecto fundamental en la reconstrucción de la Historia; es la que nos permite ordenar visualmente ese caos de personajes y sucesos, priorizando algunos. Ello, sin las fuentes de información, está igualmente condenado al fracaso. En Argentina, la documentación a utilizar para recuperar la experiencia inmigratoria es variada y se ha ampliado a la par de los avances teóricos y metodológicos. Actualmente, los procesos correspondientes a la etapa 1840/80 se pueden reconstruir (no sin dificultades) consultando las Cédulas Censales -Censo Municipal de la ciudad de Buenos Aires (1855) y el Primer Censo Nacional (1869)- complementando y confrontando la información con otras fuentes, tanto de carácter cuantitativo como cualitativo -Registros Estadísticos, Registros de matrimonios en la campaña, Libro de entrega de tierras municipales, documentación catastral, registros de comerciantes, registros parroquiales, Sucesiones, entre otras. El trabajo sobre las cédulas censales data de principios de los 80; imprescindible para este tipo de trabajos, pero no exenta de problemas e inconvenientes. La falta de datos como la provincia de origen en los extranjeros -sólo solicitada para los nativos- y el abuso de comillas por parte de unos censistas "improvisados", son acaso los más evidentes. Pero la ambigüedad en la anotación de algunas ocupaciones -propietario, ladrillero, comerciante, trabajador- que no sólo dificultan recuperar la tarea realizada sino inclusive la categoría de propietario del comercio o empleado, se presentan no menos distorsivas. Categorías como peón o jornalero, también difusas, suelen estar acompañadas de otros datos -como cuartel rural o urbano, o presentarse junto a un ganadero o un ladrillero- que en ocasiones se presentan como correctivos. A esto puede sumarse la falta de límites precisos o cortes entre los componentes de una familia y otra; la falta de un orden sistemático en el interrogatorio en cada hogar; la atomización familiar al censar tanto en viviendas como en lugares de trabajo, entre otras.

Observar las indicaciones y modo de empadronar que se encuentran al comenzar cada cuadernillo de las cédulas censales, permite de alguna manera comprender ciertas tendencias y características resultantes de sus datos.

"El empadronador lo primero que hará al llegar a una casa, después de hacerse conocer, es leer al dueño, jefe o principal, el artículo que sigue de la organización del Censo: Art. 45: Los particulares son también responsables por los hechos que oculten o falseen, y podrán ser acusados de sus faltas por los empadronadores de sección u otros particulares, ante la autoridad judicial o policial más inmediata; sufriendo la pena de multa no menor de dos pesos, ni mayor de veinte pesos fuertes; o en su defecto arresto entre quince y noventa días, a más de publicarse sus nombres, falta y pena".

Piénsese en una mayoría de las personas censadas que provenían del exterior o de otra provincia, en muchos casos indocumentados y con dificultades para comprender el idioma del que les interrogaba. Esto explica, en parte -seguramente por temor a presentarse como vagos o simplemente sospechosos- por qué son tan reducidos los casos de gente que declara estar sin trabajo. Más adelante, en su indicación sexta, el encargado del Censo tendrá que interrogar a cada persona sobre:

<"su profesión, oficio, etc., y pondrá cuál sea la de cada individuo; y si este tiene dos, pondrá la más importante o la que ejerce preferentemente.

Esto es -dado que en otro tipo de fuentes como las biografías aparecen comerciantes que tienen campo, hoteleros que tienen producción agrícola, agricultores que tienen tambo, etc.- de suma importancia al momento de analizar la experiencia de inserción económica de los vascos. Pese a todo esto, las cédulas censales presentan otras tantas ventajas que las continúan situando como una de las fuentes principales para recuperar el mundo de los inmigrantes, no ya aislados sino en un contexto socio-económico más amplio. La discriminación por cuarteles rurales y urbanos, la presencia de datos sobre el estado civil y el analfabetismo, el número de hijos, la presencia de familias nucleares o extensivas, son elementos fundamentales para recuperar las experiencias de aquellos.

Las experiencias masivas, o sea posterior a 1880, tendrán como pilar fundamental la información contenida en el Primer Censo Provincial (1881) y el Segundo Censo Nacional (1895). Contar con dos Censos Nacionales en un lapso de treinta años (1869-1895), posibilita realizar un seguimiento de casos individuales; como así también de tendencias grupales de trabajo, asentamiento y residencia; características del grupo, etcétera. Para este período las fuentes se multiplican y enriquecen. La documentación municipal (catastral- actas municipales- comercio); entrevistas (principalmente a descendientes); periódicos; fotografías y Libros de comercio permiten, por su parte, reconstruir el escenario donde se movieron los actores.

Pero al margen de la suerte laboral que corriesen, los inmigrantes tenían que decidir el retorno o la integración definitiva al nuevo lugar. Decisión individual, casi siempre familiar, pero en la que pudo pesar la pertenencia a una colectividad étnica. Tema polémico y en el que sin duda falta mucho por decir.

Los vascos parecen ubicarse, a primera vista, alejados de las conductas endogámicas irlandesa o danesa y más cercanos a las experiencias española e italiana. Creemos que este grupo experimentó, como esperamos demostrarlo más adelante, una integración social poco traumática y conducente -pese a algunos intentos unificadores de individuos sobresalientes de la comunidad- hacia una asimilación rápida. No obstante ello, conservaron una serie de símbolos y costumbres que los distinguían del resto de la población; elementos que sin afectar el camino hacia la asimilación contribuían a crear una imagen -para los propios vascos pero especialmente para el resto de la sociedad- más o menos nítida de colectividad. Las fuentes de información para recomponer las experiencias en cuestión son diversas y coinciden en buena parte con las que utilizamos para reconstruir la inserción. Junto a las Cédulas Censales aparecen los Registros Parroquiales; Testamentos; Actas Municipales; periódicos, etcétera. La tarea de organizar sistemáticamente los datos para su cruzamiento es especialmente problemática en el caso vasco, grupo que como sabemos aparece asentado bajo las nacionalidades española y francesa. Esto dificulta en mayor medida el análisis de la integración que el de la inserción, ya que debemos intentar reconstruir una colectividad que participaba indistintamente en Instituciones de "otros" grupos migratorios -pero que durante buena parte del período les eran propias-; a su vez debemos dilucidar cuál era la imagen de colectividad que la sociedad -y los propios vascos- alcanzaban a visualizar.

Respecto al problema de la adaptación de los inmigrantes a la nueva sociedad, de las etapas por los que atraviesa dicho proceso y del modo en que se relacionan su pasado en el Viejo Mundo con su presente americano, la producción historiográfica debe ser ubicada en un plano más amplio. La migración, más que como una decisión individual debe ser vista como una estrategia familiar; de allí que nos parezca pertinente tomar en cuenta la evolución de las investigaciones sobre la familia y sus cambios ante el avance de la sociedad capitalista. Durante los años 1950 y parte de los 60, los estudios sobre la influencia que el capitalismo y la industrialización habían tenido sobre la estructura de la familia campesina europea destacaron la existencia de un cambio drástico entre la familia preindustrial y la industrial. Sin embargo, durante las dos décadas siguientes, nuevos estudios sobre el tema basados en abundante evidencia empírica y en una actitud crítica hacia la simplificación que dominaba los trabajos anteriores, comenzaron a advertir que, más que un salto abrupto entre un modelo de familia y otro, lo que había existido era una transición donde los nuevos elementos del capitalismo convivían con viejas pautas provenientes de la sociedad preindustrial.

El rol de las redes familiares y parentales como medios de conseguir trabajo estaba muy difundido en el mundo campesino. Estas redes determinaban, a su vez, la difusión de pautas de co-residencia. No sólo era común obtener trabajo en la unidad productiva de un pariente sino también alojamiento en la misma unidad doméstica -elementos ambos que encontraremos presentes en las estrategias migratorias de los inmigrantes en América. Incluso con relación al rol de cada miembro de la familia en la organización de la producción, las continuidades entre la familia preindustrial y la industrial fueron más significativas que las rupturas. Si en las unidades domésticas campesinas la fuerza de trabajo era provista por la misma familia y la producción era una actividad conjunta, en un sistema de producción capitalista todo el proceso está sustentado en prácticas individuales. Sin embargo, el paso hacia las nuevas prácticas tampoco parece haberse dado de manera drástica. En las primeras etapas de la industrialización, todos los miembros de la familia continuaban contribuyendo con el producto de su trabajo a la unidad doméstica y cada cual tenía signada una función de la que dependían los demás. Esposo e hijos salían de casa a trabajar pero como partes de la unidad doméstica, mientras que la esposa y las hijas mujeres permanecían en el hogar realizando una considerable actividad productiva de bienes para el consumo e incluso para el mercado.

En el enfoque delineado, resultan interesantes también los estudios sobre los problemas de adaptación y asimilación sufridos por los inmigrantes entre un mundo campesino (precapitalista) y otro moderno. Inicialmente se creía que la historia de los inmigrantes en América era una lucha cotidiana por librarse de las tradiciones y los recuerdos del Viejo Mundo. Sin embargo, las nuevas tendencias interpretativas influyeron decisivamente para matizar aquellos argumentos. Las continuidades del mundo campesino europeo en las ciudades industriales norteamericanas fueron ya destacadas a mediados de la década de 1960 por Vécoli. Él opinaba que los campesinos lejos de ser desarraigados que perdían relación su pasado, eran sujetos con una fuerte capacidad para adaptar elementos de su experiencia preindustrial y hacerlos convivir con la nueva realidad. Por su parte, el libro de Bodnar, The transplanted, describe ese singular fenómeno como producto de estrategias cotidianas y readaptaciones; como una amalgama de pasado y presente, de aceptación y de rechazo al nuevo orden.

Observando lo sucedido en Tandil -pero con la seguridad de que aquello puede hacerse extensivo a la mayoría de los pueblos bonaerenses- una sociedad en formación debió presionar (entre 1840 y 1880) a inmigrantes y nativos a ensayar soluciones para completar un espacio en buena parte " vacío'. Una hipótesis, probable, es que esto haría las veces de acelerador en la asimilación con la sociedad nativa; pero que, por otra parte, dificultaría avanzar más allá de mecanismos informales de cohesión étnica. Esto no niega la posibilidad que hubiese intentos de acercamiento entre paisanos e incluso espacios de sociabilidad claramente identificados con el grupo euskaldún.

Precisamente, en relación con los patrones de ajuste de los vascos en la Pampa resulta interesante prestar particular atención al estudio de los mecanismos de transferencia cultural transatlántica que operan tanto en el nivel de vida material como en el de los comportamientos y los símbolos. Los aspectos vinculados al peso relativo de la continuidad o de la ruptura de las tradiciones productivas, sociales y culturales de este pueblo ocuparán un lugar destacado en las argumentaciones. En este sentido, en el ámbito de lo cultural, las continuidades se encuentran más a la vista que en el mundo de la economía y de la producción.

Al parecer los vascos, al igual que la mayoría de los inmigrantes tempranos que buscaron asentarse al interior de la provincia, alcanzaron -salvo casos específicos como el irlandés- rápidamente el primer escalón hacia la integración, "fusionándose" con el resto del espectro social. Estaban obligados a ello; lo que por otra parte no impedía que mantuvieran ciertas costumbres o reflotaran tradiciones en el nuevo medio que les presentaba ante el resto de la sociedad como una colectividad extranjera. Como veremos en el apartado sobre la integración social, la imprescindible conformación de comisiones o grupos de trabajo, ya para arreglar la Iglesia del pueblo o el cementerio; tender el alumbrado u otro servicio público; contrarrestar alguna epidemia, o defenderse de un ataque indio; son ejemplos claros de actitudes integracionistas que ocultan mal las necesidades y presiones del medio. Más difícil resulta observar el momento en que atravesaron el umbral de la asimilación estructural (casamientos mixtos, pérdida de identidad). A priori puede suponerse que la etapa temprana, antes de 1880, no presentaba características apropiadas para que esto sucediese. Cuesta pensar en una predisposición generalizada hacia los casamientos mixtos y el desarrollo de una nueva identidad basado en la sociedad receptora antes de las primeras décadas de este siglo. Principalmente porque la sociedad local -al menos la bonaerense- se encontraba desbordada por los extranjeros en todos sus ámbitos. En segundo lugar porque, como veremos más adelante, el comportamiento de los inmigrantes -como era de esperar- no era automático ni planificado, a la vez que no pendulaba entre identidades o costumbres polarizadas. Aquellos sujetos, de carne y hueso -que debieron luchar a diario contra sus impulsos de asentarse y regresar- aceptaban pautas que les presentaba el medio bonaerense; a su vez conservaban costumbres portadas desde sus lugares de origen; esto no les impedía introducir -con más o menos éxito- nuevos mecanismos sociales o culturales adaptándolos para la nueva situación.

No debemos olvidar que nuestro período de estudio es extenso -y por ende que sufrió cambios sustanciales- por lo que cabe esperar la posibilidad de que la experiencia de integración haya variado, por ejemplo a partir de los años 80. Para el caso vasco, como para aquellos grupos nacionales que iniciaron su arribo en forma temprana, estamos convencidos que no se puede analizar la integración social finisecular sin tener en cuenta la base social consolidada por sus antecesores. Este caso es muy claro al respecto, no sólo por el uso frecuente de la inmigración en cadena, sino por una imagen "positiva" que la sociedad nativa se formó de los vascos colonizadores de la Pampa. El estudio de distintos ámbitos de sociabilidad "vascos" -almacenes, fondas y hoteles de dueños euskaldúnes- habituales en casi todos los puntos de la provincia, hicieron las veces de bisagra entre dos períodos que se nos presentaban como diferentes. Aquellos establecimientos -como ampliaremos- aparecen en los alrededores de 1860 y declinan entre 1930/40. Para este punto hemos abordado fuentes de diversa calidad; desde almanaques, mapas, guías, agendas, fotos y periódicos de la época, pasando por Libros de Contabilidad y legislación pertinente, hasta reportajes a los propietarios y principalmente descendientes de aquellos establecimientos.

No queremos dejar este apartado sin pensar, al menos pensar, que un porcentaje significativo de aquellos inmigrantes debió asimilarse a la sociedad nativa sin estrategias de por medio. Enamorarse de una nativa o tener un par hijos pudo ser una buena razón para quedarse; sumar varias propiedades en su haber, otra más calculadora pero no menos irreal. Muchos inmigrantes se nos escapan por rendijas que dejan los marcos teóricos en los que queremos encapsularlos. En buena hora.

Reconstruir cualquier fenómeno histórico que involucre a los vascos supone, empero, un trabajo problemático y con un inevitable margen de error. Su asentamiento bajo las denominaciones nacionales española o francesa obliga a la selección por apellidos; sin embargo, la particularidad del apellido vasco caracterizado por un número limitado de terminaciones más el porcentaje de certeza que brindan -en el caso de las cédulas censales o registros parroquiales- los datos de pertenencia a las nacionalidades española o francesa, facilita en cierta forma la tarea.

Lamentablemente, no contamos -salvo excepciones como el Censo Municipal de la ciudad de Buenos Aires, 1855- con el origen provincial o regional de los inmigrantes; los encargados de realizar el Censo sólo tenían que solicitar aquel dato a los nativos. De todos modos, en aquellos casos en que se pueden cruzar los datos nominales con los del origen regional se subevalúa claramente la columna de los apellidos. Esto nos permite pensar que nuestro análisis se moverá en un universo de vascos inferior al real, pero nunca sobrevalorado.

En distintas oportunidades, las fuentes nos obligan a movernos con apellidos sin la valiosa colaboración de la nacionalidad. Esto ocurre principalmente en los periódicos, recuerdos de viajeros o contemporáneos, Libros de contabilidad y Guías de productores o comerciantes; en esos casos contamos -como interesantes aunque insuficientes correctores- con referencias censales hasta 1895 y con el recuerdo de los entrevistados o descendientes. El contexto suele ser otro mecanismo de ajuste aproximado, de allí que la investigación intente agotar el estudio de cuatro zonas, tomando el menor número de ejemplos aislados de otras regiones. También -en ciertas oportunidades muy precisas- alguno de los nombres de la persona pueden convertirse en un factor de decisión. Tras haber analizado miles de casos, la experiencia nos permite prestar una consideración especial -ante casos dudosos- a aquellos que lleven nombres como Fermín, Juan, Micaela, Bautista o Anita.

Es por todo ello fundamental clarificar, desde un principio, la identidad de nuestro objeto de estudio. Entre otras cosas porque ésta sufrirá transformaciones a lo largo del período de análisis. Los vascos, nuestro sujeto histórico a recuperar, son españoles y franceses. Esto es así, claramente, debido a que su territorio está dividido durante todo el período de estudio en provincias o Departamentos que pertenecen a uno u otro Estado Nacional. Pero también porque no presentan -hasta 1885/90- un claro sentimiento colectivo de pertenencia nacional a algo distinto de aquello. Esto resulta mucho más evidente -por una serie de razones que van desde la ubicación geográfica, los fueros, hasta las políticas diferenciales impartidos por ambos Estados que los subsumieron- en la región continental. En el período que nos ocupa, en España -y más allá de que se señalen como vascongadas- la región ocupada por los euskaldúnes se corresponde con cuatro provincias pertenecientes al Estado español; mientras que en Francia, Lapurdi, Baja Navarra y Zuberoa se transformaron en Departamentos de los Bajos Pirineos. Esto explica porque, una vez en suelo argentino, los vascos -al menos al interior de la provincia de Buenos Aires- participan indistintamente en instituciones o eventos junto a españoles y franceses.

Pero como adelantábamos al principio, esta "seudoidentidad" de los vascos cobrará mayor nitidez a medida que transcurra el siglo XIX. Los vascos son un ejemplo difuso de pueblo o nación sin estado. Precisamente -aunque la pertenencia territorial e institucional autónoma sea reciente- el sentido de pertenencia a un grupo "distinto" del español y en menor medida del francés se fortalecerá paralelamente al desenvolvimiento del fenómeno migratorio. De alguna manera se podría conjeturar que los inmigrantes vascos representaron un pilar fundamental -y un antecedente- para el surgimiento de las ideas nacionalistas de Sabino de Arana en 1880/90. Tras la derrota de la segunda guerra carlista -a lo que se sumó la pérdida de los fueros y la obligación del servicio militar- y la aparición de Arana, algunos procesos que se habían gestado lejos de la patria se conjugaron para brindarle mayor nitidez a la identidad euskalduna.

Las formas de ver la inmigración variaron en los últimos cuarenta años. Las fuentes para reconstruir esas experiencias también. Todo ello es, sin embargo, insuficiente si no conocemos el escenario donde se movieron los actores a recuperar. La provincia de Buenos Aires cambió sus dimensiones a lo largo del período que analizamos, merced a las distintas campañas militares emprendidas sobre un territorio habitado por indígenas rara vez dispuestos a convertirse en mano de obra para las nacientes estancias ganaderas. Sin duda, los acontecimientos ligados a la ampliación de la provincia tuvieron mucho que ver con la historia de la inmigración a la Argentina, principalmente -dada la movilidad espacial que veremos más adelante- con los vascos. Entre 1810 y 1830 el área se extendió cerca de 300 leguas, por la fundación de fortines militares en Dolores, Azul, Tandil y Bahía Blanca. En 1833 el general Rosas realizó su expedición contra los "bárbaros", incorporando -más en los mapas que en la realidad- 5.000 leguas cuadradas y multiplicando así por cinco la extensión de lo que era el territorio bonaerense. Luego de su caída en 1852, los indios recobraron la mayor parte del territorio que se les había arrebatado, reduciéndose el área a 3.000 leguas cuadradas.

Mitre, partidario de la guerra total hasta exterminarlos o arrinconarlos en el desierto, propuso un plan sistemático mediante colonias militares que operarían desde la frontera. Él reconoció también la importancia de la ocupación de Choele Choel (norte patagónico) para frenar el drenaje de ganado vacuno hacia Chile. Problemas internos y la guerra con Paraguay, durante los 60, fueron obstáculos importantes para la reconquista y la expansión, a pesar de que se realizaron algunos intentos durante la presidencia de Sarmiento (1868-1874). Es evidente que -entre otros conflictos- una guerra que duró cinco años y demandó miles de hombres debió repercutir notablemente en el espacio y los sujetos históricos que nos ocupan. Tulio Halperín Donghi nos alerta en varias de sus obras sobre aquella demanda inusitadamente variada que debió enriquecer a mucha gente, entre los que debieron encontrarse no pocos vascos. Estos no sólo estaban exentos de las armas -como el resto de los inmigrantes- sino que se ocuparon en producciones (ganadería, transporte) indispensables para dicha empresa, a la vez que en sitios -Buenos Aires y Entre Ríos- y momentos estratégicos. Nuestra intención no es, debe quedar claro, investigar los efectos de la guerra con Paraguay en el "progreso" experimentado por algunos vascos. Pero sí remarcar que resulta de utilidad englobar distintos aspectos que pudieron, en su conjunto, favorecer al grupo que analizamos, principalmente a los que arribaron en forma temprana. De hecho veremos que la rentable pero coyunturalmente estrecha producción lanera coincide con aquella guerra -y algunos conflictos intestinos- y la falta de mano de obra.

En 1877 (recuérdese que el primer contingente importante de inmigrantes vascos, si no tenemos en cuenta los que llegaron en épocas coloniales, había arribado tres décadas antes), el entonces Ministro de Defensa Alsina comenzó una vigorosa guerra contra las pampas anexándose 2.200 leguas cuadradas. El General Roca se ocupó luego de llevar definitivamente la frontera al Río Negro en Mayo de 1879. Tras los avances de la frontera militar se adelantaba también, claro está, una frontera económica empujando a aquella.

Desde la segunda mitad del siglo XIX se produciría un aumento de la demanda europea de productos rurales. La integración de Argentina al mercado mundial como productora de materias primas alimenticias o para la industria a partir de allí exigiría la incorporación de una considerable cantidad de tierras nuevas. A esto se había sumado el significativo aumento del ganado, principalmente ovino, ejerciendo una gran presión a lo largo de las zonas fronterizas. La falta de pasturas para alimentar más animales por hectárea fue un incentivo adicional para la ocupación de nuevas tierras. Fue el ganado -metafóricamente- y no los colonos, según el historiador Cortés Conde, quien ocupó estos territorios. La frontera sur no habría funcionado como válvula de escape de las presiones sociales sino como fuente de poder del sector gobernante. El sobrepastoreo de la zona ganadera tradicional al norte del salado, desembocó en la presión de aquellos productores hacia el gobierno para que se conquiste y ocupe tierras hacia el sur. Compartiendo en líneas generales la idea del autor acerca de la presión coyuntural y el efecto de la multiplicación del ganado sobre los límites de pastura, no estamos de acuerdo con su minimización del papel jugado por los colonos. Si bien la expansión sirvió en un principio a la aparición de enormes latifundios, la fundación de pequeños núcleos poblacionales no se hizo esperar, multiplicándose prontamente los puestos de trabajo, además de incrementar el comercio y demandar un número mayor de medios de transporte. Pensamos que el poblamiento del oeste americano, con algunas reservas, complementa y colabora en la comprensión de lo que sucedió entre 1820 y 1880 en la provincia de Buenos Aires. El traslado de inmigrantes a zonas " nuevas' donde la entrega de tierras era real, es un elemento contundente para ello. Los vascos aprovecharon -como veremos- estas oportunidades que brindaba la formación y expansión de la estructura productiva primero ganadera y luego agrícola.

"Con mi tío Domingo viví unos cuatro años (década de 1860). Después me fui a La Chumbiada, cerca de Azucena, donde otro tío, Juan Chapar, tenía una casa de negocio en sociedad con Alchourrut. Era un fortín; en él se acogían las gentes de los a alrededores al menor amago de los indios, como ocurrió en 1867.

Pero los indios no atacaron, contentándose con robar las yeguadas de un señor Lastra. En 1870 hubo otro avance de los salvajes: saquearon la casa de comercio de un señor Ríos, en El Cristiano, mataron al dueño y a la madre y se llevaron a la esposa y dos hijos, uno de brazos y una niña de 14 años. La señorapudo escapar dejándose caer en unos pajonales con el niño. Llegó a la Chumbiada después de tres días de errar sin rumbo.

Recuerdo que lloré desconsoladamente al ver el aspecto de la pobre mujer. La jovencita fue rescatada más tarde en el Azul..."

Semanario Ilustrado, año I, nº 17, 29/05/1929.

Recientemente, antropólogos e historiadores como Raúl Mandrini y Miguel Angel Palermo han comenzado a reinterpretar esas mismas fuentes -oficiales- a partir de las cuales estábamos acostumbrados a aceptar los sucesos justificadamente violentos de la ocupación del "desierto" donde habitaba el indio. Sin ánimo de repetir aquí las visiones de estos autores y sin buscar en un diccionario lo que se entiende por "desierto", cabe remarcar dos aspectos cruciales que pueden modificar aspectos del escenario al que arribaron los inmigrantes, principalmente aquellos pioneros como los vascos. En primer lugar la complejidad económico-social y política de varios de los grupos aborígenes asentados en esta zona de la Pampa, que dista de aquella visión de bandas de "borrachos, haraganes y ladrones" que señalaban los trabajos tradicionales. Aquellos adjetivos no podían ser otros viniendo de los generales que tenían que justificar su conquista y a veces su matanza. En segundo lugar, la heterogeneidad socio económica y cultural alcanzada por los aborígenes a lo largo de la Pampa. Sin ir más lejos la caracterización de indios amigos e indios hostiles, con las diferencias que eso conllevaba para la sociedad blanca y los mismos aborígenes en su conjunto. En tercer lugar, y producto de lo anterior, el desdibujamiento de una línea de frontera rígida, impenetrable. En la historiografía anterior a 1980, la frontera era una línea que separaba dos mundos; en las nuevas visiones, a partir de las mismas fuentes, se traza de una franja que antes bien los enlaza.

Existen sobradas fuentes de información sobre el trato comercial entre blancos e indios, ya sea en los comercios de campaña como en los mismos pueblos. Pese a un endurecimiento de las relaciones tras la caída de Rosas, deberíamos minimizar, sin temor a equivocarnos, la imagen terrorífica de marchar a la frontera durante casi todo el período de nuestro estudio. La nueva visión de los sucesos es sumamente interesante para nuestro análisis, ya que si por algo se van a caracterizar los vascos es por su penetración temprana en el territorio ocupado por aborígenes. Precisamente, como veremos, muchos de ellos apostaron al rentable comercio de frontera: acopio, aprovisionamiento a indios amigos y fortines, almacenes de ramos generales -donde comerciaban indios- fueron algunos elementos y mecanismos que comenzaron a completar aquel paisaje posiblemente igual o menos peligroso que las afueras de una ciudad como Buenos Aires o Rosario.

Pero desde el punto de vista de la escala de peligros que implicaba marchar a una zona nueva, en la frontera, es muy posible que los indios no ocuparan el primer lugar. Muchos de los relatos de extranjeros de aquella época, como los del danés Juan Fugl en Tandil, dejan trascender que sus altercados -armas por medio- eran con nativos y no con indios. Sin duda este aspecto ha sido descuidado en los estudios sobre inmigración. Hasta no hace mucho tiempo, los inmigrantes se han movido en la historiografía como marionetas en un escenario vacío.

¿Qué peso real tuvo la figura del indio en la toma de decisiones o la vida cotidiana de aquellos inmigrantes? No queremos demostrar con esta ligera introducción, que los inmigrantes no tuvieron contacto con el aborigen; pero sí que aquellos fueron aislados y significaban en tal caso un problema más, entre muchos otros. Posiblemente nunca lleguemos a recuperar la real dimensión que el peligro aborigen representaba para los primeros pobladores de la Pampa. Estamos tentados a pensar, de todos modos, que aquellos malones de indios sobre un pueblo fueron la excepción -pero son los que quedaron documentados- y no la regla, y que la gente del pueblo vivía "más tranquila" de lo que se podría suponer. Esto no implica negar, como vimos en la cita inicial del apartado, que el peligro estuviera latente, principalmente para la gente que vivía lejos del núcleo urbano; aquellas que habían reconstruido un caserío en la Pampa húmeda.

"Algún tiempo después encontré a Calefuquén y su escolta en una calle de Tandil, frente a una pulpería. Me dijo que iría a saludar al coronel Machado y después me visitaría en mi casa... no mucho tiempo después fue muerto, con otros indios, en una contienda con la guarnición militar de Azul".

Juan Fugl.

Lamentablemente, y como era de esperar, las escasas crónicas existentes sobre el tema refieren generalmente a momentos de violencia, mientras que los largos períodos de "convivencia" -o tolerancia- deben intuirse, salvo excepciones, a partir de la falta de aquellas. Pero a poco de andar por el desolado camino de la reconstrucción de los sucesos por los propios protagonistas, surge una primera -y casi obvia- conclusión. Todos los inmigrantes no experimentaron la misma actitud frente a la presencia indígena. Domingo Aguerre, vasco, arribado al país en 1854, deja entrever en una de sus cartas a su nieto, aspectos y dimensiones del fenómeno en su conducta.

"Cuando en 1864 nos casamos, tu abuela Mariana que era una vasquita porteña, no ignoraba lo que por aquellos años significaba internarse en la Pampa... El mismo año de nuestro matrimonio, después de comprar al fisco de la provincia de Buenos Aires el campo que ocupaba, levanté junto al primitivo rancho, mi primera casa de material. [Aquella tierra] la ocupaba en arrendamiento hasta el año 1864, pues el gobierno no vendía por quedar fuera de la línea de fronteras. Estábamos a dos leguas y media del pueblito vecino (25 de Mayo). Por aquellos años la frontera pasaba a ocho leguas de nuestra vivienda. Los pobladores de la frontera siempre estábamos sobresaltados. Las alarmas frecuentemente eran infundadas, producto de la imaginación sobreexitada(sic), pero de todos modos casi siempre, tras alguna vacilación resolvíamos abandonar nuestros bienes."

Esta impresión de que la ficción desbordaba la realidad de largos períodos de convivencia posible, también la sugiere un viajero británico de mediados de siglo pasado.

"En la mañana siguiente continué mi viaje en dirección al Azul. Este es el punto fronterizo de intercambio con los indios. Si hubiera dado crédito a todo lo que me dijeron sobre los peligros del viaje a lo largo de la frontera, habría adoptado muchas medidas de seguridad. Pero, en esta región -como en todas aquellas escasamente pobladas- los peligros son, en mucho creados por el miedo y por los rumores circulantes, de modo que se desvanecen cuando nos aproximamos a ellos.

W. Mac Cann.

Al parecer, los inmigrantes tenían plena conciencia de la presencia indígena; pero ésta -aunque respetada- no representaba más que otro obstáculo a salvar. Cada inmigrante, según el momento, lugar e indios con que se topara, lo resolvería a su manera. El danés Juan Fugl, por ejemplo, nos relata en sus memorias lo que encontró a su regreso después del malón de 1855, cuando varios cientos de tandilenses huyeron a la ciudad de Dolores.

"Mi propiedad la había cuidado -en parte- mi paisano Pedro Stagsvold, que había sido soldado en la guerra entre Dinamarca y Alemania en 1848/50 y le parecía que podría defenderse muy fácilmente de estos pobres indios desnudos que no tenían más armas que unas malas lanzas".

"Los indios deambularon 2 o 3 días por el fuerte. Una de las mañanas, según me contó Stagsvold cerca del mediodía, había aparecido un grupo de indios, se acercó al arroyo y dividiéndose en dos grupos uno cruzó el agua para asaltar y robar la casa de negocio del vasco-francés Gaebeler, que estaba próxima, pero en la orilla del pueblo. El otro grupo se dirigió hacia mi casa. El vasco, que desde el pueblo [Fuerte] vio que intentaban asaltar la propiedad, había reunido un grupo de connacionales armados que cubrieron rápidamente los 400 o 500 metros hasta la quinta y descargaron unos 20 ó 30 tiros sobre los indios. Estos huyeron y desaparecieron enseguida."

En ese malón grande a Tandil, en su Fuerte quedaron varios vecinos a defender lo que se podía; entre ellos 40 vascos. Es evidente que la experiencia "militar" de cada extranjero jugaba un papel decisivo; posiblemente los 40 vascos que quedaron a defender el Fuerte Independencia habían tenido -como Stagsvold- alguna participación bélica, quizá en la primer contienda carlista.

Cuatro años más tarde, recuerda otro contemporáneo, el español Suárez García:

"en 1859, a las fuerzas del coronel Machado que se dirigía a repeler un ataque indio se incorporaron los voluntarios que habían partido de Tandil para defender sus vidas y sus intereses; entre ellos los estancieros José y Sulpicio Gómez y los vecinos de la colonia francesa, cuyo jefe era Don Luis Arabehety, señores Juan Dhers, Setzes, Chanfreau, Aizaguer y muchos otros".

Algunos encuentros de extranjeros e indios fueron menos heroicos, aunque no por eso exentos de peligro. Aún hoy se recuerda al grupo de poceros y zanjeadores vascos asentados en Necochea que mantuvo a pedradas durante varias horas a los indios desde el pozo que cavaban.

Como fuera -y aunque pueda minimizarse- buena parte de los extranjeros que emigraron a nuestro país compartieron durante dos o tres décadas el escenario con los aborígenes. Algunos hechos relacionados con aquellos cobraban, por cierto, dimensiones que los convertían en trascendentes. Así recuerda Domingo Aguerre, a través de la pluma de su nieto José M. Garciarena.

"Luego de la batalla de San Carlos, 8 de Mayo de 1872, en que el general Rivas vence a Calfucurá, quedaron 80.000 vacunos y 16.000 yeguarizos que cada dueño tendría que apartar y recuperar. Más de 500 hombres que durante 30 días estuvimos en continuo aparte. Terminada la jornada y a pesar del cansancio siempre pasábamos un rato rodeando los fogones. Y también teníamos nuestra música los treinta y tantos vascos que andábamos en aquella brega. Domingo Elisiri, el txistulari, nativo de Hasparren, sacaba de su faja el txistu y entonaba aires del viejo Laburdi, que los demás coreábamos..."

Esta cita del vasco Aguerre, pareciera minimizar la importancia de la presencia indígena. Aunque podríamos citar algunos ejemplos más -que van desde la salida de Pedro Luro y sus empleados a recoger ganado hasta peleas en almacenes y boliches con algún indio- no alcanzaríamos a recuperar la dimensión que los indios representaban -junto a pestes y necesidades de todo tipo- para los inmigrantes. Pero como dijimos, todas estas citas hacen referencia a momentos de recrudecimiento en la frontera. Aunque menos numerosas -por intrascendentes a los contemporáneos- también han quedado relatos que pintan otro tipo de convivencia. Uno de esos contactos fue observado, con naturalidad, por el inglés Mac Cann a fines de la década del 40, en camino entre los pueblos de Azul y Tapalquén.

"En la tarde del día que partí, llegamos a una chacra donde nos detuvimos para pasar la noche. El propietario era también dueño de un almacén bien provisto de los artículos más consumidos en las poblaciones cercanas. Desde el atardecer y hasta muy entrada la noche estuvieron llegando indios, unos a pedir, otros a hacer sus compras y trocar sus productos."

Consecuencia de esta confianza debió consensuarse la decisión de desmantelar el fuerte Independencia de Tandil en 1860/61; al igual que dejar poco guarnecido el fuerte azuleño en la misma época. Pero una prueba más firme de aquella convivencia posible, es el hecho de que la corriente migratoria hacia estas zonas no se cortó en ningún momento. La gente debió estar preparada -psíquica y materialmente- para enfrentar esos espaciados momentos de tensión; entre otras cosas, como vimos, optando por reforzar sus casas con defensas para los posibles ataques. Estas construcciones, nada excepcionales en el sudeste bonaerense, hablan a las claras de que el indígena distaba de ser una leyenda para los inmigrantes que se asentaron al sur del Salado antes del 1870. Pero también deja entrever que el potencial peligro indígena no pasaba de ello; no alcanzaba, en definitiva, para doblegarlos en su afán de progresar y "adueñarse" de una porción de la Pampa.

"En los últimos tiempos [refiere a 1855 al 60] cuando se hicieron más frecuentes los ataques de los indios, los propietarios de estancias habían comenzado a rodear sus viviendas y aún a regular distancia, con empalizadas de postes, con la esperanza de poder defenderse de los salvajes, que generalmente sólo peleaban a caballo y con lanza."

Aquellas construcciones programadas o reformadas para repeler un posible ataque de los indios parecen reflejar un momento específico de tensión, entre 1854/55 y parte de los 60, y que estuvo ligado a varios sucesos, desde problemas climáticos, la guerra con Paraguay y el endurecimiento, no-aprovisionamiento, del trato comercial con los aborígenes.

"Desde muy antiguo existieron en Lobería (al igual que en Tandil) casas, especialmente pulperías, edificadas a manera de fortines; unas rodeadas simplemente de fosos, con la tierra amontonada a manera de talud, para ocultar a los tiradores e impedir el salto de los caballos pampas; otras con tapias al interior del foso, provistas de aspilleras(sic), como en La Providencia, con amplio recinto para amparar a los pobladores del contorno; otras como San Antonio de Arruda, sólida edificación de material, con azotea y parapeto (construida antes de 1854) donde hemos visto que se salvó el capataz, seguramente con muchos vecinos, en la invasión de 1857. Así, el año 1869, cuando el malón llegó hasta el arroyo Chico, los moradores se refugiaron en La Iberia, casa de negocio de Manuel Villar, y en Las Tres Lagunas, en campo de Benjamín Zubiaurre, también preparada para la defensa contra los indios."

Suárez García.

Indudablemente, aquellos sucesos poco comunes debieron ocupar renglones centrales en las cartas que enviaban los inmigrantes a sus pueblos de origen o a otros sitios de la provincia donde había familiares esperando el llamado. Sabemos, por otra parte, que durante el período temprano los vascos no fueron ajenos al imán de la dorada -pero no menos peligrosa- California. ¿Por qué no pensar que las cartas que llegaban a Euskal Herria desde ambos extremos de América servían para sopesar el riesgo y el potencial "progreso" entre ambos destinos? Seguramente los sucesos de aquella época se ajustaron bastante a los recuerdos de Doña Mariana Fítere: largos períodos donde no sucedía nada; falsos rumores de ataque o acercamiento de algunos indios dispersos; acontecimientos trágicos aislados. Por lo pronto sabemos que durante esos años difíciles, Tandil y Lobería -y seguramente también otros pueblos de la frontera- vieron crecer el número de sus habitantes.

Parece claro, después de observar algunas citas, que la presencia indígena era -en cuanto importancia y/o peligro- bastante desigual para los inmigrantes; sobre todo mirado a lo largo del período. Ya habíamos adelantado -lo que complejiza aún más el panorama- que los indios que habitaban la provincia de Buenos Aires, incluso la Patagonia, jugaban un papel más que importante en el comercio. Más de un inmigrante conformó -como el gallego Santamarina o el vasco Luro- parte de su fortuna llevando con sus carretas provisiones a los fortines pero también a los indios amigos. Recordemos que se entiende por indios amigos a aquellos que recibían raciones trimestrales por parte del gobierno luego de firmar un pacto de paz. Las posibilidades que aquél negocio brindaba eran rápidamente visualizadas por los extranjeros que habían adquirido carretas.

Todo hace pensar que los inmigrantes fueron actores contemporáneos de indios, milicos y gauchos; aunque es cierto que entraron a escena -posiblemente adrede- cuando la obra estaba bastante avanzada. No tenemos dudas acerca de la importancia del tema aborigen para los que se ocupen del fenómeno inmigratorio; esto se sobredimensiona para quienes lo hacemos analizando el período temprano, máxime cuando se presta atención a un grupo como el vasco cuya tendencia visible fue la movilización hacia áreas fronterizas.

Los vascos no difieren mayormente, en cuanto a su composición, del resto de los grupos inmigrantes; lo mismo sucede con sus tendencias entre mitades y fines del siglo pasado. Si observamos su componente en cuatro o cinco lugares representativos de la totalidad pampeana, las pirámides de edades, por ejemplo, muestran hacia 1869 un alto porcentaje de varones en edades jóvenes, principalmente en pueblos de frontera como Tandil y Lobería. En Chascomús (al centro de la provincia), y especialmente en Barracas al Sud (lugar de establecimiento más temprano y menos peligroso) es notablemente mayor el número de mujeres respecto a los otros puntos.

En 1895, pese a que el flujo migratorio continuó, se verifica un aumento del componente femenino, a la vez que un "envejecimiento" general del grupo. En esta última fecha resulta interesante notar que han disminuido -sino desaparecido- los niños euskaldúnes (0 a 10 años, principalmente mujeres), más frecuentes en los primeros contingentes. Se podría pensar que cada vez resulta menos normal -en tanto que un flujo emigratorio de 50 años ha permitido descompresionar espacios rurales y urbanos- la partida de familias vascas enteras. Los jóvenes que -decrecientemente- siguen pasando a América a unirse a un hermano mayor o un tío cuentan con edades más avanzadas.

El siguiente cuadro, por su parte, refleja claramente la distribución sexual de los vascos en la provincia bonaerense.

Distribución por sexos de la comunidad vasca en cinco puntos de la Provincia de Buenos Aires, 1869
Fuente: Cédulas Censales, Primer Censo Nacional, 1869, Sala X, AGN
SitioMasculinoFemenino
Barracas al Norte64,57%35,43%
Barracas al Sur64,79%35,21%
Chascomús74,89%25,11%
Tandil6,31%23,69%
Lobería8,11%11,89%

Nótese la presencia decreciente de mujeres a medida que observamos pueblos alejados del puerto. Las cifras femeninas de la zona de Barracas pueden reflejar la situación de aquellas mujeres que han venido junto a sus maridos -y que posiblemente ahora se encontraban solas mientras sus cónyuges continuaron hacia el sur- pero también, principalmente, a ese grupo minoritario de mujeres vascas que emigra sin pareja, aunque a la búsqueda de familiares. Un número importante de aquella composición femenina responde a niñas, hijas de quienes han decidido asentarse en la ciudad puerto o vagan por la provincia para luego llamarles.

Componente sexual de la comunidad vasca en tres puntos de la provincia de Buenos Aires en 1895
Fuente: Cédulas Censales, Segundo Censo Nacional, 1895. Sala X, AGN
SitioMasculino%Femenino%
Chascomús57170,4923929,51
Tandil50566,4425533,56
Lobería37974,7512825,25
Totales1.455622

Hacia fines de siglo, estas cifras han variado sustancialmente. Como ya hemos dicho, ha disminuido notablemente -a la par de las posibilidades excepcionales de trabajo- la movilidad geográfico-ocupacional anterior a los años 80. También han desaparecido los peligros indígenas y han mejorado los caminos y los transportes para viajar a lugares distantes como Tandil.

Estado civil de los vascos en cuatro puntos de la provincia de Buenos Aires en 1869 y porcentajes
Fuente: Cédulas Censales, Primer Censo Nacional, 1869, Sala X, AGN
SitioSolteros%Casados%Viudos%
Barracas Sud63145,9966948,76725,23
Chascomús52257,1735638,99353,83
Tandil6561,039236,3492,63
Lobería6974,152423,7622,08
Totales138750,3114143,121184,44

Como veremos más adelante, la composición sexual y los estados civiles son coincidentes con el grado de avanzada de los hombres solteros hacia el interior de la provincia; posteriormente los guarismos más equitativos (hombres/mujeres y solteros/casados) de los puntos más cercanos al puerto -y por ende con menos riesgos- se asemejarán en todos las zonas. Hacia fines del siglo pasado, pareciera que Chascomús no recibe nuevos contingentes, sino más bien que tiende a nivelar posiblemente con el arribo individual de novias o esposas, las diferencias entre casados y solteros.

Estado civil y sexo de los vascos en cuatro puntos de la provincia de Buenos Aires, 1869 y porcentajes
Fuente: Cédulas Censales, Primer Censo Nacional, 1869. Sala X, AGN.
SitioSolterosCasadosViudos
HombresMujeresHombresMujeresHombresMujeres
Barracas Sud4931383563134032
Chascomús456662061502015
Tandil14817524036
Lobería6451772---
Totales11612266315106553

Tandil y Lobería también han comenzado a acercar sus cifras, pero se presentan aún como polos receptores de hombres jóvenes y solteros. En todos los sitios, seguramente por el envejecimiento natural de aquellos que llegaron en épocas tempranas -pero también por las enfermedades y accidentes característicos de la época- ha aumentado el número de viudas.

Estado civil de los vascos en tres puntos de la provincia de Buenos Aires, 1869/1895 y porcentajes
Fuente: Cédulas Censales, Primer Censo Nacional, 1869. Sala X, AGN.
SitioSolterosCasadosViudos
HombresMujeresHombresMujeresHombresMujeres
Barracas Sud4931383563134032
Chascomús456662061502015
Tandil14817524036
Lobería6451772---
Totales11612266315106553

Si existieron diferencias entre los vascos y otros grupos nacionales es posible que éstas no deban buscarse en la composición del grupo; posiblemente se hallen en preferencias o tendencias, por ejemplo al momento de escoger un lugar donde residir.

Estado civil y sexo de los vascos en tres puntos de la provincia de Buenos Aires, 1895
Fuente: Cédulas Censales. Segundo Censo Nacional, 1895, Sala X, AGN.
SitioSolterosCasadosViudos
HombresMujeresHombresMujeresHombresMujeres
Chascomús281242591773138
Tandil252442131752228
Lobería2199153107712
Totales752773254596078

Salvando las excepciones que conforman espacios muy específicos, se denota una clara tendencia vasca a hacerlo en zonas rurales, aunque principalmente a fines del siglo XIX.

Los vascos y su asentamiento rural y urbano, 1869
Fuente: Cédulas Censales, Primer Censo Nacional,1869, Sala X, AGN
SitioRuralUrbano
Barracas al Sud28,6471,36
Chascomús53,7246,28
Tandil70,6829,32
Lobería100---

Cuando hablamos de zonas específicas nos referimos a lugares como Lobería o Barracas al Norte; en esta última, en 1855, los 357 vascos habitaban la única zona posible, la urbana. No pensar aquí -como una explicación razonable- en la innegable tradición ganadera del pueblo vasco, es menos que imposible. ¿Acaso aquellos cientos de segundones que marcharon de sus caseríos por no tener posibilidades de contar con una parcela propia o por no quedar empleados de un hermano mayor, encontraron una nueva oportunidad en la Pampa? Es muy posible, pero seguramente no alcanza para explicar la tendencia general de los vascos a asentarse en las afueras de la ciudad. Por que no pensar también en que muchos artesanos o trabajadores urbanos provenientes de Euskal Herria, pronto visualizaron el sector de la producción donde podrían capitalizarse más rápidamente.

Los vascos y su asentamiento rural y urbano, 1895. Porcentajes
Fuente: Cédulas Censales, Segundo Censo Nacional, 1895
SitioVascoespañolesVascofranceses
RuralUrbanoRuralUrbano
Chascomús 70,16 29,84 73,70 26,30
Tandil53,8746,1345,1154,89

Hacia fines de siglo, en momentos que la provincia se encuentra más homogéneamente ocupada -sus pueblos se han multiplicado cubriendo casi todo el espacio y en éstos se produce un alza significativa de concentración de población y edificación- los vascos acentúan su tendencia a instalarse en las zonas rurales. No debemos perder de vista lo que en realidad significaba "urbano o rural" en cualquiera de las fechas en cuestión. Aún en 1895, Tandil cuenta con chacras y quintas -seguramente lo que disimula el equilibrio rural/urbano- que fueron censados como zonas urbanas.

Vascos y alfabetismo. Porcentajes, 1869
Fuente: Cédulas Censales. Primer Censo Nacional, 1869, Sala X. AGN
SitioVascoespañolesVascofranceses
AlfabetosAnalfabetosAlfabetosAnalfabetos
Barracas N.39,0560,9538,0761,93
Barracas S.40,0259,9839,8460,16
Chascomús39,5858,4239,5660,44
Tandil41,9358,0740,6659,34

Se puede pensar que el fenómeno que se esconde en esta preferencia residencial es simplemente la búsqueda de los vascos a continuar una forma de vida similar a la anterior en Euskal Herria. Si fue así, y siguiendo los esquemas deductivos tradicionales, deberíamos estar ante un grupo conformado en gran parte por analfabetos. En 1869, visto el grupo vasco en 2 puntos de nuestro estudio -uno urbano y otro rural/urbano- de alguna manera se cumple esta premisa.

Decimos de alguna manera, porque en un área "urbana" como Barracas al Norte -tomando a los mayores de diez años- encontramos 537 vascos analfabetos, 258 alfabetizados y 20 que leen pero no escriben. Mientras que en una área más rural como Chascomús, el mismo año, aparecen 409 vascos alfabetizados, 532 analfabetos y 25 que leen pero no escriben. Cuando discriminamos por asentamiento -y si bien las zonas urbanas podían ser lugares de paso para muchos- aparece entonces que la zona rural no se presentaba como un refugio "cultural" donde trataría de alojarse el mayor porcentaje de los que no leían ni escribían.

Vascos y alfabetismo. Porcentajes, 1895
Fuente: Cédulas Censales, Segundo Censo Nacional, 1895
SitioVascoespañolesVascofranceses
AlfabetosAnalfabetosAlfabetosAnalfabetos
Chascomús60,5839,4265,5634,44
Tandil57,9342,0766,6633,34
Lobería64,535,565,834,2

Más allá de que buena parte de los nativos y el espectro social en general también era analfabeto, en los barrios de la ciudad puerto había posibilidades laborales que no demandaban un alto grado de alfabetización; por otra parte, el campo bonaerense no dejaba aún -como veremos más adelante- oportunidades ilimitadas de inserción. Hacia fines de siglo ambos, la estructura productiva y la composición del grupo vasco, van a cambiar sustancialmente.

Vascos y alfabetismo por sexo, 1895
Fuente: Cédulas Censales, Segundo Censo Nacional, 1895
SitioMujeresVarones
AlfabetasAnalfabetasAlfabetosAnalfabetos
Chascomús12686340190
Tandil13798329166
Lobería7247244123
Totales335231913479

En 1869 predominan los vascos que no saben leer ni escribir, fenómeno acorde con una salida inicial mayoritariamente campesina (posiblemente segundones); hacia 1895 los guarismos se revierten, dado que -más allá de que la escolarización también avanzó en Euskal Herria- el flujo migratorio vasco está mayormente compuesto por artesanos o gente de pueblos y ciudades que escapan a los problemas surgidos con la industrialización.

Ahora bien, en estas tierras, con esa población y con el marco internacional imperante, ¿quiénes, qué y cómo producían entre 1840 y 1920? La historia de la provincia de Buenos Aires en el siglo XIX es también la del proceso complejo, discontinuo y con frecuencia contradictorio de desarrollo y consolidación de una sociedad capitalista. El comercio libre y la crisis de la ganadería en Entre Ríos y la Banda Oriental, pese a la creencia generalizada, quizá no fueron dos motivaciones esenciales -aunque reales- para la expansión ganadera porteña a partir de 1810. De aquél proceso ha perdurado una imagen de la campaña rioplatense obstinada en mostrar un amplio espacio casi vacío con unos pocos hombres diseminados aquí y allá y enormes hatos de ganado semisalvaje que literalmente inundaban sus campos. Coincidimos con Juan Carlos Garavaglia acerca de que, evidentemente, a ojos de viajeros europeos acostumbrados a una vida campestre como la imperante en Inglaterra o de funcionarios criados en el norte de España, éste era efectivamente un enorme espacio vacío. Pero la historiografía ha exagerado esta visión y al hacerlo ha perdido de vista la complejidad de la vida rural que subyace bajo esta aparente chatura.

Nadie puede dudar, empero, que la base para la expansión fue la exportación de cueros: a lo largo del siglo XIX nunca constituyeron menos del 60% del total de las exportaciones. El resto estaba conformado en buena parte por exportaciones complementarias de las del cuero, básicamente carne salada y sebo, pero también astas, huesos, abono y crin. Entre 1830 y 1852 pese a los vaivenes de una etapa histórica agitada, Buenos Aires prosigue su expansión ganadera iniciada en el decenio anterior. A partir de la tercer década se asiste a la difusión de la grasería. El vapor que extrae la grasa de las reses enteras permitía ofrecer a los mercados ultramarinos productos capaces de batir el precio del sebo ruso. El estímulo para el crecimiento de la actividad ganadera obedeció en todo momento a la progresiva demanda internacional de productos pecuarios, no obstante hasta aproximadamente 1850, dominase sobre el marco internacional una situación negativa que resultaba de las deficiencias del transporte ultramarino, las que alejaban a enormes zonas de potencial riqueza de los mercados mundiales.

Respecto a la producción predominante, durante buena parte del período el núcleo social y económico más importante fue la estancia. Su carácter extensivo, con inversión de poco capital inicial (prácticamente el ganado) y ninguna en tecnología; abundancia del factor tierra y necesidad de poca mano de obra (generalmente estacional), en parte proporcionada coercitivamente -aunque con un resultado poco exitoso- por el Estado a través de la obligación del uso de la papeleta de trabajo a los nativos. Este modelo fue apropiado (para el momento y lugar) hasta la caída de Juan Manuel de Rosas. Según algunos autores se correspondía con los escasos recursos y pocos capitales existentes; por que había demanda internacional de esos productos; y por que no era irracional importar granos a bajo precio por la escasez de población que no alentaba el desarrollo agrícola.

Pero al promediar el siglo pasado el modelo de producción resultaba arcaico. La falta de tecnología hacía que sólo se lograra el crecimiento sobre la base de una expansión continua, además de contar con limitados productos para ofrecer. Luego, la producción por excelencia desde 1820 -vacuna- comienza a compartir privilegios con la ovina. En muchas zonas de la provincia, las ubicadas a 30 ó 40 leguas de la ciudad puerto, desde alrededor de 1840 comienza a considerarse a la explotación del ovino como más remunerativa que la del bovino. Una vez más la coyuntura internacional jugará un papel clave en la diversificación productiva. Al principio, los mercados fueron Estados Unidos e Inglaterra y luego el continente europeo (Francia, Bélgica). El reacomodamiento de la estructura productiva bonaerense trajo aparejado una serie de cambios que mucho tuvieron que ver con el futuro de cientos de vascos. Entre ellos, gran expansión de la demanda de mano de obra, vertiginoso crecimiento del rebaño en pocos años, cambios en la calificación (prácticas y conocimientos que desconocía el nativo y portaban algunos inmigrantes como vascos e irlandeses), multiplicación de puestos de trabajo no sólo en las estancias sino también en las ramificaciones urbanas y transporte.

La etapa 1850/1890 fue decisiva y en lo interno se tradujo en la aceleración del proceso de consolidación del capitalismo en la región. En Buenos Aires fue el período de conformación del mercado de tierras, durante el cual se completó el proceso de transferencia de tierras públicas a manos privadas; de la organización de un mercado de trabajo a partir de la extraordinaria expansión de la demanda de mano de obra asalariada y de la conformación -más bien consolidación, ya que siempre la hubo- de una fuerza de trabajo libre; también de la transformación acelerada de aquella empresa rural típica, la estancia, célula impulsora del crecimiento productivo y de la consolidación de una clase de terratenientes que combinaban la propiedad de la tierra y la organización capitalista de sus empresas con la administración de sus intereses rurales.

Se puede afirmar que desde entonces la provincia ingresa en una etapa acelerada de construcción de un orden económico capitalista y donde la conformación de un mercado de fuerza de trabajo libre constituyó un aspecto central del proceso. Se trata, por un lado, de la canalización hacia el mercado de esa parte de población local que hasta entonces sólo participaba de él en forma esporádica y por otro, de la incorporación de los cada vez más numerosos inmigrantes. Como fuera, entre los años 1840/80 la provincia porteña crecía y se multiplicaban las oportunidades de trabajo, muchas de ellas altamente rentables. Los vascos tempranos las aprovecharon, como aprovecharon también la inserción excepcional que brindaba la llegada a zonas nuevas de frontera.

La sociedad rural de la década de 1880 no solamente era diferente en el interior de la estancia, lo era mucho más por fuera de sus alambrados. El vigoroso proceso abría oportunidades para medianos y pequeños productores tanto argentinos como inmigrantes; para nuevos pulperos y comerciantes de campo; acopiadores; barraqueros; dueños de carros; etcétera. Maestros, médicos, artesanos, empleados, dependientes y trabajadores en general, integraban esa población que se multiplicaba en toda la provincia. En la campaña, el mundo de los gauchos, arrieros y troperos iba quedando atrás, mientras familias de pastores y puesteros vascos, irlandeses y escoceses poblaban el nuevo paisaje humano. A éste se irían sumando luego los trabajadores italianos y españoles, atraídos primero por tareas temporarias urbanas o periurbanas -comercio, artesanías, hornos, huerta- y más tarde por otras más alejadas de los pueblos como el alambrado de los campos o el trazado de los ferrocarriles y la agricultura.

Para los que optaran por asentarse en los pueblos y ciudades los beneficios no eran menos interesantes. Allí se multiplicaban las oportunidades para una amplia gama de oficios; todo estaba por hacerse. Como sostienen Hilda Sábato y Luis Alberto Romero, existía un atractivo adicional. En los pueblos nuevos, pero incluso en la misma ciudad de Buenos Aires, a diferencia de lo sucedido en los países de origen de los inmigrantes el capitalismo no ahogaba a los artesanos; en muchos casos la gran industria se veía complementada por aquellos, quienes cubrían parte de ese mercado consumidor que ésta no alcanzaba a satisfacer.

Pocos grupos migratorios deben contar con asociaciones e imágenes almidonadas, largamente repetidas -y poco estudiadas- como los vascos. Si improvisásemos una encuesta sobre la idea que se tiene de ellos, no caben dudas que el resultado sería -aparte de un sujeto terco pero noble y de confianza- un lechero, alambrador o carretero, y se lo ubicaría espacialmente en una zona rural. Sin entrar a analizar de dónde se nutre el recuerdo popular para ello -ya que no es este el momento para hacerlo- sí podemos detenernos a pensar por que se los ha asociado siempre al campo.

En primer lugar ha sucedido que buena parte de las fuentes que ligaron a los euskaldúnes al campo los visualizó desde la ciudad de Buenos Aires. Resulta frecuente encontrar referencias acerca de que los vascos no eran propensos a quedar allí, sino a marchar a la frontera o la campaña. Y esto es cierto, lo que no es comprobable es que marchar de Buenos Aires fuera siempre dirigirse al campo. Muchos de aquellos -que contaban oficios que no los ligaban al campo: panaderos, zapateros, carpinteros, ladrilleros- iban tras las oportunidades que brindaban los nuevos pueblos de la provincia.

En segundo lugar nos encontramos con un problema ligado a las fuentes. ¿Cómo estimar los porcentajes de vascos en el campo sin analizar las cédulas censales, contabilizando cuarteles rurales y urbanos? Ya hemos visto los guarismos para algunos pueblos discriminados por cuarteles. Pero allí no desaparecen las dudas. En muchos sitios se da el caso de que hay mucha gente asentada en cuarteles rurales pero predominan los que trabajan en oficios urbanos. Una cosa es vivir en el campo, casi como un estilo de vida; y otro estar asentado en una chacra o quinta y concurrir cotidianamente al núcleo poblacional. Buena parte del problema deviene del hecho de que la rigidez de las delimitaciones de las libretas censales era desbordado por la gente que llegaba a la provincia. Las fuentes iban retrasadas respecto a los pobladores de cada lugar. Incluso se podría arriesgar, para 1869, que las demarcaciones quedaban en manos de los censistas o eran improvisadas ese mismo día.

Ha sido también frecuente en la historiografía, que se asocie automáticamente a los vascos a tareas agropecuarias debido a su pasado campesino y el bagaje cultural que portaban. El sentido común ha creído que los migrantes de un pueblo básicamente campesino ahogado territorialmente como era Euskal Herria, no dudarían al enfrentarse con la inmensidad de la Pampa en proseguir en aquella actividad. Esto es puramente teórico y poco probable. No hay que pensar mucho para imaginar que todos los inmigrantes no podían ser campesinos. En buena parte del período predominaron incluso aquellos provenientes de ciudades, principalmente artesanos. Pero aunque hubiesen prevalecido los campesinos, hay tantos autores que afirman que preferirían continuar en tareas del campo, como los que creen que cansados de las penurias agrícolas, los riesgos de las cosechas y pestes, una mayoría no hubiese dudado en cambiar de ámbito.

Seguramente el estereotipo del vasco que marcha a trabajar al campo se afianza al momento de efectuar comparaciones con otros grupos nacionales, como también a partir del monopolio de algunas actividades fundamentales en su lugar y momento (pastores, poceros, alambradores, tamberos) además de fuertemente identificadas con el campo. Por último digamos que el éxito resonante de muchos vascos pastores, cabañeros o ganaderos en general tuvo más "prensa" o repercusión bibliográfica que los cientos de euskaldúnes que terminaron sus días como panaderos, zapateros, hoteleros o ladrilleros. Baste con ver los pocos libros que hay sobre los vascos en Argentina y que recopilan principalmente las historias de aquellos euskaldúnes ligados al campo.

De todos modos, el autor de estas líneas también cree que hubo muchos vascos asentados en la zona rural, aunque sea partidario de precisar un tanto más el momento y el sitio. Baste con ver los apellidos actuales ligados al agro, los nombres de sus Establecimientos, principalmente cabañas, inconfundiblemente vascos. No sólo eso. Está convencido que aquellos realizaron un aporte fundamental (más cualitativo que cuantitativo) a la conformación de la estructura productiva agroganadera y su diversificación en un momento clave de la inserción Argentina en la economía mundo.

En primer lugar por su llegada temprana, cuando más brazos se necesitaban. En segundo lugar por el aporte de conocimientos para mejorar aspectos de la ganadería (pastoreo, lechería). En tercer lugar, por que los vascos se ocuparon de tareas (fundamentales por cierto) poco atractivas para nativos y otros grupos nacionales: principalmente las que se realizaban de a pié o ligadas a la pala; por último, por que tal como adelantábamos al principio los vascos no se quedaron mayoritariamente cerca del puerto y contribuyeron a poblar el territorio. Sobre todo a partir de que una vez asentados en los nuevos pueblos, los vascos eran partidarios de mandar a llamar a sus novias, esposas, hijos y padres, para "redondear" las familias.

Ahora bien, los vascos ya están en el campo, ¿en qué trabajaron, qué aportaron? Si reconstruimos un camino laboral imaginario desde la llegada de los inmigrantes al puerto, podríamos decir que los primeros puestos de trabajo no eran rurales sino que estuvieron ligados a las embarcaciones menores, embarco y desembarco de mercaderías y personas con pequeños carros. En el área rural, los primeros trabajos cercanos al puerto consistían en convertirse en abrojero o pastero en las chacras de los alrededores de la ciudad. Un negocio rentable de entonces estaba ligado al abastecimiento de miles de bueyes que llegaban con los carreteros al puerto. Cabe aclarar que este recorrido que haremos es puramente analítico, ya que no desestimamos que un porcentaje interesante de los trabajadores que ubicaremos en los pueblos también pudo desempeñarse en la zona rural (entre ellos los carniceros, cocineros, sirvientas, comerciantes). También recordar sobre la estacionalidad de las tareas que obligaba a cambiar de ocupación, intercalando tareas en cualquiera de los dos espacios. Nosotros hemos recogido la imagen congelada de lo que sucedía el día del Censo en dos momentos del siglo pasado. El jornalero trabajaba en la salazón o la esquila en los picos laborales, pero luego hacía otras cosas, como por ejemplo ser pocero o peón de un hornero. Lo mismo sucede con el quintero o el chacarero que también tienen un pequeño tambito y chanchería. Igualmente el hotelero que tiene campo, o el comerciante que tiene carro. Por último, más allá que ahora mencionemos solamente a los euskaldúnes ubicados en la zona rural, la gran mayoría (aunque se encontrase en un pueblo o en un transporte) estaba de alguna manera sirviendo, apuntalando, el desarrollo de una estructura ganadera de esta provincia.

Observemos en que trabajaban los vascos en algunos puntos estratégicos de la Pampa húmeda. Se trata de un abanico de posibilidades que van desde un ámbito urbano, pasando por otros rurales e incluso de frontera, intentando recorrer al mismo tiempo un arco temporal de más de medio siglo.

Barracas al Norte es un barrio de la ciudad de Buenos Aires (y como era de esperar), no encontramos vascos asentados fuera de lo que era el núcleo urbano y muy pocos casos de oficios ligados al campo: 6 carreros, 4 labradores y 3 quinteros. En las afueras de la ciudad hay 2 horneros vascos. Los 18 peones y 24 jornaleros que allí aparecen sin duda trabajan en barracas, saladeros u otros trabajos urbanos la mayor parte del tiempo.

Trabajadores vascos, Barracas al Norte, 1855
Fuente: Cédulas censales pertenecientes a Barracas al Norte, Censo Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, 1855. AGN
OficioOficioOficio
Albañil1Herrero4P/saladero19
Alpargatero1Hojalatero2Propietario2
Carnicero1Hornero2Quintero3
Carrero6Jornalero24Sirvienta20
Carpintero26Labrador4Talabartero1
Cocinero17Lavandera6Tonelero1
Comerciante31Panadero6Trabajador12
Costurero2Planchador1Zanjeador1
Dependiente7Peón18Zapatero1
Grasero4P/barraca18

En el mismo sitio, 14 años después, encontramos 1 agricultor, 1 estanciero, 1 pastero, 10 quinteros, 13 carreros y un lechero (que seguramente era también tambero). También 15 horneros.

Trabajadores vascos, Barracas al Norte, 1869
Fuente: Cédulas Censales pertenecientes a Barracas al Norte, Primer Censo Nacional, 1869
OficioOficioOficio
Agricultor1Dependiente13Panadero2
Albañil7Doméstica5Pastero1
Alpargatero3Estanciero1Planchadora4
Artesano1Ferroviario3Peón89
Aserrador1Herrero6P/barraca8
Barbero1Hojalatero3P/quintero8
Capataz5Hornero13P/saladero94
Carnicero7P/hornero2Quintero2
Carrero13Jardinero1Rntista1
Carpintero27Jornalero76Rondador1
Cocinero19Lanero1Sirvienta29
Colchonero1Lavandera16Sastre2
Comercio8Lechero1Talabartero1
Confitero2Lotero2Tonelero5
Corredor1Maestro2Zapatero7
Costurero19Marinero4
Curtidor6Músico1

A escasa distancia de allí, en Barracas al Sud, aparece un número mayor de euskaldúnes empleados en tareas rurales. Junto a los 11 carreros, hay 4 chancheros, 2 chacareros, 11 horneros, 31 labradores, 14 lecheros, 1 pastor y 24 quinteros. Una lectura de los puestos que predominan en aquel sitio como son los 277 jornaleros, 124 peones de saladeros, 26 panaderos, 40 carpinteros, 71 comerciantes, 24 albañiles, no deja duda sobre el tipo de tareas que sobresalen. Los vascos, sobre todo franceses, se dirigían a ese sitio a ofrecerse en los saladeros y barracas.

Trabajadores vascos, Barracas al Sud, 1869
Fuente: Cédulas censales pertenecientes a Barracas al Sud, Primer Censo Nacional, 1869
OficioOficioOficio
Albañil9Costurera12Panadero26
P/albañil15Dependiente29Pastor1
Alpargatero5Doméstica13Peón98
Capataz1Fabriquero1P/barraca1
Carnicero1Ferroviario3P/saladero124
Carrero1Herrero19Propietario11
Carpintero40Hojalatero4Puestero1
P/carpintero2Hornero2Quintero24
Chanchero4P/hornero9Talabartero8
Chacarero2Jornalero277Tonelero4
Cocinero19Labrador1Sirvienta29
Comercio1Lavandera1Zanjeador1
Confitero1Lechero14Zapatero12

Pero los sobrantes de los animales arrojados al riachuelo, hicieron que en 1869 brotara una epidemia de fiebre amarilla. Los saladeros fueron clausurados y obligados a instalarse en zonas alejadas de las grandes concentraciones urbanas. Algunos vascos volvieron a Euskal Herria; otros emplearon los ahorros conseguidos con salarios altos e invirtieron en un comercio, un carro o un par de vacas para convertirse en lecheros. Los más decididos siguieron viaje hacia el sur.

Precisamente en esa dirección, antes de llegar al río Salado, se halla una región que se convertiría desde 1845 en la productora por excelencia de lana, vital de la misma. El partido de Chascomús es un cabal representante del auge lanar que se da entre 1845-1875; sin duda el trampolín de cientos de vascos que lograron progresos impensables en su patria de origen. Aquí sí es posible encontrar un porcentaje importante de vascos realmente asentados y trabajando en la zona rural.

Al momento del Primer Censo Nacional llevado a cabo por el Presidente Sarmiento, se podía encontrar allí a 18 hacendados, 4 arrendatarios, 2 estancieros, 5 puesteros, 16 medianeros, 80 pastores y 2 troperos vascos ligados al mundo rural. Un poco más cerca del pueblo, encontramos 48 horneros (mitad dueños, mitad empleados), 3 lecheros, 10 quinteros y 4 zanjeadores. A esto habría que agregarle que los 116 peones y 71 jornaleros vascos que en este punto sí debieron verse frecuentemente implicados en tareas de campo. También es posible -como era frecuente en el interior de la provincia- que varios de los 57 comerciantes vascos se encontraran instalados en alguna esquina de campo, con un surtido almacén de Ramos Generales.

Trabajadores vascos, Chascomús, 1869
Fuente: Cédulas Censales, Primer Censo Nacional, 1869
OficioOficioOficio
Albañil12Estanciero2Planchador3
P/albañil1Ferroviario2Peón116
Arrendatario4Hacendado18P/saladero35
Capataz1Herrero5Propietario1
Carnicero1Hornero24Puestero5
Carrero33P/hornero24Quintero5
P/carrero1Jornalero71P/quintero2
Carpintero29Labrador31Sirvienta30
Cocinero14Lavandera7Tropero2
Comerciante57Lechero3Tonelero1
Costurera8Medianero16Trabajador12
Dependiente19Panadero4Zanjeador4
Doméstica1Pastores80Zapatero18

Entre aquellos vascos que pujaban para entrar al rentable negocio de la lana, había otros tantos que aprovechaban la coyuntura económica ofreciendo múltiples servicios. Panaderos, quinteros, carniceros, cocineros y labradores comida para pastores y no pastores. Albañiles, herreros, carpinteros y horneros, ofreciendo materiales y oficio para construir las casas de los recién llegados o los que habían juntado los ahorros para emprenderlas. Costureras, lavanderas, dependientes, sirvientas, ofreciendo sus servicios para apuntalar el magro sueldo de sus maridos o sobrevivir hasta conseguir enamorar a alguien. Zapateros y costureras remendando los humildes roperos de la época, lo "puesto" y lo que se usa el domingo. Como se ve, aquí o en cualquier otro sito que presentase una oportunidad de trabajo excepcional, se abrían otras tantas posibilidades de ahorrar en un abanico de oficios, muchas veces -aunque no necesariamente- apuntalando a aquellos que habían conseguido conchabarse en el boom coyuntural. Tal como sucedió durante la fiebre del oro californiano, no fueron los buscadores sino los vendedores de mulas, picos y velas quienes se aseguraron un progreso material.

Treinta años después, en 1895, cuando el negocio inigualable del lanar era un recuerdo y la provincia había alcanzado sus dimensiones actuales, en Chascomús vemos que aumentó el número de jornaleros pero descendió el de peones. También merman las cifras de los trabajadores rurales especializados (que ahora son lecheros y alambradores); sólo quedan 13 de aquellos 80 pastores y ahora 41 se declaran puesteros. Muchos de aquellos se encuentran dentro de otra categoría que ha aumentado notablemente: los empresarios ganaderos y los pequeños empresarios agrícolas. Es destacable también que mientras Chascomús contaba en 1869 con pocos lecheros, al finalizar el siglo, éstos más los tamberos sumaban 61. A ello nos referimos al opinar que la construcción de los estereotipos laborales de los inmigrantes tiene su génesis en momentos y regiones concretas.

Aquellos vascos productores de leche se encontraban agrupados en cuatro de sus cuarteles rurales (5, 6, 7 y 9) de la siguiente manera: 43 vascos declararon ser tamberos, mientras que 18 manifestaron ser lecheros. Los vasco-franceses sumaban 23 tamberos y 7 lecheros mientras que los vasco-españoles 20 tamberos y 11 lecheros. Treinta y 2 de esos tamberos se encontraban organizados familiarmente, y el resto lo hacía sólo o ayudado por peones. En los casos de tamberos o lecheros con hijos argentinos, hemos podido saber que 8 llevaban entre uno y 5 años en el país -y posiblemente en la región-; 6 entre seis y diez años y 9 más de once años. Estas cifras parecen indicar que la producción tambera era iniciada luego de un período de asentamiento -y de ahorro- en la zona. La ayuda de paisanos parece haber sido una de las claves del éxito vasco en esta producción. Pero sin duda debió haber más vascos lecheros o tamberos que los contabilizados; potencialmente, y excluyendo a los peones, alrededor de 230 vascos (empresarios ganaderos, productores agrícolas, trabajadores rurales especializados) pudieron estar ligados -quizás parcialmente- con actividades lácteas. Muchos de los puesteros -que declararon ser peones- estarían a cargo de la actividad en las estancias que trabajaban, ya para consumo interno o para comercializar. Un sencillo ejercicio analítico nos permitirá comprobar no sólo la movilidad de los euskaldúnes en pos de mejores trabajos, sino también los progresos experimentados por algunos de ellos en cada zona.

Para verificar estos anunciados generales, y a tono con los nuevos enfoques más antropológicos, hemos realizado el seguimiento de algunos vascos entre ambos momentos del siglo pasado. El ejercicio consistió en tomar de las Cédulas Censales de 1895, cien casos de vascos/as de distintos oficios y ocupaciones y cuyo único requisito era tener 45 años o más, lo que nos aseguraba que en 1869 contasen con edades laborales. El resultado se ajusta a nuestro supuesto inicial: sólo constatamos la presencia de once vascos en los dos momentos. Se debe tener en cuenta, junto a la movilidad aludida, la esperanza de vida mucho más corta, la posibilidad del retorno, etcétera. El resultado de los inmigrantes encontrados no tiene que hacernos pensar mucho más allá de las tendencias generales que vimos en el cuadro; incluso no debe permitirnos olvidar toda una gama de posibilidades por los que atraviesa una persona a lo largo de su vida y que pueden moldear su condición laboral. Todo ello sin olvidar las apetencias -o conformismos- individuales, que pueden hacer variar las alturas posibles del techo a alcanzar.

Los vascos y el progreso en 26 años. Once casos, Chascomús, 1869/1895
Fuente: Elaboración propia sobre la base de Cédulas Censales. Primer Censo Nacional (1869) y Segundo Censo Nacional (1895), AGN
Apellido18691895
EdadOcupaciónEdadOcupación
Arenaza Fernando39Farmacia64Farmacia
Ochoa Segundo26Albañil50Hacendado
Esponda Juan24Trabaj. rural50Criador
Bicondo Juan20Trabaj. rural45Criador
Iriarte Ramón40Peón chacra69Propietario
Inchauspe Martín40Hornero66Jornalero
Harbeleche Domingo39Tropero66Propietario
Etchegoyen Bernardo45Tropero70Propietario
Mendiburu Catalina31Ama de casa55Propietario
Unanue Domingo25Comercio51Hacienda
Unanue Ignacio48Comercio74Rentista

¿Quién puede dudar que a primera vista el grupo alcanzó progresos notables? Si observamos las situaciones de partida, salvo los hermanos Unanue (y es posible que su comercio consistiera en un salón alquilado con un mínimo de mercadería) todos partieron de condiciones similares, sin ocupaciones u oficios que demandaran un capital inicial o herramientas costosas. Un caso curioso es el de Arenaza, que en ambos momentos se presentó como farmacéutico; en la primera de las fechas era viudo y con 3 hijos a cargo. Curioso por que es el antimodelo de inmigrante, principalmente dado que (salvo que fuese un carlista exiliado) esa profesión le permitiría adecuarse bien a la Europa decimonónica. Pero doblemente atípico, aunque deberíamos investigar más, por que Arenaza no parece haber usado sus conocimientos para capitalizarse y adquirir campos u otras propiedades en Argentina.

Respecto a Catalina Mendiburu, en la primer fecha era ama de casa y cuidaba de sus 5 hijos, mientras su marido Nicolás dedicaba las horas del día a pastar su hacienda. No sabemos cuando enviudó, pero sí que su marido murió dejándoles un buen pasar que sólo tenía que conservar. El caso de los Unanue es ilustrativo sobre el comercio como trampolín para inversiones mayores.

Por último, el caso de Martín Inchauspe (que a primera vista parece ser el único que no logró progresar hacia la independencia y la capitalización) merece un párrafo aparte. ¿Qué pasó con su horno de ladrillos? ¿El horno no permitía suficientes ingresos para mantener una esposa y 6 hijos? ¿Le fue mal y decreció luego de la crisis lanar cuando Chascomús se convierte en zona de paso y se construye menos? ¿Acaso está lisiado o enfermo a la vejez? Todo ello es posible; pero también que haya vendido bien su horno de ladrillos y que posee hacia fines de siglo una o dos propiedades en el pueblo o que su mayor ingreso es el alquiler de alguna de ellas. La condición de jornalero, a mi criterio, esconde posibilidades que no brinda la condición de peón. Si bien el jornalero trabaja salteado, cuando surge una tarea, esa libertad le permite tomar un abanico mayor de oportunidades que resultan privativas para el peón. Podemos decir, acaso, que el jornalero suele ocultar la destreza o el conocimiento en algún trabajo que por ello mismo se convierte en digno y rentable.

Una última mirada nos permite comprobar también la tendencia finisecular de los vascos a desempeñarse en tareas rurales. Si nos situamos en el punto de partida, el 40% de los casos se encuentra ocupado en tareas urbanas y el resto en rurales o semirurales (por ejemplo hornero). Al final del período, el número de vascos en tareas pueblerinas ha descendido en detrimento de las rurales. La posibilidad de contar en el Censo de 1895 con el dato de propietario, nos ha permitido verificar que de los once casos en cuestión, ocho han accedido a dicha categoría, uno no lo ha hecho y en los dos casos restantes no aparece dicho dato.

Si hubo un oficio en el que se destacaron los vascos, y que representa a la totalidad de las zonas que estudiamos, este fue el de carrero. No es imposible encontrarse con alguna imagen popular, aunque por cierto menos nítida, de los euskaldúnes ligados a ese rubro. Compartido por vascos españoles, gallegos y provincianos, resultó fundamental para el funcionamiento del aparato productivo, el poblamiento y el aprovisionamiento de fortines. Esto -aunque en forma decreciente- hasta la segunda década del siglo XX, cuando los camiones comenzaron a entrar en los campos a buscar la producción.

"Me encontré una vez con un vasco inmigrante cuya historia es una demostración de los resultados que pueden alcanzarse. Llegó este hombre al país hace dos años (1846) y una vez familiarizado con las costumbres de la población empezó a viajar con un carro por la campaña, acopiando cueros de oveja y cerdas de bagual que vendía luego en Buenos Aires. Al poco tiempo sacaba una utilidad líquida de cinco libras esterlinas mensuales. Ahora es propietario de una majada de ovejas... y se ocupa de arar."

W. Mac Cann

Si bien demandaba una inversión inicial considerable no era difícil recuperar y multiplicar aquél capital; el acopio de productos por las estancias -por el cual hacia 1860 se pagaba hasta un cincuenta por ciento del precio real de los productos- era una de las maneras más rápidas. Al momento del Primer Censo Nacional, 13 vascos se declararon carreros en Barracas al Norte, 11 en Barracas al Sud, 33 en Chascomús, 4 en Tandil y ninguno en Lobería. En 1895 -y en buena parte por la aparición del ferrocarril- las cifras descendieron a 2 carreros en Chascomús, 4 en Tandil y 7 en Lobería. No es necesario aclarar que nos referimos a aquellos trabajadores que se declaran carreros, y que efectivamente poseen un carro para realizar todo tipo de diligencias con él. Es por ello que no debemos asimilar carreros con cantidad de carros en la provincia. En ambas fecha -pero principalmente en la primera- el número de carros que se ocupaban de hacer acopio, mudanzas u otras tareas debió ser mayor, ya que muchos de los comerciantes censados conta¬ban con un carro como actividad complementaria para comerciar en la zona. Un inmigrante vasco visionario como Pedro Luro funda (en 1853) un almacén en Dolores con un cuñado. Deja al frente del mismo a su esposa y a su hermano dedicándose desde entonces a recorrer la Pampa comprando animales, lanas y cueros. La imagen del carrero vasco pudo prevalecer y fijarse en el recuerdo, como en el caso de Suárez García, por la movilidad propia del oficio, que surcaba de punta a punta el territorio pampeano.

"Hacia 1865 recorrían el camino de Buenos Aires a Lobería las tropas de Insaurralde, Carreras, Larrosa.

Siguieron las de Bernardo Goñi, Durquet, Pedro Elisondo, Laturgaray, etcétera. Entre los años 1880 y 1894 partiendo de Ayacucho o de Tandil, se sucedieron las tropas de Irastorza, Otaño, Vidaburu, etcétera."

Teniendo en cuenta que la carreta se completaba con pedidos de toda índole (y con trabajadores o familias que iban de un pueblo a otro), no es difícil imaginar -a parte de ser el centro de atención de los vecinos- los beneficios de cada viaje se lograban. El carrero, con su indumentaria representativa de los vascos, supo también aportar otros elementos para que la gente los asocie desde el presente. El nombre dado a algunas diligencias o galeras que surcaban la Pampa llevando pasajeros y el correo fue uno. La parada en decenas de pueblos o sus alrededores, siempre en el almacén o la fonda de un connacional, para cambiar los caballos y que la gente se refresque, hicieron el resto.

Respecto al comercio -ocupación que no contó con una ubicación precisa- la participación vasca merece una atención especial. Esta fue sin duda una actividad a la que los vascos se ligaron prontamente en América. La gran mayoría comenzando como dependiente en el almacén de un familiar antes instalado, muchos de los cuales alcanzaron a convertirse en socios o dueños del mismo; otros iniciándose modestamente luego de lograr reunir un capital en otra ocupación, generalmente rural. Hubo vascos que se convirtieron en comerciantes como complemento de alguna actividad, por ejemplo los carreteros, que bien pronto se dieron cuenta de las ventajas del acopio por la campaña. Desde 1880/90 y hasta 1940 -y si se nos permite incluirlo en el rubro- aparecen ganando espacio en las zonas urbanas los hoteles y fondas en manos de vascos, establecimientos que brindaban una amplia gama de servicios.

Como hemos visto anteriormente, el ahorro en la actividad más rentable de la provincia: la cría lanar, debió ser otra vía importante de iniciarse en el comercio. Como fuera -comenta un observador enviado por la revista La Vasconia de fines de siglo pasado- el comercio vascongado en Chascomús es muy numeroso e importante.

"Prescindiendo algunos que, involuntariamente podamos omitir, los establecimientos que por orden alfabético hemos anotado, son de los señores:- Aldalur, Félix: tienda y mercería
- Alegría, Máximo: librería
- Arenaza, Fernando: farmacia
- Armendariz, Domingo: carpintería y mueblería
- Arrieta, Asencio: carpintería y mueblería
- Arranda Sabas: fonda y café
- Arrondo, Nazario: panadería
- Aspillaga, Manuel: almacén
- Auld y cía (viuda): aunque la casa es inglesa, está bajo la dirección del socio Juan Viscarguenaga
- Azum y Etcheverry: lencería
- Beamurguía y Furcó: talabartería
- Beti, Joaquín: almacén
- Echeverría, Francisco: tienda y almacén
- Elizalde, Leoncio: almacén y tienda
- Elizalde y Sala: matadero y carnicería
- Erro e Hijo, Francisco: almacén
- Etcheverri, Felipe: carpintería
- Ezurmendía, Pedro: sastrería
- Goti y cía: almacén
- Hidalgo, José: café y confitería
- Ibarrarán y Caminos: almacén
- Ipiña y Lezcano: almacén
- Ipiña, Paez y Cía. : almacén, ferretería y corralón
- Iturbide, Aquilino: almacén
- Larralde, Pedro: fonda
- Martínez, Dauna y cía: saladero
- Martínez, Dauna y cía: almacén
- Michelena, Juan: almacén
- Odriozola, José: almacén
- Oyhanart, Juan: panadería
- Pellegrini y Durrels: herrería
- Peruchena, Pedro: carnicería
- Pervieux, Juan: hotel
- Salaverri y Sacia: almacén
- Varza, Laureano: café
- Zabala, Agustín: almacén y tienda
- Zuluaga, Gerónimo: cochería."

La Vasconia, nº 111, pág. 40, 1896.

Vía de ascenso importante para muchos vascos tempranos, aunque más gradual y lenta que la experimentada por los pastores, hubo también ejemplos de aquellos que no utilizaron el ramo como trampolín para capitalizarse y emprender otra empresa. Los Censos antes mencionados nos permiten bucear más profundamente. A fines de 1860 Juan Oyhanart, de 35 años, casado, tenía 2 hijos y un abuelo a su cargo y sus días transcurrían tras el mostrador de una panadería en Chascomús; en 1895 continuaba al frente del mismo comercio. En forma similar, Fernando Arenaza, que en 1869 tenía 39 años, era casado y tenía 2 hijos, se mantenía hacia fines de siglo atendiendo una farmacia. ¿La carga familiar y la edad que ya cuentan al primer Censo les impide seguir intentando nuevos caminos? ¿Era lo suficientemente rentable para continuar capitalizándose en ese ramo? Lo cierto es que hacia fines de siglo, existe un número elevado de vascos dedicados al comercio, y resulta interesante saber que la mayoría había arribado a Chascomús en los veinte años precedentes.

Cabe recordar que a partir de 1870 y debido a una llegada creciente de inmigrantes, las crisis del sector lanero y el conocimiento extendido sobre la producción, comenzaron a disminuir los contratos excepcionales de las dos décadas anteriores. Un comercio en la zona urbana debió ser, hacia fines de siglo, un logro más que importante. El número de comerciantes vascos, 57 (de los cuales 41 son vascos españoles), apuntala la importancia económica de la zona como su rentabilidad. El comerciante de aquella época, al margen de que buscara maximizar sus ganancias regateando precios a los productores, cumplía un rol social destacado, supliendo deficiencias crediticias, de transporte; abastecimiento de artículos indispensables; correo, etcétera.

Pero pese a que los vascos se desempeñaron en el comercio "masivamente" -en todas las regiones- la imagen popular los reconoce y engloba como españoles. El número de peninsulares dedicados a esa actividad, pero principalmente la falta de símbolos -como la vestimenta o productos típicos- pueden haber colaborado en ello. Una hipótesis -difícil de probar- es que a pesar de que también se los veía en los pueblos, los vascos habrían predominado en las casas de Ramos Generales ubicadas en las zonas rurales (en las esquinas o cruces de caminos). Esto cobra sentido si pensamos que se trataba de zonas ganaderas y donde la presencia euskalduna era marcada. Los vascos propietarios de campo -principalmente los que contaban con algún carro y a menudo comerciaban- tenían los ingredientes necesarios para iniciarse en el ramo; inclusive los primeros clientes a mano. En distintos puntos hemos observado, en tal sentido, que la mayoría de los almacenes rurales estaban ubicados en campos propios o de paisanos; también en aquellos que en algún momento sirvieron como parada de diligencias. Por ello no es de extrañar, sobre todo en algunas regiones del sudeste bonaerense (Lobería, Necochea, Tandil), que se asocie fuertemente estos comercios con los inmigrantes de ambos lados de los Pirineos. Los datos censales para los distintos puntos nos aclaran el porcentaje de vascos comerciantes en las zonas rurales en cada una de las zonas. Como era de esperar, a medida que nos alejamos hacia zonas menos urbanizadas, aparecen un mayor número de comerciantes vascos asentados en las zonas rurales.

Comerciantes vascos urbanos y rurales, 1869 y 1895
Fuente: Cédulas Censales. Primer Censo Nacional (1869) y Segundo Censo Nacional, (1895)
Sitio18691895
UrbanoRuralUrbanoRural
Barracas al Sud5615s/ds/d
Chascomús47104120
Tandil25154026
Lobería--101613
Total1285012333

Nuestra duda al momento de hacer extensivo el fenómeno a cualquier otra nacionalidad no es gratuita. El hecho de que haya -en proporción- más cuarteles rurales no tiene porque haber sido un elemento decisivo para que alguien se instalase allí. Aún cuando no hemos realizado un estudio sobre todos los grupos nacionales, sí hemos pensado en un elemento fundamental como es la clientela; y allí sí, teniendo en cuenta cierta tendencia de los vascos a habitar en las zonas rurales, tiene sentido pensar que los vascos contaban con cierto reaseguro al momento de invertir en un establecimiento rural. Si a eso le sumamos que solían instalarse en el rincón de un campo cedido o arrendado por un paisano, nuestra hipótesis tiene algo de fundamento. Siguiendo los datos aportados por la Primera Guía Rural del Partido de Tandil, y observando a los comerciantes vascos -que arrendaban- en la zona rural de Tandil, vemos que Aldunsin alquilaba un terreno para su almacén Nueva Santa Ana, en el cuartel 1º, en campos de Ponce de León; Balbuena un negocio de bebidas en el cuartel 2º, en el campo de Lasarte; en el mismo cuartel, Pedro Etchart tenía un almacén en campo de Iturralde; Esmenotte Hnos. tenían el Almacén Numancia en campos de Zubiaurre, cuartel 5º. No es necesario aclarar el impacto mayor que producía, comparado con un ámbito urbano invadido de establecimientos y servicios, un almacén instalada en una zona rural.

Como vimos en los cuadros, en los pueblos pequeños y ciudades muchos euskaldúnes también supieron hacerse un lugar en el comercio. Las fondas y hoteles que se transformaron en espacios de sociabilidad vasca entre 1860 y 1930, son sólo algunos ejemplos de ellos. Tampoco es necesario recordar por qué aquellos también han quedado ligados a los vascos en la retina de nuestros mayores.

No es este el momento ni el lugar para discutir lo que se entiende por frontera. Acordemos, sólo para poder avanzar en lo que nos interesa aquí, que la frontera era una franja ancha que enlazaba de un lado la cultura aborigen y del otro un crisol de culturas que penetraban en su territorio ancestral. Respecto a los pueblos nuevos que se fundaban en ese espacio cambiante, digamos que el status de fronterizo variaba según la óptica y el momento que se lo mire. Demográficamente crecieron a un ritmo inusitado para un pueblo de frontera, económicamente también; desde el punto de vista de los servicios y tecnología quizá sea lo que más respetaba los ritmos propios de una zona incivilizada. Desde lo puramente militar, nos encontramos que los largos períodos de paz conseguidos a fuerza de aprovisionamientos a los indios amistosos, se veían interrumpidos por momentos de tensión que llegaban cuando el aprovisionamiento se retrasaba o una sequía traía hambre y mortandad de ganado en la zona y los indios salían a conseguir su alimento a su manera. Esto era a grandes rasgos lo que respiraron los vascos llegados a Tandil o Lobería.

Durante buena parte del siglo pasado, el sudoeste de la provincia se caracterizó por su paisaje latifundista y prácticamente sin agricultura; esto, en 1869, dejaba pocas oportunidades a una inserción laboral rural, dado que la principal explotación (vacuna) no demandaba mucha mano de obra como lo hacía la lanar ubicada un poco más al norte. Por otro lado, los nativos eran los más apropiados para una tarea que se hacía casi íntegramente a caballo.

En Tandil, por ejemplo, sólo aparecen 5 estancieros, 2 pastores y un tropero vasco como trabajadores propiamente rurales. Sin embargo, en la zona de quintas y chacras, aparecen 17 horneros, 6 labradores y 7 quinteros pirenaicos. Entre ambas zonas, trabajando en diversas tareas, aparecen 22 jornaleros y 28 peones.

Trabajadores vascos, Tandil, 1869
Fuente: Cédulas censales correspondientes a Tandil, Primer Censo Nacional, 1869. AGN
OficioOficioOficio
Carrero4Hojalatero1Planchadora2
Carpintero10Hornero13Peón28
Cocinero4P/hornero4Quintero7
Comerciante40Jornalero22Sirvienta7
Costurera10Labrador6Tropero1
Dependiente24Lavandera13Zapatero12
Estanciero5Panadero3
Herrero1Pastor2

Si bien la imagen rural popularizada de los vascos se construye cuando aquellos se asientan definitivamente a fines del siglo XIX, hacia 1869 el número de euskaldúnes en dicha zona superaba al que habitaba el poblado. Ya hemos dicho que esto obedecía por un lado a la indefinición de lo urbano/rural en esa fecha temprana, pero principalmente por que los terratenientes nativos empujaban a los extranjeros a residir en el pueblo o las chacras circundantes.

En Lobería, al mismo tiempo, encontramos sólo 11 hacendados, 1 medianero, 1 agricultor, 17 jornaleros y 14 peones. Cuadro típico de una zona de avanzada contra el indio en un ambiente donde la única inserción posible era aún la ganadería latifundista y aquellos oficios indispensables para habitar un pueblo en construcción (construcción, alimentación, vestido, servicios).

Trabajadores vascos, Lobería, 1869
Fuente: Cédulas Censales, Primer Censo Nacional, 1869. AGN
OficioOficioOficio
Agricultor1Albañil7Carrero1
Carpintero6Hacendado11Peón14
Cocinero1Jornalero17Trabajador5
Comerciante10Lavandera2Zanjeador4
Costurera10Medianero6Zapatero1
Dependiente5Panadero1

Hacia fines de siglo -como habíamos adelantado- esto va a cambiar. Los grandes campos se fragmentan, los inmigrantes han ahorrado capitales y el mercado de tierras se ha expandido. Tandil hace 20 años que abandonó su status fronterizo.

El número de vascos asentado en la zona rural representa a muchos de aquellos que progresaron materialmente y pudieron comprar tierras a los descendientes de los latifundistas originarios cuando se parcelan las herencias en terrenos más accesibles. También a un número importante de tamberos, lecheros pastores y alambradores que habitan en el campo como arrendatarios o dueños de pequeñas parcelas. Pero mayormente a jornaleros y peones que no son propietarios y a los cuales la diversificación productiva abrió puestos de trabajo diversos en las estancias. Muchas de ellas, gracias a las redes, de compatriotas.

En síntesis, hacia 1895 las cifras muestran otro paisaje socioeconómico: en ambos pueblos (Tandil y Lobería) otrora de frontera, es notable el aumento de empresarios ganaderos, lo mismo que el de pequeños empresarios agrícolas y también de trabajadores rurales especializados. Los gringos se hicieron un lugar. Veamos, para precisar un poco más el tema, algunos porcentajes concretos del aporte vasco.

Trabajadores vascos en Tandil entre 1869 y 1895
Fuente: Cédulas Censales. Primer Censo Nacional, 1869 y Segundo Censo Nacional, 1895, AGN
Categoría ocupacional18691895
TotalVascos%TotalVascos%
Jornaleros39513225,5618701829,73
Peones474326,753574913,72
Trabajadores domésticos2943612,24634253,94
Trabajadores rurales5835,171662112,65
Trabajadores urbanos521630,76823394,73
Comerc. e industriales1714023,395086612,99
Func. y profesionales38------13243,03
Empresarios rurales (ganaderos y mixtos)21952,284647415,94
Agricultores1271310,23529326,04
Empleados712433,8269124,46
Artesanos662436,36368123,26

Estos se sobredimensionan cuando se observan dentro del contexto total de trabajadores, principalmente si tenemos en cuenta que el grupo vasco era minoritario frente a otros grupos nacionales. Recordemos que desde 1880 comenzó lo que se conoce como inmigración aluvional que inundó la provincia de italianos, seguidos de españoles.

Retomando nuestro ejercicio de rastrear nominalmente a algunos vascos entre los dos Censos Nacionales (1869-1895), en el caso de Tandil resultó gratificante encontrar un porcentaje mayor de casos. Dado que el número de inmigrantes euskaldúnes ahora lo permitía (264 casos contra 960 de Chascomús) y lo justificaba, realizamos el rastreo en forma inversa. Pasamos por la base de datos de 1895 a todos los vascos (no sus hijos argentinos) de la primer fecha. Queda claro que varios (aquellos que inicialmente tenían más de 50 años) se auto eliminaron automáticamente. El resultado nos permite el seguimiento de una veintena de vascos, a la vez que la posibilidad de ver un abanico de caminos según oficios, puntos de partida, edades iniciales, etcétera.

La primer impresión es, nuevamente, la de un progreso general del grupo; desde situaciones de dependencia a pequeñas empresas (tambos, quintas o chacras) o condiciones de propietarios, como así también a la situación de ganadero o hacendado. En esta oportunidad entre los casos más curiosos encontramos a los Alduncín (José y Francisco), que pasan de comerciantes a quintero y chacarero respectivamente. Sin embargo, tenemos que tener en cuenta que la declaración de comerciante encerraba una gama amplia de situaciones, desde pequeños salones pasando por despachos de bebidas hasta almacenes de Ramos Generales, por lo que no descartamos que nos encontremos (más allá de que pudiesen haber cambiado por cansancio o cualquier otra razón) ante un caso de progreso encubierto. Tampoco que ahora posean, complementariamente, ambos trabajos y vendan lo que ellos mismos producen.

Los vascos y el progreso en 26 años. Tandil, 1869/1895
Fuente: Elaboración propia sobre la base de Cédulas Censales. Primer Censo Nacional (1869) y Segundo Censo Nacional (1895), AGN
Apellido18691895
EdadOcupaciónEdadOcupación
Iturralde Manuel28Peón campo53Ganadero
Goyarán Pedro22Dependiente48Chacarero
Goyarán Gaspar22Dependiente47Chacarero
Garmendia José M.18Peón campo43Capataz
Letamendi Manuel46Carpintero67Propietario
Alduncín José40Comerciante64Quintero
Alduncín Francisco(h)15Comerciante42Chacarero
Olaechea Agustín20Comerciante45Trabajo familiar
Salaberri María22Lavandera46Doméstica
Hegoburo María23Planchadora47Sin ocupación
Uranga Ramón24Dependiente50Lechero
Espil Pedro28Comerciante53Comercio
Aguirre Aureliano25Dependiente47Comercio
Olaechea Martín18Dependiente42Quintero
Lavayen Manuel25Dependiente51Jornal rural
Cortabarría Tomas29Dependiente54Propietario
Tapia José20Peón hornero45Quintero
Vicondo Juan33Hornero60Hacendado
Tapia Martín20Peón hornero45Hornero
Aldunsin Miguel38Peón campo64Hacendado
Aldunsin José44Trabajos campo70Quintero
Gardey Juan35Comercio60Ganadero

Los casos de Garmendia, Uranga y Tapia se presentan como los más esperables y clásicos, pasando de una situación de dependencia a la obtención de ahorros y continuidad en el ramo pero en forma independiente, o el ascenso en la jerarquía. También era posible que un peón de muchos años de antigüedad se quedase con el comercio, el horno de ladrillos o cualquier otra pequeña empresa ante la muerte, el cansancio o el retorno a Euskal Herria de su patrón. Aguirre bien pudo experimentar ese camino pasando de dependiente a comerciante. El caso de Letamendi se explica no por que halla dejado de ser carpintero (aunque es posible), sino por que ha adquirido varias propiedades en el pueblo y esas entradas se presentan ahora como su mayor ingreso.

Los hermanos Goyarán nos muestran lo que posiblemente fue la meta mayormente alcanzada entre los euskaldúnes que se instalaron en la zona rural como peones: la tierra propia. José Aldunsin, por su parte, se nos presenta como el símbolo de todo un esfuerzo vital en el trabajo de campo para terminar sus días como quintero en el pueblo. Es posible que, cansado de grandes sacrificios, decidiera volverse a la ciudad y mantenerse con el producto de su huerta. El vasco Juldain, primer maestro que se instaló en Tandil a mediados de 1850, nos ayuda a reconstruir el paisaje cotidiano del pueblo, como así también comprender el progreso encubierto en la misma respuesta de Ayzaguer treinta años por medio.

"Aunque en menor escala, sembraban también en las quintas, maíz, zapallo y sandías los hermanos Alduncín. La horticultura, que consistía en algunas cucurbitáceas, repollos, cebollas, ajos y perejil solo los representaba el padre de don Graciano Ayzaguer, que tenía su quinta en la que actualmente se conoce por la de don José Alduncín. En zapatería, la única que existía pertenecía a los hermanos Viscaya. Los señores Ayzaguer, Galdós, García y Birabent eran reparadores que trabajaban bien fuese para dicha zapatería o por su cuenta en sus respectivas casas, pero sin despacho al público. El oficio de albañilería estaba representado por don Pedro Ríos, Juan Salaverry, Pedro Irigoyen y un tal Adrián."

Graciano Ayzaguer pasa, en realidad, de ser reparador en su casa a tener un comercio de zapatería en pleno centro de la ciudad. Las memorias de Juldain nos permiten contar con un dato más sobre aquél remendón; no se inicia desde la nada, sino desde un trampolín mínimo que brinda (al menos desde el punto de vista de la auto subsistencia) la chacra de su padre. Al parecer, los Ayzaguer y los Alduncín mejoraron sus condiciones materiales apostando a lo que hacía falta en el lugar: en este caso la diversificación alimenticia e indumentaria.

En cuanto a las mujeres, aunque no contamos con muchos casos para marcar tendencias firmes, parece razonable que el caso de Maria Hegoburo (de planchadora a sin ocupación) fuese un techo esperable por muchas de ellas. Sin ocupación, de su hogar o ama de casa (situación a la que se accedía con un buen casamiento), en una época en que las mujeres contaban con pocas posibilidades de ascenso laboral, debió ser una manera legítima de progreso individual en un pueblo del interior. Sin embargo, más allá de lo que declarasen como tarea principal, las mujeres inmigrantes jugaron un rol fundamental en distintos espacios económicos como fondas y hoteles, tambos, cría de ovinos, quintas y comercios en general. El caso de Agustín Olaechea (difícilmente registrado en los documentos) es reflejo de aquella colaboración; Olaechea ha pasado de estar ligado a un comercio a ofrecer los servicios de su familia en un establecimiento rural.

Al igual que en Chascomús, a la sensación de progreso generalizado se une la de una fuerte tendencia euskalduna finisecular a desempeñarse en tareas rurales. En el caso de Tandil, y contrario a lo que uno podría esperar (por ser un pueblo de frontera y más reciente) en la primer fecha predomina el número de vascos ocupados en tareas urbanas sobre las rurales (14 casos sobre 12). En otro trabajo ya habíamos visto, de todos modos, que aquellos sitios que presentaban un paisaje netamente ganadero y latifundista como Tandil, empujaban inicialmente a los inmigrantes a instalarse en el pueblo o quintas y chacras. Sin embargo, hacia 1895, vemos aumentar el número de casos en la zona rural en detrimento de las ocupaciones del pueblo.

El acceso en Tandil a los Libros de entrega de tierras que se encuentran en el Archivo del Municipio para el período 1850/1880, nos ha permitido corroborar que el progreso de buena parte de aquellos 23 vascos se materializaba con la adquisición de propiedades. Más allá de que algunos de ellos pudiesen contar con propiedades sin escriturar o ocupadas de hecho, junto a que no podemos identificar las de las mujeres de la muestra (pese a que encontramos a Salaberri y Hegoburo que posiblemente son familiares) hemos constatado la presencia de 7 de aquellos adquiriendo inmuebles durante dicho período. En teoría, la profesión bien podría ser el elemento distintivo entre los que adquirieron propiedades y los que no. Sin embargo, adquieren propiedades tanto un comerciante como Gardey; el hornero Vicondo; el carpintero Letamendi; el remendón Ayzaguer; el dependiente Pedro Goyarán y el trabajador rural José Alduncín. Acaso la diferencia sea puramente cuantitativa, ya que mientras que Gardey adquiere una decena de solares y un par de chacras, Alduncín se hace de 5 chacras y 5 solares; Vicondo adquiere 7 solares y una quinta, pero Letamendi sólo un solar y una quinta; Ayzaguer una chacra y un solar; Goyarán una chacra y José Alduncín un solar. Igualmente es llamativo que la mayoría lo hace en fechas muy cercanas al punto de partida de nuestro análisis, o sea, en los primeros años de la década de 1870. Esto nos permite imaginar que el ritmo de progreso debió ser vertiginoso, al menos en los inicios de la formación de aquel pueblo. Más allá de que entonces las oportunidades debieron ser inigualables, todo hace suponer que a medida que progresaron en sus actividades (esto es entre 1880 y 1895) los ocho inmigrantes adquirirían otros bienes y el resto de la muestra también. Efectivamente, cuando fueron visitados por el censista en 1895, veintiuno de aquellos vascos respondieron ser propietarios. Solamente los Olaechea, un quintero y un trabajador no lo son, prefiriendo -o no- la condición de inquilinos.

Pero habíamos dicho que a la vida de aquellos inmigrantes, estrategias de por medio o no, tarde o temprano se incorporaban otros miembros para conformar una familia. Teniendo en cuenta estos elementos, doce casos (masculinos) de la muestra se presentan en el punto de partida de nuestro ejercicio como solteros (once) o casados (uno) y sin hijos. El resto, conformado por hombres o mujeres casados y con hijos se reparte de la siguiente forma: 3 casos con un sólo hijo; dos casos con 2 hijos; el mismo número con 3 hijos; un caso con 4 hijos y también un caso con 5 pequeños.

Cuando personalizamos la muestra resulta difícil, aunque no imposible, imaginar cierta lógica avanzando sobre la irracionalidad de Cupido. En 1869, el carpintero Letamendi podía llevar comida para sus 4 hijos a su hogar y al mismo tiempo ahorrar para adquirir propiedades. Graciano Ayzaguer, el zapatero, también podía mantener 3 hijos y una esposa y capitalizarse adquiriendo algún bien; el comerciante Alduncín, junto a su esposa Josefa Lavayen, podían mantener sin sobresaltos a sus 2 retoños; lo mismo sucede con Juan Gardey respecto a sus 2 niños que se da el lujo de mantener una cuñada y (como veremos luego) crecer sin descanso en sus empresas. El caso de María Salaverri nos muestra un ejemplo de esfuerzo en donde la familia y los trabajos del matrimonio no jugaban a favor para un progreso desmedido. Ella como lavandera y su marido Juan como albañil, deberían esforzarse para mantener a 3 hijos y un cuñado que vivía con ellos. Hacia 1895, en estado de viudez, María se desempeña como doméstica. María Hegoburo, planchadora junto a su marido Juan, peón, tenían menos problemas para mantener un sólo hijo. Sin embargo, en la segunda fecha no viven juntos y ella se encuentra sin ocupación (y aún no ha tentado o ya es tarde para hacerlo a un solterón o viudo del pueblo).

Hay tres casos que merecen una atención especial. El primero refiere a Olaechea, dependiente, juntado con una mujer y que tiene un hijo, y que para la segunda fecha (evidentemente teniendo más hijos) se presenta declarando un trabajo familiar. Luego los casos de José y Miguel Aldunsin que trabajando en el campo tienen 1y 5 hijos respectivamente. La razón para ello, dado que son peones, es que aunque resultase difícil capitalizarse (aunque no imposible) como peones, la mayoría de los trabajadores de campo tenían acceso a la comida dentro de sus contratos de trabajo. Recordemos que ambos terminaron como autónomos, uno como hacendado y otro como quintero. Lo que no deja ningún lugar a dudas, fuera de que la mayoría son jóvenes (aunque en edades de poder estar casado), es que la condición de soltero sin hijos es casi equivalente a la de dependientes y trabajos que no permitían una manutención holgada de un grupo.

Achicar el lente de nuestra óptica y mirar con más detenimiento uno de los casos de la muestra total (de Tandil) depende tanto de nuestra capacidad como historiadores que de la posesión de fuentes de información que lo permitan. Un primer rastrillaje por las distintas fuentes de información que se preservan en los Archivos de Tandil nos alentaba a tomar varios de aquellos casos individuales. Junto a las Cédulas Censales que nos permitían reconstruir (aunque con dudas) el entorno familiar e incluso barrial de aquellos, revisamos los Libros de entrega de Tierras y los Libros de Casamientos que completaban otros datos no menos importantes. Pero nuestras posibilidades no iban más allá del ámbito tandilense. La fortuna de conocer a una descendiente de uno de esos pioneros nos terminó de animar por completar la experiencia de Juan Gardey.

Jean Pierre Gardey nació en el Béarn, en el Departamento que se conocía como Bajos Pirineos (hoy Pirineos Atlánticos) en el que coincide con las tres provincias vascas originales de la zona continental. Era zapatero y su taller se ubicaba en medio de una aldea pequeña; se casó 3 veces y producto de dos de aquellas uniones nacen, entre otros hijos, primero Noel (1828) y luego Juan (1833), que son los dos representantes de la familia que intentamos recuperar. Resulta interesante señalar que Juan es hijo de Susana Sarlangue, la tercer esposa de su padre, dado que ese apellido volverá a relacionarse con los Gardey en tierra rioplatense. Precisamente, el protagonista principal de nuestra reconstrucción, Juan, se casará con una prima llamada Josefa Sarlangue.

La zapatería era modesta y aunque debió tener sus momentos de crecimiento y estabilidad como para mantener una familia numerosa, los efectos de la revolución industrial llegaron a aquél perdido pueblito de los Pirineos tan implacables como si fueran los alrededores de París. En 1863 deciden pasar a América. Marcha casi todo el grupo familiar, quedando allí los padres y una hija. Dos años después liquidarían todo lo que quedaba del viejo taller. Es altamente probable, aunque la descendiente entrevistada no le pueda asegurar, que hayan tomado la decisión de vender parte de las herramientas y el capital reunido en mercaderías y materia primas para solventar el traslado e incluso intentar algún emprendimiento al pisar la Pampa húmeda. Esta posibilidad se ampara en el hecho de que a mediados de esa misma década, los Gardey tenían una fonda y un almacén en pleno centro del pueblo de Tandil.

Ya vimos cómo en 1869, sólo seis años después de tomar la decisión de marchar de Francia, Juan Gardey declara ser comerciante. Aunque sabemos de los límites y confusiones que esa declaración conlleva, lo cierto es que todas las fuentes consultadas ubican el nacimiento del famoso almacén de los Gardey a mediados de los sesenta. En 1869 Juan tiene 35 años, está casado con Susana Sarlangue y junto a ellos se encuentran 2 hijos nacidos en Argentina, Margarita de 4 años y Juan de uno. La edad de su hija mayor nos permite imaginar la velocidad de los acontecimientos socioeconómicos con que se podía enfrentar una familia inmigrante. Partieron en 1863 y en 1869 ya se encuentran instalados al frente de un comercio en medio de la Pampa argentina y con una hija que debió gestarse casi al bajar del barco. Vive con ellos Magdalena Sarlangue, de 18 años, cuñada de Juan y aún soltera. Noel tiene 41 años y está casado con María; ambos declaran ser fonderos. Los acompañan 3 hijos franceses y uno argentino, Silvano, de sólo 2 años. No lejos de su domicilio también está censado Luciano Gardey, vasco francés, de 14 años que aparece como dependiente en el comercio de Dufaur. En el Censo de 1869, también aparece como dependiente del comercio Remigio Sarlangue, vasco, de 29 años de edad.

Como podemos ver en el apartado sobre integración, en la casa de los Gardey se había hecho lugar a personas (al menos apellidos) extraños a ellos: ¿Subalquilaban piezas y esto fue lo que les posibilitó comenzar a construir lo que después sería la fonda de Noel? Una posibilidad no menos cierta, infinidad de veces comprobada para otros inmigrantes de cualquier nacionalidad, es que varios familiares, primos o cuñados, juntaran sus ahorros y energías para iniciar una empresa. Esto posibilitaba transformar en significativos varios ahorros individualmente escasos y comenzar un emprendimiento sin contratar personal. El comerciante Silvano Dufaur era cuñado de los Gardey, desde el momento en que se casa con su hermana Marie. Un hijo de Noel, como vimos, sería el primer empleado de aquél almacén.

Como casi todos los comerciantes que progresaron notablemente en aquella época, los Gardey no emprendieron una actividad única, sino varias complementarias. Al mismo momento que Dufaur, Gardey y Cía. se conformaba como almacén, llamándose luego "Almacén Gardey". Juan también había comprendido, desde un primer momento, las posibilidades que brindaba la posesión de una carreta. El historiador tandilense Horacio Del Giorgio recuerda que "No sólo era acopiador de la zona, sino que viajaba periódicamente hasta la zona del Pilar, Vela, López y quizá más allá. Hasta donde hubiera poblaciones algo numerosas a las que pudiera atender desde su casa rodante." Posteriormente Juan llegaría con sus carretas a Buenos Aires, haciendo parada en Plaza Miserere.

Los Libros de Solicitud de Tierras de Tandil, revisados entre 1850 y 1880, también nos brindan algunas pistas sobre los pasos de los Gardey. Juan compra en Remate público, en 1870, el solar nº 2 a5.300 dólares, escriturando 2 años más tarde. En 1871 adquiere, para dividirla en solares, una quinta en 1.000 dólares a otro vasco, Pedro Etcharte. En 1876 ofrece y compra la chacra 170 a 400 dólares por cuadra cuadrada, lo que sumaba un total de 6.400 dólares. Ese mismo año ofrece 400 dólares por cuadra por la chacra 156 y adquiere los solares 23 y 29 bis. Un año más tarde también los solares 14 y 38 y la chacra 249 a 450 dólares la cuadra. Noel tiene otras estrategias económicas en su mente: compra el solar 14, que por cierto debió ser muy codiciado o con muchas mejoras en 1873, a 60.000 dólares. A fines de siglo ambos comprarán campos.

Una vez en el nuevo lugar, las cosas no serían como en el apretado rincón del Bearn donde todo era familiar. Años después de llegar, problemas por medio o estrategias para ampliar el abanico de servicios a un vecindario en crecimiento, Noel abre una carnicería a pocos metros del almacén en cuestión, asociado con un cuñado de su hermano Juan. Hacia fines de siglo, más precisamente en 1895, Noel había fallecido y (como vimos en el cuadro 4) Juan declara ser ganadero. Precisamente, cuatro años antes de aquella declaración Juan Gardey había adquirido la Estancia Las Horquetas (5.400 hectáreas) hasta ese momento, según la historiadora Yuyú Guzmán, en manos de Armindo Valdivieso.

Juan Gardey, siempre visionario y con energía para nuevos emprendimientos, inaugura en 1896 una sucursal del almacén del pueblo en ese paraje rural, que luego se conocería como Gardey. En el rincón formado por la confluencia de los arroyos estaba la estación de ferrocarril Pilar, inaugurada en 1885. A principios cambió esa denominación y pasó a llamarse Gardey, posiblemente porque en 1906 los Gardey vendieron 296 hectáreas inmediatas a la estación al Ferrocarril Sur. En sus inicios, el almacén quedaría atendido y a cargo de un sobrino de don Juan Gardey, que llevaba el mismo nombre. Como puede observarse, achicar la óptica nos permite no sólo conocer el punto de partida (que moldea en cierta parte en resto de la vida de una persona) sino también recuperar las redes familiares en las que se apoyaban los inmigrantes para hacer frente a los nuevos escenarios donde se instalaban.

El caso de los Gardey debe haber sido similar a lo que le ocurrió a cientos de sus paisanos, pero ¿cuántos casos transforman en representativa una muestra histórica? Eso depende de lo que busquemos representar y sobre todo de la forma en que tomemos la muestra. A modo de ejemplo, en una publicación agraria del año 1927, sobre un total de 60 casos de productores agrícolo-ganaderos, 25 son vascos y otros 9 son argentinos descendientes de aquello. Luego de haber atravesado distintos caminos, vemos que 9 culminan como tamberos, 2 como cabañeros, 8 como ganaderos y agricultores y 1 como ovejero. (Revista "Vida Agraria", nº 2, 1927) La importancia de la muestra en cuestión reside en que se tomó el total de los productores de una zona sin distinción de capitales ni etnias. A partir de ella podría explicarse que haya perdurado la sensación del grupo vasco fuertemente ligado a la zona rural, opacando la inmensa mayoría que quedó en el pueblo diseminada en una amplia gama de actividades y oficios. ¿Qué podemos saber -o confirmar- a partir de esos 25 casos de vascos que quedaron plasmados en "Vida Agraria"? En primer lugar que estamos en presencia de inmigrantes que comenzaron a llegar entre 1850/70 (dos casos); que se incrementaron en las décadas de 1870/90 (10 casos); fenómeno que se mantuvo e incluso creció en las dos décadas siguientes, entre 1890/1910 (13 casos).

Productores vascos en Tandil, 1927
Fuente: Elaboración propia. Datos extraídos de Vida Agraria(1927)
ApellidoOrigenLlegadaEdad1er destinoOcup.Ded. final
ErvitiNavarra190118AyacuchoPeónTambo
MendiberryNavarra188815MagdalenaPeónCampo
GogorzaNavarra191417AzulPeónTambo
EsnaolaGipuzk.187714TandilPeónCampo
Aguerre-goyhenBajos P.190017MorenoP. tamboCampo
SalaberryBajos P.187313LobosPanad.Campo
VidagurenBizkaia187915MagdalenaPeónCampo
IbarrecheBizkaia188717TandilTiendaCampo
MercapideBajos P.187220CapitalHorneroCampo
SalaberryBajos P.187316TandilP. tamboChacra
SalaberryBajos P.187320TandilPasteríaLeche
OroquietaNavarra187316MagdalenaPeónCampo
GardeyBajos P.18605S/datoS/datoCampo
DucasseBajos P.187318AzulCarpint.Campo
BascougnetBajos P.188519JuárezPeónCampo
BordagarayNavarra187021San VicentePastorPastor
IrungarayNavarra190518TandilP. tamboTambo
ErvitiNavarra190923TandilP. tamboCampo
IribarrenBajos P.188620TandilPeónCampo
ErbitiNavarra190616TandilP. tamboArrien.
OtamendiGipuzk.189023JuárezLadrill.Campo
MiguesNavarra188723San VicentePeónCampo
LoidiGipuzk.190021CastelliPeónTambo

Las edades representan cabalmente lo que hemos visto hasta ahora en todas las experiencias de inmigrantes. La gran mayoría vino en edades jóvenes; tan sólo 5 contaban entre 10 y 15 años y 21 y 25, pero once tenían entre 16 y 20 años. Respecto al origen, notamos un equilibrio entre las procedencias continentales (9) y peninsulares (14). La leve diferencia a favor de los vasco-españoles parece obedecer sólo a un mayor número de casos. Los datos nos permiten extraer también algunas consideraciones sobre las experiencias de inserción. Respecto a los destinos, ocho vascos cambiaron una vez de lugar; en siete casos lo hicieron en dos oportunidades, y tres vascos estuvieron en más de tres lugares. En todos los casos la movilidad es dentro del territorio bonaerense y en una región más o menos acotada que abarca la franja sudeste; aproximadamente entre Chascomús y Necochea, y hacia el centro/oeste, Azul, Ayacucho y Juárez. Ocho de aquellos euskaros tuvieron a Tandil como destino único y final, haciéndonos pensar en el llamado de familiares, o al menos en datos concretos de posibilidades de trabajo allí. Pero no sólo los arribados directamente a Tandil contaban con contactos. Uno de ellos fue al encuentro inicial de un hermano, dos lo hicieron en busca de tíos y seis a encontrarse con otros vascos. No obstante, ocho de esos trabajadores tendrán contactos posteriores -coincidentes con cambios de región- principalmente con hermanos o paisanos.

Otros datos nos permiten avizorar también tendencias laborales de este grupo étnico, o acaso el sentido del oportunismo. Ocho de ellos se ocuparon en dos tareas distintas; cuatro en tres oficios diferentes y uno en cuatro; en algunos casos se trató de tareas rurales (alambrador, pastor), otras marcando traspasos desde el pueblo al agro. Si observamos más detenidamente la inserción, veremos que el primer trabajo muestra un abanico amplio de posibilidades. Nueve comenzaron como peones de campo; cinco como peones de tambo; dos como horneros; uno como panadero; uno como tendero; uno como pastero; uno como carpintero y uno como pastor. Todo indica un arribo con poco capital, a la vez que una inserción dividida entre núcleos poblacionales y el agro. El conocer las dedicaciones finales nos habla claramente también que aquellas tareas fueron transitorias y posibilitadoras de ahorros. No obstante, todos ellos tuvieron la posibilidad de capitalizarse, hemos visto que los saltos decisivos al progreso fueron dados por contratos o habilitaciones muy favorables brindadas por familiares o amistades. Diecisiete de aquellos, al momento de la edición en cuestión, alcanzaron la posición de propietarios de chacras o campos; tres de ellos hasta 1.000 hectáreas y otro tanto alcanzando latifundios mayores. Esos establecimientos se dedicaban, en su mayoría, al complemento agrícola-ganadero, aunque algunos de ellos contaban también con tambo. Tres vascos dedicaban intensivamente al tambo en campos de socios o arrendando.

Achiquemos un poco más la óptica. José Fermín Erviti nos ofrece un ejemplo interesante de tenacidad en la búsqueda de una meta (ser productor agropecuario) sin dejar por ello de apartarse momentáneamente hacia tareas menos elegantes, pero no menos rentables. Nacido en Navarra, se trasladó a la Argentina en 1901, cuando contaba 18 años. Tal como hicieron muchos inmigrantes, Erviti saltó grandes distancias para ir directamente a una zona prometedora de oportunidades y en la que residían muchos vascos que podían tenderle una mano: Ayacucho. Allí, y después de estar un tiempo sin trabajo, se colocó con uno de los arrendatarios de una Estancia a razón de 1,50 dólares por día, en calidad de arador. Luego de unos meses, se dirigió a Tandil para emplearse durante dos años como peón de tambo con Félix Archubi.

Cuando corría el año 1904, se dirigió a probar suerte lejos de allí, a la Pampa. Los primeros seis meses se desempeñó como alambrador, a razón de 50 pesos mensuales. Y por fin llegó la oportunidad de convertirse en "trabajador independiente". De allí en más se desempeñó durante cinco años y medio a la dura e ingrata, pero rentable actividad de pocero. Con los trabajos reunidos allí -piénsese que había buscar agua hasta profundidades de 100 metros- logró reunir 3.000 pesos. Cansado, pero con nuevas perspectivas, volvió a Tandil en 1909, donde con el ahorro mencionado adquirió un pequeño tambo en De La Canal, permaneciendo allí durante seis años. En 1915 pasó a un campo mayor ubicado en el cuartel 2º de Tandil, El Porvenir, con una superficie de 500 hectáreas. Lo que alguna vez había soñado en Leitza, Navarra, era cierto; el camino era más difícil de lo que él había imaginado; pero era cierto. Todas las tareas emprendidas por Erviti tenían el peso de la experiencia de su pueblo por detrás; arar manualmente; manejar una pala para poner postes o hacer pozos; trabajar vacas para sacarles más leche.

Por su parte, Bernardo Salaberry, vasco francés, llegó al país en 1873, cuando contaba 13 años de edad. Haciendo un uso concreto de las redes -o de la información- se dirigió directamente a Lobos, donde comenzó a trabajar en una panadería. Pero Salaberry era también uno de los vascos que había cruzado el Atlántico soñando adueñarse de una fracción de la Pampa. En 1878 siguió camino hacia Tandil, donde se empleó con Mendiberry en calidad de pastero por espacio de varios años. Pero en el campo -al igual que hoy- nadie se dedicaba a una sola tarea. Prontamente comenzó a cuidar ovejas -y posiblemente a medias- lo que le permitió independizarse para trabajar por su cuenta. Así se convirtió en arrendatario y criados de lanares y más tarde vacunos; para crecer se asoció luego con sus primos Juan, Pedro y Graciano Salaberry, con los que arrendó un campo de 900 hectáreas para agricultura y ganadería. Trece años permaneció en sociedad; en 1921, Bernardo Salaberry adquiere por su cuenta 112 cuadras de campo y 300 vacunos. Sólo cinco años duró la felicidad de haber concretado su valioso objetivo; falleció en 1926. Al parecer, con más o menos suerte, la gran mayoría de los vascos debió tocar alguna vez la puerta de un paisano instalado anteriormente. En muchos casos, como vimos en los ejemplos presentados, estos contactos fueron verdaderas catapultas hacia el progreso económico, o al menos la independencia laboral. Otros casos nos muestran también, y no debieron ser pocos, que la suerte era un factor no menos decisivo.

Manuel Bordagaray, también oriundo de Leitza (Navarra), llegó al país en 1870, a los 21 años de edad. Ya en el puerto de Buenos Aires, se dirigió a San Vicente, donde comenzó a trabajar con Don Juan Otecos como cuidador de ovejas. Al parecer -1870/71 ya no son años excepcionales- ingresar al negocio lanar no siempre se convertía en un trampolín para llegar a la autonomía o el ahorro. En 1871 pasa a Las Flores, donde trabaja en un horno de ladrillos durante tres años con Celestino Juaristi. Con los problemas que trajo la revolución del 74, tuvo que pasar a Rauch donde se instaló durante dos años. Luego se dirigió a Tapalquén, al establecimiento de Andrés Girado, donde realizó toda clase de actividades: pastero, cuidador de ovejas, etcétera. Con los ahorros allí logrados -y cuando parecía cambiar su suerte- adquiere una majada de 1.500 animales.

Un temporal, que le mató gran parte del plantel, le hizo pensar que "hacerse la América" no era más que una frase. Vendió entonces los pocos animales que quedaron vivos y se fue hacia Ayacucho, donde nuevamente compró una majada al paisano Olariaga -quien seguramente le fió- con la que se capitalizó durante diez años. Luego, con sus hijos ya en edades laborales, complementó la cría lanar con vacunos. La movilidad espacial, como puede verse, obedeció tanto a datos de oportunidades laborales, a fracasos en distintas actividades, o a la búsqueda de otros vascos que pudiesen brindar una ayuda. Pero como hemos dicho ya, buena parte de los inmigrantes vascos comenzó o terminó sus días en el pueblo.

Llegados hasta aquí, podemos concluir que los vascos se presentan asociados a un número importante de oficios, muchos (no todos, pero sí muy exitosos) ligados al agro. Esto habla por sí solo de su dispersión y de la continuidad del flujo inmigratorio a lo largo de distintos períodos y coyunturas. Probablemente también de su adaptabilidad y oportunismos para emplearse. Esto, sumado a la importancia relativa de las actividades emprendidas y el simbolismo que solía acompañarlas (vestimenta, deportes) los convertía en blanco fácil de los viajeros; síntesis didáctica de una época; ejemplo a seguir en los discursos presidenciales; recuerdo pintoresco, a veces heroico en la memoria de nuestros abuelos...

Estamos de acuerdo en que el común de la gente tiene una idea sintetizada del pasado. En ese pasado están los inmigrantes. Hemos adelantado ya algunas respuestas respecto a la génesis de esas imágenes; avancemos un poco más. Respecto a la inmigración, la mayoría congeló su conocimiento en estereotipos principalmente laborales, aunque también los hay referentes a sus costumbres (por ejemplo si ahorraban, tenían mal carácter, eran honestos, alegres, etc.) Lo primero que observamos es que en el recuerdo popular se trató de gente que vivía miserablemente en sus aldeas y que al llegar trabajaría en cualquier cosa. Los italianos se convertirían en vendedores ambulantes o quinteros; los españoles en comerciantes o amas de casa; los franceses en panaderos o prostitutas; los turcos en vendedores ambulantes y los vascos en lecheros, alambradores o poceros.

Como hemos venido diciendo, los orígenes de las imágenes deben estar ligados, de alguna manera, a la importancia de cada oficio en una coyuntura determinada. Poceros y alambradores -como es evidente- sirvieron de maneras diversas al proceso de expansión agropecuario pampeano. Pero el progreso experimentado por muchos vascos en tareas agropecuarias -cabañas, lechería, chacras- contribuyó de manera decisiva en la conformación de la imagen ganadera de los vascos en la región sudeste de la provincia. Ya hemos visto el desempeño vasco en la lechería en la zona de Chascomús; esto puede hacerse extensivo, veinte años más tarde, a la zona sudeste. Lobería, Necochea y Tandil, entre otras, pudieron ver vascos dedicados a la fabricación de manteca, quesos y cremas. En esta última, hacia 1895, 4 vascos declararon ser lecheros y 6 queseros. En 1909, sobre 18 fábricas importantes de estos productos, 8 estaban en manos de vascos (4 cremerías y 4 queserías)

Queda claro que una vez en el campo los vascos recuperaban su tradición ganadera, láctea y su tendencia a instalar un comercio. Si recorremos las biografías de los euskaldúnes que se encuentran en esta enciclopedia, veremos el alto porcentaje de vascos ligados a la zona rural y las tareas pecuarias. Esto no impide pensar que, en un país como Argentina, fuertemente agroexportador, aquellos contaran con cierta simpatía de una pluma al momento de plasmar el aporte de los inmigrantes al progreso nacional. Baste con ver las dos obras -quizá más representativas del género en el caso vasco- del director de "La Vasconia" José R. de Uriarte, a propósito de los centenarios del 25 de Mayo y el 9 de Julio.