Concepto

Historia del País Vasco. Edad Contemporánea

El proceso de nacionalización vasca se asentó durante esos años. Lo protagonizaron distintos sectores sociales cuando fueron concienciándose de su pertenencia a una sociedad en transformación que contaba con una particular idiosincrasia cultural e histórica. A finales de siglo ese proceso se tradujo en una propuesta política representada por el nacionalismo en torno al Partido Nacionalista Vasco.

La denominada cuestión nacional heredaba el contexto de alteración y reordenación de los regímenes y doctrinas forales, amalgamado con el recuerdo y reinterpretación del pasado histórico. La intervención del partido político nacionalista fundamentada ideológicamente en la preservación de la raza, la lengua, las leyes viejas y la personalidad histórica de los vascos alteró el viejo funcionamiento del sistema turnista.

El socialismo fue el otro movimiento social y político novedoso en la Euskal Herria del cambio de siglo. Su defensa de la socialización de los medios de producción, la lucha de clases y la reivindicación de mejoras socioeconómicas dieron predicamento a las organizaciones socialistas entre las masas trabajadoras, sobre todo emigrantes que por aquellas fechas se instalaban en Bizkaia. El enfrentamiento de esas organizaciones con la patronal dio lugar a numerosas actividades de protesta e importantes huelgas.

Los inicios del siglo XX reforzaron las tendencias socioeconómicas descritas. Bizkaia, que soportó un gran desarrollo industrial, captó buena parte de la cuota de la producción siderometalúrgica española. Bilbao contabilizó 80.000 habitantes y el aluvión inmigrante no cesó. Los efectos industrializadores se expandieron por las zonas limítrofes de Gipuzkoa, Araba y el noroeste de Navarra en las dos décadas siguientes, favorecida por la favorable coyuntura de la conflagración mundial.

Todos los sectores productivos vivieron momentos de expansión: la construcción naval, la industria hidroeléctrica, la fabricación de neumáticos, cementos, industrias papeleras, material ferroviario, etc. El capital financiero vasco actuó como inversor, director y partícipe directo en la formación y gestión de las grandes empresas del país.

Las repercusiones sociales, demográficas y culturales de este desarrollo económico fueron enormes. También lo fueron políticamente pues, si los carlistas habían vuelto con fuerza a la escena política en 1886, los grupos republicano, nacionalista vasco y socialista, amenazaban en mayor medida la hegemonía de los grupos oligárquicos liberal y conservador, poniendo en peligro el fundamento del sistema restauracionista. En escena aparecieron nuevas organizaciones sindicales, como Solidaridad de Obreros Vascos y la CNT; ugetistas y solidarios lograron el reconocimiento y el apoyo de la mayor parte de la clase obrera vasca. Con todo, la situación social entre las zonas del interior y las costeras en Hegoalde era muy diferente; lo mismo sucedía entre Iparralde y Hegoalde.

Los restos del antiguo sistema foral contemplaban el mantenimiento de la capacidad hacendística de las Diputaciones de los territorios surpirenaicos mediante el sistema de Conciertos Económicos en Vascongadas y del Convenio Económico en Navarra, que permitió a aquellas disponer de recursos para el propio funcionamiento interno. La reivindicación de una cierta autonomía cuando finalizaba la guerra mundial fracasó momentáneamente. Con la implantación de la dictadura militar primorriverista, también la burguesía vasca vio una ocasión de oro para el restablecimiento del orden social y para la defensa de una política económica proteccionista. Mientras la propuesta oficial del corporativismo social era aceptado por las organizaciones ugetistas, la actividad política nacionalista resultaba imposible de ser ejercida debido al régimen dictatorial militar.

Todo cambió tras las votaciones que trajeron el régimen democrático republicano en abril de 1931, muy celebrado en las grandes poblaciones vascas. Una nueva configuración política del sistema de partidos se visibilizó fundamentada en el nacionalismo vasco, las formaciones republicano-socialistas, y las organizaciones derechistas, entre las que destacó el carlismo en Navarra y en Álava. Las reivindicaciones autonómicas fueron una de las prioridades del momento, vinculada a la vertebración territorial del Estado, junto a la cuestión religiosa y la reforma agraria.

Hubo diversos proyectos estatutarios como el elaborado a la Sociedad de Estudios Vascos, base del denominado Estatuto de Estella, y el patrocinado por las Gestoras de las Diputaciones. La diferente sensibilidad política ante este tema y, posteriormente, el marco establecido en la constitución española de diciembre de 1931, fueron el preludio de la asamblea de junio de 1932 en Pamplona sancionando la imposibilidad de lograr de manera inmediata un marco territorial unitario sobre el que asentar el Estado autónomo vasco. La dinámica política hizo también inviable la aplicación inmediata del Estatuto de Autonomía para las Vascongadas. Tras el triunfo electoral del Frente Popular el texto estatutario pudo ser aprobado en octubre de 1936, en plena guerra civil, cuando buena parte de Gipuzkoa estaba en manos de los insurgentes, y Álava y Navarra habían quedado controladas por los facciosos.

Durante la IIª República, la cuestión social tuvo especial importancia debido al componente obrero organizado de las zonas industriales y del campesinado reivindicativo atento a la demanda de aplicación de la reforma agraria. Esta había sido el punto de reclamo del campesinado pobre navarro, en gran medida afiliado a la UGT y esperanzado por recuperar las corralizas y los bienes comunales privatizados a lo largo del siglo XIX. El peso del sindicalismo industrial fue notable. UGT contabilizó en 1933 casi 58.000 afiliados, la mayoría en Bizkaia; Solidaridad de Trabajadores Vascos por su parte contaba en 1935 con 37.000 inscritos; el panorama sindical se completaba con diversos núcleos de trabajadores vinculados a la CNT y algunos otros a los Sindicatos Profesionales.

En 1932 y 1933, hubo momentos de fuerte crisis económica con alto índice de paro obrero, tanto en el campo y en la minería, como en la siderometalurgia y la construcción. Agudización de la situación socioeconómica que se combinó con el deterioro político de la coalición gobernante. Los resultados de las elecciones generales de noviembre de 1933 no dejan lugar a dudas sobre la peculiaridad del sistema vasco de partidos, un triángulo cuyos lados estaban formados por socialistas y republicanos, nacionalistas, y las derechas católicas y monárquicas. Las confrontaciones sociales a lo largo de 1934 pusieron en evidencia la política de los gobiernos de centroderecha, tendentes a congelar las reformas sociales ensayadas con anterioridad. La huelga campesina de junio tuvo repercusión en la zona corralicera navarra, mientras que la huelga general revolucionaria de octubre, tuvo fuerte incidencia en las zonas más industrializadas, como la margen izquierda de la ría vizcaína, Eibar y Mondragón. La represión desatada tras esas acciones fue inmensa y quebró la estructura de las organizaciones obreras y campesinas durante muchos meses. Esta herencia de octubre influyó, sin embargo, en la formación de instancias unitarias y, a la postre, en la formación de la coalición electoral del Frente Popular a comienzos de 1936. Los resultados de febrero de este año, volvieron a colocar al PNV como partido de centro entre las izquierdas del FP y las derechas, aunque los nacionalistas estuvieron menos representados en las provincias del interior, Álava y Navarra.

La primavera del 36 estuvo marcada por la puesta en marcha de las reformas del primer bienio aparcadas desde 1933. Pero los sectores antidemocráticos tanto del ejército como de los grupos sociales dominantes, no admitieron el resultado de las urnas y pusieron sus esfuerzos en organizar un golpe de estado que diera al traste con la política de reformas, algo que el movimiento contrarrevolucionario carlista llevaba preparando desde meses atrás. Los requetés navarros con sus propias milicias, armamento y contactos con otros grupos conspiradores ayudaron al ejército de Mola en la caída del frente norte y el triunfo fascista. Con todo, el dominio de los insurrectos sobre Navarra se hizo a costa de una salvaje represión sobre el campesinado pobre, sectores de trabajadores y demócratas, contabilizándose unos tres mil asesinados.

Los nacionalistas vascos se decantaron por el apoyo y sostén del régimen republicano, negociando y colaborando con el Frente Popular, en la estela de partido demócrata cristiano que habían ido configurando durante los años republicanos. La desproporción de armamento y la práctica ausencia de fuerza aérea selló el resultado del conflicto a favor de los facciosos. Los acontecimientos se precipitaron. Irún caía a principios de septiembre. Poco después se aprobaba el Estatuto autonómico y la formación del gobierno vasco presidido por José Antonio Aguirre. La organización de la defensa y del ejército fueron los objetivos inmediatos a cubrir, a la vez que la tolerancia religiosa y el respeto al régimen de propiedad privada se mantuvieron en la zona leal bajo el Gobierno vasco. Los terribles bombardeos sobre la población civil de Durango y Gernika supusieron el comienzo del fin. El 19 de junio de 1937 caía Bilbao y en agosto se rendía un amplio contingente del ejército vasco en Santoña. La experiencia republicana y autonómica en territorio vasco había acabado con el triunfo del fascismo.