Concept

Artesano

En sentido genérico denominamos artesano a todo aquel individuo que ejerce un arte u oficio mecánico. Restringiendo este concepto a su significado sociológico, vemos que el artesanado es un estrato social claramente diferenciado del modo de producción natural -recolección, caza, agricultura, pastoreo- siendo sus principales características la emancipación de la participación directa en la producción de víveres y el laboreo manual de objetos, ya sea para el uso -en una primera fase-, ya para el cambio en una fase de trueque o cambio desarrollado.

La separación de la tierra como medio de subsistencia, es un hecho previo al acto de la producción artesanal, siendo la relación del artesano hacia los instrumentos y oficio, una relación de propiedad. Veremos como, en el transcurso de una larga evolución, la inseparabilidad entre los instrumentos y la habilidad profesional, que convierte al artesano en propietario-trabajador, será rota al despuntar la gran manufactura, ruptura sancionada por la aparición del maquinismo. Atendiendo a esta somera definición dividimos este artículo en los siguientes epígrafes:

  1. Economía natural: primeros artesanos independientes (poblados de la edad del hierro y de la época romana).
  2. Formación de las ciudades medievales y fueros de las villas: los gremios.
  3. Artesanía rural independiente: los ferrones.
  4. Artesanos pre-manufactureros. Fin del artesanado: maquinismo y gran industria.

Trazado este esbozo de progresión más o menos cronológica nos queda por añadir que esta evolución no ha sido, como pudiera creerse, homogénea en todas las partes del país y que, por otra parte, hay siempre formas de artesanado arcaizante -eventual o itinerante- que desafiando la corriente evolutiva de la historia ha coexistido con todas las transformaciones, hasta bien entrados nuestros días.

El país vasco es considerado tierra habitada desde las primeras etapas del Paleolítico Inferior (200.000 a.C.). Durante un enorme periodo de miles de años, 191.000 aproximadamente, la única actividad principal fue la caza, siendo consideradas actividades secundarias y complementarias la recolección de semillas y raíces. La primera actividad manual es, por tanto, directamente dictada por las necesidades de la misma, fabricación de armas e instrumentos rudimentarios de madera, piedra o hueso. Una población exigua y errante fabrica sobre la marcha venablos, picas, porras arrojadizas y hachas, como la hallada en Aitzabal (sur de Vitoria). No existe una división tajante del trabajo ya que cada cazador es a la vez recolector y artífice. El taller de sílex de Aranzadulla (sierra de Urbasa) nos habla de una esporádica división del trabajo al ser un probable campamento de cazadores, una fracción de los cuales trabajaba por cuenta de la colectividad.

Dentro de estos primeros milenios de penuria, en el Paleolítico Medio (30.000 a.C.), los rigores del clima empujan a estas tribus al interior de las cuevas naturales. Aparece una rústica industria de lascas (levalloisiense) y grandes hachas de ofita (musteriense).

Restos de instrumentos más perfeccionados se fabrican hacia el año 30.000 a.C. y su aparición marca el nuevo jalón denominado Paleolítico Superior. La base de la producción es la caza, variando sólo las técnicas de la misma y las especies arrebatadas a la naturaleza. Las moradas se hallan cercanas a los portillos montañosos, pasaje natural de los animales (Santimamiñe, Isturitz), cercanas al río o al mar (Lumencha y la misma Santimamiñe), fuente de pesca. Los instrumentos, fabricados con toda probabilidad por mujeres y ancianos, se han diversificado, abarcando un repertorio tosco de raspadores, buriles, puntas talladas, mazas, raederas, objetos de hueso, punzones, azagayas, etc. Hay también pendientes, amuletos y colgantes como primeras muestras de arte mobiliar y se emplean las pieles para cobertura. Un arte superior florece en las pinturas y relieves solutrenses (Isturitz), onda cultural que alcanza su punto culminante en el magdaleniense que deja una esplendorosa impronta en las cuevas prehistóricas del país: Lumentxa, Santimamiñe, Bilinkoba, Armiña, Atxurra, Balzola, Ermittia, Urtiaga, Aitzbitarte, Alkerdi, Berroberria, Anglet, Haristoy, Isturits, Altxerri, Ekain, Artxilondo, Saint-Pierre d'Irube, etc.

Comienza el último interglaciar (periodo holoceno); el clima más suave y el mayor perfeccionamiento del pulimento de la piedra abren el periodo denominado Neolítico (9.000 a 2.000 a.C.), transcendental periodo de cerca de 7.000 años en los que la humanidad conoce dos hechos fundamentales: la agricultura y la ganadería. La revolución neolítica convierte al hombre en productor activo de los artículos de consumo. Los primeros restos de esta enorme conquista son los hallados en Santimamiñe (huesos de oveja) y en Lumentxa (molino rústico para machacar granos). Se domestican los bóvidos, el caballar y el caprino y se siembran los cereales antes destinados al consumo inmediato y producto de mera recolección en estado salvaje. Al amparo de esta primera gran división del trabajo aparece una cerámica primitiva moldeada a mano sobre mimbre o flejes; ollas y platos de barro se unen a una producción artesanal subsidiaria de la caza, agricultura y ganadería incipientes. Restos de piedra pulimentada, agujas de cuerno o hueso, martillos, picos, etc. son hallados en las cuevas con restos neolíticos del país: Isturits, Bolinkoba, Urtiaga, Uriogaina, Lumentxa, etc. La piedra ha dado su nombre a los instrumentos básicos: -aitzkora, aitzto, aitzur...- que han servido al hombre para escapar al exterminio de la especie.

Poco sabemos de los primeros artesanos prehistóricos, sin embargo, merced a la pericia de sus manos y a los materiales que ellas manejaran clasificamos los miles de años que preceden a nuestra entrada en la historia: edad de la piedra antigua, edad de la piedra nueva, edad de los metales, edad del cobre, del bronce, del hierro. En los albores de la entrada del metal en nuestros territorios, una lenta explosión demográfica, producto de la mejoría del clima y del alza del nivel de vida debida a los primeros -aunque exiguos- excedentes ganaderos y agrícolas, comienza a cubrir poco a poco zonas apenas pobladas del país. Se deja sentir un frecuente trasiego de rebaños transhumantes, sobre todo en las zonas altas de pastos tales como Gorbea, Aizkorri, Urbasa, Guibijo, Irati, Elosua, Lindús, etc. conocidos por sus numerosos dólmenes. Algunas zonas más bajas también se pueblan: Belate, Mairuelegorreta, Alzania, Cuartango, etc. Unos 5.000 seres humanos se albergan en cuevas y, provisionalmente, en chozas, viven de la caza y del ganado (60 % de la primera); de ellos, una minoría sedentaria se sitúa en las zonas bajas y, sin dejar de cazar, practica ya las primeras formas de agricultura estable dedicando sus ratos libres a las labores manuales.

Se calcula que la Edad del Cobre o Eneolítico abarca en nuestra tierra del 2000 al 1.200 a.C. El cobre hace su aparición en forma de puntas de lanzas y flechas, hachas, cuchillos, adornos, punzones, leznas, etc., contemporizando con el laboreo tradicional de la piel, piedra y barro cocido. Se teje ya la lana, mediante instrumentos de metal o hueso y se elaboran vasos, vasijas y utensilios de cerámica de superficie lisa o adornada. Restos de la Edad del Bronce, armas, trebejos, utensilios asoman en las excavaciones de Goikolau, Oyalkoba, Aralar, Santimamiñe, etc., en el estrato correspondiente a los años 1.200-600 a.C. Tiene lugar también en este periodo la difusión del tejido, y el uso del carro de ruedas. Desde aproximadamente el año 600 las viviendas comienzan a alzarse al aire libre y el uso del Hierro se generaliza. Corrientes migratorias europeas influyen en nuestra población, sobre todo la celta. Una de las ondas expansivas de su cultura se introduce por el norte de los Pirineos hasta el limite actual de Navarra con Gipuzkoa. Es la cultura del cromlech o "baratz". Otra se dirige al sur configurando los primeros poblados fortificados. Han aparecido ya los primeros artesanos independientes liberados de la producción directa de víveres en estas comunidades aldeanas, de Álava y sur de Navarra principalmente: Castejón (Arguedas), Kutzemendi, Salbatierrabide, Iruña, Murguía, Arrola (Navárniz), Echauri, Oro, Laguardia, La Hoya), Artajona, etc. Fabrican escudillas, adornos para el vestuario, cerámica, lanzas, arados, espadas, hoces de hierro (Echauri). Aparece el telar de pesas (Kutzemendi) y hace su irrupción el torno del alfarero, impulsado, probablemente, por almerienses trashumantes. La cultura del "baratz", propia de pastores y labradores, no llegó sin embargo a extenderse al occidente del país, extremo de Álava y de Bizkaia y gran parte de Guip., zonas pastoriles donde el artesano, lo es sólo de ocasión y no de oficio y donde la moneda propia no es aun conocida aunque se utilizan objetos de valor suntuario para expresar el valor del cambio de los productos (Estrabón, III, 3, 7).

Es un hecho de sobra conocido que con la llegada de los romanos la vida baja de las alturas de pastos al fondo de los valles favorecida por la "pax romana" y la red de comunicaciones del imperio que pone en contacto los relativamente jóvenes centros urbanos. Deobriga (Puentelarrá), Beleia, Suessatio, Tullonium, Alba, Aracelium (Araquil), Alantone, Pompailon (Pamplona) e Iturissa son otros tantos jalones de la famosa vía Astorga- Burdeos. Lapurdum (Bayona) llega a ser sede del tribuno de Novempopulania. Banca, Muscaria (Tudela), Araciel (hoy despoblado), Flaviobriga, Hasparren, Oiasso (Oyarzun?), Tullonium (Alegría de Álava), Osma, Arróniz, Carasa (Garris), Imus Pyreneus (San Juan de Pie de Puerto), Tardets, son ya lugares de población fija. Bilbao pudo haber sido el Amanum Portus de Plinio o la Flaviobriga de Ptolomeo. Los dos centros urbanos más importantes son, al parecer, las dos Iruñas, la de Pamplona y la de Álava, núcleos comerciales y artesanales florecientes, sobre todo en el siglo II d.C. Los romanos propagan en las llanuras del sur el cultivo de la vid, olivo y cereales. Respecto a la producción artesanal que debió de desarrollarse en los centros urbanos, Gerhart Rohlfs hace notar la influencia latina en la terminología al uso entre los herreros: mallu, tobera, kate, ingude, aingura, etc. Incluso la designación del arado de reja, en euskera golde, parece provenir de la voz latina "culter". La caída del imperio trajo como consecuencia la disolución de la vida ciudadana y la vuelta a la economía natural. Constan ya luchas de montañeses contra romanos desde el siglo IV aunque precedan a estos acontecimientos las correrías de bandidos vascones y las guerras de los campesinos bagaudas ya desde el siglo III. Las ciudades, islotes de civilización, sucumben al empuje bárbaro; las dos Iruñas son incendiadas y tomadas a saco. La lucha contra los visigodos es constante desde comienzos del siglo V, situación agravada desde el año 711 con la aparición musulmana.

La vida artesanal, se reduce durante estos oscuros siglos de invasiones y luchas, a la mínima expresión. La población, bajada del monte al valle durante la "pax" romana, vuelve a refugiarse en las alturas constituyendo pequeñas unidades de producción agrícolas y pastoriles; son las "bordas" que desde el s. XVII se constituyen en casas de habitación permanente. Esta es la razón de que muchas localidades de Bizkaia, Gipuzkoa y montaña de Navarra presenten una constitución moderna comparadas con las enclavadas en las alturas. La economía altomedieval es eminentemente pastoril y agrícola. Las donaciones, cartas y fueros del s. XII referentes a Gipuzkoa testimonian la existencia de tierras cultivadas, manzanales, etc.

La acción colonizadora se ejerce a través de los monasterios que surgen en las proximidades del camino de Santiago. El renacimiento agrícola tiene lugar esta vez en las zonas montañosas jalonadas de monasterios y hospitales para peregrinos. En Bizkaia, hacia el siglo X, se sabe sin embargo de barcos venaqueros y chanusqueros que cargan mineral en Somorrostro y Muskiz con destino a los puertos de Bizkaia, Gipuzkoa, Bayona y San Juan de Luz. En Navarra y Álava, la base es también agrícola y pastoril. Dejando de lado algunas tempranas ferrerías, los pueblos y los valles subvienen a sus propias necesidades: vestuario, instrumental, adorno, etc. La producción de mercancías se circunscribe a las ciudades en las que los oficios ocupan calles y barrios especiales: esparteros, alfagemos (barberos), ferreros, zapateros, calceteros, alcorqueros, tejedores, cuchilleros, etc. Algunos emolumentos se pagan en metálico aunque la gran mayoría -sobre todo los objetos menudos y diariosse salda en especie ya que el truque es la forma corriente de obtención de bienes de uso. A excepción de las ciudades, el artesanado es eventual y en su mayoría itinerante: tejeros, herreros, laneros, cesteros, alfareros, etc.

La independencia del artesanado de la producción inmediata de víveres experimenta un impulso importante con la colonización y poblamiento de los territorios ocupados al Islam; los monarcas de la dinastía aragonesa se muestran generosos otorgando fueros, franquezas y privilegios. Alfonso el Batallador (1104-34) da fueros a Peña, Arguedas, Caparroso, Tudela, Santacara, Funes, Sangüesa, Araciel, Carcastillo, Cabanillas, Cáseda, Artajona, Marañón, burgo de San Cernín, etc. Sancho Ramírez es otro gran repoblador. En 1076 concede fueros a Ujué. Repite la experiencia de Jaca en Estella otorgándole el mismo fuero. En 1090 decide levantar en Lizarra un castillo y una población de "francos" (en el doble sentido de extranjeros y libres). La población se constituyó a base de francos en un principio, y de "francos" y navarros más tarde, población eminentemente constituida por artesanos, posaderos y mercaderes, situada en un lugar estratégico del camino de Santiago. Este temprano estado municipal es un concepto político fundamental de la civilización mediterránea. A este respecto dice Campión que "no puede atribuirse a mera coincidencia el caso de haber sido los monarcas de la rama aragonesa pródigos otorgadores de cartas municipales. Las franquezas y privilegios concedidos a las villas eran el señuelo con que los reyes las llenaban de habitantes". Los monarcas sucesores siguen sus huellas. Sancho el Sabio otorga fueros a Laguardia, Artajona, San Sebastián 1150 y Vitoria (1181) Sancho el Fuerte (1195-1234) los concede a Viana. Es por estas fechas cuando los fueros comienzan a extenderse a las aldeas labradoras y valles: Aezcoa, Larraun, Burunda, etc. Bilbao sin embargo no recibe su carta fundacional hasta el año 1300. Azpeitia hasta 1310. Tolosa poseía el fuero de Vitoria desde 1256. La fisonomía artesanal del país puede delinearse de la siguiente forma:

  1. Zona Norte. Artesanía derivada del cuero y de la lana (pastores). Carboneros y ferreros.
  2. Zona Sur. Artesanía textil (agricultores).
  3. Zona costera. Astilleros, industria derivada de la pesca y comercio.
  4. Ciudades. Artesanía gremial, separada de la producción directa de las materias primas y encuadrada en una rígida reglamentación corporacional.

Los gremios existían en las localidades de mayor importancia. Las ordenanzas reglamentaban toda la vida e intereses de las distintas profesiones: la duración del aprendizaje, los requisitos para el paso de una categoría profesional a otra, ya fuera de aprendiz, oficial o maestro, pago de cierta cantidad en metálico, parentesco, etc., el número de maestros que debía de haber en cada oficio y cada localidad, etc. En caso de discrepancia interna intervenían las Juntas Generales, los merinos o los alcaldes.

Podemos reducir a cuatro las principales características de la corporación gremial:

  1. Carácter solidario de la agrupación.
  2. Obligación de inscribirse en el gremio respectivo gozando así de estatutos particulares, administración económica propia y asistencia mutua -en 1534 ratificaba esta disposición capital el gremio de los zapateros de Bilbao prohibiendo el establecimiento de zapateros libres en la villa-.
  3. Tener tienda abierta para la venta de productos.
  4. Obtención del título oficial de maestro después de varios años de aprendizaje.

Muchos judíos ejercían oficios manuales en Navarra, aunque la profesión en la que alcanzaron más renombre fue en la de médicos y en la de usureros. En Bayona existía una férrea reglamentación gremial. En 1320, como continuación de una serie de normas publicadas, el nuevo alcalde prohibió absolutamente a los forasteros el comercio al detalle; para ejercer la profesión de pañero, carnicero, zapatero, curtidor y mercero, abrir una tienda o un puesto, debería de disfrutarse del derecho de vecindad: se prohibió a los carniceros el vender carne de oveja o de trucha en otro lugar que no fuera los especiales que les estaban destinados a estas carnes para ser expuestas; a los cordeleros, el tejer y extender cuerdas en tiempo de lluvia, rocío, bruma, o durante la noche: los cáñamos, antes de ser trabajados, debían ser examinados por cuatro jurados expertos; si se declaraban de mala calidad, el cordelero estaba obligado a devolverlos a Navarra, de donde los traían; las cuerdas que se fabricaban debían ser sometidas al mismo examen, antes de que se extendieran, con el fin de apreciar el crin e impedir la mezcla.

En Gipuzkoa los oficios mecánicos estaban equiparados a los de médicos, cirujanos, farmacéuticos, arquitectos, etc. Para esta artesanía medieval apenas constituía unos cuantos islotes privilegiados en el mundo agrícola y ganadero vasco no costero, donde lentamente se abría paso la vida urbana.

En Navarra las casas de Champagne y de Francia otorgan numerosos privilegios y exenciones, cartas pueblas y mejoras a los nacientes municipios, política frecuentemente utilizada para contrapesar a la nobleza al sustraer al estado llano de su dominio.

La costa guipuzcoana y vizcaína conoce entonces el nacimiento de una nueva clase: la burguesía comercial y naviera, surgida alrededor de los puertos y de las favorables condiciones del suelo. En la época de los Teobaldos, artistas refinados surgen del estrato artesanal pintado y esculpido por cuenta del rey o de los municipios. El auge de la artesanía artística alcanza su punto álgido en el s. XIV aun cuando se sabe muy poco de los artistas nativos que engalanaron iglesias y palacios. En Navarra se distinguen en este importante periodo dos monarcas: Carlos II "el Malo" y Carlos III "El Noble". El primero se opuso con firmeza a las pretensiones de los nobles y redimió a muchos labradores a fin de poder obtener fondos para pagar sus gastos de guerra. Estableció telares para la fabricación de paños en Estella trayendo para ello un maestro tejedor y otro tintorero, más ocho mujeres peinadoras e hilanderas, exentos de tributos y alojados a cargo del rey. En Pamplona reglamentó (1365) los salarios de los labradores (burgo de San Cernín y San Nicolás sobre todo) y de los artesanos. Las tarifas fijadas beneficiaron sobre todo a la burguesía propietaria de fincas para la que éstos trabajaban. Carlos III, sin embargo, transige con la nobleza a la que dio villas y lugares, abriendo paso a las cercanas guerras de bandos que asolarían el país.

A pesar de ser conocidas las minas de hierro desde época romana, apenas hay noticias de que fueran explotadas. Los ferrones medievales vivían en los montes y su tipo de laboreo era el primitivo, el martilleo a brazo, sistema que perduró en parte hasta el s. XVII. El uso de la fuerza hidráulica -extendido ya en el s. XIV- los hizo bajar a las orillas de los ríos. Se producían en estas ferrerías bienes de uso inmediato -artículos domésticos, aperos de labranza, etc.- y mercancías, -clavos, ruedas, armas, útiles para la navegación, etc. La existencia de ferrerías machuqueras en el valle de Legazpia, a fines del s. XIII, consta en una carta puebla de la villa de Segura (1290). Según Gorosabel la denominación "gentil olak" proviene de la creencia vulgar de que dichos establecimientos eran anteriores a la era cristiana. El orden que ocuparían nuestras provincias en relación a la densidad de estos establecimientos es el siguiente: Bizkaia, Gipuzkoa., norte de Álava, Baja Navarra y norte de Navarra. Aparte de las vizcaínas, las minas de explotación más temprana son: Larraun, Santa Engracia, Ossés, Bera, Lesaka, Aramaio, Oiartzun, Echevar, Araya, etc.

En 1388 el rey de Navarra poseía 28 ferrerías propias con una renta a favor del monarca de 700 florines al año. Por lo demás, solían pertenecer a un pariente mayor. La legislación foral era altamente favorable a estos establecimientos: la Junta de Avellaneda fijaba el precio de venta del mineral fuera del cual estaba estrictamente legislado el beneficio que pudiera obtenerse por su transporte. En el Fuero de Guipúzcoa vemos que, aparte de otros muchos beneficios favorables a los ferrones, estaba prohibido desafiar a los mismos. Según el Fuero de las Ferrerías de Vizcaya (1440), éstos se hallaban exentos de acudir a la llamada de "apellido" o movilización general. Los pleitos internos eran dirimidos por el alcalde de ferrerías; el artesano independiente escapaba de ésta forma a la jurisdicción eclesiástica o nobiliaria y sus bienes no podían ser embargados. El Fuero de Ferrerías para Irun y Oiartzun establece disposiciones semejantes. Dice Arocena en su "Guipúzcoa en la historia":

Bien se ve que el conjunto de todas estas medidas proteccionistas colocaban a los ferrones en una categoría social especialmente privilegiada, en una especie de aristocracia del trabajo, dado que sus privilegios sobrepasaban el nivel de los concedidos a los hidalgos.
Sin embargo, no caigamos en la simplificación de creer que el estrato ferrón era un todo homogéneo y uniforme ya que diversos documentos, entre ellos el Fuero de Vizcaya (Tít. II, Ley, V), nos habla de "diferencias que acaecen dentro de las herrerías y sus arragoas, entre los maceros y obreros, braceros y arrendadores y dueños de las dichas herrerías.

Larramendi nos hace una animada descripción de lo que significaban, en pleno s. XVIII, nuestras ferrerías para la vida del país:

"Un gran número (de guipuzcoanos) se mantiene de las herrerías y de los oficios y ejercicios que dependen de ellas. El doctor Isasti contó en su tiempo 80 herrerías grandes y 33 martinetes en Guipúzcoa... Y cada una señala como 30 hombres necesarios, así en los oficiales ferrones como en los venaqueros, leñadores, carboneros, arrieros, acarreadores de venas, carbones, etc. Y según esta cuenta se ven mantenidos a cuenta de las herrerías al pie de 3.500 hombres ya casados, con sus familias; y dando a cada una 3 personas más, pasan de 10.000 de ellas, que con sus jornales y salarios y el cornadillo que ponen sus mujeres lo pasan alegremente y sin sustos"

(Modos de vivir de Guipúzcoa, "Corografía de Guipúzcoa").

Durante varias centurias la transformación del lino fue una industria casera en manos casi exclusivamente de mujeres. Incluso en el s. XVIII esta costumbre se conserva -y se conservará hasta bien entrado el siguiente siglo-:

"¿Y qué hacen a todo esto las mujeres? En las caserías... cavando, layando... En los pueblos sembrando linos por si mismas y prosiguiendo tantos trabajos como son necesarios hasta reducirlo a copos. Entran luego unas a hilanderas, otras a tejedoras y se conoce su destreza en las riquísimas beatillas que salen de Guipúzcoa. Y como los peines del telar fuesen más anchos no hay lienzos mejores ni más estimables que los de Guipúzcoa por su fortaleza y duración y por su sanidad para los cuerpos. Hacen calcetas finísimas y muy ricas y se envían a Madrid, Cádiz, Caracas y otras partes de Indias"

(Modos de vivir de Guipúzcoa, "Corografía de Guipúzcoa").

Los tejedores son frecuentemente artesanos ambulantes de la zona vasco-continental o bearneses. Artesanos agremiados, directamente dedicados a la fabricación de lienzos, "marfagas", sayales y "cotonados" hubo en la calle Arriasoranza (hoy fracción final de la calle Descalzos) de la Pamplona medieval.

Ya desde el s. XV puede hablarse de importantes fábricas de armas y aceros en el país, tales como las ubicadas en Placencia de Armas, Eibar, Mondragón, Azkoitia, lugar éste que aun en el s. XVII elaboraba el acero a brazo. La monarquía castellana hacía constantes pedidos de armas en esta época. Ver Armas.

Durango, Orbaiceta, Elorrio y Bergara eran otros tantos centros de industria bélica. Escogeremos tres centros interesantes por tipificar un modo de producción de transición a la manufactura: las fábricas de armas de Placencia, Tolosa y Eugui. La primera fue fundada por la misma población en 1573 y su propiedad cedida al Estado para "arraigar en la misma villa la fabricación de armas de toda clase que necesitase el ejército de su Majestad, cosa que al parecer consiguió, proporcionando de esta manera ocupación y medios de subsistencia a sus laboriosos habitantes" (Gorosabel). En el s. XVIII se hallaba en poder de la Compañía de Caracas pero al extinguirse ésta volvió nuevamente al del Estado. Los trabajadores se hallaban agrupados en cuatro gremios: chisperos, aparejadores, canonistas y cajistas. Dirigían la fábrica varios oficiales con títulos reales tales como contralor, gobernador, almacenero, veedor y examinadores.

La fábrica de Eugui (Real Fábrica de Municiones de Eugui), antigua ferrería, (dependió posteriormente (s. XVI) de la monarquía navarra siendo sus gastos sufragados, en parte, por los siete pueblos circunvecinos: Eugui, Urtasun, Iragui, Usechi, Agorreta, Saigós y Leránoz. En 1608 la factoría estaba arrendada a particulares. A finales del s. XVI, Felipe II trajo una serie de armeros milaneses (doradores, grabadores, etc.) reputados por su pericia que hicieron escuela en el país. En 1756 se hallaba al frente Manuel Tomás Borja, en representación de Francisco de Mendieta. En 1630 se funda la fábrica de armas de Tolosa, constituida también por la villa. Se elaboraron en ella armas para el gobierno "sin perjuicio de hachas, machetes y diferentes manufacturas de cerrajería, por cuenta particular de sus oficiales" (Gorosabel). En el s. XIX ya había desaparecido y los oficiales que antes trabajaban en ella -nos dice Gorosabel- lo hicieron en sus propios talleres.

Las forjas de Banca (Baja Navarra) también recibían encargos de la marina real francesa. Eran estas fábricas centros de montaje donde concurrían artesanos de diferentes oficios con los productos elaborados a encargo en sus propios talleres y hogares. Existían muchas otras de este tipo, en especial la fábrica de armas de Eibar. La industria astillera sin embargo presentó unas características más concentracionales. Desde la costa labortana, donde los normandos dejaron una importante tradición astillera, hasta los puertos y ensenadas guipuzcoanas y vizcaínas se desarrolla a través de toda la baja edad media una intensa actividad naviera. Puede decirse que desde el s. XV hasta el XIX, Orio, Pasajes y Bilbao fueron los astilleros más activos y requeridos de la península exceptuando Portugal. Le seguían en importancia Lekeitio, Ondarroa, Mundaka, Plencia, etc. El periodo de mayor auge correspondió, sin duda, a la época de la Compañía de Caracas fundada en 1728. La fabricación es ya manufacturera, basada en la concentración de diversos oficios especializados. Ver Astilleros. Subsidiaria de la construcción naval y de antiguo origen, fue la fabricación de remos, que tuvo su centro en Santa Catalina de San Sebastián hasta su extinción en el s. XVIII al ser prohibida la exportación a Francia y Portugal y las de anclas en San Sebastián, Usurbil, Hernani, Urnieta, Aya, Renteriola, etc.

Los s. XVII y XVIII constituyen un periodo decisivo para nuestra artesanía. La manufactura, basada en la división del trabajo y en la concentración de artesanos de diferentes oficios en un taller erigido por el capital mercantil, hace su irrupción y acabará con el antiguo modo de producción artesanal. A fines del s. XVIII el número de artesanos era en Gipuzkoa de 3.220, distribuidos de la siguiente forma en orden de importancia numérica: carpinteros, herreros, tejedores, sastres, zapateros, chocolateros, dulceros, curtidores. Recurramos una vez más a Larramendi para obtener una visión de conjunto de esta variada capa social:

"Los hombres además en grande número son artesanos y oficiales. Herreros, cerrajeros, claveteros, que trabajan en hierro, que compran de las herrerías grandes o de sus dueños. Herreros los hay insignes para balcones, balaustres y otras piezas grandes. En Eibar, Elgoibar, Vergara y otros lugares y en Plasencia para fusiles y sus chispas o llaves, y en cañones y barrenarlos con ingenio de agua allí mismo y en los lugares cercanos. En el Pasaje para tanta multitud de piezas y tan extrañas de hierro que necesitan los navíos. En San Sebastián y vecindades lo mismo. Cerrajeros pocos, y chapuceros, que no saben Claveteros muchos, y buenos para toda especie de clavos mayores y menores... Hay en Guipúzcoa además muy gran número de canteros y carpinteros. En los templos y otros edificios, no sólo antiguos, sino recientes, se conoce que han sido y son diestros e inteligentes unos y otros. Los carpinteros son en un mayor número, porque se ofrecen más obras de su especie, particularmente en la construcción de navíos y barcos... No sólo tiene Guipúzcoa canteros y carpinteros para su distrito, sino también para enviarlos fuera. Apenas hay obra en Castilla, Aragón, Navarra, donde no haya canteros guipuzcoanos. Lo mismo sucede con los carpinteros, que sin hacer falta dentro de casa, salen a miles a otras partes. Llenos han estado de guipuzcoanos todos los astilleros y departamentos de la marina de España, y aun lo están hoy en día... Y aun pasan a Francia, donde son estimados por su destreza. Lo mismo sucede con los oficiales de herrerías grandes y de carboneros: los tiene Guipúzcoa en tan gran número que puede enviarlos a otras provincias; ferrones van a las herrerías de Navarra y a las pocas que hay en Aragón. Salen muchísimos al señorío de Vizcaya, en cuyas herrerrías, que son tantas, no habrá ninguna que no tenga oficial guipuzcoano, y son más estimados que los naturales, especialmente los tiradores, porque son más diestros y tiran el hierro y lo labran mejor. Salen carboneros en grande número a Vizcaya y a la Montaña, y aquí es donde los naturales no tienen maña para hacer carbón ni para manejar herrerías, cuyos oficiales todos son guipuzcoanos"

(Modos de vivir en Guipúzcoa, "Corografía de Guipúzcoa").

Aun a finales del s. XVIII se sigue trabajando según el antiguo método premanufacturero de producción a domicilio y montaje en un taller. Jovellanos, en la visita que efectuó a Eibar, en el año 1791, pudo observar lo siguiente:

Lo que se llama fábrica de armas no significa lo que se cree de ordinario. Varios artistas establecidos en Ermua, Eibar, Placencia, Elgoibar y Mondragón trabajan las varias piezas de que se compone el fusil. Este arte se subdivide en tres partes principales, que se ejercen separadamente: cañones, llaveros, cajeros, y aún hay que saben hacer y aun hacen todo esto, aunque prohibido por la antigua ordenanza; mas, por lo común, cada artista trabaja en su ramo. Los cañoneros saben incrustar hábilmente las miras y puntos de plata y las piezas de adorno de oro en el hierro y empavonarle con la mayor perfección; los llaveros labran y esculpen el hierro en las formas que quieren y lo pulen con gran limpieza, y lo mismo los armadores; otro tanto hacen los cajeros con la labor de las cajas. El más célebre de estos artistas es D. Esteban de Bustindui: su fama estriba en la excelencia de sus cañones, aunque hace todas las piezas. Trabaja para varios grandes y señores de la Corte, para América, para Inglaterra, Francia, Rusia y otras partes, de donde le vienen encargos frecuentemente.

Existe sin embargo una abundante mano de obra, fruto del crecimiento demográfico, de la crisis de las ferrerías y de la lenta disgregación de las instituciones gremiales:

"En los pueblos la gente común, que no tiene algún oficio, se emplea en obras y labores ajenas, a jornal, y son los que viven con mayor miseria. Todos los vecinos concejantes han de tener siquiera los millares y su hacenducha que los valga. Pero no bastándoles para su manutención, se aplican a algún oficio, sea mecánico, sea liberal, con que ganan de comer para su familia, o se meten a tratantes en menudo y a revendedores de las cosas necesarias y comunes"

(Modos de vivir en Guipúzcoa, "Corografía de Modos de vivir en Guipúzcoa").

La crisis de las ferrerías se arrastra desde mediados del s. XVIII acrecentada por la falta de arbolado, el empleo habitual de métodos arcaicos y la despiadada competencia de Los nuevos procedimientos de fundición del metal. Baste recordar que en estas primitivas factorías las operaciones de fundición y transformación eran inseparables, fabricándose toda clase de objetos heterogéneos en cantidades no competitivas. Los intentos de modernización de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (horno de cimentación) no calaron en la mentalidad ferrona que, escasa de capital, volvió a los viejos métodos de producción. Como dato ilustrativo diremos que de 142 ferrerías que había en Bizkaia en 1796, 25 se habían arruinado 20 años después y muchas ya no trabajaban. Otro tanto ocurrió con los abundantísimos molinos del país. Por otra parte, la antigua organización gremial sufre múltiples resquebrajaduras. Entre los s. XIV y XV comienzan a experimentarse las primeras dolorosas grietas de este férreo andamiaje social. Ya hemos mencionado la reglamentación de los salarios efectuada por Carlos II el Malo en 1365. En Gipuzkoa la primera ingerencia externa, lesiva a los intereses de los artesanos gremiales, data de 1492: los precios usualmente estipulados son rebajados en una cuarta parte. Las Juntas Generales de 1535 y años sucesivos se ocupan de la tasación de los jornales de los oficios remitiendo su complimiento a cada ayuntamiento. Para mayor claridad sobre este punto transcribimos a continuación cuál era la legislación del fuero de Navarra vigente antes de la abolición del mismo y recopilada por Yanguas en lo tocante al artesanado:

"Los maestros examinados y aprobados en cualquier cabeza de Merindad o pueblo exento, pueden ejercer su oficio y arte, sin nuevo examen, en cualquier parte del Reino. Las obras o artefactos se vendan libremente en cualquiera parte del Reino, llevando certificado del gremio del pueblo donde se han hecho, de estar trabajados con arreglo a ordenanza, quedando reservado el derecho a los gremios de los pueblos donde se vendan de poderlos reconocer, y hallándolos defectuosos pedir que se sujeten a las penas impuestas por las leyes u ordenanzas. A las viudas de artesanos, que contrajesen matrimonio con quien no sea del oficio de sus primeros maridos, no se les puede impedir el ejercicio y conservación de sus tiendas talleres, y con retención de todos los derechos, y bajo la responsabilidad común a todos los individuos de los gremios; con tal que las tiendas hayan de regirse por maestro aprobado. Los gremios no embaracen la enseñanza a mujeres y niñas, de todas aquellas labores y artefactos que son propios de su sexo, ni que vendan por sí o de su cuenta libremente las maniobras que hicieren. Las mujeres pueden trabajar, tanto en la fábrica de hilos, como en todas las demás artes en que quieran ocuparse, y sean compatibles con el decoro, y fuerzas de su sexo. Las ordenanzas de los gremios y oficios han debido presentarse al Consejo dentro de cuatro meses de la publicación de la ley que se citará, para rectificarlas con audiencia de la Diputación del Reino: las que no se hubieran presentado quedan sin efecto. Los artesanos de conocida habilidad de cualesquiera profesión pueden ejercerla libremente, cerciorándose el Consejo de su idoneidad. Es libre la construcción y venta de pantalones de punto por los fabricantes de medias, valiéndose para su costura de las personas de ambos sexos que más les acomode a pesar de las ordenanzas gremiales, y de cualesquiera otras. Es también libre la fabricación con mayor o menor cuenta y marcas o ancho, y en los peines que sean más oportunos, de todas las especies de lienzos que los gremios, fabricantes o tejedores particulares de lino y cáñamo tengan por más conveniente para el consumo, sin distinción de hombres y mujeres; y sin otra sujeción gremial o municipal en punto a marca ni cuenta, de parte de los gremios y fabricantes, que la rigurosa de evitar la falta de ley y bondad intrínseca en los tejidos de cualquiera marca cuenta y calidad que fueren. El ejercicio de un oficio no debe impedir el de cualquiera otro, con tal que tenga para ello la suficiencia que se requiere, acreditada con la competente carta de examen que se le ha de despachar después de haber pasado por el que corresponde para calificar su habilidad. A estos exámenes sean admitidos todos los que lo pretendan, sin que les obste la falta de aprendizaje, oficialía, domicilio, otro alguno que prescriban las ordenanzas del oficio que intenten ejercer; y en estas habitaciones no haya más gasto ni propinas que las que basten para indemnizar a los examinadores del tiempo que ocupen en el examen. Para el ejercicio de cualesquiera artes u oficios no sirva de impedimento la ilegitimidad que previenen las leyes, subsistiendo para los empleos de jueces y escribanos lo dispuesto en ellas. Los oficios de curtidor, herrero, zapatero, sastre, carpintero, y otros a este modo, son honestos y honrados: el uso de ellos no envilece la familia, ni la persona del que lo ejerce, ni la inhabilita para obtener empleos municipales, ni para el goce de hidalguía. Las justicias deben celar que los artesanos usen bien y fielmente de sus oficios; y sobre todo cuidarán de que se cumplan con la mayor exactitud las escrituras de aprendizaje, así de parte de los maestros como de los padres de los aprendices o los que los tuvieren a su cargo; sin permitir que aquellos los despidan, ni estos los saquen del oficio antes de cumplir la contrata, sin justa causa examinada y aprobada por la Justicia; en cuyo caso harán que se ponga con otro maestro el aprendiz hasta cumplir su aprendizaje".

La fábrica de tejidos de lanas de Pamplona, empleaba, en 1802 a 200 operarios de ambos sexos. Las Cortes de Navarra de los años 1817-1818 estatuyeron que los fabricantes de manufacturas de tejidos, de cualquier especie o calidad que fueran, podían tener todos los telares que les conviniera a pesar de lo que sobre este particular dictaran sus respectivas ordenanzas. Los fabricantes podían ya innovar, imitar o variar libremente los tejidos, con la única condición de poner en ellos el nombre del fabricante y lugar de residencia. En las manufacturas fabricadas según ordenanzas gremiales debían de fijarse el sello acostumbrado de las mismas, para que "siendo visible la diferencia entre los tejidos no haya el menor abuso en perjuicio del comprador". Vemos pues, sucumbir el ordenamiento gremial ante la libre competencia de sello marcadamente liberal, y el empleo cada vez mayor de mano de obra femenina e infantil que ha de caracterizar el periodo subsiguiente. Al amparo de esta mano de obra abundante, procedente de ferrerías e instituciones gremiales desbordadas, comienzan a proliferar, sobre todo a partir de 1841, concentraciones manufactureras importantes que absorben a los artesanos desocupados. De los talleres de montaje que dieron trabajo a tantos hombres hábiles en los s. XVI y XVII se pasa a la concentración de los mismos especializándose cada uno en un sólo aspecto de su oficio, cuya fabricación será una fracción del total del producto fabricado. Llegamos así a una descomposición del oficio en aras de una mayor y más rápida productividad. A su vez se concentran los medios de producción que antes se hallaban dispersos en poder de cada artesano independiente. En las zonas rurales, el artesano es, sin embargo, un individuo que aun cultiva una huerta, mantienen un puñado de animales y toma parte, como asalariado, en las grandes faenas agrícolas de sus vecinos.

Este panorama es revolucionado por la aparición de la máquina. La revolución industrial consuma la concentración manufacturera y priva al artesano rural, al invadir el mercado de más productos y más baratos, de su razón de ser.

Restos del antiguo modo de producción se conservaban aún a comienzos del s. XX: chanclos de Irati, utensilios (cucharas, molinos de chocolate) de Santa Cruz de Campezu, cestas y muebles de Oñate, Zumarraga, Deba, Beasain, curtido de pieles de Mauleón, Durango, Bayona, Hasparren, tejedores de los valles alto-navarros, boinas de Tolosa, Azcoitia y Valmaseda, alpargatas de Azkoitia, Barakaldo, Mauleón, talleres de pequeña fabricación de clavos de Ataun, Cambo, Ochandiano, Huici... Artesanos rurales vasco-continentales -ceramistas, tejedores, chocolateros, laneros (duranguiers)- venían periódicamente de Ainhoa y Hasparren a este lado de los Pirineos. Afiladores, caldereros, albañiles, tejeros, sogueros, herradores, cesteros, botijeros, pelaires, queseros, costureras ambulantes, recorren el país como última supervivencia de un modo de vida tenazmente enraizado, aun a comienzos de nuestro siglo. [B. Estornes Lasa hace una atinada observación (Orígenes de los vascos) a este respecto. Refiriéndose a las mascaradas suletinas hace resaltar un significativo detalle: todos los danzantes representan una profesión y llevan los instrumentos de la misma en las manos: Txerrero (escoba), Gathuzain (tijeras), Kerestua (capador), Maritxala (herrero), Laboraria eta Etxeko anderea (el labrador y su mujer), Kauterak (calderero), Txorrotxak (afiladores)... Evidentemente el artesano ambulante medieval fue un personaje popular y figura enraizada con fuerza en el folklore (herrero de Ituren)].

La manufactura sentó la base técnica para la revolución industrial; las máquinas creadas por la primera motivaron el reemplazo de la misma por la gran industria. La concentración capitalista marca el final de la era artesanal; extensas capas artesanas son absorbidas por el capital ansioso de mano de obra. La especialización -aunque sea parcial- de los artesanos manufactureros cede el paso, con la introducción de la máquina, al igualitarismo de la labor manual que cada vez implica menos elementos personales e intelectuales, una mayor rutina y subordinación a los dictados de la máquina. Por otra parte la relativa facilidad del aprendizaje en el manejo de una máquina permite una gran movilidad en los puestos de trabajo, instancia en todo opuesta al modo de producción artesanal, eminentemente especialista. Esto es lo que distingue, en una última fase, al artesano del obrero especializado. El pequeño taller pasa a ser una dependencia de la fábrica -trabajo domiciliario- pero sin las ventajas de la misma, ya que el trabajo sigue siendo con preferencia manual. El artesano rural y el ambulante son, en nuestros días, los últimos representantes del modo de producción que diera nacimiento a nuestras ciudades. Reducidos a los límites de la economía de uso, agonizan lentamente, a la vez que, confinados a los museos, comienzan a repoblar en masa nuestros ficheros de etnología.