Lexikoa

MISIÓN

LAS MISIONES EXTERNAS O EXTRANJERAS.
Organización central y tangencial. El deber de difundir el Cristianismo en el Extremo Oriente, la Iglesia lo confió en los siglos XIII y XIV a la iniciativa de dos grandes órdenes mendicantes, sin que se instituyeran especiales dicasterios a tal fin. Fue con los grandes descubrimientos ultramarinos de Portugal y España, cuando el problema misionero se iba a agudizar. Los papas para solucionarlo, conforme a la mentalidad de la época, concedían al respecto a dichas coronas verdaderos patronazgos sobre las misiones, con lo que éstas recibían enorme impulso. Así pues, a través del padroado portugués y del patronato español se erigieron las primeras diócesis, con obispos nombrados por los respectivos soberanos de dichos países, que a su vez corrían con todos los gastos de personas, inmuebles y organización. Asimismo los misioneros, en cualquiera de sus rangos y dentro de sus Órdenes o Institutos, debían pasar por la única vía de España o de Portugal, que aprobaba o denegaba su función a través de sus Consejos de Indias o de Portugal respectivamente. La colisión del poder político y el religioso enrarecería la situación de las misiones de forma creciente, al complicarse la sociedad y economía de las naciones católicas. Para hacerles frente, la Santa Sede publicaba la bula «Inscrutabili», por la que en 1622 creaba la nueva «Congregación de Propaganda Fide», a fin de tomar el timón de las misiones externas o extranjeras católicas. En ella se defendía la independencia de las misiones, se protegía a los indígenas, se apoyaba la formación de un clero propio y de unos obispos nativos, fundando colegios al efecto y retomando la Santa Sede la dirección de las ya existentes. Se abolían además los privilegios de determinados religiosos, haciéndose ahora necesario el envío desde esta Congregación. Asimismo en 1633 el Vaticano abolía el cauce obligatorio de Lisboa para el ejercicio misional y concedía la libertad de ingreso en las misiones a todos los religiosos.
Misioneros,vascos de las grandes Órdenes I.Pioneros y colonizadores franciscanos. «Después del Cristianismo decía Renan- el movimiento franciscano es la mayor obra popular que recuerda la Historia». Por esta frase de Renan se podría atisbar la importancia social de esta Orden, prescindiendo de romances heroicos o de himnos exaltados. Desde el principio conviene destacar la magna obra realizada en Tierra Santa por esta Institución, no sólo conservando los Santos Lugares, sino que en varias ocasiones sus religiosos sirvieron de embajadores. Así, por medio de Fray Domingo de Lardizabal, España entablaba relaciones religiosas, diplomáticas y comerciales con Constantinopla. Por lo que se refiere a nuestro país, espigamos algunos nombres de primera magnitud. Entre el siglo XV y XVI, el sin par Juan de Zumárraga (Durango 1468-México 3-VI-1548). Obispo de México desde 1528 -su primer obispo- sería consagrado en 1533 después de su justificación en España contra las calumnias de la Primera Audiencia de México, alcanzando el arzobispado en 1548. Su imaginación, más fuerte que la realidad que le tocaba vivir, le hizo crear escuelas para indios, colegios para niños indígenas y para hijos de españoles. Pese a las trampas de sus compatriotas, llevó a cabo como inquisidor la realización de 183 causas y frente a dimes y diretes cofundaba el colegio de Santiago de Tlactelolco (1536), proyectaba la fundación de la Universidad (1537), establecía la primera imprenta de toda América (1539) y en su casa formaba la primera biblioteca del Nuevo Mundo. Al asa de Zumárraga y engarzándose con sus últimos años, destacan Jerónimo de Mendieta (Vitoria 1525-México 10-V-1604) y Martín Ignacio de Loyola (Eibar-Buenos Aires 9-VI-1606). El primero, además de una actividad arrolladora como simple misionero y superior después en Xochimilco (1575), Tlalmananco (1580), Santa Ana (1591), Tlaxcala, Tepeaca, Huexotzingo, siempre en México, influía como consejero ante Felipe II, el Consejo de Indias, los virreyes de Nueva España y los comisarios generales. El segundo, sobrino de San Ignacio de Loyola, podíamos denominarlo «el misionero de las contradicciones». Si éstas -en general más aparentes que reales- son la sal de la vida, para Martín iban a ser su propia historia. Aprisionado en China (1582) con otros siete franciscanos cuando se dirigían a Filipinas, tenían que regresar a Europa. En 1585 volviendo de nuevo a China con otros 20 franciscanos se le encarcelaba otra vez, para volver, vía México, en 1588. En 1601 se le nombraba obispo de Asunción en Paraguay. En 1606 convocaba su segundo sínodo rioplatense que no podría celebrar, como tampoco tomar posesión de su obispado de la Plata, para el que había sido designado en 1605. Dos son las figuras vascas que entre el siglo XVII y XVIII invadirían los anales misionales de San Francisco: Pedro Pérez de Mezquía (Vitoria 1688-México 1764) y Juan Antonio Joaquín de Barreneche (Lecároz 1749-Río Colorado 1781). Mezquía, colonizador, evangelizaba en Texas, fundaba en Puebla de los Angeles, iba y venía a España para reclutar franciscanos. Una vez en 1742 trayendo doce y otra en 1749, reclutando 13, entre ellos a Junípero de Serra. Además de su inmensa inquietud misionera, su originalidad radica en la confección de un reglamento para las misiones de Sierra Gorda, que fray Junípero aplicaría después a las de California. Barreneche a su vez si no tenía ya bastante con su vida misionera por México y Estados Unidos, sería martirizado en Arizona, mereciendo fama de santidad entre sus contemporáneos. Y, en fin, ya en el siglo XIX, uno de los misioneros más egregios de la Orden sería José María Lerchundi (Orio 1836-Tánger 1896). De su nombramiento por la «Congregación de Propaganda Fide.» como superior de todas las misiones de Marruecos, se siguieron complicaciones diplomáticas entre el Vaticano y el Gobierno español. Lerchundi, prudente siempre, se retiraba a Compostela hasta el feliz desenlace diplomático a su favor. Hasta su muerte gobernaría aquella misión, participando también en varias embajadas. Una de las más importantes sería la preparación y realización entre el sultán Muley Hassan, amigo suyo personal, y León XIII en 1888, que dio al Estado español gran prestigio político.

Fecundidad martirial dominica. La Orden dominicana desde sus orígenes ha presentado un carácter netamente misionero. Santo Domingo personalizaba el tono de tal actitud. Si de las primera glorias misioneras de esta Orden la página escrita por Montesinos y Bartolomé de las Casas en favor de los indios no puede pasar inadvertida, tampoco, aunque un poco más tarde, la del vasco Tomás de Zumárraga (Vitoria 1577- Socobata-Japón 1622). Destinado para fundar la misión de Japón, no es fácil describir los trabajos que reportó su ministerio. Apresado en Nagasaki en 1618 y conducido con vilipendio a la cárcel improvisada en Suzuta, los trabajos que allí padeció durante cinco años fueron inenarrables. Su muerte, a fuego lento en Socobata, a una legua de la ciudad de Omura, fue declarada heroica y santa por el Vaticano ya en 1867. Avanzando con propia originalidad sobresale el vizcaíno Valentín Berrio-Ochoa (Elorrio 1827-Hai-Duong- Vietnam 1861). Después de ordenarse de sacerdote en Calahorra (1851) se hacía dominico en 1845. Destinado al Extremo Oriente salía para Filipinas el 21-XII-1857, llegando a Manila el 21-VI-1858. Allí se le enviaba al Tonkin Central (1857), llegando el 30-III-1858 en plena persecución. Durante tres años ejercería de misionero y obispo en la clandestinidad. Decapitado junto a Almató y Hermosilla en 1861, Pío X le declaraba beato en 1906 y recientemente Juan Pablo II, santo y patrono de Vizcaya.
Misioneros,vascos de las grandes Órdenes II.Los agustinos. La Orden Agustiniana fue la primera que se estableció en Filipinas, iniciando a su vez a los indígenas en los caminos de la civilización. Hay que recordar en primer término a Andrés de Urdaneta (Villafranca de Oria 1508-México 1568). Soldado y capitán en la expedición de Loaisa a Filipinas. Viajero en 1526 por Mindanao, Tidore y Ternate, por Banda, Java y Malaca llega a la India en 1535. Después a Lisboa en 1536 para dar razón de sus empresas a Carlos V en Valladolid. Ausente éste, informa al Consejo de Indias. Con Pedro de Alvarado sale en 1538 para Nueva España. Desde 1539 a 1552 desempeña en México cargos tan importantes como el de corregidor de los pueblos de Avalos. Ya agustino (1553), Felipe II en 1559 le designa para dirigir la expedición mandada por Legazpi, llegando a Cebú (Filipinas) en 1565. El mismo año saldrá para México en busca de la ruta del tornaviaje. Salta a la palestra del protagonismo filipino otro agustino vasco, Andrés de Aguirre (Vizcaya siglo XVI-Manila 1593). Elegido por Urdaneta para Filipinas en la expedición de Legazpi, llegaba a Cebú en 1565. Asediado por la responsabilidad, con cargos de gobierno en la Orden, regresaba a España o viajaba a Roma, siempre en busca de refuerzos. En la primera reclutaría misioneros (nueve en 1578 y 23 en 1593) y de Roma obtendría privilegios excepcionales del papa Gregorio XIII y luego de Sixto V. Y al asa de los dos Martín de Rada (Pamplona 1553-Manila 1578). Pese a haber sido presentado por Felipe II para el obispado de Jalisco, en Guadalajara de México, prefería la simplicidad del misionero en la expedición de Legazpi. En 1575 pasaba a China en calidad de embajador. Entre otros sanjorges agustinos de Filipinas, el marquinés Francisco Ugarte, intrépido visitador de Cebú con sus cuarenta parroquias, tragado por la mar de vuelta a Europa en 1693, para ocupar los cargos de comisario en España y definidor de la Orden en Roma. Vicente Ibarra, durangués austero, que con fructíferos 18 años, desembarcaba en Manila para inseminar virtud y ciencia a lo largo de su vida. Diego de Alday, bilbaíno, predicador y escritor magnífico en lengua tagala. Antolín Arriaga, vizcaíno, dinámico, vivo y experimentador en los montes de Pampanga entre los Italones y Abacaes desde 1699 a 1707. El tesonero, modesto y talentoso Baltasar de Isasinaga, que entre otros libros, a su muerte en 1723 dejaba uno sobre «Dispensaciones necesarias» para la conversión de los indígenas. El vitoriano Blas de Urbina (+1751), el bilbaíno Domingo Orbegozo (+1747) de vida asendereada entre sus mismos frailes tanto en Manila como en México, el mondragonés Juan de Lecea (+ 1618), extremoso en todo, concibiendo su vida como batalla, siempre en liza «contra la carne, el demonio y el mundo» en las misiones Bisayas y en sí mismo. Juan García (+1699), natural de Alava, de corte contrarreformista y de actuaciones espectaculares muy de la época, con usos de indulgencias, reliquias de santos y predicaciones tremendistas a los indios Ilocos. Juan Bernaola (Mañaria 1706-Manila 1779), con sumisa entrega misionó en Batanga, Bulacan, Tambobong, Pasig y Tondo. Valiente, desaprobó con toda energía la expulsión de la Compañía de Jesús de España, por lo que se le formó expediente. El por su parte, la difundiría con todas sus ganas y medios por las Islas Filipinas.

Capuchinos: los Demóstenes del pueblo vasco. Entre estos «Demóstenes del pueblo» en el siglo XVI citemos a Francisco de Pamplona (Pamplona 1597-La Guaira-Venezuela 1651). Su verdadero nombre Tiburcio de Redin y Cruzat escalaba, antes de ser capuchino, los puestos de capitán, maestre de campo y general de galeones. Exagerado en todo, bajo el hábito frailuno siempre afloraba un genio aventurero e inquieto. Los inicios de la misión del Congo para la que había sido destinada una expedición carmelita italiana, tan sólo pudo llevarse a cabo gracias a sus gestiones ante Felipe IV, que le honraba con su amistad personal. Fray Francisco se convertía así no sólo en el verdadero jefe moral de la empresa, sino en uno de los primeros misioneros de la Orden en Africa y en arcabucero del Padroado portugués, al agregar varios capuchinos españoles, designados por «Propaganda Fide» a la expedición. Con esta simple iniciativa Francisco de Pamplona había asomado su oreja de diplomático, hombre de mundo y de mar a su vida ya de religioso. El prefecto de la misión creía conveniente enviarlo a Madrid y Roma, a donde llegaba en 1646, para gestionar otras expediciones. Entre el inteligente secretario de la «Congregación de Propaganda Fide» y el capuchino navarro se planeó todo un despliegue en las costas occidentales de Africa y en las regiones olvidadas por los misioneros de otras Ordenes. Lograría escamotear la política cerrada del Consejo de Indias con los derechos del «Patronato español» y atemperar mil veces los monopolios de las cuatro Ordenes misioneras oficialmente reconocidas, de la mano del mismísimo Felipe IV, contra los estatutos vigentes todavía de Felipe II. Destacan también Matías de Marquina (Marquina 1696-Madrid 1769), abogado antes que capuchino y por nombre Juan de Olave y Miguel de Pamplona (Pamplona 1719-Madrid 1792), coronel de regimiento de Murcia y de nombre Miguel González Bascourt de Grigni. Olave, recién ordenado sacerdote, marchaba a Orán, asistiendo personalmente a los enfermos de los hospitales, quedando su nombre unido íntimamente al P. Isla por la «Historia de fray Gerundio de Campazas». De Grigni, ya capuchino, pasaba en 1776 a las misiones de América como visitador de todas las misiones encomendadas a los capuchinos españoles en Venezuela, recomendado por el mismo Carlos III. El Consejo de Indias recompensaba sus servicios eligiéndole obispo de Arequipa, obispado al que renunció inesperadamente tres años después. Del siglo XIX son dos de las vidas más apasionantes de capuchinos vascos. Esteban de Adoain (Adoain 1808-Sanlúcar 1880) y Jacinto Martínez (Peñacerrada 1812-Roma 1873). Sobre Esteban se cernirían todos los peligros, todas las exclaustraciones, todos los desastres de las carlistadas. Incansable además con los indios del Apure en América, como en Cuba a las órdenes de San Antonio María Claret, en Guatemala, El Salvador... y recalando en momentos de dificultad en los conventos de Ustáriz o de Bayona, desde donde empezó la restauración de la Orden en nuestro país. Por Martínez y Sáez desfilaría toda la vida del siglo XIX y se embarcaba en ella como protagonista. Misionero en Venezuela, México y Cuba, pasaba también como restaurador de su Orden en España. Obispo de La Habana en 1865, participaba en el concilio Vaticano I, después de ser retenido un mes en la cárcel de Cádiz por la policía española. Senador por la provincia de Alava, compaginaba su elección con la publicación de escritos apologéticos.

El Malabar para los carmelitas. ¿Cuándo comenzó la Orden de los carmelitas descalzos a preparar evangelizadores para las misiones exteriores? En el primer capítulo de la Orden, celebrado en Italia en 1605, todos los superiores, incluso el General, se brindaban a ir a las misiones, renunciando a sus cargos. Interesa la trayectoria misionera de los carmelitas en Malabar, en los reinos de Cochin y Travaconsa, en el Extremo Oriente. Destacan Zacarías Salterain y Vizcarra (Abadiano 1887-Alwaye-India 1957), Juan Vicente Zengotita-Bengoa (Bérriz 1862-San Sebastián 1943) y Aureliano del Santísimo Sacramento (Basauri 1887- Alwaye 1963). El primero llegaría a ser una verdadera autoridad de filosofía hindú. Desde el seminario interdiocesano de Puthempaly-Alwaye serviría de catalizador de dicha filosofía con el horizonte católico. Para Salterain desde 1912 a 1957 su principal cielo misionero sería tal seminario, donde ocuparía los cargos de mayor influjo en el espíritu y en la cultura de los seminaristas. Rara, además, sería la asamblea de tipo religioso y científico, donde el P. Zacarías no tomara parte activa. La civilización cristiana nunca estuvo como en él más clara a modo de presencia conciliadora frente al hinduismo. Zengotita-Bengoa, después de una etapa burgalesa, profundamente cualificada, con la fundación del periódico «El Eco Burgalés» (1900), pasaba a fundar también en Malabar en 1904 la revista «Promptuarium Canonico-Liturgicum», que dirigiría hasta su regreso a España en 1917. Cautivado por el surco de la publicidad fundó y dirigió primero en Pamplona y después en San Sebastián «La Obra Máxima» desde 1921, prácticamente hasta su muerte. Fray Aureliano se distinguió, en los dos seminarios de su destino: Puthempaly y Alwaye, como el verdadero forjador del clero indígena, pues durante su permanencia se ordenaron en ellos 1.500 sacerdotes. Además de sus clases de teología dogmática, mística, pastoral y su responsabilidades de gobierno, organizaba los Congresos Eucarísticos Nacionales de Goa (1931) y Madrás (1939), promovía todos los regionales, colaboraba en los internacionales, dirigía la revista «Eucharist and Priest»... El Vaticano le concedía la medalla «Pro Ecclesia et Pontifice» (1937) y el Gobierno español, la de San Raimundo de Peñafort (1954). Nunca estuvo más clara la herencia misionera carmelita que en otros dos vascos del siglo XX. Severino de Santa Teresa (Bérriz 1885-Amorebieta 1962) y Francisco Luís Irizar Salazar (Ormaiztegui 1909-Tumaco-Colombia 1965). El vizcaíno, después de su preparación en Lovaina y Viena, organizó como prefecto apostólico la misión de Urabá en Colombia. Por su parte el guipuzcoano, en Urabá, pasaba a la misión de Tumaco, también en calidad de prefecto apostólico, transformándola totalmente. Nombrado obispo de la misma en 1960, asistía al Vaticano II, cuando un infarto le arrebataba la vida en plena madurez.

Sombra universal claretiana. Si una Congregación moderna ha hecho espaldas al País Vasco ha sido la de Misioneros Hijos del Corazón de María, fundada en 1849 en Vic (Barcelona) por San Antonio María Claret. Alrededor de 1.500 hijos ha dado Euskal Herria a la Congregación Claretiana a lo largo de su historia. De los cuales, su inmensa mayoría han fallecido en el extranjero y muy pocos, casi excepciones, en la tierra que les vio nacer. Ya la necesidad de evangelización y misionerismo trajo a Claret en persona al País Vasco en el siglo XIX. Sin olvidar su reconocida influencia en la creación de la diócesis de Vitoria ( 1861 ), visitaba el país por primera vez en el verano de 1866 acompañando a Isabel II. En Zarauz, San Sebastián, Loyola y Vitoria iba a dejar oir su palabra. El Semanario Católico Vasco-Navarro, subrayaba el hecho de haber predicado en Vitoria diez sermones durante las 66 horas de estancia en la ciudad, empleando aproximadamente en cada sermón una hora. Su segunda venida data del verano de 1868. Claret, unido también esta vez a la familia real, se asentaba en Lequeitio para pasar después a San Sebastián entre las inestabilidades de la revolución «Gloriosa». Y dentro de este espíritu, los claretianos vascos no han dudado en trabajar en sus zonas misionales más significativas que, por orden cronológico, son: Guinea Ecuatorial (1883), Choco-Colombia (1909), Darien-Panamá (1926), Tocatins-Brasil (1926), Tunki-China (1933), Basilan-Filipinas (1951), Japón (1952), Honduras (1967) y Norte de Potosí-Bolivia (1971). En Guinea, el 27 de enero de 1885, en la 2.ª expedición claretiana, llegaba el primer claretiano del País Vasco: el hermano Melitón Huici. Desde entonces, 78 claretianos de Euskal Herria (42 sacerdotes y 36 hermanos: el 21 % de todos los claretianos que misionaron la Isla y Continente), han ido dejando lo mejor de su vida y juventud en la promoción humana y cristiana del pueblo guineano. Hay que recordar a Ignacio Meabe, Vidaurreta, Iturriza, Nieva, Vidart, Artieda, Laplana, Arregui, Legarda, Senosiain y Marcos Ajuria, quien, a sus dotes de superior y expedicionario, añadia su pluma como director de las revistas «La Guinea Española» y «El Misionero». Tampoco conviene olvidar a Olangua, a Reparado Echeverría, que sabía expresarse en la lengua de los kombes, junto a Natalio Barrena, autor de una Gramática Annobonesa, un catecismo, el Diccionario Fa d'ambu y el mapa de la Isla, así como otros escritos lingüísticos y etnográficos muy interesantes. Por otra parte, hablar de Darién en Panamá es recordar a misioneros tan dignos, erguidos, atentos y activos, como Aramendía, Irañeta, Jaurrieta, Ocharan, Ochoa, y, sobre todo, Jesús Erice, con cuarenta años entre los kunas. Natural este último de Múzquiz y gran conocedor del pueblo y lengua kuna nos ha dejado obras como: Catecismo del Vicariato, Epístolas y Evangelios, y la prestigiosa Gramática de lengua kuna. Es sorprendente la presencia vasca en este vicariato, donde todos los obispos han sido y son claretianos vascos: Juan José Maiztegui (1926-1934), José María Preciado (1934-1955), el corellés Jesús Serrano (1956- ), Marcos Zuloaga (1976) y Carlos María Ariz (1981- )

Misioneros vascos en pleno nacionalcatolicismo. El 5 de marzo de 1940 el ministro Beigbeder escribía: «La acción civilizadora que en otras épocas realizaron los misioneros españoles no sólo tiene importancia histórica y valor retrospectivo, sino que perdura y en múltiples países es hoy continuada... Su labor es merecedora por todos conceptos del apoyo del Estado, que debe prestarle la ayuda posible para su mejor encauzamiento y provecho en el aspecto cultural, como siempre lo hizo en los siglos de engrandecimiento y esplendor. A los expresados fines, y con objeto de asesorar debidamente a este Ministerio, se constituye el Consejo Superior de Misiones, en el que estarán representadas todas las Ordenes Misioneras españolas». La Secretaría del Estado Vaticano enviaba una nota a la Embajada de España (25-V-1940) (Pío XII): «El Padre Santo se ha enterado con el más vivo interés de la creación del Consejo Superior de Misiones, y, complaciéndose paternalmente en los nobles motivos que han inspirado esta laudable iniciativa, expresa la firme creencia de que producirá copiosos frutos, no sólo para la Iglesia sino también para la nobilísima nación española». Cuando veinte años más tarde este Consejo haga recuento de sus actividades en grueso volumen de 932 páginas, titulado: «España misionera», lo escribirá como homenaje de reconocimiento al misionero. Veintiséis mil doscientos sesenta y cuatro misioneros habían marchado por los cinco continentes. Euskalherria asomaba por encima de otros lugares y regiones, en rivalidad tan sólo con Burgos, Palencia, Barcelona y León. Así pues, primero Navarra, ofrecía 1.290 religiosos y 2.445 religiosas, es decir, 3.735, ocupando el primer puesto de todas las cabeceras nacionales y congregacionales, seguida de Burgos con un total de 2.253. Después Guipúzcoa con 1.707 religiosos en total, Vizcaya con 1.334 y Alava con 905. 57 Institutos masculinos y 190 femeninos.
Labor misionera vasca: Fundaciones vascas.
Los Jesuitas. Ignacio de Loyola, al fundar la Compañía «para promover la mayor gloria de Dios», apuntaba la diana misionera. Francisco de Javier (Javier 1506-Sancian 1552), salía de Lisboa en 1541 rumbo a la India, nombrado «nuncio apostólico para todas las tierras situadas al este del Cabo de Buena Esperanza». Breve en años su ejercicio misional (1542-1552), su trayectoria ha pasado a la historia como una de las más intensas que se conozcan en este campo. En Goa, en la costa de Pesquería (1542), en el reino de Travancor (1544), en Madrás, Malaca, Borneo y Java ( 1545), en las islas del Moro (1546-7), en Malaca otra vez (1549), en Japón: Kagoshima, Hirado, Yamguchi y Bungo (1550), en la preparación de la evangelización de China (1551), sobresale el mismo celo, intrepidez, confianza en sus objetivos. José de Anchieta (+ Reritiba -Brasil 1597), oriundo del País Vasco, pese a su nacimiento en La Laguna (Tenerife), fue enviado al Brasil en 1553 para restablecer su salud tan sólo, pero ya no volvería más. Durante varios meses hubo de permanecer preso entre los indios iperoig, tribu antropófaga de los tamayos. Por diez años se preocupó de atender a la conversión de los indios tapuyas, para del 1576 al 1586 ocupar el cargo de provincial. Después de estos ocho años, pasaba a Reritiba, donde se dedicaría a seguir a los indios por la selva. Brasil le considera padre de la Iglesia brasileña, fundador de la nación y patrono principal. Y fundiéndose con sucesivas culturas y comunidades otros cientos de jesuitas, sosegados, despiertos, reflexivos. Y, entre ellos, desensimismados y atravesados por el martirio cuántos y cuántos. Por lo que al País Vasco se refiere, en el siglo XVI todavía, Esteban de Zuaire (Vizcaya+Canarias 1570), arrojado al mar por los calvinistas holandeses que atacaron la expedición en que viajaba rumbo a Brasil. A su vera, Juan del Valle (Vitoria 1574- + México 1616), evangelizador de los indios xiximes y otros pueblos de Durango en México, moría con violencia a manos de los tepehuanes. Además, Cipriano de Baraze (Usaba 1641-Misión de los Moxos 1702), explorador y misionero de los chirinanas y moxos, asesinado por estos últimos.

De Bérriz. En la primera mitad del siglo XVI, Martín de Aguirresaema, abad beneficiado de la anteiglesia de Bérriz, fundaba en un silencioso y agreste lugar, próximo a la iglesia que él mismo regía, un beaterio que se uncía a la Orden de Nuestra Señora de la Merced, Redención de los cautivos. Tejida toda la trama de los cimientos, la fecha de fundación del convento se sitúa alrededor de 1542, pues en junio de ese año se registra la primera profesión. Con el 1869, siendo pontífice de Vitoria Alguacil y Rodríguez, todos los conventos de clausura vascos tenían que poner sus relojes a la hora liberal de la revolución «Gloriosa». Hasta en la misma clausura, quienes no disponían de otros locales, abrían sus puertas para la enseñanza y asistencia de las niñas de las distintas localidades. Ese año, como tantas otras religiosas, las mercedarias de Bérriz recibían las primeras niñas externas y en 1873, año de la I.ª República, las primeras internas. Pasado el sexenio democrático y con la Restauración alfonsina la mayoría de estos conventos volvieron a su vida oculta y recogida; en Bérriz no. Pero en 1903 ingresaba en el convento Margarita María López de Maturana (Bilbao 1884-+San Sebastián 1934) a los diecinueve años de edad. Su trato epistolar durante diez años con los leprosos de Fontilles y su relación personal con los misioneros, el carmelita Juan Vicente Zengoitia y el jesuita José Vidaurreta, la encendieron en celo misionero, que a su vez ella contagió a las colegialas. Así, se creaba en 1920 la Juventud Mercedaria Misionera, bendecida por el entonces obispo de Vitoria, Leopoldo Eijo y Garay. En 1926 salía la primera expedición para Wuhu (China). En 1927 la madre Maturana es nombrada comendadora del convento, mientras se prepara la segunda expedición a Saipán (Islas Marianas). En 1918 fundaban en Ponapé la tercera casa de misión y una cuarta en Tokio, para en mayo de 1930 conceder el Vaticano la aprobación del nuevo Instituto de Mercedarias de Bérriz. En 1928 la misma Maturana ejecutaba su primer viaje misionero, visitando directamente las casas de Wuhu, Saipan, Ponapé y Tokio. No sería el único. A principios de 1931, ya como superiora general, realizaba un segundo a Tokio para inaugurar el soñado colegio de segunda enseñanza con más de 1.000 alumnas. Moría en una clínica de San Sebastián el 23 de julio de 1934. 25 casas con las más variadas actividades y asombrosos resultados: colegios, residencias universitarias, dispensarios, apostolados sociales... Unida a Margarita, su hermana gemela, Leonor, emprendía también el camino de la vida religiosa en las Carmelitas de la Caridad. De temple heroico, la bilbaína disimulaba sus muchas virtudes con un aspecto jovial, vivo y hasta jocoso de la vida. Destinada a Argentina desplegó en Suipacha excepcionales actividades de educadora. Estableció por primera vez en América las Obras Misionales Pontificias e influyó poderosamente en la vocación misionera de muchas de sus hermanas de religión. Están incoados los procesos de beatificación de las dos.

Otras misiones. Primera, cronológicamente, fue la congregación de las Franciscanas Misioneras de María, fundada el 6 de enero de 1827, con carácter netamente misionero y dependiendo directamente de la «Congregación de Propaganda Fide». Su fundadora Hélène de Chapottin María de la Pasión, en convento nació en Nantes (Francia), aunque de ascendencia vasca. Sus miembros pertenecientes a la Tercera Orden regular de San Francisco también con la cultura religiosa de los años de la Restauración y IIIº Imperio francés, con vocación de víctimas-adoratrices y misioneras. Con el lema: «Ecce Ancilla Domini» abrieron su primera casa en el Estado español, la del noviciado, en Pamplona (avenida de Aoiz s/n) en 1900. Su número de religiosas aquí asciende a 500, mientras que en el extranjero gira en torno al millar, ubicadas en su mayoría en tierras de misión. Las actividades misioneras del Instituto se ordenan en tomo a catequesis, catequistas, leproserías, hospitales, asilos de ancianos, centros de refugiados, dispensarios, residencias femeninas. Al borde de la 1.ª guerra mundial nacían las Dominicas del Santísimo Rosario, fundadas en Lima en 1918 por Ascensión Nicol (Tafalla 1868- +Pamplona 1940). Educada en las Dominicas de Santa Rosa de Huesca, se haría religiosa de dicho convento, permaneciendo en él hasta los cuarenta y cinco años desde sus diecisiete. Se alistó para las misiones de la Montaña del Perú, embarcándose con otras cuatro compañeras en la expedición presidida por el dominico vasco Ramón Zubieta, recién nombrado obispo de Adráa. El mismo año abría en Lima un pequeño noviciado que con el tiempo serviría de base a la futura Congregación. En 1915 fundaba en Maldonado el primer colegio de misioneras dominicas. En 1918, con la apoyatura de cuatro fundaciones, le surgía la idea de constituirse en Congregación diocesana. Madre Asunción sería la primera superiora general (1918-1940) y con el insustituible apoyo de Zubieta en 1920 quedaba erigida la Congregación de Misioneras Dominicas del Santísimo Rosario. Firme en su opción la tafallesa cruzaba el Atlántico ocho veces en busca de apoyos y para fundar nuevas casas, hasta a la misma China se llegó dos veces para crear varias casas. Su proceso de beatificación quedó cerrado en 1965. Otras dos fundaciones vascas de reconocido prestigio también misionero son las Misioneras Seculares (nombre primitivo: Misioneras Evangélicas Diocesanas), erigidas canónicamente como Pía Unión en 1939 por el obispo Lauzurica y obteniendo su «nihil obstat» del Vaticano en 1955. Su fundador Rufino Aldabalde-Trecu y Urbieta -«don Rufino»- previsor, mesurado y sereno fallecía en 1945, después de ocupar la dirección espiritual del Seminario de Vitoria. Entre otras obras con el mundo femenino en varios países europeos, se dedican a la asistencia de emigrantes. También Chile, Ecuador, Estados Unidos, Canadá y Congo Belga saben de su labor profesional en el campo obrero y universitario. Además las Misioneras de Cristo Jesús, congregación de derecho pontificio fundada en Javier en 1944 por el jesuita Moisés Domenzain y la madre María Camino Sanz Orrio. Basados en el espíritu de San Ignacio de Loyola, todos sus miembros se obligan con un cuarto voto a trabajar en las vanguardias de la evangelización: leproserías, colegios en la selva, etc. Tan sólo abren casas de formación en países cristianos, dejando sus actividades para los del Tercer Mundo. También fundaciones vascas son la congregación donostiarra Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús y María, fundada por María Teresa Dupony en 1930 y la baracaldesa Misioneras Seculares de Jesús Obrero, fundada por Simón López y Sanz en 1955.
Labor misionera vasca: Misionólogos y lingüístas.
Vocación y destino agustiniano. Los agustinos habían estado circundados secularmente por la cultura. Y, al adentrarse en China y Filipinas, iban a redescubrir, esgrimiendo el evangelio, las culturas indígenas, y en ellas su «alma mater»: la de Agustín de Hipona. Si ya recordamos a Fray Andrés de Urdaneta por sus méritos misioneros, interesa destacar aquí sus habilidades como piloto y cosmógrafo. Compuso la magnífica «Tabla geográfica del Mar del Sur», con todos los viajes y rumbos descubiertos hasta entonces; precioso tomo en cuarto manuscrito. Junto a él, al navarro Martín de Rada, «en todo grande», dicen los historiadores. Por lo que se refiere, a lo que nos ocupa, escribió también un tomo en cuarto «Sermones morales» en lengua otomita, amén de otros dos tomos titulados: «Arte y vocabulario de la lengua cebuana», «Descripción del imperio de la gran China», «Política y riquezas de la China» y, en fin, «Arte y Vocabulario de la lengua chinense». Sobre una difícil y depurada convivencia primero y solidaria después con los tagalos, dos nombres: Diego de Alday, bilbaíno, que salió tan diestro en su idioma, que tradujo con desenvoltura en él los «Gritos de las Animas del Purgatorio», compuesto por Boneta, y los tres tomos en cuarto de la obra «Gritos del Infierno» y «Gritos del cielo a los pecadores». Y Juan Bernaola, natural de Mañaria (Vizcaya), que compuso también en tagalo dos tomos de «Pláticas dominicales», además de obras teológicas en latín elegante como «Tractatus de dimittendis Parrochiis» y «Theologia Dogmatica», así como otros trabajos en castellano. Compositor, cantor y músico de órgano, arpa, rabel y flauta dulce, Juan Bolívar, de Lequeitio, después de aprender la lengua hiligaina trabajó durante muchos años en las Islas del Panay en el campo de la predicación. Su habilidad y rara tenacidad nos dejó escritos «Relaciones, manuscritos e informes». Incansable y tenaz, destaca también José Nerice, natural de Muer, en el obispado de Pamplona, por su composición de seis tomos en idioma ilocano, titulados «Sermones dominicales y santorales», de gran estimación y utilidad por aquellas tierras. Reclama atención de nuevo Vicente Ibarra, vizcaíno, por sus enormes progresos en la lengua pampanga, en la que compuso la «Tórtola Gemidora» y el libro «Conferencias Místicas». Metido hasta los dientes en la vida de los indígenas, sin duda por razones prácticas, tradujo muchos sermones de santos a este idioma. Instalado, en fin, en Manila como prior y definidor, daba censura al trabajo «Arte añadido» y en 1732 al famoso y utilísimo «Vocabulario Pampango». Y dentro de este mosaico de esfuerzos Manuel Gárriz, tan diestro en la lengua ilocana, que escribió cinco libros en este idioma, cuyos títulos pueden ilustrar los aciertos y miserias de la evangelización de toda una época. Estos son: «Ejercicios de San Ignacio», «Gritos de las ánimas del Purgatorio», la «Pasión del Señor», «Explicación de los Evangelios principales» y «Modo de confesar a los indios Ilocos rústicos y tontos».

Misionología. Así pues, el caudal de ilusión por las Misiones extranjeras no se había de agotar con los misioneros propiamente dichos, sino que el estudio de sus actividades habría de dar lugar a una ciencia denominada Misionología, en la cual numerosos vascos habrían de destacar también. Desconocido, quizás por su distancia en el tiempo, pero recuperado por el magnífico historiador jesuita Bayle, es el misionólogo, también jesuita, Manuel Uriarte (Zurbano 1720- +Zurbano 1801). Misionero en Quito y en las misiones de los Mainas, deportado después a Italia (Faenza y Bolonia en 1767), volvía al país en 1798, dejando un «Diario» hoy publicado en Madrid (1952) en dos volúmenes. Durante el siglo XIX destacan el capuchino Agustín de Ariñez (Ariñez 1858- +Carolinas 1899), figura de la primera expedición a las Islas Carolinas por parte de los capuchinos, llegando a publicar un «Diccionario hispano-kanaka» en Tamborong (1892) y un «Catecismo hispano-kanaka» en Manila (1893). Y el historiador dominico Hilario María Ocio (Loza 1841- +Hong-Kong 1903). Por lo que aquí nos interesa, después de ocupar cargos relevantes en su Orden, fruto de su infatigable trabajo como archivero, son las obras sobre las misiones dominicas en Filipinas, como en China, que dejó escritas, algunas de ellas todavía inéditas. Pero serían los hombres de la Compañía de Jesús y algunos de ellos vascos, quienes desde distintos frentes, iban a apalancar el estudio de las Misiones católicas como ciencia, ennobleciéndola y entroncándola al ambiente universitario. José Zameza (Munguía 1886- +Roma 1957), después de enseñar Patrología e Historia eclesiástica en Oña y de dirigir la revista «El siglo de las misiones», pasaría a ocupar el cargo de primer decano de la Facultad de Misionología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (1932-1957). Con espléndida trayectoria en los campos de la investigación y docencia en historia brilla con propia luz Pedro de Leturia (Zumárraga 1891- +Roma 1955). Doctorado en Munich (1924-26) con una tesis sobre el Real Patronato de España en América, en 1932 contribuía a la fundación de la excelente e internacionalmente reconocida Facultad de Historia eclesiástica de la Gregoriana, siendo su primer decano. Además de crear la revista «Archivum Historicum», dirigió de 1932 a 1947 los «Monumenta Historica S.I.» y bajo su dirección se fundó la serie «Monumenta Missionum», con su doble sección para las de Oriente y del Occidente (América). Entre sus muchas obras, densas y serias, conviene destacar «Relaciones entre la Santa Sede e Hispanoamérica», en tres volúmenes, y «La primera misión pontificia a Hispanoamérica» (1823-1825), publicada en el Vaticano (1963). Además de estos colosos, hay que añadir al fundador de la revista «El siglo de las Misiones», Hilarión Gil (Labastida 1873- +Oña 1928) y Víctor Elizondo (Pamplona 1886-+Veruela 1959), secretario en diversos congresos misionales, creador de las bases de la Unión Misional del Clero, secretario en la Asamblea de ciencias misiológicas de 1929 y organizador el mismo año del pabellón de misiones en la exposición universal de Barcelona. Destacan dos organismos de conocimientos y estudios. Uno, en 1928, en el seminario de Vitoria y otro en el convento de Bérriz. En Vitoria Angel Sagarmínaga creaba la cátedra de Misionología primero a su cargo e influía después en la adopción de una área misional por la diócesis vasca para la provisión de personal y fondos adecuados. En Bérriz, las Mercedarias Misioneras abrían en 1953 su Centro de Estudios Misionológicos para todo tipo de religiosas misioneras. Así, frente a otros tipos de hacer misión más primitivos y aislados, sus cursillos transmitían recados inmediatos, colectivos, encamados y personificados, que transportaban a sus participantes, ordinariamente testigos, a los paisajes, lenguas, actitudes vitales de tierras de misión. En 1955 la Congregación de Religiosos de la Santa Sede agregaba este Centro al Instituto Pontificio Romano de Ciencias Sagradas «Regina Mundi». También aquí el infatigable José Zameza colaboraría con ilusionado tesón y empeño.
Las Misiones diocesanas vascas: Balance y valoraciones.
En 1973 se reunían en Vitoria los principales responsables de estas Misiones diocesanas vascas. De la mano de Jesús Palacios, con su ponencia titulada: "Planificación del futuro de las Misiones Diocesanas", podemos extraer nuestra apretadísima síntesis. Así pues, los datos y valoración de las misiones vascas, según los mismos informes aportados por los misioneros, quedaban así:

1. ECUADOR. Los primeros misioneros vascos llegaban a la provincia ecuatoriana de Los Ríos en 1948. Eran ocho, pertenecientes entonces a la única diócesis vasca, la de Vitoria, desde 1950 seccionada en tres: Vitoria, Bilbao y San Sebastián. En 1953 su acción misionera se desplegaba en Los Ríos, El Oro y Manabí. Los misioneros, junto a las específicas actividades de evangelización, llevaban a cabo un intenso programa de promoción social, que abarcaba: enseñanza, socioeconomía, sanidad y agricultura.
Valoración. Este grupo misionero se venía caracterizando desde el comienzo, por una marcada estabilidad.
2. VENEZUELA. La labor vasca diocesana se iniciaba en 1959, concretamente en los Valles del Tuy. En 1973 se había extendido a Coche y La Rinconada (Caracas) y Los Teques. Destacaba su plan de capacitación humana con tres programas: el rural, el de capacitación profesional y el de capacitación femenina, gracias a la esencial colaboración de misioneros seglares.
Valoración. Los misioneros vascos en Venezuela desde el principio se habían visto afectados por problemas de integración y de secularizaciones.
3. BRASIL. Se iniciaba esta misión en 1962 con dos sacerdotes de Bilbao en el barrio de "La Penha". Mas tarde se pasaba a atender la zona de Itaquera, Ermelino, Matarazzo y Mogi das Cruces. La acción misional aquí se había polarizado por la alfabetización de adultos y la atención sanitaria.
Valoración. Desde su nacimiento han tenido la preocupación de integrarse plenamente en la dinámica diocesana de Sao Paolo, sintiéndose de Vizcaya, pero sin fanatismos. Sus líneas de reorganización, firmadas el 4 de octubre de 1972, bajo la presidencia de D. José Angel Ubieta, permitía la colaboración en la evangelización de sacerdotes que optaban por la vía matrimonial.
4. CHILE. Comenzaba su actividad en 1964 con la llegada de dos sacerdotes a Ancud, capital de la provincia de Chiloé, con atención especial a la juventud.
Valoración. Marcado carácter de personalismo y transitoriedad.
5. ANGOLA. Los inicios quedaron marcados en dos frentes desde 1959: la misión de la diócesis de Malange al Norte y la de Sáda Bandeira al Sur. Las líneas de trabajo misioneras han tratado de cubrir las necesidades cotidianas: escuelas. residencias, cantinas, internados, dispensarios, etc.
Valoración. Aquí la acción misionera aparece unida a la acción colonialista, con el consiguiente recelo de los indígenas. A esta situación se añade en el sur el problema de la población diseminada.
6. KATANGA. Sus comienzos datan de 1964. Los puestos de misión se extienden por Panda, Mwadingusha, Bunkaya y Mufunga. Los aspectos sanitarios, educacionales, agrícolas y de transportes han primado sobre otros a la hora de la evangelización.
Valoración. Con situación constante de "maletas preparadas", los misioneros vascos aquí han conservado un excelente tono pastoral y sacerdotal.
7. RWANDA. En 1963 se aceptaba el compromiso de una misión en la diócesis de Kabgayi. Casi diez años más tarde se trabajaba en Kamonyi, Kayenzi, Mugina y Gihara. La labor sanitaria y nutricional, con la colaboración de "Medicus Mundi" de Bilbao, ha funcionado bien, además de las cooperativas de todo tipo.
Valoración. Dificultades y crisis de convivencia interna, entre sacerdotes y laicos misioneros, pero superadas con el esfuerzo y renuncia de todos.

Financiación de las Misiones Diocesanas Vascas.

COMARCAS DIOCESANAS Pts. 1985 %
CAPITAL DE LA DIOCESIS*
AYALA-ORDUÑA
CIGOITIA
VILLAREAL-ARAMAYONA
SALVATIERRA- ALEGRIA
VALDEGOBIA-LA RIBERA
TREVIÑO
MAESTU-CAMPEZO
LAGUARDIA-LABASTIDA
RESUMEN
2.290.053
329.432
90.155
66.560
232.803
111.652
48.603
198.729
247.221
3.615.208
63,34
9,11
2,49
1,84
6,43
3,08
1,34
5,49
6,83
100
INCLUYE: ZONA SUBURBANA
PERIFERIA DE VITORIA

Un puntal y eje: José Zunzunegui. La idea de un territorio misional, encomendado a la diócesis de Vitoria, venía ya de lejos. Arrancaba en realidad de la III.ª Asamblea Misional de Propagandistas de la Unión Misional del Clero de la diócesis de Vitoria, en la que ya entonces se había propuesto con mucho entusiasmo el que la diócesis vasca pudiera «por sí sola, con elementos propios, regir una misión». Tal Asamblea tenía lugar del 20 al 22 de agosto de 1928 en Saturrarán (Guipúzcoa), contando, entre los más entusiastas miembros de la Academia Misional, con José Zunzunegui. Finalizadas las guerras (española y mundial), el 30 de octubre de 1947 el obispo Ballester era recibido por el Papa, que le señalaba Los Ríos (Ecuador). Así, el 16 de marzo de 1948, el Vaticano, después de separar de Guayaquil, esta circunscripción, la encomendada a los sacerdotes vascos, como miembros del Seminario de San Francisco Javier para las Misiones Extranjeras de Burgos. Después de infinitos tratos, convenios y pactos entre la diócesis de Vitoria y el Instituto Español de Misiones Extranjeras, llevados a cabo por Zunzunegui sobre todo, se llegaba en 1901 a la creación de la «Prelatura nullius» de Los Ríos, nutrida por el clero de las ahora tres diócesis vascas. Zunzunegui, además, fundaba en la retaguardia, es decir en el Seminario de Vitoria, el grupo misionero «Máximo Guisasola», su colaborador, muerto en trágico accidente en 1951, para propiciar e incrementar las vocaciones misioneras desde el seminario. Dichas reuniones se celebraron sin interrupción hasta 1973, poco antes de su enfermedad. Zunzunegui propulsó además el misionerismo seglar, colaborando con «Medicus Mundi», «Amigos del Tercer Mundo» y «Gure Ekintza», así como la construcción en el mismo seminario de la emisora de onda corta EA2DD. Por su parte los misioneros diocesanos vascos, apiladores de iniciativas y de actividades, extendían su nombre por varias naciones. Zunzunegui en 1957, unido a Mons, Peralta, al visitarles en Ecuador firmaba otros contratos esta vez con el administrador apostólico de El Oro. Voces de alarma del arzobispo Morcillo, superior asimismo de la obra de Cooperación Sacerdotal Hispano-Americana, salían al paso de estas iniciativas. Sobrevolando grescas, expedientes, condiciones, Zunzunegui se dirigía directo al arzobispo de Caracas, despejando, aunque no del todo, las dificultades jurídicas. De todas formas, los problemas de la expansión misional vasca se iban a suceder: los de los pasaportes, permisos de entradas a tal o cual nación, los del ministro de la Gobernación, los del nuncio, los peligros de escisión en las misiones, al dividir la única diócesis vasca del principio, la supresión del grupo-vivero «Guisasola» en Bilbao... Para éstos y otros la nueva mesura doméstica de Zunzunegui, su amplitud mental, su sabiduría y diplomacia logrará pactos y convenios entre los tres obispos, a los que preparará viajes a dichas misiones, a fin de conocer personalmente los problemas. Los obispos Gúrpide, Bereciartúa y Peralta primero y Argaya, Cirarda, Setién y Añoveros después podían gozar de su preparación, entusiasmo y experiencia.
LAS MISIONES INTERNAS.
El eco de Trento. La historia del Concilio de Trento quedará infinitamente ligada a la historia de predicadores reformistas vascos. Destaca Juan Bernardo Díaz de Luco (1495-1556). Hijo ilegítimo y sacrílego -«de subdiacono et soluta genitus»- tenía que ser dispensado de esta tacha para ingresar en la carrera eclesiástica. El probable nombre de su madre fue María de Lequeitio, natural de Luco (Álava), cerca de Vitoria, y el de su padre, Cristóbal Díaz, racionero de la catedral de Sevilla. Destaca la seriedad de Díaz de Luco en afrontar la misión episcopal, liberándola de una imagen exclusivamente administrativa. Para ello escribe el libro, insustituible y significativo, «Instrucción de perlados», publicado en Alcalá de Henares (1530), cuando tan sólo contaba 30 años de edad. En sus treinta folios de pequeño formato, distribuidos en 37 capítulos, aparece el eje imantador de toda su vida: la franqueza y seriedad al afrontar los problemas. Su experiencia misional, sin otorgar la primacía a la predicación que concederán autores posteriores, la considerará desde el punto de vista más práctico de los males que se siguen de la ignorancia, sobre todo, en pequeños lugares o villorrios de montaña. Desde 1545, ya obispo de Calahorra, su preocupación inmediata consistía en celebrar sínodos primero en Logroño y después en Vitoria (24-II-1546). Sus declaraciones cuajaron en la colección de «Capítulos de reforma y buen gobierno», en la «Escritura de capitulación y concordia con el señorío de Vizcaya» sobre la visita de sus iglesias y su solidaridad vascongada al establecer la capital alavesa como su lugar de residencia, seguida de Logroño y mucho más lejos Calahorra o La Calzada. Convocaba a misiones populares en 1554 para todo el País Vasco y La Rioja, encomendándolas a los jesuitas, sin dejar de visitar las iglesias de Vizcaya, Alava y Oñate. San Ignacio ratificaba su celo con precisión notarial, denominándole: «ángel de los vascongados».
Hay que recordar a los capuchinos Gaspar de Viana (+Viana 1676) y Jaime Corella (+Los Arcos 1699). Este último por su elocuencia y profundidad fue designado por Carlos II predicador real, amén de sagrado orador en las Universidades de Alcalá, Valladolid, Salamanca, Huesca y Zaragoza) y las misiones populares de Madrid y otras grandes ciudades de la península.

Del mismo siglo otros dos magníficos de distintas Ordenes. El trinitario José de la Santísima Trinidad (+Caparroso 1622). Llamado antes García de Aragón, de sangre real, pasaba a ser el brazo derecho del fundador de la Orden, introduciéndola él mismo en Pamplona, Madrid, Alcalá y Zaragoza, a través de apocalíticos sermones, muy al uso en la época, refrendados con milagros y públicas mortificaciones. Juan de Palacios (+Argel 1616), mercedario, que esperaba sus signos, cuajados de heraldos, muy propios de su Institución, al servicio misional aquí y en Argel, logrando realizar dos redenciones. Por la primera (1591-2) daba libertad a 228 cautivos y por la segunda (1595) a 209, quedando naturalmente él como rehén. Moriría mártir.
Peldaños misionales por Navarra. El período de regeneración eclesial, nacido en Trento, proyectaría su sombra por Euskal Herria hasta nuestros días. Haciendo un esfuerzo histórico los obispos de Pamplona en sus informes a la Santa Sede solían incluir una radiografía de sus visitas pastorales a parte del País Vasco. Unas veces se pasaban en casuística, otras no llegaban a los puntos de actuación, pero de todas formas interesa trasladar sus noticias, casi únicas, como primer peldaño de la historia misional por Euskal Herria entre los siglos XVII y XVIII.

En la fila de los obispos navarros, tan bien alineada por Goñi Gaztambide, se nos presenta Melchor Angel Gutiérrez Vallejo (1729-1734). En el informe sobre visitas pastorales reclaman nuestra atención los párrafos dedicados a la celebración del Sínodo diocesano, no celebrado, «por entender que era menester visitar y conocer previamente la diócesis, pues un Sínodo deja de ser útil si no se preparan antes muchas cosas». Y en el fondo de compensación misional añadía que él predicaba personalmente en su giras de visita pastoral y además se valía de predicadores «potentes opere et sermone» para la extensión de la divina palabra.

A mitad de siglo se nos presenta la figura del obispo Argaiz ( 1743-1749), con una experiencia misional por Navarra y Guipúzcoa sobre todo. El pontífice de Pamplona fomentaba la práctica de las Misiones populares con omnipotentes resultados. Toda una red de Misiones cubría la extensión de la diócesis, encomendada a padres de la Compañía o de otras Órdenes o sacerdotes seculares. El mismo Tellechea añade, estudiando sus características: «La asistencia popular era masiva, encomendada tanto a los sermones como al confesonario o a la mesa eucarística: también para celebrar jubileos, ganar indulgencias o participar en las procesiones del Rosario, a veces presididos por el mismo obispo. La carrera misional de Argaiz tenía que ser agobiadora a la fuerza, pues la cifra de sus habitantes adultos alcanzaba 191.703, incluida Guipúzcoa, enmarcados en los 17 arciprestazgos ya clásicos: 928 iglesias parroquiales, 886 párrocos, 1.593 beneficiados, 2.116 capellanías, 119 iglesias abandonadas, 1.286 ermitas, 184 fundaciones, 99 hospitales, 26 conventos de varones, 26 conventos de mujeres, 2 de beatas y un conjunto de 47.893 familias. Este documento de identidad misional y pastoral vasco no podía ser mejor, ni más brillante, ni más ferviente, ni más imprescindible.
Misiones donostiarras en euskera. Acogía a predicadores de la talla del dominico Antonio Garcés en la ciudad de San Sebastián. Así nos lo recuerda el «Libro de Visitas de la Parroquia de San Vicente»: «El reverendísimo padre maestro fray Antonio Garcés, de la Orden de Predicadores, misionero apostólico, varón excelente en santidad y letras, predicó misión en la parroquia de San Vicente por espacio de quince días, empezando a los últimos de septiembre del año de 1759. No correspondió el fruto a lo que se esperaba de su eficacia, a causa de estar esta provincia y la ciudad divertidas con las prolongadas fiestas que por la proclamación y coronación de nuestro Catholico Rey D. Carlos III se hicieron al mismo tiempo, y estar los ánimos distraídos con las prevenciones para ellas. Pero se consiguió a lo memos el que no hubiese tamboril de noche al tiempo de la luminaria, por lo que se evitaron muchos males». Sin dejar de recordar la actuación euskalduna de los jesuitas al introducir en San Sebastián (1760) todos los domingos de Cuaresma una amplia variedad de pláticas sobre doctrina cristiana en vascuence, que luego seguiría el vicario de la parroquia de San Vicente, pasamos a considerar las misiones populares del siglo XIX.

Pasadas las inestabilidades de la guerra de invasión napoleónica y las situaciones de conflicto con Fernando VII, en su primer sexenio absolutista (1814-1820) y durante el trienio constitucional (1820-1823), el obispo de Pamplona, Joaquín Xavier de Uriz y Lasaga (1815-1829), convocaba a Misiones populares para los donostiarras extramuros de la ciudad en San Bartolomé en 1828 y para los de intramuros en 1829. Las primeras las predicaron los padres Cruz Echeverría y Obieta, los dos de Zarauz, a las que el pueblo respondía y acompañaba cantando letrillas en vascuence. En las segundas predicaron los capuchinos José de los Arcos y Bienaventura de Andoain, aquél en San Vicente en castellano y éste en Santa María en vascuence. La sociedad donostiarra atravesaba al parecer una época brillante y clara en torno al vascuence. Copiamos una cita, aunque no del todo completa, del «Libro de Actas» ya citado: «La Misión comenzaba a las dos y media de la tarde; salía en procesión de la casa del Sr. Vicario con sobrepelliz y estola morada. Cantaba el pueblo unas letrillas en bascuence. Acabadas las cuales, estando arrodillados delante del altar mayor donde se puso una imagen de María Santísima de los Dolores, el Señor Vicario con su cruz en la grada superior, a sus lados los PP. Misioneros, daba el tono el órgano y se cantaba la Salve en bascuence, repitiéndola el pueblo. Concluida ésta, se predicaba. Lo hacían alternando los dos Padres por dos días. Acabado el sermón, se cantaban otras letrillas en bascuence y concluidas éstas, echaba la bendición en bascuence con la cruz de la procesión como de los Misioneros, desde el altar».
En la Ilustración con el Sagrado Corazón. Según el gran especialista Domínguez Ortiz, los dos tipos de eclesiásticos más populares en la España del siglo XVIII fueron el obispo caritativo y el fraile misionero. El movimiento misionero, que había surgido con todo vigor, a fines del siglo anterior, llegaba a alcanzar un rotundo éxito entre nosotros en la centuria ilustrada. El influjo al parecer vino, como tantas otras veces, desde el extranjero. Marín Hernández, al estudiar la historia de los seminarios diocesanos, precisa la importancia de las instituciones creadas por San Vicente de Paúl, que estrechaban en su actividad junto a la formación sacerdotal ésta de las misiones populares.

El teatino elgoibarrés Gaspar de Oliden, envuelto un poco en las ideas de reforma moral del momento, predicaba incansable el Acto heroico o Voto de ánimas. Su obra, publicada en Alcalá (1732), «Diálogos del Purgatorio», le introduce entre los tópicos misioneros que hay que redimir y recuperar al menos desde el punto de vista histórico. Benedicto XIII, le distinguió con su amistad personal y por Carlos II, que le propuso para la mitra de Gerona, a la que él rehusó.

Pero el vasco que desarrolló de forma sin par el segundo tipo de eclesiástico apuntado más arriba sería el jesuita Pedro Catatayud (Tafalla 1689- +Bolonia 1773), que alcanzaría merecida fama en la mitad del siglo. Gozador de libros y de estudios, después de cursar retórica, filosofía, derecho civil en Tafalla, Pamplona y Alcalá, volvía a Pamplona para estudiar teología. Su vocación de misionero popular despertó aquí al contacto con dos de sus profesores, los jesuitas Juan de Compoverde (1658-1757) y Sancho Granado (1664- 1734), que después de sus clases recorrían las calles y plazas para enseñar la doctrina cristiana a niños y gente ruda.

Pero sería, sobre todo, el P. Juan de Abarizqueta, quien durante el trienio 1719-1721 por Salamanca y Zamora le introduciría en este tipo de misiones. Navarra, Castilla, Asturias, Valencia, Andalucía... quedaban sometidas ante su palabra, más épica que lírica, más tremendista que acogedora. Feijoó y sus contemporáneos le alabaron, pero no tanto los historiadores. Por ejemplo, Sauguieux, después de señalar su espíritu animoso y entregado, destaca su intransigencia. En efecto, Calatayud, propenso a la apologética y a la polémica, se nos presenta como paradigma de la escuela jesuítica adicta a una visión pesimista del hombre. Además su predicación, observaba los cánones más estrictos de la Compañía de entonces: denunciar la decadencia moral existente e intentar reformarla. Sus «Prácticas» no obstante fueron escritas como cauce y ejemplo de misiones del Setecientos. Durante cuarenta y siete años, hasta 1767, en que salía desterrado en unión de sus hermanos por Carlos III, todo el país había servido de teatro al celo de sus misiones y ejercicios espirituales. Introducida la devoción al Corazón de Jesús, sobre todo, a partir de 1733 con la promesa hecha al P. Hoyos de «Reinaré en España», Calatayud se entregaba con ardor a propagarla, fundando además las congregaciones del Sagrado Corazón de Jesús, muriendo meses antes de la supresión de la Compañía.

Unido al anterior, con lazos vascos y jesuíticos, Agustín de Cardaveraz (Hernani 1703- +Bolonia 1770), nos ofrece una inmejorable hoja de servicios a la causa de estas misiones populares y tantas veces en la lengua del país. Ya desde su noviciado y bajo la dirección de Juan de Loyola se adentró en la devoción al Corazón de Jesús. Al parecer recibió de éste especiales dones místicos en sus años de seminario, manteniendo asimismo copiosa correspondencia con Bernardo de Hoyos. Después de algunos años de docencia en Bilbao, Pamplona y Oñate, se consagraba de lleno a la predicación por toda Euskalerria. La mayor parte de sus escritos piadosos y lingüísticos los publicó en lengua vasca, ocupando un lugar distinguido en la filología euskalduna. Con Diego de Cádiz, aunque éste de muy distinto talante espiritual, y su maestro Pedro de Calatayud, Cardaveraz se convierte en uno de los misioneros más admirados del siglo XVIII por su cálida palabra y por su pasión religiosa.
Condensadores de religiosidad popular. Bayona centra nuestra atención. Vaillet nos ha conservado el recuerdo de la misión que Monseñor de Prielé encargó a Bayona en 1682 por el P. Gaune, capuchino. El siglo XVII fue testigo de varias otras misiones que se organizaron en toda la diócesis. La más memorable tuvo lugar en Bayona en 1775. Se plantó una cruz en la plaza Bourgeoise contra el parapeto del Réduit.

Congregation de Missionnaires de Hasparren. Fue fundada en 1821 por Mgr. D'Astros para las misiones en parroquias de habla vasca. Su fundador real fue el abate Jean Pierre Garat, natural de Hasparren, que murió en 1846 en olor de santidad. La casa de estas misioneras se estableció primeramente en Bayona. Fue luego trasladada a Larresoro y finalmente a Hasparren (Lab.). El voto de obediencia y pobreza se hacía por un año. Disuelta la congregación en 1830 reapareció en 1833 adoptando sus reglas Michel de Garicoits. En 1840 Mgr. Lacriox abolió los votos. Hacia fines de siglo el abate Arbelbide, de Çaro (B. Nav.) ensayó de transformar la obra del abate Garat en Congregación autónoma pero fracasó ante la oposición de la autoridad diocesana.

El franciscano Juan José Areso (Bigüezal 1797- +Saint Palais-Bayona 1878), restaurador de la Orden franciscana, antes que franciscano había llegado a sacerdote, a abad de Bigüezal, su pueblo, y a beneficiado de Lumbier. Finalizado en 1825 su noviciado en Olite, desde 1826 al 1836 le dedicaban sus superiores a las misiones populares por los pueblos de Navarra. En 1837 al llegar a Bayona, camino de Génova, adonde debía embarcar para América como misionero, recibía una carta del General de la Orden, Bartolomé Altemir y Paul, desterrado éste en Burdeos, quien le comunicaba desistiese de su viaje pues sus Américas estaban aquí. Su estancia en Bayona se iba a prolongar «temporalmente» once años (1837-1848), con un destierro en Pau, por razones políticas, al trabajar entre españoles desterrados a Francia. 1848, el año de las verdaderas revoluciones, le llevaba a Jerusalén y a Egipto, vía Roma, para recibir de repente nueva orden del General de restaurar la Orden en Francia. En junio de ese año volvía a Bayona, para ejercer con verdadero éxito su cometido. Ganadas para su causa las mejores plumas francesas, organizaba toda una campaña propagandística en favor de la restauración de los colegios misioneros franciscanos en Francia y en España. El país vecino comprendía no sólo las razones religiosas urgidas por Areso, sino las políticas, toda vez que los misioneros franciscanos podrían ser excelente prolongación de la cultura francesa en las misiones extranjeras donde estuvieran. Mientras tanto la torpe política española del momento no llegaba a comprender estas ventajas, dejando en vía muerta las iniciativas de Areso al respecto. A años de desbordante actividad en todos los campos, cuya consideración nos llevaría lejos, siguieron otros difíciles, retirado en el convento de Saint Palais, cerca de Bayona, donde a lo largo de su dilatada vida, también había publicado desde aquí la mayoría de sus obras: Cartas cristianas (1838), Obsequio católico (1839), Grito de religión (1839), Cartas morales (1841).

Otro forjador del temple católico vasco del siglo XIX, tan nombrado como poco estudiado también en este aspecto de misionero popular, lo es el canónigo donostiarra Vicente Manterola. Su fama de orador, además de traspasar las provincias hermanas, llegaba a penetrar en la misma Corte, predicando a Isabel II en el Palacio Real de Madrid y aludiendo sin empacho a sus extravíos. Su fervor sobresalía también no sólo en los sermones dirigidos a las Juntas Generales de la provincia de Guipúzcoa, sino también en las mismas fiestas patronales de San Prudencio en Vitoria en 1865. Allí llama la atención, en particular, sus alabanzas a la independencia de las provincias vascongadas, jamás conquistadas y a la bondad de sus costumbres. Las ideas sobre la lengua vasca, aunque pudieran hacernos sonreír hoy, bien pudieran traerse aquí, como signos -que significan- de toda una época: «No temo ser exagerado, M. N. y M. L. Provincia, cuando aseguró que allí donde se hable el vascuence, es imposible la idea panteísta que, en su horrible desnudez, es la resurrección de la idea pagana (...). Es una lengua en que la blasfemia es imposible, una lengua que jamás se ha visto salpicada por la inmunda baba de Satanás. No, jamás se ha blasfemado en vascuence. La blasfemia es antiforal, porque es antirracional y anticristiana». La manipulación de los fueros, pues, está unida estrechamente a la de catolicismo, como conceptos inseparables, en los escritos y en las prédicas de Manterola, de Rodríguez de Yurre, de Balbuena, de la clerecía vasca, desde y antes de la mitad del siglo XIX.
Entre el ocaso isabelino y la Restauración. Si el magistral de Vitoria, entre otros, llama la atención por la fuerza de su palabra y dinamismo, también con carácter de misión popular él mismo fundaba además la «Sociedad de propagación de buenos libros» para el País Vasco, como para toda España, y las Conferencias de San Vicente de Paúl, con notables incidencias en la vida religiosa.

Por su parte el primer pontificado del obispo de Vitoria (1861-1876) arroja la cifra de treinta y dos misiones en la diócesis, dadas saltuariamente hasta 1872, inicios de la II.ª carlistada. El mayor índice de poblaciones «reevangelizadas» durante el período se da en la provincia de Vizcaya, con 13 en total, seguida de Guipúzcoa con 10 y de Alava con 9. La medida de la reevangelización consistía en la administración, tangible y medible de los sacramentos de la reconciliación y eucaristía. Las crónicas del Boletín Oficial de la Diócesis de Vitoria, fundado por el primer obispo, Alguacil y Rodríguez (1861- 1875), gustaban de subrayar los mínimos detalles de toda una cosmovisión religiosa: tropas de hombres rezando por la noche, oraciones de dos horas y media al toque de campanas, comuniones generales de 1.800 niños, otras sólo para hombres de 1.400, otras de mujeres, sin poder calcular. Junto a estos datos, el incremento poderoso, a veces espectacular, de las colectas para el Vaticano -«el óbolo o donativo de San Pedro»-, en las que la sede de Vitoria y de Pamplona, después Bilbao y San Sebastián, habrían de destacar siempre, en relación con las del resto de España por su generosidad.

Y como pioneros infatigables por estos caminos de la misión popular, aunque no únicos, los jesuitas en quienes los distintos prelados depositaban toda su confianza. Incuestionablemente la Compañía de Jesús respondía a los objetivos propuestos en tales misiones, dejando al descubierto con mayor intensidad que ningún otro grupo eclesiástico las amenazas de un protestantismo proselitista admitido con la introducción de la Constitución de 1869. Loyola, en el corazón geográfico de Guipúzcoa y de Euskal Herria, ya se había convertido a lo largo del ochocientos y después en nuestro siglo en condensador de gran parte de la religiosidad popular. A pesar de las vicisitudes de expulsiones y supresiones de la Compañía, la influencia en este sentido de las comunidades jesuíticas de estas provincias, que seguían siendo las más numerosas y densas de España, será muy fuerte.
Desde Azcoitia las predicaciones del P. Garciarena, rinden servicios eficaces a la política de Carlos VII y mantenían enfervorizados en la fe católica y en el carlismo a los baserritarras de estos valles, muy a pesar de su provincial Cumplido, quien en carta desde Madrid le decía, directo e imparable: «Prudencia con eso de predicaciones por ahí, y no se deje Ud. arrastrar del santo celo de nadie, quoniam dies mali sunt» (19-II-1872). Y dos meses más tarde su socio, Balbino Martín, en nombre del provincial también, volvía a insistir de nuevo: «Don Félix (Cumplido) me encarga decir a Ud. así: que no quiere ni ejercicios, ni versos, ni nada de nada» (20-IV-1872).

Por lo que se refiere a Vizcaya, la residencia de Bilbao contaba con dos magníficos oradores que predicaban de ordinario en la iglesia de Santiago. El P. Arcaya lo hacía en castellano y el P. Goicoechea en euskera. El primero, él mismo, nos habla de sus sermones en Portugalete, Orduña y Begoña, de las exaltadas conmemoraciones en honor de Pío IX y de la peregrinación a la Virgen de la Antigua, patrona de Orduña, que había acabado con vivas al Papa, a la Virgen, a la Compañía y al mismo predicador. Sus Memorias nos señalan que predicó con tanta vehemencia en Azcoitia que los caseros, que solían salirse de la Iglesia cuando se predicaba en castellano, se quedaban no obstante a oír todo el sermón de Arcaya.

De Durango salían tres jesuitas para dar tandas de ejercicios y misiones populares, en Zornoza, Bedia, Elorrio, Yurreta, Vergara, Eibar, Elgóibar, Lequeitio... Se trata de Garagarza, Olano y Goiriena, conocidos además por sus trabajos en el hospital y cárcel de Durango.

Con la Restauración alfonsina llegaba a esta diócesis como pontífice de las tres provincias, Sebastián Herrero y Espinosa de los Monteros (1877-1881), segundo obispo de Vitoria. Recorría los cuatro puntos cardinales de su diócesis, a fin de restañar las heridas producidas por la guerra civil (1872- 1876). Conforme a la mentalidad del momento su visita llevaba la preocupación de la administración de la confirmación, por largo tiempo abandonada, dadas las circunstancias bélicas, amén de las enfermedades del obispo anterior. Sorprenden sus maratonianos viajes del 1877 y 1878 y asombran las asambleas litúrgicas vascas de aquellos años por el alcance de las multitudes que asistían.
Las grandes misiones de Vitoria (1951) y del Nervión (1953). Aquel mecanismo de control religioso-social, que conocemos para otras épocas con el nombre de Inquisición, desemboca después de nuestra última guerra ( 1936-39) en un poderoso mecanismo también religioso-social con las mismas esencias del siglo XVI, llamado «nacionalcatolicismo». Dentro, pues, de exultantes cantos, con las mieles del Concordato en torno, se levantaban otras tantas Misiones populares «de aplauso y amén» para todas las diócesis.

De entre ellas, sobresale la gran misión de la ciudad de Vitoria (1951), prototipo de otras tantas de la misma Euskal Herria. El obispo Bueno Monreal organizaba esta Misión para los 52.000 vitorianos con que contaba entonces la ciudad con la intención de que todos los vitorianos entraran en ella. «El Pensamiento Alavés» sacudía a los vitorianos, alaveses y vascos en general con las cabeceras sensacionalistas de sus artículos sobre la Misión en primera página siempre, así: «En vísperas del gran día.-La Virgen de Fátima llegará a Vitoria para presidir la renovación del espíritu cristiano de nuestro pueblo. -Alocución del Excmo. Prelado.-Todos en sus centros. -Todos en la procesión». Y para que todos reanudaran el camino hacia sí mismos, Bueno Monreal salía en su «Carta» contra aquéllos que pensaban que la Misión «no era más que para los pobres y para los humildes». La Misión, pues, duraba 15 días, impartida por 150 misioneros que de antemano habían recibido notificación minuciosa del número de fieles de su centro, su categoría social, los problemas que importaba abordar o las dificultades con las que podían tropezar, etc. Al término de cada jornada, cada centro enviaba a la Secretaría general su «parte de guerra» donde se detallaban todos los pormenores. Sólo así podemos hoy sacar las sumas significativas de toda una época. Por ejemplo, las comuniones repartidas el último día de la Misión pasaban con mucho de 30.000 que, descontados los niños, daban el TODO en una ciudad de 52.000 habitantes». Unido a este broche final se habían organizado otras 30 procesiones eucarísticas, pero a lo largo de los quince días «las procesiones habían transformado en templo toda la ciudad». La noticia se incrementaba con las cifras siguientes: una suma de 4.000.000 rosarios cantados de la aurora, 360 procesiones eucarísticas y marianas, 200 altavoces, 5.000 carteles murales, 13.200 cartas dirigidas por Bueno Monreal a las familias vitorianas, 70.000 estampas de la Virgen de Fátima... «Una ola huracanada en nuestra ciudad», advertía con énfasis el citado «El Pensamiento Alavés», mientras «cantaban los hombres» -decían los predicadores-, «todos los hombres de Vitoria».

Dos años más tarde, igualmente exótica y flamígera, llegaba la misión del Nervión. «Ecclesia» con un impresionante reclamo fotográfico lo recordaba así: «porque esta misión general de la diócesis vizcaína ha sido la de las multitudes. Se dice que puede considerarse como la mayor de las celebradas en España y la que ha afectado a más demografía geográfica. Vayan por delante las cifras del número de misioneros, que ascendió a 300 y la de los asistentes que sobrepasó a los 200.000». Asimismo la palabra misional se propagaba a través de 1.600 altavoces, con 122 centros misionales, mientras una cruz luminosa de 30 metros de altura abrazaba la andadura misionera vizcaína, desde Galdácano a Santurce, lo que representaba las cuatro quintas partes de la población diocesana.

En general

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  • MERINO, M., Misioneros agustinos en el Extremo Oriente (1565-1780). Madrid, CSIC, 1954, 518 pp.
  • MONDREGANES, P. M., Manual de Misionología, Madrid, Ediciones «Pro Fide», 1947, 578 pp.
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En particular

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  • OMAECHEVARRIA I. M., Un vasco entre los protomártires japoneses. Bilbao 1962
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Francisco RODRÍGUEZ DE CORO