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Literatura vasca

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Toda consideración histórica sobre la literatura vasca debe partir de una descripción, siquiera mínima, del marco lingüístico y socio-cultural en que esa literatura nace y se desarrolla. En el caso vasco es necesario además, ya en el punto de partida, hacer una distinción clara entre una literatura oral rica en cantidad y calidad y con una poderosa vigencia en el interesante fenómeno del bertsolarismo, y una literatura escrita tardía, escasa y generalmente de no muy alta calidad. Pero esta caracterización, aparentemente peyorativa, de la literatura vasca escrita podría ser mal interpretada, si no se la entiende precisamente en ese contexto al que acabamos de referirnos.

Y en primer lugar, la situación misma de la lengua vasca. El euskara es una lengua minoritaria en su propio País Vasco, sometida a una fuerte presión diglósica por dos lenguas tan poderosas como el español y el francés, fragmentada en dialectos y subdialectos, y que sólo en los últimos años ha entrado, por lo que a la lengua escrita se refiere, en un proceso serio de unificación. La existencia en tales condiciones lingüísticas de una literatura escrita es poco menos que un milagro, que sólo se explica desde esa admirable lucha del euskara, o mejor, del pueblo euskaldún por sobrevivir. La historia de la literatura vasca, cuyo protagonista esencial es la lengua misma, se convierte así en la historia del euskara escrito, de modo que sólo en una época muy tardía -último tercio del siglo XIX- se puede hablar, sobre todo por lo que a la prosa se refiere, de una escritura euskérica literaria, autónoma, diferenciada de otras escrituras -religiosa, lingüística...-, y con un estatuto socio-cultural específico. Además, como acertadamente ha señalado Mitxelena, "la literatura vasca nunca ha llegado a ser expresión total de la vida del pueblo vasco". La verdad de esta afirmación queda patente si se contempla el fenómeno literario vasco desde la perspectiva del lector. ¿Quiénes han sido, a lo largo de la historia, los lectores de la literatura euskérica?. Lectores potenciales, todos los euskaldunes, todos los vascoparlantes. Pero, ¿lectores reales?. Porque, en el caso del euskara, la situación hasta época muy reciente ha sido que los euskaldunes monolingües, es decir, que sólo hablaban euskara, eran analfabetos, mientras los euskaldunes alfabetizados eran al menos bilingües, es decir, conocedores, además del euskara, del latín, o del castellano o francés.

La literatura euskérica nunca ha sido la única literatura accesible para vascoparlantes alfabetizados -que podían y sabían leer literatura-, puesto que conocían al menos otra lengua, mientras que los que no tenían acceso a otra literatura -latina, castellana o francesa- por desconocer la lengua, tampoco lo tenían de hecho a la literatura euskérica, a pesar de conocer el euskara, por la simple razón de que eran analfabetos. Esta pluralidad se da no sólo desde la perspectiva de la recepción literaria, sino también desde la de la creación. Siempre ha habido en el País Vasco una literatura castellana y francesa escrita por vascos. La cuestión es decidir cuál es el sistema literario al que esas obras deberán ser adscritas. La respuesta más lógica parece, al menos en muchos casos, decir que se trata de obras que sólo se pueden explicar inscritas en el marco de las literaturas castellana o francesa. ¿Hay que reservar entonces el nombre de literatura vasca únicamente para la literatura escrita en euskara?. Es una cuestión polémica en la que no vamos a entrar, al menos en este momento de nuestro estudio. De cualquier manera, si hablar de literatura "vasca" podría en algún caso resultar ambiguo, tal vez convendría hablar de la literatura o las literaturas de los vascos. Porque, desde la perspectiva de la creación, la vida literaria del País Vasco se explica no sólo desde lo escrito en euskara, sino también en las otras lenguas que prácticamente desde que existen se inscriben en el patrimonio cultural de Euskal Herria.

Remitimos al lector a la monografía dedicada a cada provincia. No hay estudios sobre la recepción de la literatura vasca, ni actual, ni mucho menos pasada, pero la situación socio-lingüística del euskara y el grado de formación cultural de los vasco hablantes relativiza fuertemente las posibilidades de existencia misma, pero sobre todo de recepción de lo escrito en euskara. Aunque por otra parte hay datos de que en ocasiones la recepción de los textos euskéricos era oral y no escrita. Así por ejemplo en el siglo XVIII los párrocos leían en la iglesia a sus feligreses las obras de Kardaberaz o Mendiburu, y es de suponer que lo mismo ocurriría en el XVII con el Gero de Axular o las traducciones euskéricas de otros ascéticos y de piedad. También la diversidad dialectal del euskara y la ausencia hasta hace muy pocos años de un modelo de lengua "standard" unificada marca un aspecto más de esa problemática situación lingüística en la que la literatura euskérica ha debido surgir y desarrollarse. De hecho, la historia del euskara escrito registra la incorporación sucesiva y el protagonismo literario según las épocas de diferentes dialectos: labortano y suletino, guipuzcoano y vizcaíno.

Hay, por fin, otro dato que es necesario tener en cuenta, si se quiere entender desde dentro el desarrollo histórico de la literatura vasca. Euskal Herria está de hecho dividida políticamente en dos partes -la peninsular y la continental, para usar una terminología hoy en boga- adscritas a los estados español y francés. Esta especial configuración política del País Vasco tiene una consecuencia evidente en lo social, cultural y lingüístico, y la literatura no puede ser ajena a esta situación, aunque tampoco se pueda decir que la refleje mecánicamente. De hecho, algunas vicisitudes en el desarrollo de la literatura euskérica a lo largo de su historia -el paso del protagonismo literario del continente a la península, el predominio como lengua literaria de un dialecto determinado, etc.- deberán ser explicadas desde esos distintos contextos socio-políticos y culturales en que el hecho literario vasco aparece inscrito.

Uno de los problemas más complicados a los que se ha de enfrentar el historiador de la literatura vasca es, sin duda alguna, el de la periodización, es decir, poder distinguir partes homogéneas en esa raya continua en el tiempo que es el desarrollo y la evolución de un sistema literario, y agrupar obras, autores, géneros o tendencias desde criterios estético-culturales y socio-literarios, y no de mera sucesión cronológica. Desde mediados del XVI, en que arranca la literatura vasca escrita, hasta finales del XIX, la historia de las literaturas occidentales es explicada a partir de períodos o movimientos literarios como Renacimiento, Barroco, Neoclasicismo, Romanticismo, Realismo-Naturalismo, etc.

No sería muy difícil encontrar algún escritor vasco que pudiera ser adscrito, sin demasiada artificiosidad, a cada uno de los períodos citados: si Leizarraga es un hombre del Renacimiento, Axular entronca decididamente con la literatura ascética barroca, y Oihenart es, sin lugar a dudas, un neoclásico. Más evidente aún parece el romanticismo de nuestros poetas del XIX -de Etxahun a Bilintx, pasando por Elissamburu o Iparraguirre-, y en cuanto al realismo, ahí está la literatura costumbrista, que empieza a cultivarse a caballo entre el XIX y el XX. Aun dando por válida esta apresurada y no demasiado rigurosa adscripción, apenas habríamos resuelto nada de los verdaderos problemas que surgen a la hora de plantearse una descripción histórica mínimamente sistematizada de la literatura vasca. Esto explica a lo mejor esa especie de salida por la tangente de la mayoría de los historiadores de la literatura vasca, que se limitan a organizar el material desde algo tan neutro y vacío de pertinencia literaria como es la mera sucesión y el cambio literario. Además, en el panorama actual de la reflexión literaria, está cada vez más aceptada la idea de que la literatura no puede ser simplemente la historia de los autores y las obras; más que de literatura, habría que hablar de vida literaria, donde es de capital importancia la recepción de las obras por parte del lector, así como el conjunto de mediaciones sociales que constituyen el circuito de la comunicación literaria desde el autor hasta el lector a través del texto literario.

En el caso vasco, desde 1545 hay autores y obras escritas en euskara, aunque sólo unas cuantas -hasta bien entrado el siglo XIX- son adscribibles a los grandes géneros literarios tradicionales. Si hay literatura, no hay en cambio una vida literaria mínimamente institucionalizada en el interior de la vida social y cultural vasca. Y es precisamente un proceso de institucionalización creciente lo que marca, a partir del último tercio del siglo XIX, una etapa cualitativamente diferenciada en el desarrollo histórico de la literatura vasca. En el interior de este proceso, Aitzol y la llamada "generación de los olerkariak" -en concreto la poesía de Lizardi, y Lauaxeta sobre todo- sitúan a la literatura vasca, en los años 20 y 30, en el umbral de lo que podríamos llamar la "modernidad", mientras que a partir de los años 60, Aresti en la poesía, Txillardegi y sobre todo Saizarbitoria en la novela, protagonizan la definitiva renovación, formal y temática, de la literatura vasca, cerrándose el ciclo abierto a finales del XIX, e iniciándose una nueva etapa de la literatura vasca, la de su madurez, en esencial sintonía con las demás literaturas del entorno cultural.

La literatura vasca escrita arranca en 1545 con un librito de Bernat Etxepare , titulado Linguae Vasconum Primitiae y que está constituido por un conjunto de dieciséis poemas, de temática amatoria y religiosa fundamentalmente, además de un poema en que el autor nos cuenta su estancia en prisión, y otros dos de elogio y defensa del euskara. Ese carácter tardío que los estudiosos señalan como una de las características de la literatura vasca estaría ya presente desde los mismos orígenes. No sólo por la fecha de aparición de la primera obra escrita en euskara -mediados del XVI-, cuando las literaturas vecinas -española y francesa- conocen ya un desarrollo literario amplio en cantidad e importante en calidad, sino porque el universo de Etxepare sería, en el declive casi del Renacimiento europeo, un testimonio epigonal y arcaizante de una visión del mundo y de unas actitudes poéticas típicamente medievales. Los estudiosos de Etxepare no han podido menos de señalar las al parecer patentes analogías entre nuestro autor y el medieval y vitalista Juan Ruiz. Y es evidente que el párroco de Eiharalarre y el arcipreste de Hita tienen en común aconteceres biográficos -ambos son clérigos, ambos han padecido prisión, injustamente según propia confesión- y, lo que sería más significativo, características poéticas.

En Linguae Vasconum Primitiae, igual que doscientos años antes en el Libro de Buen Amor, se combina el tema religioso y el profano, el amor divino y el mundano, y una indudable profesión de fe religiosa y de devoción mariana se hace compatible con la descripción realista y exaltada del amor carnal, aunque éste aparezca en última instancia relativizado no ya por su propia problematicidad, sino sobre todo por una instancia moral que tiene su fundamento absoluto en la condición religiosa y en la fe de sus autores. Este innegable paralelismo con el arcipreste castellano y el indudable tono arcaico que tiene la poseía de Etxepare -más que en lo lingüístico mismo, en el tratamiento incluso de los recursos métricos y estilísticos- ha llevado a los críticos a señalar el evidente medievalismo de nuestro primer poeta. Y sin embargo Bernat Etxepare es un hijo de su tiempo, es decir, de la Europa renacentista en la que vive. La razón primera y última de su escritura poética -la reivindicación del euskara en un plano de igualdad de posibilidades expresivas con las otras lenguas- es de raíz típicamente renacentista: la defensa de las lenguas nacionales, frente a la antigua hegemonía del latín como lengua europea de cultura. Lo que Juan de Valdés para el español o Du Bellay para el francés, es Bernat Etxepare para la lengua vasca; aunque su defensa del euskara no es teórica, sino práctica, y explicitada sobre todo en los dos poemas dedicados a su elogio.

En cuanto al pretendido realismo de los poemas amatorios de Etxepare , queda a nuestro juicio relativizado, si tenemos en cuenta que los motivos, la técnica del debate o la recuesta de amor, la descripción de la mujer, inexistente casi y cuando se da, desindividualizada, responden exactamente a la tópica de la tradición lírica provenzal y de la poesía de cancionero. Y es en esta tradición poética donde deberían estudiarse las fuentes de la poesía amorosa de Etxepare , mejor que en el exuberante vitalismo del medieval Juan Ruiz. Bernat Etxepare es el primer escritor vasco cuya obra ha llegado hasta nosotros. Y aquí radica sin duda su interés principal desde la perspectiva de la historia de la literatura vasca. Desde un punto de vista crítico hay que decir, frente a los que han negado toda calidad estética a su poesía, que Etxepare es un buen poeta; si no el mejor, sí al menos uno de los mejores que ha dado hasta hoy la literatura vasca. Su obra poética, a pesar o tal vez por ese sabor arcaico que tiene, marca una conciencia poética lúcida y relativamente desarrollada, sobre todo si tenemos en cuenta que el escritor maneja un material lingüístico -el euskara- que apenas ha recibido el tratamiento específico de los usos cultos y sobre todo del uso literario. A pesar de que nos consta que hubo otros poetas euskéricos además de Etxepare , pero cuya obra, hoy por hoy, nos es desconocida. La tradición poética popular, de la que tan próxima está la poesía de Etxepare, sobre todo en lo métrico, ayuda seguramente a explicar esa paradójica "maestría rudimentaria" que demuestra en sus poemas el primer poeta vasco. Y sin embargo, esa entusiasta y digna salida del euskara a la plaza del quehacer literario y más en concreto poético es, en la práctica, un clamor en el desierto.

Tienen que pasar más de cien años, exactamente, hasta 1657, para que la historia de la literatura vasca registre el nombre y la obra de otro poeta: Arnaut de Oihenart y su libro Asotitzak eta Neurtitzak. Oihenart, hombre de leyes, miembro del Parlamento de Navarra, historiador, humanista y poeta, tiene una significación muy específica en la literatura euskérica. En primer lugar, porque es el primer seglar que se dedica al cultivo literario del euskara y a la poesía. Después, porque en Oihenart encontramos la primera reflexión sobre la literatura vasca y, si resulta excesivo hablar de una teoría crítica sobre la poesía, su breve ensayo L'Art Poétique Basque, escrito en 1665, aunque inédito hasta trescientos años después, supone en el autor una conciencia clara de la especificidad de la escritura poética, y un conocimiento de las teorías y de la práctica poética de otras literaturas -latina, francesa, italiana, española-, así como de la necesidad, demasiado teórica seguramente, de orientar la poesía vasca en la dirección de las poéticas vecinas. L'Art Poétique Basque está escrito a modo de carta en que el autor, respondiendo a un cura de la región de Zuberoa sobre el modo de hacer poesía en euskara, aprovecha la ocasión para exponer sus teorías y proponer una renovación de la poesía vasca. No nos interesa aquí la cuestión de si se trata de una carta real o de un mero recurso literario. Lo importante es el intento renovador de Oihenart, sus razones y las causas de su fracaso.

Metido ya en la segunda mitad del XVII, Oihenart encarnaría ese espíritu racional del clasicismo francés, desde el que la rudimentaria, poco cuidada e "inculta" exhuberancia de escritores como Etxepare o los poetas populares vascos, debe ser sometida al control de la razón, del buen gusto y de las normas. Y nada mejor para ello que seguir los modelos de otras literaturas más desarrolladas y cultas que la vasca y que son no sólo la francesa, italiana o española, sino sobre todo por razones de analogías fónicas y métricas con el euskara la latina medieval. No cabe duda de que la voluntad de Oihenart de abrir la incipiente poesía vasca a los modelos poéticos y métricos de otras literaturas cultas más desarrolladas nacía de una visión lúcida y certera del panorama y las posibilidades del euskara como lengua poética. Pero fue demasiado rígido en sus planteamientos, al rechazar la tradición y las formas poéticas, no ya de la poesía tradicional, sino de los poetas cultos que, como Etxepare , habían incorporado a su poesía las formas métricas populares. Y por otra parte su poesía, más cuidada y purista que la de Etxepare, no tiene ni la profundidad ni el vigor de éste y resulta en ocasiones artificial. La razón está seguramente en lo que ya apuntó hace tiempo Mitxelena: Oihenart es más un versificador hábil, profundo conocedor de la lengua y de los recursos métricos, que un poeta. Hay más técnica que alma en los poemas de juventud que Oihenart recoge, junto a una colección de refranes con su traducción francesa, en su libro Asotitzak eta Neurtitzak.

De cualquier manera, junto con el iniciador Etxepare, Oihenart asegura la continuidad histórica de la poesía vasca hasta la floración romántica del XIX, ya que en el XVIII el panorama poético vasco es más bien pobre y no ofrece demasiado interés. Es, sin embargo, la tradición popular y Dechepariana la que marcará el rumbo de la poesía vasca, mucho más que los intentos renovadores, legítimos originariamente, pero demasiado miméticos y artificiosos de Arnaut Oihenart.

Los primeros testimonios de prosa en euskara son casi contemporáneos de la obra poética de Bernart Dechepare, aunque no son resultado de un empeño específicamente literario, sino más bien religioso y proselitista; ni siquiera se trata de un trabajo de creación, sino de una traducción del Nuevo Testamento, publicada en 1571 en La Rochelle, con el título Jesus Christ Gure Jaunaren Testamentu Berria. Su autor, el labortano Joanes de Leizarraga, sacerdote católico convertido al calvinismo e incorporado activamente a la causa de la reforma calvinista, patrocinada y encabezada por Juana de Albret en sus territorios de la Baja Navarra y del Béarn. Desde la perspectiva de la historia de la literatura vasca, la importancia de esta traducción del Nuevo Testamento está en el esfuerzo de creación y fijación de lengua hecho por Leizarraga. Y él mismo es bien consciente de ello, cuando en un prefacio "a los vascos" (heuskalduney) plantea de manera lúcida el problema lingüístico al que se enfrenta el escritor euskérico: "La lengua en que he escrito es una de las más estériles y diversas, y totalmente desusada, al menos en traducción (...). Todo el mundo sabe qué diferencia y diversidad hay en Vasconia en la manera de hablar casi hasta de una casa a otra". Leizarraga opta por un lenguaje cuyo componente básico es su dialecto labortano, con algunos elementos de suletino y bajo navarro. Y el resultado es notable, porque, al decir de los especialistas, parece que estuviéramos ante una lengua normalizada por largos años de práctica literaria.

Con Joannes de Leizarraga se inicia en la literatura vasca un proceso largo en el tiempo y de una especial complejidad lingüística, que es exactamente el nacimiento y desarrollo de la prosa literaria euskérica, proceso que es en sustancia análogo al ocurrido en otras literaturas: la prosa literaria va surgiendo a través de obras que no pertenecen de suyo a los géneros literarios tradicionales, para derivar más tarde hacia formas y tipos textuales propiamente literarios, es decir, los diferentes subgéneros narrativos. A partir de Leizarraga, es la prosa religiosa y ascética el canal que va encauzando el trabajo de los escritores euskéricos por crear y fijar un modelo de lengua literaria. Pero con alguna característica específica en el caso vasco. La primera, que el proceso es más largo que el que se da en otras literaturas, ya que hasta el XIX no aparecerán los primeros testimonios de prosa narrativa, y una forma épica por excelencia como es la novela no surge prácticamente en la literatura vasca hasta el siglo XX. La segunda característica es la diferenciación dialectal del euskara y la ausencia de un modelo de lengua unificada. De ahí que el escritor euskérico se vea enfrentado, con anterioridad a una opción típicamente literaria como es la del estilo, a un problema previo: el del modelo lingüístico mismo, dentro de las múltiples posibilidades que los diferentes dialectos ofrecen en teoría al escritor. En ese lento camino de la prosa euskérica hacia las formas narrativas, vamos asistiendo además a la incorporación de los principales dialectos vascos -labortano y suletino, guipuzcoano y vizcaíno- a la categoría de lenguas literarias.

La región de Laburdi y concretamente la zona de Donibane-Lohizune-Sara-Ziburu conoce en el siglo XVII una actividad literaria, o mejor de escritura en euskara, sin precedentes en el siglo anterior, que marca decisivamente la historia de la literatura vasca, y da, como fruto principal, una de sus obras más importantes: Gero, de Pedro de Axular. Esta actividad ha sido recogida por algunos historiadores de la literatura vasca bajo el pomposo título de "Escuela de Sara", apelativo éste que, analizado con objetividad, no parece demasiado riguroso, por dos razones principales: en primer lugar, porque no se trata de un movimiento propiamente literario, ya que lo que anima al grupo de eclesiásticos y algún laico instruido que se reúnen con Axular, cura párroco de Sara, a la cabeza, es un propósito primariamente religioso y de catequesis: cómo alimentar espiritualmente al pueblo fiel, sobre todo al que tiene un cierto nivel de instrucción, y qué papel puede y debe jugar la lengua de ese pueblo, el euskara, en este trabajo catequético.

En segundo lugar, el término de "escuela", tal como es entendido hoy en historia literaria, resulta excesivo para calificar la conciencia literaria, los propósitos y las obras de los autores que se suele adscribir a la tal "Escuela de Sara". Pero es evidente que el fenómeno supone un punto importante de inflexión en el desarrollo de la prosa euskérica y en una incipiente conciencia de sus posibilidades expresivas y literarias. La importancia del Gero de Axular o del Manual Devocionezkoa de Etcheberri de Ziburu frente al Testamentu Berria no está sólo en las características intrínsecas de esas obras -originales las dos primeras, traducción la tercera-, sino en el contexto en que se justifican y se escriben. La prosa euskérica se enfrenta por primera vez a un trabajo de creación, aunque en ambos casos -Axular y Etcheberri- se trate de obras ascéticas y de doctrina religiosa, y no propiamente de creación literaria. El hecho de que Etcheberri de Ziburu haya escrito su extenso, sólido y teológico tratado en verso, si a juicio del propio autor se justifica pedagógicamente por la afición del vasco a los versos, demuestra por otro lado la capacidad de Etcheberri para dominar no sólo la aridez de los temas doctrinales, sino un material lingüístico apenas manipulado literariamente, hasta adecuarlo, y con aciertos parciales excepcionales, a la estructura rítmica y métrica del verso. Gero (1643), de Pedro de Aguerre Azpilcueta -Axular, por el nombre de su caserío nativo- es considerada como la obra cumbre de la literatura vasca: "príncipe de los escritores vascos", llama Etxeberri de Sara a Axular, ya en el s. XVIII y Luis Villasante puede decir con toda razón que "el Gero de Axular es (...) una de las pocas piezas maestras (...) que ha producido la literatura vasca". Es un tratado ascético, en sesenta capítulos, y su idea central es esa tendencia del hombre a aplazar para más tarde su conversión a Dios.

Son muchos los estudiosos de Axular que han visto en la obra de éste analogías con la famosa Guía de Pecadores, de Fray Luis de Granada. Lo cual no resta desde luego mérito ni originalidad al autor vasco, sobre todo si tenemos en cuenta que en los s. XVI y XVII hay una tópica común en las obras ascéticas de las diferentes literaturas occidentales. Lo importante es que el Gero es resultado de una conciencia lúcida y no meramente individual -el autor-, sino colectiva -el grupo de Sara- de la necesidad de llevar el euskara al uso culto escrito. El Gero y las demás obras que surgen en la época de la actividad de la hoy llamada "Escuela de Sara" no se inscriben directamente en un sistema literario, sino que nacen más bien de una preocupación pastoral, a la que no le es extraña seguramente la recomendación del Concilio de Trento, un siglo antes, de utilizar las lenguas vernáculas en la catequesis religiosa. Pero sí supone, explícita o implícitamente, una reflexión sobre el euskara y sus posibilidades para la escritura, así como la opción, dentro de las diferentes posibilidades dialectales del vascuence, de un modelo concreto de lengua literaria; que, en el caso de Axular y su grupo será la lengua cotidiana -el dialecto labortano- de la región. Se trata de una lengua de sabor más moderno que la de Dechepare e incluso que la de Leizarraga, y sin llegar a los excesos cultistas de éste.

En los s. XVI y XVII, toda la actividad literaria, al menos la mayor parte y desde luego las obras importantes y significativas, se localizan en la parte norte de Euskalerria, en el país vasco-francés, elevando a la condición de lengua literaria algunos de sus dialectos -el labortano en primer lugar- y también de algún modo el suletino. La principal excepción a este predominio territorial la constituye el descubrimiento en 2004 de la obra de Joan Perez de Lazarraga autor alavés del siglo XVI. Desde que P. Lafitte propusiera una interpretación social de este hecho, la mayoría de los historiadores de la literatura vasca se han limitado a repetirla mecánicamente, sin someterla a revisión, ni siquiera matizarla. Para Lafitte el auge económico y social que conoce la región de Laburdi en el siglo XVII merced a su floreciente industria pesquera y a su comercio con América es la clave última de la floreciente también actividad literaria, desarrollada, como acabamos de ver, por la "Escuela de Sara". De tal modo que, cuando por el Tratado de Utrecht de 1713, Francia pierde Terranova y otros territorios ultramarinos, Laburdi conoce consecuentemente un empobrecimiento económico y una decadencia social y cultural. Y también, claro está, literaria, ya que, sentencia magistralmente Lafitte, "le malheur économique n'est pas favorable aux muses". No deja de ser una interpretación "curiosa" y que además parece que funciona. Pero está viciada de raíz por un craso mecanicismo a la hora de plantearse las relaciones entre el nivel infraestructural de las relaciones económicas y el superestructural de las producciones artísticas y culturales, olvidando el complejo problema de las mediaciones. Y lo religioso -y lo lingüístico- son claves que explican, mejor desde luego que lo propiamente literario, la producción y la recepción de las obras del grupo de Sara.

Dejando a un lado la discutible clave interpretativa de la decadencia comercial y económica de Laburdi, el hecho es que en el siglo XVIII el protagonismo de la actividad "literaria" pasa a Guipúzcoa, y supone el acceso del dialecto guipuzcoano, tras el labortano y suletino en la etapa anterior, a la condición de lengua literaria. Pero junto al dato meramente cuantitativo de que un nuevo dialecto euskérico accede a una práctica de escritura culta, está el dato, cualitativamente pertinente, de una nueva conciencia de la lengua y de sus posibilidades expresivas, que a partir del siglo XVIII cobra una dimensión nueva.

La conciencia de la lengua, que ya desde Dechepare y Leizarraga ha venido funcionando como estímulo y justificación primera de la tarea de escribir en euskara, se hace ahora más refleja, se sistematiza y expresa en obras lingüísticas -gramáticas, diccionarios, apologías de la lengua-, explicitando progresivamente las necesidades y posibilidades de la lengua en la actividad cultural e incluso en la creación literaria. El voluntarismo de Dechepare en el despertar mismo del euskara a la escritura se hace ahora reflexión sistemática y científica, discutible en muchos casos en las apologías de la lengua. Y este esfuerzo por explicitar las excelencias y posibilidades expresivas del euskara -apologías- y sus mecanismos gramaticales y léxicos -gramáticas y diccionarios- es una especie de espina dorsal que recorre la escritura vasca de este período -s. XVIII y XIX- y que va vertebrando esfuerzos de uno y otro género a la historia primera de la formación y desarrollo del euskara literario.

El primer nombre que, por orden cronológico, debemos citar es el del doctor en medicina y humanista Joannes Etcheberri de Sara (1668- 1749). Entre sus obras hay que citar Eskuararen hatsapenak, libro apologético más que didáctico, en el que, si a veces se cae en un elogio más tópico que riguroso de la excelsitud de la lengua vasca, se da prueba también de una gran lucidez en el diagnóstico sobre la situación del euskara y en las propuestas que se hacen para el cultivo literario de la lengua. En una famosa "Carta de recomendación", dirigida al Biltzar de Laburdi -"Lau urdiri gomendiozko carta, edo guthuna"-, Etcheberri proclama la necesidad de la enseñanza del euskara y de su cultivo literario; para lo cual solicita de la junta que gobierna Laburdi la ayuda necesaria para la publicación de los manuscritos que presenta. El Biltzar labortano, sin necesidad de demasiado debate según parece, negó a nuestro escritor la ayuda solicitada y su obra no sólo no se editó, sino que, en parte al menos, se perdió. Afortunadamente los manuscritos de Etcheberri de Sara, con excepción de un diccionario vascuence, latín, francés y español, fueron encontrados por Julio de Urquijo en el convento de los Franciscanos de Zarautz y publicados en París en 1907. Para la historia de la literatura vasca, es importante en Etcheberri de Sara la lucidez con que proclama la necesidad de superar en lo literario la diversidad dialectal y llegar a una lengua unificada. Y para ello, es necesario un modelo -un "aitzindari"-, que, en opinión de Etcheberri, no puede ser otro que Pedro de Axular, el eminente autor del Gero.

Más decisiva, más apasionada también y más polémica es la figura y la obra del jesuita Manuel de Larramendi (1690-1766), sin duda, el eje en el que se apoya y gira la actividad euskérica a este lado de los Pirineos entre los s. XVIII y XIX. El alcance y la significación de la figura del P. Larramendi para las letras vascas adquiere su verdadero relieve en el contexto histórico y cultural de su tiempo, es decir, la Ilustración, en que los problemas generales y la reflexión sobre el lenguaje origen, parentesco lingüístico, lengua universal, etc.- ocupan un lugar importante en el movimiento científico y las preocupaciones intelectuales del momento, desde Feijóo hasta Hervás, pasando por Sarmiento, Mayans o Arteaga. Por otra parte, Larramendi -su espíritu, sus ideas, sus preocupaciones- podría ser considerado como un señalado precursor de los Caballeritos de Azcoitia y de ese fecundo clima cultural que cristaliza, coincidiendo casi con la muerte del ilustre jesuita, en la fundación de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País.

La motivación primera de Larramendi para estudiar y exaltar el euskara y fomentar su uso escrito es fundamentalmente religiosa, más que propiamente literaria. Con ello no se hace sino continuar por la ruta marcada por los prosistas vascos de los siglos anteriores. El prólogo de su Diccionario Trilingüe o la misma Corografía de Guipúzcoa son suficientemente explícitos. Lo que se pretende es promocionar la predicación y la enseñanza religiosa en vascuence, y dignificarlas, mediante un uso riguroso y digno de la lengua. Ahora bien, esta motivación religiosa y catequética funciona históricamente como mediación para la promoción y enriquecimiento del euskara literario en los dos dialectos peninsulares que mayor arraigo y desarrollo habrán de tener después en la literatura vasca, el guipuzcoano y el vizcaíno. Aunque, y más seguramente que en el caso del grupo de Sara en torno a Axular, resulte también excesivo hablar de una "escuela larramendiana", parece indudable que la obra escrita de los guipuzcoanos Cardaveraz, Ubillos y Mendiburu o, en el s. XIX, la del eibarrés Moguel y los vizcaínos Añibarro y Fray Bartolomé no ocultan un fino cordón umbilical que los une con ese fecundo seno generador de lengua y de literatura que es la obra de Larramendi.

En la primera mitad del s. XIX se continúa el trabajo investigador y apologético del euskara. Astarloa y Humboldt son nombres que deben citarse, a pesar de no tener una incidencia directa ni decisiva sobre el euskara escrito y la creación literaria.

Más importancia reviste sin duda el trabajo lingüístico y dialectológico del príncipe Luis Luciano Bonaparte (1813-1891) y sus colaboradores: el capitán Duvoisin para el labortano, el canónigo Inchauspe para el suletino, el franciscano Uriarte para el guipuzcoano y vizcaíno. Su trabajo tiene como objetivo fundamental la identificación y estudio de los dialectos euskéricos, pero incide, siquiera indirectamente, en el cultivo y desarrollo literario del euskara. Porque supone de un lado el convencimiento científicamente probado de la validez literaria de la lengua en sus diferentes y principales variantes dialectales y, por otra parte, muestra y experimenta en la práctica esa validez a través del uso que cada autor hace de los dialectos utilizados.

No se puede hacer historia de la literatura vasca en el s. XVIII sin aludir a la actividad literaria desarrollada en y desde la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, fundada por Xabier María de Munibe e Idiáquez, conde de Peñaflorida, en 1765. La Bascongada representa de hecho la única vida literaria que se da en el País Vasco hasta esa fecha, y que va desde las teorizaciones sobre las "Bellas Letras" y su función, hasta las representaciones teatrales, hechas en las noches de Junta para solaz honesto e ilustrado de los socios. Porque la teoría y la práctica literaria de los Amigos del País se inscribe en el sistema literario de la Ilustración europea y más concretamente de la española. El discurso que sobre el buen gusto en literatura pronuncia el conde de Peñaflorida con motivo de las Juntas Generales de la Sociedad, en 1766, es el símbolo de la fe literaria de los ilustrados vascos, alimentada en la fuente principal del Ars Poetica de Horacio, "el gran príncipe del buen gusto", como le llama el conde.

Si exceptuamos a Oihenart con su L'Art Poétique Basque, no hay en la historia de la literatura vasca hasta la fecha que nos ocupa la más mínima reflexión sobre la naturaleza y función de la literatura, el estudio o los géneros literarios. Y eso que el XVIII es por antonomasia el siglo de las poéticas como teorías generales y normativas del quehacer literario. Pero lo que se escribe en euskara, con excepción de la obra de algunos poetas, no surge de una motivación literaria y no se inscribe, al menos en su tiempo y de modo directo, en el sistema de la literatura. Esto es especialmente válido para la prosa euskérica, que no ha salido todavía de los tratados ascéticos y de los elogios y reflexiones sobre el euskara.

Por eso es especialmente importante la conciencia que de la literatura como actividad escritural autónoma aunque fuertemente teñida de didactismo tienen los Amigos del País, y la expresión de esta conciencia en la actividad teatral desarrollada por la Sociedad, y en el trabajo de creación de algunos de los socios. Las piezas cómicas del propio Peñaflorida y las fábulas de Samaniego o de Ibáñez de la Rentería y Pablo de Xérica son seguramente los ejemplos más importantes y significativos. Tal vez sea la fábula por su intrínseco didactismo el género poético que mejor responde a la concepción que de la literatura tienen la Ilustración y el Neoclasicismo. Y no puede extrañar por tanto el interés de los ilustrados vascos por esa forma poética. Son además un antecedente claro de los fabulistas euskéricos del XIX y comienzos del XX, de Vicente Mogel a Gracián Ademas, pasando por José Antonio de Uriarte o Agustín Pascual de Iturriaga, quien en sus Fábulas y otras composiciones en verso vascongado (1842) traduce precisamente las fábulas de Samaniego. En el contexto de la literatura vasca de la época -primera mitad del XIX-, la fábula, en verso o en prosa, como género "civil" y profano, aunque fuertemente marcado por su finalidad moralizadora, podría ser vista como una especie de mediación, formal y temática, entre la prosa ascética y la prosa narrativa.

En ese largo proceso que es en la literatura vasca el paso de la prosa ascética a la prosa narrativa, merece especial atención la obra de Juan Antonio de Mogel Peru Abarca, escrita en 1802, pero inédita hasta casi ochenta años después. El título completo de la obra es: El doctor Peru Abarca, catedrático de la lengua bascongada en la Universidad de Basarte o Diálogo entre un rústico solitario bascongado y un barbero callejero llamado "maisu" Juan. La tesis central defendida por Mogel es que en las cosas del euskara son los rústicos los doctores y por su universidad deben pasar los que se creen cultos.

Es importante ver la función que una obra como Peru Abarca puede desempeñar en la historia y el desarrollo de la prosa literaria vasca. Algunos autores han calificado esta obra de Mogel como "novela" o "conato de novela". De hecho, es claro que el libro tiene un mínimo marco narrativo, que sostiene los elementos fundamentales que constituyen el carácter didáctico de la obra: los diálogos, los cuadros de costumbres, las reflexiones doctrinales. No parece sin embargo demasiado riguroso atribuir el calificativo de novela a una obra como Peru Abarca; se trata más bien de un híbrido de diálogo doctrinal renacentista y cuadro de costumbres romántico, pero que marca una clara diferencia frente a la tradición de la prosa de piedad, afirmando su identidad como prosa "civil", aun dentro de la condición clerical de su autor y de la recia ortodoxia de la visión del mundo que el rústico "universitario" de Basarte se empeña en transmitirnos. Además, y esto es lo más importante, ese delgado marco narrativo en que se sostienen los diálogos didáctico-doctrinales es un elemento nuevo en la prosa euskérica. Si Peru Abarca no es una novela, sí es un punto cualitativamente diferenciado en el desarrollo y evolución de la prosa euskérica y como ejemplo de todos modos de prosa narrativa podemos decir que es también un puente hacia la novela.

La segunda mitad del s. XIX -sobre todo el último tercio- marca un giro esencial en la historia y el desarrollo de la literatura vasca. Hasta ese momento la poesía ha sido, como hemos visto, el único género específicamente literario que ha tenido un cultivo, si no continuado, sí al menos presente de manera intermitente, desde sus inicios escritos con Dechepare, alcanzando en más de un caso una calidad estética apreciable. La prosa euskérica, en cambio, ajena a motivaciones literarias directas, apenas conoce otro uso que el de los tratados ascéticos y de piedad, o la reflexión lingüística y gramatical. Por otra parte, no hay todavía una mínima institucionalización socio-cultural de la literatura, ni en lo que se refiere a los procesos de la propia creación literaria, ni mucho menos a los de la recepción. Los cambios que a lo largo de esta nueva etapa se van operando en la literatura vasca determinan un giro decisivo, cuyo resultado incide precisamente en las carencias de la etapa anterior: una progresiva institucionalización de la literatura como práctica cultural socializada, tanto desde la perspectiva de la actividad creativa como de la de la lectura.

El fruto más palpable y trascendental es precisamente el nacimiento de géneros que no habían tenido cultivo hasta entonces en la literatura vasca: la prosa narrativa y su forma mayor y más específica, la novela, y el teatro, que no había tenido fuera de la tradición popular -pastorales suletinas y otras formas menores- más que un par de muestras aisladas en la segunda mitad del XVIII, con Gabonetako ikuskizuna (Acto para la Nochebuena), de Pedro Antonio de Barrutia, muy en la línea de un teatro alto-medieval o pre-renacentista de raíz litúrgica (ciclo de Navidad) o esas mínimas incursiones del euskara en las piezas cómicas del conde de Peñaflorida. A la hora de intentar, desde la perspectiva de una historia de la literatura vasca, situar estos cambios en el interior de un proceso socio-literario, hay que tener en cuenta, a nuestro juicio, dos factores fundamentales: uno es la nueva situación que resulta en el País Vasco de la pérdida de los fueros, tras de la segunda guerra carlista.

El segundo factor es la mentalidad o el talante romántico, que se ha ido insinuando en la Europa de finales del XVIII y que en la primera mitad del XIX va tiñendo no sólo las producciones artístico-literarias, sino también los proyectos político-culturales. La conciencia creciente de la lengua, de sus posibilidades y necesidades, que ha estado presente como razón primera de la escritura euskérica desde los orígenes, y que en el XVIII ha llegado a un grado máximo de explicitación, aparece ahora situada en un sistema nuevo de valores y de proyectos colectivos: la conciencia del euskara, como carta de ciudadanía colectiva, inscrita ahora en la mentalidad romántica y en el movimiento de reivindicación nacional vasca provocará una actividad literaria distinta cuantitativa y cualitativamente de la de la etapa anterior: la literatura es por un lado expresión, no sólo del genio y la capacidad creadora del escritor, sino del espíritu de un pueblo que tiene en la lengua -el euskara- sus señas de identidad más certeras e indiscutibles, y por otra parte, permite crear un modelo de realidad vasca asentado precisamente sobre los valores que las vicisitudes socio-políticas han puesto en peligro y que es preciso defender y preservar. La lírica, entre existencial y patriótica, de los poetas vascos más significativos del XIX, de Etxahun a Arrese Beitia, pasando por Iparragirre, Elissamburu o "Bilintx", la novela histórica y costumbrista de Agirre y Etxeita, o los juguetes cómicos y las zarzuelas de Soroa, Baroja, Iraola o Alzaga, son las muestras más palpables de esta dimensión romántica, nacional y popularista, de la literatura vasca en este período. Pero hay además un trabajo de formación de una infraestructura cultural que facilita y hace posible la actividad literaria, como creación por parte del escritor y como recepción por el público. A ello contribuyen sobre todo los certámenes literarios y las revistas.

Antoine D'Abbadie, irlandés de padre suletino, es el que inicia los certámenes literarios y juegos florales ("Lore Jokuak"), en 1853 en Urrugne, pasando más tarde a Sara. En 1880, y gracias al entusiasmo de José de Manterola, se empiezan a celebrar también certámenes poéticos en San Sebastián, y luego en las demás capitales vascas y en algunas otras poblaciones. La importancia de estas fiestas poéticas no está en la calidad de los concursantes, que son en general versificadores habilidosos e inspirados, pero nada más, o en el valor de las composiciones premiadas, que es más bien mediocre. Poetas como Elissamburu y Arrese Beitia, galardonados repetidamente en tales certámenes, serían más bien la excepción que confirma la regla. La verdadera importancia está en que en estos concursos el quehacer literario, aunque sea el de versificadores aficionados, adquiere un estatuto social que hasta entonces no había tenido. La actividad misma de los certámenes supone de alguna manera una reflexión crítica, siquiera mínima y elemental, sobre los textos literarios, y las fiestas entre poéticas y folklóricas, pero siempre populares, a que los certámenes dan lugar fundan también un modo nuevo de comunicación literaria, contribuyendo a la formación de un público receptor.

Otro factor decisivo es la aparición creciente de revistas y publicaciones periódicas patriótico-culturales, donde lo literario, más la creación que la crítica, más el verso que la prosa, va encontrando un espacio habitual de expresión. Es importante además considerar que la mayoría de estas revistas son resultado y expresión de un trabajo responsable y concienzudo, cultural y patriótico, de una serie de ilustres personalidades del país, que, desde una conciencia lúcida de los problemas colectivos, inician un trabajo serio de solución. Así, por ejemplo, surge en Pamplona la Revista Euskara, como órgano de expresión de la "Asociación Euskara de Navarra"; o la Revista de las Provincias Euskaras, en Vitoria, que agrupa a hombres como Apraiz, Becerro de Bengoa, Herrán... Euskal-Erria, fundada en San Sebastián y dirigida por Manterola, o Euskalduna, en la parte norte del País; o en Bilbao la actividad de Delmás, Trueba, Azcue y, sobre todo, Sabino Arana Goiri, cuya significación, además de política, incide también en el campo de la literatura, desde los nuevos planteamientos lingüísticos sobre el euskara y desde la dinámica que consiguió imprimir a todo el movimiento de reivindicación política y cultural. En la encrucijada del siglo XX estamos en lo que más de un historiador ha llamado "Eusko Pizkundea", el Renacimiento Vasco. Aunque, desde el punto de vista de la historia de la literatura vasca, el fenómeno más importante y decisivo de este período es sin duda el nacimiento de la novela.

La novela es en todas las literaturas -clásicas y modernas- un género tardío. En la vasca lo es de modo especial. Sin caer en las relaciones demasiado mecánicas que una cierta sociología pretende establecer entre burguesía y género novelesco, sí hay coincidencia histórica entre el desarrollo y apogeo de la novela moderna el realismo -naturalismo de la segunda mitad del XIX- y el de la burguesía. Al decir de Hegel, la novela sería precisamente la epopeya de la moderna sociedad burguesa. La novela vasca surge a finales del siglo XIX, en el umbral ya del XX, inscrita precisamente en ese movimiento político cultural de defensa y reivindicación del euskara, como seña inalienable de la identidad nacional vasca. Esto explica seguramente el hecho de que la novela vasca no adopta las formas del género vigentes en ese momento en las literaturas europeas, sino otras, caducas ya, y que se adscriben a un romanticismo de fuertes resonancias idealistas y conservadoras. La primera obra propiamente novelesca y escrita originalmente en euskara es Auñemendiko Lorea, de Txomin Agirre, ganadora de un premio convocado en 1897 por la revista Euskalzale. Se trata de una novela histórica, que recuerda mucho la Amaya de Navarro Villoslada.

Pero el paradigma de la novela vasca que se producirá, si no de manera exclusiva, sí al menos muy predominante a lo largo de la primera mitad del siglo XX, lo constituyen Kresala (1906) y Garoa (1912), ambas también de Txomin Agirre. Ellas se erigen en modelo de las funciones que se atribuyen a la novela: la exaltación y defensa de los dos valores fundamentales sobre los que se hace descansar la vida vasca: el euskara y la fe religiosa. Sobre ellos se apoya esa ejemplar y arcádica existencia individual y colectiva de los pueblitos marineros de la costa vasca o de las aldeas rurales del interior. Esta naciente narrativa vasca gira, de cualquier modo, en la misma órbita en que desde mediados del XIX se han venido moviendo una serie de narradores vascos que escriben en castellano y que recrean en sus obras un pasado histórico y legendario nostálgicamente magnificado o celebran un presente románticamente idealizado. Trueba o Goizueta, Manteli o Araquistain pueden servir de ejemplo. Pero la novela costumbrista vasca, la de Txomin Agirre o Etxeita, la de Anabitarte, Irazusta o Erkiaga, no es representación de la realidad, sino creación de un modelo ideal de realidad, donde se encarnan de modo ejemplar valores sustanciales que se hace necesario defender. De ahí su carácter estático, dualista, aproblemático y en el fondo antinovelesco. Curiosamente, en pleno siglo XX y todavía en la década de los 50 se sigue haciendo fundamentalmente novela costumbrista, de espaldas a la verdadera realidad vasca y a los profundos cambios que la novela ha venido experimentando desde la llamada "revolución novelesca" de los años 20.

El importante despegue que la literatura vasca conoce a finales del XIX -poesía, novela y teatro- se sitúa claramente en la órbita del movimiento romántico, el romanticismo más conservador y nacionalista que ha recorrido Europa en el primer tercio del siglo. Ello explica sin duda el carácter doblemente nacional -por la lengua y por los temas- que la literatura vasca de la época ofrece. Se trata de un romanticismo tardío, epigonal casi, pero que encaja perfectamente en la situación político-cultural que está viviendo Euskalerria. La literatura que esta actitud romántica genera no es tanto exaltación de un fuerte individualismo sentimental y desbordado -"Bilintx", el más romántico, por no decir el único romántico de los poetas vascos, no es desde luego comparable a un Espronceda o a un Byron-, sino celebración y defensa, entre nostálgica y apasionada, de realidades o valores colectivos, que van de lo lingüístico a lo religioso, pasando por lo patriótico o lo costumbrista. Y esto es común a los diferentes géneros, que adquieren un asentamiento definitivo en el sistema literario vasco: la poesía por supuesto, pero también la novela, y de algún modo el teatro, ese teatro menor, urbano, musical casi siempre, elemental y popularista, de la denominada "Escuela de San Sebastián".

Con todos los condicionamientos que supone ser una literatura, como hoy se dice, "de ámbito restringido", con las indudables servidumbres que la literatura sigue manteniendo con relación a la lengua -como Dechepare, Txomin Agirre o Etxeita escriben también para defender, preservar o extender el euskara-, con las indudables limitaciones de ser una literatura corta en cantidad y en obras de reconocida validez estética, a pesar de estar sujeta, en los diferentes géneros, a convenciones y formas ya caducas en las grandes literaturas occidentales, la literatura vasca entra en el siglo XX con un asentamiento relativamente fuerte en la vida socio-cultural vasca, siempre naturalmente y desde la perspectiva en que nos situamos, en relación a lo que la literatura y la vida literaria vasca habían venido siendo hasta bien entrado el XIX. El concepto mismo de literatura, implícito en la propia creación y explícito en una reflexión crítica cada vez más frecuente, sintoniza con lo que por literatura se entiende y practica en el contexto cultural. La obra literaria empieza a ser, cada vez con más nitidez, expresión y resultado de una vida literaria, con las diferentes mediaciones que la condicionan y la hacen posible: además de la poesía, con fuertes raíces en la tradición popular, la consolidación, siempre relativa, de los géneros en prosa: relato costumbrista y prosa dramática como base de un incipiente teatro urbano y popular. Revistas y certámenes literarios, una mínima industria editorial y la formación de un nuevo público lector escaso, es verdad, dadas las precarias condiciones socio-lingüísticas del euskara, pueden constituir una infraestructura suficiente para que la literatura vasca conozca un cambio cualitativo en su estatuto socio-cultural.

A todo esto habría que añadir un proceso creciente de "secularización" del escritor vasco. La literatura no es ya actividad casi exclusiva de clérigos. La generalización progresiva de una literatura civil tiene como correlato la incorporación al trabajo de creación literaria de laicos de las más diversas procedencias profesionales. Esta secularización de la literatura vasca no afecta todavía a los presupuestos ideológicos sobre los que descansa la visión del mundo o el sistema de valores que los escritores proyectan en sus obras. Una ortodoxia, no sólo religiosa sino también patriótica, sin fisuras, hace de la literatura una de las cristalizaciones más sólidas y significativas de la dinámica histórica y el sistema de valores que protagoniza la sociedad vasca de ese tiempo. De cualquier manera, la institucionalización de esa incipiente vida literaria como una actividad cultural socializada empieza a acercar la literatura vasca a la órbita de modernidad en que se mueven las literaturas europeas desarrolladas.

Esta nueva dinámica de vida y actividad literaria conoce en el primer tercio del siglo XX, hasta el comienzo de la guerra civil en el 36 para ser más exactos y concretamente en el nivel de la creación poética, un empuje decisivo, sobre todo por el grado de reflexión y autocrítica que se introduce en la vida literaria vasca de los años 20 y 30, y por la importancia excepcional de los teóricos y creadores que la protagonizan.

Es de rigor empezar señalando el decisivo papel que en este verdadero "renacimiento" de la cultura y las letras vascas tiene José de Aristimuño ("Aitzol"), la sociedad por él fundada -Euskaltzaleak-, el periódico El Día y la revista Jakintza. También aquí el objetivo esencial es la lengua, como piedra angular de la construcción de la patria vasca. El camino -"camino salvador" en palabras del propio Aitzol- que va de la lengua a la patria es precisamente la literatura. Hay seguramente todavía una subordinación excesiva de la literatura a finalidades lingüístico-patrióticas, explicable por otra parte desde la situación socio-política y cultural de Euskalerría. Pero entrar en la Europa literaria, es decir, en la modernidad en definitiva por la vía de la cultura y de la literatura es un objetivo serio y, desde luego, nuevo en relación a planteamientos anteriores. La celebración de los "Euskal Olerti Egunak" [Día de la Poesía Vasca], con la consiguiente publicación de los volúmenes Eusko Olerkiak, los "Bertsolari" o "Antzerki Eguna", dedicados al bertsolarismo y al teatro, la creación del "Premio Kirikiño" para artículos en prosa, etc., si por un lado continúan e intensifican la actividad literaria iniciada el siglo anterior con los Juegos Florales de D'Abbadie o Manterola, suponen por otro lado una decantación de la literatura vasca, de la poesía, para ser más exactos, hacia actitudes de reflexión teórica y de creación más depuradas, más exigentes, más en línea con las convenciones poéticas contemporáneas, es decir, más modernas.

Entre un numeroso plantel de escritores o poetas que florece en esos años, destacan sin duda alguna José María Agirre -"Xabier Lizardi"-, Esteban Urkiaga -"Lauaxeta" y Nicolás Ormaetxea -"Orixe"-, y no sólo por la calidad literaria intrínseca de su obra, sino por lo que representan y significan en el desarrollo y evolución de la literatura vasca en el siglo XX y por su aportación decisiva a la entrada de la poesía vasca en la modernidad. De los tres, Orixe es seguramente el que muestra a través de una obra euskérica extensa y diversificada un aliento lingüístico y literario más amplio y poderoso; Lizardi el de más acendrada intensidad lírica, sobre todo en la expresión poética del sentimiento de la naturaleza; Lauaxeta el más inquieto en la búsqueda de modelos para la necesaria renovación y modernización de la poesía vasca. A estos tres nombres, que representan una cima tal vez no repetida de la poesía vasca, habría que añadir el de Juan Arana -"Loramendi"-. Forman, junto con otros, el grupo de los "Olerkariak" [poetas], neologismo que surge en el contexto de la corriente purista que corre por la literatura vasca desde Sabino Arana, pero que supone también un distanciamiento consciente, en el concepto y la función misma de la poesía, en convenciones estéticas y técnicas de versificación con respecto a las claves popularistas en que descansaba no ya el trabajo de los bertsolaris, sino la obra de la mayoría de los poetas de los "Lore lokuak". La literatura vasca, por la situación misma del euskara, vive un equilibrio inestable entre purismo y popularismo. La respuesta a este dilema no es idéntica en los tres poetas citados. Pero en los tres se trata de una respuesta que resulta de un planteamiento global y no meramente lingüístico de la palabra poética como objeto verbal. Son problemas poéticos los que los poetas deben y quieren resolver: los datos de los que parten no son simplemente el euskara y su situación, sino la especificidad de la palabra poética como objeto verbal autónomo y forma típica de expresión lírica de la realidad y la existencia.

La obra poética de Lizardi está recogida en el libro Biotz Begietan (1932). Se trata sin duda de una de las obras poéticas vascas más leídas, más apreciadas y más seguidas en cierto modo por los poetas posteriores. Lizardi es el clásico por excelencia de la moderna poesía vasca. Más allá del universo poético, de los temas y de su tratamiento, hay en la lírica de Lizardi algunos elementos que la hacen de hecho un modelo para el desarrollo posterior de la poesía vasca. Dos podrían ser los fundamentales: una búsqueda consciente de la autonomía del texto poético y, para ello, un trabajo exigente, riguroso y acendrado de elaboración y renovación formal del material lingüístico. Frente a la efusión lírico-sentimental de la poesía anterior, hay en Lizardi una fuerte decantación de la palabra poética hacia formas expresivas desnudas de toda retórica, de una fuerte condensación formal y semántica, en la frontera a veces del conceptismo. Pero no de un conceptismo cerebral y frío, que surgiera a partir de un proceso racional de abstracción de lo real, sino que resulta de una acertada búsqueda de la fórmula poética que en cada caso pueda decir más líricamente; esto es, con una mayor capacidad de simbolización y sugerencia, el sentimiento o la experiencia del poeta. De ahí la relativa dificultad que a veces puede ofrecer a la lectura el verso de Lizardi. Cosa que ocurre igualmente con Lauaxeta y también con Orixe. ¿Se trata en realidad de una poesía difícil? La respuesta sólo es posible teniendo en cuenta algunos factores principales que determinan el contexto en que se sitúa todo el trabajo de creación poética de estos tres grandes poetas. Sin que ello quiera decir que los tres respondan al mismo código poético, ni entiendan de la misma manera la necesaria renovación de la poesía vasca.

Es común a los tres una lúcida voluntad de renovar la poesía vasca, abriéndola al aire benéfico de la modernidad. Para ello, también en los tres, es patente el serio tratamiento lingüístico y estrictamente poético a que someten a la materia verbal. Entre la fácil verbosidad romántica de la poesía anterior y este verbo poético exigentemente decantado y contenido a veces casi hasta el conceptismo, hay un largo camino poético, rápidamente recorrido. Y aquí podría estar la causa de que un lector no avisado se sienta un tanto desconcertado ante esta poesía. Lo que con más claridad seguramente diversifica las poéticas y la poesía de Lizardi, Lauaxeta y Orixe es la elección de los modelos. Orixe, desde una sólida formación humanista clásica y una arquitectura de pensamiento ortodoxamente escolástica, ve en un modelo clásico el espejo en el que la poesía vasca debe mirarse. Lauaxeta, menos "ortodoxo", menos fijado ideológicamente, manifiesta en su poesía -en concreto en su primer libro Bide barrijak (1931)- una búsqueda inquieta de modelos, que van desde los románticos alemanes y los simbolistas franceses hasta la española generación del 27, pasando por el modernismo y la poesía pura. En el fondo de esta común búsqueda de Orixe y Lauaxeta, y también de Lizardi, está presente siempre ese reto al que todo poeta vasco, desde Dechepare y Oihenart, se ve enfrentado: la opción entre tradición o nueva creación. Con la particularidad, en el caso vasco, de la importancia y el peso de la tradición poética popular. Ello parece hacer inviable cualquier poética excluyente, obligando al escritor a buscar espacios poéticos de convergencia de ambos polos: lo tradicional y lo nuevo.

Por esa especie de "tercera vía" poética se adentra Lauaxeta con su segundo libro, Arrats Beran, y Orixe, que desde 1931 hasta 1935 trabaja en un gran poema nacional vasco -Euskaldunak- parece querer decir que hay una materia poética vasca que unifica necesariamente el irreprimible empuje histórico de la tradición y el aire renovador de un nuevo y necesario clasicismo poético. Esa epopeya nacional que pretende ser Euskaldunak -al fondo como paradigma Mireio de Federico Mistral, que el propio Orixe tradujo al euskara- podría funcionar como la más ambiciosa y patente cristalización del reto al que la literatura vasca debe intentar responder: una epopeya nacional, en tema, en lengua y en tratamiento poético, capaz de alzar a la literatura vasca al más alto nivel de calidad estética y de expresión poética de la experiencia histórica colectiva. Pero para Orixe, como antes para los narradores costumbristas, no hay más Euskalerría que la que vive y trabaja, reza, ama y canta en el caserío. La "otra" Euskalerría, la urbana, la industrial, la heterodoxa, debe esperar todavía la llegada de poetas como F. Krutwig, J. Mirande o G. Aresti para adquirir carta de ciudadanía en el mundo de la literatura vasca. Entretanto, la guerra civil se encargará de desbaratar ese naciente edificio de una literatura vasca moderna de voluntad y de hecho, que la generación de los "olerkariak" estaba intentando animosamente poner en pie: Lizardi había muerto en el 33, Orixe se tiene que exiliar, y Aitzol y Lauaxeta acaban sus días bajo los pelotones franquistas de fusilamiento.

El desastre histórico que supuso la guerra del 36-39 tuvo, como no podía ser menos, una incidencia directa y decisiva en la literatura y en la vida literaria de Euskalerría. La voz de los escritores vascos fue acallada, reducida al silencio, amordazada: los que escaparon a las armas del ejército vencedor y al exilio no pudieron esquivar la represión del euskara y la cultura vasca que implacable y sistemáticamente llevó a cabo en la posguerra el régimen del dictador.

Pero lo que de verdad hay que subrayar tras esos años de obligado y trágico silencio, no es lo que la literatura vasca pierde al verse interrumpida la andadura que tan esperanzadamente se había iniciado en los años 30, sino el rumbo que reemprende, a partir de 1945, con los poemas de Urrundik. Bake oroi, de Monzón, o un año después con Joanixio, novela de J. A. Irazusta en el exilio, o en el 49 con Arantzazu, Euskal Sinismenaren poema, de Salbatore Mitxelena, en el interior. La guerra, como experiencia individual y colectiva o su influencia en la historia social y cultural de Euskalerria, apenas si asoma a una literatura acosada que difícilmente acierta a reiniciar la marcha. La literatura del exilio, la novela sobre todo, está marcada fundamentalmente por la nostalgia de la patria trágicamente perdida, volviendo a caer en los temas y sobre todo en las convenciones de la novela de la etapa anterior. Lo mismo puede decirse de los escritores -poetas y novelistas- del interior, aunque en este caso una censura implacable y sistemáticamente ejercida, hace seguramente inviables o al menos muy difíciles otros planteamientos literarios. En el caso de la literatura vasca, la guerra no ha provocado -como lo ha hecho al menos en una parte de la literatura española, y lo hará unos años después en la francesa la guerra mundial- una catarsis autocrítica que obligue al escritor a resituarse ante la realidad y ante el propio lenguaje, desde esa nueva situación humana, existencial y cultural creada por el enfrentamiento bélico.

La literatura vasca, cuando en el inicio de los 50 reinicia a duras penas su andadura, lo hace fundamentalmente desde una posición restauracionista y de fidelidad a la ortodoxia ideológica y la literaria de la etapa anterior. Y no escapa a este diagnóstico esa novela histórico-legendaria -Alos Torrea, y sobre todo Joanak Joan- donde Jon Etxaide recrea un universo de pasiones fuertes y de violencia, embridado siempre por la indudable ortodoxia ideológica y moral del autor. El turbulento y mítico Etxahun, protagonista de Joanak Joan, no pasa de representar la "heterodoxia" siempre relativa de un pecador arrepentido. Mención especial merece Juan Antonio Loidi, que con Amabost egun Urgain'en (1955) inaugura la novela policíaca vasca, género que tiene en nuestros días continuadores entusiastas en Txomin Peillen y Gotzon Gárate entre otros. La novela de Loidi introduce los elementos típicos del género policíaco en un universo novelesco que sigue manteniendo como formantes esenciales los valores de la novela costumbrista. La introducción de un género novelesco nuevo se hace por tanto sin alterar mínimamente las convenciones ideológicas y narrativas de la novela vasca tradicional. En cuanto a la poesía, junto a los citados Monzón y S. Mitxelena, Iratzeder o Nemesio Etxaniz entre otros mantienen con dignidad el nivel que la lírica vasca había alcanzado con la generación de los "olerkariak". Pero apenas si se plantean una renovación, ni temática ni formal, en función de la nueva realidad vasca y del nuevo rumbo de las literaturas europeas en la década de los 50.

Es una generación posterior la que protagoniza la ruptura. Se trata de escritores que no han hecho la guerra, ni la han vivido desde una conciencia madura de jóvenes o adultos. Ajenos a toda contemplación nostálgica del pasado y en lúcida sintonía con la nueva situación socio-histórica y cultural que vive la sociedad vasca, replantean la función de la literatura y el compromiso del escritor desde el pluralismo ideológico -existencialismo, marxismo...- que tiñe el pensamiento y la cultura europea de esos años. La nueva literatura vasca -la de Txillardegi o Saizarbitoria en narrativa, la de Krutwig, Mirande o Aresti en poesía- no es sino la expresión literaria de una inevitable e higiénica corriente de "heterodoxia", estética y cultural ciertamente, pero también ideológica y política, que empieza a encontrar espacios de penetración en ese sistema que desde finales del siglo XIX había venido monopolizando la vida vasca y los proyectos colectivos. Todo esto quiere decir que esa ruptura con la tradición que abre la vía a una profunda renovación en la literatura vasca sólo puede ser explicada y entendida en el interior de un nuevo sistema global y, alternativo de interpretación de la realidad, y que va desde las visiones del mundo a las estrategias políticas de resistencia al franquismo. No se trata naturalmente de plantear desde una mecánica teoría del reflejo la relación literatura-sociedad, olvidando el complejo problema de las mediaciones. Y entre éstas, una vez más, la de la lengua, es decir, la precaria situación socio-lingüística del euskara, en un esfuerzo sobrehumano casi por resurgir una vez más de las cenizas. Escribir en euskara es una militancia y la literatura una forma de compromiso, no ya estético, sino ético y político a un tiempo, con la propia identidad individual y colectiva.

El euskara sigue siendo, como en Dechepare, como en Txomin Agirre, protagonista esencial de la literatura vasca. Pero ahora, sin que los escritores renuncien a las exigencias estéticas y a los mecanismos autónomos de la escritura literaria. La nueva conciencia de la naturaleza y función de la literatura, así como la ruptura con la tradición, lleva a los nuevos escritores vascos a un esfuerzo de búsqueda y asimilación, a veces demasiado mimética, de modelos en movimientos, tendencias, autores representativos de las literaturas europeas y americanas. Existencialismo y literatura del absurdo, poesía social y realismo mágico, letrismo y novela de la corriente de conciencia, son claramente detectables en la literatura vasca a partir de los 70. Hay una puesta al día, formal más que temática, sobre todo por lo que a la novela se refiere, y una profusa incorporación, a veces no demasiado decantada, de "ismos" poéticos y técnicas nuevas de narrar. La literatura vasca se enriquece, se aproxima a las otras literaturas de su entorno cultural y sobre todo se autoidentifica como escritura y como lectura en el interior de la vida cultural vasca. Podríamos decir que se ha cerrado el ciclo de ese proceso de institucionalización literaria que se había iniciado en el último tercio del s. XIX.

La literatura vasca es ahora "mayor de edad". Con las limitaciones, sobresaltos y riesgos que toda literatura de ámbito restringido tiene, necesariamente agravados en nuestro caso por la siempre precaria situación socio-cultural del euskara, pero funcionando con normalidad en el interior de una vida literaria cuyos mecanismos fundamentales -estatuto social del escritor, infraestructura editorial, recepción, crítica- están también normalizados. Prueba bastante patente de ello puede ser que la literatura vasca, poesía y narrativa de los últimos años, a partir de los 70, se está moviendo en la misma órbita de preocupaciones formales y temáticas de las otras literaturas vecinas, con una calidad, en un número relativamente importante no sólo de poetas sino también de narradores, que resiste dignamente la confrontación con las otras literaturas. Pero no es en la calidad, o al menos no sólo en ella, donde ha de hacerse a nuestro juicio la homologación de la literatura vasca, sino en el tema cultural de una sociedad. Es decir, la literatura, los textos literarios, aparecen como elemento catalizador de una vida literaria cuyas diferentes instancias están socialmente identificadas y aceptadas: desde el trabajo mismo de la creación hasta la existencia de un público lector, pasando por la industria del libro, la crítica literaria, periodística y universitaria, o esa mediación tan discutible como inevitable de los premios literarios. Por fin, la existencia de una Asociación de Escritores Vascos Euskal Idazleen Elkartea y la pujanza de sus actividades es la mejor prueba de una vida literaria que por problemática y precaria que pueda parecer está desde luego social y culturalmente normalizada.

Sobre este telón de fondo de las características generales de la nueva literatura vasca, bueno será ahora señalar algunos autores y obras que jalonan de modo más significativo esa etapa de renovación. En 1957 aparece la primera novela de Txillardegi -pseudónimo de José Luis Alvarez Emparanza-, que lleva por título Leturiaren egunkari ezkutua (Diario Secreto de Leturia). Su protagonista, el inconforme y desesperado Leturia, es el primer héroe problemático de la novela vasca, una lúcida negación de ese modelo no sólo ideológico y moral sino físico incluso que representa de manera paradigmática el viejo y patriarcal pastor Joanes, protagonista de Garoa, el ejemplo más típico y popular de novela costumbrista. Los ancestros de Leturia no son los arcádicos protagonistas de la novela vasca tradicional, sino los atormentados personajes que deambulan sin rumbo por las ensombrecidas páginas de la novela existencialista: el Roquentin de La Náusea, de Sartre, o el doblemente "extraño" Mersault, de El extranjero, de Camus.

Con su primera novela Txillardegi incorpora a la narrativa vasca una problemática de resonancias inconfundiblemente existenciales. Y para ello, en sintonía con una buena parte de la novela existencialista, utiliza la técnica del diario, desde una primera persona narrativa y autorreflexiva, en contraste con ese narrador onmisciente, biógrafo entusiasmado de los héroes de la novela costumbrista. Además, Leturia, narrador de su propia historia, inaugura tal vez sin pretenderlo un proceso largo hasta hoy de decantación de la narrativa vasca hacia formas líricas de contar, en sintonía con una fuerte corriente de lo que en la narrativa contemporánea se ha dado en llamar "novela lírica" y en claro contraste una vez más con la blandura épica de la novela costumbrista. 1964 es otra fecha importante en el desarrollo de la literatura vasca: es el año de publicación de uno de los libros más decisivos de la literatura vasca moderna: Harri eta Herri, de Gabriel Aresti. Aresti había empezado con una poesía de lenguaje cuidado, artificioso casi y con un cierto sabor modernista, al servicio de preocupaciones religioso-existenciales, para incorporar después y de manera progresiva formas de la tradición poética y del lenguaje popular. Así se construye ese gran poema mítico-simbólico que es Maldan behera (1960), lo mejor seguramente del poeta.

El deslizamiento hacia una poesía comprometida, agresiva casi, de fuerte y clara denuncia política y social lleva consigo coherentemente la incorporación de un lenguaje directo, coloquial casi, que sirve eficazmente a la claridad de una poesía que pretende ser crítica, pero que provoca también en ocasiones, como ha ocurrido con la llamada poesía social, la caída en el prosaísmo. Pero Aresti es sobre todo un gran poeta, y su libro Harri eta Herri, como los que le siguen -Euskal Harria (1967), Harrizko Herri Hau (1970), Azken Harria (1976)- sostienen vigorosamente una nueva interpretación de Euskalerría, heterodoxa en contraste con la del costumbrismo anterior, pero que es parte decisiva del sentir y la vida vasca de los últimos años. Señalemos por fin la fecha de 1969, porque ese año se publica Egunero hasten delako, la primera novela de Ramón Saizarbitoria, protagonista decisivo de la renovación y puesta al día de la novela vasca. Si Txillardegi, con su antihéroe Leturia y el relato confesional de su atormentada existencia, había mostrado doce años antes la inviabilidad real y literaria de una Arcadia vasca de idílicos pastores y esforzados hombres de mar, con Saizarbitoria se hace evidente que la nueva realidad que inspira al escritor exige ineludiblemente modos también nuevos de contar. En sus novelas posteriores -Ehun metro y Ene Jesus, ambas de 1976- Saizarbitoria no ha hecho sino corroborar lo que ya en la primera estaba suficientemente explícito: la novela vasca había entrado por un camino de no retomo, cuyo futuro, por abierto e imprevisible, no podía menos de resultar esperanzador.

La característica de la literatura vasca -poesía y narrativa- a partir de los años 70 es paradójicamente la ausencia de características. Es decir, la resistencia y la dificultad de encasillar, reducir a sistema o inscribir en modelos generales la obra de los nuevos poetas y narradores vascos. Es algo que la literatura vasca de hoy tiene en común con otras literaturas: Los escritores se defienden de las etiquetas y reivindican la autonomía no ya de la literatura de modo general, sino de cada obra como creación individual. Y no se trata de una vuelta a una actitud romántico-idealista y menos todavía de una recaída en la teoría del arte por el arte. La literatura no renuncia a su poder, pero no quiere más poder que el suyo, el de la metáfora y el mito. De ahí que el texto literario aparezca como el espacio por excelencia de la libertad: la del escritor en el acto inaugural de la escritura, la del lector, cuando la lectura se entiende como verdadera actividad creativa y significadora. Todo esto es perceptible, al menos implícitamente, en la actual literatura vasca. Pero sería ingenuo pretender reducir el diagnóstico a esta sintonía nada más. También ahora el panorama de la última literatura vasca debe ser contemplado y descrito en esa línea cambiante y sin solución de continuidad que es la literatura vasca y en el contexto de la literatura, o mejor, de las literaturas occidentales que es el que constituye, también en el caso vasco, la verdadera tradición del escritor. Esto quiere decir que en los años 70 el escritor vasco es más consciente que nunca de un doble reto que la literatura y la realidad hacen a su escritura: por un lado, empalmar con la tradición lingüístico-literaria propia, para respetarla poéticamente, es decir, ensancharla y superarla.

Por otro, conseguir que ese lenguaje sea capaz de decir literariamente su nueva experiencia de lo real. El espacio más problemático de confrontación del escritor con su escritura es precisamente el de la lengua. La mayoría de los escritores actuales han entrado por las vías de ese modelo standard de euskara escrito unificado, propuesto por la Academia de la Lengua Vasca (Euskaltzaindia), que es el "batua". Pero la lengua no la hacen los académicos sino los habitantes, y el escritor es, sin género de duda, un hablante cualificado. El euskara "batua" no puede pretender resolver la intrínseca problematicidad de todo lenguaje literario, y la específica, por las razones repetidamente apuntadas, de la escritura literaria euskérica. El actual escritor vasco, dentro de las coordenadas lingüístico- gramaticales que le ofrece el modelo standard, está abocado a la búsqueda no sólo de un estilo personal, que es el caso de cualquier escritor de cualquier lengua, sino también a la elaboración de una lengua literaria que responda a las exigencias semánticas de la realidad y a las convenciones expresivas del género. Aquí habría que inscribir la profusa diversificación -en géneros y subgéneros, temas y códigos estético-poéticos- de 1a última literatura vasca. La razón es seguramente muy sencilla, sobre todo por lo que se refiere a la narrativa.

Sobre el narrador vasco de hoy opera no una tradición autóctona, inexistente fuera de la novela costumbrista, que no ofrece sino modelos formales y temáticos caducos, sino la multiplicidad de vías que desde la revolución novelesca del primer tercio del siglo XX han venido siguiendo las narrativas europeas y americanas. Hay sobre todo, en la novela vasca de los últimos quince años, una incorporación voraz casi y a veces un tanto mecánica de las nuevas técnicas narrativas. Es un fenómeno análogo a la fiebre de experimentalismo y culto a la forma -la novela como aventura de la propia escritura-, que se ha dado también en otras narrativas como reacción a ese contar demasiado plano y periodístico casi del llamado realismo social. No es éste el caso vasco, ya que la novela ha debido pasar del pre-realismo y el costumbrismo a la vanguardia. La necesaria renovación formal y técnica de la novela ha llevado a los escritores vascos a una profusa y a veces indiscriminada imitación de modelos y estrategias narrativas. Lo cual no ha sido obstáculo para que la narrativa vasca nos ofrezca hoy un plantel de narradores como nunca ciertamente los tuvo en su corta historia: a los nombres de Txillardegi y Saizarbitoria habría que añadir, por citar sólo algunos más representativos, los de: Angel Lertxundi, Arantxa Urretabizkaia, Joan Mari Irigoien, Mario Onaindia, José Austin Arrieta, Koldo Izagirre...

La novela -novela corta en muchos casos- ha adquirido carta de ciudadanía, no ya en la literatura vasca, sino en el común sistema literario de nuestro contexto cultural. En los años 80, mejor, en los narradores de la última generación, empieza a haber indicios claros de que se ha superado el culto de la forma y el experimento narrativo, y de que la novela vuelve a recuperar el espacio original que nunca dejó de serle propio: la "historia", el "argumento". La novela corta de Bernardo Atxaga Bi anai (1984) puede ser un ejemplo bastante clarificador. Su voz, como la de Joseba Sarrionaindía entre otros, es una clara prueba del grado de autonomía literaria, del nivel de libertad creadora y de la ilimitada amplitud de la tradición literario-cultural que actúa hoy sobre la narrativa vasca. No es distinto en cuanto a diversidad y riqueza formal y temática el panorama que ofrece la actual poesía vasca.

Con la particularidad de que el género lírico descansa sobre una tradición autóctona popular y culta, rica en cantidad y calidad, en claro contraste con la narrativa. Por eso seguramente la andadura de la poesía vasca es más serena, menos titubeante, más madura en suma. A pesar de que también se mueve en un ancho espacio de experimentación de formas de expresión lírica que va desde la incorporación de los modelos tradicionales hasta un experimentalismo lírico llevado hasta las últimas consecuencias en la poesía concreta y el letrismo de J. A. Arze (Hartzabal).

La nómina de poetas con una presencia personal recia en el panorama literario de los últimos años es más amplia sin duda que la de los narradores. De ahí la dificultad, en una síntesis como ésta que no tiene pretensión alguna de exhaustividad, de hacer un balance nominal de la actual poesía vasca. Porque se impone la selección y toda selección es necesariamente subjetiva. De cualquier manera, poetas como Bitoriano Gandiaga y Juan Mari Lekuona, Mikel Lasa y Xabier Lete nos ofrecen una obra muy diversificada en preocupaciones, técnicas e influencias, pero que tiene en común un nivel de calidad poética suficientemente decantado. Nos queda, para terminar, reconocer la discutible rigurosidad de una excesiva parcelación del sistema literario que toda descripción por géneros implica necesariamente. El ingreso de la literatura vasca no ya en la modernidad, sino en lo que hoy se ha dado en llamar la "post-modernidad" ha unificado el estatuto literario de dos géneros tan distintos formalmente y con tradiciones y trayectorias históricas tan diferentes como la narrativa y la lírica. Bien es verdad que las diferencias genéricas entre ambas formas literarias tienden, si no a "disolverse", sí al menos a resolverse en ese concepto cada vez más operativo de la actual teoría literaria de "texto" y "tipología textual".

En el caso de la literatura vasca es frecuente el escritor que cultiva indistintamente uno u otro género o tipo textual. La mayoría de los modernos escritores vascos son al mismo tiempo narradores y poetas (y hasta dramaturgos en algún caso). Por ejemplo, y refiriéndonos únicamente a escritores aquí citados, Krutwig, Mirande, Aresti, Urretabizkaia, Izagirre, Irigoien, Arrieta, Urkizu, Atxaga, Sarrionaindía... Esto quiere decir que es la escritura literaria la "vocación" primera de los escritores, quedando la especificación del género como una opción secundaria, que muy pocos resuelven en una única dirección. ¿Es esto bueno o malo (literariamente, se entiende)?. ¿Podría ser indicio de indefinición y en el fondo de inmadurez, no ya de cada escritor en particular, sino del sistema literario vasco en general?. ¿O apuntaría por el contrario a esa creciente difuminación de las fronteras convencionales de los géneros observable de algún modo en las literaturas actuales?. El fenómeno escapa a una mera descripción diacrónica de la literatura vasca, y seguramente la propia historia aportará datos y elementos para aclarar ésta y tantas otras cuestiones que en la literatura vasca, la de ayer y la de hoy, quedan todavía por resolver.

Si hasta aquí hemos identificado la literatura vasca con la escritura en euskara, no lo hemos hecho con la voluntad de negar el calificativo de vasca para aquella otra literatura hecha por escritores vascos cuya lengua literaria no es el euskara, sino el español o el francés. Porque si tanto una como otra lengua pertenecen desde que existen al patrimonio cultural de Euskalerria, también la literatura que con ellas han hecho los vascos forma parte de nuestro patrimonio literario. Bien es verdad que la identificación que en historia literaria se viene haciendo de la literatura por la lengua no arroja mucha luz sobre la cuestión. Tal vez mejor que hablar de "literatura vasca" habría que hacerlo de "literatura o literaturas de los vascos". No sería justo ni objetivo, por eso, cerrar este breve recorrido por la literatura vasca sin hacer siquiera mención de esas otras literaturas. De hecho, en dos momentos concretos hemos aludido a una literatura vasca escrita no en euskara sino en castellano: la obra literaria de los Amigos del País en el siglo XVIII y la narrativa legendario- costumbrista de escritores como Trueba, Araquistain, etc., en la segunda mitad del XIX. Y si nos hemos tenido que ocupar de ellos, ha sido ni más ni menos por su incidencia directa en el desarrollo de la literatura y de la vida literaria vasca de esas épocas.

Parece evidente la condición de escritor vasco, aunque no se utilice el euskara como lengua literaria. Sería absurdo pretender desterrar de una comprensión cabal de la literatura vasca a Unamuno y Baroja, Celaya y Blas de Otero. Pero tampoco se trata, haciendo juegos de prestidigitación con partidas de nacimiento y árboles genealógicos, de entrar a saco en las letras hispánicas y arramblar para la literatura vasca con una ingente nómina de autores que irían desde Gonzalo de Berceo hasta Julio Cortázar. La cuestión es más compleja y debería ser tratada desde la perspectiva de los sistemas literarios en que cada escritor se inscribe y explica y de las relaciones e influencias entre sistemas literarios lingüísticamente diferenciados. El concepto de "intertextualidad", tan en boga en la actual teoría y crítica literaria, podría resultar eficaz y operativo. Baroja, por ejemplo, no tiene nada que ver con la novela euskérica que se escribe en la primera mitad del siglo, pero no se podría decir lo mismo de Blas de Otero y la poesía social de Gabriel Aresti.

No es posible intentar aquí exponer y mucho menos dar una respuesta a una cuestión tan compleja como la de las "otras" literaturas vascas. Y no aportaría nada proponer un catálogo de escritores vascos, por importantes que fueran, que hayan escrito o escriban en castellano o en francés. Una historia rigurosa de las literaturas vascas exige otro tratamiento. Si nosotros nos hemos limitado aquí a la euskérica, es por su especificidad y porque sus escritores no pueden registrarse en otra historia literaria. Pero había que dejar constancia no ya de la existencia de escritores vascos en francés o en castellano, sino de esas otras literaturas inscritas en el sistema cultural vasco y que exigirían una descripción adecuada desde una historia literaria que no especifique su objeto a partir de la lengua únicamente.