Concept

La imprenta en Euskal Herria

Este artículo versa sobre las líneas maestras de la evolución de la imprenta en Euskal Herria desde el siglo XV (siglo en que se implantó la primera imprenta en Pamplona) hasta el siglo XIX. En los siglos XVI y XVII fueron realmente escasos los impresores, siendo la mayoría de ellos ajenos al País. Era habitual, además, que las imprentas pertenecieran a una única persona o familia. Con el paso del tiempo, sin embargo, la demanda de libro impreso aumentó, y junto a ello, los medios de producción se abarataron. Gracias a dicha evolución, se abrieron pequeñas imprentas fuera de las principales ciudades, y ello propició que los trabajos de los autores vascos pudieran ver la luz sin tener que recurrir a imprentas fuera de Euskal Herria. La consolidación y mejoría de la imprenta como negocio facilitaron la creación de nuevas imprentas ya en el siglo XIX, entre las que cabe destacar algunas históricas.

Si bien es cierto que los chinos la inventaron algunos siglos atrás, la invención de la imprenta moderna está unida a Johannes Gutenberg, y es que las mejoras insertadas por el alemán tanto en la imprenta como objeto como en las técnicas de impresión provocaron un cambio de paradigma en el ámbito cultural a mediados del siglo XV. Se trató de una especie de revolución: antaño las copias de libros se realizaban (tarea realizada principalmente por monjes ) a mano a lo largo de varios años; por lo tanto, la pérdida de una sola obra significaba perder años de trabajo. Junto a ello, cabe mencionar que el sistema de copia manual reducía enormemente la distribución de las obras.

La imprenta moderna, sin embargo, redujo muy considerablemente el tiempo requerido para fabricar copias, y ello también contribuyó a la más rápida difusión y conocimiento de los textos impresos. Escasas décadas después de la invención, la mayoría de países europeos contaba con alguna imprenta (Italia, Hungría, Inglaterra, Francia, España, etcétera), y el nuevo continente tampoco tardó en conocerla de manos del vasco Fray Juan de Zumarraga, que instaló la primera imprenta en México en 1539.

La imprenta llegó a Euskal Herria a través de Francia (recordemos que el Camino de Santiago también influyó en ello) y fue el francés Arnaldo Guillen de Brocar el primer impresor de Euskal Herria. Según algunos estudiosos, fue llamado a finales del siglo XV por los reyes navarros Joan de Albret y Catalina de Foix para que instalara su imprenta en Pamplona, y así lo hizo; por lo tanto, fue la navarra la primera de las capitales vascas en tener imprenta. La primera obra allí impresa fue Manual secundum consuetudinem Ecclesie Pamplilonensis (1489), y a lo largo de once años Brocart imprimió obras sobre distintos temas (religión, medicina, etcétera) y diversos folletos y bulas. En 1501, sin embargo, abandonó Pamplona para dirigirse a Logroño, donde prosiguió su labor de impresor.

Tras la marcha de Brocart a Logroño, la capital navarra quedó sin impresor, y de aquella época apenas se conoce algún texto breve y alguna bula de impresor desconocido: en Nafarroa no se volvió a imprimir libro alguno hasta mediados del siglo XVI, época en la que Miguel Eguia (1495-1544), marido de una de las hijas de Brocart, instaló su imprenta en Lizarra. A pesar de fallecer poco después de abrir su imprenta, realizó una labor de gran importancia, ya que fue el principal impresor de las obras de Erasmo. Entre otros trabajos, Eguia imprimió el Enchiridion militiis christiani ([1503] 1529-1530) del roterdamés.

Antes de fallecer, Eguia contrató a Adrián de Anvers como ayudante, y tras el fallecimiento del primero, fue él quien se encargó de la imprenta entre 1546 y 1568, época en la que se imprimieron cerca de cuarenta libros, entre ellos el primero impreso en Euskal Herria: la Doctrina Christiana (1561) de Elso Santxo. Tristemente, no se ha conservado ningún ejemplar de aquella obra. En 1568 Adrián de Anvers cambió la localización de la imprenta y la llevó a Iruñea. A su vez, pidió permiso para poder publicar en lengua romance en el Reino de Castilla, ya que la mayoría de habitantes y lectores navarros eran vascoparlantes.

El cuarto impresor importante de Navarra fue Tomás Porralis de Saboya, y situó su imprenta en la Pamplona de 1569, es decir, coincidiendo en el tiempo con Adrián de Anvers. Tres años más tarde, Porralis amplió su negocio y abrió una nueva imprenta en Tudela. Parece ser que Pedro Porralis, hijo de Tomás Porralis, aprendió el oficio de su padre, ya que fue él quien quedó al mando de la imprenta de Pamplona. Entre otras obras, cabe destacar que Porralis hijo imprimió la mayor colección de refranes en euskera del siglo XVI: Refranes y sentencias comunes del bascuence (Iruñea, 1596). La imprenta de Tudela, sin embargo, no prosperó, y la ciudad no conoció nuevas imprentas hasta el siglo XIX.

Tras las primeras imprentas de Navarra, llegó el turno de Bilbao. La capital vizcaína era una ciudad llena de vida ya entonces: contaba con cerca de 8.000 habitantes, el comercio creado en torno a las mercancías que llegaban y partían a través de la ría era fuerte, había oportunidad de enviar todo tipo de materiales (entre ellos los libros) directamente por vía marítima, etcétera. Aún así, Bilbao no conoció imprenta hasta el siglo XVI.

Algunos historiadores han defendido que un impresor llamado Juan Lorza abrió su imprenta en Bilbao allá por 1552, pero los datos carecen de fiabilidad alguna ya que no hay rastros de dicho hombre. Contamos, sin embargo, con la referencia de un hombre llamado Juan Elorza que vivió en Bilbao cien años después, por lo que es más que probable que el símil entre ambos nombres y épocas hayan inducido al error.

Dejando a un lado los errores, comúnmente se considera a Matias Marés primer impresor bilbaíno. Era de origen francés y vivió de forma itinerante imprimiendo y vendiendo las obras recomendadas por el concilio de Trento (1545-1563). Tras recorrer España durante algunos años, en 1575 implantó su imprenta en Bilbao y parece ser que tuvo una enorme carga de trabajo, ya que pretendió traer treinta ayudantes desde la ciudad francesa de Nantes. Durante su estancia en Bilbao cambió la localización de su imprenta en más de una ocasión, pasando, entre otros, por el barrio Atxuri y el convento de San Francisco.

En 1588 abandonó Euskal Herria y prosiguió su labor de impresor en otras ciudades como Logroño, Zaragoza y Santo Domingo de la Calzada. Sin embargo, en 1596 se dirigió a Pamplona y en 1607 al monasterio de Iratxe. Marés publicó algunas obras importantes como los trabajos Hidrografia (1585) y De la antigua lengua de las Españas (1587) del historiador Andrés de Poza.

La segunda imprenta de Bilbao fue instalada por Pedro Cole de Ibarra en 1593, y en ella se publicaron algunos trabajos importantes para la historia de la lengua vasca como la Doctrina christiana (1596) de Betolaza o el catecismo Viva Jesús (no fechado). Cole de Ibarra falleció en 1730.

Parece ser que la primera imprenta donostiarra también se creó a finales del siglo XVI, pero solo la conocemos indirectamente. Se cree que fue fundada por Pedro de Borgoña, que también pidió permiso para abrir una nueva imprenta en Iruñea, lo que provocó un pleito jurídico al ser denunciado por Porralis, impresor iruindarra de la época.

Si miramos los datos correspondientes al siglo XVI, percibiremos que la mayoría de los trabajos escritos en euskera fueron impresos fuera de Euskal Herria debido, eso sí, a diversas causas. Cuando Etxepare publicó su Linguae vasconum primitiae (Morpain, Burdeos, 1545) no existía imprenta alguna en Euskal Herria. Por otro lado, cuando los reyes españoles expulsaron a los navarros, éstos partieron hacia Pau: les resultó mucho más cercano y accesible publicar en Francia (las traducciones de Leizarraga, por ejemplo, aparecieron en La Rochelle de la mano de Hautin en 1571, es decir, en uno de los bastiones del protestantismo). Los textos del historiador Garibay también fueron impresos en el extranjero, en la casa de Christoforus Platinus de Amberes en 1571.

Finalmente, cabe mencionar brevemente la labor que algunos vascos realizaron en otros países. Fray Juan de Zumarraga, por ejemplo, fundó la primera imprenta del nuevo continente en México allá por 1539, y el navarro Lope Sanz colaboró ampliamente en las labores de impresión dirigidas por Leonard Hutz en Salamanca.

Con el paso del tiempo, el éxito de la imprenta se agrandó: cuanto más se imprimía, mayor era la demanda de libros, y consecuencia de ello es el aumento de impresores vascos en el siglo XVII, extendiéndose las imprentas a nuevos lugares.

A comienzos del siglo XVII había dos impresores principales: Matias Matés en Iruñea y Cole Ibarra en Bilbao. Como hemos señalado al inicio, el primero se dirigió al monasterio de Iratxe en 1607, y tras su fallecimiento, la imprenta de Iratxe quedó en manos de Nikolas Asiain. La imprenta del monasterio desapareció, sin embargo, en 1617 y Asiain falleció tres años después. A su vez, Carlos Labayen (principal impresor navarro al inicio del siglo XVII), Juan Oteiza y Martin Labayen también iniciaron sus labores de impresión en aquella época.

Carlos Labayen publicó, entre otros, trabajos en euskera de Beriain como Tratado de cómo se ha de oir misa en romance y bascuence (1621) o Doctrina Christiana en castellano y bascuence (1626). Tras fallecer Labayen, sus sucesores (y familiares de algún sucesor como Diego Zabala, cuñado de Martin Labayen) tomaron las riendas del negocio y publicaron algunas obras relevantes como el Quaderno de las leyes y ordenanzas y las Leyes de Navarra.

Junto a la expansión de la imprenta, también se incrementaron las licencias de impresión y los impresores. En la propia Navarra, destaca la labor realizada por Juan Antonio Berdun, Juan Micon, Francisco Antonio de Neyra o Domingo de Berdala.

En Bilbao Pedro Cole de Ibarra fue el único impresor del siglo XVII hasta que Juan de Azpiroz inició sus trabajos de impresión en 1615. En la imprenta de Azpiroz vieron la luz algunas obras importantes en la historia del euskera como Exposición breve de la doctrina christiana en castellano y vascuence (1656), traducción realizada por Martin Otxoa Kapanaga basándose en la obra de Geronimo de Ripalda. Ya en la década de 1640, Pedro Huidobro abandonó Burgos para dirigirse a Bilbao e instalar allí su imprenta, y veinte años después el madrileño Roque de Miranda hizo lo mismo. Finalmente, cabe mencionar a Martín Morovelli y a Juan de Elorza, a pesar de que únicamente se conoce una obra impresa por ellos.

Rompiendo la supremacía de Hego Euskal Herria (de Bizkaia y Navarra concretamente), Jean Merlet abrió la primera imprenta de Ipar Euskal Herria en Baiona. Si bien en el siglo XIX Francisque Michel defendió que un tal Fauvert imprimió una doctrina y la obra Noelac de Joannes Etxeberri de Ziburu, no hay ninguna otra referencia a dichas ediciones, y Julien Vinson demostró que los datos de Michel resultaban ser erróneos. Los textos de los escritores en euskera de Ipar Euskal Herria ( Estebe Materre, Etxeberri de Ziburu) se continuaron publicando fuera de los límites del País: en Burdeos (Materre, Etxeberri de Ziburu, Axular), en Pau (Gazteluzar, Belapeyre), en París ( Oihenart, Pouvreau) o en Orthez ( Tartas). A finales de siglo (1699) se publicó en Baiona la tercera edición del Noelac eta berce canta espiritual berriac de Etxeberri de Ziburu.

Merlet no publicó ningún libro en euskera, y el primer impresor que publicó un libro en euskera en Baiona fue François Bourdot, quien sacó a la luz la obra Tresora hirur lenguaietaqua, francesa, espagnola eta hasquara (1642), traducción del trabajo publicado por Voltoire en 1620. Transcurridos veintitrés años, Bernard Bosc imprimió en la capital labortana el segundo trabajo de Pierre Arginarats (Devoten breviarioa, 1665) y un año después Pierre de la Court se encargó de la impresión, en esa misma ciudad, del Statua Synodalia (1666) de Joannes d?Olce. Sin embargo, la imprenta bayonesa que más años duró en activo fue la de Antoine Fauvet.

Fauvet situó su primera imprenta en Baiona durante la década de 1660, y sus sucesores mantuvieron el negocio a lo largo de casi dos siglos, hasta 1845. Fue impresor oficial de la ciudad (imprimeur de la ville) hasta que falleció en el año 1700. Tras la muerte de su padre, Paul Fauvet tomó las riendas de la imprenta, convirtiéndose así en el único impresor de Baiona. Entre los trabajos publicados por la familia Fauvert destaca la traducción de la obra De imitatione Christi del monje cristiano Kempis, realizada por Aranbilaga y publicada en 1684 bajo el título Jesu Christoren imitationea.

En Hego Euskal Herria no se puede decir que la imprenta evolucionara demasiado en Donostia, ya que el número de impresores no aumentó hasta finales de siglo. Existe un documento de 1667 en el que Martin Huarte pide permiso a las autoridades correspondientes para abrir una imprenta, explicando que recientemente ha recibido de Ámsterdam las letras y cajas necesarias para las labores de impresión. Las autoridades le otorgaron dicho permiso, y el primer libro impreso por Huarte fue el Quaderno de Leyes de Alava (1667). Un año después de poner en marcha la imprenta, Huarte falleció, pero el trabajo apenas quedó interrumpido ya que su viuda se hizo cargo de la imprenta mientras aguardaba la vuelta de sus hijos Pedro y Bernardo, que en aquella época estudiaban en Francia. Tras su regreso a casa, abrieron una nueva imprenta y en ella se publicó el primer libro en euskera impreso en Gipuzkoa: la Doctrina Cristiana en Bascuence (1691) del durangués Nikolas Zubia.

En el mismo siglo XVII Bernardo Huarte abrió una nueva imprenta en Tolosa (la primera del lugar) y ya en el XVIII, Pedro Huarte imprimió la conocida Doctrina Cristiana en Bascuence (1713) de José Ochoa de Arin (el apellido del impresor que aparece en la portada es Ugarte).

Al igual que en el siglo XVI, cabe mencionar que en el XVII algunos trabajos de autor vasco se publicaron fuera de Euskal Herria. Hablamos de autores y trabajos como Baltasar Etxabe y su Discursos de la antigüedad de la lengua cántabra bascongada (Henrico Martínez, México, 1607), Gabriel Henao y su Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria (Eugenio Antonio García, Salamanca, 1607) o José Lezamiz y su Vida del Apóstol Santiago el Mayor (María Benavides, México, 1699).

A partir del siglo XVIII, las imprentas se expandieron notablemente por toda Europa. La necesidad y demanda de libros creció y, a su vez, se facilitó el procedimiento a seguir para poner en marcha imprentas. Los métodos de impresión se agilizaron y los impresores comenzaron a abrir sus negocios en pueblos y ciudades de segundo orden. Por otro lado, en la propia Euskal Herria fue más sencillo conseguir papel gracias a las fábricas de papel abiertas en territorio vasco, y todo ello propició que los autores vascos pudieran imprimir sus obras sin recurrir a impresores extranjeros.

A comienzos de siglo, Alfonso Burguete abrió una imprenta en Pamplona, donde imprimió el libro de carácter religioso Apendezako dotrina christiana uscaras (1735) de Francisco Elizalde. Además, en esa misma década Joseph Joaquín Martínez publicó en la capital navarra la Dotrina christiana de Juan Irazusta. Tanto Burguete como Martínez fueron pequeños y medianos impresores que no realizaron grandes trabajos ni ediciones.

A finales de la década de 1750, sin embargo, Juan Antonio de Castilla afincó su imprenta, la más importante de la zona en aquella época, en Iruñea. Tras aprender debidamente el oficio de impresor, publicó alguno de los trabajos de los dos autores guipuzcoanos más importantes de la segunda mitad del siglo XVIII: Sebastian Mendiburu (Jesusen amore-nequeei dagozten cembait ototzgai, en once tomos entre 1759 y 1760 y en tres tomos en ése último año) y Agustin Kardaberaz, del que imprimió media docena de obras entre 1760 y 1764.

A comienzos del siglo XVIII se creó, por otro lado, la primera imprenta alavesa en Gasteiz, bajo la dirección de Bartolomé Riesgo y Montero de Espinosa. Fue una imprenta de gran relevancia no sólo por ser la primera, sino porque en ella se publicaron obras importantes. Entre otras, son dignas de mención el Quaderno de Leyes y Ordenanzas de Alava (1722) y la doctrina en euskera Doctrina Christianeen explicacinoa (1731) de Martín Arzadun. Unos años después, Riesgo abandonó la capital alavesa y se dirigió a Donostia, donde imprimió la mayor obra escrita en torno al euskera hasta entonces: el Diccionario trilingue (1745) de Larramendi. Unos años después, también publico el trabajo Christau dotrina (1760) de Kardaberaz.

La marcha de Riesgo a Donostia, sin embargo, no dejó a Vitoria sin imprenta, ya que el marido de la hija de Riesgo, Tomás Robles, se hizo cargo de ella, convirtiéndose así en el segundo impresor gasteiztarra. Bajo su dirección se imprimió, entre otros, la famosa doctrina de Bartolomé Olaetxea en 1763.

En Bilbao apenas se publicó nada en euskera en aquella época, y las obras publicadas en Bizkaia trataban mayoritariamente sobre religión, derecho e historia. Los principales impresores a comienzos de siglo fueron Antonio Zafra y Obregón y su hijo Antonio Zafra y Rueda. Tras su muerte, la viuda de Antonio Zafra se hizo cargo de la imprenta. Por otro lado, la imprenta de Manuel Egusquiza fue la más importante, y tras su muerte también fue su viuda quien tomó las riendas de la imprenta. A finales de siglo, para concluir, cabe mencionar a Simón de Larumbe y Francisco de San Martín.

Por lo que a Ipar Euskal Herria respecta, las mayores imprentas estuvieron situadas en Baiona, y a comienzos de siglo fue Paul Roquemaurel, que aprendió el oficio de su padre Mathieu Roquemaurel, impresor de Tarbes quien abrió su imprenta. La familia Fauvert constituía el mayor centro editorial de la zona por aquel entonces, y cuando Roquemaurel pidió permiso para instalar su imprenta le fue denegado. Sin embargo, haciendo caso omiso de la prohibición, optó por abrir su imprenta y publicó el libro Exercicio espirituala que después tanto se reeditaría. En 1717 cedió la imprenta a su hermano y este fue el encargado de imprimir la carta Lau-urdiri gomendiozco carta edo guthuna (1718) de Joannes Etxeberri de Sara. Sin embargo, tras percatarse las autoridades de que Roquemaurel ejercía su trabajo sin permiso, la imprenta fue clausurada.

A partir del siglo XVIII, es muy complicado hacer historia de la imprenta, ya que el sector de la impresión se estabilizó enormemente y ello provocó que tanto las imprentas "fijas" como las itinerantes se multiplicaran. La facilidad para adquirir materiales necesarios para la impresión (papel, tinta, letras, etcétera) aumentó notablemente, la producción se abarató aún más y la creación de nuevos tipos de publicaciones (los periódicos, por ejemplo) contribuyeron a la mencionada estabilización del sector. La situación resultó ser, pues, idónea para la creación de nuevas imprentas, entre ellas algunas que con el paso del tiempo se convirtieron en casas de impresión históricas.

Las mayores imprentas de Bilbao a comienzos del siglo XIX fueron la establecida por Larumbe y Egusquiza a finales del siglo precedente, la de Nicolás Dal Mazzo (o Delmas) y la de su hijo Juan Bautista Ernesto, nacido en 1820. De procedencia italiana, Nicolás Dal Mazzo situó su imprenta bilbaína en 1816 tras trabajar como vendedor de libros en diferentes lugares de España. La vida de su hijo Juan Bautista fue irregular, y además de colaborar en alguno de ellos, de su imprenta salieron varios periódicos.

Bernard Lamaignére abrió su imprenta en la calle Víctor Hugo de Baiona en 1803 y tras su muerte su viuda quedó al cargo del negocio. En dicha imprenta se publicaron numerosos trabajos importantes a lo largo del siglo XIX. Entre otros, cabe destacar los trabajos de buenos investigadores de la época como Morel, Inchauspe o algunos encargos del príncipe Bonaparte, así como el boletín de la Asociación científica y artística de Baiona (Bulletin de la Societé des Sciences et Arts de Bayonne) desde mediados del siglo XIX hasta comienzos del XX.

Al hablar de la imprenta vasca del siglo XIX, es obligatorio mencionar algunas casas-imprenta históricas de Gipuzkoa, ya que fue en dicho territorio, en Donostia y Tolosa concretamente, donde se situaron las imprentas más conocidas de Euskal Herria tanto en su tiempo como posteriormente.

Mientras otras pequeñas y medianas imprentas se abrían paso en pueblos y ciudades como Azkoitia, Eibar, Hernani, Bergara o en la propia Donostia, el oiartzuarra Ignació Ramón Baroja creó la imprenta y librería Casa Baroja en la capital guipuzcoana en 1812. Tras un incendio, Baroja decidió retornar a su pueblo natal, pero tras llevarse a cabo los trabajos de reconstrucción pertinentes, volvió a la entonces Calle San Telmo de Donostia para trasladarse e instalarse, posteriormente, en la actual plaza de la Constitución. A partir de aquel momento, la imprenta de los Baroja cosechó únicamente éxitos: el alcalde de la ciudad, Evaristo de Echagüe la nombró imprenta de la ciudad y poco a poco se constituyó todo un movimiento cultural en torno a ella. Además de libros, Casa Baroja publicó también importantes revistas culturales como Euskalerria.

Tras el fallecimiento de Ignacio Ramón, la familia Baroja se encargó de continuar las labores de imprenta y librería. Fue Antonio Baroja el primero en hacerse cargo, pero tras su muerte prematura la Casa Baroja quedó en manos de Josefa Baroja. Como hemos mencionado, además de imprenta, Casa Baroja destacó enormemente por ser uno de los puntos culturales de referencia: muchos hombres de la cultura de la época acudían a reunirse en ella y no fueron pocos los estudiosos extranjeros que se interesaron por visitar el lugar. Junto a grandes obras (el trabajo de M. Thiers sobre la revolución francesa en 12 tomos, por ejemplo), los Baroja también publicaron periódicos y revistas (El liberal Guipuzcoano, Revista de legislación extranjera), folletos, manuales y panfletos propagandísticos. Reimprimieron, asimismo, algunos clásicos vascos como Iztueta, Iturriaga o Lardizabal. Casa Baroja fue una imprenta de gran importancia tanto por la variedad como por la calidad de sus publicaciones: publicó mucho, bien y acerca de muchos temas (religión, lengua, historia, agricultura, ciencia general, etcétera).

En la Donostia de finales del siglo XIX abrió su imprenta el articulista y director de algunos periódicos Pío Zuazua. Entre otros, son rememorables las reimpresiones de la gramática y el diccionario de Larramendi (ambos en 1853).

Como se ha dicho anteriormente, Tolosa fue, junto a Donostia, otro de los núcleos importantes de la imprenta vasca en el siglo XIX. Francisco de Lama creó allí su imprenta en la década de 1780 y a lo largo de cincuenta años (re)imprimió numerosas obras de autores vascos, entre los que se encuentran algunos de los grandes autores en euskera del siglo: Kardaberaz (varias obras), Ubillos (1785), la cuarta edición de la doctrina de Olaetxea (1787), Añibarro (1803), Mogel (1803), Juan Bautista Agirre (1803, 1850), Astigarraga (1835), etcétera. Tras la muerte de Lama su viuda se hizo cargo de la imprenta hasta la década de 1860.

En la década de 1830 apareció una nueva imprenta de obligada referencia en Tolosa: la puesta en marcha por Juan Ignacio Mendizabal. No llegó a publicar más de dos libros en vida (de Basterretxea y Kardaberaz), pero su viuda se encargó de dar continuación al trabajo de imprenta. Durante varios años publicó a autores como Kardaberaz (varias obras), Añibarro (1853), Gerriko (1858), Astigarraga (varias obras), Juan Bautista Agirre (varias obras) o Lizana (1871). La trayectoria de la imprenta de los Mendizabal se alargó durante algún tiempo más, hasta las primeras décadas del siglo XX. En 1875 la hija y heredera de Mendizabal imprimió el trabajo Amorezco eta dolorezco Jesu-Christoren pausoac, y dos años después su marido, Eusebio López, originario de Lodosa, se hizo cargo de la imprenta, trabajo que desempeñó hasta finales de los años 1920. Publicó docenas de libros, entre ellos los de muchos autores vascos como Kardaberaz, Irazusta, Arrue, Mendiburu, Jose Ignazio Arana, Eusebio Azkue, Iturriaga, Juan Antonio eta Juan Jose Mogel, Soroa, Lardizabal, Novia de Salcedo e Iztueta. Ixaka López Mendizabal, hijo de Eusebio López, también se ocupó de las labores editoriales bien arraigadas en la familia ya en el siglo XX, si bien fue más conocido como promotor cultural (son memorables, entre otros, los materiales que preparó para el aprendizaje del euskera) y político.

Antes de finalizar, cabe mencionar que durante la segunda mitad del siglo XIX el príncipe Bonaparte hizo publicar numerosos trabajos fuera de Euskal Herria, en imprentas como Billing, Barclay, Strangeways and Walden o Standford.

  • ALLENDE SALAZAR, Juan. "Notas para la historia de la imprenta en el País Vasco-Navarro". I Congreso de Estudios Vascos. Oñate. Recopilación de trabajos. 1919, 644-671. or.
  • ARANA MARTIJA, Jose Antonio. "Euskal Herriko inprentaren historia". Uztaro. 1994, 12. zbk., 37-53. or.
  • BIDADOR, Joxemiel. "Eusebio López: impresor y vascófilo lodosano". Fontes Linguae Vasconum. 2006, 38. urtea, 103. zbk., 473-486. or.