CONCLUSIONES. Después de este breve estudio sobre el influjo latino-románico en nuestro idioma puede hacerse algunas someras conclusiones. En primer lugar debe quedar claro que el vascuence sigue siendo lengua no-latina y no indoeuropea en su estructura morfológica. Todo cuanto el latín y los romances han afectado en aspectos morfológicos ha sido, en definitiva, superficial. Por el contrario, en el campo lexical la influencia del latín más primitivo y más tardío o postimperial (teniendo en cuenta así mismo el acervo de voces de la liturgia cristiana) y del románico (especialmente gascón y castellano antiguo) ha sido enorme. Una vasta proporción de voces en uso actual --con sus derivados- tiene un origen latino-románico. Todo ese acervo ingente de voces importadas, sin embargo, ha llegado a nuestra lengua a través de las constantes fonéticas del propio idioma (caso, especialmente de oclusivas sonoras iniciales, mutación en el grupo de las labiales, cambio de las líquidas). Por ello, en muchos casos, sin una iniciación a la fonética vasca resulta difícil descubrir voces de origen latino-románico en euskara. Nuestro idioma ha transmitido, pues, su genio propio a las voces de importe foráneo de una forma constante y singular. La toponimia, la antroponimia y los mismos textos literarios son testigo irrefutable de esta realidad lingüística. Tal romanización lexical, con todo, tuvo sus diferentes períodos e intensidades, difíciles de delimitar en toda su amplitud. La iglesia, el comercio con otros pueblos, los soldados vascos en las tropas romanas y el empuje romanizador desde tierras del sur de la Ribera navarra y alavesa, así como de la vertiente aquitana en el norte, serían algunos de los hitos de esta latinización lexical de nuestro idioma.
