Titulares de espacios sagrados. La principal vía de estudio del culto a los santos está compuesta por los titulares de los espacios sagrados. Los templos tuvieron una vital importancia a lo largo de la historia como lugar de convivencia espiritual, centro de instrucción y catequesis y escenario de los momentos más importantes de la vida, por lo que sus advocaciones eran un vehículo importante para el culto popular (Llamas, 1979: 181-182). Parroquias, establecimientos monásticos y conventuales, ermitas, hospitales, capillas o altares poseen un dueño celestial que se denomina genéricamente hagiónimo (Audin, 1981: 735-754, 1982: 201-222, 1983: 423-437), término equivalente frecuentemente a hagiotopónimo, si bien conviene distinguirlos, pues el primero se refiere al nombre del santo, mientras que el segundo corresponde a su plasmación en la toponimia (Cfr. Marsá, 1960: 84).
E. Delaruelle, uno de los grandes investigadores de la religiosidad medieval, apunta acertadamente que para realizar el seguimiento del culto a los santos en una región específica -en su caso la Umbría italiana-, debe comenzarse por la toponimia, la plasmación de la devoción popular más cercana a la época de la formación de las parroquias (Delaruelle, 1975: 52-53). En efecto, entre todos los testimonios hagionímicos descuellan por su importancia y antigüedad los titulares parroquiales, fijados desde los inicios de la implantación del cristianismo y que han perdurado, con escasas modificaciones, hasta la actualidad. En el caso de los templos desaparecidos, sus hagiotopónimos remiten frecuentemente al que fuera el titular primitivo. El resto de testimonios hagionímicos permite completar el análisis del alcance de las distintas devociones en el tiempo (Vid. Arroyo, 1964: 37). A su vez, el sustrato hagionímico constituye una de las vías más fecundas y apenas explotada para el estudio de la retícula poblacional, proporcionando pistas sobre el sistema de apropiación del territorio debido a la fijación del culto al santo, ya que a través de la presencia y continuidad cultual a la misma advocación se puede deducir el grado de asentamiento poblacional o, incluso, confirmar la importancia de un culto o institución eclesiástica en un lugar, si bien este segundo caso resulta infrecuente, aunque existen ejemplos elocuentes como el catalán de la Seo de Urgell. Tampoco resulta extraño que una población determinada acabe con el tiempo adoptando el nombre de la advocación de su iglesia, tal y como se constata a través de numerosos ejemplos vascos. A su vez, con los datos que proporciona la hagiotoponimia es posible establecer la continuidad de los elementos de población para las épocas de transición y oscuridad en las que faltan fuentes más expresivas, sirviendo para demostrar la capacidad de permanencia de la comunidad villana de los territorios de Vasconia desde la tardoantigüedad (Cfr. Sáez, 1976: 7).
El análisis de los titulares de los espacios sagrados ha corrido principalmente a cargo de Saturnino Ruiz de Loizaga (1999) y Roldán Jimeno Aranguren (2003a y 2003b), en cuyas obras basamos este epígrafe.
El cristianismo penetró en Vasconia en el siglo III a través del valle del Ebro, llegando inmediatamente a las ciudades situadas en las grandes vías de comunicación que surcaban el territorio. Antes de finalizar el siglo IV la nueva religión estaría plenamente establecida en los puntos más romanizados: el ager navarro y alavés, los núcleos situados en las arterias de comunicación y los establecimientos costeros. Aquellas cristiandades de las primeras centurias conocieron tanto por el norte como por el sur dos importantes reveses.
Las primeras comunidades asentadas en las cuencas de los ríos que vierten en el Cantábrico sufrieron las depredaciones costeras de los hérulos en el siglo V, a las que seguirían las de los sajones. Sin embargo, no parece que estas incursiones supusieran el final de aquellas cristiandades y sus cultos, y hubo que esperar hasta las más feroces incursiones de los normandos escandinavos desde el siglo VIII hasta las primeras décadas del X para asistir al auténtico repliegue y abandono de los valles trasmontanos. Por su parte, en la segunda década del siglo VIII se producía la conquista musulmana de la porción meridional de Vasconia, quedando este territorio en manos de los seguidores de Allah, y estableciéndose la marca entre las dos grandes civilizaciones del mundo occidental.
El principal espacio cultual cristiano de los territorios de Vasconia, la catedral de Pamplona, se atestigua entre el siglo V y VI, erigida sobre el foro romano de la ciudad. La advocación corrobora estas fechas, pues la Virgen es uno de los pocos cultos que posee templos hispanos desde el siglo V. Probablemente la seo habría obtenido la dotación correspondiente del lugar cúltico anterior, patrimonio que pronto se ampliaría a través de las donaciones privadas, como parece desprenderse de su núcleo dominial centrado en la cuenca de Pamplona. El cristianismo pasó pronto de la civitas al ager, implantado mediante el régimen de iglesias propias originado entre los siglos IV y VII. La crisis del imperio romano provocó el desplazamiento de la aristocracia urbana a sus fundos. Conforme aquellos propietarios se iban cristianizando, edificaban y dotaban templos, transmitiendo a su vez la fe entre su clientela. Debido al carácter señorial de estas propiedades, sus dueños elegirían la advocación de aquel templo rural. Aunque el proceso de erección de las iglesias propias debió iniciarse en el siglo IV, no habría sido hasta la segunda mitad del V cuando comenzaron a titularse aquellos templos, pues en los comienzos del culto los espacios sagrados no tenían titular ni reliquias. Ya en la sexta centuria, los fieles difícilmente admitían una basílica sin reliquias ni patrono celestial, y hacia la mitad de la siguiente la deposición de reliquias era necesaria en toda consagración de las iglesias, teniendo todas ellas un titular.
Los cultos numéricamente más importantes en las parroquias y monasterios altomedievales del sector nuclear vasco -aquel donde se produce una continuidad poblacional ininterrumpida entre la tardoantigüedad y los primeros siglos medievales- remiten al proceso cultual configurado entre los siglos V y VII. El tupido mapa advocacional de Santa María muestra elocuentemente su temprana implantación a partir de la quinta centuria. A esta época pudieron corresponder los primeros testimonios de San Martín de Tours, San Pedro y San Esteban protomártir. El siglo VI conocería la introducción del culto de San Juan Bautista y San Andrés. Todo este proceso continuó ininterrumpidamente hasta el siglo VIII. Todas estas advocaciones remiten a la liturgia hispánica, gestada en el siglo IV y conformada para el VI en toda la Península y en la zona de la Narbonense.
A partir del siglo IV en Hispania se asistió igualmente al nacimiento del movimiento eremítico, del que también surgió el cenobitismo. Este fenómeno habría comenzado a producirse en Vasconia en torno al siglo VI-VII, singularmente en las zonas rurales periféricas, suponiendo un factor importante en la difusión del culto de los santos. Pudieron participar de esta cronología los monasterios navarros visitados por San Eulogio a mediados del siglo IX, que habrían surgido por la necesidad de extender la cristianización por los valles pirenaicos orientales. Las advocaciones de los cenobios altomedievales pudieron ser posteriores, como ocurre con San Salvador en Leire y en Urdaspal. Los titulares monásticos se caracterizan frecuentemente por su inestabilidad, obedeciendo en muchos casos a las reliquias custodiadas en sus iglesias, alterándose el orden de los titulares o rebautizándose por una refundación u otras circunstancias ocasionales.
La irrupción de San Miguel en el siglo VIII supuso el cénit en la implantación de los espacios de piedad, llegando la cristianización hasta las montañas más elevadas de Euskal Herria. San Quirico hizo lo propio a una escala más modesta. Aunque el culto de los santos era un fenómeno consolidado, la invasión musulmana de la segunda década del siglo VIII marcó un antes y un después en su evolución. Los santos cobraron un especial simbolismo como protectores contra el infiel, tal y como se constata en el Elogio de Pamplona (s. X). El poder cristiano erigió una serie de castillos que no dudó en poner bajo la advocación de los primeros protectores en la lucha contra el Islam: Santa María, San Esteban y San Miguel. Hacia los siglos VIII y IX se habrían introducido también los cultos de San Adrián, San Juan Evangelista, San Julián, San Sebastián, San Saturnino, Santa Eugenia, San Jorge, San Babil, Santa Columba, Santos Cipriano y Cornelio, y Santos Facundo y Primitivo.
Los primeros mártires hispánicos venerados desde la tardoantigüedad tuvieron una presencia modesta en la Vasconia altomedieval. El más destacado fue San Vicente, quizás porque su culto era importante para el siglo V en Zaragoza, alcanzando para el VI toda Hispania y parte de la Galia. Su implantación en nuestro territorio parece obedecer a una cronología posterior a la segunda mitad del siglo VI. Por aquella época se introducirían también los cultos de San Lorenzo, Santa Eulalia, San Felices, San Fructuoso, y los Santos Justo y Pastor. No parece que la escasa representación de los mártires hispanos pudiera deberse a que para la segunda mitad del siglo VI buena parte de los espacios de piedad estuvieran ya cubiertos, pues testimonios como San Miguel alargan el proceso hasta el siglo VIII. Su implantación pudo venir a raíz de la presencia episcopal en diferentes concilios peninsulares. Los obispos serían los difusores principales del culto por el territorio, aunque la mayor parte de los propietarios de las iglesias propias prefirieron seguir con sus ya tradicionales Santa Marías, San Pedros o San Estébanes.
El siglo X se inauguró con el nacimiento del reino de Pamplona en la figura de Sancho Garcés I, el primer gran impulsor de reconquista, precedida en el tiempo por la recuperación de la franja meridional alavesa. La liberación del yugo musulmán debió ser un acicate para completar la retícula de iglesias rurales, proceso alargado hasta el siglo XI.
Algunas comunidades villanas no tenían por aquel entonces un templo local, por lo que acudirían al pueblo más próximo para asistir a los oficios. Las nuevas iglesias tomarían titulares anteriormente venerados como Santa María y otros correspondientes a las oleadas cultuales de aquella época: San Bartolomé, San Román, San Cristóbal, Santa Lucía, San Millán, Santos Cosme y Damián, Santa Engracia, y Santa Cecilia. En otros casos, las nuevas fundaciones de iglesias rurales pudieron suponer la duplicación del titular matriz, como parece deducirse en algunas localidades vecinas con la misma advocación parroquial, aunque muchas de estas coincidencias puedan adscribirse también al contagio de la moda. Este proceso continuó en los siglos sucesivos de una manera residual pero perfectamente constatable a través de sus devociones. Aquella XI centuria conoció la implantación de San Salvador -con el temprano precedente de Leire en las últimas décadas del siglo anterior-, Santo Tomás, San Bernabé, San Agustín y Santa Gema, mientras que a partir del XII fueron introduciéndose Santa María Magdalena, Santa Águeda, Santa Fe, Santo Domingo de Silos, San Fausto, San Jenaro, y los Santos Emeterio y Celedonio. Avanzados los siglos altomedievales también se implantaron los cultos de los santos Gil, Ginés, Marcelo, Silvestre papa, Juan y Pablo, Servando y Germano, y Simón y Judas.
En 1081 el papa Gregorio VII acabó suprimiento la liturgia mozárabe, sustituida por la romana, hacia la que existió un rechazo popular en toda Hispania a lo largo del siglo XI. El rito romano apenas trajo nuevas devociones populares, salvo la de San Clemente papa. A partir de finales del siglo XI también comenzó el desarrollo urbano en los territorios de Vasconia, fruto de la expansión demográfica y económica ocurrida en Europa. Los pobladores ultrapirenaicos trajeron nuevos cultos como San Nicolás de Bari y San Eutropio, y dieron una nueva dimensión francígena a San Martín y San Saturnino. El culto jacobeo aparece íntimamente unido a este fenómeno, aunque superándolo e instalándose a lo largo de los diferentes ramales hacia Compostela. Otras devociones relacionadas con las rutas de romeaje fueron San Salvador, San Nicolás de Bari, San Antón y Santa Marina. Véase SANTIAGO, Camino de.
La benedictinización de algunos importantes monasterios a partir del siglo XI no supuso un cambio en las advocaciones, salvo en el caso del císter, ya en la centuria siguiente. Sus establecimientos religiosos fueron de titularidad mariana, fruto del impulso devocional a la Virgen propugnado por San Bernardo. El siglo XII también conoció la implantación de las órdenes militares en los reinos hispánicos. En Vasconia poseían bienes y encomiendas los templarios y los hospitalarios de San Juan de Jerusalén, y ni siquiera éstos prestaron la advocación del Bautista a los espacios de piedad donde la orden tenía encomiendas.
En los siglos XIII y XIV las órdenes mendicantes cambiaron el papel asignado a la devoción del santo en la vida religiosa, sobre el camino abierto por los cistercienses. Los mendicantes establecidos en Vasconia a partir del siglo XIII se instalaron en numerosas ocasiones en ermitas u oratorios preexistentes, manteniendo su advocación primigenia, o dedicándolos a la Virgen o al titular al fundador de la orden.
El panorama advocacional bajomedieval se completó con la fundación de algunas pocas parroquias que fueron puestas bajo el patrocinio de Santa Catalina, San Marcos, San Blas, Santa Ana, San Joaquín, San Buenaventura, Santa Eufemia, y San Pedro mártir de Verona. Los santos de mayor veneración en los últimos siglos medievales salpicaron el territorio de ermitas, siendo los protagonistas destacados Santa María, San Juan Bautista, Santa Catalina, Santa Bárbara, San Cristóbal, San Sebastián y San Blas. Otras advocaciones apenas tuvieron relevancia, figurando como titulares de unos pocos espacios de piedad (ermitas, capillas, altares, hospitales y edificios puestos bajo su protección especial), de algunos gremios y cofradías, o siendo representados únicamente en la iconografía y las reliquias.
El barroquismo de los últimos siglos medievales tuvo que buscar espacios de piedad secundarios para poder hacer frente a una época en la que los santos eran el único recurso contra las pestes y todo tipo de calamidades. Véase PESTE. Por encima de ellos, los principales templos tenían un dueño celestial cuyo origen se perdía en los siglos tardoantiguos. Esta misma fijeza ha perdurado hasta la actualidad. Así, durante los siglos modernos y contemporáneos se fueron introduciendo nuevas advocaciones que tuvieron que acomodarse a espacios de piedad secundarios o titular los nuevos templos erigidos en estas épocas, tal y como les ocurrió a los santos vascos más universales, los jesuitas San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. Conviene finalmente recordar que a partir de la apoteosis mariana derivada de Trento se produjo la obsesión por singularizar las advocaciones de la Virgen (Asunción, Natividad, etc.), atestiguándose en Vasconia este fenómeno en un amplio arco comprendido entre 1580 y 1620.
E. Delaruelle, uno de los grandes investigadores de la religiosidad medieval, apunta acertadamente que para realizar el seguimiento del culto a los santos en una región específica -en su caso la Umbría italiana-, debe comenzarse por la toponimia, la plasmación de la devoción popular más cercana a la época de la formación de las parroquias (Delaruelle, 1975: 52-53). En efecto, entre todos los testimonios hagionímicos descuellan por su importancia y antigüedad los titulares parroquiales, fijados desde los inicios de la implantación del cristianismo y que han perdurado, con escasas modificaciones, hasta la actualidad. En el caso de los templos desaparecidos, sus hagiotopónimos remiten frecuentemente al que fuera el titular primitivo. El resto de testimonios hagionímicos permite completar el análisis del alcance de las distintas devociones en el tiempo (Vid. Arroyo, 1964: 37). A su vez, el sustrato hagionímico constituye una de las vías más fecundas y apenas explotada para el estudio de la retícula poblacional, proporcionando pistas sobre el sistema de apropiación del territorio debido a la fijación del culto al santo, ya que a través de la presencia y continuidad cultual a la misma advocación se puede deducir el grado de asentamiento poblacional o, incluso, confirmar la importancia de un culto o institución eclesiástica en un lugar, si bien este segundo caso resulta infrecuente, aunque existen ejemplos elocuentes como el catalán de la Seo de Urgell. Tampoco resulta extraño que una población determinada acabe con el tiempo adoptando el nombre de la advocación de su iglesia, tal y como se constata a través de numerosos ejemplos vascos. A su vez, con los datos que proporciona la hagiotoponimia es posible establecer la continuidad de los elementos de población para las épocas de transición y oscuridad en las que faltan fuentes más expresivas, sirviendo para demostrar la capacidad de permanencia de la comunidad villana de los territorios de Vasconia desde la tardoantigüedad (Cfr. Sáez, 1976: 7).
El análisis de los titulares de los espacios sagrados ha corrido principalmente a cargo de Saturnino Ruiz de Loizaga (1999) y Roldán Jimeno Aranguren (2003a y 2003b), en cuyas obras basamos este epígrafe.
El cristianismo penetró en Vasconia en el siglo III a través del valle del Ebro, llegando inmediatamente a las ciudades situadas en las grandes vías de comunicación que surcaban el territorio. Antes de finalizar el siglo IV la nueva religión estaría plenamente establecida en los puntos más romanizados: el ager navarro y alavés, los núcleos situados en las arterias de comunicación y los establecimientos costeros. Aquellas cristiandades de las primeras centurias conocieron tanto por el norte como por el sur dos importantes reveses.
Las primeras comunidades asentadas en las cuencas de los ríos que vierten en el Cantábrico sufrieron las depredaciones costeras de los hérulos en el siglo V, a las que seguirían las de los sajones. Sin embargo, no parece que estas incursiones supusieran el final de aquellas cristiandades y sus cultos, y hubo que esperar hasta las más feroces incursiones de los normandos escandinavos desde el siglo VIII hasta las primeras décadas del X para asistir al auténtico repliegue y abandono de los valles trasmontanos. Por su parte, en la segunda década del siglo VIII se producía la conquista musulmana de la porción meridional de Vasconia, quedando este territorio en manos de los seguidores de Allah, y estableciéndose la marca entre las dos grandes civilizaciones del mundo occidental.
El principal espacio cultual cristiano de los territorios de Vasconia, la catedral de Pamplona, se atestigua entre el siglo V y VI, erigida sobre el foro romano de la ciudad. La advocación corrobora estas fechas, pues la Virgen es uno de los pocos cultos que posee templos hispanos desde el siglo V. Probablemente la seo habría obtenido la dotación correspondiente del lugar cúltico anterior, patrimonio que pronto se ampliaría a través de las donaciones privadas, como parece desprenderse de su núcleo dominial centrado en la cuenca de Pamplona. El cristianismo pasó pronto de la civitas al ager, implantado mediante el régimen de iglesias propias originado entre los siglos IV y VII. La crisis del imperio romano provocó el desplazamiento de la aristocracia urbana a sus fundos. Conforme aquellos propietarios se iban cristianizando, edificaban y dotaban templos, transmitiendo a su vez la fe entre su clientela. Debido al carácter señorial de estas propiedades, sus dueños elegirían la advocación de aquel templo rural. Aunque el proceso de erección de las iglesias propias debió iniciarse en el siglo IV, no habría sido hasta la segunda mitad del V cuando comenzaron a titularse aquellos templos, pues en los comienzos del culto los espacios sagrados no tenían titular ni reliquias. Ya en la sexta centuria, los fieles difícilmente admitían una basílica sin reliquias ni patrono celestial, y hacia la mitad de la siguiente la deposición de reliquias era necesaria en toda consagración de las iglesias, teniendo todas ellas un titular.
Los cultos numéricamente más importantes en las parroquias y monasterios altomedievales del sector nuclear vasco -aquel donde se produce una continuidad poblacional ininterrumpida entre la tardoantigüedad y los primeros siglos medievales- remiten al proceso cultual configurado entre los siglos V y VII. El tupido mapa advocacional de Santa María muestra elocuentemente su temprana implantación a partir de la quinta centuria. A esta época pudieron corresponder los primeros testimonios de San Martín de Tours, San Pedro y San Esteban protomártir. El siglo VI conocería la introducción del culto de San Juan Bautista y San Andrés. Todo este proceso continuó ininterrumpidamente hasta el siglo VIII. Todas estas advocaciones remiten a la liturgia hispánica, gestada en el siglo IV y conformada para el VI en toda la Península y en la zona de la Narbonense.
A partir del siglo IV en Hispania se asistió igualmente al nacimiento del movimiento eremítico, del que también surgió el cenobitismo. Este fenómeno habría comenzado a producirse en Vasconia en torno al siglo VI-VII, singularmente en las zonas rurales periféricas, suponiendo un factor importante en la difusión del culto de los santos. Pudieron participar de esta cronología los monasterios navarros visitados por San Eulogio a mediados del siglo IX, que habrían surgido por la necesidad de extender la cristianización por los valles pirenaicos orientales. Las advocaciones de los cenobios altomedievales pudieron ser posteriores, como ocurre con San Salvador en Leire y en Urdaspal. Los titulares monásticos se caracterizan frecuentemente por su inestabilidad, obedeciendo en muchos casos a las reliquias custodiadas en sus iglesias, alterándose el orden de los titulares o rebautizándose por una refundación u otras circunstancias ocasionales.
La irrupción de San Miguel en el siglo VIII supuso el cénit en la implantación de los espacios de piedad, llegando la cristianización hasta las montañas más elevadas de Euskal Herria. San Quirico hizo lo propio a una escala más modesta. Aunque el culto de los santos era un fenómeno consolidado, la invasión musulmana de la segunda década del siglo VIII marcó un antes y un después en su evolución. Los santos cobraron un especial simbolismo como protectores contra el infiel, tal y como se constata en el Elogio de Pamplona (s. X). El poder cristiano erigió una serie de castillos que no dudó en poner bajo la advocación de los primeros protectores en la lucha contra el Islam: Santa María, San Esteban y San Miguel. Hacia los siglos VIII y IX se habrían introducido también los cultos de San Adrián, San Juan Evangelista, San Julián, San Sebastián, San Saturnino, Santa Eugenia, San Jorge, San Babil, Santa Columba, Santos Cipriano y Cornelio, y Santos Facundo y Primitivo.
Los primeros mártires hispánicos venerados desde la tardoantigüedad tuvieron una presencia modesta en la Vasconia altomedieval. El más destacado fue San Vicente, quizás porque su culto era importante para el siglo V en Zaragoza, alcanzando para el VI toda Hispania y parte de la Galia. Su implantación en nuestro territorio parece obedecer a una cronología posterior a la segunda mitad del siglo VI. Por aquella época se introducirían también los cultos de San Lorenzo, Santa Eulalia, San Felices, San Fructuoso, y los Santos Justo y Pastor. No parece que la escasa representación de los mártires hispanos pudiera deberse a que para la segunda mitad del siglo VI buena parte de los espacios de piedad estuvieran ya cubiertos, pues testimonios como San Miguel alargan el proceso hasta el siglo VIII. Su implantación pudo venir a raíz de la presencia episcopal en diferentes concilios peninsulares. Los obispos serían los difusores principales del culto por el territorio, aunque la mayor parte de los propietarios de las iglesias propias prefirieron seguir con sus ya tradicionales Santa Marías, San Pedros o San Estébanes.
El siglo X se inauguró con el nacimiento del reino de Pamplona en la figura de Sancho Garcés I, el primer gran impulsor de reconquista, precedida en el tiempo por la recuperación de la franja meridional alavesa. La liberación del yugo musulmán debió ser un acicate para completar la retícula de iglesias rurales, proceso alargado hasta el siglo XI.
Algunas comunidades villanas no tenían por aquel entonces un templo local, por lo que acudirían al pueblo más próximo para asistir a los oficios. Las nuevas iglesias tomarían titulares anteriormente venerados como Santa María y otros correspondientes a las oleadas cultuales de aquella época: San Bartolomé, San Román, San Cristóbal, Santa Lucía, San Millán, Santos Cosme y Damián, Santa Engracia, y Santa Cecilia. En otros casos, las nuevas fundaciones de iglesias rurales pudieron suponer la duplicación del titular matriz, como parece deducirse en algunas localidades vecinas con la misma advocación parroquial, aunque muchas de estas coincidencias puedan adscribirse también al contagio de la moda. Este proceso continuó en los siglos sucesivos de una manera residual pero perfectamente constatable a través de sus devociones. Aquella XI centuria conoció la implantación de San Salvador -con el temprano precedente de Leire en las últimas décadas del siglo anterior-, Santo Tomás, San Bernabé, San Agustín y Santa Gema, mientras que a partir del XII fueron introduciéndose Santa María Magdalena, Santa Águeda, Santa Fe, Santo Domingo de Silos, San Fausto, San Jenaro, y los Santos Emeterio y Celedonio. Avanzados los siglos altomedievales también se implantaron los cultos de los santos Gil, Ginés, Marcelo, Silvestre papa, Juan y Pablo, Servando y Germano, y Simón y Judas.
En 1081 el papa Gregorio VII acabó suprimiento la liturgia mozárabe, sustituida por la romana, hacia la que existió un rechazo popular en toda Hispania a lo largo del siglo XI. El rito romano apenas trajo nuevas devociones populares, salvo la de San Clemente papa. A partir de finales del siglo XI también comenzó el desarrollo urbano en los territorios de Vasconia, fruto de la expansión demográfica y económica ocurrida en Europa. Los pobladores ultrapirenaicos trajeron nuevos cultos como San Nicolás de Bari y San Eutropio, y dieron una nueva dimensión francígena a San Martín y San Saturnino. El culto jacobeo aparece íntimamente unido a este fenómeno, aunque superándolo e instalándose a lo largo de los diferentes ramales hacia Compostela. Otras devociones relacionadas con las rutas de romeaje fueron San Salvador, San Nicolás de Bari, San Antón y Santa Marina. Véase SANTIAGO, Camino de.
La benedictinización de algunos importantes monasterios a partir del siglo XI no supuso un cambio en las advocaciones, salvo en el caso del císter, ya en la centuria siguiente. Sus establecimientos religiosos fueron de titularidad mariana, fruto del impulso devocional a la Virgen propugnado por San Bernardo. El siglo XII también conoció la implantación de las órdenes militares en los reinos hispánicos. En Vasconia poseían bienes y encomiendas los templarios y los hospitalarios de San Juan de Jerusalén, y ni siquiera éstos prestaron la advocación del Bautista a los espacios de piedad donde la orden tenía encomiendas.
En los siglos XIII y XIV las órdenes mendicantes cambiaron el papel asignado a la devoción del santo en la vida religiosa, sobre el camino abierto por los cistercienses. Los mendicantes establecidos en Vasconia a partir del siglo XIII se instalaron en numerosas ocasiones en ermitas u oratorios preexistentes, manteniendo su advocación primigenia, o dedicándolos a la Virgen o al titular al fundador de la orden.
El panorama advocacional bajomedieval se completó con la fundación de algunas pocas parroquias que fueron puestas bajo el patrocinio de Santa Catalina, San Marcos, San Blas, Santa Ana, San Joaquín, San Buenaventura, Santa Eufemia, y San Pedro mártir de Verona. Los santos de mayor veneración en los últimos siglos medievales salpicaron el territorio de ermitas, siendo los protagonistas destacados Santa María, San Juan Bautista, Santa Catalina, Santa Bárbara, San Cristóbal, San Sebastián y San Blas. Otras advocaciones apenas tuvieron relevancia, figurando como titulares de unos pocos espacios de piedad (ermitas, capillas, altares, hospitales y edificios puestos bajo su protección especial), de algunos gremios y cofradías, o siendo representados únicamente en la iconografía y las reliquias.
El barroquismo de los últimos siglos medievales tuvo que buscar espacios de piedad secundarios para poder hacer frente a una época en la que los santos eran el único recurso contra las pestes y todo tipo de calamidades. Véase PESTE. Por encima de ellos, los principales templos tenían un dueño celestial cuyo origen se perdía en los siglos tardoantiguos. Esta misma fijeza ha perdurado hasta la actualidad. Así, durante los siglos modernos y contemporáneos se fueron introduciendo nuevas advocaciones que tuvieron que acomodarse a espacios de piedad secundarios o titular los nuevos templos erigidos en estas épocas, tal y como les ocurrió a los santos vascos más universales, los jesuitas San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. Conviene finalmente recordar que a partir de la apoteosis mariana derivada de Trento se produjo la obsesión por singularizar las advocaciones de la Virgen (Asunción, Natividad, etc.), atestiguándose en Vasconia este fenómeno en un amplio arco comprendido entre 1580 y 1620.
