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GALLO

Pelea de Gallos. Como otros muchos pueblos, el vasco observó la tendencia innata a la pelea de los gallos. Y de ello, como de todo lo que supone competencia e incertidumbre en cuanto a su resultado, hizo espectáculo en el que podía arriesgar su dinero. He aquí el más cruel de los juegos del País, afortunadamente hoy casi en desuso. La prohibición gubernativa, que en ocasiones se convierte en tolerancia en el caso de los carneros, se aplica con rigor en la lucha de gallos. Ha desaparecido, por esta causa, como espectáculo, limitándose a desafíos particulares de criadores de gallos, sin más público que un reducido grupo de amigos. El gallo más adecuado para la lucha es el de raza "inglesa", pero criado en España. El gallo es de mayor tamaño que la hembra, su cresta y cola más desarrollada y las plumas más largas que en la gallina. El espolón se inicia hacia los cinco meses de edad, creciendo con el animal. El gallo es belicoso, pero soporta otros ejemplares siempre que no sea de raza pura de combate o esté con gallinas. En la pubertad, se constituye en familia no siendo conveniente, para cada gallo, más de 12 gallinas. Es apto para la reproducción desde los seis meses hasta los tres años de edad. El gallo vigila su rebaño avisando de cualquier peligro que pudiera surgir pero no comparte con la gallina la incubación de las polladas, llegando, por el contrario, muy a menudo, a estropearlas. En el País Vasco, el gallo criado para la pelea suele vivir en una jaula de barrotes de madera, aislado totalmente de otros gallos. La jaula tiene comedero y bebedero y va cruzada transversalmente por un palo donde el ave posa por las noches. El piso se cubre de paja, serrín o arena que se renueva a menudo para limpiar el excremento. La mejor zona es Andalucía, especialmente la región de Jerez, desde donde algunos criadores vascos los importan. Los gallos de pelea españoles son muy cotizados en el mundo, constituyendo su exportación capitulo de cierta importancia en la balanza de pagos. En el año 1968 se exportaron oficialmente, según datos del Ministerio de Comercio, 2.992 gallos, valorados en diez millones y medio de pesetas. Se ha llegado a pagar por un ejemplar la cantidad de 50.000 pesetas, para su utilización como semental. El mayor número de ejemplares fueron destinados a Estados Unidos, Venezuela y Colombia, países estos dos últimos donde existe una gran afición a las luchas de gallos. Pero la cifra real de exportación es mayor por la salida clandestina de ejemplares. El cálculo para el año 1969 es de unos 10.000 ejemplares. Otras famosas razas de combate son la malaya, el gran combatiente de Indias, el gallo de Brujas y el de Lieja. La mejor edad para la pelea se comprende entre los tres y los cuatro años. Los criadores cuidan los gallos con especial mimo esperando la hora de la apuesta. Cuando el ejemplar ha alcanzado su completo desarrollo el propietario se pone en contacto con otro criador concertando los términos en que se llevará a efecto la lucha. El término de la pelea suele ser, casi siempre, la muerte de uno de los gallos. La duración de la lucha varía según se haya concertado con el espolón limpio, o aplicando al mismo un largo y afilado pincho de acero, que hace más graves las heridas. Normalmente la pelea se prolonga entre diez y quince minutos, aunque es frecuente el golpe mortal a poco de iniciar el combate. Si fuere la lucha a espolón limpio, se afilan cuidadosamente para hacer más eficaz su golpe. El gallo lucha a muerte, con una ferocidad que produce escalofrío, golpeando con las alas sus patas para hincar más hondo el espolón en el cuerpo de su adversario. Los gallos combaten pelados para evitar que las plumas calienten demasiado el cuerpo produciendo su agotamiento, y, también, para privarles de ese medio de defensa a los golpes del espolón, que son las plumas. Ha decaído mucho la afición a las peleas de gallos. Muy frecuentes en otras épocas, la actuación de las autoridades ha ido relegando las apuestas al ámbito particular del caserío. Dentro del País Vasco la zona de cría y afición coincide con la del carnero de lucha: en Vizcaya, la zona oriental; en Guipúzcoa, Eibar, Azcoitia, Motrico, Azpeitia y Oyarzun, entre otros; y en Navarra, Lesaca, Santesteban y Leiza. Las primeras prohibiciones arrancan con la Dictadura del general Primo de Rivera. Los Gobiernos Civiles de las provincias vascas no adoptaban una postura uniforme delegando, casi siempre, en los respectivos alcaldes la concesión de autorizaciones aunque siempre en un marco restrictivo. Como ejemplo citaremos que el Ayuntamiento de Oñate prohibió terminantemente la celebración de peleas de gallos en las fiestas de Nuestra Señora de Aránzazu, de 1928, a pesar de estar ya anunciadas. En Azcoitia existe una placita, con gradas, donde se celebraban las peleas de gallos. Pero, normalmente, tienen lugar en el terreno descubierto que todo caserío vasco tiene delante de la entrada. Se celebran también peleas con ocasión de homenajes a figuras populares, como la que tuvimos ocasión de presenciar en el restaurante Atamitx, de Oyarzun, tras la comida ofrecida a Atano X, por haber obtenido el título de campeón manomanista, en 1968. Vizcaya tuvo siempre una gran tradición en este juego. En Indauchu, desde mediados del siglo pasado y hasta 1912, funcionó el "Círculo gallístico", donde el público asistía para apostar. Actualmente prohibidas, sólo se celebran en la clandestinidad en la taberna "Antigua Echevarria", de Erandio. En el caserío de José María Mendiola, en Oyarzun, pudimos comprobar el cuidado que exigía a su propietario la cría de cuatro gallos adultos y 25 pollitos, todos ellos destinados a la lucha. Otros conocidos criadores han sido "Txopa" de Eibar, y el famoso aizkolari y probalari Antonio Soraluce "Korta", que en su caserío Teresategui, de Lasarte, crió durante años famosos carneros y gallos de pelea. Al hablar de las características de nuestros juegos y deportes hemos señalado como muy propia del carácter vasco el de la indiferente crueldad ante el dolor de los animales. Señalábamos que esta crueldad es instintiva, por lo tanto sensitiva y primaria, producto de una cultura individual detenida a nivel de embrión. Y sin embargo, el común de nuestros caseros rechaza la crueldad de la pelea de gallos. No es ésta una afirmación gratuita que aquí hacemos para enmascarar un aspecto desagradable de nuestras costumbres. Recuerdo la respuesta de José María Lopetegui, de Azpeitia, gran aficionado a todo tipo de deportes rurales, cuando le pedí informes sobre las luchas de gallos. "Eso son porquerías", dijo. La lucha de gallos es espectáculo de muy antiguo origen. Los griegos se apasionaban con él, siendo numerosos los criadores. De Tanagra, Rhodas, Melos y Calcis procedían los más bravos a los que se alimentaba con ajos para estimular su belicosidad. Una ley, en la Atenas clásica, mandaba que todos los años se celebrase una riña de gallos, a expensas del Tesoro público, en memoria de la arenga que Temístocles dirigió a los atenienses momentos antes de la batalla de Salamina, poniendo como ejemplo de bravura a dos gallos que, en aquel momento, combatían. De este hecho surge la costumbre griega de los Alectrionon agones o combates de gallos. Los jóvenes atenienses eran llevados a presenciar estas peleas para que en ellas tomaran ejemplo de lucha sin cuartel, hasta la muerte. La lucha de gallos, como espectáculo, procede en los tiempos modernos de Filipinas, de donde llegó a España y volvió a exportarse a toda Sudamérica y Cuba. A pesar de la oposición de las Sociedades protectoras de animales entró en Inglaterra con gran furor en el siglo XIX, donde se montó el campo de combate más importante de todos los tiempos, el "Royal Cockpit", situado en Tufton Street, Londres. Pero la lucha de gallos apasiona, sobre todo, en Filipinas y Sudamérica. Como hemos señalado, el vasco aprovechó como objeto de competición el instinto belicoso del gallo introduciéndose su uso en el siglo XIX, procedente de las regiones españolas.

Rafael AGUIRRE FRANCO