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ESCLAVITUD (HISTORIA)

Entre el rechazo y la aceptación. Muchos esclavos corrían la misma suerte que el común de la población vasca trabajadora: en una cultura de trabajo, estos criados suplementarios ejercían mayoritariamente funciones productivas, mientras que en el Sur su propósito respondía más a prestigiar socialmente a sus amos. En el Norte nos encontramos con esclavos que ejercen de administradores, artesanos, mensajeros, etc., respondiendo a la expectativas y oficios de sus laboriosos y eficientes amos. Algunos esclavos tuvieron la fortuna de llevar una vida parecida a la de los autóctonos, y hubo algunos que, elevados por encima de la mediocridad propia de la gran mayoría de ciudadanos vascos, disfrutaron de una situación de auténtico privilegio. Pero estas eventualidades dependían, fundamentalmente, de los buenos sentimientos de los dueños.

En Bilbao los encontramos ejerciendo de artesanos que contribuyen al bienestar de la sociedad vizcaína afincada a orillas del Ibaizabal, y en Donostia, Gasteiz, Bergara o Azkoitia los hallamos acompañando en sus quehaceres o pregonando el prestigio de importantes secretarios, mercaderes, corregidores, y otros oficiales reales.

Tenemos noticias de esclavos a los que sus amos ayudaron a destacar. El Secretario Juan de Idiaquez, donostiarra, promocionó a un muchacho que había traído de una expedición mediterránea, y llegó a ocupar un importante cargo en casa de su señor. En ausencia de su amo sufrió ataques de ciertos vecinos envidiosos, pero se las ingenió para defender su posición y conseguir acreditarse como vecino de Donostia. En su estrategia logró recabar el apoyo de vecinos que apoyaban sus reivindicaciones. Pero estos afortunados sufrían el acecho de quienes los consideraban inferiores y no podían sufrir su fortuna. De hecho, la mera sospecha de que un individuo pertenecía a una raza impura, o procedía de una comunidad de esclavos, podía servir de coartada para negarle el pago de deudas.

El acoso a los esclavos bien situados se hace relativamente frecuente. Las situaciones excepcionales que acabaron en pleitos hacen sospechar que otros muchos ataques quedaron en el anonimato. Algunos casos resultan elocuentes y se bastan para detectar cierta animadversión hacia el esclavo en general y hacia el esclavo con fortuna en particular. Lo ocurrido con Diego, administrador de un mercader de Azkoitia, responde a un claro ataque de envidia, ante la incapacidad de admitir el éxito de un elemento no autóctono y de raza diferente. A su vez, Francisco Genovés y su hija Mariana de Mendizábal sufrieron las consecuencias de un creciente clima antiesclavista. Francisco, recogido por su dueño siendo niño libre y cristiano, provocó la envidia, debido a su posición económica, de algunos donostiarras, quienes lo acusaban de haber sido esclavo. Un marinero abusó de su hija Mariana, bajo promesa de matrimonio, e intentó, sin éxito, romper su compromiso bajo la excusa de que se trataba de una hija de "turco y esclavo".

Francisco de Estrada, por su parte, sufrió también esta situación de indefensión, apoyada en la sospecha de su condición de esclavo, por parte de gente que intentaba de ese modo liberarse de ciertas deudas contraídas con el presunto esclavo. Tanto en el caso de Estrada como en el de Genovés se puede percibir que se trata de estratagemas para soslayar deudas de modo fraudulento o de saldar irregularmente enfrentamientos personales. En cuanto se abren las diligencias al respecto ambos encuentran suficientes apoyos de los vecinos como para salir bien del embrollo, incluso ante unas autoridades provinciales que se mostraran, por lo que conocemos, propensas a dar por buena cualquier acusación dirigida a detectar la presencia de algún esclavo camuflado.

Por lo general, da la impresión de que en Euskal Herria predominan los esclavos domésticos, más de ayuda y compañía que de prestigio y lustre. Pero tampoco se los puede confundir con los considerados esclavos destinados a la producción, cuya presencia se hace masiva en la América poscolombina, fenómeno en el que, al igual que el resto de los colonizadores, también participaron los vascos.

Tampoco podemos perder de vista, al hablar del posicionamiento ante los esclavos, de una costumbre muy extendida en la sociedad vasca: la de manumitir o liberar a los esclavos. Estos podían recobrar su libertad, excepcionalmente, cuando todavía eran jóvenes, aunque era más frecuente que los liberaran siendo de edad más avanzada. En este caso, y a pasar del gran aprecio por la libertad, su bienestar resultaba muy relativo, pues debían enfrentarse, además de a un posible rechazo social, a buscarse la vida, porvenir no muy halagüeño para los de cierta edad. Entre las razones confesadas por algunos dueños que se desprenden de sus esclavos no faltan alusiones a que era la libertad el bien más preciado del hombre.