Kontzeptua

Revolución Científica

La expresión "revolución científica" se refiere a los cambios históricos, conceptuales, sociales, institucionales y de creencias vinculados a la ciencia y acaecidos en Europa aproximadamente entre 1550 y 1700. Esta caracterización es la tradicional y toma en consideración el periodo que se inicia con la hipótesis de Copérnico de un cosmos heliocéntrico y que finaliza cuando Newton plasma sus leyes de la mecánica del universo. La cuestión clave para los historiadores de la ciencia es saber si lo que tradicionalmente se denomina "revolución" realmente lo fue; es decir, si lo que con esta expresión los historiadores de la ciencia quieren decir tiene sentido o no.

Este artículo se inicia por tanto en el ámbito de la historia de la ciencia y finaliza en el de la filosofía de la ciencia y de otros estudios empíricos sobre esta disciplina (sociología, ciencia-tecnología-sociedad, estudios sobre ciencia). Ello es debido a dos factores: (i) a que el periodo mencionado en la caracterización tradicional ha variado sustancialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial. Hay quienes lo han extendido hasta 1750 y quienes lo han reducido a los años en torno a 1610, periodo de trabajo de Galileo y Kepler; y (ii) a la influencia determinante de la obra de Thomas Samuel Kuhn (1922-1996), a partir de la cual las cuestiones conceptuales dejan de ser un elemento secundario en las narrativas de carácter puramente histórico. A partir de Kuhn la revolución científica se entenderá como conjunto de cambios que involucran variaciones conceptuales, culturales, sociales e institucionales relacionadas con la naturaleza, el conocimiento y las creencias.

Históricamente, tras la tesis de Copérnico se proponen nuevas concepciones del cosmos: Tycho Brahe (1546-1601) aporta nuevas observaciones astronómicas, Johannes Kepler (1571-1630) introduce modificaciones teóricas acerca de las órbitas planetarias y sus movimientos, y Galileo Galilei (1564-1642), René Descartes (1596-1650), Christian Huygens (1629-1695) e Issac Newton (1642-1727) crean nuevas teorías del movimiento que adoptan la tesis de la Tierra en movimiento. Finalmente, Newton unifica cielos y Tierra por medio de sus leyes universales del movimiento, generando así un concepto de Universo que deja atrás la noción aristotélica de cosmos.

Según esta forma de ver la revolución científica, la síntesis de Newton supone el cambio de un cosmos cerrado, finito, jerárquico y cualitativo por un universo infinito, homogéneo y cuantitativo, haciendo que todas las cosas se unifiquen: toda la materia pasa a ser de un único género, hay sólo un tipo de leyes, un tipo de espacio y un tipo de tiempo. Todo es espacio, tiempo, materia y causa. Es decir: el Universo. Con ello la cosmovisión orgánica da lugar a una visión mecanicista del mundo, al mundo mecánico moderno, motor de la civilización científica que crecerá exponencialmente durante el siglo XX.

Sin embargo, la publicación de La estructura de las revoluciones científicas en 1962 (La Estructura, en adelante) por parte de Kuhn pone en duda la noción tradicional de revolución científica. ¿Cabe sostener que hubo una revolución científica que nos hizo dejar de lado una concepción precientífica del mundo para abrazar una concepción científica y moderna? Sea como fuere, no cabe duda de que a partir de 1962 la filosofía y la ciencia han procurado clarificar la idea de revolución científica con el fin de que no conduzca a confusión. ¿Es una revolución científica un mero accidente o es algo necesario? ¿Qué patrón sigue una revolución científica, si es que lo sigue? ¿Es un salto hacia el futuro o sólo la ruptura de la idea de progreso acumulativo?

Una idea clara de revolución científica que sirviera para responder a estas cuestiones debería tener en cuenta al menos dos factores fundamentales: uno, que un cambio revolucionario en ciencia conlleva habitualmente un cambio conceptual drástico y, dos, que la revolución científica exige que concibamos adecuadamente el cambio en ciencia. Estos factores permiten que organicemos el tema de la siguiente manera: en primer lugar, tomaremos en consideración el papel de las revoluciones científicas en la historia de la ciencia y la filosofía de la ciencia (Sec. 2). A continuación, expondremos la visión más perspicaz al respecto, la de Kuhn (Sec. 3), no libre de formas alternativas de entender la cuestión, algunas de las cuales mostraremos (Sec. 4). Por último, concluiremos con unas notas de cierre (Sec. 5).

Subyacen a la noción de revolución científica tres imágenes que hay que tener en cuenta: la de giro, la de vuelco y la de gran salto hacia delante que explora nuevos territorios. Los tres elementos indican que acontece una transformación importante en el conocimiento científico y en las prácticas de este ámbito, lo cual abre nuevas posibilidades y objetivos: se pueden incorporar nuevos tipos de entidades, nuevos tipos de procesos y problemas, herramientas para la investigación, etc. Puede que todos estos elementos no existieran con anterioridad o, en caso contrario, que sí existieran, pero que posteriormente sean reordenados y asimilados. Kuhn opta por concebir la revolución científica como reorganización de materiales familiares para los científicos, con influencia directa en cuestiones filosóficas fundamentales como la objetividad del conocimiento científico, la racionalidad en la ciencia, el progreso del saber, la inconmensurabilidad de teorías o el realismo. Sin embargo, la gestación de la expresión "revolución científica" es previa a la obra de Kuhn.

El término "revolución" se acuña en el seno de una amalgama de modos de entender la realidad. Si bien es cierto que en astronomía la obra de Copérnico acerca de los cuerpos celestes se tituló De Revolutionibus Orbium Coelestium (Sobre las revoluciones de las esferas celestes, 1507-1532), el significado moderno del término no cuaja hasta 1688, y en el dominio de la política (Hill 1990, p. 82), donde adopta el sentido de "revuelta exitosa". Sin embargo, el verdadero discurso en términos de "revolución científica" toma verdadero cuerpo durante el siglo XX, cuando Alexander Koyré interpreta en sus Etudes Galiléenes de 1939 la obra de Galileo como una transformación drástica de corte platónico, y el historiador de la política Herbert Butterfield (1949, Los orígenes de la ciencia moderna) subraya la relación histórica y conceptual (filosófica) inherente a toda revolución científica. Butterfield es un pluralista y considera que hubo muchas revoluciones científicas, perspectiva que contrasta con el monismo de A. Rupert Hall (1954, La revolución científica: 1500-1750), para quien sólo hubo una única revolución científica en el sentido tradicional mencionado al comienzo.

Butterfield es por lo tanto uno de los primeros historiadores que articula la cuestión del vínculo entre la ciencia y la civilización occidental. Se aproximan a este tipo de labor otros historiadores como Edwin A. Burtt, que proporciona una visión clara de la revolución científica en Los fundamentos metafísicos de la ciencia moderna (1924); Alfred N. Whitehead, que analiza la noción del genio en La ciencia y el mundo moderno (1925); John B. Bury, que examina la noción de progreso en La idea de progreso (1920); y Robin G. Collingwood, que escribe su influyente Idea de la naturaleza en 1945. Todos estos son enfoques de la ciencia en el contexto de las ideas de conocimiento, verdad y realidad; son estudios próximos a la filosofía. Cabe destacar aquí la figura del mencionado Koyré, que expande el enfoque de Burtt al combinar excelentemente filosofía y conocimiento especializado sobre ciencia.

Desde la década de 1950, los estudios históricos sobre la revolución científica han continuado perfeccionando la vía de Koyré. Entre otros, son textos sobresalientes los de A. Rupert Hall (1954, La revolución científica), Charles Gillispie (1960, The Edge of Objectivity), Allen Debus (1978, El hombre y la naturaleza en el Renacimiento) y Richard S. Westfall (1971, La construcción de la ciencia moderna). Pero desde la perspectiva próxima a la filosofía, a partir de 1962 es Kuhn y su forma de hacer historia de la ciencia la que dominará la disciplina. Esto hace que la noción de revolución científica entendida como "revolución copernicana" caiga en desuso, aunque aún se continúen publicando textos históricos especializados en Galileo y Newton, pero que evidentemente carecen de una idea amplia de revolución científica que capture los cambios radicales acaecidos en la ciencia del siglo XX.

La obra de Kuhn "y parcialmente la de Paul K. Feyerabend (1924-1994)" convierte la literatura sobre revoluciones científicas en elemento fundamental para el nexo entre la historia y la filosofía de la ciencia. Aunque Kuhn publica The Copernican Revolution en 1957, son La estructura, la "Posdata" de 1969 a este libro y la segunda edición de 1970 las que propician el éxito de la concepción kuhniana. Según Kuhn, ha habido muchas revoluciones científicas en la historia de la ciencia, tanto en áreas muy extensas como en otras muy reducidas de unos pocos miembros, pero lo importante es ver que se trata de avances que, aunque de apariencia normal, progresiva y acumulativa, en realidad son de un carácter diferente: no-normal y no-acumulativo. Para Kuhn hay paradigmas envolventes, de gran 'tamaño' "el ejemplo más claro es la mecánica clásica?, que contienen otros paradigmas menores distribuidos en especialidades, y lo importante es ver que el cambio final de un paradigma a otro en un campo científico es siempre revolucionario.

La aportación de Kuhn hace que el estudio de las revoluciones científicas convierta la historia de la ciencia en una verdadera historiografía madura que genera gran interés en varias disciplinas de investigación a partir de la década de 1960. Posteriormente, a partir de 1990, esta mayoría de edad permite proyectar la historia de la ciencia como un área temática capaz de enfrentarse a dificultades notables: por un lado, hay autores post-kuhnianos importantes como Steven Shapin (1996) que niegan que haya existido la revolución científica, afirmación que justifica sobre la base de que durante más de 150 años nadie ha podido reducir la actividad científica a una caracterización que incorpore todos sus cambios teóricos, metodológicos, prácticos, instrumentales y sociales. En este sentido, Shapin se opone a las grandes narrativas de corte moderno típicas de la escritura histórica previa a la obra de Kuhn. Por otro lado, hay historiadores como Alistair C. Crombie (1994) y Peter Dear (2001) que no confían demasiado en la noción de revolución científica porque consideran que no es posible localizar exactamente el momento de la Revolución Científica tras la Edad Media y el Renacimiento. Evidentemente, son historiadores que tan sólo se fijan en la noción tradicional de revolución científica.

Una consecuencia general de todo ello es que los historiadores y filósofos actuales de la ciencia aceptan que las revoluciones se han distribuido en disciplinas específicas y más reducidas. Sin embargo, resta una cuestión clave para comprender una revolución científica: ¿en qué sentido nos hace variar de forma de ver el mundo? En otras palabras: ¿cómo se relaciona la revolución científica en su sentido histórico con el cambio conceptual?

Estas preguntas nos conducen hasta la interrogación acerca del inicio del discurso revolucionario en la filosofía de la ciencia. Además de Kuhn, aquí nos encontramos con algunos antecedentes menos radicales que él, todos ellos posteriores al período de la filosofía de la ciencia del Círculo de Viena y de la concepción heredada (1925-década de 1950). El primer gran predecesor es Norwood Russell Hanson, quien en 1958 (Patrones de descubrimiento) propone la tesis de la carga teórica de la observación y analiza el papel de los cambios perceptivos de tipo Gestalt en ciencia, abriendo camino con ello al discurso sobre el cambio en ciencia. Por supuesto, sus resultados no superan los de Kuhn a la hora de concebir e identificar revoluciones científicas, algo que ni siquiera la monumental obra de Cohen (1985, Revolución en la ciencia) y sus supuestas condiciones necesarias para la aplicación del concepto de revolución científica ha conseguido.

Una revolución científica necesita que haya discontinuidad simultánea en cuatro niveles:

  1. en el nivel básico de la experiencia perceptiva o sensorial de los científicos,
  2. en el nivel de las afirmaciones sobre hechos del mundo,
  3. en el nivel de los valores y de las normas para la buena investigación, y
  4. en el nivel de los objetivos de la rama en cuestión de la ciencia.

Los cuatro niveles proyectan conjuntamente una imagen holista y no acumulativa de la actividad científica: las revoluciones suceden en conjunto en la ciencia, no por partes, y rompen con muchos elementos del pasado en los cuatro niveles. Para entender esta ruptura holista, Kuhn elabora un nuevo vocabulario con varios términos clave ?"paradigma", "crisis", "inconmensurabilidad", "ciencia normal", "ciencia revolucionaria" y "revolución"? que trataremos en este texto y desarrolla un método propio: procura identificar patrones en los fenómenos naturales para a continuación reorganizar esos datos desde otras perspectivas. Esto le conduce a enfatizar, como parte de su forma de trabajar, lo extraño (las anomalías) frente a lo familiar. De ello deduce que las revoluciones científicas se asemejan más bien a un cambio repentino de tipo Gestalt que a un avance progresivo.

Éste es el mensaje inicial de Kuhn, opuesto a la imagen que la metodología de la ciencia, especialmente la de Popper, proyectaba de la ciencia, y que los historiadores no habían criticado. Frente a Popper (1934, La lógica de la investigación científica), Kuhn considera que un ámbito de investigación se convierte en ciencia madura cuando desarrolla un paradigma capaz de caracterizar lo que significa hacer ciencia normal. La ciencia normal (La Estructura, Caps. II, III y IV) en el seno de un paradigma es el estado normal de la ciencia y de la comunidad científica; es convergente y no promueve iniciativas de cambio ni descubrimientos novedosos. Es muy detallada, minuciosa y tiende a fagocitar todo resultado experimental y teórico anómalo. Sólo cuando los científicos pierden confianza en el paradigma como guía de la investigación surge una crisis, que es patológica, y proporciona alternativas ante el paradigma reinante hasta abrir camino a la revolución científica. La adquisición de un nuevo paradigma es por tanto un proceso rompedor, no acumulativo.

Kuhn caracteriza los paradigmas de dos maneras:

  1. como cuerpo de actividades y conocimiento que formula y resuelve problemas, que atrae a grupos de científicos y que está abierto a nuevos rompecabezas ?o problemas que se deben resolver?, y
  2. como marcos compartidos que dan razón de la actividad entre científicos, especialmente de los acuerdos que los mantienen unidos o relacionados de manera significativa.

Es en la "Posdata" donde Kuhn reconoce el sentido doble de la noción de paradigma. En su sentido más general e interesante, un paradigma es una matriz disciplinaria que define la inteligibilidad de una empresa científica y proporciona la guía que incorpora los cuatro ingredientes siguientes: (i) las generalizaciones simbólicas (por ejemplo, F=ma), (ii) los compromisos metafísicos (por ejemplo, cómo concebir las clases naturales), (iii) los valores metodológicos que caracterizan el ethos de la comunidad, y (iv) sus ejemplares, o soluciones a los problemas o rompecabezas particulares que resultarán modelos para el trabajo futuro. Los ejemplares son el núcleo positivo sobre el que la nueva ciencia se erigirá tras la revolución. Al buscar guías para la predicción y para la acción futura, los científicos ponen atención en lo que los ejemplares proyectan; esto es, en aquello que define y resuelve los rompecabezas de su ámbito de trabajo. Confían en el paradigma y en el poder de sus ejemplares para guiar la investigación futura, dado que la ciencia normal consiste precisamente en resolver rompecabezas, tarea acumulativa en la que los científicos reconocen tácitamente que comparten prácticas y formas de trabajo social semejantes cuando modelan y procuran solventar situaciones problemáticas.

La ciencia normal es por ende un oficio dirigido a articular un paradigma. En la visión de Kuhn, los científicos normales trabajan en el seno de un único paradigma, sin competencia; pertenecen a comunidades cerradas, conservadoras, no abiertas como creía Popper al concebir la ciencia como actividad constantemente crítica y racional. Frente a Popper, frente a los miembros del Círculo de Viena y frente a la mayoría de los historiadores de la ciencia, Kuhn entiende que una comunidad científica sí se compromete con ciertas prácticas y dogmas, y que en realidad aprende de sus éxitos previos.

Pero el carácter conservador de la ciencia se aplica únicamente a los periodos de ciencia normal, cuando la investigación no busca novedades, ni conceptuales ni fenoménicas, y cuando los descubrimientos que abren periodos de crisis son inesperados (La Estructura, Cap. VII). Por ejemplo, el descubrimiento por parte de Röntgen en 1895 de los rayos X irrumpió inesperadamente en el paradigma de la física y por ello sirvió para minar la confianza en la visión del mundo que éste sustentaba. Por consiguiente, fue un descubrimiento que provocó una pequeña crisis cuyas soluciones, pequeñas también, fueron revoluciones a pequeña escala que cambiaron la perspectiva del paradigma.

Según Kuhn, y tras hacer un repaso histórico a gran escala, los grandes cambios son lo que esperaríamos que la práctica científica normal finalmente creara, dado que esperamos que todo paradigma contenga un elemento mínimo de arbitrariedad, de contingencia, lo cual hace muy improbable que un marco se mantenga en pie permanentemente. Y dado que la ciencia normal mira hacia detalles extraños ?anomalías?, no a patrones, se ve obligada a tomar en algún momento una trayectoria que finalmente conduzca a un cambio rápido en el que se entre en crisis y al cual le siga una revolución. En esta situación se acumulan resultados anómalos irresolubles que minan la confianza en el paradigma y conducen a crisis.

Los rompecabezas no resueltos se convierten en problemas profundos de estructura incierta ante los cuales los científicos procuran avanzar con métodos simples, de prueba y error, y la tensión esencial que emerge entre tradición y cambio finalmente se decanta por el cambio (Kuhn 1977, Cap. 9). Los científicos a veces encuentran soluciones en el viejo paradigma, pero a menudo no sucede así y el problema es tachado de intratable. Una vía de salida es aproximarse al problema con un enfoque radicalmente nuevo que promueva nuevas soluciones y que atraiga una masa de seguidores que amplifique los éxitos putativos hasta dar forma a un nuevo paradigma que compita con el viejo.

Hay dos ideas clave que Kuhn y Feyerabend emplean para afirmar que este proceso no es acumulativo: por un lado, el cambio de paradigma acarrea cambio de significado. En La estructura (p. 163) Kuhn mantiene que el significado de términos cruciales como "masa" varía radicalmente de la mecánica clásica a la teoría especial de la relatividad, y que la ontología de ambos paradigmas es completamente diferente. Por ejemplo, la masa newtoniana es una cantidad absoluta, mientras que la relativista es una función de la velocidad. No se podría concebir una derivación lógica desde una a la otra. Por otro lado, mientras que el campo de la teoría más novedosa es mayor que el de la más antigua, raramente ocurre que la teoría nueva capture todos los aspectos de la antigua. Normalmente sucede que rompecabezas resueltos con anterioridad se hacen irresolubles con el nuevo paradigma.

Este es el indicador clave de las rupturas revolucionarias en ciencia que separan drásticamente dos periodos, el prerrevolucionario y el postrevolucionario, en los niveles mencionados de la observación, la comprensión teórica, los estándares de la investigación y sus objetivos. Tras una revolución no hay medida común por la que comparar dos paradigmas en estos niveles. Por un lado, la observación está tan cargada de teoría que los científicos de los diversos paradigmas en competición pueden discrepar incluso de los datos de observación más básicos, de modo que éstos ya no servirían de lenguaje neutral para evaluar teorías, por ejemplo. Por otro lado, los términos de las teorías de un paradigma no se pueden traducir a los de las teorías del paradigma opuesto, con lo que la comunicación fracasa. Los miembros de paradigmas opuestos no se entienden y el desacuerdo llega a los objetivos y a los estándares de éxito y de buena investigación.

Kuhn rechaza la noción tradicional de un método científico como algo independiente del contenido y del contexto, y lo sitúa como elemento interno a su propio paradigma. Fuera de éste no hay método. Por lo tanto, el paso de un paradigma a otro no puede depender del método, por lo que no se trata de un paso racional y acumulativo (progresivo), sino que depende de transformaciones emocionales obtenidas mediante la persuasión retórica. La sustitución revolucionaria de una matriz disciplinaria por otra ?es decir, de un paradigma en sentido amplio por otro? cambia la base constitutiva de una ciencia, la matriz que la define. Esto es, se reestructura su ámbito cognitivo, se transforma la ontología, las entidades básicas de los científicos de una matriz cuando generan y desarrollan sus dominios de conceptos, fenómenos y problemas. Un nuevo paradigma se acepta por medio de un proceso heurístico, un acto de modificación de uno mismo, una conversión que atrae a discípulos que forman una nueva escuela separada de la anterior y tal vez de otras presentes.

Los miembros de la nueva comunidad paradigmática piensan a su modo, hablan a su modo y viven en mundos diferentes, hasta el punto de que sólo la persuasión, no la demostración ?lo racional, la lógica, la justificación argumentada?, hará que en el futuro vuelva a ocurrir otra revolución. Los datos empíricos y la lógica son insuficientes para determinar los cambios teóricos o la elección entre una teoría u otra que estén en competencia, lo cual constituye un desafío directo a las ideas de objetividad científica y de racionalidad. Los paradigmas en pugna, por consiguiente, no se pueden evaluar racionalmente de la manera tradicional; es decir, por comparación frente a un mismo fondo de normas comunes. No hay medida común que sirva de base para la comparación. El nuevo paradigma es inconmensurable y su dirección futura de investigación puede ser completamente diferente a la anterior.

El capítulo IX de La estructura afirma que las revoluciones son inevitables, y lo hace de un modo que en su momento resultó novedoso. ¿Por qué los científicos, historiadores y filósofos no lo habían percibido así antes? Según Kuhn, porque las revoluciones son invisibles (Cap. XI): tras una revolución, el vencedor reescribe la historia de la ciencia y convierte el paradigma presente, el suyo, en secuela lógica, racional, del trabajo previo en la historia de la ciencia. Sólo el científico y filósofo con sensibilidad histórica podría darse cuenta de ello, y hasta la aparición en escena de Kuhn apenas los hubo. El capítulo 13 de La estructura se refiere a todo esto, y en parte por ello es controvertido, pero también porque Kuhn cambia las bases habituales de toda valoración del progreso, de si éste se da o no en el avance histórico de la ciencia. Kuhn prefiere proponer una analogía evolutiva según la cual una revolución se asemeja a una macroevolución biológica en sentido darwiniano, esto es, sin telos al que dirigirse, sin verdad en el horizonte. He ahí la noción general de progreso de Kuhn.

Han surgido obras posteriores a La estructura con enfoques propios acerca de la revolución científica. Una de las más destacadas es la de Paul Thagard, filósofo de la ciencia y de la neurociencia, que en 1992 publica el influyente libro Conceptual Revolutions, basado en las ideas kuhnianas de transformación conceptual y transformación clasificatoria. Tomando en consideración el lenguaje informático de estructuras arbóreas, Thagard distingue dos tipos de reclasificaciones, a saber: el salto de ramificación y la trasposición de árbol. El primero reclasifica algo en otra rama del mismo árbol ?por ejemplo, reclasifica la ballena como mamífero en vez de pez?. El segundo tipo recoloca un árbol clasificatorio completo en una estructura arbórea diferente basada en principios diferentes de clasificación; por ejemplo, Darwin recolocó el árbol clasificatorio estático de Lineo en otro basado en una genealogía evolutiva, y Mendeleiev sustituyó sistemas alternativos de clasificación química. Thagard aplica este enfoque computacional al examen de la ciencia y mediante su programa ECHO reconstruye y evalúa diversos casos históricos de supuesta revolución conceptual.

Otro enfoque importante es el que Howard Margolis presenta en Paradigms and Barriers (1993), donde distingue dos géneros de revoluciones en función del tipo de problemas que resuelven. Hay revoluciones que aproximan distancias y las hay que evitan las barreras. Su enfoque se desarrolla en términos de la idea kuhniana de "hábitos de la mente". Margolis se ve afectado por el hecho aparente de que todos los materiales de la reorientación que Copérnico realizó del sistema solar ya estaban disponibles por siglos, de manera que no se necesitó ningún avance que cruzara distancias o saltos. Más que una distancia que hay que aproximar, Margolis considera que el problema en realidad era una barrera cognitiva que había que deshacer, obstáculo que bloqueaba a los astrónomos matemáticos expertos su capacidad de ponerse de acuerdo sobre premisas cruciales. Si este enfoque fuera correcto, sería un caso de no linealidad de las revoluciones.

Por último, cabe mencionar que el filósofo de la ciencia Nicholas Rescher ha dedicado parte de su trabajo a clasificar descubrimientos científicos y a examinar su distribución en el tiempo (1978, Scientific Progress) mediante el análisis de datos agregados acerca de la innovación científica, sosteniendo la tesis de que, a medida que la investigación avanza, resulta más difícil obtener descubrimientos de una determinada magnitud. Dada la escena de científicos existente en 1960, Rescher concluye que podemos esperar una disminución en la proporción de descubrimientos de una cierta magnitud y, por ende, una disminución semejante en la proporción de revoluciones científicas. Según él, el progreso científico acaba con lo que ha servido anteriormente y construye lo nuevo sobre las ruinas de lo viejo. La teorización científica avanza no por ensanchamiento y adición, sino por demolición y sustitución.

Se vislumbra en lo escrito por Rescher que no sólo es lo teórico lo que cambia, sino también lo material. Pero este elemento apenas ha sido objeto de examen hasta la década de 1990. La cultura material, especialmente el desarrollo de las tecnologías, de la instrumentación y de la cultura experimental reciben desde entonces una atención mucho más pormenorizada que nos permite reconocer la riqueza en matices de las revoluciones científicas. Aquí el trabajo de los filósofos de la ciencia ha tenido que tomar en consideración la filosofía de la tecnología, la historia y la sociología de la tecnociencia, y nuevamente todas las corrientes de ciencia-tecnología-sociedad (CTS) (Cfr. Torretti 2008, p. 76). La labor de Andrew Pickering (1984, Constructing Quarks), Peter Galison (1997, Image and Logic), Hans Radder (1996, In and About the World), Don Ihde (1991, Instrumental Realism) o Carl Mitcham (1994, Thinking through technology) describen las culturas que se han desarrollado en torno a las tecnologías en los Estados Unidos, Europa y Japón durante la segunda mitad del siglo XX.

El término "revolución" en su sentido actual de cambio conceptual y material profundo no sólo proyecta el paso de la ciencia premoderna a la ciencia moderna, sino que más bien describe los desarrollos que se dan en los ámbitos científicos maduros. Con ello se logra ver que los enfoques formalistas de la ciencia, dominantes en el siglo XX hasta la década de 1960, no explican completamente cómo progresan las ciencias maduras. Sin olvidar textos profundamente críticos con el trabajo de Kuhn (Fuller 2000, 2004; Mirowski 2002), se puede afirmar que La Estructura de Kuhn ha conseguido que la revolución científica se convierta en noción fundamental en la filosofía de la ciencia, la historia de la ciencia y en los estudios empíricos sobre la ciencia, estableciéndose con ello la concepción de la ciencia revolucionaria como opuesta a la de ciencia normal.

Cabe señalar que hay más enfoques sobre las revoluciones científicas que rivalizan con el de Kuhn. No se pueden obviar las contribuciones de Foucault o del ya mencionado Crombie, pero ninguna enfatiza tan novedosamente como Kuhn la importancia de la noción de revolución científica. Uno de los mayores problemas con los que éste se enfrenta, sin embargo, es la falta de explicación del éxito que él atribuye a la ciencia en su supuesto avance revolucionario, no acumulativo. Este elemento sin duda ha posibilitado que la filosofía de la ciencia conceda valor sustancial a otras disciplinas que examinan la ciencia, y que éstas comprendan el significado de la tarea conceptual.

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