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FUERO (EL PROCESO ABOLITORIO DE LOS FUEROS VASCOS)

Ver FUERO (Voz índice).
Absolutismo y revolución liberal contra los Fueros. La centralización del poder y de las decisiones en un punto determinado de la geografía estatal -la capital- no fue, como algunos han querido creer, un leit motiv sólo liberal; el liberalismo, la revolución burguesa, corona el esfuerzo nivelador de más de una centuria de gobierno absoluto. El punto de arranque de este esfuerzo en tierra vasca ha de situarse en la entronización de la dinastía borbónica. Enrique IV ordenará, iniciando esta línea, la redacción del Fuero de la Baja Navarra sin contar con los principales concernidos, los bajonavarros. Luis XIII pondrá en vigor dicha redacción -rechazada por los Estados navarros- mediante Real Orden. Y, Luis XIV llega al empleo despótico de la fuerza para aplastar las revueltas populares que se encienden por toda la geografía del Norte del País Vasco. Un nieto del Rey Sol, Felipe V, introduce en la península dichos métodos al ceñir la Corona española y acabar con las libertades de Aragón, Cataluña y Baleares. Tras el Decreto de Nueva Planta, viene el traslado de las aduanas vascas en 1717 hasta 1722. Y no fue la matxinada subsiguiente lo que impulsó a Felipe V a devolverlas al Ebro sino la intervención militar francesa que le hizo ver cuán peligroso era tener descontentas a las provincias que custodian la frontera. A partir de la revolución francesa que, al suprimir la feudalidad, arrastró junto con ella las libertades autonómicas de los pueblos y países que componían la antigua Francia, se abre un nuevo frente antiforal, esta vez desde la "izquierda". La consolidación de los movimientos liberales antidespóticos traerá, como consecuencia inmediata, la supresión abierta de aquellas mismas libertades que el despotismo solapadamente atacara sin erradicar de un golpe. Tal es así que, dentro de la historia de España, las fechas clave de la revolución burguesa -1812, 1820, 1834, 1837- hasta la abolición foral de 1841, significarán, automáticamente, nivelación legislativa.
La ofensiva teórica. Con harta sabiduría y visión de largo alcance, Godoy, ministro de Carlos IV, decide emprender una ofensiva teórica previa a la supresión de los Fueros. Ello sucede después del episodio dramático del intento de "separación" de Guipúzcoa y de unión a la República francesa (Guerra de la Convención). Godoy comprende que se halla ante una ardua cuestión de fondo y piensa que el mejor modo de zanjar la cuestión es acabar con los Fueros socavando con antelación su fundamentación jurídico-histórica. Aparece así en 1802 el par de volúmenes dedicados al País Vasco por el Diccionario Geográfico-Histórico de España en el que se trata de asentar la inexistencia de una independencia original vasca. El segundo ataque aparece hallándose Vizcaya ocupada por la tropa como consecuencia de la zamacolada. Se trata de las Noticias Históricas de las Tres Provincias Vascongadas... cuyo objetivo es el mismo que el del Diccionario. Las tres provincia habrían sido desde siempre "dependientes" y los Fueros Generales) son asimilados, gracias a la homonimia, a los Fueros (municipales). Llorente afirma así que los Fueros (todos) son una mera recopilación de los privilegios y Reales Ordenes otorgados por los monarcas a Alava, Guipúzcoa y Vizcaya a través de los siglos. El derecho, consuetudinario y escrito, es ignorado, y con él, toda posible referencia a la soberanía originaria. La argumentación llorentiana avalada con un cúmulo de documentos inéditos hasta la fecha pero, manipulados arbitrariamente, surte el efecto deseado y desde ese momento se convertirá en el tópico de ritual. Cada nuevo ataque a la foralidad irá precedido de la misma: "Los Fueros son un privilegio, luego el Gobierno absoluto los puede recuperar cuando le plazca". Por los mismos pasos que estas dos publicaciones, producirá Zuaznabar (1820) su Ensayo histórico-crítico de la Legislación de Navarra y Tomás González su Colección de cédulas, cartas patentes, provisiones, reales órdenes, etc. (1829). A la par de la ofensiva teórica se suceden las prohibiciones: tanto la defensa y refutación de Aranguren (segundo tomo) como la de Novia de Salcedo no alcanzan a ver, por imposición ministerial, la luz.
Abolición de los Fueros de Laburdi, Zuberoa y Baja Navarra. Obra de la Revolución francesa, iniciada también con la monarquía. En la noche del 4-5 de agosto de 1789 se aprueba el artículo 10 de la Constitución: "Una Constitución Nacional y la libertad pública siendo más ventajosas a las provincias que los privilegios que algunas gozan y cuyo sacrificio es necesario para la unión íntima de todas las partes del imperio, se declara que todos los privilegios particulares de las provincias, principados, países, cantones, villas y comunidades de habitantes, sean pecuniarios, sean de todo otro tipo, son abolidos indefectiblemente y permanecerán confundidos en el derecho común de todos los franceses". Esta Constitución entró en vigor por Decreto del 11 y 15 de marzo de 1789.
La constitución de Bayona. Tras el traslado a Bayona de la Familia Real española por los franceses, se rompe el lazo principal de cohesión del Estado español. La evaporación del ejecutivo producirá, al igual que en 1870 y 1936, la eclosión de poderes territoriales parciales, que tomarán en su ámbito particular los atributos generales de la soberanía. Esta situación rebasa los límites de la península y se extiende a las colonias y virreinatos de América. Si en 1813, gracias a la intervención extranjera, vuelve a articularse un único poder soberano en España, los focos de autogobierno, que el vacío de poder generó allende el océano, perdurarán y no volverán ya al antiguo sistema político. La independencia de América del Sur se consuma, reproduciéndose en gran escala, y sin posibilidad de recuperación posterior en un tratado de paz, el episodio del "separatismo guipuzcoano" de 1795. Un mismo telón de fondo, la revolución burguesa o liberal, enmarca un fenómeno común, la desorientación política y la necesidad de adaptación a la nueva sociedad de las distintas burguesías del Imperio español que, por el hecho de no constituir un tejido social "unitario o nacional", así como por factores derivados de sus propios antagonismos económicos y geopolíticos, les llevó a soluciones distintas: a la independencia, a los burgueses criollos; al intento de transformación burguesa del Antiguo Régimen español, a las burguesías peninsulares. Pero la ocupación francesa y la guerra civil duplicaron el intento, y en cada campo, tanto en el "patriota" (Cádiz), como en el "afrancesado" (Bayona), se intentó la reestructuración jurídica del Estado desde los principios de la filosofía política liberal aunque desde trincheras opuestas. Y, paradójicamente, en lo que se refiere a la Foralidad vasca, la gaditana Constitución de 1812, promulgada por "patriotas" antifranceses en una ciudad sitiada por el ejército francés, resultó la más "francesa" en su forma y contenido (centralista y jacobino), copia ciega del modelo francés de 1789, aplicación a la realidad sociopolítica del Estado español, de un traje fabricado para otra sociedad y otro estado.El constitucionalismo doceañista y su centralismo convertirán la "ajustada levita a la francesa" en un insoportable cilicio, que provocará tres guerras civiles, el atraso del Estado en la carrera por la industrialización, la aparición de los nacionalismos vasco, gallego y catalán, y el enorme fracaso que, desde nuestra perspectiva de hoy, podemos constatar con claridad. Decididamente, en 1812, los franceses conquistarán Cádiz sin necesidad de tomarla por asalto.Pero volvamos al campo "afrancesado", dentro del cual, y sin mayor desagrado, se encontró el País Vasco entre 1808 y 1813. El País Vasco aceptó la ocupación francesa pasivamente. Salvo en Navarra, no hubo grandes movimientos de resistencia y las guerrillas de Longa y Jáuregui fueron extremadamente minoritarias. Es indudable que los sucesos guipuzcoanos de 1795, y la reciente ocupación militar (1804 a 1808) de Vizcaya con motivo de la Zamacolada, y las consiguientes represiones, operaban activamente en el recuerdo de la población. Con fecha 19 de mayo de 1808, convoca Murat por Real Orden, en Bayona, una Diputación General de notables españoles para la aprobación de una Constitución General para todo el Reino. Como en Cádiz, queda así roto el carácter pluralista de los poderes legislativos, autonomía administrativa y derecho privado (privilegio) de las grandes regiones históricas de la Monarquía española. Vizcaya, Alava, Guipúzcoa y Navarra enviaron representantes a Bayona, a pesar de que por Fuero no debían hacerlo. Entre los asistentes, el canónigo Llorente. Pronto los representantes vascos, en especial Yandiola y Urquijo, comprendieron el peligro que acechaba a los Fueros. "Yandiola fue firme y categórico. La autoridad de Vizcaya, dijo, estaba limitada a las Juntas de Guernica. En nadie más residía: ni en Napoleón, ni en las Juntas de Bayona, ni en la Nation, ni en el soberano, ni como Señor de Vizcaya, ni menos aún como Rey de España", dice A. de Zabala-Ozamiz, dejándose llevar, tal vez, por la pasión del momento y la época.Urquijo habló largamente con Napoleón. Algo se salvó en el empeño. En su artículo 144, la Constitución de Bayona decía: "Los Fueros particulares de las provincias de Navarra, Vizcaya, Guipúzcoa y Alava se examinarán en las Primeras Cortes, para determinar lo que se juzgue más conveniente al interés de las mismas provincias y de la nación". Aparece así, por primera vez, la idea de la conciliación del interés particular vasco con el interés general del Estado. La misma idea, modificación foral sin abolición, informa el espíritu del convenio de Vergara y del artículo segundo de la Ley del 25 de octubre de 1839. Modificación, adaptación al interés general, audiencia de los interesados, pacto, convenio, acuerdo. Esta podía haber sido la honrosa salida -la más lógica, justa y práctica-, del inevitable encuentro entre Foralidad y Revolución liberal. Pero una serie de desastres y desventuras hicieron que la política abolitoria, violadora de los preceptos legales de 1839, se impusiese en 1876 como nefasta continuación de la letra y espíritu de la Constitución Gaditano-Jacobina de 1812. La confusión teórica y práctica sobre los conceptos de nación y Estado, la asimilación del centralismo administrativo a la idea del Estado moderno tomarán carta de naturaleza. Y tanto la adopción de la idea de nación en su sentido estrictamente francés, como la antigua idea triunfalista de progreso, interpretada como máxima, acumulación de capital en el más vasto espacio geográfico posible, luego, conspirarán a viciar la atmósfera política de malos entendidos insolubles y conflictivos.
La Constitución de 1812. Ante la sombra, gigantesca, que Bonaparte proyecta sobre la península, la clase política española se divide en nacionalistas y bonapartistas (afrancesados). Ambas ramas crean su propia Constitución: los afrancesados la de Bayona, los nacionalistas la de Cádiz. De las dos es la de Cádiz (1812) la que perdurará y protagonizará la historia española de la primera mitad del siglo XIX. Los Fueros han de desaparecer cuando se implante puesto que su articulado es contradictorio con los mismos: contribución general al Estado, servicio militar obligatorio, envío de diputados a las Cortes españolas, nombramiento de un jefe político, traslado de las aduanas, etc. Esta Constitución no pudo, de hecho, entrar en vigencia debido a la ocupación del territorio por las tropas francesas. Fernando VII la derogó al volver de su exilio el 4 de mayo de 1814. La mayoría no pudo por menos que congratularse por la vuelta del poder absoluto que el 15 de octubre de aquel mismo año juraba solemnemente respetar y guardar los Fueros. Cuando verdaderamente puede decirse que entra en vigor esta Constitución es en 1820-1823 (trienio constitucional) aunque dudamos de la virtualidad que en nuestros lares alcanzara ya que la insurrección antiliberal (realista) no se apagó hasta la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis.
Fin de la primera guerra carlista: la ley del 25 de octubre de 1839. Durante la década ominosa el ataque contra los Fueros siguió su progresión lenta pero inexorable. Se prosigue con la política de asfixia económica de los Carlos III y IV: se impide la entrada en el país de los granos y mercancías extranjeras (1824), prohibición del comercio de ciertos géneros (1825), etc. Y se suprimen dos elementos fundamentales de la maquinaria política navarra: el juicio de sobrecarta (1829) y la Cámara de Comptos Reales (1833). Sin embargo, en ningún momento se ha de desembocar en una decidida actitud abolicionista. Se trata de reformar, sin subversión radical del orden. La amenaza sobre los Fueros es inequívoca: por una parte, la reforma desde fuera (absolutista), por otra la revolución (liberal) que erradica automáticamente el Fuero (1812-1820) mediante la implantación de una Constitución general para toda la monarquía. Sin olvidar el factor tal vez más importante, el enemigo interior: la burguesía comerciante privada, desde un centro superior de decisiones (Madrid), de la posibilidad de coexistir con el Fuero. No es de extrañar, así, que el día 1 de octubre de 1833, al llegar al país la noticia de la muerte de Fernando VII, apenas quede población que no sepa a qué atenerse. El campo está claramente delimitado. El liberalismo triunfa en las ciudades (comerciantes); el campesinado, el clero y cierto sector de los jauntxos rurales se alzan por la solución menos mala: el hermano de Fernando VII, Carlos M.ª Isidro de Borbón. Los curas rurales, el clero regular, atizarán el fuego desde los púlpitos. Religión (contrarrevolución) y Fueros hallan un receptáculo en la persona de un pretendiente al trono.La coyunda, preparada desde los alzamientos realistas, se organiza rápidamente y serán vanos los esfuerzos posteriores de Muñagorri para desenmascararla. Entre 1838-1839 se llega en las altas esferas de la Corte a la convicción de que el carlismo, por debilidad del gobierno, no puede ser vencido por las armas. ¿Qué condición ponen los carlistas para entregarlas? El respeto de los Fueros. Y la ley del 25 de octubre de 1839 confirma los Fueros de las cuatro provincias "sin perjuicio de la unidad constitucional de la monarquía". A tenor de sus diversas interpretaciones, la ley famosa servirá de instrumento y de referencia última a los grupos de turno en el poder; será manipulada, esgrimida, execrada, invocada como último recurso o rechazada como una claudicación a lo largo de los azarosos años de la postguerra hasta 1876.
La Ley de Fueros de Navarra y el levantamiento moderado. En el articulo 2.° de esta ley confirmatoria del 25 de octubre se establece como indispensable una modificación de los Fueros que los hiciera compatibles con la Constitución general del Reino. Las Diputaciones vascongadas y navarra quedaron, de esta forma, emplazadas a llevar a cabo la reforma. Las de Alava, Vizcaya y Guipúzcoa acuerdan, reunidas en Bilbao el 8 de febrero de 1840, resistirse a toda posible modificación. La navarra -Diputación provincial, no foral- se arroga la tarea (9 de marzo) de nombrar una comisión que estudie y redacte un proyecto de modificación del Fuero General Navarro y de las instituciones reales. El 16 de agosto de 1841 el Gobierno sancionaba la Ley de Fueros de Navarra por la cual el viejo reino pasaba a ser mera provincia. Se trasladaban las aduanas, se introducía el servicio militar general y se adaptaban las instituciones. Se establecieron asimismo las bases del convenio económico o contribución global al fisco. Las autoridades navarras fueron, pues, las únicas que se prestaron al arreglo. En otoño de ese mismo año, Espartero aprovecha la implicación de ciertos sectores del liberalismo moderado -en especial de las Diputaciones vascongadas-, con el putsch de los militares moderados para, olvidando sus promesas, abolir los Fueros de Alava, Guipúzcoa y Vizcaya. Habrá que esperar a la caída del duque de la Victoria para que un decreto, el de 4 de julio de 1844, efectúe una reintegración parcial de los Fueros: restablecimiento de las Juntas y Diputaciones Forales, régimen foral de elección de Ayuntamientos, exención del servicio militar obligatorio, tributación especial, etc. Las aduanas sin embargo, no se moverán ya de la frontera.
La abolición definitiva de 1876. El golpe final sobre los Fueros vascos tiene lugar el 21 de julio de 1876 reinando Alfonso XII y gobernando Cánovas. La derrota carlista (2.ª guerra) ha dejado al país a merced de lo que en las Cortes españolas se disponga. En estas circunstancias y, antes incluso del final de la guerra, hilos no demasiado ocultos y muchas veces evidentes, desencadenan una feroz campaña de prensa contra la foralidad vasca, campaña que no pudo ser compensada por una legítima defensa ya que la censura se abatió sobre el país y silenció toda posible alusión favorable a los Fueros en peligro de muerte. Poco le hará falta a una opinión pública largo ha sensibilizada contra los "privilegios" vascos y reprimida por una dictadura de guante blanco para lanzarse ávida sobre esta fácil carnaza: "las mujeres en el pecho, en las sombrillas y en la ropa de los niños; los hombres en el sombrero, levita, chaqueta, etc.; los músicos en los instrumentos; los perros en el collar; en las congaduras, en las paredes de los edificios, en los faroles de las calles, en las puertas de las tiendas, en los escaparates, en fin, en todos los sitios en que era posible fijarla, se ostentaba esta inscripción: "Abajo los Fueros". La descripción de Angulo da una idea del grado de histerización al que llegó la opinión pública española contra la foralidad vasca. El fin de la foralidad sobreviene en un ambiente que en nada favorece a la meditación y al sopesar de las razones y de las consecuencias. Más de 100.000 hombres ocupan el suelo vasco. Dicha presencia militar, aunque disminuida en cuanto al número, permanecerá largo tiempo. La ley abolitoria permite el desmantelamiento lento pero inexorable de la foralidad mediante un eficaz artículo 6.° por el que el Gobierno se atribuye facultades extraordinarias y discrecionales que, de hecho, duraron hasta el 4 de noviembre de 1879 en que se levanta el estado de excepción vigente en el país desde la promulgación de la ley. Para entonces la situación se había "normalizado": las Diputaciones habían muerto en 1877 y, una tras otra, las facultades y el poder decisorio se pierden y se desvían hacia la capital del Reino. Un régimen especial que contempla el modo y la cuantía de la contribución de las tres provincias al erario público así como las atribuciones administrativas de las nuevas Diputaciones provinciales, compensará -a los que quieran dejarse compensar-, por la pérdida de la vieja autonomía. No otra cosa es el Concierto Económico.
Burguesía y libertad. Sociológicamente, el hecho mayor que respecto a la Foralidad cabe señalar es su enfrentamiento al fenómeno general de la revolución burguesa o liberal. Hecho mayor que posee en el Estado español unas especiales características que le diferencian fuertemente del "modelo" francés y que, por su carácter ambiguo e incompleto, configuran un proceso que se extiende temporalmente de un modo excesivo. Distorsión temporal que arrastra y hace perdurar elementos del "antiguo régimen" sin absorberlo, al tiempo que la explosión de nuevas contradicciones sociales viene a añadir una nueva problemática cuando la sociedad en su conjunto no ha generado todavía las condiciones precisas para su resolución. Es, pues, el control de un número creciente de los resortes del Poder por la burguesía lo que define la nueva situación europea, reflejando el crecimiento de esta clase durante el siglo XVIII. El largo periodo de expansión que comienza en 1730, en la agricultura, estimula el resto de los sectores económicos, manufactura y comercio en especial, dando origen a una filosofía optimista y confiada en un progreso continuo e indefinido que acarrearía una inevitable felicidad y mejoramiento del hombre como individuo y de la sociedad en tanto que su "medio" propio. Sociologismo, optimismo, crecimiento económico como motor, construcción del "hombre nuevo". He aquí las ideas motrices del nuevo proceso, que llegan hasta nosotros, tantas veces recogidas por grupos y filosofías que se presentan como negación de lo "burgués". Decía Voltaire, en sus Cartas inglesas: "El comercio que ha enriquecido a los ciudadanos de Inglaterra ha contribuido a liberarles, y esta libertad ha extendido el comercio francés. De aquí ha nacido la grandeza del Estado". El "comercio", que en aquella época generaba la más rápida y eficaz acumulación de capital, constituirá la base económica que justificará la preeminencia de la nueva clase ascendente. Será, pues, la actividad económica, por primera vez, el "primer motor" justificador del "poder" político. Y ésta será una nueva aportación burguesa al repertorio político. Barnave fue quien, medio siglo antes que Marx, formuló la teoría de la "Revolución burguesa". Revolución entendida como proceso socioeconómico. En su "Introducción a la Revolución Francesa", escrita en 1792 y publicada en 1843, tras afirmar que la propiedad "influye" sobre las instituciones, constata que las instituciones creadas por la aristocracia terrateniente contrarían y retardan el advenimiento de la Nueva Sociedad. "El reino de la aristocracia dura el tiempo durante el cual el pueblo agricultor ignora o desprecia los oficios, y la propiedad de la tierra constituye la única riqueza... Desde que las artes y el comercio comienzan a penetrar en el pueblo y crean un nuevo medio de riqueza que ayuda a la clase laboriosa, se prepara una revolución en las leyes políticas..." Naturalmente, para Barnave la clase "elegida" precisamente "por laboriosa" es la burguesía ascendente. Pero adjetivas adscripciones aparte, es evidente que una "revolución teórica", a la que impropiamente se ha dado en apellidar "materialista", hace su aparición, segregada y elaborada por la burguesía, en el escenario de las ciencias llamadas sociales. Modelo teórico y modelo histórico los de la "revolución burguesa" que serán los materiales sobre los que, miméticamente, Marx construiría su contramodelo de "revolución socialista" y su clase agente correspondiente, el proletariado, que como la burguesía será también una "clase" universalmente vocacionada. Sin entrar en las diferencias entre "burguesía" y "proletariado real", y entre éste y el "proletariado de Marx", creemos que el siguiente párrafo de Monnerot, ilumina perfectamente una espinosa cuestión. Tras elaborar un balance de las lecturas de Marx sobre la Revolución Francesa dice: "Estos historiadores que Marx leyó, tienen en común lo que llamaremos el "mesianismo burgués". Para ellos, la accesión al papel de clase dominante de la burguesía censitaria e intelectual era, o debía ser, el punto final de la historia de Francia"... "Marx toma la idea de una clase ascendente, que durante el tiempo de su ascensión y hasta su punto culminante encarna los intereses generales de la sociedad, la esperanza de un porvenir mejor:" "Los burgueses, hasta este punto, son pues para el hegeliano Marx, los agentes privilegiados del proceso histórico." Marx, renano de nacimiento (sabemos que los derechos feudales habían seguido en Renania la misma suerte que en Francia, pues Napoleón había hecho allí reinar la ley francesa) y alimentado en la admiración de la filosofía del siglo XVIII por un padre agnóstico (desjudeizado y sólo en apariencia convertido al protestantismo), incorpora a su doctrina la crítica del clero y de la nobleza inmanente a esta filosofía. "Pero su historicismo y su hegelianismo le hacen considerar la "victoria de la burguesía", no como una suerte de absoluta y aparente "terminus", a la manera de Guizot, Miguet, Thiers, Henry Martin, sino como verdadera y válida para un tiempo." "Marx sabe que la mayoría de la población europea en el meridiano del siglo XIX es todavía rural. Pero está influido fuertemente por el espíritu de la economía política de la primera mitad del siglo XIX. Siguiendo a Gismondi (y a su discípulo Buret), Pecquer, Vidal y Víctor Considerant, rectificados el uno por el otro, Marx piensa que la concentración económica juega en el sentido de una reducción progresiva de la clase campesina y de una manera general de las clases intermedias situadas entre SU "burguesía" y SU "proletariado". Charles Andler ha sacado a la luz, en su comentario al Manifiesto Comunista de Marx, todo o casi todo lo que Marx debe a San Simon, Pecquer, a Vidal, Gismondi y a Buret, a Fourier y a Considerant..." "Es gracias a la historia de la "fracción comerciante del Tercer Estado" de la "burguesía", que Marx se representa, se figura, la ascensión por la producción y la economía y la victoria subsiguiente a una "revolución", de lo que él llamara una "clase"." "Es sobre ella como concebirá el futuro papel del "proletariado", el cual debe constituirse en y por la producción y, después, triunfar sobre la "burguesía", concluyendo un "proceso revolucionario"." "Esta visión futura dogmática y activista de la `misión del proletariado' será organizada y limitada y también inspirada por el recuerdo, más o menos transfigurado, de la ascensión y de los triunfos "revolucionarios" de la "burguesía"." La historicidad dialectizada del burgués Hegel, fue injertada por el burgués Marx, en la idea del "homo faber constructor", legitimación de la burguesía, dando origen a un nuevo tipo de activista político, el "homo marxista" de nuestra época. Hasta qué punto este proceso es una continuación del movimiento iniciado por las "luces burguesas" del siglo XVIII es evidente. La línea de ruptura vendrá dada por la oposición a la teoría de la sociedad tomada por Marx del conjunto de las ideas de su tiempo, de un "clan" moral nuevo, debido en parte a la propia tradición cultural de Marx (la tradición cultural judía negada y sublimada conceptualmente por él) y su propia condición de hombre marginal. (Nacional-marginal, y ello, con dos únicas salidas, nacionalismo o universalismo como escape de la angustia producida por la marginación). Impulso moral de honda raíz religiosa, en él se basa el sentido profético del marxismo y su parentesco "coyuntural" con otros movimientos proféticos de distinto origen filosófico. Tawney, en su trabajo sobre "La religión en los orígenes del capitalismo", calibra acertadamente el problema cuando, tras exponer la noción de pecado aplicada desde la Edad Media al especulador y al intermediario, afirma: "El verdadero descendiente de las doctrinas de Santo Tomás de Aquino es la teoría del valor del trabajo. El último de los escolásticos es Carlos Marx". Es de la revolución burguesa de donde procede la idea, que hoy empieza a quebrarse, de la necesidad de una teoría general del desarrollo histórico válida para todos los tiempos y países. Cambio fundamental del que Condorcet señala toda su importancia, centrándose sobre la figura de Voltaire: "Como filósofo, es Voltaire, quien primero ha presentado el modelo de un simple ciudadano, expresando en sus deseos y en sus trabajos todos los intereses del hombre en todos los países y en todos los siglos, elevándose contra todos los errores, contra todas las opresiones, defendiendo y expandiendo todas las verdades humanas". Clara exposición de la identidad individual de un modelo humano formado por un medio social concreto, el de la burguesía, y que precisamente por su "carácter universal" "debe" imponer su propia imagen al conjunto de los hombres. De lejos le venía este propósito. Ya a comienzos del XVII la burguesía se presenta en Europa como clase lo suficientemente diferenciada para que el jurista Loyseau crea necesario discernir en ella varias categorías, y en su obra "Tratado de las Ordenes y simples dignidades" distingue en el "Tercer Estado" (que asimila a "burgeois", es decir a aquellos que habitan en lo que en "el viejo francés y todavía en alemán se llaman burgos") los siguientes estratos:

Las gentes de letras de las cuatro facultades (teología, derecho, medicina y artes).
Los financieros (entendiendo por tal los detentadores de los oficios concernientes a las finanzas reales).
Los jueces y abogados y, además, todos aquellos cuyo oficio se deriva del Derecho: notarios, procuradores... etc.
Al final, los comerciantes.

Los otros, labradores, artesanos, etcétera, o "agentes de brazo" son reputados "viles personas" y forman el "pueblo idiota". "Claridad" de ideas que sólo se transforma en equívoco al comienzo de la Revolución Francesa, en especial por la célebre frase del abate Sieyes sobre el papel político del Tercer Estado, al que asimilaba alternativamente con burguesía o con el pueblo. Así, a su pregunta: "¿Qué es el Tercer grado?" Responde: "Todo". "¿Qué ha sido hasta el presente? Nada. ¿Qué pide? Convertirse en algo". Conciencia de identidad social basada en motivos concretos. El pueblo de Sieyes, entendámonos, se reduce a la burguesía. La burguesía, como agente del proceso político revolucionario, es la nación, pieza clave del sistema racionalista sobre el que se asienta la teoría del poder en el Estado Jacobino. Aparece así ese monstruo de los tiempos modernos que se llama el Estado-nación, "el más frío de los monstruos fríos", como decía Nietzche. -Nación, Ciudadanía, Constitución- tres palabras claves que universalizarán la idea Jacobina. "Hace 85 años nuestros padres decidieron constituirse en nación" diría Lincoln, caracterizando el voluntarismo que conlleva toda forma de organización política. Es el triunfo de la burguesía. El mismo Marx dirá en 1847: "Estamos, con el proletariado, contra la burguesía y, con la burguesía, contra los terratenientes y los curas". Y si se limita a la burguesía la noción de pueblo, lo universal se constriñe al adjetivo "occidental" tan caro a A. Comte. Es en este marco en el que se consuma el fin de la foralidad vasca. Si el conservatismo omnipresente de la Santa Alianza respalda dos veces, 1815 y 1823, a Fernando VII cómo rey absoluto, salvando pasivamente a la foralidad, desde 1830 los fueros vascos se enfrentan solos al embate de las corrientes del siglo: liberalismo, nacionalismo e industrialización. Al naufragio ideológico de los liberales vascos, encerrados en la sutil trampa psicológica que consiste en establecer como principio que desposeído y desposeedor comparta la misma teoria sobre, cuestiones, pretendidamente "objetivas" y "generales" como nación, libertad, constitución, clase o socialismo, siguió el inevitable naufragio militar de las masas campesinas vascas disociadas en sus motivaciones políticas. Y los restos del naufragio llegan hasta nosotros. Lo cierto es que el pueblo vasco, que vivió un XVIII moderno y vivo, fue sumergido en una conciencia política absurda y retrógrada.Durante 70 años Euskalerria es el cuartel de un legitimismo que se orienta al pasado. Entre tanto, Gioberti y Mazzini enardecen a una Italia esclava en el sueño de una tercera Roma. Hegel afirma que Alemania es el pueblo elegido. Michelet dice a los franceses que su país debe ser la furia del mundo. Eslavos de Croacia o Bohemia redescubren su pasado, Grecia cree en un nuevo Bizancio... etc. El catolicismo liberal de Lamennais y Pío IX nace en Europa y empuja el renacer nacional de Polonia, Bélgica e Irlanda. 1830 en Francia y 1846 en Gran Bretaña marcan el triunfo definitivo de la burguesía sobre los intereses terratenientes. 1848 alumbra una revolución fallida pero que, aun así, generará cambios sociales irreversibles. Pero nuestro país está marginado, por completo, de todo esto. El gran protagonista durante esta época entre nosotros fue el carlismo. Receptáculo inadecuado, pero receptáculo por la fuerza de las cosas, de lo foral, frenaría en Euskalerria el progreso de las ideas liberales. En el transcurso de los años, la impronta del carlismo evidente en el integrismo, y con claros elementos propios en el primer nacionalismo vasco, condujo al retraimiento cultural del país de las corrientes culturales de la época. Lo foral no pudo reintegrarse como algo vivo desde la moderna coordenada político social. Y el peso ideológico del integrismo y del tradicionalismo impidió la labor de creación teórica que permitiese trasvasar lo esencial de la Foralidad a la nueva sociedad burguesa. Pues la antinomia entre ambas es profunda y en esta razón hay que tratar de encontrar la raíz de los antagonismos sociales de la primera guerra. Desde aquí cabe decir que la sociedad foral anterior a la abolición y de un modo general (que no excluye los conflictos evidentes entre los distintos y antagónicos sectores sociales que lo constituyen) se caracterizaba, en cuanto al sector primario, el más importante entonces, por un modo de apropiación colectivo a múltiples niveles de posesión de los medios de reproducción material. Lo que suponía una relación de "propiedad" (proper, non-alineus) por parte del sujeto (como autorreproductor) respecto a sí mismo y a la comunidad en su conjunto. La propiedad privada moderna existía, pero limitada. Su influencia crecerá al extenderse las actividades comerciales y mercantiles. Son precisamente este tipo de actividades las que, para ensanchar el modo de propiedad que les es consustancial, deben forzar el sistema jurídico de la Foralidad, atacándolo como un todo. Desde las matxinadas a 1833, el enfrentamiento entre el sistema de "relaciones mercantiles", basado en la nueva propiedad privada burguesa y el mundo foral de apropiaciones a múltiples niveles de propiedad y posesión, sobre una base comunal, es constante. Y es, en definitiva, el primero quien vence y destroza al segundo, acabando con el antiguo sistema de relaciones de apropiación en su sentido original de "propiedad", es decir, de relación trabajador-trabajo como "proper-non alienus". A la "alienación" del sujeto trabajador por el nuevo sistema liberal se añade, en nuestro caso, la "alienación" colectiva en un mundo cultural impuesto y la relación con las instituciones políticas derivadas de tal proceso en situación de no propiedad, es decir, también como "alienus".
El problema de la abolición foral y el nacionalismo vasco. La motivación foral es esencial para comprender el desarrollo de las dos guerras carlistas en tierra vasca. Lo foral es el elemento mayor de la primera guerra carlista en el País Vasco. Nada se explica sin su existencia; lo foral, en cambio, explica casi todo. Pues las Instituciones Forales, expresión de un proceso productivo y de unas relaciones de producción especificas, constituían el medio histórico sobre el que flotaba y se mantenía la vida política vasca. Además del Fuerismo consciente, racionalizado y militante, operaba la conciencia de la foralidad como una inconsciencia histórica inequívoca presente. Y es en el campesinado carlista en el que lo foral operaba como tal inconsciencia histórica y como parte inseparable de una identidad cultural, social y económica. Y aunque el bloque carlista es mayoritario, sociológicamente es un conglomerado de fuerzas e intereses variados --campesinos-propietarios, campesinos sin tierras, pequeños comerciantes, clero pobre, hidalgos sin fortuna..., etcétera- para los que lo político se presenta como algo muy alejado de su vida material concreta. Por el contrario el liberalismo defenderá los intereses de las clases poseedoras, quienes viven las decisiones políticas como elemento fundamental del proceso económico que las sustenta. Y dentro del común contexto foral, el problema de las aduanas es el punto central de toda la conflictividad económica. La presión del Gobierno Central -discriminación de los puertos de Bilbao y San Sebastián, prohibición de introducción de granos en Castilla...-, etc., asfixia las actividades comerciales de la burguesía. El traslado de las aduanas del Ebro a los Pirineos y a los puertos y la abolición foral constituirán el mecanismo de defensa de la burguesía comercial. Por otra parte, la foralidad con su sistema de juntas generales compuestas por representantes o apoderados de los concejos y Ayuntamientos, impide el control político de esta clase. La implantación del sufragio censitario y de la administración común, son sus más eficaces palancas para conseguir el control político trabado por las instituciones Forales. Por vez primera un sector social, pequeño pero decisivo, busca fuera, o mejor dicho contra las instituciones forales, una solución a su crítica situación de clase. Burguesía que confundió la "Libertad" con su arancel, limitó su cacareada amistad por el pueblo a la manifestación de un nacionalismo a la francesa, olvidándose del único pueblo real, el que le rodeaba y mantenía, la masa campesina vasca explotada y segregada culturalmente. Por la proclamación de la Constitución de 1837, reaparece a la luz pública la vieja carta constitucional de 1812, que disuelve automáticamente las Diputaciones Forales. Con el convenio de Vergara, Espartero se compromete a "proponer a las Cortes la concesión o modificación de los fueros" y la Ley del 25 de octubre de 1839 se abre en paréntesis que durará hasta 1876, en el que, según el color político dominante en Madrid, el artículo 2.° de la Ley de 1839, será interpretado como absolutamente abolido o simplemente modificatorio del sistema. La intransigencia de las Diputaciones forales de Alava, Vizcaya y Guipúzcoa conseguirá el mantenimiento de parte de la autonomía foral hasta 1876, en especial, la exención fiscal y el mantenimiento de milicias propias. Navarra, gobernada por una Diputación provincial liberal no elegida conforme al fuero, acusa a sus hermanas de "celo exagerado" en la defensa del Fuero, y a partir de 1840, prepara las bases para el establecimiento de un convenio económico, que implicará una contribución única. Negociaciones que culminaron en la llamada Ley de Fueros de Navarra del 16 de agosto de 1841, por la que Navarra pasa de reino a provincia, conservando un status administrativo particular y una contribución concertada. Esta situación, que recoge incluso la Constitución de 1978, respondía a los intereses de los terratenientes cerealistas navarros, que de espaldas al pueblo y al propio derecho, asimilaron sus intereses particulares al destino de Navarra. La Ley de 1841 crea una situación de hecho, estable, frente a la inestable situación de Alava, Guipúzcoa y Vizcaya, sumergidas desde 1844 en plena pleamar fuerista y contestataria, y evitará a Navarra el trauma -causa fundamental del nacionalismo-, que supondrá para las Provincias Vascongadas la Ley de 21 de julio de 1876 que barre definitivamente los Fueros vascos. La forma en que se produjo el acontecimiento -ocupación militar, ley marcial, censura de prensa, deportaciones, etc.- unida a la campaña antiforal del resto de la península (excepto Cataluña que apoyó siempre a los vascos) proyectó sobre Vasconia una ola de histérica agresividad, que marcó para siempre la conciencia del país. La proclama de Alfonso XII a su ejército de Somorrostro, en especial la frase "Centrada sobre vuestro heroísmo la unidad constitucional de España", fue utilizada como la legitimización de una embestida que de anti-foral se transformaría en anti-vasca. Veinte años antes de la formulación del nacionalismo por Arana-Goiri, un periódico madrileño, "El Correo Militar" (25-111-1876), planteaba así el problema: "Las provincias vasco-navarras, ¿son o no españolas? En el primer caso no deben repugnar el ser regidas por las mismas leyes que las demás, no deben insistir en la conservación de privilegios siempre odiosos. En el 2.°, si prefieren ser antes vascas que españolas, queden enhorabuena con sus Fueros, pero formen estado aparte, prohíbase que ningún natural de allí desempeñe cargo alguno en ningún ramo, póngase estrecho sitio a sus fronteras y evite, en fin, que usando de una vulgar acepción estén cual hoy a las "maduras" y no a las "duras". La condición básica para el surgimiento del nacionalismo estaba dada. Otros dos elementos básicos se sumarán al primero. De una parte la corriente de renacimiento de las culturas particulares, cultivo de lenguas autóctonas y búsqueda de las raíces históricas. Y si bien Sabino Arana-Goiri fundamentó su doctrina nacionalista en función de factores étnicos y lingüísticos, la restitución foral centrada en la abolición de la Ley del 25 de octubre de 1839, constituyó la base del programa del Partido Nacionalista Vasco durante largos años. Base programática que impregnó de sentido foral toda la política autonomista desde el campo del nacionalismo, posibilitando el entendimiento sobre una base política común con otros grupos, no nacionalistas, pero igualmente foralistas. Los conciertos económicos que disfrutaron a partir de 1878, hasta 1937, Vizcaya y Guipúzcoa, y hasta hoy, Alava, constituyen, dentro de su limitada contextura de autonomía administrativa provincial un sustitutivo foral y un recuerdo vivo del derecho vasco. La negociación de cada concierto, cada disputa con Madrid, era una nueva invocación al Fuero. Esta conciencia foral no era, como algunos han querido interpretar, patrimonio de la derecha. En 1905-1906, el movimiento autonomista cristalizó en la "Liga Foral Autonomista" que incluía a carlistas, integristas, liberales y republicanos. Por otro lado esta situación no se basa sólo en la abrupta inserción del nacionalismo vasco sobre la abolición foral de 1876, sino en el mantenimiento de una superestructura ideológica de tipo tradicional, conservadora y confesional, que se explica por el carácter dual del desarrollo social vasco, caracterizado por una serie de hechos peculiares.

a) Nacionalismo urbano. Carácter urbano del nacionalismo vasco centrado en la movilidad social de los sectores sociales -clases medias en especial-, ligados a la naciente sociedad industrial. En este sentido el nacionalismo es inseparable fenómeno que supone el paso de una sociedad de campesinos, artesanos y pequeños patronos a una sociedad de empresas.

b) Industrialización lenta. Lenta industrialización, lenta penetración de los hábitos y relaciones sociales del nuevo modo de producción. Y ello en función de una serie de circunstancias: 1. Aislamiento interregional y tardía penetración del ferrocarril, que no une las distintas regiones del país, constituyendo un freno, no un estimulo, de la industrialización. El ferrocarril llega a los puntos ya industrializados, no rompe el aislamiento de los valles. En 1874 todavía se usan bueyes y caballos en las minas. 2. Predominio absoluto de las actividades extractivas en el primer periodo de acumulación de capital. La Banca Vizcaína alcanza su máxima influencia relativa hacia 1903. Recordemos que la creación de la primera gran empresa vasca, Altos Hornos, se produce por fusión de otras más pequeñas en 1902. Situación que lleva al agotamiento precoz del subsuelo vizcaíno, sin que los beneficios reviertan en el País Vasco, ni den origen a una rápida industrialización. [En 1925 de 2.083.000 Tm. de hierro extraídas sólo son utilizadas 588.000]. La exportación del hierro vizcaíno a Inglaterra, Bélgica y Francia se acompaña de una crecida importación de carbón y productos metalúrgicos, a precios fijados por las compañías extranjeras. Lefebvre, tan mesurado, desliza en el conjunto científico de su obra un solo juicio de valor: "Vizcaya se había convertido para los extranjeros en una suerte de colonia de explotación internacional". En realidad y durante muchos años, quizá hasta la década 1940-1950, Vizcaya fue una zona semisubdesarrollada, con una área industrial circunscrita y separada social y económicamente del resto del país, controlada por una minoría ligada indisolublemente al centralismo de la administración madrileña. 3. La industrialización, la creación de nuevas empresas, arraiga en la vida económica tradicional sin eliminar los rasgos arcaicos, es decir, hay un bajo índice de transformación de lo nuevo, situación que favorece la marginación de la empresa y su limitación. En 1915, en Guipúzcoa sólo 5 empresas tienen entre 150-250 obreros. En su tecnología estas empresas son una mezcla de rasgos modernos y rasgos arcaicos.

c) Lenta gestación de las "clases" tipo. La lenta industrialización conlleva una lenta constitución de las "clases tipo" del modo de producción capitalista. Sólo tardíamente puede hablarse de "burguesía nacional" y "clase obrera" en el País Vasco. Creemos pues que la existencia de clases supone la transformación de un conjunto de condiciones particulares en "condiciones comunes", tal como Marx define las "condiciones de clase", y que la base económica constituyente de la "clase" -sea propiedad privada o alienación de la fuerza de trabajo- es sólo una condición primaria. Por lo que respecta a la clase obrera hay que señalar: 1. La tardía incorporación al mundo industrial de la mano de obra autóctona, que prefiere la emigración a América, a las míseras condiciones de trabajo que ofrece la oligarquía. 2. Junto a la emigración autóctona, la masiva inmigración, entre 1890 y 1910, que alcanza a constituirse en la mayoría de la población en las Zonas mineras. 3. La extracción foránea de los líderes políticos y sindicales socialistas que dará un carácter, no ya sólo antinacionalista -lo que hubiera sido legítimo-, sino antivasco al PSOE-UGT en tierra vasca. En 1908 Unamuno quiso realizar la apología del PSOE con una frase que le califica perfectamente: Partido cultural antibizkaitarra, y por lo tanto patriótico. La alianza interclasista con la burguesía republicana, con el fin de aislar al PNV, fue la estrategia objetivo primordial del PSOE de 1895 a 1935. 4. La proyección política, en el sindicalismo autóctono (ELA-STV), de la ideología tradicional que conllevó, que junto al indudable carácter de clase de este sindicato se inscribiese una tonalidad corporatista y confesional. Causas, todas ellas, que confieren al mundo ideológico vasco un carácter arcaizante hasta 1936. El nacionalismo del PNV poseyó, de 1931 a 1936, una enorme funcionalidad política -es decir, adaptación al fin perseguido-, a través de una casi perfecta respuesta a la mentalidad y necesidades de una gran parte de la población del país. Su ideología estaba caracterizada por la mezcla de rasgos nuevos -como la teoría de las nacionalidades y la defensa de la democracia política- y rasgos arcaicos -como el antiliberalismo, foralismo social o integrismo-. Todo ello ha dado vida a una forma característica de populismo de innegable éxito. Tras la ideología operaban los viejos mecanismos psicológicos anclados en nuestro persistente pasado cultural. Y su peso opera todavía en el nacionalismo vasco, un presente que, en ciertos medios -los más afectados por la crisis del viejo sistema de valores- pretende ser novedoso. Pero el arcaizante populismo no ha variado en lo fundamental. El viejo rechazo del "liberalismo" se disfraza hoy como repudio de la "burguesía" y el retorno al "pueblo" de ayer -el pueblo baserri, mítico y colorista- discurre bajo la "vuelta al pueblo" de hoy, un pueblo "proletario", no menos imagen d'Epinal que el paternal pueblo baserri.

Idoia ESTORNÉS ZUBIZARRETA y José Antonio AYESTARÁN