Kontzeptua

El Concepto de Género

El concepto de género hace referencia al proceso dinámico, histórico y cambiante mediante el cual se define el significado que ser mujer u hombre adquiere en una sociedad o cultura determinada. Esta definición se basa en un conjunto de atributos y expectativas asumidas por quienes integran una sociedad dada y que partiendo de distintas categorías biofisiológicas señalan comportamientos específicos dentro de una estructura jerarquizada de relaciones de poder.

La noción de género se debe entender en el contexto de su desarrollo histórico y dialéctico, con relación a los debates en torno a otras nociones como cultura, naturaleza y sociedad. Verena Stolcke (2003:69) señala la conveniencia de aprovechar la crisis actual de estos conceptos para recapitular sobre ellos, lo cual requiere una revisión de su evolución en el tiempo y un replanteamiento de su actualidad. En una primera instancia, el término género surgió como categoría cultural en oposición al sexo biológico dimórfico, utilizado para dividir a los seres humanos en grupos de hembras y machos en base a características biológicas relacionadas fundamentalmente con el aparato reproductor. En este sentido, al utilizar la noción de "género" se incurre en una categorización de las personas en torno a conceptos de feminidad y masculinidad construidos a partir del sexo biológico. Sin embargo, el cuestionamiento desde distintas corrientes del dualismo sexual ha llevado a plantear que tanto el sexo como el género tienen su origen en la percepción sociocultural de las diferencias entre personas.

Pero además de cuestionar el carácter reduccionista del binomio sexo/género, también se ha puesto en entredicho la naturaleza estática de las categorías construidas, apuntando a la necesidad de abordar el género como concepto dinámico, cambiante y relacional que comprende factores culturales, relaciones sociales y estructuras de poder. Es en este sentido que la noción de sistemas de género surge con el objeto de explicar el modo en el que acontece la producción y reproducción de la desigualdad a través de distintas intersecciones entre representaciones simbólicas y prácticas sociales. La esfera simbólica abarca ideales y estereotipos de feminidad y masculinidad y a nivel estructural, contempla la división sexual de trabajo entre mujeres y hombres, así como el acceso a los recursos deseables. Del mismo modo, sitúa al individuo en este entramado de significados y estructuras, examinando la agencia individual en la forja de identidades sexuales y en la práctica incorporada y performativa del género.

Es por tanto importante subrayar que el concepto de género surge de una gran actividad teórica y práctica ligada tanto al movimiento feminista como al feminismo académico desarrollado durante los últimos cincuenta años. Actividad que no ha cesado y que se caracteriza por los múltiples debates aún no resueltos1. Una definición actualizada de género, operativa en las ciencias sociales es la propuesta por Aurelia Martín Cásares, quien hace referencia al género como:

"la construcción de la feminidad, la masculinidad, la androginia u otras categorías sociobiológicas definidas en cada sociedad que permite estudiar los roles, estereotipos, relaciones de poder y estratificación establecidas" (2006:68).

Pero además, es un proceso en el cual el individuo aparece implicado en el "devenir" mujer o hombre; así, -aludiendo a la famosa frase de Simone De Beauvoir en El Segundo Sexo (1949) de que "la mujer no nace sino que se hace"- el énfasis se sitúa en la idea de que "la biología no es destino" y el género se hace, se deshace y se rehace (Stolcke, 2003: 70-73).

De hecho, Donna Haraway afirma que todos los significados feministas modernos de género derivan de la afirmación de De Beauvoir 2 y apela a interpretaciones desde el marxismo y el psicoanálisis para incidir en el carácter volátil del sujeto, cuya coherencia rechaza aludiendo a la idea de que las identidades, tanto sociales como personales, se reconstituyen continuamente. Haraway propone el cybourg -híbrido de organismo y máquina- como metáfora de escape de rígidos dualismos como el de naturaleza/cultura: "el poder político y explicativo de la categoría "social" del género depende de la forma de historiar las categorías de sexo, carne, cuerpo, biología, raza y naturaleza.

1Algunos trabajos en los que se recoge el desarrollo histórico del concepto de género serían: MOORE, Henrietta. Feminismo y antropología. Madrid: Cátedra, 1991; MAQUIEIRA, Virginia. "Género, diferencia y desigualdad". In: BELTRAN, E.; MAQUIEIRA, V. (eds.): Feminismos. Debates teóricos contemporáneos. Madrid: Alianza, 2001; pp.127-189; BULLEN, Margaret. Basque Gender Studies. Reno: University of Nevada, 2003; pp. 11-67; MARTIN CASARES, Aurelia. Antropología del Género: Culturas, mitos y estereotipos sexuales. Madrid: Cátedra, 2006; pp. 19-69; MENDEZ, Lourdes. Antropología Feminista. Madrid: Síntesis, 2007.

2HARAWAY, Donna. "Género" para un diccionario marxista: La política sexual de una palabra". In: HARAWAY, Donna: Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra, [1991]1995; pp. 213-251.

Para dar cuenta de la complejidad de la noción de género es preciso volver la mirada a su irrupción en el escenario sociopolítico e intelectual de la década de los ochenta del siglo XX, y repasar algunos aspectos importantes en su evolución hasta el presente. Podemos ubicar los orígenes del cuestionamiento de la identificación sexo-género en el siglo XVII. Posteriormente, ya en el periodo de la Ilustración (siglo XVIII) existieron distintas voces que cuestionaron la existencia de una inferioridad femenina "natural" 3, y, siglos más tarde (siglo XX) habría que reconocer las aportaciones -en la misma línea crítica- realizadas por parte de figuras como Simone de Beauvoir y Margaret Mead. Sin embargo no será hasta los años setenta cuando Ann Oakley introduce el término "género" en las ciencias sociales4, dando paso -durante la década de los ochenta- a la conceptualización del género como una categoría analítica y teórica.

La acepción gender adoptada en el mundo anglosajón y aplicada a las ciencias sociales para referirse a la construcción social de la feminidad y la masculinidad en diferentes contextos culturales se extendió rápidamente. La palabra proviene del latín "genus" y quiere decir "clase" o "tipo" de cosas y se ha aplicado en el sentido histórico de conjunto de seres o cosas que tienen una o varias características intrínsecas en común, cosas que tratamos de forma diferenciada a causa precisamente de su diferencia inherente5. En inglés se ha venido utilizando desde el siglo XIV para distinguir la feminidad y la masculinidad como tipos o clases distintas, y es en este sentido que se adoptó para indicar contrastes generales entre mujeres y hombres.

No obstante, y como indica Teresa del Valle (1993:2) su aplicación en otros contextos lingüísticos -más allá del anglosajón- ha sido problemático. Esto es especialmente notorio en el caso de las lenguas románticas como señala P. Di Coiri (1990:134-136) o Virginia Maquieira (2001:164) para las lenguas castellana y italiana6, las cuales aplican el concepto de "género" en el sentido gramatical para diferenciar entre categorías de palabras. Categorías convencionales que poco o nada tienen que ver con las diferencias entre mujeres y hombres. En el ámbito francófono su uso ha sido aún más discutido y, en la práctica, se opta por utilizar expresiones ligadas a la noción de "sexe" y no a "genre"7. En cualquier caso, voces detractoras de la utilización del término en otro sentido que el gramatical se han oído tanto en el mundo de habla inglesa como en los diferentes entornos de habla hispana.

Lo que es interesante y ciertamente apasionante en la historia del concepto de género son los estrechos vínculos establecidos con el desarrollo histórico del movimiento feminista. Esta relación es enfatizada por del Valle (2001:10) quien añade que el movimiento feminista es la base que da credibilidad al cuerpo teórico feminista. El feminismo surgió como un movimiento que perseguía el cambio social y, como en el caso de las sufragistas, defendía la igualdad de derechos para mujeres y hombres. Movimiento que hoy continúa activo demandando justicia social para las mujeres. Es importante subrayar que el concepto de género surge como fruto del reconocimiento no de la diferencia sino de la desigualdad real entre mujeres y hombres. A partir de esta constatación la teoría va elaborándose al hilo de las distintas peticiones y reivindicaciones lanzadas por los distintos grupos sociales en su reclamo de una mayor igualdad entre mujeres y hombres. Es por ello, que el término género está estrechamente vinculado al feminismo, aunque como señala Lourdes Méndez (2007:103) "la doble voluntad teórica y política" no es universal y como categoría analítica no se puede reducir a la constancia de la desigualdad entre mujeres y hombres.

Aunque la acepción socio-científica de la palabra "género" trasciende el marco de la acción política, en su génesis como categoría analítica está precisamente la identificación de una opresión universal compartida por las mujeres y la explicación de esa subordinación. Como señala Méndez (2007:101) la conciencia política de esta opresión surgida en el seno del movimiento feminista de la década de los sesenta es paralela a la incorporación de muchas de las mujeres militantes al ámbito universitario de los dos lados del Atlántico. Hecho que, a la postre, permitirá el desarrollo teórico, alentado por la necesidad de articular explicaciones subyacentes a la desigualdad entre mujeres y hombres. La tarea que se dibujaba era, primero, conocer cómo se origina, mantiene y se reproduce la desigualdad, para, posteriormente, intentar descubrir cómo se podría promover el cambio en las relaciones asimétricas de mujeres y hombres, proceso que se sitúa en la base del creciente cuerpo teórico feminista.

3La denuncia del pensamiento biologicista que asignaba un estatus inferior a las mujeres en base a su naturaleza, se remonta a la obra De l'égalité des deux sexes de Poulain de la Barre (1673), y pasa la obra de figuras destacadas del siglo XVIII como Olympe des Gouges y Mary Wollstonecraft (Martin, 2006: 38).

4OAKLEY, Ann. Sex, Gender and Society. London: Temple Smith, 1972.

5En castellano se utiliza en este sentido para referirse por ejemplo al "género humano", a estilos de arte o literatura, a clases de tela y a la mercancía de cualquier tipo.

6DI COIRI, P. "Marco teórico-metodológico para la historia de las mujeres y las relaciones de género". In: BALLARÍN, P.; ORTIZ, T. (eds.): La mujer en Andalucia: 1º Encuentro Interdisciplianrio de Estudios de la Mujer, Vol. 1. Granada: Feminae, 1990; pp. 127-136.

7Para una discuión sobre el uso de " antropologie des sexes " ver HERITIER, Françoise. Masculino/femenino. El pensamiento de la diferencia. Barcelona: Península, [1982] 2002 ; MATHIEU, Nicole-Claude "Remarques sur la persone, le sexe et le genre". Gradhiva. Revue d'histoire et d'Archives de l'Anthropologie ; 23. 1998, pp. 47-60; Mendez, Lourdes. Antropología Feminista...; op.cit.: pp. 114-122.

En el caso de la antropología, la preocupación por identificar los mecanismos de la desigualdad ha llevado a contrastar la relación sexo/género en numerosos sistemas culturales. Así, la revisión feminista del corpus etnográfico produjo dos conclusiones principales: por una parte, que había mucha más información sobre las actividades de los hombres y por otra, que la presencia de las mujeres estaba claramente condicionada por la perspectiva masculina. No es que se hubiera ignorado a las mujeres por olvido o se intentase dejarlas al margen de los análisis, sino que se había tendido a representarlas exclusivamente como objetos pasivos de análisis y no como agentes sociales activos. Además el tradicional interés antropológico en el parentesco y el matrimonio como instituciones fundamentales en la organización social provocó que las mujeres apareciesen mayormente en su rol reproductivo, como madres, o en un papel subordinado como esposas. Las mujeres estaban allí: el problema no era únicamente de presencia sino, fundamentalmente, de representación. Cabe mencionar como ejemplo del tipo de papel atribuido tradicionalmente a la mujer las famosas palabras del antropólogo Bronislaw Malinowski quien definió la antropología como "el estudio del hombre que abraza a una mujer".

La revisión de este tipo de planteamientos coincidió con una crítica epistemológica más amplia orientada a la denuncia del etnocentrismo y el androcentrismo en la antropología (Maquieira, 2001:128; Moore, 1991). Es decir, se percibía la sociedad estudiada no solamente desde la visión hegemónica del colectivo socialmente dominante, sino que se trataba de una mirada que partía de los hombres (andros) tanto en el caso de los observadores como de los observados. Una perspectiva derivada, indudablemente, del sesgo masculino característico de la sociedad occidental y de sus instituciones académicas. La crítica al conocimiento antropológico como un conocimiento parcial multiplicó los esfuerzos orientados a rectificar los sesgos tanto etno- como androcéntricos y detectar los mecanismos de invisibilización de las mujeres en los datos etnográficos y la teorización antropológica.

La antropología fue una de las disciplinas más comprometida con el ejercicio de desenmascaramiento del enfoque androcéntrico característico de estas primeras etapas de los estudios de género. Así mismo, la antropología impulsó el interés en las mujeres como objeto de estudio, interés coincidente con la conciencia derivada del pujante movimiento feminista. Según María Jesús Izquierdo (1998) la creación de la categoría "mujer" como objeto de estudio empieza cuando un grupo de mujeres se da cuenta de que el sexo que comparten tiene un significado social y es esta conciencia colectiva la que permite pasar de la idea de la mujer como objeto de análisis pasivo a quien le suceden cosas, a sujeto político activo poseedor potencial de determinadas cotas de poder, capaz de ejercer autoridad e influencia, y con derecho a expresarse y ser tomado en cuenta. En esta primera fase, "la mujer" emerge como una categoría homogénea, reflejada en el uso del singular (y no del plural como se demandará más adelante). De hecho, el énfasis se ponía en la igualdad entre mujeres, en la condición biológica femenina compartida y en las implicaciones sociales de su sexo, obviándose la relevancia de otras variables sociales (clase, etnicidad, preferencia sexual, etc.) que posteriormente vendrían a cuestionar la universalidad y uniformidad de la categoría mujer.

La primera tarea de los llamados "estudios de la mujer", fue corregir la perspectiva masculina, androcéntrica, y situar a las mujeres en el primer plano de las investigaciones. Muchas investigadoras se dedicaban en los años setenta a documentar el quehacer de las mujeres, a recoger sus acciones y sus palabras, desconfiando de los relatos de los hombres -investigadores o informantes- sobre lo que hacían las mujeres8. En lugar de ver a las mujeres sólo como madres o de representarlas en relación a su rol reproductivo en el sistema de parentesco, se optó por dirigir la mirada al papel de las mujeres en otros ámbitos, de cara a poder descubrir y poner de manifiesto su aportación a la producción o su participación en el ejercicio de poder y toma de decisiones. De este modo se recopilaba material en el cual las mujeres eran protagonistas, actores sociales y políticos en el centro de la reflexión y no objetos secundarios de una investigación cuyo enfoque principal estaba en otro lugar. Según Dolores Juliano (1992:35) se hacía visible lo "no significativo" en la estructura social, haciendo relevante lo considerado hasta entonces "irrelevante".

Hacer visible a las mujeres fue el primer paso importante en la elaboración del concepto de género pero ésta fue sólo una parte del proceso. Tanto en el caso del movimiento feminista como en el de los estudios de la mujer, se hizo evidente que añadir o incrementar la presencia femenina no era suficiente para superar los prejuicios profundamente enraizados en el análisis. No era tan simple como añadir un ingrediente más y mezclar la masa, para usar una metáfora de Marilyn Boxer (1982:258)9. Existía un problema con el androcentrismo arraigado en los modelos analíticos propios de las ciencias sociales, identificado por Edwin Ardener (1975:21-23) como la teoría del silenciamiento o de los "grupos mudos". Ardener argumentó que los grupos sociales dominantes (definidos por sexo, edad, clase, etnicidad...) generan y controlan los modos dominantes de expresión y silencian o acallan a los grupos sociales subordinados, incluidos las mujeres. No es simplemente que las mujeres no tienen voz, sino que su voz no resulta inteligible porque no se expresa a través de los modelos dominantes y en consecuencia, sus mensajes resultan distorsionados y sus significados silenciados. En palabras de Moore (1991:4) "no es que las mujeres están calladas, es que no se las puede oír".

Este descubrimiento plantea una nueva cuestión para los estudios de la mujer. Si se acepta la teoría del silenciamiento, no es suficiente hablar con las mujeres porque su propia percepción de la realidad es tamizada por el modelo dominante androcéntrico. Habría que desarrollar nuevos paradigmas de análisis para reconocer los modelos masculinos y femeninos imperantes en distintas partes del mundo y en los diferentes ámbitos de la sociedad. Si los modelos de las mujeres varían en relación a los de los hombres ¿serían las mujeres las más indicadas para estudiar a las mujeres? Y si esto es así ¿quiere decir que las mujeres no pueden estudiar a los hombres? Como señaló Judith Shapiro (1981:125), si hay que ser para conocer, el proyecto de estudiar las sociedades humanas se vendría abajo. Pero no todas las científicas sociales querían dedicarse a denunciar el sesgo androcéntrico de sus disciplinas. Del mismo modo, ya desde John Stuart Mill (1861) ha habido hombres preocupados por comprender el funcionamiento de la dominación masculina a través de las relaciones sociales (Martín, 2006:24). Reclamar el estatus privilegiado de las mujeres para estudiar a las mujeres depende de la construcción de una categoría universal de "mujer", categoría que enfatiza por una parte, la diferenciación entre mujeres y hombres y por otra, la igualdad entre mujeres, una idea central en "los estudios de la mujer" de los años setenta y que será cuestionada a raíz de nuevos hallazgos y planteamientos.

8Ejemplo de esta fase es la colección de artículos editados por Olivia Harris y Kate Young. HARRIS, Olivia; YOUNG, Kate (eds.): Antropología y Feminismo. Barcelona: Anagrama [1974] 1979.

9Boxer lo denominó el método "add-women-and-stir". BOXER, Marilyn. "For and About Women: The Theory and Practice of Women's Studies in the United States". In: KEOHANE, N; ROSALDO, M; GELPI, B. (eds.): Feminist Theory: A Critique of Ideology. Brighton: Harvester Press, 1982; pp. 237-271.

El concepto de género emerge de los descubrimientos etnográficos y las elaboraciones teóricas generadas durante la década de los ochenta. El cuestionamiento del universalismo y del reduccionismo biológico de los términos "mujer" y "hombre" saca a la luz su carácter de construcción social, flexible y cambiante, en tanto en cuanto adquiere diferentes significados en función del contexto cultural y el periodo histórico. Había que repensar la recién creada categoría de "mujer" basada en una naturaleza biológica común definida por sus funciones reproductivas y una condición social subordinada compartida por todas las mujeres y determinada por la inferioridad establecida en relación a los hombres. A su vez, las mujeres negras estadounidenses comenzaron a protestar ante la falta de sensibilidad mostrada por las feministas blancas hacia la opresión racial que venían sufriendo y que no podía ser equipada a una noción de subordinación universal. Verena Stolcke10 indaga en la dialéctica generada entre la categorías sociales de raza y etnicidad con las de sexo y género, una discusión que recoge el giro en la atención prestada desde lo que comparten las mujeres biológicamente a lo que les separa socialmente, de la diferencia entre mujeres y hombres a las diferencias entre mujeres. Se inaugura un prisma y un discurso que pone el énfasis en las relaciones de género y en las variables que contribuyen a la jerarquización social - factores de clase, raza o etnicidad -, aspectos fundamentales a la hora de entender y explicar las relaciones de poder, la diferencia y la desigualdad, y que no se pueden supeditar a la variable de sexo. Entonces la categoría "mujer" se deconstruye, se fragmenta y se pluraliza para reflejar la conciencia de que no existe una mujer, sino muchas, en base a la diversidad de experiencias y de contextos temporales y espaciales.

El paso conceptual de "mujer" a "mujeres" es un paso más en la evolución del concepto de "género". Sin embargo, no es un paso exento de polémica y dificultades, sobre todo debido a sus implicaciones políticas para el feminismo. Al cuestionar la universalidad de la categoría "mujer" se sacuden los cimientos del movimiento feminista construido sobre una supuesta experiencia femenina común, extensible a todas las mujeres. El feminismo parte de la premisa de que las mujeres como grupo social son dominadas por los hombres como grupo social, tanto en el hogar como en la sociedad en general. Además, se apoya en la existencia de un corpus identificable de intereses femeninos y una identidad política común por encima de otras diferencias. Si el feminismo se basa en la igualdad entre mujeres como fuerza y potencial para cuestionar la desigualdad existente respecto a los hombres, la antropología feminista no puede obviar las diferencias culturales, sociales y políticas que ponen en duda la universalidad de una categoría única de mujer. Es lo que Marilyn Strathern (1987) ha llamado "una relación incómoda" entre el feminismo y la teoría de género.

La profundización en la teoría de género que caracteriza los años ochenta, es fruto de las diferentes líneas de investigación orientadas a explicar la subordinación femenina y que habían sido puestas en marcha en la década anterior. Entre las distintas corrientes destacan por un lado el planteamiento histórico que indaga en la posible existencia de antiguos matriarcados; por otro, la visión simbólico-estructural que examina la construcción de la diferencia biológica a través de las categorías culturales11, construcción sustentada en el concepto de la contaminación femenina y puesta de manifiesto en la división espacial de lo doméstico y lo público12; y en tercer lugar, el planteamiento socioeconómico o marxista que analiza como las categorías de género se relacionan con los procesos de producción y distribución desigual de la riqueza13.

10STOLCKE, Verena. "¿Es el sexo para el género lo que la raza para la etnicidad... y la naturaleza para la sociedad?". Política y Cultura; 14, México DF: Universidad Autónoma Metropolitana, 2000, pp. 25-60.

11El planteamiento simbólico-estructural gira en torno al binomio naturaleza-cultura y su formulación más famosa en la literatura de la antropología feminista se encuentra en el clásico artículo de Sherry Ortner, "Es la mujer con respecto al hombre lo que la naturaleza con respecto a la cultura?". ORTNER, Sherry. "¿Es la mujer con respecto al hombre lo que la naturaleza con respecto a la cultura?. In: HARRIS, O.; YOUNG, K. (eds.): Antropología y feminismo, Barcelona: Anagrama, [1974] 1979: pp. 109-131. Entre las críticas suscitadas ver: MACCORMACK, Carol. "Nature, Culture and Gender: A Critique" In: MACCORMACK, C.; STRATHERN, M. (eds.): Nature, Culture and Gender, Cambridge: Cambridge University Press, 1980: pp. 1-24; MATHIEU, Nicole-Claude. "Man-Culture and Woman-Nature?". Women's Studies International Quarterly; 1, 1978: pp. 55-65.

12Sobre la división sexual del trabajo y la correspondiente segmentación de la vida laboral en esferas domésticas y públicas, ver Michelle Rosaldo (1974:23) y posteriormente su propia crítica en "The Use and Abuse of Anthropology: Reflections on Feminism and Cross-Cultural Understanding". ROSALDO, Michelle. "The Use and Abuse of Anthropology: Reflections on Feminism and Cross-Cultural Understanding". Signs; 5(3), 1980, pp. 389-417.

13Como defensora de esta hipotesis ver Eleanor Leacock. LEACOCK, Eleonor. "Women's Status in Egalitarian Society: Implications for Social Evolution". Current Anthropology; 19(2), 1978, pp. 247-275; y como detractora, Karen Sacks, quien cuestiona el igualitarianismo de las sociedades primitivas. SACKS, Karen. "Engels Revisited: Women, the Organization of Production, and Private Property". In: ROSALDO, M.; LAMPHERE, L. (eds): Woman, Culture and Society. Stanford, California: Standford Universtity Press, 1974: pp. 207-222.

En los años ochenta, se insistía en que la diferencia de género se construía a través de la diferencia biológica entre mujeres y hombres. Lo importante era separar el sexo biológico del género social. El sexo se definía como:

"las características anatómicas de los cuerpos, incluida la genitalidad, así como las características morfológicas del aparato reproductor y aspectos tales como las diferencias hormonales y cromosómicas" (Maquieria, 2001:61).

Se reconocían dos sexos, considerados universales y, del mismo modo, el género se entendía de forma dualista como el simbolismo sexual que correspondía a los binomios hombre/mujer y masculino/femenino. En 1975, Gayle Rubin (1986) ya había propuesto la noción de sistema sexo/género para expresar la construcción social del género como:

el "conjunto de disposiciones por los cuales la materia biológica del sexo y la procreación humana son conformadas por la intervención social y satisfechas en una forma convencional por extrañas que sean algunas de estas convenciones."

Años más tarde, Rubin (1989) criticó su propio uso del término sistema sexo/género al entender que el mismo expresaba una realidad neutral moldeada por factores socioculturales. Afirmó que al igual que el género, la dimensión biológica o "natural" asumida en las nociones de "sexo" y "sexualidad" es una construcción social y cultural cargada de simbolización cultural que asigna un valor diferenciado a los cuerpos y las prácticas sexuales, estableciendo una relación jerárquica entre heterosexualidad, homosexualidad u otras sexualidades. Por tanto, habría que separar el binomio, indagar en la relación sexo y sexualidad y revelar su imbricación en la organización de los sistemas de poder heteronormativos.

El desarrollo de la sexualidad como campo de estudio supone una aportación fundamental en el replanteamiento de la distinción entre sexo y género acontecida en la década de los noventa. Al respecto cabe destacar aportaciones generadas en torno a diferentes disciplinas y corrientes, destacándose los estudios feministas, los estudios gay y la teoría queer, enmarcados en el pensamiento posmodernista (Maquieira, 2001). Dichos estudios inciden en la ambigüedad y fluidez de las categorías de género, construidas en relación a los cuerpos sexuados y las prácticas y opciones sexuales. Referencia obligada en esta línea de pensamiento es el trabajo de Judith Butler (1990) quien crítica la reificación de las categorías tanto de género como de sexo, aboga por la proliferación de géneros y la parodia de los discursos que producen y normativizan el género desde prácticas de exclusión relacionadas con el sexo, y las prácticas e identidades sexuales.

No obstante, fruto de la desestabilización de las categorías de sexo y sexualidad, se adoptó la noción de sistema, prefiriendo su uso en plural "sistemas de género" para abarcar la multiplicidad y complejidad de factores que intervienen en

"la diferencia socialmente construida en el marco de la acción recíproca de las fuerzas globales y locales, de las significaciones nativas y extranjeras, de la estructura social y de la acción humana en circunstancias históricas específicas" (del Valle (coord.) 2002: 21).

La noción de sistemas de género es un concepto estructural, acuñado por Robert Connell (1987) quien criticaba las categorías estáticas y ahistóricas de mujeres y hombres además de la tendencia de apelar a las diferencias biológicas de forma implícita. Así, el concepto de estructura daría cuenta de la compleja red a través de la cual interactúan condiciones materiales y conceptualizaciones simbólicas a nivel tanto individual (micro), social (medio) y global (macro), y en relación al trabajo, al poder y al cathexis o el universo emocional de las personas.

A través de la idea de sistemas, se puede apreciar que las relaciones de género siempre son relaciones de poder, que más que de diferencias se trata de jerarquías, fruto del acceso desigual a los recursos materiales y a las posibilidades para el ejercicio del poder, y sostenidas por una compleja construcción y naturalización de las diferencias sexuales y de género. Nos alejamos del esquema inicial dicotomizado de hombres poderosos y mujeres subordinadas para contemplar los distintos capitales simbólicos de las y los actores sociales; para estudiar otras variables que entran en juego, así como la variedad de diferentes modelos de ser mujer y de ser hombre o de ser lo que sea. Y si retomamos las palabras de Simone de Beauvoir de que "no se nace sino que se deviene mujer", sesenta años más tarde podemos afirmar que "el hombre tampoco nace", que las personas se hacen, en relación a un modelo hegemónico que prevalece en la sociedad, cuyo poder e influencia se manifiestan tanto para los hombres como para las mujeres. Incluso podríamos ir más allá y plantear junto con Haraway un futuro posgénero, una especie de negativa o resistencia a

"seguir siendo un hombre o una mujer "generizada" de tal manera que la oposición binaria universalizante que el concepto de sistema sexo/género engendró en un momento y en lugar dado dentro la teoría feminista...ya no es imaginada o puesta en marcha como un recurso para la cultura, lo mismo que tampoco lo es el sexo para el género" (1995:26).

Hasta aquí un breve recorrido en torno a la historia del desarrollo del concepto de género y una aproximación básica a algunos de los elementos principales que lo componen. Pero al margen de la repercusión social de la noción de género y de sus múltiples derivas en diferentes corrientes teóricas y ámbitos del conocimiento, habría que subrayar su capacidad para arraigarse en lo local; en los distintos movimientos sociales surgidos en entornos sociales y culturales muy diversos y en la teoría feminista desarrollada en universidades de todo el mundo. Y, de hecho, el concepto de género tiene también su propia historia en Euskal Herria, tanto a nivel social (movimientos feministas) como institucional (iniciativas públicas a favor de la igualdad de mujeres y hombres) y académico (estudios feministas y de género). De todo ello se da cuenta -aún de forma resumida- en otras voces presente en esta misma enciclopedia. Ver: ....

estudios feministas y de género
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  • BOXER, Marilyn. "For and About Women: The Theory and Practice of Women's Studies in the United States". In: KEOHANE, N; ROSALDO, M; GELPI, B. (eds.): Feminist Theory: A Critique of Ideology. Brighton: Harvester Press, 1982; pp. 237-271.
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