Políticos y Cargos Públicos

Urquijo Muga, Mariano Luis

Vuelto a Madrid, publica una traducción de la Muerte del César de Voltaire (Madrid, 1791), con un prólogo suyo de 87 pp. sobre el estado de la escena española, lo que le acarrea, debido a su orientación liberal y al elogio que hace de los enciclopedistas, problemas con la Inquisición, de la que le salvan Floridablanca y Aranda nombrándole oficial mayor de la Secretaría de Estado. Ingresa, así, en 1791 en el cuerpo diplomático pasando a ser secretario de la Embajada española en Londres en 1795-1797. Es en esta estancia donde fragua su ideario ilustrado y reformista orientado a regenerar el Estado sin menosprecio de los aspectos positivos de la tradición, entre los cuales los fueros de su tierra natal amenazados por la política de Godoy. En 1797 es nombrado embajador en la recién creada República bátava cisalpina (Holanda). En 1798 ingresó en la Orden de Carlos III. Fue presidente de la Sociedad Económica Matritense de Amigos del País.

El 17 de agosto de 1798 es nombrado provisionalmente Ministro-Secretario de Estado por enfermedad de Saavedra, que había sucedido a Godoy en marzo. Una de sus primeras medidas es rehabilitar a Olabide, perseguido por la Inquisición. Alcanza la plenitud del cargo el 21 de febrero de 1799, recién sobrepasada la treintena. Según recoge Sierra Bustamante (1967) era entonces "altivo, violento, soberbio, embustero, inteligente, sereno, elegante y poco enamoradizo". Como Ministro de Carlos IV hay que destacar, dentro de las importantes gestiones que llevó a cabo, todas aquellas tendentes a modernizar el estado: reforma universitaria, reforma, con el auxilio de su amigo Mazarredo, de la Marina de Guerra, creación del cuerpo de Telégrafos, establecimiento de premios teatrales, endurecimiento de la postura gubernamental frente al poder y privilegios de la Iglesia española, especialmente en lo relacionado con el Santo Oficio. Urquijo no consiguió la abolición de éste pero sí que los cónsules extranjeros quedaran libres de su acción, con lo que muchos ilustrados pudieron acceder a sus bibliotecas. También que sus órdenes quedaran sujetas al previo consentimiento real. Un RD del 5 de setiembre de 1799 autorizó a los obispos españoles al uso de la plenitud de sus facultades en materia de dispensas matrimoniales, con lo que cortó la hemorragia dineraria que suponía para el erario el monopolio vaticano y se ganó la enconada enemiga de la Rota romana. Otra cosa que le indispuso con el clero fue la autorización otorgada a Alexander Humboldt, hermano de Wilhem y Consejero Superior de Minas del Rey de Prusia, para viajar por la América española pese a su condición de protestante. Y ya, finalmente, la desamortización, contra una renta del 3%, de ciertos bienes de la Iglesia española.

Méritos humanitarios de Urquijo como Ministro fueron su gestión para garantizar la abolición de la esclavitud con el sultán de Marruecos, la liberación de los presos políticos y sus esfuerzos por introducir la vacuna. En noviembre de 1799 su retrato, pintado por Antonio Carnicero, fue colocado junto con el de su padre, en el palacio foral de Álava. En julio de 1800 fue proclamado, asimismo, junto con su padre, Francisco Policarpo, Diputado General de Vizcaya y Padre de la Provincia. El Señorío correspondía a su autorización para introducir tabaco del Brasil, para construir un nuevo teatro en Bilbao y para utilizar los bienes mostrencos en los caminos. También a la concordia entre la Diputación y el Consulado propiciada por Urquijo mediante acuerdo firmado el 24 de diciembre de 1798. Dos años después nuestro prohombre consagraba (16 de julio de 1800) las Conferencias vascas, que habían sido impugnadas por el Corregidor de Gipuzkoa.

Respecto al carácter y forma de trabajo de Urquijo reproducimos un pasaje de las Memorias de García de León en las que relata su caída:

"El despacho con Urquijo era rapidísimo; después de haber puesto las resoluciones instructivas, yo le daba cuenta de cada asunto. Urquijo entendía pronto, y concebía y ponía fácilmente resoluciones concertadas, y así se ahorraba a la Secretaría y a los expedientes gran trabajo de preparación y grandes rodeos perjudiciales; de pocas cosas se hacía extracto y pocas resoluciones había inconexas. Urquijo podía no tener todavía la madurez, la prudencia y la experiencia necesarias para dirigir la política de la Monarquía española, y más en una época tan difícil; pero es menester confesar que tenía gran viveza, ambición de gloria, madre de aciertos, sobre todo en la política, más conocimiento de los negocios presentes que muchos que han presumido de criticarlo; deseaba el lustre de la Monarquía; era medianamente justo y propenso a la magnanimidad en sus venganzas, y para el curso ordinario de los negocios era superiorísimo a todos los hombres de talento que habían ocupado los Ministerios muchos años antes; es menester repetirlo, sus grandes defectos eran pocos años y menos experiencia, porque había gastado muchos en la Universidad y tenía que desaprender mucho para saber algo: la vanidad en exterioridades, trenes, vestidos y sobrada ligereza, tanto en formar relaciones como en expresar sus sentimientos; esto último fue lo que más le perjudicó, porque con la mayor franqueza en la mesa y en las reuniones y círculos en Palacio, invectivaba a los ministros, en especial al gótico, sombrío y atravesado Marqués Caballero, y al charlatán Soler, a quienes despreciaba."

La caída de Urquijo obedeció a múltiples impulsos. Por una parte, su fuerte personalidad molestó al cónsul Napoleón Bonaparte (primer cónsul desde el 18 de brumario de 1799) que ya había conseguido la firma del segundo tratado de San Ildefonso (1 de octubre de 1800), sobre todo cuando se vio privado de la escuadra española de Brest -que ayudaba a la francesa- y tropezó con la resistencia del bilbaíno a que su hermano Luciano fuera nombrado embajador de París en Madrid. La Reina, a la que el corso había prometido dotar a su hija con un reino en Italia, debió de tomar cartas en el asunto. Por otra parte se hallaba Godoy que, aunque separado del poder, seguía influyendo sobre los Reyes y no perdonaba a Urquijo que se hubiera opuesto a que su hijo fuera apadrinado por éstos. Finalmente está la Santa Sede soliviantada por la política regalista de Urquijo. Fue cesado, así, en su calidad de ministro el 13 de diciembre de 1800 y confinado en Bilbao. El Santo Oficio reabrió su proceso y, acusado de masón, fue encarcelado en la fortaleza de Pamplona desde el 21 de marzo de 1801 hasta el 5 de octubre de 1802.

En 1803 fue comisionado por el Comité de propietarios de Bilbao para que presionara contra la instalación de un puerto en Abando. Al nombrar las autoridades bilbaínas a Godoy "Alcalde de Honor" de la villa, decide éste que sea Urquijo el representante del valido; el bilbaíno declinó la vara en el alcalde Segundo Luis de Escondrillas el 31 de enero de 1803, día de la toma de posesión. Al sobrevenir la revuelta de 1804 (zamacolada), tuvo el valor, junto con Mazarredo, de enfrentarse a cerca de 2.000 amotinados y, tras varias arengas, conseguir que éstos liberasen a las autoridades del Señorío que condujo a su propia casa de Bilbao (18 de agosto) donde fueron acosadas por los insurgentes. Su actuación, así como la de Mazarredo, fue decisiva los días siguientes, en especial la noche del 28 de agosto en la que ambos Urquijo, padre e hijo, contienen a los begoñeses ante el ayuntamiento. Sin embargo, en el proceso incoado tras la revuelta, tanto los Urquijo como Mazarredo fueran desterrados al igual que los que habían suscitado la sedición (23 de mayo de 1805), destierro que duró hasta la caída de Godoy en marzo de 1808.

Al acaecer la crisis de 1808 se opuso a la salida de Fernando VII de las fronteras del Estado para lo cual acudió a Vitoria el 13 de abril. Incluso preparó, junto con el alcalde de la ciudad, Urbina, y el duque de Mahon, un plan para retenerlo, sin cosechar fruto. Pero, habiendo abdicado tanto Fernando como su padre Carlos, y llamado insistentemente por Napoleón, acudió a Bayona donde fue secretario de la Junta de Notables españoles presidida por Azanza encargada de discutir y aprobar una Constitución para España. El 5 de junio de 1808 entrega un decisivo informe sobre la que será Constitución de Bayona. Respecto a los fueros vascos escribe:

"Como la Constitución debe de declarar la igualdad de pesos y de medidas, es bueno observar que las tres provincias de Vizcaya y el reino de Navarra son la puerta y seguridad de España, y estas provincias han sido felices porque no entraban en los bienes de mano muerta y tenían privilegios que favorecían la división de la propiedad. Si a estas provincias se las pone al nivel de las demás hay que temer alguna agitación. S. M. verá en su sabiduría si se las puede dar alguna compensación en la Constitución".

Y, en efecto, en la nueva Constitución se remitió para más adelante la cuestión vasca para la que Napoleón tenía en ciernes especiales designios.

"Todo esto -escribirá Yandiola a la Diputación vizcaína en carta del 1 de julio- se debe a la eficaz influencia del Excmo. Urquijo a quien la patria debe estar eternamente reconocida".

Con el advenimiento de José I fue, desde el 7 de julio de 1808, Ministro de Estado, siguiendo la atormentada peripecia de su nuevo soberano hasta el final. Su adhesión, junto con la de su gran amigo Azanza, fue la más firme con la que pudo contar José I, tanto frente a los sublevados como frente a la política despótica de su hermano. Durante su mandato acabó sus días en España, por primera vez, la Inquisición, su gran enemiga, se suprimieron las órdenes religiosas, se creó la Bolsa de Madrid, se sustituyó la horca por el garrote, se creó una Junta de Instrucción pública, etc. Respecto al País Vasco peninsular, éste fue desgajado de la soberanía de José I y dividido (1810) en dos Gobernaciones militares: Navarras y Vizcaya. En abril de 1811 asistió en París al bautizo del Rey de Roma. Fue condecorado el 3 de marzo de 1812 con el Toisón de Oro, cuando la situación era ya crítica.

Al terminar la guerra, marcha a París. Muere en esta capital soltero, arruinado y motejado de traidor tanto por fernandinos como por doceañistas. Entre sus bienes confiscados en España figura una magnífica biblioteca y una rica bodega de vinos selectos. Es enterrado en el cementerio del Pére La Chaise, a poca distancia de Moratín y Godoy, con el siguiente epitafio obra probable del canónigo Llorente:

"Aquí descansa Don Mariano Luis de Urquijo, antiguo ministro y primer Secretario de Estado de España. Falleció en París el 3 de mayo de 1817, de edad 49 años, verdadero filósofo cristiano, modesto en la prosperidad, político ilustrado, sabio, protector de ciencias y artes, buen hijo, fiel a la amistad, compasivo con los infelices, sus amigos, su familia desconsolada, la humanidad entera, particularmente España, su muy amada Patria, sentirán siempre su falta. Tierra, sele ligera".

Bilbao le consagró una Alameda sufragánea de la Gran Vía. Goya le dedicó un retrato que se halla en la Academia de la Historia. Su elogio puede leerse en la semblanza publicada en París en 1820 por el abogado de los Reales Consejos Antonio de Beraza, también exiliado por "afrancesado". Su vilipendio en Menéndez Pelayo que lo califica de "perverso y galicista escritor, con alardes de incrédulo y aún de republicano".

  • Actas de la Diputación General de Españoles que se juntó en Bayona. Bayona 15 de junio de 1808, Madrid, 1874
  • ARALAR, José de. Los adversarios de la libertad vasca. Ekin, Buenos Aires, 1944
  • BERAZA, Antonio. Elogio de D. Mariano Luis de Urquijo, ministro secretario de Estado de España. París: 1820
  • ELÍAS DE TEJADA, Francisco. El Señorío de Vizcaya . Madrid: Minotauro, 1963
  • GUIARD, Teófilo. Historia de la Noble Villa de Bilbao. Bilbao: 1912, IV
  • LABAYRU, Estanislao de. Historia General del Señorío de Vizcaya. 1895-1903, Bilbao,VII
  • LAFUENTE, M. Historia general de España. Madrid: 1858, t. 22
  • PEREYRA, C. Cartas Confidencias de la reina María Luisa a don Manuel Godoy, s/f; Prontuario de las Leyes y Decretos del Rey nuestro Señor Don José Napoleón I . Madrid, 1810
  • SAGARMINAGA, Fidel de. El Gobierno y régimen foral de Vizcaya. Bilbao: 1892, VI
  • SIERRA BUSTAMANTE, Ramón. Don Mariano Luis de Urquijo, Secretario de Estado con Fernando VII y colaboracionista con José I . Madrid, 1950; --: Sinfonía bilbaina en tres tiempos, CAV, Bilbao, 1967
  • ZABALA OZÁMIZ, A. Historia política de Vizcaya, 1808-1832, El acoso, los planes de Napoleón, «Yakintza», 1933, I