Poetas

Figuera Aymerich, Ángela (versión de 1982)

Poetisa bilbaína nacida en 1902, residente en Madrid. Estudió Filosofía y Letras y ejerció la docencia. Inicia sus publicaciones en 1948 con el lírico y naturalista Mujer de barro (Madrid, 1948). A continuación da a luz Soria Pura (Madrid, 1948) en homenaje a Antonio Machado. Vencida por el ángel (Alicante, 1950) marca un importante giro en su producción que de gozosa pasa a ser rebelde e implacable pese a conservar intacta la generosidad elemental de los primeros versos. En la línea de su compatriota Blas de Otero pero con una sensibilidad más feminista, Figuera reivindica a los humildes y explotados sin olvidar nunca el lugar postrero que, entre todos éstos, ocupa la mujer del explotado (Mujeres de mercado, Rebelión, etcétera, Canto a la madre de familia). Tampoco admite el arte por el arte como puede leerse en el Belleza Cruel (México, 1958) prologado por León Felipe, poemas de arrebatadora fuerza, como El grito inútil (Alicante, 1952). Tras Víspera de la vida y Los días duros (Madrid, 1953) viene la primera recolección de Obras completas (Madrid, 1954), la Primera antología (Caracas, 1961), Toco la tierra (Madrid, 1962) y Antología total (1973). Se le ha solido llamar "la Gabriela Mistral de Bilbao" porque en sus poemas late la misma panteística maternidad que en los de la poetisa chilena. Esta percepción germinal le acompaña tanto en sus primeras elaboraciones como en las últimas, como puede comprobarse por estos exponentes. Tierra Tendida, vientre a vientre, con la tierra -humedecida y blanda; abierta a la semilla, a los viriles rayos del sol- pegué mi boca cálida a sus mullidas sienes: "Yo también, yo también paro, hermana" "Tú y yo, cauce profundo de la vida. Tierra las dos... "¡Hermana, hermana, hermana!... Madres Madres del hombre, úteros fecundos, Hornos de Dios donde se cristaliza el humus vivo en ordenados moldes (...) Madres del mundo, tristes paridoras, gemid, clamad, aullad por vuestros frutos. Antología de la poesía española contemporánea (Salvat, 1970). Fragmentos suyos podemos hallarlos en: Poesía Social de Leopoldo de Luis (Madrid-Barcelona, 1965) y en Creadores líricos vascos (Bilbao, 1977) del primero de los cuales reproducimos, por su interés, este trozo autobiográfico: "Todo lo que yo puedo decir de mi poética está en mi poesía. La escribí siempre, aunque no publiqué hasta 1948. Nunca me pregunté por qué ni para qué lo hacía. Obedecía a un impulso esencial de origen desconocido que me llevaba al intento de crear con la palabra aquella belleza que tanto me emocionaba cuando la leía en los poetas a mi alcance. Una primera poesía imitativa, vacilante, intimista y mala, sin duda alguna. La vida misma, más adelante, concretó y afinó mis temas: amor de mujer y de madre, misterios del pensamiento, de la vida y la muerte, paisaje interpretado. De pronto, los tremendos golpes de nuestra guerra y la guerra mundial, la intimidad feliz se desgarra, el suelo se hunde, los sueños se quiebran, las perspectivas se transmutan y confunden entre la negrura del humo y el rojo de la sangre. Entro en contacto con el odio, la codicia, la destrucción, la injusticia, la muerte innumerable, antinatural e ilícita. El hambre pisándonos los talones; el desprecio hacia el hombre y hacia la libertad humana. Hay que vivir contra todo y a pesar de todo en un mundo convulsionado y atroz. Vivir viéndolo todo y sufriéndolo todo con todos. Terminó la íntima soledad del poeta. Porque también hay que escribirlo todo. El impulso primario de expresarse y crear belleza con la palabra es el mismo. Las circunstancias, no. Lo que he visto padecer, padeciéndolo, lo que sigo viendo, me acucia con exigencia imperiosa. Tengo que gritar contra ello y buscar algo que oponer al derrumbe. Crear belleza pura, inútil y cruel en su exclusividad, ya no es bastante. Hay que hacer algo más con la poesía, que es mi herramienta, como cualquier hombre tiene que hacerlo con la herramienta de que disponga y pueda manejar, para salvarnos y ayudarnos unos a otros. Mas, la poesía ¿servirá para algo? Dice Bertrand Russell: "Todo hombre, cualquier hombre, puede servir para perfeccionar el mundo". Intentémoslo, pues. El mundo es maravilloso, pero está mal dispuesto. El hombre es maravilloso, pero lleno de mezquindades y flaquezas. Amemos al mundo, nuestra morada, y al hombre, nuestro hermano, dentro de ella. Amémoslos como son, pero ayudemos a que sean mejores el día de mañana. Desenterremos sus bellezas esenciales: el trabajo, el amor, la unión, el valor de lo humilde, la nobleza de lo cotidiano, la esperanza indestructible en la perfectibilidad. La fuerza de todo lo que es positivo y camina hacia adelante. Por eso mi poesía de hoy grita con el dolor de todos y denuncia con la rabia de todos. Y pretende también estar con todos los que saben su dolor y los que lo ignoran; los que buscan y los que caminan a ciegas. Y, si no puede salvarlos, al menos puede caminar con ellos. No me importa si mi poesía es, por lo circunstancial, por lo concreta e impura, perecedera. Si un solo hombre de-mi tiempo se siente por ella comprendido y acompañado, consolado y estimulado, ya no habrá sido inútil".

Idoia ESTORNÉS ZUBIZARRETA
La función cultural mediadora de Ángela Figuera (1957-1958).

Aunque no se haya resaltado en la historia literaria con suficiencia, se puede decir con toda propiedad que la escritora bilbaína Ángela Figuera Aymerich (1902-1984) tuvo una función determinante en el comportamiento y actitud de Pablo Neruda para con los intelectuales del interior, que bien habían surgido, por edad, tras la guerra civil española de 1936-39, o bien habían superado ésta, ya como vencedores o vencidos.

Son dos los momentos históricos fundamentales -relacionados entre sí- de esa función mediadora de la escritora vasca:

1) Cuando logra que Neruda recupere el diálogo -interrumpido tras la guerra civil en 1939- con los escritores del interior, y escriba su "Carta a los poetas españoles" (París, 1957).

2) Cuando, con su libro Belleza cruel y su correspondencia, convence a León Felipe para que cambie su actitud y la consideración de los poetas del interior y les "devuelva" el salmo y la canción que se llevó al exilio (México, 1958).

Antecedentes: los poetas, al exilio errante (1939).

Pero todo hecho histórico tiene sus antecedentes. La República, que pierde la guerra en 1939, opta por favorecer el exilio de muchos intelectuales de gran peso y representación cultural. De no haber salido al exilio, la mayoría de aquellos intelectuales hubiera sufrido procesos, dado que la cultura crítica, revolucionaria o no, era una de las principales enemigas del régimen franquista. Con tal motivo, en el exilio se fue conformando una nueva cultura, que creció entre la nostalgia, la impotencia y el convencimiento creciente de que Franco no habría de ser removido, máxime cuando, tras la guerra mundial, los aliados no hicieron nada por acabar con su régimen. Esta sería la segunda gran derrota de la República.

En buena parte de esa cultura republicana del exilio -tanto la americana como la europea-, es decir, entre los vencidos de la guerra civil, se alentó la opinión -sin duda excluyente, por lo que se ha visto después- de que la mayoría de los escritores o intelectuales que no habían partido hacia el exilio en 1939, o eran cómplices del nuevo sistema franquista, o tímidos espectadores de su existencia. No fue así, evidentemente. Hubo muchos intelectuales -principalmente profesores, científicos, escritores y artistas, como hubo también capas más populares, obreros, mineros y profesionales, que padecieron el silencio impuesto- que vivieron un "exilio interior", rodeados de muchas dificultades, persecuciones, privaciones y cárcel. Pero que, a pesar de los inconvenientes, a pesar del drama, plantaron cara a la nueva realidad.

El caso de Ángela Figuera y su familia bastaría para ilustrar la casuística. Tanto la escritora, como todos sus parientes republicanos fueron desposeídos de sus puestos de trabajo y cargos del funcionariado, por el solo hecho de haber perdido la guerra. La purga cambió sus vidas, porque ella, la escritora, que era titular de cátedra de Instituto de Enseñanza Media, no lograría al fin recuperar su función, sino un trabajo en la Biblioteca Nacional, diez años después, y su esposo, Julio Figuera Andú, ingeniero, también purgado tras la guerra, tuvo que vérselas para conseguir un puesto, años después de la contienda.

La actitud de la escritora vasca haría variar el rumbo de esta opinión, esencial y decididamente política, al intervenir de forma decisiva y efectiva, en la conversión de esa opinión, tanto ante Pablo Neruda, como ante León Felipe, para que se considerase y reconociese el valor intelectual y moral de los escritores del llamado exilio interior. El papel de la escritora vasca Ángela Figuera Aymerich fue en ambos casos determinante. De no haber sido por las dos intervenciones, razonadas y sentidas, de Ángela Figuera ante Neruda y León Felipe, posiblemente ninguno de los dos intelectuales hubiera hecho declaración formal alguna sobre el particular, aunque tuviera intención. De ahí, el papel relevante en la mediación de la escritora vasca.

Figuera advierte la distancia de los exiliados.

Visto en el tiempo, el mérito de ese papel mediador de Figuera, no está sólo en sus resultados -tanto Neruda como León Felipe intervienen, responden a esa gestión directa de la bilbaína-, sino en el hecho de que la escritora se diera cuenta de la situación de incomunicación y distancia que mediaba entre ambos poetas y los intelectuales del interior. Considerada esta circunstancia, puso toda su inteligencia y buen hacer para lograr que ambos grandes escritores, intelectuales de peso en la opinión mundial, cambiaran de actitud, y la expresaran en público y por escrito. Pero el valor de la actitud intelectual de la escritora vasca está en haberse dado cuenta a tiempo del divorcio histórico existente entre los intelectuales del interior y el exterior. Con independencia de los resultados positivos de su gestión, hay un valor de gran calado en el hecho mismo de advertir el problema.

En 1992, el poeta republicano Francisco Giner de los Ríos, ya de vuelta de su exilio, nos confirmaba cómo en la comunidad del exilio americano -y Giner era una de las personalidades de mayor prestigio-, la aparición del libro de Ángela, Belleza cruel (1958) -en realidad, había sido premiado en 1957-, supuso un motivo de júbilo. A Figuera le preocupa sobremanera que grandes creadores, como Neruda -a quien se le tiene consideración en el interior, sin duda-, no hubieran mostrado anteriormente interés expreso por esa realidad. Y hay que decir que Neruda era estimado en el interior, incluso por poetas como Leopoldo Panero, a quienes el escritor chileno, que había sido amigo suyo en la década de los treinta en Madrid, anatematiza y desprecia, junto a otros poetas españoles del momento, tanto en su libro Canto general (1950) como en Canción de gesta (1960).

Aquí se agranda la función del papel de puente activo de la escritora vasca: no fue donde Neruda a enseñarle su Belleza cruel, sino a leerle poemas de otros escritores españoles, de los que acaso Neruda no había oído hablar nunca. La propia escritora nos confirmó en una conversación telefónica (1979) que había leído personalmente de viva voz al escritor chileno poemas de varios autores, recordando en ese momento, de memoria, los nombres de Otero, Celaya, Crémer, García de Nora, José Hierro, Leopoldo de Luis, Manuel Mantero, José Luis Delgado, Luis Felipe Vivanco, Gloria Fuertes, incluso de Dámaso Alonso y Gerardo Diego -autores éstos dos últimos ya conocidos, incluso personalmente, por Neruda, pero sobre quienes había expresado su crítica o menosprecio en Canto general, como hemos señalado con anterioridad.

Figuera informa de la nueva poesía a Neruda (París, 1957).

En 1957 Neruda está en París por un tiempo. Es un momento especial en su vida. Había roto recientemente, apenas un año y poco antes, con Delia del Carril, la mujer que le llevó al comunismo, que le hizo mirar sobre los grandes problemas de la Humanidad, y conformó su ideología, aunque no se diga algo semejante en las múltiples biografías del chileno. Delia del Carril, mujer con la que convivió veinte años [1935-1955], es la principal influencia ideológica e histórica para que la poesía de Neruda atraviese el trecho que va de Residencia en la tierra a Canto general. Delia es la persona que educa ideológicamente a Neruda y quien le lleva al Partido Comunista.

Neruda había venido a París, prolongando una larga luna de miel con Matilde Urrutia, con la que ha recorrido muchos de los escenarios en los que había vivido desde su juventud el poeta, entre Asia y Europa. Está viviendo una nueva juventud o aventura vital, junto a la mujer a la que dedicará nada menos que Los versos del capitán y Cien sonetos de amor. En buena medida, toda la poesía posterior de Neruda tiene como referencia la figura de esta mujer.

Ángela Figuera Aymerich también residió por un tiempo en París en 1957. Se enteró de la estancia del poeta chileno en la capital, en la que había estado ya en los años treinta, como representante consular, y en la postguerra, como refugiado, tras su fuga de Chile. A pesar de que se dijera que Matilde Urrutia era muy posesiva -y debía de serlo en esencia- y limitaba el contagio de Neruda con los demás -sobre todo si eran escritoras y mujeres-, la vasca se las ingenió para estar a solas con Neruda. Al poeta chileno le agradó la idea del encuentro, avalado por los poemas de Figuera que había leído y la mediación de la amiga de ambos.

Por eso, la relación de Neruda con los poetas vascos tiene algo de singular e histórico a estas alturas. Las conversaciones, trato e información que la escritora bilbaína sostiene con Neruda en París, hace que éste cambie su visión sobre los escritores e intelectuales del interior y rompa su silencio tras la guerra, haciéndole entrega a la escritora vasca de una hermosa carta, que recupera el diálogo. La intervención fue decisiva para la mejora de la relación de Neruda con los poetas e intelectuales del llamado exilio interior. La poeta bilbaína, una de las voces más rotundas y consecuentes de la poesía realista, había vivido la guerra civil, perdido ésta, y sentido la represalia posterior: hubo de dejar su puesto de profesora, como su marido, ingeniero, que perdió también la condición de funcionario. Pero pronto se erigió en mediadora de la relación de grandes poetas del exilio con los escritores del interior del país. Y aquél expediente de opositora al régimen que podía presentar Figuera fue también un elemento positivo para el entendimiento con Neruda. Los testimonios de Figuera aseguran que, en breves momentos, congeniaron y se lanzaron a hablar como torrentes. Posiblemente, los dos tenían prisa, al sentir que la oportunidad histórica de poder explicar la nueva realidad y, por parte de Neruda, comprenderla.

La escritora vasca se encuentra en París en septiembre de 1957 escribiendo los nuevos poemas de su libro Belleza cruel. Como Neruda, Figuera se encuentra fuera de su país, entre la distancia y la nostalgia. A Neruda le sucede lo mismo, y así lo dice en alguno de los poemas, como en "Adiós a París", en donde reconoce la importancia de esta ciudad en su vida, pero considera que debe volver a Chile, donde le esperan muchas tareas. Había llegado Ángela a la capital francesa disfrutando de una beca para estudios bibliotecarios, asunto que le interesaba por su profesión, así como por su querencia para con la infancia. Figuera escribe en esos días parisinos unos "poemas rabiosos", que entiende que será difícil publicar en el interior, por razón de su contenido crítico y desgarrador, como es todo su libro Bella cruel. Los poemas, a decir de la escritora, reflejan "de manera bastante exacta mis sentimientos en nuestra postguerra". Desde la capital francesa envió los poemas a un amigo mexicano, quien se encargará de presentar dicho poemario al premio "Nueva España". El premio lo decide un jurado presidido por León Felipe. Como señala Roberta Quance, al exilio republicano no le sentó bien la opinión de León Felipe, que vendría a decir que aquel libro de la escritora vasca probaba "que la poesía española había sobrevivido a la guerra y al Régimen".

La escritora vasca convence y compromete al chileno.

En aquellos días de París una amiga común de ambos poetas hizo llegar al chileno el manuscrito de su Belleza cruel. "Yo tenía en París una amiga -afirma Figuera-, que era también amiga de Neruda. Un día le llevó una copia del manuscrito que yo había enviado a México. Después de leer él ese libro, nos conocimos. Neruda no quería saber nada de la situación española después del treinta y nueve". Cuando se da el encuentro, que consistió en varias sesiones, dada la mutua cordialidad que entablaron de inmediato ambos escritores, Figuera ya había recibido la noticia de la concesión en México del premio "Nueva España" a su Belleza cruel, que otorgaban los españoles exiliados y la Universidad de México, lo que tenía mucha más fuerza y sentido, tanto para la escritora como para Neruda. Pero Neruda no tenía buena noción, como sabemos, al menos tenía escasa información, de lo que estaba ocurriendo en España, país que el chileno siempre consideró por otra parte como suyo.

Como afirma Figuera, "Neruda no quería saber nada de la situación española después del treinta y nueve". "Estaba amargado o resentido con España, no sé exactamente, pero yo le discutí su posición y le hablé de los poetas. Blas de Otero, Gabriel Celaya, Crémer, y también otros. Le hice ver que aquí había una lucha". Figuera retrataría posteriormente (1973) a Neruda como "sencillo y cordial; emotivo y apasionado en sus adentros, cuando hablaba, monocorde y pausado, era su palabra como un agua cálida y viva que se dejara caer gota a gota". Es evidente que si a Neruda le interesa la nueva poesía de la escritora vasca, ésta se encanta también de la personalidad del chileno. Queda claro, no obstante, que todos los poemas de Belleza cruel fueron escritos antes de conocer personalmente a Neruda.

El testimonio de la escritora vasca, así como el tono de los poemas de Belleza cruel, hacen mella en Neruda, quien decide escribir el 27 de diciembre de 1957 la "Carta a los poetas españoles", tras el largo silencio. En la carta, Neruda, que se erige solemnemente en portavoz de los poetas de América, quiere "renovar la fraternidad", mientras reconoce a su vez la voluntad de los poetas americanos por "renovar la fraternidad y la continuidad de nuestra paralela poesía". Neruda confiesa a Figuera que, cuando salió de España tras la guerra, "los dejó perdidos". "Luego -añade Neruda- los ignoré. Tú me los has traído".

Neruda tuvo luego correspondencia con Figuera, y le autorizó a hacer pública la "Carta", que circuló entre los escritores, aunque nadie se atrevió a publicarla, por mor de la censura. Neruda reconoce en el documento manuscrito que les "ha separado un frío cruel, y años pesados como siglos". Habían pasado veinte años desde que él salió de Madrid. "Hemos sido separados -escribe Neruda en la referida carta- por errores propios y ajenos, por profundos dolores, por un silencio imposible. La poesía debe volver a unirnos. La poesía debe reconstruir los vínculos rotos, restablecer la amistad y elevar universalmente nuestro canto". Es evidente que el encuentro de París tuvo una importancia decisiva, tanto para Neruda como para Figuera. Para la escritora vasca, la estancia en la capital francesa le procuró tiempo y distancia para escribir su libro más rotundo, Belleza cruel, que le iba a reportar el reconocimiento de los intelectuales del exilio, así como un mayor asentamiento y consideración de su obra en el interior.

Se hace pública la carta de Neruda (1973).

En 1972, Ángela Figuera remitió la carta de Neruda, que acababa de recibir meses atrás el Premio Nóbel de Literatura, a la revista Kurpil, editada en San Sebastián, con la autorización y el propósito de hacerla pública. El año de 1973 parecía ya momento oportuno para publicarla, pues su difusión había sido escasa, y sólo se había dado ésta, de mano en mano, entre algunos intelectuales. Los responsables de la revista donostiarra tenían el ánimo de darla a conocer, justamente cuando sobreviene la muerte de Neruda, que precipita los acontecimientos. Figuera decidió hacer público entonces aquel documento histórico en la revista Triunfo, una publicación semanal de crítica e información política, en septiembre de 1973, por razones de mejor difusión. Chile conocía en ese momento la muerte de su gran poeta, la de su amigo el presidente Allende (pudo Neruda haber sido presidente, pero declinó la candidatura a favor de éste), y el nacimiento de la dictadura más negra de su historia.

Pero, para comprender en toda su integridad el sentido de la intervención de la escritora vasca en el cambio de opinión de Neruda, hay que tener en cuenta varios hechos: primero, que la escritora habla a Neruda de los demás, que si bien es cierto que le entrega un libro propio, también le hizo llegar, insistimos, los de otros escritores. La conversación, información y discusión que mantiene la escritora con Neruda provoca que éste se interese por los poetas españoles, y reconozca a su vez, como lo hace en la carta autógrafa que entrega a Ángela, que había habido entre ellos una distancia enorme. Neruda redacta esa carta, en presencia de la propia Figuera, en alguna de las entrevistas posteriores al primer encuentro con el chileno, en las que la escritora vasca le lee a Neruda, "de viva voz", poemas de esos autores españoles del interior.

La carta de Neruda es espontánea; que no obedece a preparación o estrategia alguna. La mayor prueba de ese sentimiento y actitud del chileno está en el hecho de que la redacta en directo, en presencia de la escritora vasca y sin reparos, convencido de lo que debe decir. Es una respuesta a la invitación hecha por Figuera para que Neruda fuera más allá de lo que afirma en Canto general, y así poder reconocer la realidad cultural española posterior a 1950. No consta con cuántos escritores españoles del interior se había entrevistado Neruda antes de 1957. Lo cierto es que, por las razones que fueran -posiblemente, con algunos, Neruda hablaba más de política que de cultura-, su información sobre la nueva realidad cultural creada en la clandestinidad y en el exilio interior era prácticamente nula, como da a entender en el documento que firma en París.

Una carta que habla en plural.

La carta de Neruda habla en plural. Se dirige en plural a los poetas, sin citar un solo nombre. En esto, como vemos, difiere del modo directo en que León Felipe se dirigirá a los poetas concretos, con nombres y apellidos. Neruda se implica menos, pero quiere estar presente en un nuevo momento de la vida cultural española. En esa postura puede colegirse cierta preocupación probablemente para que nadie se sintiera extraño a una carta tan conciliadora. Porque es evidente que, aunque habla a los poetas, está hablando a todo los intelectuales.

Una vez en sus manos la carta en cuestión, Figuera se permitió copiarla en varias hojas -entonces, no había fotocopiadoras-, para entregársela a algunos escritores, particularmente a la nómina de los autores de quienes había informado en positivo a Neruda. Figuera, que se hallaba exultante por el logro obtenido, nos reconoció en cierta ocasión que no había percibido en cambio la misma nota de euforia de dichos poetas. Es posible que en el caso de Celaya, militante comunista a la sazón, uno de los poetas a quienes entregó la carta, se diera algún tipo de sentimiento encontrado: ni que decir tiene que cualquier poeta en ese momento hubiera preferido ser él mismo el portador de la carta.

La necesidad de un reconocimiento.

En varias ocasiones planteamos a Gabriel Celaya esta cuestión, sabedores de cuanto significaba Neruda para el poeta vasco, no obteniendo respuestas concretas. Esa evasión en la respuesta, y el gesto con que Celaya encajaba las preguntas, nos hizo entrever e interpretar que había algún sentimiento encontrado al respecto. Sobre todo, cuando en 1984, ante nuestra insistencia, respondió: "No creo que la carta de Neruda tuviera tanta importancia, porque la postura de Neruda, para mí, al menos para mí, estaba muy clara desde siempre. Lo importante del asunto es que Neruda, como León Felipe, se daba cuenta de que aquí estábamos creando y peleando, pobres, a nuestra manera". Es posible que, pasados los años, Celaya, que mantuvo siempre una estrecha amistad con Ángela Figuera, hubiera olvidado parte de la emoción con que la escritora les trasladó aquel documento histórico. Y es lógico entender que cualquier ciudadano hubiera querido ser él mismo, no sólo el destinatario de una carta memorable, sino el cartero que hiciera de puente. Pero esa oportunidad sólo le cupo a Figuera, quien, a la hora de conseguir tal logro, personal y colectivo, supo poner al servicio de la causa del entendimiento su sabiduría, conocimiento, generosidad y bonhomía. Ángela era una mujer cuya primera mirada nos hacía advertir su inteligencia y encanto personal, cálido y envolvente.

Celaya, en cambio, dará especial realce al prólogo de León Felipe de Belleza cruel, por cuanto significaba de reconocimiento y de empuje a la actividad y actitud de los escritores del interior. Hay un matiz que puede ayudar a entender esta consideración, y es el hecho de que el prólogo de Felipe será publicado en un libro, y el de Neruda, hubo de aguardar varios años, con lo que perdió fuerza, singularmente porque no fue citado ni comentado ni por la historia ni por la crítica.

Cuando se publica la carta en 1973, es otro momento cultural e histórico, un tiempo cuyo desarrollo corre a más velocidad. Sin embargo, si analizamos las circunstancias de su gestión, el sentido que anima tanto a Neruda como a Figuera al inducirlo, convendremos en que la gestión de la escritora vasca ante el chileno tiene una mayor entidad que la gestión o relación con León Felipe. En primer término, porque León Felipe es alguien que está esperando ese momento: se trata de un hombre convencido, que sabe que tiene que llegar la oportunidad, el pretexto, para expresar su consideración por los poetas del interior. Neruda, en cambio, estaba en ese momento de su vida y obra en otra dirección. Preparaba el "asalto" final a la coronación de su obra literaria, al mismo tiempo que trabajaba por obtener él personalmente el reconocimiento del mundo entero, más allá incluso del que ya tenía. En ese camino, para Neruda era tarea primordial todo aquello que le relacionara con la posible obtención del Premio Nobel. Y, en segundo término, la mediación de Figuera ante Neruda, aunque tuviera menos eco que la realizada ante León Felipe, viene a poner de relieve que aquella solidaridad internacional de los intelectuales de izquierda era en muchos casos nominal.

Figuera frente a León Felipe (México, 1958).

Pero si la "Carta de Neruda a los poetas españoles" fue un acto tan espontáneo como motivado del chileno, tras sus encuentros con la poeta bilbaína, no deja de ser evidente que Neruda sabe de la trascendencia política de aquel encuentro. Nada dice en texto alguno posterior el propio Neruda sobre las entrevistas de París, ni sobre su propia carta. Pero sí sabe que aquellos poemas de Figuera han sido premiados nada menos que por León Felipe, un poeta que entendía como nadie dónde estaba la poesía. El poeta zamorano pensaba que "la poesía entera del mundo tal vez sea un mismo y único poema", como afirma en su libro Ganarás la luz. En sus memorias Neruda habla de León Felipe con cierta consideración, tratándole como amigo. En ellas retrata el capítulo en que, en pleno asedio de Madrid, va con León Felipe a su casa bombardeada para recoger algunos enseres, y el incidente que tienen con unos anarquistas a la salida de la misma. También le nombra en otras ocasiones, porque sabe de su figura intelectual.

Por lo que sabemos, Neruda calculaba muy bien todas sus proclamas históricas. La carta de París de 1957 tendría el sentido y la trascendencia suficientes por sí misma, pero la aparición en escena de León Felipe, a quien también Figuera había hecho cambiar en parte de opinión, motiva aún más al poeta chileno. Neruda sabe que León Felipe es amigo del vasco Juan Larrea -su gran opositor- y, sobre todo, sabe que es el poeta de mayor respeto en el exilio republicano de América, incluso por encima de Juan Ramón Jiménez. Pero aún sabe algo más Neruda: León Felipe ha ensalzado a Pablo de Rokha, el gran poeta chileno -y el máximo oponente que tuvo Neruda nunca-, con una opinión solemne y definitiva: "Pablo de Rokha no es sólo el más grande poeta de América, sino el más grande de la lengua castellana del siglo XX". Añadamos, además, que el bilbaíno Juan Larrea fue, de por vida, amigo íntimo del poeta chileno Vicente Huidobro -el otro gran oponente de Neruda, como veremos más adelante. Y digamos también que Huidobro y Larrea insistieron, con razón y justicia, en que Rubén Darío era "el gran poeta de América". De los desencuentros entre Neruda y Larrea hablaremos en el capítulo correspondiente.

Neruda luchó toda su vida por ser considerado, si no antes que Rubén Darío, en el primer puesto: ser para todos el gran poeta de América del siglo XX. Incluso, ser el poeta indiscutible en Europa. Por eso, aunque hemos dicho que no parece que hubiera estrategia previa en la decisión de escribir a los poetas españoles del interior, para reanudar los lazos, tras aquellos veinte años de silencio y distancia, sí es evidente que Neruda recoge el guante que le brinda Figuera y ve la oportunidad para estar presente y hacerse oír en las dos márgenes del Atlántico. Porque, del mismo modo en que la escritora vasca convence al convencido León Felipe, logra convencer a Neruda. Por eso, no podemos disociar el encuentro con Neruda en París, del "encuentro" que tiene -en tiempo coincidente- la poeta de Bilbao con León Felipe, a través de su correspondencia postal, para informarle a éste de la nueva realidad cultural en el interior del país. Aunque tanto Neruda como León Felipe tuvieran otros corresponsales, no cabe duda que la corresponsal más efectiva es la escritora bilbaína, quien logra hacer intervenir a ambos en la vida cultural de esa manera tan directa, tras cambiar su opinión con argumentos.

En 1958, Ángela Figuera consigue, como decimos, que León Felipe ponga prólogo a su libro Belleza cruel, editado en México. En realidad, la decisión fue, en pura lógica, del propio poeta, entusiasmado por los poemas de la vasca. De lo contrario, podemos entender que los razonamientos de Figuera fueron de alto calado. Y así debemos suponerlo, por lo que León Felipe escribirá en su prólogo. En éste, el poeta se excusa de haberse llevado al exilio el salmo, la canción, la palabra, para vengarse del "hermano cruel y vengativo" (que todo el mundo entendió que se trataba de Franco). En el prólogo al libro de Figuera, Felipe reconoce la importancia de los poetas del interior, a quienes a su vez nombra y vindica. No fue ajena a esa actitud la opinión e influencia de Ángela Figuera, quien hizo saber a León Felipe que la nueva poesía española había sobrevivido al propio régimen político. He ahí la gran cuestión histórica: que la acción de apenas un escaso grupo de poetas, de escritores, de intelectuales, había superado todas las barreras del régimen. Sin duda habían superado el mayor impedimento: el desánimo. Esta consideración era lo que menos entusiasmaba al reducto intelectual republicano en el exilio, que, como hemos apuntado anteriormente, vivía en el ensueño de la nostalgia, confundiendo a pueblo español con franquismo, no dándose cuenta que, por condenar a uno, condenaba a todos. Contra esto es contra lo que se rebelan, a tiempo, tanto Ángela Figuera como León Felipe (1884-1968).

Con Felipe, evidentemente, se comunica por correo postal. Con Neruda, por contra, el diálogo fue en persona, directo, aunque lograra la misma persuasión y similares resultados. Además, se trataba de dos poetas de una misma edad -Ángela era apenas dos años mayor que Neruda. Pudieron incluso haberse conocido en la República, pues ambos vivieron en Madrid, pero Ángela estaba entonces preocupada, tanto por su función pedagógica, como por su papel de madre, sin desdeñar su compromiso político, tanto por la causa republicana, como en la guerra civil. La poesía, aunque siempre estuvo en ella, no se expresaría con rotundidad hasta después de la contienda.

Pero no cabe duda que, sabedor de esta relación y función mediadora de Figuera Aymerich con León Felipe, Neruda tiene otro motivo más para pronunciarse en 1957. El chileno quería de este modo enlazar con aquellos autores a quienes León Felipe reconocía como lo mejor de cuanto había surgido tras la guerra civil en el interior del país, valores poéticos y morales que la llamada literatura u opinión pública del exilio, como hemos visto, no había reconocido todavía. Y que, como puede verse en Canto general (1950), algunos de ellos habían sido condenados por Neruda, al haber tenido más o menos entendimiento o consentimiento -que en algún caso, ni tan siquiera fue de este modo- con el régimen político vencedor de la guerra civil.

Reanudar el diálogo.

De no haber sido por Ángela Figuera, posiblemente estos dos grandes e influyentes poetas, no sólo no se hubieran apercibido de ese fenómeno cultural e histórico que había surgido en el interior del país -y no sólo en la poesía, sino en el conjunto de las artes-, sino que acaso jamás se hubiesen pronunciado sobre el mismo con tanta rotundidad, sentimiento e inteligencia. Se trataba, por tanto, de una oportunidad histórica. Y en esa coyuntura aparece la personalidad decidida y envolvente de la escritora vasca.

El prólogo de León Felipe para Belleza cruel (1958) recoge de nuevo el poema en el que el escritor anuncia su decisión de llevarse al exilio el salmo y la canción. León Felipe compone ese poema en un momento de arrebato e impotencia, sabedor del largo destierro o trastierro que le espera, no sólo a él, que ya es un hombre maduro, sino a todos los intelectuales y profesionales del exilio, las gentes más cualificadas por su juventud y formación de la naciente República. Algo ha tenido que ver también la opinión y la actitud de Figuera Aymerich frente al poeta zamorano para que éste cambie ya en este caso, en el primer verso de la composición, la palabra "soldado" (1953) por "hermano" (1957), al tiempo que varía su parecer de manera tan rotunda y evidente sobre los poetas del exilio interior.

Pero hemos de anotar, con razón probada y énfasis conveniente, que tal visión les fue dada -a Pablo Neruda y a León Felipe- por obra del entendimiento, acción directa y persuasión de una escritora vasca: Ángela Figuera. Tal vez sea sólo signo de una oportunidad histórica, pero hay algo más: pudo la escritora no haber estado en el momento oportuno en el lugar indicado, incluso pudo limitar su intervención a hacerse unas fotos con el chileno frente al Sena y pedirle una firma o dedicatoria en alguno de sus libros. Haber dado aquel paso que dio es precisamente el signo de la inteligencia, sentido histórico y consecuencia de una mujer de excepción.

Félix MARAÑA SÁNCHEZ (2007)
Escritor e historiador

  • MARAÑA, Félix: "Ángela Figuera Aymerich, mujer de barro de la poesía vasca. En la muerte de la poetisa bilbaina"; El Diario Vasco, San Sebastián (24-04-84).
  • "Ángela Figuera Aymerich, mujer de barro y poeta (1902-1984); revista Muga ; Bilbao, julio-agosto, 1985; núm. 45º, pp. 47-55.
  • Vascos universales ; Biblioteca Nueva, Madrid, 2005.