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Vitoria-Gasteiz. Historia

Vitoria es una ciudad que apenas aparece mencionada en las fuentes antiguas en fechas precedentes a la concesión del fuero en 1181, por parte de Sancho VI el Sabio de Navarra. A partir de ese momento la villa de Nueva Victoria adquirirá gran importancia. Pese a su ubicación en un punto dominante en el centro de la Llanada Occidental, en la colina de Villasuso, donde se asentaba el núcleo original, no se han encontrado restos que avalen la existencia de población con anterioridad a la constancia documental de la aldea de Gasteiz ya en el siglo X, aunque sí se han recogido en los alrededores. Los estudios arqueológicos que desde el siglo pasado se vienen desarrollando en nuestro entorno, han permitido conocer datos que indican que el ser humano, desde tiempos remotos, habitó en este territorio. La expansión de la ciudad a través de los siglos en torno a esa colina, especialmente en los últimos años, por efecto de las remociones del terreno, ha motivado el hallazgo de yacimientos prehistóricos, así como la destrucción de otros. La topografía de la zona va a marcar la elección de los asentamientos; en una primera fase será en los terrenos llanos, en los que existen numerosas graveras del Cuaternario fruto de aportes fluviales -antiguas terrrazas de la cuenca del Zadorra-, donde se va a localizar la mayoría de los restos prehistóricos conocidos, para ir instalándose en pequeñas colinas a medida que nos acercamos al cambio de era. En el último milenio a. de C. los poblados se instalan en zonas más elevadas como es el caso del poblado de Kutzemendi-Olarizu y el de Atxa en una colina a orillas del Zadorra, que le sirve de foso.

A través de un recorrido historiográfico por los yacimientos que rodeaban la antigua aldea, algunos de ellos dentro del actual casco urbano, vamos a intentar reconstruir las vicisitudes del poblamiento de Vitoria y de su entorno inmediato hasta la concesión del fuero.

Entre los años 1934-36 D. José Miguel de Barandiarán recogió en unas graveras sitas en el término de Aitzabal, en las cercanías del monte de Mendizabala, un bifaz de características acheloides. Actualmente esta pieza se halla en paradero desconocido, conservándose únicamente un dibujo. Los caracteres tecnotipológicos del ejemplar sugieren una antigüedad superior a los 100.000 años. El hallazgo en diferentes puntos de los cercanos Montes de Vitoria (El Gritadero y Dehesa de San Bartolomé) -aunque en contextos de época postpaleolítica- de piezas de apariencia musteroide, parecen confirmar la existencia de grupos humanos dedicados principalmente a la caza y a la recolección durante el Paleolítico Medio.

Tras un largo paréntesis sin que tengamos constancia de esa presencia humana, los siguientes indicios de ocupaciones nos remontan a épocas postpaleolíticas. Posiblemente, al Calcolítico-Bronce correspondan una serie de núcleos poblacionales caracterizados por unos medios de vida ya más influidos por el sedentarismo, con una incipiente agricultura que se emplazan en zonas bajas y que conocemos com "asentamientos o talleres al aire libre". En ellos se han recuperado industrias líticas talladas, otras pulimentadas y a veces manufacturas cerámicas denunciantes de las actividades cotidianas de aquellos individuos; se han localizado en ese mismo contexto de los Montes de Vitoria (Puerto de Vitoria-Castillo II ...) y en el más inmediato a la ciudad (Mendibiarte y Puente Alto).

Desde el punto de vista historiográfico, la Dehesa de San Bartolomé (Berrostegieta) es uno de los hallazgos más antiguos en nuestra provincia ya que fue descubierto en 1867 y publicado en 1880 por Ladislao de Velasco que nos permitió conocer las circunstancias de su hallazgo, aunque no de forma muy precisa, pues se mezclan piezas históricas, prehistóricas y restos antropológicos. Estos últimos se deben relacionar con la existencia de la Ermita de San Bartolomé, que se ubicaba en ese lugar. Entre las piezas líticas aquí recogidas destacamos: raederas, láminas, cuchillos, puntas de flecha y hachas pulimentadas.

Al mismo momento cultural hay que asociar los monumentos funerarios de tipo megalítico, algunos de ellos descubiertos en las cercanías del término municipal, como el de Eskalmendi en el año 1850 y el de Kapelamendi, ambos en la actualidad destruidos. A los yacimientos antes señalados tendríamos que añadir una serie de asentamientos de habitat disperso con fondos de cabaña, descubiertos en zonas hasta hace poco tiempo dedicadas a la agricultura pero que en la actualidad, por causa de la expansión de la ciudad, se hallan urbanizadas, como es el caso de Mendizabala y Arriaga.

Ya en una fase más avanzada, cercana al paso del II al I milenio a. de C. que conocemos como Bronce Final - Edad del Hierro, y que se extenderá hasta las inmediaciones del cambio de era, las gentes que habitaban en el término actual de Vitoria, van a introducir modificaciones en sus hábitos de vida influenciados por relaciones comerciales con otros pueblos más avanzados con grandes conocimientos sobre metalurgia, una agricultura más desarrollada, con ajuares cerámicos manufacturados y torneados más perfeccionados, y conocedores de nuevos sistemas de locomoción, como el carro, que facilitarán las relaciones entre unos pueblos y otros potenciando esa metamorfosis. En el aspecto religioso espiritual también se introducen transformaciones, siendo la más significativa la del rito funerario caracterizado ahora por la incineración de los cuerpos frente a las inhumaciones colectivas anteriores. Estos cambios igualmente se verán reflejados en el habitat, eligiéndose lugares elevados y marcándose ya un incipiente urbanismo que en los últimos siglos del milenio desembocaran en verdaderas ciudades que evolucionarán en torno al cambio de era, de acuerdo con la influencia de la cultura romana. Nuestro territorio no ha sido ajeno a estas transformaciones y contamos, al respecto, con interesantes exponentes: el poblado de Kutzemendi-Olarizu; el de Atxa y los conjuntos conocidos como depósitos en hoyos, que en algunos casos parecen corresponder a necrópolis de incineración como: Salbatierrabide, Landatxo, El Batán y Mendizorroza. Los materiales que se han recogido en estos lugares nos han permitido conocer su evolución en todos los aspectos antes citados.

Por su relevancia, o mejor conocimiento, vamos a efectuar una descripción más pormenorizada de los tres primeros que por orden cronológico son Salbatierrabide, Kutzemendi-Olarizu y Atxa.

El yacimiento de Salbatierrabide, descubierto en 1918 por el P. Barandiarán está considerado el primer hallazgo vasco atribuido al Bronce Final. Se localizaba en las cercanías del actual Pabellón de Deportes de Mendizorroza, habiendo sido destruido por la urbanización de la zona en 1977, razón por la cual quizás pase un poco desapercibido en los estudios actuales, máxime cuando también desaparecieron durante la guerra buena parte de sus materiales. A través de las excavaciones realizadas por el descubridor y los HH. Marianistas de Vitoria en la década de los años 20, se han definido tres niveles de ocupación: Romano, Hierro y Edad del Bronce. El más antiguo de estos horizontes culturales lo atribuyen a la Edad del Bronce y se caracteriza por una serie de "hoyos de incineración" con restos cerámicos y abundantes cenizas, objetos líticos tallados y pulimentados y restos de animales, que los excavadores calificaron como "sepulturas de incineración", definición que, como sucede en los casos similares de Landatxo, El Batán..., está sin aclarar. Un segundo nivel -poco conocido- se atribuye a la Edad del Hierro y en él se sitúan restos de habitaciones de planta rectangular, con hoyos excavados y abundante material cerámico. El nivel Romano parece relacionarse con una "mansio o villa" al borde de la calzada romana que discurría por sus cercanías. De esta época son muchos de los materiales recogidos, especialmente cerámicas de buena calidad, destacando los numerosos grafitos que aparecen en ellas: objetos metálicos -fíbulas en omega-, un interesante conjunto de agujas de hueso; monedas, etc. Quizás a esa fase cultural haya que atribuir también los restos humanos que aparecían en la capa superior y que, según el P. Barandiarán, conservaban a su lado ajuar, lo que nos hace sospechar se tratara de una necrópolis en la que se ha vuelto al rito de la inhumación.

Uno de los yacimientos importantes en el marco de las culturas de la Edad del Hierro del término municipal es el de Kutzemendi-Olarizu, ubicado en una colina al Sur de Vitoria y conocido también por la tradicional romería que se festeja en su cumbre en el mes de setiembre. Su emplazamiento responde al esquema típico de la mayoría de los poblados de esta fase cultural -Bronce Final-Hierro- en colina amesetada dominando la zona del entorno. Fue C. Saralegui quien en 1927 publicó la primera noticia sobre su carácter arqueológico; en 1950 se llevó a cabo una breve campaña de excavaciones -memoria inédita- que puso de manifiesto la existencia de un núcleo de población de la Edad del Hierro, caracterizado por una economía más avanzada con explotación de la metalurgia del hierro, dedicados a la agricultura y ganadería y con un incipiente urbanismo que nos permite hablar ya de una "ciudad" con viviendas angulosas revestidas de barro rojizo e industrias cerámicas -destacando las excisas- y metálicas, entre otras, de gran interés. Los comienzos del poblado se situarían en el Bronce Final evolucionando hasta el Hierro II definido por una aculturación celtibérica. En torno a la Romanizacion no existen indicios de su ocupacion, pese a que en una zona cercana, en la ladera sur, en el término de Los Balcones sí se han localizado restos de esa época. Aunque se puede hablar de núcleos habitacionales, en cambio las referencias a los ritos de muerte de esta fase cultural son escasas, pero relacionados con este momento y en el marco de la actual ciudad y su entorno; se han localizado varios parajes, en su mayoría en graveras del Cuaternario, en los que aparecen unos hoyos formando conjuntos con interesantes materiales cerámicos y metálicos de esta época (Bronce-Hierro). Son conocidos como "hoyos de incineración" por recogerse también en ellos restos incinerados. Destacan los de Landatxo (Gardelegi) en las cercanías de Kutzemendi-Olarizu que por sus características pudieran corresponder a su necrópolis; El Batán, Mendizorrotza y los ya citados en Salbatierrabide.

A caballo entre la cultura del Hierro y la época romana destaca el asentamiento de Atxa, situado al norte de la ciudad en una pequeña colina junto al Zadorra, que le sirve de foso. Descubierto en 1934 por J. M. de Barandiarán, las campañas de excavaciones dirigidas por E. Gil, han puesto de manifiesto la importancia de este establecimiento en el que se suceden dos fases culturales claramente diferenciadas; la más antigua se sitúa cronológicamente en un Hierro II típico de aculturación celtibérica con estructuras de habitación en las que destaca el trabajo de la roca de base con la finalidad de preparar el espacio interior así como el encaje de los muros y los postes de sustentación de los elementos emergentes -paredes, etc.- que se realizan a base de maderas y adobe. Este habitat, de tipo disperso, difiere del urbanismo de islas de casas en torno a calles, que ya se da en otros poblados contemporáneos de similares características culturales. Entre el ajuar recuperado sobresalen las cerámicas torneadas pintadas, aunque siguen predominando las manufacturadas sin ayuda del torno de tradición antigua, así como útiles de hierro, tanto de carácter bélico -armas- como de adorno. Un aspecto relevante de este poblado es el hallazgo de numerosos enterramientos infantiles -un total de 49- en el interior de las casas, costumbre ya detectada en otros establecimientos de la provincia y que ha perdurado en el País Vasco hasta nuestro siglo. Tras un período de abandono de varios siglos, en plena Epoca Romana, sobre esas estructuras se superpone un establecimiento campamental romano sin solución de continuidad con la población anterior. Este campamento se mantuvo en el lugar un corto período de tiempo -último tercio del siglo I d. C. comienzo del II-. Pese a su breve vida se han recuperado estructuras angulosas a base de muretes de piedra con diferentes funciones: barracones, almacenes, etc. en un marco urbanístico bastante bien definido. Del ajuar recuperado sobresalen por su cantidad las cerámicas -tanto en terra sigillata como común propias de la cultura romana-, y los objetos metálicos relacionados con el carácter militar del poblado -armas e indumentaria-, como con diferentes actividades artesanales, principalmente la carpintería y el adorno.

Como hemos visto al revisar el yacimiento de Salbatierrabide, Atxa no es el único caso de esa época de clara influencia romana que se da en el término de la ciudad, y a ellos habría que añadir otro importante foco en sus cercanías, concretamente en el pueblo de Arcaia -del mismo municipio- y que al igual que Salbatierrabide y otros asentamientos de menor entidad como Maniturri, (junto a Armentia) debemos relacionar con una de las principales vías de comunicación que en esta época cruzaba la provincia. Se trata de la calzada conocida como Iter 34, que enlazaba Burdeos con Astorga y que en nuestrra provincia discurría, entre otros, por los lugares de Arkaia y Zuazo de Vitoria, rodeando la actual ciudad. Al margen de que ya las fuentes literarias clásicas hacen referencia a ella, el hallazgo de un miliario del Emperador Póstumo en las cercanías de Errekaleor(barrio de Vitoria) y otros restos epigráficos en Armentia y Astegieta prueban este aserto.

Los nuevos sistemas económicos que se imponen con la Romanización, predominio de la agricultura y desarrollo del comercio a través de importantes rutas, van a favorecer la aparición de asentamientos en llano, algunos de gran importancia como el mencionado de Arkaia, otros de tipo militar como parece ser el caso de Atxa y núcleos de poblaciones de menor entidad "villas rústicas" situadas principalmente en torno a esa calzada o en sus cercanías, como es el caso de Mendibiarte y Maniturri en Armentia, y quizás Salbatierrabide, pero su destrucción nos ha privado de confirmarlo. En uno de los Itinerarios de las vías de comunicación que cruzaban el Imperio Romano, el conocido como de Antonino redactado entre los años 280 y 290 d. C. sobre la citada Iter 34, en el tramo correspondiente a nuestra provincia se cita la mansión de Suessatio entre otras. Las investigaciones realizadas al respecto permiten situarla en los alrededores de Vitoria, inclinándose buena parte de los historiadores por el término de Arkaia donde se localiza uno de los yacimientos más importantes de la provincia. De esta "mansión o ciudad" a través de campañas de excavaciones llevadas a cabo entre 1976-1981 y en 1995, se ha puesto al descubierto parte de su urbanismo destacando un conjunto termal y una serie de habitaciones en torno a una calle; todo ello fechado entre los siglos I y III d. de C., y que demuestran que se trata de un importante centro urbano que alcanza una extensión de 18 Has. y que permite situarlo entre las ciudades romanas de importancia del Norte de la Península. ¿Cuándo desaparecen estos pueblos romanizados para dar paso a las aldeas que surgen junto a ellos o en sus cercanías -como Arkaia, Gobeo, Gasteiz, Adurza, Olarizu...- de cuya existencia ya tenemos noticias en el siglo X? Nuestra hipótesis es que en unos casos mantienen su asentamiento, como es el caso de Arkaia, aunque perdiendo la gran calidad de vida que habían tenido en los primeros siglos; y en otros son abandonados (Atxa) pasando sus gentes a habitar las aldeas cercanas que van a surgir en ese momento.

FSU

En 1181 nació Vitoria como villa pero es evidente que cuando Sancho VI el Sabio de Navarra le concedió fuero en dicho año no partió de cero. La escasez y sobriedad de las fuentes documentales altomedievales conservadas hacen sumamente problemática la reconstrucción de sus antecedentes, a pesar de los esfuerzos realizados por algunos autores, como G. Martínez Díez o J. García de Cortázar. No sabemos exactamente cuál fue el grado de dominio que los visigodos ejercieron en el espacio alavés a partir del siglo V. Hay referencias reiteradas a las campañas que los monarcas visigodos realizaron contra los insumisos vascones. De entre todas ellas la que más nos llama la atención es la que nos brinda la Chronica de Juan de Bíclara cuando se refiere a la campaña de Leovigildo del 581. En el transcurso de la misma procedió a la fundación de la plaza fuerte de Victoriaco, que serviría para vigilar el territorio vascón. Pero de ninguna manera, a pesar de las evidentes similitudes fonéticas, se puede identificar dicho lugar con Vitoria, como acredita la ausencia total de restos visigodos en las excavaciones arqueológicas realizadas en el núcleo más antiguo de Vitoria durante los años 1967 y 1968.

Hasta mediados del siglo VIII el silencio de las fuentes es absoluto. Es para entonces cuando aparece la primera mención del topónimo Álava, según se recoge en la Crónica de Alfonso III, escrita a fines del siglo IX. En la misma, tras aludir a las campañas de Alfonso I de Asturias, se hace referencia a su política repobladora en los siguientes términos:

"Eo tempore populantur Asturias, Primorias, Liuana, Transmera, Subporta, Carrantia, Bardulies qui nunc uocitatur Castella...Alabanque, Bizcai, Alaone et Urdunia, a suis reperitur semper esse possesas"

[En aquel tiempo fueron pobladas las Asturias, las Primorias, Liébana, Transmiera, Sopuerta, Carranza, Bardulias, que ahora es llamada Castilla...; Álava, Bizkaia, Alaón y Orduña fueron siempre poseídas por los suyos].

Álava aparece en este texto como un territorio individualizado y que no fue repoblado por Alfonso I. Por otro lado, de la crónica asturiana parece desprenderse que el territorio alavés no habría sido dominado por los musulmanes, permaneciendo siempre bajo control de la población indígena, lo que no fue obstáculo para que durante los siglos VIII y IX el mismo fuera escenario de numerosas razzias enviadas por los emires de Córdoba: nada menos que un total de veintiuna expediciones de castigo registran las crónicas árabes entre los años 767 y 886. Para el 882 las fuentes cronísticas nos hablan de un primer conde de Álava, Vela Ximénez, que nos está insinuando un proceso de maduración política de un territorio.

A comienzos del siglo X, tras la conquista de la Rioja alta por la labor conjunta de leoneses y navarros, Álava quedó definitivamente en la retaguardia de la frontera cristiano-musulmana, a salvo tanto de los ataques de los cordobeses como de los poderosos Banu Kasi, instalados en Tudela y la Rioja. Paralelamente, hay que destacar que a partir del primer tercio del siglo IX se irá produciendo una intensificación de la colonización del espacio alavés, tanto por los naturales como por las aportaciones de gentes venidas de fuera, que se traduce en un aumento del espacio cultivado, un incremento y diversificación de la producción agraria, pues a los cereales se añaden huertos, frutales, linares y viñedos, así como una intensificación de la explotación ganadera. A ese paisaje productivo habría que sumar la sal de Añana y la producción de hierro. Si desde el punto de vista político Álava se configura como un condado, es necesario no olvidar los progresos de la cristianización en el territorio que se traducen en la temprana organización de un obispado, cuya sede terminará por fijarse en Armentia. En cuanto al poblamiento, la imagen más completa nos la ofrece el documento conocido como Reja de San Millán, fechado en 1025, que nos brinda para la Llanada alavesa un paisaje poblado por una muchedumbre de pequeños núcleos de población, entre los que destaca Gasteiz, uno de los más importantes, a tenor de lo que pagaba al monasterio riojano de San Millán de la Cogolla, tres rejas de hierro. Un documento del siglo XII nos indica que cada diez casas pagaba una reja, por lo que Gasteiz tendría unas treinta casas lo que podría traducirse en un centenar y medio de habitantes, aproximadamente.

En el proceso de urbanización de Álava, que comprende el arco temporal de 1140 a 1338, la fundación de Vitoria en 1181 constituyen un hecho de singular importancia por el relevante papel que la misma va a tener en el proceso de vertebración de todo el territorio alavés. En septiembre de 1181, Sancho VI El Sabio de Navarra otorgó fuero en Estella a la aldea de Gasteiz, situada sobre un pequeño cerro que dominaba la Llanada alavesa, al tiempo que la rebautizaba con el nuevo nombre de Vitoria: "populare uso in prefata uilla cui nouum nomen imposut scilicet Victoria que antea uocabatur Gasteiz..."

Sancho VI El Sabio de Pamplona (1150-1194) otorgó fueros fundacionales a San Sebastián (1180), Vitoria (1181) y Durango (1182), entre otros. A Vitoria le concedió, con pequeñas variaciones, el de Logroño de 1095, uno de los más prolíficos del medievo. El original, obrante en el Archivo Municipal de la ciudad, fue publicado en edición facsímil, por la Caja de Ahorros de Vitoria en 1970. Entre las variantes introducidas en el caso vitoriano están la libre elección y destitución de alcalde, la división igualitaria del término municipal entre viejos y nuevos pobladores y la obligación de consignar per cartam, con testigo y fiador, las compras de tierras.

No era la primera villa que el gran monarca navarro fundaba en Álava. Con anterioridad había fundado ya Treviño, en 1161, y Laguardia, en 1164, situadas sobre emplazamientos de indiscutible valor estratégico. Después seguirán las fundaciones de Antoñana y Bernedo, en 1182, y La Puebla de Arganzón, en 1191. La defensa del territorio y la seguridad de la frontera navarra con Castilla justificarían la fundación de todas estas villas por parte de Sancho VI. En el caso concreto de Vitoria, además, es necesario valorar otras motivaciones. La transformación de la aldea de Gasteiz en una villa se debió de forma muy clara a la voluntad de Sancho VI de fortalecer el poder real frente a los señores alaveses, que integran la famosa Cofradía de Arriaga, por lo que fundó la villa realenga en medio de los territorios por ellos dominados.

Desde el punto de vista urbanístico, todas estas villas de fundación navarra obedecen a criterios planificados. J. I. Linazasoro ha puesto de relieve como el plano de las mismas está inspirado en el de Puente la Reina, a la que otorgó fuero Alfonso el Batallador en 1122. El esquema general del plano lo explica así J. Caro Baroja:

"Vamos a pensar que se traza una línea recta que constituye el eje de la población; uno de los puntos extremos será una iglesia, el otro punto será otra iglesia; de una iglesia a otra se traza una calle, después se trazan a los dos lados otras dos líneas paralelas que constituyen otras dos calles, de suerte que se forma una población que más o menos irregularmente a causa de algunas torceduras, por algunos sinuosidades, está constituida por un eje central que es la calle mayor, o la calle principal, la calle dedicada a Santa María, que es en todos estos casos la protectora fundamentalmente, la que tiene la iglesia con una prioridad, y después otra advocación; a los lados quedan dos calles, y después, atravesándolas en forma de cantones, unas calles que comunicaban un punto con otro en un sentido de perpendicularidad".

Este esquema se ajusta a la perfección al caso de Vitoria. El eje principal está constituido por la calle de Santa María, que va desde la iglesia-catedral de su nombre hasta un punto intermedio entre las iglesias de San Miguel y de San Vicente. A ambos lados están trazadas dos calles, la de Zacarías Martínez, por el oeste, y la de las Escuelas, por el este. Las tres calles son sensiblemente paralelas, aunque las laterales tenían una ligera curvatura en sus extremos para ajustarse mejor al terreno y converger hacia los templos que las culminaban, y están cortadas por dos cantones o callejas más estrechas, que reciben los nombres de Gasteiz y de Arrieta. Este primitivo núcleo de Vitoria, conocido como Villa Suso, ocupaba una superficie cuyas dimensiones máximas eran 360 metros de norte a sur y 150 metros de este a oeste, aproximadamente. Como era natural, todo el conjunto estuvo rodeado de una sólida muralla, de la que todavía se conservan algunos restos. En el plano de Vitoria de la Colección Coello (1848) se distingue perfectamente la muralla con sus dieciseis cubos o torres y seis puertas de acceso, aunque el número primitivo de estas últimas debió de ser sólo de dos. Es muy probable que esta primera muralla fuera ordenada levantar por el propio Sancho VI de Navarra, dado el valor estratégico que tuvo Vitoria desde su fundación.

Respecto a la antigüedad de la cerca alta que rodea Villa Suso, Ricardo de Apraiz, en La muralla del primitivo Vitoria (Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, 1953, págs. 169-190), nos dice lo siguiente:

"Al propio señor Mendieta y a mi buen amigo, el arquitecto Ramón Azpiazu, debo la atención de haberme requerido para ver un descubrimiento casual hecho al realizarse unas obras en la propiedad del primero de ambos señores. Esta propiedad tiene uno de sus accesos por el cantón de San Francisco Javier, entre las calles Cuchillería y de las Escuelas, de forma que participa de los niveles de ambas calles entre las que corre la muralla. Al realizarse un derribo por necesidades de la finca, el señor Mendieta descubrió algunas hiladas de la muralla que se hallan muy por debajo del nivel existente en la actualidad al pie de ésta. Hombre experto en asuntos de la construcción, el señor Madinabeitia, comprendió en seguida que se trataba de un aparejo nada corriente lo que corroboró el culto arquitecto.

Se trata, a nuestro parecer, de un opus spicatum, es decir, un aparejo en el que las piedras se colocan respecto a un eje en forma análoga a las espinas de pescado. Estas piedras se hallan recibidas en un hormigón "sui generis", muy característico de lo romano tardío y tal vez de algunos monumentos visigodos, según me manifestó en consulta verbal que hice a mi excelente amigo Antonio García Bellido, Catedrático de Arqueología en la Universidad Central. Conste aquí en honor de la verdad que la opinión del señor Bellido fue dada con las naturales reservas y sin más elementos de juicio que mis explicaciones.

Este aparejo en opus spicatuni no aparece visible en la muralla que nos ocupa más que en este sitio, que se halla bajo el nivel actual y en unas hiladas, las más bajas, del cubo que antes hemos descrito situado junto al cantón de Anorbin.

Hay pues motivos suficientes para sospechar la existencia de estratos más antiguos por debajo de la parte visible de la muralla del Vitoria fundado por el rey navarro a fines del siglo XII."

Según refiere el Arzobispo Rodrigo Jiménez de Rada (siglo XIII), molesto el Rey castellano Alfonso VIII por los ataques del Rey navarro Sancho El Fuerte contra los lugares de Soria y Almazán a raíz de sus apreturas tras la derrota de Alarcos, y al tiempo que el Rey navarro se dedicaba a correr por tierras de los moros, se adentró el año 1199 por los confines del Reino navarro y empezó a saquear Ibida y Álava, sometiendo a Vitoria a un asedio duradero. Viéndose en aprietos los moradores de la ciudad, tanto por el vigor de los ataques como porque empezaban a faltar alimentos, destinaron a un caballero que, juntamente con García, el venerable Obispo de Pamplona, se pasase a tierra de moros, a donde el Rey Sancho, para exponerle lo crítico de la situación. Según el Arzobispo Rodrigo, el Obispo García habría conseguido de Sancho, tras la entrevista que en razón del peligro de hambruna, pudiesen los moradores entregar la ciudad a Alfonso VIII, quien así se habría visto dueño de la ciudad. A tenor de la Crónica de San Juan de la Peña, se saca la conclusión de que fue empresa común de los Reyes de Aragón y de Castilla esta invasión de las Vascongadas 1199-1200, si bien cada cual atacara por un flanco distinto. El referido cronista atribuye explícitamente a Alfonso la conquista de Vitoria, así como la de Gipuzkoa y Álava.

Cfr. R. Ximénez de Rada: De Rebus Hispaniae, Lib. VII, cap. XXXII (ed. 1793); Crónica de San Juan de la Peña, versión latina e índices por A. Ubieto Arteta, Valencia, 1961, p. 137.

En los primeros días de enero de 1200 Vitoria fue conquistada por Alfonso VIII de Castilla e incorporada al señorío castellano. Dos años más tarde toda la villa fue pasto de las llamas. El Chronicon burgense dice a este respecto:

"En la era de 1240 (año 1202) fue abrasada Vitoria y muchos hombres y mujeres, en el día de Pascua y durante la noche precedente".

Este primer incendio pudo estar provocado por los deudos del linaje Abendaño, en venganza por la quema que los vitorianos hicieron de la cercana aldea de San Martín en la que residían. Se ha encontrado la constatación arqueológica del mismo en varias excavaciones realizadas en la parte alta de la población, donde han aparecido restos de maderas carbonizadas, armas, herrajes, cerámica, monedas, etc. Pese a las destrucciones provocadas por el incendio el lugar no fue abandonado, buena prueba de la estratégica elección que en su día hiciera el monarca navarro. Alfonso VIII mandó reconstruir todo lo quemado y, además, dispuso la ampliación del núcleo urbano en dirección oeste, con las calles gremiales de la Correría, Zapatería y Herrería, ajustadas a la ladera del cerro que sirvió de emplazamiento a la vieja Gasteiz. Las tres calles están cortadas por los cantones de San Roque, San Pedro, Aldave y Portal Oscuro. Una nueva muralla, las Cercas Altas, paralela en uno de sus tramos al río Zapardiel, que hacía de auténtico foso natural, protegió el ensanche de 1202.

A partir de este momento el crecimiento de Vitoria fue muy rápido. En 1256, durante su primera estancia en Vitoria, Alfonso X ordenó el segundo ensanche de la villa, en dirección este, creando tres nuevas calles, Cuchillería, Pintorería y Judería. Esta última no cerraba por completo la curvatura del cerro y tras la expulsión de los judíos en 1492 cambió su nombre por el de calle Nueva. Como las del lado occidental, del que eran simétricas, estaban cortadas también por tres cantones, denominados de Urbina, San Ildefonso y del Hospicio. El conjunto también fue rodeado por una muralla, que se abría por dos puertas, la de Francia y la del Rey o de Navarra. Para atender las necesidades espirituales de sus vecinos cristianos Alfonso X mandó edificar la iglesia de San Ildefonso, que en 1257 se integrará en la hermandad que ya formaban las otras iglesias vitorianas de Santa María, San Miguel, San Pedro y San Vicente. A partir de este momento las rentas conjuntas de las mismas se repartirán entre todos los clérigos del cabildo vitoriano, cuyo número aumentó sin cesar en los años siguientes. Entre las mejoras urbanísticas que dispuso Alfonso X en Vitoria, para que la villa "ualiesse más e fuesse más fuerte e más abonada", destaca la traída de aguas desde Olárizu y Mendiola hasta el foso o cava que mandó hacer para proteger el nuevo ensanche. De la ejecución de las obras se encargó Romero Martínez de Vitoria, vasallo del rey, que recibió como compensación la posibilidad de construir en el cauce cuantas ruedas y molinos quisiera, lo que supuso la construcción de dos molinos, en las proximidades del monasterio de Santo Domingo y de la iglesia de San Ildefonso, respectivamente. Al mismo tiempo irán surgiendo nuevos barrios o arrabales exteriores a las murallas, como Adurza, San Ildefonso, Santa Clara, la Magdalena, Aldabe y San Martín. Con posterioridad fueron creadas la calle Chiquita de Dentro y la de Santo Domingo, con las que quedaba cerrado el plano de Vitoria en dirección norte.

El doble circuito amurallado de Vitoria responde a las perentorias necesidades de defensa militar inherentes a la práctica totalidad de las ciudades medievales. Pero no sólo se defiende de las posibles agresiones militares, la ciudad se protege también, cerrando las puertas de sus murallas, de todos aquéllos que son considerados indeseables: mendigos, alborotadores, apestados, etc. A través de las puertas se controlaba también el acceso de mercancías al interior del recinto urbano, cobrando diversos portazgos y aranceles que nutrían en buena medida los recursos económicos de la hacienda municipal. Por otra parte, la muralla delimita un espacio protegido pero también privilegiado, regido por un derecho propio contenido en su fuero, garantía de las libertades urbanas y de una determinada forma de organización de la convivencia, y, en consecuencia, claramente diferenciado del ámbito rural circundante. La importancia que tiene la muralla justifica el que una parte sustancial del presupuesto concejil se destinara al mantenimiento en buen estado de la misma, evitando a toda costa su degradación arquitectónica, lo que redundaría en detrimento de su potencialidad defensiva y en perjuicio de la imagen de poder que la ciudad debía irradiar sobre el entorno.

El espacio urbano intramuros es heterogéneo: hay espacios eclesiásticos, asistenciales, concejiles, económicos, residenciales, etc. Incluso espacios vacíos, en los que es posible realizar algunos cultivos hortícolas. Para la acogida de peregrinos, enfermos y pobres Vitoria dispuso, al menos en el siglo XV, de cuatro hospitales: El Hospital de San Lázaro, extramuros de la ciudad, existía ya en 1291, primero atendió a leprosos y, posteriormente, se ocupó de los pobres; el de Santa María, situado junto a la iglesia de su nombre; el de Santiago o de Santa María del Cabello, fundado en 1419 por Ferrán Pérez de Ayala en la plaza del mercado y, por último, el de la calle Zapatería, mandado edificar por el linaje de los Estella.

Fue el paso obligado de los peregrinos del Camino de Santiago en la ruta compostelana de Bayona-Burdeos. Después de recorrer la llanada alavesa desde el puerto de San Adrián, entraban por el portal de San Ildefonso y salían por la Plaza Vieja y calle de Cadena y Eleta, teniendo a la derecha el hospital de la Magdalena y a la izquierda el actual Parque de la Florida. Hubo también otros hospitales relacionados con los peregrinos. Uno era el hospital de Santiago que en 1492 se quemó y tardó varios años en reconstruirse. En 1535, su poseedor, Atanasio de Ayala, decidió venderlo a la ciudad para que lo reedificara, para lo que obtuvieron el permiso de los soberanos D. Carlos y su madre Dª Juana, quienes decían que:

"por estar como está la dicha ciudad en camino pasajero de los que vienen en romería a Santiago parte de nuestros reinos... " "Era este el Hospital General de la ciudad, en el que se asistía a los enfermos de la localidad e inmediaciones y se acogía por la noche a los peregrinos que iban de tránsito, y si caían enfermos se les curaba como a los demás" (Landázuri, Hist., 1929, 309 y ss).

Otro hospital se hallaba en las afueras de la ciudad y era conocido con el nombre de la Magdalena o de San Lázaro. Ref. José María Lacarra: Peregrinaciones a Santiago, Madrid, 1949, II, 449-450).

Desde un punto de vista jurídico, podríamos distinguir entre espacios públicos, por lo general abiertos, bajo el control de las autoridades públicas, como pueden ser las calles y plazas, principales escenarios de la vida cotidiana, y espacios privados o cerrados, bajo el control de sus propietarios aunque sujetos a las ordenanzas concejiles, como son las viviendas, obradores y talleres. En la segunda mitad del siglo XIII quedó urbanizado por completo el cerro que sirvió de emplazamiento a Vitoria, a excepción de su lado sur, que se abría a la explanada donde se hacía el mercado y que en la actualidad está ocupada en una parte por la plaza de la Virgen Blanca. Este típico plano radioconcéntrico elipsoidal de la Vitoria medieval, con una superficie aproximada de 20,7 hectáreas, lo que le hacía el más extenso de todas las villas medievales vascas, apenas experimentó ya variaciones hasta finales del siglo XVIII. Las calles constituyen un instrumento de comunicación y tránsito, auténticas vertebradoras del espacio urbano. Las calles principales son largas y estrechas, con algunos desniveles, y se ajustan perfectamente, como si se tratara de curvas de nivel, al cerro que sirve de asiento a la ciudad. Tales calles están cortadas transversalmente por otras aún más estrechas y pendientes pero rectas, los cantones. Tanto unas como otras comunican los edificios, permiten el tránsito de las personas y son el escenario de innumerables actos individuales y colectivos.

Las autoridades concejiles procuraban por todos los medios que las calles fueran espacios seguros y de convivencia pacífica, aunque no siempre podían evitarse las alteraciones del orden público motivadas por los enfrentamientos entre vecinos o entre estos últimos y otros recién llegados. Al igual que en otras ciudades, a través de diversas ordenanzas y de un completo sistema de vigilancia interior, se trataba de evitar por todos los medios, tanto de día como de noche, daños personales, homicidios, robos, etc. Especialmente conflictiva podía resultar la noche, por lo que se procuró siempre que las personas anduviesen lo menos posible por las calles a partir de la puesta del sol. Si lo hacían deberían ir con luz para poder ser reconocibles y no deberían ir armadas. A fines de la Edad Media, como ha estudiado Iñaki Bazán, el Alcalde ordinario, máximo responsable judicial, y el Merino mayor o Alguacil, eran los dos oficiales del concejo vitoriano que se encargaban de castigar a aquellos individuos que habían quebrantado de alguna forma las normas generales de convivencia. A su vez, disponían de otros agentes municipales auxiliares, nombrados por la Cámara del concejo, que se encargaban de ejecutar la justicia, tales como los tenientes de merino, el carcelero, el verdugo y los veladores. Estos últimos constituían un cuerpo de seguridad nocturno, cuya actividad se complementaba con la de los mayorales de las vecindades, que eran un cargo vecinal no municipal, y que ejercían también funciones de vigilancia y castigo.

También fueron las calles escenario de acontecimientos jubilosos, con frecuencia relacionados con la vida de los monarcas. Era corriente que se celebraran con diversas fiestas y espectáculos los nacimientos, bodas y coronaciones reales, a las que se sumaba la población convocada por las autoridades municipales. Igualmente solían tener gran esplendor los funerales por el fallecimiento del monarca o de algún familiar allegado, organizados por la Iglesia y el Ayuntamiento. Todos estos actos, a los que las gentes acudían con agrado, contribuían a afirmar el poder real, por lo que eran promovidos por la propia monarquía. También eran escenario de procesiones y rogativas para solicitar el apoyo divino contra pestes, enfermedades y otras adversidades, amen de las que acompañaban habitualmente a ciertas festividades litúrgicas. Las calles, en ciertas ocasiones, servían para ejecutar la justicia por parte del verdugo, espectáculo que no repugnaba a la sensibilidad de la época. La compacta y regular distribución de calles y cantones hacía prácticamente imposible la existencia en el interior de espacios más abiertos o plazas. Durante muchos siglos careció Vitoria de una Plaza Mayor propiamente dicha, aunque el amplio espacio extramuros situado por delante de las puertas que daban acceso a las calles gremiales, actualmente ocupado en buena parte por la plaza de la Virgen Blanca y por la plaza Nueva y que estaba dominado por las iglesias de San Miguel y de San Vicente, reunía perfectas condiciones para que fuera escenario de muchos acontecimientos populares y especialmente que en el mismo tuvieran lugar las ferias y mercados, que tanta fama llegaron a alcanzar.

Vitoria sufrió varios incendios a lo largo de la Edad Media. Además del ya mencionado de 1202, están documentados otros en 1208, 1240, 1390, 1423, 1436 y 1443. De este último sabemos que llegaron a arder más de doscientas cincuenta casas, aproximadamente algo más de la cuarta parte del total de las mismas, con la particularidad de que fueron:

"las mejores e mayores e más honrradas que avía en la dicha çibdat, que eran la flor della, e a muchas se quemaron en ellas muchos bienes que non podieron sacar".

Los incendios tienen una inevitable secuela de pérdidas materiales, y en el peor de los casos también de vidas humanas, aunque las urgentes reconstrucciones posteriores servirían para renovar y mejorar el caserío de Vitoria.

Descripción de las defensas de cada calle de Vitoria, recogida por Rafael Floranes en 1775 de una obra de fines del siglo XVI que a su vez habla de tiempos anteriores:

"Tenia esta Ciudad todas sus calles con fosos por medio, y levantados sus andenes arto pegados á las casas, de modo que no podian andar por ellas sino en hilera, uno a uno, y no avia paso de la una acera á la otra, sino es por alguna estrecha entrada y escalones por la canal ó foso de medio, por donde andavan las gentes de á caballos. Todas las puertas de las casas tenian fuertes con gruesas cadenas y puertas levadizas en las vocas de las calles. La Muralla que da á la plaza es muy gruesa y alta, de que se infiere que esta Ciudad sin duda en aquellos tiempos era fortísima y muy dificil para poderse expugnar".

El fuero de Vitoria de 1181, cuyo texto normativo está inspirado en el de Logroño y en el de Laguardia, no precisaba sin embargo la extensión de su término municipal o alfoz:

"Et ut plenius singula de consuetudine et foro uobis dato in memoriam retineantur dono uobis ipsam uillam que dicitur noua Victoria cum omnibus terminis suis populatis et heremis quos in presenti possidet uel aliquando possedit et cum omnibus pertinenciis suis que ei pertinet uel pertinere debent"

que en cualquier caso debía ser de muy modestas dimensiones, por cuanto el propio fuero determinaba que a los nuevos vitorianos jurídicamente sólo les pertenecía la mitad de los territorios de los pobladores de la vieja Gasteiz:

"Antiqui tamen laboratores qui antea ibi fuerant et qui in loco eis assignato ibi manere uoluerint habeant separatim medietatem hereditatum; uos uero qui noui estis habeatis aliam medietatem et diuidatis inter uso".

Esta limitación, por otra parte, contrasta con una amplia concesión que posibilitaba a los vitorianos la utilización de la madera, de la leña y de los pastos de los campos circundantes, e incluso les permitía la posibilidad de comprar tierras por las que no pagarían tributación alguna. Semejante situación será una permanente fuente de conflictos con el inmediato mundo rural sobre el que los cofrades alaveses ejercen su señorío colectivo, pero que fueron incapaces de resistir el empuje expansivo de Vitoria, bien cimentado en su rápido desarrollo económico y en el apoyo constante que le prestan los monarcas castellanos.

En el proceso de ampliación del término concejil se pueden destacar tres años claves: 1258, 1286 y 1332. En el primero de ellos Alfonso X entregó a Vitoria nueve aldeas que habían sido de la Cofradía, las llamadas "Aldeas Viejas", es decir, Arriaga, Betoño, Adurza, Aretxabaleta, Gardelegi, Olarizu, Mendiola, Ali y Castillo, que habían sido previamente compradas por los vitorianos y en las que ya habían empezado a adquirir propiedades con anterioridad a 1226. En la segunda de las fechas Sancho IV concedió a Vitoria la aldea de Lasarte, que él mismo había recibido de la Cofradía de Álava, o de Arriaga, unos años antes, siendo infante. La capacidad expansiva de Vitoria no se detuvo en el primer tercio del siglo XIV y en 1332 llegamos al punto final en el proceso de ampliación de su alfoz al incorporar definitivamente al mismo 41 de las 45 aldeas por las que disputaba con la Cofradía de Álava, según sentencia dictada por Juan Martínez de Leiva, Camarero mayor de Alfonso XI. Los cofrades, incapaces de contener el empuje de Vitoria, y no hay que olvidar que Salvatierra vivió un proceso similar, y ante la posibilidad de que todo el territorio de la Cofradía fuera absorbido por las dos villas y de que perdieran todos sus privilegios y propiedades, decidieron entregar al realengo castellano la tierra que señoreaban al tiempo que disolvían la Cofradía de Arriaga. A cambio de estas dos concesiones, los infanzones e hidalgos alaveses se aseguraron para el futuro sus propiedades y sus privilegios fiscales pues Alfonso XI les reconoció que fueran:

"libres e quitos de todo pecho ellos e los sus bienes que an o ouieren daquí adelante en Alaua".

Aunque resulta imposible hacer aproximaciones estadísticas, algunos datos indirectos permiten constatar el rápido crecimiento de la población de Vitoria a lo largo del siglo XIII. Los dos ensanches de 1202 y 1256 multiplicaron por siete aproximadamente el primitivo plano de Gasteiz, lo que permite pensar en un crecimiento correlativo de la población. Dicho crecimiento queda igualmente atestiguado por otros testimonios, así la erección de nuevas parroquias, como la de San Ildefonso, la instalación de sendos conventos de franciscanos y dominicos a comienzos del siglo XIII, el surgimiento de nuevos barrios o arrabales fuera del recinto amurallado o la roturación de nuevas tierras, ya a comienzos del siglo XIV. La segunda mitad de este siglo y la primera del siguiente son de contracción y estancamiento demográfico, que no llegan a ser contrarrestados por los aportes procedentes de las aldeas. Estos nuevos pobladores son principalmente miembros de la pequeña nobleza rural que abandonan el campo para vivir en la villa realenga, buscando un nuevo horizonte de vida y nuevas rentas, ya sea en el comercio o en la administración concejil. Si bien numéricamente esta aportación no fue muy importante, sí lo fue, y mucho, desde el punto de vista cualitativo. En Vitoria se instalaron desde entonces una serie de linajes rurales, como los Maturanas, Iruñas, Ayalas, Healis, Hurtados, Esquíveles, Adurzas, Vergaras, Salvatierras, Maestus, Alavas, etc., cuyas casas y palacios adornan con escudos blasonados. De estas familias saldrán inmediatamente regidores, alcaldes, escribanos y mercaderes, convirtiéndose en protagonistas indiscutibles de la vida vitoriana.

Hasta este momento el tono había venido dado principalmente por la población artesana, de la que conocemos los nombres de algunos de sus miembros desde el siglo XIII, como Angevín, el carnicero; Pero Ortiz de Garayo, el zapatero; don Guillén Brun, tendero; don Jerónimo Díaz de Ochoa, carnicero; Paricio, el ballestero; maestre Juan de Manerayn, ferrero; Domingo Martínez Celemín, carpentero; Martín Estausa, lancero; don Esteuan, cuchillero; Pero Vicia, aluardero, etc. Con el asentamiento en Vitoria de los nuevos contingentes de hidalgos rurales se transformó radicalmente la sosegada imagen que hasta entonces había ofrecido la población, que se torna conflictiva y, en ocasiones, violenta, en relación con la banderización de la misma y con las luchas de bandos que se generan entre los Ayalas y Callejas por el control del gobierno municipal. Esta situación es así descrita con viveza por un autor del siglo XVI:

"En Vitoria se padecía con los bandos de Ayala, gamboíno, y el de Calleja, oñacino, favoreciéndose cada uno de los comarcanos bandoleros, tiranizándose la república y sus vecinos, robándoles con derramas, imposiciones, matándose y haciéndose todo el mal posible, usurpando los oficioss de justicia, eligiendo cada bando alcalde, regidores, procurador, allende de la de los reyes, haciendo los Ayalas sus juntas en San Miguel y los Callejas en San Pedro. Lo cual fue causa que Vitoria se despoblase y sus vecinos se fuesen huyendo a otras partes".

Aunque excluida por completo del gobierno municipal, es necesario mencionar a la población judía de Vitoria. La aljama vitoriana es la más antigua del País Vasco, está documentada desde 1256, y la más importante en los siglos XIV y XV. La comunidad judía vivía en la actual calle Nueva Dentro y disponía de sus propios órganos de gobierno. Sus relaciones con el resto de la población fueron cada vez más restringidas. A partir de las ordenanzas de 1428, como ha destacado E. Cantera Montenegro, se pone en marcha una legislación municipal totalmente discriminatoria contra los judíos, que alcanza su mayor intensidad con las ordenanzas municipales de 1487, hasta culminar con su definitiva expulsión en 1492. Su actividad como prestamistas y recaudadores de impuestos levantó siempre hacia ellos una cierta animadversión popular, que en ocasiones desembocó en graves violencias. El 28 de abril de 1332, Alfonso XI tuvo que intervenir en favor de los vecinos de Vitoria, ordenando que los judíos de su aljama no hiciesen cartas de deudas sobre los cristianos vecinos de la villa, pues les ocasionaban graves daños y favorecería el despoblamiento del lugar. Entre los judíos vitorianos sobresalió el linaje de los Gaones, uno de cuyos miembros, Jacob Gaón, fue arrendador de las rentas reales en tiempos de Enrique IV, hasta que murió violentamente en 1463 a manos de los tolosanos cuando trataba de recaudar el "pedido" en su ciudad. En el siglo XV destacaron también algunos médicos o físicos, como David, maestre Abraham o el licenciado Antonio de Tornay. El comercio, la actividad mercantil, el oficio textil y la costura deberieron ser, no obstante, las ocupaciones más frecuentes de los judíos vitorianos.

El siglo XIV termina para Vitoria con la concesión en 1399 por parte de Enrique III de dos ferias francas anuales, una de 16 días por la fiesta de la Ascensión y otra de doce durante el mes de setiembre. Resulta, no obstante, difícil de evaluar el impulso, a largo plazo positivo sin duda, que tal concesión tendría para la actividad económica y la evolución demográfica de la ciudad. Desde luego, algunos testimonios apuntan claramente a que durante la mayor parte de la primera mitad del siglo XV la demografía vitoriana experimentó un estancamiento. Un documento de 1405 señala cómo la "villa se despoblaua por las mortandades que avía acaescido e eso mesmo por la pobresa que auía en ella". El constante incremento de la fiscalidad real, la propia conflictividad social protagonizada por los enfrentamientos entre Ayalas y Callejas, serían también elementos que propiciarían la evolución negativa de la población de Vitoria y de las aldeas de su término. Se comprende por ello que las autoridades del concejo, para paliar esta situación, trataran de retener a los vecinos concediendo préstamos a los que tenían dificultades económicas, o bien dando ventajas de tipo fiscal a quienes pretendían instalarse en la villa. Incluso llegaron a concederse ayudas a quienes iniciaron la edificación de nuevas casas. Las consecuencias positivas de todas esas medidas comenzarían a notarse algo antes de mediar el siglo XV, en que la población vitoriana iniciaría un claro proceso de recuperación. Así lo acreditan algunos testimonios, como la roturación de nuevas tierras en el alfoz vitoriano. Este recurso se utilizaba para atender las necesidades de alimentación de una población en aumento y se documenta en la cuarta década del siglo XV, aunque tiene su apogeo en los años sesenta y se prolonga con menor ritmo hasta finales del siglo.

En 1457, Enrique IV concedió a Vitoria una feria franca, que empezaría el lunes siguiente al Corpus y duraría quince días y posteriormente, en 1466, le concedió un mercado franco que se reuniría todos los jueves del año. Ambas concesiones ponen de relieve un incremento de la demanda, lógica derivación del aumento de la población. En el siglo XV Vitoria alcanzó también algunos títulos de nobleza que contribuyeron a forjar un "imaginario urbano" propio, que sintoniza perfectamente con los ideales aristocratizantes de la sociedad castellana de fines de la Edad Media. En efecto, el 20 de noviembre de 1431, Juan II otorgó a Vitoria el título de ciudad:

"es mi merçet de faser e por la presente fago çibdat a la dicha villa de Vitoria e quiero que de aquí adelante sea çibdat e sea llamada la çibdat de Vitoria e aya e gose en quanto çibdat de todas las preheminençias e prerrogatiuas e preuillejos que cada una de las otras çibdades de los mis reynos e sennoríos por ser çibdades e en quanto çibdades han e gosan e deuen auer e gosar".

Venía así Vitoria a sumarse al elenco de las ciudades de la Corona castellana que tenían reconocido dicho título, en cuya nómina estaban ya Burgos, León, Toledo, Sevilla, Córdoba, Zamora, Salamanca, Cuenca, Segovia, Ciudad Real, etc. Posteriormente, el 20 de Febrero de 1466, Enrique IV otorgó a Vitoria el título de leal:

"quiero e me plase que de aquí adelante para syempre jamás se llame e yntitule la leal çibdad de Bitoria".

Vitoria tenía también sus propias armas, que con la leyenda de su origen nos son descritas en unos versos de Pedro Gracia Dei, un cronista del siglo XIV que fue heraldo de armas del rey Pedro I de Castilla y autor de un Libro yntitulado Graçia Dey yntérprete de las Españas en el qual se declaran las armas y blasones de los linajes de España, donde reza:

"Las armas de mi Vitoria / son leones esforçados / y un castillo por memoria / donde se vee la honrra / de los mis antepasados / y dos cuerpos a los lados / en señal de fortaleça / con que siempre yo a su alteça / e seruido con firmeça / y a los reyes coronados".

Armas y títulos contribuyeron así a ennoblecer a Vitoria como comunidad o entidad colectiva con su propia personalidad moral y jurídica, aunque, por supuesto, no fueran nobles todos sus moradores. Y el paisaje urbano, en su conjunto, debía tener una notable calidad estética, por cuanto en 1499 el viajero Arnald von Harff no duda en calificar a Vitoria como "una bella ciudad". En 1423, Pedro Manrique, Adelantado Mayor del reino de León, tratando de poner fin a las negativas consecuencias de las endémicas luchas banderizas dio a Vitoria unas ordenanzas por las que se dividían los cargos del concejo en dos mitades. Luego cada uno de los bandos nombraba treinta personas, entre las que se designaban los oficiales cada año. Pero los conflictos y las crisis de gobierno no concluyeron, pues las ordenanzas eran incumplidas con frecuencia, y de hecho la solución definitiva aún tardaría en llegar más de medio siglo.

El 22 de octubre de 1476 Fernando el Católico aprobó un Capitulado elaborado por representantes del concejo vitoriano y dos oidores reales, "concerniente a la paz y sosiego de esa ciudad e buena gobernación" de la misma, con el que se daba por zanjado, al menos de una forma oficial, el enfrentamiento entre Ayalas y Callejas y se configuraba una nueva organización municipal. El Capitulado de 1476, que estaría vigente hasta 1747, año en que Fernando VI confirmó un nuevo ordenamiento municipal para Vitoria, establecía que en lo sucesivo:

"no se nombre ni haya en esa dicha ciudad de Vitoria apellidos ni vandos de Calleja ni de Ayala, ni otros apellidos, ni quadrillas, ni voz de otras parentelas, ni cofradías algunas que a esto correspondan ni se junten, ni vos juntedes a ellas, salvo que todos juntamente se llamen y vos los Vitorianos, ni fagades otros apellidos, ni los prosigades, ni favorezcades directe ni indirecte, en público ni en secreto, ni dedes favor, ni ayuda a ello, ni acudáis a voz de apellido, ni de vando, a ruído, ni a bodas, ni a mortuorios, ni a otros actos algunos que vayades a voz de bando ni de linage, o a sonadas de otros cavalleros y escuderos de la comarca, ni acudáis por ello a sus llamamientos, ni tengades confradías ni hospitales ni iglesias por nombre de los dichos linages, ni de alguno de ellos, ni vayades apartadamente los unos de los otros en hueste, ni repartades gente para ello por respeto de los dichos linages".

En adelante la estructura del gobierno municipal de Vitoria consistiría en:

"un alcalde y no más, pues el privilegio de nuestra población no nos da más de uno, y que haya dos regidores, y un procurador de concejo, y un merino, y dos alcaldes de hermandad, y un escribano de concejo y no más, y que éstos se pongan para el día de San Miguel de setiembre de cada año, y que duren sus oficios por un año contínuo".

Para el nombramiento de dichos cargos, cuyo conjunto constituye un órgano de gobierno restringido o Ayuntamiento, se utilizaba un sistema electivo por insaculación, en el que las listas de los candidatos a los oficios eran previamente elaboradas por una comisión de cuatro miembros nombrada por un elector elegido entre los oficiales del año anterior. El procedimiento consolidó durante siglos el control del gobierno municipal por parte de la pequeña nobleza urbana. Sin duda, el ambiente pacificador propiciado por los Reyes Católicos estimularía la recuperación demográfica de Vitoria, aunque resulte difícil hacer una evaluación numérica de la misma. El dato más fiable nos lo proporciona una bula del papa Alejandro VI de 1496, en la que dice que la ciudad, que él conocía personalmente, tendría algo más del millar de casas, lo que puede traducirse en una población cercana a los cinco mil habitantes.

Dentro del doble circuito amurallado que rodea Villa Suso y los ensanches de 1202 y 1256, que da al conjunto el aire de una verdadera fortaleza, encontramos una variada tipología de construcciones, desde las sencillas casas populares a los soberbios palacios y casas señoriales, pasando por iglesias y conventos. Apenas tenemos información del caserío de la primitiva Gasteiz. Las viviendas, de planta alargada, serían sencillas y de reducidas dimensiones. En los ensanches de 1202 y de 1256, según J.I. Linazasoro:

"predomina un tipo de casas de parcela muy estrecha, que a menudo sólo permite sacar un hueco con fachada, por lo que los edificios tienden a desarrollarse en altura (3 e incluso 4 plantas). Es característico el acceso a la vivienda separado del de la tienda o primitivo taller, muy alargado, estrecho y terminado por una escalera de la que a su vez arranca otra, generalmente de tres tramos".

Se trata, en consecuencia, de la típica casa de alforja, cuyo caballete del tejado es paralelo a la fachada, en la que se abren pocos vanos y distribuidos de forma irregular. Los materiales constructivos son pobres: mampostería menuda en la planta baja, mientras las superiores estaban hechas con entramado de adobe y madera. El cuerpo superior de la vivienda se consdatruía en voladizo y se apoyaba sobre el inferior por medio de tornapuntas de madera, estando rematado por un amplio alero. Este tipo constructivo permaneció, en lo fundamental, durante bastantes siglos, si bien progresivamente se irá mejorando la calidad de las edificaciones. Desde mediados del siglo XIV, en consonancia con el ambiente conflictivo que vivió la sociedad vitoriana, muchas casas modificaron su porte convirtiéndose en auténticas fortalezas, que en algunos casos se han conservado hasta nuestros días. Todas ellas han sido soberbiamente estudias por Micaela Portilla, pudiéndose citar como ejemplos típicos la torre de los Abendaño en la cerca de la Herrería, la de los Anda, la casa fuerte de los Ayala, las que tenían los Guevara en las puertas de la Cuchillería, las de los Hurtado de Mendoza en la Pintorería, la torre de los Iruña, conocida popularmente como torre de doña Ochanda, las casas fuertes de los Landa en la calle Nueva, la de los Larrínzar en el portal de San Ildefonso, la torre del interior del palacio de Bendaña, las casas fuertes de los Mendoza, la de los Nanclares en el portal de la Correría, la de los Salazar, la torre de los Sánchez de Bilbao en la casa del Cordón o las casas fuertes de los Soto en las calles Zapatería y Cuchillería.

Desde el punto de vista económico y comercial, Vitoria jugó un papel destacado en las relaciones entre la Castilla del interior y los puertos vascos del Cantábrico oriental, por un lado, y con los reinos de Navarra y Aragón, por otro. Expresión del impulso comercial de Vitoria a fines de la Edad Media son algunas construcciones típicas o casas de comercio, de las que constituye el ejemplar mejor conservado El Portalón.

Entre 1282 y 1325 Vitoria participará intensamente en la formación de hermandades o asociaciones de concejos, surgidas en momentos de grave debilitamiento de la autoridad real, como fueron las guerras civiles que inauguraron los respectivos reinados de Sancho IV, Fernando IV y Alfonso XI. A través de ellas los concejos trataron de participar de forma destacada en la estructura de poder de la Corona de Castilla.

Un significado distinto tiene la participación de Vitoria en la "Hermandad de las villas de la marina de Castilla", fundada en 1296 y de carácter exclusivamente económico. Para entonces los mercaderes vitorianos tenían ya establecidas relaciones comerciales con los puertos y ciudades más importantes del Occidente europeo y Vitoria jugaban un papel destacado en el gran eje mercantil castellano que a fines de la Edad Media unía por el interior de la Península los puertos del Cantábrico oriental con los de la Andalucía atlántica.

En el siglo XV Vitoria participó de forma destacada en la constitución de varias hermandades de alcance provincial, como las de 1417, 1458 y 1463, cuyos objetivos esenciales fueron el mantenimiento del orden público, la defensa de la justicia y la lucha contra los abusos señoriales. Las ordenanzas de la última de ellas, aprobadas en Rivabellosa, constituyen el Cuaderno de Leyes y Ordenanzas con que se gobierna la M. N. y M. L. Provincia de Álava, que durante cuatro siglos ha sido el cuerpo fundamental de las leyes de la Provincia. Tales ordenanzas suponen un paso muy importante en la vertebración institucional de Álava, pero al mismo tiempo hay que recordar que de la hermandad de 1463 arranca el definitivo movimiento de integración territorial que dará lugar a la configuración del perfil actual de la provincia de Álava. No obstante, lo que importa resaltar ahora es el protagonismo que Vitoria alcanzó en el seno de la hermandad y en el conjunto provincial. En efecto, son los miembros de la oligarquía vitoriana los que monopolizan el cargo de Diputado General, la más alta magistratura de la Provincia; en Vitoria se reunía una de las dos Juntas Generales anuales de la hermandad, que constituían el supremo órgano de gobierno y jurisdicción de la misma; la Diputación de la hermandad, que ostentaba el poder ejecutivo, estaba integrada por dos comisarios y cuatro diputados, elegidos por la Junta General, pero uno de los comisarios tenía que ser de Vitoria; y en esta ciudad tenían siempre lugar las reuniones de la Diputación o Junta Particular. Sin hipérbole alguna, puede decirse que desde finales del siglo XV Vitoria ejerce de verdadera capital de toda Álava.

CGM

Desde un punto de vista formal, Vitoria conservó el casco medieval hasta el siglo XVIII con escasas modificaciones. De ahí su definitivo y característico plano de forma elíptica de 20,7 ha. de extensión, rodeado de una muralla jalonada por numerosos vanos y puertas situados en los extremos de los cantones que permitían el acceso al exterior desde la villa. Fuera de sus muros fueron desarrollándose pequeños núcleos de población, como el arrabal del mercado y las redovas, o los barrios el de San Ildefonso al este, Arriaga o Santa Lucía al norte, Aldabe al oeste y Santa Clara o la Magdalena al suroeste.

La construcción de nuevos edificios a lo largo de los siglos XVI y XVII transformó parcialmente su aspecto interno asentándose una tipología propia en la arquitectura doméstica vitoriana. Las viejas casas populares desaparecieron (en Villasuso) para dejar espacio a los palacios renacentistas y a las casas señoriales. Entre los primeros, que siguieron además el estilo modernista de primer Renacimiento o Plateresco, se cuentan los palacios de Escoriaza-Esquivel, el de Aguirre o Montehermoso, el de Salinas (Palacio de Villasuso), el de Arrieta-Maestu o de Bendaña y el de los Álava. Las casas señoriales -la mayor parte de ellas del siglo XVII como la Casa de los Gobeo-Caicedo (Pintorería nº 68) levantada en 1670, o la de los Álava Arista (Zapatería nº 101), o la de los Landázuri (Herrería nº 23) remodelada hacia 1665 por los abuelos del ilustre historiador- irán transformándose con el tiempo, aumentando el número de sus plantas, adquiriendo mayor anchura en sus fachadas y abriéndose a dos calles.

Las casas burguesas y populares conservaron en el exterior las dimensiones medievales -en alforja-, aunque con una tendencia a ganar en altura lo que les negaba la falta de espacio. Por ello las casas fueron invadiendo los muros de la ciudad -cuya importancia defensiva parecía ir retrocediendo, aunque su función económica medida en la cobranza de derechos por las mercancías que la atraviesan permaneciera- mientras se multiplicaban los corredores que comunicaban muros y casas, dando a la ciudad una imagen de abigarramiento que hacía palpable la necesidad de invadir el espacio situado al otro lado de las murallas.

Desde su fundación en 1181 Vitoria no había dejado de crecer. Su papel como centro de inmigración de los excedentes de las aldeas de su entorno se consolidó durante el siglo XIV. En la segunda mitad del siglo XV los síntomas de recuperación fueron evidentes: ocupación del suelo, política municipal de atracción de nuevos vecinos y retención de los ya existentes, pacificación de la lucha de bandos, crecimiento del arrabal situado "en el fondo del mercado" etc. Sólo las pestes de 1504-5 y 1518-19 enturbiaron aquellos comienzos de siglo que, sin embargo, presentaron como balance general un crecimiento de la población aunque ralentizado respecto a la etapa inmediatamente anterior.

La trayectoria ascendente continuaría hasta la crisis de los años 60 de aquel siglo que se extendió a toda la provincia. La peste de 1564-68 afectó muy seriamente a Álava pero para Vitoria la peor fue la de 1596 y 1602, conocida como "La Peste Atlántica" porque se extendió desde el Mar del Norte hasta Marruecos, causando tan sólo en la península ibérica más de medio millón de muertos. Aunque las primeras noticias llegaron a Vitoria en julio de 1596 -procedentes de Castro Urdiales- la enfermedad no alcanzó los alrededores de Vitoria hasta agosto de 1598. El día 30 de mayo de 1599 aparecía el primer caso de peste dentro de la ciudad. Se trataba de un arriero de la Vecindad de la Calle Nueva que había estado en la villa de Treviño, donde había cobrado la enfermedad. La pestilencia remite hacia el mes de noviembre de 1599 con un balance de víctimas que resulta imposible de evaluar. El cura de Lanciego, fiel testigo de la época, establece sin embargo una cifra de 2.000 muertos entre Vitoria y las aldeas, -Vitoria no alcanzaba por entonces los 5.000 habitantes-. Las ermitas de Santa Marina, San Juan y Santa Lucía, así como la Casa de Olarizu, fueron habilitadas como hospitales. Para hacer frente a los gastos, el Ayuntamiento incrementó las sisas y alcabalas sobre la carne, tomó dinero de obras pías, cofradías y vecindades -de las que se sacan hasta 2.000 ducados- y solicitó al Rey la suspensión del pago de los impuestos que la ciudad le debía. Además, se recurrió a los préstamos y a la confiscación de bienes de gentes que habían huido de la ciudad.

Las pestes finiseculares, agravadas con las pésimas cosechas de 1575-77, y después por los estériles agostos del primer 600, determinaron el inicio del desastroso -en términos económicos y demográficos- siglo XVII que impidió a la ciudad recobrar sus niveles poblacionales de la centuria anterior hasta bien entrado el siglo XVIII. Por lo que se refiere a los datos globales, tenía Vitoria cerca de 8.000 habitantes (pero contando las aldeas de su jurisdicción) según el acopiamiento de 1537; en 1560 eran apenas 5.500, mientras que en 1578 se habían reducido a 4.400. Un documento de 1592 habla ya de alrededor de 3.600 habitantes, mientras que casi cien años después (1683) ni siquiera lograron alcanzarse los 4.000.

Según indica un Padrón Calle Hita de 1578, Vitoria era por entonces una ciudad con un alto porcentaje de población inactiva (28,46 % del total), cuyos componentes se situaban en los dos extremos opuestos de la escala social: los pobres (el 85,30 % del total de inactivos) y los vecinos que "viven de sus rentas" (el 14,69 % restante), localizados estos últimos en Villasuso, Zapatería y Herrería. El neto predominio de los sectores secundario y terciario, definía a Vitoria como una ciudad decididamente encarrilada a ser un centro de producción e intercambios comerciales.

El sector primario se dedicaba exclusivamente a la agricultura. En ella trabajaban 54 individuos (la mayoría de la Pintorería y Santo Domingo). Pero era el sector secundario el predominante, cuya distribución por subsectores era la siguiente: Textil (199 vecinos, es decir, el 39,8 % del sector) dedicado a la transformación más que a la fabricación directa de paños y lienzos; Cuero (126 vecinos 25,2 %); Metalurgia (90 vecinos 18 %); Construcción (32 vecinos (6,4 %); otros (53 vecinos). Los oficios dominantes dentro de este sector eran: zapateros (18,4 % del sector), calceteros (10 %), sastres (7,8 %), marragueros (5,4 %) y cerrajeros (4,4 %). Se trataba de una industria artesanal pequeña, de corta producción y reducido consumo, limitada a un ámbito geográfico provincial y sólo destinada a satisfacer pequeñas necesidades. El tipo de taller normal era la casa del maestro que, en su parte baja, disponía de un local para el trabajo y la venta de productos. La ubicación de los talleres no se correspondía a estas alturas exactamente con la que sugieren los nombres de las calles. En realidad, los talleres se hallaban completamente mezclados: el gremio textil se ocupaba sobre todo en la Correría, seguida de la Zapatería; los gremios del cuero preferían también la Correría y la Zapatería; los del metal concuerdan muy bien con los nombres pues se localizaban en Herrería y Cuchillería; los de la construcción vivían sobre todo en la Pintorería y Santo Domingo.

El sector terciario lo conformaban 316 vecinos, entre los cuales los dedicados genéricamente al comercio suponían algo así como el 58 %. La situación estratégica de Vitoria la había vinculado desde antiguo al comercio nacional e internacional. El carácter franco de los mercados de los jueves atraía a multitud de vendedores y compradores de la comarca y de regiones limítrofes. A ellos llegaban el hierro vasco, y los paños y alimentos importados desde el exterior que, una vez aquí, eran distribuidos hacia la meseta castellana. Del mismo modo, confluían los productos de Castilla -lana, trigo, vino,- que tras llegar a Vitoria partían hacia las distintas zonas del País Vasco con destino al consumo interior o bien hacia los puertos de la costa con destino al exterior. Particularmente importante era Vitoria en el mercado del cereal, ya que por estar situada dentro de la Llanada, gran centro productor de trigo, venían a sus mercados las gentes de Vizcaya y Guipúzcoa tradicionalmente deficitarias.

A partir de 1516 una nueva dinastía iba a sentarse en el trono español. Durante la minoría de edad de Carlos, su madre la reina Juana confirmó a Vitoria sus privilegios, fueros, buenos usos y costumbres mediante una carta plomada de 18 de julio de 1509. Apenas unos años después, en 1524, Carlos juraría sus privilegios en su primera entrada en la ciudad por "la puerta del puente del Rey". Agradecía con ello, la fidelidad -en ciertos momentos titubeante- que los vitorianos le demostraron durante la Guerra de las Comunidades, que en Álava se manifestó como una pugna entre Diego Martínez de Álava, diputado general desde 1498, representante de la clase de los funcionarios fieles a la Corona, y don Pedro López de Ayala, conde de Salvatierra, representante de la gran nobleza, que se sentía postergado por esa clase funcionarial. Nombrado capitán general de los comuneros en la zona situada entre el norte de Burgos y el mar, el de Salvatierra obtuvo algunos triunfos militares llegando a poner sitio a Vitoria. Su capitán, Gonzalo de Baraona llegó incluso a entrar en ella con 1.000 peones con banderas desplegadas al grito de ¡Ayala, Ayala! Sería un triunfo pasajero. Las tropas realistas recuperaron Vitoria, se apoderaron de Salvatierra y asolaron el valle de Cuartango, feudo del conde. La lucha definitiva se dio en abril de 1521 en el puente de Durana, que se convirtió en el Villalar de los comuneros alaveses. En represalia, los señoríos del Conde fueron incorporados a la Corona, y su palacio, construido al lado de la iglesia de San Vicente, devorado por las llamas; mientras el Conde fue degollado un 13 de abril de 1521 en la Plaza de la leña, frente al convento de Santo Domingo.

Entretanto, los franceses, aliados a los destronados Reyes de Navarra, habían invadido Navarra y se apoderaron también de Fuenterrabía. Por esta causa llegó a Vitoria el Cardenal regente, Adriano de Utrecht con el fin de preparar las tropas para repeler la agresión. En febrero de 1522, alojado en la llamada Casa del Cordón perteneciente a Juan de Bilbao y sita en la Cuchillería, recibió la noticia de su exaltación al Pontificado. Era el primer Papa que había pisado suelo español durante su pontificado y antes de marchar prometió erigir la Iglesia Colegial de Santa María en Sede Episcopal. Sin embargo, su rápida muerte, (septiembre de 1523), y el olvido hicieron que la promesa no se viera cumplimentada hasta tres siglos después.

En adelante, las relaciones de Vitoria con la monarquía de los Austrias estarían presididas, bien por la recepción de personas reales en la ciudad, bien mediante las contribuciones económicas o en hombres -a través de las efectuadas por la provincia o por medio de las suyas propias-. Vitoria defendía a ultranza su independencia tributaria. No conocía los Servicios Reales (Ordinario y Extraordinario), ni los Millones, ni los derechos de Sacas, etc. En cambio contribuía con la Alcabala. Donativos voluntarios y servicios de hombres armados completaban, como en la provincia, el ciclo de su contribución a la hacienda estatal. No sabemos desde cuando contribuía con la Alcabala aunque tal vez haya que remontarla al segundo tercio del siglo XIV como ocurrre con la alavesa. Su encabezamiento se hacía por separado; además, mientras la alavesa se veía libre de tercias y cientos, la vitoriana conoció ambos recargos. Además ambas se hallaban insertas en distritos fiscales diferentes: la alavesa en la Merindad de Allende Ebro -circunscripción que incluía las tierras riojanas situadas en la vertiente septentrional del Ebro y a Guipúzcoa-, y la vitoriana a la de Aquende Ebro, por lo cual solía arrendarse por periodos de cuatro años junto a las alcabalas de la ciudad de Burgos y su partido.

Entre 1573 y 1578 la alcabala vitoriana estuvo encabezada en 219.925 mrs. y 507 fanegas de trigo anuales. Entre 1611 y 1625 alcanzaba ya el 1.250.000 mrs. Finalmente, por un Real Privilegio de 19 de agosto de 1687 la alcabala vitoriana quedará encabezada a perpetuidad en 1.430.682 mrs. y 507 fanegas de trigo.

Sin embargo, el verdadero peso de la fiscalidad estatal en Vitoria eran los donativos y los servicios armados. Hasta el siglo XVIII Vitoria contribuyó especialmente por medio de sus propios donativos, si bien a partir de entonces prefirió contribuir con la provincia. En 1629-30 Vitoria abonó 32.000 ducados a cambio de la propiedad de los oficios públicos,y en 1687, 18.000 escudos de a diez reales de vellón a cambio del encabezamiento perpetuo de sus alcabalas. También participó en los servicios efectuados por la provincia a la Corona (en los años 1524, 1537, 1542, 1544, 1550 y 1552), ordinariamente en relación con la defensa de la frontera de Francia, convertida ya en el enemigo tradicional de los Austrias. Durante el reinado de Felipe II, los vitorianos participaron en la defensa de las fronteras frente a Francia. Así lo hicieron en 1557 en Fuenterrabía, en 1558 y 1559, tropas alavesas vigilaban, al servicio del virrey de Navarra, duque de Alburquerque, la frontera de Guipúzcoa y Navarra, con lo que fracasaron los reiterados proyectos franceses de atacar directamente a España, contribuyendo al éxito español que quedaría más tarde sancionado mediante la Paz de Cateau-Cambresis (1559). La intervención de Felipe II en las Guerras de Religión francesas en apoyo de la Liga Católica determinó nuevamente la intervención de alaveses y vitorianos en la defensa de fronteras. Consta que se concedieron auxilios en 1562, 1568, 1569, 1571, 1573, 1579, 1582 y 1588. Finalmente, en la guerra abierta entre Felipe II y Enrique IV de Francia cuyo escenario fundamental fue la frontera con los Paises Bajos, los alaveses contribuyeron con sendos servicios de 400 hombres en 1596-1598. Tras el desastre de la Invencible y ante la amenaza de las expediciones inglesas a los puertos españoles los vitorianos y alaveses acudieron a la defensa de Santander.

En adelante la relación de Vitoria con la Corona se manifestó más a través de la recepción de personas reales que en contribuciones militares. En 1615 se recibió con grandes honores tanto a la princesa Ana de Austria, desposada con Luis XIII, como a Isabel de Borbón, esposa del futuro Felipe IV. Ambas se alojaron como era de rigor en el Palacio de los Aguirre o de Montehermoso. Durante el reinado de Felipe V (1621-1665) se abandonó el pacifismo anterior y Vitoria, como toda Álava, tuvo que hacer frente a las desorbitadas exigencias del monarca. En 1625 se pidieron soldados para Fuenterrabía, por temor a las incursiones inglesas. Pero a partir de 1635 en que se reinició la guerra con Francia, las demandas se multiplicaron. Los 400 hombres de los servicios de 1635 y 1636, se convirtieron en 1.000 en 1637, y en 1638, año del ataque francés a la frontera con el sitio de Fuenterrabía, las demandas alcanzaron los 1.500 hombres y 11.000 fanegas de trigo aparte de alojamientos y transportes. Tras este agotador esfuerzo la demanda no disminuyó. En 1639 el rey pidió 600 hombres para la armada de Oquendo, cuyo fin era el de abrir de nuevo el camino del Canal de la Mancha para la comunicación con Flandes. Tras la sublevación de Cataluña y Portugal en 1649, Álava y Vitoria estaban ya exhaustas e incapacitadas para sostener tan frenético ritmo. Desde entonces las contribuciones en hombres se rebajaron a 100 pero se incrementaron las financieras. En 1659, con motivo de la firma de la Paz de los Pirineos entre España y Francia y el posterior pacto de la boda de la infanta María Teresa de Austria con Luis XIV de Francia, aquella y Felipe IV visitaron Vitoria con motivo de su entrega en la frontera. Entraron en la ciudad el día 3 de mayo donde se les recibió con luminarias y hogueras y grandes celebraciones, con la consabida corrida de toros, en esta ocasión deslucida por la lluvia. El festejo tuvo 18 toros que costaron 11.000 reales a las arcas municipales. Por Vitoria pasó también la primera esposa de Carlos II, Maria Luisa de Orleans. Corría el año 1679 y, tras hacer su entrada por la puerta de Arriaga, se le hizo entrega de las llaves de la ciudad en la iglesia de Santa María. Salió de Vitoria el 14 de noviembre camino de Burgos donde la esperaba su esposo Carlos II.

Como en otros ámbitos geográficos, la sociedad vitoriana se asentaba sobre las bases de la llamada sociedad jerárquica o estamental. Sin embargo, como en la mayoría de las ciudades de la época, por encima de las clasificaciones estamentales existía una élite que durante todos los siglos de la Edad Moderna ejerció el poder político, económico social y cultural. Asentados en la ciudad prácticamente desde la disolución de la Cofradía de Arriaga en 1332, muchos miembros de la pequeña nobleza alavesa -Álavas, Maturanas, Ealis, Esquivel cuyos solares se hallaban en las aldeas de la jurisdicción-, así como los miembros de algunas familias foráneas como los Salvatierra, Paternina, Nanclares, Cucho se acomodaron en Vitoria, llegando a fundirse con el patriciado urbano de los mercaderes más notables que ya desde los siglos XII y XIII habían empezado a asumir el control del poder municipal. Incluso significados caballeros y ricos hombres habían optado por la nueva residencia: los Iruña, los Hurtado de Mendoza, señores de Martioda y los Ayala, entre otros. De la mezcla de todos ellos se irá formando a partir de entonces la élite que, a lo largo de los siglos de la Edad Moderna, irá aristocratizándose sobre los principios más clásicos de la nobleza tradicional castellana.

Con la llegada del siglo XVI, la minoría dirigente de Vitoria, enriquecida sobre la base de su actividad comercial, el ejercicio de algunos oficios en la Corte o de Hermandad, las rentas de sus bienes rurales y urbanos, y el ejercicio de la administración municipal tiende a decantarse con fuerza hacia la tierra como base fundamental de riqueza. Muchos de ellos configuraron por entonces sus mayorazgos, que a veces escondían operaciones de compraventa de tierras y bienes urbanos u operaciones usurarias. En la centuria siguiente, la concentración de la propiedad de la tierra -junto a los bienes urbanos, los censos, los juros situados sobre las alcabalas vitorianas- se acentuaría sobre la base de enlaces matrimoniales sucesivos y de quiebras económicas que favorecieron tal hecho-. De esta forma la oligarquía vitoriana, a lo largo de estos siglos de la Edad Moderna impulsó sobre sí misma un proceso de aristocratización en el que los hábitos de las órdenes Militares (que pretendían ser un aval de limpieza y nobleza de sangre -particularmente la de Santiago-) y los títulos nobiliarios no tardarían en llegar para salvar una imagen de oscuro linaje, un ennoblecimiento tardío adquirido sobre sus fortunas amasadas al calor de una carrera administrativa, militar o comercial brillante. No obstante, el comercio nunca dejará de formar parte consustancial de la oligarquía misma. Quizá no tanto en su práctica como en el control de aquellas instituciones al uso que formaban parte de la administración central, como era el caso del entramado aduanero al servicio de la Corona. Así no es extraño comprobar, por ejemplo, el predominio de los Esquivel en los más altos cargos de la administración en las aduanas de Vitoria, o el de los Velasco en las de Orduña.

En la organización social de Vitoria seguían a la élite las llamadas "Gentes del Comercio", esto es, quienes practicaban el comercio al por mayor de "fierro y herrajes, balaustres, etc",coloniales, grano y otros alimentos, lana, etc. De origen vitoriano, ejercían en muchos casos como comisionistas de los comerciantes bilbaínos, bayoneses -en el tráfico lanar- y donostiarras (a partir del siglo XVIII con la Compañía Guipuzcoana de Caracas en el transporte de cacao y azúcar de Indias). Su actividad comercial se abría también a los grandes centros comerciales del momento como Cádiz y Sevilla, lo mismo que a los Cinco Gremios Mayores de Madrid o instituciones tales como el Colegio de San Ignacio de Madrid. Se trataba además de hombres vinculados a la oligarquía, ya que algunos de ellos pudieron actuar como agentes de comercio al servicio de ciertos oligarcas vinculados a la tierra indudablemente pero también al trato. Esos vínculos se definían tanto en una vertiente puramente personal -como "rentistas del comercio"- cuanto profesional, en el desempeño de importantes cargos dentro del entramado aduanero del Distrito de Cantabria, uno de cuyos centros fundamentales era, sin duda, la aduana de Vitoria. El desempeño de su actividad profesional en ocasiones hizo de ellos hombres extraordinariamente ricos. En una relación de las 200 personas más pudientes establecidas en 1808 con motivo de un préstamo obligatorio al rey, los comerciantes José Salazar y Julián de Buruaga se codeaban con los miembros de la nobleza de mayor envergadura -el duque del Infantado o el Marqués de Montehermoso-, entre quienes se hacían acreedores de rentas por valor de más de 60.000 reales. Los Castillo, Berrosteguieta, Borica, Altuna, Del Burgo, Zabala, Ullibarri, figuraban entre los de más de 35.000 y tras ellos una larga lista entre quienes alcanzaban los 20 y los 15.000 reales. En 1738 fueron protagonistas de un "golpe de mano" contra las autoridades municipales, que les permitió encumbrarse al poder durante diez años (hasta 1748). En ese tiempo elaboraron y publicaron, no sin problemas, las Ordenanzas de 1747 y un Nuevo Reglamento que, en adelante, iban a regir la vida comercial y fiscal de la ciudad.

De menor peso específico dentro de la ciudad, hay que englobar en el sector comercial a quienes ejercían el comercio al por menor. Se trataba de un grupo numeroso, activo y económicamente sólido, formado por tenderos, negociantes, quincalleros, y una pléyade de individuos que intervenían en el abastecimiento diario de alimentos a la ciudad; un abastecimiento eso si, marcadamente controlado por el ayuntamiento que, además de velar por la seguridad y regularidad en el abastecimiento, lo hacía por la salubridad, legalidad de pesos y medidas, etc... así como por la recaudación de los impuestos que desde muy antiguo gravaban los artículos de primera necesidad.

El mundo artesanal lo componían en 1578 unos 500 individuos que representaban el 40 % de los vecinos de aquel tiempo; un número y porcentaje que, a buen seguro, se mantuvieron hasta bien entrado el siglo XVIII (en 1732 eran 451). Por entonces los cereros y confiteros solían acaparar las mayores fortunas dentro del promedio de los artesanos, en contraposición a zapateros y remendones o a engarradores. Sometidos al amparo y sujección del gremio, maestros con importantes talleres y tiendas abiertas ocupaban los lugares principales en cuanto a fortunas, frente a oficiales y aprendices que, en ocasiones, llegaban a caer en la pobreza

Con ellos, los desheredados, esto es, vagos, mendigos, pobres, viudas, lisiados, etc. vivían sin ninguna seguridad económica, aceptando cualquier encargo que pudiese reportarles algún ingreso momentáneo, cometiendo pequeños hurtos, viviendo de las limosnas en los dias de feria, comiendo la sopa boba de los conventos, durmiendo en casas miserables o abandonadas, o subsistiendo gracias al amplio servicio de beneficencia regido desde el Ayuntamiento y la caridad pública. En el censo de 1578 eran 296 los vecinos verdaderamente pobres (el 23,6 % del total de vecinos), un porcentaje grande pero similar al de otras ciudades de la época. En 1732 el número de pobres censados era menos elevado (143) equivalente al 14 % de la población, aunque los pobres "profesionales", no aparecen censados.

  • El Ayuntamiento.

En la Edad Moderna, el alfoz vitoriano no sufrió cambios importantes. Algunas de sus aldeas fueron desapareciendo, dando lugar a mortuorios y despoblados: Olarizu, Adurza, Meana, San Román, Doypa, Betriquiz y Sarrícuri. Pero lo más importante fueron las disputas entre Vitoria y sus aldeas. La Junta de Nobles e Hijosdalgo de Elorriaga, -reunida en la iglesia de esa localidad hasta 1814- presionará de forma constante al poder municipal de Vitoria. Mientras tanto, la Junta de los Hombres Buenos de Lasarte -reunida en la iglesia de Lasarte- defendía los derechos de los pecheros. Los motivos de desacuerdo fueron siempre los mismos: el ejercicio de la justicia en las aldeas, la competencia sobre disfrute de pastos, aprovechamiento de bosques, etc.

Desde el siglo XV la autoridad de Vitoria sobre las aldeas se incrementó. Prueba de ello será el amojonamiento del "Campanil" como término propio de la ciudad, para beneficio común de los vecinos de Vitoria (pasto para sus rebaños, leña para sus hogares, etc). Este espacio acotado por mojones -que eran y son revisados todos los años por la corporación municipal (la conocida Visita de Mojones en la romería de Olarizu)-, incluía todos los términos donde era posible escuchar las campanas de Vitoria, de ahí su denominación. Así, a lo largo de toda la Edad Moderna, ambas entidades -ciudad y aldeas- permanecieron formando un solo ayuntamiento, ubicado en la villa, con jurisdicción civil y criminal sobre el distrito, aunque sin excluirse la de los otros órganos de representación paralelos, esto es, las Juntas de Elorriaga y Lasarte.

Desde un punto de vista político, la ciudad en la época moderna se regirá por el Capitulado de 1476, aprobado por el rey Católico y que, con muy pequeñas modificaciones, se mantendrá en vigor hasta 1747. Este documento marcará la desaparición del sistema de concejo abierto y el origen del Ayuntamiento. A partir de entonces, este nuevo órgano lo compondrán 21 oficiales distribuidos entre los llamados Oficios Mayores (1 alcalde ordinario, 2 regidores y 1 procurador general), y los Oficios Menores, entre los que caben destacar los diez (más tarde once) diputados -que asumirán la representación popular en el cabildo-, un mayordomo bolsero, un alguacil o montero mayor y dos alcaldes de hermandad, así como un escribano. La renovación del Ayuntamiento tendrá lugar todos los años el día de San Miguel, 29 de Setiembre (así se hará hasta bien entrado el siglo XVIII en el que se adoptará el año natural), en la iglesia que lleva su nombre. La elección se regía por el sistema de la Insaculación. Primero se elegía un elector de electores entre los cuatro oficios mayores salientes. El elector designaba a cuatro electores que, a su vez, designaban a los cargos entrantes. El Procurador General era sometido a un doble juramento. Al día siguente de la elección, y después de haber jurado su cargo como los demás electos en la iglesia de San Miguel, el Procurador procedía a un segundo juramento en la plaza situada a espaldas de la propia iglesia, llamada del Machete o de las Covachas, ante el machete vitoriano con el cual se le amenazaba que se le cortaría la cabeza de no cumplir fielmente su cometido de defender los derechos y privilegios de la ciudad.

El Ayuntamiento vitoriano tenía también jurisdicción sobre las villas de Alegría, Elburgo y Bernedo y sobre todo el valle de Zuya, que componían el llamado "Señorío Vitoriano". Ello implicaba que los oficiales designados en aquellos lugares en las mismas fechas debían acudir a la ciudad para que el Ayuntamiento les confirmase en sus cargos y les tomase juramento. En cuanto al valle de Zuya, las autoridades de Vitoria acudían unos días antes de San Miguel para residenciar a las autoridades salientes y nombrar a las nuevas, en una ceremonia que se celebraba en la iglesia de San Miguel de Murguía.

Durante toda la Edad Moderna, el ayuntamiento estuvo dominado por una oligarquía urbana en la que posiblemente ya desde entonces pudieron confluir el viejo patriciado urbano y los representantes más preclaros de la pequeña nobleza rural alavesa que, apenas un siglo antes, se había incorporado a la ciudad en busca de recursos económicos y un espacio de mayor sociabilidad. Los instrumentos de poder al servicio de las élites urbanas a lo largo de toda la Edad Moderna fueron diferentes a los de otras ciudades, pues no hubo en ella la costumbre tan arraigada en los municipios castellanos del siglos XVI y XVII de la venta de oficios municipales. Por el contrario, una cédula real de 17 de abril de 1630, obtenida a petición de los gobernantes vitorianos, prohibía la venta de los oficios de gobierno de la ciudad y otorgaba a ésta la propiedad de los mismos. Este hecho supuso una especie de patrimonialización colectiva de los oficios y, por tanto, su enajenación respecto a la corona. De hecho, cuando en los primeros años del siglo XVIII Felipe V quiso reincorporar tales oficios a la monarquía, los vitorianos hicieron uso de este documento como uno de los pilares básicos de sus privilegios. No obstante, este monopolio que la oligarquía mantuvo durante siglos, fue roto en algunas ocasiones con mayor o menor fortuna. Así ocurrió en 1598, en 1690, años en los que hubo elecciones, y en 1738 -sin duda la ocasión más difícil- en la que veinte de las 21 vecindades que articulaban la ciudad, interpusieron pleito ante el Consejo de Castilla, contra las familias que durante siglos habían venido ocupando los oficios públicos, acusándolas entre otras cosas de malversación de fondos y fraude electoral.

Las reuniones del Ayuntamiento tuvieron lugar en el siglo XVI a falta de una Casa Consistorial, en el hospital de Santa María frente a la Colegial del mismo nombre. Más tarde se pasó al Convento de San Francisco y, a partir de comienzos del siglo XVII, a la Casa del Peso o Alhóndiga -que presidía la actual plaza de la Virgen Blanca- donde se habilitó una sala para este menester. A finales del siglo XVIII se construiría la Casa Consistorial actual presidiendo la Plaza Nueva.

  • Vecindades, Gremios y Cofradías.

Vecindades. Desde la Edad Media, Vitoria se hallaba dividida en vecindades, que alcanzaron el número de 22 a lo largo de la Edad Moderna. La vecindad la componían agrupaciones de vecinos que intentaban suplir las deficiencias asistenciales del Ayuntamiento. Sus funciones consistían en facilitar la ayuda mutua y la asistencia a los más necesitados, mantener la moral y la convivencia entre los vecinos, fomentar las conciliaciones con el fin de evitar, en la medida de lo posible el que se llegara a instancia judicial; administrar las posesiones de estas asociaciones, revisar las chimeneas y prever posibles incendios; acompañar en los funerales de los vecinos que han muerto; acudir a las procesiones de cada vecindad, etc. Tenían una organización específica, con instituciones y funciones propias, pero estaban supeditadas a la autoridad y control del gobierno municipal. Hasta finales de la Edad Media cada vecindad se organizó con sus propias ordenanzas pero a partir de 1483 quedaron todas ellas organizadas bajo unas ordenanzas unificadas, dando lugar a las "Ordenanzas de las Vecindades". Cada vecindad celebraba su fiesta patronal, honrando las glorias de sus santos protectores. Aún hoy quedan hornacinas e imágenes de estas vecindades en las calles más antiguas de Vitoria. Así eran cuatro las vecindades de las Calle Herrería, otras cuatro las de la Zapatería, tres las de Correría, tres las de Cuchilleria, dos las de Pintorería, a las que se añadían, la de Villasuso, Calle Nueva, Arrabal, Santo Domingo de Adentro y Santo Domingo de Afuera. Se regían por el mayoral y el sobremayoral, siendo éste la máxima autoridad, siempre a las órdenes y vigilancia del Procurador General del Ayuntamiento. Solían tener sus propios fondos con los que atendían sus funciones o realizaban obras pías. El sobremayoral era el que se relacionaba con el Procurador General del Ayuntamiento, como puente entre la comunidad de vecinos y el poder del municipio.

Gremios. Se situaban dentro de los ámbitos vecinales por tanto formaron partes integrantes de la Vecindad pero el objetivo gremial era otro y sus miembros aceptaban diferente compromiso como personas integradas en un gremio o como habitantes ubicados en una vecindad determinada. Los trabajadores manuales vivían agrupados, con arreglo a un escalafón muy definido. El maestro, sus oficiales y aprendices se aplicaban en crear el producto: el gremio vigilaba precios, horas de trabajo, sistemas de producciòn, formas asistenciales y llegaba a dirigir la organización de las fiestas patronales y otros modos de obligatoria piedad gremial. La estructura gremial, definida a travès de las ordenanzas, constituye el marco jurídico y legal que define y limita el desarrollo de la vida social y profesional del artesano. Aunque las más antiguas se remontan al siglo XIII (como lo puede atestiguar el propio plano urbanístico de la ciudad, cuyas calles recuerdan en su toponimia la costumbre de los artesanos de vivir agrupados), sólo se conservan las ordenanzas gremiales redactadas a partir del siglo XVI. Las Ordenanzas de la Hermandad de Sastres y Calceteros (1539), erigidas bajo el patrocinio del Apóstol Santiago, en la Iglesia Colegial, que son las más antiguas. El último tercio del s. XVI y el s. XVII es el período en el que los gremios vitorianos adquieren mayor protagonismo. Sin embargo, en contraste con otras ciudades, llama la atención la aparente debilidad organizativa de los gremios o corporaciones de oficios en Vitoria.

Cofradías. Sí existieron en Vitoria cofradías gremiales, si bien no todos los oficios las tuvieron. Eran las Cofradías asociaciones que tenían un marcado carácter religioso, en torno a un santo patrón y a unas devociones particulares, así como ciertas prácticas de convivencia y de asistencia mutua. Unas eran cofradías gremiales reservadas a los miembros de un determinado oficio, mientras que otras eran cofradías piadosas abiertas a una participación más general. Incluso algunas poseían una posición particular dentro de la ciudad, como ocurría con la cofradía de la Vera Cruz que en el siglo XVIII era gobernada por el propio Ayuntamiento que elegía como mayordomos de la misma a sus dos regidores. A finales del siglo XVI había en Vitoria 31 cofradías: Santísimo Sacramento, San Cristóbal, San Juan de Arriaga, San Antón, San Luis, San Llorente (del gremio de las tenerías), Santa Águeda (de los zapateros y curtidores), San José (que agrupaba a carpinteros, tallistas y trabajadores de la madera), San Lucas (de los escribanos de Vitoria), Vera Cruz, el Rosario, la Misericordia en el de San Francisco, etc). Todas ellas tuvieron a su vez sus ordenanzas: San José (1581, ampliadas en 1622); Nuestra Señora la Blanca, que agrupaba al gremio de cereros (comienzos del s. XVII); las de trajineros y marchanteros (1625); las de los labradores de San Isidro y Santa María de la Cabeza (1650, reformadas en 1677); San Rafael, pertenenciente a maestros boticarios y médicos (siglo XVII); además, en 1607 se aumentarían las de los cordeleros y en 1650 se redactarían unas nuevas ordenanzas de cereros. En el siglo XVIII, a pesar de los intentos reformistas de la administración que pretende poner fin a la organización gremial, y a pesar de la oposición de ciertos grupos sociales como ilustrados y comerciantes que van a tratar de restringir la autoridad gremial, se seguirán aprobando ordenanzas: las de Latoneros y Vidrieros (1742); una nueva edición de las de Sastrería y Calcetería (1749); nuevas ordenanzas de la Hermandad de las cofradías de San Crispín, San Lorenzo y Santa Agueda, de zapateros y curtidores (1750). Tres años después se constituiría la hermandad del Apostol Santiago a la que se acogían los maestros confiteros de la ciudad.

A los cinco templos medievales -San Ildefonso, San Pedro y Santa María (finalizados en el siglo XIV), San Miguel y San Vicente (siglo XV)- se añadieron en la Edad Moderna otros destinados a velar por la salud de las almas vitorianas. Del siglo XVII datan la Capilla del Colegio de San Prudencio y la del convento de la Concepción -luego San Antonio-, construida a expensas de la Condesa de Triviana extramuros de la ciudad dentro del más puro estilo herreriano. Además, a los conventos de mayor tradición -Santo Domingo y San Francisco (ambos del siglo XIII)-, se fueron añadiendo el de Santa Cruz (siglo XVI), y los de Santa Clara y la Magdalena. De menor entidad artística eran las ocho ermitas situadas en los alrededores de la villa: San Martín de Avendaño, San Juan de Arriaga, la Visitación de Santa Isabel, Santa Marina, Santa Lucía, Nuestra señora de Olarizu y San Cristóbal. Algunos de ellos nacieron o se completaron gracias al mecenazgo de familias y hombres ilustres: Juan Martínez de Adurza, argentier de Carlos V financió con 200.000 ducados la construcción del convento de Santa Clara, como Fortún Ibañez de Aguirre, albacea de Isabel la Católica y Consejero de doña Juana y su hijo Carlos, hizo lo propio con el de Convento de Santa Cruz, así como la Capilla de la Milagrosa y el coro de la iglesia de San Vicente; Diego Martínez de Salvatierra, impulsor de la Capilla de los Reyes en la iglesia de San Pedro, como don Pedro de Oreitia y Vergara, fallecido en 1694, actuó como bienhechor del Convento de Santo Domingo al que donó tres cuadros de Ribera (el Cristo, San Pedro y San Pablo).

Patrona vitoriana desde 1921, Ángel de Apraiz demostró que la devoción a la Virgen Blanca en Vitoria se debe a Sancho el Sabio de Navarra y a su mujer, venerándose en la entonces iglesia románica de San Miguel. Su imagen, sin embargo parece proceder del siglo XIV y es independiente del pórtico al que precede.

E igualmente esta tierra será el origen de muchos y grandes misioneros como Jacinto de Esquibel, misionero en Filipinas y profesor de la Universidad de Manila, que murió mártir. O el beato Tomás de Zumárraga, que difundió su doctrina en Filipinas y Japón, siendo martirizado en 1623. Diego de Montoya y Mendoza, que rigió las diócesis de Popayán y Trujillo; Juan de Gaona, misionero en México, Jerónimo de Ortigosa, que lo fue en Nueva España, Pascual de Vitoria, Juan Ramirez que llegó a ser obispo de Guatemala, Domingo López de Salazar, obispo de Filipinas, etc.

Por lo que se refiere al clero, el padrón de 1578 habla de 58 personas pertenencientes al clero secular, pero nada dice respecto al clero regular. Landázuri, a finales del siglo XVIII, cifra este último en 120 frailes y 80 monjas. Sea como fuere, en nuestra ciudad, como en el resto del País Vasco, el número de clérigos era más alto que en el resto de la Monarquía. Algunas comunidades religiosas protagonizaron en Vitoria varios acontecimientos. El más famoso, el conocido como "la fuga de las monjas carmelitas descalzas en 1650". Procedentes de Burgos, estas religiosas se asentaron en Vitoria en 1575 en el convento de Santa María Magdalena o de San Lázaro -antes leprosería-. Pasado algún tiempo, sus homónimos masculinos pretendieron instalarse en el recién construido convento de San Antonio, en disputa con los recoletos de San Francisco que, por sentencia de 1648, se acabaron implantando en él. Ante la negativa del Ayuntamiento, y despechados los carmelitas, que ya habían fundado en Logroño, indujeron a sus hermanas de orden a trasladarse a la Rioja. El rechazo municipal y del Nuncio de su Santidad, propiciaron que la noche del 3 de diciembre de 1650, en medio de una borrasca de viento y de nieve, huyeran clandestinamente las monjas de su convento secundadas por sus amigos los frailes. Alcanzadas por el Diputado General en la Puebla de Arganzón a 15 Kms. de Vitoria, retornaron al convento donde dejaron de tocar las campanas y de cuidar el Sacramento. En 1651, tras encarnizado pleito, el Tribunal del Nuncio falló autorizando a la comunidad a trasladarse a Logroño, al lado de sus compañeros de Orden. Vacante el edifico, el Ayuntamiento acordó que lo ocuparan las monjas de la Orden del Salvador, llamadas Brígidas, cinco de las cuales llegaron desde Valladolid en 1653 permanenciendo en esta ciudad hasta nuestros días. Otro episodio, aunque de más trascendencia y duración, fue el provocado por la pretensión de los jesuítas de fundar un colegio en Vitoria.

Era seguramente con el apartado del abastecimiento, el capítulo al que más atención dedicaban las autoridades municipales en aquella época. Así, era costumbre que todos los años por Navidad se entregasen 1.500 rs. en limosnas a los pobres y que el día de San José fuesen los mismos capitulares municipales los que pidiesen limosna en las iglesias para entregarla a los pobres. El Ayuntamiento ayudaba asimismo con donativos -en dinero o en especie- al Hospital de Santiago y a los conventos relacionados con la caridad.

Pero la labor más importante y continua era la que se realizaba a través de médicos y hospitales. Los médicos estaban al servicio de la ciudad, atendían al hospital y eran pagados por el Ayuntamiento, según sus obligaciones. Lo normal era que hubiese dos o tres, aunque hay años en los que sólo se contaba con uno y otros en los que ascendían hasta a cuatro. Normalmente los médicos percibían los 4/5 del sueldo del Ayuntamiento y el quinto restante del hospital. Contaba Vitoria con cuatro casas de carácter asistencial, todas ellas bajo el nombre de hospitales: el hospital de Santa María de la Anunciación, o de Santa Ana según Landázuri, situado frente a la Colegiata del mismo nombre, el Hospital de San Lázaro o casa de Santa María Magdalena, y el de San Pedro, fundado en 1396 por García Martínez de Estella y reedificado con posterioridad en 1502, -situado frente a la iglesia de su misma advocación en la calle Herrería, no fue desde su origen otra cosa que un albergue de pobres-. A ellos se añadirán el Hospital de San José erigido en los albores del siglo XVI en la tercera Vecindad de la Herrería por Pedro Ochoa de Lepazarán "Belcha" y cuyo patronato correspondía también a un particular, don Diego Martínez de Esquivel y Verástegui, quien gozaba del mayorazgo de Gaona y el que, sin duda, era el único que funcionaba como hospital -el de Santiago-, situado en la plaza de la ciudad junto al convento de San Francisco. Erigido inicialmente por Ferrant Pérez de Ayala allá por 1419 con el nombre de Santa María del Cabello, hubo de ser reconstruido en 1551 después del voraz incendio acaecido en 1492 y posteriormente remozado en numerosas ocasiones, la última de las cuales tendría lugar en 1735 y 1736 gracias al dinero aportado por el concejo procedentes de la sisa nueva. Sometido al patronato del Ayuntamiento por cesión de don Atanasio de Ayala, confirmada por Cédula Real de 17 de abril de 1535, elegía aquel entre sus capitulares dos personas que con el nombre de mayordomos velaran por la buena organización y administración de este hospital. Señalaba igualmente el concejo un administrador de las rentas y efectos del hospital quien, a cambio de un salario, se encargaba de la administración y la gestión de las finanzas de esta institución. Las rentas anuales ascendían a unos 9.220 reales y 341 fanegas de trigo que entre préstamos, juros y otras circunstancias, se veían notablemente reducidos de forma que necesitaban la limosnas de los vecinos para poder sobrevivir. Su situación financiera fue en algunos momentos tan apurada que llegó a pensarse en cerrar sus puertas. En él se acogía a enfermos, pobres, asilados y peregrinos, a los cuales se daba cama, luz y lumbre, además de un pequeño estipendio de tres maravedis diarios y limosnas extraordinarias en las tres pascuas anuales. Solía acoger una media de 15 o 16 enfermos, si bien no lo hacía en épocas de pestilencia, en las que los enfermos eran sacados del recinto amurallado aunque el hospital se hacía entonces cargo de muchos de los gastos.

Aunque en lo cultural no fuera Vitoria una ciudad con instituciones equiparables a las de Salamanca o Alcalá, en sus modestas proporciones sí aparece una honda preocupación del Ayuntamiento por la formación de sus niños y jóvenes en las primeras letras y en las Humanidades. Los conventos de San Francisco y Santo Domingo tenían a su cuidado la instrucción religiosa -unida a la de las primeras letras-, además de formar a los novicios que entraban en las respectivas órdenes de franciscanos y dominicos.

La cultura rara vez llegaba a las masas pobres que por lo común eran totalmente ignorantes. Sin embargo, para las élites sociales, la cultura tenía, además de un valor intelectual, un enorme valor social, equiparable a sus fortunas, sus linajes, sus palacetes, o sus hábitos de las órdenes militares. Las grandes universidades -Oñate, Salamanca y Valladolid- y los más afamados Colegios Mayores de la época -Santa Cruz de Valladolid, los cuatro colegios de Salamanca, el del San Ildefonso de Alcalá de Henares o el de San Clemente de Bolonia en Italia-, acogieron entre sus muros a los hijos de las más poderosas familias vitorianas de la época. Desde ellos solían proyectarse después hacia los altos cargos de la iglesia, el estado y la administración.

En Vitoria, el Ayuntamiento mantenía a través de sus Propios al menos dos maestros "de leer y escribir". Existía después un estudio de Gramática, cuya primera sede fue la sinagoga judía que, trás su expulsión pasó a manos municipales las cuales, por una decisión de 1493, la destinaron a ser el primer estudio de Letras humanas, cuyo profesor fue el bachiller Pedro Díaz de Uriondo. Por sendos decretos municipales de 1581 y 1582, dicho estudio pasó al hospital de Santa María. A principios del siglo XVII se habla de los estudios de Gramática localizados en los hospitales de Santa María y Santiago. En 1605 el preceptor de Gramática era Martín Sevilla, que cobraba del municipio el sueldo de 200 ducados. A este estudio por lo general no asistían ya más que los hijos de la oligarquía. En relación con estos estudios hay que mencionar la fundación por un preclaro vitoriano, Martín de Salvatierra -quien llegara a ser obispo de Segorbe y Ciudad Rodrigo y muerto en 1604-, del Seminario de San Prudencio. Este centro inició su andadura en pleno reinado de Felipe IV, hacia 1653. El estudio de Gramática fue entonces trasladado al seminario, donde ya parece que el número de profesores fue mayor. Allí cursaron los jóvenes de Vitoria los seis años de estudios antes de partir hacia universidades foráneas.

En 1622 el Ayuntamiento quiso dotar a la ciudad de un teatro con el que favorecer la representación de comedias a las que era muy aficionado el público vitoriano. Hasta entonces las representaciones tenían lugar en el hospital de Santiago. Sin embargo, ciertos grupos se opusieron alegando, "...que en la dicha ciudad son muy ocupados y trabajadores la mayor parte de los vecinos y no es bien hazer teatro de proposito ni introduzir comedias porque se haran oziosos y faltaran a sus travaxos...".

Otras empresas relacionadas con la cultura fueron las sucesivas tentativas que, a lo largo de la Edad Moderna, se dieron en esta ciudad de cara a la instalación de un colegio de la Compañía de Jesús. Martín de Salvatierra lo intentó a finales del siglo XVI, en 1583 don Diego de Álava, en 1592 doña Magdalena de Centurión, en 1692 don Balthasar de Arechavaleta, -vitoriano muerto en Perú que legó a la ciudad 40.000 escudos de a diez reales de plata para la fundación- y en 1736 don Juan Francisco Manrique y Arana, Gobernador y Capitán General de la plaza de Orán. Asentados finalmente desde la década de los 30, sufrieron la expulsión general decretada en tiempos de Carlos III (27 de febrero de 1767).

En otro orden de cosas, y limitándonos exclusivamente a los personajes nacidos en Vitoria, la lista de intelectuales en estos siglos es densa: desde literatos de renombre como Jerónimo de Mendieta, autor de una Historia eclesiástica indiana fallecido en 1604; Martín Alonso de Sarría, a cuya pluma se debe el Teatro Cantábrico, fallecido en 1642; o Diego Martínez de Salvatierra que escribio Gobierno y República de Vitoria, o Gaspar de Añastro, comerciante vinculado al tráfico con Flandes y que tradujo a Bodin. Escultores como Beltrán de Otazu, nacido en Vitoria en 1535 y autor de numerosas obras repartidas por Palencia, Murcia y Alcalá de Henares, localidad en la que se halla el retablo de los Doctrinos, sin duda su mejor obra.

Muerto Carlos II sin descendencia, fue entronizado Felipe V. Vitoria acogió favorablemente el cambio de dinastía, proclamando al nuevo rey en una ceremonia que tuvo lugar el día 9 de diciembre de 1700 en la plazuela del alto del Campillo, frente al palacio de Montehermoso. El monarca visitó la ciudad en medio de una tempestad de nieve y lluvia el día 1 de febrero de 1701, prolongándose su estancia durante dos días. Con este motivo se organizaron algunos festejos, entre los que se incluyó una fiesta de toros. Su primer acto fue jurar los fueros, acción que se repetiría posteriormente en 1722. Tras el estallido de la Guerra de Sucesión (1701-1714), Álava y Vitoria mostraron su fidelidad a los Borbones, ya participando en los gastos de guerra con fondos y especialmente con hombres, ya acogiendo a la reina María Luisa de Saboya en su huida del escenario de la guerra. Acudió la soberana a Vitoria en 1710 con su hijo Luis y con varios consejeros y cortesanos, alojándose en el palacio de los Aguirre durante tres semanas. El 20 de diciembre de 1710, cuando las victorias de Brihuega y Villaviciosa abrieron a Felipe V las posibilidades de su definitivo triunfo, la reina se despidió de los vitorianos "que tan lealmente le habian atendido...". Como prueba de su agradecimiento, concedió a su anfitriona, doña Purificación de Ezpeleta Álvarez de Toledo, el título de Marquesa de Montehermoso. Este hecho quedó fuertemente grabado, como lo demuestra el Barón de Pollnitz que, a su paso por Vitoria en 1725, recuerda que a esta ciudad se retiró la reina.

Las visitas reales se sucedieron en los años siguientes. A principios de 1723 llegó Felipa Isabel de Borbón, princesa de Orleans, hija del regente de Francia, llegada a España por causa de su compromiso matrimonial con el futuro Carlos III, que más tarde quedaría roto. El 2 de enero de 1745, será Maria Teresa de Borbón, hija de Felipe V e Isabel de Farnesio, la que pase por Vitoria en vísperas de su boda con el delfín Luis, hijo de Luis XV de Francia. Tenía la delfina 18 años y la infortunada moriría al año siguiente. Durante el reinado de este primer Borbón, Vitoria contribuyó a las arcas reales en numerosas ocasiones. Por lo general, a diferencia de lo que había hecho en los reinados anteriores, optó más por colaborar en las contribuciones globales de la provincia que por efectuar las propias. Sin embargo, en dos ocasiones concedió Vitoria un servicio propio al rey. En 1706 le entregaba 2.000 doblones de a dos escudos de oro, mientras que, en 1710, eran 1.000 doblones los que se facilitaban a la reina en su paso por la ciudad. En aquella primera ocasión, Vitoria solicitó a cambio la prórroga de sus arbitrios de sisa para tomar los 2.000 doblones a censo sobre ellas. Este donativo trajo disputas con la Jurisdicción, más partidaria de dar al rey solamente 1.000 doblones financiados por vía de reparto vecinal sobre las haciendas.

Además, Vitoria, a través de su Hermandad, participó muy activamente en los servicios, tanto pecuniarios como militares que Álava efectuó en los primeros 50 años del siglo a la Corona: 1703 (2.500 doblones de oro), 1708 (1.000 doblones), 1709 (500 hombres), 1713 (sendos donativos de 80.000 reales y 1.000 doblones, que sin embargo Landázuri sitúa en 1711), y 1743 (4.000 doblones). El mismo autor menciona además otros servicios: uno de 2.500 doblones de a dos escudos de oro (1701), efectuado por Álava con motivo del primer matrimonio de Felipe V; en 1710 el donativo lo compondrían mil fusiles y, desde 1719 en adelante, 18.000 pies de árboles distribuidos en varios lotes destinados a la construcción de navíos de guerra; en 1725 y 1727, sendos servicios consistentes en "... haber tenido dentro de su territorio... seis regimientos de infantería y caballería que ocasionaron grandes desazones à los naturales, y muchos gastos y molestias à la provincia y Diputado General...".

Sin embargo, los fueros alaveses preveían un régimen especial en esta materia. En Álava no se aplicaba el servicio de quintos que tantos problemas causaba en otros lugares. Además, las tropas reales no podían cruzar suelo alavés sin el consentimiento del Diputado General y, en caso de necesitarlo, las fuerzas reales eran acompañadas por los comisarios de tránsito, que junto con alcaldes y jefes militares disponían el lugar de acantonamiento. En caso de guerra se elegía un general jefe, así como una diputación de guerra que tomaba las medidas oportunas. En la primera mitad del siglo XVIII el único servicio militar que como tal realizará la ciudad a través de la provincia data de 1709, cuando ésta decidió enviar al rey 500 infantes para guarnecer las fortalezas y plazas de San Sebastián y Fuenterrabía. Sin embargo, otros intentos posteriores fracasaron precisamente porque Vitoria apeló a los derechos forales de la provincia. En adelante los servicios de hombres fueron "permutados" por aportaciones pecuniarias. Por el sistema de reparto interior correspondieron a Vitoria 44,5 soldados, cuyos gastos de alimentación y conducción a Pamplona ascendieron a 12.563 reales a repartir entre sus fogueras, lo que daba lugar a unos 7 reales por cada pagador. A ello se añadió otro repartimiento general para armar a los 500 hombres, lo que supuso otros 4 reales por cada pagador. En 1717 las Juntas rechazaban, a instancia de las autoridades de Vitoria, la petición cursada por el Capitán General de Guipúzcoa de "... poner vandera en que se alistasen soldados para el reximiento de Andalucia..." y en 1719 lo hacían nuevamente ante la petición de gente y víveres generada por la invasión de Gipuzkoa por el ejército francés. En esta última ocasión Álava había decidido que los alaveses se armasen, pero Vitoria se opuso a ello por temer que en tales circunstancias el rey pudiese exigir gente armada y "quedara aniquilada y desierta la provincia...".

Claro que, por aquellas fechas, Vitoria, lo mismo que la provincia, dudaba acerca de cual era el bando que debía contar con su fidelidad cuando, a la caida de Pasajes y Fuenterrabía, la provincia de Gipuzkoa quedó sometida a los franceses. Finalmente en agosto de 1719 Álava y Vitoria aceptaron con resignación su propia subordinación al ejército francés. No obstante, la ciudad solía obtener a cambio importantes contrapartidas. En 1708 se beneficiaba del privilegio concedido a la Provincia de "... ejecutar sentencias que se dieren por el Diputado General Alcaldes de Hermandad y ordinarios sin embargo de Apelazion...", y en 1710 Felipe V reconocía la propiedad de los oficios públicos a los vitorianos, tal y como habían hecho sus antepasados.

El rasgo más visible de la foralidad lo constituían las fronteras aduaneras y la colocación de los puestos de aduanas en Orduña, Balmaseda y Vitoria, que formaban parte del llamado Distrito de Cantabria. Gracias a este régimen las Provincias Exentas tenían una administración propia en la que las contribuciones, derechos de aduanas y otros impuestos, servían para cubrir gastos internos. La Real Orden de 31 de agosto de 1717 pretendió someter a las Provincias Exentas al mismo régimen aduanero que al resto de la Monarquía para lo cual mandaba trasladar la frontera de Castilla al río Bidasoa, y los puertos interiores o secos -Vitoria, Balmaseda, Orduña- al litoral marítimo. Esto haría tambalear la estructura comercial de Vitoria. Tras cinco años de forcejeo con el poder central, el real decreto de 16 de diciembre de 1722 dispuso el traslado de las aduanas a su asentamiento inicial. Pero no acabaron ahí los problemas. En 1731 el ministro Patiño intentó impulsar la carretera directa Burgos-Santander para regular la comunicación entre la meseta castellana y los puertos del Cantábrico. La burguesía de Bilbao se sintió amenazada y buscó una ruta alternativa. De las tres vías propuestas, dos -la de Balmaseda y la de Orduña- dejaban de lado a Vitoria como punto de paso obligado, lo cual suponía la ruina de la principal actividad de la ciudad. La burguesía vitoriana protagonizó entonces uno de los altercados más graves de toda la Edad Moderna, intentanto hacerse con el control del poder municipal a fin de aplicar una política fiscal y económica que hiciera de Vitoria un núcleo comercial competitivo. Muerto Felipe V el 9 de julio de 1746, fue sucedido por su hijo Fernando VI. Su reinado trajo a Vitoria de nuevo la paz, al intervenir en el conflicto del lado de la oligarquía nobiliaria que siempre había controlado el Ayuntamiento, imponiendo el orden anterior. Sin embargo, dio su aprobación a las Ordenanzas de 1747 elaboradas por las Gentes del Comercio durante su estancia en el poder, así como a un Nuevo Reglamento Arancelario que, en adelante, regirán la vida política y económica de la ciudad recogiendo las aspiraciones de la burguesía. Desde entonces,Vitoria disfrutó de una paz duradera, apenas perturbada por algunas levas de soldados necesarios para las guerras emprendidas por la Corte en 1763 o 1770, aunque la lucha no llegó a ensangrentar su suelo hasta la Guerra de la Convención. Vitoria aprovechará esta etapa para alcanzar una mayor prosperidad, posibilitada por la actuación reformista de los Borbones.

En 1759 alcanza el trono Carlos III; Vitoria conocerá en esta etapa un gran impulso cultural y urbanístico, gracias a la labor de la Real Sociedad Bascongada. Nuevamente el tema de las aduanas se vería agravado en la Ordenanza del 8 de marzo de 1783, que confirmó la lesiva situación de los fueros y privilegios de Álava al disponer que el Diputado General fuera asesorado en esta materia por un Alcalde Mayor nombrado por el rey. El esfuerzo de Félix María de Samaniego nombrado Comisonado en Corte serviría de muy poco.

Estallada la Revolución Francesa en 1789, Vitoria se convirtió en refugio de muchos nobles que huían de la misma. Así, el Marqués de Montehermoso puso su casa a disposición de los duques de Stignac y otros refugiados franceses. Algunos que se impregnaron de las ideas revolucionarias, como Valentín de Foronda, vieron en la Revolución francesa un ejemplo a seguir y, mientras algunos declaraban abiertamente su apoyo, otros, como Ortuño de Aguirre, lo hacían más solapadamente a través de las tertulias de sus salones, en las que se reunían gentes de variada condición, especialmente jóvenes de ideas avanzadas. El siglo terminó sumido en la guerra contra la Convención Francesa a partir de 1793. Tras apoderarse de Fuenterrabía, San Sebastián y Tolosa en agosto de 1794, los franceses recorrieron la llanada alavesa en julio de 1795 causando numerosos destrozos. El día 16 de julio de ese mismo año los franceses entraron victoriosos en Vitoria provocando la huida de las autoridades. Ante la imposibilidad de resisitir, España firmará la Paz de Basilea el 22 de julio, poniendo fin a este enfrentamiento con el país vecino que, no obstante, no tardaría en repetirse ante la actitud conquistadora de Napoleón, cuyas consecuencias se dejarían sentir nítidamente en nuestra ciudad.

Si hasta el siglo XVII la vida de la ciudad se contuvo dentro de las murallas, en el siglo XVIII éstas se derribaron, iniciándose una importante transformación urbanística que tendría su pleno desarrollo en el siglo siguiente. El ensanche, cuyo promotor fue el Marqués de la Alameda, Ramón de Urbina Gaytán de Ayala, tuvo como elemento fundamental la construcción de la Plaza Nueva que, junto con la traida de aguas desde Berrostegieta, constituye la principal obra del siglo. El espacio elegido para su ubicación fue el "Fondón del Mercado", salvándose así el desnivel que separaba esta zona con el casco medieval situado en la colina. La plaza comenzó a construirse el 17 de octubre de 1781 y el coste de la obra ascendió a 1.154.860 reales. Su valor arquitectónico lo corrobora el hecho de haber sido declarada Monumento-Histórico-Artístico de carácter nacional, por decreto de 17 de julio de 1984. Se denominó en origen Plaza Nueva y así aparecía en los proyectos de Olaguibel. En el siglo XIX fue conocida como Plaza de la Constitución y, entre 1927 a 1931, Plaza de Alfonso XIII. Entre 1931 y 1936 adquirió el nombre de Plaza de la República y desde el 26 de agosto de 1936 su nombre oficial es Plaza de España. Sin embargo, el nombre popular por el que ha sido conocida durante años es el de Plaza de los Arcos. Dentro de ella se encuentra la Casa Consistorial, cuyos planos fueron presentados por Olaguibel en octubre de 1782. El 24 de diciembre de 1791 tiene lugar la primera reunión del Ayuntamiento en la nueva sede. También data de esta etapa la construcción de los Arquillos, atribuidos al mismo autor y considerada como la obra perfecta para salvar el desnivel de la vieja colina. Los Arquillos orientales, también llamados "del Juicio" (desde la Plaza de España hacia la Cuchillería), se finalizarían en 1792. El resto se construyó según proyecto aprobado del Arquitecto Güemes el 15 de junio de 1801.

Todas estas edificaciones se llevaron a cabo dentro del más puro estilo Neoclásico, como lo será también la fachada del convento de la Magdalena, de 1783. La imagen y el gobierno de la ciudad mejoran extraordinariamente en la segunda mitad de siglo. En 1779 el Ayuntamiento comienza a proyectar una serie de normas de policía destinadas a mejorar la vida dentro de la ciudad, buscando el orden, la tranquilidad y la seguridad. En 1784 se constituye una Junta de Policía cuyos efectos pronto se dejan sentir en el vecindario: mejora la iluminación nocturna de las calles, retirada de los estorbos que impedían el libre tránsito y establecimiento de unas reglas para la limpieza permanente, un rasgo que llamaría poderosamente la atención a cuantos extranjeros visitaban la ciudad.

El desarrollo urbano estuvo vinculado al crecimiento de la población, como se pone de manifiesto en los censos locales de 1732 y 1747, y los censos de Aranda de 1768 y de Floridablanca en 1786, en los que Vitoria cuenta respectivamente con 4.400, 4.585, 5.028 y 6.302 habitantes. Sobre estas cifras, la población vitoriana venía a representar a mediados del XVIII en torno al 7,09 % del total de la de Álava, que contaba por entonces con unos 64.600 habitantes. Entre 1768 y 1786 los efectivos demográficos se incrementan en un 15,82 % (861 habitantes en cifras absolutas) lo que supone un crecimiento superior al de los últimos tres siglos. Además, mientras entre ambos censos el aumento de la población española general supone un 12,09 %, el porcentaje en Vitoria es superior ya que alcanza el 15,82 %, produciéndose además un fuerte rejuvenecimiento de la población debida más a la disminución de la mortalidad infantil que al aumento de la natalidad.

La distribución del número de vecinos en el interior del recinto de la ciudad nos habla del escaso peso específico -cada vez menor además- de la población de Villasuso (22 vecinos en 1747) y de la concentración poblacional en las calles de mayor tradición artesanal y comercial (Arrabal 98, Aldave 42, Cuchillería 123, Correría 166, Zapatería 198, Pintorería 139, Herrería 134). Habían sido esas calles además las que más habían sufrido los rigores de la crisis del siglo XVII, mientras que las calles periféricas ganan población. Tal vez el ejemplo más representativo sea la calle o tramo de Santo Domingo-Calle Nueva, que entre 1578 y 1747 duplicó el número de sus vecinos (los 137 vecinos de 1578 se transforman en 233 en 1747). Por el contrario, en los primeros años del siglo XVIII las calles artesanales y comerciales distan todavía -a pesar del crecimiento experimentado- de las poblaciones que ellas mismas alcanzaban en el último cuarto del siglo XVI.

Dentro del contexto de la demografía cualitativa, Vitoria se hallaba plenamente integrada en un modelo demográfico de Antiguo Régimen, caracterizado por una alta natalidad -entre un 41,31 por mil y un 37,78 por mil a mediados de siglo-, una alta mortalidad -situada en torno a un 34 o 40 por mil- y un determinado ciclo vital anual con claras conexiones agrícolas. En definitiva, "...una población poco urbana en el sentido postindustrial del término...".

La población no activa representa en torno al 11 % del total. Como en la Edad Media, seguían siendo predominantes en Vitoria los sectores secundario y terciario. Sin embargo, entre 1578 y 1747 conoce la ciudad un incremento del peso específico del sector primario en el conjunto de la población (en torno al 310,71 %) al pasar de 57 a 174 el número del agricultores, a pesar de contar con niveles de población similares, lo que parece significar una cierta "ruralización". Los datos no ofrecen dudas al respecto. Si en 1578 el sector primario representaba el 6,85 % de la población, el secundario el 59,48 % y el terciario el 33,65 %, en 1747 alcanzaban el 21,82 %, el 41,77 % y el 36,40 % respectivamente. Era Vitoria, por tanto, una ciudad de fuertes connotaciones agrícolas.

Sin embargo, el sector secundario seguirá siendo el dominante al ocupar a 355 individuos, aunque dentro de él se habían producido cambios cualitativos importantes. Ahora, las actividades más fuertes serán las relacionadas con el textil y la confección, seguidas de la construcción -que duplica sus efectivos respecto a 1578-, y las del cuero o piel. Sin embargo en el siglo XV el grupo de actividad dominante era el metal y en 1578 el textil y confección pero seguido del cuero. En el XVIII es el sector de la construcción el que conoce un incremento más espectacular, mientras que el del metal y el cuero, tradicionales en la ciudad, llevan un camino descendente hasta representar un menor peso específico que en el XVI. Así pues, en lo esencial, la estructura artesanal vitoriana quedaría escasamente alterada, pero se había transformado la distribución por subsectores. Frente a los 56 tejedores de 1578, Vitoria cuenta en 1747 con apenas 36, sobre niveles de población similares. No era un verdadero núcleo textil, pero a decir verdad nunca lo había sido. La situación interior de las aduanas que confería al País Vasco el carácter de zona de libre comercio, había venido impidiendo desde tiempo atrás el arraigo de industrias de bienes semiperecederos -entre ellos los tejidos- en su territorio. Sin embargo, el sector textil vitoriano comenzó a resurgir de sus cenizas en el siglo XVIII, vinculándose ahora a la fabricación de tejidos de lino fino y cáñamo: los lienzos, destinados a la fabricación de mantelerías. Desaparecen los marragueros -apenas quedan dos- y la fabricación de tejidos baratos queda limitada a la producción de costales. Por lo demás, la actividad dominante sigue relacionándose con la manipulación de tejidos: sastres, calceteros, sombrereros, etc. Mientras tanto, el incremento del sector de la construcción, que duplica sus efectivos humanos con niveles similares de población entre ambas fechas, se muestra como el preludio de lo que habrá de ser una de las grandes etapas de la construcción en Vitoria, en la segunda mitad del siglo, que daría vida a una gran parte de la obra de Olaguibel y de otros arquitectos que contribuyeron a completar el plano medieval de la ciudad. El trabajo de la piel, de fuerte tradición en Vitoria, se sostenía en 1747 en dos adoberías; las viejas, bajo la advocación de Santa Agueda y las nuevas bajo el patrocinio de San Lorenzo. Las 80 personas que en 1578 se dedicaban al metal, habían quedado reducidas tan sólo a 44 en 1747. El mantenimiento de las fraguas que salpicaban el contorno de la ciudad parece tener relación con el ímpetu de la construcción -fabricación de cerrajas, clavos, llaves y herramientas-, así como con el comercio. Nueve herreros y 24 herradores componían el sector, estos últimos alojados principalmente en la Herrería y el Arrabal.

El terciario, segundo en orden de importancia si nos atenemos a los datos, contaba en 1747 con unos 292 individuos englobando actividades muy diversas (profesiones liberales, comercio y transporte, alimentación, administración, etc). De todos ellos, sin duda los del comercio y transporte (140 personas) son los que cuentan con el mayor peso específico dentro del sector al ocupar a un 48 % de la población activa. Se trata además de una de las actividades predominantes en Vitoria al ocupar al 12,12 % de la población total. La actividad del comerciante vitoriano sigue vinculada a la recepción del hierro, herrajes y otras manufacturas, ya fuera a lomo de las caballerías o en carros desde las fraguas y ferrerías de Bizkaia y Gipuzkoa, o el de mercaderías de tejidos y seda, cacao azúcar, etc. procedentes del norte. Era ese el comercio a gran escala o "por mayor". A él se añadía el comercio por menudo de todo tipo de especiería, ropas y comestibles, a través de mostradores tendidos en la calle. Comparativamente hablando, este subsector es el que ha conocido un mayor impulso entre ambas fechas (un 18,64 %). Su localización dentro de los muros de la ciudad, los hace predominar en la calle Herrería y en segundo lugar en Zapatería, mientras que no existe ni uno solo en Villasuso, Pintorería, calle Nueva y Aldave. Así pues, la segunda mitad del siglo XVII y la primera parte del siglo XVIII, se mostraron decisivas en la configuración y consolidación del comercio vitoriano, lo mismo que del vasco en general. A finales de la centuria (censo de 1786), la población se dividía en: 316 servidores de la iglesia (11,41 % de la población), 24 profesionales liberales (0,86 %), 523 labradores y jornaleros (18,89 %), 72 comerciantes (2,60 %), 873 fabricantes y artesanos (31,53 %), 890 criados (32,15 %) y 70 funcionarios (2,52 %). Es decir, una ciudad centro de una comarca agrícola, la Llanada, y una sociedad típica del Antiguo Régimen en la que criados y sirvientes del culto eran muy numerosos.

A comienzos del siglo XVIII, el proceso de oligarquización al frente del poder municipal se había completado. Entonces apenas el 1,15 % de los vitorianos podía participar en las decisiones municipales y, de ellos, sólo la mitad tenía verdadera capacidad de acceso a los oficios concejiles dotados de un mayor poder ejecutivo. La minoría nobiliar monopolizaba los oficios mayores y más del 50 % de las diputaciones, cargos dotados del derecho de voto en las sesiones del Ayuntamiento. A mediados del siglo XVIII, los Álava, Esquivel, Hurtado de Mendoza, Rivas, Sarría, Zumalave, Verástegui, De las Cuevas, y algunos otros, configuraban una oligarquía urbana, marcadamente endogámica, definida por su status, su riqueza y sus orígenes. Sus redes familiares se extendían también hacia las oligarquías de las provincias vecinas, como los Idiaquez, los Corral, los Arriola, etc. Además, su poder se vió reforzado por la monarquía. El Real Despacho de 9 de agosto de 1710, confirmaba a Vitoria la propiedad de sus oficios públicos y de diferentes rentas y derechos. Con ello, la pretendida reincorporación de los oficios enajenados a la Corona se hizo inviable, a diferencia de lo acontecido en otras ciudades donde tal enajenación se había producido por compraventa de oficios.

Pero hubo problemas internos muy serios. Entre 1738 y 1748 tiene lugar un conflicto planteado por la burguesía vitoriana frente el control municipal que ejercían las minorías de notables, que les permitía, entre otras cosas, orientar la carga fiscal hacia las transacciones comerciales, perjudicando así los intereses de la burguesía ya amenazados seriamente por la política estatal. Los comerciantes, apoyados por el pueblo, litigaron ante el Consejo de Castilla contra la oligarquía nobiliaria -en la que en el fondo se querían integrar pues se consideraban a sí mismo nobles,- a la que acusaron de fraude electoral y de mala gestión de los caudales públicos, mientras en la calle se registraban serios tumultos. Durante un breve periodo de tiempo (1742-48) los burgueses sustituyeron a los nobles en el poder. En ese corto período de tiempo, tiene lugar la redacción y aprobación de las Ordenanzas de 1747. En ellas se endurecen las condiciones para ser cargohabiente, en particular a través del requisito de la nobleza. Un Privilegio Real de 13 de noviembre de 1710 confería a la provincia de Álava y dentro de ella a Vitoria, la capacidad de exigir a cuantos forasteros quisieren instalarse en su recinto: "... filiaciones de naturaleza, legitimidad y limpieza de sangre, a fin de conservar la pureza que han tenido, y deben tener, todos los que han sido, son y fueren Vezinos, Moradores y Habitantes de esta Provincia...". La nobleza de sangre representaba un importante signo de distinción, en el contexto de unos territorios donde la hidalguía de solar se hallaba muy generalizada. Y si en las mismas Bizkaia y Gipuzkoa, cuyos habitantes por gozar de la universal hidalguía podían demostrar fácilmente su nobleza con sólo mencionar su origen, debían presentar en cambio una ejecutoria de la Chancillería de Valladolid para ser incluidos entre los concejantes, cuanto más en Álava, donde aquella nunca existió. Así, señalan Marichalar y Manrique, que para ser hidalgo en Álava era preciso serlo según fuero de Castilla, de ahí que la oligarquía vitoriana se obsesionase por obtener hábitos de las órdenes militares, particularmente la de Santiago, muy exigentes en materia de nobleza.

La reforma municipal de Carlos III pretendía unificar y centralizar la organización de los entes locales, mediante la intervención de las haciendas concejiles con el fin de reducir sus facultades económicas y fiscalizar la inversión de los fondos recaudados. Con este propósito se creó en 1760 la Contaduría General de Propios y Arbitrios, dependiente del Consejo de Castilla. Seis años después el monarca ordenó también el nombramiento de Síndicos y Diputados del Común por elección popular para contrarrestar la prepotencia de los poderes locales. Pues bien, la reforma supuso para Vitoria el fin del llamado "Methodo Antiguo" para la organización de las finanzas municipales, muy maltrechas para entonces, y la imposición del Nuevo Reglamento que, entre otras cosas, supuso la unificación en una sola, de las cuatro bolsas de propios, sisas, alcabala del viento y alcabala de los bienes raíces, con el único fin de mejorar la gestión de las finanzas e intensificar el control sobre las mismas. Sin embargo, el poder de las oligarquías, lejos de quedar frenado, sufrió un nuevo impulso acompañado de su reforzamiento como grupo social.

En este siglo, el mundo de la cultura dió pasos gigantescos. En la segunda mitad la influencia de las ideas francesas será enorme. La enseñanza siguió bajo la responsabilidad del Ayuntamiento aunque en numerosas ocasiones se llegó a conceder licencias a varios particulares que solicitaron aun sin salario la creación de escuelas particulares. Así aconteció en 1704 cuando Cristóbal Ortiz de Cadalso obtuvo autorización para abrir en Vitoria una escuela donde enseñar a leer, escribir y contar, así como la doctrina cristiana a cuantos quisiesen asistir a ella. El Colegio de San Prudencio continuaba teniendo una "Cátedra en Humanidad", en la que se llegaron a formar alaveses ilustres como Lorenzo Prestamero. Incluso cuando la falta de rentas obligó a dar un uso distinto al edificio (en 1778 se destinó a Casa de Misericordia), allí permaneció el catedrático de letras humanas que enseñaba a mayores y medianos, mientras un repetidor se dedicaba a los más jóvenes. Los conventos de San Francisco y Santo Domingo siguieron encargándose de la teología escolástica, la dogmática, la lógica y la filosofía aristotélica. Para que la Teología moral llegase al entendimiento del pueblo, existía el cargo de lectoral de la insigne Colegial de Santa María con la obligación de enseñar todas las mañanas a quien quisiera escucharle. En 1751, una Real Provisión de 18 de abril, daba luz a la fundación de un colegio de la Compañía de Jesús en la ciudad. Sin embargo, fue todavía frecuente que los hijos de las clases más acomodadas recibieran en Francia una enseñanza más humanística y científica -al margen de la eclesiástica que podían recibir en Vitoria-, fundamentalmente en el Colegio Municipal que la Compañía de Jesús tenía en Bayona, donde entre otros insignes alaveses, recibió formación Félix María de Samaniego entre 1758 y 1764.

Con el discurrir del siglo XVIII y el desarrollo de las ideas ilustradas, se pusieron al alcance de las élites, en esta y otras ciudades, nuevos ámbitos de acción en el campo de la cultura. En este sentido, deben destacarse las Sociedades de los Amigos del País, entre las que la Real Sociedad Bascongada fue pionera al aprobarse en 1765. Corporaciones netamente elitistas, fueron marco de expresión de las oligarquías locales "... en quienes se halla el amor a la patria, la sobriedad, el candor, desinterés, providad espíritu, poder y la gravosidad para costear los experimentos..." según señalaba N. Martínez de la Torre hacia 1789.

La Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, creada a iniciativa de Javier María Munibe Conde de Peñaflorida a partir de 1765, tuvo una pronta acogida en Vitoria a través de su sede alavesa en el Palacio de Montehermoso y más tarde en el Palacio de los Escoriaza-Esquivel en el Campillo vitoriano. En su labor como motor del progreso en la segunda mitad del siglo XVIII dió prioridad a la educación. Algunas muestras de la actividad de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País en Vitoria serían: la creación de la Escuela gratuita de Dibujo, que se transformaría después en Escuela de Artes y Oficios; la promoción de una Escuela Agraria; el montaje de una imprenta bajo la dirección de Manteli; la construcción del Hospicio, que se alojó en el viejo Colegio Seminario de San Prudencio; el impulso de industrias como la del mueble, que tanta importancia tuvo en Vitoria; la promoción de obras arquitectónicas como la Plaza Nueva y los Arquillos; la formación de un monetario y recopilación de lápidas e inscripciones romanas de la provincia, cuyo impulsor fundamental fue Lorenzo Prestamero; la renovación de carreteras y caminos que confluían en Vitoria; la defensa de las instituciones vitorianas y alavesas.

En esta primera etapa la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País trabajó afanosamente, ya mediante juntas semanales en las tres provincias, ya en las Juntas Generales anuales que se celebraban por orden de rotación en Vitoria, Bilbao y Bergara, hasta que la entrada de los franceses en Gipuzkoa en 1794 desparramó sus miembros. Había llegado a contar la sede alavesa con 37 socios -la mayor parte vitorianos o residentes en la ciudad-, pero de una importancia social enorme, pues se contaban entre ellos Prudencio María de Berástegui, Pedro Jacinto de Álava, Juan Bautista de Porcel... y otros muchos que regían por entonces la ciudad y la provincia. Otros se distinguieron por su laboriosidad en diferentes campos del saber, como los historiadores José Joaquín de Landázuri y Lorenzo Prestamero, investigadores del pasado alavés -cuyo precedente fue Floranes autor de las Memorias y privilegios de la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Vitoria-; o como críticos teatrales tales como Ignacio Luis de Aguirre y Félix María Samaniego, que fueron además autores, el primero de una comedia en 1765 de título Casilda -que, según se decía, no era sino una adaptación del Tartufo de Molière- y de otra el segundo El peludo y el embustero, cuyo texto se ha perdido. No así sus conocidas fábulas destinadas a los alumnos del real Seminario Patriótico de Bergara: La lechera, La cigarra y la hormiga, La zorra y el busto, Las moscas, etc.; o baluartes del pensamiento político y económico más avanzados como Valentín de Foronda, que ingresó en la Sociedad en 1776 pero se salió por desavenencias personales para regresar a ella de nuevo a partir de 1792 mientras residía en Bergara; o José de Azpitarte, con su labor en pro del euskera y la preparación de un Diccionario Vasco-Castellano que no llegó a ver la luz pero que sirvió después para otras publicaciones.

Pero no fueron sólo las Letras. Frente a la visión metafísica aristotélica que se basaba más en sistemas apriorísticos que en observaciones o experiencias, la segunda mitad del siglo XVIII inicia el descubrimiento del conjunto de leyes naturales que rigen el funcionamiento de la naturaleza. Lorenzo Prestamero comienza una descripción botánica y mineralógica de Álava; sabemos también, por palabras del mismísimo Jovellanos, que visitó la ciudad en agosto de 1791 y setiembre de 1797, que el Marqués de Montehermoso poseía un gabinete de Historia Natural con bellísimos pájaros; finalmente conocemos la labor de sus socios en campos de la química, la mineralogía y la metalurgia. Juan Bautista Porcel trató de establecer en Vitoria un laboratorio de divulgación de la química que no llegó a abrir sus puertas. Sin embargo, un acontecimiento marcará la vida cultural en Vitoria: la implantación de la Imprenta. En efecto, con cierto retraso respecto a otras provincias limítrofes como Gipuzkoa, Bizkaia, Logroño o Navarra, en el siglo XVIII empezaron a imprimirse libros en Vitoria. Bartolomé de Riesgo y Montero de Espinosa, procedente de Logroño, da origen a partir de 1722 a una larga saga familiar dedicada a la impresión en nuestra provincia. En aquel año veía la luz la primera obra alavesa Quaderno de Leyes y Ordenanzas con que se govierna esta muy Noble y muy Leal Provincia de Álava. No obstante, el impresor por excelencia fue su yerno, Tomás de Robles y Navarro, entre 1738 y 1781. El editó en 1764 la ópera cómica del Conde de Peñaflorida El borracho burlado, con la que inició un servicio continuado para la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País: en 1768 se imprimió el Ensayo y, posteriormente, año tras año hasta 1787, se van publicando en sus talleres los Extractos de las Juntas Generales de la Sociedad. Esta familia monopolizó la impresión en Vitoria hasta 1786, fecha en que Baltasar de Manteli iniciaría sus actividades dando origen a una empresa que continuarían sus hijos y nietos. La Real Sociedad Bascongada de Amigos del País le encargó sus publicaciones hasta prácticamente la desaparición de la Sociedad en 1794; entre las obras más conocidas de cuantas publicó don Baltasar cabe mencionarse la de Landázuri en las postrimerías del siglo.

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El proceso histórico de los dos últimos siglos viene marcado en Vitoria por tres grandes realidades: por la relación de la capital con su provincia; por su caracterización como "ciudad del interior", "levítica", escasamente modernizada, conservadora y, muchas veces, transformada "a pesar suyo"; y por la radical alteración que vive a partir de los años 60 del siglo XX, y que la convierte en lo que hasta entonces no había sido: una ciudad moderna e industrial.

Las dificultades, tensiones y divergencias entre Vitoria y Álava arrancan de la propia fundación de la ciudad, y se prolongan a lo largo de los siglos. La lógica de la contemporaneidad fortalece la posición de la capital en perjuicio de la provincia. Frente a un entorno agrícola, estancado económica y demográficamente, y escasamente articulado en términos políticos y sociales, se alza una ciudad que concentra la casi totalidad de la actividad comercial y manufacturera, el conjunto de las instituciones políticas, económicas, financieras, sociales, culturales y religiosas, y que se manifiesta como el único espacio alavés donde se perciben ciertas tendencias evolutivas de cambio. Demográficamente, si Vitoria agrupaba a comienzos del siglo XIX a poco más del 17% de la población provincial, al finalizar esa centuria ya alcanzaba un 30%, cifras que no hacen sino incrementarse durante el siglo XX: 40% en 1930, 66% en 1970 y 75% a comienzos de la década de los noventa. Semejante desproporción se manifiesta en términos económicos. Pero no sólo ahí: así, las 252 publicaciones periódicas editadas en Álava en estos dos últimos siglos están registradas en Vitoria, situación que no se da en ninguna otra provincia. En definitiva, que la macrocefalia vitoriana en el marco provincial acentuó las tendencias endógenas de la ciudad, dando lugar a un difuso "vitorianismo" que se expresó con claridad en multitud de situaciones, reclamando más poder en las instituciones comunes, en la Diputación, pero que, sobre todo, profundizó en una autopercepción que hacía de los vitorianos y de Vitoria algo diferente, que no contrario, a Álava y al resto de los alaveses

Por otra parte, y a diferencia de lo que por ejemplo ocurre entre Pamplona y Navarra, la inexistencia de núcleos semiurbanos o urbanos de una cierta entidad devaluó la capitalidad alavesa y su capacidad para articular un único hinterland provincial. Además, o expresión de esto mismo, importantes áreas de la provincia se movieron en espacios ajenos -la Rioja alavesa en torno a Logroño y el valle del Ebro; el valle de Ayala en torno a Bilbao y la Ría-, sin que la capital pudiera aglutinar alrededor suyo esos territorios.

Con todo, y esta es su segunda característica, Vitoria fue hasta llegar al último cuarto del siglo XX una ciudad provinciana, un pueblo grande, no demasiado distinta de otras urbes típicas de la "España del interior". Económicamente, aunque concentrase la casi totalidad de la manufactura y del comercio alaveses, su apuesta fue por una singular terciarización, reforzada a medida que fracasaban iniciativas de modernización. Terciarización que la vincula al "negocio" de una importante presencia del elemento militar y religioso. Su manufactura y su comercio, de limitadas dimensiones, se dirigen tradicionalmente a abastecer su entorno rural. Finalmente, el incremento de la presencia del Estado y la ampliación progresiva de sus servicios la conforman como el núcleo administrativo y burocrático de la provincia. Expresión de todo ello es el hecho de que fuera una mesocracia, una ancha clase media, la que la gobernara. Por encima y por debajo de ella nada parecía existir. La escasa aristocracia existente a principios del siglo XIX se trasladó casi por completo a Madrid, sin que esta clase jugara en el futuro un papel de importancia. Por otro lado, la clase obrera empleada en talleres y pequeñas fábricas no cobró tampoco grandes dimensiones -unas 2.500 personas al comenzar el siglo XX-, ni constituyó hasta muy tarde un grupo claramente diferenciado. En correspondencia con este escenario, Vitoria fue siempre una ciudad cohesionada internamente, poco afectada por desestructuraciones provenientes de grandes y súbitos cambios, como los que producía la industrialización en otros lugares.

Políticamente, el tradicionalismo carlista, junto con un muy moderado republicanismo de base popular y un liberalismo de clases medias fue su mejor expresión. Otras realidades políticas, desarrolladas en espacios cercanos, como el socialismo o el nacionalismo vasco, tuvieron que esperar a la Segunda República para consolidarse.

Culturalmente, y a pesar del momento de esplendor de los años 60-70 del siglo XIX, que la identificaron con una llamada "Atenas del Norte", al finalizar esa centuria volvió a instalarse un pensamiento conservador, incluso reaccionario, nada dado a dar cauce en el lugar a innovaciones procedentes del exterior. En todos los ámbitos, la ciudad fue evolucionando muy lentamente, sin grandes rupturas. Evolución que se percibe no a partir de sus fuerzas propias, sino por el inevitable influjo de lo externo, de lo ajeno a ella.

Los factores externos, pero no sólo ellos, están detrás del gran cambio que se produce a partir de los años sesenta del siglo XX. Una industrialización acelerada trajo consigo un gran contingente de población inmigrante, joven, con posibilidades de futuro y proclive a intervenir en el crecimiento natural de la demografía. La ciudad creció extraordinariamente, sobrepasando la frontera que durante casi un siglo había constituido el Ensanche del XIX. La evolución pausada que caracterizó a Vitoria durante siglo y medio se vio súbitamente trastocada, definiendo un espacio que poco o nada tiene que ver con lo anterior, pero que, curiosamente, ha producido una nueva ciudad a partir de la persistencia de tendencias de otro tiempo que no se corresponden tanto con el presente: la quietud, una cierta red social que amortigua las tensiones, la integración en la ciudad de todos sus individuos y una prudente toma de distancia ante los grandes fenómenos que le llegan de fuera.

La ciudad de Vitoria jugó un papel relevante en la confrontación militar contra Francia de 1808 a 1812. Aparte de la importante batalla que lleva su nombre, o del hecho de que el rey José I Bonaparte instalara en esta ciudad su corte entre el 19 de julio y el 8 de noviembre de 1808, o de que el propio Napoleón pasara allí algunos días, la guerra tuvo sobre todo consecuencias internas de gran calado. En principio, Vitoria quedó ocupada por una nutrida guarnición francesa -unos 7.000 hombres; en algunos momentos hasta 12.000-, equivalente al número de habitantes de la ciudad. Pero, sobre todo, la técnica militar francesa de "abastecerse sobre el terreno" a costa de los ocupados, disparó el nivel de la deuda soportada, constituyendo este hecho el punto de partida para una operación importante: la sustitución de la élite política de los hacendados por una ascendente burguesía urbana de comerciantes. El hecho se vincula al proceso desamortizador, que se agudiza durante la guerra. Esos capitalistas vitorianos, sobre los que recayó la carga del préstamo a la Provincia para sostener gastos de guerra -según Mutiloa Poza, de los 7,8 millones de reales enajenados sólo en bienes de propios, 2,7 pertenecían al municipio vitoriano-, se cobraron su contribución de dos maneras: tomando la propiedad efectiva de esos bienes de propios y comunales puestos como garantía del préstamo, y desplazando del poder local a la oligarquía que lo había detentado desde hacía dos siglos. Este cambio en la dirección política del municipio cobró forma legal cuando Thouvenot instituyó los Consejos Municipales, que eliminaban las Juntas estamentales tradicionales, y cuando pudo aplicarse la Constitución gaditana y formarse, el 23 de junio de 1813, el primer Ayuntamiento Constitucional. En cualquier caso, la tensión surgida entre estos dos grupos está en la base de futuros conflictos que se desarrollarán a lo largo de la centuria.

El total de gastos de guerra en la provincia ha sido evaluado por Ortiz de Orruño en algo más de 143 millones de reales, lo que supone un costo per cápita de 2.100 reales. Aparte de las ventas, la ineficacia del sistema fiscal tradicional, el de derramas o de reparto individual al margen de la renta, dio lugar a su sustitución por uno nuevo, la contribución única catastral aplicada desde inventarios de riqueza personal, lo que constituía una auténtica revolución en el modelo recaudador. Con todo, y a pesar de lo que tiene de anticipo de futuro, su realidad no fue mayor que el deseo que marcaron las Cortes de Cádiz de llegar a una fiscalidad única, general y proporcional a la riqueza. Por último, las tensiones entre la ciudad y sus aldeas, en el marco del debate sobre la legalización de las ventas de bienes, desembocó en una secesión de las mismas, amparada en la Constitución de Cádiz, con la creación de tres ayuntamientos: Armentia, Elorriaga y Gamarra Mayor. Pero como ocurriera con otro tipo de modificaciones, la vuelta de Fernando VII, en 1814, supuso la puesta en suspenso de toda esta obra liberal: la que afectaba a la fiscalidad, a la relación entre Vitoria y sus aldeas, la de las plantas institucionales de Ayuntamiento y Provincia, y la de las ventas de bienes desamortizados, que todavía en 1828 estaban sometidas a discusión legal.

La presencia militar francesa fue también la de la mentalidad "racionalista" aplicada a la administración, en contraposición con la tradición foral. Thouvenot, Gobernador General del Gobierno de Bizcaya desde febrero de 1810, con sede durante un tiempo en Vitoria, reorganizó las plantas locales y provinciales, estableciendo un Consejo de Gobierno con un representante alavés, el marqués de la Alameda, un Consejo Provincial, con Valentín María de Echávarri al frente, y diversos Consejos Municipales (el de Vitoria estuvo presidido por personajes como Diego Manuel de Arriola, en 1811 y 1813, o Trifón María de Echevarría, en 1812). La foralidad, obviamente, quedó abolida, y las aduanas fueron trasladadas a la costa. La Constitución de Bayona, por su parte, fue respaldada por dos delegados alaveses, el marqués de Montehermoso, uno de los más notables afrancesados locales, y el general Miguel Ricardo de Álava, en representación de la Armada. Este mismo general sería elegido presidente de la Diputación cuando los junteros de la provincia no ocupada se reunieron a tal efecto, el 25 de noviembre de 1812, y aprobaron la Constitución de Cádiz. La representación de esta Diputación paralela en las Cortes gaditanas la ostentó el diputado Manuel Aróstegui.

El desarrollo de la guerra enfrentó en la ciudad varios problemas. Uno de ellos fue el de la dificultad de abastecimiento al vecindario y las penurias cada vez más agudas. 1812 se recuerda como el "año del hambre" en un ciudad ocupada y expoliada por los invasores, rodeada y hostigada por los guerrilleros, inundada de población errante y afectados los negocios por las exacciones y el fisco. Buena muestra de la alteración que soportaba Vitoria en esos años es la cifra de nacimientos ilegítimos entre 1808 y 1812: 300, un 17% sobre el total de nacidos, y un 15% sobre el total de hijos naturales habidos entre 1680 y 1830.

El 21 de junio de 1813 la Llanada alavesa era el escenario de la batalla de Vitoria, en la que cobraron fama tanto Wellington como el general Álava, y que constituiría uno de los últimos grandes enfrentamientos en el proceso de retirada de las fuerzas francesas. Casi un año después, en la primavera de 1814 (mayo), Fernando VII regresaba a España y declaraba "nulos y de ningún valor y efecto (...), como si no hubiesen pasado jamás tales actos", los hechos jurídicos y políticos acontecidos en el país durante aquellos seis años. Víctima de la reacción absolutista fue el Correo de Vitoria, uno de los primeros periódicos habidos en la ciudad -si no el primero-, clausurado al derogarse la Constitución.

El primer período de gobierno absolutista de Fernando VII, hasta 1820, se vivió en Vitoria en el marco de una misma y confusa confrontación entre reaccionarios y liberales, y/o entre "patriotas" y sospechosos de afrancesamiento. En realidad, buena parte de los numerosos motines habidos en esta época parecen tener que ver con la propia desarticulación sufrida por la ciudad durante la guerra, lo que otorgó protagonismo a sectores tan manejables como radicalizados y desarraigados. En general, los tenidos por liberales o afrancesados sufrieron las iras de las nuevas autoridades -con Nicasio José de Velasco al frente, como Diputado General-, alcanzando éstas incluso al mismo Miguel Ricardo de Álava. Durante el Trienio Liberal el pulso cambió de tono, y fueron los reaccionarios quienes ahora sufrieron persecución (Nicasio de Velasco, entre ellos).

Durante el Trienio Liberal se instaló en la capital alavesa una Sociedad Patriótica que, fundada hacia abril de 1820, fue una de las primeras instaladas en Vasconia. No gozaba de predicamento popular, participando sólo en ella jóvenes ilustrados. Al igual que la "Tertulia Constitucional" de Donostia, la vitoriana se encargó de dar cumplimiento a la Real Orden del 24-04-1820 sobre enseñanza de la Constitución por los párrocos.

Pero en este momento se inicia una constante secular: mientras la ciudad quedaba en manos de los liberales, el espacio rural era el escenario de la llamada "insurrección alavesa" de 1821, protagonizada por partidas rebeldes de carácter absolutista, encabezadas por realistas como Uranga, Guergué o Quesada. En sentido contrario, estos años vieron el reinicio de la labor de ampliación y mejora de la ciudad, de la mano de una rehabilitada Junta de Obras de marcado tono racionalista. Así, el límite establecido por las construcciones de finales del siglo XVIII -las debidas al genio de Olaguíbel: los Arquillos y la Plaza Nueva o de España- se vio desbordado hacia el sur, abriéndose la calle del Prado -con las casas de Echevarría-, completándose la apertura de Postas o de la calle de la Constitución, o iniciándose las obras del parque de La Florida. La construcción del nuevo Hospital de Santiago se terminó por esas fechas, las mismas en que comenzaba el levantamiento del Teatro, el río Zapardiel fue embocinado en parte, se trajeron aguas desde Berrostegieta y se demolieron los vuelos de las casas, con la intención, todo ello, de mejorar la higiene y la salubridad. Hasta los años 60 no se vivió un momento tan decidido de impulso al urbanismo y de expansión hacia lo que sería la nueva ciudad, el Ensanche del XIX.

El segundo período de gobierno de Fernando VII (la "ominosa década"), repuesto en la plenitud de su poder por la fuerza de la Santa Alianza (Cien Mil Hijos de San Luis), se corresponde en Vitoria y Álava con la llamada "era Verástegui". Se trata de una vuelta a la política posterior a 1814, pero con la particularidad de que sus protagonistas y procesos ya anticipan lo que será la primera confrontación carlista. La represión contra los liberales volvió, y lo hizo de la mano de Valentín de Verástegui, el hombre fuerte de la Provincia hasta 1829 y director de los Naturales Realistas Armados, una fuerza paramilitar, -y esbozo de lo que luego serían las milicias carlistas. La incertidumbre política vivida en el país en torno a los años de la enfermedad de Fernando VII se tradujo en la ciudad en la sustitución de Verástegui por un nuevo Diputado General más moderado, Diego de Arriola. En Vitoria, el nombramiento como alcalde del versátil y ambiguo Iñigo Ortés de Velasco, marqués viudo de la Alameda, puso fin a una serie de ediles ultrarreaccionarios entre los que se destacó Lorenzo Vicuña.

La insatisfacción del sector realista local alentó el llamamiento a la guerra tras la muerte del monarca. La contienda civil, carlista, reprodujo anteriores y futuros repartos de fuerzas en la provincia: Vitoria quedó bajo control gubernamental, liberal, una vez liberada por las tropas de Sarsfield, y la provincia pasó a manos de los sublevados por Verástegui, numerosos y bien pertrechados al aprovecharse la estructura anterior de los Naturales Armados. Se abatía sobre la ciudad un crudo debate surgido en el ámbito general español. Pero, a la vez, se manifestaba en ese reparto de fuerzas el posicionamiento de cada uno de los grupos locales: la burguesía urbana, ascendente, decantada del lado gubernamental; los viejos grupos nobiliarios, desplazados de su anterior poder, junto con la hidalguía de origen rural, el campesinado, el clero y buena parte del artesanado urbano, afectados negativamente por los cambios de sentido liberal, tanto económicos como políticos, en favor del carlismo. Verástegui controló la ciudad entre el 7 de octubre y el 21 de noviembre de 1833. En ese momento publica su famoso Manifiesto en favor de la rebelión, el primero de los carlistas donde se hace mención expresa del argumento foral. A partir de entonces, Vitoria quedó expuesta a los acosos carlistas, destacando entre ellos el sitio iniciado por Zumalacárregui el 15 de marzo de 1834, que llevó los combates hasta el mismo centro de la urbe. Consecuencia de la guerra fue de nuevo la penuria por la dificultad en el tráfico de abastecimientos, la enfermedad -se extendió en ese año una epidemia de cólera morbo- y la desarticulación social, de notables repercusiones inmediatas. Incluso una de las grandes construcciones religiosas, la iglesia de San Ildefonso, fue demolida para fortalecer la muralla con sus materiales.

Eduardo Velasco López Cano recoge en su Crónicas y biografías alavesas (1910):

"Durante el período de la guerra habíase visto nuestra ciudad animada de ese movimiento y actividad que traen consigo las operaciones militares, el paso de regimientos y de divisiones, la inmigración de gentes que huían de las poblaciones abiertas, la concurrencia de bagajeros y abastecedores, el ruido y confusión de bandas de música, tambores y cornetas, escuadrones y baterías; todo ese bullicio propio de una vida agitada y febril, que al disiparse luego, deja el cuerpo social débil y anémico, bien así como el del individuo queda postrado después de un prolongado acceso de calentura. Veíanse en las calles de la población soldados ingleses y portugueses haciendo vida de campamento, caballos sueltos buscándose el sustento en una brizna de yerba, mujeres y criaturas extrañas que acompañaban en su bélica expedición a los hijos de la Gran Bretaña."

Los voluntarios portugueses dejaron en Vitoria recuerdo de su paso. Baraibar en su Vocabulario de palabras usadas en Álava (p. 117) anota la palabra falar: "hablar con petulancia o fanfarronería" y dice que esta voz "más bien que arcaísmo, quizá sea remedo irónico del modo de hablar de los soldados portugueses que, durante la primera guerra civil carlista, permanecieron algún tiempo en Vitoria."

En sentido contrario, la Universidad de Oñate, huyendo de la guerra, se estableció por unos años en Vitoria. Por su parte, los avatares de la contienda en el campo liberal se vivieron con crudeza en el verano de 1837. A la radicalización del proceso político operado en todo el país, respondió Vitoria con una sublevación contra los "liberales tibios", el 17 de agosto. Soldados y populares amotinados persiguieron a las autoridades y dieron muerte, entre otros, al gobernador militar y al diputado foral -en funciones de Diputado General- Diego López Cano, antiguo voluntario realista. Del mismo modo, la trama foral se veía duramente afectada por el establecimiento de nuevas autoridades de otro origen: el jefe político, al mando de la provincia, o incluso la provisional Junta de Salvación, con pretensiones de Diputación Provincial.

El final de la guerra, tras el "abrazo de Vergara" y la ley confirmatoria de fueros de 25 de octubre de 1839, permitió alterar a partir de 1840 la tendencia a la homogeneización de los procesos políticos que se vivía en el país, aunque no sin merma de las tradicionales atribuciones forales (el pase foral, por ejemplo). En ese año, en noviembre y enero de 1840, respectivamente, se eligieron conforme a fuero las Juntas Generales, la Diputación y el Ayuntamiento. Sin embargo, el 4 de octubre de 1841, la ciudad volvió a ser protagonista de un suceso de repercusión nacional. El ex-ministro de Marina y Comercio, Mariano Montes de Oca, sublevó la guarnición vitoriana en conexión con otras revueltas habidas en Pamplona, Zaragoza o Bilbao. Una alianza de moderados cristinos y de fueristas se alzó contra el regente Espartero, tratando de ganar incluso el favor de los derrotados carlistas. El movimiento de Montes de Oca fue rápidamente controlado y su máximo instigador fusilado en el vitoriano parque de La Florida. Como consecuencia, las aduanas serían trasladadas definitivamente a la costa y otros elementos forales resultaron abolidos hasta el regreso de los moderados al gobierno (Ley de 4 de julio de 1844, que devolvió la situación al momento anterior a 1841): leyes electorales y organización jurídica uniforme para el conjunto del país, cambio de Diputación Foral a Provincial, fortalecimiento de la figura del Jefe Político y supresión definitiva del pase foral.

Al morir Fernando VII, cobraron nuevos alientos los partidarios del rey absoluto. El 4 de Octubre de 1833. el teniente coronel D. Juan Felipe Ibarrola, proclamó en Orduña rey absoluto a Carlos V; al tenerse en Vitoria noticia de este acto, salieron enseguida 100 infantes del regimiento de San Fernando, 80 carabineros y 12 jinetes al mando de D. Jaime Burgués, a los que hizo Ibarrola frente en Orduña, siendo derrotado. Con este hecho de armas comenzó la guera civil en el país vascongado. Ibarrola, que estaba de acuerdo con D. Valentín Verástegui, se creyó traicionado al ver que en Vitoria no se secundaba el movimiento. Era Verástegui hombre de gran prestigio en la provincia, se lo daban sus austeras costumbres, el lustre de su casa y el comportamiento que tuvo como militar durante la guerra de la Independencia, y había sido diputado general desde 1826 a 1830; á él se debió la creación y organización en 1823 de los voluntarios realistas, cuyo mando tuvo en toda la cuadrilla de Vitoria y con ellos combatió a Lansagarreta al secundar éste el grito dado por los catalanes malcontents. Comprendiendo la Diputación que en aquellas circunstancias solamente Verástegui podía mantener la paz pública, recurriendo él, logrando prometiese hacer todo lo posible por mantener el orden; pero no fué así, y cuando se supo conspiraba, nada se pudo hacer en su contra por no haber en Vitoria tropas suficientes para ahogar la rebelión. En la noche del 6 de Octubre, dos días después del pronunciamiento de Orduña, corrió por Vitoria el rumor de que á las diez se tocaría generala; las autoridades preguntaron á Verástegui que había de cierto sobre el rumor y les respondió que nada; entre tanto, los batallones de Badajoz, Bernedo, Valdegovia y La Guardia, llamados por él, se hallaban en las inmediaciones de la capital. Verástegui aquella misma noche salió de Vitoria para el inmediato pueblo de Gardélegui y desde allí escribió a la Diputación invitándola á secundar el pronunciamiento, que en realidad se había hecho sin alterar el orden, pues nadie cometió el menor desmán. La poca tropa que había en Vitoria pudo retirarse gracias a la protección del alcalde, marqués de Caravaca. Volvió á insistir Verástegui enviando el día 8 un oficio á la Diputación para que cinco de sus individuos le ayudasen en el despacho de los asuntos; los diputados se opusieron a ello por ser esta resolución contraria al fuero.

Los diputados se habían reunido en secreto y tomado los acuerdos siguientes: 1.º Huir en todo lo posible del contacto con la revolución. 2.º Manifestar en sus actos, operaciones y palabras, que ni la provincia, ni su representación legal, ni los pueblos, habían tomado parte activa en ella. 3.º Debilitar la fuerza subyugada á la revolución por los medios más prudentes, en cuanto fuese posible y las circunstancias recomendasen. 4.º Rectificar la opinión pública, amortiguando el espíritu revolucionario y aprovechando el roce en que su situación y buen sentido pudiera colocarla con los naturales. 5.º Resistir con escusas prudentes; y en caso necesario á todo trance, todo acto formal de juramento ó reconocimiento que se exigiere en favor del gobierno que la revolución trataba de erigir en el reino. 6.º Escasear en lo posible los auxilios que la revolución reclamase. 7.º Salvar por todo medio la tranquilidad y orden interior de la ciudad y demás poblaciones, haciendo frente á todo asomo de desorden, á toda clase de perturbación, manifestando sobre este importante objeto una decisión franca é imperturbable, y poniendo cualquiera ocurrencia desorganizadora que sobreviniese, en tal grado de claridad, que la quitase todo pretexto honesto, y nadie pudiese fomentar los horrores anárquicos, sino pasando por la vil bajeza de decir explícitamente lo que quería. 8.º Proceder en todos estos puntos con la prudencia que en cada caso se juzgase más conveniente, para sacar ventaja posible, sabiendo disimular Y serfuerte en cada ocasión, según las circunstancias y el honor y dignidad de la corporación lo exigiera.

Más de mes y medio fueron los carlistas dueños de la capital de la provincia hasta que entró en ella, el 21 de Septiembre, el general Sarsfield. El 15 de Marzo de 1834, el general carlista Zumalacárregui, al frente de 3.500 hombres, entre los que estaban los alaveses mandados por Villarreal y Uranga, se aproximó á Vitoria con objeto de tomarla por sorpresa. Al amanecer del día 16 estaban los carlista en Otazu; Zumalacárregui dividió sus fuerzas en tres columnas; una mandada por Iturrralde debía atacar la ciudad por los portales de Betoño; otra guiada por Villarreal, la puerta de Castilla; y la tercera, al mando de Zumalacárregui, acometería por el centro., A poco de moverse las columnas supo el caudillo carlista por un paisano que salió de Vitoria, que en Gamarra Mayor se hallaban 200 tiradores de Álava y contra ellos mandó al comandante D. Antero Damansa con dos compañías y un escuadrón; los tiradores, después de una resistencia desesperada, fueron vencidos, quedando muertos en el campo unos 50 y prisioneros 116; los restantes lograron escaparse. A la vez, mandadas por Villarreal, pudieron los carlistas penetrar en Vitoria, en donde fueron rechazados por las pocas fuerzas que había de guarnición y los milicianos urbanos, haciéndoles además algunos prisioneros. Zumalacárregui se retiró de las inmediaciones de Vitoria y en Heredia hizo fusilar a los 116 prisioneros.

Semejante acto fué motivado por haber el general Osma, comandante general de la provincia mandado fusilar al teniente de caballería carlista D. Domingo Retana, hijo de Vitoria, en unión de dos oficiales más hechos prisioneros durante la lucha en las calles de la ciudad. Zumalacárregui que al retirarse de Vitoria había pernoctado con los navarros en Narbaja y los batallones alaveses con los prisioneros en Heredia, supo enseguida lo hecho por Osma. Acto seguido dió la orden para que los prisioneros que tenía fuesen puestos en capilla y fusilados al siguiente día. Villarreal quiso salvarles la vida y corrió a Narbaja en busca de Zumalacárregui, á quien acompañaban los generales Uranga, Eraso é Iturralde, pero todos sus esfuerzos fueron inútiles y por no presenciar tan espantosa carnicería no regresó a Heredia. La orden la cumplimentó el jefe de brigada D. Juan Aretio. Villarrreal aun pudo salvar la vida á dos de los prisioneros; fué uno el oficial D. Esteban Garrido, que había servido con él en el regimiento de Saboya y el otro un joven de diez y siete años, dando al comandante que les custodiaba orden de esconderles sin que nadie lo supiera.

El 18 de Agosto de 1835, la soldadesca, impulsada por algunos que se titulaban patriotas y no tenían otro objeto que el satisfacer ruínes pasiones de venganza, cometió incalificables actos de bandolerismo; los soldados del regimiento de Almansa y los de los batallones de Zurbano, recorrieron las calles de la población dando gritos de viva Zurbano, Alaix, Isabel II y la Constitución y mueran los traidores, y como á tales, consideraban á todas las personas que no eran de su agrado; el jefe de P. M. López, que para salvar la vida se disfrazó de soldado, fué muerto á puñaladas en la guardia del principal en donde se refugió; el diputado Cano, honrado anciano y de antecedentes liberales, fueron á buscarle á su casa y como huyera por los tejados, descubierto por la luz de la luna, le dieron alcance, y después de herirle, estando aun vivo, le arrojaron a la calle y para quitarle un anillo le cortaron un dedo; el fiscal Hernández y el periodista Aldama fueron también asesinados; Arandia, presidente de la Diputación, fué llamado para presidir una junta y al salir de su casa fué fusilado; otras varias personas de posición murieron a manos de la insubordinada tropa. Al día siguiente los sediciosos impusieron á la ciudad una multa de 40.000 duros, que se recaudaron en menos de una hora, cantidad que cuatro meses después devolvió el Ayuntamiento á los que la entregaron, abonándoles además el 6% de interés. Si se exceptúa el vivir la ciudad en constante estado de guerra, nada importante ocurría en ella durante el resto de la primera guerra carlista.

Ref. Vicente Vera, Provincia de Álava, en Geografía General del País Vasco-Navarro.

Los años que van de 1844 al Sexenio Democrático vienen marcados por el denominado "arreglo foral", que en la práctica supuso una adaptación de las élites fueristas y moderadas vascas al proceso político español. El siempre postergado "arreglo foral" permitió a éstas y, en su nombre, a las diputaciones, combinar una reducción de sus competencias políticas, más emblemáticas que reales, con un notable incremento de su autonomía provincial administrativa y económica. Es lo que con tino ha definido Portillo como "foralidad insultante", y que Ortiz de Orruño ha sintetizado con estos términos:

"El régimen foral constituía la prueba más evidente de que el ideal político moderado [de los gobernantes españoles del momento] era realizable: los fueros hacían posible la armonización de la igualdad teórica con una acusada oligarquización, sin que esta aparente antinomia entre los principios políticos y su plasmación cuarteara su legitimación social".

Cierto es que diversos foralistas de mediados de siglo -con especial protagonismo en este punto del Consultor de la Diputación alavesa Blas López, y, por encima de cualquier otro, de Pedro Egaña, foralista transigente, moderado y bien vinculado con este partido a nivel nacional, diputado General, diputado en Cortes, Ministro de la Reina y continuamente comisionado por la Provincia ante el Gobierno- formularon propuestas de solución, pero todas se estrellaron contra una estrategia planteada en términos de o "todo o nada", que interesadamente nada resolvía. Pero no sólo se suscitaron tensiones entre las Provincias y la Corona. En el marco alavés, el final de la guerra sirvió de escenario para un nuevo pulso entre la capital y la provincia, entre la burguesía urbana y los notables rurales. Así, si a partir de 1784 estos últimos consiguieron reducir la ventajosa posición de Vitoria en los mecanismos de elección del Diputado General, situación que venía de las Leyes y Ordenanzas de 1463, en 1840 las élites vitorianas aprovecharon el momento y reequilibraron en su favor el procedimiento. Vitoria fue elevada al rango de cuadrilla, lo que permitió a la burguesía urbana tener un representante directo en la junta particular y nombrar personas de su confianza para la revisión anual de las cuentas provinciales. Semejante pulso tuvo su continuidad a finales del siglo XIX y a comienzos del XX, cuando Vitoria exigió, sin éxito, que se procediera a modificar un mecanismo de elección de los poderes de la Provincia que primaba el ruralismo y que obviaba los evidentes cambios producidos en la entidad numérica, productiva y contributiva de la capital y de los otros dos distritos provinciales.

Estos tranquilos años de mediados de siglo propiciaron una vuelta de la ciudad sobre sí misma, y una consideración de sus posibilidades de futuro. De partida, el traslado de las aduanas en 1841 afectó negativamente a la economía local. Vitoria había jugado tradicionalmente un papel muy marcado en su función de plataforma comercial dentro del conjunto perfectamente articulado que suponía la economía vasca de la foralidad. En realidad, su inmediato futuro fue el inverso del de sus provincias hermanas, ya que si éstas prosperaron al recuperarse de la alteración de 1841, las economías vitoriana y alavesa se resintieron gravemente. Ello no es contradictorio con la sensación general de desarrollo que tuvieron los contemporáneos. Vitoria se convirtió en un foco de captación de emigrantes alaveses que huían de una agricultura necesitada de transformación. A partir de los años cincuenta, la manufactura local cobró cierto impulso, movida por unos cuarenta talleres donde se empleaban entre 300 y 400 obreros. La corporación municipal de 1850, con Luis de Ajuria a la cabeza, fundó una de las primeras cajas de ahorros del país, con una importante implicación en el crecimiento urbanístico de la capital. Del mismo modo, la demolición de los desamortizados conventos de Santa Clara y San Francisco permitió la construcción de un Instituto de Segunda Enseñanza, y la ampliación de La Florida y de la zona urbanizada al sur de la ciudad. Sin embargo, el impulso definitivo comenzó con la llegada del ferrocarril.

En su L'Espagne-Lettres familières ilustrado por Pérez Villaamil (1864), el escritor francés Emile Guimet recoge:

"Llegamos a Vitoria... No intento describirte lo pintoresco de los trajes y las fisonomías; cada individuo es un tipo aparte, con un carácter completamente original y del que no puede uno hacerse idea sino viéndolos. Los colores de los trajes son un poco escandalosos; las capas y mantas, de todas las formas y todos los colores, juegan un gran papel; las hay extravagantes, con perendengues. Las hay negras, brunas, rojas, grandes, cortas; la mayoría muy sucias, y un gran número de ellas tan remendadas que no se encuentra la estofa primitiva; otras de tal manera agujereadas, que recuerdan las redes de pescar. Los curas abundan con sus enormes sombreros en forma de teja, y sobresalen las señoras con sus mantillas negras".

Ese año llegaba el tren a Gasteiz. Este nuevo método de transporte, que tan mal efecto inmediato tuvo en la economía agraria alavesa al conectar su mercado particular con la oferta de productos de otros lugares, mucho más competitivos, sirvió, sin embargo, para que Vitoria se renovara totalmente. A partir de 1864 surgió la nueva ciudad del Ensanche, lo que supuso una alteración radical de la trama urbana y funcional anterior, así como un próspero negocio para la burguesía de intereses inmobiliarios. Personaje destacado en estos ayuntamientos de mediados de los sesenta fue Ladislao de Velasco, sin perder de vista a Vidal Arrieta, uno de los mayores y mejores negociantes de suelo del lugar.

La calma del escenario vitoriano sirvió de marco para la revitalización cultural vivida en estos años centrales del siglo. Es el momento de Vitoria concebida como "Atenas del Norte", término que tiene que ver con la presencia activa de una brillante generación -Mateo de Moraza, Ramón Ortiz de Zárate, Ladislao de Velasco, Francisco Juan de Ayala, Becerro de Bengoa, los Herrán, los Arrese, Sotero Manteli, Jerónimo Roure, Federico Baraibar, los Apraiz, el canónigo Manterola, Manuel Iradier, Velasco, Manuel Rodríguez Ferrer, Eulogio Serdán o el músico Iradier-, de diversas instituciones -el Ateneo de 1866, uno de los primeros del país, la Universidad Libre de 1869, la Exploradora, el Instituto, el Seminario y las Academias e incluso tertulias de cierto fuste intelectual- y de diversas realizaciones -el boletín del Ateneo, el de la Exploradora, El Porvenir Alavés, El Fuerista, el Semanario Católico Vasco-Navarro, la Revista de las Provincias Euskaras o El Anunciador Vitoriano. No se trataba únicamente de una realidad elitista -que algo lo era-, sino que la cultura alcanzaba a otro nivel al conjunto de la población, presentando la provincia tradicionalmente una de las más bajas tasas españolas de analfabetismo. Al terminar el siglo XIX y comenzar el XX, esta generación desapareció, siendo sustituida por otra de muchísimo menor nivel intelectual y, sobre todo, de un claro tono conservador y hasta reaccionario, aburrido, localista y negativamente marcado y absorbido por un debate político ramplón, que contrastaba con el que había caracterizado aquella brillante etapa.

La primera logia -"Les amis de Saint-Joseph Réunis"- fue abierta clandestinamente en 1809 por miembros del ejército francés. Fue oficial desde 1811 hasta 1813. Destacan en la historia masónica de Vitoria tres agrupaciones. La logia "Luz de Vitoria", erigida en noviembre de 1872-1877; la logia "Vitoria", fundada en diciembre de 1879 por su primer Venerable Fermín Herrán, con el nombre simbólico de "Emilio Castelar", que en 1881 tenía gran número de "hermanos" y estaba en plena expansión (uno de sus miembros fue el explorador Iradier), y el triángulo "Ciencia", organizado por Salinas Jaca, Castresana y Ramón López de Andueza "Sócrates", industrial vitoriano, nacido en 1882 e iniciado en 1926. La última referencia a este triángulo lo tenemos en 1923, desapareciendo al año siguiente todos los documentos sobre "Ciencia".

Como sucediera en otros lugares, el destronamiento de Isabel II y el inicio del Sexenio Democrático fueron sinónimos en Vitoria de agitación institucional, pronto trasladada y aumentada al terreno de la opinión pública y de las masas. No hay excepción en estos años de ayuntamientos que no colisionaran con la autoridad del Gobierno en la provincia, ya fuera por recelos de apariencia fuerista, por inclinaciones evidentes hacia el carlismo o por su distancia con un proceso político de corte democrático que no tenía demasiados partidarios en el lugar. La tensión latente derivó en conflicto armado. Primero fue Esteban Aguirre, comandante retirado, con el canónigo Manterola como inductor intelectual, quien el 27 de agosto de 1870 sublevó sin resultado a los carlistas de la provincia. Más tarde, el movimiento iniciado en abril y mayo de 1872 no encontró respuesta en la ciudad. Vitoria se limitaba a ser el punto de partida de las tropas gubernamentales en sus operaciones contra los alzados, a sufrir el estado de guerra declarado o a ver cómo era dimitido su ayuntamiento, de simpatías carlistas. La República fue proclamada en febrero del siguiente año sin mayores entusiasmos en la ciudad, aunque sí sirvió para reanimar el debate ideológico a través de periódicos como El Federal Alavés, El Cantón Vasco o El Porvenir Alavés.

Conforme avanzaba 1873, la guerra se hizo más presente en Vitoria, aunque siguieran sin vivirse hechos de armas. El control carlista de la línea que une Miranda con la capital alavesa dejó a ésta bloqueada y sometida a graves problemas de desabastecimiento. Finalmente, cuando uno y otro bando decidieron trasladar la guerra al escenario alavés, en 1875, el conflicto se resolvió en beneficio de los gubernamentales en la batalla de Treviño o de Zumelzu, que deshizo el bloqueo sobre Vitoria y que señaló el principio del fin del poder militar carlista. Entre medio había tenido lugar un intento, encabezado por Ladislao de Velasco, de poner punto final a la guerra sobre la base de "paz con fueros". El rechazo de los carlistas no lo hizo posible. Sucedió a continuación el debate sobre la supresión definitiva de los fueros, en el que se significaron notablemente los sectores liberales de la ciudad (con la Junta Fuerista Liberal, del otoño de 1875, al frente): Herrán, Manteli, Montoya y, sobre todo, el diputado a Cortes, Mateo Benigno de Moraza. A pesar de los apasionados debates, la abolición foral se consumó con la ley de 21 de julio de 1876, quedando únicamente para el futuro -y de no poca importancia- la autonomía y particularidad fiscal que supondrían los Conciertos Económicos, suscritos a partir de 1878. En todo caso, la uniformidad política que conllevaba el fin de los fueros no encontró inmediatamente una posición receptiva entre las autoridades vascas, y tampoco entre las alavesas y vitorianas. Tanto desde la Diputación como desde el Ayuntamiento se resistió durante aproximadamente un año el proceso de incorporación a las pautas de actuación señaladas para el conjunto del país, así como el de la eliminación de los privilegios asociados al fuero.

La corriente intransigente encontró en Álava un valedor de gran altura: el liberal Domingo Martínez de Aragón, último diputado general de la etapa foral. Pero tras diversas tensiones, pulsos, coacciones y nombramientos gubernativos, la corriente transigente fue abriéndose paso, de manera que hacia 1877 las diversas fuerzas políticas vitorianas procedieron a incorporarse a los nuevos rumbos de la vida pública. Otra cuestión es la economía. La contienda empobreció extraordinariamente a la provincia, extremo que se observa en el hecho de que entre el fin de ésta y el censo de 1887 la población incluso descendiera, lo que contradice la pauta de los incrementos demográficos posteriores a todas las guerras. La castigada y, de por sí, poco productiva agricultura alavesa siguió expulsando población, que en alguna medida terminaba en Vitoria. La economía provincial no repuntó hasta los primeros años del siglo XX, y siempre teniendo a la capital como exponente máximo de su esfuerzo modernizador.

Fuertemente impactadas por la abolición foral y por el cambio radical que suponía la integración en los mecanismos políticos de la Monarquía, las diversas fuerzas políticas vitorianas se aprestaron a participar en esa nueva realidad.

Elecciones generales del 20 de abril de 1879
Ref. Boletín Oficial de Álava. del 20-IV-1879.
CandidatosPartidosVotos
Sebastián Abreu CerainLiberal transigente131
Emilio Castelar33
Francisco Romero Robledo20

Elecciones generales del 1 de febrero de 1891
Ref. Boletín Oficial de Álava del 3-II-1890-91. Filiaciones en "La L." del 22 y 25 de enero de 1891, 29 de febrero de 1891 y 3 de marzo de 1893.
CandidatosPartidosVotos
Becerro de Bengoa, RicardoLiber.-fuerista.2.958
García, PedroNocedalista787
Larriona, PedroConser.-fuerista5
Abreu, SebastiánConservador1
González, Pablo1
Martínez, Agustín1

Elecciones de Diputados provinciales del 11-09-1892
Ref. Boletín Oficial de Álava. del 22-IX-1892. Filiaciones en El Alavés del 13-IX-1892.
CandidatosPartidosVotos
Tournán, GumersindoCarlista1.222
Manero, VíctorCarlista1.212
Sodupe, FedericoCarlista1.118
Corcuera, CastorUnión Liberal818
Zavala, FedericoUnión Liberal785
Apraiz, JuliánUnión Liberal748
Guinea, BenitoNocedalino683
Balsategui, JoséNocedalino628
Salazar, TomásNocedalino592
Sesé, Juan PedroRepublicano573
Tournán, ValentínRepublicano535
Lz. de Altuna, ManuelRepublicano482
Sodupe, FedericoCarlista119
Fz. Cuesta1
Llorente, Aniceto1
El resto0

Elecciones generales del 5-03-1893
Ref. Boletín Oficial de Álava del año económico 1892-93, del 7 de marzo de 1893. Filiaciones en "La L." del 5 de marzo de 1893.
CandidatosPartidosVotos
Becerro de Bengoa, RicardoRepublicano2.039
Solano, Francisco Javier de.Carlista1.677
Pi y Margall, Francisco94

Elecciones generales del 12-04-1896
Ref. Boletín Oficial de Álava del 14 de Abril de 1896 año económico 1895-96. Filiaciones en El Alavés del 12 y 14 de Abril de 1896.
CandidatosPartidosVotos
Oz. de Zárate, EnriqueCarlista2.013
Becerro de Bengoa, RicardoLiberal1.598
Celaya, Enrique1
Unión de Católicos1

En principio se trata de pequeños grupos de notables, en ocasiones vinculados a opciones políticas generales, dotados de algún medio de prensa local o de algunas tertulias en torno a los cuales desarrollaban y expresaban su actividad. Los republicanos se dividieron pronto en radicales y posibilistas. En octubre de 1881 se constituyó el Comité republicano-progresista de Vitoria, de carácter zorrillista y encabezado por el catedrático Becerro de Bengoa, director a su vez de El Demócrata Alavés. Los posibilistas o históricos se organizaron en abril de 1881, bajo la dirección de Fermín Herrán y con el apoyo coyuntural de El Anunciador Vitoriano. Los dinásticos estaban divididos en conservadores, dirigidos por Sebastián Abreu, y liberales, que en 1882 organizaron el Partido Liberal-Dinástico, con el fusionista Odón Apraiz al frente. Tanto uno como otro grupo manifestaron desde el principio su debilidad y su incapacidad para trasladar al terreno de la política el papel hegemónico que sus integrantes jugaban en el ámbito social o económico.

Los conservadores quedaron marcados negativamente por la responsabilidad de su líder máximo en la abolición foral ("... la sombra de Cánovas, autor de la ley de 21 de julio, se interponía entre ellos y los ideales del País", dice Alfaro); los partidarios de Sagasta sufrirían a su vez un fuerte impacto al producirse en marzo de 1893, y bajo su mandato, el traslado de la Capitanía Militar de Vitoria a Burgos. Por su parte, los carlistas no se reorganizaron y volvieron a la vida pública hasta 1887. Hasta entonces, fueron los sectores ligados al integrismo católico-fuerista, más que al dinastismo propiamente carlista, los que monopolizaron este espacio. Su máximo valedor fue Ramón Ortiz de Zárate, antiguo liberal pasado al tradicionalismo hacia 1868. Su portavoz fue El Gorbea, y su dirigente máximo Calixto García Gómez, "el Magistral", enfrentado a la oficialidad carlista. Estos no se organizaron hasta las vísperas de la escisión integrista, en 1888. Un año antes editaron El Alavés, y a partir de entonces desarrollarían una estructura política que convirtió al carlismo alavés de los noventa en uno de los más fuertes del país.

El factor que define la vida política local hasta 1936 es la división y el equilibrio de fuerzas que mantienen los dos grandes grupos liberal y carlista que, como ocurre en otros lugares, a partir de comienzos del siglo XX se redefine en términos de izquierda-derecha. Su equilibrio es tal que la victoria de uno o de otro bloque viene determinada por el hecho de que en uno o en otro se mantenga o no la unidad de fuerzas. A su vez, esa bipolarización diluye rasgos específicos de cada facción, y obliga, por ejemplo, a los republicanos a ir del brazo de los liberales dinásticos, o a los católicos independientes a hacerlo con los carlistas. Otro rasgo que caracteriza el último cuarto del siglo XIX es la preponderancia del factor religioso, que fuerza a todas las opciones políticas a definirse respetuosas, en diverso grado, con la religión católica, igual que lo hacían con la defensa de la tradición foral. Lógicamente, esas identificaciones generales -las de la religión y las del fuero- fueron perdiendo importancia al devaluarse por repetición e intrascendencia.

Característica de la política local es también la incapacidad de las élites sociales y económicas vitorianas para trasladar su peso al terreno político. Conservadores y liberales manifestaron una enorme incapacidad política en casi todas las épocas, lo que contrasta con la operatividad e influencia de los grupos de base popular: republicanos y carlistas. Expresión de la insuficiencia política del último cuarto del XIX es la persistencia de opciones tituladas neutras o administrativistas, que reaparecerían a comienzos de los años veinte, aunque en este último momento la causa fuera la propia descomposición del sistema restauracionista.

En definitiva, como ocurriera en buena parte de los espacios urbanos españoles, en Vitoria tampoco funcionó la alternancia diseñada por Cánovas, y liberales y conservadores, dinásticos en general, tuvieron que asumir el papel protagonista de los grupos situados fuera del sistema. Esto se observa en términos estadísticos. Hasta llegar el sufragio universal masculino, en 1890, casi el 60% de los concejales vitorianos perteneció al bloque liberal, un 30,8% al tradicionalista y un 9,5% al indefinido sector de independientes. Los porcentajes son más expresivos a partir de 1890. Hasta 1923, el 44% de los ediles fueron carlistas, seguidos de un 23% de republicanos. Liberales y conservadores se repartieron casi a partes iguales un 26% de representación global. Los datos que presenta el distrito vitoriano -no la ciudad- en elecciones de diputados a Cortes o a la Diputación alavesa no reflejan tan bien la realidad local por el propio carácter de esa elección.

Elecciones generales del 19-05-1901
Ref. Boletín oficial de Álava del 21 de mayo de 1901. Filiaciones en "La L." del 18 de mayo y 15 de abril de 1901.
CandidatosPartidosVotos
Mz. de Aragón, GabrielLiberal1.869
Velasco, JoséCarlista1.752

Elecciones generales del 26-04-1903
Ref. Boletín oficial de Álava del 30 de abril de 1903. Filiaciones en el Heraldo Alavés del 1 y 9 de mayo de 1903.
CandidatosPartidosVotos
Velasco, JoséCarlista2.017
Ajuria, AlfredoCanalejista1.877

Elecciones generales el 10-09-1905
Ref. Boletín oficial de Álava del 14 de septiembre de 1905. Filiaciones en el Heraldo Alavés del 4 y 12 de septiembre de 1905.
CandidatosPartidosVotos
Llorente, AnicetoRepublicano1.424
Velasco, JoséLiberal-conservador648

Elecciones generales del 21 de Abril de 1907
Ref. Boletín Oficial de Álava del 25 de abril de 1907. Filiaciones en el Heraldo Alavés. del 15, 16 y 17 de abril de 1907.
CandidatosPartidosVotos
Llorente, AnicetoRepublicano2.328
Bilbao, EstebanCarlista833
Ortiz de Zárate, EnriqueIntegrista426
Diversos y blanco11

Elecciones de Diputados provinciales del 24-X-1909
Ref. Boletín Oficial de Álava. del 28 de octubre de 1909. Filiaciones en el Heraldo Alavés del 22-X-1909 y "La L." del 22-X-1909.
CandidatosPartidosVotos
Guinea, BenitoIntegrista1.530
Sautu, DomingoTradicionalista1.175
Atauri, EmilioIntegrista1.165
Ajuria, SerafínLiberal1.006
Tournán, PedroLiberal979
Larrión, Diego871
Villanueva, DámasoRepublicano839
Echanove, Manuel790
Ortiz de Apodaca, DiegoLiberal776
Sautu, Lino772

Elecciones generales del 8 de Mayo de 1910
Ref. Boletín Oficial de Álava del 10 de mayo de 1910. Filiaciones en el Heraldo Alavés del 9 de mayo de 1910.
CandidatosPartidosVotos
Alcocer, CelestinoTradicionalista2.280
Llorente, AnicetoRepublicano1.816
Diversos y blanco297

Elecciones de Diputados provinciales del 9-03-1913
Ref. Boletín oficial de Álava del 11 de marzo de 1913. Filiaciones en los Heraldo Alavés del 10 y 3 del III-1913. y "La L." 8-III-1913.
CandidatosPartidosVotos
Fz. Dans, MiguelRepublicano1.944
Guinea, BenitoTradicionalista1.847
Ortiz, PedroCarlista1.796
Abechuco, PedroTradicionalista1.719
Montoya, GuillermoLiberal1.540
Yera, BenitoMonárquico1.527
Elezalde, LuisNacionalista559
Echevarria, DomingoNacionalista322
Iturribarria, Francisco.Nacionalista290
Diversos y blancos.121

Elecciones generales del 24-02-1918
Ref. Boletín oficial de Álava del 26 de febrero de 1918. Filiaciones en Heraldo Alavés del 6,22 y 23 de febrero de 1918.
CandidatosPartidosVotos
Dato, EduardoPartido Liberal Consr.2.895
Asua, MartínCoalición Católica1.805
Llorente, AnicetoPartido Republicano154
Diversos y blancos48

Elecciones generales del 1 de junio de 1919
Ref. Boletín oficial de Álava del 3-VI-1919. Filiaciones en Heraldo Alavés del 2 y 24 de junio de 1919 y 17 de diciembre de 1920.
CandidatosPartidosVotos
Dato, EduardoLiberal-conservador (2)2.395
Eleizalde, LuisP.N.V.803
Prieto, IndalencioP.S.O.E.305
Diversos y blanco63

Elecciones generales del 19 de diciembre de 1920
Ref. Boletín oficial de Álava del 25 de diciembre de 1920 y Heraldo Alavés del 20 de diciembre de 1920.
CandidatosPartidosVotos
Dato, EduardoLiberal-Conservador3.174
Buylla97
Francisco, EnriqueSocialista61
Mella6
Llorente, AnicetoRepublicano6

Elecciones de Diputados provinciales del 12-06-1921
em>Ref. Boletín oficial de Álava del 14-VI-1921.Filiaciones en "La L." del 11-VI-1921.
CandidatosPartidosVotos
Ruiz de Eguilaz, MarcelinoCarlista1.642
Guinea, José GabrielIntegrista1.414
Ajuria, LeónLiberal-conserv.1.371
Unda, José MªTradicionalista1.350
Ortiz de Anda, CiriacoCarlista1.146
Vinós, AntonioP.N.V.1.090
Aranegui, Sebastián RicardoLiberal-conserv.709

Elecciones de Diputados Provinciales del 12-VI-1921 en el distrito de Vitoria
Ref.Boletín oficial de Álava del 18-VI-1921. Filiaciones en "La L." del 11-VI-1921.
CandidatosPartidosVotos
Ajuria, LeónLiberal-conserv.4.299
Guinea, José GabrielIntegrista4.105
Aranegui, Sebastián RicardoLiberal-conserv.3.350
Ruiz de Eguilaz, MarcelinoCarlista3.175
Unda, José MªTradicionalista3.088
Vinós, AntonioP.N.V.1.896
Ortiz de Anda, CiriacoCarlista1.894

Elecciones generales del 29-IV-1923
Ref. Boletín Oficial de Álava de 5-V-1923, Filiaciones en el Heraldo Alavés. de 25-IV-1923; 26-IV-1923 y 30-IV-1923 respectivamente.
Nº de electores: 6.689
Nº de votantes:4.302
En blanco: 227
CandidatosPartidosVotos
Luis de Urquijo y UssiaIndependiente2.634
Guillermo Elio MolinuevoConservador1.258
Esteban Isusi CarredanoP.N.V.183

En lo que hace a diputados a Cortes destaca el extraordinario peso de los conservadores, 43,7%, que en buena parte se explica por la elección continuada de Eduardo Dato desde 1914 a 1921. Los republicanos alcanzan un 31%, y los carlistas sólo un 12,5%. Pero con esos guarismos, lo cierto es que estos grupos extraturnistas controlaron hasta 1914 dos de cada tres actas de diputados por Vitoria. La elección de diputados a la Diputación alavesa se sitúa en un término medio entre unos y otros datos. Destaca aquí la supremacía tradicionalista en el distrito, con un 31 y 25%, respectivamente, para carlistas e integristas, seguidos a distancia de los conservadores, con un 21%, y de republicanos y liberales, con un 9% cada grupo. La política vitoriana durante la Restauración no se vio demasiado alterada hasta 1914. A partir de ese año, los sectores que hegemonizaban la sociedad y la economía, básicamente dinásticos, consiguieron trenzar una operación pretendidamente anticarlista, de claros contenidos "vitorianistas" y clientelares, con la que rompieron la dinámica anterior. A través de la llamada Alianza Patriótica Alavesa, dirigida por el conservador Guillermo Elío y por el liberal Gabriel Martínez de Aragón, los dinásticos incorporaron a su bloque a republicanos y hasta socialistas, diluyendo la personalidad específica de estas fuerzas -sobre todo de los primeros- y acelerando el proceso de descomposición de la política local, paralela a la crisis restauracionista española. Durante ésta, los días 15 y 16 de julio de 1917 tiene lugar la reunión de las tres Diputaciones vascongadas para elaborar el célebre mensaje.

Conferencias políticas entre los representantes o comisionados de las tres provincias vascongadas y eventualmente de Navarra celebradas en Vitoria-Gasteiz hasta 1936
Ref. La articulación político-institucional de Vasconia: Actas de las Conferencias firmadas por 5 de mayo los representantes de Alava, Bizkaia, Gipuzkoa y eventualmente de Navarra (1775-1936), Agirreazkuenaga, J. (Ed.), 2 vols., Bilbao, 1995.
Siglo XVIII
17946 de diciembre
179911-14 de junio
Siglo XIX
181221 de febrero
24 de febrero
181623-25 de setiembre
181717 de marzo
4-5 de junio
26-27 de julio
6-8 de diciembre
10 de diciembre
182726 de junio
182822-24 de setiembre
18304-5 de octubre
183323 de marzo
184015 de setiembre
20 de setiembre
184217 de octubre
184530-31 de marzo
184620 de junio
11 de diciembre
184824-26 de junio
185024-25 de enero
185224-25 de enero
185513 de noviembre
18576-8 de noviembre
185927 de octubre
186031 de agosto
186227-28 de octubre
1863abril
22 de octubre
18659 de julio
1867marzo
18687 de marzo
22 de marzo
186916 de junio
22 de junio
187016 de febrero
1871octubre
15 de noviembre
18747-8 de setiembre
14 de noviembre
18755 de setiembre
16 de diciembre
1876febrero
11 de abril
5 de mayo
16 de junio
julio
15 de julio
18 de agosto
18-19 de octubre
16 de noviembre
25-27 de noviembre
18777 de mayo
18868 de julio
189010 de diciembre
189313 de diciembre
18957-9 de febrero
189828-29 de junio
Siglo XX
190416 de diciembre
19061-2 de marzo
19079 de noviembre
191223 de noviembre
191614 y 24 de octubre
4 de noviembre
191716 de julio
191819 de noviembre
191918 de febrero
192810 de agosto
193016 de octubre
19326 de enero
8 de marzo
26 de junio
19351 de abril

El poder de la Alianza Patriótica comenzó a declinar, tanto en el Ayuntamiento como, particularmente, en la Diputación, a partir de 1918. Como resultado de esa crisis, se impuso por fin la hasta ahora ocultada nueva dualidad en sentido izquierda-derecha, con manifiesto peso del segundo de estos dos bloques. La descomposición de la política local se expresó en la reaparición de candidaturas de apariencia neutra (en realidad, tradicionalistas, también en crisis), y sobre todo en el surgimiento con fuerza del nacionalismo vasco, opción que entre 1920 y 1923 representó en Vitoria un atisbo de recuperación de una vida política ya muy deteriorada y apática.

El tiempo de la Restauración es también el de la eclosión del movimiento obrero local, que en Vitoria no cobró altos vuelos por no constituir el proletariado propio un sector ni demasiado numeroso ni demasiado identificado interna y externamente. A los socialistas se debe la primera organización obrera moderna, a partir de 1897. Estos hegemonizaron este campo hasta 1920, a pesar de que en 1905 se produjo una ruptura dentro de la Federación Obrera que propició la aparición de unos tan numerosos como inoperantes sindicatos católicos. En 1920 los socialistas se vieron desplazados por los sindicalistas de la CNT, que se hicieron con el control de una mayoría de la Federación Obrera, y que desarrollaron durante ese trienio, hasta 1923, una política sindical demasiado radicalizada para las posibilidades objetivas de la ciudad.

La economía fabril vitoriana vivió su oportunidad en el primer lustro del siglo XX, cuando coincidiendo con un proceso paralelo en toda España se produjo una extraordinaria inversión en sociedades anónimas, manifestada en la apertura de diversas empresas de mediano tamaño. Así, en 1900 se crearon el Banco de Vitoria, la Azucarera Alavesa y La Metalúrgica. Un año después, La Industrial Alavesa y El Porvenir Industrial. En 1903, las grandes panificadoras, El Ancora de Abechuco y La Vitoriana. Luego, la factoría de Pedro Hueto, La Maquinista, la Cooperativa de Electricidad, Aranzábal y Ajuria y otras. Sólo en 1900 se invirtieron más de diez millones de pesetas en sociedades anónimas, una cifra que no se alcanzaría hasta llegar a los años 30. La oportunidad, sin embargo, quedó en buena medida frustrada al fracasar algunas de las más importantes iniciativas empresariales (El Porvenir, La Metalúrgica -luego reflotada por Aranzábal y Ajuria-, La Industrial y La Maquinista). Con todo, otras siguieron activas y consiguieron impulsar el tejido industrial y económico de la ciudad. Pero el relativo fracaso recondujo la economía vitoriana hacia posiciones conservadoras, de manera que la ciudad se incorporó a una terciarización extraña, consistente en una especialización que explotaba la presencia sobredimensionada de clero y ejército, que monopolizaba la creciente burocracia y administración, así como diversos servicios públicos, o que manifestaba mayor atención a los negocios de la Deuda o de la explotación inmobiliaria que a la inversión en industrias y negocios. El conservadurismo de la economía iría parejo al expresado por la política, la cultura o la sociedad. Vitoria era una "ciudad levítica".

Poco tiene de extraordinario o de peculiar la vida vitoriana durante esos años. En general, puede decirse que su pulso es el mismo que el del resto del país. La tensión social se relajó, bien por la fuerza (puesta fuera de la ley de las organizaciones más reivindicativas), bien por el buen momento económico. La economía se reactivó. La política perdió interés y el hueco lo llenó un protagonismo de lo privado y de lo cotidiano francamente interesante. El deporte cobró una importancia extraordinaria. La mujer comenzó a aparecer en las páginas de la prensa. Los dinámicos bares empezaron a sustituir a los estáticos cafés. La cultura vasca cobró cierta singularidad, sustituyendo de nuevo al vacío dejado por la reivindicación nacional. Cuestiones hasta ahora dejadas en un segundo plano, como el problema de la vivienda popular y de clases medias -se construye la Ciudad Jardín- o la institucionalización de las relaciones laborales, pasaron a ocupar un papel de primer orden. La Unión Patriótica, el partido del dictador, tampoco prosperó en Vitoria, y fue incapaz de constituirse como formación eficaz y duradera en el tiempo. Tanto la Diputación como el Ayuntamiento fueron ocupados, por designación gubernamental o por representación corporativa, por elementos que luego constituirían buena parte del personal político durante los primeros años del franquismo. De alguna manera, la Dictadura de Primo de Rivera supuso su bautismo en el terreno de la actividad pública. A falta de otras emociones, la demografía vitoriana creció como no lo había hecho en los últimos cuarenta años, pasando de 34.000 a 40.000 habitantes en ese decenio censal. La política permaneció fosilizada, pero la sociedad procedió a fijar y a hacer reales los cambios que se venían manifestando y acumulando en años anteriores. La sociedad se "masificó" y, en ese sentido, contradictoriamente, se "democratizó" en sus comportamientos, aunque no lo hiciera en el terreno más formal de la política.

La inviabilidad del régimen dictatorial dio paso al interregno incierto de 1930. Este es un año de una gran importancia por los cambios que en él se producen. En principio, la tensión acumulada a partir de 1927 estalló en la medida en que se relajó el control gubernamental, se generalizó su crisis y se suscitaron expectativas reales de transformación. En los seis últimos meses de 1930 se produjeron trece huelgas en Vitoria, lo que colocó a la ciudad en un inédito puesto en el ranking de conflictividad social en España. Los sindicalistas de la CNT reaparecieron con mucha fuerza, protegidos a veces por sectores republicanos. También recuperaron efectivos la UGT y los católicos, y Solidaridad de Obreros Vascos surgía en 1931 y se convertía en sólo dos años en la primera fuerza sindical alavesa en cuanto a número de socios, no tanto por su presencia real en el escenario social. Las huelgas de ese año se resolvieron con importantes éxitos para la CNT, lo que explica en parte la radicalización a que se sometió esta organización hasta 1933, un factor básico para explicar parte de la tensión vivida en la ciudad en esos años. En otro terreno, fundamental, en 1930 se produjo un desplazamiento de la hegemonía social de la fuerzas conservadoras hacia el republicanismo. Destacados prohombres del dinastismo, como Martínez de Aragón o el antiguo alcalde José Otálora, abandonaron las filas del monarca, como lo hacían otros personajes como Alcalá Zamora. Ello permitió que a las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 los republicanos llegasen muy fortalecidos, en detrimento de la derecha local, tradicionalmente más potente, pero ahora absolutamente desorientada y desorganizada al no haber sido capaz de retener la estructura de la anterior Unión Patriótica o de su sustituta, la Unión Monárquica Nacional. Fruto de esa situación fue la mayoría obtenida por la coalición republicano-socialista en el Ayuntamiento vitoriano de 1931 (corta y tras la repetición parcial de las elecciones), lo que le permitió gobernar esta institución, así como la Gestora Provincial republicana (la Diputación). Al frente de uno y otra se colocaron Teodoro González de Zárate y Teodoro Olarte, respectivamente, dos medianos industriales de vieja trayectoria republicana.

Elecciones del 12 de abril de 1931
Ref. Boletín Oficial de Álava del 14-IV-1931. Filiaciones en El Día de San Sebastián.
CandidatosPartidosVotos
José Gabriel GuineaIntegrista414
Cesáreo IradierConservador400
Manuel MansoLib.conservador374
Angel VianaDerechista312
Julián ZárateDerechista305
Saturnino ApraizIzquierdista270
Dámaso VillanuevaIzquierdista535
Teófilo MartínezIzquierdista528
José BagazgoitiaSocialista516
Santos CendoyaJaimista427
José OlariagaDerechista425
Manuel ArámburuIzquierdista365
Tomás AlfaroIzquierdista364
Juan Cruz Ruiz de AzúaIzquierdista361
Moises Ruiz de GaunaDerechista292
Teodoro Gz. de ZárateIzquierdista589
Francisco Dz. de ArcayaSocialista587
José CastresanaIzquierdista584
Santiago QuintanaIzquierdista583
Javier ElorzaDerechista402
Moises ArmentiaReformista401
Alfonso GarcíaIzquierdista485
Teodoro OlarteIzquierdista478
Primitivo HerreroSocialista464
Ecequiel PeciñaJaimista294
Francisco Lz. de AberásturiDerechista423
Germán Mz. de EzquerecochaDerechista416
Nicolás LandaDerechista396
Angel ElgueaDerechista309
Cornelio ArrietaDerechista298

Dio la victoria electoral a las derechas el voto de los distritos rurales; en el casco la izquierda ganó por 300 votos de diferencia. Los concejales resultantes fueron 16 monárquicos, 15 republicanos socialistas y dos católicos independientes. Los nacionalistas Madinabeitia, Eguilar y Trocóniz publicaron una carta en los periódicos locales, con anterioridad a las elecciones, diciendo que habían causado baja voluntaria de ambas ramas del nacionalismo, sin haber renunciado a sus ideales, pero que hacían pública su retirada de la contienda electoral. Fuentes republicanas atribuyeron esta actitud a indicaciones del palacio episcopal. El 14 de abril, tras conocerse la proclamación de la República en España, el Comité Republicano de Vitoria convocó a todos los concejales electos a una reunión en su sede, tras lo cual y autorizados por el Gobierno civil, los manifestantes se dirigen al ayuntamiento. Guinea, alcalde saliente y concejal derechista electo, entrega el ayuntamiento. Izada la bandera republicana, es elegido alcalde Teodoro Gz. de Zárate, libertándose a las 9:30 a los cinco presos políticos que había en la cárcel. Hablan San Vicente y L. Apraiz. Días después entregaba el Ministerio de Gobernación la lista de concejales que debía de integrar el ayuntamiento. Su comisión ejecutiva se compuso sólo de republicanos y socialistas: González de Zárate, republicano, Herrero y Díaz de Arcaya, socialista y los republicanos, Susaeta, Aramburu, Alfaro y Villanueva.

Elecciones del 31 de mayo de 1931.
Ref. La Voz de Guipúzcoa, 2 de junio de 1931.
CandidatosPartidosVotos
En casas Consistoriales:
Manuel Díaz de JanguituRepublicano315
Claudio LegarazCatólico205
ANV 92
PNV 69
En Mercado:
Ramiro de AragónRepublicano336
José SánchezPNV213

Por su parte, la derecha no logró reorganizarse hasta las vísperas de las primeras elecciones a Cortes constituyentes, en junio de 1931. La operación corrió a cargo de José Luis Oriol Urigüen, un industrial vizcaíno, antiguo maurista, capaz de aglutinar a las diversas fuerzas conservadoras, de carlistas a viejos dinásticos, bajo las siglas de Hermandad Alavesa. Esta entidad ingresaría poco después en la Comunión Tradicionalista, pero su supremacía política en Alava fue a costa de diluir la identificación carlista en beneficio de su condición de aglutinante de la derecha provincial. Las elecciones a diputados de junio de 1931 fueron ganadas por el médico republicano Susaeta, que arrolló en la ciudad a sus oponentes derechistas y nacionalistas (4.192 votos frente a 2.853).

Elecciones generales del 28 de junio de 1931
Ref. Boletín Oficial de Álava del 30 de Junio de 1931. Filiaciones en la Gaceta del Norte del 30-VI-1931.
CandidatosPartidosVotos
Susaeta, Félix Republicano 4.191
Oriol, José Luis Tradicionalista 1.804
Ramírez Olano, Pantaleón Estatutista 1.039
Diversos y blanco 76

El primer bienio republicano se caracterizó en Vitoria por la fuerte tensión social que imprimió la CNT, lo que le llevaría a padecer la represión y el aislamiento político y social, y a la crisis vivida a partir de 1933. A la vez, las relaciones entre los republicanos se fueron complicando, hasta llegar a la división de fuerzas que en noviembre de 1933 explica la fuerte derrota de este bloque en las elecciones legislativas. La derecha de Oriol mantuvo hasta finales de 1935 una oposición dura, aunque todavía en los espacios de la legalidad, a pesar de la implicación colateral de alguno de sus miembros en la "sanjurjada" de 1932. A partir de 1935 se haría manifiesta su práctica violenta y su impugnación radical del proceso republicano.

En paralelo, la ciudad fue escenario del debate estatutista y de otros momentos de tensión como la expulsión del obispo Múgica (19 de mayo de 1931). El debate sobre el Estatuto se encontró en Vitoria con la oposición del gobierno municipal y provincial al proyecto de Estella. El de las Gestoras fue aprobado en Pamplona (19 de junio de 1932) también por el ayuntamiento vitoriano, con el único voto contrario de un concejal radical. Otro tanto sucedió en el verano de 1933, a pesar de la oposición de los tradicionalistas. Por último, el plebiscito del 5 de noviembre de 1933 se saldó en la capital con un 62% de votos favorables, un 10,7% de negativos y un 26,7% de abstenciones (casi la mitad de la media provincial).

La derecha llegó al poder también en Vitoria y Álava tras las elecciones de noviembre de 1933. Estas depararon el triunfo de Oriol, seguido de Landáburu, candidato del PNV. Los resultados en Vitoria son expresivos de la crisis y desunión de los partidos republicanos: 7.137 votos para Hermandad Alavesa, 3.767 para el PNV, 2.627 para los republicano-socialistas y 1.036 para los radicales de Lerroux. El 2 de febrero de 1934 el gobernador civil nombró una nueva Gestora Provincial con cinco radicales y dos radical-socialistas, con el periodista Luis Dorao, director de La Libertad, al frente de la misma. Cuatro meses más tarde se nombraría otra de composición similar o incluso más escorada hacia la derecha. El conflicto suscitado por los ayuntamientos vascos, en el verano de 1934, debido al llamado Estatuto del vino, propició la destitución o la dimisión de los concejales de Izquierda Republicana, del PSOE y del PNV. El 3 de setiembre el gobernador civil nombró una gestora municipal a base de radicales lerrouxistas, de monárquicos e incluso de miembros de la CEDA. Cuatro de estos nuevos concejales ya lo habían sido de nombramiento gubernativo durante la Dictadura de Primo de Rivera. El radical Ginés Ostolaza fue designado alcalde, siendo sustituido a partir de diciembre por su correligionario Manuel Díaz de Jungitu. Acontecimientos como la sublevación anarquista de diciembre de 1933 o el movimiento básicamente socialista de octubre de 1934, a pesar de ser importantes en localidades cercanas (Labastida y Mondragón o Bilbao, respectivamente) no tuvieron casi repercusión en Vitoria. Con todo, entre esas dos fechas se enmarca la crisis definitiva del obrerismo de izquierda también en la ciudad. A partir de 1935 se recompuso lentamente la unidad del bloque republicano. Mientras, en la derecha, la CEDA incrementó notablemente su presencia en la opinión pública -sobre todo en la urbana, en Vitoria-, como bien se demostró en las elecciones de febrero de 1936. En éstas, la victoria correspondió de nuevo a Oriol y al candidato del Frente Popular, Ramón Viguri. En Vitoria ganó el republicano en la primera vuelta, seguido de Oriol y de Luis Pérez Flórez-Estrada, candidato de la CEDA. El nacionalista Landáburu se quedó en minoría.

Elecciones generales del 16 de febrero-1 de marzo de 1936. (1ª y 2ª vuelta)
Ref. Euskadi del 3-III-1936 y del 18-II-1936. Filiaciones en La Gaceta del Norte del 18-II-1936.
CandidatosPartidosVotos
2ª vta.1ª vta.
ViguriFrente Popular5.4235.323
F. EstradaFrente Contrarrev.4.0724.264
OriolFrente Contrarrev.3.6574.473
LandaburuPNV2.6492.509
Varios4241

Ya en pleno Frente Popular, durante la primavera de 1936 conoció Vitoria la huelga general obrera más importante de las producidas hasta entonces. Pero se trató de un conflicto pacífico, controlado por los sindicatos -básicamente por la CNT y por los católicos- y desprovisto del dramatismo que había caracterizado la conflictividad social entre 1931 y 1933. La tensión social habida en la ciudad no explica, ni mucho menos justifica, lo ocurrido a partir del 18 de julio. Como sucediera en otras ocasiones, Vitoria se movía por influjo externo.

El 19 de julio, en Vitoria, a las 7 de la mañana, el teniente coronel de infantería (Batallón "Flandes 6"), Camilo Alonso Vega, proclamó el estado de guerra y asumió los poderes civil y militar. La provincia, en su casi totalidad, y la capital cayeron inmediatamente en poder y bajo control de los militares sublevados. La reacción de los sindicatos fue convocar una huelga general a partir del lunes 20, que duró hasta el día 23.

La guerra no tuvo en Vitoria el dramatismo de otros lugares. Como punto estratégico en la ruta Navarra-Madrid -la que sostenía Mola-, trató de ser recuperada desde Bilbao por fuerzas leales a la República. La primera colisión de tropas se produjo en Legutiano-Villarreal, en la segunda quincena de julio. Después, desde el último día de noviembre, y hasta enero de 1937 (sobre todo hasta el 24 de diciembre de 1936), se desarrolló definitivamente la batalla de Villarreal, el único hecho de armas que afectó a la ciudad. Esta fue bombardeada por el ejército vasco, sin producir importantes daños. A partir de ahí, la guerra se limitó en Vitoria a lo que se había conocido en anteriores contiendas civiles: privación y desabastecimiento, fractura del orden social, radicalización de minorías, persecución de los vencidos e invasión de elementos militares de todo signo.

La represión en Álava fue escasa, en términos comparativos con otros lugares. Ello se explica por la reducida tensión social que se vivía en la provincia. Hay certificadas por lo menos 163 ejecuciones. La morbosa media de Álava está en casi la mitad de la general española. Más que por el número, la represión en la provincia impactó por su "carácter cualitativo": en diferentes "paseos" fueron asesinados el alcalde de Vitoria, Teodoro González de Zárate, el presidente de la Diputación, Teodoro Olarte, varios concejales y destacados personajes de las fuerzas de oposición. La ideología y la vecindad de los represaliados responden al mapa de influencia provincial de republicanos, izquierdistas y nacionalistas: se asesina a republicanos de izquierda, anarquistas de la CNT, socialistas y nacionalistas vascos, vecinos a su vez de Vitoria, Rioja alavesa, Arraya-Maestu, Zambrana, Araya, Nanclares, Asparrena y la zona que en principio no controlaron los sublevados (valle de Ayala). A mediados de 1937, sólo en Vitoria, había 4.000 prisioneros. La Comisión Provincial de Incautación de Bienes encausó a 749 personas en la provincia (curiosamente, donde menos, en la capital). El funcionariado fue depurado: 55 sanciones en la Diputación y otras tantas en el Ayuntamiento. Los maestros sancionados fueron 25, de los cuales 8 perdieron su empleo.

La provincia de Álava, después de Navarra, fue la que más voluntariado proporcionó al ejército sublevado. Se ha hablado de hasta 3.000 voluntarios. Por lo menos hay 2.051 documentados: un 78% requetés tradicionalistas, un 19% falangistas y un 2,6% de Acción Popular (CEDA). De ellos, 465 eran vitorianos (el porcentaje más bajo de toda la provincia): en este caso, un 57% carlistas, un 33% de Falange y un 10% de AP. Aparte de esta milicia que acudía al frente, existió otra encargada de velar por la seguridad de la retaguardia: la Milicia Ciudadana. En cuanto a los nuevos poderes locales, el rápido control de la situación por parte de los sublevados permitió una pronta sustitución del personal militar por el civil. La derecha provincial ocupó las instituciones depuradas y disueltas. Carlistas, católicos, algunos falangistas y, en menor medida, viejos conservadores de Renovación Española o de la CEDA se hicieron con el Ayuntamiento y con la Diputación. A destacar la presencia de los independientes, derechistas sin adscripción precisa que ya habían ocupado puestos similares durante la Dictadura de Primo de Rivera. Del mismo modo, se hacen notar también los intereses de la empresa y de la propiedad, como Serafín Ajuria o como el nuevo alcalde, Rafael Santaolalla<, presidente y fundador de la patronal. Con todo, y a pesar del fácil control de la zona, la retaguardia vivió fuertes tensiones entre carlistas, falangistas, militares y franquistas de primera hora. El Decreto de Unificación y la creación del partido único (FET y de las JONS) no mitigó esta pugna por el poder que, tras diversas fases, se resolvería en beneficio de ese ambiguo sector al que ya en la época se le denomina "franquista": una mezcla de vieja derecha de los tiempos de la monarquía y neutros oportunistas. Los carlistas locales estuvieron más en la línea pragmática de Rodezno -bien representada por Oriol- que en la ortodoxa de Fal Conde. Por eso, expurgados los radicalismos del momento de la guerra, al final de ésta se adaptaron en su mayoría a la nueva situación. Por último, los pocos y jóvenes falangistas vitorianos y alaveses, también rebajados de estridencias, se conformaron con el control de determinadas parcelas del partido y del sindicato únicos.

La larga Dictadura de Franco no encontró en Vitoria una oposición estable hasta los primeros años setenta. A pesar de que un informe oficial de 1947 calificara a la provincia, junto con Navarra, como territorio "dudoso", la disidencia política al primer franquismo no alcanzaría mucho más que al descontento de ciertos sectores carlistas.

De otro carácter sería la oposición política al régimen. Hasta mediados de los cincuenta hay que hablar de una débil resistencia interna, aunque jalonada por dos sucesos de cierta entidad. El 19 de junio de 1946, la acción de un pequeño grupo de nacionalistas vascos contra los actos oficiales de homenaje a Francisco de Vitoria, sirvió para hacer patente la disidencia, trasladarla a determinados ámbitos a través de los profesores extranjeros asistentes a la celebración, y extenderla a la opinión pública local por medio de los procesamientos subsiguientes. En esas mismas fechas, el 27 de mayo de ese año, se localiza la primera huelga habida tras la guerra: en la factoría metalúrgica Aránguiz. Un lustro después tuvo lugar la huelga de 1951, contra la carestía de la vida y con ciertos contenidos de oposición al régimen. En su punto más álgido, el 5 de mayo, cerca de 4.000 obreros vitorianos se sumaron al paro, manifestando importantes dosis de espontaneidad que superaron los preparativos de una precaria organización nacionalista. La represión, la reacción oficial y los encausamientos posteriores sirvieron para dar aún más eco a este conflicto. Pero a la vez, también propiciaron la desarticulación de esta oposición, así como la manifestación de su "envejecimiento". Se trataba de activistas que todavía procedían de la República, y que en el futuro serían sustituídos por generaciones muy diferentes de opositores. En lo que hace a familias políticas, se puede decir que fue la nacionalista la que ya desde el fusilamiento de Luis Álava Sautu en mayo de 1943 vivificó su presencia -con todo, escasa- en la ciudad. Otras fuerzas fueron poco menos que inexistentes o se limitaron a actos simbólicos. A partir de los primeros cincuenta, y tras su vuelta de la cárcel y del destierro, despunta la figura de Antonio Amat, el hombre fuerte del socialismo en el interior, que confiere a la ciudad cierto protagonismo casual en esta crónica de la resistencia (casual en tanto que su particular función y activismo no conllevaron directamente la creación de un sector socialista vitoriano de cierta entidad).

La postguerra impactó en Vitoria de una manera no muy distinta que en el resto del país. La renta nacional retrocedió veinte años. También en la capital alavesa, privación, escasez y racionamiento fueron la tónica. La Dictadura sirvió también para anular la transformación que vivía a partir de los años veinte y treinta el lugar. En 1950, Vitoria vuelve a ser una ciudad anodina, inánime, habitada por 50.000 pobladores que siguen dedicados a abastecer de servicios y de productos a su entorno rural más inmediato. En 1949 la economía local sufrió un fuerte impacto al perder la capitalidad de la Diócesis, tras desgajarse de ella las de Bizkaia y Gipuzkoa. Con todo, para entonces la mano de obra industrial ya superaba a la ocupada en el sector servicios (44,3 frente al 43,9%: 9.564 trabajadores industriales, mayoritariamente metalúrgicos). En cuanto al gobierno institucional de la urbe, es muy poco lo que se sabe aún, más allá del listado de autoridades y del hecho constatado de que su nombramiento no respondía al deseo popular sino al equilibrio de poderes de las fuerzas que sostenían la Dictadura, tanto a nivel local como general.

Pero lo realmente sustancial de la historia vitoriana en la segunda mitad del siglo XX es la radical transformación que se vive, a partir de finales de los años cincuenta, como consecuencia de su industrialización. Esta comenzó de una manera bastante espontánea, ocupando espacios en la periferia de la ciudad junto a las vías de comunicación. Se trata en principio de empresas procedentes del valle del Deba, que ya comienzan a escapar de la saturación de aquellas zonas. En el decenio de los 50 se instalaron en la ciudad 247 nuevas empresas. Pero en el siguiente, éstas alcanzaron la cifra de 874, que se convirtieron en 833 en el tiempo que va de 1970 a 1977. Las razones que explican este espectacular proceso son algunas como éstas: la saturación del suelo industrial en zonas colindantes de Gipuzkoa y Bizkaia; la existencia de una oferta de suelo, disponible, barato -entre 10 y 15 veces menos que en la cuenca del Deba-, preparado para las necesidades industriales y bien comunicado; las ventajas fiscales del Concierto Económico; la actuación de las instituciones públicas locales cara a estimular la llegada de las empresas; la existencia de una mano de obra cualificada; y la relativamente fácil integración de la población emigrante. Los efectos inmediatos de esta industrialización fueron por lo menos dos: el desequilibrio entre la capital y la provincia se acentuó todavía más (tres cuartas partes de la población y de la industria están concentradas en Vitoria); y la llegada masiva de población inmigrante que transformó por completo la ciudad, sometida a su vez a un desbordante y ordenado proceso de urbanización. Así, se pasa de 53.571 habitantes en 1950 a 74.936 en 1960, y a 173.137 en 1975. En ese año, el 34,2% de los vitorianos tenía menos de 18 años, dos de cada tres ocupados eran trabajadores industriales, y sólo el 41,8% había nacido en la capital.

Los sangrientos sucesos que acabaron con la vida de cinco trabajadores a manos de la policía el 3 de marzo de 1976 marcan el momento en el que las transformaciones socioeconómicas que se habían venido produciendo en la ciudad se traducen en efectos sociales y políticos. La huelga, iniciada el 9 de enero por parte de la plantilla de Forjas Alavesas, se transformó en una concatenación de demandas y conflictos empresa a empresa que un movimiento obrero recién creado transformó en un proceso de gran radicalidad tanto en sus demandas como en sus mecanismos de organización, presión y decisión. Como se ha escrito, marzo de 1976 marca el instante en que esa nueva clase obrera se hace visible en la ciudad. A la vez, el proceso de toma de conciencia social coincide con una paralela toma de conciencia política en el marco de la crisis postfranquista. La singular transición política vivida en el País Vasco cobró en Vitoria, a partir de aquellos acontecimientos, una deriva muy particular que todavía hoy, aunque de forma minoritaria, se percibe. 1976 y, sobre todo, el año siguiente, marcan también el inicio de la crisis económica, que frenó la constante inmigratoria y de crecimiento industrial. La ciudad, a partir de aquellos cambios de los años sesenta y setenta, dejó de ser la levítica urbe que había sido durante siglo y medio.

El proceso político posterior trajo consigo la capitalidad de la Comunidad Autónoma Vasca (23-03-1980), con el consiguiente repunte del sector terciario y el regreso a una anterior terciarización económica, aunque de signo bien diferente de la que se había conocido. En términos políticos, la ciudad se ha venido manifestando a partir de un equilibrio móvil entre tres fuerzas básicas: un centro derecha español, agrupado tras las siglas de la UCD y, finalmente, del PP; una izquierda obrerista en cuanto a su base social, articulada en torno al Partido Socialista; y un nacionalismo vasco, representado mayoritariamente por el PNV/EA, capaz de aglutinar a personajes relevantes de la vida local y de consolidarse con una fuerza inédita hasta ese momento.

Elecciones generales del 15-VI-1977
PSOE29.700
UCD28.969
PNV12.806
AP5.973
PCE3.290
DCV2.548
ASD2.343
EE1.991
FUT:1.979
ESB1.898
PSP1.518
FDI642
AET293
PP145
FE128

Reférendum constitucional 6-12-1978. (Censo electoral: 123.015)
Votos73.735
52.608 (42,76%)
No14.250 (11,58%)
Blanco5.848.
Abstención49.280 (40,06%)
Abstestención y No51,64%.

Elecciones generales del 1-03-1979. (Censo electoral: 123.348)
Diputados
UCD20.48723,92%
PSE19.19322,41%
PNV17.30120,20%
HB7.8909,21%
UFN5.3526,25%
EE4.7475,54%
PCE3.0603,57%
ORT1.0221,19%
EMK9861,15%
UN8530,99%
PTE5880,68%
PSH5410,63%
PC4240,50%
LKI4210,49%
PP1460,17%
Senado
UCD: Alfredo Marco19.90823,25%
UCD: Miguel Aguirre19.43422,69%
PNV: José Ignacio Bajo19.04922,24%
Abstenciones37.73430,59%

Elecciones generales del 1 de marzo de 1979
Resultados obtenidos por partidos con un total de 119.892 votos emitidos de los que 3.772 fueron blancos y nulos
UCD20.443
PSOE19.193
PNV-EAJ17.301
UF5.352
EE4.791
HB3.890
PCE-EPK3.060
ORT1.022
EMK-OIC986
UN853
PTE588
PSE541
P. Carlista424
LCR421
P. Proverista146
PCT2

Elecciones municipales del 3 de abril de 1979.
Para cubrir las 27 concejalías de éste ayuntamiento se presentaron doce candidaturas: PSOE, PNV, EMK-OIC, EE, PTE, EFV, LKI, PCE, UCD, ORT, Candidatura Independiente de los Pueblos del Ayto., de Vitoria y Udal-Etxe Aukera, éste último apoyado por HB. Sobre un censo electoral de 123.348, resultando elegidos los seguientes concejales: PNV con 25.367 votos: José Angel Cuerda, Merche Villacián, María Jesús Aguirre, Juan María Ollora, Fº José Ormazábal, Luis Mª Aldaiturriaga, José Oficialdegui, José Ramón Molinuevo, Luis Alejandro Aristondo y Jesús Ibáñez, (Ollora, nombrado luego diputado foral, será sustituido por Lourdes Aburto); UCD con 20.375 votos: Alfredo Marco, Guillermo Suso, Mariano Chacho, Benedicto Barrios, Rosario Muela, Valeriano Tobar, Miguel Echevarría y Germán Ruiz de Azúa; PSOE con 14.551: Luis Alberto Aguiriano, José Vidal, Amado Ascasso Trincado, Primitivo Prieto, Cristina Valverde y José Pérez; Udal-Etxe Aukera con 7.989: Severino Rodríguez de Yurre, Saturnino Heras Ortíz y Guillermo Perea López. Alcalde:José Angel Cuerda del PNV, por encabezar la lista más votada, ya que en la elección de alcalde todas las formaciones se votaron a sí mísmas, excepto la de U. E. A. que votó en blanco.
Referéndum estatutario del 25-10-1979 (Censo electoral de 124.119)
Votos79.94264,41%
Abstención44.17735,59%
66.22682,84%
No7.9409,93%
Blanco4.5765,72%
Nulo1.2001,50%
s/c53,35%

Primeras elecciones para el Parlamento Vasco: 9-03-1980. (Censo electoral: 127.568)
PNV11.91426,49%
UCD13.96118,57%
PSE11.53615,98%
HB10.26613,65%
EE8.10510,78%
AP4.7166,27%
PCE2.5613,40%
ESEI1.1231,49%
ORT6250,83%
EMK6080,80%
LKI2990,39%
EKA2360,31%
CUC1190,15%
Abstenciones52.40641,08%/td>

Elecciones generales del 28 de Octubre de 1982
PSOE41.882
AP/UCD20.128
PNV20.079
HB9.858
EE8.120
CDS4.500
PCE1.224
PST620
FN237
PCEml103
UCE102
CUC91
SE90
Escrutados132.910
Abstenciones22.046
Nulos2.657
Blancos1.170

Elecciones municipales del 8 de mayo de 1983
Concejales:
EAJ-PNV: José Angel Cuerda Montoya, María Jesús Aguirre Uribe, Francisco José Ormazabal Zamacona, José R. Berzosa Ibañez de Arroyabe, Luis María Aldayturriaga Ais, Jesús Ibañez de Matuco Cueto, Elena Peciña Anitua, Juan José Urraca Tejada, Julián Estrela Suñen, Angel Rodrígez Riaño, Julián María Asurmendi Barrio. HERRI BATASUNA: Guillermo Perea López de Letona, Fco. Javier Vareño Ormaetxebarria. PSOE: Fernando Buesa Blanco, Francisco Javier Rojo García, María Blanca Elena Alday Carrasco, Roberto San Ildefonso Izaguirre, Francisco Castañer López, Jesús Angel Ignacio Loza Aguirre, Juan Antonio Martínez de Butrón Alberdi, José Soriano Cabrera, Azucena Lamaza Martínez. EE-IPS: Juan José Olaberria Uliondo. AP-PDP-UL: Clemente López-Cano Trincado (PDP), María Mercedes Usatorre Zubillaga (AP), José Manuel Barquero Vázquez (Ind.), Luis Martínez Osorio Ulled (Ind). Resultó elegido alcalde el primero.
Elecciones al Parlamento del 26-II-1984
PNV28.313
PSOE26.154
CP14.620
HB9.042
EE7.700
Auzolan1.006
PC878

Elecciones generales del 22 junio de 1986
PSOE36.584
CP15.347
PNV14.642
HB10.584
CDS9.684
EE8.729
IU926
UC631

Elecciones municipales del 10 de junio de 1987
Resultaron elegidos los siguientes concejales: José A. Cuerda (EA), María J. Aguirre (EA), Luis Aldayturriaga (EA), Elena Peciña (EA), Alberto Jiménez (EA), Jesús I. Matauko (EA), José Nanclares (EA), Julia Estrela (EA), Estanis Aguirre (EA), María Pérez (EA), Augusto Borderas (PSOE), Andrés Sánchez (PSOE), Jesús Loza (PSOE), Juan Mª Butrón (PSOE), José Mariaca (PSOE), Javier Alienza (PSOE), Iñaki R.Pinedo (HB), Seve Yurre (HB), Maritxu Goikoetxea (HB), Julio Laespada (PNV), Dora Pinedo (PNV), Alfredo Marco (CDS), Manuel Fernández (CDS), Ramón Garín (AP), José Pizarro (AP), José Mª Salbidegoitia (EE), Mikel Unzalu (EE).
Elecciones generales del 29 de octubre de 1989
PSOE28.869
PP14.589
PNV13.358
HB10.337
EE9.641
EA7.791
CDS7.576
IU3.546
Otros4.290

Institucionalmente, ha sido el PNV quien más beneficio ha cobrado de la situación, manteniendo ininterrumpidamente en la alcaldía a un personaje singular, carismático y heterodoxo como José Ángel Cuerda.

Elecciones el Parlamento de Vitoria del 28-10-1990
PSOE21.537
PNV17.299
UA12.326
HB10.328
PP10.168
EE6.638
EA6.313
CDS1.040
Otros4.912

Elecciones municipales del 26 de mayo de 1991
Fue elegido alcalde José Angel Cuerda Montoya (PNV)
PNV22.431
CDS18.748
PSOE15.986
HB7.779
PP7.061
EA4.537
EE3.551
Otros1.637

Elecciones generales del 6 de junio de 1993
PSE/EE33.095
PP23.669
PNV15.834
UA14.240
HB9.434
EA5.696

Elecciones al Parlamento de Vitoria del 23-10-1994
UA22.215
PNV18.303
PSE/EE16.796
PP16.583
IU10.536
HB8.887
EA6.350
CNPS222

Elecciones municipales del 28 de mayo de 1995
Fue reelegido alcalde José Angel Cuerda Montoya (PNV)
PNV29.858
UA18.689
PSE-EE15.575
IU8.870
PP19.242
HB7.450
EA4.964

Elecciones generales del 3 de marzo de 1996
PP36.090
PSE/EE33.757
PNV21.811
IU/EB16.681
HB8.017
EA5.781
Otros1.144

Elecciones municipales del 13-06-1999 (votos y concejales)
Resultó elegido alcalde Alfonso Alonso (PP), con el apoyo de UA.
Ref. El Correo Español-El Pueblo Vasco, 14-06-1999 y 4-07-1999
PP34.7019
PNV/EA27.6307
PSE20.9685
EH12.9883
UA8.4772
IU5.7861
Otros3800
Abstención38,39%

Elecciones al Parlamento Vasco del 25-X-1998
PP36.430
PSE/EE23.436
PNV22.370
EH13.665
UA12.553
IU/EB8.155
EA7.227
Otros1.637

Elecciones generales del 12-03-2000
Ref. El Diario Vasco, 13 de marzo de 2000
PP53.132
PSE/EE34.221
EA5.082
Otros3.434
PNV21.876
IU/EB7.877
Abstención28,15%

Vitoria es una ciudad moderna, bien equipada y relativamente equilibrada. Al mismo tiempo, es una ciudad nueva, construida casi de la nada por sus actuales moradores. Este factor le confiere una personalidad contradictoria: ha suscitado sentimientos de pertenencia muy localista, y a la vez se percibe todavía una falta de referentes simbólicos consolidados, capaces de materializar en lo concreto esas identificaciones con la ciudad.

ARB