Pintoreak

Párraga Macorra, Ciriaco

Pintor y dibujante. Nacido en Torrelavega, el 23 de diciembre de 1902, fallece el 19 de septiembre de 1973.

Hacia los ocho años, ingresa en la Escuela de Artes y Oficios de Torrelavega, siendo el estudiante más joven que entrara en sus aulas. Se conservan dibujos magistrales de esta época. Desde su infancia la figura humana se convierte en el centro de su preocupación artística. A los trece años abandona la escuela primaria y se pone a trabajar como pinche de laboratorio en una fábrica de azúcar primero, y más tarde en un taller fotográfico hasta los diecisiete años, en que se traslada (1920) a Madrid. Ingresa en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, mientras intenta ganarse la vida probando algún oficio. Frecuenta círculos y tertulias de artistas, donde conoce a Victorio Macho, Barral y Cristóbal Ruiz, frecuenta los museos, pasa largas estancias en el Museo del Prado. Se introduce de lleno, y en solitario, en el estudio directo de la gran tradición clásica de la pintura española.

Se establece en 1923 en Bilbao donde comienza a dibujar, a las noches, en Artes y Oficios, en la clase de natural de Federico Sáez, coincidiendo con la época de mayor esplendor de la citada Institución. Forma parte, en efecto, de un grupo prestigioso de estudiantes, entre los que se encuentran los escultores Ricardo Iñurria, Arturo Acebal, Joaquín Lucarini y Tomás Martínez Arteaga, el dibujante Luis García Gallo ("Coq"), los pintores Nicolás Martínez Ortiz, Protasio Sáez, Ajuria Maidagán, Julio Infante... Permanentemente en precario, Párraga ha de dedicarse al retoque de placas fotográficas para sostenerse.

En 1930 marcha a París. Dibuja y pinta en aquellas típicas "academias", donde "por tres francos, podía quedarse dos horas tomando apuntes sobre modelo vivo en diez o doce posturas distintas". Algún apunte al óleo en cualquier rincón de aquellas calles, largas estancias, esta vez, en el Museo del Louvre y otros museos de pintura moderna, donde se introduce admirada, minuciosa y profundamente en el Impresionismo. Se hace nuevamente retocador de placas. Pero su situación económica se hace cada vez más insostenible. Al mismo tiempo, el momento histórico que vive España se le presenta cada vez más atractivo. Así que, en abril de 1932, regresa de nuevo a Bilbao, "con mi bagaje de experiencias artísticas y humanas, sobre todo humanas, considerablemente enriquecido; pero muy cansado de luchar contra la permanente penuria económica, y con mis aficiones pictóricas muy disminuidas", nos escribe el pintor. "Tanto -continúa- que, virtualmente no volví a coger los pinceles hasta el año treinta y nueve en Valencia, a donde me llevaron los avatares de nuestra guerra".

Vive al día la situación política del momento, participa en la Revolución de Octubre de 1934, es detenido varias veces. Al salir del último encierro se entera de que ha sido expulsado del Partido Comunista, en reunión del Comité Local. Su experiencia política parecía haber fracasado rotundamente. Continúa en su empleo muy solicitado de retocador de placas. Vuelve a su plástica del carbón, retorna a sus figuras. Vende algún retrato. Se le ve de tertulia por las noches en el café Arriaga. Al estallar la guerra civil, se enrola en las milicias. Recibe, en la trinchera, la visita de una delegación de la Juventud Socialista Unificada que propone al pintor se dedique a hacer carteles. Hasta la caída de Bilbao pinta alguna docena de carteles, según Llanos "agresivos y limpios de materia, matizados de color y con un fino realismo que siempre fue característica visible de la temática verista de Ciriaco Párraga", y colabora con dibujos en el órgano de Joven Guardia. Se colgaron en todo el Norte, entre Guipúzcoa y Asturias. En uno de ellos aparece un autorretrato en gesto indicativo. En esos momentos, Ciriaco Párraga empieza a concebir el mural como género fundamental de su concepción plástica, cosa que el curso de la guerra se encargará de truncar.

A mediados de 1937 es apresado. Recluido un tiempo en el penal de Santoña, es destinado a un batallón de prisioneros de guerra. Recorre, de esta guisa, las provincias de Castellón, Teruel y Zaragoza. En 1938 conoce al alférez médico D. Manuel Artero, con el que traba amistad y a quien realiza un retrato al óleo; es su primera obra importante en lo que comienza a ser su tardía carrera profesional de pintor. Terminada la guerra, es puesto en libertad en Valencia, en mayo de 1939. Tras la permanencia de casi un año en dicha capital, donde consigue realizar una docena de "cabezas" y media docena, aproximadamente, de óleos, se instala, en marzo de 1940, en Zaragoza. Ciudad en donde, habiendo sido descubierto su "talento excepcional" por personalidades influyentes que supieron de sus retratos pintados en el batallón de prisioneros de guerra recibirá numerosos encargos.

Dos años y medio permaneció Ciriaco Párraga en Zaragoza, lugar donde trabajó muy intensamente alentado por Jalón Angel que, sin conocer al pintor antes de su llegada a Zaragoza más que por el retrato del Dr. Artero, se convirtió en su mecenas, facilitándole numerosos encargos y llegando, incluso, a prestarle local para su estudio. Fruto de aquella febril actividad fueron las dos primeras exposiciones en la vida del pintor. En febrero de 1941 y en mayo de 1942; cara a las cuales pudo Párraga seleccionar veintitrés obras para la primera -siete cabezas al carbón, trece retratos al óleo y tres bodegones-, y veintidós para la segunda -cuatro cabezas, seis retratos, once paisajes y un bodegón-. Fueron sus primeras salidas al paisaje, unos apuntes entre 1940 y 1941, en la ciudad de Zaragoza y su Ebro, y unos óleos, más completos, del Pirineo aragonés (Sallent, Panticosa y Valle de Tena) en el invierno-primavera de 1942. En este último año, y con posterioridad a su segunda exposición, recorre con su caballete Calcena (Zaragoza) y Castellote (Teruel). Después de realizar algún retrato más en Zaragoza, abandona casi para siempre aquella, para él, tan acogedora ciudad, que nunca, después, olvidará. Y decide retornar de nuevo a su querido, entrañable y duro Bilbao, con su esposa y su hijo (noviembre de 1942).

Realiza nuevas cabezas al carbón. Hace algunos retratos, alguna composición interior de género, bodegones y paisajes. Y recorre los contornos de Bilbao: paisajes, entre 1943 y 1945, del Pagasarri, La Peña, La Ola, Larrasquitu y Begoña. Hay un rápido paréntesis en 1944 en que, solicitado por la Universidad de Zaragoza, hace varios retratos en dicha capital, viaje que empalma con otro a Torrelavega, donde retrata a su querido viejo profesor de su pueblo natal, D. Hermilio. Entre 1946 y 1947, paisajes en Elorrio, Algorta, La Ribera, Santurce y Buya. En enero de 1945 presenta su primera exposición en Bilbao, en la sala Delsa: treinta obras. Se presenta a las Exposiciones Provinciales de Bellas Artes, de pintores vascos, en 1945 y 1946: medalla de oro de la Diputación Provincial de Vizcaya. En noviembe de 1946 realiza su segunda exposición individual en Bilbao, en la sala Alonso: treinta y cinco obras y en mayo de 1947 participa en la exposición colectiva patrocinada por la Diputación de Vizcaya y el Ayuntamiento de Bilbao, entre las primeras medallas en las Provinciales de Bellas Artes de años anteriores: seis obras de cada uno de los pintores Antonio Merino, Bay-Sala, Párraga y Largacha. 1947 es el año de su único autorretrato al óleo. Y el de las figuras al óleo de Francisca, la granadina, la modelo "más interesante" entre las escasas que el pintor ha tenido como tal.

En la siguiente etapa asistimos a un considerable salto en la calidad de su pintura y en la maduración progresiva del pintor, trayectoria de avance impetuoso. Primera exposición en Madrid, octubre de 1947, en la sala Vilches: veintisiete obras. Permanece medio año en la capital de España, donde pinta cuatro importantes desnudos, y desde donde, en escapadas a Arenas de San Pedro, pinta varios paisajes en la Sierra de Gredos. Primera y única exposición en Barcelona: mayo de 1948, en la sala Busquets. Vende su mejor desnudo de Madrid, el de tamaño grande. Con el importe de aquella descollante venta, se permite el pintor viajar con su familia a Mallorca, donde pasa cuatro meses de intensa producción: alrededor de veinte paisajes, de tamaño medio y grande, entre Palma de Mallorca, Génova, Deyá y Cala Figuera. En octubre de 1948 regresa a Bilbao. Y en noviembre del mismo año expone en la sala Arte: treinta y tres obras. Segunda exposición en Madrid: primeros de marzo de 1949, también en la sala Vilches, donde presenta una muestra parecida a la última de Bilbao, con inclusión de algunos más recientes paisajes en Mutriku (Guipúzcoa).

Durante todo este incesante periplo que se extiende entre 1947 y 1949, tejido de idas y venidas entre salas y ciudades donde exponer y lugares y pueblos donde pintar, siempre alrededor de esa sorda y perentoria lucha por la vida en niveles de subsistencia, Ciriaco Párraga ha ido intercalando momentos ocasionales de dedicación al retrato de encargo que le han ido permitiendo tomar aliento, generalmente en Bilbao, entre el portazo y portazo de cada viaje. Hay que destacar, muy concretamente, que los Desnudos de Madrid y los Paisajes de Mallorca han supuesto hitos fundamentales en el proceso de maduración de Párraga. En aquéllos, el pintor alcanza a rozar la plenitud en la figura. Y en éstos, se acerca vigorosamente a lo que entendemos habrá de constituir, más adelante, su aportación fundamental a la historia de la pintura: la plenitud en el paisaje. A finales de marzo de 1949, va terminando lo que será su primera obra maestra -tal vez la segunda en el tiempo, si consideramos aquel desnudo de Madrid Mujer leyendo-, cuarto lienzo de figura en el que, desde Perdimos la guerra, aparece la esposa del artista, Amaya Julia Tello. En esos momentos del mes de julio, Párraga recibe del Ayuntamiento de Torrelavega invitación para participar en la I Exposición de Arte Montañés, a celebrar allí en el mes de agosto y obtiene el primer premio.

En el otoño de ese año de 1949, Ciriaco Párraga se encuentra con D. Ernesto Ercoreca Régil, alcalde de Bilbao antes de la guerra. Impresionado por el imponente semblante de sus 83 años, decide hacerle el que será su mejor retrato hasta la fecha y su tercera obra maestra. Objeto de una tercera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid de 1950, aparece, por cesión temporal, en el museo de Sevilla. Al término de 1949 puede ya considerarse que, después de diez laboriosos años de intensa maduración y superación pausada, Párraga es ya, en sentido riguroso y restringido, un gran maestro de la pintura de figura. 1950 será un año de sedimentación de tales méritos. Pero de intensa actividad. Junto algunas cabezas al carbón (género que no abandonará nunca, aunque con el tiempo su producción vaya progresivamente disminuyendo en importancia relativa), hace varios bodegones y algún retrato de encargo. Y cuatro notas destacadas: Matía no era marinero, figura consoladamente doliente, tristemente apoyada sobre el pretil a una ría con elementos de barco pesquero de fondo; Estudio de mujer, último desnudo de Párraga, dramática visión, en el rostro, de la condición social femenina; una serie de docena de paisajes de otoño en Bolibar (Vizcaya); y, en mayo de aquel año, su, a juicio de algunos, grandioso retrato, Don Resurrección María de Azcue, realizado en el saloncito despacho-biblioteca del ilustre filólogo y musicólogo vasco.

En 1952 efectúa catorce paisajes de París, durante los meses de mayo y junio. Entre ellos, algunas obras -por fin- evidente y definitivamente maestras del género. Los cambios geográficos importantes de luz y de lugar van provocando sucesivamente en nuestro pintor cambios cualitativos substanciales en su progreso hacia la consagración en el paisaje. Anteriormente, en enero, varios paisajes, también, en Oñati (Gipuzkoa). Entrambas salidas, su cuarta exposición en Bilbao, sala Arte, a mediados de marzo: veinticinco obras. Y en otoño de ese mismo año, su tercera muestra en Madrid: treinta lienzos, en la sala Altamira. Entre diciembre de 1952 y marzo de 1953, algún carbón y varios retratos grandes de encargo. Exposiciones en marzo en Santander, y en Vitoria en abril; primeras y únicas en ambas capitales. Y en julio de ese mismo año 1953, produce su obra más importante hasta entonces: Interior de gran tamaño, escena en contraluz de varios planos entre sillas, cesta de ropa, mesa revuelta y máquina, donde su mujer está cosiendo y su hijo leyendo al pie de la ventana, extraordinariamente importante en la biografía del pintor, no solamente por la calidad, sino porque marca la culminación de toda una época intensa de maduración. Coincidiendo con el abandono de la composición de figura, se inicia en la actividad del pintor una larga etapa en la que una especie de nuevo género se irá muy lentamente intercalando entre la sostenida producción de paisajes del natural: el paisaje de taller.

1954 es el año de sus dos primeros grandes paisajes de taller: Soto de Cameros, pueblo remoto de Logroño. Año, también, de su grande y definitivo salto adelante, por el color, en el tratamiento de la luz y el aire en el paisaje: serie de Elantxobe. Aspecto éste que, curiosamente, fue inmediatamente detectado, a su manera, por un sólo crítico de la prensa bilbaína: el que firmaba L. de A. en el Correo Español-El Pueblo Vasco, con motivo de la quinta exposición de Párraga en Bilbao, en noviembre de 1954. Hace también en aquel año, alguna cabeza y algún retrato. 1955 el de la afirmación de su plenitud en serie de paisajes de Mundaka y primeros paisajes de Bermeo, algún paisaje de taller (Begoña y uno de Elantxobe), cabezas y algún retrato. 1956, el de una serie de paisajes esplendorosos de Ondarroa, varios bodegones y algunos retratos. Hay que destacar que entre 1954 y 1956, realiza una serie de ocho monográficos paisajes naturales desde la ventana de su estudio y otros puntos de su casa, Caseríos de Larrazabal, Vía vieja de Lezama, Barrio Zurbaran. En 1957 viaja a Gran Canaria, primera y única exposición en Las Palmas, veintisiete obras. Viaja, hace turismo y pinta una corta serie de siete paisajes entre Las Palmas, Tejeda, Benegueras y Arguineguín. Hace también varias cabezas. Regresa a Bilbao a mediados de año. Paisajes de Mañaria e Izurza. A mediados de diciembre de ese mismo año, su sexta exposición en Bilbao, siempre en la sala Arte: veinticuatro obras.

El 23 de marzo de 1958 inspectores de la Brigada Volante Político-Social de Madrid irrumpen en el domicilio del pintor y es detenido. Vista su causa en juicio sumarísimo por un tribunal militar, es condenado a tres años de privación de libertad. Recorre las cárceles de Zaragoza, Huesca y, finalmente, es ingresado en el Penal de Burgos, en marzo de 1959. Hace varias cabezas al carbón a compañeros. Y, finalmente, da forma al que será un magnífico retrato, Poeta Marcos Ana personaje de treinta y seis años, veintiún años preso hasta entonces; condenado a muerte en su juventud y varias veces sacado en aquella época de su celda a ajusticiar. El nueve de junio de 1959 es puesto el pintor en libertad. De regreso, pinta un retrato de encargo. La familia puede seguir tirando. Hace una serie de paisajes en Pedernales y otra importante serie en Bermeo. Multiplica su actividad en aquel segundo semestre de 1959. Y en diciembre del mismo año, monta su séptima exposición en Bilbao, sala Arte. 1960 es año de varios retratos, alguna cabeza, paisajes en Sepúlveda (Segovia) y varios bodegones. 1961 es una fecha importante: penetra, en aquel verano y por primera vez, en el paisaje castellano: serie de obras, antológicas, en Castrogeriz (Burgos), en la que se incluye una cabeza culminate al carbón: Campesina castellana. Al poco de regresar a Bilbao, realiza el pintor otra serie de paisajes, más corta pero de parecida calidad, en Getaria.

En enero de 1962 realiza su octava exposición en Bilbao, sala Arte. Es un año de calma para el artista. Hace recorridos de estudio por pueblos diversos del País Vasco, desde Castro Urdiales hasta Bermeo y cuenca industrial de la ría de Bilbao. Se dedica, especialmente, al paisaje de taller. Año en que produce algunas de las obras más logradas en este género: Castro Urdiales, Bermeo II y comienzo de Bermeo III, junto a varios retratos. Al año siguiente expone, después de más de diez largos años, su cuarta muestra en Madrid (sala Eureka). En 1965 se produce otra importante apertura en su itinerario paisajístico: penetra a lo largo y a lo hondo del Valle de Arratia, con paisajes en Igorre -se acerca a Dima-, Areatza y Zeberio. Produce una serie de obras que contienen una seria interpretación del paisaje vasco. En 1967 vuelve a la carga: larguísima serie de paisajes del Valle de Arratia. El pintor quedó muy satisfecho del descubrimiento que cree haber logrado de esos verdes vizcaínos de los últimos años. La crítica, hace mucho tiempo, en efecto, que le resbala. Artea, Areatza, Dima y Zeberio. Y rápida salida a Orozko. Pinta también algún retrato.