Concepto

Reconquista

Uno de los problemas del término Reconquista es que sugiere, inconscientemente o no, que se trata de un proceso único e ininterrumpido. Sin embargo, si quiere entenderse la evolución del reparto de la Península entre cristianos y musulmanes, es preciso examinarla período a período.

Los musulmanes acabaron con facilidad con el ejército visigodo en 711 y una parte importante de la población pronto empezó a adaptarse a la nueva situación. Pero a partir de 740 los conquistadores se enzarzaron en conflictos internos y no recuperaron la paz hasta 756. Estas guerras civiles entre musulmanes dieron al núcleo de resistencia de Asturias la oportunidad de consolidarse. En efecto, la batalla de Covadonga de 722 -un acontecimiento modesto revestido luego de carácter milagroso en las crónicas asturianas- había segregado de al-Andalus una parte de Asturias. Quiénes fueron sus líderes es cosa que no está clara: seguramente se trató de dirigentes locales y de refugiados de alguna facción visigoda. Los musulmanes no mostraron en un primer momento mayor interés por recuperar el control del territorio y luego sus enfrentamientos internos empujaron las tropas islámicas hacia el sur de la Península. Valiéndose de este vacío, los asturianos ensancharon su reino hasta Galicia y hasta las actuales Encartaciones vizcaínas a mediados del siglo VIII, no combatiendo a musulmanes, sino integrando los territorios cristianos del Norte, ora por la fuerza, ora pacíficamente. Tras la pacificación de al-Andalus, el control eficaz de Córdoba se fijó en el Sistema Central, de modo que un vasto espacio del valle del Duero protegió en adelante el reino de Asturias.

En 756, Abd al-Rahman I organizó el emirato independiente de Córdoba y puso las bases del Estado islámico. Creó un Estado fuerte, rico y centralizado que sería sin discusión la potencia político-militar dominante en la Península durante un siglo largo. A pesar de ello, no pudo contener completamente los ataques francos en el Pirineo Oriental, donde gracias a una combinación de negociaciones con la población local y campañas militares las tropas de Carlomagno se hicieron con Girona en 785 y con Barcelona en 801, así como con los valles pirenaicos entre ambas fechas. De Barcelona hacia el sur, en cambio, los musulmanes aniquilaron los intentos de avance posteriores. Entre tanto, en los Pirineos Occidentales y con la excepción de una efímera fase de dominio franco (812-816), los gobernantes de Pamplona actuaron bajo el protectorado de al-Andalus durante el tiempo del emirato.

El emirato entró en crisis en las últimas décadas del siglo IX. Revueltas y guerras internas sustrajeron al control del emir casi todo al-Andalus y esto dio a los del Norte la oportunidad de sacar provecho. Los asturianos desbordaron la Cordillera Cantábrica e incorporaron las llanuras del valle del Duero: Tuy, Oporto, Coimbra, León (que sería la nueva capital desde 910), Astorga, Zamora, Roa u Osma fueron tomadas entre 854 y 912. Pocas fueron conquistadas a los musulmanes: la mayoría estaban ocupadas por poblaciones escasas y dispersas que habían quedado entre asturianos y andalusíes. En Navarra, el declive del emirato trajo una nueva dinastía, la Jimena, desde 905 y una nueva política: en unión con los leoneses, los navarros se apoderaron de la Rioja Alta entre 918 y 923.

Al-Andalus se recuperó. Abd al-Rahman III sofocó todas las revueltas y dio inicio a la edad de oro de al-Andalus, proclamando el califato de Córdoba en 929. A pesar de la derrota de Simancas (939), Abd al-Rahman detuvo los avances cristianos. No sólo la supremacía política y militar andalusí volvió a ser indiscutible a lo largo del siglo X, sino que entre 978 y 1002 el gobierno del califato estuvo en manos del visir Almanzor, quien emprendió una política de acoso sistemático a los cristianos. Fueron entonces saqueadas Santiago (997), León (995), Pamplona (999) o Barcelona (985) y los musulmanes recuperaron una serie de fortalezas perdidas durante la crisis del emirato desde Coimbra hasta la Ribera de Navarra. Muerto Almanzor, su hijo Abd al-Malik prosiguió su política hasta 1009. De todos modos, si bien fueron humillantes desde el punto de vista militar, estos años no debilitaron a las sociedades cristianas. Muy al contrario, como en todo Occidente, de Galicia a Cataluña estaban inmersas en un proceso de crecimiento acelerado tanto en el ámbito demográfico como en el económico, y por ende en el militar.

En torno al año Mil, la división de tierras entre cristianos y musulmanes ofrecía una imagen muy asimétrica del Atlántico al Mediterráneo. Mientras que el reino de León llegaba al Duero, ciudades como Tudela, Huesca, Lleida o Tortosa eran andalusíes. El ámbito cristiano era pues mucho más exiguo por el lado de los Pirineos. Además no parecía concebible desafiar al poderío militar musulman con Almanzor o Abd al-Malik. Sin embargo, el ejército de al-Andalus dependía directamente de la salud del Estado, cuyos recursos fiscales eran indispensables para movilizarlo. En el Norte cristiano, en cambio, encontramos poblaciones militarizadas en vías de feudalización, para las que la guerra era tanto un deber como una fuente de honor y, por medio del botín, de riqueza. En el año 1009, el califato estalló: las guerras dinásticas desangraron la región de Córdoba y los dirigentes territoriales crearon reinos independientes. Al-Andalus se fragmentó en taifas ("facción" en árabe) y el resultado de esto fue que la supremacía militar pasó a manos de los cristianos del Norte.

Más allá de algunas plazas y fortalezas fronterizas -Calahorra (1045), Coimbra (1064)-, la nueva coyuntura no dio lugar al inicio de las conquistas. Los Estados cristianos utilizaron su fuerza militar para drenar las riquezas de al-Andalus a través del régimen de parias ("paria": pago): garantizaban la paz y la seguridad a los reyes de taifas contra todos los demás cristianos y musulmanes, a cambio de un tributo mensual regular, normalmente en plata. Naturalmente los reyes musulmanes no tenían opción: en caso de no pagar eran agredidos por sus "protectores". Además, muchos guerreros del Norte, tanto nobles como de extracción humilde, se emplearon como mercenarios en al-Andalus. De este modo llegó al Norte una masa deslumbrante de riquezas: durante un par de generaciones, los reyes y los aristócratas cristianos fueron los más ricos de Occidente.

El régimen de parias tuvo hondas consecuencias. Entre los cristianos, fortaleció el poder militar de los señores en la medida en que al-Andalus ofrecía oportunidades para enrolar guerreros y recursos para pagar su fidelidad. Las aristocracias presionaron a sus soberanos para explotar al máximo las oportunidades de enriquecerse a costa de al-Andalus: la competencia por el control de las parias encendió la rivalidad entre reinos y condados. La geografía política cambió decisivamente: surgieron los reinos de Castilla y de Aragón (1035), Navarra perdió su disputa con León, así como sus opciones para extenderse hacia el sur (1054-1076), en Cataluña la crisis feudal fue reconducida por el conde de Barcelona por medio del dinero de las parias de 1058 en adelante. En 1054-1065 y 1072-1085, León gozó de la supremacía en toda la Península: la mayoría de las taifas, incluida la de Sevilla, pagaban parias a Fernando I y a Alfonso VI.

En al-Andalus, la obligación del pago de tributos no sólo trajo consigo el aumento de la presión fiscal, sino que agravó el déficit de legitimidad que aquejaba a los nuevos reinos. Las taifas no habían heredado el prestigio de la dinastía omeya. Cada vez más, los reyes andalusíes aparecían ante su gente como servidores de los cristianos: tiranos que con tal de seguir en el trono oprimían con impuestos a los musulmanes para dar las riquezas de al-Andalus a los insaciables guerreros del Norte. Las humillaciones ante los cristianos eran constantes. Muchas taifas aún eran opulentas y ciudades como Zaragoza, Valencia o Sevilla conocieron una etapa brillante en el Arte y en la producción intelectual. Pero la estructura política era frágil en el inestable tablero de juego peninsular.

El equilibrio sostenido en las parias fue roto por la conquista de Toledo, taifa vasalla del reino de León. Con ocasión de una serie de conflictos entre los dirigentes de Toledo, Alfonso VI de León decidió tomar la ciudad y el reino en 1085. El eco simbólico de tal conquista fue de primera magnitud: el rey de León, que se tenía por heredero de los reyes godos, se apoderaba de la capital del reino visigótico perdida en 711. Dueños de Toledo, los castellano-leoneses pusieron el Ebro en el punto de mira e intentaron la conquista de Zaragoza. Pero a los ojos de los musulmanes, la conquista de Toledo había puesto al descubierto que ni siquiera el régimen de parias era garantía suficiente contra la codicia cristiana. Algunas taifas pidieron y obtuvieron ayuda militar de los almorávides del Magreb. Los almorávides derrotaron a las tropas leonesas en Sagrajas en 1086 y regresaron a África. Pero luego, con la colaboración de ciertos sectores de la población, emprendieron la toma de las taifas una por una: entre 1090 y 1110 reunificaron al-Andalus y lo incorporaron a su Imperio magrebí. Vencieron otra vez al ejército leonés en Uclés en 1108 y arrebataron Lisboa (1094) y Valencia (1102) a los cristianos, si bien fallaron ante Toledo. Las parias y las humillaciones terminaron y la situación de al-Andalus mejoró.

Los golpes recibidos por castellanos y leoneses sofocaron la euforia y hundieron al reino en una crisis política, una de cuyas consecuencias fueron los primeros pasos de un Portugal independiente. Los proyectos de avance hacia el Mediterráneo por el valle del Ebro hubieron de ser abandonados. En Toledo la amenaza almorávid envenenó las relaciones entre cristianos y musulmanes. El pacto de capitulación no se respetó y muchos musulmanes tuvieron que abandonar su tierra. Esta política de reemplazamiento de la población marcaría la expansión posterior de Castilla y León.

Navarros, aragoneses y catalanes no sufrieron directamente la presión de los almorávides. Unidos a los navarros desde 1076, los aragoneses venían atacando la taifa de Zaragoza. Su primer gran éxito fue la conquista de Huesca en 1096, pero la victoria decisiva la obtuvieron en 1118 cuando tomaron Zaragoza y su reino al mando de Alfonso el Batallador. Una tras otra, Tudela, Tarazona, Belchite, Calatayud o Daroca cayeron en manos cristianas. Los aragoneses y los navarros, como los catalanes, promovieron la continuidad de los conquistados en su tierra. De este modo, el mantenimiento de una parte importante de la población islámica sería un rasgo característico de las conquistas aragonesas y catalanas. Tras la muerte de Alfonso el Batallador, la crisis dinástica de 1134 dio lugar al resurgimiento de un reino independiente de Navarra y a la unión de Aragón y Cataluña, es decir al nacimiento de la Corona de Aragón que avanzaría hacia Levante.

Los ciclos político-religiosos propios del Magreb alimentaron revueltas antialmorávides desde principios del siglo XII. A los almorávides se les fue haciendo cada vez más difícil mantener en al-Andalus tropas capaces de plantar cara a los cristianos. Sin embargo, la defensa contra éstos eran justamente su fuente de legitimidad para ocupar al-Andalus y el motivo de su aceptación por la población andalusí. La conquista de Zaragoza minó el prestigio militar de los almorávides. Aragoneses y catalanes no cejaron en su empeño, conquistando Lleida en 1149. También los portugueses cimentaron en las victorias contra los almorávides el prestigio de su naciente monarquía. Alfonso I conquistó Lisboa en 1147. Finalmente en África el Imperio almohade reemplazó al de los almorávides.

Los almohades tomaron la capital de los almorávides, Marraquech, en 1146. El hundimiento de éstos trajo consigo una nueva fragmentación de al-Andalus cuando la población local se levantó contra las últimas guarniciones almorávides, dando así inicio a las llamadas "segundas taifas". Como antes hicieran los almorávides, los almohades fueron incorporando los reinos de al-Andalus entre 1146 y 1172. Gobernaron desde Sevilla. Sus primeras acciones militares fueron exitosas. Vencieron a los castellanos en Alarcos (1195) y amenazaron Toledo. A su favor jugaron la rivalidad entre León y Castilla y los intereses de los reyes de Aragón en la expansión por el Midi francés. Pero los reyes de la Península se conjuntaron para romper el espinazo del ejército almohade en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212; los catalano-aragoneses hubieron de renunciar al proyecto de Occitania en 1213 y León y Castilla volvieron a unirse en 1217, y definitivamente en 1230. Al mismo tiempo, el Imperio almohade empezó a disgregarse en conflictos y se resquebrajó en al-Andalus y en África. Sin la protección de un ejército africano, el corto período conocido como "terceras taifas" no fue sino la antesala de la conquista de casi todo el Sur peninsular: los portugueses tomaron Faro en 1249; los castellanos conquistaron Sevilla en 1248 y Cádiz en 1264. Por Levante, aragoneses y catalanes se hicieron con Mallorca en 1229 y con Valencia en 1238. Murcia también cayó del lado cristiano en 1266, si bien su destino estuvo en juego entre las coronas de Castilla y Aragón hasta 1305.

En las décadas de las grandes conquistas cristianas, los últimos territorios de al-Andalus se agruparon en torno al emir de Granada. El fundador de la dinastía nazarí, Muhammad I, obtuvo la aquiescencia de Castilla rindiendo Jaén en 1246 y declarándose vasallo. Las actuales provincias montañosas de Almería, Málaga y Granada formaron el reino de Granada. Durante dos siglos, Granada supo jugar hábilmente entre castellanos, aragoneses y reinos del Magreb, combinando alianzas cambiantes, guerras, cabalgadas y treguas. En el siglo XV, la guerra era endémica en la frontera con Castilla. Una vez ganada la Guerra de Sucesión en 1479, fue tomando cuerpo la decisión de los Reyes Católicos. Entre tanto, Granada no sólo falló en su intento de reclutar auxilio militar en África, sino que el problema de los enfrentamientos dinásticos se agudizó de 1482 en adelante. Tales conflictos internos dieron a las tropas castellanas la ocasión ideal para intervenir. Finalmente, en 1491 se acordó la rendición de Granada y la ciudad se entregó a Castilla el 2 de enero de 1492: entonces terminó la historia de al-Andalus. Si bien el acuerdo de capitulación respetaba la fe y las haciendas de los vencidos, nueve años después se impuso a los musulmanes la elección entre el bautismo o el destierro. La desaparición de al-Andalus se celebró en varias capitales europeas. Signo de los nuevos tiempos, muchos lo vieron como la revancha de la Cristiandad por la pérdida de Constantinopla a manos de los turcos en 1453.