Léxico

PESTE

La opinión de los contemporáneos. Entre los médicos contemporáneos no existe unidad de criterios a la hora de establecer el origen de la enfermedad; unos lo atribuyen a la influencia de los astros, otros al envenenamiento del aire que provocaba la corrupción de los «humores»; los más entreveían la relación existente entre los tejidos traídos de lugares infectados y el contagio, aunque sin reparar en la pulga como vector del bacilo. Conviene recordar que la medicina de la época se movía en unos parámetros prácticamente estancados desde los clásicos: Hipócrates, Galeno, etc. Existen, de todos modos, tres puntos de acuerdo: se trataba de un castigo divino por los pecados de los hombres, razonamiento perfectamente aceptable para una sociedad en la que el factor religioso impregnaba todos los aspectos de la vida y era punto de partida para la concepción de ésta y del universo. Otro lo constituia la responsabilidad de la mujer en la difusión de la enfermedad, veamos algunos ejemplos: en Pasajes de San Juan se acusa a unas pescaderas que «compraron en el puente de San Sebastián a unos minaqueros ciertas sabanas al parecer buenas y varatas, aunque han salido malas y caras, que eran de Castro y otros lugares inficionados». En Mendexa «bino un fardel de ropas a una casa que se dice Icoaga, de un biejo de aquella casa que murio fuera, y que en abriendo el fardel murio una moça que le abrio y luego otras quatro personas que avia en casa, la qual quedo yerma». En Estella comenzó «de la comunicacion que unos guardas del campo tuvieron con una muger de la universidad de Oñate». Aun considerando veraces estos casos, resulta bastante sospechoso que, al igual que en otros tantos lugares afectados en cualquier época, aparezca casi siempre la mujer como elemento inductor del contagio, como fruto de conductas negligentes e irresponsables; cabe pensar que la raíz subyace en un atavismo cultural por el cual la mujer es considerada como desencadenante de catástrofes incontenibles, Eva y Pandora son dos buenos ejemplos; además, entre las actitudes de ésta y la de la muchacha de Mendexa hay un paso. El punto de aceptación más generalizado lo constituia la evidencia de que el hambre y la miseria padecida por buena parte de la población -si no era el origen primero del mal, sí el mayor-, contribuyen a su expansión y son causantes de más víctimas. En el momento de definir la naturaleza del mal y dirimir si se trata o no de peste, las opiniones entre los contemporáneos son nuevamente discrepantes. En su análisis se contraponen, como norma general, los conocimientos médicos y los síntomas externos a la negativa y horror a aceptar los hechos; con ello se pretendía unas veces ganar tiempo para aprovisionarse de alimentos, medicinas y personal sanitario antes de sufrir el ineludible aislamiento a que se veían sometidas las localidades apestadas. En otras se abrigaba la esperanza de que pasara rápido y con pocas bajas, sin llegar a ponerse en evidencia; en la mayoría se entremezclaban éstas y otras motivaciones con la poca solidez de los conocimientos médicos de la época.