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FEMINISMO

Cuaderno de agravios, II. Pero habría que tomar la sabia precaución de no conceder las dotes más que en la medida en que encontrasen acomodo y dichas dotes estarían en proporción: 1.° a su nacimiento, una muchacha de condición resultaría privilegiada; 2.° a su edad, treinta años, por ejemplo, obtendrían una dote considerable, puesto que el tiempo apremia; 3.° a su aspecto físico, las poco agraciadas por la naturaleza serian generosamente dotadas, y la belleza y las gracias personales serian como un suplemento compensatorio; el amor tendría sus reservas ante este reglamento, pero la ley no tiene los ojos del amor y una ley semejante aplicada con exquisita exactitud vivificaría la población y reforzaría considerablemente las buenas costumbres. Señor, hay una infinidad de otros abusos de no menor importancia y el interés de estado exige su pronta supresión; por ejemplo esas reuniones anglófilas de moderna creación establecidas bajo el nombre de clubs, donde los juegos y diversiones, mucho más que las noticias de actualidad, reúnen regularmente todos los días a la juventud de nuestras ciudades; asambleas antisociales que han levantado entre ellos y nosotras un muro de separación, aislándonos y reduciéndonos la mayor parte de las veces a la triste suerte de la desgraciada hija de Jefté. Sólo nosotras, Señor, sentimos los funestos inconvenientes de esta multitud de abusos; sólo nosotras en consecuencia somos capaces de hacer sensible la necesidad apremiante de suprimirlos, porque sólo nosotras los padecemos y la elocuencia del sufrimiento es más patética, más conmovedora y más clarificadora que la elocuencia del frío razonamiento. Los hombres encargados de defender nuestra causa no pondrían el ardor, el fuego que hace brotar una verdad persuasiva que arrastra a su causa a la mayoría de los votos; sus intereses, sus prejuicios, sus pasiones, sus prevenciones sexuales y quizá también su indiferencia se opondrían a ello. Concedednos pues, Señor, la libertad de discutirlo a nosotras mismas en presencia de la nación reunida. Nuestra admisión es tanto más necesaria cuanto que según los anuncios públicos, hay que someter a su augusto tribunal una cuestión de las más delicadas y de las más importantes para nuestra existencia civil. Hablamos de la cuestión del divorcio, sobre el cual desde el punto de vista de la razón y de la naturaleza no puede haber pronunciamiento sin nuestra participación y sin que nosotras seamos oídas; puesto que si hay una ley de divorcio, nuestros legisladores, siempre tiránicos, podrían añadir cláusulas perjudiciales para nosotras y seria injusto someternos por fuerza a ellas. Por todo esto rogamos a Vuestra Majestad tenga a bien ordenar la celebración de nuestras asambleas preparatorias para los estados generales, que determine su organización, regule el modo de las elecciones, fije el número de nuestras representantes, señale los reglamentos que debemos seguir y nos envíe seguidamente la convocatoria. Que Vuestra Majestad no tema encontrar por nuestra parte ninguno de los obstáculos que la ambición, el orgullo, los viles intereses con los que cierta clase de hombres no ha dudado en empañar la prudencia de vuestras miras. No, no, Señor, nosotras no tenemos ni derechos quiméricos, ni costumbres abusivas, ni franquicias onerosas, ni desconfianzas injuriosas, ni mala voluntad que oponer a la benéfica rectitud de vuestras intenciones. Convocadnos por senescalados, o por bailiazgos o de otra manera, cualquier forma de convocatoria ordenada por vos será legitima a nuestros ojos. Que el tercer estado tenga los mismos votos que la nobleza, o que ésta tenga dos más que aquél no importa, nos someteremos con júbilo al reglamento que vos queráis trazarnos sobre este punto; vuestro deseo será siempre el nuestro; estas ridículas y escandalosas puntillosidades las dejamos al orgullo masculino. Solamente una gracia nos atrevemos a pedir con insistencia a Vuestra Majestad; y es que nuestras opiniones sean escuchadas no por orden sino por cabezas; porque cuantas más seamos para opinar mejor discutidos y conocidos serán nuestros intereses. Nuestra disposición de ánimo, como puede ver Vuestra Majestad, tiene poco que ver con la de nuestros rivales. Sus corazones están divididos y los nuestros no, pues están fundidos por los sentimientos profundos que nos inspiran vuestras paternales bondades. Y seríamos mil veces dichosas si con el ejemplo de nuestra obediencia y de nuestro respeto pudiésemos atraer a los enemigos del bienestar público a la sumisión que deben a vuestra autoridad suprema. Señor, acceded a nuestra petición por el honor de vuestra corona, pues si glorioso es para un monarca reinar sobre hombres libres, no lo es menos reinar sobre mujeres elevadas a la misma dignidad. Con la veneración más profunda hacia Vuestra Majestad sus muy humildes y sumisas súbditas ciudadanas de San Juan de Luz y de Cibour. Ref. Documento de la familia Haraneder, rama de los vizcondes de Macaye, publicado por P. Dop en "Gure Herria", 1922, II, 317-327. Pierre Nicolás de Haraneder fue diputado de la nobleza en la Asamblea Nacional francesa por el bailiazgo de Laburdi.