Concept

Semana Santa

La Semana Santa, sobre una base de visualización doctrinal y de pedagogía espiritual, engloba aspectos y costumbres de carácter profano que persiguen, mediante consagrados elementos naturales (agua, fuego, vegetales, minerales, etc.) obtener la tan ansiada protección de las personas, hogares, animales y cosechas. A su vez, la mentalidad popular va a plasmar, a modo de válvula de escape, la culpa de los propios pecados y de la misma muerte de Cristo, en satíricos personajes o peleles. No faltando, en este tiempo de rigurosa penitencia, las derivaciones o "excesos" como cuestaciones, comidas copiosas, supersticiones y contrasentidos que superan lo estrictamente religioso.

Esta adaptación del ciclo vital, se muestra en la cultura católica a través del nacimiento, muerte y resurrección de Jesús. Paralelo devenir tiene la efímera existencia del Carnaval. En este caso, Jesucristo aparece asociado al astro rey pero curiosamente, su anual proceso redentor va a señalar las festividades variables del calendario.



La Semana Santa es, sin duda, el ciclo festivo más profundamente vivido con religiosidad por la comunidad católica o cristiana, en general. Y donde, de una forma pedagógica y con un fuerte contenido medieval, los rituales y la imaginería procesional sirven de metodología visual de los conceptos y preceptos propios y básicos de dicho credo o culto.

Previamente, los excesos del Carnaval, tanto en el ámbito gastronómico como en el del divertimento colectivo, daban paso a un período de recogimiento religioso, ayunos y paralización de jolgorios callejeros que se concretaban en el periodo de la Cuaresma, donde el letargo festivo, la tranquilidad de costumbres y la meditación servían antaño de prólogo, y hoy en diferente medida, a la Semana Santa con sus ceremoniales y piadosos actos alrededor de la pasión y muerte de Jesús.

Al periodo fervoroso de la Pasión, le siguen una serie de fechas que van a marcar el preámbulo de las celebraciones primaverales de regeneración y protección de la Naturaleza (celebraciones con sus rituales naturistas o animistas y la cristiana veneración a la Virgen, símbolo sintetizador de las anteriores costumbres paganas).

Por otro lado, indicar que en el contexto geográfico que nos ocupa, las celebraciones de la Semana Santa han tendido a desarrollarse de forma general, en el ámbito de las villas (Segura, Bilbao, Balmaseda, Salvatierra, etc.) y ciudades (Orduña) tradicionales con gran pompa y boato. En menor medida, dicha solemnidad y efervescencia religiosa, se ha extendido a entidades locales menores donde su plasticidad resulta más recogida e intimista y además su influjo colectivo resulta más triste u oscuro.

Con la celebración del Miércoles de Ceniza y la "imposición de ceniza", se daba por concluida la algarabía festiva de los Carnavales y se iniciaba el periodo de recogimiento y ayuno constituido por la Cuaresma. Esta cuarentena religiosa queda limitada por el Domingo de Ramos, que preludia el ambiente penitente de la devota Semana y ésta se determina, a su vez, por la luna llena de la Pascua de Resurrección.

Referente a dicha luna, indicar que es la que va a determinar todas las fiestas variables (Carnavales, Cuaresma, Pascua de Pentecostés, etc.) a lo largo del año. Así sucede, desde el Concilio de Nicea (año 325) y coincidiendo con el papado de Silvestre I se decide establecer el Domingo de Pascua, el domingo siguiente a la primera luna llena de primavera. Es decir, si el equinoccio de primavera se inicia el 21 de marzo, la oscilación de la fecha para su determinación varía entre el 22 de marzo y el 25 de abril. A partir de esta horquilla referencial, se establece la primera luna llena Pascual como fecha determinante de las festividades variables anuales e incluso, establecerá las cuatro Pascuas celebradas por la Iglesia católica. También es creencia popular que la muerte de Cristo coincidió con luna llena y por eso, ésta rige las fiestas movibles del calendario festivo.

De este modo se sitúan el resto de celebraciones variables. Si desde el Domingo de Resurrección contamos 40 días hacía adelante, nos hallamos con el Jueves de La Ascensión y a esta fiesta le sigue la Pascua de Pentecostés. En cambio, si a partir del Domingo de Ramos atrasamos la misma cantidad de días, nos situamos en el Miércoles de Ceniza, fecha de inicio de la Cuaresma y previa al Martes, Lunes y Domingo de Carnaval.

El Miércoles de Ceniza, la gente acostumbraba a ir a la iglesia para "tomar la ceniza". Consistiendo ésta en la imposición por parte del sacerdote, de una cruz dibujada con polvo de ceniza en la frente de los fieles y acompañada de la recordatoria frase: "polvo eres y en polvo te convertirás".

La Cuaresma era una época donde se suspendían las diversiones públicas (bailes, manifestaciones de alegría, juegos y apuestas, etc.) y se fomentaba la austeridad en las costumbres alimenticias diarias, consistentes en ayunos y abstinencias de productos cárnicos (frente a privilegiar las dietas basadas en pescados y verduras). Estas fechas de abstinencias que como hemos indicado sobresalían por la restricción de comportamientos (los paseos, el juego de la cuerda o el txirikilan eran algunas de las únicas diversiones permitidas) y las constantes vigilias alimenticias, principalmente de los viernes (días de obligado cumplimiento), se veían aliviados mediante ciertas excepciones debidas a enfermedad, embarazo, trabajo o expedición de dispensas compensadas económicamente (llamadas bulas). La obtención de éstas, tenía la finalidad de poder comer carne en los cuarenta días (a excepción de los viernes), que duraba el periodo de vigilia. Se solicitaban, anualmente, en la iglesia parroquial y donde previo pago (los que podían pagarlo) recibían un papel escrito que señalaba la excepción o bula. En caso de defunción, dichos papeles o bulas se introduccian en el ataúd y con ello, se decía que se ganaban indulgencias para entrar en el Cielo. Finalmente, los sermones de Cuaresma tenían lugar los domingos, eran organizados por los estamentos locales (civiles y eclesiásticos) cara a adoctrinar a sus feligreses y se traían afamados predicadores, dominadores de la palabra y conocedores de la lengua vernácula.

Dentro del denominado ciclo de Semana Santa podemos distinguir una serie de días, tomados como principales, en los que cada uno de ellos queda determinado o caracterizado por sus propios actos.

Así, durante el Domingo de Ramos, en diversos municipios, las gentes con sus ramos acuden a la tradicional "procesión del borriquito" que simboliza la entrada triunfal del Señor en Jerusalén.

El día Ramos, todavía es habitual el cortar o comprar ramos de laurel o la menos tradicional palma y llevarlos a bendecir a la iglesia. Ambos elementos, en especial el laurel, se han erigido en factor protector doméstico, durante todo el año colocado en balconadas y a la cabecera de la cama. También se organiza, en Busturialdea, la clásica bendición de ramos de laurel pero aquí, son crucecitas vegetales (cruces de sauce y laurel) y que luego, debido a su atribuido carácter profiláctico se distribuirán por las distintas huertas y heredades. Función similar de protección de cosechas agrícolas, marítimas o ganaderas han tenido las bendiciones con dicho laurel y desde altozanos, durante los meses de abril y mayo, realizadas por sacerdotes a los cuatro puntos cardinales.

El miércoles en las iglesias se instala o instalaba el llamado "Monumento". Éste era una estructura decorativa laboriosa y artística, en torno al sagrario donde se guardaban las hostias consagradas, para su adoración el Jueves Santo o su custodía a lo largo de la Semana Santa, y que simbolizaba el Santo Sacramento. En los días previos a las grandes solemnidades de Semana Santa y en concreto el Miércoles Santo, se confeccionaba e instalaba el artesanal "Monumento" en la iglesia. Dicha estructura de madera era pintada y cubierta de infinidad de telas, lienzos o damascos; para el que se usaba un número incalculable de alfileres y clavos. Asimismo, se tapaban todas las imágenes de la iglesia o las particulares de los domicilios y con ello, cesaba la música. Éste mismo día, tenía lugar la designación de pasos procesionales y en algunos pueblos ribereños de Navarra, se realizaba una puja pública para establecer el derecho a "llevar el paso".

Y a lo largo del mismo miércoles, jueves y viernes se recorrían los "Vía Crucis" que finalizaban en algún monte cercano o por la tarde, se celebraba el "oficio de tinieblas" que evocaba el terremoto bíblico surgido ante la muerte de Cristo y que popularmente se asocia a "matar o romper la capa" a Judas, el diablo o a los judíos. Dicho oficio fúnebre consistía en un repaso de toda la Pasión de Cristo, el canto de maitines y con el apagado progresivo de las velas del tenebrario, se iniciaba una batahola de matracas, carracas, mazos, bancos, pateados, etc., que en muchas ocasiones, terminaba en solemnes e irreverentes gamberradas.

Tampoco faltaba, durante estos tres días, la atmósfera medieval subrayada por las ejemplarizantes procesiones y que se sucedían, mediante el conjunto artístico de los "pasos o bultos", siguiendo una secuencia temporal desde la ultima cena a la crucifixión o resurrección de Jesucristo. Procesiones localistas que se desarrollaban en torno a la primogénita cofradía de la Vera Cruz y en las cuales, también aparecían los penitentes o disciplinantes (coronados de espinas, encadenados, flagelantes, etc.), figuras bíblicas o el hierático San Miguel o San Gabriel, las vistosas tropas romanas y los imprescindibles grupos de "nazarenos".

Sin duda alguna, la costumbre procesional está íntimamente unida a la celebración de la Semana Santa y también, es la más extendida. No había pueblo que no celebrase las adoctrinadoras y fervorosas procesiones y, aunque cada una conservaba sus peculiaridades locales, la mayoría y en toda la extensión del ámbito cultural que nos ocupa, seguían una estructura física y un protocolo similares. De este modo, los llamados pasos o figuras procesionales que eran llevados a hombros y a través de su talla artística, creaban o crean el ambiente necesario para su papel doctrinal y de fervor empático (Jesús ante Anás, La Piedad, La Santa Cena, La muerte, San Juan Evangelista, los enemigos o los azotes, Simón, etc.). Entre las procesiones que jalonan, Jueves y Viernes, nuestros pueblos podemos destacar las de Segura, Orduña (marcada por su aire medieval), Lekeitio, Corella, Hondarribia, Bilbao y Azkoitia.

La vespertina jornada de Jueves Santo indicaba el enmudecimiento de las campanas parroquiales (sustituidas por matracas y carracas), la gente evitaba las expresiones de alegría, se cubrían con luto todas las imágenes religiosas, el Santísimo era celosamente custodiado y los cofrades solían celebrar cena nocturna. A lo largo del Jueves a la tarde y Viernes a la mañana, los fieles efectuaban la tradicional visita a las siete iglesias. En cada iglesia o capilla, rezaban siete Padres Nuestros (con sus consabidas Ave Marías y Glorias) o se recorrían las 14 estaciones del "vía crucis".

La madrugada del Viernes Santo se iniciaba con la "procesión del silencio" y el luto riguroso acallaba hasta los marciales sonidos de los clarines procesionales. Este día, desde las 12 del mediodía hasta las 3 de la tarde, se conmemoraba en las parroquias locales el "sermón de las siete palabras". A partir de este momento, el luto por la muerte de Cristo era obligado y se reflejaba en el silencio de las campanas y el apagón de velas o cirios en las iglesias.

Día protagonizado por los penitentes calvarios, las singulares "Pasiones vivientes" y los recorridos procesionales que, previamente, han tenido su preámbulo en la jornada del Jueves. Durante siglos, las primeras datan del siglo XVI, se celebraban solemnes procesiones en los días de Jueves Santo y Viernes Santo, partiendo de la iglesia principal y haciendo un recorrido establecido o acostumbrado, para volver al lugar de partida. La mayoría de las localidades, se han organizado en cofradías de penitentes que en su inicio, se ceñían a la primogénita y penitencial Vera Cruz. Los cofrades desde hace unos cuantos años, visten con hábito y tapan sus caras con capuchas o capirotes; aspecto que antes no se acostumbraba, ya que iban de calle y a cara descubierta. Éstos reciben diversas y localistas denominaciones: nazarenos, penitentes, encapuchados, entunicados o entunicáus, enmascarados, bocacil, hermanos, carrachupete, mozorroak, morrote, damutuak, kofradeak, etc.

A dichos personajes que hoy en día se nos antojan fundamentales, se les unían los medievales ayunantes, flagelantes o disciplinantes (práctica clásica de claustros y procesiones), aspados y encadenados o penitentes. En lo musical se alternan tambores y trompetas con bandas de música local, aunque en otras épocas (desde el siglo XVII) se usaba el son de pífanos y tambores (Bilbao y Orduña), singulares tubas (Orduña) o coros. Tampoco han faltado las vistosas guardias romanas (Segura, Hondarribia, Orduña, etc.) o cuerpos de alabarderos (Corella). La representación sobre estandartes o banderas de los cuatro elementos básicos, que éste día se llevaban arrastrando en actitud de pleitesía ya que en la mentalidad popular se ha mantenido el concepto clásico de los cuatro elementos básicos de la Naturaleza (aire, agua, fuego y tierra) y a su vez, clásicamente, se les ha concebido como fundamentos de la propia vida o existencia humana. Seguía El Santo sudario o La Verónica. Y en ocasiones, un tropel de niños y niñas de corta edad vestidos de angelitos o el clásico Arcángel (San Miguel o San Gabriel) que con espada y escudo, evolucionan de forma mecánica o en danza pausada ante el féretro del Cristo yaciente (Segura, Zarautz o Elorrio). Desde antiguo era obligada la presencia municipal en los oficios religiosos de ambos días e incluso, dicha corporación se estructuraba según un orden consuetudinario y se establecía la actitud general o respeto a tener en cuenta en estas funciones religiosas.

Referente a los pasos, en algunas localidades, era subastado su derecho a portarlos, entre los fieles locales y es de señalar la calidad artística de las tallas. La diversa imaginería procesional ha tenido por objetivo prioritario el adoctrinar mediante la secuenciación cronológica de los hechos propios de la Pasión. Así, se suceden representaciones de la entrada de Jesús en Jerusalén, La Última Cena, La Oración del huerto, Jesús ante Anás, Los Azotes y La Coronación de espinas, El Calvario, El encuentro, La Crucifixión y el Cristo Yaciente. Pero, frente a dicha eclosión de fervor religioso, no faltan las denominaciones curiosas (Anatxu prakagorri, la muerte en cueros, el cachi a la Cruz, etc.), las imprecaciones (a Judas, romanos, fariseos y judíos), cenas copiosas en días de ayuno o el impregnar la lengua de un singular dragón (emulando al diablo), mediante caramelo de malvavisco, por la chiquillería de Lekeitio.

Como se ha dicho, la jornada se iniciaba con la procesión nocturna del silencio, llamada así por el mudo deambular de penitentes y pasos. Se caracteriza por la libertad de un preso que, al igual que Barrabas, se pasea en su anonimato con la cruz a cuestas. En algunos sitios, como en Orduña, ese silencio queda roto por los sonidos roncos de dos tubas. A ésta le siguen en dicha jornada, los Vía Crucis, pasiones vivientes o procesiones. Ya entrada la tarde, se celebraba la solemne procesión del Entierro y desde la noche del Viernes Santo al Sábado Santo (hasta la hora de la Resurrección), se destinaba a la llamada "Adoración nocturna". Vigilia o velatorio del Santísimo en la iglesia, donde en turnos de media hora se sucedía buena parte del vecindario o los pertenecientes a determinadas asociaciones religiosas (Hijas de María, Sagrado Corazón, Acción Católica, San Vicente de Paúl, Luíses, etc.).

De origen más reciente, además de una visión más realista y comprometida, son las populares o vistosas Pasiones vivientes que, en su origen, eran escenificaciones concretas o escenas puntuales complementarias a las clásicas procesiones. Lanestosa y ciertas localidades de la Ribera y zona meridional de Navarra se erigen como precursoras (segunda mitad del siglo XIII), la afamada valmasedana se inicia a finales del XIX y más modernas son las de Castro Urdiales, Berango, Zaratamo (barrio de Arkotxa), Durango o Aras.

También, en este periodo conmemorativo, a los niños se les hacía mención o les recordaban una serie de oraciones clásicas o romances muy descriptivos, para la mentalidad infantil, de la muerte y resurrección de Cristo. Niños, monagos y mozalbetes eran los encargados de accionar carracas, mazos o las grandes matracas de la iglesia en sustitución del sonido de las campanas y al sonido bronco de dicha artillería de madera, llamaban al vecindario a acudir a los oficios divinos.

En la festividad de Sábado de Gloria, ha sido habitual el llevar tinajas o botellas hasta los conventos u otros centros religiosos para traerlas llenas de agua bendita y utilizarlas, en el ámbito doméstico, para diversos aspectos de carácter religioso o profano. Agua destinada a las benditeras hogareñas, usada para persignarse al levantarse y al acostarse de la cama, echarla sobre las cosechas en previsión de tempestades y buscando la calidad del fruto o también se usaba, en caso de tener un agonizante o fallecido. Ya por la noche, en las diversas parroquias, se procedía a renovar y cambiar el periodo litúrgico, simbolizado por el cirio Pascual que aún se coloca en las iglesias y mediante velas, los fieles trasladaban dicho fuego bendito y nuevo a sus propios hogares. Al mismo tiempo, la cera de las velas, también bendecidas, en algunos lugares, se fundía creando pequeñas cruces con ojos, a imitación de las llagas de Cristo, en las puertas y ventanas de casas y caseríos.

Como hemos indicado, el Sábado de Gloria y el Domingo de Resurrección señalan el final del litúrgico periodo. En esta última fecha, el alegre batir de las campanas, el desmayo de la guardia romana, la angelical ayuda de quitar el manto de luto a la Virgen (Tudela) y las llamadas "procesiones del encuentro" anuncian la vuelta a la vida del Salvador. Además, mucha gente acostumbraba estrenar ropa este domingo, se iniciaba el tiempo de diversiones públicas (bailes, juegos, espectáculos, etc.) y se levantaba el letargo de la celebración de matrimonios.

En ambas jornadas, se sacaba un pelele que simbolizaba a Judas (incluso, con su pareja). Grotesco muñeco que era paseado en diferentes localidades (Añana-Gesaltza, Moreda. Elciego, Estella, Samaniego, Tudela, etc.) y sobre el que recaían las injurias del vecindario por su traición. E invariablemente, acabará apedreado o quemado en la plaza pública. Por su parte, en la zona occidental de Bizkaia (Lanestosa, Karrantza, etc.) celebraban cuestaciones conocidas como "Las Pascuas", realizadas por niñas vestidas de blanco y que cantaban tonadas alusivas a estas fechas.

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