Concept

Historia del Arte. Pintura

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La historia de la pintura en el País Vasco es muy desigual. Entre la abundancia y calidad de la pintura en el Paleolítico y en la época contemporánea, se intercalan épocas menos fértiles ligadas a situaciones económicas y sociales más pobres.

A pesar de que el País Vasco no ha sido históricamente un lugar de grandes pintores, comparándolo con otros países con un desarrollo económico mayor, la dirección que tomó la evolución de la pintura a partir del siglo XV tendiendo hacia un soporte transportable, hizo que se trajeron al País Vasco numerosos cuadros que hoy en día lucen en iglesias y museos.

La mayor parte de la pintura realizada anteriormente al siglo XIX, estuvo relacionada con los centros de poder de los estados español y francés a los que ha pertenecido el País Vasco, por lo que éste quedó muchas veces relegado a la periferia, excepto en momentos concretos como la pintura gótica en la corte y la iglesia de Navarra durante la Edad Media.

Por otro lado, el desarrollo económico de algunos pueblos y ciudades vascas durante los siglos XV y XVI, facilitó las relaciones comerciales con Flandes, desde donde se trajeron gran cantidad de obras de arte que aún hoy en día conservamos en iglesias y museos.

Por último, el desarrollo económico del País Vasco a partir de finales del siglo XIX trajo consigo el sistema del arte moderno a nuestro país, sobre todo a Bilbao. Este hecho supuso el comienzo de la pintura moderna y la conversión de la ciudad en un centro importante de producción, con la particularidad de que la pintura cobró un protagonismo especial.

Parece ser que la producción de arte es una característica propia del Homo Sapiens, pero los mejores ejemplos conservados de la época son, sobre todo, pinturas y grabados, por lo que la pintura rupestre ha sido durante años sinónima del arte prehistórico.

No se sabe exactamente la fecha del comienzo del arte, pero la mayoría de los ejemplos que conservamos en el País Vasco están datados en la época Magdaleniense del Paleolítico Superior (17.000-10.000 a.C.), aunque dataciones recientes recomiendan adelantar al Paleolítico Medio las pinturas de algunas cuevas de la zona cantábrica.

Las técnicas para la pintura del Paleolítico son variadas, desde la utilización de los dedos, pinceles, tampones, etc. hasta aerógrafos primitivos. Los materiales, en cambio, solían ser bastante simples: pigmentos minerales y carbón vegetal o animal mezclados con agua. De estos materiales salieron los dos colores mayoritarios del arte paleolítico: el rojo y el negro.

La mayoría de las veces, las imágenes se delimitaban por medio de una línea de contorno de color negro, y, algunas veces, se añadía volumen por medio de claroscuros de color, aunque era frecuente utilizar los accidentes naturales de las paredes de las cuevas para simular volumen.

En cuanto a los temas representados, el arte paleolítico del País Vasco comparte con el arte de la zona franco-cantábrica el imaginario de animales y símbolos. En concreto son dos los animales más frecuentes representados en nuestras cuevas, el caballo y el bisonte, junto al ciervo y la cabra. La cueva de Ekain (Deba) conserva algunos de los caballos más bellos del arte paleolítico, mientras que en Santimamiñe (Kortezubi) el bisonte esta más representado, de la misma manera que en Alkerdi (Urdazubi), Xaxixiloaga (Altzürükü) y Etxeberriko karbia (Gamere-Zihiga). Son de destacar también las ciervas pintadas con la técnica del tamponado en la cueva de Arenaza (Galdames). Otros animales como el oso aparecen en las cuevas de Ekain y Benta Laperra, el zorro, las aves y peces también en Ekain y Altxerri, la serpiente en Altxerri y el uro en Arenaza.

Hay también otro tipo de signos e imágenes más difíciles de identificar que aparecen en las cuevas del País Vasco, aunque son más escasas que en otros lugares. Buenos ejemplos son las líneas onduladas paralelas y las manos del complejo de Isturitz-Otsozelai-Erberua, los signos de Benta Laperra (Karrantza) y los descubiertos estos últimos años en Praileaitz (Deba).

En cuanto a imágenes antropomorfas, el País Vasco es parco en este tipo de imágenes, aunque mencionaremos una en Isturitz-Otsozelai-Erberua y otra en Altxerri (Aia).

La interpretación del arte paleolítico sigue abierta a distintas teorías que intentan explicar su función y sus objetivos, aunque casi todos los expertos tienden hacia una explicación ritual de las pinturas.

Al parecer la pintura paleolítica desapareció con la cultura de los cazadores de la edad del hielo hacia el 10.000 a.C. y los restos conservados de la pintura postpaleolítica son escasos.

Por razones no muy evidentes, la pintura rupestre vuelve a aparecen en la Edad del Bronce y del Hierro, con formas y conceptos muy diferentes a los del Paleolítico. Son imágenes esquemáticas y la figura humana aparece junto a las de los animales, así como signos de difícil interpretación. Mencionaremos los ejemplos de Solacueva en Koartango (Álava), el de Peña del Cantero en Etxauri (Navarra) y el de Goikolau en Berriatua (Bizkaia).

Por otro lado, en el Neolítico apareció un nuevo soporte para la pintura: la cerámica, el primer soporte artificial conocido para la pintura y que tendrá gran trascendencia histórica.

Pasando ya a los tiempos considerados históricos, suponemos que la conquista romana trajo consigo la realización de trabajos pictóricos, sobre todo como complemento de edificios públicos y privados, pero desgraciadamente conservamos restos muy fragmentados y poco significativos como para poder analizarlos artísticamente. La caída del Imperio romano trajo consigo un empobrecimiento general que no apoyó la realización de proyectos pictóricos o artísticos importantes.

La recuperación cultural y económica de la Edad Media provocó una mayor producción artística general y, por consiguiente de la pintura.

El reforzamiento del cristianismo trajo consigo la necesidad de construir nuevas iglesias y monasterios, con la consiguiente demanda de imágenes escultóricas y pictóricas, con el objetivo de difundir la doctrina entre los fieles y glorificar el nombre de dios.

Un ejemplo temprano de esta recuperación lo constituyen los libros miniados escritos e ilustrados en los monasterios durante el siglo X. La organización del reino de Navarra en el siglo IX impulsó la fundación de monasterios que, pronto, se constituyeron en centros religiosos y culturales. En los monasterios riojanos de San Millán y Albelda se produjeron algunos libros miniados que han llegada hasta nuestros días, como el Codex Vigilianus del año 976 y el Codex Emilianensis del 994.

De la misma manera con el desarrollo político del reino de Navarra durante los siglos siguientes, la producción de libros miniados continuó, pudiéndose clasificar dentro de lo que llamamos el románico pleno la Biblia de Amiens, el Cartulario Viejo de Leire, el Sacramentario de Fitero o el beato de Navarra posiblemente de hacia el año 1.200.

Dejando a un lado los libros miniados, no conocemos ejemplos de otro tipo de pintura de la época románica en el País Vasco, aunque pudieron quedar ocultos por las pinturas de épocas posteriores. Suponemos que muchos ejemplos de pintura románica estaban realizados sobre los muros de las iglesias, y, por lo tanto, quedarían a merced de la suerte de los edificios.

De todas maneras, la primera pintura mural gótica parece continuar con las técnicas, funciones y localizaciones de su antecesora románica. Se continuó empleando el fresco y el temple para la decoración de los muros interiores y exteriores de las fábricas, y su función siguió ligada a los aspectos religiosos de instrucción del creyente y la glorificación del espacio sagrado. En cuanto a las formas, la pintura gótica en un primer momento parece ser una mera continuidad de los modos románicos, por lo que podemos deducir de lo conservado en San Martín de Artaiz, San Cernin de Artajona y San Pedro de Olite.

La pintura francogótica o gótico lineal llegó al País Vasco en el siglo XIV. Los mejores ejemplos pertenecieron a la catedral de Pamplona, aunque hoy en día se guardan en el Museo de Navarra. La pintura mural realizada por Johanes Oliver para Juan Pérez de Estella que cubría uno de los muros del refectorio del claustro es el mejor ejemplo del gótico de esta fase. También del claustro de la catedral procede la pintura mural que representa el árbol de Jesse, de la que se han perdido los colores, y de la misma época es también la tabla con la crucifixión de Cristo que se conserva en la catedral tras el altar mayor.

Este tipo de pintura se difundió por todo el sur del País Vasco por lo menos, como demuestran los ejemplos de Artajona, Ekai, Olite, Galipienzo y Oleta en Navarra, y Abendaño y Gaceo en Álava.

También se pintaron retablos y frontales de altar sobre tabla, aunque muchos de ellos se conservan en museos extranjeros como los frontales de Egillor y Arteta, en el Museo de Arte de Catalunya, el retablo de Añastra, y el retablo y el frontal de Santa María del Cabello de Quejana, conservados en Chicago.

La siguiente fase corresponde al italogótico, del que no tenemos muchos ejemplos en el País Vasco, excepto la pintura mural del Juicio Final del Museo de Navarra proveniente también del claustro de la catedral de Pamplona.

Por el contrario, el gótico final o internacional está mejor representado, sobre todo por la tendencia en esta época a la construcción de retablos para la decoración de los altares. Además la decoración interior de la catedral de Pamplona se realizó en este momento y la corte Navarra amplió su demanda de obras de arte.

Así mismo, debemos destacar los retablos realizados para la catedral de Tudela, el dedicado a Santa Catalina y el de la Virgen de la Esperanza, pintado por el aragonés Bonanat Zaortiga en 1412 para Mosen Villaspesa e Isabel de Uxue.

A finales del siglo XV y principios del XVI, llegaron al País Vasco gran cantidad de tablas pintadas procedentes de Flandes debido a las relaciones comerciales entre ambos territorios. Como consecuencia de estas relaciones surgieron talleres locales que seguían el estilo flamenco sobre todo en los reinos de Castilla y de Aragón.

En este último período del gótico la pintura mural fue perdiendo importancia a favor de la pintura sobre tabla, y, sobre todo, a favor de los retablos compuestos por multitud de tablas reunidas bajo una misma estructura. Las grandes iglesias y los nobles encargaron complejos retablos para colocarlos sobre los altares mayores y las capillas privadas. Quizá el ejemplo más impresionante sea el retablo mayor de la catedral de Tudela, obra de Pedro Díaz de Oviedo.

Los cambios operados en el arte durante el Renacimiento (representación de un espacio geométrico matemático, conocimiento anatómico del cuerpo humano y recuperación de la cultura greco-romana) llegaron al País Vasco por dos vías principales. Por un lado las influencias italianas en el arte de los reinos limítrofes: Aragón, Castilla y Francia; y por otro, los cambios que se estaban operando en la pintura flamenca.

Como hemos dicho, desde finales del siglo XV estaban llegando gran cantidad de tablas flamencas al País Vasco, especialmente trípticos al óleo con escenas de la Pasión de Cristo.

Pero, otro tipo de trabajos serán los que ocupen a gran parte de los pintores del siglo XVI en el País Vasco, nos referimos a la pintura de retablos, que aunque en su mayoría eran escultóricos, requerían la intervención de los pintores para su policromía y su dorado.

Por último, apuntar que poco a poco vamos conociendo mejor la pintura mural realizada en el Renacimiento debido a los recientes descubrimientos en los trabajos de restauración de iglesias y de capillas. Como ejemplo podemos mencionar la Capilla de la Soledad de la Parroquia de Azpeitia y las pinturas murales del techo de la iglesia del Museo San Telmo de San Sebastián. Además, parece ser que la realización de retablos pintados era una práctica corriente en esta época, tal como demuestran descubrimientos recientes.

También conocemos ejemplos de pintura mural en fachadas y salones de edificios civiles de la época, pintados muchas veces con la técnica bícroma de la grisalla, como podemos ver en la decoración al temple de la fachada del palacio de Oriz perteneciente a la familia Cruzat, conservada en el Museo de Navarra.

De la segunda mitad del siglo XVI data el techo de la escalera del palacio del marqués de San Adrián en Tudela, pintada por el italiano Pietro Morone con escenas de diosas mitológicas greco-romanas, típicas del Renacimiento.

Para finalizar, debemos mencionar los talleres dedicados a pintar cuadros de caballete. La gran mayoría eran talleres familiares y de calidad media baja, comparados con los talleres españoles y franceses. Aunque conocemos los de Pedro de Aponte, Joan Bustamente -que trabajaron en la zona de Pamplona-, el del flamenco Rolan de Mois, el de Juan del Bosque o el de Miguel Baquedano, el más destacado es el de la familia Oskariz afincada en Pamplona y el de Pedro Pertus y su hijo establecidosn en Tudela, así como el de Juan Landa. Por su parte, el guipuzcoano Martín Oñate y su familia introdujeron las novedades renacentistas en Álava. En Gipuzkoa destacan las imágenes de las 10 sibilas conservadas en el monasterio de Bidaurreta en Oñati de autor desconocido, y en Bizkaia, mencionaremos a los Beaugrant y a Francisco Mendieta autor del conocido cuadro de Fernando el Católico jurando los Fueros, datado en 1609.

Pero cada vez fue más habitual que los nobles y los pudientes del País Vasco importaran cuadros de caballete de autores conocidos de los focos artísticos españoles o franceses. La adopción de la tela como soporte del cuadro de caballete a finales del siglo XVI, facilitó el transporte de este tipo de mercancía por lo que los palacios e iglesias del País Vasco comenzaron a llenarse de cuadros producidos por autores conocidos.

Para finalizar, también debemos mencionar el papel de algunos artistas vascos en la implantación de escuelas de pintura al modo europeo en América. En este sentido Baltasar de Etxabe el Viejo esta considerado como el fundador de la escuela de pintura mejicana.

Las tres tendencias mencionadas al hablar de la pintura en el siglo XVI -la pintura de retablos, la pintura sobre muros de iglesias y palacios, y la importación de pintura de caballete-, continuaron casi sin cambios con la llegada del nuevo estilo Barroco.

Quizá la acentuación de esta última -la pintura de caballete- sea la característica más importante de la época. La pintura tomo gran importancia desde la contrarreforma, por un aumento en la demanda de la iglesia y por la popularización de las tendencias hacia la compra de pintura para la decoración de palacios. Por ello en los siglos XVII y XVIII llegaron gran cantidad de pinturas provenientes de centros activos como París, Castilla, Andalucía, Valencia, etc.

Entre las pinturas que se conservan en los lugares en que fueron colocadas están el Cristo crucificado pintado por Francisco Zurbarán para la iglesia de Mutriku y la Virgen de Vicente Carducho para la iglesia del convento de las Agustinas Recoletas de Pamplona. En una colección particular de Vitoria se conserva también un retrato de D. Antonio de Salcedo y Hurtado de Saracho pintado por Bartolomé Murillo.

En los museos del País Vasco se conservan obras provenientes de conventos y colecciones particulares, como la Virgen de Alonso Cano de Berantevilla, o los tres cuadros de José Ribera del convento de Santo Domingo de Vitoria, hoy en día en el Museo de Arte Sacro de Vitoria.

De todas maneras, se pueden contemplar gran cantidad de obras de este período de procedencias diversas en casi todos los museos públicos del País Vasco, como el Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Museo Bonnat de Baiona, el Museo de Navarra, el Museo de Arte Sacro de Vitoria, el Museo San Telmo de San Sebastián y otros museos particulares.

En lo que respecta a los talleres locales, continuaron policromando retablos y pintando cuadros y muros de las construcciones contemporáneas y anteriores. Los talleres más activos estuvieron en la zona de la Ribera navarra, como el de Vicente Berdusán, aragonés afincado en Tudela que produjo una pintura de calidad siguiendo el estilo de la escuela madrileña.

Pero, en todas partes hubo talleres de pintura más o menos de menor calidad. Es de mencionar la importancia que adquirieron los talleres de pintura de retablos en el País Vasco francés, de la mano de la familia Dartigacave.

De los pintores vascos que trabajaron fuera del país mencionaremos a los seguidores de Baltasar de Etxabe en México y a Ignacio Iriarte que trabajó el género del paisaje en Sevilla.

Como ha quedado claro en el apartado anterior, se puede afirmar que el País Vasco fue importador de pintura hasta mediados del siglo XIX aproximadamente. Por tanto, no hay talleres remarcables de calidad que pudieran ofrecer o renovar modelos.

Durante el siglo XIX seremos testigos del cambio que se opere en los pintores del País Vasco primero y en la pintura del País Vasco después. Algunos pintores vascos comenzaron a destacar en las academias de París y Madrid, aunque pocos de ellos alcanzaron renombre internacional. Como modelo de pintor académico del siglo XIX podemos poner al baionés Leon Bonnat (1833-1922), que tras su formación en la Academia pasó la obligada estancia en Roma durante cinco años, para regresar de vez en cuando a París y a su lugar de origen, donde buscaba temas de inspiración para una pintura académica y reglada. Retratos, cuadros de historia, alegorías y cuadros de género, entre los que incluyó paisajes y tradiciones vascos, conforman la obra del pintor que tenía su mercado en París y en una clientela adinerada europea.

Entre los que pasaron por la Academia madrileña podemos mencionar a Pancho Bringas, Eduardo Zamacois, Antonio Lecuona, Juan Barroeta, José Etxenagusia, Eugenio Azkue, Alejandrino Irureta, Eugenio Arruti y Ricardo Ugarte.

Algunos de ellos poco a poco se instalaron en Bilbao impulsados por el cambio económico que había empezado a experimentar la ciudad.

Durante las últimas décadas del siglo XIX Bilbao comenzó a dar los primeros pasos para convertirse en un centro artístico importante: burgueses adinerados demandando arte y dispuestos a actuar de mecenas, consideración de la obra de arte como producto de mercado, desarrollo de las infraestructuras artísticas (Escuela de Artes y Oficios, puntos de venta, exposiciones, encuentros de artistas), y atención social cada vez mayor hacia el arte.

Estos cambios coincidieron con la transformación que sufrió el arte dando lugar al arte moderno, en los años finales del siglo XIX y principios del XX. Los artistas ya no estaban interesados en seguir las reglas impuestas por la Academia, por lo que algunos de los artistas bilbaínos optaron por conocer las novedades parisinas de primera mano en lugar de pasar por la academia madrileña. Un ejemplo de ello es Adolfo Guiard, que en 1878 eligió París para su formación como artista, para luego regresar a Bilbao con las novedades aprendidas en la capital francesa y dar comienzo a la pintura moderna en el País Vasco. Junto a él también destacó Darío de Regoyos, que siendo de origen asturiano se asentó en el País Vasco después de un período formativo en Bruselas. Así las tendencias impresionistas y postimpresionistas consiguieron romper con la academia y poner las bases de lo que será uno de los centros artísticos más dinámicos de la Península, junto a Barcelona.

Otros pintores más jóvenes continuaron por la senda abierta por Guiard y Regoyos, entre ellos Ignacio Zuloaga, Manuel Losada y Francisco Iturrino. Algo más tarde, en las primeras décadas del siglo XX serán Ángel Larroque, Alberto Arrúe, José Arrúe, Aurelio Arteta, Gustavo Maeztu, Antonio Guezala, Juan Etxebarria, Julián Tellaetxe y, de alguna manera, los hermanos Valentín y Ramón Zubiaurre, quienes continuarán un tipo de pintura heredera del postimpresionismo, pero basada en la tradición e inspirada en temas vascos.

Con la llegada del nuevo siglo XX, Regoyos, Guiard y Losada habían comenzado a organizar exposiciones de arte moderno en Bilbao y, algo más tarde, en 1911, muchos de los artistas mencionados anteriormente fundaron la Asociación de Artistas Vascos, con la intención de incidir más y mejor en la sociedad.

También la crítica de arte comenzó a teorizar sobre el arte de su época, por lo que se comenzó a hablar de arte vasco o de comienzos del arte vasco, sobre todo desde que Juan de la Encina (pseudónimo de Ricardo Gutiérrez Abascal) publicara el libro La Trama del Arte Vasco en 1919. Desde ese momento las polémicas sobre la existencia hipotética del arte vasco se multiplicaron, aunque generalmente se hablaba sobre pintura vasca. Precisamente la supremacía de la pintura es una de las características del arte de esta época.

El proyecto de arte moderno, conservador y vasco, de principios de siglo tuvo continuidad en los años 20 y 30 con pintores más jóvenes. Aunque la modernidad postimepresionista continuó dominando la obra de estos jóvenes, algunas novedades plásticas de las vanguardias fueron calando de forma desigual y fuera de su contexto teórico, como por ejemplo en la obra de José María Ucelay, Juan Aranoa, José Benito Bikandi o Jerónimo Urrutia.

En los años de la República algunas tendencias vanguardistas como el surrealismo tuvieron gran influencia en el arte español y vasco en particular. Los artistas más jóvenes del momento querían quitarse el peso de la tradición o plantearon una relación diferente con ella. De la misma manera en que se puede ver una vuelta a los orígenes en la escultura de Oteiza, se puede observar una postura similar en la obra de su amigo Nicolás Lekuona; es una muestra de las relaciones con el surrealismo madrileño como se puede ver también en la obra de Juan Cabanas Erauskin, Jesús Olasagasti y Carlos Ribera.

Por último una influencia mayor de la generación de principios de siglo, con un proyecto moderno pero no rupturista, la podemos encontrar en la obra de Gaspar Montes Iturrioz, Bienabe Artia y Mauricio Flores Kaperotxipi.

La Guerra Civil española supuso una ruptura con la posibilidad de entroncar con las tendencias pictóricas europeas. Muchos pintores tuvieron que exiliarse, otros tuvieron que mantenerse en silencio bajo la dictadura franquista y algunos pocos murieron en la guerra. Por lo tanto la situación no fue fácil para el arte en los primeros años de la dictadura franquista, sobre todo por la sospecha bajo la que se puso toda tendencia moderna, incluidos los proyectos más moderados de principios del siglo XX. El arte preferido por el régimen era un arte académico que se quiso imponer, aunque diversas iniciativas evitaron su monopolio.

Precisamente en los años de la postguerra algunos artistas como Menchu Gal, asociaciones como el Café Suizo y la Asociación Artística Vizcaína, o grupos de aficionados como los que fundaron la sala Studio, comenzaron a intentar conectar con los años anteriores a la guerra y volver a una situación de normalidad en el arte del momento. Fue demasiado pronto para este tipo de aventuras y la ruptura artística que supuso la guerra no comenzó a superarse hasta los años 50. A finales de esta década se proyectó la reconstrucción de la Basílica de Aranzazu, obra que consiguió reunir a los arquitectos, artistas plásticos e intelectuales más importantes del momento. A pesar de ello, la parte pictórica del proyecto no tuvo mucha suerte, ya que el artista elegido para pintar el ábside, Pascual de Lara, murió y las pinturas de la cripta de Néstor Basterretxea se borraron por mandato de las autoridades religiosas.

Pero los contactos entre artistas en Aranzazu si facilitaron el agrupamiento, por lo que en los años 60 surgió el Movimiento de Escuela Vasca. Gran parte del grupo guipuzcoano y alavés, como Amable Arias, José Antonio Sistiaga, Rafael Ruiz Balerdi, José Luis Zumeta, Joaquín Fraile, Juan Mieg y Carmelo Ortiz de Elgea había estado en contacto en París o estaba influido por el informalismo europeo y la abstracción norteamericana. En cambio en los grupos vizcaíno y navarro había más variedad y la figuración social en contacto con los grupos de Estampa Popular era evidente, sobre todo en Bizkaia -Agustín Ibarrola, Dionisio Blanco, Mari Dapena-, mientras el pop y la figuración europea tenían más influencia en los navarros -Xavier Morras e Isabel Bakedano, por ejemplo.

A pesar de ello, el panorama de la pintura en el País Vasco era muy variado, con muchos pintores que quedaron fuera del Movimiento de Escuela Vasca, como Maria Paz Jiménez, Gonzalo Chillida, Bonifacio Alfonso, Carlos Sanz, José Mari Ascunce, Julio Martín Caro, etc. que aunque tenían relación con los grupos optaron por una trayectoria independiente.

En los años 70 el pop art difundido desde los Estados Unidos e Inglaterra, se encontró con otras tendencias figurativas europeas para influir en el arte del País Vasco. Los artistas de la generación más joven interpretaron las tendencias figurativas de forma personal, como es el caso de Vicente Ameztoy, Ramón Zuriarrain y Mari Puri Herrero. Navarra continuó con la tendencia hacia la figuración apuntada a finales de los años 60, con artistas como Juan José Akerreta y Pedro Oses.

Durante la siguiente década la pintura fue dominando el mercado y las grandes exposiciones en todo el mundo, sobre todo a través del Neoexpresionismo alemán y la tranvanguardia italiana. Las tendencias posmodernas cuestionaron la modernidad y los artistas comenzaron a interpretarla con total libertad. Dentro de estas tendencias figurativas podemos mencionar a Clara Gangutia, Dario Urzay, Jesús Mari Lazkano, Alfonso Gortazar, Daniel Tamayo y Alberto Rementería.

Fue precisamente durante los años 80 cuando se organizaron las nuevas instituciones autonómicas en la CAV y los centros de enseñanza del arte, como la Facultad de Bellas Artes. A finales de la década surgió también Arteleku en San Sebastián, un centro de arte creado por la Diputación de Gipuzkoa que junto a los premios Gure Artea organizados por el Gobierno Vasco dinamizaron el arte de los años siguientes, hasta tal punto que los años 90 fueron años de verdadera actividad en la pintura del País Vasco, así como en las demás artes.

Pero, si bien la pintura tuvo continuidad como medio artístico, la tendencia hacia la disolución de los medios y sus continuos mestizajes son características de los años 90. Por lo tanto no es fácil hablar de pintura en el arte a partir de estas fechas.

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