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Historia del Arte. Vanguardias

Finalizada la segunda guerra mundial, el mundo entró en una nueva fase en la que la sociedad civil y la clase política intentaron crear mecanismos -entre ellos el Estado de bienestar social- con los que evitar las crisis y las rivalidades económicas. Sin embargo las crisis no se pudieron impedir ya que el mundo quedó dividido en dos bloques tras el estallido de la guerra fría. Otro rasgo característico de este período fue el proceso de descolonización; el continente europeo perdió sus colonias y, por consiguiente en el continente africano y asiático nacieron nuevos países de tal forma que el número de estados se duplicó. Este período finalizó con una nueva crisis económica, la llamada crisis del petróleo sucedida en 1973.

Tal y como ocurrió con la arquitectura, durante las dos primeras décadas del franquismo, las artes plásticas también se refugiaron en un estilo tradicional y conservador en el que las corrientes y las tendencias modernas desaparecieron del panorama artístico vasco. En el caso de la pintura, la mayoría de los artistas se refugiaron en el paisaje y realizaron una pintura figurativa -que no realista- donde se intuían algunos ecos de la influencia ejercida por el impresionismo y el postimpresionismo. En este estilo trabajaron, entre otros, pintores como Menchu Gal, Mari Paz Jiménez y Gonzalo Chillida.

Las novedades, los cambios e, incluso, las rupturas llegaron, por tanto, a partir de los años sesenta. En esta década surge en Euskal Herria una nueva generación de pintores que apuestan no sólo por recuperar las vanguardias históricas del primer período, sino por dejarse influir por los nuevos movimientos artísticos que entonces surgían -informalismo, expresionismo abstracto- y, además, intentar aproximarse a la sociedad que comenzaba a transformarse y a tener nuevas necesidades.

En este panorama, al igual que en el primer período, en este segundo el asociacionismo ocupó un lugar muy importante. De hecho, desde finales de los años cuarenta las asociaciones de artistas vascos comenzaron a resurgir y tuvieron una indudable importancia a la hora de revitalizar el panorama artístico. En la década de los sesenta, por lo tanto, fueron numerosos los grupos que surgieron, aunque la mayoría tuvieron una corta existencia y la influencia que ejercieron fue limitada y circunstancial.

Entre los grupos que nacieron en la década de los sesenta, los que más relevancia alcanzaron fueron aquellos que se crearon en 1965 en torno al pensamiento y las propuestas de Jorge Oteiza. Gaur en Gipuzkoa, Emen en Bizkaia, Orain en Araba y Danok en Navarra, de hecho, aspiraron a fomentar los primeros movimientos de vanguardia en Euskal Herria -existió incluso el proyecto de crear un quinto grupo en Iparralde, con el nombre de Baita- en los cuales además de apostar por la interdisciplinaridad, se propugnase la iniciativa de crear un arte que aunase tradición y modernidad sin perder el contacto con la realidad social.

Aunque los grupos citados no prosperaron, esta iniciativa fue muy importante ya que una nueva generación de pintores vascos apostaron por abandonar la figuración y traer nuevos lenguajes al panorama artístico vasco. Sin embargo, entre éstos encontramos opciones estilísticas muy diversas, que fueron desde la abstracción a un nuevo tipo de realismo interpretado desde una perspectiva social. En el primer estilo destacaremos, entre otros, a José Antonio Sistiaga, Rafael Ruiz Balerdi, Amable Arias, Bonifacio Alonso y Ramón Vargas, mientras que en el segundo estilo cabe citar a Agustín Ibarrola, Dionisio Blanco e Isabel Baquedano.

Respecto a la escultura, en este segundo período del siglo XX, debido a la prematura relación con las tendencias más renovadoras, la disciplina artística que más éxito y desarrollo tuvo fue la escultura. De hecho, al grupo de escultores que entre las décadas de los cincuenta y los sesenta desarrollaron en Euskal Herria su labor se le ha denominado como la Escuela Vasca de Escultura.

Este término no hay que entenderlo como el de una organización sistemática dotada de un ideario común, sino más bien como una sensibilidad común de un grupo de escultores que, pese a sus diferencias, tuvieron características similares: predominio del lenguaje abstracto sobre el figurativo, gusto por la monumentalidad, estrecha relación con la naturaleza y el ser humano, y la utilización de materiales como la madera, la piedra o el hierro. Sin embargo, este grupo no sólo creó un movimiento de arte contemporáneo acorde con las últimas tendencias del panorama internacional, sino que, además, quiso realizar un arte de vanguardia; el objetivo era desarrollar un nuevo lenguaje artístico que combinase lo autóctono con las aportaciones de los principales movimientos de las vanguardias para luego ofrecerlas a la sociedad.

La actividad de este grupo de escultores que comenzó en los años cincuenta coincidió con el regreso de Jorge Oteiza de Sudamérica -lugar al que se marchó antes de la guerra- y con el inicio de las obras de la basílica de Arantzazu. La construcción del edificio y de las esculturas y de las pinturas que completaban el conjunto, implicó a una generación de artistas con sensibilidades muy afines, a que se reuniesen en torno al proyecto y a la poderosa personalidad de Oteiza, partícipe junto a Nestor Basterrechea, Agustín Ibarrola, Lucio Muñoz y Eduardo Chillida, de los trabajos.

En la década de los sesenta, algunos de los miembros del grupo de Arantzazu volvieron a coincidir en la formación de un nuevo movimiento artístico que en este caso agrupase artistas de diferentes disciplinas y territorios de Euskal Herria. De este modo se formaron Gaur, Emen y Orain, intentando apostar por utilizar lenguajes modernos, aunar lo tradicional y lo contemporáneo, y realizar un arte que se aproximase a la sociedad. El proyecto fracasó por desavenencias tanto formales como ideológicas, pero contribuyó a que la escultura vasca y, en general, el arte contemporáneo tuviesen una enorme presencia en la sociedad vasca. De hecho, son numerosos los escultores que posteriormente han seguido la estela de Oteiza y Chillida -los dos escultores más importantes de este período-, destacando Remigio Mendiburu, Vicente Larrea, Ricardo Ugarte, José Ramón Anda y Ángel Bados.

Esta segunda etapa del siglo XX fue especialmente difícil para Euskal Herria. Durante la dictadura del general Franco, Euskal Herria sufrió una dura represión política y cultural. Las manifestaciones artísticas anteriores a la guerra fueron severamente reprimidas -para el franquismo la modernidad y la vanguardia se asociaba con la democracia-, y el nuevo régimen impulsó el regreso a un arte convencional e histórico que recuperara los estilos que la dictadura identificaba con los momentos de mayor esplendor del Imperio español. Sin embargo, a partir de los últimos años de la década de los cincuenta, el panorama dio muestras de cambio gracias al desarrollo de la economía.

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Y aunque en el ámbito político se continuó sin realizar ningún progreso, en el cultural se avanzó; concretamente en Euskal Herria, se respiraron de nuevo los aires modernos de la vanguardia histórica europea de la primera mitad del siglo XX, y se dejó sentir el eco de los nuevos estilos que se desarrollaban entonces en la escena internacional.

De este modo, el arte vasco pudo crear, por primera vez en su historia, su propia vanguardia y, por este motivo, aplicamos ahora este término, ya que no solamente se intentaron crear nuevos lenguajes en el arte vasco -en muchos casos, a partir de lo autóctono, modernidad y tradición-, sino que hubo un deseo de crear con absoluta libertad, pero también de acercarse a la sociedad, de establecer un diálogo con ella, una intención que en Europa ya había desaparecido en esta etapa. Esta segunda etapa concluyó cuando finalmente la dictadura de Franco desapareció y se implantó la democracia; un nuevo período en el que Euskal Herria pudo progresar y desarrollarse plenamente en todos los ámbitos y, entre ellos, también en el artístico.

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Durante los primeros años de la dictadura, el régimen buscó un estilo nacional de raíz popular e histórica, que recurriese a la decoración de estilos antiguos, en especial el escurialense, ya que se identificaba este momento con el de mayor esplendor del Imperio español. Así, en la mayoría de los edificios que se construyeron en este período -la iglesia dedicada a los caídos por el bando nacional de Pamplona, el Seminario de Donostia, la plaza mayor de Gernika- se produjo un abuso de la escala monumental y el exhibicionismo. En este intento de establecer un estilo nacional jugaron un papel fundamental dos arquitectos vascos, Pedro Muguruza Otaño, desde la Dirección General de Arquitectura, y Pedro Bidagor Lasarte, desde la Dirección General de Regiones Devastadas. Sin embargo, estas directrices no se pudieron aplicar en todos los casos ya que, además de resultar muy costoso económicamente, no respondían a las necesidades de una sociedad en la que la precaria situación económica obligaba a una masiva y rápida reconstrucción. Así es como a partir de los años cincuenta el lenguaje moderno se volvió a recuperar tanto por los arquitectos que estaban en activo en los años anteriores a la guerra, como por las nuevas generaciones. De hecho, Pedro Ispizua, Fernando Arzadun, Pedro Guimón y Manuel Ignacio Galíndez en Bilbao, Jesús Guinea y José Luis López Uralde en Vitoria-Gasteiz, o Ramón Cortazar y José Antonio Ponte en Gipuzkoa, continuaron realizando edificios de viviendas, en los que combinaban el racionalismo con elementos expresionistas y detalles art déco.

Sin embargo, la década de los años cincuenta también fue propicia para otro tipo de experimentaciones. Así, en la arquitectura religiosa hay que destacar la renovación que vivió la tipología de la iglesia en unos años en los que todavía no se había celebrado el Concilio Vaticano II. Así, el arquitecto navarro Francisco Javier Sáenz de Oíza junto a Luis Laorga propuso en la basílica de Aranzazu en Oñati (Guipuzcoa) una iglesia que, aunque todavía mantenía numerosos elementos anclados en la tradición, en otros existía un evidente compromiso con el lenguaje moderno. Esto también lo encontramos en Vitoria-Gasteiz, en los templos de Los Ángeles de Javier Carvajal y José María García de Paredes, y La Coronación de Miguel Fisac; en ambas iglesias lo que destaca es la estructura del propio edificio que, adecuando su geometría a los propios solares irregulares, transmiten una gran potencia plástica y escultórica.

A partir de los años sesenta, una nueva sensibilidad irrumpió en el panorama arquitectónico vasco. El lenguaje moderno y racional evolucionó hacia un nuevo estilo que bajo el nombre de organicismo dio prioridad a las formas curvas y, sobre todo, concedió especial importancia a la integración de los edificios en el entorno tanto natural como histórico en el que eran construidos. En la difusión de este estilo hay que destacar el papel que jugó en el ámbito teórico el arquitecto vizcaíno Juan Daniel Fullaondo, y los trabajos que realizaron Eugenio María de Aguinaga y Sáenz de Oíza en este estilo, concretamente la vivienda que realizó este último en la localidad de Durana.

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De cualquier forma, el arquitecto más importante de este período fue el guipuzcoano Luis Peña Ganchegui. De hecho, desde sus obras iniciales, como la Torre Vista Alegre de Zarautz, Peña Ganchegui apostó por superar el racionalismo estricto en aras de un organicismo y un plasticismo que, además de adecuarse al entorno y al paisaje, también lo hacía en relación con la historia local. Entre sus numerosos trabajos hay que destacar la Casa Imanolena de Mutriku, el edificio de viviendas Iparraguirre en la misma localidad guipuzcoana, la iglesia de San Francisco y la plaza de los Fueros en Vitoria-Gasteiz, y las plazas de la Trinidad y del Tenis en Donostia; en esta última, Peña Ganchegui planteó, a partir de la recuperación de un terreno marginal, una plaza escalonada de impronta minimalista, con sugerentes arritmias y expresivas texturas, que da la sensación de haber existido siempre en el paisaje.

En este final del período, aunque el organicismo fue la estética más novedosa, en muchas obras continuó combinándose con el racionalismo, y tampoco faltaron elementos y detalles expresionistas. Entre los arquitectos que mejor trabajaron en ese estilo hay que destacar al propio Fullaondo, Fernando Olabarria, Álvaro Líbano, Rufino Basañez, José Erbina, Miguel Mieg, Miguel Oriol e Ibarra, Francisco Javier Guibert, Fernando Redón y los hermanos Félix y José Luis Iñiguez de Onzoño. Entre las obras a señalar, destacar los institutos de enseñanza media de Txurdinaga en Bilbao, el campus de Deusto en Donostia, la iglesia de Santiago Apóstol de Pamplona, y otras muchas obras relacionadas con grupos escolares, equipamientos culturales y bloques de viviendas. Sin embargo, el edificio que mejor representa este período es la primera gran obra del arquitecto navarro Rafael Moneo en Donostia, el edificio de viviendas Urumea, en el que junto a Javier Marquet, Javier Unzurrunzaga y Luis María Zulaika, asume el paisaje y el pasado de la ciudad, combinando las bandas ondulantes de los miradores con las esquinas ortogonales que cuadran y definen la manzana del ensanche.

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