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Historia del Arte. Escultura

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No es fácil escribir una historia de la escultura en unos períodos históricos en los cuales el término no existía. El concepto de escultura es relativamente moderno, ya que hasta el Renacimiento no se habla en términos de escultura para referirse a la actividad artística que trata del volumen de tres dimensiones en el espacio. Las distintas técnicas utilizadas, como la talla y la fundición se consideraban actividades diferentes y costó mucho trabajo unirlas bajo el concepto de escultura.

Además, muchas veces, los trabajos que consideramos escultóricos de períodos antiguos responden más a conceptos bidimensionales que a tridimensionales y, por ello, añaden una dificultad a los problemas conceptuales planteados anteriormente.

Deberemos de enfrentarnos a estos problemas y algunos más al analizar la producción escultórica en el País Vasco, sobre todo ante los objetos realizados antes del siglo XVI, momento en el que llega a nuestro país el concepto de escultura, e incluso más tarde, ya que hasta el siglo XVIII no terminó de normalizarse el concepto moderno de arte.

No parece que hubo una tendencia excesivamente importante hacia las artes del volumen durante el Paleolítico entre los habitantes de lo que hoy en día denominamos País Vasco. Por desgracia, aún no tenemos demasiados testimonios de la actividad escultórica en comparación con los magníficos ejemplos que tenemos de arte rupestre o de los objetos utilitarios.

Una excepción puede constituir la cueva de Isturitz en Donamartiri (Baja Navarra) ya que se han encontrado en ella gran cantidad de objetos trabajados en hueso datados en el Magdaleniense (15.000 al 10.000 a.C.). Entre estos hallazgos podemos distinguir tres tipos de objetos: los objetos utilitarios decorados, los que reproducen imágenes y los ornamentativos. Muchas veces tenemos problemas para distinguir entre estos tres tipos de objetos, ya que algunos de los que nosotros consideramos decorativos pueden tener una función ritual, o viceversa.

Por lo que respecta a las imágenes que aparecen grabadas en huesos o en losas (el hueso de Torre y la plaqueta de Ekain, por ejemplo), normalmente están vinculados a técnicas bidimensionales que aparecen igualmente en las paredes de las cuevas. De todas maneras, los últimos descubrimientos, como los colgantes de piedra de Praileaitz o el pequeño hueso con forma de ave aparecido en Ekain, ponen en relación la producción del País Vasco con la del resto de Europa.

Tampoco es el Neolítico un período que ha dejado muchos ejemplos de escultura en el País Vasco, por lo que tendremos que esperar hasta la Edad de los metales para hablar propiamente de objetos escultóricos. Las espátulas antropomorfas de hueso encontradas en los dólmenes de enterramiento como en el de San Martín en Laguardia o el de Los Llanos en Kripan (ambos en Álava), recuerdan usos paleolíticos, y, por lo tanto, los ídolos de arcilla del yacimiento de la Edad del Bronce (900-350 a.C.) de El Alto de la Cruz en Cortes (Navarra) pueden ser los objetos más cercanos a la escultura de esta época. Además, la aparición de la técnica de la cerámica en ese momento trajo consigo una nueva visión sobre el volumen ya que consistía en la creación de un objeto desde la nada y la necesidad de decoración añadida.

Algo parecido ocurre con la fundición de los metales, que además de crear una forma suele llevar consigo cierta cantidad de decoración. En el País Vasco son abundantes los objetos decorativos y utilitarios fundidos en metal de esta época, aunque no siempre es fácil distinguir entre ambos tipos de objetos. Por ejemplo, el colgante de bronce con forma de lauburu encontrado en el yacimiento de La Hoya (Laguardia, Álava) confirma la utilización de símbolos solares en los objetos decorativos.

Por otra parte, son abundantes los grabados y los relieves sobre piedra en esta época, ya que supone el comienzo de las estelas discoidales que tanta continuidad tendrán durante la conquista romana y la alta Edad Media. Parece que la mayoría estaban relacionadas con una función funeraria, como por ejemplo la estela de Iruña-Veleia que representa a un jinete y que data del siglo II o I a.C. Más cercana a las artes del volumen es la escultura en piedra con forma de toro o animal similar con un disco solar entre las patas hallada en la ermita de Mikeldi en Durango, de donde toma su nombre.

Con la invasión romana durante el siglo II a.C. el País Vasco entró en contacto con la tradición artística mediterránea. La atención hacia el volumen de tradición griega llegó al País Vasco para fundirse con tradiciones indígenas anteriores y con las culturas del metal que dominaban el País en ese momento.

En contraste con lo que ocurre con la pintura, de difícil conservación, tenemos muchos ejemplos de escultura por todo el País Vasco, sobre todo en las ciudades y lugares más romanizados, por ejemplo Pompaelo (actual Pamplona), Civitas Cara (Santacara), Andelos (cerca de Mendigorria), etc. donde se han encontrado esculturas de mármol de gran tamaño, a pesar de estar fragmentadas o en mal estado de conservación. Es probable que fueran esculturas importadas, aunque, poco a poco, se establecerían talleres locales. Se pueden destacar el fragmento de una cara de lo que probablemente fuera una diosa hallada en Santacara y el torso de Sangüesa, que pudo ser parte de un retrato; ambas del siglo I d.C.

Quizá la escultura romana más importante y mejor conservada del País Vasco sea la llamada Dama de Iruña-Veleia; está datada entre el siglo I y II d.C. y aunque hoy en día le faltan la cabeza y los brazos, es una escultura de gran calidad.

Por otra parte, han aparecido esculturas más pequeñas relacionadas con el culto o algunas creencias religiosas en muchos lugares en los que se asentaron los romanos. Suelen estar relacionadas con el culto al hogar o la protección personal y generalmente solían ser de bronce. Entre ellas mencionaremos la Isis-Fortunae hallada en Forua (Bizkaia) que mide 6,5 cm. y las esculturas halladas en el mar frente al cabo de Higer en Fuenterrabía, quizá piezas de bronce que adornaban un mueble de madera.

Como ejemplo de la continuidad de los ritos y las costumbres indígenas se pueden poner las estelas discoidales utilizadas en contextos funerarios. Los grabados y los relieves aluden muchas veces a las personas a las que recuerdan y aportan una información inestimable de la colonización romana, sobre todo las halladas en Aquitania, en relación con el conocimiento del euskera, y las de Álava y Navarra con decoraciones vegetales y antropomorfas más o menos esquemáticas.

Durante el principio de la alta Edad Media se perdieron las técnicas y las tradiciones artísticas romanas. La sociedad europea empobrecida no tuvo muchas oportunidades para la producción artística y únicamente se conservan obras de escasa calidad en todo el País Vasco.

Además, la difusión y establecimiento del cristianismo rechazaba la tendencia hacia el volumen y la mimesis greco-romana y, por ello, favoreció un arte tendente a las dos dimensiones y con fines religiosos directos. Como ejemplo podemos poner el relieve prerrománico de Villatuerta (Navarra) datado en el siglo X.

En cuanto al arte islámico, no es abundante en el País Vasco, pero los restos de la decoración de la mezquita de Tudela, hablan de una rica producción de escultura decorativa, sobre todo en yeso. Por otra parte, la caja de marfil del monasterio de Leire, depositada hoy en día en el Museo de Navarra, pone de manifiesto la calidad de los talleres cordobeses.

Pero, la recuperación de la escultura monumental y de la escultura exenta llegó con los primeros impulsos del románico durante el siglo XI. El fortalecimiento de la iglesia trajo consigo la reorganización política y económica de Europa, y casi todos los reinos que estaban surgiendo en la Edad Media impulsaron la recuperación artística. El establecimiento del reino de Navarra como estructura política de los vascones implicó la organización de caminos, villas, mercados, monasterios, etc. En general, los monarcas medievales impulsaron la construcción de centros religiosos con lo que ello supuso para la recuperación del arte.

Como ejemplo podemos citar la escultura monumental, que unida a la arquitectura tenía como objetivo la mayor gloria de dios y el adoctrinamiento en la fe de un pueblo generalmente iletrado, por medio de la representación de escenas religiosas.

Los capiteles del siglo XI de la cripta de Leire son uno de los primeros ejemplos de la recuperación de la escultura decorativa, que aunque tímidos y toscos abren el camino a lo que va a ser la decoración románica.

De todas maneras, fue la construcción de las catedrales las obras que atrajeron los mayores y mejores encargos escultóricos en el País Vasco, como ocurre en el resto de Europa. Pamplona y Baiona se constituyeron pronto como los dos centros religiosos importantes del País Vasco en los años del románico. Conocemos mejor, por los restos conservados, la antigua catedral de Pamplona, en cuyo claustro trabajo el maestro Esteban llegado de Santiago durante el siglo XII.

Poco a poco el románico se expandió desde los centros de producción mayores a toda la geografía del País Vasco, tanto a villas y ciudades como a zonas rurales, en donde se conservan gran cantidad de ejemplos, sobre todo en Álava, ambas Navarras y Zuberoa.

En el caso de la escultura exenta, se utilizaba como vehículo para hacer visible lo invisible en los primeros años del románico, sobre todo para difundir el culto de Cristo en la cruz y de la Virgen María. Normalmente se utilizaba la madera policromada, aunque podemos encontrarnos esculturas en otros materiales como piedra o metales preciosos, tal como lo podemos ver en el crucificado de Torres del Río (Navarra) y las numerosas imágenes de la virgen entronizada dispersas por todo el País Vasco.

La escultura civil ha resistido peor el paso del tiempo y por ello no es numerosa hoy en día, aunque contamos con un buen ejemplo en la fachada del llamado palacio de los Reyes de Navarra en Estella-Lizarra.

La llegada del gótico está también relacionada con algunos centros religiosos del País Vasco, como pueden ser los primeros monasterios cistercienses. Paulatinamente la escultura gótica más expresiva y naturalista vino a sustituir a la escultura simbólica e hierática del románico, sobre todo en las obras de la nueva catedral gótica de Pamplona y en el gótico civil promovido desde la corte navarra.

Pero el primer gótico realizado al estilo de Chartres se observa mejor hoy en día en la portada occidental de la catedral de Tudela, que data del siglo XIII; aunque los ejemplos más bellos de la escultura gótica plena se pueden admirar en la catedral de Pamplona (comenzada en 1280), sobre todo en la decoración escultórica de sus puertas, de las que destaca la Puerta Preciosa.

Algo parecido se puede decir de la decoración de la puerta que une la catedral de Baiona con su claustro, aunque, por desgracia, la decoración de las otras puertas de la catedral se ha perdido como consecuencia de los conflictos posteriores.

Junto a los modelos difundidos desde los talleres de las catedrales de Pamplona y Baiona, jugaron un papel importante los llegados de otros lugares como por ejemplo Castilla o Francia, en la construcción de centros religiosos menores, como las iglesias de muchos pueblos y ciudades, donde se constata una actividad constructiva sin precedentes.

Como ocurría en el caso de sus modelos, la decoración escultórica se concentraba en las portadas, donde los fieles podían reconocer las historias religiosas de Cristo, María o los santos titulares. Algunas de ellas han llegado a nuestros días con la policromía original o repintes posteriores como por ejemplo Santa María y San Pedro de Vitoria, ambas del siglo XIV, pero sobre todo Santa María de los Reyes de Laguardia, o su versión popular en Santa María la Real de Deba.

Las imágenes de Cristo y la Virgen siguieron siendo protagonistas de la escultura exenta gótica, aunque aparecen más humanizadas y más naturales en la anatomía y las vestiduras, respondiendo a los nuevos requerimientos religiosos de la época.

Por último, conservamos en el País Vasco, entre otros muchos, un bello ejemplo de escultura funeraria gótica en la tumba de Carlos III y Leonor de Trastámara realizada por Jehan Lome de Tournai en la Catedral de Pamplona.

El gótico final tuvo gran continuidad en el País Vasco, así como en otros países europeos, pero poco a poco fueron llegando las nuevas formas e ideas del Renacimiento durante finales del siglo XV y principios del XVI. El nuevo ambiente humanista y la recuperación del antropocentrismo clásico provocaron cambios en la escultura, sobre todo en los deseos de precisión anatómica, equilibrio en gestos y posturas y una nueva mirada hacia la naturaleza. Todo ello se enfrentó a los excesos expresivos flamencos y a la elegancia y superficialidad del gótico internacional.

La característica más destacable de la escultura de esta época fue la importancia progresiva que fue adquiriendo una de las costumbres surgidas durante el gótico final, como fue la ocupación casi total por parte de los retablos de toda la parte posterior del presbiterio, como ya podemos ver apuntada a finales del gótico en la catedral de Pamplona y en la iglesia de Lekeitio, por ejemplo. Las arquitecturas, generalmente de madera, enmarcaban relieves narrativos y esculturas exentas que culminaban con dorados y policromías.

A finales del siglo XVI la escultura del País Vasco tomó gran fuerza debido al desarrollo de una escuela a la que se ha denominado romanismo. El estilo vigoroso y de anatomías musculosas (muchas veces exageradas) que Miguel Angel plasmó en sus obras tuvo gran influencia en algunos escultores del País Vasco, sobre todo en Joanes de Antxieta, éste interpretó las formas miguelangelescas adaptadas a las imágenes y relieves religiosos de sus retablos. El escultor guipuzcoano afincado en Pamplona, difundió en todo el País Vasco y sus regiones limítrofes este estilo que cuenta entre sus mejores seguidores a Lope Larrea y Esteban Velasco en Álava, Martín Ruiz de Zubiate en Bizkaia, Ambrosio de Bengoetxea y Jerónimo Larrea en Gipuzkoa y a Pedro González de San Pedro en Navarra.

Muchas veces las portadas de los edificios de esta época siguen los modelos de los retablos, aunque el material sea la piedra. La escultura adaptada a los elementos arquitectónicos de la Edad Media se desborda por toda el edificio durante el Renacimiento como se puede ver en la fachada de la Universiad de Oñati de Pierres Picart o en la fachada de la iglesia de Viana. Algo parecido ocurre en la decoración de las fachadas de los palacios de la época, basada en elementos arquitectónicos que enmarcan esculturas y relieves, como ocurre en el Palacio Eskoriaza-Eskibel de Vitoria, por ejemplo.

Por último, uno de los ejemplos más bellos de escultura funeraria de esta época en el País Vasco lo constituye el sepulcro de Rodrigo Mercado Zuazola en la iglesia de San Miguel de Oñati, al parecer obra de Diego de Siloé en mármoles traídos de Andalucía.

A pesar de que las tendencias hacia el Barroco se habían manifestado ya en algunos lugares cercanos, el Romanismo sobrevivió con fuerza durante los primeros años del siglo XVII en el País Vasco.

De todas maneras, la época de los grandes retablos sobrevivió al cambio de estilo, aunque los centros de producción de modelos se situaron fuera del País Vasco. La llegada de escultores foráneos provocó el cambio de modelos en los talleres locales, y, por ejemplo, el retablo que diseñó Gregorio Fernández para la iglesia de San Miguel en Vitoria en 1624, supuso el final del romanismo a favor de unas posturas más naturalistas propias del Barroco.

Si en un principio el Barroco continuó con el equilibrio entre los marcos arquitectónicos y las esculturas y los relieves de los retablos, a partir de la década de los años 80 del siglo XVII las tendencias se invirtieron. Las arquitecturas complicadas y decorativas de los retablos llamados churriguerescos dejan poco margen para la introducción de relieves narrativos y, por lo tanto, suelen estar acompañadas de imágenes exentas; tal como podemos admirar en el convento de las agustinas recoletas de Pamplona.

Esta tendencia continuó con el retablo de tipo rococó, entre los años 1740 y 1780. Las arquitecturas pierden consistencia bajo las numerosas molduras decorativas y no dejan lugar más que a algunas esculturas sueltas. Ejemplos de este tipo de retablo son los de Santa Maria de Oxirondo en Bergara, los de San Nicolás en Bilbao, los de San Juan de Luz y Ainhoa.

El último período del siglo XVIII y el primero del XIX está ocupado por el retablo neoclásico, que sustituye la excesiva decoración rococó por una arquitectura clásica greco-romana que constituirá la estructura que soporta las imágenes de los santos titulares representados en los retablos.

Además de los retablos, durante los siglos XVII y XVIII la escultura religiosa exenta tuvo gran desarrollo, tanto para el culto dentro de las iglesias, como para las procesiones de Semana Santa, sobre todo.

Por último, dentro del apartado de la escultura adaptada a la arquitectura, los siglos del Barroco tuvieron gran importancia debido al enorme poder recobrado por la iglesia y la nobleza. La fachada de las iglesias de Santa María en San Sebastián y San Gregorio Ostiense en Sorlada son importantes ejemplos de ello.

A pesar de que la escultura religiosa tuvo continuidad durante la primera mitad del siglo XIX, la creación de estados centralistas fuertes y el poder que otorgaron a la Academia como encargada de los asuntos artísticos marcaron otros objetivos y funciones para la escultura. La Revolución Francesa otorgó al arte la función de crear modelos para la educación del ciudadano y por lo tanto la dimensión pública del arte en general y de la escultura en particular adquirió gran importancia en este momento. Además los nuevos mandatarios burgueses impulsaron la necesidad de reconocer ciertos personajes y acontecimientos por medio de la escultura, y por lo tanto, sobre todo las ciudades, comenzaron a poblarse de monumentos durante el siglo XIX. Para ello la escultura académica fue un instrumento apropiado, ya que aseguraba el control sobre las interpretaciones políticas y de la historia que promovían los gustos centralizados de los estados burgueses.

Entre los monumentos encargados a artistas de fuera del País Vasco, los más destacables son el monumento funerario a Gayarre en Roncal y el monumento a Diego Lopez de Haro en el centro de Bilbao, ambos de Mariano Benlliure. Entre los escultores vascos de este momento debemos mencionar a Marcial Agirre, cuyo trabajo más conocido es el monumento a Okendo en Donostia.

El comienzo de la modernidad se caracterizó por el deseo de romper con las normas académicas, por lo que algunas de las novedades que llegaban de París se proponían poner en cuestión la autoridad de la Academia y promover posturas más experimentales basadas en la subjetividad.

Comparada con la pintura, la escultura tuvo muchas dificultades para aplicar los cambios propuestos por la modernidad, por lo que las propuestas de escultores como Rodin tardaron en llegar al País Vasco. Uno de los primeros escultores en adoptar las novedades europeas fue el bilbaíno Nemesio Mogrobejo, que después de aceptar el clasicismo como vía para deshacerse de las normas académicas, consiguió aplicar algunas de las lecciones de Rodin y del modernismo centroeuropeo.

De todas maneras, fue Francisco Durrio quien asimiló claramente las novedades de la modernidad parisina. Pasó toda su vida en la capital francesa y su trabajo recibió gran influencia del simbolismo y de la renovación de la forma por parte del naturalismo modernista, sobre todo en joyas, en pequeñas esculturas decorativas y en los monumentos públicos en los que trabajó.

Esto abrió vías de renovación para la siguiente generación que trabajó durante los primeros años del siglo XX. Muchos de los artistas de esta época que pasaron temporadas de formación en París tuvieron como meta aplicar la modernidad postimpresionista al contexto del País Vasco. Aunque la pintura fue, aparentemente, la protagonista del momento, no hay grandes diferencias con la escultura en aspiraciones y realizaciones artísticas.

Quintín de Torre fue el escultor más interesante de esta generación. Al igual que sus compañeros pintores tuvo como reto conseguir un equilibrio entre la modernidad parisina de finales del siglo XIX y la tradición que hubo de rastrear en la escultura del barroco español.

Este proyecto de modernidad basado en la tradición no tuvo gran éxito en la escultura, o por lo menos no consiguió atraer a muchos profesionales si hacemos caso a la poca cantidad de escultores de interés que conocemos en el período anterior a la Guerra Civil. Valentín Dueñas, uno de los alumnos de Durrio, puede ser uno de los pocos escultores interesantes que trabajó durante los años 20 y, más tarde, en la década de los años 30, será Joaquín Lucarini quien acapare el interés de la escultura de los años de la República.

A pesar de lo dicho, debemos buscar en el San Sebastián de los años 30 al escultor que iba a protagonizar la renovación de la escultura después de la Guerra, nos referimos a Jorge Oteiza, que junto a Narkis Balenciaga viajará a América justo antes del conflicto. Sus ensayos con nuevos materiales como el cemento y la unión entre la figuración y la experimentación casi científica en sus obras anuncian las características de su obra posterior.

La Guerra Civil truncó la carrera de muchos artistas vascos; algunos murieron en la guerra, otros tuvieron que exiliarse y otros se condenaron o autocondenaron al silencio. Por lo tanto, el panorama artístico de los años de posguerra fue penoso, ya que el franquismo miraba con desconfianza todas las tendencias modernas e imponía un arte académico de corte muy conservador en las instancias oficiales.

La vuelta de Oteiza en 1948 supuso la posibilidad de continuar por el camino comenzado durante los años 30. Para entonces algunos artistas más jóvenes habían empezado ya unas trayectorias personales fuera del academicismo franquista, como por ejemplo Eduardo Chillida que, tras una estancia en París había comenzado a trabajar en una dirección más renovadora.

Como lugar de encuentro de todas estas vías actuó la construcción de la Basílica de Aranzazu, donde convivieron arquitectos, escultores y pintores jóvenes con otros que contaban ya una carrera más consolidada. El encuentro entre Oteiza, Basterretxea e Ibarrola en Aranzazu fue la semilla que dio lugar al Movimiento de Escuela Vasca que dominará el panorama artístico de mediados de los años 60 en adelante.

En el grupo guipuzcoano denominado Gaur, participaron el escultor Remigio Mendiburu, además de los mencionados Oteiza, Chillida y Basterretxea; en Bizkaia, el grupo Emen tuvo entre sus participantes a los escultores Vicente Larrea y José Ramón Carerra; en Álava, Orain contaba con Jesús Etxebarria y en Navarra, Denok debía agruparse en torno a José Ulibarrena.

Las trayectorias y obras de Oteiza y Chillida dejaron una enorme huella en los escultores vascos de los años 70, aunque algunos escultores siguieron tendencias más personales y propias del contexto internacional (Encuentros de Pamplona de 72). En este sentido Andrés Nagel puede ser el más representativo de la independencia hacia los dos escultores mencionados, con una obra más figurativa, materiales modernos como el plástico y la utilización del color.

Los años 80 supusieron, en cambio, la revisión de algunos de los presupuestos difundidos por Oteiza en un tipo de escultura que heredaba del maestro su rigurosidad formal como punto de partida de planteamientos conceptuales y éticos comprometidos. Es lo que en un momento se llamó "nueva escultura vasca" y que agrupó bajo este nombre a Ángel Bados, Txomin Badiola, Juan Luis Moraza y Mª Luisa Fernández.

Esta tendencia fue trasmitida a las siguientes generaciones en los años 90 por medio de los talleres que algunos de estos artistas impartieron en Arteleku, el centro de arte que creó la Diputación de Gipuzkoa a finales de los 80 en San Sebastián. Casi todos los artistas más jóvenes del panorama vasco actual se formaron en la Facultad de Bellas Artes de la UPV y pasaron por Arteleku en algún momento.

Como colofón podemos mencionar que casi ninguno de ellos se considera estrictamente escultor y que utilizan gran variedad de medios expresivos para sus fines, por lo tanto no podríamos hablar exclusivamente de escultura o escultores en el sentido tradicional de la palabra para analizar el arte a partir de los años 90, a pesar de que muchos de ellos continúan con los procesos de la escultura como punto de partida para su obra.

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