Poesia

Euskaldunak (1934). Nikolas Ormaetxea

B) Obra maestra de talento literario. Apenas se le empieza a leer, se nota el despertar de un vivo interés, que insensiblemente adquiere la vehemencia de una pasión. Ese interés no decae ya hasta el fin y sube de punto a cada nuevo repaso, conforme el lector se "aclimata" en el ambiente de la obra; lo cual ocurre al mismo paso que se familiariza con los modos del estilo. Cada vez los sentidos divisan más curiosos pormenores, y cada vez el espíritu es asaltado de más fértiles sugerencias. Y, no obstante, el Poema, con ser todo actividad v movimiento, carece de intriga. Su "fábula" cabe con holgura en diez o doce líneas; y sus peripecias no son ni más numerosas ni más complicadas que las de una vida lisa y corriente. El resorte del interés no está, pues, aquí, en el desasosiego que engendra la inminencia de un fallo del azar, o el riesgo de una aventura. El interés de "Euskaldunak" es de un orden más elevado. Cautivar la atención de la mente por sorpresa, transportando a la imaginación fuera de la realidad o lejos de su mundo conocido, no es maravilla, y puede lograrse sin gran derroche de ingenio. El mérito está en promover el interés sin más base que la pura realidad familiar, excluidos los reclamos novelescos. Y esto es lo que aquí se consigue plenamente, merced a las dotes privilegiadas de sensibilidad, criterio, experiencia, dominio de lenguaje, que pone en juego el autor.

Fina sensibilidad, para apreciar el valor estético de los detalles menudos. Allí donde los "artífices" nos tenían acostumbrados a creer que no habla nada, la perspicacia de "Orixe" sorprende un mundo de belleza. No hay manifestación de vida, insignificante ni trivial, que no ofrezca a sus miradas alguna perspectiva amable. Para la reconstitución total y cabal de la vida vasca -razón de ser de su trabajo- no ha tenido que enmendar, aderezar, mutilar o velar un ápice en el cuadro de las realidades. La lectura del Poema acaba por convencernos de que, así como omnia munda mundis, del mismo modo toda la obra de la creación, desnuda y entera, sin afeites postizos ni escamoteos gazmoños, irradia poesía para quien sabe observarla con ojos delicados. Escenas de tanto primor como aquellas de "Axurtaro", en que se describe el nacimiento de los corderillos y sus primeros instintos, es muy posible que no tengan parecido en ninguna otra literatura. Tampoco es fácil que se hayan jamás tratado de una manera tan irreprochable, y a la vez tan vívida y real, percances como los de la yegua trilladora y de las vacas uncidas de "Eultzia"; o apuros tragicómicos del género de los de Manex durante la apuesta de siega que relata en "Belarrekoan" el viejo Kaskazuri.

Criterio sereno y robusto, para emanciparse de los prejuicios teóricos y de las prácticas rutinarias. ¿Qué importa que la mayoría de los poetas de renombre hayan solido ir en busca de inspiración por las alturas y las lejanías, desdeñando los temas que tenían al alcance de la mano? Un objeto hermoso, lo es aunque nadie pare mientes en su hermosura; como una flor exhala su aroma independientemente del olfato al que pueda recrear. Tal vez aquellos grandes poetas no tuvieron ocasión de mirar más de cerca; tal vez no supieron ver; tal vez no acertaron a interpretar lo que sintieron. ¿Había por eso de abdicar de su razón el poeta vasco y malograr el tesoro de su experiencia, sabiéndose dueño del instrumento de expresión?

Experiencia rica, sagaz y fiel. Aunque el autor de "Euskaldunak" no se declarase desde el prólogo testigo ocular de casi todo lo que trae en sus versos, lo deduciríamos por nuestra cuenta. El maduro conocimiento de las cosas y personas, de los fenómenos del mundo externo y de los repliegues de la conciencia, que el Poema acredita, cualquiera ve que no se ha adquirido de oídas ni de improviso. En vano habría pretendido "Orixe" hablar de ciertos asuntos en la forma en que lo hace, si no los hubiese tenido bien vistos, compenetrados, vividos. Aludimos, por ejemplo, a la formidable pintura del azoramiento de Gorri, el apocado rival de Mikel, en "Artazuriketa", cuando se acerca la hora crítica de la designación de las parejas. A la minuciosidad técnica, clara visión de actitudes y ademanes, reflejo de sensaciones musculares y emociones del espíritu, que contiene la descripción de las varias danzas ("Pestaburu", "Iñauteri", "Eztaietan", etc.); de la lucha a cuerpo ("Iñauteri"); de las apuestas de carneros ("Pestaburu"), hacha ("Olentzaro"), carrera pedestre ("Axurtaro"), pelota a largo ("Amonaren illetak")...; y, sobre todo, de las regatas ("Eztaiondo"). Al análisis psicológico del amor naciente ("Gaztaiñaro, "Iruleak"). A la sensibilización de los estragos de la sequía en campos y ganados ("Letari"); de la calma siniestra de la naturaleza en los momentos que preceden al pedrisco ("Eultzia"); de las pertinaces distracciones que durante el canon de la misa importunan al cura, intrigado por las andanzas de Katalin Sutegiko, presunta bruja (id.). A una infinidad de pasajes por el estilo, rebosantes de verdad, aliento y fuerza, para cuya enumeración completa serían menester muchas páginas.

Por último, dominio absoluto del lenguaje. No sólo hay percepción y comprensión de la realidad, sino también estricta correspondencia entre la palabra y el concepto. Asombran la justeza del vocabulario, la expresividad del giro, el movimiento y la vida de la descripción; o más exactamente dicho, de la transcripción, si vale representar con eta palabra aquella modalidad descriptiva que más se aproxima al trasunto... Más que diseñar o pintar, nuestro autor esculpe, animando la escultura. Tan nítidos y vigorosos son los relieves de sus imágenes, que graban en el espíritu huella imperecedera. Tal ocurre con algunos retratos, como el de la solterona Mikela-Borda ("Gaztaiñaro"); del carnicero Potxolo ("Olentzaro"); del tamborilero Petiri ("Eztaietan"); del cura del Errazkin ("Amonaren illetak")... Y con ciertas descripciones, como la del trueno y el rayo ("Letari"); de la danza cómica de Sukuntza y Mikela-Borda ("Eztaietan"); del agotamiento físico de los remeros después del esfuerzo de las regatas ("Eztaiondo"); de la víbora que, al barruntar la tempestad, se desenrosca y sale estirándose del agujero ("Belarrekoan"), etc. Se leen una vez, y no se olvidan nunca. Y en cuanto al modo de colorear los matices del sentimiento y de reflejar los estados de ánimo, la sensación de autenticidad y de transparencia que llega a producir apenas puede ser más fuerte. Nótese, por ejemplo, el estupendo contraste que el poeta apunta, de paso, entre la tranquilidad de la mosca posada en la boina del patrón de la trainera y la inquietud nerviosa de éste mientras aguarda la señal de empezar a remar ("Eztaiondo"); el gesto de la mujer donostiarra que, de pie y dando el pecho a la criatura, presencia desde la falda del Urgull la contienda marina, y suelta de repente los dos brazos para apostrofar a su tripulación que se rezaga, en tanto que, instintivamente, sostiene a la criatura con una rodilla levantada... (ibidem); el envidiable fervor que, aun después de concluidos los oficios religiosos, retiene en la ermita de Santa-Garazi a las ancianas romeras, con una fuerza casi superior a su voluntad ("Axurtaro"); la bruma de tristeza ("malko bageko negarra") en que sumirá todas las tardes del año la campana de ánimas a los moradores de Errekalde, desde la muerte de la Amandre Matiste ("Amonaren illetak"... Estas y otras innumerables instantáneas, de rasgos muchas veces incipientes, o simplemente sugeridos, iluminan los senos más recónditos del alma de los personajes, y comunican a la acción humana del conjunto un verismo y un interés de vida palpitante. A veces, en determinados cuadros, diríase haber quedado también como prendido en la palabra el misterio de alguna emoción profunda; y al pasar ante ellos se siente el espíritu invadido por una especie de pavor sobrenatural. Así ocurre (por lo menos, asi nos ocurre a nosotros, y no creemos que se trate de una impresión meramente subjetiva) con dos breves escenas de "Olentzaro" y "Axurtaro": la de las vacas del establo en la Nochebuena, y la del Alzar en la ermita de Santa-Garazi... Lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño, proyectados en la solemnidad de dos momentos augustos... La majestad de Dios, presentida cerca..., de una manera incomprensible e inenarrable, pero que no deja lugar a duda. Abismos insondables, que se barruntan nada más, pero con tal certeza, que sobrecogen el ánimo y no sabe uno decir por qué... Y en todos estos resultados maravillosos destaca el talento del intérprete por la suma facilidad con que los obtiene, sin violentar los moldes del lenguaje usual. En toda la obra no se tropieza con un solo neologismo de forja, ni con una sola frase impopular. Una sabia armonía preside la ordenación de la sintaxis, conciliando el máximum de densidad con el máximum de fluidez y soltura. Los versos, extremadamente llanos y parcos, antítesis de la flatulencia declamatoria, contienen mucho más de lo que dicen; y, al mismo tiempo, son tan espontáneos que no parecen haber necesitado el retoque de la lima.