Nombre que recibe en euskara el lugar del asiento destinado a una familia en la iglesia.
En ciertas regiones del país, cada casa ha tenido su sepultura en la iglesia durante varios siglos, por lo menos. La cubierta de la sepultura o una losa en el pavimento era y aún es en muchos pueblos la parcela que corresponde a la casa como sitio donde ejecutar ciertos actos de culto doméstico. En ella se practican, en efecto, diversas funciones, como la recitación y canto de responsos litúrgicos, la ofrenda de luces de cera, de comestibles y de dinero en sufragio de los difuntos de la casa. En ella, al igual que en el hogar, son invocadas las almas para que asistan a sus familiares vivos en sus necesidades. Así, el jarleku aparece como un caso de adaptación de una antigua costumbre indígena a las exigencias de la liturgia cristiana y viceversa, y los actos culturales que se efectúan hoy en aquel lugar, son un reflejo de los que se practicaban en la propia casa antes de la introducción del Cristianismo en el país. Añádase a esto la costumbre de que, al casarse el heredero de una casa, el cónyuge se incorpore al hogar de su marido e ingrese en la comunión de los antepasados de éste, ofrendando luces y panes en el jarleku de su nueva casa. Esto se hacía, al parecer, en la propia casa antiguamente, según se desprende de la costumbre conocida en Zuberoa de que el criado que entre a servir en una casa dé vueltas alrededor del hogar de la misma para que se acostumbre a su nueva morada. El jarleku es una parte inseparable del etxe "casa". Por eso en las inscripciones sepulcrales como en las de los jarleku, se indicaba su pertenencia a la casa. Tal aparece en las siguientes inscripciones de Sara: legabeaco thombac 1838 "tumbas de Lezabea, 1838"; Harzmendico yarleckhua 1824 "el asiento de Harizmendi, 1824".
Pero antes de la introducción del Cristianismo la casa debió servir de sepultura familiar. Y en ella se hacían las ofrendas a los muertos. De esto quedan vestigios, como los citados arriba o la práctica observada hasta nuestros días de enterrar bajo el alero de la casa o en el "baratz" -huerto contiguo a la casa- a los niños muertos sin bautismo. También la creencia, reflejada en dichos populares, de que la persona cuya conducta no se ajusta a normas cristianas, debe de ser enterrada, a su muerte, bajo el alero de su propia casa. Asimismo la costumbre de encender luces y de depositar ofrendas (comestible o dinero) para los difuntos de la casa en las ventanas de la misma, es decir, sobre el baratz o el supuesto cementerio doméstico, en la creencia de que aquellas luces velan por los difuntos alumbrándoles realmente en su vida subterránea y de que aquellas ofrendas -o su fuerza nutritiva- son consumidas por las almas o la creencia de que no se pueden dar tres vueltas seguidas alrededor de la casa, lo que equipara ésta a la iglesia y al cementerio parroquiales, que también son objeto de igual creencia, etc.
Ref. José Miguel de Barandiaran: Mitología vasca, p. 57-59, Madrid, 1960.
