Dice el eminente filólogo vasco y crítico literario ; Amado Alonso, fundador y director de la "Colec. de Estudios Estilísticos", del Instituto de Filología de Buenos Aires: "La estilística es el estudio del estilo. Por estilo se suele entender el uso especial del idioma que el autor hace. Su maestría o virtuosismo idiomático, como una parte más en la construcción literaria... Pero hay otra acepción de la palabra estilo que es la que más conviene a los propósitos de la estilística: estilo es un sistema expresivo de una obra, de un autor, de una época". Estas palabras de Amado Alonso, concretándolas al estilo literario, pueden trasladarse con éxito a toda actuación humana del orden que sea. Lo interesante es subrayar que se trata de un sistema de expresividad. El euskara responde a la pregunta nola (nor-ala), "como quién", "a la manera de quién", "al estilo de quién". El autor se expresó subjetivamente, pero la obra, a su vez, produce una impresión o expresa algo que puede o no coincidir con el autor. Unamuno nos dice que el artista no expresa sino su anti-yo, aquello de que carece. En cambio, el navarro Ramón y Cajal, Premio Nobel de Medicina, estima la expresión como algo complementario que el autor exterioriza, pero no solamente mediante el pincel o la pluma al forjar la obra artística, sino mediante cualquier otro modo de manifestación intelectual o afectiva. A estas palabras de ambos personajes vascos únicamente cabe añadir que esa complementariedad no tiene por qué ser anti-yo, como pretende Unamuno, sino complementaria de lo que ya se posee, siente o vislumbra, como apunta Cajal. El pueblo vasco, de sobra conocido como fuerte y sano, expresa su vida física mediante el deporte y el juego deportivo, en forma ruda, ágil y enérgica; levantamiento de pesas, juego de pelota, regatas de traineras. Junto al estilo de un autor individual, el estilo de Arteta, por ejemplo, el estilo de un pueblo, de un equipo de fútbol o de una generación pasada. Se habla de estilo vasco en la arquitectura peculiar, visible en la casa de campo, urbana y otras construcciones. Tener estilo es tanto como tener elegancia, distinción, personalidad. De todos modos, siempre se refiere a conjuntos de características o rasgos formales y modales. De ahí los buenos o los malos modales cuando se refiere uno al trato dado a otras personas. No tener estilo es ser chabacano, vulgar y prosaico en la conducta. Las cosas poseen expresividad en sus materiales, en su contextura, en un feliz logro. A veces la sencillez se convierte en elegancia y distinción. El estilo refuerza los rasgos usuales, les da relieve, carga el acento expresivo donde justamente hace falta, o bien diluye en tonalidades insinuantes, renueva, abstrae; en una palabra, selecciona, "estiliza", busca y expresa lo esencial de las cosas. Las generaciones pasadas han dejado su huella expresiva, precisamente en sus estilos, y así se suele hablar del románico y del gótico, por ejemplo, o bien de lo "popular" por llegar hasta nosotros por vía tradicional. Frente a esta avalancha de estilos extraños, Jorge Oteiza opone un estilo vasco. Nos dice que el mundo está en el espacio y el hombre en el tiempo, su tiempo, que es el de su conciencia, que ocupa o desocupa al mundo con su expresión. En toda creación se produciría la expresión estética como multiplicación del espacio por el tiempo. El resultado como estructura rítmica sería el estilo. En nuestra tradición occidental distingue Oteiza dos estilos: en el uno se acentúa el espacio (acento clásico) en un orden geométrico, y en el otro, acentuado en el tiempo (acento románico, barroco) se arrastra el formalismo especial. El tercer estilo, separados el espacio y el tiempo, el uno del otro, significaría el nacimiento estético del silencio, de un dominio sobre la naturaleza, haciendo o no haciendo más arte en libertad espiritual de hacer un arte radicalmente distinto desde su tiempo íntimo y en un nuevo orden natural. A este tercer estilo lo llama estilo vasco y tradicional. De todos modos, Oteiza admite y afirma un estilo en el hacer y crear vasco, sea cual fuere el ámbito en que acontezca. Por eso afirma que Ignacio de Loyola no es un santo de estilo vasco, pero si Garikoitz, y también encuentra estilo latino a Unamuno en su sentimiento trágico de forma latina. Estos estilos occidentales que acosan el modo de ser, de hacer y de existir de los vascos desde su vasquía tradicional, han llenado de obras nuestro país en esas frecuentes ermitas e iglesias románicas y catedrales, góticas a veces, como en Idiazábal, acosadas por motivaciones y expresiones populares vascas como una afloración anímica de los artesanos y escultores nativos. Los movimientos modernos no han dejado tampoco de impregnar todo lo que se hace aquí y allá, por unos u otros, no importa por quién. Hay escuela vasca de pintura, pero no escuela de pintura vasca, pero no por el tema, sino por su estilística, particularista, pero de médula universal. Unas veces se expresan los estados anímicos expresionistas o las sensorialidades impresionistas. Esto, en el arte. En los demás ámbitos socioculturales ocurren afloraciones parecidas.
Fernando ERRO LASCURAIN
Fernando ERRO LASCURAIN
