Léxico

ESCLAVITUD (HISTORIA)

Esclavos y clérigos. La posición del clero vasco ante el fenómeno de la esclavitud queda clara en sus actitudes de colaboración para capturar a esclavos fugitivos. Está claro que veían el estado de sumisión de los mismos como algo que no repugnaba a sus principios religiosos y éticos. Además, la actitud de los clérigos vascos no respondía a una postura de meros espectadores del fenómeno. Por tanto, nada se interponía a la posibilidad de que los mismos entraran en la posesión, incluso en la venta, de dichos esclavos.

Pedro Iturrieta, rector de la localidad guipuzcoana de Asteasu, se decidió el año 1631 a vender un esclavo de su propiedad a un vecino de Usurbil, Domingo de Araeta. El documento no permite albergar dudas sobre la titularidad de la propiedad del citado cura, del que se aclara que "tenía en su poder y casa un mozo negro, habíale adquirido mediante justos y buenos títulos, de edad de veynte y quatro años, poco más o menos, con una señal en el pescueço debajo de la oreja izquierda que pareçe se la hizieron con algún ferro caliente, de buena o mediana estatura".

Pocos años antes, una manda convertía en dueños de dos esclavos, procedentes de las Indias, a los religiosos de un convento de Euskal Herria. La reacción del ecónomo de la comunidad de frailes fue la de ordenar la venta de dichos esclavos, que habían sido desembarcados en Andalucía, donde habían llegado en calidad de donativo de un feligrés, quien en modo alguno pudo llegar a considerar que podía constituir un regalo inoportuno.

Asimismo, tampoco debió ser motivo de escándalo lo reflejado en un texto navarro de mediados del siglo XVIII, una "Sentencia compromisal" que habla de los derechos de los condes de Lizarraga, y en que figura como poderhabiente Don Miguel Daoiz, "Arcediano de la Tabla, Dignidad de la Santa Iglesia Catedral de esta ciudad" (Iruña). Entre los derechos patrimoniales otorgados al clérigo en dicho documento aparece el poder "para que compre, o venda, qualesquiere esclavos, o esclavas, sugetos a servidumbres, concertándolos, executándolos, en los precios de maravedís, que quisiere...".

Aunque no se trate de posesión, resulta oportuno reseñar el caso de la actitud de un clérigo guipuzcoano ante un esclavo. Se trata del presbítero de Ezkioga Pedro de Salsamendi, contra quien el fiscal general del obispado de Iruña presenta una serie de querellas. Sin duda, aparece como la más grave de sus faltas la de mantener "tratos ilícitos" con una tal María López. A las acusaciones de maltratos, conducta poco edificante, y la fama de jugador empedernido, se añade la de violencia ejercida contra un esclavo morador de Ezkioga. La queja menciona los golpes recibidos por "Lorenço de Echeçarreta, esclabo de Lorenço Ladrón de Echeçarreta... por haber reprendido al dicho acusado pareçía mal a un saçerdote estar amançebado, rompió un palo en el dicho Lorenço esclavo, dando golpes con él". Es probable que, ante cualquier vecino que se atreviera a proferir semejantes acusaciones, el violento clérigo hubiese recibido igual respuesta. Pero no resulta superfluo sospechar que el hecho de ser el injuriante un esclavo no jugaría a su favor.