Ostri es el nombre del firmamento o cielo azul en la región de Ataun. Esta voz, según Bähr, es una modificación de osti que, en Azpeitia y en Matxinbenta, significa tronada y trueno, respectivamente, y que corresponde a ortzi, "luz del cielo", de Labourd. Variante de ortzi pudo ser el vocablo urcia con que, según Aymeric Picaud, designaban a Dios los vascos del s. XII. Es posible que Picaud interpretara mal en este caso lo que le contaron los vascos y que urcia no tuviese ya el significado que aquél le atribuyó. Pero ese término parece hallarse presente, como nombre de una vieja divinidad, en diversos vocablos que conservaron su contenido religioso hasta nuestros días. Me refiero a los que sirven para expresar la luz del cielo, el firmamento, el rayo, el trueno, la aurora y el arco iris, como urzondo, orzondo "alba", oztil, uztargui "arco iris", iurtziri "ruido del cielo, trueno", ortzi "claridad del cielo, trueno", ortziri "trueno", ostiri "firmamento", ozkar "trueno", etc. En ellos la raíz urz, ortz, ost significa la luz del cielo o el firmamento. Ost, según diversas creencias populares, tiene carácter sagrado o es algo divino. A éste, además, está consagrado un día de la semana -jueves-, según se desprende de su nombre vasco ortzegun (de ortz "cielo" y egun "día"). En esto los vascos procedieron como los antiguos indoeuropeos, no sólo porque éstos llegaron también a identificar la divinidad dyeus "cielo" con el genio del trueno y del rayo, sino, además, porque dedicaron el jueves al cielo o a la luz del cielo, que era su divinidad suprema. De lo dicho podemos inferir que una divinidad llamada Urtz, Ortz u Ost, personificación del cielo o de la luz celeste, fue venerada por los vascos. A ella atribuyeron la formación de las tormentas, como se ve por los nombres vascos del trueno, del rayo, del relámpago y del pedrisco. Así, vienen al caso varios nombres, como ortziri y ortzantz (sonido de Ortz); ozme "rayo"; ihuzturi "relámpago", "trueno"; ozti, osti "tormenta". Ref. José Miguel de Barandiaran: Mitología vasca, pp. 120, 121, Madrid, 1960.
