El veneno como arma mortífera ha sido usado en todos los países y todos los tiempos. Caro Baroja comenta el caso y dice en Los vascos que "las referencias a envenenamientos con hierbas son bastante corrientes en textos de fines de la Edad Media. Lope García de Salazar dice que Martín Ruiz de Arancibia fue muerto con hierbas, por sus parientes en 1460 (Guerra: Oñacinos y gamboinos, p. 29). No pensaría que él había de morir lo mismo a manos de su hijo Juan (Dario de Areitio: De la prisión y muerte de Lope García de Salazar, RIEV, XVII, 1926, pp. 9-16). Como en otros muchos casos -comenta-, estas oscuras relaciones entre señores rurales y hechiceros antiguos, dentro de la vieja sociedad vasca, han sido mejor precisadas por escritores, novelistas, que por los historiadores en el sentido estricto de la palabra. Pío Baroja, en "La dama de Urtubi" y en "La Leyenda de Juan de Alzate" ha reconstruido vigorosamente el ambiente en que se desenvolvió la brujería del Bidasoa". La elaboración del veneno brujeril quedó descrita por el magistrado Lancre en su Tableau de l'inconsistance des démons, magiciens et sorciers (discurso IV). La materia prima principal consistía en cabezas de sapos con lo que se hacían dos modalidades, una espesa y otra líquida. Por otra parte, el arte de confeccionar venenos no fue sólo patrimonio de las clases populares. Destacados químicos sobresalieron en él; la aristocracia y las Cortes -en especial italianas- utilizaron sustancias ponzoñosas para eliminar subrepticiamente enemigos. Campión resume el caso de los envenenamientos en la casa real Navarra como sigue: "Las muertes de personajes que ocurren en planos, supuestos o efectivos, de voluntariedad enfocan las sospechas de la Historia. Suena el fatídico ¿cui prodest?, y la imaginación popular presta su vuelo a dos inconjurables aparecidos: la víctima y el verdugo. Mariana y otros varios escritores acogieron todos los rumores de crímenes cometidos en la familia real nabarra; después de decir que la gente del Reino "andaba como furiosa, dividida en sus antiguas parcialidades, que parece era castigo y pena de la muerte impía dada a D. Nicolás, obispo de Pamplona, y no castigada como fuera justo", añade: "demás de la culpa ya dicha, castigaba Dios aquella familia y generación de estos Príncipes, y congojaba sus ánimos en venganza de las injustas muertes que se dieron a D. Carlos, Príncipe de Viana, y a doña Blanca su hermana, sin dejar reposar a los culpados ni quedar alguno que no fuese castigado". Todo este providencialismo de Mariana propende a un fin único, el de sugerir la idea de que misteriosamente se iban allanando los caminos con suma antelación al acceso de D. Fernando, revistiéndole del traje de vengador divino, ya que buenos títulos humanos no se le podían atribuir. Tocante el envenamiento de Dª Blanca, la opinión se muestra más ecuánime y no ha sido puesto en duda paladinamente, como el de D. Carlos y el de D. Francisco Febo. Haciendo referencia a autores españoles que no cita, Favin recoge la especie de que Blanca fue envenenada por su hermana Leonor (página 555); el P. Alesón (Anales del Reino de Navarra, tomo IV, lib. XXXII, cap. XII, § 1, núm. 5, pág. 593) afirma que Dª Blanca, el 2 de diciembre de 1464, murió de veneno que una dama de la Condesa de Foix la dio por orden de sus amos; pero que algunos dicen que la mataron antes y tuvieron secreta su muerte hasta que ahora se publicó. "Todo esto -son palabras de Alesón- refieren Zurita y otros autores fidedignos, y sin embozo alguno, Antonio de Nebrixa en su historia latina de la guerra de Navarra". Es natural que Nebrija, panegirista de la empresa conquistadora del rey Fernando, hablase sin rebozo alguno. Mas el envenenamiento de D. Carlos le rechazan los historiadores modernos; tal D. J. B. Sitges, cuyas son estas palabras: "El Príncipe de Viana había muerto en Barcelona el 23 de septiembre; al parecer, víctima de una tuberculosis, y no envenenado como entonces se supuso sin prueba", sábese que los médicos, al embalsamar el cadáver de D. Carlos, encontraron destrozados los pulmones. Las causas por envenenamiento muchas veces son obscurísimas y dan lugar a muy apasionadas controversias. Esto se observa en los tiempos modernos, a pesar de los medios de que para el esclarecimiento del caso tiene a su mano la medicina legal. "Para responder con claridad suficiente a las preguntas de la justicia es necesario, en primer lugar, aislar químicamente el veneno, lo cual no se consigue sin conocimientos químicos muy especiales; de otra parte, es necesario conocer la marcha de las enfermedades naturales y de aquellas que son de origen venenoso; es decir, poseer conocimientos extensos de patología". Diagnóstico diferencial arduo, porque mirados a cierta luz remedios y venenos se confunden, de tal manera que muchos entre sí no difieren si no es por la dosis, y algunos de los venenos más violentos se cuentan en el número de los medicamentos heroicos. Dichos conocimientos químicos y patológicos son relativamente modernos. Antes de ellos nos movemos entre espesas sombras. Las exculpaciones e inculpaciones fundadas, de índole histórica, son extraordinariamente difíciles, a no ser que podamos manejar algún documento que describa los síntomas de la enfermedad y su marcha, o el estado de los órganos internos al efectuarse el embalsamamiento o el "desvisceramiento" de los cadáveres. Modelo de este género de revisiones históricas en estos procesos por envenenamiento sustanciados por la opinión pública es el famoso trabajo de Littré: "Enriqueta de Inglaterra, cuñada de Luis XIV, ¿murió envenenada?", la misma señora que inspiró a Bossuet una de sus más grandiosas y conmovedoras oraciones fúnebres. El dictamen pericial retrospectivo del sabio francés ha sido causa de que la calificación de envenenamiento corrientemente fulminada encuentre hoy poquísimo crédito, y se atribuya la muerte de Enriqueta de Inglaterra a una enfermedad natural: úlcera simple del estómago seguida de perforación". Ref. "Navarra en su vida histórica", 1929, p. 487.
Ainhoa AROZAMENA AYALA
Ver BRUJERIA.
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