Lexicon

ROMANTICISMO

El tercer romanticismo: la hora del pesimismo. En los años del tercer tiempo romántico es cuando se hace presente la influencia de Shopenhauer, con su acento en el inconsciente y el pesimismo. El horizonte del primer Romanticismo alemán no se pierde en la sucesión de tiempos. La impronta de Shopenhauer fue registrada tempranamente en España. El pesimismo como enfermedad del espíritu en medio de una atmósfera de creciente delirio industrializador, el pesimismo práctico, el dolor sin esperanza, sin término y sin consuelo que canta el poeta -según hiciera contemplar Gumersindo de Azcárate en 1877, en la Institución Libre de Enseñanza-, encuentra ya en Euskalerria, tras la abolición foral, una expresión inmediata en el Romancero de Hermilio de Olóriz (1876). Será el mismo Olóriz (1880) quien vea la pérdida de los fueros como «un castigo de raza». El tercer Romanticismo vasco, bajo ese hálito pesimista, es la hora de la conciencia que se siente amenazada y prohibida de historia y se entrega entonces a resucitar sus trabajos y sus días. Son los años de la recuperación de Astarloa, Moguel y Zamacola, pero mucho más todavía del redescubrimiento de los Larramendi, Landázuri, Iturriza, Henao, Moret, Poza, García de Salazar, de la vieja historiografía vasca, por vía de publicación de inéditos o reediciones. Es la hora de la pintura histórica de Lecuona, Seguí y Guinea; de la poesía o de la novela histórica y costumbrista en euskera de Arrese Beitia o de D. Aguirre. Es el tiempo que empuja a los intelectuales a agruparse, es la hora de la introspección movilizadora. La hora de las grandes revistas del renacimiento culural vasco-navarro (Revista de las Provincias Euskaras, Revista Euskara, Euskal Erria, Revista de Vizcaya, Ilustración de Alava, Euskalduna), que hace de José Manterola un especial catalizador. La hora del eclipse del Ateneo de Vitoria que, a imitación del de Madrid, había hecho hablar de una Atenas del Norte en los años anteriores. La hora de los proyectos de la Asociación Euskara de Navarra, con Iturralde, Olóriz y Campión como principales promotores, y de la Sociedad Euskalerria de Bilbao con Sagarmínaga. Son los años, más que nunca, en que escribiendo la historia se realiza un acto político, en el sentido más etimológico y frío del término: el del ciudadano defendiendo su polis. Una especial acción político-historiográfica que no desmereció, sin embargo, la consideración de la Real Academia de la Historia: Sagarmínaga, Iturralde, Olóriz y Campión fueron elegidos correspondientes en tiempo de actividad de aquellas asociaciones (hecho que, en contraste con los inicios de siglo, hace sobresalir la independencia del Akademos español, más aún si, como es habitual, se sobrevalora el carácter prenacionalista de esas iniciativas locales). El tercer Romanticismo introduce variaciones importantes en la conciencia fuerista. El lema que tras la abolición de 1876 caracteriza al fuerismo -ni liberales, ni carlistas, todos unidos en torno a los Fueros-, animando algunas efímeras empresas políticas (1879-1886), se reflejó con anterioridad en un ensayo de tono divulgador del republicano Joaquín Jamar (1868). Empero, del todos en torno al fuero dentro de la política española de Jamar, que venía a resumir la actitud del segundo Romanticismo, al todos en torno al fuero frente a la política española que propugnó el fuerismo intransigente de Sagarmínaga, y de éste al todos en torno al fuero fuera de la política española que acabó proclamando Olóriz (1880, 1894), se registra un significativo cambio de actitudes. El alejarse de la política española, el fuerismo de Olóriz, es todo un signo de pesimismo ante la maquinización del Estado, ante su avance impasible aun después de la abolición de los fueros vascongados. Campión, contemplando la labor de Olóriz en los tiempos de la Gamazada (1893-94), supo apreciar en él toda una actitud romántica (un Romanticismo bien dotado del clasicismo que Lista y Ochoa se esforzaron por salvaguardar en sus aproximaciones al concepto): «Tratábase, al resplandor de la llamarada fuerista -escribió Campión-, de aplicar entonces, asimismo a la política, el espíritu clásico que Olóriz posee. Era la hora hermosa de las fórmulas absolutas, de la línea recta, del camino único, de la deducción geométrica, de la eliminación de la realidad, eterno peso colgado a las alas de las aspiraciones generosas; la hora fugaz del idealismo que soberanamente arroja los dardos sobre los bronces resonantes de la historia. Y aquella hora sin par halló a Olóriz con su prestigio personal intacto, sin que lo hubiesen roído los dientes crueles de las pasiones políticas». La Asociación Euskara de Navarra (1877-1897) fue el foco principal del tercer Romanticismo vasco, como ya desde fuera advirtiera y expusiera Madrazo y Kuntz (1886). Define además la mejor transición con el segundo Romanticismo, no sólo porque la génesis del proyecto se remonte a 1867-1868, con Ilarregui, Landa y Obanos, a modo de respuesta inconsciente al esto se va sabiniano que anticipase Réclus. Sus hombres parten de un singular conocimiento del estado de la cuestión sobre lo vasco que arrojase aquel debate europeo inmediatamente anterior, como demuestran los artículos de Ilarregui (1878), Landa (1878) y Campión (1878) recogidos en el primer volumen de la Revista Euskara, órgano de la Asociación. Alcanzan asimismo el horizonte de 1830 en la autoridad de Iturralde que fruto de su formación en París junto a Montalembert desplegó una sensibilidad estética, impregnada de un fuerte sentido regeneracionista, que le hizo romántico hasta la muerte («en la acepción germánica de ese vocablo, que es una de las poseídas por el romanticismo francés, pero no la única», subrayaría Campión al trazar la semblanza de su amigo). La Asociación, por otra parte, aglutinó en su primera lista de socios honorarios a lo más representativo de la intelligentsia del momento, recorriendo toda la geografía vasco-navarra, las generaciones y las tendencias: Pedro Egaña, M. B. Moraza, Trueba, Delmas, N. Soraluce, Iparraguirre, Araquistain, Ortiz de Zárate, Navarro, Villoslada, Olave, Abbadie, Herrán, Sagarmínaga, José de Manterola. Becerro de Bengoa (1897) evocó el reemplazo de los muertos por los vivos en su preocupación por detallar la «legión entusiasta y pacífica» que se entregaba en Vascongadas al florecimiento de los estudios locales «en los variados conceptos de las investigaciones históricas y arqueológicas, de la observación de las costumbres, del sostenimiento de la lengua o dialectos, del análisis de las legislaciones forales, de las prácticas administrativas, del desarrollo y progresos de la riqueza local en sus focos industriales, agrícolas, artísticos y mercantiles». Una amplia nómina, con la misma secuencia para cada provincia: «desparecieron», y, tras los nombres, un «pero aún quedan», con nuevos nombres. La revista del alavés tenía un claro afán de concluir: ni los predecesores, «ni los partidarios actuales de la vida local dejaron de ser regionalistas, pero ni unos ni otros aspiraron al separatismo», algo que Becerro de Bengoa -republicano y vinculado al krausismo- llegaba a calificar de «absurda aspiración» y «quimérica locura». Sabino Arana no fue la encarnación vasca del Genio romántico. Sí quizá el mejor indicador de la hora de pesimismo, la hora que limita también la dimensión real de Unamuno como exorcista desmitificador del alma vasca. El universo mental de Sabino Arana parece como si obedeciera, en un corte de viento, en un tiempo sin aliento, a una curiosa amalgana plana y plena de elementos de la conciencia cultural y política vasca que estuvieron en movimiento, en pugna y hasta en contradicción, a lo largo del Romanticismo. Es toda una manifestación en el ámbito vasco de la crisis de fin de siglo. Toda una expresión del tiempo de preocupación, juicio y decisión que invade, cuando se manifiesta en la conciencia histórica un alejamiento del horizonte de espera y una disminución del espacio de experiencia (Koselleck).