El segundo romanticismo: entre la política y la historia. El movimiento romántico del segundo período, vinculado de modo particular al avance del liberalismo como teoría, práctica y actitud, muestra su vitalidad en un triángulo europeo cuyos vértices, visiblemente interactivos, son París, Londres y Madrid. El segundo Romanticismo remite a una generación en especial, que impondrá su autoridad en el grueso del XIX: los nacidos poco antes o poco después de 1800, los hijos primogénitos de la Gran Revolución de 1789: la Gran Generación romántica. Este segundo Romanticismo proporciona en cierta manera un nuevo saber romántico como consecuencia de la nueva forma que el idealismo alemán recibe en Francia, una aplicación práctica. Por obra muy fundamental de Guizot -el principal conductor y triunfador de la Revolución de 1830-, del saber alemán abstracto y generalizador, de la filosofía de la historia, se hizo una ciencia política. De modo paralelo, y a impulsos también de Guizot, los avances que había cobrado la ciencia histórica en Alemania adquieren en Francia un carácter expansivo y nuevos bríos. La historia que descubre la explicación de un vasto problema, como hiciera Niebuhr, la historia de Barante, Thierry, Guizot, Mignet, Thiers, Tocqueville o del propio Michelet, la historia que entronca con Montesquieu, la historia filosófica que despierta en el horizonte del París de 1830, llegó a ser la primera expresión de la sociología. Londres y Madrid enseguida recogen y acogen el nuevo saber irradiado desde París, y el espacio de comunicación que se crea entre los tres polos se verá favorecido en adelante por las corrientes de circulación de una densa atmósfera romántica. El saber dentro de la atmósfera y la atmósfera dentro del saber darán alas a los grandes mitos románticos. Bien emplazada dentro de los límites del triángulo europeo, Euskalerria quedó ineludiblemente expuesta a los nuevos vientos y a los nuevos mitos románticos.
