En general, los andalusíes de principios del siglo XIII era todavía más ricos, más cultos y más urbanizados que los cristianos de Castilla o de Aragón. Pero esto no detuvo a las sociedades militarizadas del Norte. No en vano, en una perspectiva más amplia, la conquista de al-Andalus es otro episodio de la expansión agresiva del Occidente feudal: también los musulmanes de Sicilia sufrieron la conquista normanda desde 1063 o, aún más espectacular, en 1099 tomaron los cruzados Jerusalén.
La conquista trajo consigo el fin del Islam peninsular. Muchos musulmanes tomaron el camino del destierro; los que se quedaron, con ser muy numerosos en algunas regiones, en particular en Valencia y luego en Granada, sufrieron una historia de marginación hasta que llegaron el bautismo forzado (1502) y la Expulsión de 1609. De al-Andalus quedaron arquitectura, toponimia, vocabulario o técnicas agrarias, pero en ningún sitio se dio la integración de las poblaciones o una convivencia estable.
Desde el punto de vista de los conquistadores, la expansión modeló la geografía política moderna de la Península: surgidas en tiempo de las parias, Castilla y León, unidas a las preexistentes León y Cataluña, llegaron a ser las coronas dominantes gracias a las conquistas hechas a costa de al-Andalus. Más allá del mapa político, también la geografía humana fue condicionada por esto: así por ejemplo, los grandes latifundios andaluces o extremeños tienen su origen en los repartos que siguieron a las conquista. Igualmente las lenguas se expandieron con los nuevos dueños: los ámbitos del gallego-portugués, el castellano o el catalán fueron trazados por el devenir de las conquistas.
