Pecheros y señores de pechas en Navarra: un conflicto no resuelto. Desde el s. XVI, el pago de «pechas» planteó problemas sociales graves solamente en Navarra y no, por lo que sabemos, en Alava. En parte, porque la nobleza y los monasterios, por cesión de la corona, siguieron cobrando un porcentaje muy importante de sus ingresos bajo esta expresa denominación. El conde de Lerín y duque de Alba recibió en 1634, en una decena de localidades, unos 3.000 robos de trigo y otros 2.500 de cebada por «pecha»: casi la mitad de sus rentas en Navarra. Si había «pechas», y las seguía pagando buena parte de la población campesina, era inevitable que hubiera «pecheros». Sobre todo cuando el ser «señor de pechas» se apreció como un rasgo de nobleza por encima de la simple y borrosa hidalguía, tan abundante en el reino. El pago de pechas era mucho más que una importante fuente de ingresos para ciertas casas de la alta nobleza o monasterios y una carga económica para algunos labradores. A finales del s. XVIII, en una coyuntura expansiva, 27 pueblos de la merindad de Estella todavía pagaban como pecha, concejilmente, entre el 2,5 % y el 5 % de su cosecha de trigo, y entre el 4 % y el 14 % de la de cebada. Pero los navarros vieron en el pago de pechas, mejor que una detracción señorial, un elemento de distinción legal entre las personas y un criterio de jerarquización social. En esencia, el problema teórico que se planteaba la sociedad navarra era el siguiente: el pago de pechas, ¿se debe por la condición personal del labrador o bien, al contrario, es una carga de las tierras o propiedades de que disfruta?; ¿quiénes eran pecheros, las personas o las tierras? En el primer caso, todos los labradores deberían pagar pecha y nunca los hidalgos; en el segundo, pagarían pecha los propietarios de tierras pecheras, incluso cuando fuesen hidalgos, y los labradores sólo por sus tierras «cargosas», pero no por las libres. El Fuero General y una ley de Cortes de 1531 resultaban ambiguas en este punto y fueron interpretadas tendenciosamente por unos y por otros, defendiendo todos sus intereses particulares. Los labradores procuraron oscurecer la condición de sus convecinos hidalgos a fin de reducir algunos de sus privilegios más molestos, como las vecindades «foranas» o las dobles porciones en aprovechamientos comunales. ¿Y qué mejor modo que esgrimiendo el argumento, evidente según ellos, de que el pago de pechas era personal y, por lo tanto, un estigma incompatible con la nobleza? Por su parte, los preceptores de pechas, principalmente caballeros o palacianos, estaban también muy interesados en destacar el contenido personal y feudal de estos pagos, que les convertían a ellos en «señores de pechas». Este pomposo título les elevaba por encima de los simples hidalgos y, sobre todo, les eximía del pago del servicio que votaban las Cortes, equiparándoles a la «verdadera» nobleza. Los hidalgos que tenían que pechar por cultivar tierras «cargosas» se encontraban acosados. Argumentaban que lo que pagaban no era propiamente pecha sino una carga sobre las tierras, o que por ser debida concejilmente no era impedimento de hidalguía. Pero ni ellos mismos estaban convencidos de que hidalgo y pechero fuesen términos compatibles. Así, cometían mil fraudes para no administrar directamente tales posesiones y no contaminarse, e hicieron todo lo posible por «infranquirse». Ciertamente, «pechar» resultaba gravoso, pero, ante todo, era tenido por infame. A lo largo de los ss. XVI-XVIII son frecuentes las «redenciones» de pechas a cambio de fuertes sumas de dinero. Los labradores de Améscoa Baja pagaron 10.000 ducados en 1734 para manumitir la pecha de 80 robos de trigo y 85 reales con 15 maravedís que todos los años daban a los Ramírez de Baquedano. En otras ocasiones, los pueblos entregaron importantes cantidades de dinero, no por dejar de pagar sino, simplemente, para transformar las «pechas» en «censos perpetuos». Así pudo escribir J. Yanguas y Miranda: «Era tal la repugnancia con que se las miraba [a las pechas] en aquel tiempo, que el pueblo de Villatuerta dio al erario 60.000 reales de plata dobles, esto es, más de 6.000 duros, tan sólo porque la pecha que pagaban al rey se llamase censo perpetuo». Como censatarios seguían pagando una cantidad de dinero semejante, si no superior, pero dejaban de ser «pecheros». Eran conscientes, como afirma un navarro anónimo de finales del s. XVIII, de que «en los enfranquimientos de pechas que se hacen aún en estos tiempos se dice que se enfranquece la pecha, y la heredad queda cargada en substancia con la misma carga que antes con nombre de censo perpetuo, que es una mutación meramente accidental». Pero zafarse de la condición de pechero les compensaba socialmente. Los pecheros navarros encontraron un gran defensor de su reivindicación social en un trinitario descalzo: Fray José de San Francisco Javier. Las tesis de su primer libro, Pechas de Navarra vindicadas (Pamplona, 1766), fueron resumidas en un pequeño folleto (Notas y addiciones al libro intitudado Pechas de Navarra vindicadas, Pamplona 1774) que tuvo una gran difusión. La conclusión última a la que llega es que en Navarra, después de la unión a Castilla, no existían pechas propiamente tales, como cargas de las personas, sino imposiciones sobre la posesión de ciertas tierras, debidas por títulos diversos. Desde 1512 no existían propiamente «pecheros», pues todos los navarros eran francos de pagar pecha real, conmutada por un simple «servicio voluntario» de las Cortes. Desde esta base, Fray José denunció los abusos y fraudes que cometían los «señores de pechas». Algunos nobles titulaban como «pechas» cantidades que recibían anualmente por otros conceptos muy distintos -censos perpetuos, rentas de la tierra, etc-, «engañando a los simples e iliteratos o valiéndose de su necesidad, que por ella, por alguna gracia que les hacen, pasan por ello». Su propuesta de revisar todos los títulos resultó revolucionaria, encendiendo los ánimos de los pecheros e irritando a los señores: «Muchos pobres, por necesidad, permiten que se les dé ese título de pecha a la deuda que no es de esa calidad, y [...] lo hacen por liberarse con ese título de la paga de cuarteles y alcabala [...] ¡Cuántos títulos de pecha intrusos como éste! Y así no sería malo examinarlos todos; y los que se hallare no tener legítimos títulos, borrarlos sin que les favorezca la confesión de los que las pagan, porque en esto puede haber o mucha maula o mucha ignorancia o mucha violencia, y ésta es materia odiosísima». Incluso llegó al extremo de sugerir la abolición indiscriminada de todas las pechas. Si los plebeyos no las pagaban ya al monarca, su señor natural, ¿con qué derecho las seguían percibiendo los particulares, si éstos las disfrutaban por cesión del rey?
