Peintres

Suárez Alba, Enrique

Pintor y acuarelista vitoriano, nacido el 9 de agosto de 1921. Fallecía en el Hospital de Santiago la fecha del 10 de marzo de 1987.

Con antecedentes artísticos familiares por parte de los Alba, estudia en la Escuela de Artes y Oficios de Pamplona -un año- y en la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria durante los primeros tiempos de la posguerra. En este centro tuvo como profesores a Adrián de Aldecoa y Mariano Basterra. Asimismo, en otro orden, recibió consejos en materia artística de Aurelio Vera Fajardo, militar de profesión y excelente pintor vocacional. En junio de 1942 realiza su primera exposición individual en el Aquarium Bar de la calle Dato: mostró ante sus paisanos un total de veinticuatro acuarelas. Con esta modalidad pictórica al agua se dio a conocer públicamente, procedimiento al que siempre profesó gran admiración.

Hombre de grandes iniciativas es de los primeros pintores alaveses que ingresa en la Agrupación de Acuarelistas Vascos, ya en su hora fundacional a principios de 1945. Con Juanito Díaz López de Munain. En junio de ese mismo año, con otros jóvenes compañeros, participa en la constitución de la Peña de Pintores del Casino Artista Vitoriano, en puridad, el primer colectivo artístico alavés de posguerra, con el guipuzcoano Eloy Erenchun, entonces avecindado en la capital alavesa, realizará su segunda muestra individual, en los Salones de Olaguibel; en julio de 1947. Es asiduo por entonces a los Salones Nacionales de la Acuarela: en Madrid, San Sebastián y Vitoria.

Debido a compromisos castrenses -fue militar de carrera hasta la década de los cincuenta-, permanecerá en 1948 una larga temporada en Madrid; estancia que se saldó con frecuentes peregrinajes al Museo del Prado. Cinco años más tarde, con sus amigos Gerardo Armesto y Ángel Moraza Ruiz terminará por deleitarse con la visita al Museo del Louvre y al Museo de los impresionistas en el Jeu de Paume, seduciéndole la pintura de Monet, Sisley y Van Gogh. Estancia parisina que recordará siempre con verdadero cariño. En 1986, un año antes de morir, volverá a recorrer de nuevo las calles y los museos de la capital francesa.

Desde la primera convocatoria de la Exposición de Pintura de Artistas Noveles Alaveses, en octubre de 1944, participa en este certamen auspiciado por la Caja Municipal durante casi tres décadas, siendo de hecho el pintor local que más veces concurrió al después ya denominado Certamen de Arte Alavés. Eso sí, en ocasiones fuera de concurso. Asimismo remitió obra a las Bienales Hispanoamericanas de La Habana (1953-1954) y Barcelona (1955), y a las Nacionales de Bellas Artes (1954, 1957, 1960, 1962, 1964, 1966 y 1968). Participó igualmente en los Concursos Nacionales de Alicante (1955 y 1957), en las Bienales de Zaragoza (1963 y 1965) y en los Certámenes Nacionales de Artes Plásticas en Madrid (1962 y 1963).

En ámbito regional es digno de recordar los envíos a los Salones de Pintores Españoles en Bayona (1949 y 1952), así como a los Salones de Estío "Gran Premio Ayuntamiento de Baracaldo" (1964 y 1965). También estuvo presente en el I Gran Premio de Pintura Vasca en San Sebastián (1965). Y en las Anuales Plásticas del Ayuntamiento de Vitoria desde 1964, cuando se crearon, hasta la edición de 1968. Y en el I Salón Navideño de Pintura de la Caja de Ahorros Provincial de Álava en 1969.

En su biografía constituye un hito personal y artístico la militancia en el grupo Pajarita de pintores alaveses; colectivo de paisajistas formado, además, por Armesto, Moraza, José Miguel Jimeno Mateo y Enrique Pichot en octubre de 1956. Con este grupo expuso en Madrid, Pamplona, Logroño, Estella, Bilbao y Vitoria. En esta última ciudad por tres veces, todas ya durante la segunda etapa del colectivo, que contaba también con la firma de Florentino Fernández de Retana, en sustitución de Armesto, fallecido en agosto de 1957. Componentes, los seis, que tuvieron el acierto de aclimatar en suelo alavés un tipo de pintura de corte paisajístico muy en boga desde la Escuela de Madrid y que tenía a Benjamín Palencia como principal inductor.

Durante toda su trayectoria personal, Suárez Alba fue un pintor eminentemente figurativo, aunque de vez en cuando, sobre todo en algunos ejercicios acuarelísticos, entrara de lleno en la abstracción. Por lo general se movió en un universo pictórico desintegrado por manchas vivas de gran alegría colorista. Porque el uso del color fue una de sus más celebradas cualidades. De las más ponderadas y reconocidas. Desde muy joven comprendió que la gran aventura del arte contemporáneo se dilucidaba en el terreno del campo cromático, aunque él no se sintiera del todo cómodo violentando hasta extremos inverosímiles los límites figurativos de la realidad. Así se quedó en un punto, en un término medio entre la figuración y la abstracción. En un cierto eclecticismo.

Aprendió de los impresionistas y postimpresionistas que el pintor no tenía por objeto reproducir la realidad, sino interpretarla. De ahí la importancia que otorgaba al temperamento del artista: temperamento artístico, el suyo, que incentivó sin desmayo, reforzando y estimulando con los años un tipo de pintura expresionista "fauve": unos cuadros tratados con sensibilidad cromática. Si el valor descriptivo de una composición era considerado como punto de partida -ya que nunca se despegó de la figuración-, atendía como pintor a sus propias reacciones anímicas desembocando, como punto o elaboración final, en la expresión intuitiva: así pues, en un término equilibrado entre la imaginación y la descripción.

Se ha escrito de Suárez Alba que él era, en esencia, un pintor tradicional, pero que gracias a la valentía con los pinceles y al aplique de un color suelto y espontáneo, sabía conferir a sus temas una expresión actual a partir de una concepción clásica. Vitalidad, por tanto, conseguida por medio de formas simplificadas y abocetadas, a veces tratadas un tanto ingenuamente, que con la potencialidad evocadora del color, lograba un modo de visión atrevido. Actualizando, modernizando, pues, un punto de vista originariamente tradicional.

Con excepciones, la temática de este pintor se halla concentrada en torno al género del paisaje, como en la mayoría de sus compañeros de generación. Y aunque también aborda las composiciones de figura, éstas, por lo común, sirven de complemento, de aditamento, a la trama paisajística. Dentro del paisaje, a lo largo de su andadura mostró interés por diversos asuntos: escenas de trenes, panorámicas de gallineros y basureros, plasmando siempre, eso sí, los rincones urbanos de la vieja colina de Gasteiz y las vistas de la campiña alavesa y de los pueblos de la provincia. A mediados de los sesenta manifestó interés por reflejar determinadas villas amuralladas de su tierra como Salvatierra, Antoñana y Laguardia.

Como corolario y como resumen a su evolución artística, rescatamos una declaración del propio pintor:

"He partido del impresionismo pero ahora mi pintura es más bien expresionista. En el fondo soy expresionista por la razón siguiente: cada tema como cada persona tiene un carácter. Yo reflejo ese tema tal como lo vivo, tal como me ha impresionado. Un mismo paisaje se nos presenta en días distintos de manera distinta. A lo mejor alguien ve algo que le impresiona; vuelve al día siguiente y ya lo ve de modo distinto"

[Norte Exprés, 24-V-1967].

Volcado en sus compromisos pictóricos, -exponía con regularidad casi cada año o año y medio en las salas vitorianas- y entregado a sus labores con las instituciones locales -entre otro puestos desempeñó la asesoría artística de la Caja de Ahorros Municipal durante tres décadas-, cuando se encontraba con renovadas ilusiones, le sorprendía la muerte en la misma ciudad que lo alumbró sesenta y cinco años antes.