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Bizkaia. Historia

Artículo principal Bizkaia

Historia de Bizkaia desde la Prehistoria al final del Franquismo.

Salvo dos notas puntuales, una de 1366 en la carta puebla de Gernika en la que se menciona Maruelexa como límite de la villa y la aparición del llamado ídolo de Mikeldi en 1634, los primeros datos sobre la Prehistoria vizcaína verán luz en el siglo XIX. Así en 1863 el alcalde de Nabarniz dio cuenta del hallazgo del castro de Illuntzar, Juan B. Eustaquio Delmas, en 1864, reseñó la existencia de los castros de El Cerco, Pico Moro y Lujar en su obra Guía histórico-descriptiva del viajero del Señorío de Vizcaya, Jagor, en 1866, descubrió el yacimiento prehistórico de la cueva de Balzola y, por último, en 1895 Labayru en su Historia General del Señorío de Bizcaya señaló la existencia de enterramientos en la cueva de Berreaga.

Sin embargo será en el presente siglo cuando se empiecen a realizar estudios y trabajos que darán como fruto un conocimiento exhaustivo de la Prehistoria de este territorio. En 1900 J. Uriarte descubrió el yacimiento de la cueva de Atxubieta y desde ese año hasta el de 1913, Gálvez Cañero descubrió los yacimientos de Armiña y Azkondo, prospectó el de Balzola y publicó, en el Boletín del Instituto Geológico de España, su trabajo "Nota acerca de las cuevas de Vizcaya". En 1904 L. Sierra descubrió los grabados de Venta Laperra recién reconocido, a nivel internacional, la existencia de un arte rupestre prehistórico y que serán visitados por el propio abate Breuil. En 1916 se descubrieron las pinturas de la cueva de Santimamiñe hecho que, junto a la localización de la estación dolménica en el Aralar guipuzcoano, propició la formación del primer equipo investigador de la Prehistoria vasca formado por Telesforo de Aranzadi, Enrique de Eguren y José Miguel de Barandiarán. Desde esa fecha, hasta el estallido de la guerra civil, ese equipo, bien junto o por separado, descubrió y excavó los yacimientos de Santimamiñe, Ereñu'ko Arizti, Ginerradi, Lumentxa, Armiña, Abittaga, Silibranka, Sailleunta, Atxurra, Atxuri, Bolinkoba, Oialkoba, Albiztei, El Polvorín, Venta Laperra, Balzola, Axlor, Túmulo de Olaburu, dolmen de Diruzulo y la cueva de Goikolau todos ellos en Bizkaia. En este mismo período se fundó el seminario Ikuska presidido por José Miguel de Barandiarán, comenzaron a publicarse los Anuarios de Eusko Folklore y José Miguel de Barandiarán publicó en 1917 Investigaciones prehistóricas en la diócesis de Vitoria, de la que dependía entonces Bizkaia, y en 1934 El hombre primitivo en el País Vasco.

La guerra civil y el período de postguerra ocasionaron un parón importante en las investigaciones prehistóricas en todo el territorio vasco en general. Aquel primer equipo de investigadores quedó roto por las muertes de Enrique de Eguren, en 1944, y de Telesforo de Aranzadi, en 1945, y el exilio forzoso, en Francia, de José Miguel de Barandiarán en el que permaneció hasta 1953. Pese a ello Barandiarán no dejó de publicar basándose en los datos que había recopilado en la etapa anterior a la guerra. Así en 1945, en el volumen nº.1 de la revista Gernika "Prehistoria vasca. Nuevas investigaciones", en 1947, en Ikuska "Prehistoria de Vizcaya, 1/4 de siglo de investigaciones" y, en 1952 La Prehistoria en el Pirineo Vasco. Estado actual de su estudio en la que se ofrece una puesta al día de las investigaciones en Prehistoria Vasca. De esta etapa son también otros hechos de importancia reseñable como la publicación en 1943, de la Monografía de las simas y cuevas de Vizcaya de Antonio Ferrer o que en 1948, bajo los auspicios de la Diputación de Vizcaya, comenzó a publicarse la revista Vizcaya como órgano de difusión cultural de los trabajos que se realicen en el Señorío.

Desde 1953 hasta el final de los años setenta, acontecieron muchos y decisivos hechos que forjaron, en gran medida, el conocimiento de la Prehistoria en el territorio de Bizkaia. Así se puede calificar el retorno de Barandiarán del exilio y la formación de una primera generación de discípulos directos de él que hoy siguen trabajando en Euskal Herria. Ello es el origen de una gran multiplicación de trabajos de campo y publicaciones dignas de ser tenidas en consideración. 1953 es una fecha clave para los prehistoriadores vascos, José Miguel de Barandiarán publicó, en Buenos Aires, la primera gran síntesis de Prehistoria vasca bajo el título El hombre prehistórico en el País Vasco. Hasta el final de la década de los cincuenta se descubrieron y, en algunos casos, se excavaron diversos yacimientos por diferentes estudiosos. Así Ernesto Nolte los de Las Pajucas (1955), Peña Roche y Atxuri (1956); M. Grande el de Atxarte (1958) y, junto a A. Aguirre, el de Kurtzia (1959); José Miguel de Barandiarán comenzó a excavar en Atxeta (1959) y Pedro María Gorrochategui, desde 1959, comenzó la localización de los importantes conjuntos dolménicos de las Encartaciones. Las décadas de los años sesenta y setenta pueden ser caracterizadas por el incremento de yacimientos catalogados, la multiplicación de las excavaciones y la publicación de importantes trabajos de investigación y síntesis de Prehistoria Vasca. José Miguel de Barandiarán excavó en los yacimientos de Atxeta (1960), Santimamiñe (1960 a 1962), Atxuri (1960), Santa Catalina (1963), Lumentxa (1963), Abittaga (1965) y comenzó el de Axlor (1967). Ernesto Nolte descubrió y, en algunos casos, excavó en los yacimientos de Gerrandijo (1962), Kobeaga I y II, Txotxinkoba y Armotxe (1963), Arenaza II (1964) y Cuestalaviga, Aldeacueva y Arenaza I (1966). Juan María Apellániz, bien en solitario o con la colaboración de Ernesto Nolte, excavó en Agarre, Las Pajucas y Gerrandijo (1966), Getalueta'ko Atxa Kobie, Aldeacueva y Txotxinkoba (1967), Cuestalaviga (1968), Ereñu'ko Arizti (1969), Albistei y Arenaza II (1970), Arenaza I (1971) y Kobeaga II (1973). En 1962 Ernesto Nolte descubrió los grabados de la cueva de Goikolau y en 1973 P. M. Gorrochategui las pinturas de Arenaza I. Entre los trabajos de investigación y síntesis publicados durante estos años no debemos pasar por alto los de José Miguel de Barandiarán Los hombres prehistóricos de Vizcaya, de 1961, o Huellas del hombre de neandertal en Vizcaya, de 1972. A Ignacio Barandiarán Maestu se deben El Paleomesolítico del Pirineo Occidental, de 1967, y El arte mueble del Paleolítico cantábrico, de 1973. Por último Juan María Apellániz es el autor de El grupo de Santimamiñe durante la Prehistoria con cerámica del País Vasco y del Corpus de materiales de las culturas prehistóricas con cerámica de la población de cavernas del País Vasco, ambas de 1973.

En el año 1971 comenzó a editarse la revista Kobie como órgano de expresión del grupo espeleológico vizcaíno al que se debe el descubrimiento de una gran cantidad de yacimientos. En 1974 inician su andadura los Cuadernos de Arqueología de la Universidad de Deusto inaugurando una importante serie en la que se ubican importantes monografías y trabajos de investigación. Desde la década de los años ochenta asistimos al nacimiento de una nueva generación de estudiosos que, formados bajo la tutela de aquellos primeros discípulos de José Miguel de Barandiarán, desarrollan hoy su labor vinculados a la Universidad del País Vasco, a la Universidad de Deusto o al Museo Arqueológico, Etnográfico e Histórico Vasco de Bilbao. El resultado inmediato de este hecho, unido al creciente interés por el conocimiento y conservación de nuestro patrimonio, ha sido la multiplicación de las labores de prospección y excavación sistemática que han venido a engrosar ostensiblemente el catálogo de yacimientos. Junto a ello, como consecuencia lógica, asistimos en la actualidad a la publicación de importantes trabajos de investigación y síntesis enriquecidos con la contribución realizada desde otras disciplinas especializadas en estudios de la fauna (debidos a Jesús Altuna y P. Castaños) y flora cuaternarias y el aporte de fechaciones radiocarbónicas. Se comenzaron a excavar o se reexcavaron los yacimientos de Balzola por Eduardo Berganza y M. Muñoz (1980); Goikolau por Carlos Basas (1981); Ilso Betaio (1981), dolmen de La Cabaña IV (1981), dolmen de Cotobasero I (1983), dolmen de La Cabaña 2 (1984), túmulo de Cotobasero II (1986), dolmen de Boheriza 2 (1992), dolmen de Bernalta (1993) y las cuevas de Mingón y Garazabal 2 (1992-93) por J. Gorrochategui y M. J. Yarritu; Castro de Maruelexa (1982) por L. F. García Valdés; la cueva de Santa Catalina (1982) por Eduardo Berganza; la cueva de Urratxa III (1983) y la estación de Kurtzia (1984) por M. Muñoz; la cueva de Lumentxa (1984) por J. L. Arribas; la cueva de Laminak II (1987) por Eduardo Berganza y J. L. Arribas; el castro de Berreaga (1990) por M. Unceta; la cueva de Pico Ramos (1991) por L. Zapata; el dolmen de Hirumugarrieta (1992) por A. Zubizarreta; el conjunto Sollube-Txikerra (1992) por J. C. López Quintana y la cueva de Antoliña'ko Koba (1995) por M. Aguirre Ruiz de Gopegui. Entre las publicaciones aparecidas durante estos años cabe reseñar los volúmenes 1 y 2 de la Carta arqueológica de Vizcaya debidos, respectivamente, a J. L. Marcos Muñoz (1982) y a J. Gorrochategui y M. J. Yarritu (1984). El Magdaleniense Inferior y Medio en la Cornisa Cantábrica de P. Utrilla (1981), El arte prehistórico del País Vasco y sus vecinos de J. M. Apellániz (1982), Las culturas del Tardiglaciar en Vizcaya (1985) y "La Prehistoria" en Historia de Vizcaya (1987) de J. Fernández Eraso. "La Prehistoria" en Enciclopedia General Ilustrada del País Vasco (1988) de Ignacio Barandiarán Maestu. El año 1990 la revista Munibe publicó un homenaje a José Miguel de Barandiarán a base de diversos artículos de estudiosos constituyendo, de hecho, una puesta al día de la Prehistoria del País Vasco.

Hoy por hoy, en Bizkaia, no se ha constatado presencia humana alguna que puedan retrotraerse más allá de los 75.000 u 80.000 años. Ello supone que del amplísimo lapso de tiempo que ocupó todo el Paleolítico Inferior no se ha localizado ningún resto. Lo cual no implica necesariamente que nos encontremos ante una región despoblada en aquellos remotos tiempos, más bien todo lo contrario. Los hallazgos de materiales pertenecientes a este período en los territorios vecinos de Cantabria y de Gipuzkoa, en la costa, y de Álava en la zona del embalse de Urrunaga muy próximos a Otxandio, en el interior, hacen, que no sea aventurado, suponer que los primeros hombres que hollaron el suelo del territorio vizcaíno lo hicieron en torno a los 150.000 años en una etapa cultural Achelense Superior.

En la etapa siguiente, Paleolítico Medio, con una duración comprendida entre los 100.000 y los 35.000 años se encuentran ya restos bien estratificados. Es este un período, identificado con la cultura Musteriense, en el que se desarrollaron los primeros estadios fríos de la glaciación de Würm, finalizando en condiciones más benignas durante el interestadial de Hengelo. El hombre prehistórico buscó el refugio de las cuevas, en los momentos fríos, y levantó campamentos al aire libre cuando las condiciones ambientales así lo permitían, asentándose siempre en zonas no elevadas y próximas al mar. Vivían entonces los hombres de neandertal, unos tipos rudos, de complexión fuerte, que carecían de mentón y una saliente arcada supraciliar abultaba sus cejas. Elaboraban sus instrumentos tallándolos sobre sílex, cuarcita, esquistos y calizas duras produciendo unos artefactos toscos con reminiscencias inferopaleolíticas, junto con otros más elaborados ejecutados con maestría mediante el empleo de técnicas específicas (levallois) o bellos retoques escalariformes tipo Quina. Lugares como Axlor (Dima), Kurtzia (Barrika-Sopelana) o Venta Laperra (Carranza) sirvieron de asentamiento para estos hombres y en ellos se han recuperado raederas, puntas musterienses, denticulados, limazas y bifaces junto a algunos, pocos, raspadores y buriles. Este ajuar sobre soportes líticos se acompañaba de otro, de rústica factura, trabajando sobre hueso imitando el tallado del instrumental lítico o proporcionando toscos punzones. Del hombre que manufacturó estas industrias, sólo se han podido recuperar una serie de cinco piezas dentarias pertenecientes a un individuo joven.

Entre 35.000 y el 9.500 BP., durante los dos últimos estadios de la glaciación de Würm, se desarrollaron las culturas del Paleolítico Superior. Dista mucho de ser un período homogéneo ofreciendo a lo largo de su desarrollo una serie de culturas representadas todas en el territorio vizcaíno.

Durante la fase inicial de la etapa superopaleolítica, hasta hace aproximadamente unos 20.000 años, se van a suceder las industrias Castelperroniense, Auriñaciense y Gravetiense. Es esta una etapa de cambios importantes en un intento de acomodarse a una nueva situación medioambiental, al producirse un nuevo recrudecimiento de las condiciones climáticas. En este ambiente, nuevamente frío, el hombre volvió a buscar el abrigo de las cuevas. El tipo humano que desarrolló la etapa cultural anterior, fue sustituido, paulatinamente, por una nueva especie, el Homo sapiens sapiens, nuestro más directo antepasado. Las industrias líticas sufrieron una profunda modificación al realizarse ahora sobre soportes laminares. Predominan en cada una de estas etapas instrumentos bien definidos, tallados con gran habilidad sobre sílex preferentemente aunque no se despreciaron otros tipos de materias primas. Raspadores aquillados, buriles arqueados o múltiples sobre fracturas retocadas (tipo Noailles), puntas muy características como las de Chatelperrón o las de la Gravette y láminas con retoques muy pronunciados que, en ocasiones, llegan a estrangularse, conforman los ajuares líticos característicos de esta etapa inicial del Paleolítico Superior. El instrumental sobre hueso y asta, tan poco definitorio en etapas anteriores, alcanzó su máximo desarrollo durante el Paleolítico Superior creando una tipología y una técnica específica para su confección. Lugares como Santimamiñe (Basondo-Kortezubi) sirvieron de abrigo y asentamiento a gentes portadoras de las industrias Castelperroniense y Auriñaciense, Lumentxa (Lekeitio) y El Polvorín (Carranza) a las del Auriñaciense, y Bolinkoba (Abadiño) a las del Gravetiense.

Los últimos tiempos del tercer estadio de glaciación würmiense y la etapa más benigna que le sucede, el llamado interestadial de Lascaux, sirvieron de escenario a la fase media del Paleolítico Superior desarrollando la industria Solutrense. Su presencia se dejó sentir hasta hace unos 18.000 años. Se desarrolló en este momento una industria lítica muy característica realizada a base de retoques planos, muchos de ellos bifaciales, creando elementos biapuntados de gran perfección técnica y estética. Puntas de muesca, hojas de laurel y hojas de sauce son los instrumentos característicos del desarrollo del Solutrense, a las que acompañan un amplio ajuar de instrumentos trabajados con retoques simples y abruptos. En hueso punzones, varillas y azagayas están presentes en cada una de las fases de esta cultura. Restos de esta industria han sido reconocidos en Atxuri'ko koba (Mañaria) y en la cueva de Antoliña'ko Koba (Arteaga).

La cuarta fase de la glaciación de Würm coincide con el final del Paleolítico Superior. A lo largo de este período, comprendido entre los años 18.000 y 9.500 BP., se desarrolló la última gran cultura del Paleolítico, el Magdaleniense. Sus poseedores parece que debieron alcanzar cierto equilibrio con su entorno, llegando incluso a predomesticar a algunas especies animales mediante el control de las manadas en espacios determinados. Es un cazador selectivo preocupado por la conservación de los animales de los que depende su economía. Siguen tallando la piedra con gran maestría, fabricando, preferiblemente sobre sílex, raspadores, buriles diedros de eje, instrumentos dobles y compuestos y sobre todo una gran cantidad de laminitas de borde abatido, de tamaño reducido, que servirán como componentes para la fabricación de instrumentos más complejos. Pero si hay algo que sea muy característico de esta cultura es el haber desarrollado una amplísima variedad de tipos sobre hueso y astas de cérvido. Sobre estas materias se fabricarán variadas azagayas de secciones circulares, cuadrangulares o triangulares y bases recortadas, ahorquilladas o trabajadas a bisel simple o doble, punzones, arpones de sección circular con una o dos hileras de dientes y abultamientos en sus bases, propulsores, bastones perforados, etc... Ajuares correspondientes a este período han sido localizados en Santimamiñe (Basondo-Kortezubi), Abittaga (Amoroto), Lumentxa (Lekeitio), Santa Catalina (Lekeitio), Laminak II (Berriatua) y Atxeta (Forua), por citar algunos de los de mayor relieve. Pero si hay algo que puede caracterizar claramente al Paleolítico Superior es la aparición de las primeras manifestaciones artísticas figuradas. Dos son los tipos de arte que se encuentran; el arte mueble y el arte rupestre o parietal. Es el mueble un arte de pequeño tamaño, fácilmente transportable que aparece decorando bien instrumentos de la vida cotidiana (azagayas, arpones, propulsores, bastones, compresores y retocadores de piedra, etc... de los que tenemos una buena representación en Bizkaia), bien objetos de arte por sí mismos (contornos, rodetes, venus plaquetas de piedra o hueso, etc...). El arte rupestre es sin duda el más conocido debido a su grandiosidad. Se localiza tan sólo en el SW. de Europa y adorna, mediante grabado, relieve o pintura, las paredes de cuevas. En Bizkaia son tres los lugares ornados que presentan una cronología paleolítica segura. Tales son los sitios de Venta Laperra (Carranza), Arenaza (San Pedro de Galdames) y Santimamiñe (Basondo-Kortezubi). El primero de ellos es el más antiguo, datable durante el Auriñaciense, se trata de un santuario exterior compuesto por figuras grabadas de bóvidos y un oso. Los otros dos son ya santuarios profundos, de cronología más reciente datables durante el Magdaleniense Antiguo, formados por figuras pintadas, en rojo o en negro, de bóvidos (uro, bisonte), caballos, cérvidos y osos.

Dentro de la última fase de la glaciación de Würm se fueron instaurando unas condiciones ambientales cada vez más templadas que, tras los últimos episodios fríos conocidos como Dryas II y III, desembocaron en el Holoceno. Se produjeron a partir de 9.500 BP. una serie de modificaciones en el medio, flora y fauna, que obligaron al hombre a buscar nuevos recursos y a ensayar nuevas formas de vida que garantizaran su subsistencia. Apareció así una amplísima serie de industrias herederas de los modos superopaleolíticos, que sirvió como liquidación de este período, manteniendo su larga agonía, o introdujo elementos nuevos sirviendo de puente hacia las culturas productoras. Entre aquéllas la más importante, sin duda, es el Aziliense bien representado en Bizkaia en lugares como Santimamiñe (Basondo-Kortezubi), Lumentxa (Lekeitio), Arenaza (San Pedro de Galdames), Santa Catalina (Lekeitio), Urratxa III (Orozko), etc... Se trata de una industria de clara filogenia Paleolítica no disimulable en su ajuar compuesto por raspadores generalmente cortos, pequeños e incluso discoides y sus laminitas y puntas de borde abatido. En hueso y asta se fabricaron punzones, azagayas y arpones de sección aplanada y perforación basilar en ojal. El arte decae ahora y tan sólo se encuentran cantos coloreados con motivos no figurativos.

Tras el Aziliense, hasta la llegada del Neolítico, se desarrollaron una serie de industrias cuyos ajuares van adquiriendo elementos nuevos como los microlitos geométricos de retoque, generalmente, abrupto. Son industrias muy especializadas en biotopos muy concretos. Algunas de ellas se van a dedicar a la explotación de las rasas litorales, lo que da origen a que sus ajuares se encuentren siempre asociados a una gran acumulación de conchas de lapas, mejillones, ostras, etc... Restos de estas industrias se han recogido en Santimamiñe (Basondo-Kortezubi), Arenaza (San Pedro de Galdames), Las Pajucas (Lanestosa), Gerrandijo (Ibarrangelu), Sollube-Txikerra (Bermeo), etc...

A mediados del IV milenio, en condiciones climáticas cada vez más benignas, se advierte la presencia de una serie de elementos novedosos con relación a etapas anteriores, que modifican, en profundidad, los modos de vida de los seres prehistóricos, pasando de cazadores-recolectores a productores. Las piedras pulimentadas, los microlitos tallados a doble bisel, la cerámica, los molinos de mano son el refiejo de una población que ha modificado ya sus bases económicas. Fueron gentes capaces de producir sus propios recursos basándose en la agricultura y en la ganadería de manera que ovicápridos, súidos y bovinos, desde entonces, conviven con el humano. Estas nuevas circunstancias trajeron como consecuencia inmediata el abandono del nomadismo para fijar al humano al suelo. Todo ello produjo una modificación importante de los lugares de habitación abandonando los refugios naturales de las cuevas, para vivir en chozas o cabañaas agrupadas, formando poblados, próximos a las tierras de labor. Pese a ello, en este territorio, los restos may importantes del período Neolítico, se han encontrado aún en cuevas, tal es el caso de Santimamiñe (Basondo-Kortezubi), Arenaza (San Pedro de Galdames) o Pico Ramos (Muskiz). Dentro de este ambiente de innovaciones es posible que sea ahora cuando se empezaron a levantar las primeras construcciones dolménicas en las que inhumar a los muertos. Al menos así se ha señalado para algunos de los monumentos funerarios de la zona de Carranza.

Hacia la segunda mitad del III milenio, antes de Cristo, asistimos ya en el territorio vizcaíno a la aparición de una incipiente metalurgia basada en el trabajo del cobre. Sin embargo no va a sustituir de forma inmediata a los instrumentos fabricados sobre materiales líticos, antes bien, se mantendrán sin grandes modificaciones tipos aparecidos en épocas anteriores, como los dientes de hoz, y se fabricarán toda una serie de elementos novedosos. Así aparecen ahora las puntas de flecha fabricadas en sílex, con retoques plano bifaciales, que pueden presentar solo pedúnculo o pedúnculo y aletas, en algunos casos en estado muy incipiente.

Se comenzó a producir entonces un tipo peculiar de cerámica, fabricada a mano con perfil en forma acampanada y con bellas decoraciones de motivos geométricos, la cerámica campaniforme. Sin embargo una de las cosas que mas caracterizó a este periodo fue la aparicion de un rito de enterratniento de inhumación colectiva que se realizó en el interior de abrigos rocosos, en cuevas o dólmenes. Para vivir se eligieron preferentemente, los campamentos aire libre aunque es frecuente encontrar aún restos de ocupación en la cuevas.

A mediados del II milenio, antes de Cristo, se iritrodujo ya, de una manera habitual, el uso de bronce. Tampoco llegó a suplantar totalmente a los instrumentos en piedra realizando ahora hermosas puntas de flecha, en sílex, con pedúnculo y aletasr claramente destacados fruto de una evolución de los tipos anteriores. Con la llegada del bronce surgieron Importantes modificaciones culturales dignas de ser reseñadas. Así los enterramientos se realizaron mediante ritos de incineración en el interior de cuevas de difícil acceso o en el interior de los dólmenes que se siguen ernpleando este periodo. A la hora de elegir un lugar en el que habitar se siguen levantando campamentos al aire libre pero en zonas cada vez más elevadas y alejadas de la costa. A esta época son atribuibles los lugares de Ilso Betaio (Arcentales, Sopuerta), las cuevas de Oialkoba (Abadiano), Goikolau (Berriatua), Albiztei (Abadiano), los dólmenes de La Cabaña (Carranza), Boheriza 2 (Carranza), Hirumugarrieta (Bilbao) y el túmulo de Cotobasero (Carranza), en otros.

A comienzos del I milenio, antes de Cristo, los pueblos europeos comenzaron a realizar una serie importante de desplazamientos. Así hasta la Península Ibérica llegaron gentes de allende los Pirineos, son los grupos indoeuropeos, portadores del hierro, que, en diversas oleadas, se extendieron por el suroeste de Europa. Los lugares de habitación pertenecientes a esta época fueron fortificados y construidos en zonas elevadas de facil defensa natural formando los castros. En Bizkaia estan bien representados en lugares como El Cerco (Galdames), Maruelexa (Nabarniz), Lujar (Goieniz), Illuntzar (Nabarniz) o Berreaga (Mungia-Zamudio). Los enterramientos se realizaron mediante rito de incineración, bien en cuevas, cormo en El Bortal (Carranza), bien en cistas que aparecen situadas en el interior de círculos de piedra, llamados cromlech o baratz como los de Kanpazaulo (Barakaldo-Goieniz) o Sorbitzuaga (Busturia).

En las cuevas continúa habiendo cierta actividad como lo revelan los escasos restos localizados en Santimamiñe (Basondo-Kortezubi), Lumentxa (Lekeitio) o Goikolau (Berriatua) cuyos grabados rupestres debieron realizarse en este periodo. Arqueológicamente la Edad del Hierro se divide en dos etapas; en Bizkaia resulta difícil aún caracterizar cada una de ellas pues los lugares en los que se han localizado restos o no se han excavado o en la actualidad están en proceso de excavación. No obstante parece confirmarse que durante la segunda Edad del Hierro se hacen comunes las cerámicas fabricadas a torno e incluso pintadas de claro arraigo celtibérico. A finales del Hierro comienza la romanización que se irá superponiendo paulatinamente a estas gentes.

A autores romanos, que o bien visitaron la Península Ibérica o bien recogieron testimonios de los que aquí habían estado, se debe nuestro conocimiento sobre los pueblos que encontraron a su llegada y sus costumbres. Tal es el caso de escritores como Estrabón, Plínio o Ptolomeo quienes sitúan a caristios y autrigones en el actual territorio vizcaíno.

La llegada de los romanos al País Vasco ofreció situaciones realmente diferentes. La parte meridional del País (territorios de Navarra y Álava) soportaron una fortísima romanización, a juzgar por los importantes restos arqueológicos localizados en ella y que han sido motivo de amplias campañas de excavación arqueológica. La zona costera debió contar con una serie de emplazamientos de fundación romana cuya influencia a su alrededor no debió ser importante. Estos asentamientos costeros debían estar en relación con el importante puerto de Burdeos. Tal es el caso de lugares como Forua, Tribis Buru (en Bermeo) o Castro Urdiales en la vecina Cantabria. Junto a estos asentamientos, siguiendo en las inmediaciones de la costa, se han localizado restos de época romana en algunas de las cuevas próximas. Tal es el caso de Santimamiñe (Basondo-Kortezubi), Ginerradi (Forua), Lumentxa (Lekeitio), etc... Sin embargo en la zona intermedia, en el interior de la vertiente cantábrica los asentamientos son escasísimos. Hoy por hoy tan sólo el de Aloria situado entre Orduña (Bizkaia) y Arrastaria (Álava), parece tener cierta entidad. La conquista de esta parte de Hispania por Roma debió realizarse en unas condiciones realmente difíciles en el transcurso de acontecimientos que hicieron tambalear las mismas bases del Imperio. Tales fueron las guerras sertorianas en las que Roma tuvo que emplear amplios recursos durante una década (82-72 A de C.) y que, como consecuencia, le otorgaron el dominio sobre todo el valle del Ebro. Otro tanto puede afirmarse del final de la conquista de Aquitania que le proporcionó el control de aquel amplio territorio, tras vencer a una coalición Hispano-Aquitana en el año 56 antes de Cristo. Ni tampoco hay que pasar por alto el episodio de las guerras cántabras que asolaron nuestro territorio durante toda una década, entre los años 29 y 19 antes de Cristo.

De esta serie de acontecimientos bélicos, unida a los asentamientos, tanto costeros como al interior (Aloria), parece poder deducirse un bosquejo de la política de asentamientos llevada a término por la Metrópolis. Roma busca aprovisionamientos, materias primas y alimentos para su vasto imperio. De ahí la conquista y romanización de las tierras más próximas al Ebro o el interés por dominar la región cantábrica cuyo subsuelo era muy rico en minerales y de cuya explotación tenemos constancia en los territorios limítrofes. Dentro de esta política de asegurar la comunicación entre el interior y la costa y de garantizar la relación con el gran puerto de Burdeos deberíamos situar los pocos asentamientos que de época romana se han localizado hasta hoy en el territorio de Bizkaia. Pero aunque la presencia romana en este territorio resulta innegable, sin embargo no parece que su influencia fuera algo decisivo fuera de las zonas puntuales en las que aparecen los asentamientos. El debilitamiento del poder de Roma, ya en el Bajo Imperio, debido posiblemente a la falta de atención a las zonas más alejadas de la capital y a la irrupción de los pueblos bárbaros, fue el motor de una serie de transformaciones importantes en el ámbito socio-político. La crisis de las relaciones impuestas por Roma propició la formación de un nuevo sistema, preludio de lo que será la sociedad feudal.

JFE

Los geógrafos clásicos presentan a vascones, várdulos, carístios, autrigones, etc. asentados en el territorio vasco. Todos ellos se asoman al Cantábrico. Los carístios se hallaban desde el río Deba al Nervión y los autrigones del Nervión al río Asón. Estos pueblos, rebasando los límites actuales de Gipuzkoa y Bizkaia, avanzaban hacia el sur, subían a la meseta, y se internaban por tierras de la actual Álava. En tiempos del Bajo Imperio romano es de notar la desaparición progresiva de estos nombres. El Cronógrafo del año 354 menciona a "autriconi" y "vascones". La última mención de los "várdulos" aparece en Idacio (año 456). El de los "caristios" ya no aparece. El de los "vascones" seguirá siendo mencionado repetidamente y se prolongará en los docs. visigodos y merovingios. Todo hace pensar que las luchas del Bajo Imperio obligaron a los vascos del norte del "limes" a unirse y que los cronistas romanos, godos o francos les aplicaron como único, el nombre del núcleo principal.

En los primeros años de la Reconquista, Álava englobaba los territorios várdulos y carístios de la vertiente mediterránea; Gipuzkoa, los várdulos de la cantábrica. Bizkaia, los caristios de la misma vertiente. El río Deba es la divisoria de Gipuzkoa y Bizkaia, como antaño lo fuera de várdulos y carístios (Cart. de San Millán, 1930, etc.). Iniciada la Reconquista, dos son los centros de la polarización política del norte de la península: Oviedo y Pamplona. Parte del territorio caristio constituirá la que, con acierto, Monreal denominará Vizcaya nuclear; en otra pequeña porción se creará la vieja Merindad de Durango. Finalmente, parte de la vieja Autrigonia se soldará con los anteriores, a lo largo de un proceso contruccional. Tanto Bizkaia como Álava y Gipuzkoa aparecen en la historia, con tales nombres, en relación con hechos acaecidos en el siglo VIII. Dejando de lado documentación apócrifa (como las actas del Concilio de Lugo, de 569), la primera cita se halla en la Crónica de Alfonso III de Asturias (III, escrita hacia el año 900). Al tratar de las campañas de Alfonso I (años 739-757) dice:

"Eo tempore populantur Asturias, Primorias, Liuana, Transmera, Subporta, Carrantia, Bardulies qui nunc uocitatur Castella et pars maritimam et Gallecie."

"Alabanque, Bizcai, Alaone et Urdunia, a suis reperitur semper esse possessas, sicut Pampilona, Degius est atque Berroza."

"En aquel tiempo fueron pobladas las Asturias, las Primorias, Liébana, Transmiera, Sopuerta, Carranza, Bardulia que ahora es llamada Castilla, y la parte marítima de Galicia".

"Álava, Vizcaya, Alone y Orduña fueron siempre poseidas por los suyos (los vascones), del mismo modo que Pamplona, Deyo y la Berrueza."

Dando por buenos los datos de esta Crónica, se infiere que tanto el espacio astur como el vascón alcanzarían hasta la región más occidental de Álava y de la Bizkaia actual.

A fines del siglo X surge documentalmente el primer conde de Vizcaya, en el Códice de Meyá o de Roda: "domni Momi Comitis Biscahiensis", marido de la infanta navarra Belasquita, hija de Sancho Garcés I (905-925). Es el único dato que poseemos de Bizkaia a lo largo de los siglos IX-X. La presencia legendaria en la batalla de Hacinas de un Lope de Vizcaya no tienen ningún fundamento histórico (Mañaricúa: "D. Lope, el Vizcaíno y la batalla de Hacinas" en Miscelanea..., I, Vitoria, 1975). Sobre los orígenes de los Señores escribe Oihenart (Notitia..., 1638, II, cap. 17, 371; trad. Gorosterratzu, p. 278):

"Dudoso es el origen de los Señores de Vizcaya e incierta su sucesión hasta la época de Sancho el Mayor, rey de Pamplona. Pues suenan a fábula y no están confirmadas por ningún testimonio de algún escritor antiguo las cosas que refieren del matrimonio del padre de Lope, de sobrenombre Zuria (v.), con la hermana del rey de Escocia, y de la derrota del ejército de Orduño, hijo de Alfonso III, rey de Asturias, inferida por los vizcaínos, con gran mortandad, junto a Padura, de donde vino a aquel lugar el nombre de Arrigorriaga, que significa lugar cruento."

En el Poema de Fernán González (estr. 405) leemos:

"Fue dado por cabdillo Lope el Vyscaino Byen ryco de mançanas, pobre de pan e de vyno"

Entrados en el siglo XI encontramos a toda Vasconia en manos de Sancho el Mayor (1004-1035) y bajo la Corona de Pamplona permanecerá hasta la crisis provocada por el asesinato de Sancho IV en Peñalén (1076).

Enneco López vizcayensis comes aparece citado, como personaje importante de la Corte de Pamplona a mediados de siglo (1043). Su nombre es frecuente en los ambientes navarros. A partir de 1043 se puede trazar ya, garcias a la documentación histórica, una sucesión continua de los Señores y Condes de Bizkaia. De los documentos se infiere de forma patente la integración de Bizkaia en el reino de Pamplona. En 1051 el rey Don García el de Nájera concede ingenuidad y libertad a los monasterios de Bizkaia y Durango. Mundaka y Iurreta son donados al monasterio de San Juan de la Peña (1070) y al de San Millán (1072). En 1075 varios monasterios alaveses y vizcaínos son donados a San Millán, confirmando los documentos Sancho el de Peñalén. Tras el asesinato de éste a manos de los infantes Ramón y Ermesinda, Pamplona toma por rey a Sancho Ramírez de Aragón en 1076. Antes de morir el conde de Bizkaia, Enneco López "Ezkerra", señor de Nájera, que no debió de ser ajeno al regicidio, Alfonso VI de Castilla había conseguido atraerlo redondeándole sus dominios con Álava y Gipuzkoa a cambio de sus posesiones del Ebro. Había adquirido un gran poder y semisoberanía. Su enlace con la casa de Diego Alvares puede considerarse como decisivo en su nueva posición.

En los documentos que han llegado a nosotros desde los tiempos de Enneco López la institución que encontramos con mayor frecuencia es la "iglesia" a la que se le denomina casi siempre "monasterio". No extraña esta frecuencia si recordamos que la documentación que tenemos es prácticamente toda de tipo monasterial: producida en ocasión de actos jurídicos (donaciones, principalmente) relacionada con monasterios y conservada en archivos eclesiásticos. Por ella conocemos en el siglo XI numerosas iglesias diseminadas geográficamente por toda Bizkaia. No podemos trazar una estadística de las mismas, pues con frecuencia las menciones no son individualizadas y consecuentemente no podemos conocer con exactitud la densidad de este poblamiento; pero pocos años después de Enneco López un documento nos proporciona un indicio interesante. Se trata del acta de la consagración de la iglesia de San Pedro de Llodio por el obispo de Nájera, don Pedro, y del convenio que en tal ocasión se otorgó entre el obispo y los monasterios y habitantes del valle de Ayala. Tuvo lugar el 29 de noviembre de 1095. La tierra de Ayala hoy perteneciente a Álava constituye geográficamente un entrante en tierras vizcaínas, totalmente homogéneas a ellas por su geografía, población y economía. A pesar de la pequeñez del territorio el documento relaciona once monasterios en él existentes en 1095, alguno tan próximo a Bilbao como Llodio. Ordinariamente en esta época a las iglesias vizcaínas se les denomina "monasterios". Tal nombre no implica en ellas la existencia de comunidad monacal. Cuando en 1390, en las cortes de Guadalajara los obispos y entre ellos el de Calahorra presentan sus agravios al rey Juan I, tras de quejarse de que en Bizkaia "llevaban los diezmos de las iglesias el Señor de Vizcaya e otros muchos caballeros e fijosdalgo", añaden que "por mayor injuria llamaban en Guipúzcoa e en Vizcaya e Álava a tales iglesias monasterios". Es decir que el apelativo de monasterio más bien decía relación a la dependencia como propiedad de una persona, eclesiástica (otro monasterio) o laical, "monasterio" era a la sazón, lo que hoy llaman los historiadores del derecho canónico "iglesia propia".

Con frecuencia -ha escrito A. Dumas- el señor tenía la iglesia en plena propiedad. La poseía ad proprium: era para él un alodio (proprium alodium), formaba parte de su patrimonio ex suo proprio). La propiedad alodial implica la transmisión hereditaria y ocurría en ocasiones que el propietario de una iglesia tuviese varios herederos: en una época que no conocía el derecho de primogenitura, todos tenían igual derecho. Siendo difícil y prohibida por los concilios la partición de una iglesia, los coherederos permanecían ordinariamente en la indivisión. En numerosos diplomas encontramos a personas propietarias de una fracción de iglesia: la mitad, tercia, cuarta o sexta parte... La iglesia es objeto de transacciones intervivos, a título gratuito u oneroso. El propietario la vendía, la cambiaba, la daba en prenda; constituía con ella la dote de sus hijos o de su mujer, la daba en premio de sus servicios a uno de sus fieles, la donaba a otra iglesia para que los clérigos rogaran por la salvación de su alma. Esta situación de dependencia de las iglesias respecto a los laicos era normal en las iglesias vizcaínas del siglo XI. Entonces va a iniciarse un movimiento de liberación que en Bizkaia se reflejará en la concesión de la ingenuidad a las iglesias de Bizkaia y Durango por García el de Nájera (1051) y en la exclusión por los fundadores del monasterio de San Agustín de Etxebarria (1053) de sus propios familiares en el gobierno y rentas de dicho monasterio.

Si la denominación de "monasterio" no implica la existencia de comunidad monacal al servicio de la iglesia tampoco la excluye. La documentación que conservamos nos presenta algunos casos en que debió de existir. Por ejemplo la concesión de inmunidad en 1051 por parte de García el de Nájera parece suponerla cuando nos habla de "fratres" a quienes correspondería, bajo la autoridad del obispo, la elección del abad. En la fundación de San Agustín de Etxebarria la intención de los fundadores fue la de que existiera una comunidad de monjes o hermanas: "hauitent in ea monacos et fratres uel sorores... et quod orent pro animabus nostris et pro omnium fidelium xpianorum". No podemos asegurar que tal comunidad existiera desde el comienzo.

En el siglo XV encontramos en ella varios clérigos beneficiados de los que nos dice Garibay que vivían en comunidad "a modo casi de religiosos conventualmente", pero a quienes poco después el agustino Coscojales negará rotundamente haber sido canónigos regulares de San Agustín. Quizás a la existencia de estas pequeñas comunidades se deba el que algunos documentos de la época califiquen a algunos monasterios de "cenobios". Respecto a la estructuración de la sociedad merece recogerse el documento por el que Enneco López hace donación en 1053 a los monjes de San Juan de la Peña de varias heredades en Gaztelugatxe y Bermeo y la confirma "en presencia de todos los señores de Vizcaya". En 1075 la transacción entre el abad de Abadiano y el de San Millán de la Cogolla sobre la propiedad de Arandia se celebra en presencia de los "señores y hombres de la tierra" a los que se atribuye no una simple actitud pasiva y testimonial, sino decisoria: "tanto yo (el abad de San Millán)como el abad de Abadiano vinimos e hicimos cuestión con los señores y hombres de la tierra y dividieron y juzgaron que aquel lugar fue y debe ser de San Martín y así lo recibimos nosotros y lo dejaron los de Abadiano". ¿Estamos ante precedentes de Juntas de hijosdalgo que siglos adelante se consolidarán en las Juntas de Gernika? ¿Existían hombres semilibres en Bizkaia? Llama la atención que en contraste con lo ocurrido en otros lugares en las donaciones a monasterios apenas se mencionan a los "collazos". Por un documento sabemos que existían. Enneco López y su esposa, en sufragio por el alma de su hijo Sancho Iñíguez donan en 1070 collazos y otros bienes. La rareza de la mención de collazos a Bizkaia pudiera indicar la no frecuencia de esta situación social.

AMN

El hijo de Enneco López "Ezkerra", Lope Iñiguez, presta homenaje a Alfonso VI de Castilla en 1076; ya no posee Nájera pero aparece como conde de Álava, Gipuzkoa y Bizkaia en documentos que van desde 1081 hasta 1092. Puede hablarse a partir de él de un Condado y Señorío hereditarios. Tanto Bizkaia como Álava y Gipuzkoa participan en las empresas castellanas. Al sobrevenir las desavenencias entre Alfonso el Batallador y Dª Urraca, hacia 1116, Alfonso retuvo en su corona a Álava, Gipuzkoa, Bizkaia, Bureba, Rioja y los montes de Oca, como también Soria, Burgos, Castrojeriz y Carrión de los Condes.

Diego López de Haro I, se ve obligado por su posición a seguir una política ambigua que oscila ahora entre Dª Urraca y Alfonso. En 1113 se le ve gobernando en Bizkaia, Álava y el castillo de Buradón: "Sennor Didaco Lopiz dominanti castri Buradonis, Alavae et Vizcaie testis". Urraca y Alfonso habían ya roto sus relaciones; de ahí arranca su política a favor de una u otro, según las circunstancias. En 1116 las facciones favorables a la reina Urraca deseaban extender su dominio a la Rioja y la Bureba con la cooperación de D. Diego que tenía en su gobierno a Nájera y sus comarcas. Muchos de los que vivían habían sido testigos de las violencias de que fueron objeto para desmembrarlas del Reino: "pelearían con coraje y brío por conservarse miembros de aquel cuerpo al que les unía la lengua, los lazos de parentesco y la tradición" (Moret). Por eso su primer paso había sido atraerse al señor de Bizkaia. En agosto de 1116 la guerra se había situado delante de Haro, residencia del mismo. Las fuerzas del Batallador habían ocupado hacia 1112 Nájera, poniendo como gobernador a D. Fortuño Garcés Caissals en su sustitución. Venían con el Batallador los obispos de Palencia, Huesca, Barbastro, Pamplona, Nájera y los señores de Funes, Calahorra, Nájera, Cerezo, Marañón y otros. El triunfo fue de Alfonso I. Se supone que Diego López se refugiaría en Bizkaia a la espera de los acontecimientos.

El primer hecho de armas fue la invasión de la Rioja por las facciones de Castilla, León y Galicia. El ejército lo dirigía la reina Urraca y su hijo que fue proclamado rey en Nájera. Diego López de Haro es uno de los personajes principales de la expedición a sus viejos dominios. En un documento del 22 de enero de 1117 firma don Diego López de Haro. Se trata de una confirmación real de los privilegios fundacionales de Santa María de Nájera. Con el séquito real de Urraca vinieron entre otros don Diego Gelmírez, obispo de Compostela; Bernardo, arzobispo de Toledo; Pascual, obispo de Burgos; Pedro, obispo de Palencia; Diego, obispo de León; Pelayo, obispo de Oviedo; Pelayo, obispo de Astorga; y los condes Pedro Asúrez, Pedro González, Suario Bermúdez, Gutierre Fernández, Mayordomo de la Reina, y Pedro, paje de armas. Alfonso I el Batallador en cuando tuvo noticia de esta invasión se dirigió a la Rioja y recobró inmediatamente todo lo perdido. Diego López de Haro jugaba al mejor postor pues se le ve confirmar en Nájera la donación que expidió a favor de Santa María de Nájera el rey Batallador: "...Didaco Lópiz de Faro confirmat". Desde esta fecha vuelve a ejercer el señorío de Nájera y se le ve participar en la conquista de Zaragoza y Tudela por el Batallador. Aparte de los señores aquitanos y gascones hay que señalar a don Ladrón, conde de Álava y Rioja. Otros concurrentes fueron los señores de Estella, Calahorra, Nájera, Leet, Marañón, Punicastro y Turrillas, sin contar diversos señores de los demás reinos y señoríos. Labayru dice que en la conquista de Zaragoza se distinguieron, además de don Diego López de Haro, señor de Bizkaia, don Ladrón, señor de Álava, y Garzi Gonzalo, señor de Ayala. Suponemos que también tomaron parte en la conquista de Tudela y Tarazona en 1119.

Entre la documentación de la época figura la carta de fueros que el Batallador dio a Funes, Marcilla y Peñalén en 1120. Entre los confirmantes figura, "D. Didaco Lópiz in Nájera". Esto prueba que se hallaba en buenas relaciones con el Batallador. En 1121 figura de nuevo, ahora con la tenencia de Bizkaia y Haro, en una donación a Santa María de Nájera hecha por su hermana doña Toda: "Didaco Lópiz in Vizcaia et in Faro". Al año siguiente, en 1122, ya debía haber roto sus buenas relaciones con el Batallador pasándose al lado de Urraca y Alfonso VII, Raimúndez, ya que figura como señor de Nájera otra persona, "sennior Fortún Garceiz Caxal". Parece ser que este año se había repetido la invasión de la Rioja por las huestes de Urraca y su hijo Alfonso VII mientras el Batallador se hallaba de campaña en Cataluña, Valencia, Murcia y Almería. A eso se debe que Urraca expida en 1124 una donación a Santa María de Nájera concediéndole el monasterio de Treviño y la villa de Alcocer. Entre los caballeros confirmantes figura de nuevo Diego López de Haro: "Diego Lópiz filio de comite Lope de Vizcaja". Después de esta cita desaparece de escena pues debió de morir en ese mismo año 1124. Estuvo casado con doña María Sánchez, hermana del conde don García Ordóñez.

Durante su expedición de Andalucía, cuando iniciaba Alfonso I el regreso a sus reinos, murió la reina Urraca el 8 de marzo de 1126. Esta muerte dejaba abierta la sucesión a los reinos de León y de Castilla que tantos sinsabores había producido hasta entonces. El hijo de Urraca, Alfonso Raimúndez, cuenta con gran prestigio en León y menos, en Castilla. De inmediato los leoneses le proclaman rey con el nombre de Alfonso VII Raimúndez y comienza a recibir la adhesión del clero y alta nobleza castellana, aunque buen número de fortalezas siguen al Batallador y se hallan guarnecidas de mandos aragoneses. Pero el nuevo rey Alfonso VII quiere a todo trance una solución pacífica que le reconcilie con su padrastro el Batallador. No obstante, en abril de 1127 toma el castillo de Burgos, que estaba en posesión aragonesa, tomando parte Lope Díaz de Haro, hijo de Diego. El Batallador se encamina con su ejército al encuentro de su hijastro pasando por Briviesca (junio), llegando al valle de Támara entre Castrojeriz y Hornillos del Camino. No cabe duda de que hubo mediadores entre ambos ejércitos y entre ambos monarcas, porque se llegó a un acuerdo después que su hijastro le prometiera ayuda como hijo si se llegaba a una solución en la que se respetasen sus derechos a la sucesión tanto en León como en Castilla. Alfonso I el Batallador se dejó convencer y llegó a un acuerdo que ha venido llamándose el pacto o las paces de Támara, celebrado en 1127 ente ambos reyes. Lo importante para la historia vasca es que se restauraba Castilla tal como era y la habían poseído sus reyes, pero descartando las conquistas hechas a costa de los pamploneses en el valle del Ebro, con los límites dejados por Sancho el Mayor. Alfonso I el Batallador renunciaba, en consecuencia, al título de emperador que correspondía al titular de León. El Reino de Pamplona conservó la Bureba, Castilla la Vieja, Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, la Rioja, Soria y la Extremadura soriana hasta San Esteban de Gormaz.

A la hora de pesar y sopesar las lealtades y deslealtades, los López de Haro pierden sus señoríos en el Reino de Pamplona para pasar a personas fieles al Reino. Mientras el occidente del Reino se mantuvo integrado a él, va a gobernar la familia Aznárez, empezando por don Ladrón Íñiguez de Guevara, nieto de Orbita Aznárez, que fue segundo señor de Gipuzkoa. En un diploma extendido por el Batallador, firma como conde de Álava don Ladrón. Dice así el documento de 1130:

"...regnante domino nostro Ihesu Christo et sub eius imperio ego Adefonsus in Aragona et in Pampilona, in Superarui et in Ripacurcia, in Álava et in Castella... comes Pertico in Tutela, Lope Ennekiz in Calaforra et in Borouia... Ladrón in Alaua, Petrus Martínez in Castella, Didaco Sangez en Mena, Petrus Ennegoz en Pietralta".

Colección de San Salvador de Oña, del Alamo, I.

"...reinando N.S. Jesu Cristo y bajo su imperio yo Alfonso en Aragón, en Pamplona, en Superarui (Sobrarbe) y en Ripacurcia (Ribagorza), en Álava y en Castilla... el conde Pertico en Tudela, Lope Enekiz en Calaforra y en Borouia... Ladrón en Álava, Pedro Martínez en Castilla, Didaco Sangez en Mena, Pedro Enegoz en Pietralta".

Este don Ladrón aparece dominando en Haro en 1133, un año antes de la muerte de Alfonso I el Batallador. Su papel va a ser decisivo para el futuro del Reino, señoreando en Álava, Gipuzkoa y Bizkaia.

A la muerte de Alfonso el Batallador (1134), Navarra alza por rey a García Ramírez el Restaurador (1134-1150) y se separa de Aragón. En numerosos documentos del rey de Pamplona se dirá reinando en Pamplona, Álava, Gipuzkoa y Bizkaia. En la reunión de Vadoluengo, en las cercanías de Sangüesa, se tomaron las primeras determinaciones. Acudieron a la reunión los representantes de Ramiro el Monje, don Cajal, don Férriz de Huesca y don Pedro Taresa; y los de García Ramírez, conde don Ladrón, señor de Álava, Gipuzkoa y Bizkaia, que llevaba consigo la adhesión del occidente del Reino; Guillermo Aznar de Oteiza y Xemen Aznar de Torres. Mientras los reunidos usaban del diálogo, Alfonso VII de Castilla avanzaba por la Rioja presentándose delante de Zaragoza en diciembre de dicho año. Una vez más coexistían para resolver un mismo problema la razón por un lado y la fuerza militar por otro.

El acuerdo de Vadoluengo se consiguió conciliando las tradiciones jurídicas de Aragón y de Pamplona estableciendo las figuras de "padre", a favor de Ramiro, y de "hijo", a favor de García. El aragonés ejercería la potestad directa sobre el pueblo en tanto que García la ejercitaría con los hombres y todo asunto de guerra. En cuanto a los límites del Reino se señalaban los establecidos en el testamento de Sancho el Mayor. En cuanto a las tenencias, el rey García las tenía en Aragón y Ramiro en el Reino de Pamplona. Lo curioso es que en un principio quedaban para Aragón, Bigüezal y Roncal hasta la unión del Irati con el Salazar. Los ríos Irati, Aragón y Ebro servirían de límites. Pero la ficción, padre-hijo, dio algún fruto: Ramiro entregaba a García, Bigüezal, Roncal, Alesués (Villafranca), Cadreíta y Valtierra. En el acuerdo de Vadoluengo tuvo su peso la adhesión de don Ladrón de parte de Álava, Gipuzkoa y Bizkaia, y el apoyo del obispo Larrosa, de Pamplona. En cambio, el Abad de Leire, García, era partidario de Ramiro.

Lo pactado con Aragón no prometía una solución viable. La partición de 1076 había acostumbrado a los aragoneses a mirar el oriente del Reino de Pamplona como algo indisoluble de su monarquía. A la inversa, y por el mismo motivo, Alfonso VII consideraba suyas Bureba, Álava, Gipuzkoa, Bizkaia y la Rioja. Aquellos hechos consumados pesaban mucho al momento de instalarse García Ramírez en el trono de Pamplona y, por si fuera poco, entre aragoneses y castellanos se hallaba el Reino de Zaragoza, que Ramiro había entregado al rey Alfonso extendiendo de ese modo desmesuradamente el territorio y por consiguiente poderío castellano. García Ramírez llegó, pues, al trono en medio de esa encrucijada histórica en la que además de los monarcas vecinos había que contar con los nobles y señores de las tierras fronterizas y peligrosas. El rey contaba con importantes apoyos como el obispo de Pamplona, el monasterio de Irache y don Ladrón, señor de Álava, Gipuzkoa y Bizkaia. Esto lo sabía el castellano. Su instalación en Zaragoza le invita a apoderarse por un medio u otro de la Rioja y tampoco renunciaba a la Bureba y otras tierras vascas de Castilla la Vieja.

Al principio del reinado las escrituras se ven confirmadas por caballeros pamploneses con el título de posesión en tenencias de la Rioja. En 1135, por ejemplo, se expiden dos documentos (Archivo de Irache) confirmados por don Martín Sánchez en Nájera y Logroño, y don Ximeno Iñíguez en Calahorra. No vuelven a verse confirmaciones de este tipo en lo sucesivo, al parecer por haberse apoderado ya de la Rioja el intruso rey de Castilla. Alfonso VII Raimúndez preparó hábilmente sus tretas diplomáticas hasta el punto de envolver en ellas al rey García Ramírez. Se revistió la formalidad bajo la apariencia de un tratado de paz ya en mayo de 1135. La reunión fue en Nájera. Se partía de un principio quizá falso. Si los anteriores reyes pamploneses Sancho Ramírez y Pedro I habían prestado homenaje de vasallaje al rey de Castilla se debía a su calidad de reyes de Aragón, y, claro, al presentarse unidos Pamplona y Aragón se hacía entrar en la red a ambos reinos y ahora el de Pamplona por separado. En efecto: García Ramírez prefiere la amistad de Alfonso VII y le rinde vasallaje ya cuando dicho rey se titulaba Emperador. Lo grave del caso es que, mediante este pacto, la Bureba y la Rioja, reincorporadas al reino vascón con el matrimonio de Alfonso el Batallador y Urraca, y reafirmado por el pacto de Támara, se enajenaban una vez más formando parte del reino de Castilla. El pacto de Nájera repercutía en las relaciones con Aragón, donde fue mal visto. Además del vasallaje, Alfonso VII se quedaba con la Rioja excepto algunas plazas.

Uno de los gobernadores pamploneses era el conde don Ladrón, que gozaba de la confianza del rey García Ramírez. Figura como conde de Álava en 1135 en la escritura de donación real a Irache de la villa de Ucar. Testifica "el conde don Ladrón de Alaba". (Colección Diplomática De Irache, Edición Lacarra, p. 145-146). Respecto a Bizkaia, así consta en la escritura de donación de abril de 1135 a favor de los varones de Estella, cediéndoles la villa de Elgacena: Testifica "conde don Ladrón en Vizcaya". (Comptos, Cartulario, I, p. 183). En otra escritura de marzo de 1136, también de donación, el rey dona a la Iglesia de Pamplona la villa de Uarte. Testifica, "don Ladrón, en Guipúzcoa". (Documentos Medievales artajoneses, Jimeno Jurio, p. 205). Lope Díaz de Haro seguía la corte castellana como se confirma por las escrituras otorgadas en 1137. Ambos reyes, de Castilla y de Aragón, pretenden, de nuevo, repartirse el Reino, y a ello se lanzan.

En agosto de 1136, ambos reyes, castellano y aragonés, se han puesto de acuerdo para atacar Pamplona pero con miras secretas divergentes. Aquél no lleva más objetivo que la ocupación del occidente pamplonés (Álava, Gipuzkoa y Bizkaia). Cuenta para ello con la colaboración de Lope Díaz de Haro otorgándole el gobierno de Nájera que posee y prometiéndole el de Álava una vez conquistada. El rey aragonés, en cambio, pretende hacerse con todo el Reino. Por eso la guerra iba a ofrecer dos frentes de desigual significación y eficacia. Alfonso VII Raimúndez ataca el Reino, como era de esperar, por sus fronteras occidentales defendidas por el leal don Ladrón Iñíguez (de Guevara) pero con tan mala suerte para los vascos que cae en la lucha prisionero. Estos sucesos ocurrían antes de septiembre de 1136.

Una vez en su poder, el monarca castellano le obliga a reconocer vasallaje como lo tenía también prestado el propio rey don García Ramírez. Parece que la entrada de Alfonso VII fue por tierra de Estella y limitada al saqueo, destrucción de viñas y captura de ganado bovino y caballar. La frontera de Pamplona no debió de sufrir cambio alguno. Entretanto, Alfonso Henríquez de Portugal, aliado del pamplonés, ataca por Galicia y toma Tuy. Don García Ramírez confió siempre en el Conde don Ladrón como lo prueba que en acto de confianza entregara a su hijo Vela Ladrón el gobierno de Álava, Gipuzkoa, Bizkaia, Arakil, Aibar y Leguín, y a su hermano Lope Iñíguez la tenencia de una plaza tan importante como Tafalla. El 20 de octubre de 1137 se firma la paz. Durante la estancia de don Ladrón en la Rioja, como prisionero, tuvo el gobierno de Viguera pero, una vez hecha la paz, vuelve a su tierra y se le ve de nuevo en 1139 con el gobierno de Álava, Gipuzkoa, Bizkaia, Aibar y Leguín. El Reino seguía íntegro, salvo la Rioja y la Bureba, desobedeciendo el testamento de Sancho el Mayor y el pacto de Támara. Ahora se repetía la misma intentona. El papel de traidor recaía en la casa de Haro en cuanto atañe a Bizkaia y Rioja. La intentona castellano-leonesa había fracasado pero se daba simultáneamente una fiera lucha en las fronteras aragonesas.

Se celebró este tratado en la ciudad de Carrión el 22 de febrero de 1140 asistiendo el rey de Castilla Alfonso VII Raimúndez, el Príncipe de Aragón Ramón Berenguer y un buen número de caballeros. Se trató de las plazas ocupadas ya por el rey castellano en la orilla derecha del Ebro (Rioja) que quedarían definitivamente en posesión de Castilla. Otro de los acuerdos fue, lisa y llanamente, el reparto del Reino de Pamplona entre ambos Reyes. Se haría la guerra a su rey García Ramírez. Para ello se establecerían dos zonas, una occidental y otra oriental. Aquella ya no se limitaba a las tierras de Bizkaia, Duranguesado, Álava y Gipuzkoa sino que se incluía también toda la tierra de Estella, Castilla, y la oriental, incluida Pamplona, para Aragón. El ataque castellano podía amenazar el occidente del Reino de Pamplona y también al mediodía tudelano pero no se llegó a realizar. García Ramírez y Alfonso VII habían tratado secretamente un acuerdo de transcedencia: el matrimonio de Sancho, hijo del Emperador, con Blanca, la hija de García Ramírez. Este clima de concordia dio lugar a la vuelta de don Ladrón tomando de nuevo posesión de sus dominios de Álava, Gipuzkoa, Bizkaia y Duranguesado. Una vez más la paz volvía a esa zona y el peligro se disipaba.

Sancho VI el Sabio (1150-1194), aprovechando la minoría de edad de Alfonso VIII de Castilla, trata de recuperar para la Corona de Pamplona los límites que tuviera en tiempos de García el de Nájera y se dirá en sus documentos reinante en Navarra, Álava y Gipuzkoa. Poseerá en Bizkaia a Durango, que reclama Alfonso VIII, pero que reconoce para Navarra en la concordia de ambos reyes de 1179:

"Y yo, D. Alfonso, Rey de Castilla, he dado al rey D. Sancho de Navarra a Leguín y Portella, y le he dado por quito del castillo que tiene Godín. Además de esto Yo, D. Alfonso, Rey de Castilla doy por quito a Vos, D. Sancho, Rey de Navarra y de Álava, a perpetuo para vuestro Reino, conviene a saber: desde Ichiar y Durango, que quedan dentro de él, exceptuando el castillo de Maluecín, que pertenece al Rey de Castilla y también Zufivarrutia y Badaya, como caen las aguas hacia Navarra, excepto Morellas, que pertenece al Rey de Castilla, y también desde allí a Foca, y de Foca abajo, como divide el río Zadorra, hasta que cae en el Ebro."

Sancho el Sabio otorgará fuero a Durango en 1182.

En los días próximos al año 1200, siendo rey de Navarra Sancho El Fuerte (1194-1234), Alfonso VIII se asienta militarmente en Álava, Gipuzkoa y el Duranguesado. Sancho VII el Fuerte se hallaba en Africa. Doce años después de la guerra se concluye la complicada incorporación del Duranguesado a Bizkaia mediante donación del mismo Alfonso VIII de Castilla agradecido por la ayuda aportada por Diego López de Haro II en la batalla de las Navas (1212). El señor de Bizkaia lo incorporará al Señorío manteniendo, sin embargo, sus principales peculiaridades en lo económico y dispensado de acudir a las Juntas Generales de Gernika. Diego López de Haro II, el de las Navas (1170-1214), como antaño lo fueron sus antepasados en la Corte navarra de Nájera, será uno de los magnates de la de Castilla. Alfonso VIII ordenó en su testamento del 8 de diciembre que se le devolviera absolute Bizkaia, de la que se había apoderado.

En 1379 el Señorío de Bizkaia recayó, por vía hereditaria, en el rey de Castilla, al corresponder aquél a Juana Manuel, descendiente de Diego López de Haro III (1236-1254) y mujer de Enrique II de Castilla; Juana renuncia al Señorío en beneficio de su hijo, futuro Juan I de Castilla. En los siglos sucesivos, incorporadas a la Corona castellana Álava, Gipuzkoa y Bizkaia, llevarán un desarrollo separado aunque paralelo. En 1512 se les unirá Navarra.

Entre los magnates medievales que ejercieron este derecho con mayor frecuencia hay que contar precisamente a los señores de Vizcaya. En el mismo Fuero viejo, libro primero, título cuarto, 11, se hace alusión al modo cómo don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, "salió de la tierra, e priso muchos ricos omes, e soltólos, si non aquel, quel?non quiso dar el cavallo". Pasó don Diego del servicio de don Alonso Ramondez al del rey Fernando II de León, porque había sido exonerado de la tenencia de Castilla la Vieja, dejándosele tan sóla la de Calahorra y Nájera. El de León, en cambio, le ofreció el oficio de alferez mayor, grandes "acostamientos" y a su propia hermana en matrimonio. La última mención de éste es de 1124.

Mas posteriormente existen otros muchos ejemplos de acción parecida. En 1140, el conde don Lope Díaz estaba contra Alfonso VII el Emperador. Después existe la noticia de un destierro y expolio de don Diego Lope II el Bueno, concertado abnegadamente por él para sacar a Alfonso VIII de un mal paso. Más tarde se señala una verdadera "desnaturación" del mismo, ocurrida muy al principio del siglo XIII, ya que de fines de 1201 a 1206 no aparece en los documentos castellanos, y don Rodrigo Jiménez de Rada la da como ocurrida por entonces. No usa el término o uso latino equivalente. Dice que "a voluntate Regis nobilis familiari discidio discordavit. Unde feuda quae tenebat restituens, ad Regem se transtulit, Navarrorum, indeque bellis et incursationibus frequenter insistens, damna plurima intulit Castellanis". (En De Rebus Hisp., lib. VII, cap. XXXIII, según Balparda). La razón del acto ya aparece interpretada de un modo "sui generis" en la Primera Crónica General. Se trató, como en otros muchos casos posteriores, de un desaire de tipo familiar, unido a que el rey de Castilla intentó mermar los fueros del señor.

Desde esta fecha, reyes y señores andaron con frecuencia muy mal avenidos. Don Diego, como otros antes y después, al desnaturarse, luchó contra su antiguo rey o señor. Lope Díaz II (1214-1237) tuvo mayores problemas con los reyes. No así su sucesor, don Diego López III (1237-1254), que se separó varias veces. En cuanto a don Lope Díaz III (1254-1288), fue cabeza de movimientos memorables. Don Diego Lope III (el sucesor de Lope Díaz, "Cabeza Brava") fue maltratado en tiempo de Fernando el Santo, y de él se despidió y contra él luchó por los años de 1240. Otra desavenencia tuvo después con Alfonso X poco antes de morir, y ésta más grave. Don Lope Díaz III, menor de edad al morir su padre, no solamente se apartó de Alfonso X con el infante don Felipe, como se ha visto, sino que también, en tiempo de su hijo don Sancho IV, quiso irse del servicio de éste y "poner su pleito" con el rey de Aragón. Pero luego llegó a acuerdos muy ventajosos con el rey. Acuerdos que terminaron con la muerte del conde, llevada a cabo por el rey mismo.

En la época de Fernando IV, don Juan Núñez se desnaturó, y poco después lo hizo también Don Diego López IV, famoso señor de Vizcaya y gran defensor del monarca en la minoridad de aquél. (Crónica de Fernando IV, cap. XIV; Crónicas, cit., I, ed. cit., p. 144, a-b). Fue la reina madre la que consiguió, tras varias negociaciones "que pues ellos se desnaturaran del Rey, que se tornasen sus naturales, e ellos ficiéronlo así. Otrosí les dijo que pues se despidieran ellos del Rey de vasallaje, que le besasen las manos é se tornasen sus vasallos..." Sigue habiendo señores de Vizcaya después, pero la potestad sobre el señorío se convierte en un problema sucesorio, que se resuelve en pleitos que aquí no interesa recordar.

Como, por otra parte, la segunda mitad del siglo XIV y la primera del XV fue de gran desasosiego, los "desnaturamientos" debieron de estar a la orden del día. Hay, en efecto, un texto del siglo XV en el que se considera que son "vizcaínos", en general, los que, en virtud de antiguas leyes y costumbres, pueden "desnaturarse" del rey si éste las quebranta; es decir, que alude claramente a la facultad semejante a la que se confirieron los "marañones" (de Lope de Aguirre), con un "vizcaíno" al frente. El texto a que se refiere Julio Caro Baroja se halla en el Memorial de diversas hazañas, de mosén Diego de Valera, al tratar de las luchas del conde de Haro, don Pedro de Velasco y el conde de Treviño, don Pedro Manrique. Dice así:

"E como los vizcaynos tengan antiguas leyes e costumbres que puedan desnaturarse del rey si atentare quebrantarlas, y el condestable ay quisiese algunas cosas facer contra sus leyes e costumbres, los viscaynos fueron dello muy mal contentos. E pensaron buscar su remedio -continúa- aunque la antigua discordia entrellos, en que ynnumerables gentes por fierro e por fuego habían sido muertos, ansi de linaje de Oñez como de Ganboa, que aquella provincia señoreava, les dava gran estorbo, y el odio que entre ellos avia repunava al deseo de la libertad, e la enemistad que ninguno fasta entonçe pudo quitar de entre estos dos linajes, la anbiçion e deseo de señorear aquella provinçia el condestable buscó nuevas vías de reconçiliar los enemigos de tan largos tienpos".

Caro Baroja: El señor Inquisidor y otras vidas por oficio. Alianza edit. Madrid,1968, 91-93).

BEL

El año 1300 constituye un auténtico hito en la historia vizcaína, entre otras razones porque a lo largo del mismo tiene lugar la fundación de la villa de Bilbao. En ese momento Bizkaia contaba ya con varios núcleos urbanos, que ponen de manifiesto la importancia económica y política de la zona. Quizá por esto, a pesar de que a fines del siglo XIII, y a lo largo del XIV, Bizkaia, como en general toda la Europa feudal, conoce una crisis que afecta profundamente sus estructuras económicas y sociales, su papel en el contexto de la corona castellana no se resiente. Más bien al contrario se reforzará notablemente a lo largo del período bajomedieval, lo que, entre otras cosas, se refleja en la distribución de su poblamiento.

A lo largo del siglo XIV tiene lugar una redistribución de la población vizcaína, en la que las villas juegan un papel de primera fila. Ya en los últimos años del siglo XIII se habían creado algunas, como Lanestosa, Durango, Ermua y Plentzia. A ellas viene a unirse Bilbao en 1300. Y posteriormente se fundan otras nuevas, tales como Portugalete (1322), Lekeitio (1325), Ondarroa (1327), Villaro (1338), Markina (1355), Elorrio (1356), Gernika (1366), Gerrikaiz (1366) y Miravalles (1375), y Larrabetzu, Mungia y Rigoitia (1376).

Dos factores principales parecen ser los que explican esta fructífera política fundacional. En primer lugar, hasta aproximadamente 1338, el impulso viene dado por el desarrollo mercantil, que exige nuevas estructuras que favorezcan la práctica del comercio; no se olvide que las villas de este primer período están localizadas en las rutas que unen el Cantábrico con el interior de Castilla, o en la propia costa cantábrica. Más tarde, las últimas villas que aparecen debieron responder más a motivos de carácter político-social; piénsese que Elorrio y Markina surgen en relación con los problemas que plantean los deseos expansionistas de Gipuzkoa, y que otras pretenden ser centros defensivos frente a la presión banderiza y nobiliar.

Con la fundación de las villas, se produce en los siglos XIII y XIV una redistribución del poblamiento. En primer lugar porque a partir de la concesión de la carta puebla se produce un agrupamiento poblacional (o un incremento del número de habitantes preexistentes, cuando ya existe un elemento preurbano anterior), debido a la atracción que el nuevo núcleo urbano ejerce sobre la población rural circundante. Sin embargo no todas las villas tienen el mismo efecto en lo que hace referencia a la reordenación del territorio, por el contrario, su impacto depende de la adecuación de su emplazamiento y su funcionalidad. En este sentido parece evidente que a la cabeza de las nuevas villas hay que situar a Bilbao, que pronto se convierte en el principal centro de atracción de todo el territorio, sabiendo orientar en su propio beneficio, desde muy pronto, las tendencias poblacionales y económicas del Señorío. Con menos fuerza, pero también con éxito, funcionan otras villas como Markina, Balmaseda, Gernika o Portugalete.

Pero con todo, la mayor parte de la población vizcaína sigue residiendo en el medio rural, donde la anteiglesia se ha afianzado como núcleo principal, tanto desde el punto de vista jurídico como poblacional. En este sector el caserío disperso (cuyo crecimiento cuantitativo, que hay que poner en relación con la progresiva ruptura del grupo familiar doméstico tradicional de dedicación ganadera, parece responder a una presión de carácter demográfico, y estar vinculado al lento avance de la agricultura) convive con las pequeñas barriadas, que constituyen el núcleo básico de la anteiglesia. A lo largo de la Baja Edad Media se produce también una redistribución espacial de los propios núcleos de población, que prima la ubicación en los fondos de los valles, donde, precisamente, se ubican las villas y algunas barriadas cabeza de anteiglesia. Este parece ser el emplazamiento preferido en ese momento para los distintos núcleos de población; sin embargo los caseríos aislados no dudan en ascender a media ladera, e incluso más arriba, cuando las necesidades económicas lo exigen.

Desde el punto de vista cuantitativo hay un predominio de población rural, la mayor parte de la cual se agrupa en barriadas que se constituyen en anteiglesias. Pero los valores demográficos no permanecen inalterados durante todo el período que nos ocupa. Por el contrario, el volumen de población de Bizkaia atraviesa por muy distintas situaciones a lo largo de la Baja Edad Media. Así, de un período de recesión que parece culminar en torno a mediados del siglo XIV (la documentación de este siglo hace frecuentes menciones a despoblados y yermos), se pasa a otro de lenta pero continuada recuperación que debió de acelerarse en la segunda mitad del siglo XV. Este crecimiento es especialmente sobresaliente en algunas villas (sobre todo en Bilbao, aunque aquí las razones no son tanto vegetativas cuanto socio-económicas), pero también se observa en la Tierra Llana donde en la segunda mitad del siglo XV se incrementa el número de fogueras.

Por último hay que señalar que el volumen demográfico del Señorío tampoco está distribuido homogéneamente por todo el territorio del mismo. En líneas generales hay que señalar que la zona más densamente poblada al final de la Edad Media es la de Orduña, seguida por la del Nervión. En el extremo opuesto se encuentra la merindad de Arratia. Por lo que se refiere a los núcleos de población, el más poblado es Bilbao, al que sigue, a bastante distancia, Tavira de Durango; Balmaseda y Elorrio están muy por detrás de esas dos villas, quedando en posición intermedia otras como Lekeitio y Bermeo.

Toda esta población constituye la base demográfica del Señorío de Bizkaia, cuya titularidad, desde fines del siglo XIV corresponde al monarca. En 1370 accedió al título don Juan, hijo de Enrique II de Castilla, quien en 1379 accede al trono castellano. Desde ese momento los reyes serán los señores de Bizkaia, titulándose "Señores de Vizcaya" además de "reyes de Castilla, León, Toledo, Galicia, Sevilla, Córdoba, Murcia, Jaén, el Algarbe y Algeciras, y señores de Molina". El hecho es sin duda significativo e incide en la evolución vizcaína posterior, en especial en lo que hace referencia al fortalecimiento de la territorialización. Pero, en general, el rey está lo suficientemente lejos como para que su intervención directa sea muy parca; sólo en casos extremos su presencia se deja sentir a través de los corregidores, como sucede a fines del siglo XIV, en 1394, cuando nombra a Gonzalo Moro para que atienda a la pacificación del Señorío. En esta ocasión la actuación del corregidor, junto a los representantes de la Junta General, dio lugar a la organización de una nueva Hermandad vizcaína; ésta vino a respaldar la territorialidad del marco político vizcaíno no sólo en lo referente a las merindades, sino también a las anteiglesias.

Desde el punto de vista normativo, el hecho más relevante del período bajomedieval tiene lugar en 1452, cuando se redacta el "Fuero Viejo", ordenamiento jurídico para la Tierra Llana. Posteriormente, y aunque desde el punto de vista jurídico se trate de un hecho de otra naturaleza, el hito más destacado lo constituirá el "Ordenamiento" de 1487, del corregidor Chinchilla, que entre otras cosas establece una ordenación de la vida política de las villas.

Por lo que se refiere a la organización de los tres territorios que integran el Señorío, hay que resaltar que la Bizkaia medieval está integrada por dos ámbitos claramente diferenciados. En primer lugar los núcleos urbanos (Bilbao, Larrabetzu, Mungia, Rigoitia, Villaro, Lekeitio, Bermeo, Plentzia, Gernika, Miravalles, Markina, Ondarroa y Gerrikaiz), que se desarrollan fundamentalmente a lo largo del siglo XV, y entre los que claramente destaca la villa de Bilbao. Cuentan con un estatuto particular que se especifica en la carta-puebla que da lugar al nacimiento de cada una de ellas. Esto les permite contar con un concejo que controla políticamente el territorio villano y su población, y que se constituye sobre la base del fuero de Logroño (ordenamiento aplicado a las primeras fundaciones) y el ordenamiento de Alcalá de 1348. De esta forma las villas se distancian en la práctica del ámbito de actuación de las autoridades del Señorío (que quedan limitadas así a la Tierra Llana), al tiempo que refuerzan su propio papel señorial. El concejo se convierte en un importante órgano de poder local, que se ocupa de los asuntos relacionados con la vida político-administrativa y económica, además de velar por otros aspectos de interés para toda la colectividad, tales como la lucha contra los peligros "naturales" (el fuego muy especialmente), el mantenimiento de la paz, y la preservación de la higiene y la salubridad colectiva. En el seno de estos concejos destaca el regimiento, órgano colegiado monopolizado a fines de la Edad Media por la oligarquía local.

El otro ámbito es la Tierra Llana, es decir, el territorio propiamente rural. Desde el punto de vista jurídico-administrativo está organizado en merindades (en el siglo XIV se documentan las de Uribe, Arratia, Busturia y Markina, a las que hay que sumar, al finalizar la Edad Media, las de Bedia y Zornoza, que surgen a partir de la de Arratia), en el seno de las cuales se ubican las anteiglesias. Estas últimas constituyen pequeñas comunidades locales, centros de habitación y organización socio-política de la población rural.

El segundo espacio con personalidad propia es el de las Encartaciones, en el extremo occidental del Señorío, que se incorpora a Bizkaia en el siglo XIII, momento en el que destacaba, por encima de otros señores de menor relevancia, la poderosa casa de Haro. Durante toda la Baja Edad Media va a mantener su personalidad, plasmada en el fuero Viejo de Avellaneda de 1394, aunque las coincidencias con el resto de Bizkaia vayan incrementándose progresivamente (no en balde ese fuero está inspirado en el capitulado de la Hermandad vizcaína). Lo mismo que en la Bizkaia nuclear, existen aquí dos situaciones institucionales diferenciadas: las villas (Balmaseda, Lanestosa y Portugalete), y la Tierra Llana. Esta última se presenta como una unidad político-judicial, dado que en la misma no hay circunscripciones intermedias que la fragmenten. Sin embargo, a comienzos del siglo XVI (1503) el fuero Viejo de las Encartaciones y el fuero del Albedrío permiten diferenciar el valle de Salcedo y Gordexola del resto de esa Tierra Llana. Por otra parte, en la misma hay que constatar la presencia de anteiglesias, que organizan a la población desde el punto de vista espacial, jurídico y administrativo. El Duranguesado, integrado en el señorío de los Haro en la época de Alfonso VIII, tiene aún más puntos de contacto con la Bizkaia nuclear, a pesar de contar también con un fuero propio que data de la segunda mitad del siglo XIV. Cuenta con varias villas (Durango, Elorrio, Otxandio y Ermua), y una Tierra Llana, en la que, como en el resto de Bizkaia, la población se agrupa en anteiglesias. En el conjunto del Señorío vizcaíno, el Duranguesado constituye una merindad, cuyo merino comparte el poder con el lugarteniente del corregidor, al que en puridad está sometido. vide supra "Derecho público e Instituciones".

  • Agricultura

Aunque la agricultura es la base esencial de la economía feudal, puede decirse que en el caso de Bizkaia se trata de una actividad muy poco productiva, hasta el extremo de no satisfacer en algunos casos la propia demanda local, incluso a pesar de que durante la Baja Edad Media avanza la propiedad individualizada sobre la comunal, lo que favorece la dedicación agrícola. De esta forma nos encontramos con que los dos productos más solicitados en general, el cereal y el viñedo, son deficitarios. Entre los cereales, es el mijo (borona) el que más arraigo tiene, sin duda porque, lo mismo que en el caso de la cebada y el centeno, se aclimata bien a las zonas húmedas y altas. Las tierras dedicadas al cereal, conocidas como llosas o heredades, suelen cercarse para evitar los daños que podía ocasionar el ganado, el cual sólo podía entrar en las tierras de sembradura una vez que la cosecha estuviera recogida. En lo referente al viñedo, la mayor parte del vino consumido viene de fuera, ya que las condiciones naturales vizcaínas no son muy adecuadas para el desarrollo de la vid. Con todo, se trata de un cultivo que avanza a lo largo del siglo XV, impulsado por las villas; así puede observarse en los casos de Balmaseda o Bilbao, donde es fácil encontrar cepas y parras destinadas a la producción de vino. Los árboles frutales, tercer capítulo de la actividad agrícola en Bizkaia, tienen una intensa presencia en todo el territorio. A la cabeza se sitúa el manzano, cuyo fruto proporciona alimento y la bebida más consumida por los vizcaínos, la sidra. Castaños y nogales ofrecen también un importante aporte alimenticio a la dieta cotidiana. Por otra parte, hay que destacar la presencia de agrios, cuya importancia parece estar por encima de los restantes frutales (duraznos, perales, higueras, cerezos, nísperos o membrillos). El protagonismo de estas actividades agrícolas corre a cargo de campesinos que trabajan tierras propias o ajenas. Podemos encontrarnos así unidades familiares que con la ayuda, o no, de algún jornalero ponen en explotación su propiedad territorial; pero también con otras que trabajan tierras ajenas, a las que a fines del Medievo han podido acceder por contratos enfiteúticos o mediante acuerdos de aparcería. También en el sector ganadero podemos encontrar situaciones de aparcería.

  • Ganadería

La ganadería es una realidad omnipresente en el Señorío, de manera que encontramos propietarios de ganado tanto en el mundo rural como en el urbano y en el seno de cualquier sector social. La cabaña predominante parece ser la vacuna, seguida de la porcina y ovina. La estabulación invernal debió afectar a muy escaso número de cabezas, siendo general el régimen de pastoreo, diario para el ganado menor, y de trashumancia estacional en el caso del mayor. En relación con la ganadería hay que hacer mención especial de los seles, terrenos de pasto por excelencia (aunque pueden dedicarse a otras actividades), de forma circular y propiedad privada. Junto a ellos existen zonas comunales de pasto: ejidos, baldíos, dehesas y montes.

  • Monte

El monte, junto con el bosque, amén de zona de pasto para el ganado, es uno de los pilares de la economía medieval vizcaína. Allí se obtiene la madera, materia prima indispensable para la construcción, la industria naval, la obtención de carbón y la fabricación de una parte del menaje doméstico y aperos de labranza, además de proporcionar fuego para la cocina y calor. La utilización del monte y el bosque está reglamentada en todos sus aspectos, caza, recolección de frutos, pasto de ganado, obtención de madera y leña, etc., y esa reglamentación tiende a proteger a quienes tienen la titularidad de la propiedad de ese espacio, así como al propio objeto de reglamentación, es decir al monte y el bosque. En este sentido las normas establecidas buscan garantizar su existencia y reproducción, pues los vizcaínos son conscientes de la importancia económica que tienen. Esa riqueza se basa en parte en la variedad de especies arbóreas, entre las que destacan el roble y el castaño, así como el carrasco, haya, avellano y madroño. La riqueza maderera de Bizkaia es uno de los aspectos que explican la importancia que alcanza su industria ferrona y naval, en el conjunto del sector artesanal, vizcaíno, en el que también destacan los armeros de Markina y los pañeros de Durango.

  • Ferrerías

La producción de hierro es esencial en la vida económica vizcaína. La abundancia de cursos de agua y madera, así como de mineral de hierro, están en la base de esa actividad, que se convierte en una de las más saneadas fuentes de ingreso. Su importancia queda de manifiesto en la regulación normativa de que es objeto, que culmina con la redacción del Fuero de las Ferrerías en 1440.

  • Industria naval

La industria de naval se desarrolla a medida que la pesca, el comercio, y también en algún caso la guerra, demandan barcos, cuya construcción se realiza en las villas costeras, (Lekeitio, Bermeo, Ondarroa, Portugalete y Bilbao).

  • Pesca

La pesca, otro de los sustentos de la economía vizcaína bajomedieval, hay que contemplarla desde una doble perspectiva. Por una parte, y esto en especial en lo que hace referencia al aprovechamiento de los cursos fluviales, se trata de una actividad complementaria que enriquece la dieta y garantiza la subsistencia de las unidades familiares que la practican. Pero también se desarrolla como una profesión especializada, practicada en el mar, y potencialmente enriquecedora, que abastece a una actividad mercantil que se desarrolla tanto en el propio terriorio del Señorío, como en otras áreas de la corona de Castilla. De la importancia de esta actividad da noticia el interés del Señor por las rentas que de la misma puede obtener (por ese concepto percibe el quincio, es decir uno de cada quince pescados capturados). Las capturas no sólo se consiguen en la pesca de bajura. Los vizcaínos se internan en el mar, practicando la pesca en aguas del mar del Norte e Irlanda, para llegar, a comienzos del siglo XVI a Terranova. Entre las especies capturadas, destacan el congrio, merluza y sardina. A ello hay que añadir la caza de la ballena, a la que seguramente se dedicaron desde épocas tempranas. Además de la pesca, el mar permite también la práctica de un comercio de amplio radio, que se convertirá en una de las señas de identidad de la economía vizcaína bajomedieval.

  • Comercio

El comercio viene potenciado por la amplia zona costera, así como por el déficit de productos alimenticios que sufre Bizkaia. A ello hay que sumar la existencia de productos excedentarios susceptibles de abastecer ese comercio, y la abundancia de lana castellana cuya exportación a los centros textiles de los Países Bajos proporciona abundantes ingresos. Este comercio se realiza principalmente por mar, vía de exportación de hierro y lana (esta última procedente de los ricos rebaños de la Mesta), e importación de otros productos, entre los que destacan las telas finas y los paños. Los peligros que acechan a estas rutas son grandes (tormentas y piratas) y pueden provocar la pérdida del negocio, e incluso de la vida, pero de tener éxito la ganancia obtenida era también importante. Flandes, Francia, Italia, Inglaterra, así como otras áreas peninsulares, tales como Portugal y Andalucía, son los principales destinos del comercio marítimo vizcaíno. Junto a este gran comercio, se desarrolla otro de escala más modesta, por vía terrestre. Afectado también por sobresalientes obstáculos (mal estado de las rutas, salteadores de caminos, adversidades climáticas), su capacidad de enriquecimiento es menor, pero no desdeñable. Este comercio pone en contacto Bizkaia con la Meseta, en especial con las ferias que se celebran en las villas de esta zona, y muy especialmente, a partir de la segunda mitad del siglo XV, con Medina del Campo, centro ferial de la corona de Castilla por excelencia. La exportación de pescado y la importación de cereal parecen ser los objetivos prioritarios de este frente de actividad. Por último hay que hacer mención al comercio interior, esto es, a la actividad mercantil practicada cotidianamente en el Señorío, mediante la cual se garantiza el abastecimiento de productos de primera necesidad, en especial alimentos. En este sentido destacan las villas, por cuanto es en ellas donde se realizan los más importantes intercambios, tanto en lo que respecta al comercio diario, como a las celebraciones puntuales (mercados y ferias). Si todas las villas disfrutan de un mercado (en la mayor parte de los casos desde el momento de su fundación, ya que su concesión queda reflejada en la carta puebla), sólo unas pocas cuentan con una feria (Balmaseda, Orduña y Plentzia).

  • Nobleza

La sociedad que dinamiza estas actividades económicas está presidida por el señor de Bizkaia (como he señalado más arriba, desde 1379 es el rey), cuyo poder señorial va retrocediendo a lo largo de los siglos XIV y XV. Dejando al margen la figura del señor, a la cabeza de la sociedad vizcaína bajomedieval encontramos a la nobleza, propietaria de tierras y beneficiada por el Fuero Viejo que le reconoce mayores ventajas que al resto de la población, entre ellas la de construir casas-torre. En general esta nobleza se ve afectada por una crisis de carácter económico, que por un lado la lleva a buscar nuevas fuentes de ingreso (potenciando así el comercio y su relación con las villas), y por otro a defender sus rentas antiguas mediante el tradicional recurso a las armas (lo que provoca innegables desajustes socioeconómicos). Desde luego, la nobleza no constituye una clase homogénea. Al contrario, encontramos en su seno situaciones diferenciadas. Así, al frente de los nobles destacan los Parientes Mayores, alguno de los cuales llegó a adquirir cierta influencia en la corte (por ejemplo los Butrón, Mújica y Abendaño). Auténticos caudillos militares, se alzan a la cabeza de los linajes, y dominan a sus integrantes, quienes tienen la obligación de honrarles y acompañarles. Son propietarios de tierras y poseen un poder de carácter jurisdiccional que les permite exigir rentas al campesinado. Afectados muy directamente por la crisis bajomedieval, dieron lugar a la cristalización de un ambiente de marcada competitividad que derivará en una violencia generalizada, germen, entre otras causas, de la conocida guerra de bandos.

Los restantes integrantes de la nobleza son los hidalgos, término que en la Bizkaia bajomedieval tiende a identificarse con el de totalmente libre. Por su condición nobiliar, gozan de preeminencias y ventajas entre las que se encuentra la inviolabilidad del domicilio y el no poder ser presos por deudas. Pero también tienen obligaciones, la más pesada de ellas es la de mantener casa, armas y caballo. Si todo esto iguala a los hidalgos, hay que tener en cuenta que entre ellos hay situaciones muy diferentes, sobre todo desde el punto de vista económico: desde los que, careciendo de propiedad, viven de y con los Parientes Mayores, hasta los pequeños señores, pasando por aquellos otros que trabajan directamente su propiedad, causa por la cual su vida cotidiana se diferencia muy poco de la de los campesinos.Las principales fuentes de renta de esta nobleza, muy especialmente de los simples hidalgos, proviene de la propiedad territorial. Pero a ello hay que añadir: los ingresos que obtienen provenientes de la renta eclesiástica (de la que se apropian en virtud de su condición de patronos), aquellos que proceden de la práctica del comercio (tanto en función de las rentas cobradas en virtud de su poder jurisdiccional, como de la práctica directa de esta actividad) y de la actividad ferrona (son propietarios de ferrerías y a lo largo del siglo XV intentan aumentar su propiedad en este campo). A ello vienen a sumarse las mercedes reales y el servicio a la corona (en especial como lanzas mareantes).

  • Campesinado

En el extremo opuesto de la estructura social encontramos al campesinado que, sometido de una u otra forma al control de los nobles, constituye una compleja clase social en la que también pueden diferenciarse diversos grupos. En general su situación económica debía de ser la de un nivel medio de subsistencia, basado en el trabajo de la tierra y la dedicación ganadera, actividades a veces complementadas con la práctica de algún oficio (herreros, carpinteros, cesteros, etc.). La situación más extendida entre el campesinado vizcaíno es la de dependencia, que coarta su movilidad, ya que supone no sólo la satisfacción de censos y prestaciones en beneficio del señor, sino también la obligación de mantener poblado y productivo el solar que ocupan. No es extraño entonces que estos campesinos dependientes tiendan a abandonar la tierra "labradoriega", que les impone esa dependencia, e intenten asentarse en tierra "infanzona", con la esperanza de que la condición de la tierra les convierta en campesinos libres. Entre el campesinado dependiente destacan los llamados "labradores censuarios", es decir aquellos que ocupan tierras pertenecientes al señor de Bizkaia, al que pagan durante el siglo XV 200.000 maravedís de moneda nueva al año. A finales de ese siglo, en 1493, había 1.135 casas censuarias. En ese momento el número de campesinos libres debía de haber aumentado notablemente respecto a fechas anteriores, debido a la progresiva apropiación e individualización de las antiguas tierras de explotación colectiva y propiedad poco definida. Estos campesinos libres se encuentran en la vía de acceso a la hidalguía a la que progresivamente se van acercando, unas veces de hecho, y otras mediante la ocupación de tierra infanzona, lo que les permite irse confundiendo en la práctica con los hidalgos. Pero a pesar de esos avances su posición económica no parece verse afectada, predominando en general una situación de precariedad: cuentan exclusivamente con la fuerza de trabajo familiar, tienen un débil capital técnico, y su propiedad debía de ser de escasas dimensiones; ello les obliga en ocasiones a trabajar en otras tierras u otros oficios para complementar sus ingresos. No obstante, no faltan excepciones, es decir labradores ricos con amplios recursos.

  • Población urbana

El tercer sector social al que hay que hacer referencia es la población urbana. Si nobles y campesinos constituyen dos clases complejas y con notables diferencias internas, en este caso nos encontramos con una situación aún más diversificada. En primer lugar hay que señalar que en las villas viven nobles (Parientes Mayores e hidalgos) así como campesinos. Pero junto a representantes de esas dos clases predominantes en el sistema feudal encontramos también a otro sector, integrado por vecinos libres dedicados al artesanado y al comercio, enriquecido en muchos casos merced a esas actividades, y que constituye una auténtica clase en formación. En realidad ese será el medio del que surgirá más adelante la burguesía.Todos los habitantes de las villas gozan de una serie de privilegios comunes, entre los que destaca la libertad, el disfrutar de ciertas esenciones fiscales y la posibilidad de dotarse de un gobierno propio. Pero a partir de aquí empiezan las diferencias. La más importante es la que se establece en torno a la posibilidad de acceder al órgano de gobierno local, el concejo: aquellos que consiguen alcanzar, y controlar, los mecanismos locales de poder son los que se alzan por encima del resto de los vecinos constituyéndose en una auténtica oligarquía urbana. Esta oligarquía se organiza, como la nobleza rural, en linajes urbanos; consigue un elevado grado de enriquecimiento, principalmente a través de las actividades mercantil y naviera; y en muchos casos se ennoblece. El resto de los habitantes de las villas, el común de vecinos, quedan sometidos al poder que la oligarquía ejerce desde el concejo y tienen una situación económica menos desahogada. La mayor parte de ellos constituye un sector intermedio, integrado por artesanos, escribanos, físicos, pescadores, pequeños comerciantes, etc. Por debajo habría que situar a los asalariados, que pueden ser tanto oficiales que trabajan a sueldo, como trabajadores sin cualificar. Este grupo carece de incidencia en lo que a poder económico y político se refiere, pero cuando plantea sus reivindicaciones (la huelga de los armeros de Markina de 1499, por ejemplo) puede llegar a provocar graves problemas. Esta sociedad vizcaína se ve alterada en ocasiones por importantes conflictos, fruto de las tensiones internas, que pueden ser avivadas por problemas de carácter coyuntural. En los núcleos urbanos son relativamente frecuentes las disputas en torno al reparto de los cargos concejiles, así como los provocados por el choque de los intereses divergentes de la oligarquía y el común de vecinos. Por otra parte la actuación señorial de las villas con respecto al mundo rural circundante provoca también enfrentamientos y conflictos sociales. Y desde luego no faltan los choques entre diferentes villas, cuando los intereses de unas y otras son opuestos. En el medio rural los conflictos antiseñoriales saltan también a la luz, aunque no siempre de forma abierta y clara. Desde luego hay una resistencia antiseñorial, que a veces queda plasmada en la solicitud de creación de una nueva villa (es el caso de Larrabetzu, Rigoitia y Mungia); en otras ocasiones el campesinado apela a la vía judicial para defender sus intereses ante abusos señoriales tales como la apropiación de montes de aprovechamiento colectivo, o la exigencia de ciertos tributos que consideran abusivos o injustos.

Pero tanto en el medio rural como en el urbano esos conflictos antiseñoriales y toda la tensión socio-económica se canaliza la mayor parte de las veces a través de las guerras de bandos. A lo largo de la Baja Edad Media tiene lugar un progresivo avance de la familia nuclear, pero eso no supone la total ruptura de los amplios lazos familiares tradicionales; éstos siguen teniendo una gran importancia, hasta el punto de poder ser considerados como el principal lazo de unión de los individuos entre sí. Son estos lazos familiares tradicionales los que dan lugar a la conformación de las parentelas y linajes.

El linaje se constituye a través de un vínculo de sangre por vía paterna, de manera que está formado por todos los descendientes, por vía masculina, de un antepasado común. De esta forma el linaje puede ser considerado como el grado inmediatamente superior al familiar en la jerarquización de la solidaridad agnática. Al frente de cada uno de ellos se alza un Pariente Mayor, cabeza y representante del linaje. En beneficio de su propio poder y del engrandecimiento de su linaje, el Pariente Mayor tiende a aumentar el número de individuos y familias que lo integran, al tiempo que procura ampliar los recursos territoriales a su disposición. Los linajes establecen relaciones entre sí, es decir, alianzas que dan lugar a la aparición de los bandos. En Bizkaia, como en el resto del País Vasco, Oñacinos y Gamboínos son los dos ejes en torno a los cuales se agrupan los distintos linajes. Pero hay que tener en cuenta que estos dos bandos no se constituyen de forma rígida, de manera que las alianzas de cada linaje pueden cambiar según convenga a los intereses del momento. Estos bandos centran preferentemente su actuación en el medio rural, pero también están presentes en las villas. De esta forma cuando se producen enfrentamientos entre ellos se ven afectados tanto la Tierra Llana como los núcleos urbanos.

La lucha de bandos es quizá uno de los aspectos más comentados de la historia bajomedieval vizcaína. Para entender su magnitud hay que enmarcarla en los cambios y tensiones que provoca la crisis que entonces afecta a las relaciones socioeconómicas. Como consecuencia de esa crisis se produce un endurecimiento de la presión señorial, al tiempo que los señores buscan la forma de extender su poder a nuevas áreas. Paralelamente esa coyuntura crítica es aprovechada por otras fuerzas, bien para asentar los cambios que al mismo tiempo se están produciendo (este es el caso de las villas), bien como medio para resistirse a esos mismos cambios (caso de la Tierra Llana). Todo esto provoca un estado generalizado de descontento y tensión, cuyo máximo exponente serán las luchas banderizas. Por lo tanto estas guerras son algo más que un enfentamiento entre nobles rivales: ocultan luchas intestinas, que tienen lugar en el seno de los bandos. Enmascaran y son instrumento de la resistencia antiseñorial, desde el momento en que los descontentos pueden unirse al bando rival de su señor para conseguir la meta propuesta. Además, las luchas banderizas ocultan diferencias surgidas entre algún sector vizcaíno y la corona, lo que no impide recurrir a los reyes cuando se necesita el amparo de éstos frente al bando enemigo. Y a veces también intervienen los intereses de otros nobles ajenos al Señorío, con los que los Parientes Mayores pueden estar aliados.

En ocasiones estas luchas banderizas, que arrancan de finales del siglo XIII, y en las que los desafíos juegan un importante papel, dan lugar a auténticas batallas en campo abierto, pero esto no es lo habitual. Por el contrario, son las asonadas, alborotos, asesinatos, incendios, robos, destrucciones, etc., es decir actos violentos particulares y puntuales, el vehículo más frecuente de la violencia banderiza. De esta forma el conflicto se extiende por toda Bizkaia, aunque si tomamos en consideración cada una de las zonas o núcleos de habitación veremos que los enfrentamientos van seguidos de largos intervalos de calma, hasta el punto de poder decir en muchos casos que son esporádicos. No obstante toda Bizkaia aparece dividida en dos bandos. En términos generales los Oñacinos son predominantes en Busturia, los Gamboínos prevalecen en Arratia y Bedia, y en Zornoza, Markina, Duranguesado y Encartaciones las fuerzas están más repartidas.

Dada la intensidad del conflicto, que afecta, aunque no de forma continuada, a todo el territorio vizcaíno, los intentos de poner fin a las diferencias que enfrentan a los bandos van haciéndose más intensos a medida que avanza la Edad Media. Alfonso XI en 1348 y Enrique IV en 1469, intentan, sin éxito, establecer la paz mediante ordenamientos de carácter general. Los fueros vizcaínos, por su parte, procuran también buscar una solución a la permanente violencia banderiza. Lo mismo puede decirse de la Hermandad, cuyo ordenamiento de 1394, fruto de la actuación del corregidor Gonzalo Moro, establece toda una serie de medidas tendentes a evitar todo tipo de enfrentamiento. Y, por supuesto, las villas actúan en la misma dirección, ya que el desarrollo de la economía urbana, más que ninguna otra actividad, necesita de un clima de paz para desarrollarse convenientemente. El 22 de marzo de 1458 (Madrid), el rey Enrique IV de Castilla confirmó las Leyes y Ordenanzas de Hermandad, insistiendo en la colaboración entre las de Álava, Bizkaia u Gipuzkoa, para que se defendieran contra los malhechores (Ref. Cart. Real de Álava, SEV, 1983). No obstante, las bases para la definitiva solución del conflicto empiezan a establecerse a fines del siglo XV, merced al amparo e impulso de las villas, respaldadas por la corona. El primer paso se da en 1479 cuando la Hermandad vizcaína se dota de un nuevo capitulado. El siguiente hito tiene lugar en 1489 cuando el corregidor Chinchilla logra salvar el recelo de las villas, que aceptan un nuevo ordenamiento. Por fin, en el siglo siguiente, a través de la institucionalización de los bandos, se logra realmente la pacificación: En 1545 se establece que los oficiales del Señorío sean elegidos a partes iguales entre los dos bandos. En las villas se llega a un acuerdo similar. Esa pacificación ha sido posible porque el beneficio que puede obtenerse de los bandos no depende ya del resultado victorioso de una acción violenta, sino de la posibilidad de alcanzar las prerrogativas del poder a través del amparo de los propios bandos. Precisamente por esto los puestos de carácter político-administrativo acaban repartiéndose a partes iguales entre los dos bandos.

  • Casa

La casa, unidad familiar a la vez que centro de la actividad económica de sus habitantes, constituye un elemento esencial. En el ámbito rural el tipo predominante es el caserío, elemento central de la casería, es decir de la unidad de explotación campesina. La vivienda propiamente dicha está acompañada en ocasiones por el hórreo, el horno y el lagar. El tipo de caserío más extendido tiene a la madera como material constructivo principal, y está cubierto a dos aguas a partir de un eje perpendicular a la fachada principal. La planta superior es utilizada como almacén. En la planta baja, donde están las cuadras, y cuya característica principal es el gran portalón central, se ubica la cocina (ésta es por lo tanto la zona en la que se permanece más tiempo). El primer piso suele estar dedicado a dormitorio. A este caserío típico hay que sumar las casas-torre, residencia de los más destacados nobles. En general, desmochadas o no, además de su función señorial, son igualmente el centro de una explotación económica. Tanto en un caso como en otro hombres y mujeres se reparten las distintas tareas. Mientras los hombres desarrollan los trabajos más relacionados con el mantenimiento físico de la vivienda, las mujeres orientan su actividad a los asuntos puramente domésticos. Esta diferente atención a la casa a cargo de hombres y mujeres, es extensiva en líneas generales a las viviendas urbanas.

En las villas, junto a los palacios y casas-torre urbanas, propiedad de algún pariente mayor, predomina la casa artesana que reúne vivienda y taller (o tienda). Hasta muy avanzada la Edad Media el material constructivo por excelencia de estas casas es la madera; sólo muy lentamente, y bajo la presión concejil, se van incrementando los elementos de piedra. Se trata de viviendas unifamiliares, cuya organización es similar a la casa rural, aunque hay importantes variaciones, en función de la diferente dedicación de sus habitantes; así destaca el patio posterior, que ocupa habitualmente la parte trasera del solar, mientras que en la planta baja, además de la escalera de acceso a la superior, se ubica el taller artesano y/o la tienda, siendo en la primera planta donde se desarrolla la vida familiar (cocina y dormitorios); por otra parte la vertiente del tejado es parelela a la fachada, y en su parte delantera avanza sobre ésta de manera que protege de las inclemencias del tiempo a los transeúntes y a quienes se acercan a las tablas de las tiendas o al taller.

  • Alimentación

Por lo que se refiere a la alimentación, ésta se basa fundamentalmente en los productos locales, complementados en el caso de los cereales por importaciones: pan, productos de huerta, frutas (secas o frescas), sidra (y en mucha menor medida vino), carne (vaca, carnero, cabrito, cerdo y aves de corral), y pescado (congrio, mero, pescada, sardina, besugo, dorada, etc.). A estos elementos hay que sumar, la miel, la sal, y dos productos que se consumen en grandes cantidades, huevos y leche. Estos alimentos se reparten en dos comidas principales, almuerzo y cena. En ellas los platos más frecuentemente consumidos son los potajes de verduras o legumbres, las llamadas "comidas de leche" (platos elaborados a partir de este producto, así como sus derivados, en especial queso y nata), carne cocinada con el potaje, o sola (asada, a la brasa, estofada, etc.), y en menor medida pescado. También se consumen dulces y confituras de frutas.

  • Indumentaria

Por último, el vestido, elemento primordial, tanto por lo que se refiere a cubrir y proteger el cuerpo, como por cuanto es un importante elemento de diferenciación social, y de género. En primer lugar está reglamentado, como en toda la corona castellana, el tipo de ropas que pueden vestirse o no en función de la condición social de cada uno; si bien hay que decir que este tipo de medidas son muy poco populares, y que los vizcaínos, en especial las vizcaínas, se quejan y protestan. Campesinos y población urbana visten de forma, al menos en parte, diferente. A ello hay que sumar que existe una moda femenina y otra masculina, con prendas especiales y específicas para cada uno.En todos los casos se distinguen las prendas "de dentro" (ropa interior) de las exteriores, y todos pueden calzar borceguíes, alcorques, o abarcas; este último tipo de calzado, consistente en un pedazo de cuero que envuelve el pie y se ata en el empeine con unas tiras de cuero, es típico de la zona. Hombres y mujeres lucen también peinados y tocados. Los hombres no se diferencian sustancialmente de los del resto de la corona castellana. El caso de las mujeres es distinto. En especial destaca el peinado de las solteras, que llevan la cabeza rapada al descubierto, con un único rodete de pelo por delante. Pero salvo las solteras las mujeres llevan la cabeza cubierta, y los tocados llaman la atención por su gran originalidad; se trata de adornos muy peculiares y exclusivos, e incluso espectaculares, cuyo uso defienden las mujeres vascas frente a la autoridad eclesiástica, que intenta hacerlos desaparecer sustituidos por otros más discretos.

IVV

La más reciente historiografía vizcaína ha logrado armar un modelo de análisis e interpretación procesual que explicaría la Historia Moderna de este territorio foral, para el período comprendido entre los siglos XV y XVIII, atendiendo y subrayando los siguientes caracteres paradigmáticos:

  1. Fuerte debilidad del sector agropecuario, con un estado crónico de superpoblación, sólo paliable mediante la emigración de sus contingentes poblacionales y la importación de subsistencias.
  2. Compensación de este secular déficit económico a través de la exportación de recursos propios, brutos o manufacturados, las transferencias dinerarias procedentes de las carreras de la burocracia, de las armas y de las Indias y el cobro de los réditos e intereses devengados de capitales propios impuestos sobre la Corona, la alta aristocracia castellana y los entramados fiscales (alcabalas, millones, aduanas, etc.) de las Monarquías de los Habsburgo y Borbones a través de los censos consignativos y juros.
  3. Finalmente, el desarrollo del sector servicios, comercial y transportista, por la óptima situación geográfica en la que Bizkaia se hallaba inmersa, siempre dentro de los grandes circuitos mercantiles de la Europa Occidental, logrando sus habitantes captar la función de intermediarios entre la Europa atlántica y mediterránea, al menos en los últimos decenios de la dinastía Trastámara y buena parte del s. XVI, y entre Europa y América, a través de Sevilla y Cádiz, hasta las postrimerías del siglo XVIII.

Por supuesto, estos elementos axiales de la precozmente estructurada economía vizcaína seguirían las pautas de la organizada especialización internacional del trabajo, siendo Bizkaia un engranaje más de las relaciones socio-económicas tejidas a escala planetaria durante la Modernidad, hasta el punto de definir y caracterizar sus estructuras históricas como un "modelo inducido desde el exterior", en el que las variaciones de la demanda externa no sólo determinarían ritmos de crecimiento o de estancamiento inferidos, sino ajustes y acoplamientos en la organización de los recursos internos. Sin pretender minusvalorar las influencias externas, sin negar la importancia de los factores considerados, que por otra parte se presentan necesariamente evaluables y metodológicamente pertinentes, y sin desdeñar la honradez del esfuerzo intelectual realizado hasta aquí, el modelo histórico sugerido me parece problemático, malthusiano en sus raíces y economicista en su desarrollo, esencialista en sus definiciones y articulaciones y teorético en sus conclusiones, muchas de las cuales se apuntan -además- sin demostrarlas, muy pobre en la atención y seguimiento de las estructuras de clase agrarias y sus consiguientes conflictos y enfrentamientos e impotente a la hora de diseñar y negociar una estrategia discursiva que sea capaz de insertar las conductas y comportamientos humanos en un modelo histórico elaborado con excesivos sesgos y expectativas presentistas. Ciertamente, tan hipotecadora fue aquella práctica historiográfica que, desde los primeros años de la Restauración hasta la Guerra Civil, se empeñó en bosquejar una historia positivista carente de estructuras como las lecturas redundantes de estos últimos veinte años, tan enfáticas en dibujar y escribir la realidad histórica vizcaína a partir de una hermenéutica estructuralista caracterizada por la ausencia de toda explicación histórica, a menudo elaborada en laboratorios foráneos y sólo aplicable -con sumas dificultades, por cierto- para aquellas latitudes en que fue concebida.

Las Guerras de Bandos de la Baja Edad Media vizcaína no dejan de ser episodios conflictivos para ajustar y readaptar el monopolio de los diversos clanes de linajes sobre la tierra, en general, y los distintos recursos y sectores económicos, en particular. Una imagen aceptable de la estructura social para este período histórico podría ser la siguiente: los Parientes Mayores, situados en el vértice de cada uno de los linajes existentes en el territorio nuclean, por lazos de parentesco y de feudalidad, un denso organigrama de clanes sociales que agrupaban desde el más poderoso al más débil de cada una de las parentelas y que comportaban una serie de intercambios de servicios y solidaridades internas. La parentela comprendía vínculos de diversa índole. La familia de sangre, propiamente dicha (padres, hijos, hermanos, abuelos, nietos), la "familia política" o familia por alianza (cuñados, suegros, yernos), la mancomunidad parental en su acepción más amplia (tíos, sobrinos, primos) y el "parentesco espiritual" o clientela, en su sentido más prolijo (campesinos, artesanos, vendedores ambulantes, mercaderes, etc.), que reforzaba el poder y dominio de los círculos familiares anteriormente citados al constituirse en fuerza laboral vasallática y, en caso necesario, en fuerza militar para garantizar la estabilidad y viabilidad de este singular ecosistema social.

El pariente mayor, por consiguiente, era a la vez "pater familias" de su propia casa y patrón y mecenas de una vasta clientela, con una gama de relaciones y de intercambios con los dependientes muy compleja, ya fuese mediante la entrega de gracias y mercedes, protegiendo, prestando favores y ventajas, recompensando servicios, ejerciendo su mecenazgo, repartiendo justicia, interviniendo en disputas, buscando la integración y el entendimiento, protagonizando rituales y simbologías de orden y sumisión, pero también recurriendo a la coacción y a la violencia cuando los mecanismos de integración fallaban. En líneas generales, la "morada señorial", con su torre, molinos, ferrerías y tierras de cultivo, realidades productivas insertas en un territorio que considera suyo y que domina y expolia, siguió siendo válida a lo largo de todo el siglo XV y los primeros decenios del siglo XVI. Sus vasallos feudalizados, trabajan en actividades agropecuarias bajo la cúpula protectora y coactiva de las redes parentales que, como se ha insinuado y fácilmente debe colegirse, vertebraban un orden social muy verticalizado. El comercio también es controlado por señores del estilo de los Salazar de Muñatones, no sólo el cronista de las guerras banderizas, sino también un noble que monopoliza la producción del hierro de Somorrostro, exportando ingentes cantidades de mineral venaquero a Bayona, Burdeos e Inglaterra, en carabelas que no siempre eran de su propiedad. Estos mismos señores, asentados en puntos estratégicos del intercambio de mercancías, exigían exacciones arbitrarias y cobraban derechos de peaje a mercaderes de las villas del Señorío y a los comerciantes laneros castellanos que abastecían los mercados europeos a través de los puertos vizcaínos. La multiplicación de pautas disruptivas sobre los intermediarios semidependientes o autónomos del giro comercial, el intento sistemático de imponer mayores prestaciones a su red vasallática, esencialmente a la masa labriega, y las continuadas disputas entre las distintas fracciones de la clase linajuda para despojarse de poder político y económico, constituyen los ejes directrices y los elementos clave que explican las llamadas guerras banderizas.

El resultado de este cúmulo de conflictos y luchas fue diverso; en cualquier caso, se manifiestan como un capítulo esencial de la crisis de los siglos XIV y XV, con sus consiguientes transformaciones socioeconómicas durante ambas centurias para todo el ámbito europeo occidental. En Bizkaia, la resistencia campesina (con el apoyo de la Corona, sobre todo durante el reinado de los Reyes Católicos, y de la red de las corporaciones urbanas que proclamaron la soberanía de la "voz del concejo" sobre las pretensiones del vínculo señorial, a través de las Hermandades) devino no sólo en la progresiva atenuación del consuetudinario dominio señorial, sino -lo que es más importante- en la consolidación de un pequeño campesinado propietario de la tierra que trabajaba y, por tanto, de una nueva estructura de clases agrarias, que fue consagrada por el Fuero de Vizcaya de 1526. El cambio, sin duda alguna, era significativo. La crisis del sistema feudal se resolvía relegando a posiciones marginales la relación enfitéutica que sólo los abades de Zenarruza lograron rescatar e imponer en la cuenca del Lea-Artibai y articulando un universo social que caracterizaría la historia rural de las otras Bizkaias hasta la Primera Guerra Carlista: la coexistencia -muy beligerante y conflictiva, por supuesto- de las propiedades vinculadas por mayorazgo y la mayoritaria y hegemónica propiedad caserial, regentada por una familia nuclear que anhelaba resolver sus seculares problemas de contabilidad económica doméstica y el autoconsumo por medio de la intensificación del trabajo de todos sus componentes, la troncalidad en las sucesiones, la exclusión de los desheredados, la proclamación de la hidalguía universal y la asunción de una ideología mixtificadora presuntamente igualitarista.

Pero, ¿cómo explicar la permanencia en Vizcaya de este modelo de propiedad rural a lo largo de los siglos modernos? El mantenimiento de un alto porcentaje de "propietarios libres", constituyendo unidades económicas que primaban una gestión de subsistencia, tan marcadamente agrarista como residualmente mercantil, fue factible enfatizando el cúmulo de características inherentes a la explotación intensiva de esa propiedad parcelaria y que han sido enunciadas líneas arriba; pero su capacidad regenerativa o de reciclaje se vio favorecida por "factores de salvaguarda" que primaban la continuidad sobre los elementos de disolución y quiebra de la estructura caserial. Entre tales factores tuteladores debemos destacar los siguientes: una baja presión fiscal, más elocuente si la comparamos y medimos con otras áreas peninsulares y europeas; un sistema crediticio a plazo indefinido (censos consignativos) que tenía la virtualidad de capitalizar la propiedad parcelaria sin excesiva vocación de usura, con intereses devengados cada año que impactaban relativamente en la gestión de la "empresa agrícola"; un sector protoindustrial metalúrgico, naval y artesanal de importancia que evacuaba a los segundones y desheredados de las actividades agropecuarias y, fundamentalmente, un lubrificante modelo demográfico de "baja intensidad o presión" que consolidaba, generación tras generación, el asentamiento de la tipología familiar tronco-nuclear en cada una de las unidades económicas caseriales mediante la emergencia compatible de unos índices relativamente bajos de nupcialidad, natalidad y mortalidad, un acceso al matrimonio muy rígido, siempre en edades altas, unas tasas de fecundidad pequeñas, unos coeficientes de soltería definitiva muy elevados, unos registros de ilegitimidad excepcionales y una relación de masculinidad muy desfuncionalizada en los tramos fecundos de las pirámides poblacionales locales, en definitiva, un juego de indicadores muy alejados de los paradigmas demográficos pre-industriales del Antiguo Régimen agrario.

La otra realidad rural a la que hacíamos mención más arriba era el mayorazgo. Aunque porcentualmente este modelo de propiedad era minoritario, en el transcurso de los siglos, especialmente en el Setecientos, condicionará a las libres regentadas por pequeños propietarios y colonos, en buena medida porque las tierras vinculadas a su identidad estaban parapetadas por una codificación judicial que impedía su enajenación y, en consecuencia, su sustracción por los circuitos comerciales de la tierra, circunstancia esta que no ocurría con las explotaciones de los caseros propietarios, las cuales podían ser amortizadas, tal y como ocurrió en la segunda mitad del siglo XVIII, pero de una manera tan acelerada y paroxística que provocó importantes conflictos sociales, siendo el germen del partido campesino ultrarrealista y carlista. El proceso de formación de las nuevas oligarquías vizcaínas, en todo caso, está asociado a la consolidación de las redes de mayorazgos. Sus poseedores, al tiempo que detentadores de patronatos eclesiásticos, rentistas de la tierra, diezmeros, especuladores de granos, proveedores de los consumos municipales, propietarios de ferrerías y molinos, participantes con mayor o menor éxito en el giro comercial, millaristas, acaparadores de hábitos, títulos, honores y dignidades, usufructuarios de censos y juros encabezados sobre las rentas de la Corona, representantes de la legitimidad foral de las distintas instituciones políticas del Señorío de Bizkaia, etc., acabarán constituyendo la clase de los notables de la sangre o "jauntxos".

Esta fue una categoría social dominante que, en sus orígenes, el convulsionario Siglo de Hierro, desplazó a la tradicional y absentista nobleza de abolengo rural, sobre todo a partir de la eficaz e inteligente acción desarrollada por familias emprendedoras de la pequeña nobleza agraria, en las que compartían objetivos idénticos y participaban con estrategias pertinentes y simultáneas sus distintos componentes. Entre éstos encontramos, con insistencia documental, un indiano enriquecido, un mercader de vituallas, un arrendatario de consumos, de diezmos y primicias, un ferrón, un presbítero beneficiado, un notario y, con ineluctable frecuencia, una cohorte de mujeres del vínculo parental susceptibles de ser instrumentalizadas en las mediáticas estrategias nupciales para consolidar y ensanchar el dominio de esta fracción social. No hace falta insistir que la confusión de mayorazgos en una misma persona, fuese por consunción en unos casos, enlaces matrimoniales sucesivos o simple expoliación en otros, quedó refrendada en el transcurso de dos o tres generaciones. Ejemplo clásico y muy bien conocido de lo que estamos apuntando podrían ser los quince mayorazgos y los cuatro patronatos eclesiásticos que llegó a detentar el Conde de Peñaflorida, fundador de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, habilitados tanto en tierras vizcaínas como guipuzcoanas, y que a la postre vendrían a revelar los cimientos en los que se asentaba el rol central que este personaje público alcanzó en las relaciones económicas, sociales, culturales y políticas del Setecientos vizcaíno, vasco y peninsular.

Con las pobres referencias documentales de carácter cuantitativo con que contamos y la escasa atención historiográfica que ha merecido en los últimos años el estudio de la Alta Edad Moderna vizcaína apenas podemos esbozar un cuadro de impresiones que pueda caracterizar la situación real de los sectores agropecuarios durante los siglos XV y XVI. Con todo, las fuentes históricas consultadas apuntan, precisamente cuando las guerras banderizas alcanzaron su cénit más virulento, un incremento de la producción agrícola mediante la extensión y cultivo de nuevas tierras. Sabemos que esta expansión del área roturada provocó enfrentamientos entre los labriegos, más interesados en fomentar la plantación de panificables y, en menor medida, manzanales, con sus señores, cuya economía seguía incidiendo en la explotación ganadera y forestal. Las quejas de los campesinos vizcaínos del primer Renacimiento ante las continuas depredaciones de los aristócratas, los cuales se apropiaban por la fuerza de los montes y los convertían en seles, bien constatables en la documentación manejada de los concejos abiertos y en los propios Cuadernos de Hermandad, es reveladora y denotativa del avance de una mentalidad y de una práctica agrícola entre la masa rústica que primaba el uso del suelo para el cultivo prioritario de los cereales, sin duda productos más eficaces y nutritivos para responder a las penalidades de una coyuntura adversa, máxime cuando la demanda de comestibles era creciente como consecuencia del crecimiento demográfico.

En tal sentido, no puede parecernos ya sorprendente que la mayoría de los contratos enfitéuticos del siglo XVI capitulasen el pago de la renta en trigo y que las viejas aparcerías de pomerales se fueran cambiando por un tributo fijo en grano. Especializar la producción de los suelos de las propiedades suponía, también, optimizar la productividad de las mismas y, al mismo tiempo, consolidar e incrementar numéricamente las estructuras de la propiedad caserial en el conjunto de las jurisdicciones rurales vizcaínas. Este juego de correlaciones alcanzó su máxima virtualidad con la disposición y adecuación de los suelos destinados a la producción de maíz. Bizkaia durante el siglo XVII marcará un decisivo giro agrícola caracterizado por el signo de la vertebración de nuevos usos del terrazgo, nuevos métodos del trabajo y nuevas aplicaciones técnicas del espacio productivo, en claro contrapunto a otras regiones peninsulares. No debieron ser ajenas a este cambio las malas cosechas, epidemias pestíferas y hambrunas de las postrimerías del siglo de los Austrias Mayores y primeras décadas de la siguiente centuria.

El avance del maíz se hizo a costa del mijo, cuya siembra coincidía con la de aquél, pero principalmente se expandió en las antiguas tierras parceladas destinadas al cultivo de cebada y avena y de los pastos del fondo de los valles, muy húmedos para el resto de los cereales menores que se plantaban en las colinas. Al retroceder el área dedicada a pastizales, el ganado mayor sufrió una regresión significativa, aumentando por el contrario la cría del ganado menor. La llamada "revolución del maíz" trajo consigo, ciertamente, un amplio movimiento de roturaciones que avanzó en tres direcciones: hacia las tierras comunales, antes destinadas a rozas, a la obtención de abono, a pastos o a leña; hacia las tierras de propiedad particular, muchas de las cuales estaban sujetas a servidumbres colectivas, como los seles; y, finalmente, el avenamiento de juncales. La consolidación de una agricultura prácticamente sin barbecho no fue posible sin la adecuación y aplicación de un novedoso instrumental técnico con un abonado más sistemático y racional del suelo, realidades ambas que, combinadas ajustadamente, tendían a incrementar la rentabilidad productiva por unidad de superficie sembrada. En efecto, el aireamiento de los suelos con layas y la utilización de abonos naturales, obtenidos de las amplias posibilidades fertilizadoras de las hojas del maíz, a menudo mezcladas con excrementos de ganado del caserío, argomas y helechos, y de la cal, que producía una capilarización en los suelos arcillosos vizcaínos, facilitando la penetración del agua e impidiendo que esta se estancase en las primeras capas del suelo, permitió un considerable aumento de las cosechas, una mayor productividad del factor trabajo, una oferta de productos que cubría incluso las necesidades básicas de la población descualificada dedicada a actividades protoindustriales y de servicios y una consolidación de las estructuras de la propiedad de la tierra.

Todo este conjunto de transformaciones agrarias aceleró el crecimiento demográfico. Bizkaia dobló su población durante los siglos modernos, superando los cien mil habitantes en 1787, de los cuales más del ochenta por ciento dependían directa o indirectamente de las actividades agropecuarias. Sin embargo, la magnitud poblacional alcanzada también reflejaba los límites e hipotecas de ese crecimiento. El empeoramiento de las condiciones y del nivel de vida del campesinado vizcaíno a lo largo del siglo XVIII, acompañado con frecuencia de la pérdida de la propiedad, fue el corolario lógico e inevitable de la inserción del campo en una economía de libre mercado, las periódicas crisis de subsistencias, las guerras, el incremento de la tributación fiscal, tanto local como foral, la inflación, el progresivo endeudamiento de colonos y pequeños propietarios respecto a arrendatarios de diezmos, tratantes de ganado y especuladores de granos, y la lucha antagónica entre los partidarios de la propiedad comunal y los de la propiedad privada, enfrentamiento que ya se esboza en las dos últimas décadas del siglo XVIII y que adquiere caracteres convulsivos con ocasión de las desamortizaciones del primer cuarto del Ochocientos (Godoy, Guerra Napoleónica y Trienio Liberal), hitos históricos que prologan y traman la formación de los bloques sociales que habrían de chocar y batirse en la guerra civil iniciada en 1833.

Producir para consumir era la máxima y la auténtica obsesión del casero vizcaíno. Durante la Alta Edad Moderna la dieta campesina estuvo condicionada por las periódicas hambrunas. Hasta el siglo XVII, momento en que se regularizó el consumo de la borona en los ámbitos de las familias rurales y artesanas, los productos básicos de la población eran el trigo, el mijo, el centeno y la manzana, así como los salazones de bacalao y ballena que, ofertados en los mercados de la Vasconia halo-húmeda, eran sustitutivos de la carne para amplias capas sociales, sobre todo las más necesitadas y humildes. Así pues, los sucedáneos, las grasas y las mermas proteínicas caracterizaron las dietas campesinas de la multitud campesina. Durante este mismo período histórico los labriegos compensaron su secular déficit alimentario con el consumo de legumbres secas y de pseudo-harinas, a partir de la trituración de las castañas, un fruto muy extendido en Vizcaya, así como un sinfín de productos silvestres que la amplia y seleccionadora cultura silvo-pastoril proporcionó a nuestros antepasados vizcaínos.

La excelente aclimatación del maíz favoreció el incremento per cápita de la dieta de panificables de los contingentes rurales, pero tal circunstancia no significó una diversificación de los menús de sus mesas y cocinas. En este sentido, es elocuente la monotonía de los glúcidos o hidratos de carbono (cereales), que rebasaría ampliamente el cincuenta por ciento de la ración de comestibles diarios expresados en calorías. Para el casero y su familia comer equivalía a comer pan y más pan a lo largo de toda su vida. Ello obedecía al hecho de que, a igualdad de poder en calorías con los otros grandes alimentos, la torta de maíz o el pan cocido era relativamente el alimento más barato. De los cálculos que hemos realizado de los mercados de abastos de las grandes villas vizcaínas a finales del siglo XVIII, el pan de borona valía diez veces menos que la carne, cinco veces menos que el pescado salado, siete veces menos que los huevos, cuatro veces menos que el aceite, dos veces menos que el pan de trigo. Y es que las fluctuaciones del consumo de trigo y maíz coinciden con la evolución a largo plazo de su precio. Por otra parte, durante el siglo XVIII, además de regularizarse el consumo de cereales, las dietas populares cotidianas comenzaron a requerir productos cárnicos de las abacerías. El consumo global máximo de vacuno, ovino y porcino, podríamos cifrarlo en torno a las tres onzas diarias por persona, cantidad de la que probablemente más de la mitad era gordo, hueso y minucias. Se imponía así una demanda de aportes proteínicos de origen animal consistente en callos, sebo, hígado, patas, tripas, mantecas, etc. En cuanto a los caldos, especialmente los vinos riojanos y navarros y en menor medida los chacolines autóctonos, los testimonios históricos reflejan un consumo, ya desde las últimas décadas del siglo XVII, que no dudaríamos en calificar de espectacular. Buena prueba de lo que decimos es que la red de caminos reales auspiciada por las autoridades forales del Señorío se verificó, esencialmente, gravando de forma fiscal su consumo. Los otros nutrientes, como cacao, chocolate, azúcar, azafrán, abadejo, aceite de oliva, salmón, dulces, licores nobles, etc., tienden a reflejar las distancias sociales y los distintos poderes adquisitivos de los consumidores. Por supuesto, los aportes de quesos, huevos, leche y mantequilla no constituían un lujo. Junto a las hortalizas y legumbres, eran subsistencias que producía y suministraba la actividad económica de la casería. El tabaco no podría considerarse un alimento, pero fue un excitante que se popularizó en el siglo XVIII. Muchos comerciantes bilbaínos se especializaron en su giro, incluso contrabandeándolo, y ya para finales de la centuria era consumido por todas las clases sociales y en todas sus modalidades: tabaco en polvo, rape, melaza y almizcle.

Durante la Edad Moderna la producción y comercio del hierro fueron un dominio casi exclusivo de los vascos, en general, y de los vizcaínos, en particular. Subsistencias, granos y paños del Norte europeo serían precisamente la contrapartida de los reputados "hierros vizcaínos". Es a partir de la configuración y desarrollo de este circuito macroeconómico donde la presencia de ferrones y mercaderes vizcaínos alcanzó un protagonismo innegable en las más dinámicas plazas comerciales de la Europa de los siglos modernos. Este hecho explica, en la larga duración, y con todos los altibajos que se quieran, la seña de identidad más característica del sector férrico: su permanente ciclo expansivo. Así, mientras que en el siglo XVI contabilizamos la presencia de ochenta ferrerías distribuidas por toda la geografía vizcaína, en 1664 tal cifra debe duplicarse, superando a mediados del Setecientos las dos centenas. Grosso modo, la historia de la protoindustrialización siderúrgica vizcaína podría ser la que a continuación referimos.

El crecimiento demográfico de Castilla y Bizkaia, la colonización de América y los seculares conflictos bélicos en los que las monarquías de los Habsburgo y Borbones hispánicos se vieron envueltas, ya desde la conquista de Granada, estimularon la producción siderúrgica, optimizaron la progresiva especialización de los propietarios ferrones, facilitaron la cualificación de los trabajadores (fundidores, forjadores y peones) y favorecieron las mejoras técnicas, entre las que debemos destacar las máquinas soplantes, los martillos pilones y, fundamentalmente, la aplicación de la fuerza hidráulica para desplazar los pesados barquines y martinetes forjados. Sabemos que la crisis general del siglo XVII afectó a la siderurgia vizcaína, reajustándose los juegos de la producción y de la exportación férricas, incrementándose la elaboración en grueso de barras sobre la fabricación manufacturera y pasando los canales de la distribución del producto a manos de extranjeros, tanto en Bizkaia como en los mercados del interior peninsulares y del exterior americanos.

La reactivación de los talleres ferreriales en la primera mitad del siglo XVIII estuvo determinada por la expansión agrícola. Se necesitan más instrumentos de labranza, clavos, herramientas y herrajes para las nuevas construcciones, llantas para carros, herraduras para los animales de carga, armazones de hierro para los cascos de navío y un voluminoso arsenal ferratero de productos cotidianos para los ajuares y dotes de todas las categorías sociales. Con todo, las últimas décadas del siglo XVIII significaron un grave quebranto para el sector. Las causas fueron múltiples. Entre las más significativas debemos destacar la desforestación, la falta de racionalización en las exportaciones, las reiteradas prácticas usureras y especulativas ejercitadas por muchos comerciantes que adelantaban dinero a ferrones, las continuas guerras contra Inglaterra y otras potencias europeas que bloquearon el giro y los intercambios mercantiles, los descubrimientos técnicos siderúrgicos operados por la primera industrialización británica, con la sustitución del carbón vegetal por el mineral como combustible sólido para la obtención del hierro, circunstancia ésta que abarataba el coste por tonelada de hierro, la competencia de los productos metalúrgicos suecos, la legislación estatal primando las industrias armeras asturianas, la habilitación del puerto de Santander al comercio de América, en claro perjuicio del bilbaíno, el derecho de extranjería con que se fiscalizaron desde 1779 los productos férricos vizcaínos al introducirse en Castilla, la inversión de capitales de origen comercial en la tierra, en claro menoscabo y desincentivación de los complejos industriales autóctonos y la acelerada deserción de los oficiales de las ferrerías hacia otros lugares del Reino.

La crisis del sector siderúrgico en los estertores del Antiguo Régimen, pareja a la del sistema foral, no contradice ni cuestiona su trascendental peso en el crecimiento y desarrollo globales de la economía del Señorío. En efecto, la protoindustria siderúrgica generó una demanda continuada del mineral de hierro a partir del aprovechamiento de los criaderos venaqueros y expendedores de Galindo y Somorrostro en las Encartaciones, favoreció la adecuación de los puertos occidentales de Bizkaia, sobre todo los de Plentzia y Portugalete, al especializarlos en transportes de cabotaje y diversificó las actividades de miles de trabajadores, como leñadores, carboneros, mineros, gabarreros y arrieros, con la particularidad de que parte de estas esferas de trabajo eran cubiertas por los campesinos, complementando así el ritmo estacional de sus labores e ingresos y reduciendo, en consecuencia, la emigración estructural y el paro agrícola. De esta manera, el mundo rural vizcaíno quedaba inserto en un marco de relaciones económicas de marcado tono mercantil.

Pero el engranaje de la protoindustria metalúrgica no se reducía al trasiego enorme de materiales y el transporte a lomos de mulas, carretadas de boyeros y conductores de gabarras. En las inmediaciones de las ferrerías, la vena campanil, carbonatada y espática, que llegaba en compactos bloques de mineral, era troceada mediante el trabajo de numerosas familias del barrio y, especialmente, de las mujeres. Sin embargo, en la actividad ferrerial directa no intervenían, por regla general, más allá de ocho personas. Los oficiales ferrones trabajaban toda la semana, con jornadas laborales de catorce horas. Los operarios, durante el siglo XVIII, percibían del ferrón cinco reales por cada quintal labrado, dando un cuarto del mismo al desmenuzador del mineral y repartiendo el resto, a iguales partes, entre los fundidores y el tirador, otorgando a este último cada año, además, entre veinte y treinta pesos, por vía de gratificación o "guantes", tal y como transcribimos de la documentación histórica, "por ser muy penoso su oficio". El ferrón, por su parte, que trabajaba en su taller, que vivía en el monte con sus oficiales, que mantenía con éstos una relación más paternalista que contractual y que tenía graves problemas de financiación de su empresa, en buena medida motivada por las actitudes ventajistas de comerciantes e intermediarios, tendió a identificarse con los problemas de las comunidades campesinas donde se hallaba inserto su negocio y no es raro rastrear su presencia, a veces al lado de los alborotadores, en las matxinadas de 1718, 1766 y 1804.

Hablar de prácticas comerciales nos remite, indefectiblemente, al código foral. Comprar y vender libremente era norma y pauta general para todos los vizcaínos. Tal y como hemos hecho hasta aquí, apuntaremos de nuevo los hitos históricos más significativos en los que se desenvolvió la praxis del intercambio mercantil a lo largo de la Edad Moderna.

Durante el siglo XV, la marina vizcaína alcanzó una posición central y preeminente en aguas del Atlántico. El alquiler de naves, el transporte, la pesca de cetáceos y el comercio se erigieron en los pilares básicos que proyectaron, al unísono, el crecimiento de las interrelaciones producción-mercados, la configuración de las áreas del mercado y la concentración de rentas y capitales por parte de aquellas familias que protagonizaron el giro comercial. Este esplendor estuvo inducido, en buena medida, tanto por la exportación de lanas castellanas como por la venta del hierro elaborado en las ferrerías vizcaínas, más en bruto que manufacturado. Los mercaderes vizcaínos se valieron del eje Flandes-Castilla la Vieja para participar en el giro exportador de mercancías castellanas y la importación de tejidos y subsistencias foráneas.

Como cabía esperar, el siglo XVI acentuó las expectativas heredadas de la centuria precedente, aunque con varios matices descolorantes que deben subrayarse: la proliferación de ferias y mercados en Castilla la Vieja multiplicó las posibilidades del tráfico terrestre y, en consecuencia, los mercaderes vizcaínos diversificaron el intercambio de productos autóctonos (especialmente hierro y pescado en salazón) en el interior meseteño; de igual manera, la exportación lanera acrecentó la demanda de esta mercancía, creando nuevas áreas de mercado y focos de consumo en el sur de Inglaterra y en las áreas rurales francesas de la protoindustrialización textil, en muchos casos guiada por medianos mercaderes vizcaínos que, sin dinero para emprender negocios por su cuenta, como factores de las grandes casas comerciales castellanas y flamencas, comienzan haciéndolos por cuenta ajena; finalmente, la rotación de capitales y los réditos de las mercancías se aceleran, en buena medida determinados y favorecidos por la eclosión y diversificación de técnicas y estrategias mercantiles como las letras de cambio, los asientos y los seguros marítimos, sin los cuales no hubiese sido posible la capitalización y el comercio de altura de la navegación atlántica. El giro comercial, por tanto, durante el Quinientos se enmaraña y allá donde exista una plaza con un importante volumen de intercambios, allí también encontraremos una pequeña colonia de mercaderes vizcaínos que, en última instancia, institucionalizarán una red de corresponsales y un engranaje de múltiples operadores para canalizar el tráfico mercantil concebido a escala continental.

Este modelo comercial se vería muy deteriorado por la sublevación de los Países Bajos en el año 1566 y en quiebra absoluta por la acción combinada de factores incidentales regresivos, agravados en el caso peninsular por la circulación de la plata americana que conllevó un encarecimiento de precios y salarios, una inflación desmedida, la primacía de la ruta mediterránea sobre la atlántica, que partiendo de Barcelona enlazaba a Génova con el Franco-Condado. Y, en general, también con las redes de ferias y mercados del centro de Europa, la peste atlántica que asoló el norte cantábrico y sus plazas mercantiles y el monopolio comercial que la oligarquía andaluza obtuvo con la usufructuación en exclusiva de la Casa de Contratación de Sevilla a partir del año 1573. Al menos hasta la finalización de la Guerra de los Treinta Años (1648), el comercio bilbaíno estuvo "colonizado" por la presencia de mercaderes franceses, alemanes, flamencos y británicos asentados en la villa.

Se ha indicado que la reactivación y exportación de la industria ferrona vizcaína posibilitó el reinicio y rescate, por parte de los bilbaínos, del grueso del comercio activo que estaba en manos de extranjeros, pero nadie hasta ahora lo ha demostrado. Es claro que Bilbao en el Siglo de Oro creció por la crisis de Castilla, por la imposibilidad de los comerciantes burgaleses de controlar y dirigir el tráfico de las lanas segovianas hacia los mercados exteriores y por la ruptura definitiva del tutelaje ejercido por los mercaderes extranjeros sobre las estructuras crediticias, financieras y comerciales de la villa, hasta el punto de proclamarla en las renovadas ordenanzas municipales de 1699, las cuales disponían que "ningún forastero ni extranjero sea osado de tener factorías, ni hagan negocios con las personas que asisten en las partes de estos reinos y señoríos de Castilla, ni reciban lanas ni otros géneros". Pero tales razones, una al lado de las otras, son insuficientes para explicar la radical reordenación del comercio interior vizcaíno. En este sentido, es verosímil apuntar que el despegue comercial bilbaíno de la segunda mitad del siglo XVII estuvo determinado, además, por la rentabilidad de los aprovisionamientos de cereales y pescados y, en general, de toda clase de comestibles rematados por mercaderes naturales, los derechos de estolaje que percibían numerosos pequeños comerciantes autóctonos dependientes de los extranjeros por el almacenaje de mercancías en sus lonjas, el mantenimiento de la función de consignatarios, factores y comisionistas ejercida por las viejas sagas familiares dedicadas al intercambio y la repatriación de capitales indianos. Tal cúmulo de interrelaciones facilitó una acumulación de capitales que, puestos en movimiento, fueron capaces de competir y sostener una actividad comercial alimentada durante muchos decenios con fondos ajenos. Sea como fuere, la concentración del tráfico, la recuperación del comercio y la asunción de las tradicionales funciones de intermediarios sirvieron de lanzadera para el desarrollo, durante el Siglo de las Luces, del capitalismo comercial vizcaíno, siendo las compañías mercantiles bilbainas las que protagonizaron el giro de lanas, hierros y vinos ibéricos hacia los mercados europeos y la reexportación de algodón, cacao, cueros y tabacos americanos hacia las áreas del consumo peninsulares.

La historia de la sociedad rural vizcaína del Antiguo Régimen ha estado dominada por la tesis -formulada por Julio Caro Baroja y avalada más tarde, aunque con matices sugerentes, por A. Otazu- de un proceso de conflictos de las comunidades campesinas contra los "señores de la tierra", en un largo y tortuoso período que se extiende desde la Alta Edad Moderna hasta el siglo XVIII, y que permitió la paulatina liberalización del régimen señorial y la definitiva afirmación y consagración de comunidades democráticas e igualitarias implantadas por doquier a lo largo y ancho de todo el Señorío de Bizkaia. La investigación histórica, matizando tal planteamiento, ha acabado demostrando que durante la Edad Moderna se produjo en el territorio foral una fuerte oligarquización de las estructuras del poder y del dominio, una progresiva exclusión de las categorías vecinales con menos recursos de los entramados institucionales y de los gobiernos locales, un significativo aumento de las diferencias intracomunitarias, tanto en los niveles de "cultura" como en las formas de representación y reproducción de las fortunas y las posiciones sociales y, finalmente, un desarrollo eficaz de prácticas desagregativas que tendieron a asfixiar progresivamente las viejas formas de vida colectiva y los usos y costumbres comunitarios. Estas conclusiones, de alguna manera, echan por tierra aquella propuesta que, sugerida inteligentemente por P. Fernández Albadalejo, pretendía afirmar como categoría histórica analítica la "fuerza centrípeta de la comunidad" sobre la "fuerza centrífuga de la clase social", para acabar asegurando que el conflicto dominante durante los siglos modernos dimanaba de la propia constitución comunitaria y no tanto del enfrentamiento de clases.

Fueron las transformaciones y mutaciones de las unidades familiares y productivas, sobre todo a partir del siglo XVI, las que permitieron apuntalar un modelo de comunidad y de propiedad donde el pretendido "uniformismo social" sólo se obtuvo y fraguó por la recreación y enunciación de un imperio de correspondencias míticas, refrendadas por el Fuero y las Ordenanzas Municipales de cada concejo, anteiglesia y villa, tales como la "limpieza de sangre", las "cartas de hidalguía", la paz y armonía de las "Repúblicas de los Hombres Honrados" y el "igualitarismo identitario" de cada una de las estructuras de la propiedad campesina asentadas en un espacio jurisdiccional específico. Sin embargo, en la realidad histórica tal imperio de correspondencias se basó en la adecuación de una mecánica paternalista, a la vez agresiva e idealizadora, obediente y deferente, vigilante y protectora que, hegemonizada por una clase social, los jauntxos, regirá la práctica política y el dominio económico y cultural de las parroquias vizcaínas durante toda la Baja Edad Moderna.

Si la posición económica y social de los hacendados vizcaínos fue decisiva para controlar a sus arrendatarios y pequeños aldeanos propietarios, también el paternalismo jauntxo sería determinante para crear una red de cacicatos y clientelas de valle, comarca y provincia. Históricamente, el poder de los jauntxos se manifestó en la forma con que su red de dependientes seguía la política cotidiana emanada de aquéllos, en las recompensas tradicionales y la caridad para los que lo merecían, en el trato más brutal para los forasteros pobres, los vagabundos y mendigos, los artesanos en paro, los cazadores furtivos y los que usaban sin licencia los bienes del común y en la continua vigilancia de la moral y el comportamiento de todos los habitantes, especialmente del colectivo femenino. Mientras se mantuvo un alto porcentaje de propietarios rurales en las distintas jurisdicciones vizcaínas, los jauntxos estuvieron en condiciones de reforzar la cohesión híbrida de la comunidad, manteniendo un modelo de relaciones sociales fundamentado en la jerarquización y dinamicidad de principios tales como la propiedad, la riqueza, el prestigio y la autoridad.

Sin embargo, con la crisis de las estructuras de la propiedad de la tierra, cuyo fenómeno es fácilmente detectable en la segunda mitad del siglo XVIII, surgió un contingente humano cada vez más numeroso y diferenciado, tanto social como económicamente, que acabó por reordenar de forma muy traumática y compartimentada las distintas tipologías familiares locales, llegando incluso a transformar el concepto de comunidad en sinónimo de clases bajas; de unas clases que, por cierto, fueron capaces de poner en permanente entredicho, a partir de las experiencias heredadas y las expectativas blandidas por su cultura popular, la cohesión social monopolizada por las élites nobiliarias rurales. Desde luego, la historia de la comunidad campesina es más compleja de lo que el esquema propuesto deja entrever; en todo caso, lo que parece evidente -y subrayo- es que toda propuesta de estudio de la comunidad que no tenga en cuenta el análisis de las relaciones de la propiedad y sus consiguientes conflictos y enfrentamientos está condenada al fracaso. Ciertamente, en las tres primeras décadas del siglo XVII, en las dos primeras del siglo XVIII, en los años que preceden a 1766 y en el período en el que los historiadores datamos la crisis histórica del Antiguo Régimen y del Sistema Foral (1789-1833), el "pánico antiquimérico" de las clases dominantes vizcaínas se esforzó en rebatir y cercenar todas las iniciativas de la vida social plebeya, en estrangular sus tradiciones lúdicas, en corregir sus distracciones y festejos, en penalizar sus espacios del encuentro grupal, en castigar sus chismorreos cómicos y burlescos, en acallar sus reivindicaciones políticas. Frente a semejante programa, los valores comunes del "populacho" convergieron en una cita alborotada que nada tenía que ver con la sobriedad que las estructuras de los distintos poderes patricios anhelaban para los cada vez más amplios colectivos de desposeídos. A veces, en coyunturas traumáticas, como en el período 1631-1634 (Rebelión del Estanco de la Sal), o en los años 1718 (Matxinada de las Aduanas), 1766 (Esquilache), y 1804 (Zamacolada), el conflicto social se saldó con iniciativas violentas de "revuelta matxina" y represión dura, pero lo más frecuente fue "dulcificarlo" mediante la asunción de simbologías de poder y sumisión -caso de las estéticas ceremonias de subordinación del patriciado rural y urbano- o de subversión jocosa y desacreditación burlesca -caso de las dramatizaciones y representaciones bufonescas de la multitud- para favorecer y recrear la utopía histórica de un "mundo al revés". Y es que la tenaz lucha por la supervivencia, en un período estructuralmente atravesado por conmociones sucesivas, hizo factible que el fatalismo socarrón ante las desgracias y la burla hiriente frente a los discursos cada vez más agresivos y rigoristas del "stablishment" se concitasen para que jauntxos, comerciantes y burgueses fuesen desbordados por la espontaneidad corrosiva de varias generaciones populares que hicieron de lo ruin, lo bajo, lo abyecto y lo violento un espectáculo tan cotidiano como gigantesco, repleto siempre de claves de "alternativa inarticulada" y subversión emotiva.

Es desde esta perspectiva donde adquieren toda la relevancia histórica las múltiples conexiones entre la cultura popular vizcaína y los conflictos sociales. Al menos en los ámbitos de la vida privada y de la relación social cotidiana, es un hecho incuestionable que los códigos culturales detentados por las clases subalternas del Señorío reforzaron sus perfiles de resocialización comunitaria, sus prácticas de justicia colectiva y las acciones punitivas directas. Ello explica la explosión de respuestas basadas en la mediación comunicacional irrisoria, en los convites tumultuosos en ermitas, tabernas y cofradías vecinales, en la permanente apelación reivindicativa de la economía moral de la multitud para preservar el consuetudinario mecanismo defensivo de tasación de los productos de primera necesidad, en la charivarización de las palabras y los gestos, en las befas versificadas, en las simbologías esperpénticas, en el complejo de ritualizaciones que acompañaban los tránsitos de la vida, la comensalidad o la muerte y en las locuras vociferantes y furiosas con los que el bloque popular comunitario juzgaba las conductas y los comportamientos arrogantes e injuriosos no sólo de las clases dominantes, sino también la de todos aquellos miembros de su categoría social que infligían una derrota manifiesta a los valores de la densa cultura popular y los usos comunes de la aldea. Para esa comunidad que hemos identificado con clases bajas no importaba que la familia, la barriada, la anteiglesia o la villa apareciesen, progresivamente, compartimentadas y jerarquizadas.

Era una realidad histórica que, con mayor o menor énfasis, siempre habían conocido y sufrido y no podían transformar porque carecían de un modelo social alternativo. De aquí que hayamos hablado de alternativa inarticulada. Para ellos, lo significativo era que los engranajes de la sociabilidad colectiva estuviesen asegurados por los atributos dominantes de la deferencia, la reciprocidad, las relaciones morales y la publicidad de conductas sociales honrosas, al fin y al cabo los auténticos y genuinos axiomas en los que se desenvolvía y privilegiaba la comunidad aldeana. En caso contrario, la cultura popular y sus mecanismos de conflicto social se dispararían para "resocializar" y castigar a los infractores. Por supuesto, existían o se dieron tantas modalidades de conflictos que sería necesario un ensayo genérico y voluminoso para caracterizar sus tipologías y la dinámica intrínseca de sus desarrollos. Baste apuntar aquí, aunque de manera breve y esquemática, las conexiones entre cultura popular, fiesta, conflicto y revuelta, concatenaciones que se explican porque el tiempo del encuentro lúdico y social posibilitó la revitalización, durante los siglos modernos, de los múltiples códigos morales e identitarios que subyacían en las culturas subalternas, tanto campesinas como artesanas y pescadoras.

La fiesta local o cofradial, ciertamente, era el momento, el instante oportuno para zanjar, mediante el recurso a la violencia física o a la ritualización simbólica, odios seculares, conmociones cofradiales o conflictos jurisdiccionales. La monótona repetición de prohibiciones invocadas por los cuadros gubernativos del poder local, comarcal y provincial a lo largo de toda la Edad Moderna vizcaína, así como la letanía de razones imploradas para justificar la represión festiva, prueban hasta la saciedad que las peregrinaciones romeras y las diversiones populares fueron ocasiones propicias para el combate, el desorden y el escándalo, y más cuando estaban asociadas a espectáculos de mascaradas, a transgresiones comunitarias o a representaciones de rudeza plebeya. No es extraño, por tanto, que fueran las cuadrillas de jóvenes solteros quienes, con mayor énfasis y virulencia, activasen los componentes paródicos y burlescos que caracterizaron los encuentros festivos. Los mozos, desplazados de los epicentros donde se adoptaban trascendentales decisiones que afectaban a sus vidas -recordemos: la troncalidad hereditaria y dominante de la sucesión familiar vizcaína-, y con escasos accesos al poder y a la propiedad, ambos gestionados por los gerontes de la anteiglesia, se hallaron siempre en un estado de permanente frustración en relación a los adultos. Ello no era obstáculo para que acabasen convirtiéndose en los tributarios y guardianes de la "conciencia comunitaria" y de la identidad orgullosa de cada aldea. No hay bodas ni bautizos, festines cofradiales, convites tabernarios, romerías parroquianas, ferias y mercados comarcales, mortuorios, cencerradas, festejos del ciclo agrario, etc., en los que no estuviesen presentes. El menor incidente que pusiera en entredicho las normas morales de la comunidad, el más mínimo rumor del placer y del escándalo que bloquease los valores sexuales de la multitud vecinal -muy rígidos y autoritarios, ciertamente- serviría para que explotasen, sitiasen y satirizasen la casa o la entidad "vergonzante" de la infractora o del irrespetuoso. Sin embargo, sus befas, sus simbologías sarcásticas y procaces y sus respuestas burlescas y soeces mantuvieron siempre una definición lúdica absoluta. De aquí que, por mucho que exageremos la violencia de sus expresiones o, al contrario, por mucho que ponderemos la hostilidad de sus agresiones, los complejos festivos y los rituales del escarnio popular y juvenil asumieron la reinserción de la víctima en el cuadro normalizado de las relaciones "afectivas" de la comunidad parroquiana, circunstancia esta que, en raras ocasiones, aceptó el bloque dirigente, más exigente a la hora de penalizar y excluir todas aquellas conductas que suponían un marasmo para los principios de orden y subordinación que aquél gestionaba y producía.

Una excelente prueba de lo que decimos y afirmamos es el tratamiento del sexo y de las relaciones de género generadas en Bizkaia durante la Edad Moderna. De alguna manera, toda concepción histórica que se empeñe en analizar e interpretar las relaciones sexo-género, con independencia de la matriz discursiva que se prime, ha de pivotar en las pautas cambiantes del control masculino, comunitario y de clase social. Aunque la historiografía vizcaína no ha asumido todavía un análisis de tales realidades, debemos afirmar que las relaciones sexo-género forman parte de las relaciones sociales de la aldea. Las experiencias de las mujeres -muy desatendidas, por cierto- son a menudo las de los hombres y viceversa. Los cambios en las relaciones sexo-género son, igualmente, factores incidentales que contribuyeron históricamente al surgimiento de nuevas relaciones de clase y a permeabilizar las mutaciones comunitarias. Quien pretenda escindir lo masculino y lo femenino en las relaciones cotidianas de las parroquias vizcaínas del Antiguo Régimen se equivoca. Los escasos estudios que se han llevado a cabo sobre este particular están demostrando que el problema central no fueron las diferencias sexuales, sino las desigualdades sociales de género y las condiciones materiales femeninas en el seno de las relaciones de producción y de la jerarquización intracomunitaria o, lo que es lo mismo, las distintas clases de poder que los diversos entramados parroquianos vizcaínos dieron a las diferencias sexuales y las formas verticalizadas que éstas impusieron finalmente a las relaciones humanas comunitarias.

Si asumimos con todas sus consecuencias lo anteriormente expresado, estaremos en condiciones de comprender por qué, durante la Edad Moderna vizcaína y europea, se dieron y multiplicaron los resortes para idealizar unas comunidades campesinas concebidas asexuadamente, y en qué medida una concepción rígida de la sexualidad acabó proyectando a esas comunidades como "Repúblicas de Hombres y Mujeres Honrados". No hace falta insistir que la operatividad de este modelo de relaciones sociales -y, por tanto, de sexo y de género- fue extraordinariamente gravoso y dañino para los colectivos femeninos que pululaban en el interior de las anteiglesias y villas vizcaínas antiguorregimentales. Subsumidas en un cuadro de misoginias enfermizas, en el que convergían las ideologías antifemeninas de la Iglesia, las permanentes apuestas puritanas de los Estados de los Austrias y de los Borbones, las mentalidades paternales y represivas de las distintas autoridades forales y las conductas y comportamientos patriarcales de las estructuras tronco-nucleares de la propiedad agraria y artesana, muy pronto se erigieron en el chivo expiatorio de todas las frustraciones que anegaban y amalgamaban la vida comunitaria.

Aunque podamos, con la perspectiva histórica, desaprobarlo, el hecho no debe sorprendernos. El colosal conglomerado de coacciones reseñadas acabó tildando la sexualidad con múltiples referencias pecaminosas y al conjunto femenino como portador diabólico de sus maldades. Y ya se trate de la bruja vizcaína de la Alta Edad Moderna o de la viuda, la soltera o la mujer trabajadora de la Baja Edad Moderna, siempre situadas en los eslabones más humildes de las tramas sociales, es sobresaliente y característica la subordinación femenina y las intimaciones jerarquizadoras de las mujeres con respecto a los roles y poderes regentados por el conjunto masculino. Es verdad que las categorías populares establecieron pautas más plurales en las vivencias sentimentales de sus coetáneos, pero tal circunstancia no implica o significa que careciesen de múltiples acepciones antifemeninas o que, llegado el caso, fomentasen expediciones punitivas, disparasen los mecanismos de los "rumores del placer", blandiesen injurias sexuales marcadamente machistas o participasen en cencerradas contra todas aquéllas que sobresalieran o hubiesen roto el orden social en materia sexual, afectiva y matrimonial que las estructuras comunitarias vizcaínas reivindicaban para su honrada legitimación y reproducción histórica. Ciertamente, para el conjunto popular el sexo fue un arma de combate. Con él se reputaba, se insultaba, se difamaba, se desprestigiaba, se destruían "calidades y circunstancias" personales y familiares. Con él, además, los hombres se jactaban, mientras que las mujeres murmuraban y disparaban los rumores para iniciar y concluir los procesos de desprestigio de las víctimas. De unas víctimas que, con abrumadora frecuencia, eran también del sexo femenino.

CEF

En cada país y pueblo, dependiendo de la correlación de fuerzas sociales y políticas, el modo de transición del Ancien Régime (en la tradición de Bizkaia, Lege zaharra, la ley vieja) hacia el nuevo régimen se organizó y realizó de forma diferente. En Bizkaia el reinado de Carlos IV(1788-1808) fue sin duda un período convulso en el que emergieron distintas alternativas políticas. Las élites políticas dirigentes eran conscientes de que inauguraban un nuevo tiempo de modernidad. Un hecho significativo fue la fundación por un sector de la élite política, de la RSBAP. en 1765 para cultivar el gusto por la nación vascongada. A partir de ese período, la acción conjunta de los comisionados de las tres Juntas Generales de Álava, Bizkaia y Gipuzkoa será un nuevo dato de articulación política de Bizkaia en un marco superior vasco. Dicha solidaridad interprovincial descollará con mayor intensidad a partir de 1778 cuando los puertos de Bilbao y San Sebastián quedaron excluidos de uno de los objetivos que con más ahínco persiguió la burguesía comercial bilbaína: el tráfico directo con América. La ubicación de las aduanas en los "puertos secos" de Balmaseda, Orduña, Vitoria y línea del Ebro, era el caballo de batalla. Diríase que la burguesía mercantil bilbaína comenzaba a construir un programa político de adecuación del edificio foral a los condicionamientos político-institucionales impuestos por los gobernantes de la Monarquía.

La Monarquía borbónica durante el reinado de Carlos III intensificó su versión de Monarquía administrativa. Una articulación burocrática centralizada, reproducida con solícitos intendentes, pretendía desarrollar una mayor eficacia administrativa de gobierno. Pero en Bizkaia perduraba vigente un sistema de organización administrativa y política legitimada a través de la reunión en Juntas Generales, es decir, un "cuerpo de provincia" y que había logrado reunir y coordinar a los representantes de diversas localidades. El temor a la desaparición de dicha forma de gobierno contribuyó a enfatizar su defensa intelectual y política.

"¿Cómo debe tratar a la nación vasca la Monarquía española (pues para la república francesa solo pueden tener sus distritos vascos una importancia muy secundaria) para hacer su fuerza y su actividad tan provechosas para España como sea posible? (...) La segunda pregunta tiene un interés práctico superior, y tanto más cuanto que ahora es frecuente el caso de que pueblos diferentes se reúnan en un mismo Estado. Pero hay que confesar libremente que hasta ahora siempre se ha pensado más en desembarazarse sólo de las dificultades, que opone la disparidad, que en utilizar lo bueno, que consigo trae la peculiaridad"

Es una pregunta planteada por W. von Humboldt, en 1801, quien definió la "nation Biscayenne" entendida como la unión de las tres provincias de Álava, Bizkaia y Gipuzkoa, evidentemente en el seno de la Monarquía Hispana. Precisamente en una carta escrita al hacendado y dirigente político de Bizkaia J.M. Murga le manifestaba que Bizkaia era "la plus belle des nations modernes" y que "La Biscaye est le seul pays que j'ai jamais vu oú la culture intellectuelle et morale soit vraiment populaire, oú les premières et les dernières classes de la société ne soient pas separées par un distance pour ainsi dire inmense". Pero el disfrute de los Fueros no era percibido ni recibido por igual entre todos los miembros de la comunidad. La posición social o cultural que ocupara cada uno para obtener una ventaja y oportunidad de su pleno disfrute no era vana. Estas reflexiones nos introducen en la crisis política vivida a raíz de la revolución liberal, las matxinadas plebeyas y las consiguientes alternativas que se plantearon.

Desde las élites políticas el problema de la existencia política de Bizkaia como organismo político, sujeto de derecho público, concepto desarrollado en su expresión moderna principalmente durante la revolución liberal, será el elemento teórico de referencia común a la élite política para justificar la pervivencia de lo que devino en llamarse la "constitución foral" en la Asamblea constituyente de Bayona de 1808. Un clima de incertidumbre en la articulación político-institucional en el seno de la Monarquía hispana, antagonismos sociales crecientes entre élites o clases dominantes y sectores populares, incertidumbre y desconcierto ante los nuevos retos sin un claro liderazgo de cohesión social para la adaptación a la nueva situación, derrumbamiento del modelo económico de crecimiento, escenario de guerras internacionales, jalonan el período comprendido entre 1775 y 1814.

En términos concretos los acontecimientos más sobresalientes y que condicionaron la acción de los protagonistas vizcainos del período fueron los siguientes:

Guerras europeas: La guerra de la Convención (1793-1795) y las guerras napoleónicas (1808-1813) asolaron el territorio de Bizkaia. Además las sucesivas guerras con Inglaterra (1797-1801 y 1804-1808) influyeron muy negativamente en los intereses comerciales y la economía marítima de la misma.

Cerco arancelario: La resistencia a la unificación aduanera y por ende comercial en el territorio peninsular de la Monarquía, provocó la marginación del puerto de Bilbao del comercio directo con América. Además los productos industriales de Bizkaia serían gravados en los territorios de la Monarquía como si se trataran de extranjeros. Asimismo la prohibición de circulación de monedas de Castilla por Bizkaia influyó negativamente en los negocios de la burguesía mercantil. Todo ello generó un amplio debate sobre la estrategia a seguir para encontrar un modelo de crecimiento económico, acorde con los diferentes intereses de las clases que componían la sociedad de Bizkaia.

Presión fiscal creciente y exigencia por parte de la Monarquía de "donativos", servicios militares de modo que la participación de Bizkaia en los costos de la misma se convirtiera en regular.

Crisis de subsistencias, desastre agrícola (1797-98), hambrunas (1803-1804), aumento de la delincuencia (Reglamento criminal aprobado por la Junta de Merindades en 1799).

En términos ideológicos y culturales debate entre ilustración y contrailustración que se tornaría entre revolución y contrarevolución. Formulaciones culturales para definir la personalidad cultural de Bizkaia y vasca, las cuales se realizan en términos de los principios contrarevolucionarios y revolucionarios.

Es posible interpretar la realidad refiriéndose a las alternativas político institucionales impulsadas por diferentes clases sociales: burguesía comercial bilbaína en favor de un Estado liberal con un mercado interior bien articulado e integrado. Hacendados de la tierra, rentistas de la tierra, proclives a fortalecer políticamente el cuerpo del Señorío compitiendo con la soberanía real. Estos últimos, algunos desde el anverso de la ideología contrarevolucionaria, se alinearon con Zamacola, siendo conocidos como zamacolistas. Ahora bien dónde empieza la burguesía y acaban los hacendados o jauntxos de la tierra, no es fácil discernir de momento al menos, tanto en términos sociales y políticos, porque la sangre azul y la comerciante estaban en proceso de fusión y también porque las oscilaciones políticas en períodos de coyunturas con grandes alternancias, provocaban que un mismo sujeto o grupo solidario, ejerciera con varios ropajes políticos, en circunstancias impredecibles.

En 1799, con la firma de la incorporación definitiva de las Encartaciones, es cuando el Señorío de Bizkaia definió su espacio territorial con perfiles jurídico-administrativos consolidados.

La villa de Bilbao, el Consulado y el Señorío formaban tres cuerpos institucionales que se hallaban en constante concurrencia pero también podían converger en la defensa de intereses comunes. Los debates en Juntas Generales sobre sistemas de representación escondían una sórdida lucha por la hegemonía social. Así la ampliación de la representación en Juntas Generales dotando de voz y voto a los municipios de las Encartaciones y Durango significaba también la disolución del poder de los comerciantes de Bilbao en dicho órgano de representación. En suma podría hablarse de la constitución de partidos o corrientes políticamente definidas en el seno de las Juntas Generales.

El poder central de la Monarquía no fue neutral pues su política en favor de una nueva administración pública regida directamente desde la corte incide en el futuro del sistema foral. El 10 de agosto de 1795 el auditor general del ejército de Navarra y las Provincias Vascongadas, F. Zamora escribió a Godoy: "Si a esta paz siguiese la unión de las provincias al resto de la nación sin las trabas forales que las separan y hacen casi un miembro muerto del reino, habría V.E. hecho una de aquellas grandes obras...". En 1796 creó una comisión que estudiara el tema de la vigencia del sistema foral y promovió trabajos intelectuales para poner la razón de su parte, Diccionario Geográfico-Histórico (2 vol.1802). Noticias históricas de las tres Provincias Vascongadas de Llorente (5 vol. 1806-1808), para defender una posición regalista frente a la visión pactista de las Juntas Generales.

Durante este período es preciso destacar que Bilbao tuvo que soportar la prohibición de comercio directo con América. En consecuencia se abrió un gran debate en el seno de la élite política de Bizkaia sobre las aduanas interiores y la consiguiente estrategia política a seguir. La consolidación de una mayoría estable en el seno de las Juntas Generales propició una batalla por la obtención de la representación de las pequeñas localidades que no estaban interesadas en costear los gastos de su representación. Cualquier mecanismo resultaba válido con el fin de obtener la acumulación de representaciones que pudieran aumentar el número de votos en las Juntas Generales. Miembros de los hacendados y de la burguesía comercial, afincada en Bilbao, aspiraban a obtener dichas representaciones. Era su forma de lograr influencia y ascendencia social. Por otro lado Bilbao no se conformaba con un voto ya que fiscalmente era la localidad que mayor contribución realizaba. En 1784 se estudiaron diversas fórmulas para reformar el sistema sin resultado positivo alguno. La concurrencia entre la villa y el Señorío, cuya institución permanente, la Diputación, residía en Bilbao, creó fricciones hasta el límite que el Señorío privó de voto a Bilbao en las Juntas Generales en 1790 y la posibilidad de ser elegidos para cargos a los bilbaínos. El Consejo de Castilla restituyó en sus derechos a Bilbao en 1792. Esta dinámica permitió la creación, por afinidad y diversas solidaridades, de tendencias políticas articuladas en grupo, es decir la génesis de un sistema de partidos, teorizado por el bilbaíno José Agustín Ibáñez de la Rentería (1751-1826), destacado político zamacolista y difusor de las ideas de Montesquieu.

El 30 de octubre, 1 y 2 de noviembre de 1793 se reunieron en Bilbao los comisionados de las Juntas Generales de Álava, Bizkaia y Gipuzkoa. En representación de Bizkaia acudieron, los Diputados generales Juan Antonio Letona, José Joaquín Loizaga, Pedro Abendaño, Enrique Arana, Simón Bernardo Zamacola y Francisco Aranguren consultor perpetuo. Pertenecían a la élite de raigambre aristocrática y sus rentas tenían un origen agrícola-forestal y en la protoindustria.

El acta de la Conferencia es una excelente síntesis de los problemas y preocupaciones con los que se enfrentaban los dirigentes y gobernantes de Bizkaia, Gipuzkoa y Álava a fines del siglo XVIII. En el primer párrafo expusieron su "deseo de conservar sus Fueros, Franquezas y Libertades" ante las novedades introducidas en los últimos años. A renglón seguido aparecen los temas relacionados con el hierro, el veedor de hierro en Cádiz, la exportación de mineral de hierro, la prohibición que impedía la libre circulación del dinero, los géneros extranjeros y los impuestos con los que eran cargados los productos de la protoindustria vasca en las aduanas. Les preocupaba "mejorar la Constitución del País y consolidar la Hermandad que desean perpetuar". Los citados representantes de Bizkaia pretendían perfeccionar la constitución histórica de Bizkaia, de manera que el edificio social no sufriese quebranto ni revolución, sino reforma, pudiendo conservar su existencia política. Los acuerdos de 1793 supusieron la carta fundacional del sistema de las Conferencias y el primer acuerdo serio para la constitución de una unión política vasca. El carácter programático, pero también de acción de gobierno común, quedó patente en los compromisos que contrajeron cada una de las delegaciones de provincia. La siguiente Conferencia debería iniciarse analizando el grado de cumplimiento de los acuerdos suscritos.

A fines de 1793 el frente de batalla se situaba en la Vasconia aquitana, territorio de Francia, en la línea de Donibane Lohitzune-Donibane Garazi en la Baja Navarra. Sin embargo en la primavera de 1794 la ofensiva de los republicanos franceses llegó hasta los confines de Bizkaia. A fines de 1794 se estabilizó el frente de batalla en el río Deba. Bizkaia tuvo que endeudarse, incluso pidiendo préstamos al Monarca, para defender su territorio de los invasores, ya que le competía dicha función según el Fuero.

La Diputación organizó la defensa. El General Moncey no atacó Bizkaia y optó por consolidar sus conquistas en la línea de Navarra. Bizkaia distribuyó sus fuerzas militares compuestas por paisanos movilizados desde Ondarroa hasta el alto Deba, creando un plan defensivo adaptado al terreno y a sus fuerzas. El 20 de noviembre de 1794 los convencionales conquistaron Bergara pero más tarde las tropas de Bizkaia la reconquistaron. Durante el invierno apenas hubo enfrentamientos. El 9-12-1794 se firmó un convenio en Mondragón entre el Rey, el ejército real de España y el Señorío de Bizkaia, lo cual significaba un reconocimiento explícito y político del Señorío. Pero a la postre la defensa de Bizkaia de hecho dependía del Señorío. Finalmente el 12 de Junio de 1795 las tropas francesas ocuparon Itziar y a continuación se derrumbó el frente del Deba. El general Crespo, el Rey y Godoy recomendaron a la Diputación la capitulación. La Diputación, siguiendo órdenes del Rey (R. O. 9.7.95), mandó capitular a los pueblos mientras emprendió la huida hacia Santander y Burgos. El 18 de Julio de 1795 las tropas de la Convención entraban en Bilbao. Hubo descoordinación entre el ejército real y el paisanaje del Señorío movilizado por la Diputación.

En Bilbao un sector de la burguesía mercantil que ocupaba el ayuntamiento, (Castaños aparecerá como cabeza visible) preparó unas cláusulas de capitulación, un tratado de neutralidad (22-7-1795) mientras otros, con el alcalde Vildósola, a la cabeza huyeron de la villa. El tratado constó de 11 artículos. Bilbao se comprometía a la neutralidad absoluta "en las hostilidades que existen entre el Gobierno de Madrid y la República francesa". Además asumieron la alimentación de las tropas. Los representantes de Bilbao perseguían que se retirase la tropa y la limitación de las contribuciones y Bilbao entregó cuatro capitulares como rehenes. Paralelamente se firmó la paz de Basilea que puso fin al enfrentamiento. Consecuencias inmediatas de la guerra fueron un clima de inestabilidad social, aumento de la delincuencia social, y la definición de alternativas políticas contrapuestas. En Bilbao se formarían dos partidos. Por un lado el sector de la burguesía encabezado por Joaquín Castaños que pactó con los revolucionarios franceses, como mal menor para proteger sus bienes o también quizás porque se hallaba ideológicamente próximo a los principios de la república de Francia. Otro el del huido alcalde Vildósola, que les acusaba de traición y connivencia con el enemigo. Francisco Zamora en la citada carta a Godoy de 1795 no dudó en afirmar, a lo mejor para abonar sus tesis e inclinar la voluntad del valido, "Yo en mi conciencia comprendo que la generalidad de la nobleza y gentes ricas de aquel país han abrazado de corazón a los franceses".

En consecuencia, Bizkaia se vio obligada a ofrecer una versión de la guerra de la Convención. Las Juntas Generales encargaron a José Agustín Ibáñez de la Rentería la crónica de la guerra que se concretó en el libro Manifiesto histórico de los servicios que ha hecho el M.N. y M.L. Señorío de Vizcaya en la última guerra con la Francia. Escrito de orden del mismo en el año 1795 (Bilbao, 1798). El objetivo era demostrar en la opinión pública de la Corte, la fidelidad al Rey, la Monarquía, de manera que el sistema foral no fuera suprimido. En Bilbao la corporación escribió su propia versión de la guerra para marcar distancias respecto a la versión oficial de Bizkaia y combatir la difamación surgida en el seno de la propia sociedad de Bilbao. La primera versión se tituló Manifiesto histórico de los servicios que la muy noble Villa de Bilbao ha hecho con motivo de la última guerra con la Francia: dividido en dos partes (1798). La segunda es el Compendio histórico de los servicios de la Villa de Bilbao en la guerra con la nación francesa publicada por nuestra Corte en el año de 1793, editada en Bilbao en 1800. Ambas versiones coinciden en la interpretación general, reivindicación de Bilbao frente al protagonismo de Bizkaia y las difamaciones difundidas en la Corte de Madrid. Pero discrepan en los matices y detalles concretos. La primera, el Manifiesto, prima la interpretación de quienes se quedaron para negociar con los franceses y ofrece más detalles concretos. En la segunda versión, redactada por Colón de Larreategui, se trata de ignorar las discrepancias internas entre los diversos sectores de la élite dirigente de Bilbao. Las mayores discrepancias son las que se refieren precisamente a los episodios relativos a la ocupación de Bilbao. El sector de Castaños pidió la rehabilitación política y la consiguió después de un largo proceso en el que fue condenado José Fausto Vildósola y Pérez de Nenin. En 1797 los de la facción Castaños ocuparon el Ayuntamiento de Bilbao. La impresión del Manifiesto añadía la sentencia condenatoria. Apelaron los del partido de Vildósola. Se retrasó su impresión de forma que el nuevo ayuntamiento de 1799 debatió el problema y el de 1800 acordó encargar una nueva versión a José Joaquín Colón de Larreátegui, de forma que pudiera ofrecer una redacción de consenso que a la postre fue en detrimento de los intereses impulsados por los del grupo de Castaños. De este modo se llegó a la publicación del Compendio histórico de los servicios de la villa de Bilbao... (1800).

Simón Zamacola, aglutinó y representó al sector que pretendía el fortalecimiento del Señorío, en tanto que cuerpo e institución política, frente a la Monarquía y también frente al poder disgregador de los municipios de Bizkaia. Pero Simón Zamacola fracasó en su intento de institucionalización de una milicia obligatoria, aspecto que pudo ser utilizado por sus adversarios, y la rebelión del "pueblo", cada día más protagonista e inconformista de su status social, político y económico, no se hizo esperar. Godoy envió al ejército para ocupar Bilbao y así reprimir la matxinada de la Zamacolada. Se instituyó un Comandante general de la Comandancia que sería un Gobernador militar y político sin cuyo permiso no se podría celebrar ni Junta, Ayuntamiento ni reunión alguna. Benito San Juan, brigadier, jefe de las fuerzas que ocuparon Bilbao y Bizkaia, fue nombrado Gobernador militar y político. Alcalde mayor de la villa de Bilbao lo fue Matías Herrero Prieto. En 1807 el gobierno central creó la figura del Capitán de Puerto con jurisdicción desde la costa hasta Bilbao. Todas estas medidas eran opuestas al sistema foral. Al año siguiente, cuando Fernando VII se dirigía hacia Bayona, una comisión de la Diputación de Bizkaia fue recibida por el rey en Vitoria. Los comisionados manifestaron su descontento con las decisiones del poder central y el Rey juró los Fueros de Bizkaia, pero sin que las reivindicaciones pendientes encontraran solución alguna.

La Diputación de Bizkaia, ante la política de hechos consumados de Napoleón, practicó una política contemporizadora. Desde el 17 de enero de 1808 se hallaban acantonadas en Bizkaia (Orduña, Durango, Elorrio) las tropas francesas. Las Juntas Generales nombraron un representante de Bizkaia para la Asamblea de Bayona que se proponía aprobar una Constitución para España. Por primera vez participaba en un órgano común de representación del conjunto de la Monarquía hispana. Juan José Yandiola defendió la constitución histórica de Bizkaia utilizando argumentos historicistas y un ideolecto inspirado en el nuevo discurso constitucionalista. Sin embargo la Diputación se resistió a jurar a José I como Rey. Controló la situación social con lo cual no se produjo, a diferencia de otros lugares de la Monarquía, levantamiento o insurrección generalizada frente al francés.

En el régimen napoleónico de José I regido por la Constitución de Bayona, los diputados generales de Bizkaia, Borja Hurtado de Corcuera y Juan José Yermo, se bandearon hasta que al menos Juan José Yermo participase directamente en la revuelta del 5 de agosto de 1808. El 6 de agosto un grupo de personas de extracción popular, autodenominándose el pueblo, instigado o con participación de destacados abogados y al menos de uno de los Diputados Generales de Bizkaia (Yermo) y, según su confesión, forzado (Hurtado de Corcuera), se alzó. Al comienzo de la revuelta arrestaron a franceses, a los partidarios de éstos y también a los llamados zamacolistas. Solamente habían transcurrido 4 años. Los amotinados proclamaron desde la casa de la Diputación a Fernando VII e instituyeron la "Junta Gubernativa Suprema de Vizcaya". En ésta encontramos por un lado el protagonismo de sujetos de extracción popular junto a personalidades del patriciado bilbaíno. La Junta dictó un alistamiento general. En algunos pueblos se inició la formación de compañías para la "defensa de nuestra Religión, nuestras leyes y sepulturas de nuestros abuelos" (Abadiño). Las tropas francesas al frente del general Merlín llegaron a los límites de Bilbao el 16 de agosto: el dilema consistía entre resistencia (propiciada por las clases populares) o capitulación pactada, recomendada por los patricios. El ejército aniquiló sin dificultades la resistencia y realizó un gran saqueo con graves pérdidas económicas (¿8 millones de reales?) y al menos 49 víctimas (jóvenes artesanos y campesinos de Bilbao y alrededores).

Destituidos los Diputados generales, Borja Hurtado de Corcuera y Juan José Yermo, y sustituidos por los que fueron elegidos segundos, Diego Felipe Larrea y Juan Climaco Aldama, la Diputación preparó la celebración de unas Juntas Generales extraordinarias, presididas por José Mazarredo, que practicó una política conciliadora frente a la represora del General Merlín. Entra el general Joaquín Blake el 12 de octubre en Bilbao y el 19 instauró la Diputación foral patriótica. En ésta aparece de nuevo Juan José Yermo, hasta principios de noviembre en que los franceses ocuparon Bilbao. Desde noviembre de 1808 hasta febrero de 1810 en el que se constituyó el Gobierno de Bizkaia permanece el edificio foral-institucional de Bizkaia. El tema del traslado de las aduanas a la costa, una vez más, fue uno de los más debatidos. Entre las medidas del nuevo Estado cabe destacar, la abolición de las órdenes regulares, mendicantes, y clericales, del tribunal de Inquisición, el proyecto de creación de la función pública, un proyecto de administración eficiente y la desamortización.

Con el decreto de 8 de febrero de 1810 Napoleón extendió su imperio hasta el Ebro, creando Gobiernos militares de Cataluña, Aragón, Navarra y Bizkaia, dependientes directamente de París. Así el 8 de febrero surgía el "Gobierno de Bizcaya" (comprendía Álava, Bizkaia y Gipuzkoa) bajo la dirección del Gobernador Thouvenot, que reunía poderes civiles y militares. Formó un Consejo de Gobierno, reorganizó la administración potenciando las áreas de policía, hacienda, justicia. Cada Diputación debía proponer un consejero. La de Bizkaia nombró a Juan José Yandiola, consultor perpetuo del Señorío, y su secretario Juan Margarit. Asimismo nombró el Consejo de provincia de Bizkaia: Diego de Larrea Arcaute presidente, José María Murga, Ramón Mazarredo, José Inuciaga, Antonio Landázuri contador, Luis Labayen tesorero y Diego Antonio Basaguren secretario. Un objetivo primordial perseguía el nuevo gobierno: reorganizar la hacienda y costear la presencia del ejército francés, mediante la aplicación de los principios de la nueva administración pública liberal. El 1 de marzo de 1810 fueron suprimidos por decreto de Thouvenot las Diputaciones y Juntas de subsistencia. Asimismo impulsó la creación de consejos municipales. A partir del otoño de 1809 se evidencia la presencia de grupos guerrilleros. Desarrollaron sus acciones por las Encartaciones, Orozko, Arratia, Durango, Lea-Artibay y puntos de la costa. Su referente son tanto o más los poseedores de bienes y agentes del poder establecido (escribanos, curas párrocos, propietarios) cuanto los franceses. Asimismo se produce la toma de localidades. El guerrillero Longa alcanzó gran celebridad y más adelante culminaría una carrera militar y política. Thouvenot reaccionó creando las guardias cívicas. En el estado actual de las investigaciones se podría aventurar que el régimen napoleónico tuvo el apoyo social del patriciado de Bilbao, es decir de la burguesía comercial, y un sector significativo de los hacendados de la nobleza titulada de Bizkaia. En mayo de 1811 se formó la "Junta-Diputación" o Diputación patriótica de Bizkaia que será la que, una vez ocupado Bilbao por el general Mendizabal, tomó la iniciativa del restablecimiento del nuevo poder constitucional surgido en el proceso de resistencia a José I y los ejércitos napoleónicos.

Aunque según la Constitución de Cádiz no era necesaria la celebración de las Juntas Generales éstas fueron convocadas en la iglesia San Nicolás de Bilbao en octubre de 1812, presididas por el general Mendizabal. Las tropas napoleónicas controlaban todavía el Duranguesado y Bilbao sufría varias alternancias de poder. El general Mendizabal propuso ante la Asamblea representativa la jura de la Constitución gaditana. Se redactaron dos mociones: la primera encabezada por el editor del periódico El Bascongado, I. Sancho, que ostentaba dos representaciones, la de Gordexola y Fika. Proponía la aceptación de la Constitución "sin reserva ni restricción." Recibió el apoyo de seis representantes. Por su lado Migel Antuñano defendió otra moción que resultó apoyada por la mayoría. Miguel Antuñano, párroco de Gordexola, era vocal de la Junta-Diputación que articuló la oposición política a los franceses. Apoyaron su moción A.L. Letona; S. Unceta, que había sido diputado general en 1808; S. Orue, jefe de la guerrilla en la Rioja y que se pasó a los franceses; Bretón, de Orduña, adicto a los franceses según Mariano Renovales, que fue general de la cuarta División de las tropas creadas en las Vascongadas. La multitud se hallaba congregada a las afueras de la iglesia de San Nicolás y al parecer increpó repetidas veces a los que defendían en la Junta el juramento de la Constitución.

Las Juntas Generales rechazaron el juramento incondicional hasta que se aclarase "si para recibir la dicha Constitución Española es necesario renunciar absolutamente la Vizcaina, o si son conciliables en todo o en parte las ventajas de las dos". La Constitución no fue jurada por las Juntas Generales porque la moción que la proponía fue minoritaria aunque declarasen, quizás como fórmula de cortesía, respeto, aprecio, obediencia y reconocimiento a aquélla. En septiembre de 1813, en pleno proceso de aplicación de la Constitución, Antonio Leonardo Letona, ahora en su calidad de jefe político de Bizkaia, obligó a los pueblos a jurar la Constitución y pudo informar a la Regencia que la Constitución fue juramentada. Respecto al debate del traslado de las aduanas, la "Regencia" del Reino, el 13 de septiembre de 1813, anuló las aduanas interiores y estableció la contribución directa. Fernando VII a su regreso de Francia abolió la Constitución liberal de Cádiz y por lo tanto se restableció la vigencia de la Novísima Recopilación de 1805. El 20 de mayo de 1814 reinstauró el régimen foral. Las Juntas Generales de 1814 manifestaron su rechazo a la Constitución apelando explícitamente a la uniformidad político-administrativa que conllevaba. En adelante la vigencia del sistema foral se hallaría ligada a la continuidad de la Monarquía absoluta, hasta 1839.

JAZ

El desarrollo del Estado liberal tuvo sus características peculiares en Bizkaia, cuyo régimen foral atravesaba a comienzos del siglo XIX una grave crisis interna. El sector dirigente del Señorío se encontraba dividido entre los notables rurales, que defendían la estructura agraria tradicional, y los grupos mercantiles y empresariales, concentrados principalmente en la villa de Bilbao, que cuestionaban el régimen foral planteando una serie de reformas que reflejaran su creciente importancia económica y social.

Esta disparidad de intereses se enmarcaba en una crisis más amplia de la sociedad que mostraba la incapacidad del ordenamiento foral vigente para superarla. Con la aprobación de la Constitución de 1812 el liberalismo entró en conflicto con los fueros. De hecho, el texto constitucional anulaba implícitamente el régimen foral, al establecer la unificación jurisdiccional en todo el territorio de la monarquía. Los liberales vizcaínos, esperando ver cumplidas sus demandas de reforma establecieron, al principio, una equiparación entre los dos sistemas -foral y liberal- considerando a los fueros como antecedente del régimen liberal. Extendidos éstos a todo el Estado serían ampliamente superados por la Constitución. Sin embargo, expusieron la reserva de si, recibida la Constitución española, era necesario renunciar absolutamente a la vizcaína, o si eran conciliables, en todo o en parte, las ventajas de las dos.

Muy pronto se abriría paso una tercera vía, entre el liberalismo uniformizador que defenderán los progresistas, y el inmovilismo tradicionalista: la del fuerismo liberal. La implantación del sistema constitucional se realizó, durante esta etapa, en medio de una gran confusión, ante la resistencia de la Diputación foral y del jefe político, y fue muy aleatoria, dada la situación bélica que vivía el país. Tras esta breve experiencia liberal, Fernando VII promulgó, a su regreso a España, el decreto de 4 de mayo de 1814, por el que declaraba nula la Constitución gaditana y restablecía los fueros. Durante los seis años de absolutismo siguientes, los dirigentes tradicionalistas de Bizkaia tuvieron que hacer frente, no sólo a la crisis por la que atravesaba el propio régimen foral, sino a la ofensiva planteada desde el gobierno central. Los gobiernos absolutistas, consideraron a los fueros como una concesión "graciosa" del monarca, y trataron de reformarlos para aliviar el endeudamiento que la Hacienda Real venía arrastrando desde la guerra de la Independencia. El objetivo era terminar con las prerrogativas básicas del régimen foral: aduanas, quintas y contribuciones. Las Diputaciones vizcaínas retomaron la idea del pacto originario, invocando el compromiso del monarca de conservar el Fuero, y se opusieron al traslado aduanero, pero se vieron obligadas, en diversos momentos, a contribuir a los gastos militares y fiscales.

La homologación política con el resto del Estado y la crisis económica que atravesaba la provincia, agravó en estos años la división en dos grupos de la élite dirigente del Señorío y de toda la sociedad. Uno fiel a la política tradicional y otro, que planteará la conciliación entre los fueros y el régimen liberal.

El grupo liberal, formado en su mayoría por comerciantes, empresarios, grandes terratenientes y algunos profesionales, promovió la desamortización y la redistribución de la propiedad comunal y eclesiástica, así como reformas económicas y administrativas en el gobierno y el comercio, para consolidar su poder y adaptarse a las nuevas circunstancias. Sin atacar lo esencial de los fueros, pretendían modificar algunos de ellos a cambio de obtener ventajas políticas y económicas. Buena parte de los notables rurales que controlaban el poder provincial permanecían, por el contrario, fieles a la sociedad tradicional y a los fueros provinciales. De hecho la mayoría de la población encontraba en ellos beneficios tangibles, como la inexistencia del servicio militar y de los numerosos impuestos, un nivel de vida favorecido por las exenciones comerciales y facilidades para el contrabando. Lo que se planteaba en el fondo de esta división eran distintas soluciones a la crisis del régimen foral.

Durante la última década de reinado de Fernando VII, el grupo tradicionalista volvió a dominar en las instituciones forales del Señorío. La Diputación protagonizó la política provincial, desplazando a la Junta General, al Consulado y al Ayuntamiento de Bilbao, hasta entonces instituciones muy influyentes. El talante notoriamente conservador de la élite gobernante provincial preservó al Señorío de cualquier cambio. Los dirigentes políticos vizcaínos representaban los intereses de una amplia coalición agraria y tradicional, formada en su mayoría por pequeños y medianos propietarios, con algunas excepciones, como la del marqués de Valdespina y algunos otros importantes terratenientes, escribanos, clérigos y gran parte de las clases bajas rurales y urbanas.

Las diputaciones de la década retomaron la política del primer sexenio absolutista, contestando a la ofensiva del Poder central contra los fueros, haciendo frente común con Álava y Gipuzkoa. Aduanas, quintas y contribuciones volvieron a ser los puntos conflictivos. El fuerte cerco arancelario y los gravámenes impuestos por la Hacienda nacional agravaron la situación económica del Señorío de tal forma que se consumó la división iniciada durante el trienio liberal entre tradicionalistas y liberales. La nueva orientación que tomó el gobierno de Fernando VII a fines de 1832, para asegurar la sucesión de su hija frente a las pretensiones de don Carlos, abrió un tímido camino reformista para atraerse a los liberales. En Bizkaia, esta orientación permitió que los liberales recuperaran posiciones en la Junta General de julio de 1833. El conflicto armado entre absolutistas, unidos en torno a don Carlos, y liberales no tardaría en estallar.

El 3 de octubre de 1833, nada más conocerse la noticia del fallecimiento de Fernando VII, se inició en Bilbao el alzamiento carlista. La insurrección triunfó esencialmente por la fuerza del cuerpo de paisanos armados, creado por la Diputación en 1824 para la defensa de la monarquía tradicional, y por la debilidad militar de los liberales. El grupo carlista, derrotado en las Juntas de julio de 1833, mantenía bajo su control toda la estructura administrativa del Señorío. La Diputación, formada por reconocidos realistas, asumió todas las funciones de poder, al no reunirse durante la guerra las Juntas Generales. Paralelamente se estableció en Bilbao, y pueblos cercanos de la zona no ocupada por los carlistas (Abando, Deusto, Begoña y Portugalete), un poder liberal que trató de contener el uniformismo constitucional que planteaba el Gobierno, sobre todo a partir de 1837. A pesar de que no proclamó expresamente la extinción del régimen foral, la ley del 6 de septiembre de ese año disolvió las Diputaciones forales sustituyéndolas por otras de régimen común. Claramente la ley era una represalia adoptada en plena agitación bélica contra un país mayoritariamente carlista.

La guerra terminó, a falta de un concluyente triunfo de los liberales, con la firma del Convenio de Vergara en agosto de 1839. Además de regularizar la situación de los militares carlistas, el tratado recogía el compromiso del general Espartero de proponer a las Cortes la concesión o modificación de los fueros. Días después, las Cortes aprobaban la Ley de 25 de octubre de 1839.

La especial situación del constitucionalismo del siglo XIX, determinado por los graves problemas económicos, políticos y sociales que afectaban al país, favoreció una solución intermedia, propugnada por los moderados, de conciliación de los fueros con la Constitución. Esta solución consistió en la confirmación de los fueros "sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía", con la subsiguiente reforma foral para conciliar ambos intereses, el foral y el constitucional. La reforma quedaba en manos del gobierno, oyendo antes a las provincias. A partir de ahí, el debate giraría en torno a la evidente ambigüedad de la fórmula "unidad constitucional", que según el entonces ministro de justicia, Lorenzo Arrázola, quedaba salvada en la unidad de los poderes del Estado: un solo rey constitucional y una representación nacional común. En ejecución de la Ley de 25 de octubre, el RD de 16 de noviembre inauguraba la etapa de fuerismo liberal. Se restablecieron las Juntas y Diputaciones forales y los ayuntamientos tradicionales, pero se mantuvo el jefe político y una diputación provincial, elegida por el método directo, para la elección de senadores y diputados a Cortes. El fin negociado de la guerra favoreció así el triunfo del fuerismo liberal, que a través de sus representantes en Madrid, tratará de mantener íntegro el régimen foral hasta que se realizara el arreglo global definitivo. De hecho, la revolución progresista del verano de 1840 interrumpió las negociaciones que estaban a punto de conseguir una restauración, tanto de la forma de elección de diputados y senadores, como de la Administración foral de Justicia.

El Ministerio-regencia presidido por Espartero, establecido a mediados de octubre, tras el triunfo de la revolución de 1840, cambió lógicamente la actitud del gobierno con respecto a Bizkaia y al resto de las Provincias Vascongadas. Los progresistas pretendían una aplicación estricta de la Constitución de 1837. Sólo se confirmarían los fueros que no se opusieran a ella. El gobierno procedió de inmediato a reforzar el progresismo en Bizkaia y abolió el pase foral que consideraba absolutamente incompatible con la unidad constitucional. La oposición de la Diputación foral, apoyada por la mayoría fuerista de la provincia, culminó con la participación en el fracasado alzamiento moderado de octubre de 1841, para conseguir una restauración de la Regencia de María Cristina. El general Espartero aprovechó la situación para imponer la reforma foral. Por decreto de Vitoria de 29 de octubre de 1841, se extendía a Bizkaia, igual que a Álava y Gipuzkoa, el régimen común. De momento quedaba en el aire la cuestión militar y fiscal. La Diputación foral fue sustituida por una corporación provincial formada por destacados progresistas, muchos de ellos comerciantes e industriales bilbainos. El proyecto definitivo de arreglo de los fueros, redactado por el comisionado en Corte Pedro de Lemonauría, y aprobado por la Comisión Económica de Bizkaia en 1842, coincidía con los planteamientos generales del partido progresista, que tenía ya como precedente el acuerdo logrado con Navarra en la Ley 16 de agosto de 1841. Con todo, el proyecto no llegó a discutirse en las Cortes. De hecho, trasladadas las aduanas a la costa, establecidos los juzgados de primera instancia y los ayuntamientos constitucionales, los progresistas vizcaínos se mostraron más conservadores con respecto a las prerrogativas forales subsistentes: quintas y contribuciones. Esta suavización de su postura obedecía a la crisis económica que sufría la provincia desde la guerra y a la debilidad del progresismo, evidente desde las elecciones locales de diciembre de 1842.

La vuelta al poder de los moderados en el otoño de 1843 permitió la derogación del decreto de Vitoria y el inicio de un nuevo proceso de recuperación de los fueros. El 4 de julio de 1844 el ministro de gobernación, Pedro José Pidal, firmaba un real decreto que establecía el estado interino que debía regir en las Provincias Vascongadas hasta que se realizara el arreglo definitivo de los fueros, según lo dispuesto en la Ley de 25 de octubre de 1839. El decreto restablecía las Juntas Generales y Diputaciones Forales, pero mantenía las aduanas en la costa, la supresión del pase foral y la administración común de la justicia. Este segundo desarrollo moderado de la Ley de 25 de octubre de 1839 dejaba también en pie a la Diputación provincial, aunque sus atribuciones se limitaban a lo referente a las elecciones generales y a la libertad de imprenta. La nueva Diputación foral de Bizkaia aceptó esta duplicidad institucional, ya que la base fuertemente censitaria para la elección de la corporación provincial permitiría fácilmente su control a los fueristas.

Una vez consolidadas las reformas que los moderados no estaban dispuestos a discutir (pase foral, aduanas, administración de justicia y elección de diputados generales), y que tácitamente aceptaban los fueristas, se considera a la Ley de 25 de octubre como fundamento de la nueva foralidad. Como un acta adicional a la Ley constitucional del Estado, y, por tanto, las modificaciones forales debían realizarse sólo si había algo incompatible con el interés general. Por ello, los comisionados debían evitar tratar con el Gobierno cualquier reforma de los fueros. Los intentos del gobierno de llegar a una negociación definitiva del arreglo foral se prolongaron indefinidamente ante esta actitud dilatoria de los representantes vizcaínos que formaron un frente común con Álava y Gipuzkoa, negándose además a tratar cualquier cuestión, por mínima que fuera, en una convocatoria separada, sin que se respetase la tradicional federación del "Irurac-Bat".

La batalla central en los años 1845-50 giró en torno a la cuestión económica, al plantear el Gobierno, presionado por la oposición progresista en las Cortes, la contribución de las Provincias Vascongadas. Bizkaia, que durante toda la etapa fue la provincia más tenaz en la defensa foral, mantuvo una política firme, impidiendo la quiebra del bloque vascongado ante una posición más conciliadora de las provincias de Álava y Gipuzkoa, en ese momento partidarias de admitir la contribución al Estado con un donativo anual, ante el peligro de perder los fueros. La negativa reiterada de los representantes vascongados a tratar cuestiones aisladas, fuera del arreglo global, llevó al gobierno de Bravo Murillo a presentar unilateralmante, en 1852, un proyecto de reforma que recortaba sustancialmente los fueros. Una vez más, los comisionados lo rechazaron amparándose en la Ley de 25 de octubre, política que se demostró útil por la debilidad de los gobiernos liberales y el permanente fantasma de una resurrección del carlismo armado. De hecho, la prolongada interinidad foral llegó a consolidar a la Diputación que obtuvo unas atribuciones que la separaban del régimen común.

El mantenimiento del régimen foral obligó al gobierno, no sin arduas negociaciones con los comisionados de Bizkaia, que buscan apoyo en la Corte, a dotar a la Diputación foral de una cierta autonomía administrativa para desarrollar sus derechos. La burguesía bilbaina se identificó mayoritariamente durante esta etapa con el liberalismo fuerista y conformó buena parte del bloque de poder provincial que propugnó la consolidación de la Diputación. Esta se convirtió en el motor de un paulatino proceso de centralización de la administración provincial. De esta forma, la legislación moderada de régimen local se aplicó en el Señorío con la particularidad de que los Consejos Provinciales (R.O. de 16 de junio y 22 de agosto de 1848) y la fiscalización de las haciendas locales -principales mecanismos del control municipal- (R.O. de 13 de septiembre de 1853) quedaron en manos de la Diputación. Del mismo modo, las corporaciones forales intervinieron en el proceso desamortizador, y durante el gobierno de la Unión liberal obtuvieron otras atribuciones, como la participación en las Comisiones Provinciales de Estadística (R.O. de 5 de mayo de 1859) y en las Juntas provinciales de Instrucción Pública (R.O. de 4 de julio de 1859).

La exención de impuestos y las facultades de la Diputación foral para intervenir en la política económica, educativa y benéfica permitieron la creación de una infraestructura y un sistema provincial que dieron al régimen foral una gran aceptación social. A fines de 1865, se inició de nuevo la división en el bloque dirigente del Señorío, por causas fundamentalmente políticas. La mayoría se desplazó hacia posiciones del fuerismo intransigente tradicionalista y restaurador, mientras se planteaba, a nivel nacional, la crisis de la Unión Liberal. Los tradicionalistas se hicieron con la mayoría de los ayuntamientos, aunque en Bilbao alcanzara la alcaldía uno de los líderes más destacados del liberalismo, Eduardo Victoria de Lecea. Los liberales intentaron modernizar sin éxito los reglamentos de las Juntas Generales que seguían impidiendo toda representatividad. En 1868, la Diputación se constituye en Junta de Gobierno asumiendo todas las atribuciones políticas y administrativas para asegurar el poder foral. La coyuntura revolucionaria le permitió restaurar el orden foral, excepto en la situación de las aduanas y la organización de los tribunales.

La unión que había existido entre el fuerismo y el moderantismo liberal terminó de romperse tras el hundimiento del régimen isabelino y la inauguración de un régimen democrático en 1869. Las transformaciones políticas que se produjeron en sexenio revolucionario dividieron de nuevo a liberales y carlistas. Estos últimos se deciden en 1870 por la lucha armada apoyados por la Diputación foral. Los liberales por su parte, temiendo una abolición de los fueros, rechazaban cualquier vinculación del levantamiento con la defensa foral, resaltando su origen religioso. El gobierno nombró inmediatamente una Diputación interina en la que entraron conocidos fueristas liberales, que siguió desempeñando las atribuciones forales. (R.D. 25 de enero de 1871). La rebelión se sofocó rápidamente y, en previsión de nuevos levantamientos, los liberales trataron una vez más de reformar los reglamentos de las Juntas Generales para aumentar su representación. El carlismo abortó esta posibilidad con una segunda insurrección en la primavera de 1872 que finalizó en el mes de mayo con la firma del Convenio de Amorebieta. Las reformas planteadas por la Diputación liberal, aprobadas por unanimidad en el Regimiento de octubre de 1872, no llegaron a ser discutidas en las Juntas de diciembre, suspendidas a causa de la inminencia de la guerra carlista. El pleito secular entre Bilbao y la Tierra Llana seguía desgarrando al país. La coyuntura republicana de 1873, mucho más favorable para los insurrectos que la del año anterior, permitió al carlismo vizcaíno apoderarse de casi toda la provincia.

Una de las consecuencias de la guerra fue la generalización de un sentimiento antifuerista en toda España. Los liberales vizcaínos se esforzaron por mantener vigente la Ley de octubre de 1839, ante la posibilidad de que la derrota carlista supusiera la liquidación del régimen foral. En Bilbao se constituyó una Junta Liberal Fuerista, presidida por el alcalde, para defender las instituciones forales. Poco podría hacer ante un gobierno liberal de talante conservador, pero unitarista, presionado por una opinión pública cada vez más contraria a unos fueros que consideraba como un privilegio irritante. La derrota carlista consumada en febrero de 1876, sin que mediara ningún convenio, abrió esta vez el camino al fin del sistema foral.

La abolición del sistema foral se consideró como un castigo a unas provincias rebeldes, aunque la guerra no se había debido, al menos en exclusiva, a los fueros. A pesar de la cerrada defensa de los fueros que hicieron los representantes liberales en las Cortes, destacando el diputado Camilo de Villabaso, se aprobó la Ley de 21 de julio de 1876, que establecía la obligación de las Provincias Vascongadas de contribuir económica y militarmente como las demás de la nación. La Ley dejaba en pie los organismos forales, pero abría paso a una nivelación, al autorizar al Gobierno a que acordara todas las reformas necesarias en el régimen foral. En sesión de 4 de octubre, las Juntas de Bizkaia, mantuvieron una política fuerista intransigente y acordaron que la Diputación no debía cooperar con el Gobierno en la aplicación de la Ley de 1876. La presión del gobierno para que la Ley se cumpliera obligó a la Diputación a convocar Juntas Generales extraordinarias que respaldaron ampliamente la política "intransigente", cuyo principal inspirador era el primer diputado general, Fidel de Sagarmínaga. El gobierno canovista prohibió una convocatoria de las Juntas ordinarias, si no era para acordar los medios de cumplir le Ley de julio. La obligatoriedad de su carácter era incuestionable. Reunido el Regimento para resolver, en dicho contexto, sobre la conveniencia de convocar Juntas, se produjo una primera quiebra sobre la política a seguir, al triunfar la postura intransigente por 16 votos contra 13. Conocido este resultado, el general Quesada, jefe del ejército del Norte, comunicó al gobernador de la provincia que el gobierno procedería a una imposición inmediata, y en los términos más desfavorables, de la Ley de 21 de julio si no se lograba un acuerdo que lo evitara. La Diputación intentó como último recurso elevar una instancia al rey para la derogación de la Ley, que fue interceptada por Cánovas. Ante esta grave situación, la Diputación del Señorío acordó disolverse y hacer dejación de sus cargos el 17 de marzo de 1877.

El vacío institucional creado por la dimisión de la corporación foral se resolvió con el nombramiento de una comisión gubernativa compuesta por los jueces de Bilbao, Balmaseda y Durango, que tomó posesión el 29 de marzo y acordó convocar Juntas Generales extraordinarias para el día 18 del mismo mes. Reunidas las Juntas, en las que se debía tratar sobre el cese de la Diputación, Regimiento y Comisión Permanente de Fueros, así como resolver los asuntos relacionados con la Ley de julio, triunfó nuevamente la línea intransigente. Sólo dos de los 18 miembros, los alcaldes de Bilbao y de Natxitua, de la Merindad de Busturia, se mostraron favorables a negociar con el Gobierno. Las Juntas, que aprobaron además la política de la Diputación pidiendo por unanimidad que volviera a ocupar sus puestos, fueron disueltas antes de que la comisión hiciera públicos sus dictámenes, el 26 de abril de 1877. El 5 de mayo, Alfonso XII firmaba un real decreto que igualaba a Bizkaia con las demás provincias del reino, y autorizaba la creación de una Diputación provincial interina. Disuelta así por orden superior, la última Diputación foral, el 15 de mayo tomó posesión una nueva corporación presidida por Manuel María de Gortázar. En ella entraron conocidos fueristas "transigentes", representantes muchos de ellos de los intereses industriales y comerciales de la burguesía bilbaina, que dieron un giro importante a las relaciones entre Bizkaia y el gobierno.

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En el último tercio del siglo XVIII los gobernantes de la Monarquía hispana deseaban eliminar los particularismos que pudieran entorpecer el ejercicio de una administración pública burocráticamente centralizada en la Corte. La unificación del mercado interior, trasladando las aduanas a la costa era una de las medidas imprescindibles. A partir de 1778 la presión del poder central se acentuó en tal sentido y en 1796 creó una Junta para el estudio de los Fueros en aras de proceder a la uniformización administrativa. En el País Vasco continental los fueros eran asimilados a simples restos del Ancien Régime y por lo tanto el nuevo régimen constitucional estaba obligado a abolir todo tipo de privilegios individuales o colectivos que pudieran darse. Los constituyentes de Cádiz actuaron en el mismo sentido. No así los de Bayona que al menos en el articulado contemplaban el caso foral para su posterior estudio en 1808. Tampoco los parlamentarios que en 1839 adoptaron la Ley del 25 de Octubre de 1839 en las Cortes españolas puesto que la mencionada Ley abría el campo de la diarquía jurisdiccional ya que permitía la incorporación de un derecho históricamente construido al acerbo de la práctica constitucional.

Pero dicha dinámica en modo alguno escapaba a la disociación de intereses y, por ende, de interpretaciones mediatizadas por la posición social ocupada en la sociedad de Bizkaia y vasca. Todos los grupos sociales en liza construyeron su versión diferente del contenido de los fueros y su significación según el espacio y tiempo en el que se situaban. Así para la doctrina oficial del Señorío, formulada por sus burócratas, (particularmente los consultores) la esencia del fuero residía en el ejercicio de una concepción política pactista entre la comunidad política vizcaína y el soberano real, cada cuerpo con su ámbito particular de soberanía, lo cual consagraba una suerte de soberanía compartida o dual. A fines del siglo XVIII la ubicación de las aduanas en la línea interior, en 1841 el pase foral, la existencia de las Juntas Generales, la capacidad fiscal, la exención militar, serán aspectos que en distintas coyunturas se tornen en elementos esenciales del Fuero. Durante los primeros años del siglo XIX primó la confusión sobre el auténtico alcance y contenido de los Fueros, porque había fueros judiciales, fueros referentes al derecho privado, fueros relativos a ámbito de la administración pública, fueros protectores de las libertades y garantías individuales. Más aún, en 1812 algunos liberales de Bizkaia difundieron la idea que Fueros era igual a Constitución. Así pues los Fueros invadían también un territorio que comprendía el derecho público en el que, a raíz de la Revolución Francesa, comenzaba a adquirir la administración pública un lenguaje y autonomía propios en el proceso de organización de la sociedad política y civil.

A fines del siglo XVIII el Señorío había consolidado un edificio político institucional propio, con sus Juntas Generales, una Diputación que ejercía el pase foral como garante de su propia estructura político institucional, una hacienda que comprendía gastos relacionados con el compromiso de defensa del territorio, áreas de fomento económico, seguridad pública, funciones judiciales. En suma el Gobierno Universal del Señorío representaba un poder legitimado para el ejercicio político universal entre todos los vizcaínos, lo cual significaba una comunidad política sólidamente asentada en Bizkaia y fue interpretado por el diplomático prusiano W. Humboldt como nación política.

Cuando las élites políticas españolas se reunieron en Bayona para aprobar una Constitución liberal preparada por Napoleón para la Monarquía hispana, Juan José María Yandiola representó al Señorío de Bizkaia en dicho proceso constituyente. Defendió la particularidad de la "constitución foral" de Bizkaia, al igual que los representantes de Álava, Gipuzkoa y Navarra, como fuente de la prosperidad y felicidad; por lo tanto no era necesario suprimirla. No resultó fácil la defensa pero al fin logró una parte de sus objetivos, ya que el articulado de la misma postergaba para el futuro como mandato constitucional una adecuación entre Fueros y Constitución. Por otro lado, cuando el general Mendizabal propuso en 1812 que las Juntas Generales de Bizkaia juraran la Constitución de Cádiz de 1812, la mayoría de la Junta rechazó un juramento incondicional hasta evaluar la compatibilidad de ambas constituciones. Pero, cuando en 1820 las Juntas Generales de Bizkaia plantearon una disyuntiva similar, el poder central aplicó íntegramente el contenido de la Constitución de 1812.

Sin embargo, tres años más tarde, el sistema foral se restableció de nuevo, estrechamente vinculado a la suerte de la Monarquía absoluta. Los liberales progresistas Víctor Luis Gaminde y Pedro Lemonauria, cuentan que en esta época se fraguó en Bizkaia la mayor dictadura desde la Diputación. La elección de los cargos se realizaba en función de la adhesión a los principios tradicionalistas. La Diputación organizó un desconocido, hasta la fecha, sistema de policía y pasaportes, mediante el cual controlaba el movimiento de todos los sospechosos proclives al sistema liberal. Estos liberales, cuando querían atacar las pretendidas virtualidades del sistema foral tradicional, inmediatamente sacaban a colación la experiencia de 1823-1833, en la que, bajo el sistema foral, se practicó la más extrema política absolutista. Por otro lado los absolutistas más extremos, los realistas, pregonaban la soberanía exclusiva del poder real, frente a los fueristas absolutistas partidarios de la tradicional doctrina pactista. No todos los realistas-carlistas eran fueristas, ni todos los liberales eran partidarios del uniformismo. En 1826 el cónsul británico en Bilbao describe con claridad la formación del partido fuerista de inspiración tradicionalista. Probablemente, Pedro Novia de Salcedo era el líder y prototipo de la referida nueva corriente. En vísperas de la guerra carlista, el problema fuerista seguía latiendo en el marco de la monarquía absoluta; y particularmente al término de la misma, la compatibilidad de Fueros y Constitución liberal española devino un problema principal, porque se hallaba en juego una determinada articulación político institucional del nuevo Estado liberal español. Si bien el problema de los Fueros no fue una causa ni detonante directo para el desencadenamiento de la contienda, a nuestro juicio no se puede obviar que actuara como un condicionante de carácter estructural, junto con otros factores de índole social, económico y cultural.

En el curso de la guerra comenzaron a perfilarse las señas de identidad del fuerismo liberal, cuya primera manifestación expuesta de forma sistemática aparece en el folleto titulado Observaciones sobre la necesidad de examinar el régimen administrativo de las provincias vascongadas para fallar con acierto en esta materia, publicado en noviembre de 1834 en Madrid, y en 1836 con la publicación en Bilbao del periódico El Bilbaino. Lo que resulta ya evidente a todos los autores es el relieve que la cuestión foral llegó a tomar en el curso de la guerra a partir de 1835. En 1837, las fuerzas liberales, unidas durante los sitios carlistas, se dividen en dos partidos o tendencias frente a la Constitución de 1837, a la abolición de la Diputación General legítima y por ende de los Fueros.

Entre 1837 y 1844, el debate sobre el devenir de los Fueros concentrará la atención de todos los sectores sociales de Bizkaia. Cabe observar y analizar los diversos proyectos políticos y sociales manifestados en la naciente opinión pública. El debate no se limitaba a una mera solución política, sino que reflejaba la crisis estructural de carácter social y económico que interiorizaron los grupos sociales. Cada clase construyó sus marcos de referencia, su propio ideolecto, simbología y percepción de la realidad de manera que la definición de las distintas alternativas se fue perfilando mediante un sistema de oposición de proyectos.

En principio, hay que distinguir dos grandes bloques, que contienen en su seno una parte del micromundo vizcaíno y, por lo tanto, todas las clases sociales: el bloque carlista, con su monarquía absolutista, y el bloque liberal, con el programa de la monarquía constitucional liberal. Si bien el primero es el que durante estos decenios se manifestó socialmente como el más arraigado, el bloque liberal cuenta con la ventaja de estar conectado con las instancias de poder del Estado, lo que le permitió, pese a su exigua implantación social, intervenir de modo ampliado en los asuntos de Bizkaia. En términos numéricos, el bloque liberal, según Víctor Luis Gaminde, agrupaba a unos 4.000 habitantes, distribuidos mayoritariamente por Lekeitio, Ondarroa, Plentzia, Bilbao y Balmaseda. Lo cual no impide para que en las anteiglesias y demás villas existieran personas proclives al liberalismo, si bien en franca o total minoría. El resto, 116.000 habitantes, en su opinión estarían alineados en la órbita de las propuestas carlistas. En 1836, el bloque liberal se dividió en dos alas, moderados y progresistas, una división que reflejaba dos proyectos diferenciados, cada cual con una base social autónoma, en definitiva, dos formas de entender la revolución burguesa, aunque en política económica apenas se diferenciaran. La división también se extiende a Bilbao, y ambas rivalizaron de una forma tan feroz que se convertirán en irreconciliables, al menos hasta 1844.

Una expresión romántica de este enfrentamiento lo encarna el duelo a pistola que sostuvieron de noche, en una huerta de Albia, en 1841, Víctor Luis Gaminde y Antonio Escosura, un moderado, refugiado en Bilbao. Gaminde le pega un tiro a Escosura que cae gravemente herido, en manos de Urioste de la Herrán y Uhagón, pero no muere. En 1845, A. Escosura se convirtió en el jefe político o representante del gobierno en Bizkaia. Víctor Luis Gaminde, escribano, encarnaba el prototipo del progresismo en Bilbao, dirigiendo una tertulia. Junto a él hay que destacar a P. Lemonauria, comerciante, propietario y promotor de sociedades mineras, Sotero Goicoechea, Domingo Castañiza, maestro de primeras letras. Estas personas fundaron la Sociedad Constitucional, en oposición a la Sociedad Bilbaina. Escribieron distintos folletos, artículos en su órgano de expresión, El Vizcaino Originario, como réplica a los semanarios de los moderados y fueristas íntegros, El Bilbaino, y más tarde El Vascongado.

Después de la Ley de 25 de octubre de 1839 se preveía una rápida solución al contencioso de los fueros; en Bizkaia, los políticos vinculados a los fueristas liberales moderados, de la mano de Casimiro Loyzaga, redactaron el primer proyecto de arreglo foral entre Fueros y Constitución, que en su artículo primero afirmaba que "Vizcaya conservará sus Fueros y régimen especial en su administración, político-económico-gubernativo." Este proyecto aspiraba a consagrar con formulaciones modernas el status tradicional, excepto en el plano judicial, en el nuevo marco constitucional. Sin embargo, desde el poder central, bien de los liberales progresistas como de un sector de los moderados, trataban de limitar la modificación al área económico-fiscal, es decir, la peculiaridad foral residiría en el modo de realizar el cupo fiscal contributivo a la hacienda del nuevo Estado. Por lo tanto, al parecer, no era necesario el reconocimiento de una autonomía política con competencias gubernativas. Los representantes de Navarra optaron por el modelo de arreglo o modificación foral limitado a la esfera económico-administrativa según las tesis de los liberales progresistas. Los liberales moderados defendieron la continuidad de la integridad foral traducida en una estructura político institucional de autogobierno hasta el punto que pudiera aparecer a los ojos carlistas como el último bastión de nexo y continuidad con el sistema tradicional de Antiguo Régimen.

El discurso político y social de las diversas tendencias y grupos, al finalizar la guerra civil de 1833-1839, como consecuencia de la ambigua Ley del 25 de octubre de 1839, permitió la introducción del significado de los Fueros en el discurso político de Bizkaia, manifestándose las siguientes tendencias:

2.- Un sector de los liberales, que defendió la estricta aplicación de la Constitución de 1837 ya que los aspectos positivos de los Fueros, referidos a las libertades individuales, se hallaban más definidos y garantizados en la Constitución. En la equivalencia Fueros igual a Constitución, la aplicación íntegra de ésta bastaba. Contó unos pocos adeptos en la burguesía comercial y el artesanado de Bilbao. Su órgano de comunicación periodística fue El Amigo de Vizcaya editado en 1843.

4.- Liberales moderados o conservadores, defendieron la conservación de los "fueros íntegros". En su opinión la Constitución liberal debiera limitarse al reconocimiento del sistema foral en las esferas políticas, económicas y gubernativas mientras que el reconocimiento de la Corona servía para garantizar la unidad constitucional. En suma, su propuesta se aproximaba a la construcción de un Estado en el marco y ámbito de la Corona española, como si se tratara de una readaptación o modernización de la tradicional teoría pactista. La abolición del pase foral (5-01-1841), garante para una de las partes de la soberanía compartida, la interpretaron como la desaparición de lo que calificaban "Fueros políticos". En su seno a su vez llegaron a diferenciarse en 1841 dos tendencias, una encabezada por José Miguel Arrieta Mascarúa, con raíces ideológicas cercanas a las tradicionalistas y otra por Manuel Urioste de la Herrán, de inspiración inequívocamente liberal, partidario de intervenir activamente en la política del Estado. Este último, en opinión de un observador de la época, actuaba como si fuera "más español" frente a José Miguel Arrieta Mascarúa. En el seno de este grupo algunos comenzaban a referirse a una posible nacionalidad vasca. Los haundikis y gentry de las anteiglesias y núcleos urbanos así como el sector financiero e industrial de la burguesía comercial bilbaina, (T.J. Epalza) formaron el soporte social de los liberales moderados fueristas y ocuparon los puestos claves de la administración foral. Crearon la revista El Bilbaino para difundir las referidas ideas en 1837. En 1840 fundaron el periódico El Vascongado siendo éste el antecedente más directo de otro periódico importante de la villa como lo fue el Irurac bat.

JAZ

En estas primeras elecciones generales (1820-1821) elegían a los Diputados los electores de partidos junto co el Jefe Político de la Provincia. Estos electores de Partidos eran elegidos por los electores parroquiales (1 por parroquia) de cada Partido judicial, quienes a su vez habían sido elegidos por los varones mayores de 23 años de cada parroquia.

Elecciones generales del 22-V-1820
Ref. Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elecc., Reg. 27, Leg. 1, nº 1-1. "Actas de la Junta Electoral de la Provincia de Vizcaya".
Electores
Tte. Coronel D. Lorenzo A. de Vedia, Jefe Político de Vizcaya
Francisco de Lemona-Uria, por el Partido de Bilbao
Gregorio Lezama Leguizamón, por el Partido de Bilbao
Domingo de Menica Landa, por el Partido de Guernica
Juan Bautista de Anitua, por el Partido de Guernica
Martín León de Jauregui, por el Partido de Durango
José R. de Rotaeche, por el Partido de Durango
Marcos Joaquín de Retuerto, por el Partido de Portugalete
Diputados elegidos
Casimiro de Loyzaga
Juan Antonio de Yandiola

Elecciones generales del 3-XII-1821
Ref. Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elecc., Reg. 27, Leg. 1, nº 1-2. "Actas de la Junta Electoral de la Provincia de Vizcaya."
Electores
Tte. Coronel D. Lorenzo A de Vedia, Jefe Político de Vizcaya
Pedro Novia de Salcedo por el Partido de Bilbao
José A. de Bengoechea, por el Partido de Durango
Martín León de Jauregui, por el Partido de Durango
Castor Mª de Allendesalazar, por el Partido de Guernica
Ignacio Luis de Astarloa, por el Partido de Guernica
Miguel de Butrón, por el Partido de Portugalete
Diputados elegidos
Domingo Eulogio de la Torre y las Casas, natural de Sopuerta y miembro de la Diputación provincial
José de Aporta Mallagaray, cura de Mallabia
Suplente: D. Martín León de Jauregui, de Amorebieta

Elecciones generales del 26-II-1836
La Gaceta de Madrid, nº 446, 11 de marzo 1836.
Martín de los Heros
José Ventura de Aguirre Solarte

Elección de dos diputados para las Cortes convocadas para el 20-VIII-1836 celebrada entre los días 13-15-VII-1836.
Ref. Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elecc., Reg. 27; Leg. 2, nº 1.
Nº de electores: 321. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 237.
Según R. D. del 24 y 28 de mayo de 1836 únicamente tenían derecho de voto los mayores contribuyentes, varones y mayores de 25 años. La cifra de éstos se vio muy disminuida como consecuencia de la guerra.
CandidatosVotos
Martín de los Heros182
Juan Ramón de Arana165
Pedro Pascual de Uhagón45
Casimiro de Loizaga39
José Pantaleón de Aguirre16
Francisco de Hormaeche10
Pedro de Lemonauria6
Juan Alvarez y Mendizabal4
Ramón de los Heros1
José Pío de Arechavala1
Pedro de Goossens1
Pedro Juan de Eguía1
José Florencio de Careaga1
Guillermo de Uhagón1
Pablo de Epalza, hijo1

Por lo que fueron proclamados diputados electos los señores Martín de los Heros y Juan Ramón de Arana.

Elección de dos diputados a Cortes celebrada entre los días 18, 19 y 20-IX-1836.
Ref. Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elecc., Reg. 27; Leg. 2, nº 2.
Nº de votos emitidos: 674
Según R. D. de 21-8-1836 en estas elecciones podían votar todos los ciudadanos que viviesen bajo la inmediata protección de las fortificaciones ocupadas por tropas de la Reina Doña Isabel II, sin excluir a nadie por no saber leer y escribir, siempre que fuesen varones mayores de 25 años.
A efectos de estas elecciones se dividió Bizkaia en siete distritos que abarcasen a aquellas poblaciones en poder de los isabelinos. En Bilbao: Santiago, S. Nicolás, S. Antonio Abad y Stos. Juanes. Anteiglesia de Begoña (que abarcaba a las de Deusto y Abando). Villa de Portugalete. Villa de Balmaseda (en la que no se celebraron las elecciones debido a hallarse entorpecidas sus comunicaciones como consecuencia de la guerra).
CandidatosVotos
Martín de los Heros506
Juan Ramón de Arana480
Pedro de Lemonauría190
Francisco de Hormaeche128
Pablo de Epalza4
Francisco Borja de Salazar4
Francisco Bernardo de la Torre3
Ramón de Arana2
Juan de Arana2
Pedro Pascual de Uhagón2
José Pantaleón de Aguirre2
Manuel de Careaga2
Pedro de Nobia1

En vista de que Martín de los Heros y Ramón de Arana alcanzaron un número de votos superior a 338 y por tanto mayoría de éstos, fueron proclamados Diputados electos por la provincia de Bizkaia.

Elección de un diputado suplente celebrada los días 18-20-IX y 7-9-X-1836.
Ref. Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elecc., Reg. 27; Leg. 2, nº 2.
Nº de votos emitidos en la 1ª vuelta: 674. Nº de votos emitidos en la 2ª vuelta: 379.
Debido a que en la 1ª vuelta ninguno de los candidatos alcanzó la mayoría absoluta que marcaba la ley se procedió a realizar una segunda votación en la que sólo podían entrar como candidatos para Diputado Suplente aquéllos que hubiesen obtenido mayor número de votos en la primera votación.
CandidatosVotos
1ª vuelta2ª vuelta
Pedro de Lemonauría275318
Eustaquio de Allende-Salazar13457
José Salvador de Lequerica1122
Francisco de Hormaeche111
En blanco01
Juan Ramón de Arana32
Martín de los Heros17
Federico de Vitoria14
Laureano de Jado13
José Pantaleón de Aguirre6
Ambrosio de Orbegozo4
Francisco Borja de Salazar4
Juan de Aguirreibarrondo4
Cándido de la Hormaza4
Manuel de Careaga2
Francisco de Lemonauria2
Juan Antonio de Arana2
Antonio C. de Vildósola2
José de Chávarri2
Federico Victoria de Lecea2
Manuel Urioste de la Herrán1

Elecciones para propuesta de terna para senador celebradas los días 22-26-IX-1837.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elecc., Reg. 28; Leg. 3, nº 2. "Acta de la Junta de escrutinio general de votos..." del 4-X-1837.
Nº de electores: 1.865. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 1.013.
CandidatosVotos
Pedro Allende Salazar888
Claudio de Zumelzu882
Manuel Plácido de Berriozabal, Conde de Vallehermoso823
José Pantaleón de Aguirre110
Ramón Gil de la Cuadra104
José Pío de Arechavala95
Manuel de Abarrategui58
Federico Victoria de Lecea12
José Santos de la Hera9
Francisco de Hormaeche8
Francisco Antonio de Gana6
Pedro Celestino de Echevarría5
Juan Ramón de Arana2
Antonio Cirilo Vildósola2
Francisco de Uhagón1

Por lo que fue propuesta la terna formada por D. Pedro de Allende-Salazar, D. Claudio de Zumelzu y D. Manuel Plácido de Berriozabal (Conde de Vallehermoso).

Elección de 3 Diputados para las Cortes convocadas para el 19-IX-1837 celebrada los días 22-26-IX-1837.
Ref. Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elecc., Reg. 28; Leg. 3, nº 2. "Acta de la Junta de escrutinio general de votos..." del 4-X-1837.
Nº de electores: 1.865. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 1.013.
A efectos de estas elecciones se dividió a Bizkaia en ocho distritos electorales: Parroquia de Santiago (Bilbao), Parroquia de San Antonio Abad (id.), Parroquia de los Stos. Juanes (id.), Parroquia de San Nicolás de Bari (id.), Villa de Portugalete, Anteiglesia de Begoña, Anteiglesia de Deusto y Anteiglesia de San Vicente de Abando. En un principio se formó también el distrito de la villa de Valmaseda, pero en ésta y debido a las malas comunicaciones en que se hallaba como consecuencia de la guerra no se celebraron dichas elecciones.
En carta dirigida a la Junta electoral provincial el 16-IX-1837, Víctor Luis de Gaminde, Canuto de Regoyos y José de Bengoechea, solicitan sean borrados de las listas electorales los electores de Larraskitu e Ibaizabal en Abando; los de Goierri en Deusto; los de Matalobos, Arbolantxa y Artasamina en Begoña y que "se limite el número de votaciones a las líneas y puestos de fortificación", pues aseguran que los vecinos de dichos barrios "tienen sus autoridades procedentes de nombramiento de Carlos, independientes de las constitucionales" y además "se ven continuamente asociados con los facciosos, y como que residen entre ellos, dan un lugar de preferente a la voluntad de aquéllos, que a los mandatos de S. M. la Reina". La Junta electora provincial en sesión celebrada el 17-IX-1837, teniendo en cuenta esta exposición y oyendo a los respectivos alcaldes, extendió un decreto por el cual se procedía a segregar de las listas electorales a varios de los individuos que comprendían, pero no a todos los que solicitaban Gaminde, Regoyos y Bengoechea. Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elecc., Reg. 28; Leg. 5. "Memoriales sobre la titulación de Agente Principal", año de 1837.
CandidatosVotos
Francisco de Hormaeche896
Federico Victoria de Lecea879
José Pantaleón de Aguirre660
Tomás de Epalza167
Pedro de Lemonauría105
Martín de los Heros102
Claudio Santos de Bayo94
Pedro de Jane20
Manuel de Abarrategui19
Claudio de Zumelzu12
Francisco Antonio de Gana11
Manuel Plácido de Berriozabal9
Pedro de Allende Salazar8
Manuel Antonio de Aguirre5
Eleuterio de Basozabal3
Bernardino de Zárate3
Pedro Pascual de Uhagón3
Casimiro de Loizaga3
Pablo de Epalza, hijo3
José Pío de Arechavala3
José de Allende2
José Santos de la Hera2
Pascual de Churruca2
Máximo de Aguirre2
Manuel de Uhagón2
Manuel de Urioste2
Miguel de la Fuente1

Por lo que, de acuerdo con la Ley Electoral de 20-7-1837, fueron proclamados diputados electos Francisco de Hormaeche, Federico Victoria de Lecea y José Pantaleón de Aguirre.

Elección de 3 Diputados a las Cortes convocadas para el 1-IX-1839 celebrada los días 24-28-VII-1839.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elecc., Reg. 29; Leg. 2. "Acta de la Junta del escrutinio general de votos...", del 5-VIII-1839.
Nº de electores: 1.767. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 1.114.
A efectos de estas elecciones se dividieron las zonas de Bizkaia no ocupadas por los carlistas en 8 distritos electorales: Parroquia de Santiago (Bilbao), de San Nicolás de Bari (id.), de los Santos Juanes (id.), de San Antonio Abad (id.), Villa de Portugalete, anteiglesia de Begoña, anteiglesia de Deusto y anteiglesia de Abando.
CandidatosVotos
Manuel Mª de Murga701
Pedro Pascual de Uhagón, padre694
Pedro de Jane637
José de Allende Salazar387
Pedro de Lemonauría382
José Domingo de Zuzaeta346
Francisco de Hormaeche22
Manuel Urioste de la Herrán18
Marcos Joaquín de Retuerto12
Domingo de Zuzaeta8
Pablo de Epalza, hijo7
Pablo de Epalza7
Francisco Antonio de Gana6
José de Allende5
José Pío de Arechavala5
Máximo de Aguirre4
Ramón Gil de la Cuadra4
José Pantaleón de Aguirre4
Manuel de Careaga4
Manuel de Mazarredo4
Francisco Xabier de Abarrategui3
Francisco de Gaminde3
Claudio Quintín de Zumelzu3
Tomás de Epalza3
Bernardino de Zárate3
Manuel Mª de Uhagón3
Agustín de Izaguirre3
José Domingo de Zuzaeta, para suplente2
José Salvador de Lequerica2
Eulogio de la Torre2
Manuel de Urioste y Butrón2
Pedro Pascual Dionisio de Uhagón2
Manuel Gómez de las Rivas, Obispo de Jaca2
Miquel de Larraza2
José Mª de Murga2
José de Jane2
Mariano de Eguía2
Juan Guardamino2
José Pedro de Allende1

Por lo tanto, fueron proclamados diputados electos Manuel Mª de Murga, Pedro Pascual de Uhagón y Pedro de Jane.

Elecciones para propuesta de terna para senador celebradas los días 24-28-VII-1839.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec., Reg. 29; Leg. 2. "Acta de la Junta de escrutinio general." del 5-VIII-1839.
Nº de electores: 1.767. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 1.114.
CandidatosVotos
Casimiro de Loizaga702
José Ventura de Aguirresolarte693
Claudio Quintín de Zumelzu686
Ramón Gil de la Cuadra368
Francisco Xabier de Abarrategui358
Manuel Gómez de las Rivas, Obispo de Jaca351
Mariano de Eguía12
Manuel de Abarrategui11
Pedro Pascual de Uhagón8
Marqués de Valle Humbroso7
Pedro de Jane5
José Pantaleón de Aguirre4
José Domingo de Zuzaeta4
José Ventura de Aguirre4
Marcos Joaquín de Retuerto4
Pedro de Lemonauría3
Serapio de la Hormaza3
Bernardino de Zárate3
Juan José de Mugartegui3
Manuel Mª de Murga3
Clemente de Iturriaga3
José Mª de Munive, Conde de Peñaflorida2
José de Allende Salazar2
Conde de Luchana2
Martín de los Heros2
Manuel de la Cuadra2
Juan Ramón de Arana2
Agustín de Izaguirre2
Alejandro Mon2
Juan de Landeta2
Bartolomé de Arana y Arana2
Marqués de Vallehermoso1

Por lo tanto fue propuesta a S. M. la terna formada por Casimiro de Loizaga, José Ventura de Aguirresolarte y Claudio Quintín de Zumelzu.

  • Elecciones de Diputados y propuesta de Senador para las Cortes convocadas para el 18-II-1840.

Por R. D. de 18-XI-1839 las Diputaciones Provinciales debían comenzar los preparativos de estas elecciones que habrían de celebrarse a partir del 19-1-1840. Con fecha 23-XII-1839, la Diputación General foral del M.N. y M.L. Señorío de Bizkaia dirigió un escrito al Secretario de Estado, en el que, por acuerdo tomado en la Junta General celebrada el 16 de dicho mes en Gernika, solicitaba que las operaciones electorales de Diputados a Cortes y propuestas de Senadores, cometidas a la Diputación Provincial por el art. 3º del Real Decreto de 16-XI-1839, se encargasen a la General foral nuevamente constituida, ya que "es deseo tanto de los cesantes diputados provinciales como de todo el pueblo de Vizcaya que ve la existencia de la Diputación Provincial como una constante amenaza a sus Fueros e instituciones privativas". En una R.O. fechada el 9-I-1840 y firmada por el Ministro de la Gobernación se lee: "Enterada S. M., teniendo presente que en nada se vulneran las antiguas instituciones ni la administración de Bizkaia con la permanencia por ahora de la Diputación Provincial para el único y exclusivo objeto de entender en lo relativo a la elección de Diputados a Cortes y propuestas de Senadores... Que, en consecuencia, espera S. M. que reunida la Diputación provincial conforme al mencionado art. 3º procederá inmediatamente y sin pérdida alguna de momento a preparar las elecciones de Diputados a Cortes y propuesta de Senador...". El 15-I-1840, en sesión celebrada por la Diputación General, leída la R. O. del 9 del corriente y después de considerar lo que en ella se dice y todo lo relacionado con ello, se decidió que "la Diputación General podía y debía presidir y dirigir las elecciones de Senador y Diputados a Cortes, porque según el artículo transitorio de la ley electoral, vigente hoy, están autorizadas las Diputaciones forales de las provincias vascongadas a entender en todo lo relativo a aquéllas." Por tanto, con fecha de 16 de enero, la Diputación General dirigió un escrito a S. M. la Reina gobernadora en el que patentizaba los males que presagiaba de llevarse a efecto su resolución de 9 de enero y los inconvenientes que para su cumplimiento se encontrarían, "suplicando tenga la dignación de mandar que se le confieran las facultades electorales que por el art. 3º del R. D. del 16-XI-1839 se cometieron a la Provincial que cesó." Al no existir contestación a este escrito las elecciones no se celebraron. Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 29; Leg. 4.

Elección de Diputados a las Cortes convocadas para el 19-III-1841 celebrada los días 7-II-III-1841.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 30; Leg. 4. "Acta del escrutinio general" del 19-III-1841.
Nº de electores: 6.195. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 3.077.
CandidatosVotos
Manuel Mª de Aldecoa, padre de provincia2.982
Francisco de Hormaeche2.955
Joaquín Francisco de Pacheco2.859
Manuel Urioste de la Herrán38
Pedro de Lemonauría34
Antonio Mª de Ansotegui27
José Pantaleón de Aguirre25
Pedro Antonio de Ventades25
José Mª de Lambarri17
Mariano de Eguía15
José Mª de Gortázar9
Manuel de Mazarredo7
Juan Antonio de Cucullu7
Félix de Orúe Echevarría5
Juan Bautista de Gana4
Manuel de Igartua3
Juan Bautista de Menchaca3
Manuel del Barrio3
Juan José de Unceta3
Domingo Eulogio de la Torre3
José Manuel de Arrieta Mascarua3
Miguel de Larraza3
Martín de Jauregui3
Pedro de Novia2

Elecciones para propuesta de terna para Senador a las Cortes convocadas para el 19-III-1841, celebradas los días 7-11-III-1841.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 30; Leg. 4. "Acta del escrutinio general." del 19-III-1841.
Nº de electores: 6.195. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 3.077.
CandidatosVotos
Manuel Joaquín de Tarancón2.986
Domingo Eulogio de la Torre2.985
Duque de Rivas2.963
Antonio de Rentería25
Castor Mª de Allende Salazar25
Antonio de Ansotegui23
Pedro de Novia16
León de Jauregui15
José de Aurrecoechea4
José Pantaleón de Aguirre4
Claudio de Zumelzu3
Manuel Mª de Aldecoa3
Francisco Eulogio de la Torre3
Juan de Arana3
Castor Mª de Salazar2
Serapio de la Hormaza2
Manuel de la Concha2
Francisco de los Heros2
Francisco de Legorburu2
Federico de Vitoria2
Ramón Gil de la Cuadra2
Francisco de Pacheco2
Duque de la Victoria2
Santos de Orúe2
Eulogio de Larrinaga1

Por lo que salió elegida para ser propuesta la terna formada por: Manuel Joaquín de Tarancón, obispo electo de Zamora; Domingo Eulogio de la Torre y el Duque de Rivas.

Elecciones generales convocadas para el 3-IV-1843, celebradas a partir del 27-II-1843.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 33, Lec. 1 al 12 y Reg. 34, Lec. 1 al 12.
Nº de electores: 9.188. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 7.555.
CandidatosVotos
José Miguel de Arrieta Mascarúa4.316
Víctor de Munibe4.279
Thomás José de Epalza4.140
Pedro de Lemonauría3.177
Julián Campo de la Quadra3.161
Bernabé Díaz de Mendívil3.157
Luis Calbo186
Estanislao de Goyri46
Varios152

Por tanto fueron proclamados como diputados electos José Miguel de Arrieta Mascarúa y Víctor Munibe.

Elecciones generales convocadas para el 15-X-1843, celebradas los días 15-20-IX-1843.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 38, Leg. 1. "Acta de la Junta de escrutinio general de votos del 27-IX-1843."
Nº de electores: 9.787. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 3.554.
CandidatosVotos
José Miguel de Arrieta Mascarúa2.434
Víctor de Munibe1.960
Federico Victoria de Lecea1.351
José Mª de Lámbarri1.269
Juan Santos de Orúe1.176
Antonio José Valdivielso1.063
Pedro de Jane682
Manuel de la Concha364
José Manuel de Villar93
Francisco Borja de Salazar62
Manuel de Mazarredo30
Francisco de Hormaeche17
José Mª de Bernaola14
Felipe de Trevilla8
Juan José de Unceta6
Domingo Ecenarro5
Domingo Eulogio de la Torre5
José Francisco de Eguía4
José Pantaleón de Aguirre3
Francisco Domingo de Zubiaga3
Antonio José de Vildósola3
Pedro de Lemonauría3
Francisco Luján3
Miguel de Larraza2
Santos Orúe2
Luis Calvo2
José Mª de Landaburu2
Antonio Ibáñez de la Rentería2
Andrés de Arrázola2
Joaquín María López2
Antonio González2
Gervasio Bilbao2
Mariano de Escauriaza2
Fernando Zabala2
Pedro Antonio Ventades2
Gerbasio Robles2
Manuel Mª de Uhagón1

Por lo que fueron proclamados diputados electos José Miguel de Arrieta Mascarúa y Víctor de Munibe. Como consecuencia de la renuncia de Víctor de Munibe, y al no existir diputado Suplente, se procedió a una segunda elección. (1) En los Distritos de Erandio y Otxandio no se constituyó la mesa electoral debido a la falta de asistencia de electores.

Elecciones para propuesta de terna para Senador celebradas los días 15-20-IX-1843.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 38, Leg. 1. "Acta de la Junta de escrutinio general de votos del 27-IX-1843."
Nº de electores: 9.787. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 3.554.
CandidatosVotos
Pedro Novia de Salcedo2.748
José Santos de la Hera1.901
Domingo Eulogio de la Torre1.898
José Mª de Jusué1.189
Antonio Mª de Ansótegui1.152
José Pantaleón de Aguirre941
Diego de Mugartegui631
Sr. Duque de Rivas14
Agustín de Izaguirre11
Pedro Antonio de Ventades10
Francisco Martínez de la Rosa9
Melchor Ipiña7
Gervasio Robles6
Juan Antonio de Orbegozo6
José Trotiaga6
Pedro Novia5
Fernando Angel Díaz4
Manuel de la Concha4
Francisco Ordóñez Barraicua4
Juan Muncig4
Francisco Uhagón4
José Mª de Bernaola3
Facundo Infante3
Federico Victoria de Lecea3
Pedro de Jane3
Tomás José de Epalza3
José Mª Salcedo2

Por lo que quedó propuesta para elegir Senador la terna formada por Pedro Novia de Salcedo, José Santos de la Hera y Domingo Eulogio de la Torre.

Elección de un Diputado y un suplente a las Cortes convocadas para el 15-X-1843, celebrada los días 17-21-XII-1843.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 39, Lec. 3, nº 1-7.
Nº de electores: 9.787. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 1.174.
(1) Estas elecciones se celebraron como consecuencia de la renuncia de Víctor de Munibe por lo que no variaron ni los distritos electorales, ni el número de electores.
(2) Sólamente se celebraron las elecciones en los distritos electorales de Bermeo, Bilbao, Carranza, Güeñes, Natxitua, Plentzia y Villaro. En los otros trece distritos no llegaron a constituirse las mesas electorales por falta de asistencia de electores.
CandidatosVotos
Francisco de Olabarrieta(2) 1.168
Diego de Mugartegui(2) 1.022
Manuel de Mazarredo(2) 20
Manuel Mª de Uhagón(2) 5
Francisco de Uhagón(2) 2
Luis Elejaga(2) 2
Vicente Uhagón(2) 1

Por lo que fueron proclamados Francisco de Olabarrieta y Diego de Mugartegui.

Elecciones generales del 4 y 5-II-1853.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 42, Leg. 1.
(1) Estas elecciones se realizaron según la Ley Electoral de 18 de marzo de 1846.
Distrito de Bilbao: Nº de electores: 150. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 94.
José Allendesalazar (progresista)55
Joaquín Aldamar39
Distrito de Durango: Nº de electores que tomaron parte en la votación: 97.
Juan José de Aréchaga y Landa56
Antonio de Arguinzoniz27
Ventura de Mugartegui15
Distrito de Gernika: Nº de electores que tomaron parte en la votación: 52
Francisco de Hormaeche52

Elecciones generales a las Cortes Constituyentes convocadas para el 8-XI-1854, celebradas los días 4-6-X-1854.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 42, Leg. 3, nº 1."Acta de la Junta de escrutinio general de votos del 16-X-1854."
Nº de electores: 10.937. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 3.849.
CandidatosVotos
José Allende Salazar3.403
Rafael de Guardamino3.099
Carlos Espínola1.524
Federico Victoria de Lecea1.109
Manuel de la Concha, Marqués del Duero831
Francisco de Hormaeche215
Pedro Novia de Salcedo154
Justo de Landa121
José Manuel de Villar y Salcedo80
Ramón Ortiz de Zárate68
José Miguel de Arrieta Mascarúa59
José Mª de Anitua55
José Javier de Uribarren36
José Mª de Lámbarri27
Conde de Valmaseda27
Ignacio de Olea26
Martín de los Heros19
José Mª de Orense19
Antonio de Arguinzóniz18
Emilio Castelar16
Mariano de Zabalburu7
Timoteo de Loizaga6
Duque de la Victoria6
Manuel Cantero5
Francisco Borja de Salazar5
Marqués de Villarías5
D. Carlos Adán de Yarza3
Marqués de Valdespina2
José Jacinto de Romarate2
Luis Castejón1

Quedaron proclamados diputados electos José Allende Salazar y Rafael de Guardamino, pero "correspondiendo tres diputados a la provincia y no habiendo reunido mayoría absoluta más que los dos señores de quienes se deja hecha mención, las segundas elecciones a que debe procederse para completar el número recaerán en uno de los tres candidatos que, después de los elegidos por tales diputados, han obtenido mayoría de votos y son Carlos Espínola, Federico Victoria de Lecea y Manuel de la Concha." Las segundas elecciones se celebrarán los días 21-23 de octubre del mismo año.

Elecciones de Diputados a las Constituyentes convocadas para el 8-XI-1854, 2ª vuelta. 21-23-X-1854.
Ref.Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 42, Leg. 3, nº 1. "Acta de la Junta de escrutinio general de votos del 29-X-1854.
Nº de electores: 10.574. Nº de electores que tomaron parte en la votación: 5.152
CandidatosVotos
D. Federico Victoria de Lecea2.169
D. Carlos de Espínola1.536
D. Manuel de la Concha, Marqués del Duero1.447

Por lo que resultó elegido para completar el número de tres diputados que correspondían a Bizkaia D. Federico Victoria de Lecea.

  • Elecciones a diputados en Cortes del 15-18 de enero de 1869.

Resultaron elegidos por ésta provincia José Miguel de Arrieta Mascarúa, Pascual Isasi Itamendi, Antonio de Arguinzoniz y Antonio Aparisi y Guijarro (absolutistas).

  • Elecciones de un Diputado a Cortes celebradas los días 20-23-I-1870.

Estas elecciones fueron convocadas por Decreto de 21-XII-1869 para cubrir la vacante producida por el fallecimiento de Miguel de Arrieta Mascarúa. El sistema electoral empleado fue el sufragio universal masculino. Ref. Archivo General del Señorío de Vizcaya (Gernika), Elec. Reg. 45.

Elecciones generales del 8-11 de Marzo de 1871.
Alejo Novia SalcedoDistrito de BilbaoCarlista
José Luis de AntuñanoDistrito de DurangoCarlista
Antonio Juan de VildósolaDistrito de GernikaCarlista
Cándido NocedalDistrito de BalmasedaCarlista

  • Elecciones a senadores de marzo de 1871.

Resultaron elegidos el Marqués de Valdespina, José Niceto Urquiza, el Obispo de Jaen y Juan José de Arechaga. Ref. La Gaceta de Madrid, 1871.

Candidatos en las elecciones de Cortes de 24-27-VIII-1872
Federico Solaegui MúgicaDistrito de Bilbao
Cosme Echevarrieta LascurainDistrito de Bilbao

Vidart
Distrito de Balmaseda
LeónDistrito de Balmaseda

Soler
Distrito de Durango
AguirreDistrito de Durango

José Félix Vitoria y Echevarría
Distrito de Gernika
ArzadunDistrito de Gernika

Fueron elegidos 4 radicales.

  • Elecciones a senadores de agosto de 1872.

Resultaron elegidos José de Allende Salazar, Timoteo de Loizaga y Landa, Ramón Salazar y Mazarredo y Juan Echevarria Lallana. Ref. Gaceta de Madrid, 1872.

Elecciones de Cortes del 10-13-V-1873
Ref. La Gaceta de Madrid
EchevarrietaDistrito de BilbaoRepublicano federal
VicuñaDistrito de BalmasedaRepublicano federal
LarrinagaDistrito de DurangoRepublicano federal
Nemesio de la Torre MendietaDistrito de GernikaRepublicano federal

La transformación política, económica y social experimentada por Bizkaia entre 1877 y 1931 fue profunda. Durante este período experimentó un importante incremento demográfico derivado directamente de un gran desarrollo de las actividades industriales, de forma que entre una y otra fecha pasó a desempeñar un importante papel en la política y economía nacional.

El desarrollo económico, directamente ligado a la explotación intensa de las minas de hierro de la provincia y su aprovechamiento directo en las siderurgias creadas en los años 80, atrajo a un sinnúmero de emigrantes que formaron un proletariado industrial importante. Este desarrollo económico, protagonizado por un reducido número de familias, en muchas ocasiones emparentadas entre sí, generó unos grandes beneficios que se centraron precisamente en las grandes familias explotadoras y beneficiadas del negocio del hierro genéricamente contemplado (minas, navieras, siderurgias, talleres, etc.). Es la conocida oligarquía vizcaína. Entre uno y otro grupo, entre el emergente proletariado industrial y los propietarios de estas grandes empresas, se situó un grupo social, la otra burguesía, formada por unas emergentes clases medias, profesionales ligados al crecimiento económico (abogados, ingenieros, etc.), viejas familias comerciantes que no pudieron o no supieron mantenerse en su situación hegemónica tradicional, con posiciones políticas situadas, precisamente, entre la izquierda obrera y derecha dinástica, germen social del nacionalismo vasco.

El final de la Guerra Carlista trajo consigo el cambio en las polaridades políticas. Del tradicional enfrentamiento entre liberales y carlistas se pasó a una pugna política, dentro del régimen de la Restauración con un sufragio universal masculino desde 1890, trucado por el caciquismo generalizado, entre las pujantes fuerzas de izquierda obrera (socialistas) y las fuerzas dinásticas, ligadas a la derecha económica. Entre ambos polos de conflicto se situaron las también emergentes fuerzas del nacionalismo vasco, cuyo origen se encuentra precisamente en Bizkaia y nutrida por grupos descontentos de los nuevos cambios que había traído el formidable proceso de industrialización vivido por el viejo Señorío desde 1876.

En la inmediata posguerra los carlistas, aunque no perdieron su implantación en los niveles local y provincial, se retrajeron de la participación electoral, por lo que van a ser los prohombres del Fuerismo liberal local los que van a copar los puestos de representación en las Cortes. Como anomalía encontramos a un foralista intransigente como Sagarmínaga que, en medio del fracaso de la Unión Vascongada, logró un acta de Diputado. Los conservadores quedaron en la sombra debido a los efectos del descontento producido por la abolición foral personificada en la figura de Cánovas. Pero una vez consolidado el nuevo sistema de Concierto Económico van a protagonizar, junto con los liberales, la pugna electoral. De esta forma, desde 1890 aproximadamente, los grupos oligárquicos rompieron la bipolaridad vigente y relajaron las fidelidades partidistas tradicionales. Desde los primeros años del siglo XX, momento en que se comienza a consolidar un bloque de izquierdas (socialistas y republicanos) la desunión llegará a las filas de la derecha. En 1918, el gran triunfo electoral, tanto en elecciones generales como en provinciales, de los nacionalistas empujó a la unión de las fuerzas de derecha (Liga de Acción Monárquica de 1919) que junto con la izquierda formará otro grupo de confrontación de forma que desde aquí encontramos dos bloques, nacionalista y antinacionalista, que pugnarán por hacerse con los puestos políticos. Los carlistas, integristas y republicanos, fuerzas tradicionales, quedaron superadas por estas confrontaciones entre los bloques de izquierda/derecha desde 1890 hasta 1918 y desde aquí por la de nacionalistas/antinacionalistas. La hegemonía política de la poderosa burguesía monopolística vinculada al Estado y beneficiada por el régimen político del momento y el ascenso de la obra burguesía no monopolista y vinculada al nacionalismo, les dejaría en la marginación.

El impulso de los carlistas e integristas lo tomaron los nacionalistas, que tuvieron su origen precisamente en Bilbao y Bizkaia donde durante gran parte de este período tuvieron casi su único núcleo importante. El nacionalismo vasco, fundado por Sabino Arana, comenzó como una mezcla de sociedad política y partido político. Su primer éxito electoral lo logró en 1898 con la entrada del propio Arana en la Diputación vizcaína. Desde su muerte, en 1903, el nacionalismo vasco tuvo una política sinuosa y a veces contradictoria por la pugna de los grupos más radicales y los más moderados, concentrados en torno a la figura de Ramón de la Sota y Llano, que fueron en última instancia los que consiguieron los triunfos electorales en 1917-1918. Sin embargo también tuvo que sufrir una escisión aberriana, en 1921, el mismo año que la de socialistas y comunistas. Si nos fijamos en el cuadro superior también veremos la importancia de determinados personajes, sobre todo en distritos alejados de la capital, que consiguieron la representación de un mismo distrito en un número apreciable de elecciones (el Marqués de Casa Torre en Durango, o José Acillona en Markina. Juan Tomás Gandarias en Gernika o Benigno Chávarri en Balmaseda). El distrito de Bilbao fue mucho más disputado y la alternancia fue mayor, con un importante peso republicano y socialista. También destaca el gran triunfo electoral del PNV en 1917-18, que se corresponde con el triunfo en Gipuzkoa y Álava, tanto en las elecciones generales como en las provinciales, de forma que Ramón de la Sota y Aburto, hijo de Ramón de la Sota y Llano, llegó a la presidencia de la Diputación vizcaína. Los Diputados por Bizkaia también eran personajes muy relacionados con el grupo de Sota, de forma que más que un triunfo del PNV marca un triunfo personal del grupo de Ramón de la Sota.

Senadores por Bizkaia. 1876-1923
1876Francisco Mac Mahon e Ignacio Mª del Castillo (Conde de Bilbao)
1879Antonio Achabal (Marqués de Peñaflorida) y Francisco Mac Mahón y Jane
1881Martín de Zavala y Francisco de las Rivas (Liberales)
1884Martín de Zavala (ind) y Bruno L. de Calle (conservador)
1886Martín de Zavala (ind) (Eduardo Victoria de Lecea (desde 1889) e Ignacio Mª del Castillo (Conde de Bilbao)
1891Víctor Chávarri (lib.) y Rafael de Mazarredo (Cons.)
1893Víctor Chávarri (lib.) y José Mª Martínez Rivas (Cons.)
1896Víctor Chávarri (lib.) y Francisco Martínez Rodas (lib.)
1898Víctor Chávarri (lib.) y José Mª Lizana (Marqués de Casa Torre) (Cons.)
1899Víctor Chávarri (lib.), José Mª Martínez Rivas (Cons.) y Fernando de Landecho (Cons.)
1901José Mª Martínez de las Rivas (Cons.), Manuel de Goyarrola (Cons.) y Federico Echevarría (lib.)
1903José Mª Martínez de las Rivas (Cons.), Ramón de Ybarra (Cons.) y Federico Echevarría (lib.)
1905José Mª Martínez de las Rivas (Cons.), Plácido de Allende (Lib.) y Federico Echevarría (Lib.)
1907Pablo de Alzola (Lib.), Plácido de Allende (Lib.) y Federico Echevarría (Lib.)
1910Plácido de Allende (Lib.), Benigno de Chávarri (Cons.) y Tomás de Zubiría (Dinástico)
1914Benigno de Chávarri (Cons.), Tomás de Zubiría (Dinástico) y Luis de Salazar (Lib.)
1916Benigno de Chávarri (Cons.), Tomás de Zubiría (Dinástico) y Federico de Echevarría (Lib.)
1918Pedro Chalbaud (Nac.), José Horn (Nac.) y Arturo Campion (Nac.)
1919Esteban Bilbao (Jaimista), Pedro Chalbaud (Nac.) y José Horn (Nac.)
1920Luis de Salazar (Cons.), Cosme Palacio (cons.) y Manuel Lezama Leguizamón (Jaimista)
1923Luis de Salazar (Cons.), Constantino de Careaga (lib.) y Manuel Lezama
Leguizamón (Tradicionalista-mellista)

Pero más allá de toda consideración, lo que los resultados electorales muestran es el paso de una sociedad decimonónica tradicional a una sociedad de masas, de partidos políticos organizados, frente a los partidos de notables que configuran la actividad política a fines del XIX. La sociedad decimonónica tradicional cambió a una sociedad de participación social, con una red de medios de transporte y de comunicación que facilitaban el ir y venir de ideas, mercancías y personas, nuevos medios de relación social, deportes, cine o toros. Este aumento de participación social también tuvo su correlato en la participación en la política. Los partidos políticos se tuvieron que organizar y buscar la afiliación del ciudadano en lugar de ser meras oficinas electorales de notables locales.

El desarrollo económico, con la formación de cada vez más empresas y la creciente contratación de mano de obra también conllevó la organización de fuerzas sindicales, sobre todo el desarrollo de la UGT y, ya en el siglo XX, del sindicato nacionalista, Solidaridad de Obreros Vascos. Ambos mantuvieron una pugna tanto entre sí como contra las ambiciones de los propietarios. A ellos se unieron los sindicatos católicos que gozaron de una cierta protección patronal. Dentro del campo sindical destaca la figura del introductor del socialismo en Bizkaia, Facundo Perezagua, que desde unos orígenes humildes consiguió formar un fuerte sindicato. Desde 1890, año de la primera gran huelga general en Bizkaia tomó una postura de confrontación con los patronos, sobre todo los mineros hasta 1910. Desde aquí comenzó una fase de cierta colaboración provocada por la aproximación entre Republicanos y Socialistas y acentuada con el desplazamiento de Parezagua por Indalecio Prieto en el control del socialismo vizcaíno, rota en comienzos de los años 20, aunque volvió a reinar una cierta paz social con la llegada de la Dictadura primorriverista, en la que es bien sabido colaboró tangencialmente la UGT.

Solidaridad de Obreros Vascos-Eusko Langileen Alkartasuna, fundado en 1911, además de un intento de los nacionalistas de asociar a los obreros frente a los inmigrantes, a los maketos, vieja aspiración aranista, también lo fue de oponerse a los éxitos de la Conjunción Republicano-Socialista y al monopolio de la lucha obrera llevado a cabo hasta entonces por UGT. En principio, pues, se formó más para liberar al obrero vasco del látigo opresor del socialismo que de los patronos. El desarrollo del sindicalismo nacionalista, paralelo a lo ocurrido con el propio partido, tuvo su epicentro en Bizkaia, sobre todo en Bilbao. En vísperas del golpe de Estado de Primo de Rivera tenía casi tantos afiliados que UGT, quizás no tanto por éxitos propios como por la debilidad y pérdida de afiliados que desde 1921 sufrió la UGT por la defección comunista. En cuanto a su composición, en principio tuvo una importante representación de obreros especializados y artesanos por cuenta propia, pero desde la Primera Guerra Mundial su perfil pasó a ser más interprofesional contando con muchos afiliados entre los obreros industriales de las grandes industrias de la márgen izquierda. Capítulo aparte serían los trabajadores de Euskalduna, el astilleros del grupo Sota, desde cuya dirección se impulsó -cuando no se impuso- la afiliación al sindicato nacionalista, que se veía beneficiado en la política sindical del astilleros con la estrecha colaboración de su dirección y, sobre todo, de su presidente Ramón de la Sota.

En un lento proceso, entre 1905 y 1910, los obreros católicos también se organizaron, llegando a tener una cierta entidad aunque no llegaron a consolidarse por las contradicciones internas a la hora de llevar a cabo una verdadera acción sindical. También a resultas de la Revolución Rusa se hicieron notar los sindicalismos radicales anarquista (CNT) y comunista. La CNT tuvo su mejor momento entre 1919 y 1921 con una cierta implantación en la Ría bilbaína. Los comunistas, producto de una escisión socialista, entre los que encontramos al forjador del socialismo vizcaíno Facundo Perezagua, restó efectivos, tanto en el aspecto político como en el sindical, a los socialistas que sufrieron una fuerte crisis interna, aunque electoralmente la escisión comunista no tuvo efecto alguno.

Paralelamente a los sindicatos también se desarrollaron sociedades empresariales, en principio destinadas a proteger e impulsar los intereses patronales frente al gobierno para conseguir políticas ventajosas (medidas arancelarias), pero que desde la gran huelga general de 1890 también se emplearon a fondo para conseguir el apoyo institucional frente a las desmedidas para ellos ambiciones obreras. Ejemplo de ello tenemos la formación y desarrollo de la Liga Vizcaína de Productores, el Centro Industrial de Vizcaya, Círculo Minero Asociación de Patronos Mineros o la Asociación de navieros. La llegada al poder de Primo de Rivera en septiembre de 1923 supuso un apaciguamiento de la crispación social. Los comunistas, cenetistas y nacionalistas quedaron fuera de la ley. En el mundo sindical quedó sólo la UGT casi en situación de monopolio, solo parcialmente contrarrestada por la alianza entre el SOV y los sindicatos católicos para lograr puestos en los comités paritarios.

La labor de eliminación de la vieja política de la Dictadura tuvo su excepción en el País Vasco cuando las Diputaciones se libraron de ser disueltas en 1924. Sin embargo, las confrontaciones entre los grupos políticos locales y las directrices de Madrid en cuanto a su absorción por la Unión Patriótica llevaron al Gobierno a la disolución de las Diputaciones, y al nombramiento de nuevos diputados entre miembros de la Unión Patriótica y afines, en 1926. La crisis de la Dictadura comenzó en 1928, cada vez más cuestionada por los sectores que la habían apoyado hasta entonces o simplemente no se habían opuesto a ella (socialistas, intelectuales, clases medias, etc.). La derecha tradicional quedó inoperante a resultas de la nueva política de la Dictadura que le habría quitado sus resortes de control político. Los republicanos cada vez eran más y más activos e incorporaron a una nueva generación de activistas y a destacados miembros de los grupos monárquicos. En agosto de 1930, en medio de la descomposición de la Dictadura, los republicanos y catalanistas, con el apoyo implícito de socialistas y CNT, firmaron un acuerdo de implantación de la República (el Pacto de San Sebastián). Aunque sus iniciativas no tuvieron éxito puesto que la República llegó por medio de unas elecciones municipales.

Motor y consecuencia del desarrollo social constituye el fuerte crecimiento económico vivido entre 1876 y 1931 por la provincia. En 1876, aunque con claros antecedentes en el período de entreguerras con la constitución en 1841 de Santa Ana de Bolueta que instaló el primer alto horno de Bizkaia, o la constitución y concesión de líneas de ferrocarriles mineros como el de Triano, comenzó un proceso de exportación masiva de hierro a los mercados internacionales, sobre todo al británico. El desarrollo de la actividad industrial se superpuso a una actividad comercial que contaba con una larga tradición. El consiguiente aumento de población, causa y consecuencia del desarrollo económico, también fue patente. Los datos del censo no dejan lugar a dudas.

Población de Bizkaia y Bilbao (1877-1930)
CensoBizkaiaBilbao
1877189.95432.734
1887235.65950.772
1900311.36183.306
1910349.92393.536
1920409.550112.819
1930485.205161.987

  • Primera etapa: minería e industria

El origen de esta fiebre minera está en la extensión por Europa de un procedimiento de obtención directa de acero, el procedimiento Bessemer que tenía como requisito de utilización el aprovechamiento de hierro no fosforoso. Los únicos yacimientos europeos de tal mineral se encontraban en Suecia, lejanos a la costa y con dificultades de explotación, y el hierro vizcaíno y santanderino, explotado desde tiempo de los romanos por medios tradicionales, que se podía aprovechar en forma de cantera a cielo abierto por lo que no requería la construcción de costosas y complicadas galerías ni tampoco obligaba a la contratación de personal experto, salvo en puestos muy concretos (barrenistas). Pues bien, desde 1876 comenzó la exportación masiva de este hierro a los mercados siderúrgicos europeos y americanos. Pero para ello se tuvieron que poner a punto estructuras nuevas e inéditas en el país que variaron profundamente su paisaje físico, humano y social.

Producción de mineral de hierro en Vizcaya y su participación en el total de España 1861-1935
Fuente: González Portilla, Manuel (1981): La formación de la sociedad capitalista en el País Vasco (1876-1913), San Sebastian,vol. 1. pág. 50. Cuadro 1.
QuinqueniosToneladas% en el total de España
1861-6581.77640,45
1866-70159.05550,72
1871-75243.72039,79
1876-801.144.92767,44
1881-853.329.23180,82
1886-904.009.70277,21
1891-954.394.68381,8
1896-19005.487.02669,54
1901-054.885.40559,35
1906-104.150.97648,31
1911-153.257.07940,5
1916-202.535.41949,72
1921-251.695.69147,4
1926-302.178.85341,94
1931-351.360.51658,26

A la ampliación de la línea del Ferrocarril de Triano, se unieron la construcción de otros como el de la Orconera o la Franco Belga, ambas explotadoras de criaderos propiedad de notables locales (Ybarra) que no eran más que sociedades constituidas por siderurgias europeas para contratar el mineral barato, con participación de capital local a los que se pagaba un canon por tonelada extraída. Además se tuvieron que poner a punto sistemas de transporte que permitieran el acarreo masivo de mineral desde los filones a la cercana Ría bilbaína. En unos casos fueron iniciativas privadas (tranvías aéreos, terraplenes, cadenas sin fin), en otros ferrocarriles públicos (Triano propiedad de la Diputación vizcaína) o privados (Galdames, Orconera, Franco Belga) y la construcción de cargaderos en la ría para la descarga definitiva del mineral en los barcos, para lo que fue menester, además, encauzar la Ría al completo y, sobre todo, eliminar la barra de arena de Portugalete, que limitaba de forma importante la entrada y salida de los buques, además de obligar, por problemas de calado, a no cargar hasta el máximo sus bodegas. Esta labor, junto con la construcción de espigones de protección en el Abra bilbaína, la emprendió la Junta de Obras del Puerto desde los años 80 con resultados espectaculares.

Alrededor del negocio minero se estableció todo un sistema empresarial (propietarios, explotadores en arrendamiento, comisionistas, transportistas, agentes de aduanas, etc.) que culminó con la construcción de las grandes siderurgias vizcaínas, alrededor de los tres grupos familiares y empresariales principales (Ybarra, Chávarri y Martínez Rivas) que o remozaron o construyeron altos hornos nuevos en la ría para beneficiarse del hierro de sus propias minas con el carbón británico que venía como flete de retorno en los barcos que salían de aquí con hierro en sus bodegas. Estas fábricas de hierro, Altos Hornos de Bilbao de los Ybarra y la Vizcaya de los Chávarri, en 1902, se fusionaron junto con otra fábrica de hojalata (la Iberia) en la emblemática Altos Hornos de Vizcaya. Para explotar el mineral, transformarlo en las nuevas siderurgias o exportarlo hacía falta mano de obra, sobre todo de las provincias limítrofes, norte de Castilla, Galicia o León. Esta mano de obra no sólo consistía en simples peones para acarrear el mineral sino además pequeños comerciantes, clases medias modestas, que generaron también un mayor consumo, lo que hacía necesario una mayor oferta de bienes y servicios.

En todo este entramado económico tuvieron papel importante los bancos. Desde el primero de la plaza, el Banco de Bilbao, fundado con las medidas liberalizadoras del sector bancario de mediados de siglo XIX, entre cuyos accionistas encontramos a lo más conspicuo de la oligarquía vizcaína, hasta, a fines de siglo la organización de nuevos bancos, mucho más dedicados a la inversión en las nuevas actividades como el Banco de Comercio -pronto fusionado con el de Bilbao-, el Crédito de la Unión Minera y, sobre todo, el Banco de Vizcaya muy relacionado con una segunda etapa de la industrialización, ya con inversiones más diversificadas en nuevos sectores, como el eléctrico.

  • Segunda etapa: nuevos sectores y exportación de capital

La gran movilización de capitales involucrados en el negocio minero desbordó pronta y ampliamente el estrecho margen de su actuación. Al principio fueron talleres de transformados metálicos conformados como Sociedades Anónimas o no (Aurrerá, Talleres de Deusto, Talleres de Zorroza, Eduardo K.L. Earle, la Basconia, Echevarría, etc.).

Será, aproximadamente, con el cambio de siglo cuando el capitalismo bilbaíno desborde ampliamente sus fronteras económicas y sectoriales para participar activamente en el capitalismo español. Se invirtieron recursos en nuevos monopolios, conseguidos también con la participación política en la Corte, como los explosivos, nuevas líneas de ferrocarril para acercar mercados como el de la Robla a León para traer carbón leonés a las fábricas vizcaínas, se conformó el cuasimonopolio papelero con la Papelera Española, la formación de una nueva industria química -también obligada por el desarrollo fabril- con fábricas de abonos, asfalto, etc. También se desarrolló, con la participación activa de personajes tales como Fernando de Ybarra, el establecimiento de eléctricas (Hidroeléctrica Ibérica) con prolongaciones en otras provincias (Electra del Viesgo). Desde la Guerra Mundial también aparecieron nuevos sectores de servicios tales como la publicidad, espectáculos (cines y teatros), etc. El continuo traer y llevar mineral también reforzó la actividad naviera en sus dos vertientes, de transporte de mercancías y la construcción de buques con astilleros como Euskalduna o el de Sestao de la Sociedad de Construcción Naval.

Todas estas actividades, en progresiva diversificación, fueron protagonizadas por los grandes grupos empresariales bilbaínos (Chávarri, Ybarra, Martínez Rivas o Sota) con diversidad de fortuna pero que muestran un dinamismo empresarial difícilmente comparable con lo ocurrido en ninguna otra parte de la geografía española. Estos grandes grupos empresariales, formados en muchas ocasiones como sociedades no anónimas (comunidades de bienes o limitadas), participaban en amplios y variados sectores. Los Chávarri, por ejemplo, además de su participación en la Vizcaya, y luego en Altos Hornos de Vizcaya, banca o en el negocio minero, también participaban en negocios tan variopintos como la explotación del puente de peaje frente al Ayuntamiento bilbaíno. Un caso particularmente reseñable es el del entramado forjado por Ramón de la Sota, propietario minero (de hierro y carbón en Santander -Dicido, Setares- y en Teruel), siderúrgico (Siderurgia del Mediterráneo), naviero (Sota y Aznar), de astilleros (Euskalduna), ferrocarril (Teruel a Sagunto) e incluso como comerciante particular que formaba un grupo de empresas que se proveían de bienes y clientela unas a otras. Otro grupo empresarial importante fue el encabezado por el republicano Horacio Echevarrieta que, además de minas, mantenía actividades tan variadas como la organización de astilleros en Cádiz, o la formación de un centro de recreo en el monte Artxanda, el Metro de Madrid o la prospección petrolífera, bajo la cobertura de una comunidad de bienes como era Echevarrieta y Larrínaga, con un capital de 50 millones de pesetas en 1923. Con todo ello queremos indicar que las pugnas políticas, que las hubo, no impedían que entre los distintos grupos económicos hubieran fluidas relaciones económicas y financieras.

No se puede dejar aparte la participación de la inversión extranjera en este desarrollo económico, fueran los entramados de siderurgias europeas de la Orconera o la Franco Belga, como químicas (Burt, Walton & Haywood, L'Air liquide), en transportes y electricidad (Tramwys et Electricité de Bilbao), etc. Pero hay que destacar que el dinamismo económico vizcaíno, si bien indisociable a la demanda extranjera de mineral, también fue endógeno en la medida en que los empresarios vizcaínos fueron capaces de aprovechar una coyuntura del mercado internacional de los minerales de hierro en su propio beneficio. Sus capitales fueron reinvertidos primero en la constitución de sociedades intermediarias o de acabado de los productos metálicos, para luego desbordarse sectorial y geográficamente. La importancia del mercado bursátil bilbaíno, el segundo tras Madrid y por encima del de Barcelona,y como plaza de inscripción de sociedades que tomó Bilbao fue debida tanto al sobrebeneficio que brindaba la vecindad vizcaína a las empresas, a la hora del pago de sus tributos, como al simple hecho de abundancia de capitales a invertir, porque un aspecto importante de todo este desarrollo fue el disfrute de una situación tributaria particular del País Vasco dentro del centralista Estado de la época. Nos referimos al Concierto Económico.

Número de sociedades constituidas entre 1900 y 1958
* En millones de ptas.
AñosSociedades constituidasCapital total (millones de ptas.)AñosSociedades constituidasCapital total (millones de ptas.)
190010816019308821
190114748219316912
1902915119329828
19039854193310637
19047119193410115
190557191935699
1906885019368823
1907301819375625.000 pts.
190886151938177
1909721219394921
19106616194086105
1911649194196215
191264151942169170
191371141943123253
191458151944145117
19155451945120106
19169481946111206
1917134341947139284
19182194071948111282
19191649619497979
19201567019507487
19211866319515961
192212650195275155
1923872519537866
192411219195460104
192516944195596135
192697291956107353
192780131957112345
19287191958139262

Un elemento importante en la explicación del fuerte desarrollo económico vivido por Bizkaia lo tenemos en el particular status tributario y administrativo que le favorecía el Concierto Económico. Por una parte la Diputación actuó directamente como un agente económico desde el momento en que le pertenecía el principal ferrocarril minero de la provincia, el de Triano, con el que sostuvo buena parte del presupuesto durante más de treinta años. Además, al establecer unos precios políticos en sus tarifas -alejadas del beneficio inmediato para el reparto de dividendos entre accionistas- obligó a los demás ferrocarriles, que sí estaban sujetos al principio de rentabilidad económica, a contener los precios, de forma y manera que los beneficios que deberían ir en su grueso a los intermediarios transportistas -extranjeros- lo fueron de forma tangencial, lo que incrementó el beneficio de los explotadores locales.

Con estos recursos, más los provenientes de impuestos y arbitrios, la Diputación provincial, como heredera directa de la Foral disuelta en mayo de 1877, estableció una política impulsora de la actividad económica, sobre todo centrada en la construcción de infraestructuras de transporte (carreteras) y otras menos visibles pero también necesarias para el desarrollo social tales como fueron las dotaciones a la educación. Por ejemplo, la Escuela de Ingenieros de Bilbao contaba con una importante subvención anual de la Diputación. De este modo, los elementos infraestructurales del desarrollo industrial fueron financiados por manos públicas de forma decidida. La amplia autonomía administrativa de la Diputación permitió ejecutar obras de forma directa, sin permisos previos y engorrosos. Pero más importante es el desarrollo político que alcanza la Diputación provincial en comparación con el que pudo tener cualquier otra Diputación de régimen común.

Si el interés de las élites locales en controlar la administración provincial es evidente y obvia en todas las Diputaciones provinciales, que al fin y al cabo tenían entre sus funciones primordiales el desarrollo de la respectiva provincia, en el caso vizcaíno va a serlo todavía más. Al controlar la Diputación los presupuestos municipales, y sus arbitrios, además de establecer una política tributaria propia, aplicable a los principales tributos de la época (prácticamente todos salvo las rentas de aduanas y las Cédulas Personales, en este caso hasta 1927), los notables locales, la oligarquía vizcaína va a ser la primera interesada primero en que la Diputación no tenga problemas en el ejercicio de estas atribuciones, para lo que pondrá en funcionamiento sus resortes y amistades políticas en la Corte para evitarlo, y en segundo lugar se perfilará una presión fiscal muy clemente con los beneficios empresariales pues gravitará fundamentalmente, por lo menos hasta la primera década del siglo XX, sobre los arbitrios de consumo. Este fue el principal ataque que sufrió la Diputación, y el Concierto, por parte de las fuerzas de oposición de izquierdas, el abuso de arbitrios y contribuciones indirectas, además del exhaustivo control de la administración municipal, esfera en que los socialistas y republicanos tenían amplia representación. Sin embargo, será el incremento del cupo el que marque las principales novedades fiscales hasta la Guerra Civil.

Precisamente la baja fiscalidad empresarial, establecida sólo desde 1910 de forma tímida, es uno de los motivos de la inscripción y domicilio de variedad de empresas en Bilbao, cuando su negocio radicaba en otro lugar en la medida en que hasta tal fecha realmente estaban exentas del pago de cualquier impuesto sobre los beneficios y desde tal año lo estuvo en una cuantía muy inferior a la establecida en el resto del país por el Ministerio de Hacienda. Incluso se dio el caso, desde 1920 y en medio de una grave crisis naviera, de una competición entre las Diputaciones de Bizkaia y Gipuzkoa para atraer a las navieras. Tal es así que hubo navieras vizcaínas que variaron su domicilio social a lugares como Eibar para así reducir todavía más su fiscalidad. Este fue pues, el bajo nivel de gravosidad de los impuestos sobre los beneficios, otro elemento de incremento de los mismos para los empresarios vizcaínos, no diremos que el más importante pero uno más.

Aunque pueda parecer que la situación de las Diputaciones vascongadas fuera envidiable por el disfrute del Concierto, no hay que perder de vista que se partía de una posición previa, el Fuero, percibida como ideal. Prueba de ello la tenemos en que desde 1878 se aspirara intermitentemente a la reintegración foral. En 1885, con los preparativos de la renovación del Concierto de 1887, las Diputaciones comenzaron a elaborar proyectos de reintegración foral, más o menos encubierta. Pero una vez conseguida la renovación ventajosa del Concierto se volvieron a sus casas con un compromiso nebuloso en gestionar un Concierto Administrativo, compromiso no cumplido.

En 1904, con la modificación de la tributación de los alcoholes, hubo un grave contencioso. Fue la primera vez que se desencabezó un concepto tributario y, como preámbulo de la renovación de 1906, no pudo ser peor el resultado obtenido. Lo esencial del asunto se volvió a plantear en 1906. Moret, fugaz Presidente del Gobierno en medio de las negociaciones del Concierto, prometió discutir la reintegración foral con los comisionados vascongados. El problema de la reintegración foral quedó relegado hasta que se solucionara la inestable posición del Gobierno. En enero de 1907 llegó Maura al Gobierno, luego se esperó hasta la celebración de las elecciones a Diputaciones a Cortes y provinciales. En junio de 1907, apareció el proyecto de reforma administrativa de Maura, en el que las Diputaciones intentaron integrar su reivindicación foral. En el texto del proyecto se incluyó un artículo por el que las Diputaciones vascongadas y la navarra seguirían investidas de las atribuciones de que gozaban en cuanto diferían de los contenidos de la Ley de reforma.

Frente a los nacionalistas, que exigían la vuelta a la situación previa a 1839, petición difícil de conseguir por lo que implicaba (la vuelta a las aduanas al interior, pase foral, etc.), los socialistas consideraban que los Fueros significaban la vuelta al control de la oligarquía rural, etc. Las corrientes genéricamente liberales reconocían la utilidad de la vuelta de ciertas instituciones forales, con las reformas pertinentes para amoldarlas a los nuevos tiempos. En cualquier caso la división de opiniones entre los grupos políticos, la prensa e incluso las Diputaciones hizo difícil presentar un proyecto de reintegración foral concreto. Maura no quiso ir más allá del respeto a las situaciones de hecho. El problema basilar era que, a los treinta años de la Ley de 1876, no se sabía muy bien qué era y cómo pedir la "reintegración foral". El final del Gobierno Maura en 1909, a resultas de la Semana Trágica, dio al traste con un intento nuevamente infructuoso de reintegración foral.

En 1917 se abrió otro período de reivindicación autonómica; con el telón de fondo de un Estado acosado. En marzo se renovaron las Diputaciones provinciales con triunfo nacionalista en Bizkaia y carlista en Álava y Gipuzkoa. El 16 de julio de 1917 se reunieron en Vitoria las Diputaciones vascongadas en pleno a instancia de la vizcaína. A ellas se unieron, a título personal, tres Diputados navarros. Los acuerdos propuestos y aprobados por unanimidad, fueron dos. El más importante fue solicitar de los Poderes públicos (en forma de un Mensaje al Gobierno), dentro de la unidad nacional, para ellas y para los Ayuntamientos, "una amplia autonomía que esté en consonancia con las constantes aspiraciones del País". Es importante destacar que se había abandonado el término de reintegración foral en beneficio del término autonomía. Quizás éste fuera más práctico, más neutro, más acorde con los tiempos, habida cuenta de los problemas que acarreaba el uso de los términos forales tradicionales. El Mensaje dirigido al Gobierno, en síntesis, venía a decir que aunque el Concierto salvaguardaba su régimen económico y administrativo, no era "suficiente esa autonomía para el desarrollo de la actividad y el esfuerzo de los moradores de esta tierra. Por eso, las Diputaciones, sin hacer dejación (...) de los derechos históricos (...), estiman que les es necesario ampliar la autonomía que disfrutan". Por todo ello se pedía al Gobierno que adoptara, o propusiera en las Cortes, previa audiencia a las Diputaciones, las disposiciones pertinentes para sus aspiraciones de mayor autonomía, sintetizada en una disposición general que diría, más o menos, que "reservándose para sí el Estado todo lo concerniente a Relaciones exteriores, Guerra, Marina, Deuda pública, Aduanas, Moneda, Pesas y Medidas y Correos, dejara al país mismo, representado por sus organismos forales, la dirección de todos los demás servicios públicos". Los términos del Mensaje agradaron a casi todos los grupos políticos, aunque estuvieran lejos de sus ideales. La alusión a la unidad de la patria alejó las sospechas de separatismo, la promesa de autonomía municipal halagó los oídos de los Ayuntamientos, la referencia a los "derechos históricos" satisfizo a los foralistas acérrimos. Ladislao de Zavala leyó el Mensaje al Presidente del Gobierno el 17 de diciembre de 1917, que le contestó con muy buenas palabras, con lo que el texto ingresó en el infinito número de papeles y expedientes desaparecidos en las entrañas de los Ministerios.

En noviembre de 1918, con el fin de la Primera Guerra Mundial, el derrumbamiento del Imperio Austro-Húngaro y la caída de Maura se dio un nuevo impulso a las gestiones autonomistas. En estos momentos se veía la situación nacional e internacional muy propicia para conseguir la ansiada autonomía, tanto por catalanes como por vascos. Romanones, Presidente del Gobierno desde el 5 de diciembre de 1918, dictó un Real Decreto por el que se formó una Comisión extraparlamentaria para elaborar un proyecto de Ley sobre autonomía al Parlamento. Esta Comisión, formada el 27 de diciembre por treinta y tres personalidades, a su vez nombró una ponencia, formada por Sánchez de Toca, Maura, Rodrigáñez, Alcalá Zamora y Ruiz-Jiménez, que habría de elaborar un texto de la autonomía municipal y otro de la autonomía catalana. También se nombró una subponencia, formada por Orueta, Senante y Chalbaud para la redacción de un Estatuto vasco. La subponencia redactó un proyecto de autonomía, oyendo a las Diputaciones. El texto seguía la línea del Mensaje de un año antes con la insistencia de la reintegración foral. La articulación de ésta se haría por la derogación de las leyes de 19 de septiembre de 1837, 25 de octubre de 1839, y en general, cuantas leyes y disposiciones modificaran el régimen y funcionamientos de Ayuntamientos y Diputaciones vascongadas, por lo que se les reintegraba en sus atribuciones, dentro de la unidad de la nación. En su consecuencia quedaban restaurados (art. 2º) los organismos forales, adaptados de acuerdo con el Gobierno a las situaciones del momento. En el apartado segundo, ante la previsible negativa a la reintegración foral se establecían las bases de una solución autonómica. En tres (o seis) meses se reunirían los Ayuntamientos de las tres provincias para acordar la constitución de los organismos forales, adaptados o nuevos. Las facultades de las provincias alcanzarían al régimen municipal, enseñanza en todos sus grados, obras públicas, marina mercante (salvo el abanderamiento), reglamentación de la riqueza, beneficencia, sanidad e higiene, juego, bellas artes, orden público, estadística y prisiones; con libertad de nombrar y separar a su personal y reglamentar sus materias. Cada provincia tendría facultad de establecer su derecho público y privado, y la cooficialidad del castellano y del euskera. Las relaciones económicas se regularían por el Estado con las tres provincias, con base proporcional a los habitantes. Las provincias pagarían por las contribuciones de aduanas, tabacos, correos y telégrafos, monopolios, loterías y cuotas militares. Cada provincia pagaría un cupo al Estado con una base automática de proporcionalidad a aplicar en cada presupuesto anual. Respecto al servicio militar el reclutamiento lo harían las provincias, donde se instruirían y servirían los reclutas, salvo en caso de guerra.

El texto de la subponencia se presentó como voto particular porque el pleno de la Comisión extraparlamentaria utilizó de base otro proyecto presentado por Alba. En él se recogía la aspiración de vuelta de las instituciones forales, pero serían los Ayuntamientos los que determinarían su régimen, constitución y funcionamiento. El Gobierno ejercería una labor de alta inspección. En estas condiciones no extraña que las Diputaciones protestaran. Todas las expectativas levantadas por el proyecto se hundieron. La autoexclusión de los catalanes, que presentaron su propio Estatuto Catalán, y sobre todo el agudizamiento de la crisis social, que hizo desviar la atención gubernamental a la ola de huelgas de Cataluña, invalidaron el proyecto. Con el cierre de las Cortes a fines de febrero de 1919 la cuestión de la autonomía pasó a mejor momento. La dimisión de Romanones le dio la puntilla. Con la sustitución de Romanones por Maura, se acabó el único intento serio hecho por el régimen para hallar una solución autonómica al problema regional español. El romanonista Orueta escribió que "en ningún momento, desde 1876 (...), ha estado nuestro país más cerca de tener una autonomía que en aquél. (...) Fue casi un hecho". Este optimismo se puede explicar porque se veía que por lo menos había esperanzas mucho más fundadas que en intentonas anteriores. Sin embargo, lo que más preocupó a las Diputaciones en la última fase de todo el proceso fue la situación en que quedaría el Concierto. Si en la subponencia, aún con un cupo renovable anualmente, se contemplaba como parte sustancial de la autonomía y, por ley, definido y respetado, no sucedía igual con el dictamen de la Comisión parlamentaria pues el Estado, mediante una comisión mixta en la que tenía mayoría, podría modificar a su gusto los cupos. Con la llegada de la Dictadura de Primo de Rivera hubo diversos intentos de recuperar el testigo del movimiento autonomista, aunque no dieron resultado positivo, sobre todo, por la diferente postura de las Diputaciones de Bizkaia y Gipuzkoa. No será hasta la llegada de la II República en que se conseguirá de nuevo retomar el impulso autonomista, que culminará ya en plena Guerra Civil.

EAO

La República, el nuevo régimen político que se estableció en abril de 1931, surgió como consecuencia de la victoria en las elecciones municipales del 12 de abril de las candidaturas republicano-socialistas opositoras a la monarquía en la mayoría de las capitales y ciudades importantes. Bilbao y su área de influencia no fueron una excepción.

La provincia de Bizkaia había experimentado entre los años 1900 y 1930 un aumento de la población de un 95%. Una marea humana en movimiento que provenía tanto de otras partes del País Vasco como de otras provincias españolas a la búsqueda de oportunidades, y que se convertía en la mano de obra necesaria para consolidar el enorme desarrollo industrial experimentado principalmente en los sectores minero y siderometalúrgico. De esta manera, la modernización económica, la consolidación de una sociedad de masas, los anhelos de democratización del sistema político, así como la pérdida de referentes de identidad de la población autóctona y la penuria económica de amplios sectores de la sociedad por la crisis del capitalismo en tierras vizcaínas, fueron fenómenos de distinto signo que tuvieron una amplia repercusión durante los años republicanos. Acogida con entusiasmo, la República fue identificada con la idea de progreso por amplios sectores sociales, los trabajadores y aquella clase media heredera de la tradición liberal vizcaína. Y de ahí que su llegada fuese festejada. El pueblo de Bilbao salió a la calle durante aquellas fechas emblemáticas del 14 y 15 de abril, y de manera pacífica celebró la instauración de una República, largamente deseada y en la cual se depositaban todas las esperanzas de un futuro mejor.

Desde el primer momento, los acontecimientos políticos se convirtieron en factores de primer orden para determinar la importancia e intensidad de este período. Un somero estudio del devenir político, centrado en el análisis de las confrontaciones electorales y de los aspectos políticos conflictivos que dividieron a las formaciones políticas presentes en el escenario vizcaíno, proporcionan suficientes datos como para comprobar algunas de las similitudes y diferencias entre la provincia de Bizkaia y el resto de las provincias vascas. En las elecciones legislativas de junio de 1931, el Partido Nacionalista Vasco formó junto con la Comunión Tradicionalista el "Bloque de derechas", aunque era evidente la hegemonía del PNV sobre su socio electoral en las candidaturas tanto en la circunscripción de la capital como en la de la provincia.

Esta unión oportunista y coyuntural se basaba en la defensa del Estatuto de Estella y de la religión católica, cuestiones ambas con las que lograban enfrentarse abiertamente con el "Bloque de Izquierdas". Sin embargo, muy pronto las coincidencias se convirtieron en desavenencias, y la derecha tradicional fue perdiendo peso e implantación electoral en una provincia cuyo ámbito rural fue controlado por el PNV, tal y como se demuestra en las elecciones legislativas de 1933 y 1936, y en cuyo entorno urbano el bloque formado por republicanos y socialistas se llevaba la mejor parte, como consecuencia sobre todo de la unidad que mantuvieron a lo largo de todo el período, incluso en momentos tan delicados como las elecciones de 1933, en las que se asistió a la ruptura en el resto del País Vasco.

Socialistas y republicanos de izquierda constituían el otro referente electoral. El Bloque de izquierda y los nacionalistas del PNV además de cosechar todas las victorias electorales mantuvieron durante la República un enfrentamiento importante centrado en la cuestión autonómica. Aspiración básica para los nacionalistas, se convirtió en un elemento sujeto a negociación política para los republicanos y socialistas, comprometidos en la reforma del sistema político y en la gobernabilidad del Estado. El Bloque de izquierda salvo en las elecciones a Cortes de 1933, obtuvo la mayoría en la circunscripción de la capital, sintonizando plenamente con el espíritu reformista del gobierno republicano. Las candidaturas del Bloque contaron con personalidades destacadas de la política nacional como Manuel Azaña, Indalecio Prieto, Julián Zugazagoitia o Araquistain, como reclamos electorales para quienes se identificaban con aquella "República de orden", el proyecto político que compartían tanto el socialismo vizcaíno, liderado por Indalecio Prieto como los republicanos de Acción Republicana y el Partido Republicano Radical Socialista. La circunscripción de la capital englobaba a los municipios más industrializados y urbanizados de la provincia, Bilbao, Barakaldo, Portugalete, Santurtzi, Basauri, Sestao, Getxo, entre otros, no sólo constituían la demarcación electoral en la que socialistas y republicanos obtenían sus mejores resultados sino que además en estos lugares y durante estos años alcanzaron una implantación orgánica sin precedentes. En su acción política se sirvieron de medios tan poderosos e influyentes como el periódico El Liberal y del control que ejercían sobre los centros de poder institucional, el Gobierno Civil y sobre todo las Gestoras Provinciales, protagonistas en solitario a partir de 1932 de la elaboración del Estatuto de Autonomía.

Acción Nacionalista Vasca, se presentó unida con los republicanos y socialistas en las candidaturas del Bloque Antimonárquico en las elecciones municipales de 1931, logrando un número de concejales importante si tenemos en cuenta su desarrollo organizativo. Sin embargo, las divergencias en el seno del bloque en relación a la cuestión autonómica supusieron su abandono posterior. En junio de ese mismo año presentó sus propias candidaturas a Cortes Constituyentes obteniendo unos resultados muy pobres. Las divisiones internas en la familia republicana explican la existencia de una candidatura Radical-Socialista en las elecciones de 1933, que fue un fracaso desde el punto de vista electoral. La mayoría del partido en la provincia se había decantado por el Partido Republicano Radical Socialista Independiente, liderado por M. Domingo que sostenía la necesidad de continuar, junto con los socialistas, la unidad de acción de las formaciones republicanas de izquierda. La fragmentación y la desunión entre los republicanos y las divergencias con los socialistas durante el primer bienio en el que habían compartido tareas de gobierno, habían propiciado el descalabro electoral de 1933.

La necesidad de recomponer la situación se tradujo en la formación de dos nuevos partidos, Izquierda Republicana, mayoritario en la provincia, y Unión Republicana, surgidos en 1934, y que junto con socialistas y otras formaciones configuraron las candidaturas del Frente Popular en 1936. El Partido Comunista de España tenía una implantación muy reducida, sólo destacable en algunos municipios de la zona minera. No obstante, presentó candidaturas en las elecciones municipales de 1931, en las legislativas de ese mismo año y en las celebradas en noviembre de 1933. Con unos planteamientos políticos muy radicalizados, obtuvo unos resultados que cabría calificar como malos. Sin embargo, los cambios en su estrategia política y la situación durante el segundo bienio, forzaron al PCE a formar parte de las candidaturas del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.

La proclamación por parte de José Antonio Aguirre, el 14 de abril, en calidad de alcalde de Getxo de "La República Vasca" y la celebración del primer Aberri Eguna en las calles de Bilbao un año después, corroboraban también las expectativas que el PNV había depositado en el nuevo régimen político, y cuya primera realización debía ser la aprobación del Estatuto de Autonomía. Sin embargo, las vicisitudes de aquel primer semestre, desde el advenimiento a la aprobación de la Constitución en el mes de diciembre, condicionaron y retardaron la definitiva resolución de la cuestión autonómica hasta 1936. La unión del PNV y el Carlismo alrededor del Estatuto de Estella previno a republicanos y socialistas sobre las verdaderas intenciones del PNV. Y por eso, no sólo se limitaron a torpedear el proyecto de los ayuntamientos vascos, sino que pusieron en marcha una iniciativa que se denominó "El Estatuto de la Libertad", movimiento encabezado por el PRRS, el menos autonomista de los partidos republicanos vizcaínos, y en concreto de su agrupación de Portugalete, en favor de una Carta Foral para la comarca de las Encartaciones. En definitiva, se trataba de boicotear el Estatuto de Estella en tierras vizcaínas, reivindicando otro más liberal y progresista. Una vez que el proyecto de Estella fracasó en su tramitación parlamentaria, el movimiento pro-Encartaciones dejó de existir. La aprobación del instrumento jurídico-político por parte del Gobierno, que dejaba en manos de las Comisiones Gestoras provinciales la redacción definitiva del texto, y el cambio de la política del PNV en su estrategia de alianzas encaminada a lograr un compromiso con los partidos de izquierda, supusieron un cierto descenso de la crispación en torno a la aprobación del Estatuto, elemento fundamental de la dinámica política de la provincia.

Bizkaia, con elevados índices de población urbana tenía la población distribuida por sectores en el año 1931 de la siguiente manera: un 21,5 % de la población activa estaba ocupada en la agricultura, un 51% trabajaba en la industria y un 27% estaba empleada en el sector servicios. En este contexto, Bizkaia padeció los efectos de la crisis económica mundial iniciada en 1929. Las consecuencias inmediatas en el plano social fueron un aumento sin precedentes del paro obrero y el empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores. Y todo, como resultado de la disminución de la extracción del mineral de hierro a tasas de principios de siglo, a la caída en los sectores de bienes de producción y a la paralización tanto de los intercambios comerciales con el extranjero como sobre todo de la demanda nacional, verdadero motor impulsor de la industria vizcaína.

A la coyuntura de crisis internacional se sumaron, por lo tanto, factores internos. La política industrial de los Gobiernos republicanos durante el primer bienio tenía como objetivo primordial equilibrar el presupuesto nacional, lo que supuso la paralización de los gastos en obras públicas, así como en los sectores ferroviario y naval, claves en la estructura productiva de la provincia. A este reajuste establecido por los Ministerios de Industria y Economía, que suponía en definitiva una menor intervención de la administración en materia económica, se sumaron otros factores que, tal vez, contribuyeron al mantenimiento de la situación hasta 1934, momento a partir del cual se apreció una tímida recuperación. Nos referimos, al aumento de los costes de producción debido fundamentalmente a la aplicación de la legislación laboral del primer bienio republicano orientada a mejorar los salarios de los trabajadores, una cuestión constantemente esgrimida por los representantes de la patronal vizcaína para explicar la crisis de sus empresas.

Con este telón de fondo, Bizkaia entre 1930 y 1933 tenía un 4,2% del total de la población en paro del Estado con un 2,5 % de la población. El previsible aumento de la conflictividad social que cabía esperarse no se produjo. La clase obrera mantuvo la confianza en la República a pesar de sufrir los efectos negativos de la política de ajuste presupuestario. Sin embargo, un hecho de índole política, el descalabro electoral de la izquierda en las elecciones legislativas del mes de noviembre de 1933, cambió radicalmente el comportamiento de los sectores populares. Ni la crisis económica, ni el fracaso del Gobierno durante el primer bienio para responder a las expectativas depositadas por aquel pueblo que había apoyado sin reservas el advenimiento de la República, habían alterado el "compromiso" entre las clases populares y sus dirigentes políticos en el gobierno. En cambio, a partir de ese momento se asistió a una creciente movilización social que tuvo como corolario el intento de revolución obrera de octubre de 1934. En municipios como Portugalete, Barakaldo y Sestao se produjeron enfrentamientos muy violentos, aunque fue en la zona minera en donde se alcanzó un mayor grado de dramatismo, consecuencia de la represión gubernamental a la que fueron sometidos los mineros. El fracaso de octubre se convirtió en la antesala del triunfo de las candidaturas del Frente Popular en 1936, también compartido aunque en menor medida por los nacionalistas del PNV. El último triunfo, -luego vendría la Guerra Civil-, de las dos culturas políticas predominantes en la provincia que habían reducido sus diferencias y que coincidían en la necesidad de salvar la República de la ofensiva reaccionaria y de esta manera culminar el proceso de elaboración y aprobación del Estatuto de Autonomía, tal y como sucedió.

BEY

El cambio en la función social de las mujeres -derivado del desarrollo económico y del impulso consciente del movimiento feminista- es uno de los procesos más importantes, aún sin concluir, de la Historia Contemporánea Universal. Bizkaia, y más en concreto Bilbao, puede considerarse la punta de lanza de este proceso en el País Vasco, cuya primera etapa, iniciada a partir de la revolución industrial, tuvo su culminación, como en el conjunto del Estado español, durante la II República. Antes de la instauración de este régimen, se materializaron cambios importantes después de la I Guerra Mundial y bajo la Dictadura de Primo de Rivera.

  • Los años veinte

En esta época, la situación económica en expansión hizo posible cierto avance en el acceso de las mujeres al trabajo asalariado; muy limitado todavía pero que permitía esbozar algunos de los rasgos del nuevo modelo de mujer que iba a terminar de configurarse a lo largo del siglo. Por otra parte, la difusión internacional del feminismo, tras la I Guerra Mundial, tuvo su particular manifestación en el País Vasco, y en concreto en Bizkaia, donde hay que destacar el florecimiento del feminismo católico, puesto de manifiesto en la implantación en todos los arciprestazgos vizcaínos de Acción Católica de la Mujer, constituida en Bilbao en 1921; el desarrollo organizativo de las nacionalistas vascas, con la creación en 1922, también en Bilbao, de Emakume Abertzale Batza; y la esporádica aparición en la prensa de firmas femeninas reclamando el derecho de las mujeres a la educación, el trabajo asalariado y la sindicación.

A esto hay que añadir las contradictorias consecuencias de la implantación de la dictadura de Primo de Rivera. Este régimen político impidió el progreso organizativo de las nacionalistas vascas (Emakume Abertzale Batza fue disuelta) y de las socialistas, y fue un muro de contención para la expansión del feminismo autónomo, cuyas organizaciones habían empezado a aflorar, antes de la instauración de la Dictadura, en Madrid, Barcelona y Valencia. Sin embargo, Primo de Rivera buscó el apoyo de las mujeres a su régimen, y para lograrlo reconoció legalmente el derecho al sufragio de las solteras y de las viudas (aunque nunca llegarían a ejercerlo), impulsó el nombramiento de algunas de ellas para participar en el gobierno municipal y en el provincial, y designó a 13 como integrantes de la Asamblea Nacional Consultiva. Media docena de mujeres del País Vasco accedieron por primera vez a puestos de gobierno. Dos de ellas, Carolina Mac-Mahón y Justa Castellón ("Reve") fueron nombradas Concejalas en el Ayuntamiento de Bilbao en 1926. Estos nuevos espacios de actuación abiertos por Primo de Rivera a las mujeres estaban reservados a las que no se oponían a su política, procedentes fundamentalmente de las organizaciones femeninas católicas. Y tenían además un carácter circunstancial: mientras permanecían solteras o si enviudaban. Una vez casadas quedaban circunscritas a los estrictos límites de su función social como madres y esposas, en una institución familiar cuya autoridad masculina estaba respaldada por la ley.

  • La nueva Constitución

La instauración de la II República modificó radicalmente la situación legal de las mujeres, a partir de la aprobación, en diciembre de 1931, de una Constitución que sancionaba la desaparición de la discriminación en función del sexo. Aunque su desarrollo legislativo posterior fue insuficiente, y en algunos casos contradictorio (especialmente en la legislación laboral), la nueva Constitución abrió a las mujeres las puertas de la actividad pública, dentro de ella de la política, y las reconoció como ciudadanas de pleno derecho. A partir de ese momento su papel ya no quedaba circunscrito al hogar, sino que tenían también una función que cumplir en el mundo público. Esto fue posible a pesar de la debilidad organizativa del feminismo español -que sólo fue capaz de movilizarse en Madrid durante los debates parlamentarios-, y se debió a la confluencia de diversos factores favorables: los objetivos democratizadores de los nuevos gobernantes, especialmente de los socialistas, cuya organización internacional había acusado la presión de la organización internacional de las mujeres socialistas y había incorporado a su programa las reivindicaciones feministas; el oportunismo de los partidos conservadores que esperaban obtener el apoyo electoral de la mayor parte de las nuevas ciudadanas; y la presencia en las Cortes Constituyentes de la diputada y dirigente feminista Clara Campoamor, que luchó denodada y elocuentemente contra el temor de republicanos y socialistas (incluido el de las otras dos mujeres diputadas) al sufragio femenino, percibido por muchos de ellos como una seria amenaza para la pervivencia del nuevo régimen.

Este temor, basado en la consideración de las mujeres como dóciles instrumentos al servicio de los intereses clericales, era especialmente sentido por los socialistas vizcaínos, en un contexto como el vasco en el que la influencia de la Iglesia Católica era tan poderosa. Aunque alguno de ellos criticó la actitud de sus compañeros, calificándola de misógina, la Agrupación Socialista de Bilbao intentó, sin éxito, que el Partido Socialista pospusiera el acceso de las mujeres al sufragio; e Indalecio Prieto, uno de los dos diputados socialistas por Bizkaia, se ausentó de la Cámara para no verse obligado a votar a favor de lo que consideraba una "puñalada trapera" contra la República. Los republicanos vizcaínos, por su parte, votaron contra el sufragio femenino, en este caso alineados con muchos de los diputados republicanos de la Cámara, con la excepción de algunos sectores minoritarios; y una vez conocidos los resultados, la Juventud Republicana de Bilbao elevó ante el Parlamento su protesta. En cambio, los diputados de la Minoría Vasco-Navarra, entre los que figuraban cuatro vizcaínos (tres del PNV y un tradicionalista), decidieron votar a favor, como muchos de los diputados conservadores y por las mismas razones coyunturales de conveniencia política; a pesar de su convicción de que la auténtica función de las mujeres estaba en la familia, y contando con la provisionalidad de cualquier otro cometido fuera de ella. Cinco de ellos, sin embargo (entre los que se encontraban dos de los vizcaínos, pertenecientes al PNV) no acudieron finalmente a emitir su voto.

  • El ejercicio de la ciudadanía

La configuración del nuevo marco político, con la incorporación del sufragio femenino, hizo que todos los partidos tratasen de atraer al nuevo contingente de votantes y, en mayor o menor medida, les diesen cabida en sus organizaciones. Esto favoreció el desarrollo organizativo de las mujeres y les permitió avanzar en su politización, pero también dio lugar a que permanecieran divididas, y a la subordinación de sus objetivos específicos a los de los partidos en los que se inscribieron.

En Bizkaia, el contingente mayor de mujeres organizadas estuvo localizado en el sector conservador. Dentro de él, la organización femenina más importante fue probablemente la reconstituida Emakume Abertzale Batza, adscrita al nacionalismo confesional liderado por el PNV. A ésta hay que añadir las mujeres afiliadas a La Margarita, filial de la Comunión Tradicionalista, a la Sección Femenina de Renovación Española, y a la organización unitaria ultraconservadora bilbaína Agrupación de Defensa Femenina, promovida por mujeres inscritas en los partidos monárquicos. Sin olvidar las integradas en Acción Católica de la Mujer, que si bien era una organización dependiente de la Iglesia Católica, tuvo un papel político muy importante en la movilización de las mujeres en defensa de las prerrogativas de la Iglesia amenazadas por la política republicana.

Al otro lado del espectro político, un número de mujeres menor, pero de gran combatividad, se inscribió en los distintos partidos obreros (especialmente en el socialista), en los partidos republicanos y en el nacionalismo aconfesional de Acción Nacionalista Vasca, y constituyeron además la organización unitaria Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, promovida por iniciativa de las comunistas, lideradas por Dolores Ibárruri. Dentro de este sector, que se ha convenido en llamar de la izquierda, surgieron en Bilbao, en el año 1932, las primeras organizaciones autónomas de carácter feminista del País Vasco: Fraternidad de Mujeres Modernas, que proclamaba su carácter liberal y laico y que estaba promovida por mujeres del ámbito de influencia socialista; y Unión Femenina Republicana, promovida por mujeres republicanas, que se declaraba respetuosa con los sentimientos religiosos de sus afiliadas y que seguía el modelo de organización creado en Madrid por Clara Campoamor. El objetivo fundamental de ambas organizaciones era la unión de las mujeres para lograr el cumplimiento en la práctica, y el desarrollo, de las leyes que reconocían sus derechos ciudadanos, y para obtener una preparación que les permitiera ejercerlos adecuadamente.

Los partidos políticos fomentaron la participación de las mujeres en el trabajo político, especialmente en épocas electorales, en las que desplegaron una desbordante actividad. Pero sólo excepcionalmente algunas de ellas ocuparon algún cargo. Aún más excepcional fue su acceso a puestos de responsabilidad política y de gobierno. En Bizkaia, únicamente media docena de mujeres, en representación del PNV, serían elegidas como concejalas en cuatro pequeños pueblos, mientras Dolores Ibárruri, del Partido Comunista, y Pilar Careaga, de Renovación Española, candidatas a diputadas a Cortes por Bizkaia-capital en 1933, no lograrían su escaño. Igual les ocurrió a las otras dos candidatas (del Partido Socialista y de la Comunión Tradicionalista) del País Vasco. El Partido Socialista no incluyó candidatas en sus listas por Bizkaia y el PNV no presentó una sola candidata a Cortes. Dolores Ibárruri había sido también aspirante a parlamentaria por esta circunscripción en 1931, aunque sin éxito, y conseguiría por fin su escaño en 1936 por la circunscripción de Asturias.

En contraste con la extraordinaria escasez de mujeres en puestos destacados, la inmensa mayoría de ellas ejercieron su derecho al sufragio en las distintas consultas electorales que tuvieron lugar. Los resultados electorales de 1933, que dieron el triunfo a la derecha, y los de 1936, que dieron el triunfo a la izquierda, demostraron además que su voto no era uniforme ni invariable, y que no podía hacérseles responsables como colectivo del triunfo de unos o de otros.

Pero el acceso de las mujeres a la ciudadanía en las mismas condiciones que el resto de los ciudadanos tuvo unas repercusiones más amplias que la participación política, y alcanzó, en mayor o menor medida, a facetas de la vida social tan importantes como la educación, el trabajo asalariado y la familia. En el acceso a la educación se realizaron avances generales considerables, aunque en lo que se refiere a las mujeres, en 1936 eran todavía una minoría las que recibían una enseñanza media y profesional, y aún menos las que alcanzaban la enseñanza superior. El acceso al trabajo asalariado se vio muy limitado por la crisis económica, a diferencia de lo ocurrido durante la Dictadura de Primo de Rivera, y los avances se concretaron fundamentalmente en la posibilidad de ejercer nuevas profesiones y el ascenso de la sindicación femenina, por muy limitados que fueran ambos todavía. En cuanto a la familia, leyes como la del divorcio, que socavaban la autoridad marital, quedaban contrarrestadas en la práctica por la influencia de la Iglesia Católica, sin que la investigación histórica haya dilucidado hasta ahora sus auténticas repercusiones. Los cambios introducidos en la legislación, junto con los que iban realizándose en la práctica, añadieron perfiles al nuevo modelo de mujer que había empezado a esbozarse anteriormente, cuya función no estaba limitada a su papel como madre y esposa y al ámbito privado, sino basada en el desarrollo de sus múltiples potencialidades como individuo en todos los ámbitos de la vida social. Este nuevo modelo, impulsado en Bizkaia por las organizaciones autónomas de mujeres y por mujeres de organizaciones de izquierdas, seguía las pautas del modelo de individuo y de ciudadano definido de antemano por los hombres, y que el movimiento sufragista internacional había asumido como modelo universal. Muchas mujeres, sin embargo, trataron de encontrar un modelo propio, distinto al masculino. Esta búsqueda predominó entre las mujeres vizcaínas, especialmente entre las católicas, la mayoría de las cuales optaron por defender un modelo diferenciado de ciudadanía, determinada por la maternidad. De forma que, aunque perseguían participar en el ámbito público, tal participación tenía como norte un mejor cumplimiento y una proyección de su función maternal. Esta actitud estaba muy influenciada por la católica sacralización de la maternidad, que entre las afiliadas a Emakume Abertzale Batza estaba aún más reforzada, debido al papel fundamental que el PNV asignaba a la maternidad en la definición de la identidad vasca.

MUS

Logró configurarse como una tercera fuerza interpuesta entre la izquierda republicano-socialista y el nacionalismo vasco, y se afirmó como tal en las elecciones de febrero de 1936, cuando obtuvo unos 50.000 votos frente a los 80.000 que obtuvieron cada una de las otras dos fuerzas. Constituían el núcleo de la derecha españolista los monárquicos alfonsinos, tradicionalmente vinculados a los medios empresariales y altoburgueses que, merced al caciquismo, habían retenido la representación política de la provincia hasta 1923, y habían colaborado estrechamente con la Dictadura hasta 1930.

Desbaratadas sus organizaciones políticas a la caída de la Monarquía, una nueva generación agrupada en una renovada Juventud Monárquica reconstruyó las huestes alfonsinas en las difíciles circunstancias de la II República, hasta poner en pie en 1934 una organización que logró echar raíces en toda la provincia. La derecha monárquica contó con medios de prensa importantes, entre los que por su densidad ideológica sobresalía El Pueblo Vasco, además de El Nervión. Pese a su tradición liberal, puede afirmarse que cuando se proclama la II República las raíces liberales de los alfonsinos vegetaban ahogadas bajo un pesado manto de aprensiones, temores y reacciones defensivas cultivadas desde al menos los días de la Gran Guerra por sus principales ideólogos, Pedro Eguillor -el pontífice cafeteril del Lion d'Or- y José Félix Lequerica -el autor del decisivo libro Soldados y políticos-, que agitaron el miedo ante confusos peligros revolucionarios junto con la esperanza de los nuevos regímenes autoritarios que ya amanecían en todo el mundo.

Estos planteamientos previos generaron, al choque con las tensiones y los sobresaltos que sacudieron la vida de la República, una intensa y rica propaganda difundida desde la prensa diaria y la tribuna política, centrada en el morboso análisis de la crisis que debilitaba la civilización, desde las costumbres y las artes hasta la economía y la política parlamentaria; en la denuncia de la inviabilidad del liberalismo ante la irrupción en la política de un proletariado fascinado por la estrella de Moscú, de las intenciones revolucionarias del PSOE, (denuncias redobladas a raíz de la radicalización socialista de 1934), de la inclinación a las izquierdas del nacionalismo vasco, (también desde 1934), que no permitiría contar con él para hacer frente a un eventual alzamiento subversivo. Este mensaje alarmista se completaba con la invocación de la necesaria reacción salvadora, semejante a la que disfrutaban ya países como Italia y Alemania, al servicio de la cual había que trasfundir a las masas conservadoras los valores del patriotismo, el sacrificio, la marcialidad y el heroismo...

Aunque esta elaboración ideológica apuntaba a un régimen de dictadura, al hilo de la República, las posiciones de la derecha fueron más posibilistas. La línea editorial de El Pueblo Vasco -el definidor más cualificado de la posición monárquica- defendió en todo momento una actuación electoralista y parlamentaria que, de haber fructificado en una cierta transacción entre las derechas y las izquierdas, es probable que le hubiese llevado a defender tácitamente el desenvolvimiento en el marco del nuevo régimen. Por otra parte, carentes de organizaciones propias, los alfonsinos apoyaron en las elecciones a Cortes Constituyentes de junio de 1931 la candidatura autonomista y católica integrada por nacionalistas vascos y carlistas, así como el proyecto de Estatuto de autonomía "católico" de Estella.

En otro orden de cosas, ante la crisis de trabajo que paralizaba desde 1931 las factorías vizcaínas, la prensa monárquica se embarcó de lleno en una campaña promovida por los patronos en favor de la deposición de las diferencias políticas y del esfuerzo solidario de los más diversos estamentos de la provincia, para llevar al Estado la reclamación unánime de un plan de obras públicas que reanimase la industria local. Esta campaña y sus resultados suavizaron las relaciones políticas de la época. Además dos publicistas empresariales, Julio Lazúrtegui y Joaquín Adán, muy vinculados a los círculos alfonsinos, hicieron públicos en libros, artículos y conferencias sus proyectos integradores de regeneración patriótica por medio de un plan de conjunto, que debía de servir de nexo unitivo entre los españoles y en el que aguardaría un magnífico papel a los capitales bilbaínos.

La vida política, empeoró, llevó las cosas por otros rumbos. El desinterés o la hostilidad de la derecha hacia un Estatuto de autonomía "laico" -el único posible bajo la República- hacía impensable una nueva alianza electoral con el PNV, y en las elecciones de noviembre de 1933 alfonsinos y carlistas presentaron una candidatura contrarrevolucionaria. Desde entonces alcanzaron un notable entendimiento entre sí en el combate contra la República. La pesadilla del verano y del otoño de 1934 -con el conflicto del vino y la revolución de octubre- confirmó a las derechas en los prejuicios y los temores arraigados desde hacía lustros: la inclinación a la rebeldía del nacionalismo vasco, el peligro de la revolución social, etc. Estos acontecimientos dejaron como secuela una radicalización que se manifestó en el repudio sin ambages por parte de la derecha del PNV y de la autonomía vasca, en la ruptura de la acción unitaria provincial frente a la fatal amenaza que planteaba al puerto de Bilbao la construcción por cuenta del Estado del ferrocarril Santelices-Santander, así como en la aparición en el El Pueblo Vasco de colaboraciones inspiradas en un nacionalismo español esencialista e intransigente, que identificaba la esencia de España con el catolicismo y la unidad, y que anatematizaba a sus enemigos, a saber, marxistas, laicistas y separatistas, además de algún artículo de un violento irracionalismo belicista.

En las elecciones de febrero de 1936 el monarquismo autoritario contó con el respaldo del diario católico antiliberal La Gaceta del Norte, que inspiraba José María de Urquijo, disgustado con los nacionalistas vascos por su connivencia con las izquierdas. En el curso de la campaña electoral las innovaciones en favor de la contrarrevolución y de un Estado autoritario alcanzaron los tonos más agudos y ruidosos. Los carlistas blandieron además un lenguaje de insurrección y de cruzada. Tras unas semanas de tregua y de esperanza que siguieron a la constitución del Gobierno de Azaña, en la primavera de 1936 se alzaron de nuevo las voces extremistas de la derecha. Areilza por los alfonsinos, Oriol Urigüen por los carlistas así como Urquijo enlazaban con responsabilidad diversa con la conspiración en marcha. La crisis de la democracia iba a dirimirse, como en otros países de la Europa de entreguerras, por el recurso a la fuerza.

GPP

Elecciones municipales del 12 de abril de 1931. Municipios vizcaínos de más de 6.000 habitantes
Ref. La Gaceta el Norte del 14 de abril de 1931 Censo electoral: 106.160; Votantes: 73.665.
Ayto.Cir. Elec.nº Concej.REP.PSOEANVPCEPNVMonár.Indep.Jaimistas
BilbaoVizc. Capital4611117_143__
BaracaldoVizc. Capital29885_35__
SestaoVizc. Capital223102__7__
GuechoVizc. Capital212_1_153__
BermeoVizc. Provincia19__2_134__
ErandioVizc. Capital18333_9___
PortugaleteVizc. Capital18462__6__
Abanto y CiérvanaVizc. Capital174714__1_
BasauriVizc. Capital16_____16__
DurangoVizc. Provincia161___213__
SanturceVizc. Capital1666__22__
S. S. del ValleVizc. Capital15_131_1___
GaldácanoVizc. Provincia14____923_
OrtuellaVizc. Capital1456_3____
GuernicaVizc. Provincia13__2_26_1
MunguíaVizc. Provincia13____85__
ValmasedaVizc. Provincia12____84__
Total4770267867641
Total de Bizkaia
Nº concejales elegidos192
Antimonárquicos135
Monárquicos57

Votación de los Ayuntamientos pro/contra el Estatuto Vasco de Autonomía. 19-VI-1932
Ref. Euzkadi del 21 de junio de 1932; El Pueblo Vasco del 21-VI-1932.
Por Ayuntamientos
Nº Aytos.A favorEn contraAbstenciones
11610916
Por Habitantes
Nº habitantesA favorEn contraAbstenciones

El voto en contra de los ayuntamientos fue de Ermua; en 1933 ganó el Sí.

Elecciones a Cortes Constituyentes. 28-VI-1931
Fuente: Boletín Oficial del País Vasco, 1 de julio 1931. Prensa local: El Liberal y Euzkadi
Candidaturas% VotosDiputados elegidos
Circunscripción electoral: Bizkaia-capital
Bloque de Izquierda51,8%
Prieto, I.PSOE
Araquistain, L.PSOE
Aldasoro, R.P. R. Autónomo
PRRS, 1932
IR. 1934
Fatrás, V.PRRS. 1931
UR. 1934
Coalición de Derecha37,5%
Horn, J.PNV
Eguileor, M.PNV
Robles Aranguiz, M.PNVno
Elguezabal, C.PNVno
Acción Nacionalista Vasca3,8%
Urrengoechea, L.no
Arana, J. I.no
Duñabeitia, C.no
Mendiota, M.no
Partido Comunista de España6,90%
Bullejos, J.no
Carro, L.no
Adame, M.no
Ibarruri, D.no
Circunscripción electoral: Bizkaia-provincia
Coalición de Derecha75%
Aguirre, J. A.PNV
Basterrechea, F.PNV
Oreja, M.CT
Bloque de Izquierda20,40%
Madariaga, R.PRA. 1932no
AR. 1933
Zugazagoitia, J.PSOEno
Acción Nacionalista Vasca4,60%
Areitioaurtena, L.no

Votación de los Ayuntamientos pro/contra el Estatuto Vasco de Autonomía. 6-VIII-1933
Ref. El Pueblo Vasco del 9-VIII-1933.
Por Ayuntamientos
Nº Aytos.A favorEn contraAbstenciones
11611501

La única abstención fue de Musques que no asistió.

Plebiscito sobre el Estatuto Vasco de Autonomía. 5-XI-1933
Ref. La Gaceta del Norte del 10-XI-1933.
ElectoresA favorEn contra% a favor
267.466236.5645.06588,44%

Elecciones legislativas. 19-XI-1933
Fuente: Boletín Oficial del País Vasco, 22-11-33. El Liberal; Euzkadi.
Candidaturas% VotosDiputados elegidos
Circunscripción electoral: Bizkaia-capital
Partido Nacionalista Vasco40,9%
Horn, J.
Robles Aranguiz, M.
Careaga, J. A.
Bikuña, R.
Coalición de Izquierda36,1%
Prieto, I.PSOE
Azaña, M.AR
Domingo, M.PRRSIno
Zugazagoitia, J.PSOEno
Coalición de Derecha14,4%
Careaga, A. G. deMonárquicono
Careaga, P.Renovación Españolano
Lezama-Leguizamón, L.CTno
Rojo, H.CTno
Partido Comunista de España6,90%
Carro, L.no
Perezagua, T.no
Ibarruri, D.no
Bueno, A.no
Partido Republicano Radical Socialista0,7%
Fatrás, V.no
Valera, F.no
Circunscripción electoral: Bizkaia-provincia
Partido Nacionalista Vasco57,3%
Aguirre, J. A.
De la Torre, H.
Coalición de Derecha20,40%
Oreja, M.
Areilza, J. M.Renovación Españolano
Coalición de Izquierda20,40%
Ercoreca, E.ARno
Bustos, J.PSOEno
Partido Comunista de España0,2%
Aranaga, A.no
Zapirain, S.no
Partido Republicano Radical Socialista0,2%
Feced, Rno

Elecciones del Frente Popular. 16-2-1936 y 1-3-1936
Fuente: Boletín Oficial del País Vasco, 19-2-36 El Liberal; Euzkadi.
Candidaturas% VotosDiputados elegidos
Circunscripción electoral: Bizkaia-capital
Frente Popular48,5%
Prieto, IPSOE
Zugazagoitia, J.PSOE
Carro, L.PC
Ruiz Funes, M.IR
Partido Nacionalista Vasco30,4%
Horn, J.
Robles Aranguiz, M.
Arregui, F.no
Izaurieta, J.M.no
Coalición de Derecha21,1%
Adan, J.Independienteno
Goldaracena, M.CEDAno
Juaristi, J.M.CTno
Areilza, J.M.Renovación Españolano
Circunscripción electoral: Bizkaia-provincia
Partido Nacionalista Vasco51,6%55%
Aguirre, J. A.
De la Torre, H.
Jauregui, J.
Frente Popular14,8%15,4%
Gómez Beltrán, P.PSOEno
Espinosa, A.URno
Coalición de Derecha33,6%29,6%
Gaytán de Ayala, J.L.CTno
Martínez de las Rivas, S.REno

El buen desarrollo del trámite parlamentario del Estatuto Vasco había llevado a los políticos del Partido Nacionalista Vasco, desde abril de 1936, a confiar más en las instituciones republicanas, y menos en las derechas españolas esencialmente unitarias. Ya desde 1934 los líderes del PNV habían expresado su oposición a cuanto pudiera suponer restauración monárquica o dictadura. La insurrección militar del 18 de julio de 1936 no se produjo en Bizkaia, y en su capital Bilbao, tanto por la acción de José Echevarría Novoa, Gobernador Civil, como por la actitud gubernamental de las autoridades militares, la fuerza del PSOE y la actitud de los dirigentes del PNV.

Al producirse la insurrección militar los nacionalistas vascos de Bizkaia, después de regresar de una reunión en San Sebastián, el 18 de julio, con los Consejos de Álava y Gipuzkoa, adoptaron la decisión de "caer al lado de la Ciudadanía y la República, en consonancia con el régimen democrático y republicano que fue privativo de nuestro pueblo [...]". Los testimonios sobre los primeros días de la guerra son confusos y en ocasiones contradictorios, como corresponde al período inicial de una guerra civil llena de indeterminaciones. El desarrollo de la contienda hizo que los nacionalistas vascos se reafirmaran en su actitud. En los primeros momentos, su apoyo a un débil gobierno republicano no fue incondicional; entre otros motivos, porque la guerra les ofrecía la posibilidad de demostrar que el País Vasco era una realidad distinta de España. En Bilbao se puso en marcha, un Comisariado para la Defensa de la República. Posteriormente, el 12-VIII-1936, se constituyó la Junta de Defensa de Bizkaia, integrada por los partidos políticos y sindicatos leales a la República; en ella había dos miembros del Partido Nacionalista Vasco. Mientras en Gipuzkoa se pudo hablar de una quiebra del orden político, la situación en Bizkaia era relativamente pacífica, aunque no dejaron de producirse hechos que supusieron una fractura de la justicia, como algunos asesinatos en barcos-prisión o en cárceles.

La formación del Gobierno Largo Caballero, el 4 de septiembre, llevó consigo el intento de un mando militar único "en el teatro de operaciones del Norte" y la apertura de negociaciones del Gobierno de la República con el Partido Nacionalista Vasco, para la incorporación de un nacionalista vasco al Gobierno de Madrid. El acuerdo consistió en la incorporación de Manuel Irujo al Gobierno, como Ministro sin cartera, y la aprobación del Estatuto Vasco por las Cortes de la República (1 de octubre). El acuerdo hizo posible la formación del Gobierno provisional del País Vasco (7 de octubre) presidido por José Antonio Aguirre, que sería también Consejero de Defensa. Se trataba de un gobierno de coalición en el que había miembros del PNV, un miembro de Acción Nacionalista Vasca, socialistas, un comunista y miembros de otros partidos republicanos.

Las acciones militares se estabilizaron en Bizkaia hacia el 7 de octubre de 1936. A partir de ese momento, se inició un período de paz en el que el Gobierno vasco realizó un notable esfuerzo ejecutivo, legislativo, de abastecimientos y militar. Aguirre constituyó el 27 de octubre de 1936 el Ejército de operaciones de Euskadi disponiendo la militarización de las milicias de voluntarios, de forma que todas las unidades y Cuerpos de Ejército que operaban en el País Vasco quedaban bajo su autoridad como Consejero de Defensa de Euskadi. Esta decisión dio lugar a unas relaciones muy difíciles con el General Llano de la Encomienda encargado del mando del Ejército republicano del Norte. A finales de noviembre de 1936 el ejército de Euskadi desencadenó una ofensiva, básicamente en la provincia de Álava, que terminó sin éxito. El Gobierno vasco intentó poner en marcha una política social avanzada instaurando un sistema de coadministración, y un sistema de traspaso de tierras a los cultivadores; trató de mantener un orden público sin quiebras -no obstante algunos lamentables sucesos (4-1-1937)- y puso en marcha la Facultad de Medicina de la Universidad Vasca. El Gobierno vasco garantizó la libertad del culto católico y la libertad religiosa en el territorio bajo su autoridad. El Presidente del Gobierno Vasco José Antonio Aguirre entendía que se luchaba "por la liberación nacional" y "por la liberación social". La ciudad de Bilbao tuvo que padecer bombardeos, y a partir de abril de 1937 se incrementaron las dificultades en alimentos.

La guerra civil en el País Vasco tenía notable importancia desde el punto de vista internacional. En Bizkaia se enfrentaban católicos nacionalistas vascos con católicos nacionalistas españoles lo que ante la opinión pública internacional se presentaba como un desmentido del carácter religioso de la guerra de España. Desde el principio de la guerra, la Santa Sede estuvo interesada en conseguir una paz justa, por separado, para los nacionalistas vascos. A este deseo de intervención de la Santa Sede se unía el intento del PNV, y en la medida de lo posible del Gobierno Vasco, de lograr una cierta personalidad internacional para el País Vasco. Ello llevó a intentar la protección o una cierta mediación de Gran Bretaña, y más tarde a aceptar la mediación del Reino de Italia.

Por otra parte, las relaciones del Gobierno vasco con el Gobierno de la República no fueron fáciles ya que tenían que hacerse realidad conjugando una doble contradicción ideológica: la oposición de la República española al hecho religioso y la oposición del Gobierno de la República a los objetivos últimos del Partido Nacionalista Vasco. De hecho se puede hablar de una confianza imposible entre el Gobierno de la República y el Gobierno Vasco. Esta realidad no puede hacer olvidar que aproximadamente un tercio del electorado vasco había votado a la unión de socialistas, izquierdas republicanas, comunista, etc., y que luchaban por la República española antes que por la configuración de un orden nacionalista vasco, y que eran muchas las diferencias que les separaban de los militantes del PNV.

Para probar la lealtad del PNV, el mando militar republicano hizo que dos brigadas nacionalistas vascas participaran en una ofensiva sobre Oviedo iniciada, por el Ejército de la República, el 21 de febrero de 1937. La importancia de este hecho radicó en que la ayuda se produjo a la vez que el Gobierno vasco se enfrentaba a una notable falta de divisas para la adquisición de material de guerra, acción en la que recibía una ayuda limitada del Gobierno de la República. Las operaciones de Asturias se saldaron negativamente para el Ejército de la República. Esto llevó consigo que las relaciones entre el Ejército republicano del Norte y el Gobierno vasco empeoraran. Ante esa situación, a finales de febrero de 1937, Francesco Cavalletti, cónsul de Italia en San Sebastián, entrevió que el Gobierno de Italia podía iniciar una mediación ante los nacionalistas vascos que permitiera una paz por separado en el norte. Cavalletti llegó a conocer a algunas personas, próximas al nacionalismo vasco, que le podían servir de enlace.

El inicio de la ofensiva de Mola el 31 de marzo de 1937 fue el comienzo de un final lento de una guerra lenta. Mola disponía de unos 78 batallones, contando la reserva del Cuerpo de Tropas Voluntarias de Italia, y 200 piezas artilleras, mientras que el Cuerpo del Ejército Vasco disponía de 63 batallones y 152 piezas artilleras. Sin embargo, el punto más débil del Ejército republicano del norte y del Cuerpo de Ejército Vasco eran sus fuerzas aéreas, muy inferiores a las fuerzas del Ejército nacionalista español. El día 31 de marzo se produjo el bombardeo de Durango y a las acciones militares en tierra se unió el intento de bloqueo del puerto de Bilbao, que era efectivo salvo cuando, como afirmó Eden, la Marina real inglesa echaba una mano.

La segunda fase de la ofensiva nacionalista española sobre Bilbao se inició el 20 de abril. Según Ramón Salas Larrazabal a finales de ese mes de abril se enfrentaban 76 batallones del Cuerpo de Ejército Vasco con 63 de Ejército de la España nacionalista. En aviación la supremacía de los nacionalistas españoles era total. El día 23 de abril se produjo una importante ruptura militar en las filas vasco-republicanas. La situación militar era casi de quiebra total para el Ejército vasco, que se sentía abandonado por el Gobierno de la República. Es en ese contexto en el que hay que situar las gestiones de las autoridades del Partido Nacionalista Vasco para conseguir una paz por separado. Los aspectos claves eran: respeto a la vida y propiedades de las personas y la posibilidad para los dirigentes de marchar al extranjero. El día 25 de abril, coincidiendo con la situación de fractura del frente vasco, desde la Embajada de Italia en Salamanca se hizo llegar a Roma una propuesta de condiciones, aceptadas por Franco, para la rendición del Bilbao. Podían ser utilizadas por los mediadores italianos. Sin embargo, el 26 de abril la aviación italiana y alemana al servicio de la España nacionalista, bombardeó la villa de Gernika, que padeció un terrible incendio, y a causa del bombardeo fallecieron más de doscientas personas. El bombardeo de Gernika fue un hecho terrible en todos los aspectos: bombardeo de una ciudad indefensa, muertos, visión por parte de los nacionalistas vascos y los vascos republicanos del Ejército de Franco como un ejército exterminador, y por tanto desconfianza ante unas posibles condiciones de paz, y por parte de Franco negación del incendio consecuencia del bombardeo, o negación por parte de los servicios de la España nacionalista del bombardeo de la ciudad.

A partir de la propuesta de mediación enviada a finales de abril se abrieron dos líneas de acción: una acción mediadora llevada por la Santa Sede que envió a José Antonio Aguirre un telegrama con ocho condiciones para la rendición del Bilbao, condiciones razonables dada la mentalidad de Franco y lo que supone una guerra; y un intento de mediación del Reino de Italia que tuvo como una de sus consecuencias la oferta hecha por Cavalletti a Aguirre, el 11 de mayo, a través del sacerdote Alberto de Onaindía, y que Aguirre rechazó al afirmar que para los vascos no existía la palabra rendición. Aguirre, por su parte, dio por desconocido el telegrama que le envió el Cardenal Pacelli. Si oficialmente pudo no llegar a recibirlo, sí conoció su existencia y contenido, pero además de no aceptar la posibilidad de rendición, la situación política general había variado: se había producido una crisis de Gobierno en Valencia. Indalecio Prieto había pasado a ser Ministro de Defensa, y había prometido ayuda a Bizkaia, y Manuel Irujo había sido nombrado Ministro de Justicia. Además, José Antonio Aguirre se había hecho cargo del mando del Ejército vasco y había conseguido detener la ofensiva nacionalista española. Por ello, optó por mantenerse en la lucha con la seguridad de que la ayuda del Gobierno de la República le llevaría a detener la ofensiva.

Sin embargo, la decisión de Aguirre de no aceptar la mediación del Reino de Italia fue lo que llevó a Juan Ajuriaguerra, según el testimonio de Jesús María de Leizaola, a recabar para sí la responsabilidad de las negociaciones con los italianos. El objetivo era conseguir que los soldados vascos, los gudaris, no fueran tratados como rebeldes. Aguirre debía ser ajeno a esas negociaciones para poder concentrarse en la dirección de la guerra. Sin embargo, el Gobierno de la República nombró, el 1 de junio, al General Garmir Jefe del Cuerpo de Ejército del País Vascongado; era de derecho una autoridad militar no dependiente de Aguirre. El 23 de mayo se había reanudado la ofensiva del Ejército nacionalista español, que el día 12 de junio rompió el Cinturón defensivo de Bilbao; la resistencia se hizo muy difícil. Desde hacía casi un mes, la moral de combate de las unidades nacionalistas vascas del Cuerpo de Ejército vasco se había deteriorado mucho. El 16 de junio, las autoridades militares y civiles, acordaron a propuesta de Leizaola la evacuación de la ciudad, la destrucción solamente de cuanto exigiera lo militarmente razonable, y no dinamitar la industria y las edificaciones. Por su parte Ajuriaguerra hacía llegar a los militares italianos, que negociaban la mediación, que los gudaris estarían en Bilbao hasta el último momento si los italianos garantizaban el respeto a la vida de la población civil. Luis Ruiz de Aguirre ha hablado de un "pacto de Bilbao" y Leizaola escribió: "El diputado abertzale J.M. Lasarte me trajo a Bilbao el último mensaje oral italiano de la serie. Al cual di, claro está, respuesta en el acto."

Las tropas de Franco entraban en Bilbao el 19 de junio. Unos seis batallones de gudaris habían permanecido en la ciudad para garantizar el orden y evitar la destrucción de industrias. A partir de esa fecha se intensificaron las negociaciones entre los nacionalistas vascos y militares italianos para llegar a una rendición en forma de operación militar; la difícil realización de ese objetivo desembocó en la capitulación del Ejército vasco en Santoña a finales de agosto de 1937. Las unidades nacionalistas vascas, una vez perdido Bilbao, carecían de motivos de lucha. En estas líneas se ha hecho referencia a algunos hechos militares básicos, o cuestiones de política internacional o interna de la República española que dan una idea de la complejidad de decisiones que planteó la guerra civil en el País Vasco. Esto no debe hacer olvidar lo que supone una guerra, y más una guerra civil, de fractura de una sociedad y de padecimientos de la población civil. Una guerra entre hermanos, como fue la guerra civil en el País Vasco, deja unas heridas sociales muy difíciles de cerrar. Por eso, no es extraño que testigos o protagonistas desapasionados de aquellos hechos llegaran a afirmar que sería necesario el paso de varias generaciones para soldar la fractura social que había supuesto la guerra civil.

Las autoridades de la España nacionalista promulgaron el 23 de junio un decreto que abolía el régimen concertado con las provincias de Gipuzkoa y Bizkaia. Comenzaba una política que tendía a extirpar toda acción que supusiera una expresión de nacionalismo vasco. De hecho se iba a producir un anquilosamiento de las posibilidades políticas de los vascos tradicionalistas y monárquicos que habían apoyado al alzamiento militar. La capacidad de acción política entre los vascos partidarios de Franco fue muy limitada. A esto hubo que unir la represión, en parte mitigada, por la acción de la Santa Sede, Italia y Gran Bretaña. Además, el tono general de la vida de España, hasta 1939, estuvo determinado por el deseo de finalizar la guerra y poner en pie un nuevo orden político autoritario, tradicionalista, católico y fuertemente unitario, que erradicara los nacionalismos.

FML

La Guerra Civil desencadenada en 1936 incidió de forma importante en todos los ámbitos, públicos y privados, de la vida social. Las mujeres tuvieron que desarrollar su actividad principal, el trabajo doméstico, en unas condiciones muy difíciles, debido al racionamiento y a la movilidad del frente; y en Bilbao los problemas de abastecimiento se agravaron con la presencia de más de 100.000 refugiados, llegando a escasear el carbón, el pan, la leche y la carne. En cuanto a su actividad pública, las repercusiones de la guerra sobre las mujeres fueron muy diferentes según su posición en el conflicto.

  • Facciosas.

Fracasado el levantamiento militar, y controlada Bizkaia durante el primer año por el sector republicano, fueron silenciadas durante ese tiempo todas las organizaciones de mujeres vinculadas a los sublevados, y algunas de sus afiliadas fueron detenidas. Las mujeres de este sector centraron su actividad en esta época en la atención a los presos de ambos sexos y en la colaboración en tareas de resistencia. Esto último daría lugar a acusaciones de espionaje, tres de las cuales concluirían con sendas condenas a muerte. Estas condenas no llegarían a cumplirse. Fueron indultadas por el Gobierno Vasco tras la mediación de las mujeres nacionalistas. Pocos días después de su constitución éste había liberado, además, a todas las presas existentes en Bilbao a raíz del levantamiento del ejército. Según el diario Euzkadi habían sido liberadas 178 presas, con la esperanza de que, en contrapartida, fueran también puestas en libertad las que los sublevados retenían. Esta esperanza, sin embargo, resultaría frustada.

  • Nacionalistas.

Las mujeres vinculadas a los partidos políticos leales al gobierno, por su parte, pusieron sus organizaciones al servicio de la defensa del régimen republicano, y su contribución se hizo notar especialmente en ámbitos tan importantes como la sanidad, la asistencia social y la confección de ropa para el frente. Entre estas organizaciones, seguía siendo Emakume Abertzale Batza la que contaba en Bizkaia con la afiliación más numerosa y con una infraestructura que resultó muy útil en las nuevas circunstancias. Su organización de enfermeras, Euzko Gexozañak, creada en Bilbao en 1934, acudió a los hospitales desde el comienzo de la guerra, e integrada en la organización médico-sanitaria Euzko Gexozain Bazpatza, pasaría a depender, primero, de la Comisaría de Sanidad de la Junta de Defensa de Vizcaya y, más tarde, del Departamento de Defensa del Gobierno Vasco. Su organización de Asistencia Social, junto con los comedores creados en 1932 para los obreros en paro de STV, ayudó a cubrir las necesidades que surgían en la retaguardia, multiplicadas dramáticamente con la llegada a Bilbao de los refugiados. Y sus talleres de costura contribuyeron, no sólo a surtir de ropa a los gudaris, y de banderas a los batallones, como hicieron las mujeres de otras organizaciones, sino también de ornamentos sagrados a los capellanes de los batallones vascos. A diferencia de las mujeres laicas y de las adscritas a los partidos obreros, las nacionalistas vascas confesionales, la mayoría de las cuales estaban afiliadas a Emakume, tuvieron como uno de sus cometidos principales el mantenimiento de los servicios religiosos, tanto en el frente como en la retaguardia. Cumplieron así, como dice Lorenzo Sebastián, un cometido político muy importante, al contribuir a poner en entredicho en el ámbito internacional el carácter de "cruzada" que el ejército franquista trataba de dar a su sublevación.

El organigrama organizativo de las agrupaciones de mujeres del sector republicano experimentó modificaciones durante la guerra. En lo que se refiere a las nacionalistas vascas, las afiliadas a ANV y las que estaban integradas en el grupo Jagi-Jagi se dotaron de una estructura orgnizativa que anteriormente no habían tenido, y que en caso del grupo Jagi-Jagi< daría lugar a la creación, a principios de 1937, de la organización Aberri Emakume Batza, filial de Euzkadi Mendigoxale Batza. Su afiliación no llegaría a ser importante. Emakume Abertzale Batza, por su parte, cuando apenas si quedaba Bilbao bajo control republicano, se reestructuró y adoptó una organización piramidal, muy eficaz para transmitir rápidamente las consignas de la dirección a la base, y acorde con las desesperadas condiciones por las que atravesaba el bando republicano. Pero en relación con el cambio en el papel de las mujeres fue más importante el proceso organizativo de las mujeres del Frente Popular, entre las que estaban también las afiliadas a ANV.

  • Frente Popular.

En este sector, al que la historia no ha dedicado aún un análisis en profundidad, hay que destacar el desarrollo de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, que modificó su nombre por el de Agrupación de Mujeres Antifascistas (AMA), se dotó de un Comité Nacional vasco y publicó en Bilbao el semanario Mujeres, desde el 6 de febrero de 1937 hasta la ocupación de la villa por el ejército. En esta agrupación estaban integradas las distintas organizaciones de mujeres del Frente Popular: las organizaciones vinculadas a los partidos obreros (comunistas, socialistas y anarquistas), las organizaciones autónomas como Unión Femenina Republicana, y las nacionalistas de ANV. Emakume Abertzale Batza y Aberri Emakume Batza rechazaron la invitación a participar en esta organización unitaria. Las anarquistas, además, crearon su propia organización: Mujeres Libres, que seguía el modelo de organización del mismo nombre creada en Barcelona. Las mujeres del Frente Popular trabajaron también, al igual que las nacionalistas confesionales, en cometidos de asistencia social, cuidado de los heridos, organización de comedores y creación de talleres de confección de equipos de guerra. Dentro de esa labor asistencial estaba, por ejemplo, la sección de lavado de ropa de los milicianos sin familia, organizada por Mujeres Libres. Pero las condiciones excepcionales de guerra les permitieron acceder a ámbitos insospechados en otras circunstancias.

Al comienzo de la guerra, algunas de ellas, fundamentalmente anarquistas, acudieron a las primeras líneas de combate vestidas con el mono azul y con el fusil al hombro, con el fin de participar directamente en la lucha. Así mismo, cuando comenzaron los trabajos para fortificar Bilbao, la organización de mujeres antifascistas organizó las Brigadas Femeninas de Fortificaciones, que colaboraron en la construcción del "cinturón de hierro". Pronto, sin embargo, las mujeres serían alejadas del frente y, sobre todo, de una actividad, la utilización de las armas, que entraba en flagrante contradicción con el concepto de mujer imperante. La figura de la miliciana, muy visible socialmente, auque muy minoritaria, fue imcomprendida y rechazada.

Asumiendo que el cometido de las mujeres quedara limitado a la retaguardia, la Agrupación de Mujeres Antifascistas trató de unificar y organizar eficazmente el trabajo de éstas en torno a tres ejes: intensificación del trabajo para equipar el frente, desarrollo de la lucha ideológica y sustitución de los hombres movilizados en los puestos de trabajo que habían dejado vacantes al tomar las armas. Esto suponía abandonar uno de los nuevos espacios sociales que las mujeres habían comenzado a ocupar: el militar, pero les permitía mantener y desarrollar la ocupación de un sector importante de la actividad pública. El eje laboral era la oportunidad de avanzar en la implicación en el trabajo asalariado, la lucha ideológica les permitía seguir llevando a cabo una actividad política, y el trabajo realizado por algunas de ellas con el pico y la pala en las fortificaciones era un símbolo del nuevo papel de la mujer. Por otra parte, la confección de prendas de vestir para los combatientes, el lavado de su ropa, la elaboración de la comida para los refugiados y la organización de su alojamiento, siendo las mismas tareas que llevaban a cabo a pequeña escala en el hogar, se realizaron en su mayor parte de forma colectiva y con una proyección social, y dieron pie para que algunos sectores muy minoritarios, pertenecientes a la organización Mujeres Libres, propusieran a través del periódico CNT del Norte la generalización de ciertos servicios, como los comedores colectivos, con el fin de que las mujeres pudieran "emanciparse de la tiranía del hogar".

  • Postguerra.

Terminada la guerra, el nuevo régimen del General Franco anuló los avances que las mujeres habían realizado en el ámbito público, institucionalizando la Sección Femenina de Falange con la misión de reimplantar el viejo modelo de mujer recluida en el ámbito doméstico. Las mujeres comprometidas con los partidos defensores de la República, disueltas sus organizaciones, sufrieron el exilio o una dura represión, subrayada por la utilización de recursos humillantes y vejatorios (rapado de pelo, aceite de ricino, etc.). A pesar de ello volvieron a agruparse en apoyo al Gobierno de la República y al Gobierno Vasco en el exilio, y para secundar a los partidos que habían pasado a la clandestinidad. Cuatro nacionalistas vascas, de distinta procedencia dentro del País Vasco, entre las que se encontraba la vizcaína Teresa Verdes, serían condenadas a muerte en 1941, por participar en la red de ayuda a los presos, información y espionaje organizada por el Gobierno Vasco. La sentencia finalmente no se cumplió. En el exilio, las mujeres colaboraron activamente en la propaganda contra el régimen del general Franco, especialmente mientras se mantuvo la esperanza de su derrota a manos de los aliados en la II Guerra Mundial. En esta labor de propaganda en el ámbito internacional, destacó con su brillante oratoria la comunista vizcaína Dolores Ibárruri.

MUS

Los años del franquismo dejaron huella imborrable en la tierra de Bizkaia, debido tanto al crecimiento anárquico y desequilibrado de la economía como a otros cambios en relación con la vida social y política: el asentamiento masivo de inmigrantes, el nacimiento del fenómeno más violento y radical de oposición al franquismo, etc. Por todo ello durante estos años se alteraron profundamente las bases demográficas, sociales y económicas de esta provincia.

Consecuencias económicas de la guerra. Los daños materiales causados en Bizkaia durante la guerra civil fueron mucho menores de lo previsible. El aparato industrial estaba prácticamente intacto en 1937 y fue puesto de inmediato al servicio del conflicto bélico por las autoridades franquistas. A pesar de las órdenes de destruir las factorías, las instalaciones de la margen izquierda fueron protegidas por gudaris, puesto que los nacionalistas se opusieron a la destrucción. Las infraestructuras básicas fueron también poco dañadas; se habían volado algunos puentes y producido las inevitables destrucciones en carreteras y ferrocarriles. La flota vizcaína sufrió también pocas pérdidas: en torno a 15 barcos mercantes y algunos pesqueros más. El capítulo más trágico de este recuento de daños es el de las destrucciones urbanas, sin duda las más graves, sobre todo en el caso de la villa de Gernika.

Una vez tomada Bizkaia por las tropas franquistas, se pone de inmediato en funcionamiento todo el potencial de las factorías de la ría. La minería de hierro experimenta una rápida recuperación y crecen mucho las exportaciones, aprovechando la interesante subida de los precios internacionales que se produce en un momento en que en el interior estaban congelados. Sin embargo, pronto se acusará la escasez de explosivos y de electricidad y la actividad minera volverá a contraerse. Cabe destacar que Alemania sustituye en estos años a Gran Bretaña como principal comprador del hierro de Bizkaia. El sector siderometalúrgico aumenta su producción con rapidez debido a la fabricación de material de guerra, pero también aquí se dejarán sentir los problemas de abastecimiento y falta de energía.

El final de la guerra supone, además, la supresión del Concierto Económico, por decreto del 23 de junio de 1937. Esta medida tuvo consecuencias económicas claramente negativas, especialmente en lo que se refiere al sector público, ya que van a descender notablemente las inversiones en infraestructuras, equipamientos sociales, culturales, etc. originándose una situación de permanente déficit en este terreno. Bizkaia, calificada junto a Gipuzkoa de "provincia traidora" en el preámbulo del decreto de abolición, no sólo se ver privada de la capacidad inversora de que había venido disfrutando, sino que será sistemáticamente marginada en los programas estatales de inversiones públicas.

Una vez finalizada la guerra, la dictadura franquista diseña una política económica absolutamente intervencionista y de vocación autárquica. Esta etapa de autarquía postbélica durará dos décadas, y debe entenderse como el producto de factores de diversa índole: deseo del régimen de desarrollar una política económica acorde con la ideología triunfante en 1939, pero también aislamiento internacional impuesto a España tras el fin de la segunda guerra mundial. Probablemente, la autarquía fue la única política económica posible al menos hasta 1951; sin embargo, a partir de entonces, es la opción que voluntariamente adoptan los dirigentes españoles. Autarquía, pues, pero siempre respetando la iniciativa privada, rasgo que caracteriza al modelo intervencionista español. La iniciativa privada es considerada por el régimen franquista como un aliado imprescindible en el desarrollo industrializador y consigue de este modo el apoyo de la clase empresarial que va a procurar la defensa de sus intereses particulares, dejando a menudo de lado otras consideraciones ideológicas. De este modo, la política autárquica provocó en las empresas vizcaínas indudables problemas de abastecimiento y otras deficiencias, pero, a cambio, los empresarios obtuvieron un dominio absoluto del mercado interior, que les hizo olvidar durante más de una década la preocupación por mejorar las condiciones técnicas de sus fábricas, contrastar la calidad de su producción, etc.

Por otra parte, Bizkaia se estaba convirtiendo ya desde los años 40 en una provincia receptora de inmigrantes procedentes de otras zonas geográficas; entre 1940 y 1950 la población creció en un 11,3 %, que llegará al 33 % en la siguiente década (de 569.188 habitantes en 1950 se pasa a 754.383 en 1960). El atractivo de Bizkaia radica indudablemente en su industria, sector al que se dedica el 49 % de la población activa en 1950, el doble que en el conjunto español; el sector primario ocupa, en cambio, ya tan sólo a un 19 % de la población activa, mientras que la media española aún supera el 48 %. El gran crecimiento de Bilbao y su "hinterland" plantea desde mediados de los 50 un serio problema de escasez de vivienda, déficit que va a convertirse en un mal casi crónico. La renta también crece más rápidamente en Bizkaia que en otras provincias durante la etapa autárquica: entre 1940 y 1950 el P.I.B. vizcaíno crece en un 391,7 % (media española, 290 %) y entre 1950 y 1960 en 209,4 % (media española, 171 %).

Las industrias vizcaínas siguen sufriendo, al menos hasta 1951, problemas de abastecimiento de materias primas y energía y adolecen de retraso tecnológico. Las factorías siderúrgicas están infrautilizadas; falta sobre todo el carbón en Altos Hornos de Bizkaia y la disminución en la producción de lingote de hierro y acero provoca a su vez dificultades en el sector metalúrgico; faltan también otras materias primas y escasea la energía eléctrica. Las navieras constituyen un sector muy protegido y bien tratado por las acciones gubernamentales, aunque de momento no habrá crecimiento significativo. La industria química, en cambio, protagoniza un auténtico despegue; crece notablemente el número de empresas químicas de Bizkaia, destacando especialmente dos: Sefanitro (Barakaldo) y Nitratos de Castilla (Valladolid, pero fundada con capitales vascos), dedicadas a la producción de fertilizantes, terreno en el que España dependía hasta entonces del exterior y en el que es autosuficiente a partir de los años 50, gracias a la producción de estas nuevas empresas. En general, los beneficios obtenidos son altos gracias, como hemos señalado al monopolio del mercado, pero también a la contención de los salarios, controlados por el gobierno.

El comercio exterior es, desde luego, casi inexistente. Bizkaia exporta algo de hierro y, sólo desde 1951, también algunos productos manufacturados. La paralización del comercio exterior provoca los ya citados problemas de abastecimiento y escaseces, pero supone en contrapartida la reserva del mercado interior a la producción propia. El comercio interior también atraviesa dificultades, derivadas en parte de las destrucciones ocasionadas por la guerra, y producto otras veces de la parquedad inversora del gobierno. Este problema, a menudo denunciado por los empresarios y comerciantes vizcaínos, se pone de manifiesto en las graves deficiencias de la red ferroviaria, en la insuficiencia de la red de carreteras, sobre todo en relación con el crecimiento demográfico y económico de Bilbao, o en los problemas del Puerto de Bilbao, el más importante del Cantábrico, pero sumido permanentemente en la penuria. En el capítulo de las comunicaciones destaca la construcción del aeropuerto de Sondika, a instancias de la diputación de Bizkaia. Las obras se iniciaron en 1939 y el aeropuerto comenzó a funcionar a finales de 1948, si bien todavía en precario. A lo largo de los años 50 se habilitarán nuevas pistas y acometerán diversas reformas para mejorar su operatividad.

1959 marca un giro decisivo en la política económica franquista. La aprobación y puesta en marcha del llamado Plan de Estabilización supone el abandono de la trayectoria anterior y la adopción de un modelo económico distinto. Comienza una larga etapa expansiva, en la que los mejores años fueron, sin duda, los de comienzos de la década, si bien no faltaron muchos y graves desequilibrios.

En Bizkaia se registra un gran crecimiento demográfico, pasando la población de 754.000 habitantes en 1960 a 1.151.485 en 1975; en términos relativos el aumento representa el 53,3 %, mientras el crecimiento medio español fue de 17,8 %. La razón principal de esta expansión demográfica es la inmigración de mano de obra procedente de otras regiones, que acude atraída por las posibilidades de empleo que ofrece la industria vizcaína. El aumento demográfico se concentra en el área metropolitana del Gran Bilbao, sin duda la principal zona industrial de Bizkaia, intensificá ndose a lo largo de estos años el proceso de concentración demográfica que se había iniciado tiempo atrás. Así, en 1970 el 78 % de la población vizcaína vive en el área metropolitana del Gran Bilbao y sólo el 4 % de los vizcaínos reside en localidades de menos de 2.000 habitantes. La población activa muestra una evolución suavemente descendente, no a causa del aumento del paro, ya que el desempleo prácticamente no existe en Bizkaia hasta 1975, sino de factores como el adelanto de la edad de jubilación y el retraso en la edad de incorporación al trabajo.

Durante la etapa desarrollista los sectores tradicionalmente más importantes de la industria vizcaína crecieron notablemente y siguieron siendo hegemónicos, especialmente el sector siderúrgico, el metalúrgico y la construcción naval. También la industria química se convierte en una de las más rentables de Bizkaia. Se desarrollan otros sectores, hasta entonces más modestos, como el de conservas de pescado, vinos, manufacturas de algodón, de papel. En conjunto, los efectos del Plan de Estabilización fueron positivos para Bizkaia, ya que permite superar las dificultades para el abastecimiento de materias primas y provoca así el comienzo de la reactivación industrial. Además la apertura significa una ampliación de los mercados y lleva a los empresarios a invertir en la modernización del utillaje y en mejoras tecnológicas.

Sin embargo, a los efectos inicialmente positivos del Plan de Estabilización se van a añadir una serie de contradicciones y errores en la política económica de los años 60 que van a terminar provocando auténticas dificultades en la industria vizcaína entre 1966 y 67. La crisis tiene su origen en los mayores gastos que soportan las empresas debido al aumento de las inversiones, la subida de los salarios, la llegada al mercado de productos extranjeros y en la restricción de los créditos bancarios adoptada por el gobierno en 1965. La recuperación no se iniciará hasta 1968. A partir de esta fecha la novedad más significativa será la instalación en Muskiz de una refinería, Petronor, que representaba la consolidación de la recuperación y nuevas posibilidades de diversificación industrial. La instalación de Petronor significa, además, la ampliación del puerto exterior con la construcción de Punta Lucero, inaugurada en 1975 y considerada la obra civil más importante de su género llevada a cabo en España hasta esa fecha.

Las deficiencias de las infraestructuras vizcaínas no desaparecen en la década de los 60; las inversiones públicas en Bizkaia siguen siendo insuficientes y la situación empeora como consecuencia del incesante crecimiento de la población y de la actividad industrial. La construcción de la "solución centro", el puente de la Salve y la autopista Bilbao-Behobia, son las principales realizaciones de la etapa, junto a Punta Lucero y nuevas mejoras y ampliaciones en el aeropuerto de Sondika. Con el inicio de la década de los 70 comienza la crisis internacional que no se dejará sentir en Bizkaia hasta finales de 1974 o comienzos de 1975.

Las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera vizcaína van empeorando progresivamente desde el fin de la guerra. Los salarios, bajísimos, son establecidos oficialmente por medio de las Reglamentaciones de Trabajo e incluso se prohibe a los empresarios conceder salarios superiores a los fijados oficialmente (decreto de 16-I-1948). En tales condiciones los sueldos permanecen de hecho congelados, en tanto que los precios aumentan rápidamente. La carestía conduce a la subalimentación y hace estragos en las condiciones físicas de los trabajadores. Los racionamientos, que se prolongaron durante más de una década, conducen al mercado negro y reducen a niveles de subsistencia la capacidad adquisitiva de los trabajadores. No pueden éstos tampoco organizarse para defender sus intereses ya que el nuevo régimen ha suprimido las asociaciones obreras; no hay sindicatos de clase ni movimiento obrero; sólo existe el Sindicato Oficial en el que quedan encuadrados los obreros junto a técnicos y empresarios.

En este contexto, cualquier intento de realizar importantes movilizaciones obreras durante la postguerra va a resultar inviable. Hay, como mucho, conflictos esporádicos en algunas empresas de Bizkaia que suelen perseguir reivindicaciones inmediatas de escaso alcance. La única excepción serán las huelgas de 1947 en Bizkaia. En mayo de 1947 se lleva a cabo la movilización más importante realizada hasta entonces contra el régimen del general Franco; considerada como la primera huelga general obrera de la postguerra, es, sin embargo, ante todo una huelga política, organizada por el Consejo Vasco de la Resistencia. El objetivo es manifestar la oposición del pueblo vasco contra el régimen de Franco. La huelga comienza el 14 de abril y finaliza el 12 de mayo, habiendo alcanzado amplio eco. La represión también fue intensa, con el ejército recorriendo las calles de Bilbao y la plaza de toros convertida en improvisada prisión de los más de 6.000 detenidos a lo largo del conflicto. Hubo también empresarios multados por haberse solidarizado con los huelguistas, lo que confirma el carácter fundamentalmente político de esta huelga. Tras los hechos del 47 no habrá en el País Vasco nuevas movilizaciones hasta 1951. En esa fecha se desencadena en Barcelona una huelga general a causa de la subida del precio de los transportes públicos, que se extiende también a Bizkaia. Se trata de nuevo de una huelga de carácter político aunque influye, sin duda, el descontento generado por el aumento del coste de la vida, el mercado negro, el hambre. La incidencia de la huelga es considerable afectando a numerosas empresas de Bizkaia.

A finales del año 53 comienza una etapa de conflictos cada vez más frecuentes y de carácter menos político en cuanto a su concepción y fines, puesto que las reivindicaciones son más inmediatas, los objetivos más puntuales. La clase obrera vizcaína de los 50 es ya notablemente diferente a la de los primeros años de la postguerra. Formada por nuevas generaciones y engrosadas sus filas con la llegada de inmigrantes de origen rural, presenta un menor nivel de conciencia sindical y una casi total desconexión con las organizaciones tradicionales del movimiento obrero vizcaíno. Hacia 1955-56 aparecen los embriones de lo que luego serían las Comisiones Obreras, y lo hacen en las zonas de mayor concentración industrial, zonas también de mayor conflictividad. Precisamente en Bizkaia va a crearse en 1956 el primer "Consejo de Trabajadores" o "Comisión Obrera" durante las huelgas de abril en el sector metalúrgico; es de momento un organismo espontáneo que sólo tendrá vigencia durante el conflicto.

Sin embargo, el comienzo del Plan de Estabilización crea en los años siguientes un ambiente poco propicio para el desarrollo de movimientos reivindicativos: aumenta el paro, se reducen los complementos salariales y el despido se convierte en una amenaza real para los trabajadores. Por otra parte, el nuevo clima de desarrollo y competitividad exige que los empresarios puedan negociar aumentos salariales, primas, etc., con los trabajadores, en aras de una ineludible mejora de la productividad. La Ley de Convenios Colectivos de 1958 supone que en adelante salarios y condiciones laborales serán pactados entre trabajadores y empresarios, y provocará, por tanto, inevitablemente la intensificación del movimiento obrero en los años siguientes. En efecto, el descontento obrero se manifestará con toda rotundidad en las negociaciones de los convenios colectivos, y desde los primeros meses de 1962 los movimientos huelguísticos serán casi permanentes durante varios años.

En Bizkaia adquiere especial significación el año 1962 que suele considerarse como fecha de nacimiento de un nuevo movimiento obrero. El origen de este gran movimiento huelguístico se localiza en Asturias, pero Bizkaia se va a convertir pronto en uno de los focos más conflictivos; la huelga se inicia en la Basconia y la Naval, se extiende pronto a General Eléctrica, Babcock & Wilcox, Euskalduna, Echevarría, Orconera y, con ésta última empresa, toda la zona minera, y poco después muchas empresas de la margen derecha (Unquinesa, Aguirena, Talleres de Erandio...). Para el día 10 de mayo la situación ha decantado en huelga general. A fines de mayo comienza la vuelta al trabajo, tras la aceptación por la patronal de diversas reivindicaciones obreras, quedando un saldo de cientos de detenidos y deportados, y numerosos despedidos. Las consecuencias derivadas de las huelgas del 62 van a ser de gran trascendencia: suponen el final de la congelación de salarios, la obtención de mejoras económicas importantes (aunque siempre por debajo del aumento de los precios), la movilización de otros sectores sociales -estudiantes, intelectuales, sacerdotes-, pero, sobre todo, destaca por su relevancia posterior, la creación por los trabajadores de sus propios órganos de representantes, las comisiones de obreros.

Por primera vez se crea una Comisión Obrera Provincial de Bizkaia, superando las limitaciones iniciales de las comisiones, que se restringían al marco de cada empresa. Esta primera Comisión Provincial estuvo integrada por doce miembros que pronto se redujeron a cinco; organizaron numerosas acciones hasta que el 22 de abril de 1964 los cinco fueron detenidos, poco antes de que las comisiones obreras se declararan ilegales. Los años de mediados de los 60 transcurren entre un sinfín de tensiones y enfrentamientos de los que los trabajadores van extrayendo logros importantes. Las mejoras salariales conseguidas se ven, sin embargo, muchas veces, eclipsadas por el incesante aumento de los precios. Apenas hay en las huelgas de estos años connotaciones políticas. Desde 1964 la mayoría de los conflictos estallan como consecuencia de las negociaciones para la renovación de los convenios colectivos. La reivindicación central de estos años es el aumento de salario y los resultados suelen ser satisfactorios para los obreros; la severa represión con que se respondió a las huelgas del 62 ha sido sustituida por una actitud de mayor tolerancia, sin apenas despidos o sanciones graves.

La gran expansión económica de los 60 sufre un frenazo importante desde comienzos del año 67 y, paralelamente, la actitud del régimen hacia el movimiento obrero se endurece notablemente. Ante esta nueva situación, los trabajadores van a reaccionar resistiéndose a renunciar a las conquistas de años anteriores e intentando mantener su línea ascendente. Los enfrentamientos serán, en consecuencia, muy graves de nuevo y las huelgas de los años siguientes tendrán características muy diferentes a las anteriores. Bizkaia es en 1967 la provincia en la que se desata mayor número de huelgas. La más importante de todas ellas es la de Laminados de Bandas de Echévarri (Bilbao). Tuvo una duración de 163 días y afectó permanentemente a más de 560 trabajadores. La extensión e intensidad de este conflicto por todo el País Vasco, provocó la declaración del Estado de Excepción para la provincia de Bizkaia, el 21 de abril de 1967. Tras la huelga de Bandas la conflictividad obrera desciende a lo largo de la segunda mitad de 1967 y durante 1968.

En plena crisis económica se acometen reestructuraciones en muchas empresas vizcaínas, se suceden los expedientes de crisis, se ensayan novedades... en un intento de superar la difícil situación que se atraviesa. Sin embargo, en la primavera-verano de 1968 se producirán dos acontecimientos de gran interés en la evolución del movimiento obrero vizcaíno: la crisis de Comisiones Obreras, consecuencia de la difícil situación económica y de la represión, y la creación de los Comités de Empresa. Fue esta última una iniciativa de UGT que pretendía encontrar una alternativa a las Comisiones Obreras, pero partiendo del rechazo a cualquier utilización del sindicato oficial por parte del movimiento obrero. El primer Comité se creó en la Naval y a continuación se formaron otros por toda Bizkaia, consiguiendo desencadenar una gran agitación a finales de 1968 y comienzos de 1969 (nuevo estado de excepción). En la creación de estos Comités participan UGT, ELA, USO, el FO de ETA e incluso militantes de Comisiones Obreras y PCE. Indudablemente entre todos estos grupos hay graves diferencias en cuanto a objetivos y estrategias. Por ello, a pesar del éxito inicial, desde mediados de 1969 comienza un proceso de rupturas y divisiones internas que conducen a la práctica desaparición de los Comités en 1971.

La conflictividad en Bizkaia aumentará, sin embargo, a lo largo de los años 1969 y 1970, como consecuencia entre otras cosas de la recuperación económica iniciada a finales de 1968. El deterioro de la renta obrera durante los años de la crisis hace que se intensifiquen las protestas, una vez que se anuncia el fin de la congelación salarial. De estas movilizaciones los trabajadores obtienen resultados económicos positivos y consigue superarse con creces la barrera del 5,9 % de subida salarial, porcentaje fijado como tope por el gobierno. Sin embargo también son muchas las sanciones de todo tipo e incluso los despidos, al tiempo que la represión se intensifica. Hay, por último, un mayor grado de politización en estos conflictos que en otros anteriores, lo que deriva, entre otras cosas, de la propia dureza de la represión. Por la misma razón son también cada vez más abundantes los gestos de solidaridad procedentes de otros sectores de población que ofrecen su apoyo a los huelguistas. Junto a las huelgas por motivos salariales o mejoras laborales de cualquier naturaleza, se producen cada vez con más frecuencia huelgas eminentemente políticas, especialmente a partir del Juicio de Burgos de 1970. Y es que a estas alturas se ha generalizado la convicción de que el logro de las reivindicaciones obreras pasaba por el cambio de régimen. La desaparición de la dictadura se convierte en el punto de partida imprescindible de cualquier reestructuración profunda del sistema laboral. Por ello, en estos últimos años del franquismo, la mayor parte de las huelgas laborales terminaron convirtiéndose en huelgas también políticas.

La oligarquía vizcaína, rica y poderosa, participó activamente en el nuevo régimen instaurado en España tras la catástrofe de la guerra civil. La ruptura con el pasado inmediato que representa el franquismo hizo imprescindible que el personal político del régimen se compusiese de "hombres nuevos" que no habían colaborado políticamente con la Segunda República y que habían luchado en la guerra civil del lado de Franco. En toda España el poder político cambió de manos y en Bizkaia lo recogió un grupo de hombres jóvenes, con elevado nivel de preparación cultural y de extracción social privilegiada. Aquellos que, de acuerdo con los planteamientos del régimen, "sabían mandar" por tradición familiar y preparación. Su actitud política más notable fue la total aceptación y colaboración con el franquismo, aún cuando procedieran ideológicamente de grupos distintos.

Las "familias" falangista y tradicionalista fueron las que en Bizkaia contaron con más adeptos entre los dirigentes políticos locales. Hubo quienes abandonaron sus convicciones demoliberales para aliarse al nuevo régimen, y quienes de la fidelidad más absoluta al franquismo pasaron a convertirse a la democracia, pero todos, en el momento en que ejercieron cargos políticos en Bizkaia, eran franquistas. Este grupo no tenía experiencia política anterior a 1937; su escuela de formación política fue el propio régimen franquista, convirtiéndose los cargos locales, a menudo, en trampolín para el acceso a otros puestos políticos de mayor responsabilidad. Los cargos que ocuparon en Bizkaia gozaron de una estabilidad ciertamente notable, si bien en los primeros tiempos hubo cambios más rápidos y con más frecuencia, y, por tanto, mayor renovación en el personal de la administración provincial.

Las grandes empresas industriales y financieras vizcaínas estuvieron notablemente vinculadas al poder político provincial franquista, vinculación que va intensificándose progresivamente. La interrelación entre dirigentes políticos y dirigentes de empresas se dio en Bizkaia desde los comienzos del franquismo y se mantuvo hasta el final; el peso económico de quienes desempeñaban cargos políticos creció considerablemente y llegó a ser muy importante en la última década. Destaca la relevancia económica de algunos políticos locales como José María de Oriol y Urquijo, alcalde de Bilbao en 1939-41, Isidoro Delclaux Aróstegui, diputado de Bizkaia entre 1937-41 y vicepresidente de la diputación entre 1941-47, Javier Ybarra y Bergé, diputado de Bizkaia, teniente alcalde del ayuntamiento de Bilbao, presidente de la diputación de Bizkaia, sucesivamente entre 1939 y 1950 y, más tarde, alcalde de Bilbao (1963-69), Manuel de Lezama Leguizamón, concejal de Bilbao (1938) y diputado de Bizkaia (1941-47), y tantos otros. Merece destacarse la importante presencia de los cargos políticos de la provincia en los Consejos de Administración de los dos grandes bancos vizcaínos, el Banco de Bilbao y el Banco de Vizcaya; las relaciones entre la banca privada y el aparato de gobierno franquista son exponente no de un inexistente proceso de "publificación" de la banca sino más bien de la privatización del aparato político. Otros sectores en los que la presencia de los políticos en los consejos es destacada son, por último, el de maquinaria y construcciones metálicas y la industria química. La relación entre el poder económico y el poder político pone de manifiesto la influencia y el peso que los intereses económicos hubieron de tener en las decisiones políticas.

Los años finales del régimen franquista se caracterizan en Bizkaia por el despliegue de una represión sistemática y generalizada. El fracaso del régimen se manifiesta en la incapacidad de mantener ni siquiera la apariencia de normalidad. A partir del Juicio de Burgos la conflictividad aumentó incesantemente; cualquier huelga o conflicto se "politizaba" rápidamente y se transformaba en un acto contra el régimen. La Iglesia vizcaina -en la que habían aparecido ya movimientos de protesta y denuncia del régimen desde la década de los 60- se convirtió igualmente en un factor desestabilizador posicionándose abiertamente frente a Franco. El régimen muestra de nuevo su cara más terrible. Los estados de excepción, la represión, incluso las ejecuciones de 1975, no consiguen frenar la conflictividad. Muy probablemente, las acciones más preocupantes para el régimen fueron las protagonizadas por el nacionalismo radical y en particular el atentado contra Carrero Blanco. ETA sufrió en estos años diversas rupturas, escisiones, enfrentamientos internos; sin embargo, a partir del atentado contra Carrero Blanco se reafirmó la naturaleza violenta de su estrategia, convirtiéndose así el uso continuado de la violencia en el principal problema de la transición en Euskadi.

EMA

Elecciones generales del 15-VI-1977
Ref. Egin, l0-V-1983.
"Otros" recoge los votos de otros partidos más los nulos y blancos
PartidosVotos%
PNV171.99123,9
PSOE140.64319,6
Abstención146.24620,4
HB--
AP-UCD128.19617,8
EE30.2094,2
Otros101.52114,1
Censo718.806100,0

Resultaron elegidos diputados: Juan Ajuriaguerra (PNV), Iñigo Aguirre (PNV), Pedro Sodupe (PNV), Marcos Vizcaya (PNV), Nicolás Redondo (PSOE), J. Mª Benegas (PSOE), Eduardo López de Arbizu (PSOE), Juan Echevarría Gangoiti (UCD), Ricardo Echanove (UCD) y Pedro Mendizabal (AP). Senadores: Michel Unzueta, Juan Mª Vidarte y Ramón Rubial (Frente Autonómico) y Martín Fernández Palacios (UCD).

Referéndum constitucional 6-XII-1978. (Censo electoral: 856.480)
Votos373.00443,55%
Abstenciones474.83355,44%
264.88830,93%
No80.5849,41
Blanco y Nulos27.5323,21%
Abstenciones y No555.41764,85%

Elecciones generales del 1-III-1979.
Ref. Deia, 3-III-79.
PartidosVotos
PNV161.480
PSOE105.481
UCD88.431
HB80.280
EE32.362
PCE31.942
UF23.484
UNE7.521
EMK7.292
PSOE (H).4.131
LKI3.039
ORT2.932
EKA1.380
IR1.229
FALANGE A795
PT500

Resultaron electos para el Congreso: Iñigo Aguirre (PNV); Nicolás Redondo (PSOE); Agustín Rodríguez Sahagún (UCD); Fernando Aristizábal (PNV); Francisco Letamendia (HB); José Mª Benegas (PSOE); Marcos Vizcaya (PNV); Julen Guimón (UCD); Josu Elorriaga (PNV); Pedro Solabarría (HB). Resultaron electos para el Senado: Michel Unzueta (PNV); Ramón Sota (PNV); Julio Jáuregui (PNV); Ramón Rubial (PSOE).

Elecciones municipales. 3-IV-1979.
Concejales electos por partidos
PartidosConcejales
PNV543
INDEP.225
HB134
PSOE90
PCE30
EE25
UCD21
LKI4
ORT1
MCE1

Elecciones para Juntas Generales 3-IV-1979
PartidosVotos%
PNV203.47723,1
PSOE81.2269,2
ABST.352.01839,9
HB103.19211,7
AP-UCD58.1786,6
EE28.7423,3
Otros54.6206,2
Censo881.453100,0

Referéndum estatutario del 25-X-1979. (Censo electoral: 883.609)
Ref. Boletín Oficial del Estado 8-XI-79.
Votos507.980Abstenciones375.629460.905
s/c57,49%s/c42,51%s/c52,16%
s/vs/vs/v90,73%
No25.216Blanco16.038Nulo5.821
s/c2,85%s/c1,82%s/c0,66%
s/v4,96%s/v3,16%s/v1,15%

Elecciones al Parlamento autónomo, 9-III-1980
PartidosVotos
PNV207.369
EE40.268
PSOE74.749
PCE24.863
UCD34.740
AP29.900
HB85.064

Fueron elegidos los siguientes parlamentarios: PNV-EAJ: J. M. Leizaola, Mitxel Unzueta, Emilio Guevara, Carmelo Renobales, Juan José Pujana, José Luis Robles, Iñaki Anasagasti, Inmaculada Boneta, Josu Bergara. PSOE: R. García Damborenea, J. A. Saracíbar, Juan Manuel Eguiagaray. UCD: José María Aguinaga. EE: Mario Onaindía Nachiondo. HB: Francisco Letamendía, Periko Salabarría, José Ramón Echevarría, Juan Cruz Idígoras. PC: Roberto Lertxundi. AP: Florencio Aróstegui.

Elecciones generales del 28-X-1982. (Censo electotal: 854.204)
PartidosVotos% sobre válidosEscaños
PNV224.03733,534
PSE-PSOE198.20929,664
HB87.45413,091
COALICIÓN79.75211,931
EE43.8366,56-
PCE-EPK14.6632,19-
CDS10.0951,51-
PST3.8380,57-
FN1.2100,18-
CUC7460,11-
UCE7110,10-
PCE (ML)5200,07-
PS2530,03-
LC-OSI2000,02-
MCE16--
LKI8--

Congreso: Iñigo Aguirre (PNV), Jon Gangoiti (PNV), Marcos Vizcaya (PNV), Ana Gorroño (PNV), Ricardo García Damborenea (PSE-PSOE), Nicolás Redondo (PSE-PSOE), José Luis Corcuera (PSE-PSOE), José de Gregorio (PSE-PSOE) Periko Solabarría (HB), Julen Guimón (PDP-PDL-UCD-AP). Senado: Carmelo Renobales (PNV): 222.116, Joseba Azkarraga (PNV): 221.950, José Luis Robles (PNV): 219.959, Ramón Rubial (PSE-PSOE): 195.702.

Elecciones municipales del 8-V-1983
PartidosConcejales
PNV621
PSOE172
HB133
INDEP. y OTROS104
EE-IPS48
AP-PDP24
PCE11

Elecciones para Juntas Generales del 8-V-1983
CircunscripciónNº JunterosPNVHBPSOEEEAP-PDP/UL
Busturia-Marquina541---
Durango5311--
Arratia7412--
Uribe7511--
Encartaciones1341511
Bilbao1461412
Total512661323

Busturia-Marquina: 5 junteros: PNV (4): José Alberto Pradera Jáuregui, Agustín Zubicacaray Bedialauneta, Eduardo María Vallejo Olejua, Antonio Goitia Goikoechea. HB (1): Seber Ormaza Unamuno. Durango: 5 junteros: PNV (3): Valentín de Lasuen Solozabal, Eduardo Urcelay Astequia, Juan Astigarraga Landaluce. HB (1): Joseba Mikel Sopelana Basauri. PSOE (1): Francisco Javier Prieto Casado. Arratia: 7 junteros: PNV (4): Mª Begoña Solaguren Goicoechea, Miren Eukene Maron Castillo, Ignacio Javier Echebarría Echeita, Juan Mª Atucha Mendiola. HB(1): Pedro Mª Leiza Cenarruzabeitia. PSOE (2): Enrique Daniel Antolín San Martín, Carlos Angel Berrocal Uribe. Uribe: 7 junteros: PNV (5):Antxon Aurre Elorrieta, José Antonio López Egaña, Miguel Angel Ramón Villanueva, Luis Altuna Ercilla, Jesús Arrieta Zobaran. HB (1): Pedro Luis Terrones Echevarría. PSOE (1): José Ramón García Jerez. Encartaciones: 13 junteros: PNV (4): Jesús Sagastagoitia Monasterio, José Satisteban Ahedo, Antonio Echevarría Otaños, Luis Lascurain Argarate. HB (1): Pedro Solabarría Bilbao. PSOE (6): Santiago Llanos del Río, Jesús Rodríguez Orrantia, Manolo Fernández Ramos, Rosa Díez González, José Fernández Arias. EE (1): Francisco Puerto Balmisa. AP-PDP-UL (1): Julen Guimón Ugartechea. Bilbao: 14 junteros PNV (5):José María MakuaZarandona, Kepa Amézaga Gaubeca, José León Lasa Apalategui, Javier Eizaguirre Gutiérrez, José Luis Bilbao Eguren. HB (1): Santiago Brouard Pérez. PSOE (4): José Luis Ibáñez y García Velasco, Ignacio Ipiña Azcuanaga, Rosa Alvarez Mardones, Antonio Villasana Cunchillos. EE (1): Jesús Corres Villate. AP-PDP-UL: Florencio Aróstegui Zubizurre, Fernando Sánchez Rodríguez.

Elecciones a Parlamento Autónomo 26-II-1984 (Censo electoral: 881.843)
Ref. Diario Vasco, 28-11-84
CandidaturaVotos%Escaños
PNV261.78343,912
PSOE138.02323,26
Herri Batasuna77.26012,93
Coalición Popular56.3059,52
EE44.5107,52
PCE/EPK10.5811,8-
Auzolan4.3600,7-
Otros2.9130,5-

Referéndum sobre la permanencia en la OTAN 12-III-1986
NO64,22%
SI32,22%
Abstención36,9%
Nulos y blanco2,2%

Propugnan en esta consulta: PNV, libertad de voto; PSOE, sí; CP, abstención; UCD, abstención; CDS, libertad de voto. PCE, no; HAB, no; EE, no.

Elecciones generales del 22-VI-1986. (Censo 908.470)
Ref. El Diario Vasco, 1-XII-86.
Partidos%VotosEscaños
Abstención31,47
PNV29,3178.8933
PSOE26,5161.8253
HB15,995.9432
AP (CP)10,765.0851
EE8,451.0491
CDS4,930.150-
PCE-EPK1,16.087-
UCD---
Otros2,314.379-

Resultaron elegidos diputados: Jon Gangoiti (PNV), Joseba Zubía (PNV), Iñaki Anasagasti (PNV), Nicolás Redondo (PSOE), R. García Damborenea (PSOE), Antón Saracibar (PSOE), Jon Idígoras (HB), Txomin Ziluaga (HB), Kepa Aulestia (EE) y Adolfo Careaga (CP). Senadores: Carmelo Renovales (PNV), Iñaki Aguirre (PNV), José Luis Robles (PNV) y Manuel Fernández (PSOE).

Elecciones al Parlamento Vasco del 30-XI-1986.
Ref. El Diario Vasco, 14-VI-87.
partidos%VotosEscaños
PNV182.51728,868
PSOE143.07322,636
HB101.16916,003
EA74.41311,774
EE64.90810,273
AP32.7075,171
CDS20.3243,210

Elecciones Municipales, Juntas Generales Y Parlamento Europeo 10-VI-1987.
Ref. Deia, 23-VI-87.
PartidosMunicipalesJuntas GeneralesPto. Europeo
PNV164.176161.899145.251
PSOE116.068116.441114.269
HB102.697104.625105.422
EA72.24976.40270.343
EE52.67055.54052.730
CDS20.42121.89623.622
AP32.29536.49341.644

Elecciones al Parlamento Europeo del 15-VI-1989. (Censo electoral: 917.255)
Ref. El Diario Vasco, 17-VI-89.
Partidos%Votos
PNV26,82141.383
PSOE18,0695.218
HB17,5592.516
EA10,0152.764
EE9,3049.009
PP (AP)8,2543.475
CDS2,7614.528
IU (PCE)2,0010.575
UCD--
Otros4,5924.190

Elecciones generales del 29-X-1989. (Censo electoral: 922.592)
Ref. El Diario Vasco, 30-X-1990
Partidos%VotosEscaños
PNV28,10171.5823
PSOE20,92127.7442
HB15,1592.4932
EA7,9248.3551
PP (AP)9,7759.6321
EE7,9548.5591
IU (PCE)3,6322.169-
DS3,4721.144-
Otros3,0918.870-

Resultaron elegidos diputados: Iñaki Anasagasti (PNV), Joseba Zubía (PNV), Eduardo Vallejo (PNV), José Mª Benegas (PSOE), José de Gregorio (PSOE), Jon Idígoras (HB), Tasio Erkizia (HB), Joseba Azkarraga (EA), Jon Larrinaga (EE) y Jaime Mayor Oreja (PP). Senadores: Iñaki Aguirre Barañano (PNV), Juan José Aspuru Ruiz (PNV), Carmelo Enrique Renobales (PNV) y Ramón Rubial Cavia (PSOE).

Elecciones al Parlamento de Vitoria del 28-X-1990. (Censo electoral: 931.996)
Ref. El Diario Vasco, 28-V-91.
Partidos%VotosEscaños
PNV34,60192.90310
PSOE20,07111.9205
HB16,3391.0474
PP8,6848.4052
EA8,0644.9222
EE7,3540.9832
CDS0,553.069-
Otros5,8032.311-

Elecciones municipales y a Juntas Generales del 26-V-1991.
Ref. El Diario Vasco, 8-VIII-93 y Anuario Estadístico Vasco (EUSTAT), 1994.
PartidosMunicipalesJuntas Generales
PNV191.297193.413
PSE-PSOE112.845113.380
HB83.22883.306
PP45.05347.552
EA44.00942.918
EE35.28335.432

Elecciones generales del 6-VI-1993. (Censo electoral: 937.962)
Ref. El Diario Vasco, 8-VIII-93.
Partidos%VotosEscaños
PNV196.75829,303
PSE/EE164.96624,563
PP101.94715,182
HB83.31612,411
EA/EUE42.3366,34-
CDS5.3240,79-
Otros76.91611,45-

Resultaron elegidos diputados: Iñaki Anasagasti (PNV), R. Gatzagaetxeberria (PNV), Jon Zabalia (PNV), José Mª Benegas (PSE-EE), Nicolás Redondo (PSE-EE), J. L. Marcos Merino (PSE-EE), Javier Peón (PP), Antonio Merino (PP) y Jon Idígoras (HB). Senadores: Pedro José Caballero (PNV), Jon Gangoiti (PNV), Ricardo Sanz (PNV) y Ramón Rubial (PSE-EE).

Elecciones al Parlamento Europeo del 12-VI-1994.
Ref. Ezagutu emaitza ofizialak-Conoce los resultados oficiales (folleto). Eusko Jaurlaritza-Gobierno Vasco.
PartidosVotos
PNV157.718
PSOE/EE93.593
PP89.793
HB65.647
IU/EB50.852
EA30.510
Otros12.975

Elecciones al Parlamento Vasco del 23-X-1994.
Ref. El Diario Vasco, 1-XI-94.
PartidosVotosEscaños
PNV201.83310
PSE-EE99.9314
PP86.3984
HB76.9883
IU57.7652
EA40.7522
UA1.489-

Elecciones municipales y a Juntas Generales del 28-V-1995.
Ref. El Diario Vasco, 4-III-96 y Egin Urtekaria 1995.
PartidosMunicipalesJuntas Generales
PNV194.355201.469
PSE/EE100.868102.575
PP93.22599.662
HB71.88471.967
IU52.61156.515
EA41.06942.278
ICV (Gorordo)20.383

Elecciones generales del 3-III-1996.
Ref. El Diario Vasco, 4 y 5-III-1996.
PartidosVotos
PNV202.929
PSE/EE164.556
PP128.116
HB69.131
IU67.781
EA36.120
ICV (Gorordo)11.672
Otros5.193

Resultaron elegidos diputados: Iñaki Anasagasti (PNV), Jon Zabalia (PNV), Margarita Uria (PNV), José Mª Benegas (PSE), Nicolás Redondo Terreros (PSE), Javier Peón (PP), Antonio Merino (PP), Begoña Galdeano (HB) y José Navas (IU). Senadores: Peio Caballero (PNV), Jon Gangoiti (PNV), Ricardo Gatzagaetxeberria (PNV) y Ramón Rubial (PSE).

Elecciones al Parlamento Vasco del 25-X-1998
Ref. El Diario Vasco, 26-X-1998.
PartidosVotosEscaños
PNV222.9029
PP138.6425
PSE/EE125.0225
EH99.9364
IU42.5761
EA41.0111
UA932-
Otros4.616-

Elecciones municipales del 13-VI-1999
Ref. El Diario Vasco, 14-VI-1999.
PartidosVotos
PNV/EA133.657
PSE/EE113.842
PP111.766
EH100.553
PNV84.047
IU32.138
EA18.828
Otros28.105

Elecciones a Juntas Generales del 13-VI-1999.
Ref. El Diario Vasco, 15-VI-1999.
PartidosVotos
PNV/EA227.718
PP121.025
PSE/EE117.845
EH102.278
IU32.713
ICV8.254

Elecciones generales del 12-III-2000.
Ref. El Diario Vasco, 13-III-2000.
PartidosVotos
PNV221.135
PP175.899
PSE/EE147.549
IU37.518
EA32.955
CDS345
Abstención32,27%

Resultaron elegidos diputados: Iñaki Anasagasti (PNV), Margarita Uria (PNV), Pedro Mª Azpiazu (PNV), Josu Erkoreka (PNV), Jaime Mayor Oreja (PP), Antonio Merino (PP), Marisa Arrue (PP), José Mª Benegas (PSE-EE) y Arantza Mendizabal (PSE-EE).

  • Obras clásicas
  • ITURRIZA, Juan Ramón. Historia General de Vizcaya y epítome de las Encartaciones. Bilbao: Diputación de Bizkaia, 1938.
  • LABAYRU, Estanislao J. de. Compendio de la Historia de Bizcaya del Dr. Estanislao J. de Labayru. Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1975.
  • LABAYRU, Estanislao J. de. Historia general del Señorío de Bizcaya. Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1970.
  • Obras de carácter general
  • ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz (dir.). Historia de Vizcaya. Donostia-San Sebastián: Haranburu, 1987.
  • BARRIO LOZA, José Ángel (dir.). Bizkaia. Arqueología, urbanismo y arquitectura histórica. Bilbao: Diputación de Bizkaia, 1989.
  • Enciclopedia histórico-geográfica de Vizcaya. Donostia-San Sebastián: Haranburu, 1981.
  • GARCÍA DE CORTÁZAR, Fernando y MONTERO, Manuel. Historia de Vizcaya: los orígenes, la Edad Media, el Antiguo Régimen. Donostia-San Sebastián: Txertoa, 1994.
  • MAÑARICUA, Andrés Eliseo. Historiografía de Vizcaya. (Desde Lope García de Salazar a Labayru). Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1973.
  • MONTERO GARCÍA, Manuel. Momentos históricos. De los orígenes de Vizcaya al Lehendakari Aguirre. Donostia-San Sebastián: Txertoa, 2003.
  • Prehistoria
  • APELLÁNIZ, Juan María. El hombre prehistórico en Vizcaya. Bilbao: Caja de Ahorros vizcaína, 1976.
  • GORROCHATEGUI, Javier. Las cuevas decoradas paleolíticas de Venta Laperra, Arenaza y Santimamiñe (Bizkaia): repertorio iconográfico, proyección espacial, análisis formal, estilístico y proceso decorativo. Vitoria-Gasteiz: 1997. Tesis doctoral.
  • FERNÁNDEZ ERASO, Javier. "Prehistoria". En Enciclopedia histórico-geográfica de Vizcaya. Donostia-San Sebastián: Kriselu, 1987.
  • FERNÁNDEZ ERASO, Javier. Las culturas del Tardiglaciar en Vizcaya. Vitoria-Gasteiz: Universidad del. País Vasco, 1985.
  • FERNÁNDEZ ERASO, Javier. "El epipaleolítico en el País Vasco meridional: datos estratigráficos y tipológico". Kobie nº 11 (1981), pp. 15-41.
  • NOLTE, Ernesto. "Nota sobre nuevos yacimientos prehistóricos en cuevas de las provincias de Vizcaya y norte de Burgos". Munibe, Año XXIII, nº 2-3 (1971), pp. 355-373.
  • Edad Antigua
  • AZKARATE, A. y UNZUETA, M. "La huella de Roma en Vizcaya". En Historia de Vizcaya. Enciclopedia histórico-geográfica de Vizcaya. Donostia-San Sebastián: Kriselu, 1987.
  • EMBORUJO, Amalia; ORTIZ DE URBINA, Estibaliz; SANTOS, Juan. "Reconstrucción paleogeográfica de autrigones, caristios y várdulos". Complutum nº 2-3 (1992), pp. 449-468.
  • ESTEBAN DELGADO, Milagros. El País Vasco Atlántico en época romana. Donostia-San Sebastián: Universidad de Deusto, 1990.
  • GARCÍA CAMINO, Iñaki. "La Arqueología Histórica en Bizkaia en los últimos años". Munibe nº 42 (1990), pp. 379-388.
  • SANTOS YANGUAS, Juan. "El poblamiento romano en el área de autrigones, caristos, várdulos y vascones. Estado actual de la investigación y perspectivas". Euskal Herriaren Historiari buruzko Biltzarra = Congreso de Historia de Euskal Herria / II Congreso Mundial Vasco (1987. Bilbao). Vol. I. De los orígenes a la cristianización. Vitoria-Gasteiz: Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco, 1988, pp. 215-234.
  • SANTOS YANGUAS, Juan. El solar vascón en la Antigüedad. Cuestiones de lengua, arqueología, epigrafía e historia. VII Cursos de Verano en San Sebastián. Leioa: Universidad del País Vasco, 1989.
  • SANTOS YANGUAS, Juan. "Identificación de las ciudades antiguas de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya". Studia historica. Historia Antigua nº 6 (1988), pp. 121-130.
  • SAN VICENTE GONZÁLEZ DE ASPURU, José Ignacio. "Auxiliae autrigones, várdulos y caristios en el ejército romano", en LLANOS ORTÍZ DE LANDALUZE, Armando. Medio siglo de arqueología en el Cantábrico Oriental y su Entorno. Actas del Congreso internacional. Vitoria-Gasteiz: Instituto Alavés de Arqueología, 2009, pp. 993-1010.
  • SOLANA SAINZ, José María. Los autrigones a través de las fuentes literarias. Vitoria-Gasteiz: Colegio Universitario de Álava, 1974.
  • Edad Media
  • BAZÁN DÍAZ, Iñaki. Delincuencia y criminalidad en el País Vasco en la transición de la Edad Media a la Moderna. Vitoria-Gasteiz: Gobierno Vasco, 1995.
  • DACOSTA, Arsenio. Los linajes de Bizkaia en la baja Edad Media: poder, parentesco y conflicto. Bilbao: Universidad del País Vasco, 2003.
  • DÍAZ DE DURANA ORTÍZ DE URBINA, José Ramón (ed.). La lucha de bandos en el País Vasco: de los Parientes Mayores a la Hidalguía Universal. Guipúzcoa, de los bandos a la Provincia (ss. XIV a XVI). Bilbao: Universidad del País Vasco, 1998.
  • DÍAZ DE DURANA ORTÍZ DE URBINA, José Ramón. La otra nobleza: escuderos e hidalgos sin nombre y sin historia. Hidalgos e hidalguía universal en el País Vasco al final de la Edad Media (1250-1525). Bilbao: Universidad del País Vasco, 2004.
  • GARCÍA CAMINO, Iñaki. Arqueología y poblamiento en Bizkaia, siglos VI-XII: la configuración de la sociedad feudal. Bilbao: Diputación Foral de Bizkaia, 2002.
  • GARCÍA DE CORTAZAR, José Ángel. Vizcaya en la alta Edad Media. Bilbao: Caja de Ahorros vizcaína, 1983.
  • GARCÍA DE CORTAZAR, José Ángel y otros. Vizcaya en la Edad Media. Evolución demográfica, económica, social y política de la comunidad vizcaína medieval. IV. Donostia-San Sebastián: Haranburu, 1985.
  • GARCÍA DE CORTAZAR, José Ángel y ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz. Euskal Herria erdi aroan. Donostia-San Sebastián: Gaiak, 1991.
  • Las formas de poblamiento en el señorío de Bizkaia durante la Edad Media. Bilbao, 1978.
  • MAÑARICUA, Andrés Eliseo. Vizcaya, siglos VIII al XI. Los orígenes del Señorío. Bilbao: Caja de Ahorros vizcaína, 1984.
  • ZUBIKARAI, Fernando y otros. Congreso de Estudios Históricos: Vizcaya en la Edad Media (Bilbao, 17-20 diciembre 1984). Donostia-San Sebastián: Eusko Ikaskuntza, 1986.
  • Edad Moderna
  • ARBAIZA VILLALONGA, Mercedes. Familia, trabajo y reproducción social: una perspectiva microhistórica de la sociedad vizcaína a finales del Antiguo Régimen. Leioa: Universidad del País Vasco, 1996.
  • BERNAL, Luis María. "Libertad y mal gobierno en la sociedad vizcaína del Antiguo Régimen: abusos de poder y resistencia a la autoridad (1650-1808)". Sancho el Sabio nº 23 (2005), pp. 35-62.
  • GUEZALA JIMÉNEZ, Luis Antonio de. Conflictividad social y política en Bizkaia a finales del Antiguo Régimen: la Zamacolada. Tesis defendida en la Universidad del País Vasco, 1996.
  • GUEZALA JIMÉNEZ, Luis Antonio de. La Zamacolada (1804): Bizkaia por sus fueros. Bilbao: Juntas Generales de Bizkaia, 2003.
  • ITURBE MARCH, Ander. "La quiebra de la sociedad tradicional en el Valle de Butrón". En II Jornadas de Historia Local: Sociedad y Conflicto. Cuadernos de Sección. Historia-Geografía nº 18 (1991). Donostia-San Sebastián: Eusko-Ikaskuntza, pp. 98-107.
  • MANTEROLA, Ander. La familia tradicional de Bizkaia. Bilbao: Bilbao Bizkaia Kutxa, 1994.
  • MARTÍNEZ RUEDA, Fernando. "Casa, familia y poder local en Bizkaia a fines del Antiguo Régimen". En IMÍZCOZ BEUNZA, José María (ed.). Casa, familia y sociedad. (País Vasco, España y América, siglos XV-XIX). Bilbao: Universidad del País Vasco, 2004, pp. 159-174.
  • MARTÍNEZ RUEDA, Fernando. Los poderes locales en Vizcaya. Del Antiguo Régimen a la Revolución Liberal (1700-1853). Bilbao: IVAP. Universidad del País Vasco, 1994.
  • MARTÍNEZ RUEDA, Fernando. "Poder local y oligarquías en el País Vasco: las estrategias del grupo dominante en la comunidad tradicional". En IMÍZCOZ BEUNZA, José María (dir.). Elites, poder y red social: las elites del País Vasco y Navarra en la Edad Moderna. Bilbao: Universidad del País Vasco, 1996, pp. 119-146.
  • MONREAL CÍA, Gregorio. Las instituciones públicas del Señorío de Vizcaya (hasta el siglo XVIII). Bilbao: Diputación de Bizkaia, 1974.
  • RAMOS MARTÍN, Felipe. "La sociabilidad rural en la comarca Arratia-Nervión: continuidad, jerarquía y conflicto (siglo XVIII)". En II Jornadas de Historia Local: Sociedad y Conflicto. Cuadernos de Sección. Historia-Geografía nº 18 (1991).Donostia-San Sebastián: Eusko-Ikaskuntza, pp. 73-96.
  • RIBECHINI, Celina. De la Guerra de la Convención a la Zamacolada: Insumisión, matxinada, dispersión. Donostia-San Sebastian: Txertoa, 1996.
  • Edad Contemporánea
  • AGIRREAZKUENAGA, Joseba. Vizcaya en el siglo XIX, 1814-1876: las finanzas públicas de un estado emergente. Leioa: Universidad del País Vasco, 1987.
  • DELGADO CENDAGORTAGALARZA, Ander. La otra Bizkaia. Política en un medio rural durante la Restauración (1890-1923). Bilabo: Universidad del País Vasco, 2008.
  • DELGADO CENDAGORTAGALARZA, Ander. Trabajo y vida cotidiana en la "otra" Bizkaia, 1876-1923. Madrid: Catarata, 2009.
  • GARCÍA DE CORTÁZAR, Fernando y MONTERO, Manuel. Historia contemporánea del País Vasco: de las Cortes de Cádiz al Estatuto de Guernica. Donostia-San Sebastián: Txertoa, 1984.
  • GONZÁLEZ PORTILLA, Manuel. La siderurgia vasca (1880-1901). Nuevas tecnologías, empresarios y política económica. Bilbao: Universidad del País Vasco, 1985.
  • IBARRA GÜELL, Pedro. El movimiento obrero en Vizcaya, 1967-1977: ideología, organización y conflictividad. Leioa: Universidad del País Vasco, 1987.
  • LESEDUARTE, Pilar. Los pueblos mineros de Vizcaya: conflictividad social y política municipal en la cuenca minera vizcaína. Bilbao: Beitia, 1996.
  • MONTERO, Manuel. La California del hierro: las minas y la modernización económica y social de Vizcaya. Bilbao: Ediciones Beta, 2005.
  • MONTERO, Manuel. Mineros, banqueros y navieros. Bilbao: Ediciones Beta, 2005.
  • SESMERO CUTANDA, Enriqueta. Notables locales y carlismo en Bizkaia (ca. 1868-1876). Bilbao: Agirilan, 2003.
  • SESMERO CUTANDA, Enriqueta. Clases populares y carlismo en Bizkaia, 1850-1872. Bilbao: Universidad de Deusto, 2000.

AEE 2012