Concepto

Batalla de Roncesvalles

Célebre derrota experimentada por la retaguardia franca de Carlomagno al ser atacada por los vascones el 15 de agosto del 778. Suscitó, tras algunos años de silencio, un sinnúmero de relatos y cantares, de los cuales, el más conocido es el Cantar de Roldán.

Motivos de la expedición de Carlomagno. Era el 777, Carlomagno había reunido en Paderborn una Asamblea donde iba a recibir la sumisión de los sajones vencidos después de dura lucha. Con esta expedición a Sajonia daba cima a las dos empresas militares emprendidas por su padre Pipino: la de Sajonia y la de Italia. El rey Carlos tenía en esta ocasión un momento de respiro para escudriñar por qué lado de sus fronteras podría ensanchar su imperio en ciernes. Y en ese momento oportuno llegan a la Asamblea, como consignan los «Annales Regii», dos jefes sarracenos, Ibn al-Arabi (Suleiman), wali de Zaragoza, y el hijo de Yuseph, acompañado de su yerno. Los nuevos «Annales Regii», escritos veinte años después, hacia 805, añaden algo más: «En el mismo lugar (Paderborn) y tiempo, vino a la presencia del rey un sarraceno de Hispania llamado Ibin al-Arabi, con otros sarracenos amigos suyos, entregándose junto con las ciudades que les había encomendado el rey de los sarracenos». Pero, los «Anales Mettenses», escritos más o menos en la misma fecha que los nuevos «Annales», añaden que Suleimán ibn al-Arabi regía las ciudades de Barcelona y de Gerona. Quiere esto decir que la confabulación de jefes musulmanes abarcaba aproximadamente la cuenca del Ebro, la vieja Hispania Tarraconense de los romanos. «...Solinan quoque dux sarracenorum, qui Barchilonan Gerundamque civitatem regebat. Pippini se cum omnibus quae habebat dominationi sub ditit». Los nuevos «Annales» dan el dato interesante de que el rey Carlos se decidió a venir con la esperanza de apoderarse de algunas ciudades, indudablemente, las ofrecidas por los jefes musulmanes para sustraerse al poder absorbente de Abderramán I. Aunque todas estas fuentes se nutren de una original más antigua, no deja de ser interesante ver cómo van aflorando las verdaderas motivaciones y cómo se van elaborando las justificaciones adecuadas. El hecho se va recubriendo de una dignidad que no tiene. El Poeta Saxo, o Sajón, también deja ver los motivos imperialistas de Carlos: Tunc sarracenus quidam perveneret illuc,Nomine qui patrio dictus fuit Ibinalarbi.Hic cum non paucis sociis ac civibus, ipsumQui comitabantur, fines regiones HiberaeLinquentem, Carolo se dedidit, ac simul urbesRex Sarracenus quibus hunc praefecerat olim.Hortatu Sarraceni cum se memoratiHispanias urbes quasdam sibi subdere posseHaud frustra speraret, eo sua maxima coepitAgmina per celsos Wasconum ducere montes.(Poeta Saxonis, Annalium de Gestis Karoli Magni Imperatoris, Bouquet, «Recueil...» t. V; De. G. H. Pertz, M. G. H. S. I., Hannover, 1826, pp. 234). Entonces se allegó a donde él un cierto Sarraceno que en su idioma patrio era llamado Ibin Alarbi (Ibn al-Arabi). Este tal, con no pocos socios y ciudadanos que le acompañaban al dejar los confines de la región ibera, se entregó a Carlos y juntamente las ciudades sobre las que en lo antiguo mandaba el rey sarraceno. Esperando, por las exhortaciones del mencionado Sarraceno y no en vano- el que pudiera someter bajo su poder algunas de las ciudades hispanas. Pero Carlomagno pasaba por ser un monarca cristianísimo. Surgen públicamente los motivos religiosos hábilmente explotados. Carlomagno escribió al papa Adriano en mayo del 778, cuando la expedición se hallaba camino del Pirineo. La carta ha desaparecido pero se conserva la contestación del Papa. Dice Adriano que se conduele del caso y que rezará por su éxito y por su feliz y victorioso retorno al reino. Mucho más tarde, dieciséis años después, el cristianísimo rey va dorando su hecho de armas hasta tratar de convertirlo en una expedición para salvar a la Iglesia del dominio infiel, una especie de Cruzada. Se celebraba en 794 el Concilio de Frankfurt para tratar de las doctrinas adopcionistas de la Iglesia toledana. El rey Carlos escribe una carta a Elipando, que era el metropolitano de Toledo, en la que deplora sus doctrinas y, de paso, le recuerda algo que parece relacionado con la motivación de la expedición de Roncesvalles, pero elaborada a posteriori de los hechos. Estas motivaciones encontraron rápidamente eco en los nuevos cronistas. Así, las acogen inmediatamente los «Ann. Mettenses», el «Astrónomo» y la «Vida de San Genulphe». El feo asunto militar queda ahora dorado de altas miras que justifiquen el proceder de Carlos. ¿Y en Vasconia? ¿Y en Aquitania? ¿Y en Sajonia? ¿Y en Baviera? Así se expresa, p. ej., el analista mettense: «Anno Dominicae Incarnationis DCCLXXVIII, Rex Carolus motus precibus, immo querelis Christianorum, qui erant in Hispania sub yugo severissimorum Sarracenorum, exercitum in Hispaniam duxit». (Ann, Mattens, prior, «D. Bouquet», V, p. 343). El año 778 de la Encarnación del Señor, el rey Carlos, movido por las súplicas y las lamentaciones de los cristianos que estaban en Hispania bajo el yugo de los crueles sarracenos, entró con su ejército en Hispania. Se ha olvidado ya que Carlomagno fue a Zaragoza a petición de los walis musulmanes presididos por Suleimán al-Arabi y no por los cristianos. De una parte están las verdaderas intenciones de Carlomagno, y de otra, las de los reyezuelos musulmanes sumidos en luchas de tribus y de independencias. Las fuentes musulmanas y cristianas coinciden en que Ibn al-Arabi y sus amigos deseaban ayuda para hacer frente al absorbente Abderramán I a cambio de encomendarse, ellos y sus ciudades, al amparo del rey franco. Es indudable que lo que buscaban era su independencia al amparo de uno y frente al otro. Como observa Ramón de Abadal, «prometer mucho, dar poco, y sacar el máximo». Pero las intenciones de Carlomagno podían ser completamente diferentes. Hacía mucho que la frontera franco-musulmana vivía en calma. Desde la toma por los francos de la Septimania y Narbona (año 759) no había habido incidencias armadas. Pero la pretensión franca era el Ebro por frontera. En el lado atlántico Vasconia había sido sometida y sojuzgada en 768, luego era lógico para los francos el dominio completo de la vertiente pirenaica del Ebro. En este momento Carlos había terminado -como se ha dicho ya- sus empresas militares sobre Sajonia e Italia. La oportunidad de llevar las fronteras de sus dominios al Ebro era para no perderla. Carlomagno se proponía, no solamente «apoderarse de algunas ciudades», sino asentar dicha frontera, y como hábil político que era, aprovechaba toda disidencia en Al-Andalus. «Nam antea adhuc in Saxonia positii receperat legationem sarracenorum in qua fuit Ibn el Arabi et filius de Yusefi, qui latine dicitur Jeseph». (Adon. Vienn., Chron. «D. Bouquet, Recueil», t. II). Porque ya antes, cuando se hallaba en Sajonia, había recibido una legación de los Sarracenos, en la que figuraban Ibn el Arabi y el hijo de Yusef, que equivale al latino «Joseph. En ese año Sulaiman ibn Yakzan el Quelbi indujo a Carlos, rey de Alfaranja, a ir al territorio de los musulmanes españoles». (Ibn. al. Athir). Carlos pensó y volvió a pensar en aquella proposición musulmana, tan atrayente y cautivadora, durante todo lo que faltaba del año 777, pasando tranquilamente las Navidades en Duziaco, Douzy, cerca de Sedán (Ardena al norte de Francia). Al fin se decide y se pone de acuerdo con los jeques ibéricos para ultimar los detalles de la expedición militar y de la entrega de las ciudades. El ejército no podía hallarse en mejor situación ya que se hallaba entrenadísimo en la lucha contra los sajones y engrosado notablemente con las nuevas conquistas. La expedición tendría lugar en la primavera.
Viaje hasta el Pirineo. El rey Carlos tenía que atravesar, para llegar a Zaragoza, tanto la Aquitania como la Vasconia. Por ese motivo, vivos todavía los rescoldos de la afrenta y del atropello, se ve precisado a tomar las precauciones adecuadas. No sabemos cuáles fueron, pero el biógrafo de Ludovico Pío lo consigna en su crónica: «Transiit Garonnam fluvium, Aquitanorum et Wasconum conterminum: quam regionem iamdudum in deditionem susceperat. Lupo principe se et sua eius natui dedente. Idibem etiam quae opportunitas utilitasque dictavit explicit, statui Pyrinaei montis superat difficultate ad Hispaniam pergere...» (El Astrónomo). Pasó al otro lado del Garona, río que corre fronterizo entre Aquitanos y Vascones, región ésta que ya anteriormente se le había sometido, habiendo puesto el príncipe Lupo su persona y sus bienes a su disposición. Allí llevó a término, así mismo, lo que dictaba la oportunidad y la conveniencia. Decidió pasarse a Hispania, franqueando el obstáculo de los Pirineos. Dicen los «Annales Regii», casi coetáneos: «DCCLXXVIII. Tunc domnus Carolus rex iter peragens Hispaniae per duas vias: unam per Pampilonam, per cuam ipse supradictus magnus rex perrexit usque Caesaraugustam. Ibique venientes de partibus Burgundiae et Austriae vel Baioariae, seu Provinciae et Septimaniae et pars Langobardorum; et coinungentes se ad supradictam civitatem ex utraque parte exercitus. Luego el señor rey Carlos emprendió el viaje hacia las tierras de Hispania por dos caminos: uno por Pamplona, por donde el sobredicho rey magno llegó a Zaragoza. Aquí vinieron los de las regiones de Borgoña, Austrasia, Baviera, Provenza, Septimania y Lombardía; y así se reunieron en dicha ciudad los ejércitos de una y otra parte. A la cabeza de la misma va Carlomagno acompañado de los altos dignatarios de la Corte. En el camino, cuando llega a Chasseneuil, en la Charente, se detiene el Emperador para celebrar la Pascua, dejando en dicho pueblo, en adelante residencia real, a su esposa Hildegarda, que por su estado avanzado de embarazo no podía continuar el viaje. «Pascha vero in Aquitania apud Cassinoillum natalem celebravit». (Ex Eginhard Annal. de Gestis Caroli Mag. ad. ann. 778). Celebró la Pascua en Aquitania, en el lugar de Chasseneuil. Algunos autores sitúan Chasseneuil cerca de Poitiers. Carlomagno, dejando a su esposa en Chasseneuil, atraviesa el Garona que delimita a aquitanos de vascones.
Potencia del ejército franco. Uno de los ejércitos más potentes que haya conocido Europa se pone en marcha. «Hispaniam quam maximo poterat belli apparatu aggreditur». (Eginhard, Vita Magni, ad ann. 778). ...a Hispania a la que ataca con el máximo aparato de guerra del que disponía. «His innumerabilibus legionibus tota Hispania contremuit». (Ann. Mettenses prior.). Toda Hispania se estremeció ante las innumerables legiones. «...congregans Karolus rex exercitum magnum, ingressus est in Spania». (An. Anian.). ...reuniendo el rey Carlos un poderoso ejército, penetró en Hispania. Había movilizado Carlomagno todas las fuerzas de sus reinos, incluidos los lombardos, recién sometidos, los aquitanos, sujuzgados bajo Hunaldo, y los bávaros, que eran gente nada segura. La distribución del ejército en dos grandes expediciones le permitiría llegar a Zaragoza desde ambos extremos del reino. Se ha especulado sobre el número de combatientes del ejército franco. La famosa «Guía de los Peregrinos» (s. XII) dice que en la batalla de Roncesvalles murieron cuarenta mil entre cristianos y musulmanes. Es bien conocida la superchería histórica de la «Chanson de Roland», sustituyendo a vascos por musulmanes. Otros autores estiman que el puro ejército franco, en plan de campaña, contaba siempre con un mínimo de 10.000 combatientes. En este caso se trata de dos ejércitos integrados por las milicias de Francia y las de los pueblos extranjeros sojuzgados, bávaros, aquitanos, septimanos, provenzales, longobardos y otros. Por eso es difícil calcular la cuantía de ambos ejércitos reunidos frente a Zaragoza y luego en Roncesvalles. En todo caso, Carlos, en lo mejor de su juventud, 36 años, se halla en plena realización de su Imperio, y al mando de tan potente ejército.
El paso del Pirineo. Casi unánimemente se admite que el primer ejército de Carlos cruzó el Pirineo por Roncesvalles y el segundo por Pertus, en el extremo oriental pirenaico. «Per Septimaniam proficiscentes ad Barcinonam civitatem pervenerunt». (Annales Mettenses). ...avanzando por la Septimania, llegaron a la ciudad de Barcelona. En cambio el primer ejército entra por el Pirineo y toma inmediatamente Pamplona: «Primo Pampelonem Navarrorum oppidum adgressus in deditionem occepit». (Annales Regii posteriores). Viniendo en primer lugar a Pamplona, fortaleza de los navarros, la tomó par capitulación.qui cum prima Pyrenaei iuga superassetad Pampelonen, quod fertur nobile castrumesse Navarrorum veniens, id ceperat armis.(Poeta Saxonis). El empleo del verbo «venir» ha hecho pensar a Rita Lejeune que Carlos no «fue» directamente de Roncesvalles a Pamplona, sino que «vino» de alguna otra parte, de Jaca, habiendo pasado el Pirineo por Somport. «Mais les annales ne disent pas que Pampelune se trouvait directement sur le chemin des Francs à la descente de Pyrénées. Au contrarie. On comprendrait plutôt que Charlemagne a opéré un mouvement qui le détournait de sa route pour attaquer Pampelune. En effect, par deux fois, il n'est pas seulment question de prendre la ville mais de venir vers elle, puis de s'assurer de sa possesion» (Localisation de la défaite de Charlemagne, «Coloquios», p. 33). La significación de ambas palabras, adgressus y veniens, efectivamente, es «venir», «llegar». Pero el verbo latino venire significa «ir», «venir» y «llegar». Y no sólo eso: según explica magistralmente Corominas, «venire» expresaba comúnmente el «aspecto determinado», e ire, el «aspecto indeterminado». Esto es: venire (venir) expresa un movimiento encaminado a un lugar definido, en tanto que ire (ir) no tiende, de por sí, hacia un lugar preciso, más bien expresa el lugar por donde se va, la manera cómo se va, el propósito de la ida, etc. De esta manera ire equivaldría muchas veces al cast. «andar», mientras que venire expresaba movimiento hacia un lugar, cualquiera que fuese la posición que respecto a él ocupare el sujeto hablante. Pero como en el lenguaje hablado de toda persona abundan sobre todo las frases de movimiento hacia el lugar que ella ocupa, es natural que en todas las lenguas romances se tendiera a relacionar venire con los movimientos hacia ese lugar, empleo en el cual era imposible ya en latín echar mano de ire, por su mismo sentido aspectual. Sin embargo, en los demás romances se conserva la posibilidad de emplear venire para movimientos hacia lugares no ocupados por el hablante, posibilidad que permanece casi sin limitaciones en la época medieval y que modernamente ha quedado prácticamente restringida a los movimientos hacia la persona a quien se habla o hacia la persona que habla, o a los movimientos hacia un tercer lugar cuando se hace junto con el que habla. En vista de estas aclaraciones del especialista Corominas se puede dictaminar que el empleo de venire es correcto en el sentido de «ir a», «llegó a», o «llegado a». El paso del Pirineo tuvo lugar a fines de abril de 778. El «Astrónomo» hace resaltar las dificultades de cruzar el Pirineo y la elevación de sus cumbres. Describe con vigor la altura de las cimas, las asperezas que causan terror en el ánimo, los espesos bosques en los que no penetra el sol, los estrechos caminos que obstaculizan el paso de tan magno ejército y cómo vencen las dificultades con el favor de Cristo. «Statuit Pyrinaei montis superatta difficultate ad Hyspaniam pergere... qui mons, cum altitudine coelum pene contingat, asperitate cautium horreat, opacitate silvarum tenebrascat, angustia viae vel potius sumitate commeautum non modo tanto exercitui, sed paucis admodum pene inercludat. Christo tamen favente, prospero emensus est itinere». (Vita Hludowici imperatoris). Dispuso que, superado el obstáculo de los Pirineos, se penetrase en Hispania... monte éste que, no obstante que toca casi el cielo por su altura, causa espanto por la aspereza de sus riscos, se vuelve oscuro por lo opaco de sus selvas y cierra casi el paso -por lo estrecho de sus pasos o, más bien, por su altura- no sólo a un poderoso ejército, sino incluso a unos pocos, fue, sin embargo, atravesado, con la ayuda de Cristo, en próspera andadura. Al fin alcanza la cumbre, Pyrinei yugum, y emprenden el descenso hacia Pamplona.
La toma de Pamplona. A fines de abril cruzaba Carlomagno el paso de Roncesvalles sin ningún contratiempo. Desciende su ejército a Pamplona, entra en la ciudad y, una vez en ella, llegan algunos jefes sarracenos a rendirle acto de sumisión y a entregarle rehenes de garantía de lo tratado. Es de suponer que Pamplona se halla en esas fechas en buenas relaciones con los musulmanes del Ebro. Los «Annales Regii» se limitan a decir que Carlos entró en Hispania por dos vías: una por Pamplona: «Tunc domnus Carolus rex iter peragens partibus Hispaniae per duas vias: una per Pampilonam». (Annales Regii). Luego el señor rey Carlos emprendió el viaje hacia las tierras de Hispania por dos caminos: uno por Pamplona... Los nuevos «Annales Regii» aclaran lo dicho por sus antecesores llamando a Pamplona ciudad de los navarros. «...congregato exercitu profectus est: superatoque in regione Wasconum Pyrenaei iugo, primo Pampelonem Navarrorum oppidum adgressus in deditionem accepit». (Nuevos Annales Regii ad ann. 778). ...congregado el ejército, se puso en marcha, y, superada la cumbre del Pirineo, en la región de los Wascones, llegado primeramente a Pamplona, la plaza fuerte de los navarros, la recibió en capitulación. Los «Annales Mettenses» (priores) añaden que Carlos acude a Hispania, movido por las súplicas de los cristianos que padecían bajo el yugo de los sarracenos, pasando por Aquitania y llegando a Pamplona. «(778) Anno dominicae incarnationis DCCLXXVIII. Rex Carolus motus precibus, immo querelis Christianorum, qui erant in Hispania sub iugo sevissimorum Sarracenorum, exercitum in Hispaniam duxit; ipse scilicet cum manu valida per Aquitaniam pergers, iuga Pirinei montis transcendens, ad Pampilonam urben pervenit». (Annales Mettenses priores). (778) En el año de la Encarnación del Señor, el rey Carlos, movido por las súplicas y las lamentaciones de los cristianos que estaban en Hispania. Pasando fácilmente por Aquitania, saltando por los collados del Pirinea, llegó a la ciudad de Pamplona. Eginhard es más parco pues se limita a consignar la entrada en Hispania con el máximo aparato de guerra: «Hispaniam quam maximo poterat belli apparato adgreditur». Ataca a Hispania con el máximo aparato de guerra. El abad «Reginon» también se limita a decir que Carlos entró en Hispania por Pamplona: «Carolus cum exercitu Hispaniam ingressus est, venit vero primo ad Pampelonam civitatem». (Reginon). Carlos entró en Hispania con un ejército, y llegó primero a la ciudad de Pamplona. El poeta Saxonis da el dato inédito de que tomó Pamplona por las armas:Qui cum prima Pyrenei iuga iam superasset,Ad Pampelonem, quod fertur nobile castrumEsse Navarrorum, veniens il coeparat armis.. (Poeta Saxonis). Y tras superar las primeras cotas de los Pirineos, llegándose a Pamplona -que pasa por ser una noble fortaleza de los navarros-, la tomó por las armas. El «Astrónomo» se limita a consignar, lo mismo que los «Annales Regii», el simple paso del Pirineo sin dificultad. El asunto está claro, Carlomagno toma la ciudad a los vascones navarros y, una vez en poder de Carlos, viene a él Abu Thawr, de Huesca, a entregarle las ciudades prometidas, dando como rehenes de garantía a su hermano e hijo. Lo mismo consignan los «Annales Moissiacenses» nutridos en los anteriores: «778. Et in anno 778 congregans Karolus rex exercitum magnum ingresus est in Hispania, et conquisivit civitatem Pampelonam. Et ibi Taurus saracenorum Rex, venid ad eum, et tradidit civitates quas et dedit et obsides fratrem suum et filium et inde perrexit usque ad Caesaraugustam». (Chronicon Moissiacense). 778. Y en el año 778, reuniendo el rey Carlos un poderoso ejército, entró en Hispania y tomó la ciudad de Pamplona. Y entonces Taurus (Abu Thawr), rey de los Sarracenos, fue a donde él, y le sometió das ciudades en que mandaba, ofreciéndole en rehenes a su hermano e hijo. Y de allí avanzó hasta Zaragoza. Pero ya los «Annales Laurissenses», nutridos en los anteriores, añaden de su cosecha que Carlos tomó Pamplona a los sarracenos, lo cual no se aviene con la llegada de Abu Thawr y los textos primitivos. La ligereza de esa mala interpretación corre pareja con la fecha que da a la batalla en 779. «(779) Karolus contra Saracenos Pampalonam civitatem capit. Abitaurus Saracenorum rex dedit obsides fratrem suum et filium, et reddidit civitates quas tenebat». (779) Carlos conquista la ciudad de Pamplona contra los Sarracenos. Abitauro (Abu Thawr), rey de los Sarracenos le dio como rehenes a su hermano e hijo, y le entregó las ciudades que tenía. Contra este testimonio en solitario de que Pamplona fue conquistada a los sarracenos se alzan incluso los textos de otros anales con la misma fuente informativa, tales como los «Annales Annianis» que expresamente indican que Abu Thawr, rey sarraceno, una vez conquistada la ciudad, fue a donde Carlos para hacerle entrega de rehenes prometidos: ...conquisivit civitatem Pampalonam, et ibi Taurus, Sarracenorum rex, venit ad eum et tradidit et civitates quas habuit, et dedit ei obsides fratrem suum et filium. Et inde perrexit usque ad Cesaraugustam. (Ann. Annian. , Bibl. Nat. , Fondo latino, n.° 5941, f° 11 a). ...se apoderó de la ciudad de Pamplona; y entonces Taurus (Abu Thawr), rey de los Sarracenos, fue a donde él y le entregó las ciudades que le estaban sometidas, dándole en rehenes a su hermano e hija. Y de allí avanzó hasta Zaragoza. Los «Annales Pectiviani» no añaden nada nuevo si no es el colocar a Pamplona en Galicia en el sentido de tierra no sometida a dominio musulmán, lo cual consuena con la idea de que Pamplona era, sin duda, la ciudad de los vascones navarros en cuyas manos se hallaba: «DCCLXXVIII. Eodem anno domnus rex Karolus cum magno exercitu venit in terram Galliciam, et adquisivit civitatem Pampilona». En el año 778 el señor Carlos rey fue con un magno ejército a tierra de Galicia y adquirió la ciudad de Pamplona. Los historiadores posteriores se han dejado llevar por las ideas y sentimientos de sus respectivas épocas sin hacer gran caso de las fuentes. Sirvan de ejemplo dos, uno del s. XI-XII, el Silense, y otro del XVI, Aemilius. El abad de Silos, cuyo nombre se desconoce, confiesa seguir a los Annales pero a su manera, ya que introduce a los moros asediando a Pamplona cuando llega Carlomagno ante la ciudad. Aemilius ve a Carlo Magno asediando a Pamplona y a los musulmanes defendiendo la ciudad pidiéndole autorización para demandar ayuda a los reyes amigos y aliados, prometiendo, nada menos que volver al lugar y entregar la plaza en el término de 15 días, si no son socorridos. Es increíble cómo se va adulterando la historia a medida que pasa el tiempo: «Ad Pampilonem, castra posita, missi qui percontarentur deditionem ne faceret Saraceni, qui eam valido praesidio insederant, an fortunam belli expiri vellent: Tempus primum ad deliberandum patebat: datum est diei spatium: deinde id agebant ut ad reges socios amicosque sibi mittere liceret: ut nisi intra quindecim dies auxilio illi praesto essent, dererent sese urbemque». (Paulus Aemilius, Hist. Francorum, lib. 23). Este autor, que escribía a principios del s. XVI, aunque diga que sigue a los «Annales Vascones», que no se conocen, sí que parece inspirado totalmente, como indica Jaurgain, en la «Chanson de Roland», o en el «Pseudo Turpin», ya que ignora a los vascones totalmente.
El viaje a Zaragoza. El ejército que entra por Roncesvalles y el que proviene de Pertus, pasando por Barcelona, se reúnen en Zaragoza. He aquí lo que dicen las fuentes: «coniungentes se ad supradictam civitatem ex utraque parte exercitus». (Annales Regii). Se reunieron en dicha ciudad los ejércitos de una y otra parte. «Coniunxerunt autem se uterque exercitus ad Caesaraugustam munitissimam urben». (Annales Mettenses priores). Los dos ejércitos se reunieron en Zaragoza, ciudad sólidamente fortificada. «Inde Hiberum amnem vado traiiciens, Caesaraugustam praecipuan illarum partium civitatem accesit». (Nuevos Annales Regii). Vadeó el Ebro y avanzó sobre los barrios de Zaragoza. El relato de la I rama de Karlamagnús saga, menciona que «después que Roldán hubo tomado Nobles (=Pamplona), el Emperador de Roma, al día siguiente, asedió la villa de Montgardig, y que habiendo venido el rey, de Kordr, en socorro de esta última, Carlos le hizo huir y que, habiendo tomado Montgardig, se apoderó enseguida de Kordr donde mató al soberano, y llegó al fin delante de Zaragoza». El profesor Aebischer comenta: «ahora bien, Montgardig = Montjardín; Kordr = Cordres = Cortes, entre Tudela y Zaragoza. Si a estos nombres da lugar, añadimos Tuela y Valterne, que son, a no dudar, Tudela y Valtierra (?), poseemos una serie de indicios aptos para poder jalonar el camino seguido por Carlomagno entre Pamplona y Zaragoza. Sin duda, estamos, no en la historia, sino en la historia legendaria, en la leyenda épica; pero quién osará sostener que ésta excluye totalmente a aquélla» (Textes norrois... pp. 57-58). Abadal supone con fundamento que en Barcelona se uniría a los expedicionarios francos su walí Sulaiman al Arabi. La expedición seguiría la calzada por Lérida hasta Huesca y allí se les agregaría el walí de la ciudad, Abu Thawr (Abutauro) y luego bajarían juntos a Zaragoza. El cronista musulmán Ibn al-Athir dice que «Sulaiman salió al encuentro de Carlos y con él se dirigió a Zaragoza; pero se le adelantó en el poder al-Hussain ibn Yahya al-Ansari, descendiente de Jaad ibn Obaida, y se opuso a Sulaiman». (Ibn al-Athir).
Asedio de Zaragoza. Cuando Carlos llega a los arrabales de Zaragoza se encuentra con que la situación ha cambiado. Al-Husain, dueño de la ciudad, rechaza los compromisos de Suleiman ibn al-Arabi con el rey franco, se encierra en Zaragoza y se apresta a defenderla a toda costa. Carlomagno se ve obligado a emprender el asedio de la plaza que dura días y días, y se hace lento y desesperante. Las semanas pasan y el asedio no progresa. La defensa es heroica. Según los cronistas francos, cuando Carlos se halla en esa situación tan complicada, le llega un correo de Aquisgrán con la terrible noticia de que los sajones, sublevados, han destruido las guarniciones francas en aquella tierra. Pero no faltan otros cronistas más objetivos que aseguren que fue en Auxerre donde recibiera tal noticia: Ad Autisiodorum civitatem: «en la ciudad de Auxerre» (Annales Regii). Sea por dicha noticia, sea porque se ve defraudado y engañado por los jefes musulmanes; lo cierto es que se encuentra ahora a este lado de los Pirineos y sin nadie en quien fiarse. Ibn al Arabi y Abu Thawr se le hacen sospechosos y quedando además los vascones soliviantados por las recientes intervenciones militares contra su duque. Colérico e indignado ordena levantar el cerco. Carlos se dispone a regresar a Francia. Pero ¿por dónde? Acusa a los reyezuelos musulmanes de no haber cumplido los compromisos contraídos en Paderborn y les exige una indemnización en dinero y una garantía en rehenes. Entre ellos se lleva nada menos que al propio Suleiman ibn al-Arabi que dominaba las ciudades de Barcelona y Gerona. El analista de Metz escribe que «sitiada Zaragoza, los sarracenos, aterrorizados, le dieron rehenes y una ingente cantidad de oro». La decisión de abandono -comenta Abadal-, suponía el reconocimiento del fracaso político de la empresa. Justo es pensar que sería motivada por causas más complejas que la sola resistencia militar de Zaragoza a abrir las puertas de la ciudad. Es verdad que en el arte militar de la época el asalto violento de una ciudad fortificada era empresa, aunque no insuperable, muy costosa y difícil. La práctica común consistía en las rendiciones pactadas o en las obtenidas por colaboraciones internas en la plaza. Es probable que Carlomagno hubiera intentado la primera solución a base de negociaciones que debieron fracasar (Coloquios..., p. 56). Cuatro meses lleva el ejército franco fuera de Francia. La Pascua del 778 fue a mediados de abril y la pasó Carlos con su esposa en Chasseneuil. La vuelta fue a mediados de agosto del mismo año. Calculando las marchas a 25 km. diarios, ¿cuánto tiempo duró, pues, el asedio de Zaragoza?
La decisión de volver a Francia. Rehenes. Como acabamos de decir, la noticia quizá inesperada de la rebelión de los sajones hizo cambiar el rumbo de los acontecimientos cuando Carlos decide volver a su patria. La noticia escueta la dan ya los Annales Regii: «Ibi obsides receptos de Ibin al Arabi et de Abutauro (Abu Thawr) y de multis Sarracenis...» (Annales Regii). Recibidos entonces los rehenes de Ibn al Arabi y de Abutauro y de muchos sarracenos... Los Annales Pectiviani añaden alguna precisión más pero sin aclarar el problema de dónde fueron entregados los rehenes, si durante la ida a Zaragoza o ahora al abandonar el asedio. «Deinde accepit obsides in Hispania de civitatibus Abitauri atque Ebilarbii quorum vocabolum est Osca et Barzelona necnon et Gerunda. Et ipsum Ebilarbium (Ibn al-Arabi) vinctum duxit in Franciam». (Annales Pectíaviani, edic. «Bouquet», Recueil... V, p. 14). Luego recibió rehenes de Hispania de las ciudades de Abitauro y de Ezirlabio, que son las llamadas Huesca y Barcelona y Gerona. Y se llevó a Ibn al-Arabi, vencido, a Francia. Los Annales Laureshamenses solamente refieren la noticia de la llevada a Francia del jefe sarraceno: «Et ibi venit ad eum Abinalarbi, alter rex Sarracenorum quem et fecit adducere in Francia». (Annales Laureshamenses). Y entonces fue a él Ibn al-Arabi, otro rey Sarraceno, al que hizo conducir a Francía. La noticia de la sublevación de los sajones, que precipita el desenlace del asedio de Zaragoza y el apresamiento de Ibn al-Arabi, la dan con detalle los Annales Anniani. «Et dum in illis partibus moraretur Saxones, perfida gens, menciens fidem, eggressi de finibus suis, venerunt usque ad Renum fluvium, incendendo omnia atque vastando; et cum reverterentur cum preda magna, pervenit nuncius ad Karolum regem adhuc in Spania degente. Quo audito, festine reversus est in Franciam». (An. Annian.). Y mientras estaba por allí, los sajones, gente pérfida y falsa, saliendo de sus límites se llegaron hasta el río Rin, incendiándolo todo y devastándolo; y cuando se retiraba con su inmenso botín llegó el anuncio al rey Carlos que continuaba en Hispania. Este, al oirlo, regresó apresuradamente a Francia. En parecidos términos se expresa la «Crónica Moissiacense» ya que dice, según traducimos, que «cuando estaba en esos lugares, la pérfida raza sajona, faltando a la palabra dada, salió de sus fronteras y llegó al Rin, incendiando y devastándolo todo. Y como ya el rey Carlos se volvía con gran botín, un mensajero llegó hasta él, cuando aún se encontraba en Hispania. Al enterarse de la noticia, apresuró su vuelta a Francia» (Chron. Moissiac., Bouquet V. p. 70). Carlos se encuentra ahora en país enemigo entre dos sectores nada semejantes: los dominios de Abu Thawr e Ibn al-Arabi, regiones de Huesca, Gerona y Barcelona y la tierra inquieta de los vascones. Ahora los dos grandes ejércitos forman uno solo al mando directo del Emperador. Necesitan más de una semana para alcanzar el Pirineo por el camino más corto, Somport o Roncesvalles. Según los textos que acabamos de transcribir, los jefes musulmanes Suleimán ibn al-Arabi, de Barcelona y Gerona, y Abu Thawr, de Huesca, habrían, según unos, entregado los rehenes en Pamplona, y durante la expedición, en Barcelona y Huesca, según otros. Pero ya hemos visto que los «Annales Regii» y los «Mettenses» consignan que fue en Zaragoza. Esto nos coloca en el dilema de admitir una de estas tres soluciones: 1. Los jefes árabes entregan rehenes durante la ida a Zaragoza, en Barcelona, Gerona y Huesca. 2. Los jefes árabes acuden a Pamplona cuando Carlos se ha apoderado de la ciudad a rendirle su acatamiento y entregar los rehenes. 3. Entregan los rehenes en Zaragoza, ante el fracaso de la operación, y ante la de cisión de volver cuando haya sido sofocada la rebelión de los sajones. Las tres soluciones son posibles aunque parece la más a tono con los acontecimientos la tercera. En este último caso, como el asedio fue muy largo, culminarían los hechos con el apresamiento del propio Suleimán Ibn al-Arabi como prenda mucho más valiosa para asegurarse la retirada por Somport o Pertus.
Salida del territorio musulmán y rescate de Ibn al-Arabí. Una cosa fue la entrega de rehenes y otra muy distinta el apresamiento de Suleimán Ibn al-Arabi que lleva Carlos consigo camino de Francia. Los hijos de éste se deciden a actuar y actúan con rapidez y por sorpresa. La traducción de Ibn al-Athir más solvente, la de Millas, que hace suya el historiador Abadal, dice: «cuando Carlos abandonaba el territorio musulmán y se creía ya seguro, cayeron encima de él Matruh y Aishun, hijos de Suleimán, con sus tropas, y libertaron a su padre. Volviéronse éstos juntos a Zaragoza, concertáronse con al-Hussain y continuaron la sublevación contra Abderramán». Este suceso lo han sacado de su contexto unos y otros historiadores haciendo aventuradas conjeturas que luego toman por certitudes. Las traducciones difieren precisamente en el momento y lugar en que se da el golpe de mano. Con pequeñas diferencias conceptuales del verbo empleado, según cada traductor, se recorren más de doscientos kilómetros y una cantidad apreciable de tiempo. He aquí las versiones: 1. Millas: cuando abandonaba el territorio musulmán y se creía ya seguro... 2. Codera: cuando se había ya apartado del territorio de los muslimes... 3. Basset: lorsqu'il fut éloigné de la terre des Musulmans... 4. García Gómez: cuando se alejó del territorio musulmán... Consecuente con su modo de escribir la historia, Menéndez Pidal, dice que sigue la traducción de Codera (cuando se había ya apartado) pero transcribiendo «cuando se había alejado», que no es precisamente lo mismo. Uno se puede apartar sin necesidad de alejarse. (La Chanson de Roland y el neotradicionalismo, p. 192). Abadal distingue el golpe de mano, rescatando a Suleimán Ibn al-Arabi, de la sonada batalla de Roncesvalles: «dos acciones distintas contra el ejército franco: una en la Navarra meridional con protagonistas musulmanes; la otra, al paso del Pirineo, a cargo de los vascos. Se adivina que la primera fue un golpe de sorpresa, tan rápidamente emprendido como abandonado una vez tomada la presa» (Coloquios, p. 51). Solamente la traducción de García Gómez está en pretérito absoluto, «cuando se alejó».
Consecuencias del rescate de Ibn al-Arabi. Suleimán Ibn al-Arabi era la prenda de seguridad de Carlomagno. Sospechaba de él y temía el engaño. Cómo conocer las miras secretas de cada wali y, sobre todo, la inexplicable actitud de al-Husain resistiéndose en Zaragoza; Carlos debió de sumirse en un mar de dudas y de temores a pesar de las poderosas legiones de que disponía. La sorpresiva liberación de Suleimán Ibn al-Arabi por sus hijos, llevada a cabo con tanta audacia como astucia, le cerraba toda posibilidad de volver tranquilamente por los Pirineos orientales, Pertús, ni tampoco por los centrales, Somport. No le quedaba más opción que Roncesvalles, frente a Pamplona. Ante sí tenía a los vascones más meridionales, los de Pamplona, cuya influencia llegaba muy lejos por el interior de una Vasconia cerradamente euskaldun. Pero, a su vez, parecía una ventaja la carencia de un jefe común que articulara y aunara las milicias de las distintas comarcas. Carlos se encuentra en una encerrona sin más salida que Roncesvalles pero confía en dar un escarmiento, destruyendo la ciudad y cruzando triunfalmente el famoso paso de las invasiones.
Destrucción de Pamplona. Vuelve Carlos a Francia enemistado con todo el territorio que va de Zaragoza a Barcelona. Ibn al-Arabi, libre, junto con sus hijos, puede ya oponerse al Emperador si intenta regresar por Huesca que sería el camino más corto desde Zaragoza. Su despecho lo pagan los vascones de Pamplona. Los «Annales», más próximos a los hechos, se limitan a consignar que Carlomagno destruyó Pamplona sometiendo a los vascones y navarros y que Pamplona era ciudad de los Navarros. Los nuevos «Annales Regii», añaden que volvió a Pamplona pero añadiendo también que arrasó los muros de la ciudad a fin de que no pudiera rebelarse en lo sucesivo: «Pompelonem, revertitur. Cuius muros, no rebellare posset, ad solum usque destruxit, ac regredi statuens, Pyrinei saltum ingressus est». (Nuevos Annales Regii). Arrasó al suelo los muros de la ciudad a fin de que no pudiera rebelarse, y, determinando regresar, se internó en el paso de los Pirineos. En el s. X, mucho más tarde de los hechos, los cronistas interpretan mal sus fuentes y entran en escena los sarracenos como poseedores de Pamplona cuando Carlos se retira hacia Francia. Son, fundamentalmente dos, Regino de Prum y los «Annales Mettenses» posteriores: «Eiectis itaque Sarracenis de Pampilona, murisque eiusdem civitatis dirutis, Vasconibusque subiugatis, in Franciam revertitur». (Regino Prum abbas. Chron Pertz, «M. G. H.», I). Habiendo sido también arrojados de Pamplona los Sarracenos, destruidos los muros de la dicha ciudad, subyugados los Vascones, volvió a Francia. Este cronista, que escribía ciento treinta años después de los sucesos, confiesa que ha seguido la «Vita Karoli» de San Eparchii, donde no se menciona para nada a los sarracenos. El otro texto importante es este otro de los nuevos Annales Mettenses que tampoco respetan a sus antecesores: «Post haec, eiectis Satracenis etiam de Pampilona, murisque eiusdem civitatis dirutis, Hispanis, Wasconibus et Navarris subiugatis, in Franciam reuertitur». (Annales Mettenses posteriores). Luego de esto, habiendo sido arrojados también de Pamplona los Sarracenos, destruidos los muros de la ciudad; habiendo sometido a Hispanos, Vascones y Navarros, se vuelve a Francia. Comienza a sonar el nombre de los navarros desde la desmembración de Vasconia en 768 por Carlomagno, quedando cada región y comarca a su propia iniciativa. Debió de ser un pequeño territorio en la comarca de Estella hacia Pamplona que en este momento se cita como plaza suya. Es de destacar que las fortificaciones de Pamplona eran de construcción romana y muy importantes. Por la descripción que acompaña a la carta «De Laude Pampilone epistola» se sabe que su recinto amurallado, de sesenta y tres pies de espesor, ochenta y cuatro de altura y mil diextras de perímetro, estaba jalonado de setenta y siete torreones.
Batalla de Roncesvalles. Es el 15 de agosto del año 778, en pleno verano pirenaico, en el único tiempo en que los montes de Roncesvalles suelen dejar ver todo su verdor si se tiene la suerte de que se hallen desprovistos de nieblas. En vida del Emperador ningún cronista se atrevió a consignar la derrota. No solamente la omiten sino que hablan de una vuelta a Francia normal y corriente. Pero veinte años después de la batalla, los nuevos «Annales Regii» se atreven a consignar el desastre franco de Roncesvalles: «In cuius summitate Wascones insidiis conlocatis extremum agmen adorti, totum exercitum magno tumultu perturbant. Et licet Franci wasconibus tam armis quam animis praestare viderentur, tamen et iniquitate locorum et genere imparis pugnae inferiores effecti sunt. In hoc certamine plerique aulicorum, quos rex copiis praefederat, interfecti sunt, direpta impedimenta et hostis propter notitiam locorum statim in diversa dilapsus est. Cuius vulneris acceptio dolor magnam partem rerum feliciter in Hispania gestarum in corde regis obnubilavit». (Nuevos Annales Regii, Edic. Pertz-Kurze, pp. 50-51). Habiendo los vascones preparado una emboscada en la cima de ellos, atacaron la retaguardia poniendo en gran desorden todo el magno ejército. Y aunque los francos se mostrasen superiores a los vascones lo mismo en las armas que en el valor, no obstante, dada la dureza del lugar y el carácter desigual de la lucha, se encontraron inferiores. En este combate la mayor parte de los áulicos a los que el rey había dado el mando de los cuerpos de ejército fueron muertos, la impedimenta fue saqueada, y el enemigo, con su conocimiento del lugar, se dispersó rápidamente. El dolor de este fracaso nubló en gran parte, en el corazón del rey, los sucesos felices realizados en Hispania. Veinte años más tarde, hacia 830, Eginhard, que trató personalmente al Emperador Carlos, da por primera vez y por escrito los nombres de los mandos de los distintos cuerpos de ejército muertos en la batalla con los vascones. Como es muy comprensible los cronistas francos no dicen ni una sola palabra sobre la presencia y actuación del emperador Carlos en la batalla. Pero en una acción que hizo estremecerse a «todo el magno ejército» y en la que murieron casi todos los mandos de los cuerpos del mismo, no es posible que Carlomagno estuviese ausente. Es de suponer que, en vista del sesgo que tomaron las cosas, en un escenario habitualmente cubierto de nieblas y bosques, hubiera optado por salvar la vanguardia emprendiendo una retirada veloz hacia lugares más seguros. Más oscuro es el asunto de quién organizó la emboscada. Auzias supone que el Duque de Vasconia, Lupo II. En la carta falsa de Alaón, inventada por el conocido falsario Pellicer, se atribuye a Lupo la dirección de la emboscada. Motivos no le faltarían por la todavía reciente conquista de Vasconia por Carlos con su correspondiente acompañamiento de crímenes y latrocinios que lleva consigo toda guerra. Pero también añade que Lupo fue luego apresado por Carlomagno y ahorcado ignominiosamente. Lo cierto es que no se sabe nada de Lupo después de 778 pero sí que su hijo le sucede en el cargo. La «Historia de Languedoc» repitió lo dicho en la «Carta de Alaón». Toda esta patraña quedó en pie hasta que Benjamín Guérard descubriera la falsedad de dicho documento. Esta derrota, comenta Campión, produjo dos resultados importantes: «en los vencidos, afán de tomar el desquite y reducir a toda Vasconia por la fuerza de las armas; en los vencedores, conveniencia de aliarse con los sarracenos, o mejor dicho, con los muladíes aragoneses (los Beni Fortún, de origen vascónico, probablemente), que, por ambiciosos, se hicieron mahometanos y se subieron luego a régulos semi-independientes». «Abrióse entonces, sigue Campión, un período de fluctuación política muy obscuro cuyas noticias sueltas nos muestran a los vascones, ora sometidos a los francos, ora en guerra con ellos, ora amigos de los moros, ora peleando con éstos: al vaivén de la conveniencia». He ahí todo lo que sabe de la batalla de Roncesvalles. Todo lo demás no son más que conjeturas, falsedades o desenfados, aunque también se dan los tres casos en hábil trenzado como en los estudios de Menéndez Pidal. En la obra citada, «La Chanson de Roland y el neotradicionalismo» (p. 199) se revuelve furioso contra las fuentes carolingias, no tanto por lo que tengan de aduladoras para Carlos o de ofensivas para los vencedores, sino porque taxativamente y sin lugar a dudas atribuyen el ataque a los Vascones. Menéndez Pidal critica a los cronistas porque convierten la batalla en un acto de pillaje y les atribuye lo que no dicen: «a manos de unos bandoleros, sin hogar ni tierra».
Magnitud de la batalla. El primer testimonio, el de los nuevos Annales Regii, testifica que el ataque vasco recayó sobre la retaguardia «poniendo en gran desorden a todo el ejército»: ...totum exercitum magno tumulto perturbant. Se vio, pues, involucrado todo el ejército y sumido en un gran desorden. Dice también que murieron la mayor parte de los áulicos a los que el rey había dado el mando de los cuerpos del ejército: ...plerique aulicorum, quos rex copiis praefecerat, interfecti sunt. La magnitud del desastre fue tal que nubló el corazón de Carlos: cuius vulneris acceptio dolor magnam partem rerum feliciter in Hispania gestarum in corde regis obnubilavit. Veinte años más tarde, Eginhard nos aclara que el ataque se lanzó sobre la retaguardia y sobre las tropas que cubrían la marcha del grueso del ejército: ...extremam impedimentorum partem et eos qui, novissimi agminis incedentes subsidio, praecedentes tuebantur. Nos dice también que los arrojaron contra el fondo del valle y que se trabó el combate aniquilándolos hasta el último: desuper incursantes in subjectam vallem deiciunt, consertoque cum eis proelio usque ad unum ommes interficiunt ac... Entiéndase bien; se trabó el combate entre guerreros, ágiles y armados ligeramente, y los guerreros francos, dotados de armas pesadas. Fue una gran batalla porque sucumbió una buena parte del magno ejército: in quo proelio... El Astrónomo, que escribía sesenta años más tarde, también habla del desastre de Carlos a mano de los vascos. En el poeta Saxon, todavía persiste la verdad histórica escueta, pero ya se deriva en cierto modo a querer convertir a aquellos guerreros dotados de armas ligeras, ágiles y decididos, en abominable horda de ladrones: ...latronum turba nefanda. Cuida de decir que el rey iba adelante y que sólo quedaba la retaguardia, contradiciéndose con los anteriores testimonios que nos hablan de todo el ejército implicado en la batalla. Es por esto, sin duda, que el historiador R. Fawtier no vacila en decir: «Charles avait été battu lui-même et ce sera sa seule défaite personnelle... Le 15 août 778 il était là, et il a do fuir et, qui sait? peut-être a-t-on dû se faire tuer pour assurer sa fuite...» (R. Fawtier, La Chanson de Roland, pp. 176-177). Leyendo los anales oficiosos se entrevé y se adivina lo que callan, la retirada de Carlos y quién sabe, como dice Fawtier, su huida. Las fuentes oficiales jamás hubieran consignado tamaña afrenta al honor francés. El escenario natural se prestaba a una hábil utilización militar según la táctica de las emboscadas guerrilleras. El mando que la concibió, además de saber sacar el máximo partido a la configuración del terreno y a sus boscajes, supo combinar la emboscada guerrillera y la lucha cuerpo a cuerpo en un combate en toda la regla. Por el poeta Saxon se sabe que las emboscadas y acometidas pudieron ser varias y, por su éxito contra tan potente ejército, coordinadas genialmente. ¿Quién planeó y dirigió la batalla? ¿Ximeno el Fuerte? ¿Eneko? Las fases de la acción fueron éstas: 1. Convocatoria de milicias locales (valles y ciudades). 2. Concentración en Roncesvalles. 3. Disposición de las emboscadas. 4. Espera. 5. Introducción del ejército franco en el camino entre Roncesvalles y Lepoeder. 6. Ataque con armas arrojadizas desde las cumbres y laderas. 7. Arrojo contra el fondo del valle. 8. Combate y matanza. 9. Apropiación del botín. Noche. 10. Dispersión. Por la magnitud del resultado y por la claridad de los testimonios, escritos, además, por cronistas francos, es ridículo querer tratar el desastre de Roncesvalles como una «escaramuza» encumbrada por la leyenda. Esos testimonios, concisos y dramáticos, son muy anteriores, en dos siglos por lo menos, a la aparición de la «Chanson de Roland». Desde luego, la operación maestra consistió en dividir el ejército franco en dos, acumulando el ataque sobre la retaguardia y tropas de cobertura del resto de la armada. De este modo pudo caer en la trampa una gran parte del ejército mientras se imposibilitaba a la vanguardia a acudir en socorro sin riesgo inminente de introducirse en la misma, la hondanada del valle cubierta de selvas de hayas. La muerte de los jefes de casi todos los cuerpos de ejército es un exponente de lo ocurrido. El ejército franco llevaba en su seno contingentes de aquitanos pero no de vascones recientemente conquistados entre el Garona y los Pirineos. Es preciso situarnos en el s. VIII para percatarnos de lo difícil que sería a Carlos obtener una información de lo que en realidad se tramaba entre los vascos. Sus agentes deberían conocer en primer lugar la lengua vasca entonces masivamente hablada. Ante sí tenía un mundo cerradamente monolingüe y de difícil espionaje. Indudablemente que Carlos tuvo autoridades propias en las ciudades norteñas pero de vida e influencia precaria. El interior del país no dejaba de ser siempre un enigma. Cuando Carlos arrasa los muros de Pamplona nos dicen los Annales Regii y los Mettenses que lo hace para evitar la rebelión de los vascones y navarros. Se refiere a todos aquellos vascos afianzados y al amparo de Pamplona como plaza fuerte y centro de insidia. No se pierda de vista que Pamplona es una porción de una Vasconia que no termina sino en el Garona. La lengua se constituye en un obstáculo informativo nada desdeñable. De otra parte, las malas comunicaciones y caminos y la extensísima ruralidad montañesa. Carlos destruye Pamplona pero la emboscada de Roncesvalles ha sido minuciosamente preparada. El Emperador ha debido saber algo pero no sabe a ciencia cierta qué. Quizá lo reduce a hostilidad y dificultades de aprovisionamientos. Mal informado, se limita a castigar a los vascones destruyendo su ciudad pero no toma medidas preventivas ante una posible emboscada que no ha previsto como lo hiciera años más tarde, en 812, Ludovico Pío. Estas precauciones prueban que entre los francos vivía fresco el recuerdo del desastre de Roncesvalles. Quizá los aquitanos, los llamados a informar al Emperador, callaron y dejaron hacer. Quizá hubo incluso defección e información en favor de los vascones.
Los combatientes. Louis Colas nos dice, comentando los textos carolingios, que los soldados francos llevaban la brog ne o broign, pesada vestimenta de cuero sobre la cual había, cosidas, placas de metal, el gran penacho, la lanza, el casco de hierro descansado sobre un espeso capuchón de cuero que, colocado sobre la cabeza, cubría la frente, las mejillas y el mentón, no dejando descubiertos más que los ojos y la boca. Los adversarios, los Vascones, estaban, por el contrario, armados ligeramente. No llevaban ni casco ni coraza. Por vestimenta, una capa corta, redonda, el sayo de largas mangas, las bragas, amplias. Calzaban botas con espuelas. Sus armas favoritas consistían en jabalinas -aukonas- que lanzaban con mucha maestría. En fin, hijos del país donde su pueblo vivía desde tiempos muy remotos, poseían una agilidad proverbial. (L. Colas, la Voie romaine de Bordeaux à Astorga. Biarritz, 1913, pp. 35-37). La vestimenta del vascón se conoce gracias a una noticia de Aimonio, Lib. 5, cap. 2, cuando nos cuenta cómo Ludovico, obedeciendo en todo a él (su padre) exactamente, presentóse ante su padre, vestido a lo vascón... como también los jóvenes de su edad, a saber, traje corto, sueltas las mangas de la camisa, cosidas a las espuelas del calzado, llevando en las manos el flechero. Así lo había dispuesto el gusto de su padre Karolo Magno. Es de señalar el detalle de las espuelas, lo que viene a confirmar la importancia de la caballería entre las milicias vascas de la época.
El botín. El ejército se retiraba a Francia después de causar importantísimos daños a los vascones con la destrucción de Pamplona. Daños y perjuicios irreparables, aparte la rapiña que pudieran haber hecho de objetos de valor y dinero. Todo ello irreparable e irreversible dado el poderío del invasor. Se retiraba también con el botín capturado entre Zaragoza y Pamplona. Hay indicios de que Carlo Magno había chantajeado a los walis musulmanes obligándoles a entregar cuantiosas fortunas y rehenes: «...obsidione itaque cincta Caesaraugustana civitate, territi Sarraceni obsides dederunt, cum inmense pondere auri». (Ann. Mettens. ad ann. 778). ...si tiada Zaragoza, los sarracenos, aterrorizados, le dieron rehenes y una ingente cantidad de oro. «Et cum reverterentur cum preda magna». (Ann. Anniani). Y cuando se retiraba con su inmenso botín. Es de suponer que los pueblos de la cuenca del Ebro, vascones y musulmanes, habrían pagado de su pecunio los gastos de ocupación y manutención del ejército franco y de la guarnición franca de Pamplona.
Rescate y repatriación de cadáveres. Nada se sabría del asunto a no ser por el hallazgo, en la Biblioteca Nacional de París, del epitafio de uno de los personajes muertos. No se sabe, pues, en dónde enterraron a Eggihard, cuyo cadáver fue rescatado y repatriado a Francia, bien el mismo día de la batalla, bien mediante gestiones hechas posteriormente. Todo parece confirmar la idea de que Carlos anduvo personalmente metido en la batalla consiguiendo salvar su vanguardia a costa de la retaguardia. La repatriación de los cadáveres de los vasallos era cuestión sagrada en ese tiempo y aun en siglos posteriores. Carlos debió volver al lugar de la derrota, con toda probabilidad al día siguiente, ya de día, para rescatar los cadáveres de los personajes más notables. Esta presencia de Carlos se atestigua con lo dicho por las fuentes de que «no pudo tomar venganza de la derrota» dada la dispersión de los vascones.
El lugar de la batalla. Los textos francos no nombran a Roncesvalles sino al Pyrenei saltum, «el paso del Pirineo», no, saltus Pyrenei que sería «un paso del Pirineo». La precisión del paso al que se refieren los cronistas queda señalada al consignar que la retirada se hace por Pamplona, dicho de otro modo, por el tramo occidental del Pirineo. Entonces, ya no se trataría de uno cualquiera de los pasos, Belate, por ejemplo, sino del paso clásico de las invasiones, el de Roncesvalles. El poeta Saxonis da un detalle muy interesante que señala la ruta tomada por Carlos en su retirada:Ad Pampelonem rediens, deiecerat eiusAd terram muros fieret ne forte rebellis. Cumque Pyrenaei regressus ad intima saltusMiliti cum lasso calles transcenderet arctosInsidias eius summo sub vertice montisTendere Wascones ausi nova proelia tentant.Tornándose a Pamplona, abatió sus muros, no fuese que se declarasen en rebeldía. Y cuando, de vuelta en lo más profundo del desfiladero de los Pirineos, avanzaba, cansada la tropa, por aquellas estrechas veredas, atreviéndose los Vascones a tenderle emboscadas al amparo del risco más alto del monte, intentan diversas acometidas. Aunque el caso está claro, veamos cómo se tratan en las crónicas latinas a los tres pasos del Pirineo, Roncesvalles, Somport y Pertus, que se corresponden a las tres alzadas romanas: vía Astorga-Burdeos e Imus Pyrenaeus; vía Caesaraugusta-Beneharn y Summus Pyrenaeus, y, finalmente, vía Domitia e in Pyrinaeo. El topónimo Saltus Pyrinaeus, cuando aparece en las delimitaciones de la Galia Narbonense, se refiere al tramo del Pirineo oriental; en cambio, cuando se delimita la Galia Comata, se refiere al Pirineo occidental. Pero si aparece aisladamente, y fuera de contexto se trata indudablemente del de Pertus. Dos manuscritos transcriben simplemente Pyrenaeo sin la palabra saltus. Los tres tramos Pirenaicos nos los concreta el cosmógrafo de Rávena cuando dice: «Completur autem ipsa Spania habens finem ab uno latere litus Oceani Saltum Pirineum Spanoguasconiae; et deinde ipsum Saltum Pirineum Gasconiae; juxta vero mare magnum Gallicum ipsum Saltum Pirineum et provinciam Septimanam». Hispania se cierra teniendo por un lado como límite, junto a la costa del Océano, el Saltus Pirineum de Spanoguasconia; y luego, el Saltus Pirineum de Guasconia; en fin, junto al gran mar Gállico, el mismo Saltum Pirineon. Guido, quizá contemporáneo del cosmógrafo de Rávena, cita los dos Saltus extremos: «Hispania habet funem ab uno latere juxta Oceani Saltum Pyreneum Spanoguasconiam, veo juxta mare magnum Gallicum ipsumque ex alio latere Saltum Pireneum et Provinciam Septimanam». (Guidonis Geográphica, Edic. Pinder, p. 555). Hispania limita por un lado, cerca del océano, con el Saltus Pyrenetem de Spanoguasconia, y por el otro, junto al gran mar gálico, con el mismo Saltum Pyreneum y la provincia septimana. Como puede observarse uno de los textos procede del otro. En realidad son uno mismo. La primera vez que se cita a Roncesvalles como lugar de la batalla es en el s. XI, entre 1065 y 1075, en una «Nota Emilianense» descubierta en 1954 por Dámaso Alonso en el monasterio, en su tiempo pamplonés, de San Millán de la Cogolla. El texto dice: «At ubi exercitum portum di Sicera transirit, in Rozaballes a gentibus sarracenorum fuit Rodlane occiso». (Dámaso Alonso. La primitiva épica francesa a la luz de una Nota Emilianense, Madrid 1954). Pero en cuanto el ejército atravesó el puerto de Sicera (Cize), fue muerto Roldán en Rozaballes por gentes de los sarracenos. Cuando enumera esta Nota a los jefes caídos en la batalla no cita a Anselmus ni a Egginhardus, pero sí a Beltrán, a Ojier de la espada corta, a Guillermo de la nariz curva, a Oliveros y al señor obispo Turpin. Todo esto deja claro que los monjes franceses de Roncesvalles e iglesias relacionadas con ellos, habían ya inventado su leyenda a mayor honra y gloria de la nación francesa. En este caso la «Chanson de Roland» de fray Turoldo se basaba en otra anterior. De todos modos, en los s. XI y XII, es del dominio público que la batalla contra el invasor Carlos se dio en Roncesvalles ya que, además de citarse la «Cruz de Carlos», se menciona también la «Capilla de Carlo Magno» que estaba en el puerto de Ibañeta: iuxta capellam Caroli Magni famosissime regis francorum (Fundación del obispo Larrosa de 1132). En 1174 se le llama Capella Rollandi.
El escenario. Localizado Roncesvalles como lugar indudable de la batalla queda por dar alguna idea del terreno mismo. Sabido es que hay dos caminos para cruzar el Pirineo partiendo de Roncesvalles, el que desciende por las angosturas hacia Valcarlos y el que escala las cumbres para descender luego al país de Cize. Se ha polemizado sobre si la batalla tuvo lugar en uno u otro paso o en los dos. La verdas parece ser que mientras las avanzadas de Carlos, con él a la cabeza, habían seguido la ruta alta, la calzada romana, que por el collado de Lepoeder conduce a Bentartea y desciende a San Juan Pie de Puerto, el grueso del ejército, con sus jefes principales, era lanzado hacia el barranco de Arrañosin, cerca de donde se asienta la actual colegiata. La «Chanson de Roland» está mejor informada en cuanto al escenario que en cuanto a la escena. Ocurre con ella algo así como aquello que les suele ocurrir a los novelistas que visitan previamente un lugar para luego tejer sobre él los hechos. Eso debió de acontecer al primitivo autor de la Chanson. El Roland de Oxford cita tres veces los Porz de Sizer que algún historiador moderno ha querido situar en Siresa (Huesca) pero que se trata, sin lugar a dudas, del puerto de Cisa que los latinos dicen Portus Sicera-Sizer-Císera y los árabes Bort-Jezar o Schezar. La misma «Guía de Peregrinos», incluida en el «Liber Sancti Jacobi» o Códice Calixtino de Santiago de Compostela habla de los puertos de Císera al pie de los cuales se halla la villa de Saint-Michel: «a portibus Cisereis... a villa Sancti Michalelis que est in pede portum Cisere». (Liber Sancti Jacobi, Edic. Whitehill, 1944, p. 350, comp. 356 y 357), en los puertos de Cize... desde la villa de Saint-Michel que está al pie de los puertos de Cize. Estos puertos de Císere son el punto más elevado de la vía romana. Viniendo de Francia, el camino sube suavemente hasta el puerto de Lepoeder (1.400 m.) desde el cual se va descendiendo bordeando el bosque desde Astorbizkar, hacia la vertiente sur, hasta el collado de Ibañeta (1.075 m.). Los caminos que suben por estos puertos son una antigua vía militar y una calzada romana también denominada camino de Napoleón porque fue reparado en 1813 para el paso de la artillería del general Soult. El valle constituyó una auténtica trampa: in subiectam vallem. El punto de partida de ambos caminos debió ser el centro del primer encuentro. La batalla se habría extendido desde Lepoeder hasta Ibañeta y quizás desde más lejos. Antes de Ibañeta, entre Auritz (Burguete) y Orreaga (Roncesvalles), se halla una planicie a unos 900 m. sobre el nivel del mar de unos cinco km. de diámetro. Con toda razón llevaría el nombre Erro-zabal, «Planicie de Erro», del valle que la encabeza de N. a S. Es un bellísimo lugar de paisaje bucólico surcado de riachuelos que corren entre pequeños boscajes de hayas y robles con claros de praderas de formas caprichosas. La vieja calzada romana cruza la planicie antes de emprender la subida hacia Ibañeta (1.062 m.), que está en la divisoria de aguas atlántico-mediterránea, y el puerto de Lepoeder (1.459 m.). Es también el camino de los peregrinos medievales a Santiago. En esta planicie, en Auritz, estaba el hospital de peregrinos donado por el Conde de Erro a Conques entre 1101 y 1104 según escritura que se conserva en el archivo de la Colegiata. Donde está Roncesvalles se instituyó hacia 1132 otro hospital que se convirtió en hospedería de peregrinos. En ese lugar estratégico se fundó en 1200 la famosa Colegiata. Es el punto crítico desde donde se asciende rápidamente a Ibañeta. La batalla se inició en la cima de los vascones: «in cuyus summitate Wascones insidiis...» (Nuevos «Ann. Regii»).
El nombre Valcarlos. Recuerda la epopeya vascona pero es nombre impuesto por romanceados. Su nombre euskérico es Luzaide. El nombre forastero aparece ya en el s. XII en el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada del s. XIII: «Carolus... procedens per vallem quae Vallis Caroli dicitur, et planior invenitur, ne ascendentes impedidet asperitas Pyrenaei...» Carlos... avanzando por el valle que se llama Valle de Carlos, y se halla más llano, para que la aspereza del Pirineo no les impidiera la subida... El nombre Rozavalles de la Nota Emilianense (s. XI) se refiere a la planicie de Burguete situada delante de Roncesvalles con el significado de «llano de Erro» que es el valle al que pertenece. Entonces ya no se trataría de Rozavalles sino Errozabala sin hacer referencia a valle de ninguna especie. En otro caso, la etimología sería latina.
La cruz de Carlos. La «Guía de los Peregrinos» (Liver IV del «Codex Calixtinus») escrita en el s. XII, cita ya a la «Cruz de Carlos» o «Crux Karoli», en lo alto del Pirineo. Ya para el s. XII el proceso de conversión de los móviles imperialistas en religiosos toca ya a su culminación. Ya no falta sino el proceso de canonización de Carlomagno. Otros testimonios del mismo siglo señalan también a la «Crux Karoli». Se citan, p. ej., una Bula de Pascual II (año 1106) en la que se le señala como límite meridional de la diócesis de Bayona por esa parte: «...omnis vallis quae dicitur Cirsie usque ad Karoli Crucem», ...todo el valle que se llama de Cize, hasta la cruz de Carlos. El monje de Vézelay (s. XII) constata que los estados de Leonor, Duquesa de Aquitania y de Vasconia, se extendían hasta los montes Pirineos y hasta la «Cruz de Carlos»: «...usque ad montes Pyrenaeos et usque ad "Crucem Karoli"», ...hasta los montes Pirineos y hasta la cruz de Carlos. Desde hace mucho la Cruz de Carlos desapareció sin dejar rastro del lugar de su emplazamiento. Los diversos historiadores la han localizado cada uno allí donde creían encontrarla según el contexto de los testimonios históricos. La han emplazado en las cumbres de Orzainzurieta (Colas), Bentartea (Duhourcaud), Burriaguerra (Menéndez Pidal), Astobiskar (Jaurgain), pero generalmente se la sitúa en la cumbre de Ibañeta (Oihenart, Marca del s. XVII) y los modernos Dubarat y Daranatz, Lacarra, Campión y Jimeno Jurío. Efectivamente la Capilla de San Salvador de Ibañeta es un viejo límite. Ibañeta es puerto, punto de divisoria entre los valles meridionales de Erro y tierras pamplonesas y los valles septentrionales Val-Carlos y Zisa. La iglesia-hospital de peregrinos de San Salvador es el lugar clave y el punto donde los peregrinos hallaban refugio y descanso. El origen de esta Cruz de Carlos no es extraño al ciclo rolandino, la espada de este sub-prefecto, clavada en tierra en forma de cruz y demás detalles que acaban por tejer la leyenda. Pero el hallazgo de gran cantidad de esqueletos de hombres, mujeres y niños bajo la cimentación del templo románico nos lleva a otras conclusiones más reales y dramáticas. Desde luego, no se trata de víctimas del ejército carolingio del 778 ni del de 824. Son gente de todas edades con los huesos rotos. Como indica juiciosamente Jimeno Jurío «el recuerdo de las víctimas enterradas en estos parajes pudo haber iniciado la costumbre de poner cruces en su memoria, aun antes de que los cantares de gesta fijaran aquí el lugar donde murió Roldán» (Dónde fue la batalla de Roncesvalles, p. 16). Para el s. XVI la Cruz de Carlos ya había desaparecido. Oihenart, del siglo siguiente, dice que estaba la Cruz de Carlos donde ahora está la Capilla de San Salvador de Ibañeta, en la cumbre del Pirineo (Noticia, edic. 1929, p. 304). Al desaparecer la Cruz suplantó su nombre el nuevo monumento, la Capela Karoli Magni, bajo la advocación de San Salvador. También el nombre Valcarlos o Valle de Carlos, aparece en el Codex de Compostela: «Cerca de esta montaña -traducimos-, hacia el norte, hay un monte llamado Valcarlos, en el cual Carlo Magno recibió hospitalidad así como su ejército, cuando sus guerreros de Roncesvalles fueron asesinados. Es por ahí por donde pasan muchos peregrinos que van a Santiago sin realizar la ascensión de la montaña».
Fecha de la batalla. Ha sido establecida por Dümmler estudiando un manuscrito descubierto por Weflin-Trall en la Biblioteca Nacional de París con el epitafio de Aggiardi, uno de los guerreros muertos en Roncesvalles. El manuscrito latino lleva el n.° 4.841. Allí se establece la fecha de su muerte. «Qui obiit die XVIII Kalendas septembrias» (se corresponde al 15 de agosto). El epitafio y su traducción son los que siguen:(véase tabla).Los pálidos miembros son encerrados en este humilde sepulcro,pero el espíritu se dirige a los astros sublimes. Nacido de cuna ilustre, salido de sangre de Francos, pronto ,fue destinado a todos los honores. Una barba ligera y brillante cubría sus mejillas purpúreas. ¡Ay de mí! La hermosa juventud murió. Aggiardo se llamaba como su padre y era el primero en la corte del rey. La muerte insaciable se sirvió del hierro para arrastrarle a las sombras, pero la luz perpetua lo elevó a los astros celestes. Al tiempo en que Karolo pisaba las arenas de Hispania, murió para el mundo, pero vive por siempre para Dios. Llora el Italiano y se aflige el Franco, la Aquitania y la Germania se lamentan también. Pero tú, oh Vicente, mártir ilustre, ruega por él al soberano Dios. En este sepulcro yace, pero sólo en carne sepultado, ya que domó el camino luminoso y vive en la corte divina. Y vosotros cristianos, que franqueáis las puertas del templo sagrado, rogad de corazón al Hijo de Dios Padre. Decid todos; Oh Dios, por tu gran piedad, perdona los pecados de tu siervo Aggiardo, que murió el día dieciocho de las kalendas de septiembre. Descanse en paz felizmente. (Traducción de J. M. L.).
Vuelta por Vasconia a Auxerre. Misión a la Aquitania. La vuelta de Carlomagno, humillado y doliente, es rápida. Es un galopar verdadero. Hace un promedio de 25 km. diarios si tenemos en cuenta que en seis semanas ha recorrido nada menos que 1.200 kms. aparte las estancias obligadas en una u otra parte como la que hizo con su esposa en Chasseneuil. El 15 de agosto se da la batalla de Roncesvalles; inmediatamente cruza toda la Vasconia y la Aquitania, pasa por Auxerre, y el 24 de septiembre está ya en Herstal, en Bélgica. No obstante la prisa de la marcha, tiene tiempo para tomar decisiones drásticas en Aquitania. Le encomienda la misión del cuidado del Reino, la guarda de sus fronteras y el suministro de productos del campo para aprovisionar a las villas regias del norte. Aquitania linda con Vasconia a lo largo de todo el Garona y por el Pirineo con los walis musulmanes. Quiere tener en la administración aquitana personas de su absoluta confianza para el cumplimiento de esos fines, y, como por lo visto ningún nativo es de fiar, nombra condes de estirpe franca invulnerables a toda astucia y a toda violencia de los aquitanos. De esta forma trata de asimilar Aquitania equiparándola a las demás provincias del Norte fortaleciendo la autoridad real y los recursos patrimoniales. En cambio Vasconia queda como estaba. No se tiene ninguna noticia histórica de Lupo II porque desaparece de escena sucediéndole su hijo. Carlos piensa volver a Vasconia y llegar hasta sus confines en el interior de la Vasconia pamplonesa. Como ha de verse algunos años después, se intenta llevar a cabo esta empresa de sujeción hasta Pamplona incluida. No se tienen noticias de destituciones en Aquitania pero sí de nombramientos de nuevos condes en Burdeos, Tolosa, Albi, Périgord, Lemousin, Bourges, etc. Para las plazas claves como Burdeos y Tolosa, lindantes con Vasconia y primeras en acudir contra cualquier levantamiento, nombra a los condes Sigwino y Chorson respectivamente. El texto del Astrónomo es el siguiente: Sabiendo, pues, el rey Carlos que un reino es como un cuerpo que ahora es aquejado por esta incomodidad y luego por otra, a no ser que, valiéndose del consejo y de la fortaleza como de médicos, se mime la salud recibida..., constituyó por toda la Aquitania condes, abades y otros muchos (subordinados) a los que vulgarmente se conoce como vasallos, (todos ellos) de la estirpe de los Francos, a cuya prudencia y fortaleza, con astucia ni violencia alguna, resultare seguro hacer frente, y les encomendó el cuidado del reino en la medida en que lo estimó útil, la guarda de las fronteras y el aprovisionamieno en productos del campo de las villas regias. Y a la ciudad de Bourges, primero, asignó como conde a Humberto..., a Tolosa Chorson..., Sigwino a Burdeos... Auzias supone, como se dice en la falsa carta de Alaón, que Lupo II anduvo metido en todo este impenetrable negocio de Roncesvalles pero la sucesión de su hijo Lupo Sancho en el Ducado sin ninguna dificultad y al servicio de los francos elimina toda duda. La emboscada se tramó desde Pamplona. Ahora, ante el desastre, y la magnitud del mismo, lo más urgente es que Aquitania vigile a los vascos del otro lado del Garona y a los musulmanes del otro del Pirineo confinantes con el Imperio.
¿Quiénes intervinieron en Roncesvalles?. En este complicado asunto hay que distinguir dos hechos distintos: la traída de Carlomagno y la batalla de Roncesvalles. A Carlomagno lo trajeron los walis musulmanes Abu Thawr y Suleimán Ibn al-Arabi quizá con la complicidad de algunos jefes vascones. Al Emir Abderramán I no le interesa el asunto de Roncesvalles sino la llamada a Carlomagno para que se hiciere cargo de las ciudades prometidas. La campaña que tres años más tarde hizo el Emir para castigar a los complicados en los acontecimientos deja ver a varias comarcas vasconas castigadas como las de Calahorra y Viguera, tierra de Ximen el Fuerte, país de Ibn Belascot y Pamplona. Esta expedición de castigo la hace después de haber arreglado cuentas en Zaragoza y confirmado el puesto a Ibn Husain. Otra expedición dirigió a regiones ya lejanas como Colliure y Cerdaña en el Pirineo oriental. No sabemos quiénes dominaban en Calahorra, Viguera y demás tierras de la baja Rioja, aunque es de presumir que dependían de Zaragoza o de algún walí cuyo nombre desconocemos. La tierra de Ximen el Fuerte estaba a continuación y sería la tierra de Deyern alrededor de Estella. El Ibn Balaskot, o «hijo de Balasko», no sabemos cómo podría llamarse pero ha dejado rastro en el nombre Belaskoain, entre Estella y Pamplona. En cambio Pamplona queda ahí sin especificar su extensión y el nombre de su duque o jefe político-militar. Que era posesión cristiana no cabe duda ya que la crónica Fatho-l-Andaluci dice textualmente que Abderramán I entró en territorio de Infieles subyugando a Pamplona. Es de presumir que los banukasi dominaran en tierras muy cercanas a Tudela de la que se apoderan poco más tarde en 802-803. Los vencedores de Roncesvalles fue ron los vascones, pero ¿quiénes los mandaban? Desde luego pudieron concurrir Ximeno el Fuerte, Belascot y el jefe de Pamplona que no se menciona. Pero, ¿quiénes más concurrieron? Pudieron concurrir los jefes de las comarcas del norte de Vasconia sin que Lupo II interviniera, dejando hacer, porque según Ermoldus Nigellus, que vivió en tiempo de Ludovico Pío, se dudada de la fidelidad del duque vasco. Auzias piensa que es posible que organizara o promoviera la agresión o, por lo menos, que dejara hacer.
¿Quién mandaba en Pamplona?. Al decir los cronistas árabes que el Emir se dirigió contra Pamplona, no especifican quién era el jefe de la ciudad y de las montañas. El único personaje que se vislumbra, mientras no se sepa otra cosa, en un Enneko, padre de Enneko Ennekez, el primer rey de los vascos pamploneses. Ibn Hayyan e Ibn Hazm le dan vida hasta el año 820. El historiador Lévy Provençal le coloca en su genealogía como padre del rey Eneko Enekez (Iñigo Iñiguez) y esposo de la que luego, al quedarse viuda, habría de ser la mujer de Musa Ibn Fortún Ibn Kasi muerto en 788. Las relaciones con los Banu Kasi debieron de empezar entre Eneko padre y Musa Ibn Fortún que entonces dominaban tierras aragonesas hacia Huesca. Según la Crónica árabe «En Nuwairi» los Banu Kasi se apoderaron de Tudela entre el 802-803 con ayuda de los francos (vascones). Por eso el dato del Arzobispo don Rodrigo, de que Eneko procedía de la región vascona de Bigorra, aparece muy en el contexto. Las relaciones con los Banu Kasi debieron tener lugar en el oriente de las tierras pamplonesas, de los valles Salazar, Roncal y Hecho. Cuando la viuda de Eneko (padre) casa con el Banu kasi Musa Ibn Fortún es señal de que existía un trato muy próximo entre ambas familias, musulmana y cristiana. La Crónica del Val de Ilzarbe rastrea noticias de esta época al decir que este primer jefe o rey estaba establecido en la villa de Isaba, a la que dice, ennobleció. Anota la misma crónica que había fortificado las villas de Aibar, Cáseda, Gallipienzo, San Martín de Unx y Ujué. El problema estriba en el dudoso valor de esta crónica. Desde luego, las fortificaciones de dichos pueblos cierran los accesos a la cuenca alta del río Aragón, hacia Jaca, y también hacia Pamplona. Las foces de Burgui, de Arbayún y la del Irati no dejan de ser puertas difíciles de forzar para una ulterior penetración al interior de los valles. Como llama la atención Lacarra, «de ser cabeza de un distrito, Pamplona ha pasado a depender del jefe indígena que mande en el territorio, al cual la ciudad acaba de dar su nombre Arba Pampilonense- y sus gentes serán conocidas como pamploneses». Pero hay que añadir algo más: es la región de los monasterios, sobre todo, de dos grandes e influyentes: Leire y San Juan de la Peña. Este Enneko, rey, de hecho, en un reducido territorio, bien pudo ser en algún momento el dueño de Pamplona como ciudad de las montañas, de los valles pirenaicos desde Zubiri hasta Jaca. La ciudad de Pamplona fue disputada por francos, vascones y musulmanes, pasando de unas manos a otras, como había sucedido con godos y francos. Solamente cuando ambas familias establecen lazos de parentesco y alianzas políticas, Banu Kasi-Eneko, es cuando Pamplona pasa a ser capital de un reino vascón. La ciudad de Pamplona, Iruña, nos la presentan los cronistas árabes como ciudad de los vascones (baskunis) y dominando un territorio de habla vasca (baskiya). Desde la guerra con godos y francos, Pamplona había cobrado fama de peligrosa fortaleza vasca. Cada vez que los godos y, después, los musulmanes la ocupaban, los montañeses se encargaban de recuperarla. Los valles más fragosos, desde el Baztán a Jaca, pasando por Roncesvalles, sirvieron siempre de refugio y fortaleza a los vascos. El sobrenombre de Eneko, Arista (léase Aritza), que vale tanto como «el Roble», o «el Fuerte», induciría a considerarle como pariente del jefe vascón Ximen el Fuerte, cuyas tierras, al parecer, corrían por Deyerri, alrededor de Estella. Y quizá, también, fuera pariente del enigmático Ibn Belaskot, cuyo nombre ignoramos, y cuyas tierras debieron hallarse, cerca de Estella, hacia Alava, y quizá con extrema frontera oriental por Belaskoain. Esto no quita la certitud de que la casa Belasca alavesa haya podido tener su raíz y origen en la alto aragonesa, pero según esa misma tradición, vinculada a los francos. Los Banu Kasi iban ganando tierras, Ebro arriba, hasta llegar los tiempos de Enneko (hijo), en los que ya los vemos señorear en Tudela y llanuras riojanas. Parece que la expansión eneka hacia occidente corre pareja con la banu kasi. De todos modos, las conjeturas no pueden ser tomadas como hechos incontrovertibles, como lo hacen algunos de nuestros historiadores actuales de la escuela pidalina. Existe un Eneko, padre de Enneko Enekez (hijo), primer rey de los vascos (en 824), que trata a los Banu kasi desde sus tierras. Y ese caudillo, cuya viuda casa con Musa, no fue un caudillo cualquiera. Según Rada procedía de Bigorra. Traducimos: «... un varón del Condado de Bigorcia, acostumbrado a guerras e incursiones desde la infancia, llamado Enecho, al cual, por su dureza en los combates, se le dio el nombre de Arista...» Nos dice también: «...moraba en lacomarca de los Pirineos y, descendiendo luego a la parte llana de Navarra, tuvo allí muchas guerras, por lo cual entre los habitantes mereció el Principado. .. » Pero ¿de qué Eneko habla aquí el arzobispo? Parece ser, de Eneko padre. ¿Por qué se vino de Bigorra? La desmembración de Vasconia por Carlo Magno fue entre los años 768 y 769. Fueron años de muchos exilios de caudillos independentistas. Este pudo ser uno de ellos. Escaparía a la persecución franca. Y «es de pensar -como dice Lacarra- que, al igual que en los siglos anteriores, no habría un jefe único, sino varios, que se mueven en los límites de valles o de comarcas reducidas, y, muchas veces, rivales entre sí. Sin duda mantienen contactos y alianzas con los jefes de la vertiente del Pirineo». (Hist. R. Nav., I, p. 30). En todo caso -termina Lacarra- la falta de un jefe único y de una ciudad dirigente de un distrito iba a dificultar enormemente la labor de los musulmanes, y también la de los francos, para asentar su dominación. Otro nuevo hecho que hay que constatar en las crónicas a medida que se alejan de la fecha de los acontecimientos es el ir introduciendo a los musulmanes, bien como poseedores de Pamplona, bien como asediantes de la misma. Así, Regino de Prum, que escribe ya en 908 y en Alemania, no duda en consignar en sus anales que Carlo Magno expulsó a los musulmanes de Pamplona.
¿Qué nos dice la batalla de Roncesvalles?. Hasta ahora nos hemos contentado con tomar por buenos los testimonios históricos en el orden en que aparecen, en su misma sencillez, haciéndonos cargo de la situación del cronista y de lo acostumbrado en casos semejantes. De los testimonios directos, de los testimonios-fuente, podemos entresacar estas conclusiones: 1. La batalla de Roncesvalles hay que considerarla en el contexto diacrónico en que acontece. Es una más a las ya ocurridas en el mismo Roncesvalles con los pueblos bárbaros y sus sucesores los visigodos y los francos. 2. La innumerable serie de resistencias y de rebeliones de los vascones constituye una constante histórica, que continúa en siglos posteriores. Es una lucha continua de insumisión a integrarse en los Imperios franco y visigodo. 3. La emboscada de Roncesvalles no pudo improvisarse en las 24 horas siguientes a la destrucción de Pamplona por Carlomagno. Habría sido minuciosamente preparada por caudillos vascos, cuyos nombres desconocemos. Quizá desde el paso de Carlomagno camino de Zaragoza a fines de abril. 4. El ataque vasco puso en gran desorden a todo el magno ejército: «...totum exercitum magno tumultu perturbant...» (Ann. Reggii). ...poniendo en gran desorden todo el magno ejército... 5. La muerte de casi todos los mandos de los diversos cuerpos de ejército indica la magnitud de la derrota: «In hoc certamine plerique aulicorum, quos rex co piis propter praefederat, interfecti sunt...» (Ann. Regii). En este combate la mayor parte de los áulicos a los que el rey habría dado el mando de los cuerpos del ejército fueron muertos... 6. Semejante derrota no pudo llevarse a cabo sino mediante una gran concentración de milicias de todas las comarcas vasconas, con unidad de mando. 7. Fue la única derrota personal de Carlo Magno y de ahí que «el dolor de este desastre nublara en gran parte en el corazón del rey, los sucesos felices realizados en Hispania»: «Cuius vulneris accepti dolor magnam partem rerum feliciter in Hispania gestarum in corde regis obnubilavit». (Ann. Regii). El dolor de este fracaso nubló en gran parte en el corazón del rey, los sucesos felices realizados en Hispania. 8. El combate fue duro y porfiado entre milicias dotadas de armas pesadas y veteranas, y milicias guerrilleras y ágiles, además de habituadas, durante siglos, a este tipo de lucha defensiva: «Et licet Franci Wasconibus tam armis quam animis praestare viderentur, tamen et iniquitate iocorum et genere imparis puganare effecti sunt». (Ann. Regii). Y aunque los francos se mostrasen superiores a los vascones lo mismo en las armas que en el valor, no obstante, dada la dureza del lugar y el carácter desigual de la lucha, se encontraron inferiores. 9. Un siglo más tarde se notan los primeros síntomas del nacionalismo literario francés tratando de desvirtuar el acontecimiento infausto. Nos referimos al poeta Sajón cuyos versos nos van a presentar la batalla como si una banda de ladrones efectuara con éxito el pillaje del bagaje del ejército franco:...Fit pavor hine exercitibus, subitoque tumultuTurbantur, victrix latronum turba nefanda... Cunde por ello el pavor entre las tropas y se turban con el imprevisto tumulto y la abominable horda de ladrones, en son de triunfo... 10. La batalla se inició en la cima del Pirineo. No está claro si fue en la calzada romana que sube de Auritz por Lepoeder o bien en el camino militar desde Ibañeta. «Pyrenei saltum ingressus est». (Ann. Regii). «Cumque Pyrenei regressus ad intima saltus». (Poeta Saxo). «...in cujus sumitate wascones...» (Nuev. Ann. Regii). Penetró por el bosque del Pirineo. Cuando de vuelta en lo más profundo del bosque. . ..en cuya cima los Vascones. .. 11. La expedición carolingia no tuvo por motivación ningún móvil religioso sino el afán de dominación imperialista hasta el Ebro. 12. Los protagonistas, histórica y reiteradamente atestiguados, son los vascones. No existe ninguna referencia histórica coetánea e inmediata que atestigüe otra cosa. 13. En el contexto del hecho que constituye el drama de Roncesvalles se hallan situados, como protagonistas directos, los francos y vascones, y en el contexto externo, los francos y musulmanes. 14. La batalla fue el día 15 de agosto del año 778. 15. Son tres asuntos distintos, el de Zaragoza y los francos, el rescate de Suleimán y el de Roncesvalles. 16. Acudieron a Roncesvalles los vascones pamploneses y los de las comarcas vasconas. 17. La gesta de Roncesvalles adquirió un valor universal con la «Chanson de Roland» y toda la serie originada en la misma, aunque a costa de desfigurar los hechos y de suplantar los personajes reales. 18. Los únicos testimonios válidos de la batalla son los «testimonios-fuente». Los autores posteriores no cuentan, sino en su justa medida interpretativa.
Los historiadores. Es realmente interesante que sea precisamente un vasco, don Rodrigo Ximénez de Rada, quien vindicara para los vascones la victoria de Roncesvalles. El navarro Rada, historiador del s. XII, vive en plena efervescencia legendaria roldaniana. El mito que popularizara fray Turoldo no contaba, por lo visto, con clientela en los medios estudiosos de París, porque allí estudió Rada. Paralela a la leyenda y a la superchería roldaniana vivía la historia basada en las fuentes. Otros dos historiadores, uno vasco, Oihenart, y otro bearnés, Pierre Marca, ambos del s. XVII, salen también por los fueros de la verdad histórica haciendo suyos los testimonios de Eginhard y de los Annales Regii. Oihenart dedica tres páginas, las 23, 24 y 25, a narrar la auténtica batalla de Roncesvalles dando literalmente el testimonio del autor de Vita Karoli Magni. Y lo mismo podemos decir de nuestro gran analista Moret. Ya en el s. XIX la batalla sirvió de tema a un poema apócrifo, v. GARAY DE MONGLAVE, François Eugène. En nuestro tiempo ha dedicado algunas de sus investigaciones al tema de Roncesvalles el historiador navarro con Arturo Campión, y, mucho más tarde, Lacarra y Jimeno Jurío.

Bernardo ESTORNÉS LASA