Concepto

Apariciones en Vasconia

La desazón provocada en las poblaciones católicas por la llegada de la Segunda República en 1931, sobre todo tras la quema de conventos en Madrid y Andalucía el 11 de mayo, hizo más deseables los mensajes divinos y dio mayor credibilidad a quienes afirmaban haberlos oído. La prensa de Pamplona se interesó brevemente por unas visiones de doce niñas y un niño, de edades entre 9 y 14 años, que el 4 de junio vieron en Mendigorría (Navarra) a la Madre Dolorosa arrodillada y rezando ante la estatua del Sagrado Corazón de Jesús. Sin embargo, el comienzo de una serie importante de apariciones no se produjo hasta el 29 o 30 de junio, justo después de las elecciones para las Cortes Constituyentes, cuando dos niños, hermano y hermana, de 7 y 11 años que regresaban a casa tras recoger leche en un caserío vecino, vieron en Ezkio (Gipuzkoa) una figura femenina sobre una ladera. Las visiones de Ezquioga (hoy Ezkio), que acabaron atrayendo alrededor de un millón de espectadores en total, continuaron a lo largo del periodo republicano y actuaron como una especie de contrapunto frente a las medidas religiosas tomadas por la República. Las visiones, ocurridas cerca de una carretera principal y secundadas por Antonio Amundarain, párroco de Zumarraga, que dirigía el rezo nocturno del rosario, tuvieron una gran cobertura en la prensa católica de San Sebastián. Se hizo un esfuerzo para encajar las visiones, muy diversas en contenidos y ubicación, en el esquema tradicional de las apariciones mediante la identificación de un grupo de tres robles como lugar de la aparición. Durante varios meses llegaron a diario en autobuses espectadores de toda Gipuzkoa y la mitad norte de Navarra, y la multitud superó las 50.000 personas en las fechas en que se anunciaron milagros (12, 16 y 18 de julio, y 16 y 17 de octubre). El número de videntes, predominantemente niños y adolescentes, aunque entre ellos se contaban también hombres y mujeres adultos, se multiplicó con rapidez, y un núcleo de videntes "habituales" acostumbró a tener visiones en compañía de sus cuadrillas. Los videntes originales, que no oyeron hablar a la Virgen, fueron eclipsados prontamente por otros que sí la oyeron, entre ellos Patxi Goicoechea y Josefa Lasa de Ataun, Benita Aguirre y José Garmendia de Legazpia, Cruz Lete de Itsasondo, Ramona Olazabal de Beizama, Evarista Galdós de Gabiria, y varios niños videntes de Albiztur, Urretxu, Zumarraga, Zegama y la Barranca de Navarra. Algunos fotógrafos instalaron puestos de venta al pie de la colina, y Goicoechea levantó un estrado para los videntes en el lugar de la aparición. A lo largo del primer año, los videntes más destacados se aliaron con promotores y publicistas influyentes, como la aristócrata sevillana Carmen Medina, el industrial de Terrassa Rafael García Cascón y otros seguidores de la mística catalana Magdalena Aulina, el escritor y fotógrafo francés Raymond de Rigné, el franciscano de Valencia Amado de Cristo Burguera y el secretario del ayuntamiento de Urnieta Juan Bautista Ayerbe. Muchos videntes tenían directores espirituales, tanto del clero secular como del regular, que les animaban y ponían por escrito sus visiones.

Al principio, la diócesis dejó el asunto de manera no oficial en manos de Amundarain, fundador de las Aliadas y sumamente respetado. Las visiones parecían ser una demostración ejemplar de la piedad vasca frente a un gobierno central irreligioso. Pero la espectacular aparición pública de los estigmas en Ramona Olazabal el 15 de octubre (el día siguiente a la separación oficial entre Iglesia y Estado) exigió una respuesta diocesana, y el descubrimiento de una cuchilla de afeitar en el lugar donde la vidente había mostrado las llagas puso al vicario general, Justo de Echeguren, en contra de las visiones en general. Como las visiones seguían disfrutando de un gran apoyo por parte del público y el clero, Echeguren pidió al jesuita José Antonio de Laburu que preparase un alegato contra ellas. Laburu lo expuso con mucha eficacia, primero en el seminario de Vitoria y, luego, en conferencias públicas pronunciadas en San Sebastián. El gobierno de la República contempló también con suspicacia las visiones en curso, sobre todo porque algunos de sus primeros contenidos eran explícitamente políticos. Los diputados radicales se quejaron de las apariciones en las Cortes Constituyentes, y cuando, el 6 de octubre de 1932, varios creyentes instalaron una estatua en una capilla levantada sobre la ladera, el gobernador Pedro del Pozo prohibió el acceso al lugar, citó a los videntes más destacados para interrogarles y los envió al manicomio de Santa Águeda de Mondragón a fin de someterlos a reconocimiento. El golpe definitivo a las visiones fue el decreto del obispo Mateo Múgica del 15 de septiembre de 1933 en el que se decía que carecían de fundamento sobrenatural, decisión confirmada por el Santo Oficio el 18 de junio de 1934.

Las visiones iniciadas en Ezkio se difundieron de tres maneras. Hubo una respuesta a modo de copia basada simplemente en las noticias de las apariciones en la prensa; estas visiones comenzaron en agosto de 1931 y los videntes fueron niños de Bachicabo (Álava) y Guadamur (Toledo) y, en noviembre, una niña de Palencia. El segundo tipo de difusión se produjo a través de niños que habían sido llevados a Ezkio y, luego, en el verano y otoño de 1931, comenzaron a tener visiones públicas en sus localidades de origen, por ejemplo, en Ormaiztegi, Urretxu, Zumarraga, Albiztur y Zegama en Gipuzkoa, y en Arbizu, Unanu, Dorrao, Lizarraga, Bakaiku, Iturmendi, Etxarri-Aranaz, Uharte-Arakil, Irañeta, Irurtzun e Izurdiaga, pueblos navarros situados casi exclusivamente en la zona de habla vasca. Los niños, sumidos en trance, solían ordenar a los adultos, en episodios notables que se desarrollaban por lo general de noche, qué tenían que hacer y cómo debían comportarse. Un tercer modo de difusión se dio en 1933, cuando la diócesis prohibió el acceso al lugar de Ezkio.

Los videntes adolescentes y adultos que habían tenido con anterioridad visiones en Ezkio comenzaron a experimentarlas en privado con sus cuadrillas, bien en sus hogares o bien en las casas de algunos creyentes o en capillas rurales apartadas. Se produjeron con regularidad visiones de este tipo en Bilbao, Portugalete, Durango, Donostia, Irun, Pasaia, Urnieta, Astigarraga, Tolosa, Legorreta, Zaldibia, Ordizia, Beasain, Bergara, Oñati, Irañeta y Pamplona. Algunos videntes y creyentes de Zaldibia fueron detenidos y encarcelados en la prisión de Ondarreta. Las cuadrillas demostraron una extraordinaria capacidad de pervivencia y las visiones continuaron después de la Guerra Civil, con algunos videntes y creyentes desterrados del País Vasco. Un pequeño grupo de creyentes ha seguido reuniéndose hasta el siglo XXI junto con una segunda generación de videntes.

El contenido de las visiones de Ezkio evolucionó con el tiempo. En los mensajes divinos, una preocupación por las medidas anticlericales de la República y una inminente guerra civil dieron paso a asuntos apocalípticos de mayor alcance que trascendían del momento y el lugar: la llegada del fin del mundo y el juicio final, con un especial hincapié en la oración y la penitencia. Otra serie de mensajes propugnaba reorganizar el paisaje (levantar una cruz, crear un viacrucis o localizar una fuente santa) y construir un santuario. Y ya desde el principio, las visiones de la Virgen, Cristo y otros santos estuvieron acompañadas de visiones de difuntos, en particular de niños pequeños reconocibles. Más tarde, cuando unos videntes morían, otros solían verlos y transmitían mensajes suyos. Hubo también un flujo constante de mensajes personales, privados, para creyentes concretos, habitualmente miembros de una cuadrilla de videntes, así como respuestas a los numerosos peregrinos que acudían con preguntas para los seres divinales. José Garmendia fue portador de mensajes de la divinidad para el president de Cataluña Francesc Macià. Hubo además visiones totalmente heterodoxas relacionadas con el folklore vasco: viejas, brujas, demonios, cuerpos decapitados y monos. Los videntes, a excepción de los dos primeros, caían en un estado como de trance en el que muchos parecían insensibles al calor, la luz o los alfilerazos. Las fotografías de videntes en trance fueron recuerdos populares, y muchos consideraron los propios trances una prueba de la autenticidad del vidente. Los trances mismos evolucionaron con el tiempo, y a comienzos de 1932, por ejemplo, cuando se disolvió al Compañía de Jesús y se retiraron los crucifijos de las escuelas, hubo una oleada de trances de crucifixión en los que los videntes yacían tumbados en el estrado.

La Guerra Civil marcó una interrupción en las visiones de Ezquioga. Al haber sido prohibidas por la diócesis y haber quedado desacreditadas por rumores y bertsos sobre embarazos de algunas de las videntes, las apariciones se convirtieron en un inconveniente para muchos vascos, incluso antes de la guerra. Acabada ésta, cuando los creyentes que aún quedaban fueron hostigados y desterrados por el régimen de Franco, el asunto se silenció por completo, hasta el punto de que la generación más joven, incluidos los descendientes de algunos de los videntes más famosos, no oyeron nunca hablar de él. Sólo la curiosidad de una tercera generación, así como los documentos atesorados con gran esmero por los últimos creyentes originales, permitieron historiar los sucesos. La historia, algo deformada, llegó a un público amplio con la proyección de una película, Visionarios, en 2001.