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Historia del Arte

El barroco comenzó a implantarse en Euskal Herria a finales del siglo XVII y se extendió durante todo el siglo XVIII. Durante este período la arquitectura continúo siendo la disciplina artística más importante, mientras que la pintura y la escultura sufrieron un fuerte retroceso provocado por la crisis económica. Por tanto, en general, se conserva un menor número de obras que en el período renacentista y, en muchos casos, además, el barroco se limitó a intervenir en elementos constructivos secundarios aunque también importantes, como portadas y, sobre todo, campanarios. De todas formas, también existen excelentes ejemplos de edificios de nueva construcción, así como un especial desarrollo de la arquitectura civil.

Por tanto, una vez más, el barroco fue un estilo que, al igual que el renacimiento, tuvo un corto recorrido en nuestro territorio. Por este motivo, ahora tampoco se puede hablar de un barroco vasco ya que no existen rasgos particulares. Sin embargo, la interpretación que se hizo del mismo, una vez más, fue sin excesos ni tendencias hacia el decorativismo. Y aunque el estilo fue sustituido tempranamente por el neoclasicismo, el barroco dejó algunos de los mejores ejemplos en el patrimonio artístico.

Durante el período barroco la arquitectura civil tuvo una mayor importancia que la religiosa, ya que además de construirse un mayor número de ejemplos, la sociedad pudo plasmar en ellos un tipo de arquitectura más acorde con sus propias necesidades e inquietudes, sin depender de las directrices marcadas por las autoridades eclesiásticas. Por tanto, los dos tipos de edificios más comunes en la arquitectura civil de este período fueron los palacios y, especialmente, los ayuntamientos.

En cuanto a los ejemplos, en la arquitectura civil hay que destacar en Álava los palacios de los Otazu en Zurbano, Larrañaga en Zalduendo y Almeda en Vitoria, en Navarra destacan el palacio episcopal de Pamplona, Colomo en Miranda de Arga, Azpilikueta en Barasoain, Marques de Huarte en Tudela, Reparacea en Oyaregui, Arizkuena en Elizondo, Gastón de Iriarte en Irurita y la casa de las Cadenas en Corella, en Bizkaia los palacios de Jara y Tola en Elorrio y, sobre todo, el palacio de Valdespina en Ermua, en Gipuzkoa el palacio Lardizabal en Segura, Insausti y Florida en Azkoitia, Idiaquez en Tolosa, Montalibet en Mutriku, Saroe y Atxaga en Usurbil, Ipeñarreta en Urretxu, Conde Monterrón en Arrasate, Arratabe en Aretxebaleta, Portu en Zarautz y Zuloaga en Hondarribia, y en cuanto a los ayuntamientos destacamos los de de Bergara, Zestoa, Oiartzun, Aretxabaleta y Errenteria en Gipuzkoa.

En la arquitectura religiosa destacamos la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Labastida, los conventos de las Carmelitas Descalzas en Pamplona, Encarnación en Corella, San Francisco en Viana y Concepcionistas Recoletas en Estella, la iglesia de los Santos Juanes de Bilbao, la basílica de Loiola, la basílica de Santa María del Coro de Donostia, y las torres campanario, entre las que destacan las de Gipuzkoa -Elgoibar, Andoain, Tolosa, Eskoriatza, Bergara, Hondarribia, Ordizia, Usurbil, Hernani, Ibarra, Aretxabaleta, Urretxu- aunque también encontramos ejemplos en el resto de territorios.

En cuanto a la escultura, la escultura barroca de Euskal Herria no consiguió la importancia y el prestigio de la renacentista y, en muchas ocasiones, se acudió a talleres de otras zonas de España. De hecho, el estilo que imperó en el siglo XVII fue la prolongación del romanismo. De ahí que el nuevo estilo barroco caracterizado por el dinamismo, la expresividad, la acumulación de decoración y la complejidad no llegó hasta el siglo XVIII. De hecho, la verdadera transformación se produjo cuando el taller de los Churriguera comenzó a trabajar en Euskal Herria.

En cuanto a la pintura, son numerosas las obras de pintores barrocos españoles que los museos vascos atesoran, entre ellos, destacaremos los trabajos de José de Ribera, Francisco Zurbarán, Mateo Cerezo, Alonso Cano, Antonio Pereda y Juan Carreño de Miranda.

Las creaciones artísticas más antiguas que se conservan del período prehistórico en Euskal Herria pertenecen al Paleolítico superior y son la decoración de utensilios, primero de piedra y luego de madera y de hueso, y las pinturas rupestres. Más tarde, con la llegada del Neolítico, aparecieron soportes como la cerámica y nuevas formas de expresión como las construcciones megalíticas, realizadas a base de grandes bloques de piedra. Posteriormente, con los metales, nacieron los primeros poblados; estas manifestaciones artísticas también se crearon y se desarrollaron en Euskal Herria, pero al igual que ocurrió con los avances en las formas de vida, en este territorio también llegaron con retraso y procedentes del interior de Europa, de sus áreas septentrional y oriental. Además, desde este período se comienzan a vislumbrar diferentes grados de desarrollo dependiendo de las zonas; así, mientras que el arte paleolítico y mesolítico se desarrolló, principalmente, en el área septentrional, el neolítico y el arte relacionado con la Edad de los Metales, en cambio, alcanzaron una mayor influencia en el área meridional de Euskal Herria.

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En Euskal Herria, la mayoría de los restos que se conservan de este período inicial de la historia del arte proceden de la fase final del Paleolítico Superior y, aunque no son muy abundantes, sí son significativos e importantes en el contexto europeo del momento. Las cuatro cuevas con restos más importantes en Euskal Herria son las de Arenaza en Galdames (Bizkaia), Santimamiñe en Kortezubi (Bizkaia), Altxerri en Aia (Gipuzkoa) y, sobre todo, Ekain en Deba (Gipuzkoa), que conforma junto con la de Altamira en Santillana del Mar (Cantabria), uno de los principales conjuntos de pintura rupestre de Europa Occidental. En cuanto a los relieves, los mejores ejemplos de figuras grabadas en cuevas se encuentran en las cuevas de Akerdi en Urdax (Navarra) y en Isturitz (Nafarroa Behera).

Sin embargo, las creaciones artísticas más representativas de este período en el territorio de Euskal Herria fueron las construcciones megalíticas, tanto por su número y variedad -dolmen, crónlech y menhir- y su prolongación en el tiempo -ya que se continuaron realizando incluso en la Edad de los Metales-,

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como por ser las primeras construcciones arquitectónicas que encontramos en las que existe un concepto del espacio predeterminado y su diseño está concebido con un objetivo, más que práctico, simbólico. Este tipo de construcciones llegaron desde el norte de Europa y estuvieron relacionadas con nuevas formas de vida vinculadas al pastoreo.

Finalmente, con la Edad de los Metales llegaron grandes cambios, y es que su descubrimiento y su aplicación supusieron un gran avance en todos los campos de la actividad humana, destacando entre ellos, la aparición del comercio y la creación de las primeras poblaciones. Como testimonio de los poblados, sólo se han encontrado restos en la zona meridional del territorio de Euskal Herria, y los mejores conservados son el poblado de Alto de la Cruz de Cortes en Navarra y el de La Hoya en Biasteri (Álava).

En cuanto al período romano, sabemos por los documentos escritos y los restos materiales conservados, que los romanos se asentaron en determinadas zonas y que existió un proceso de romanización, pero es difícil precisar con exactitud el grado o el nivel de la misma. Lo que sí resulta evidente es que se acentuó aún más la doble división que existía en el territorio vasco desde la Prehistoria; así, el propio Imperio denominó ager vasconum a la vertiente mediterránea, donde fue más profunda la influencia romana, y saltus vasconum a la vertiente atlántica, con un menor impacto de los modos de organización de Roma.

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Por tanto, la mayoría de las manifestaciones artísticas se encuentran en Álava y Navarra, aunque los restos hallados en Irun, Hondarribia y Oiartzun (Gipuzkoa), referidos al topónimo de Oiasso, también hablan de un importante núcleo de asentamiento en torno a la desembocadura del río Bidasoa. En cuanto a las disciplinas artísticas que se desarrollaron durante este período en el territorio de Euskal Herria, vamos a distinguir, por un parte, la arquitectura -a través de los restos de las infraestructuras que se conservan- y, por otra parte, las artes plásticas, destacando los restos escultóricos y, sobre todo, los mosaicos. Por último, finalizaremos este segundo periodo de la historia del arte en Euskal Herria, analizando las creaciones artísticas relacionadas con la llegada del cristianismo al territorio de Euskal Herria.

A pesar de que existe constancia escrita de que los romanos crearon ciudades y villas en Euskal Herria, son escasos los restos que se conservan de la arquitectura o el urbanismo realizado por los romanos. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz restos de diferentes construcciones -casas y templos, principalmente- y restos de calzadas romanas, aunque secundarias. La mayoría de los testimonios que nos han llegado proceden de localidades que fundaron los propios romanos como Pompaelo (Pamplona, Navarra), Andelos (Mendigorria, Navarra), Iruña (Araba) u Oiasso (Irun, Gipuzkoa), y de villas rurales como las de Arellano y Liédena en Navarra.

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En cuanto a los restos escultóricos de época romana éstos no son relevantes. De hecho, sólo se conservan en algunos museos de Euskal Herria fragmentos de piedra y de bronce, además de algunos capiteles decorados y altares votivos con inscripciones; los mejores ejemplos se han encontrado en Iruña y Oiasso. Sin embargo, el elemento escultórico más característico de la presencia romana durante este período es la estela funeraria.

Pero la manifestación artística más destacable de este período lo constituye el mosaico. Empleado para decorar los suelos y las paredes de los templos y las viviendas más importantes, en el sur de Navarra, principalmente, han aparecido decenas de ejemplos en muy buen estado de conservación, lo que demuestra la existencia de una importante red de villas rurales en esta zona meridional de Euskal Herria.

Finalmente, en cuanto al primer arte cristiano que se desarrolló durante este período también, destacar que la manifestación artística más significativa la constituyen las basílicas excavadas en la roca en localidades del condado de Treviño en Álava. Los conjuntos más importantes se encuentran en Las Gobas, San Julián, Peña de Santiago, Santorkaria, Montico de Charratu y Nuestra Señora de la Peña.

Las primeras manifestaciones artísticas importantes que se crearon en Euskal Herria pertenecen al estilo que denominamos como románico, un estilo que crearon la Iglesia, la nobleza y la realeza porque necesitaban símbolos que manifestasen la unidad de los territorios cristianos de Europa occidental. Y es que ante la diversidad geográfica, económica y política, la Iglesia utilizó el arte como elemento unificador a la hora de ejercer el poder en el mayor número posible de territorios. De ahí el carácter homogéneo y el componente didáctico del arte románico; en una sociedad rural dedicada a la agricultura y a la ganadería, con escasa población y una situación política inestable, condicionada por continuos cambios en el poder, el románico se convirtió en el principal punto de referencia cultural, en el estilo que aglutinó al resto.

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Los monjes benedictinos de la orden de Cluny en Francia fueron los encargados de crear y difundir el románico, un estilo que debía garantizar la cohesión y la uniformidad del mundo cristiano occidental. Para ello tejieron una compleja red de monasterios, obispados y caminos de peregrinación que, en el caso de nuestro territorio, se constituyó en torno al Camino de Santiago. De hecho, tanto a través del mismo como a partir de él, en Euskal Herria comenzaron a crearse diferentes manifestaciones artísticas que resolvían ya no sólo las necesidades religiosas sino que respondían a un estilo, a unos principios que buscaban a través de la expresión artística alcanzar unos objetivos concretos; de ahí que el románico sea el primer estilo del que podamos hablar expresamente como de arte realizado en Euskal Herria. Sin embargo, el románico que se desarrolló en Euskal Herria se caracterizó por su sencillez.

Hasta la llegada a partir de finales del siglo XII de una nueva corriente cultural que se denominará gótico y que progresivamente sustituyó al románico, el estilo se expandió por Euskal Herria con desigual incidencia. En Navarra la influencia fue mayor ya que el principal camino a Santiago transcurría por territorio navarro. La proximidad de Álava e Iparralde al camino principal propició también un mayor desarrollo del románico, mientras que en Gipuzkoa y en Bizkaia la influencia fue menor. En cuanto al estilo, dependiendo de la zona de Euskal Herria, encontramos elementos y rasgos combinados del románico francés, aragonés y castellano. El predominio de la arquitectura sobre las artes plásticas y la preeminencia del arte religioso sobre el civil fueron rasgos que caracterizaron a todos los territorios.

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En cuanto a las principales manifestaciones artísticas de este período, en arquitectura hay que destacar el Palacio de los Reyes de Navarra en Estella, los recintos amurallados de las localidades navarras de Viana, Rada y Artajona, el monasterio de San Salvador de Leyre y la iglesia de San Miguel de Aralar, el monasterio de Irache y la iglesia de Santa María de Ujué, en Estella la iglesia de San Pedro de la Rua, las iglesias de Santa María de Eunate en Muruzabal y el Santo Sepulcro en Torres del Río, las iglesias de Nuestra Señora de Estibalitz y San Prudencio en Armentia, y la iglesia de Sainte-Engrance en Zuberoa.

En cuanto al resto de disciplinas plásticas que se conservan, los mejores son escultóricos y decoran las portadas y los claustros de las iglesias. Destacar los capiteles del claustro de la catedral románica de Pamplona, la portada del Juicio Final de la catedral de Tudela, la portada lateral de San Miguel de Estella y la portada principal de Santa María La Real de Sangüesa, en la que se encuentra el conjunto más completo e interesante. En las demás iglesias, tanto en Navarra como en el resto de Euskal Herria, predominan simples y elementales decoraciones geométricas.

A partir del siglo XII la Iglesia, al igual que fundó en el ámbito de la fe y la predicación nuevas órdenes monásticas, con un carácter más abierto y dirigidas a las nuevas clases sociales y a la mentalidad que se estaba gestando -franciscanos, dominicos- decidió impulsar un estilo más humanista, el gótico, que respondiese en la misma medida a las nuevas necesidades artísticas. Por ello, aunque el gótico prosiguió con el carácter homogéneo y didáctico del románico, la Iglesia entendió que el nuevo estilo debía tener una disposición diferente, más próxima y dialogante con la sociedad.

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Respecto al arte, el gótico tuvo un enorme éxito en Euskal Herria y, principalmente, en Bizkaia y en Gipuzkoa, aunque Navarra, Álava e Iparralde también crearon obras interesantes e importantes en este estilo. De hecho, el gótico se mantuvo en Euskal Herria hasta el siglo XVI sin ser sustituido por el renacimiento. Una vez más, fue la arquitectura la disciplina artística que más se desarrolló, aunque la escultura comenzó a independizarse y a progresar por sí misma. En cuanto a las influencias que recibió el estilo gótico de Euskal Herria, a las procedentes de Castilla, Aragón y Francia, ahora se suman las que llegaron del centro de Europa. Finalmente, en el estudio del gótico vasco otro elemento que ayudará es el gran número de obras conservadas y el buen estado en el que lo han hecho.

La arquitectura gótica que se desarrolló en Euskal Herria se caracterizó además de por la sencillez y la austeridad, por su carácter híbrido ya que mantuvo características románicas al inicio del período y combinó las renacentistas al final. Esta mezcla de elementos técnicos, constructivos y ornamentales del románico, el gótico y el renacimiento, estuvo motivada por la prolongación en el tiempo de las construcciones y por la reutilización de elementos y de materiales en diferentes fases del proceso constructivo. En cuanto a las tipologías, la tipología que más se desarrolló en Euskal Herria fue nuevamente la de carácter religioso. Sin embargo, frente a la escasez de restos de arquitectura civil en el período románico, en el gótico abundaron construcciones civiles, que aunque en la mayoría de los casos han llegado hasta nosotros transformados, sirven para poder imaginar la vida civil de la sociedad; además, aunque la mayoría de las construcciones corresponden a palacios y casas-torre,también se conservan restos de edificaciones comunes que permiten comenzar a intuir la posterior estructura del caserío vasco.

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Respecto a las principales construcciones hay que destacar, en la arquitectura civil el palacio de Carlos III en Olite, en Vitoria-Gasteiz la casa del Cordón y el palacio de Arrieta, en Álava el palacio de los Guevara y la casa-torre de los Mendoza, y en Mutrikula torre Berriatua y en Zarautz la Torre Luzea; en cuanto a la arquitectura religiosa destacar la iglesia de Santa Maria de Roncesvalles, la catedral de Pamplona, las iglesias de San Pedro y Santa María de Olite, San Saturnino de Artajona y Santa María de Ujué, en Vitoria la iglesia de Santa María y San Pedro Apóstol, las iglesias de San Juan Bautista y Santa María de los Reyes en Biasteri, la catedral de Bayona, en Bilbao las iglesias de Santiago Apóstol y San Antón, en Lekeitio la iglesia de Santa María, en Getaria la iglesia de San Salvador, en Hondarribia Nuestra Señora del Manzano, en Oñate San Miguel y en Donostia San Vicente.

En cuanto a las artes plásticas también conocieron un mayor desarrollo durante este período, y entre los ejemplos que conservamos destacamos en Navarra las portadas de las iglesias de Santa María de Olite y Santa María de Ujué, y las decoraciones escultóricas del claustro de la catedral de Pamplona. En Álava, la catedral de Santa María y la iglesia de San Pedro en Vitoria también conservan interesantes portadas, aunque el ejemplo más espectacular lo encontramos en Biasteri. En Gipuzkoa, el grupo escultórico que preside la entrada principal de la iglesia de Santa María la Real de Deba.

Sin embargo, las obras más representativas de este período se realizaron siguiendo nuevas tipologías. Así, encontramos los primeros sepulcros entre los que destacan la tumba de Carlos III y su mujer Leonor en la catedral de Pamplona y el sepulcro del conde de Oñate en la iglesia de San Miguel de Oñate.

El renacimiento se implantó tarde en Euskal Herria. Y es que hasta el siglo XVI en las provincias vascas se mantuvo el estilo gótico, por lo que el renacimiento sólo pudo incidir al final del siglo y de un modo superficial, meramente decorativo y simbólico. Sin embargo, pese al corto período de tiempo que duró el renacimiento, en este estilo se crearon importantes manifestaciones artísticas destacando no sólo la arquitectura, sino también la escultura, en una corriente que denominaremos romanismo, y que tuvo especial incidencia en Navarra y en Gipuzkoa. En cuanto al estilo, el renacimiento es un compendio de influencias tanto europeas -Italia, Países Bajos y principados alemanes- como castellanas y aragonesas. De este modo, Euskal Herria volvió a desarrollar un renacimiento no autóctono pero sí particular, con unas artes plásticas dependientes de la influencia exterior y una arquitectura, una vez más, sobria y sencilla -huyendo del decorativismo-, pero monumental.

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La disciplina arquitectónica, una vez más, tomó también en este período la iniciativa. Aunque la escultura y la pintura consiguieron una mayor independencia respecto a la arquitectura, esta disciplina continuó siendo durante este período la más importante, y marcó el ritmo de las principales características que se sucedieron. Aunque resulta difícil percibir una voluntad de coherencia formal en las numerosas obras que se construyeron en el territorio de Euskal Herria durante este período renacentista, la pervivencia de formas tradicionales y clásicas fue una de las características que se repitió constantemente.

La tipología religiosa aunque continúo siendo la más importante en número y trascendencia social, comenzó a tener en la arquitectura civil un importante rival, ya que ésta desarrolló una arquitectura cada vez más relevante. No obstante, en la arquitectura religiosa de este período, además de las iglesias de influencia renacentista, se estudiará un nuevo tipo de iglesia que, aunque no constituye un estilo propiamente de Euskal Herria, conoció un inusitado despliegue por este territorio, constatado en numerosos ejemplos conservados, y que se conocen con el nombre de gótico vasco.

En cuanto a los ejemplos hay que destacar en la arquitectura civil los palacios de San Cristóbal en Estella y el del Marqués de San Adrián en Tudela, Narros en Zarautz y Ubillos en Zumaia, en Vitoria el palacio de Bendaña, el palacio de Montehermoso y el de Escoriaza-Esquivel, y la Universidad de Sancti Spiritus de Oñati en Gipuzkoa; en cuanto a la arquitectura religiosa, hay que mencionar las fachadas que se construyeron en las iglesias de Elciego y Lapuebla de Labarca en Álava, en Navarra las portadas de las iglesias de Cáseda, Los Arcos y Viana, en cuanto a la arquitectura conventual los monasterios de Roncesvalles, Fitero e Irache, en Iparralde las iglesias de Gotogeño, Undureiñe, Altzuruku y Zalgiz, la iglesia de San Miguel y el monasterio Bidaurreta en Oñate, y los conventos dominicos de la Encarnación de Bilbao y San Telmo de Donostia.

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Entre las artes plásticas, la gran protagonista de este período fue la escultura. De hecho, el nombre del primer artista vasco reconocido y de prestigio que encontramos documentado es un escultor perteneciente a este período, Juan Antxieta. Tanto la obra de este escultor como la de los discípulos que continuaron con su labor responde al nombre de romanismo.

Por último, en cuanto a la pintura, Euskal Herria tuvo en el siglo XVI una escasa producción pictórica que, además, correspondió a pintores del reino español como Luis Morales, Juan Pantoja de la Cruz y Alonso Sánchez Coello. Las pinturas murales del palacio de los Cruzat en Óriz constituyen la excepción.

El neoclasicismo en Euskal Herria tuvo mucho éxito. Pese a los conflictos y las guerras, en Euskal Herria pudieron desarrollarse interesantes manifestaciones artísticas, sobre todo, en el ámbito arquitectónico, ya que se adelantó al resto de las disciplinas en su reacción contra el barroco, jugando un papel fundamental. De hecho, la arquitectura resumía muy bien la idea básica de la Ilustración a favor de la recuperación de una estética austera con predominio de las líneas rectas basadas en formas geométricas elementales, ya no sólo desde un punto de vista estético sino, también, ético, moral. Así, mientras que la pintura y la escultura se limitaron a recuperar los modelos de la tradición grecolatina y, de hecho, en Euskal Herria el neoclasicismo no arraigó en estas manifestaciones artísticas, en la disciplina arquitectónica los arquitectos vascos encontraron multitud de posibilidades, acostumbrados como estaban a reinterpretar y desarrollar en cada período el estilo artístico a través de la sencillez y la sobriedad. En cuanto a su prolongación en el tiempo, el neoclasicismo se introdujo en Euskal Herria a finales del siglo XVIII, y aunque el estilo se prolongó durante todo el siglo XIX, su momento de mayor esplendor se centró en la primera mitad del siglo XIX.

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A pesar de las adversas circunstancias históricas que se vivieron, la cantidad y la calidad de las obras construidas en Euskal Herria es notable, e incluso, nuestro territorio participó en el debate teórico aportando algunas de las obras y de los arquitectos más interesantes del período. En este sentido, la arquitectura neoclásica no fue un estilo que llegó a nuestro territorio con tardanza y colateralmente, sino que se adoptó desde el inicio y se defendió hasta que un nuevo estilo, el eclecticismo, más acorde con la evolución histórica del siglo XIX, se impuso en el gusto artístico.

Entre los ejemplos que se han conservado caben destacar, en arquitectura civil, en Vitoria la plaza Nueva y las casas de los Arquillos de Justo Antonio de Olaguibel, en Gipuzkoa el trazado urbano que diseñó para Donostia Pedro Manuel de Ugartemendia, en Bizkaia los ayuntamientos de Otxandio, Ondarroa y Balmaseda, el hospital de Atxuri de Gabriel Benito Orbegozo, y la Casa de Juntas de Gernika, obra de Antonio de Echeverría; en cuanto a la arquitectura religiosa destacaremos la fachada de la catedral de Pamplona de Ventura Rodríguez, en Álava las torres de las iglesias de Ariñez, Berantevilla, Alegria y Antoñana del Justo Antonio de Olaguibel, en Gipuzkoa la iglesia de la Asunción de Mutriku de Silvestre Pérez, en Bizkaia las iglesias de Santa María de Larrabetzu y de Bermeo, la primera de Ventura Rodríguez y la segunda de Silvestre Pérez, y también en esta última provincia cementerios, donde se conservan ejemplos en las localidades de Elorrio, Aulesti, Abadiño, Dima y Markina-Xemein.

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En cuanto a las artes plásticas, nuevamente la única disciplina que destacó fue la escultórica en el diseño de las nuevas trazas y de las piezas escultóricas de los retablos. Estilísticamente, los mejores ejemplos se conservan en Gipuzkoa, destacando el retablo mayor de la basílica de Santa María de Donostia, obra de Diego de Villanueva, los retablos laterales de la misma iglesia diseñados por Ventura Rodríguez, que también proyectó el retablo mayor de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Errenteria, y el retablo mayor de Santa María de Tolosa, obra de Silvestre Pérez.

En el panorama pictórico, la mayoría de las obras que se conservan de este período pertenecen a pintores que prestaban sus servicios en la corte; entre ellos, destacaban Antonio Carnicero, Vicente López y Luis Paret.

En el ámbito artístico, la influencia del romanticismo, aunque tarde y de un modo superficial también llegó a Euskal Herria. Los mejores ejemplos de esta nueva sensibilidad los encontramos en las artes plásticas, aunque el historicismo en el campo de la arquitectura también obtuvo un gran éxito. Y es que el territorio vasco en su conjunto y, especialmente, las provincias costeras, conocieron durante este período un crecimiento espectacular de sus principales ciudades, motivado no sólo por el impacto de la Revolución industrial, que inició en ese momento su primera fase, sino también por otros factores entre los que destacó el desarrollo del turismo. De ahí que ciudades como Donostia, Baiona, Biarritz o Bilbao, derribaran sus murallas y comenzaran a crecer demandando un arte que respondiese a sus nuevas necesidades.

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Por ello, a este período que se extendió durante la segunda mitad del siglo XIX se le denomina eclecticismo ya que, aunque la sensibilidad predominante fue la romántica, durante el mismo fueron muchos los estilos que surgieron y se combinaron sin que predominase ninguno en solitario. De hecho, en arquitectura, además del historicismo, el modernismo también dejó su huella en Euskal Herria. Sin embargo, lo más interesante es vislumbrar, cómo las nuevas formas y estilos que revolucionaron el arte contemporáneo -la arquitectura del hierro, el impresionismo en pintura- también comenzaron a llegar al territorio vasco.

Sin embargo, la moda de retornar a la arquitectura popular en Euskal Herria tuvo su propio episodio singular con la aparición a principios del siglo XX de un estilo que se denomina neovasco y que se basa en la adopción y reinterpretación de la tipología del caserío vasco en construcciones principalmente destinadas a la vivienda unifamiliar.

Aunque la arquitectura de estilo ecléctico fue la principal protagonista de este período, a finales del siglo XIX la burguesía europea apostó por un nuevo estilo que se denomina modernismo. El modernismo promulgaba la superación del eclecticismo y buscaba la inspiración en las formas vegetales y orgánicas. En Euskal Herria este nuevo estilo más innovador sólo influyó superficialmente en las fachadas de los edificios y, sobre todo, en el ámbito de las artes aplicadas. No obstante, el modernismo aportó a la arquitectura de Euskal Herria una utilización más sobria del lenguaje en lo decorativo y un hábil empleo de los materiales.

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La utilización de nuevos materiales como el hierro y el hormigón, constituyó el preludio de una auténtica revolución en el ámbito arquitectónico; de hecho, la utilización de estos nuevos materiales no sólo transformó y condicionó el modo de construir, sino también la estética, permitiendo apostar por la sobriedad y las líneas rectas en el diseño de las formas. Sin embargo, a pesar de que la industria vasca basó su desarrollo económico en el apreciado metal, son escasas las construcciones que se conservan de este período realizadas en hierro u otros materiales innovadores.

En las artes plásticas también predominó el eclecticismo, y así, romanticismo, historicismo y costumbrismo, fueron los principales estilos que se cultivaron tanto en la pintura como en la escultura. De todos modos, técnica y formalmente se continuó con el más estricto de los clasicismos y el cambio de estilo sólo se aplicó temáticamente.

En cuanto tanto a los ejemplos materiales como a los nombres de los arquitectos y los artistas más representativos del período, a partir de esta época es difícil destacar sólo unos pocos nombres por la abundancia de los mismos.

En el siglo XX, en el ámbito artístico las primeras manifestaciones artísticas modernas llegaron a través de Euskal Herria. Sin embargo, los movimientos de vanguardia, tanto culturales como artísticos, desarrollados durante este período en otras áreas de Europa aquí no se conocieron. De hecho, en Euskal Herria durante este período no surgieron movimientos de vanguardia sino que, generalmente, y con retraso, se adaptaban y se amoldaban los procedentes del exterior a las características del arte que se realizaba en nuestro territorio. Por todo ello, a esta primera etapa del siglo XX, que en el ámbito europeo se le denomina período de vanguardia, en el contexto vasco es conocida como fase de modernidad ya que, aunque se hace un considerable esfuerzo por situarse al mismo nivel que el arte europeo contemporáneo, la propia sociedad no estaba preparada para asimilar las novedades y sólo aceptó una renovación moderada de sus manifestaciones artísticas.

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Durante las primeras décadas del siglo XX, el eclecticismo fue el estilo predominante en la mayoría de las obras arquitectónicas realizadas en Euskal Herria. Sin embargo, la aportación más importante y trascendental de este período fue la aparición del lenguaje moderno. Este nuevo lenguaje que se propuso desde su creación hacer coincidir la forma con la función, emplear los nuevos materiales, eliminar la decoración superflua de los edificios, destacar la estética de los propios valores expresivos de las formas y utilizar formas geométricas, se articuló como la respuesta arquitectónica a las necesidades de la sociedad del momento.

Entre las disciplinas plásticas, la pintura fue la que durante este período alcanzó un mayor desarrollo. Este auge de la pintura estuvo acompañado por la aparición de numerosos artistas y por la puesta en práctica de algunos rasgos innovadores. De todas formas, como ya se ha señalado, en el contexto artístico vasco no predominó una apuesta rápida ni radical por la vanguardia del momento, sino la asimilación lenta y progresiva de algunos rasgos innovadores procedentes de Francia. Así, impresionismo, simbolismo y postimpresionismo fueron los tres principales movimientos que a través de numerosos viajes realizados a París por nuestros artistas, determinaron el arte vasco del momento. La mayoría, después de sus estancias en el extranjero, adaptaban de forma superficial los nuevos lenguajes, ya que el gusto dominante continuaba determinado por lo convencional y lo conservador.

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En cuanto a la escultura, por cuestiones técnicas y monetarias la escultura no podía evolucionar al mismo ritmo que la pintura, y de momento, sólo estilos como el modernismo o el simbolismo influyeron en esta disciplina. Por ello, a pesar de que la escultura conoció durante este período un momento de desarrollo gracias al gran número de encargos que se hicieron para realizar monumentos públicos, en la mayoría de los casos se recurrió a un estilo tradicional.

En cuanto tanto a los ejemplos materiales como a los nombres de los arquitectos y los artistas más representativos del período, a partir de ahora es difícil destacar sólo unos pocos nombres por la abundancia de los mismos.

En este período el arte vasco pudo crear, por primera vez en su historia, su propia vanguardia y, por este motivo, se aplica ahora este término, ya que no solamente se intentaron crear nuevos lenguajes en el arte vasco, sino que hubo un deseo de crear con absoluta libertad, pero también de acercarse a la sociedad, de establecer un diálogo con ella. Esta segunda etapa concluyó cuando finalmente la dictadura de Franco desapareció y se implantó la democracia; un nuevo período en el que Euskal Herria pudo progresar y desarrollarse plenamente en todos los ámbitos y, entre ellos, también en el artístico.

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Durante los primeros años de la dictadura, el régimen buscó un estilo nacional de raíz popular e histórica, que recurriese a la decoración de estilos antiguos ya que se identificaba este momento con el de mayor esplendor del Imperio español. Así, en la mayoría de los edificios que se construyeron en este período se produjo un abuso de la escala monumental y el exhibicionismo. Sin embargo, estas directrices no se pudieron aplicar en todos los casos ya que, además de resultar muy costoso económicamente, no respondían a las necesidades de una sociedad en la que la precaria situación económica obligaba a una masiva y rápida reconstrucción. Así es como a partir de los años cincuenta el lenguaje moderno se volvió a recuperar tanto por los arquitectos que estaban en activo en los años anteriores a la guerra, como por las nuevas generaciones. A partir de los años sesenta, una nueva sensibilidad irrumpió en el panorama arquitectónico vasco; el lenguaje moderno y racional evolucionó hacia un nuevo estilo que bajo el nombre de organicismo dio prioridad a las formas curvas y, sobre todo, concedió especial importancia a la integración de los edificios en el entorno tanto natural como histórico en el que eran construidos. En este final del período, aunque el organicismo fue la estética más novedosa, en muchas obras continuó combinándose con el racionalismo, y tampoco faltaron elementos y detalles expresionistas.

Tal y como ocurrió con la arquitectura, durante las dos primeras décadas del franquismo, las artes plásticas también se refugiaron en un estilo tradicional y conservador en el que las corrientes y las tendencias modernas desaparecieron del panorama artístico vasco. En el caso de la pintura, la mayoría de los artistas se refugiaron en el paisaje y realizaron una pintura figurativa -que no realista- donde se intuían algunos ecos de la influencia ejercida por el impresionismo y el postimpresionismo. Las novedades, los cambios e, incluso, las rupturas llegaron, por tanto, a partir de los años sesenta. En esta década surge en Euskal Herria una nueva generación de pintores que apuestan no sólo por recuperar las vanguardias históricas del primer período, sino por dejarse influir por los nuevos movimientos artísticos que entonces surgían -informalismo, expresionismo abstracto- y, además, intentar aproximarse a la sociedad que comenzaba a transformarse y a tener nuevas necesidades.

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Respecto a la escultura, en este segundo período del siglo XX, debido a la prematura relación con las tendencias más renovadoras, fue esta la disciplina artística que más éxito y desarrollo tuvo. De hecho, al grupo de escultores que entre las décadas de los cincuenta y los sesenta desarrollaron en Euskal Herria su labor se les ha denominado como la Escuela Vasca de Escultura.

En cuanto tanto a los ejemplos materiales como a los nombres de los arquitectos y los artistas más representativos del período, a partir de ahora es difícil destacar sólo unos pocos nombres por la abundancia de los mismos.

En Euskal Herria, mientras que en los períodos anteriores el arte vasco se desarrolló a la sombra de los principales estilos europeos y siempre con cierto retraso, en el siglo XXI, las manifestaciones artísticas creadas en Euskal Herria están en sintonía con las creadas en el resto del mundo. De hecho, las creaciones artísticas de nuestro territorio difieren en muy poco de las que se realizan en otras latitudes consecuencia, fundamentalmente, del proceso de homogeneización y globalización. La novedad más importante ha sido, además de la desaparición de las fronteras entre las diferentes disciplinas artísticas, la incorporación de nuevas disciplinas determinadas por las nuevas tecnologías. Este rasgo, que también caracteriza al resto de la escena internacional, junto al de la posmodernidad nos obliga a definir este período como plural.

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En arquitectura la tendencia posmoderna determinó un nuevo pensamiento que proponía recuperar la historia con el objetivo de contextualizar la disciplina. A continuación, en la década de los ochenta, la nota predominante fue la libertad formal y, aunque volvió a surgir el racionalismo, predominó, sobre todo, un cierto eclecticismo en el que se combinaban tradiciones tan dispares como el funcionalismo, el organicismo, el expresionismo, el historicismo y el regionalismo. A partir de la década de los noventa, la arquitectura ha recuperado el racionalismo del lenguaje moderno a través de una lectura minimalista, sencilla, austera y sobria, y aunque no ha sido este el único estilo en el panorama arquitectónico internacional, es el que mayor éxito y aceptación ha tenido en Euskal Herria. Esta circunstancia nos remite nuevamente a la sensibilidad que mayoritariamente ha predominado en la evolución de la arquitectura vasca, el gusto por las líneas claras, ponderadas y sencillas.

En cuanto a las artes plásticas, a partir de los años setenta, el arte vasco comenzó a recibir noticias directas de los movimientos más importantes que se estaban desarrollando en la escena internacional -pop art, minimalismo, arte conceptual- y aunque todos no influyeron de la misma manera, por lo menos, fueron conocidos y los artistas vascos pudieron elegir el camino que más les seducía. Los Encuentros de Pamplona de 1972, aunque fueron clausurados por el régimen franquista antes de su finalización, jugaron un papel muy importante; en los ellos se pudo contemplar además de exposiciones de prestigiosos artistas del panorama internacional, la situación del arte en Euskal Herria y constatar algunas de las características que aún continúan en el arte vasco: la desaparición de las fronteras entre pintura y escultura, la ausencia de colectivos o asociaciones que agrupen a los artistas vascos, el alejamiento de posiciones respecto a cuestiones como la identidad vasca, el conocimiento exhaustivo de la situación del arte internacional y la aparente ausencia de relaciones con la sociedad. Estas características, aunque no se dan en todos los creadores, han sido las más comunes en el arte vasco de las últimas décadas.

En cuanto tanto a los ejemplos materiales como a los nombres de los arquitectos y los artistas más representativos del período, a partir de ahora es difícil destacar sólo unos pocos nombres por la abundancia de los mismos.

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