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Historia del Arte. Barroco

En cuanto a la cultura, la Edad Moderna conoció dos movimientos: primero, durante los siglos XV y XVI, el renacimiento y, más tarde, en los siglos XVII y XVIII, el barroco. Como hemos comentado, en el renacimiento, el ser humano volvió a ser el núcleo del que partió un nuevo concepto de la cultura y del arte en contraposición al de la Edad Media -que tuvo en Dios y en la Iglesia su eje, aunque el gótico comenzó a desplazarlo hacia el ser humano-, e inspirándose en los modelos de la antigüedad clásica de Grecia y Roma, el arte regresó al naturalismo y al realismo, a la armonía y la proporción.

En el siguiente período, en cambio, la Iglesia recuperó la iniciativa y promovió a través del barroco un nuevo estilo que buscase la comunicación directa con el ciudadano a través del sentimiento y de la emoción. Este nuevo arte, más dinámico y expresivo, que pretendía crear una propuesta artística más próxima al gusto cortesano y urbano, finalmente, se convirtió en un estilo heterogéneo que fue la antesala del pensamiento y el gusto contemporáneo.

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En el período barroco, nombre con el que denominamos a la segunda parte de la Edad Moderna, en Euskal Herria, al igual que el resto de Europa, se vivió un siglo XVII difícil y problemático. Al cisma religioso se le sumó una profunda crisis económica y continuas guerras entre las monarquías europeas que endeudaban a los estados. En este período, además, los conflictos también fueron habituales entre los propios miembros que integraban los tres estamentos de la sociedad -monarquía, nobleza, Iglesia, burguesía, artesanos y campesinos-, por lo que la inestabilidad fue la protagonista.

Por tanto, en una situación tan convulsa, no nos debe de extrañar que se gestase un nuevo cambio en el gusto artístico. De hecho, en este período la Iglesia recuperó la iniciativa y a través de sus órdenes religiosas -jesuitas, capuchinos, carmelitas- promovió un nuevo estilo que buscaba la comunicación directa con el ciudadano a través del sentimiento y de la emoción. Este nuevo estilo, más dinámico y expresivo, pretendía acercar la Iglesia católica a la sociedad con una propuesta artística más próxima al gusto cortesano y urbano. Por este motivo, el barroco se convirtió en un estilo heterogéneo, sin unas características formales canónicas en ninguna de sus disciplinas artísticas; más bien, a partir de unas pautas generales, cada área o región, artista o escuela, actuó con libertad y desarrolló el lenguaje artístico adecuado a cada marco espacio-temporal. En este sentido, aunque las directrices del nuevo lenguaje fueron dictadas por la Iglesia, fue el poder civil el que sacó el mayor partido de la situación al reconocer en el nuevo estilo el modelo ideal para llegar a la ciudadanía y rivalizar con la simbología desplegada por la Iglesia.

En Euskal Herria el siglo XVII también resultó conflictivo. Los pilares sobre los que en el anterior período se sustentó el progreso económico entraron en crisis y el descontento general también se extendió a todos los estamentos. Las nuevas órdenes religiosas impulsaron el estilo barroco con el objetivo de acercar la religión católica a los fieles. Sin embargo, el éxito que alcanzó el barroco en Europa y Euskal Herria también se debió a las propias características del período, una etapa con grandes incertidumbres, lo que provocó un arte más emocional, dinámico y expresivo.

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El barroco comenzó a implantarse en Euskal Herria a finales del siglo XVII y se extendió durante todo el siglo XVIII. Durante este período la arquitectura continúo siendo la disciplina artística más importante, mientras que la pintura y la escultura sufrieron un fuerte retroceso provocado por la crisis económica. Por tanto, en general, conservamos un menor número de obras que en el período renacentista y, en muchos casos, además, el barroco se limitó a intervenir en elementos constructivos secundarios aunque también importantes, como portadas y, sobre todo, campanarios. De todas formas, también tenemos excelentes ejemplos de edificios de nueva construcción, así como un especial desarrollo de la arquitectura civil.

Por tanto, una vez más, el barroco fue un estilo que, al igual que el renacimiento, tuvo un corto recorrido en nuestro territorio. Por este motivo, ahora tampoco podemos hablar de un barroco vasco ya que no existen rasgos particulares. Sin embargo, la interpretación que se hizo del mismo, una vez más, fue sin excesos ni tendencias hacia el decorativismo. Y aunque el estilo fue sustituido tempranamente por el neoclasicismo, el barroco dejó algunos de los mejores ejemplos en el patrimonio artístico.

El estilo barroco en arquitectura se suele relacionar y asociar con la acumulación de decoración. Sin embargo, el barroco no sólo aspiraba a acercarse e impactar a la sociedad a través de la profusión decorativa en los edificios, sino también con formas y composiciones estructurales más complejas -plantas, alzados, espacios- que buscaban empatar, envolver al ciudadano en la nueva concepción del arte y de la vida.

Durante el período barroco la arquitectura civil tuvo una mayor importancia que la religiosa, ya que además de construirse un mayor número de ejemplos, la sociedad pudo plasmar en ellos un tipo de arquitectura más acorde con sus propias necesidades e inquietudes, sin depender de las directrices marcadas por las autoridades eclesiásticas. Los dos tipos de edificios más comunes en la arquitectura civil de este período fueron los palacios y, especialmente, los ayuntamientos, una tipología que analizaremos después.

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En cuanto al estilo, la arquitectura civil barroca se caracterizó por su austeridad y monumentalidad; de hecho, los elementos decorativos sólo se incorporaron en el siglo XVIII. El edificio civil de tipo barroco presenta la planta rectangular, exenta y aglomerada, caja de escalera, monumentales aleros, solana y jardín. En su fachada se repite el esquema de tres tipos separados por líneas de imposta y tres ejes de vanos con el central reservado al balcón y al escudo. En cuanto a los palacios, la mayoría de ellos no fueron construidos por la antigua nobleza terrateniente vasca, sino por la nueva nobleza y la burguesía enriquecida gracias al comercio, a los cargos administrativos en la corona y a la estancia en América; de hecho, muchos de los palacios que se construyeron tanto en este período como en otros, fueron encargados por los indianos cuando regresaban a sus lugares de origen con las riquezas acumuladas en América.

En Navarra y en Álava, la mayoría de los palacios de este período se construyeron en el siglo XVIII, destacando en el caso de Álava los palacios de los Otazu en Zurbano, Larrañaga en Zalduendo y Alameda en Vitoria. En Navarra, destacan el palacio episcopal de Pamplona, Colomo en Miranda de Arga, Azpilikueta en Barasoain, Marques de Huarte en Tudela, Reparacea en Oyaregui, Arizkuena en Elizondo, Gastón de Iriarte en Irurita y la casa de las Cadenas en Corella; en este último, realizado en ladrillo, destaca la decoración geométrica y las pilastras de los paramentos.

En Bizkaia, destacar los palacios de Jara y Tola en Elorrio y, sobre todo, el palacio de Valdespina en Ermua, ya que erigido en el siglo XVIII, nos señala la influencia italiana con elementos como la escalera interior cubierta por cúpula y la doble galería. En el resto de la provincia destacar el palacio de Hurtado de Amézaga en Güeñes, Arana en Mallabia, Solartekua en Markina-Xemein, Urrutia en Balmaseda, Larrako en Lezama, Uriarte en Lekeitio y Zubieta en Ispaster, en donde su cúpula y su fachada con torres refleja un mayor dinamismo.

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En Gipuzkoa son numerosos los palacios construidos en este período. Los más importantes están en el interior de la provincia y destacan, sobre todo, por su sobriedad y por la ausencia de elementos barrocos tanto estructurales como decorativos significativos. Entre otros, señalar, el palacio Lardizabal en Segura, Insausti y Florida en Azkoitia, Idiaquez en Tolosa, Montalibet en Mutriku, Saroe y Atxaga en Usurbil, Ipeñarrieta en Urretxu, Conde Monterrón en Arrasate, Arratabe en Aretxebaleta, Portu en Zarautz y Zuloaga en Hondarribia. El palacio más singular del período por su combinación de sencillez y monumentalidad, es el palacio de Lazkano en Lazkao; construido en el siglo XVII siguiendo los modelos cortesanos de sobriedad escurialense, el palacio Lazkano destaca por su patio cuadrado y su fachada clasicista.

Además del palacio, el ayuntamiento fue el ejemplo de arquitectura civil que más éxito alcanzó en este período. El fortalecimiento en Euskal Herria del poder municipal a partir del siglo XVI tuvo como consecuencia directa que las localidades con mayores recursos económicos erigiesen nuevos edificios que albergasen las funciones que desempeñaba el consistorio. Sin embargo, este no fue el único motivo que impulsó la construcción de estos edificios; a pesar de la sobriedad, en los ayuntamientos también vislumbramos por parte del consistorio el deseo de rivalizar con el poder religioso llegando, incluso, a confrontar físicamente los edificios en la misma plaza de la localidad. Hay que recordar, que en períodos anteriores las reuniones de los concejos se realizaban en las iglesias, por lo que ahora, cuando se tiene la posibilidad y la voluntad de construir un nuevo edificio, por una parte, se está respondiendo a las nuevas necesidades del municipio, y por otra, se está desligando el poder civil del religioso.

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La estructura y la organización del ayuntamiento es sencilla. Así, mientras la planta baja, porticada y con arcos, estaba destinada a las funciones relacionadas directamente con la ciudadanía, la primera planta albergaba la principal estancia que era el salón de plenos y un balcón corrido en el que se izaban las banderas y desde donde las autoridades municipales se dirigían al municipio. En cuanto a la segunda planta, generalmente la última, en la misma se encontraban los despachos y el archivo, además del escudo del municipio y el reloj. En el exterior eran edificios sobrios que no destacaban por su decoración; normalmente los únicos elementos que encontramos son pilastras, pequeños frontones en cada balcón y un frontón triangular que remata el edificio y alberga el escudo municipal.

Los primeros ayuntamientos que se construyeron en el siglo XVII destacan por sus trazas simples y elementales, la ausencia de porticado y la utilización de planteamientos renacentistas en la estructura del edificio; de este período destacamos los ayuntamientos de Bergara, Zestoa, Oiartzun, Aretxabaleta y Errenteria en Gipuzkoa. Entre los ayuntamientos realizados en el siglo XVIII, donde encontramos todas las características descritas, destacamos en Álava y Navarra los ayuntamientos de Labastida, Respaldiza, Aramaio, Elciego y Araia, respecto a Álava, mientras que de Navarra citaremos los de Viana, Bera, Lesaka y Pamplona; en Bizkaia sólo encontramos ayuntamientos en Balmaseda, Bermeo, Otxandio, Orozco, Durango y Lekeitio, mientras que en Gipuzkoa, los ayuntamientos que mejor representan el estilo son los de Elgoibar, Andoain, Alegia, Oñati, Asteasu, Astigarraga, Azkoitia y Arrasate.

En cuanto a la arquitectura religiosa, aunque el número de edificios construidos disminuyó respecto a otros períodos, todavía continuaron edificándose importantes construcciones para cubrir las necesidades eclesiásticas. Así, durante el inicio del período barroco destacó la consagración de nuevos conventos en las principales localidades de Euskal Herria. Además, en aquellas otras localidades donde previamente ya existían importantes iglesias, se añadieron nuevas portadas y, sobe todo, torres campanario con el objetivo de adecuar las construcciones a los nuevos objetivos simbólicos que se había marcado la Iglesia; por ello, le dedicaremos especial atención a las torres campanario, ya que su construcción dotó a Euskal Herria de uno de sus elementos arquitectónicos emblemáticos del paisaje arquitectónico vasco.

En cuanto a las características del barroco en Euskal Herria, las nuevas concepciones espaciales se introdujeron con relativa prontitud gracias a la fundación de conventos por parte de las nuevas órdenes religiosas. En las iglesias de estos edificios se encuentran las primeras características de la disciplina arquitectónica barroca en plantas con forma de cruz latina inscrita en un rectángulo, cabecera recta, capillas laterales entre contrafuertes y coro alto a los pies de la iglesia. En el interior, la única nave que se realizaba se cubría con bóveda de lunetos o de medio cañón, el crucero con cúpula encamonada sobre pechinas, y las capillas laterales con bóvedas de arista. En el exterior, en cambio, encontramos desde fachadas cuadrangulares rematadas con un frontón, hasta portadas que persiguen atraer al fiel por su sentido escenográfico y urbano.

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Por territorios, en este estilo existen importantes diferencias entre las provincias de Euskal Herria. Las novedades constructivas más importantes se dieron en Gipuzkoa, seguida de Bizkaia; es en estos dos territorios donde encontramos un mayor número de obras e innovaciones significativas desde un punto de vista tanto tipológico y estructural como decorativo. De hecho, entre las dos provincias costeras también existen diferencias y, así, en Gipuzkoa, por influencia de la construcción más importante de Euskal Herria -la basílica de Loiola- se hicieron propuestas de mayor barroquismo, con una concepción más plástica de las formas; en cambio, en Bizkaia, el barroco fue más desornamentado. En cuanto a Navarra, Álava e Iparralde, el número de construcciones edificadas fue mucho menor puesto que los edificios existentes de otros períodos ya cubrían las necesidades y, por este motivo, se construyeron principalmente en estilo barroco elementos adicionales como portadas, torres campanario y capillas.

Por tanto, en Navarra, Álava e Iparralde, de las construcciones realizadas íntegramente en estilo barroco destacaremos la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Labastida, con una portada en forma de retablo clasicista, y los conventos de las Carmelitas Descalzas en Pamplona, Encarnación en Corella, San Francisco en Viana y Concepcionistas Recoletas en Estella; en las fachadas de estos conventos destaca la influencia de la iglesia romana de Il Gesú, mientras que la fachada clasicista del convento de la Encarnación de Madrid influyó en el convento de San Antonio de Vitoria-Gasteiz donde destaca, con claras sugerencias herrerianas, su pórtico.

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En el resto de las edificaciones de estos tres territorios pertenecientes al siglo XVIII, podemos intuir la influencia del estilo barroco ya no sólo en los elementos decorativos. Así, en la iglesia de San Juan de Agurain en Álava y en las capillas de Santa Ana y el Espíritu Santo de la catedral de Tudela en Navarra, además de la profusa decoración, encontramos rupturas y dinamismo en las formas. En cuanto a los espacios, también en Navarra, la iglesia de la Compañía de María en Tudela nos presenta una planta octogonal, y la iglesia del Patrocinio en Milagro, responde a una compleja planta elíptica inscrita en una cruz griega. No obstante, los mejores ejemplos de la arquitectura religiosa barroca los encontramos en las portadas, destacando en Navarra la de la basílica de San Gregorio Ostiense en Sorlada, en exedra y rematada en cuarto de esfera.

En Bizkaia, el estilo barroco también se introdujo en la provincia a través de la construcción de conventos para las nuevas órdenes religiosas. Uno de los edificios más interesantes es la iglesia de los Santos Juanes de Bilbao, el primer templo en seguir en Euskal Herria los modelos de Il Gesú; en el interior, mantiene reminiscencias renacentistas con una planta de tres naves en diferentes alturas, pero también adopta elementos propiamente barrocos como el crucero y sobre él una cúpula con pechinas. Este modelo de planta también lo encontramos en las iglesias de Santa María de Uribarri de Durango, de la Sagrada Familia de Orduña y del Carmen de Markina-Xemein. En cuanto a las portadas, las iglesias de Güeñes, Turtzioz y Encarnación de Bilbao conservan portadas con sencillos esquemas de sabor escurialense. En el siglo XVIII hay que destacar la iglesia de San Nicolás de Bari en Bilbao, uno de los mejores ejemplos de espacio centralizado con planta de cruz griega insertada en un cuadrado transformado en octógono y con cúpula. En cuanto a las portadas, destacar la de la iglesia de San Severino de Balmaseda, y los pórticos construidos en Santa María de Uribarri de Durango en madera y la iglesia de Santiago en Bilbao de piedra.

Sin embargo, el mayor número de construcciones barrocas y las más importantes las encontramos en Gipuzkoa, el territorio que conoció un mayor crecimiento económico y demográfico. Uno de los primeros edificios que recogió la influencia del estilo barroco fue el convento de Santa Clara en Azkoitia, que sigue la tipología del primer estilo con una edificación austera y tipología de fachada rectangular resuelta con extremada desnudez. El modelo conventual de planta de cruz latina y tradición clasicista en la decoración también se repitió en las parroquias de Alegia y Pasai Donibane, y en las portadas de las iglesias de Getaria, Errenteria, Segura y San Vicente de Donostia.

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El siglo XVIII en Gipuzkoa estuvo determinado por una construcción que desde su propia concepción estaba llamada a ser el edificio más importante del período barroco en Euskal Herria. Nos referimos a la basílica de Loiola, uno de los edificios más singulares por su vinculación con el barroco romano, algo poco frecuente por estos lares. Diseñado por el arquitecto italiano Carlo Fontana, discípulo de Bernini, de la construcción se encargaron diferentes maestros de obra vascos, entre los que hay que destacar a Martín de Zaldua, Sebastián de Lecuona e Ignacio Ibero; estos y otros artistas vascos que tomaron parte en la basílica, modificaron los planos del conjunto, un proyecto sumamente decorativo, adaptándolo a la sobriedad del estilo barroco que se estaba desarrollando en Euskal Herria. La construcción más importante del conjunto es la basílica, donde destacan la escalinata de acceso, el pórtico convexo, la planta centralizada en forma de rotonda y la monumental cúpula con tirantes entre torres subordinadas. La influencia de la basílica de Loiola fue muy importante, destacando además de la iglesia de San Nicolás de Bari en Bilbao, la iglesia de San Martín de Tours de Andoain, con elementos decorativos inspirados en la basílica de Loiola.

De las iglesias que se construyeron en el siglo XVIII en Gipuzkoa, la más ambiciosa e interesante fue la basílica de Santa María del Coro de Donostia, donde destaca su planta de salón con tres naves de idéntica altura y su cubierta de bóvedas góticas. Otros ejemplos significativos de este siglo en Gipuzkoa son las portadas de las iglesias de la Asunción de Segura, Santa María la Real de Azkoitia, San Miguel de Oñati y San Juan Bautista de Hernani, donde la fachada rectangular está definida por dos pilastras que soportan un frontón triangular y acogen un arco. En cuanto a la iglesia de Pasajes San Pedro, destacar, además de su portada, la planta de salón de tres naves y, en general, la propia volumetría en forma de cubo que nos acerca al neoclasicismo.

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Para terminar con la arquitectura religiosa, señalar que uno de los elementos arquitectónicos más característicos del paisaje arquitectónico de Euskal Herria son las torres campanario. Concebidas inicialmente como lugar donde ubicar las campanas de la iglesia, este tipo de torre se convirtió durante el período barroco en el emblema de la Iglesia católica y de su poder en la sociedad vasca. De hecho, las torres campanario regulaban la vida cotidiana mediante el repique de campanas.

La torre campanario está organizada en cuatro partes distintas. En primer lugar se encuentra la base, formada por un cuerpo bajo de planta cuadrada decorado con pilastras en las esquinas. A continuación, está el segundo cuerpo, que es el que alberga las campanas y también lleva pilastras en los ángulos y decoración de pináculos. Después se sitúa el entablamento, la cornisa y, en algunos casos, la balaustrada, que forman el tercer cuerpo y donde podemos encontrar la misma decoración que en los primeros cuerpos. Finalmente, la construcción se remata con una cúpula que termina en una linterna que repite la decoración, en menor tamaño, del cuerpo de las campanas.

Las primeras torres campanario se construyeron a finales del siglo XVII y fueron muy sencillas tanto en la decoración como en la estructura, a base de sobrios cubos de tradición escurialense; a esta etapa pertenecen las torres de Kanpezu, Bilar y Labastida en Álava, Markina-Xemein y Portugalete en Bizkaia, y Eibar en Gipuzkoa. Sin embargo, las torres más importantes y significativas en el paisaje arquitectónico vasco fueron las construidas en el siglo XVIII. En estas torres quedó establecida la tipología que hemos descrito y fue evidente la influencia que ejerció en ellas la estructura y la decoración de la basílica de Loiola. La principales torres campanario se encuentran en Gipuzkoa -Elgoibar, Andoain, Tolosa, Eskoriatza, Bergara, Hondarribia, Ordizia, Usurbil, Hernani, Ibarra, Aretxabaleta, Urretxu- aunque también encontramos ejemplos en el resto de territorios, destacando las de Portugalete, Elorrio, Otxandio, Durango, Balmaseda, Ermua y Guezala en Bizkaia, Oion y las iglesias de San Miguel y San Pedro en Vitoria-Gasteiz en Álava y Lesaka en Navarra. En esta última provincia encontramos en la Ribera un tipo distinto de torre campanario que tanto en lo material como en lo estructural, son deudoras de la tradición mudéjar; encontramos torres de este tipo en las iglesias de Santa Eufemia de Villafranca, San Julián y Santa Basilia en Andosilla, Santiago en Funes, Santa María de Desojo y en la catedral de Tudela.

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En el período barroco la pintura y la escultura sufrieron un retroceso considerable provocado por la crisis económica y a que los fondos que se conseguían destinar a la creación artística se preferían utilizar en la arquitectura, la manifestación que mejor ayudaba tanto al poder religioso como civil a conseguir la relevancia social.

Por tanto, la escultura barroca de Euskal Herria no consiguió la importancia y el prestigio de la renacentista y, en muchas ocasiones, se acudió a talleres de otras zonas de España. De hecho, el estilo que imperó en el siglo XVII fue la prolongación del romanismo, y fueron los seguidores de Juan Antxieta los que dominaron el panorama. De ahí que el nuevo estilo barroco caracterizado por el dinamismo, la expresividad, la acumulación de decoración y la complejidad no llegó hasta el siglo XVIII.

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En el siglo XVII, incluso, hubo un período realista protagonizado por la influencia que ejerció en Euskal Herria el trabajo de Gregorio Fernández; el escultor vallisoletano intervino en diferentes retablos entre los que destacan en Álava el retablo de la iglesia de San Miguel en Vitoria-Gasteiz, y en Gipuzkoa el de la iglesia de San Pedro en Bergara. En cambio, en los retablos de las iglesias de San Juan Bautista de Hernani y San Esteban de Oiartzun, ambas en Gipuzkoa, todavía se aprecia la influencia del romanismo. En Navarra, destacamos en este período el retablo de la iglesia de Santa María de Viana, el de San Miguel de Cárcar y el de Santa María de Los Arcos.

A partir de la primera mitad del siglo XVIII, aparece una nueva generación de escultores vascos - Felipe de Arizmendi, Juan Bautista de Suso, Juan de Apeztegui, Martín Bidatxe - que comienzan a introducir características barrocas en algunas obras como los retablos de las iglesias de San Miguel de Oñati y San Martín de Andoain, ambas en Gipuzkoa, y en Iparralde, en el retablo de la parroquia de San Juan de Luz.

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Sin embargo, la verdadera transformación se produjo cuando en la segunda mitad del siglo XVIII el taller de los Churriguera comenzó a trabajar en Euskal Herria. De este modo, llegó a nuestro territorio el estilo rococó, en el que se reduce parcialmente la decoración pero se añade a la estructura del retablo mucha más inestabilidad y movimiento, al combinar líneas rectas y curvas, frontones fragmentados, cornisas voladas y complejas columnas que se apoya sobre baquetones. En este estilo también trabajaron, además de los Churriguera, un buen número de escultores vascos -Tomás de Jáuregui, Francisco Vergara,Miguel de Yrazusta - en retablos como el de la iglesia de Santa María de Elorrio en Bizkaia, el de la iglesia de la Asunción de Lerín y de San Martín de Lesaka en Navarra y, en Gipuzkoa, en los retablos mayores de las iglesias del monasterio de Bidaurreta en Oñati, de la Basílica de Loiola, de San Juan Bautista de Pasaia Donibane y de Santa María de Donostia.

En cuanto a la pintura, esta fue la disciplina artística que más sufrió las consecuencias de la crisis económica. Por ello, los ejemplos que conservamos, además de no ser numerosos, la mayoría son fruto de adquisiciones realizadas en otras zonas de Europa. En cuanto al tema, predomina la temática religiosa, ya que tanto la nobleza como la burguesía vasca encargaba las obras de arte para donarlas a las iglesias.

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Son numerosas las obras de pintores barrocos españoles que los museos vascos atesoran, entre ellos, destacaremos los trabajos de José de Ribera, Francisco Zurbarán, Mateo Cerezo, Alonso Cano, Antonio Pereda y Juan Carreño de Miranda. También hubo pintores extranjeros que trabajaron en Euskal Herria, como el caso del flamenco Pedro de Obrel, aunque carecemos de ejemplos, tal y como sí existen en el período renacentista. De hecho, el único pintor barroco vasco que destacó fue el navarro Vicente Berdusán, autor de cuadros de temática religiosa en los que refleja los efectos de la luz y los estudios atmosféricos siguiendo una línea clasicista. También tenemos constancia de otros dos pintores vascos, Antonio González Ruiz e Ignacio Huarte, que trabajaron para otros talleres por España, realizando escenas religiosas y paisajes.

Este panorama tan exiguo no significa que no se realizasen otros trabajos pictóricos en Euskal Herria. De hecho, por los restos conservados, tenemos constancia de que en muchas iglesias cuando no había medios económicos suficientes para encargar un retablo, se decoraba la iglesia con representaciones pictóricas que posteriormente eran sustituidas por retablos u otro tipo de decoraciones. Algunos de los numerosos palacios que hemos estudiado, también albergaron pinturas murales, pero la mayoría no se conservan; uno de los escasos ejemplos que nos ha llegado son las pinturas del palacio Barrena de Ordizia en Gipuzkoa; en las mismas, predomina la decoración a base de motivos geométricos y florales, y temas que comienzan a distanciarse de las clásicas representaciones religiosas, anunciando la llegada de un nuevo tipo de sensibilidad artística contemporánea que cambió los cimientos del arte.

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