Concept

Guerra Civil 1936-1939

Lo que en 1931 había sido una contienda verbal con algún amago callejero ("La República es la revolución que destruirá España; detenerla o perecer.", "La República es el porvenir y el bienestar de las clases trabajadoras. Conquistarla es dar pasos hacia el socialismo"), en 1936 se convirtió en guerra abierta. Pero la polarización estaba ya establecida en sus fundamentos en 1931. Por lo demás, y Vasconia no era una excepción, Europa estaba recorrida en los treinta por ideologías de guerra civil; aquéllas que, a lo Clausewitz, entendían que la guerra era la prolongación natural de la política; o, incluso, más sana que aquélla, e inevitable si se pretendía eliminar el mal, que solía consistir en eliminar al "otro". La Segunda República, con su democracia social y su propuesta de estado integral, que en la España de 2000 sería "de las autonomías", fue un intento de solventar pacíficamente el conflicto. O, más exacta y justamente, proponer una evolución democrática, social y pacífica al caduco estado liberal decimonónico. En Inglaterra, lo lograron. En España, como en otras partes de Europa, no. Vasconia jugó un papel fundamental en todo ello.

Las convenciones políticas de la época, un tiempo en tránsito por otro lado, antes que una época, incluían otros medios además de los parlamentarios. Durante la II República se expulsó a obispos, al de la Diócesis vasca y al Primado de Toledo, como sospechosos de conspiración; hubo innumerables conspiraciones de la derecha monárquica, la más conocida la encabezada por el general Sanjurjo en 1932, que llegaban a implicar al Alto Estado Mayor del ejército (1935); las revoluciones estaban al orden del día, la de 1934 resultó la más generalizada, pero los conatos revolucionarios fueron frecuentes aunque dispersos; muchos partidos, incluidos de gobierno, formaban sus milicias para ir "más allá de las urnas"; había oleadas de quema de iglesias y conventos como uso "legítimo" de los "desheredados"; una provincia, Bizkaia, podía pasar por un estado insurreccional ante la expulsión de su obispo Mateo Múgica y en defensa de la Iglesia (verano de 1931). Todo ese estado de cosas deben saberse para comprender 1936 y lo que ella deparó.

JUT

No hubo muchos amagos revolucionarios en Vasconia entre 1931 y 1936. No si lo comparamos con otras zonas. El intento revolucionario de 1934, no pasó de ser una huelga generalizada en zonas industriales de Bizkaia y Gipuzkoa con amagos insurreccionales en la zona minera. Sólo en Mondragón, donde se asesinó al gerente de Unión Cerrajera y diputado de Comunión Tradicionalista (CT), Marcelino Oreja, y en Eibar se llegó a tomar el poder. Hubo muertos, pero el ejército controló todo el territorio el mismo día 6 de octubre. Hubo otros amagos (Labastida, CNT, 1933; pugnas por las 'corralizas' en Navarra), pero, en general, la izquierda vasca dirigida por el socialista Indalecio Prieto fue lealmente republicana. Otro tanto ocurrió con la navarra. Y si en alguna ocasión realizaron algún acto insurreccional, fue "en defensa de la República" (Pamplona, febrero de 1936). Su propósito confesado era "republicanizar" Vasconia. Disolver la "Gibraltar vaticanista" (Prieto), que Vasconia se implicara en el proyecto de estado social y de derecho que constituía la República española. Para ello, resultó clave desde 1932 el proyecto de Estatuto de autonomía.

No es el caso de la derecha social y política, muy popular en Vasconia gracias al carlismo. Desde 1931, muy tempranamente, se constituyó una coalición antirrepublicana que pudo presentarse unida a las elecciones de junio. Y ya desde esas fechas se quiso convertir al territorio en reducto del catolicismo, en su baluarte, en lugar desde el que recuperar,"reconquistar", España para aquellos valores contrarios a la "República laicista". Renovación Española, la derecha radical, trabajó seriamente desde Bilbao en esa dirección. También la prensa católica (La Gaceta del Norte y El Pueblo Vasco de Bilbao, El Pueblo Vasco de San Sebastián, Diario de Navarra de Pamplona o El Heraldo Alavés de Vitoria). Y, por descontado, el carlismo, que renació a través de su extenso tejido de círculos y una nueva apreciación de los tiempos. Éste organizó su milicia, el requeté. En Navarra aquella coalición se mantuvo ininterrumpidamente (Bloque de Derechas) incluyendo a la CEDA (Unión Navarra) durante toda la República.

En esa tesitura, el Partido Nacionalista Vasco -recién reunificado- vaciló entre su integrismo programático, su autonomismo y su pragmatismo. En las horas decisivas (1932, 1934, 1936), pudo su autonomismo pragmático. Pero en 1931, y hasta en 1936, el carlismo creyó que podía contar con él para sabotear la República. Esto explica en parte su indolencia primera en Gipuzkoa y su actuación resuelta en 1937 en defensa de Bizkaia y de la autonomía vasca.

La insurrección se puso en marcha tras las elecciones del 16 de febrero de 1936, en las que la derecha, con tentaciones ya autoritarias, fue desplazada del gobierno por el Frente Popular. Todas sus facciones comenzaron a prepararla. Fue decisiva la campaña lanzada por la prensa católica, muy señaladamente la vasca, para convencer a los indecisos de que la única solución a la pérdida de poder "sospechada" era derrocar la República e ir hacia un "nuevo Estado". La derecha social estaba resuelta. Desde Neguri, José María Areilza, de R.E., y los Ybarra trabajaban en ello; José Luis Oriol, industrial vizcaíno y cacique alavés, el conde de Rodezno, de CT, y el director del Diario de Navarra, "Garcilaso", o José María Urquijo, de La Gaceta del Norte, formaban un grupo con amplias influencias públicas y personales.

El Carlismo más resuelto preparaba al Requeté. Especialmente en Pamplona y Navarra, con maniobras a lo squadristi, ocupando ciudades, o en los montes del entorno. Pero, verdaderamente, lo hacían en todo el País Vasco. Fueron quienes primero decidieron dar su voz a un caudillo, Fal Conde, a través del pretendiente carlista Alfonso Carlos, instalando en Saint Jean de Luz una Junta Militar. Ellos fueron quienes entraron en contacto con el general Sanjurjo, exiliado en Lisboa. Aspiraban a un cambio sustancial de inspiración retroactiva y autoritaria: una monarquía corporativa y tradicional. La derecha conservadora, por una reposición del viejo estatus social a través de una dictadura, delegó su representación en el ejército y en el general Mola (Calvo Sotelo y RE, expresamente; indirecta y aleatoriamente, CEDA; en Navarra, por ejemplo, a través del Bloque de Derechas).

El carlismo o los conservadores por separado, poco podían hacer. Sólo cabía ponerse de acuerdo. Y, éste, sólo podía producirse en Pamplona, donde Mola controlaba el gobierno militar y una red de contactos por toda España, y donde el carlismo tenía a sus principales dirigentes y a las unidades requeté más numerosas y resueltas. Mola presionó lo indecible sobre Fal Conde a través de Garcilaso o el propio general Sanjurjo. Finalmente Rodezno, Oriol, Baleztena con sus dudas, Martínez Berasáin y otros notables carlistas locales, impusieron a Fal Conde el 15 de julio una solución conservadora, favorable al general Mola, a la que luego trató de resistirse, sin éxito, Fal Conde. Ese mismo día se dio la orden de movilización del Requeté y se activaron todas las conexiones de Mola en el ejército. Rodezno transmitía el acuerdo directamente a Víctor Pradera en San Sebastián. Echave-Sustaeta lo llevaba a Vitoria. Y en Bilbao era José María Areilza el encargado de transmitir la instrucción. Mola, por su parte, contactó con el teniente coronel Alonso Vega en Vitoria y con el coronel Carrasco en San Sebastián, además de con otros en toda España.

El 18 y 19 de julio fueron decisivos. Ya no contó el voto, contó la prolongación de la política por las armas. Contaron las milicias y los militares. Navarra y Álava podían ser en buena medida antirrepublicanas. Pero no decisivamente más que Gipuzkoa. En lo que al voto se refiere, el 16 de febrero en Gipuzkoa se había repartido entre el PNV, la Coalición Contrarrevolucionaria y el Frente Popular, en ese orden y casi a partes iguales. El PNV actuaba de fuerza moderadora y católica, no se olvide. Pero en Álava, aunque la minoría mayoritaria fuera Hermandad Alavesa (37%; carlista), PNV (21%) y CEDA (20%) moderaban también aquel voto.

Sin embargo en julio San Sebastián fue republicana, mientras que Vitoria fue de los sublevados. La capital guipuzcoana fue "republicana" debido a la acción armada decisiva de un sector del Frente Popular (FN) y de la CNT en su zona urbana, que incluía Pasaia e Irun, mientras que la alavesa fue para los sublevados por la acción decisiva del requeté, especialmente el riojano. Contó también la personalidad más timorata del conspirador militar en San Sebastián, coronel Carrasco, y la más resuelta del teniente coronel Alonso Vega en Vitoria. Lo cierto es que, iniciada la revuelta, Pamplona era inexorablemente para los sublevados, mientras que la Ría socialista debía ser republicana. El control de Gipuzkoa y Álava se jugó en los siguientes días de julio. En San Sebastián los milicianos socialistas y comunistas consiguieron controlar los cuarteles de Loiola, mientras el requeté reunido en el Buen Pastor se dispersaba. Vitoria fue controlada por el Requeté y por los cuarteles controlados definitivamente por Alonso Vega. Dos columnas salidas desde Bilbao y San Sebastián hubieran podido entrar en Vitoria sin demasiada resistencia en aquellos primeros días. Manuel de Irujo siempre se lamentó de ello.

Pero la inexperiencia de los oficiales de la columna bilbaína y el conflicto local donostiarra abortaron el avance de ambas. Desde San Sebastián llegaron hasta Eibar, donde se reforzaron y pertrecharon. Pero las noticias llegadas desde la capital guipuzcoana les hicieron volver. Los bilbaínos llegaron hasta Legutiano. Pero, indecisos ante un posible avance rápido sobre la capital de Álava y enterados de la retirada de la columna guipuzcoana, volvieron sobre sus pasos dejando libre de presión a Vitoria, que pudo organizar contraataques en la zona Orduña, 4 de agosto.

Esto definió la geografía de la guerra. Desde las capitales se controlaron las provincias y sus zonas de influencia, caso del Valle de Ayala, Álava, controlada desde Bilbao. La guerra no era, a pesar de todo, algo esperado. Sólo se pensaba en un golpe de mano rápido. El equilibrio de fuerzas dividió a España en dos. También a Vasconia. Bizkaia y Gipuzkoa resultaban definitivamente controladas por fuerzas leales a la República, mientras que Navarra y Álava eran controladas por los sublevados. Desde una y otra zona huyeron hombres comprometidos con una u otra causa para engrosar las milicias respectivas. Para el País Vasco, aparte otras consideraciones políticas, la guerra fue un gran cúmulo de sufrimiento y barbarie que quedó en la memoria de las gentes que la padecieron. También de recuerdos mitificados. Así, para el historiador y militante de la causa republicana Eric Hobsbawm o para el periodista G.L. Steer en su The Tree of Guernica. Aún las actuales generaciones sobrellevan contradictoriamente ambas memorias, la de una guerra cruda y cruel y la de cierta gesta heroica en defensa de la libertad, llamadas a ser trabadas a través de una explicación racional de los hechos.

Navarra fue el corazón y los pulmones de la España sublevada. De ella salieron los voluntarios para asediar Madrid en la primera hora, de ella la dirección de las tropas, salvo las africanas que dirigía el general Franco, desde ella se atacó Gipuzkoa, y luego la estratégica Bizkaia, en ella se organizó el primer sistema financiero normalizado de los sublevados, en ella su prensa hasta que Salamanca organizara su jefatura de propaganda, y de ella salieron los primeros cuadros medios que sirvieron de soporte al nuevo Estado. Álava quedaba bajo su influencia. Era la geografía de la rebelión, allí donde el carlismo ensayaría su proyecto político entre el catolicismo nostálgico y el autoritarismo moderno con exclusión del "otro" -¿exterminio?- como parte de su programa.

Sin embargo, desde el mismo 19 de julio, los militares, la opción conservadora, se apoderó del poder real. Todas las unidades de las columnas quedaron bajo el mando ejecutivo de oficiales del ejército. Y la Junta Central de Guerra Carlista de Navarra (20 julio 1936), presidida de modo honorario por Joaquín Baleztena pero ejecutivamente por José Martínez Berasáin, sintonizaba antes con Mola a través de "Garcilaso", que con las aspiraciones radicales de Manuel Fal Conde, a quien los jóvenes navarros apenas conocían y no seguían, pero que acabaría expresando sus afanes de cambio.

El 19 de julio salía de Pamplona para Madrid una columna llena de entusiasmo, aunque bien controlada por los militares, a las órdenes del coronel García Escámez. En días sucesivos saldrían de Estella o Sangüesa otras unidades menos organizadas, algunas al mando de sus propios capellanes. ¿Cómo escenificar mejor la idea de "cruzada"?. La columna de Pamplona fue removiendo ayuntamientos a su paso. Tomó entre otras la ciudad de Logroño y el 23 de julio estaba en Cogolludo y Jadraque, al norte de Guadalajara, para atacar Madrid el 25 desde Somosierra.

Otras fuerzas, a las órdenes de los coroneles Solchaga, Beorlegui y Ortiz de Zárate y del comandante García Valiño, penetraron en Gipuzkoa el día 22 de julio para atacar todo el frente del valle del Oria. Mientras duró el asedio en San Sebastián de los cuarteles de Loiola, el avance fue relativamente rápido. Se avanzó sobre Beasain, Tolosa y Oiartzun-Errenteria. Pero, ocupados éstos el 28 de julio, las milicias republicanas tomaron posiciones entre Errenteria e Irun. El coronel Beorlegui, que siguió su avance hacia San Sebastián por Oiartzun, quedó aislado en una bolsa con cerca de dos mil hombres. Pero los milicianos, faltos de mandos militares, desaprovechan la ocasión y Beorlegui reorienta su línea de avance hacia la ciudad de Irun, rompiendo la bolsa en la que se encontraba.

La progresión sobre Irun, defendida por milicias comunistas, socialistas y anarquistas, resulta muy costosa para las tropas sublevadas. Aunque todavía son pequeñas columnas de ataque, ya comienza a utilizarse de forma masiva la artillería y la aviación. El 2 de septiembre cae el fuerte de San Marcial, el 3 todavía Irun defiende una salida hacia Behobia, pero el 4 se da la orden de evacuación hacia San Sebastián. La ciudad, ya arrasada por los bombardeos, es incendiada. Las fuerzas de Beorlegui entran el día 5. El 6 se toma Hondarribia. En pocos días se avanzará sobre San Sebastián que, tras ser evacuada sin resistencia por decisión de la Junta de Defensa, es ocupada el día 13 de septiembre.

A partir de esa fecha, y en poco tiempo, se desmoronó el frente de Gipuzkoa. Varias columnas avanzaron desde el Oria hacia el valle del Deba. Por su parte, el teniente coronel Alonso Vega, tras dejar consolidado en Álava el frente con Bizkaia, penetraba por Arlabán hacia el alto Deba. Los republicanos, unidades de ANV, intentarían una operación en el monte Albertia para cortar la retaguardia de las tropas alavesas sin lograrlo. En ella murió el jefe del requeté alavés, Luis Rabanera. De este modo, el frente en Gipuzkoa quedaría estabilizado en la divisoria con Bizkaia (Udalaitz-Elgeta-Intxortas-Kalamua-Saturrarán).

Hubo un momento en que el curso de los acontecimientos pudo haber cambiado. Fue en los primeros días de diciembre de 1936. El 30 de noviembre el ejército vasco-republicano lanzaba 29 batallones sobre Legutiano. El día 2 la aviación republicana bombardeaba el cuartel del Regimiento Numancia y el ferrocarril a la altura de Vitoria. El día anterior las unidades atacantes habían desbordado Legutiano por los dos flancos y se encontraban en disposición de avanzar sobre Vitoria, escasamente guarnecida. En lugar de hacerlo, la avanzadilla, bastante numerosa, se detuvo para atacar inútilmente Legutiano (Villarreal de Álava) y permitir así la progresión por carretera a sus unidades pesadas y de abastecimiento.

Fuerzas rebeldes llegadas de Gipuzkoa y tropa africana rápidamente transportada en ferrocarril hasta Vitoria cerraron el paso a la ofensiva. El día 6 rompían el cerco sobre Villarreal y frustraban definitivamente la operación, aunque los combates, cada vez más tenues, continuaron hasta enero.

La ofensiva constituía parte de un plan más ambicioso que, a partir de tres líneas de avance formadas por tropas estacionadas en Santander y Bizkaia, lograra penetrar por el norte de Burgos y Vitoria para converger en Miranda. Se descongestionaba así el frente de Madrid, se ocupaba el principal nudo ferroviario del norte y se vislumbraba la posibilidad de unir las dos zonas republicanas con otra cuña que avanzara desde Aragón. Bien concebida, tuvo que superar las dificultades de la inferioridad aérea, el mal tiempo y el mal equipamiento. El factor decisivo fue, sin embargo, la primaria organización del ejército vasco-republicano, basado en el batallón mientras que las tropas de Franco se organizaban ya en brigadas y en divisiones, y la escasa formación de la oficialidad. Aquella batalla pudo haber cambiado el curso de la guerra en el norte, y, tal vez, en España. El hecho es que no fue así.

Por su parte, Mola había concentrado una fuerza importante con tres brigadas (la 1ª, la 3ª y la 4ª de las Brigadas de Navarras), a las que el 2 de abril se unió la Brigada Mixta italiana ("Flechas Negras"), con blindados, artillería pesada y de montaña, unos 130 cañones y obuses, unidades de zapadores y una fuerza aérea bajo mando alemán en varias bases de unas 150 unidades de combate. A lo largo de la ofensiva se formarían la 5ª y 6ª Brigadas de Navarra. Una de choque muy importante situada en el sur y el este de Bizkaia. Ante la imposibilidad de tomar Madrid, el Alto Estado Mayor sublevado decidió atacar el norte, por el valor estratégico de la industria vasca y el efecto moral que significaba eliminar uno de los frentes de lucha.

La noche del 31 de marzo de 1937 se iniciaron las operaciones en el frente de Bizkaia, situando el puesto de mando en Vitoria bajo el mando del general Solchaga y con el coronel Vigón como Jefe de Estado Mayor. La táctica de Mola, jefe del Ejército del Norte cuya 6ª División era la que atacaba, fue la de concentrar la tropa sobre el punto del frente a batir, realizar un bombardeo de saturación con artillería y aviación, para ser tomado a continuación al asalto por la infantería. Mientras tanto, los aviones destruían las líneas de abastecimiento de la retaguardia enemiga. La táctica defensiva del Ejército vasco-republicano hubo de ser aún más primaria ante la carencia de material pesado y aviación con que contrarrestar la ofensiva de las Brigadas de Navarra. Resistir fue la consigna. A pesar de ello, la defensa fue extraordinaria mientras las brigadas arremetían contra las resistencias.

Sin embargo el 11 de junio fue roto el cinturón de hierro por Aretxabalagañe con 140 piezas de artillería, 100 aviones, 30 batallones, una inmensa fuerza para la época, y el día 19 entraban las tropas sublevadas en Bilbao. Escenas de evacuación en los días anteriores, por tierra y mar, como los cuatro mil niños embarcados en el Habana en mayo, origen de una parte de la diáspora vasca, y toda una serie de lugares míticos, escenario de episodios de guerra entre el 1 de abril y el 19 de junio de 1937: Intxortas, Kampanzar, Kalamúa, Sollube, Bizkargi, Peña Lemona, Pagasarri. Cumbres que jalonaron el avance de los sublevados hasta Bilbao. Y sobre todo Gernika. El 26 de abril, en una operación de dudoso valor militar, por no decir sin valor militar, y gran efecto sicológico, la aviación franquista (alemana e italiana; aviones Savoia con base en Soria y Alcalá de Henares; VB -bombarderos experimentales alemanes- y Junker-52, con base en Burgos) bombardeaba a la población civil de la localidad de Gernika en día de feria, provocando varios centenares de muertos. Se inauguraba así una práctica muy empleada durante la Segunda Guerra europea: el bombardeo de ciudades.

Sin objetivo militar específico, buscaban causar el mayor daño en la moral del enemigo, sin, para ello, reparar en la altísima mortalidad que provocaban entre la población civil. O, más bien, buscando el mayor daño posible entre esa población civil como medio de minar la moral del combatiente. No era un bombardeo con fines militares o económicos. Era la guerra total. La completa destrucción del contrario sin reparar en medios. Lo empleado luego en Europa entre naciones, se empleaba en España entre nacionales. La guerra civil era algo más. Era una cruzada contra la formación "anti-española, rojo-separatista" que tenían enfrente. Eran "anti-nacionales", comunistas, anarquistas, separatistas, todos estaban "fuera de la nación". Nada importaban los medios empleados para destruirles. Aquel modo de ver las cosas se emplearía también en retaguardia.

Con la toma de Bilbao terminaba la guerra en territorio vasco, aunque las tropas del ejército vasco-republicano, en retirada, continuarían combatiendo -ya sin entusiasmo- hasta su definitiva rendición en la bolsa de Santoña (Santander, 26 de agosto). Las unidades navarras rebeldes continuaron su avance por el norte. Aunque los republicanos contraatacaran en Belchite, apenas si lograron detener a los sublevados cinco días. El coronel Solchaga rompía el 1 de septiembre el frente por San Vicente de la Barquera con cuatro brigadas navarras. Asturias había quedado aislada (refugiados y dificultades de suministro). Sin embargo, con unos 75.000 hombres en armas, la resistencia fue tenaz. Tardó un mes, 10 de octubre, en producirse un cambio decisivo al romper el frente del Sella. Arriondas e Infiesto corrían la suerte de Gernika: fueron destruidas por la Legión Cóndor, que mantenía el puerto de Gijón sometido a un intenso bombardeo. El 17 de octubre el Consejo de Asturias resolvía evacuar en muy malas condiciones. Necesitaban tres días para las destrucciones estratégicas y para evacuar a los cuadros más experimentados del ejército. El 21 de octubre de 1937, la IV Brigada de Navarra entraba en Gijón.

Las fuerzas rebeldes de Vasconia esencialmente compuestas por requetés, habían logrado para Franco, Mola había muerto ya, aniquilar un frente difícil liberando fuerzas para otras zonas, dotarle de una zona estratégica en términos económicos (altos hornos en Bilbao) y darle su primera victoria significativa.

En efecto, desde Navarra y Álava (como territorios; porque como sociedades estaban tan divididas como lo estuvieron Gipuzkoa o Bizkaia, que, por otro lado, desde octubre de 1936 y junio de 1937 respectivamente, fueron igualmente "españolas y franquistas"), se combatía por una solución radicalmente divergente de la que representaba el Gobierno vasco y republicano. Era, en parte, gente sencilla que había entendido la "República laica" como una permanente agresión a un mundo que consideraba íntimamente suyo y que identificaba con la religión católica. En esa dirección había ido toda la línea de discurso lanzada los años anteriores por los grupos de la derecha más o menos radical (que en Vasconia había calado muy hondo; Ezkio (Ezquioga), Sagrado Corazón, San Francisco Javier).

Había, también, gente de clase media y profesionales que habían evolucionado desde la derecha liberal conservadora o desde el tradicionalismo hacia las nuevas formas del autoritarismo pujantes en Europa, en clave católica, también. Y estaba el "sindicato de los intereses", el mundo financiero y empresarial que veía con simpatía las soluciones de nacionalismo económico y la eliminación del movimiento obrero organizado adoptadas en la Italia fascista o la Alemania nazi. Era, verdaderamente, una coalición desequilibrada. Mientras los primeros, gente sencilla, debía soportar en primera línea el esfuerzo militar de la guerra, las clases medias, las direcciones de los partidos y los grupos de poder económico, especialmente desde que los franquistas tomaran Bilbao, organizaban el aparato político en retaguardia. No siempre en consonancia unos con otros. Que los militares lograran finalmente imponer cierta disciplina en aquella coalición, no significa que no se dieran profundos desacuerdos entre los distintos poderes y entre los distintos proyectos.

En Navarra, como se ha dicho, se constituyó un organismo territorial que funcionó de modo autónomo del poder de Salamanca, como funcionó el Gobierno vasco respecto del poder del gobierno de la República (efectos de la guerra): la Junta Central de Guerra Carlista de Navarra. Al fin y al cabo, siempre se proclamó la condición foral de Navarra. Se trataba de una combinación de tradición foral, memoria de las guerras del XIX y del nuevo autoritarismo europeo. Fue ella la encargada de organizar la recluta militar y de asumir la dirección política de Navarra, siempre tuvo un cierto control sobre los tercios salidos de su territorio, mantuvo su Estado Mayor y dio pasos para constituir una academia militar antes incluso de que lo hiciera Fal Conde.

En sus manos estuvo la organización económica y la dirección de la hacienda, en combinación con la Diputación; para ello contó con el Crédito Navarro, la Vasconia y las Cajas de Navarra y Pamplona. Ella fue la encargada, solapando sus funciones a las instituciones regulares del Estado (del mismo modo que el partido nazi, NSDAP, se confundía con el Estado alemán) de la reorganización de los municipios y la administración preexistente, depurando los cargos públicos o funcionarios favorables a la República, de integrar en su organización desde el Orfeón Pamplonés a la Cámara de Comercio. Tenía su propia policía, luego confundida con la del Estado, y su servicio de información. En Navarra se organizó un pequeño estado de corte autoritario; siempre fiel, en todo caso, a Salamanca. Cuando Franco, en un gesto castrense y totalitario, decidió unificar a todos los partidos y grupos en la FET de las JONS (19 abril 1937), negoció con Martínez Berasáin, no con Fal Conde, quien se hizo acompañar por el Conde de Rodezno y Martínez Morentín (12 de abril de 1937). Es decir, negoció con el carlismo navarro. Previamente, el 4 de abril, se había reunido una magna asamblea de personalidades navarras para exigir un cambio de rumbo en el carlismo de Fal y Don Javier.

A cambio de aquella sintonía, la Junta navarra controló los movimientos políticos en las provincias vascas. Las Juntas de Guerra guipuzcoana y vizcaína se hicieron tras consultarla, aunque la personalidad de José María Oriol en la segunda generaba alguna desconfianza. Controló directamente las nuevas unidades del requeté formadas en aquellas provincias nombrando a sus mandos. Se hizo con su propia radio, Radio Requeté, con sede también en Vitoria. Incautó la rotativa de El Liberal de Bilbao para emplearla en el Pensamiento Navarro, logró apoyos económicos para El Pueblo Vasco de Bilbao y el Diario Vasco de San Sebastián. Y llegó a nombrar representantes propios en París. Álava funcionó discretamente como una provincia más de las controladas por los sublevados bajo la égida navarra, que llegó a controlar políticamente Gipuzkoa y Bizkaia. Hasta que entre 1937 y 1938 se intentó la única experiencia radical, una especie de totalitarismo foralista dirigido por el periodista navarro Eladio Esparza y el político local José María Elizagárate (partido único de fuerte movilización, refuerzo de la liturgia nacional-católica, intervención directa en todos los órganos de la sociedad civil, confusión Estado-partido, ideología oficial católico-foral, megafonía en las calles que interrumpía con una marcha o el Ángelus el discurrir de los transeúntes, etc.).

Podría hablarse de un fascismo pasado por los autos sacramentales barrocos y por el foralismo. Eladio Esparza, el que fuera subdirector del Diario de Navarra, y promotor de algunas de las ceremonias más espectaculares de primera hora en Pamplona, fue nombrado Gobernador Civil. Inmediatamente designó Delegado de FET a José María Elizagárate, y al poco, Diputado General. Aquella fórmula, por radical, chocó con las cámaras económicas, los colegios profesionales y con múltiples intereses locales, además de con la ciudadanía, que padecía una intensa e impostada movilización y una brutal represión. Fue yugulada el verano de 1938 desde el Consejo de Ministros y sustituida por una fórmula de pretendido apoliticismo autoritario y paternalismo, de adhesión inquebrantable sin movilización, hecha de valores tradicionales (religión y buena costumbre). Lo que sería el franquismo definitivamente.

La guerra se hacía para "eliminar el mal del ateísmo". La retaguardia era, en ese sentido, una prolongación -si se quiere, más cruel- del frente. Se encarcelaba y hacía desaparecer al "otro" (socialista, republicano, comunista, anarquista o nacionalista) como parte del propio programa político que les había llevado a levantarse en armas contra la República. Así es como se produjo una ingente matanza, encarcelamiento, deportación, depuración en el funcionariado y laboral, y represión general de toda disidencia demostrada o, en muchos casos, sospechada (casi 3.000 muertes por causa política solamente en Navarra, en general sin proceso, durante los años de guerra). Todo en aras de la "extirpación definitiva del mal". Aquella actividad quedaría institucionalizada como parte del régimen de Franco con los Tribunales de Responsabilidades Políticas que buscaban castigar sistemáticamente a la "otra España".

Todo por una España católica reconquistada desde aquella "nueva Covadonga". Era esencial que la Iglesia estuviera con ellos. Así fue. Los dos prelados, el guipuzcoano Mateo Múgica, y el navarro Marcelino Olaechea, redactaron una pastoral en la línea del nacional-catolicismo, condenando la "deserción" de los católicos nacionalistas del PNV. Sin embargo, no fueron muy flexibles a la hora de las depuraciones de sacerdotes nacionalistas. Especialmente, monseñor Múgica, ya enfrentado con José Luis Oriol. Se le organizó un viaje al Vaticano por labores misionales y quedó extraterrado. A partir de la marcha de Múgica y el nombramiento de Pérez Ormazábal como vicario general, se dio una total reorganización de la estructura eclesiástica de la Diócesis, especialmente en el obispado y el Seminario. Hubo 45 sacerdotes presos en la prisión de Nanclares, además de numerosos desterrados, etc..

El triunfo militar en una guerra, un aparato policial contundente contra cualquier signo de disidencia y un apoyo social nada desdeñable en un territorio en el que una clase media católica, la alta burguesía industrial y de los negocios, y sectores populares radicalmente antirrepublicanos habían apoyado la sublevación, hicieron inapelable el triunfo del franquismo en aquellos primeros años. Esto a pesar de existir la oposición más estructurada del territorio español, con apoyos sociales, a su vez, más consistentes.

Su consolidación se basó en el establecimiento de un Estado de corte totalitario y la realización de una política económica marcadamente nacionalista e intervencionista según la tradición inaugurada por Primo de Rivera y siguiendo el modelo de economía autárquica italiana. En lo que respecta a su idea de la organización del Estado venía presidida por un nacionalismo español de corte tradicionalista, pilar y sustento de la nueva ideología oficial. Desde una idea tradicional de España, más próxima a la España de los Austrias que a la extranjerizante de los Borbones, se dio cabida al concepto de foralidad. Esto permitió una apreciable potestad administrativa y económica a los territorios de Navarra y Álava. Gipuzkoa y Bizkaia, sin embargo, fueron castigadas como hemos visto.

Vasconia fue uno de los primeros lugares en que fue organizándose el Nuevo Estado como tensión entre los grupos radicales, los intereses de la Junta carlista navarra, la influencia de los hombres de Neguri y los nuevos hombres fuertes, los militares.

Si el consumo de mineral-hierro por Altos Hornos de Vizcaya en 1937, en pleno esfuerzo de guerra del Gobierno vasco, había caído hasta las 195 mil toneladas frente a las 329 mil de 1933, año de crisis, en 1938 con Bilbao ya en manos de los sublevados la producción había ascendido a 461 mil. Un aumento del 136 por ciento; algo espectacular. El consumo de cemento pasó de las 37 toneladas a las 109 mil en el mismo intervalo, 195 por ciento de aumento. En cuanto al mundo financiero, si en la Bolsa de Madrid entre 1936 y 1944 la contratación de renta variable caía una quinta parte y a la mitad en la de Barcelona, en la de Bilbao se multiplicaba por seis y por treinta la renta fija. Los beneficios de la banca bilbaína ascendieron de los casi 24 millones de pesetas en 1935 a los casi 143 millones en 1948. El Bilbao de los sublevados era la capital del dinero.

La recuperación de la producción y la actividad financiera en el País Vasco, especialmente en Bilbao pero también en el sector metalúrgico de Gipuzkoa, fue espectacular. También la tasa de beneficio de las grandes empresas y los bancos, especialmente el Bilbao y el Vizcaya. De modo que las grandes familias vizcaínas de los Chavarri, Gandarias, Urquijo, Ybarra, Ampuero, etc., que vieron confirmada su posición con el nuevo régimen, se vincularon intensamente a él -en mayor medida que otros grupos empresariales, como los catalanes-. Aquella rápida expansión económica de la posguerra estuvo basada en una política de radical nacionalismo económico. Fue la época de la autarquía propiciada por los jerarcas del régimen como modelo de gestión económica nacional. Era el modelo vigente en Italia y del que se tomaron los principios, las instituciones e incluso la legislación y normativa.

La industria vasca en general y, especialmente, el complejo industrial y financiero bilbaíno, estaban en inmejorables condiciones para aprovechar aquella coyuntura económica. Por decisión del nacionalismo vasco, la industria estratégica del norte que fue cayendo en manos de los sublevados en septiembre de 1936 y durante 1937 conservó casi intacto su capital orgánico,contraviniendo con ello las órdenes del gobierno republicano de inutilizar la capacidad productiva de la industria estratégica que fuera a caer en poder del enemigo. Los altos hornos pudieron ponerse a pleno rendimiento en el propio 1937. Los astilleros, la industria química y de explosivos, las metalúrgicas y las de material ferroviario, las navieras estuvieron disponibles para hacer frente a la reconstrucción, desde el primer momento bajo las Comisiones Militares de Incorporación y Movilización. Otro tanto ocurrió con la poderosa red financiera vasca: el Banco de Bilbao, el Banco de Vizcaya, etc. y sus Cajas de Ahorro pronto recuperaron los efectivos incautados por el gobierno republicano. Por su parte las Cajas alavesas y el Crédito Navarro ya venían colaborando en dicha labor.

El sector laboral, a pesar de su escasez inicial, fue sometido a un estricto ritmo de trabajo y a aumentos continuados de horario, sin que ello repercutiera necesariamente en los salarios ni existiera, naturalmente, capacidad de respuesta. Sólo algunos estrangulamientos en el abastecimiento de materias primas y las restricciones en el suministro de energía eléctrica limitaron las posibilidades de crecimiento de aquel complejo industrial. Fue la época pujante de Altos Hornos de Vizcaya (que se hacía con el control de la Siderúrgica Mediterránea de Sagunto, en Valencia, 1940), de Firestone, Babcock-Wilcox, Sefanitro (controlando la producción de fertilizantes), de Iberduero (fundada en 1944 por la fusión de Hidroeléctrica con otras empresas, y que controló buena parte de la producción eléctrica española), y de los Bancos de Bilbao y Vizcaya.

Pero fue también la época en que la producción llegó a resentirse a causa de la "depauperación física del obrero por alimentación deficiente", tal como rezaban los informes de la patronal. Tiempo de hambre e inflación; tiempo en que el índice de precios clandestino entre 1936 y 1946 se multiplicaba por diez y el del pan por veinte, mientras los salarios subían tan sólo un 19%. Con ello el poder adquisitivo se reducía casi a la décima parte. Tiempo de racionamiento y hambre por la carencia de productos de primera necesidad como el pan, el carbón, la carne o el pescado. Días de "plato único", días "sin fumar". Todos en el contexto de una economía de guerra y de éxito relativo.

La guerra había tenido unos efectos devastadores en el tejido social del País. Había provocado masivos desplazamientos de población (en torno a dieciséis mil guipuzcoanos desplazados a Bizkaia entre 1936 y 1937 y otros miles de refugiados en Francia en el mismo periodo). Al exilio había que añadir los prisioneros, que lentamente irían volviendo a sus casas en difíciles condiciones, las ejecuciones sumarias y las bajas de guerra. Las dificultades de avituallamiento que se arrastraban desde la guerra hicieron aún más difícil afrontar el bloqueo al que le sometieron las potencias aliadas en la posguerra.

El Estado totalitario español se organizaba sobre cuatro pilares:

  1. Lo que los nazis llamaron el Gleichschaltung (organismos de igualación social) que integraba a toda persona en el engranaje asociativo del Estado
  2. Una organización corporativa de las instituciones estatales
  3. Una ideología de Estado -a modo de mito nacional- que identificara la nación con la propia función y objetivos de éste (y, como corolario, la expulsión de la vida social de todo disidente tildado de elemento antinacional)
  4. El desarrollo de un mundo simbólico y ritual que visualizara ostentosamente ante la población aquella comprensión de las cosas. Para su ejecución capilar (pueblo a pueblo, parroquia a parroquia) un partido único (la Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S.; a pesar del mutuo desencuentro que provocó, entre otros hechos, un grave incidente en Begoña, con explosivos y heridos, en 1942) y la idea de crear una comunidad nacional con un destino en la historia.

Todo esto fue tomando forma desde 1937 en Vasconia. Ya en 1938 -y por ley de 1939- todas las asociaciones recreativas (caso de la Vitoriana de Espectáculos S.A., el Orfeón Pamplonés y otras en todo Vasconia) fueron a integrarse en lo que luego sería la Obra Sindical de Asociación y Descanso, siguiendo el modelo del Dopolavoro italiano. Desde ella, terminada la guerra, se irían organizando todas las actividades deportivas (fútbol, gimnasia, etc.) y de esparcimiento (excursiones, vacaciones veraniegas, etc.) de los trabajadores, buscando integrar en organizaciones promovidas desde el gobierno todas las actividades del "hombre productor". Aquella actividad, y las sucesivas, vino a estar inspirada y normativizada por el Fuero del Trabajo (versión española de la Carta del Lavoro, aprobado en marzo de 1938), propuesta de carta magna nacional-sindicalista que aspiraba a proponer una vía intermedia entre lo que llamaba el capitalismo liberal y el materialismo marxista, con elementos del catolicismo social, de fuerte impronta en España y Vasconia.

Inicialmente fue desde el Ministerio de Organización y Acción Sindical desde el que se intentó articular aquel proyecto de encuadramiento masivo de la población. Pero pronto se organizaron "servicios sindicales" en cada provincia a partir de absorber los restos de la CESO, la ONC y la CONS falangistas. Todo ello bajo la atenta supervisión del Delegado Provincial de la FET e integrados en una gran organización sindical creada por decreto en abril como Central Nacional Sindicalista (CNS). En ella se integraron también las organizaciones patronales (aunque la Liga Vizcaína de Productores y la Liga Guipuzcoana sobrevivieron con dificultad), las Cámaras de Comercio y Agrarias, los colegios profesionales, y otras organizaciones económicas y recreativas.

Una función similar, encuadrar a la población y suplir a la iniciativa privada en todos los aspectos de la vida diaria del mundo del trabajo, vinieron a cumplir la Sección Femenina entre las mujeres, creando las que llamaron Escuelas de Hogar y grupos de coros y danzas, etc., y el Frente de Juventudes entre las generaciones más jóvenes (Hogares Juveniles en pueblos y ciudades y, sobre todo, campamentos para el verano). Ninguna actividad social, o incluso privada, podía desarrollarse al margen del Estado. Toda la socialización de los miembros de la comunidad nacional debía ser supervisada por el Estado a través de su red de organizaciones.

A reforzar esa idea de España-católica vinieron toda una serie de coronaciones multitudinarias de las Vírgenes y patronas más populares del País Vasco, ya desde la jornada de desagravio a la Virgen de Begoña presidida por el nuncio papal monseñor Antoniutti el 15 de agosto de 1937. En septiembre de 1941 se proclamaba patrona de Álava a la Virgen de Estíbaliz. En 1943 acudía la representación más alta del Estado, general Franco, a honrar a la Virgen de Aránzazu en su día. Y en septiembre de 1952 la Diputación navarra organizaba con gran solemnidad el acto masivo de la coronación de la Virgen de Ujué. Procesiones de Corpus, del Sagrado Corazón, o del Viernes Santo organizadas como grandes jornadas de afirmación patriótica; la javierada de 1941 (peregrinación de jóvenes navarros a Javier, cuna de San Francisco, patrono de Navarra) concebida como prolongación de la cruzada de la guerra del 36, misas de campaña en plena calle, Via Crucis multitudinarios como el celebrado en Bilbao en 1940, reposiciones de imágenes del Sagrado Corazón, Congresos Eucarísticos, Misiones públicas y masivas que recordaban a las misiones barrocas, todo hacía vivir a la gente de la época en una especie de fervor religioso y patriótico permanente.

Era un sistema en que, parafraseando a Dahrendorf, cada acción y cada minuto de la vida del "ciudadano" se encontraba sometido al control y a la regulación del Estado. Un Estado que se veía a sí mismo como la propia personificación de la nación encendida por el espíritu católico. Sobre esa estructura así organizada se erigía un sistema de poder. En el País Vasco de las finanzas y la industria fue el que ocupó los cargos de responsabilidad provincial y las alcaldías de las grandes ciudades. Incluso los Careaga, Ybarra, Lequerica, Oriol, Areilza, Rodezno, etc. alcanzaron los más altos niveles en la estructura del Estado.

Esto ocurría entre la gente asimilada al régimen, por adhesión o por acomodación. Otra cosa era lo que ocurría con aquéllos que se oponían o simplemente discrepaban de aquel modo autoritario de gobierno. A pesar de algún intento de integración, que no pasaría del perdón cristiano, el tratamiento en esos casos era la persecución y la penalización de sus conductas, e incluso de su modo de pensar. Fue aquélla una situación de guerra sostenida: existían los vencedores, quienes habían conquistado el derecho al beneficio en todos los ámbitos, y los vencidos, para quienes incluso las migajas eran un regalo. Ése era el estado de cosas que presidía cada acto de la vida cotidiana e inspiraba la propia legislación. La falta de libertades era absoluta: ni existía libertad de prensa, ni libertad sindical, de asociación o de expresión. Los derechos humanos eran sistemáticamente incumplidos. Y aparte queda la historia de aquéllos que atravesaron la frontera y malvivieron en los campos de internamiento franceses y tuvieron que sobrevivir al exilio.

JUT

En Vasconia los resultados de las elecciones legislativas de febrero-marzo de 1936 reflejaron una lucha política triangular: las derechas del Bloque contrarrevolucionario (Comunión Tradicionalista, Renovación Española y la CEDA) obtuvieron ocho diputados (los siete de Navarra y uno por Álava); el PNV, ubicado en el centro político, logró nueve escaños (cinco en Bizkaia y cuatro en Gipuzkoa), y las izquierdas del Frente Popular ( PSOE, Izquierda Republicana, Unión Republicana, Partido Comunista de Euskadi y Acción Nacionalista Vasca) consiguieron siete (cuatro en Bizkaia, dos en Gipuzkoa y uno en Álava). Teniendo en cuenta el número de los diputados, cabe apuntar la existencia de un triángulo político casi equilátero en la Vasconia de 1936. Esto era cierto en Euskadi (Álava, Bizkaia y Gipuzkoa), donde había un equilibrio de fuerzas entre esos tres bloques, pero en modo alguno en Navarra, donde la hegemonía derechista era absoluta al copar toda su representación en las Cortes y controlar la importante Diputación Foral.

Tras la victoria electoral del Frente Popular en España y la formación del Gobierno republicano de Azaña, el nacionalismo de José Antonio Aguirre y el socialismo de Indalecio Prieto llegaron a una entente cordial con el Estatuto de autonomía como mínimo común denominador. Esto facilitó su rápida discusión en la Comisión de Estatutos de las Cortes, que abrevió mucho el texto refrendado por el pueblo vasco en noviembre de 1933, siguiendo los criterios de Prieto, presidente de dicha Comisión, asumidos por Aguirre, secretario de la misma; de ahí que haya sido denominado "el Estatuto de las izquierdas".

En la primavera de 1936, la proximidad de su aprobación parlamentaria contribuía a integrar al nacionalismo en el régimen republicano, lo cual coadyuvó a que Bizkaia y Gipuzkoa viviesen una situación mucho menos conflictiva que de 1931 a 1934, en contraste con la violencia política y social desatada en otras zonas de España. A diferencia de Euskadi, Navarra continuó siendo un foco de intenso antirrepublicanismo, pues el carlismo aceleró la preparación del golpe potenciando su nutrida organización paramilitar, el Requeté, sustentado en los jóvenes de la Agrupación Escolar Tradicionalista. Por eso, la dinámica imperante fue la conspiración contra la República, favorecida porque su director, el general Emilio Mola, era el jefe de la Comandancia militar de Pamplona, donde pudo conspirar a sus anchas. Aunque con dificultades por no ser monárquico tradicionalista, Mola acabó llegando a un acuerdo con el carlismo navarro del conde de Rodezno, que se sumó masivamente al pronunciamiento militar del 18 de julio. En una situación similar se encontraba Álava, en donde el carlismo era la primera fuerza política, pero no tenía la neta hegemonía de Navarra. Su líder José Luis Oriol, de familia capitalista bilbaína, apoyó con dinero y con armas la sublevación, cuya cabeza en Vitoria fue el teniente coronel Camilo Alonso Vega.

Así pues, en las cuatro provincias coexistían dos dinámicas políticas antagónicas tras las elecciones de 1936: en Bizkaia y Gipuzkoa había una clara mayoría a favor de la autonomía y la República, fruto del entendimiento entre el PNV y el Frente Popular; en cambio, en Álava y, sobre todo, en Navarra la mayoría era enemiga del régimen republicano y se preparaban conjuntamente el golpe militar y la insurrección carlista. En suma, Estatuto versus conspiración era la dualidad clave de Vasconia en la coyuntura crucial de 1936. El estallido de la Guerra Civil confirmó esta disyuntiva y la división territorial en dos zonas enfrentadas: por un lado, Gipuzkoa y Bizkaia, con el Gobierno republicano; por otro, Álava y Navarra, con el ejército sublevado. Igualmente, las fuerzas políticas se polarizaron en dos frentes: el nacionalismo vasco y las izquierdas defendieron a la República, las derechas apoyaron a los alzados en armas contra ella.

Desde el 19 de julio los militares rebeldes y miles de voluntarios carlistas se apoderaron de Navarra y de casi toda Álava (salvo los valles cantábricos, próximos a Bilbao), imponiendo la contrarrevolución, y se lanzaron a la reconquista de Gipuzkoa, haciendo de Navarra una especie de nueva Covadonga. Inmediatamente, persiguieron a las izquierdas y al PNV, clausurando su prensa y sus centros. La represión fue muy cruenta en Navarra con más de dos mil fusilados, a pesar de ser el mayor feudo derechista y de la ausencia de guerra en el territorio foral, hasta el punto de que el obispo de Pamplona, Marcelino Olaechea, aun siendo muy favorable a los sublevados, les exhortó a "no más sangre", a finales de 1936.

En cambio, el golpe de Estado fracasó por completo en Bizkaia y Gipuzkoa. En Bilbao las tropas no salieron de los cuarteles de Garellano y los jefes implicados en él fueron detenidos. A diferencia de las otras provincias, el gobernador civil, el republicano José Echeverría Novoa, permaneció en su puesto y fue el presidente de la Junta de Defensa de Vizcaya, el organismo revolucionario integrado por el Frente Popular, la CNT y el PNV, que gobernó esta provincia durante el verano de 1936. En general, dicha Junta logró controlar la situación y mantener el orden público, con la grave excepción del asesinato de más de un centenar de presos en dos barcos-prisiones fondeados en la ría de Bilbao (caso del ex diputado liberal Gregorio Balparda) como represalias por los bombardeos de la aviación rebelde sobre Bilbao y su comarca.

En San Sebastián hubo sublevación militar, si bien tardía y mal organizada, y las fuerzas obreras necesitaron una semana para aniquilarla, tomando los cuarteles de Loiola. El poder republicano desapareció, al marcharse el gobernador civil Jesús Artola, y fue sustituido por una Junta de Defensa, presidida por el diputado del PSOE Miguel Amilibia y dominada por socialistas, comunistas y anarquistas. En Gipuzkoa, en especial en la zona de San Sebastián a Irun, tuvo lugar una revolución efímera, pues el ejército de Mola conquistó la provincia en agosto y septiembre. En ella se produjeron graves desmanes por los más extremistas, que asaltaron las cárceles de San Sebastián, Tolosa y Hondarribia y mataron a varios cientos de presos derechistas (entre ellos, el católico José María de Urquijo y los ex diputados tradicionalistas Joaquín Beúnza y Víctor Pradera), a pesar de los intentos del PNV por impedirlo desde la Comisaría de Orden Público. En Gipuzkoa, salvo en la Junta de Azpeitia (presidida por el diputado Manuel Irujo), donde organizó sus milicias, el PNV no controlaba la situación, pues su representación fue muy minoritaria en las Juntas de Defensa de San Sebastián, Irun y Eibar, de hegemonía izquierdista. La actuación del PNV fue escasa en la importante batalla del Bidasoa por la frontera con Francia, que cayó en manos de los sublevados en los primeros días de septiembre, siendo una pérdida relevante para la República.

Esta pasividad de la mayoría del nacionalismo vasco en la primera fase de la guerra en Euskadi, antes de la aprobación del Estatuto, obedeció a varios motivos. El PNV era un partido católico y moderado, que en la República había evolucionado en sentido democrático-liberal, pero que no formaba parte del Frente Popular, ni se hubiese aliado con él de no ser por la Guerra Civil. Esta coyuntura excepcional le forzó a tomar partido, pues su neutralidad era imposible. Sin entusiasmo, como reconoció a posteriori su dirigente Juan Ajuriaguerra, presidente del BBB, y a costa de algunas defecciones, sobre todo en Navarra y Álava, el PNV optó por la República, porque con ella tenía el Estatuto al alcance de la mano, objetivo imposible de conseguir con las derechas españolas unitaristas y golpistas. Esta decisión trascendental, auténtica prueba de fuego de su evolución democrática, la publicó enseguida en su diario oficial Euzkadi (Bilbao, 19 de julio de 1936). Pero durante el verano la autonomía vasca no era aún una realidad política, sino tan sólo un proyecto de ley en las Cortes. Además, los obispos de Vitoria, Mateo Múgica, y Pamplona, Marcelino Olaechea, habían considerado ilícita (Non licet) la unión de los nacionalistas vascos católicos con los republicanos y socialistas contra los carlistas y demás católicos españoles, en su pastoral del 6 de agosto. Ante ello, los dirigentes nacionalistas consultaron a varios clérigos vascos, quienes apoyaron su actitud, y enviaron a Roma al canónigo Alberto Onaindia con un Informe para el Vaticano justificando su comportamiento en la Guerra de España.

A mediados de septiembre, coincidiendo con la pérdida de San Sebastián y el desmoronamiento del frente guipuzcoano, una comisión del PNV, encabezada por Aguirre y Ajuriaguerra, negoció en Madrid con el presidente Largo Caballero y el ministro Prieto su ingreso en el Gobierno republicano a cambio de la inmediata entrada en vigor del Estatuto. En la última semana de septiembre y la primera de octubre se consumó de pleno derecho el pacto político y militar del PNV con el Frente Popular mediante tres acontecimientos históricos: el nombramiento de Manuel Irujo como ministro sin cartera del Gobierno de Largo Caballero, la aprobación del Estatuto por las Cortes republicanas reunidas en Madrid y la formación del Gobierno provisional de Euskadi, de coalición PNV/Frente Popular.

El Estatuto vasco, cuyo modelo fue el catalán de 1932, creaba una región autónoma con las provincias de Álava, Gipuzkoa y Bizkaia, aunque de hecho sólo pudo aplicarse en esta última y en pequeños enclaves de las otras dos: los valles cantábricos y la zona de Eibar a Elgeta. Su contenido fue mucho más limitado que el proyecto plebiscitado en 1933, desapareciendo las menciones a una futura integración de Navarra y a una posible restauración foral, caras al PNV, debido a estar inspirado por las izquierdas, que no eran foralistas, si bien mantuvo la vigencia del Concierto económico de 1925 como base de la Hacienda autónoma.

Su texto se dividía en cinco títulos (disposiciones generales, extensión de la autonomía, organización del País Vasco, Hacienda y modificación del Estatuto), con tan sólo catorce artículos, que se centraban en la enumeración de las competencias autonómicas y apenas regulaban los poderes ejecutivo y legislativo. Una disposición transitoria, consecuencia de la guerra, establecía un procedimiento urgente y excepcional para nombrar al presidente y a su Gobierno, ante la imposibilidad material de celebrar elecciones al Parlamento vasco. En cumplimiento del mismo, el líder carismático del PNV José Antonio Aguirre fue elegido lehendakari, por unanimidad de los concejales vascos que pudieron votar, el 7 de octubre de 1936 en la Casa de Juntas de Gernika.

A partir de la vigencia del Estatuto y la formación del Gobierno de Aguirre, el curso de la Guerra Civil en Euskadi se modificó de forma sustancial, tanto por darse un viraje hacia el orden y la moderación como por cambiar de manos el poder político: la hegemonía pasó de las Juntas de Defensa, que desaparecieron, al Gobierno vasco, del Frente Popular al PNV En efecto, este partido ostentó la Presidencia y las principales Consejerías, que eran auténticos Ministerios: Defensa (también Aguirre), Justicia y Cultura (Jesús María Leizaola), Gobernación (Telesforo Monzón) y Hacienda (Heliodoro de la Torre). Los cinco partidos del Frente Popular desempeñaron más carteras, pero mucho menos importantes: Industria (Santiago Aznar), Trabajo, Previsión y Comunicaciones (Juan de los Toyos) y Asistencia Social (Juan Gracia), del PSOE; Comercio y Abastecimientos (Ramón María Aldasoro), de Izquierda Republicana; Sanidad (Alfredo Espinosa), de Unión Republicana; Obras Públicas (Juan Astigarribia), del Partido Comunista de Euskadi, y Agricultura (Gonzalo Nárdiz), de Acción Nacionalista Vasca. Quedó excluido del Ejecutivo vasco, por la negativa del PNV, el sindicato anarquista CNT, que formó parte de los Gobiernos republicano y catalán. Fue un Gabinete presidencialista pues Aguirre concentró muchos poderes y funciones en su doble condición de lehendakari y consejero de Defensa y al militarizarse buena parte de la industria, la justicia, la sanidad... No sufrió ninguna crisis en Euskadi y su única baja fue el consejero Espinosa, apresado y fusilado por los franquistas en junio de 1937.

Tal cambio significativo quedó de manifiesto en el programa, moderado y nada revolucionario, que Aguirre hizo público al constituir su Gobierno el mismo día 7 de octubre en Gernika. Su contenido reflejaba la hegemonía nacionalista al hacer hincapié en estos aspectos: el respeto a la libertad religiosa y la seguridad del clero, el mantenimiento del orden público y la creación de la policía foral (Ertzaña), el sometimiento de los presos políticos y militares a los tribunales de justicia, la protección del modesto industrial y comerciante, el acceso de los trabajadores a los beneficios de las empresas y de los campesinos a la propiedad de los caseríos y las tierras que cultivaban, la enseñanza y la cooficialidad del euskera, la salvaguarda y el fomento de las "características nacionales del pueblo vasco", etc.

La política realizada por el Gobierno vasco fue en gran medida la preconizada por el PNV en los ámbitos más importantes que se hallaban bajo su jurisdicción: la defensa y el ejército, la economía y la hacienda, la justicia y el orden público, la educación y la cultura, la cuestión religiosa y las relaciones internacionales, desarrolladas por el presidente Aguirre. El Frente Popular de Euskadi no desapareció, pero llevó "una vida raquítica" desde la formación del Gobierno autónomo, según reconoció su Comité Central. Su programa, publicado en el diario "El Liberal" (Bilbao, 11 de marzo de 1937), no coincidía con el gubernamental en temas básicos de la política económica (nacionalizaciones) y de la política militar (unificación de las milicias de partidos y sindicatos), en los cuales se impusieron los postulados del PNV, que no quiso perder el control de sus batallones (Euzko Gudarostea), ni nacionalizar la banca y las grandes fábricas, como Altos Hornos de Vizcaya, cuya producción cayó en picado durante los meses de guerra.

En la primera semana de octubre, el frente militar quedó estabilizado en el límite entre Gipuzkoa y Bizkaia, así como entre esta ultima provincia y Álava, y permaneció sin alteraciones hasta el 31 de marzo de 1937, pues la única ofensiva del ejército vasco sobre Legutiano fracasó en los primeros días de diciembre de 1936. Durante ese medio año de relativa tranquilidad, el Gobierno vasco construyó la administración autonómica sobre el reducido territorio que controlaba, y la ensanchó de tal manera que absorbió casi todas las competencias de las restantes administraciones (municipal, provincial y estatal), sobrepasando ampliamente la letra del Estatuto. En ello influyó mucho la coyuntura bélica y el aislamiento del frente Norte del resto de la zona republicana, pero también el deseo del PNV de crear un Estado vasco, su meta política, pues la autonomía era sólo un "escalón de libertad", según resaltó su portavoz al día siguiente de la aprobación del Estatuto (Euzkadi, 2 de octubre de 1936).

De octubre de 1936 a junio de 1937, el Gobierno de Aguirre transformó lo que era un Estatuto de mínimos en una autonomía de máximos y convirtió Euskadi, que nació entonces por vez primera en la historia como entidad jurídico-política, en un pequeño Estado semi-independiente, cuya capital fue Bilbao, con todos sus atributos: mantuvo relaciones exteriores a través de sus delegaciones en el extranjero, sobre todo en Francia y Gran Bretaña; formó el ejército regular de Euskadi, con unos cuarenta mil soldados encuadrados en noventa batallones de partidos y sindicatos (veintiocho del PNV, trece del PSOE, nueve de las Juventudes Socialistas Unificadas, ocho del P.C. de Euskadi, ocho republicanos, siete de la CNT, cuatro de ANV, tres de ELA-STV, dos de Euzko Mendigoizale Batza y ocho oficiales), ejército mandado políticamente, e incluso militarmente en mayo de 1937, por Aguirre como consejero de Defensa; constituyó la marina auxiliar de guerra con unos pocos barcos bacaladeros (bous) que libraron un desigual combate contra el crucero franquista "Canarias" (batalla de Matxitxako, 5 de marzo de 1937); acuñó moneda y expidió pasaportes; concedió indultos y reorganizó la justicia, con la Audiencia Territorial y los Tribunales Popular, Militar y Económico-Administrativo Superior de Euskadi; creó la Universidad vasca, con la Facultad de Medicina en el Hospital Civil de Bilbao, y numerosos organismos de todo tipo: la Academia Militar, la Cruz Roja, los Consejos de Obras Públicas, de Cultura y de Trabajo, los Colegios Notarial y de Profesores de Euskera, etc., según consta en el voluminoso Diario Oficial del País Vasco (Bilbao, 1936-1937).

Tan gran concentración de poderes en manos del primer Gobierno vasco contribuyó a hacer de la Euskadi autónoma una especie de oasis dentro de la España republicana, consecuencia de la naturaleza singular de la Guerra Civil en Bizkaia y del predominio alcanzado por el PNV Este denominado "oasis vasco", de índole política y religiosa, se manifestó en varios hechos diferenciales significativos con respecto a la República.

  • El respeto a la Iglesia

Una de sus mayores peculiaridades consistió en que el País Vasco fue la única comunidad española donde se dio una auténtica guerra civil entre católicos, que enfrentaba a dos grandes partidos confesionales, el PNV y la Comunión Tradicionalista. La hegemonía del PNV hizo que en Bizkaia no se desencadenase la cruenta persecución religiosa de la zona republicana, sino que la Iglesia fuese respetada y el culto subsistiese. Más aún, una parte del clero vasco, proclive al nacionalismo, colaboró con el Gobierno autónomo, tanto en la cultura y la enseñanza como en el ejército (los capellanes de los gudaris o soldados nacionalistas).

Paradójicamente, la autonomía religiosa, que fue imposible con el Estatuto de Estella en 1931, existió de hecho con el Estatuto de 1936, aunque no figuraba en su texto. Esta cuestión fue muy esgrimida por la propaganda del Gobierno vasco, que realizó dos cortometrajes de temática religiosa: Entierro del benemérito sacerdote vasco José María de Korta y Uribarren, muerto en el frente de Asturias y Semana Santa en Bilbao (1937). Y tuvo gran trascendencia política, pues desmentía la justificación de la Guerra Civil como una cruzada por los generales sublevados y los obispos españoles, en especial el cardenal-primado de Toledo, Isidro Gomá, quien sostuvo una polémica pública con José Antonio Aguirre acerca del significado de la contienda: su causa no era religiosa sino social y económica, según el lehendakari. En este terreno, en el País Vasco se dio una situación inversa a la existente en el resto de España: los militares rebeldes desterraron a Roma al obispo de Vitoria, Mateo Múgica, pese a apoyarles, fusilaron a dieciséis sacerdotes por considerarles nacionalistas (entre ellos, el ideólogo del PNV José Ariztimuño, "Aitzol") y encarcelaron a bastantes clérigos vascos, marchando otros al exilio en Francia y en América.

  • La ausencia de revolución social

A diferencia también de la España republicana, en la Euskadi autónoma no se produjo una revolución socioeconómica, pues no hubo colectivizaciones industriales o agrarias por parte de los sindicatos. El Gobierno vasco procuró controlar las grandes empresas y los bancos, por medio del Comité de la Banca Vasca, pero sin nacionalizarlos, y respetar la propiedad privada, salvo las incautaciones necesarias para el esfuerzo bélico y de propiedades de destacados derechistas partidarios de los sublevados (caso de los diarios bilbaínos La Gaceta del Norte, del católico José María de Urquijo, y El Pueblo Vasco, de la familia monárquica Ybarra). La política social llevada a cabo por el Gabinete de Aguirre se inspiró en la doctrina socialcristiana, asumida por el PNV y el sindicato ELA-STV, intentando aplicar en algunas empresas su idea del salario familiar, lo cual fue criticado por periódicos del Frente Popular como El Liberal y Euzkadi Roja.

No hubo conflictos laborales ni sociales pese a la penuria económica e incluso el hambre que sufrió la población vizcaína, agravada por la llegada de decenas de miles de refugiados de Gipuzkoa y por el bloqueo marítimo de Bilbao por parte de la armada franquista. Al mantenimiento de la paz social coadyuvó la buena labor de los Departamentos socialistas de Trabajo y Asistencia Social. Este último organizó comedores y alojamientos colectivos para los necesitados y los refugiados, cuyos gastos sufragó con los beneficios obtenidos gracias a la incautación de los cines y teatros de Bilbao. El cine, en especial comedias americanas y españolas, fue el espectáculo más popular y el principal medio de distracción de la población para evadirse de la trágica coyuntura bélica.

  • Un pluralismo mayor que en el resto de España

Durante el año escaso que duró la guerra en Bizkaia, el pluralismo no desapareció por completo, si bien se redujo por la represión contra las derechas. Pero el espectro político y sindical vasco era más amplio que en las zonas republicana y franquista, pues abarcaba desde los católicos del PNV y ELA-STV hasta los anarquistas de la CNT, pasando por los cinco partidos integrantes del Frente Popular de Euskadi, además del grupo independentista radical Euzko Mendigoizale Batza, cuyo portavoz fue el semanario bilbaíno Patria Libre, continuador del Jagi-Jagi de la República. Buena prueba de ello fue la numerosa prensa de Bilbao (con una treintena de diarios, semanarios y revistas), en la cual se publicaron controversias políticas entre nacionalistas, socialistas y comunistas sobre el carácter de la guerra en Euskadi o las relaciones entre el problema nacional y la cuestión social. La prensa anarquista (la revista Horizontes y el periódico CNT del Norte) fue la más crítica con la actuación moderada del Gobierno vasco y, por ello, la que más padeció la censura gubernativa, que afectó también a los diarios socialista (El Liberal, de Prieto), comunista (Euzkadi Roja) y nacionalista de izquierda (Tierra Vasca).

  • Una justicia de excepción, pero moderada en su actuación

El respeto a la ley y la humanización de la guerra caracterizaron la gestión del Gobierno autónomo, que enseguida puso en libertad a todas las mujeres presas e intentó canjear a unos dos mil quinientos prisioneros derechistas por los presos vascos en las cárceles franquistas, pero no tuvo éxito en la negociación a través de la Cruz Roja Internacional. El Tribunal Popular de Euskadi, compuesto por magistrados y jurados designados por los partidos y sindicatos, juzgó exclusivamente los delitos relacionados con la guerra y actuó con mesura y ponderación. En comparación con lo sucedido en las zonas franquista y republicana, el número de penas capitales ejecutadas en Bizkaia (diecinueve) no fue muy elevado y se debieron a los delitos de rebelión militar, espionaje y traición, siendo fusilados nueve militares, dos falangistas, dos carlistas, dos alemanes y los cónsules de Paraguay y Austria (el espía Guillermo Wakonigg). En la Euskadi autónoma no existieron checas y la vida de los presos políticos fue respetada; pero hubo una grave excepción: el 4 de enero de 1937, tras un bombardeo aéreo, la muchedumbre enfervorizada asaltó las cárceles de Bilbao y mató a 224 presos, entre ellos el tradicionalista Juan Olazábal y los monárquicos Pedro Eguillor y Adolfo Careaga. Éste fue el mayor baldón que afectó al Gobierno vasco, el cual asumió su responsabilidad y nombró un juez especial, el diputado del PNV Julio Jáuregui, quien procesó a los principales responsables: milicianos de sendos batallones de la CNT ("Malatesta") y la UGT ("Asturias"). A partir de entonces, el Ejecutivo de Aguirre reforzó la guardia de las cárceles y garantizó la seguridad de los presos derechistas, todos los cuales fueron puestos en libertad la víspera de la entrada de las tropas franquistas en Bilbao en junio de 1937.

Estos aspectos demuestran la singularidad de Euskadi en la Guerra Civil española. Además, fue entonces cuando la cuestión vasca alcanzó gran repercusión internacional, sobre todo debido a la destrucción de Gernika, con centenares de muertos, el 26 de abril de 1937, por el bombardeo masivo de la Legión Cóndor alemana y la aviación italiana, que fue denunciado al mundo por el Gobierno de Aguirre y negado con mentiras por el Cuartel General de Franco y la Alemania de Hitler, quienes atribuyeron su destrucción a un incendio provocado por los propios republicanos y nacionalistas. Lo sucedido en Gernika tuvo el precedente del bombardeo de Durango, que causó unos trescientos muertos el 31 de marzo, día del inicio de la ofensiva de las tropas franquistas sobre Bizkaia. Ambos bombardeos aéreos eran el anuncio inequívoco de que el "oasis vasco" tocaba a su fin, porque el general Mola estaba dispuesto a cumplir su amenaza de arrasar Bizkaia si el Gobierno vasco no se rendía. Eso motivó la evacuación de más de veinte mil niños vascos, en su mayoría a Francia, en los meses de mayo y junio de 1937.

Aun contando con una superioridad considerable en artillería y abrumadora en aviación, el ejército de Franco necesitó tres meses para conquistar una provincia pequeña como Bizkaia ante la tenaz resistencia del ejército vasco, ayudado por batallones santanderinos y asturianos que con él componían el ejército del Norte de la República, mandado por los generales Llano de la Encomienda y Gámir Ulibarri.

A diferencia de su pasividad en Gipuzkoa en el verano de 1936, el PNV se volcó en la defensa de Bizkaia en la primavera de 1937, porque combatía por la autonomía de Euskadi y por ese Estado vasco emergente. Ambos perecieron con la toma de Bilbao, tras el asalto a su fallido cinturón de hierro, por los tercios de requetés carlistas el 19 de junio. Cuatro días más tarde, un decreto-ley de Francisco Franco derogó el Concierto económico a Gipuzkoa y Bizkaia como castigo de guerra, manteniéndolo en Álava, al igual que el Convenio de Navarra, por su mayoritario apoyo social a su bando. Y a finales de junio su ejército ocupó los últimos reductos de Bizkaia, de modo que todo el País Vasco quedó bajo el dominio del Estado franquista. El nuevo alcalde de Bilbao, el monárquico y falangista José María de Areilza, sentenció la desaparición de Euskadi, que para él "era una resultante del socialismo prietista, de un lado, y de la imbecilidad vizcaitarra, por otro" (El Pueblo Vasco, Bilbao, 9 de julio de 1937).

En Bilbao y Barakaldo algunos batallones del PNV y los dos de Euzko Mendigoizale Batza optaron por dejar las armas y rendirse por considerar que carecía de sentido para ellos continuar la guerra fuera de Euskadi, cumpliéndose así el vaticinio del presidente Manuel Azaña, quien escribió en su Diario que los nacionalistas vascos no se batían por la República española sino "por su autonomía y semiindependencia" (31 de mayo de 1937). El Gobierno vasco, a través de una Junta de Defensa presidida por el consejero Leizaola, se negó a cumplir la orden del ministro de Defensa Prieto de destruir los altos hornos, pues se oponía a una política de tierra quemada. De ahí que la importante industria siderúrgica vizcaína pasase intacta a manos de las nuevas autoridades franquistas, quienes la militarizaron al servicio de su economía de guerra e incrementaron de forma notable su producción en poco tiempo. La caída de Bizkaia representó un quebranto sustancial para la República y desequilibró la guerra a favor del bando franquista.

Perdido su territorio, el Gobierno de Aguirre, la mayor parte de su ejército y decenas de miles de vascos se trasladaron a Santander, provincia controlada por el Frente Popular, donde cundió el malestar y el desánimo entre los nacionalistas vascos. Entonces la dirección del PNV, cuyo hombre fuerte era Juan Ajuriaguerra, decidió abandonar la contienda poniendo en práctica la denominada "solución italiana": las negociaciones con las autoridades italianas, iniciadas en mayo con el cónsul de Donostia-San Sebastián, el marqués de Cavalletti, proseguidas en julio con el viaje del canónigo Onaindia a Roma para entrevistarse con el conde Ciano, ministro de Asuntos Exteriores de Mussolini, y culminadas en agosto con los militares que mandaban el Corpo di Truppe Volontarie y luchaban con el ejército de Franco.

Al producirse la ofensiva de éste sobre Santander a mediados de agosto, el PNV retiró sus batallones del frente y los concentró en la zona de Laredo y Santoña. Allí trató de simular una derrota militar ante las tropas italianas a cambio de las condiciones negociadas con sus jefes: la evacuación al extranjero de los dirigentes políticos, la no persecución de la población civil vasca, el respeto a la vida de los combatientes vascos, libres de toda obligación de continuar la guerra... Estas condiciones no se hicieron efectivas por la tardanza de los barcos necesarios para dicho éxodo y por la oposición de los mandos franquistas.

Los días 25 y 26 de agosto, el controvertido Pacto de Santoña se convirtió en la capitulación de buena parte del ejército vasco y resultó un rotundo fracaso para el PNV, pues muchos de sus responsables políticos y militares, incluido el propio Ajuriaguerra, quedaron prisioneros en el penal de El Dueso, en donde enseguida cayeron en manos de las autoridades franquistas. Éstas fusilaron a catorce dirigentes nacionalistas y del Frente Popular el 15 de octubre. Condenado a muerte, Ajuriaguerra logró salvar la vida gracias a las presiones del Gobierno fascista de Mussolini sobre la Junta de Franco.

En cambio, milicianos vascos de izquierdas, una vez perdido Santander, continuaron combatiendo en Asturias hasta la conquista de Gijón por las Brigadas de Navarra, que supuso el final del frente Norte, el 21 de octubre de 1937. Asimismo, otros vascos lograron arribar en barco a Francia y después pasaron a Cataluña, donde prosiguieron la guerra del lado de la República. Tal fue el caso de José Antonio Aguirre y una parte de su Gobierno, que se instaló en Barcelona desde octubre de 1937 hasta enero de 1939. En la Ciudad Condal existía ya una delegación vasca y se encontraba Manuel Irujo, ministro primero de Justicia y luego sin cartera del Gobierno de Negrín, cuya labor se centró en la humanización de la guerra, salvando bastantes vidas, y en el intento de restablecer el culto católico en Cataluña, que no tuvo éxito por la oposición del P. Josep M. Torrent, vicario general de Barcelona.

En agosto de 1938, Irujo dimitió por discrepancias políticas con el presidente Juan Negrín y en solidaridad con la Generalitat, siendo sustituido como ministro sin cartera por Tomás Bilbao, dirigente de Acción Nacionalista Vasca. En Barcelona el Gobierno de Aguirre se ocupó de los refugiados vascos (Hospital Euzkadi y Hospital Gernika) y colaboró estrechamente con la Generalitat de Companys hasta la conquista de Cataluña por el ejército de Franco en febrero de 1939, pasando el día 5 el lehendakari a Francia, en compañía de Manuel Irujo, Lluís Companys y el consejero Josep Tarradellas, el mismo día en que Manuel Azaña, presidente de la República, y Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes, se refugiaban también en Francia.

En el país vecino se encontraban desde el verano de 1937 algunos consejeros del Gobierno vasco, que organizaron bien la acogida y la asistencia social a las decenas de miles de exiliados mediante la creación de refugios, colonias infantiles y hospitales ("La Roseraie" en Biarritz). Para ello contaron con la ayuda de conocidas personalidades francesas de la política (el ex presidente Herriot y el diputado Pezet), la cultura (el filósofo Maritain y el escritor Mauriac) y la religión (el cardenal Verdier y el obispo Mathieu), quienes fundaron la Liga Internacional de Amigos de los Vascos en París en diciembre de 1938 y se solidarizaron con el polémico "caso de los católicos vascos" aliados de la República.

El Vaticano, pese a las presiones del embajador de Franco, el almirante Magaz, nunca les condenó, pero siempre consideró que el PNV se había equivocado de bando en la Guerra de España. Para defender y propagar la causa vasca, el Gobierno de Aguirre publicó el periódico Euzko Deya en París y Londres, compró y difundió la película nacionalista Guernika (1937) de Nemesio Sobrevila, apoyó los grupos artísticos Eresoinka y Elai Alai, que actuaron en Europa, y promovió el equipo de fútbol Euzkadi, que jugó en varios países europeos y americanos desde su creación en 1937 hasta su disolución en 1939. Véase Gobierno Vasco.

JGS

Composición del primer Gobierno vasco en la Guerra Civil
Cartera Consejero Cargos Públicos
Fuente: José Luis de la Granja, El Estatuto vasco de 1936, Oñati, Bilbao, 1988, pp. 80-82.
Presidencia y DefensaJosé Antonio de Aguirre PNV. Bilbao, 1904-1960. Abogado. Gerente de Chocolates Bilbaínos.Alcalde de Getxo. Diputado por Navarra y Bizkaia.
Justicia y CulturaJesús María de Leizaola PNV. Donostia, 1896-1989. Abogado. Secretario de la Diputación de Guipúzcoa.Diputado por Gipuzkoa.
GobernaciónTelesforo de Monzón PNV (Ex presidentedel GBB). Bergara, 1904-1981. Propietario de tierras. Rentista. Estudió DerechoConcejal de Bergara. Diputado por Gipuzkoa. Miembro de la Junta de Defensa de Guipúzcoa.
HaciendaHeliodoro de la Torre PNV-STV (Vicepresidente de STV). Barakaldo, 1889-1946. Empleado de Banca. Presidente de las Cooperativas Vascas.Diputado por Bizkaia. Miembro de la Junta de Defensa de Vizcaya.
IndustriaSantiago Aznar PSOE-UGT (Secretario general de UGT de Bizkaia). Bilbao, 1903-1979. Impresor.Teniente de Alcalde de Bilbao.
Trabajo, Previsión y ComunicacionesJuan de los Toyos PSOE-UGT (Ex secretario del Sindicato Metalúrgico de Bizkaia). Barakaldo, 1890-1965. Gerente de la Cooperativa Alfa de Eibar.Teniente de Alcalde de Eibar. Presidente de la Junta de Defensa de Eibar.
Asistencia SocialJuan Gracia PSOE Bilbao, 1891-1941. Contable. Inspector del Ayuntamiento de Bilbao.Concejal de Bilbao.
Comercio y AbastecimientosRamón María Aldasoro Izquierda Republicana. Tolosa, 1897-1952. Abogado.Diputado por Bizkaia. Gobernador civil de Gipuzkoa. Miembro de la Junta de Defensa de Vizcaya.
SanidadAlfredo Espinosa Unión Republicana (Su presidente en Bizkaia). Bilbao, 1903-1937. Médico.Concejal de Bilbao. Gobernador civil de Logroño y Burgos. Miembro de la Junta de Defensa de Vizcaya.
Obras PúblicasJuan Astigarrabía. PC de Euskadi (Su secretario general). Donostia-San Sebastián, 1901-1989. Carpintero. Marino.Miembro de la Junta de Defensa de Vizcaya.
AgriculturaGonzalo Nárdiz ANV (Vocal de su Comité Nacional). Bermeo, 1905- . Propietario de barcos.Concejal de Bermeo. Diputado provincial de Vizcaya. Miembro del Comité de Defensa de Vizcaya.
  • AGUIRRE, José Antonio de: De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, Buenos Aires, Ekin, 1943.
  • AGUIRRE, José Antonio de: El Informe del Presidente Aguirre sobre los hechos que determinaron el derrumbamiento del frente del Norte (1937), Bilbao, La Gran Enciclopedia Vasca, Bilbao, 1978.
  • AGUIRRE, José Antonio de: Veinte años de gestión del Gobierno Vasco (1936-1956), Durango, Leopoldo Zugaza, 1978.
  • AMILIBIA, Miguel de: Los batallones de Euskadi, Donostia-San Sebastián, Txertoa, 1978.
  • AREILZA, José María de: A lo largo del siglo, 1909-1991, Barcelona, Planeta, 1992.
  • ARTECHE, José de: El abrazo de los muertos. Diario de la guerra civil 1936-1939, Zarautz, Itxaropena, 1970.
  • ASPIAZU, Iñaki de: 7 meses y 7 días en la España de Franco. El caso de los católicos vascos, Caracas, Gudari, 1964.
  • AYERRA, Mariano: No me avergoncé del Evangelio (desde mi parroquia), Bilbao, 1978.
  • BASALDUA, Pedro de: Crónicas de guerra y exilio, Bilbao, Idatz Ekintza, 1983.
  • BLASCO OLAETXEA, Carlos: Conversaciones. Leizaola, Bilbao, Idatz Ekintza, 1982.
  • BLASCO OLAETXEA, Carlos: Diálogos de guerra. Euzkadi 1936, Donostia-San Sebastián, 1983.
  • BLASCO OLAETXEA, Carlos: Conversaciones con Juan Domingo Astigarrabía 1930-1939, Donostia-San Sebastián, 1990.
  • BURGO, Jaime del: Conspiración y guerra civil, Madrid, Alfaguara, 1970.
  • CARASA TORRE, Federico: Presos de los rojo-separatistas (navarros, guipuzcoanos y vizcaínos), Ávila, 1938.
  • CAVA MESA, María Jesús: Memoria colectiva del bombardeo de Gernika, Bilbao, Bakeaz/Gernika Gogoratuz, 1996.
  • CÍA NAVASCUÉS, Policarpo: Memorias del Tercio de Montejurra, Madrid, 1941.
  • CIUTAT, Francisco: Relatos y reflexiones de la Guerra de España, Madrid, Forma Ediciones, 1978.
  • CHIAPUSO, Manuel:. Los anarquistas y la guerra en Euskadi. La Comuna de San Sebastián, Donostia-San Sebastián, Txertoa, 1977.
  • CHIAPUSO, Manuel: El Gobierno Vasco y los anarquistas. Bilbao en guerra, Donostia-San Sebastián, Txertoa, 1978.
  • ECHEANDÍA, José: La persecución roja en el País Vasco, Barcelona, 1945.
  • ECHEVARRIA, Toribio: Viaje por el país de los recuerdos, México, 1968, y Donostia-San Sebastián, Sociedad Guipuzcoana de Ediciones y Publicaciones, 1990.
  • ECHEVARRIA, Toribio: Recordando la Guerra. Diario de viaje de un refugiado español, Donostia-San Sebastián, J.A. Ascunce, 1992.
  • El clero vasco frente a la cruzada franquista, Toulouse, Egi-Indarra, 1966.
  • ELOSEGI, Joseba: Quiero morir por algo, Burdeos, Anai Artea, 1971, y Barcelona, Plaza & Janés, 1977.
  • ESTÉVEZ, Xosé, y OTAEGUI, Margarita: "Protagonistas de la historia vasca (1923-1950)", Cuadernos de Sección Historia-Geografía, nº 7, 1985.
  • ESTORNÉS LASA, José: Un gudari navarro en los frentes de Euskadi, Asturias, Cataluña, Donostia-San Sebastián, Auñamendi, 1979.
  • FRASER, Ronald: Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. Historia oral de la guerra civil española, Barcelona, Crítica, 1979, dos tomos, y 2001.
  • GÁMIR ULIBARRI, General: De mis memorias. Guerra de España, 1936-1939, París, Estrella, 1939.
  • GALARZA, Ramón de ("Garate, Rafael de"): Diario de un condenado a muerte, Bayona, Axular, 1974. (Reedición: Fe y esperanza. Relatos en el penal de Burgos, 1938-1943, Bilbao, 1990).
  • GARCÍA NOMBELA, Tonia: ¡Egunon comandante! (Testimonios de la Guerra Civil 1936-39 y de la segunda Guerra Mundial 1939-45), Irun, Ayuntamiento de Irun, 1992.
  • GUTIÉRREZ LASANTA, Francisco: Navarra en el plan divino o actuación de Navarra en la Cruzada Española de 1936-39, Logroño, 1953.
  • HERRERA, Emilio: Los mil días del Tercio de Navarra. Biografía de un tercio de requetés, Madrid, Editora Nacional, 1974.
  • HERRERA ORIA, Enrique: Los cautivos de Vizcaya, Bilbao, Aldus, 1938.
  • IBARRA ENZIONDO, Luis de ("Itarko"): El nacionalismo vasco en la paz y en la guerra, Alderdi, s.l., s.a. (Bayona, 1968-1971).
  • IBARZABAL, Eugenio: Koldo Mitxelena, Donostia-San Sebastián, Erein, 1977.
  • IBARZABAL, Eugenio: Manuel de Irujo, Donostia-San Sebastián, Erein, 1977 y 2001.
  • IBARZABAL, Eugenio: 50 años de nacionalismo vasco 1928-1978. (A través de sus protagonistas), Donostia-San Sebastián, Ediciones Vascas, 1978.
  • IRUJO, Manuel de: Un vasco en el Ministerio de Justicia, Buenos Aires, Ekin, 1976-1979, tres tomos.
  • IRUJO, Manuel de: La Guerra Civil en Euzkadi antes del Estatuto, Madrid, E.D., 1978.
  • ISPIZUA, Tiburcio:. Odisea del clero vasco exiliado. Apasionante relato de un sacerdote vasco en el exilio desde 1937 a 1974, Bilbao, 1986.
  • JALÓN, César: El cautiverio vasco, Madrid, Ediciones Españolas, 1939.
  • JEMEIN, Ceferino de: 18 de julio de 1936. El nacionalismo vasco y la sublevación militar en Euzkadi, Bilbao, Alderdi, s.a. (1986).
  • JEMEIN, Ceferino de: El primer Gobierno Vasco, Bilbao, Alderdi, 1987.
  • JEMEIN, Ceferino de: Euzkadi en guerra (1936-1937), Bilbao, Alderdi, 1988.
  • JIMÉNEZ DE ABERASTURI, Juan Carlos: "Protagonistas de la historia vasca: Sebastián Zapirain", Cuadernos de Sección Historia-Geografía, nº 6, 1985.
  • JIMÉNEZ DE ABERASTURI, Luis María: Casilda miliciana. Historia de un sentimiento, Donostia-San Sebastián, Txertoa, 1985.
  • JIMÉNEZ DE ABERASTURI, Luis María y Juan Carlos: La guerra en Euskadi, Barcelona, Plaza & Janés, 1979.
  • LEIZAOLA, JEMEIN, KAREAGA: El nacionalismo vasco entre dos dictaduras 1930-1937, Bilbao, Alderdi, 1986.
  • IRUJO, Andrés María de ("Lizarra, A. de"): Los vascos y la República española. Contribución a la Historia de la Guerra Civil 1936-1939, Buenos Aires, Ekin, 1944.
  • LIZARZA IRIBARREN, Antonio: Memorias de la conspiración. Cómo se preparó en Navarra la Cruzada. 1931-1936, Pamplona, Gómez, 1954.
  • LOPATEGUI, José Ignacio: Aita Patxi. Testimonio. I parte: En la guerra 1937-1939, Bilbao, 1978.
  • MENDÍVIL URQUIJO, Sebastián: Miliciano, militar y fugitivo. Memorias de un baracaldés, Bilbao, Beitia, 1992.
  • MUGARZA MECOLALDE, Daniel: El decenio crítico. La política y la guerra en el País Vasco entre 1930 y 1940, Oñati, 1974.
  • MÚGICA, Mateo: Imperativos de mi conciencia, Buenos Aires, Liga de Amigos de los Vascos, s.a. (1946).
  • MUGUERZA, José María: De Euskadi al campo de exterminio (memorias de un gudari), Donostia-San Sebastián, Haranburu, 1978.
  • NAGORE YARNOZ, Javier: En la primera de Navarra (1936-1939), Madrid, Dyrsa, 1986.
  • OJANGUREN, Ángel: De procónsul británico en Bilbao a delegado vasco en Roma, Bilbao, Fundación Sabino Arana, 1990.
  • ONAINDIA, Alberto: Hombre de paz en la guerra, Buenos Aires, Ekin, 1973.
  • ONAINDIA, Alberto: El "Pacto" de Santoña. Antecedentes y desenlace, Bilbao, Laiz, 1983.
  • PRIETO, Indalecio: Convulsiones de España, México, Oasis, 1967, tomo I.
  • RUIZ DE AGUIRRE, Luis ("Sancho de Beurko"): Gudaris, Buenos Aires, Ekin, 1956, y Bilbao, La Gran Enciclopedia Vasca, 1977.
  • STEER, G.L.: El árbol de Guernica, Madrid, Felmar, 1978.
  • UGARTE, Julio: Odisea en cinco tiempos. Guerra, prisión, confinamiento, resistencia, exilio, Donostia-San Sebastián, Itxaropena, 1987.
  • URRUTIKOETXEA, Pedro María: La hora del ultraje. Memorias de un gudari, Bilbao, Idatz-Ekintza, 1984.
  • YBARRA, Javier de: Mi diario de la Guerra de España 1936-1939, Bilbao, 1941.
  • ZABALA ALLENDE, Federico: El Gobierno de Euzkadi y su labor legislativa 1936-1937, Oñati-Bilbao, IVAP, 1986.
  • ZUGAZAGOITIA, Julián: Guerra y vicisitudes de los españoles, Buenos Aires, 1940, y Barcelona, Crítica, 1977.
  • ALONSO CARBALLÉS, Jesús J.: 1937. Los niños evacuados a Francia y Bélgica. Historia y memoria de un éxodo infantil, 1936-1940, Bilbao, Asociación de Niños Evacuados el 37, 1998.
  • ALTAFFAYLLA KULTUR TALDEA: Navarra 1936. "De la esperanza al terror", Estella, Altaffaylla Kultur Taldea, 1986, dos tomos.
  • ARÓSTEGUI; Julio: Los combatientes carlistas en la Guerra Civil española 1936-1939, Madrid, Aportes XIX, 1991, dos tomos.
  • ARRIEN, Gregorio; Goiogana, Iñaki: El primer exilio de los vascos. Cataluña 1936-1939, Barcelona, Fundació Ramon Trias Fargas/Fundación Sabino Arana, 2002.
  • BACIGALUPE, Carlos: Pan en la guerra. Crónica de la vida cotidiana en el Bilbao de la Guerra Civil (julio de 1936-junio de 1937), Bilbao, Laga, 1997.
  • BARRUSO, Pedro: Verano y revolución. La Guerra Civil en Gipuzkoa (julio-septiembre de 1936), Donostia-San Sebastián, R & B, 1996.
  • BLINKHORN, Martin: Carlismo y contrarrevolución en España 1931-1939, Barcelona, Crítica, 1979.
  • CHUECA, Iosu; FERNÁNDEZ, Luis: Espainiako Gerra Zibila Euskal Herrian, Andoain, Euskaldunon Egunkaria, 1997.
  • FUSI AIZPÚRUA, Juan Pablo: El País Vasco 1931-1937. Autonomía. Revolución. Guerra Civil, Madrid, Biblioteca Nueva, 2002.
  • GARITAONANDÍA, Carmelo y GRANJA, José Luis de la (eds.): La Guerra Civil en el País Vasco 50 años después, Bilbao, Universidad del País Vasco, 1987.
  • GARITAONANDÍA, Carmelo; GRANJA, José Luis de la; PABLO, Santiago de (eds.): Comunicación, cultura y política durante la II República y la Guerra Civil. Tomo I. País Vasco (1931-1939), Bilbao, Diputación Foral de Bizkaia/Universidad del País Vasco, 1990.
  • GONZÁLEZ PORTILLA, Manuel y GARMENDIA, José María: La guerra civil en el País Vasco. Política y economía, Madrid, Siglo XXI/Universidad del País Vasco, 1988.
  • GOÑI GALARRAGA, Joseba M.: La Guerra Civil en el País Vasco: una guerra entre católicos, Vitoria, ESET, 1989.
  • GRANJA SAINZ, José Luis de la: El Estatuto vasco de 1936, Oñati, IVAP, 1988.
  • GRANJA SAINZ, José Luis de la: República y Guerra Civil en Euskadi. Del Pacto de San Sebastián al de Santoña, Oñati, IVAP, 1990.
  • GRANJA, José Luis de la; ECHÁNIZ, José Angel (dirs.): Gernika y la Guerra Civil. Symposium: 60 aniversario del bombardeo de Gernika (1997), Gernika-Lumo, Gernikazarra Historia Taldea, 1998.
  • IRAZABAL AGIRRE, Jon: 1937 martxoak 31 Durango 31 de marzo de 1937. Estudio sobre el bombardeo aéreo realizado contra la Villa de Durango el 31 de marzo de 1937, Abadiño, Gerediaga Elkartea, 2001.
  • LANDA MONTENEGRO, Carmelo (et al.): Exposición Espetxean Erakusketa. Semilla de libertad. Bizitza eta heriotza giltzapean. 1937-1942, Bilbao, Fundación Sabino Arana, 1998.
  • MEER, Fernando de: El Partido Nacionalista Vasco ante la Guerra de España (1936-1937), Pamplona, EUNSA,1992.
  • PABLO, Santiago de: Trabajo, diversión y vida cotidiana. El País Vasco en los años treinta, Vitoria, Papeles de Zabalanda, 1995.
  • PARDO SAN GIL, Juan: Euzkadiko Gudontzidia. La Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi (1936-39), Donostia-San Sebastián, Untzi Museoa/Museo Naval, 1998.
  • ROMAÑA ARTEAGA, José Miguel: Historia de la guerra naval en Euzkadi, Echevarri, Amigos del Libro Vasco, 1984-1986, seis tomos.
  • SEBASTIÁN GARCÍA, Lorenzo: Entre el deseo y la realidad. La gestión del Departamento de Cultura del Gobierno Provisional de Euzkadi (1936-1937), Oñati, IVAP, 1994.
  • SOUTHWORTH, Herbert R.: La destrucción de Guernica. Periodismo, diplomacia, propaganda e historia, París, Ruedo Ibérico, 1977.
  • TALÓN, Vicente: Memoria de la Guerra de Euzkadi de 1936, Barcelona, Plaza & Janés, 1988, tres tomos.
  • Tuñón De Lara, Manuel (dir.): Gernika: 50 años después (1937-1987). Nacionalismo, República, Guerra Civil, Donostia-San Sebastián, Universidad del País Vasco, 1987.
  • TUÑÓN DE LARA, Manuel (et al.): La Guerra Civil española. La campaña del Norte, Barcelona, Folio, 1997.
  • UGALDE ZUBIRI, Alexander: La acción exterior del nacionalismo vasco (1890-1939): Historia, pensamiento y relaciones internacionales, Bilbao, IVAP, 1996.
  • UGARTE TELLERÍA, Javier: La nueva Covadonga insurgente. Orígenes sociales y culturales de la sublevación de 1936 en Navarra y el País Vasco, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998.
  • URGOITIA BADIOLA, José Antonio (dir.): Crónica de la Guerra Civil de 1936-1937 en la Euzkadi peninsular, Oiartzun, Sendoa, 2001-2002, cuatro tomos.
  • VIGNAUX, Paul: Manuel de Irujo. Ministre de la République dans la Guerre d'Espagne 1936-1939, Paris, Beauchesne, 1986.
  • VV. AA.: Historia General de la Guerra Civil en Euskadi, Donostia-San Sebastián/Bilbao, Haranburu/Naroki, 1979-1982, ocho tomos.