La tortura prohibida pero tolerada. De todas formas, la erradicación «de lege» no supuso, como era de esperar, la desaparición real de esa práctica que oscurece, periódicamente, no sólo los regímenes de dictadura como los de democracia parlamentaria existentes tanto en España como en Francia (menos) a lo largo de los siglos XIX y XX. Los malos tratos -tortura o castigos corporales- en calabozos y comisarías se siguieron practicando como lo atestigua Pierre Topet «Etxahun», el bardo suletino, a comienzos del XIX (Haritschelhar, 1969). Resucitan con extraordinario verdor durante la dictadura del general Franco y prosiguen durante la transición. Una foto, la de la navarra Amparo Arangoa, enseñando con valentía al fotógrafo de «Zeruko Argia» sus glúteos macerados dio la vuelta al mundo en la primavera de 1976. Seis años después, el Informe anual de Amnistía Internacional citaba el caso del militante de ETA Joseba Arregui, muerto en dependencias policiales tras permanecer 9 días incomunicado, y también los de Tomás Linaza y del padre Juan José Camarero Núñez que alegaron tortura y malos tratos a manos de la Guardia Civil, casos a los que han seguido sumándose otros. Un informe especial de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas sobre los años 1992 y 1993 denunció ocho casos de tortura y malos tratos todos ellos referidos a presuntos miembros de ETA por decenas de agentes, la mayor parte guardias civiles y funcionarios de prisiones.
