Lexique

TERCIO

Tercios Navarros. Hubo tercios con destino a Flandes, Cataluña, etc. en el s. XVII. En 1634, el presidente de Castilla comunicaba al rey la real resolución de levantar 300 hombres a costa del reino, y ponerlos en Fuenterrabía con destino a Flandes. La ciudad de Tafalla hacía ver en 1639, los inconvenientes de la formación de un batallón permanente de navarros, para servir fuera del Reino. En 1640, Felipe IV ordena la marcha a Cataluña del medio batallón preparado, y en el 43, las Cortes, sirven con 1.300 hombres, que desertan en buena parte al pasar por Aragón. Las demandas se suceden continuamente, ante los apuros de esta guerra de Cataluña, viéndose obligadas las Cortes a acceder bajo ciertas condiciones, en lo referente a la oficialidad, que debía de ser navarra. También, en cuanto a retribución y tiempo a servir. En 1662, se recluta un tercio de 540 hombres para la campaña de Portugal. En 1677 se prepara otro bajo el virreinato del Conde de Fuensalida. Excepcionalmente, la nobleza y el clero se prestan a contribuir con dinero, a través de sus representantes en Cortes. El comercio (los mercaderes) contribuyeron con una buena parte, poniendo los pueblos la mitad de los gastos. Después de muchos regateos, se fijó el número de hombres en 600, eligiéndose la villa de Cortes como plaza de armas. Fue designado como maestre de campo con Lorenzo de Ripalda, y como capitanes, otros caballeros navarros, conforme a lo ajustado. Anécdota curiosa, se les agrega una compañía de fiteranos, condenados por cierto tumulto y excesos cometidos con los frailes del monasterio de la villa. Debidamente equipados y distribuidos en 9 compañías, fueron llevados a Cataluña, produciéndose las inevitables deserciones. Seis meses duró la campaña, ascendiendo los gastos a 148.000 reales. El reparto se hizo por merindades tocando a la de Pamplona 189 soldados; a Estella, 32; a Tudela, 90; a Sangüesa, 131 y a Olite, 64. La capital contribuía con 38 soldados, incluidos dos que debería proveer Villava, entonces barrio de Pamplona. Ante el desconcierto provocado por la invasión francesa en 1794, el general Caro propuso la formación de 5 batallones, uno por cada merindad, pero las Cortes respondieron que, para los recursos del Reino, era bastante con los dos que guardaban la frontera. El virrey elabora por su parte un nuevo plan, a base de dos batallones de voluntarios, con lo que esperaba dar cierta cohesión al paisanaje. Un memorial anónimo de esta misma fecha, nos habla de la conveniencia de convertir en permanentes estos batallones. Todo el mundo estaba de acuerdo en la necesidad de revolucionar los viejos métodos, como ya se ha visto anteriormente, al hablar de los memoriales del Marqués de San Adrián y del Conde de Echauz, de 1794. Hasta 30.000 hombres arrojan las listas de supuestos combatientes en este momento, aunque la realidad distó siempre mucho de semejante cifra. La modalidad de los cuatro tercios nace tardíamente, en el s. XVII. El antedicho memorial de 1684, atribuye su paternidad al Marqués de las Vélez, que puso a punto estas agrupaciones con los 4.000 hombres desplazados en 1638 a la defensa de Fuenterrabía. En la fecha del memorial, se pedía por el reino su supresión como impopular en Navarra, así como por los gastos que ocasionaba su organización. También se invocaba otra razón, de importancia entonces, la baja calidad de los mandos inferiores. En cuanto a los altos, estaban en manos de caballeros o nobles probados, un maestre de campo y varios oficiales de la nobleza. En cuanto a los alféreces y sargentos, eran en su mayoría oficiales mecánicos, razón suficiente para que muchos hidalgos se negasen a servir en sus filas. No había sistema más adecuado a juicio del Reino, que el tradicional, el tantas veces mencionado apellido. Indudablemente, la modalidad de Los Cuatro Tercios significaba un avance desde el punto de vista militar, pero podían más la rutina y los viejos prejuicios. Entre el improvisado y anárquico llamamiento a fuero, y una agrupación menos numerosa pero más organizada, la cosa parecía clara, y así lo debió entender el Consejo de Guerra, que la mantuvo. No se crea sin embargo, que se trataba de una milicia permanente, sino formada en el momento de peligro, como ya se ha insinuado, y concentrada en Pamplona, donde se daba a la gente alguna instrucción y se le dotaba de oficialidad adecuada. La enemiga hacia esta modalidad se manifiesta nuevamente en 1719, cuando el virrey, Marqués de Castillón, ordena su encuadramiento. La orden virreinal constituía, a juicio del Reino, una gran violación de los fueros. Ante las resistencias activas y pasivas, sólo pudo organizarse un tercio de los cuatro previstos. Lo propio ocurre en 1719, al entrar los franceses por la parte de Cinco Villas. Aunque se habían formado de hecho cuatro batallones, quedaron reducidos enseguida a uno, y aun éste se deshizo "por ser inútil", según afirmaba la Diputación, en 1734. En esta ocasión, el virrey accidental Joseph de Elío, mandó formar otro batallón, precisamente a la vista de tal antecedente. El primer Pacto de familia (1733) había ocasionado la entrada de España en guerra, moviéndose los ejércitos españoles en Nápoles. Ello obliga, a poner también ahora a Navarra en estado de alarma. La orden dirigida a los pueblos en enero, pidiendo el cupo correspondiente, especificaba que el tercio se compondría de 1.000 hombres, distribuidos en 10 compañías, eligiendo el Reino los oficiales, conforme a la antigua práctica. Los designados debían reunirse en Pamplona al primer aviso, armados de fusil y bayoneta, quedando obligados los pueblos a socorrerles en numerosas ocasiones. Veamos las condiciones exigidas: "han de ser solteros y en defecto se suplirán de los casados, siendo unos y otros sanos y robustos y aptos para el manejo de las armas, de edad desde, 18 a 40 años. Y que no sean hijos único de viuda, cuyo alimento penda de su trabajo; y que en el sorteo o apremio, se observe la más justificada distribución". La selección en el personal, en cuanto a edad y condiciones físicas, así como la unidad en el armamento, son principios elementales que por fuerza habían de aumentar tal eficacia, frente al abigarrado y disforme apellido. El tercio se formó a pesar de todo, tras consulta al Consejo de Guerra por Felipe V, ignorándose en las alturas los consabidos motivos alegados por la Diputación: No haberse producido la invasión del reino, gastos excesivos y necesidad de brazos en el campo. En marzo del año siguiente, no se había disuelto todavía esta fuerza. En la Ciudadela, donde tenían sus cuarteles los paisanos, armaron algún alboroto, resultando herido un soldado. A consecuencia de este incidente, los inculpados fueron sometidos a consejo de guerra, sin que sirviera de nada la representación de los diputados, solicitando que fuesen juzgados por los tribunales corrientes, es decir, la Corte y el Consejo Real. De 1761 es el informe emitido por el secretario de la Diputación, acerca de la existencia de las milicias urbanas en Navarra. De los tercios decía que son cuatro, con un total de 2.000 hombres. Se agrega que siempre se habían reunido sin ser preciso el consentimiento del Reino, invocando antecedentes de 1644, 1646, 1689, 1695 y 1747. Ref. Idoate, F.: Esfuerzo Bélico de Navarra en el s. XVI, Pamplona, Dip. For., 1981, 28-31.