Lexique

ROMANTICISMO

La tensión en torno a los Fueros y la España posible. La guerra carlista fue campo minado de espíritus románticos. El estallido de imágenes que se produce acerca del mismo conflicto, fue el vivo testimonio romántico de que la vida no puede ser vivida si no es engrandecida por la contemplación de los mitos. En las brumas románticas de la guerra, el fantasma vasco del separatismo es visto por ojos no nativos atormentados por la experiencia del horror: Mackenzie (1836), Somerville (1839). No fue una visión exclusiva del vascofrancés Chaho (1836). Pero ése es un fantasma que cobró cuerpo sobre todo en hombres asociados a la historia filosófica francesa, que se pronuncian a favor y en contra de la creación de un Estado independiente con Vascongadas y Navarra, razonando, evaluando el pasado vasco, el presente de la guerra, el futuro de Europa: Viardot (1836), Carne (1836), ver NACIONALISMO. Sin embargo, la intelectualidad nativa que piensa la guerra no alimentó dicho fantasma. Desde posiciones distintas dentro de la familia liberal, Lemonnuría (1837) y Hormaeche (1839) proclaman la coexistencia de Constitución y Fueros. La contribución de ambos a la formulación de un fuerismo liberal inaugura un nuevo período en la historiografía sobre los fueros, en clara sintonía con el nuevo saber romántico. En ese empeño les acompañó y ayudó su maestro Lista (1838): su disertación histórica sobre los fueros fue la respuesta a Llorente que el primer romanticismo del grupo de Astarloa no supo ni pudo dar. El debate foral a lo largo del segundo Romanticismo, un debate romántico, trasciende la dialéctica Grupo étnico-Otro español. Existe un Otro nativo: Navascués lo representa bien en el mismo momento en que Julián Egaña delimita con claridad la cuestión vascongada (1850); y existen otros que, bien por una experiencia romántica del territorio vasco-navarro, o bien por maduración intelectual de un Romanticismo político, quedan cercanos al grupo étnico en ese debate: Miraflores (1843, 1871) y Orense (1859), trazando un arco del partido moderado al demócrata, son los casos más completos. Ese Romanticismo político -reflejo del liberalismo doctrinario como expresión más genuina del horizonte liberal de 1830- constituía, antes que el programa político de un partido, el moderado, una base teórica localizable en distintos partidos en la medida en que participaban de ella intelectuales de distinto signo. En ese sentido, la personalidad de Yanguas y Miranda, a quien por muchos títulos cabe reconocer como el Guizot de Navarra, induce a considerar la Ley paccionada de 1841 como la traducción de un Doctrinarismo progresista. El debate foral hay que entenderlo, pues, como parte de un debate mucho más amplio sobre el concepto mismo de España y su existir político, que da lugar -dentro y fuera de la intelectualidad nativa- a una multiplicidad de posturas sobre los Fueros: sobre su significación, viabilidad y proyección en la definición política de la España contemporánea. El sucesivo retraso del arreglo foral vascongado no obedece tanto a una debilidad del Estado liberal español como al arraigo del concepto romántico de Estado mínimo, en pugna con el de Centralización, en la conciencia política española. Responde también a la visible presencia y compromiso de la élite vasca en el laberinto político español. La figura de Pedro Egaña es particularmente necesaria a la hora de valorar ese compromiso y la actitud nativa en el debate, un anhelo de los Fueros y la España posible que manifiesta una voluntad de llegar. También ante el avance del nacionalismo español, ya claramente perfilado en la irrupción del Otro hostil en el Senado de 1864. La imagen de Egaña respondiendo allí a los virulentos ataques del andaluz Sánchez Silva tiene una fuerte carga romántica: era la primera vez que se pronunciaba en las Cortes la expresión "nacionalidad vasca" (Egaña se mostró enseguida dispuesto a reemplazarla por la de "autonomía" si planteaba reparos a alguien); era la primera vez también que se daba noticia en Madrid de Iparraguirre, de sus conciertos al aire libre ante más de 6.000 personas, y que traducía el texto de su Guernicaco arbola: el calor que en todo ello puso Egaña para ilustrar cómo "los Fueros están encarnados en la sangre, en los hábitos, en las costumbres y hasta en la organización moral de todos aquellos naturales, organización sin la cual no pueden vivir", causó verdadera impresión. A pesar del reemplazo generacional de 1868, que pone fin a la hegemonía política de la gran generación romántica, el horizonte de 1830 no se pierde, pervive de diversas formas, contradictorias a veces, en la nueva coyuntura. En lo que más atañe al ámbito vasco, pervive falseado en el nuevo carlismo y pervive muy singularmente en quien puede ser considerado en España el último doctrinario de pensamiento, Cánovas del Castillo, artífice a la postre de la abolición foral de 1876 en un claro gesto de positivismo político. Animada de un fuerte reduccionismo religioso, la parca intelectualidad del nuevo carlismo, proveniente en buena parte de distintos sectores del régimen isabelino, instrumentaliza a su favor la doctrina liberal en la hipercrítica que hace de la praxis liberal, como estrategia para minar, en el fondo, la nueva actitud liberal que aflora con la revolución de 1868. Los Apuntes sobre la historia de la revolución en Guipúzcoa (1872) de Rezusta son bastante elocuentes al respecto. Pero más decidida resultó la explotación del puro sentimiento romántico en la intensa propaganda carlista que prepara el segundo alzamiento. Navarro Villoslada jugará en ello un importante papel, así como el madrileño Nombela, vizconde de la Esperanza por seudónimo: un hombre de formación y trayectoria liberal, que había aprendido a sentir en París con Lamartine, y que fruto de su entusiasmo por el sistema foral y de su amistad con Cancio Mena se pondrá a trabajar en secreto a las órdenes de Vicente Manterola: el único intelectual nativo de clara estirpe carlista en las filas del nuevo carlismo. Al término del conflicto, Nombela (1876) recopiló una buena muestra de lo que él mismo denominó poesía de la propaganda. El prólogo de Cánovas a Los Vascongados ( 1873) de Rodríguez Ferrer, en tono apesadumbrado por los efectos desestabilizadores que reintroducía el carlismo en la construcción política del Estado, viene a ser la explicación profética de la abolición foral. Evidencia ahí una clara percepción de la complejidad que el Romanticismo introdujo en la con ciencia vasca y en la dinámica vasca en relación a España, aunque su análisis no agote dicha complejidad. Esta se hace aún mayor ante voces como la del alavés Arrese ( 1873), que proclama la descentralización universal en un intento de contrarrestar el asalto carlista desde el republicanismo federal. Hombre de las nuevas generaciones, sus referencias a Constant o Tocqueville para insistir en ideas tales como "variedad en la unidad" o "los pueblos no son entre sí otra cosa que individuos", no dejan de ser un claro testimonio de la transmisión del saber romántico en Euskalerria. Como ya hiciera Víctor Hugo (1843) con el primer carlismo, no faltaron tampoco ahora intentos de penetrar en la lógica de lo contradictorio. Para Cherbuliez (1873), alumno de Ranke en Alemania, el carlismo era "una enfermedad desesperante" que "recluta sus bandas entre republicanos de sandalias de cuero". Por su parte, Fort (1874) introducía el carlismo dentro de una problemática europea genuinamente romántica, germanos contra latinos, planteada ya en el París de 1830 y a la que el propio Cánovas daba vueltas en estos instantes contemplando el presente europeo, por más que no coincidiese en absoluto con Fort en el enfoque del carlismo, de su posible triunfo, como "el principio de una regeneración de los pueblos latinos".