Entités

GRAN COMPAÑÍA

Historia I. El rey D. Carlos II de Navarra (1349-1387), a imitación de otros príncipes de su época contra quienes peleó, tuvo también su Gran Compañía, acaudillada por el infante D. Luis, hermano suyo. Era el Infante hombre de ingenio despejado, de corazón magnánimo, de sabida pericia militar; sirvió siempre con abnegación y entusiasmo a su rey, y éste, conociendo las buenas partes que le adornaban, le dejó por lugarteniente suyo durante sus ausencias del Reino. Fue Conde de Beaumont -le-Roger, y después duque de Durazzo por su matrimonio con D.ª Juana de Sicilia, que se intitulaba Señor del Reino de Albania.

La raíz de la Gran Compañía me parece que ha de buscarse en las mesnadas de navarros llevadas diferentes veces a Francia. Y es una de ellas la que capitaneó D. Juan Martínez de Medrano el año 1357, antes o poco después de haber sido libertado de su prisión el rey. Acompañaban a Medrano, D. Miguel García, el Bort de Agramont, Machín de Bergara, D. Martín Enríquez de Lakarra, D. Juan Remírez de Arellano, el Señor de Luxa y Ojer de Mauleón, gente de buena estofa casi todos ellos; y es otra la que por enero o febrero de 1364 (actual estilo, 1365) reunió D. Rodrigo de Uriz, y éste era el hombre de mejor guisa que iba en la Compañía, capitaneando 40 lanzas cuando fue a Normandía a defender al rey de las empresas del de Francia, que le había tomado "malamente y sin sospecha" varios pueblos de dicho país. En el intervalo de una a otra D. Carlos cuidó de contratar los servicios de muchos capitanes y simples hombres de armas extranjeros, singularmente ingleses. Las Compañías se nacionalizaban con la bandera del rey o señor a quien servían por soldada.

D. Luis y sus navarros dieron ya señales de vida hacia el año 1365, talando y saqueando las tierras de Auvernia. La política del nuevo rey de Francia Carlos V, política prudente y paciente, de hombre enfermo que busca el modo de convalecer, trajo consigo un caso pavoroso y extremadamente difícil, semejante al que produjo el advenimiento de los Lardevenidos, cuando Inglaterra y Navarra firmaron las paces con Francia: el de deshacerse de las Grandes Compañías que habían guerreado en este último país, abriéndoles otro donde pudiesen saciar sus instintos. Se pensó en una Cruzada, pero hubo que desistir de ello. La dificultad se desató inesperadamente; D. Enrique de Trastamara, vencido y fugitivo, pidió a Carlos V el auxilio de las Compañías; se lo concedió el rey francés, poniendo al frente de ellas al célebre Du Guesclin. Licenciadas ya por Inglaterra sus Compañías, apaciguada Francia y vencido D. Carlos en Cocherel, no era posible continuar la lucha entonces, y se concertó la paz entre Navarra y Francia el año 1366. La Compañía navarra quedaba vacante de empleo; pero sus soldados, unidos a su cabo el Infante por los lazos del entusiasmo y de la lealtad, no querían separarse de él y se manifestaban dispuestos a seguirle a cualquier parte. Estos príncipes de la Casa de Evreux, en realidad poseían don de gentes.

En aquellos días próximamente se había ajustado el matrimonio de D. Luis y éste comenzó a calentar el proyecto de servirse de sus fieles y aguerridos navarros para la reconquista de la dote de su mujer, o sea, el reino de Albania. Con motivo del matrimonio asentó su casa en Nápoles, y éste fue el punto de reunión donde se alistaron los antiguos soldados de su hueste y se reorganizó la Gran Compañía navarra con éstos y otros nuevos que acudieron a sus banderas. El Infante permanecía al acecho de una circunstancia favorable para intervenir en el enmarañado tablero de Oriente, donde servios, albaneses, venecianos, griegos, angevinos, catalanes y aragoneses se disputaban el imperio de Grecia. En el curso del año 1375 a 1376 es indudable que D. Luis tenía puestos los ojos en su expedición militar a Grecia, lo cual no quiere decir que aun antes de esa fecha no le hubiese desvelado, ya que en 1572 se había entendido con un capitán de mercenarios, llamado Ingueran de Coincy, para alistar en Gascuña quinientas lanzas y quinientos arqueros de a caballo. El albanés Carlos Topia se había apoderado de Durazzo el año 1368. Una orden de D. Carlos, fecha 31 de enero del año 1375, a su recibidor y baille de Tudela y al alcalde de dicha villa, contiene la siguiente declaración: "et agora por otras grandes necessidades, especialment por causa de la ayuda que nuestro caro hermano mossen Loys duc de Duraz nos ha requerido et fecho requerir que le ayudemos de ciertas gentes darmas por conquistar el reino Dalbania que le pertenesce por causa de su muger al quoal nos avemos otorgado de facerli ayuda de cient hombres darmas..."; los fijosdalgo, hombres de buenas villas y labradores y el común pueblo del Reino le habían otorgado una ayuda de 24.000 libras de carlines. En el alistamiento de algunos caballeros y gentes de armas enviados por el Rey en ayuda de su hermano el Infante, leo los siguientes nombres de nabarros: Guyot darci (de Arce), maestre de hostal; Mahiot de Coquerell, cambarlenc del rey; Johanco durtuvia (de Urtuvia), escudero del rey; mosen Pes de Lacxaga (Lasaga), caballero Garro, ballet de cambra; Miguel de Galdiano y Ocho despusque, escudero; entiendo que éstos se refieren a los cien hombres de que habla el rey en su orden, pero no está claro. El infante falleció el año 1376, después de haber pasado su Compañía al Epiro y a Albania.

En la Compañía catalana, predecesora de la navarra, es notorio el designio de comunicar a su empresa guerrera sabor nacionalista catalán. No puede decirse lo propio de la nuestra, compuesta de elementos mucho más heterogéneos. Los navarros conservaron a su expedición las notas de heroica aventura que desde el principio ostentara. La diversidad de ambiciones que se disputaban la dominación de la Grecia, abriendo la puerta a confabularse con unas u otras y a dar golpes de mano, comunica a la política navarra cierto aire de incoherencia que es fruto natural de las circunstancias históricas. Pero heroicos se mostraron siempre, con el infante en Durazzo, con Juan de Urtubia en la Beocia, y en el Peloponeso con Mahior de Coquerell. Ellos asestaron el golpe mortal a los dominadores; a los catalanes, en el Atica y la Beocia; a los franceses e italianos, en el Peloponeso. Cuál fue la vida de la Compañía, no lo sabemos; pero es muy probable que se gobernó republicanamente, por cuatro caudillos suyos cuyos nombres suenan en una carta de Pedro IV de Aragón, y eran: mosén Pedro de Lasaga, Mahiot de Coquerell, Juan de Urtubia y Garro; el año 1380 sirvió a Jaime de Baux, último pretendiente latino a la corona de Bizancio. Antes, en junio de 1377, ofreció sus servicios al rey de Aragón, de quien conservaba muy buenos recuerdos, y éste se dispuso a aceptarlos siempre que previamente los navarros obtuvieran el permiso de su legítimo soberano. Este mismo año (1380) conquistó los ducados de Atenas y Neopatria; Mahiot de Coquerell fue el primer gobernador navarro de la Morea por él conquistada. El gran maestre de Rodas, Fernández de Heredia, había procurado atraérsele a su causa; pero pronto se convenció de que Coquerell trabajaba con afecto por Jaime de Baux. Los ducados de la Grecia propia pertenecían a los catalanes, es decir, a Pedro IV de Aragón. Los navarros, una vez dueños de Corfú, una de sus primeras conquistas, proclamaron por su señor y rey al titulado emperador Jaime de Baux.

La anarquía destrozaba el ducado de Atenas cuando la Compañía navarra se acercó a sus confines, al disponerse a invadir la Morea. Agitábanse los rebeldes a la dominación catalanoaragonesa, y es muy probable que éstos la llamasen. Jaime de Baux alegaba diversos títulos hereditarios y se aprovechaba hábilmente de los rencores que habían sembrado en el país las sanguinarias luchas de los precedentes dominadores, más o menos efectivos, y de la rivalidad entre las ciudades principales. El que dio Jaime de Baux fue un rápido y feliz golpe de mano; en pocos meses sus tropas se apoderaron de las plazas más fuertes, arrebatándoselas a los catalanes. Los descontentos griegos y aun no pocos naturales de Cataluña auxiliaron a los invasores. El marqués de Bodonitza, veneciano, acaso le abrió el desfiladero de las Termópilas y otros pasos difíciles; otro veneciano, Nicolás dalle Cárceri, duque del Archipiélago, solicitó el favor de los navarros para alzarse con la plena soberanía de sus territorios. Los soldados del aragonés Fernández de Heredia, gran maestre de Rodas, se desparramaron por distintos lugares de la tierra y los saquearon. Junto a los muros de Atenas se libró una reñida batalla en la cual experimentó un completo desastre o desbarat el ejército del rey D. Pedro, cayendo prisionero su caudillo Galcerán de Peralta. La ciudad hubo de rendirse, excepto la Acrópolis, en la cual siguió ondeando la bandera catalana; a la de Atenas siguió la rendición de otras muchas ciudades del Atica y de la Beocia, sin exceptuar a Tebas. Resistióse heroica, pero inútilmente, a las órdenes de su veguer Guillermo de Almenara, que murió en el asalto del castillo, la ciudad de Lebadia. La dominación de la Gran Compañía fue efímera; pasó tan rápida como el aura de la victoria: a los tres o cuatro meses los vencedores se vieron obligados a replegarse más allá del istmo.