Festivals-Événements

Festival de ópera de la ABAO

La Asociación Bilbaína de Amigos de la Opera (ABAO) quedó constituida jurídicamente el 9 de abril de 1953 y fue presentada al público al día siguiente, 10 de abril. El 16 de agosto de ese mismo año, la ópera Tosca, de Giacomo Puccini, inauguraba el I Festival de Opera, que contó con un total de diez representaciones, correspondientes a otros tantos títulos. El Festival, con altibajos y crisis más o menos profundas, ha venido celebrándose, en sucesivas ediciones, hasta nuestros días. La primitiva Junta, nacida de la comisión directiva, fue la creadora y organizadora de la ABAO y del primero y segundo festival de ópera. Estaba compuesta por los siguientes señores: D. José Luis de la Rica y Fernández (presidente), D. Guillermo Videgain Alcorta (vicepresidente), D. Juan Elua Vega (secretario), D. José Antonio Lipperheide Guimón (tesorero).

En sus 27 años de existencia (incluido 1980), se han celebrado 29 festivales y llevado a cabo 191 representaciones, que corresponden a 56 títulos diferentes, cuyos compositores suman un total de veinte, de los cuales nueve han desarrollado parte de su labor dentro del siglo XX, si bien sus presupuestos estéticos (exceptuando acaso a Wolf Ferrari) rara vez se encuadran dentro de las corrientes innovadoras que empezaron a gestarse al final de la primera década del siglo. El autor más representado ha sido Giuseppe Verdi, con 17 óperas diferentes. Solamente un autor vasco figura en el "palmarés": Jesús Guridi, cuya ópera Amaya se repuso en 1962. Todas las funciones han tenido lugar en el Coliseo Albia, de Bilbao, excepto durante la reforma del mismo, en cuyo período de duración se efectuaron en el Teatro Arriaga.

El nacimiento del festival respondió a la inquietud extendida entre los aficionados bilbaínos ante el vacío operístico existente. En este sentido, la filosofía del festival se ha apoyado en la presencia de las más famosas figuras del mundo de la ópera. En efecto, el festival ha conocido las actuaciones de cantantes legendarios, como Mario del Mónaco, Renata Tebaldi, María Callas, Leyla Gencer o Bastianini (por citar los más populares) y ha asistido al alumbramiento de nuevas figuras, como sucedió en su día con Alfredo Kraus, José Carreras, Angeles Gulín, etc.

De acuerdo con este criterio, es cierto que se han vivido jornadas inolvidables: El Otello de 1956 (Del Mónaco Valdengo, Crespin); La Traviata de 1959 (Kraus, Ausensi); el debut de Mirella Freni (1961); la actuación de Renata Tebaldi (1962); el recital de María Callas (1959) y las sensacionales actuaciones de Alfredo Kraus en I Puritani (1967), I Pescatori di perle (1969) y, sobre todo, en el Fausto (Gounod) de ese mismo año, acompañado de Mirella Freni y Ruggero Raimondi. También cabe resaltar, como realización positiva, la creación del excelente coro titular de la ABAO y las 29 funciones dedicadas al Ballet.

Sin embargo, el festival ha tropezado con las mismas dificultades y ha adolecido de los mismos defectos de la mayor parte de los existentes en todo el Estado español. Al tomar como base solamente la presencia de los cantantes, se han descuidado aspectos tan importantes como la orquesta, la dirección y los montajes escénicos.

La creatividad, en este aspecto, ha sido prácticamente nula y las deficientes prestaciones de la orquesta ponen de manifiesto, año tras año, la urgente necesidad que padece Euskadi de disponer de agrupaciones instrumentales autóctonas cuyos componentes puedan dedicarse exclusivamente a su profesión: la música. Por otra parte, el constante aumento de los "cachets" y la devaluación progresiva de la peseta han influido también en una reducción de la presencia de grandes intérpretes, por lo que los últimos festivales se han visto privados de su aliciente fundamental: los divos.

Teniendo en cuenta que, también por motivos económicos, la Quincena Musical donostiarra eliminó, a principios de los setenta, todas las representaciones de ópera que se incluían periódicamente en la misma, el Festival de la ABAO aparece como único rescoldo, demasiado solitario y tenue, pero portador de un objetivo urgente: su utilización como punto de partida de cara a la creación de un festival digno del País Vasco, suficientemente subvencionado, para que se constituya en un componente más del patrimonio común y que no sólo se limite a llenar un hipotético hueco, sino que contribuya con auténticas aportaciones creativas a la verdadera función artístico-social que la ópera -como síntesis armoniosa de diversas artes- puede realizar, tal vez, como ningún otro.