Lexikoa

VIAJERO (HISTORIA)

Viajeros en el siglo XVIII.
Daniel Defoe.
Este escritor inglés (1660-1731) debe su fama a su célebre novela Robinsón Crusoe (1719), traducida a todos los idiomas. La obra que Rousseau considera como educativa de primer orden, trata de la evolución de un hombre que se encuentra en una isla solitaria, que debe todo a su propio esfuerzo e ingenio. Se inspira en la auténtica historia de Alejandro Selkirk, cuyas aventuras habían sido publicadas siete años antes. Escribió Defoe su célebre novela, cuando contaba 58 años, y quiso darle un fondo autobiográfico. Por eso el viaje que le hace realizar a Robinson desde Lisboa a Calais, pasando por Madrid y Pamplona, en 1688, es posible que lo hubiese realizado él mismo, cuando por los años 1688-1690, estuvo en viaje de negocios por España y Francia. Elijamos únicamente el trozo que habla de su estancia en Pamplona.

"Al llegar a Pamplona nos encontramos con que el frío era cierto. Sentí tanto más frío, cuanto que estaba acostumbrado a vivir en países cálidos, en los cuales apenas podía soportar los vestidos... El pobre negro Friday se asustó de veras ante el aspecto de aquellos montes cubiertos de nieve. Además estaba aterido de frío. Finalmente cuando llegamos a Pamplona (a fines de octubre de 1688) cayó una nevada tan copiosa, que los habitantes decían que el invierno se había adelantado: los caminos llegaron a ponerse impracticables. La nieve tenía tal espesor en algunos sitios que no nos atrevíamos a seguir adelante, pues como no se había endurecido por los hielos, como en los países septentrionales, estábamos expuestos a cada paso a sepultarnos vivos...".

Guillaume Manier.
Manier hizo una peregrinación a Santiago, en 1726, durante cuatro meses que después nos dejó escrita. Era de oficio sastre y nació en Carlepont, cerca de Noyon (Francia). Durante el viaje tuvo buen cuidado de anotar, en los diversos lugares, las cosas que le sucedían, y los lugares por donde pasaba, por ejemplo, Euskal Herria. Los nombres están generalmente desfigurados, ya que el oído extranjero confunde ciertas letras. No hay duda de su valor como testimonio personal. Hay que añadir que muchas informaciones toma de otros autores, sin indicar la fuente. Entre los espectáculos de la naturaleza le impresionan, sobre todo, las montañas y el mar. Recorre a pie la parte más montañosa de España, como es Vasconia. Acostumbrado a las aldeas aglomeradas de la Picardía, admira el encanto de ver, en el Norte de Navarra y en Vizcaya, la iglesia aislada, mientras que las casas se esparcen por el campo y compara sus techos rojos en medio del verde campo a las mariposas. Tan ligeros de bagaje como de dinero, los peregrinos hacen cinco o seis leguas al día y viven de la pública caridad. En España se sienten más libres, pues la autoridad no controla tanto como en Francia a los peregrinos. Sin embargo -nos dice- la población española les es hostil y su lengua nos es desconocida. Manier compara el vasco con el alemán, compara canciones y termina su relato con un manual de conversación en vasco y español. En España le seduce la belleza de las mujeres, pero encuentra, al dejar Navarra y las Provincias Vascongadas, un país más pobre que Francia y de casas más miserables.

El abate Delaporte. No sabemos quién es el autor que se oculta tras este pseudónimo. Ciertamente fue un plagiario y su obra es un zurcido de los relatos de diversos viajeros, como Coste d'Arnobat, Madame d'Aulnoy, etc. En 1765 se inició en París su obra. Fue traducida al español con el título El viajero universal, o noticia del mundo antiguo y nuevo, obra compuesta en francés por el abate Delaporte y traducida al castellano... por D-P-E-P. Nos dice que emprendió su camino por Vizcaya (para él es sinónimo de Vascongadas) porque quería encontrar el antiguo castillo de Loyola. Tuvo una muy dulce satisfacción al verse respirando el mismo aire, donde pasó la infancia San Ignacio. Junto a la Isla de los Faisanes encontró aldeanas jóvenes. Eran muchachas arrogantes, con talle fino y tez morena. Cubren la cabeza con un pequeño velo de muselina. Dicen que viven en celibato bajo la dirección de algunas de más edad, y que no permiten, entre ellas, sociedad de hombres y mujeres. Cuando quieren casarse van a misa a la aldea más cercana. Los jóvenes eligen las que son más de su gusto, las piden a sus padres, y si el partido agrada a la muchacha, la boda queda concertada. Delaporte habla de lo mal que se alimentan los navarros, de la indigencia de sus casas que no tienen chimenea para calentar las habitaciones, sin otra diversión que pasar la noche en un granero, en conversación. Añade que todos beben del mismo vaso. Varios días después de llegar a Pamplona, fue a una fiesta de señoras. Al entrar en la sala, les saludó muy profundamente a la francesa y ellas le honraron con una ligera inclinación de cabeza. Le dijeron -escribe- que el único motivo de aquella reunión era la galantería, pero una galantería a la navarra, que naturalmente ridiculiza. Los navarros -advierte- gozan de muy grandes privilegios y todos sus negocios son juzgados por un Consejo Supremo, de residencia en Pamplona.

Carlos Pedro Coste d'Anorbat.
En 1756 apareció en Francia un libro, titulado Lettres sur le voyage d'Espagne. Más tarde se identificó al autor. Se llamaba Coste d'Arnobat. Había nacido en Bayona, en 1732, y murió en 1808. Es un libro curioso e interesante, a pesar de su inquina contra los navarros. Las 20 Cartas vieron la luz, cuando el autor solamente tenía 24 años. Leyendo estas Cartas no se puede negar su odio a España, a Navarra, a la religión del pueblo español y a los frailes. Esto, a pesar de que en su Advertencia, previa a su libro, nos dice que ha querido pintar la verdad. Sin embargo, a continuación, añade, que no ha querido presentar el cuadro de las virtudes y buenas cualidades de los españoles (y naturalmente de los navarros), sino el aguafuerte de sus defectos. La segunda carta comienza con la confesión de lo detestable que resulta la estancia en Pamplona para un francés. Podemos observar las alabanzas que hace el conde de Gages que ha sabido meter en cintura a Navarra, el pueblo más difícil de gobernar y más altanero de Europa que con su independencia y sus Fueros da libre curso a la maldad. "Navarra -añade- contribuye a los gastos del Reino español con un tributo, pero a título de donativo voluntario". Habla de las presiones del conde de Gages a las Cortes de Navarra para conseguir este tributo. Pero esta coacción es fruto de la fantasía del autor. Coste no tiene idea de la susceptibilidad de las Cortes del viejo reino que no hubiera tolerado tal atropello. Por otra parte, el conde de Gages se distinguió por su respeto a la foralidad navarra. Después de describir extensamente las reuniones y comidas de los hombres y mujeres, ridiculiza sus costumbres y el modo cómo los hombres conquistan a las mujeres. Menos mal que al referirse a las mujeres pamplonesas alaba su hermosura. Observa que todas las amistades se inician en la iglesia. Las damas acuden a diario, acompañadas por un paje, seminarista que todavía no ha recibido las órdenes sagradas y hace las veces de criado de confianza, mientras espera el sacerdocio.

Francisco de Fer.
En el año 1787, se publicó un libro curioso, titulado, Cartas escritas por Mr. De Fer al autor del "Correo de Europa". Es un folleto escrito en forma epistolar. El autor se dice de Burdeos y haber salido de esta ciudad francesa con ánimo de recorrer Europa. Su primera carta está fechada en Vitoria. La segunda en Vilbado (sic). La tercera, en Pamplona y la cuarta en Tudela. En esta última habla del viejo reino de Navarra. Esta obra ha sido atribuida a François de la Nouerre (The National Union Catalogue), pero indudablemente es de Foronda, según lo ha demostrado José Manuel Barrenechea, en su libro Valentín de Foronda, reformador y economista ilustrado (1984). La idea de Foronda al escribir estas cartas era hacer una relación de todas las provincias de España, dando cuenta de cada una según las distintas actividades en que se empleaba su población, así como de las costumbres y carácter de sus habitantes, subrayando los defectos que encontraba en ellos. Foronda se muestra en ellas como un decidido enemigo de los derechos y legislaciones forales, faceta que no es tan clara en otros escritos suyos y que responde a la mentalidad utilitarista-centralizante de las administraciones borbónicas del s. XXVIII. Comienza diciendo que el reino de Navarra se divide en Montañas y Ribera. "En la primera se respira un aire bastante puro. La continuación de las lluvias y de la nieve, de que son coronados los montes, purifican la atmósfera". Según De Fer, los montañeses son aseados, frugales, nobles, de costumbres sencillas, de modales ásperos y de "ideas tan limitadas como sus montes". "Las mujeres -añade- no son feas, pero la cota que visten descompone de tal modo sus cuerpos que parecen en sus movimientos hechas de una pieza. Y así, cuando bailan, al son del tamboril, creería que son muñecos". La sanidad de la Montaña contrapone a la insalubridad de la Ribera, con los fuertes rayos de sol y del aire de ácido nefítico. Escribe que sus costumbres, modales, corazón, ideas, acento, todo es bárbaro en la Ribera. A la justicia respetan de día y se burlan de ella y la insultan a la noche; en cuya hora, debiendo descansar de las tareas para volver al trabajo, tienen la manía de salir de música, cantando cuatro coplas en honor de sus ídolos, los cuales son más horrorosos que los que adoraban los egipcios, que parecían diablos escapados del infierno. Como diversión de los navarros pone el juego de naipes, el de la pelota, así el de la pala como el de mano, y las corridas de toros. Afirma que cuantas medidas adopta la justicia para atajar el mal del juego en Navarra resultan inútiles. Del juego de pelota hace los mayores elogios, a no ser que se atraviesen grandes cantidades en las apuestas. Y sería de desear que se introdujese en todas partes una diversión tan inocente como saludable. Después de teorizar sobre las corridas, De Fer habla de la agricultura y de la industria. Hace alusión a dos fábricas de papel y una de bombas que pueden contarse como las mejoras de Europa. Añade la industria de paños, bayetas, tejidos, lienzos, etc. Se lamenta de que el comercio sea mirado con menosprecio y que aquellas casas que han hecho fortuna con el comercio lo abandonan por adquirir unos pergaminos viejos de mayorazgos de nobleza que no sirven más que para alimentar el orgullo y hacerlos insociables. De Fer hace alusión a las rondas nocturnas y a las violencias y desgracias que ocasionan. La plaga de las rondas y de las puñaladas y trabucazos siguió a lo largo del siglo XIX. Los misioneros, como el jesuita tafallés, P. Calatayud, predicaban en sus sermones sobre estas violentas costumbres.

Melchor de Jovellanos.
El testimonio de Jovellanos (1744-1810), nos interesa porque, entre los autores del s. XVIII, destaca tanto por su personalidad humana como por su calidad literaria. Jovellanos abarca una obra de variedad enciclopédica y de increíble extensión. Para Julián Marías, la obra principal de Jovellanos desde nuestra perspectiva actual son los Diarios. No son íntimos, ni dramáticos, ni apasionantes. En su mayor parte están ocupados por noticias, generalmente de gran interés. A través de su punto de vista personal nos reveló la vida cotidiana de entonces: anotaciones referentes al tiempo, la comida, el estado de salud, el aseo, una conversación trivial, etc. A nosotros nos interesa sobre todo las anotaciones que nos ha dejado en sus Diarios sobre el viaje que hizo a Vasconia. El 6 de agosto de 1791, Jovellanos parte de Gijón. Realiza su itinerario VI, llamado por él el "Gran Viaje" al País Vasco. Los motivos del viaje eran: 1) El oficial, la exploración, sobre las expectativas de consumo de carbón asturiano; 2) Un estudio comparativo de las ventajas comerciales que gozaban las provincias "exentas", las vascas, en relación a Asturias; 3) El comercio del carbón. En esta parte del Diario sobre Vasconia se muestra muy cauto en materia política y no indica sus opiniones, ni lo que está pasando. En relación con los motivos de su viaje se fija principalmente en sus "ferreterías" y su posible industria y comercio. Sus observaciones se refieren, en primer lugar, al camino y modo de viajar. La mayoría de las veces viaja a caballo, a campo a través o por sendas o caminos vecinales. Con frecuencia nos encontramos con críticas sobre los caminos o posadas. Sobre las posadas generalmente hay observaciones críticas, pues las encuentra malas y mal acondicionadas. Abundan las observaciones sobre los cultivos, los montes, las plantaciones y aprovechamiento de los terrenos, materia muy propia del autor del Informe sobre la Ley agraria. Es curioso que, en general, ensalza la fertilidad de su tierra asturiana sobre las otras. Estaba acostumbrado a los caseríos diseminados del campo asturiano y a las aldeas y pequeñas parroquias sobre los verdes campos y le encanta el campo del País Vasco atlántico. Sus anotaciones son muchas veces relativas a la economía agraria, que le permiten acumular datos para su Ley Agraria. Generalmente las descripciones paisajísticas son breves, guiadas por el criterio utilitario del reformador. Los tipos de las distintas regiones están detalladamente descritos. Es interesante la pintura de las guipuzcoanas, las cuales "no le parecen tan aseadas, ni sueltas, ni graciosas, como las vizcaínas". Los hombres visten camisas bien limpias, calzón de lienzo o de paño, justillo atado sin mangas, de bayeta o estameña. Habla también de la introducción de la boina, tal vez como una deformación de la antigua montera, o como una simple herencia de las guerras carlistas. Ver BOINA. De las castellanas su impresión será mucho peor. Con respecto a la industria, se va a fijar principalmente en las "ferreterías" vascas, en relación con el fomento del carbón asturiano, según el motivo de su viaje. Respecto a la industria le llama principalmente la atención las llamadas fábricas de armas, en Eibar. Aparte de extender el consumo del carbón de su patria chica, otro de sus objetivos era, como dijimos, destacar, desde el punto de vista del comercio, las ventajas que las provincias exentas, privilegiadas por Fuero especial, sacaban en el comercio libre de exportación e importación de toda clase de productos agrícolas e industriales. Jovellanos sigue pensando que su país es más rico por su agricultura y por su riqueza carbonera. Además de la riqueza natural de Vasconia y de sus posibilidades comerciales advierte elementos folklóricos y costumbristas. En varias ocasiones muestra su admiración por el juego de pelota, incluso describe los frontones y le llama la atención su aplicación para las apuestas. En Bergara describe así una fiesta:

"Todo el pueblo rebosa en alegría; hay fiesta de San Martín, baile público en la plaza. ¡Qué bulla! ¡Qué alegría! Su vista me llena de placer; el pito y el tamboril, los gritos de regocijo y fiesta, los cohetes, la zambra y la inocente gresca que se ve y se oye en todas partes, penetra el corazón más insensible. ¡Dichoso yo si lograse trasladar esta sencilla institución a mi país, en la plaza del nuevo Instituto, empezando con los alumnos!".