Lexikoa

ROMANTICISMO

La mirada del Otro, bajo vigilancia. El segundo Romanticismo ilumina con tonos europeos el color local de la Política. Pero el maridaje romántico de Historia y Política, que hace del XIX el siglo de las nacionalidades, no condiciona fatalmente la explosión historiográfica del Romanticismo. Entre los más de 2.300 títulos de historia que se registran en el triángulo europeo sobre lo vasco, la historiografía más volcada sobre los fueros o las guerras carlistas no es ni mucho menos mayoritaria. Más dominante y de mayor interés resulta un género de producción que cabe denominar etnohistoriografía, en donde se comprueba que es el Otro allende el Ebro y el Pirineo, atraído por los encantos mágicos del medio natural y humano vasco y su pasado, quien lleva la iniciativa en la distinción de la particularidad vasco-navarra y su genio, aunque puedan incluirse ahí manifestaciones nativas como las de Yanguas (1843), J. E. Delmas (1846) -el acento en esa expresión artística tan propia del Romanticismo, la litografía-, Chaho (1847), Goizueta (1851), Araquistain (1866), Sallaberry (1870) o Vicente Arana (1876).

El Mito romántico vasco remite en gran parte al Otro. La evasión romántica en el tiempo y en el espacio, la huida de los peregrinos de la eternidad, hizo de Euskalerria un paraíso. Del quehacer historiográfico nativo -variado y rondando los 500 títulos publicados-, no se desprende una gran historia vasca. Pero no por falta de historiadores reconocidos como tales, según refleja la nómina de Correspondientes de la Real Academia de la Historia, refundada bajo las nuevas directrices francesas: Yanguas, P. llarregui, R. Ortiz de Zárate, N. Soraluce, A. Trueba, A. Artiñano, V. Manterola, S. Manteli, N. Landa, Delmas, L. Velasco, R. Gaztelu, R. Becerro de Bengoa, F. Herrán -una buena muestra, sin duda, de la intelectualidad romántica de Vascongadas y Navarra- ingresaron en ella con anterioridad a 1876.

En las circunstancias delicadas de la crisis foral, se deja que sea también el Otro -el Otro amigo, amigo y aconsejado, aconsejado antes, si es posible- quien comience a acometer esa gran historia. Tal parece la actitud nativa, sensible en cualquier caso a las historias generales que aparecen (Belsunce 1847, Rodríguez García 1865, Fulgosio 1868, Bisso 1868, Nombela 1868...) o a los pasajes de historia propia que se introducen en obras más amplias, máxime si tienen difusión en la enseñanza. La crítica de Ayala (1847) a Belsunce o la polémica de Delmas (1868) con Orodea ilustran en ese sentido. El XIX, siglo de la Historia, es todavía más el de los historiadores en el siglo. Con independencia del carácter de su labor historiográfica, la intelectualidad nativa no se halla encerrada con su grupo étnico en los límites estrechos del terruño. La red de relación -vínculos personales de amistad o de trabajo intelectual- que acaba tejiendo fuera del territorio es la mejor expresión de su compromiso y diálogo con el tiempo contemporáneo. Martínez de la Rosa, Alcalá Galiano, Gil de Zárate, Fermín Caballero, Milá y Fontanals, Macaulay, Víctor Hugo, Quinet, Le Play, Abbadie, P. Broca son algunos nombres -de clara significación en el propio diálogo que el Romanticismo mantendrá con el espíritu nuevo positivista- a los que se llega directamente a partir de aquella nómina de Correspondientes o de otros intelectuales nativos, como Ochoa, Madoz o Garay de Monglave, que no dejaron de cultivar la historia. El caso vasco fue un campo de experimentación privilegiado en el entrecruzamiento de ciencias humanas favorecido por el nuevo giro de los estudios históricos de 1830. Fue campo de tiro también de la hipercrítica positivista. El affaire Monglave es un buen ejemplo de ello. En sí mismo representa un drama romántico donde el Mito, desposeído de sus fragmentos de verdad, muere a manos de una Crítica dominada por el fetichismo del documento. El Canto de Altabiscar, el canto de los vencedores en Roncesvalles, que ofreciera Garay de Monglave (1835) y fuese considerado de buena ley por autoridades románticas como W. Grimm, Fauriel, Francisque Michel, Mary-Lafon, Cénac-Moncaut, Vicente de la Fuente, Amador de los Ríos o Víctor Balaguer -el gran poeta e historiador de la renaixença catalana-, dio por finalizado su largo paseo triunfal ante los juicios que interpusieron Bladé (1869) y Webster (1883). A los riesgos y excesos de la imaginación sucedían los riesgos y excesos de la especialización. La hipercrítica positivista no se impuso, sin embargo, en la discusión del caso vasco que desde mediados de los 60, y a raíz sobre todo de la traducción francesa que hiciera Marrast (1866) de la obra de Humboldt, ocupa muy singularmente a historiadores, etnólogos, antropólogos y filólogos del triángulo europeo. Un debate que transcurre paralelo a la discusión foral. Un debate empeñado en descifrar el enigma de los vascos, antes de que pudiese desaparecer con ellos, de cumplirse la visión romántico-positivista de Réclus (Les Basques, un peuple qui s'en va, l867). El parisino Luchaire (1871), mediado el debate, elaboró un interesante estado de la cuestión para la Societé de Pau, aunque todavía Paul Broca (1875) -destacado representante de la nueva ciencia posherderiana- habría de desarrollar más ampliamente su exposición de la "verdadera doctrina de Humboldt", una sugerente reformulación del vascoiberismo a la que lleva y llega el entramado de la polémica. Ver VASCO-IBERISMO. A pesar de los embates de la filología y de la antropología excesivamente especializadas -cuyas limitaciones para hacerse cargo de problemáticas históricas dificultosas fueron puestas al descubierto por la autoridad de Broca- el segundo Romanticismo, al término de sus años, revalorizaba la figura señera que alumbrara el primer Romanticismo vasco, Humboldt. El balance final del vascofrancés Derrecagaix (1876), cerrando el debate, describe bien lo que viene a ser la mayor aportación del XIX respecto a los viejos mitos vascos: la refiguración del mito Cántabro en el mito Ibero, de mucha mayor proyección europea, ver VASCO-CANTABRISMO. Su último mensaje tendía una mirada a la discusión del problema vasco en su integridad: el pueblo vasco no desaparecerá: "mantendrá su culto por la tierra de sus padres, por la casa que les vio nacer, por su lengua vibrante, por su traje tradicional, por las virtudes audaces de sus antepasados, en fin, por todo lo que les recuerda que descienden de una noble raza y que, antes de ser franceses o castellanos, fueron durante mucho tiempo el pueblo eskualdunac"; el pueblo vasco no desaparecerá, desaparecerán los Fueros: "sin ir más lejos, es probable que el vasco español pierda, como consecuencia de la última guerra, lo que queda de sus antiguos privilegios".